El Señor vino a
salvar a todos los hombres, el don de la fe es universal. Desde los primeros
momentos de su vida pública, Jesús lo manifestó así, aún a costa de ser
rechazado por los suyos, por el pueblo de Israel, como le sucedió, según cuenta San Lucas en su Evangelio, tras el
ayuno y tentaciones del diablo en el desierto, cuando trataba de evangelizar a
las gentes de Galilea.
Sucedió que habiendo llegado a Nazaret de Galilea, ciudad en la que se había criado, se dirigió a la Sinagoga, donde los judíos tenían costumbre de orar y leer los Escritos Sagrados. Era sábado, por tanto, sería mucha la gente que allí estaba y cuando le correspondió su turno se levantó y leyó en el volumen correspondiente aquella parte de la historia del pueblo israelita que recordaba la llegada del Mesías, y después les dijo: “Hoy se cumple entre vosotros esta escritura”. Y nadie se extrañó por sus palabras, al contrario, asentían y se admiraban, porque eran palabras de gracia.
Algunos, sin
embargo, le reconocieron como el hijo de José, carpintero de Nazaret, y
entonces Él les dijo: “Seguramente me aplicareis este proverbio: Médico,
cuídate a tí mismo; cuanto oímos realizado en Cafarnaúm, hazlo también aquí, en
tu patria"
Ellos callaban, pero empezaban a estar inquietos y quizás hasta un poco atemorizados, porque Jesús había leído sus pensamientos. Entonces el Señor les habló de nuevo y les dijo algo que les soliviantó y les llenó de ira (Lc 4, 24-27):
"En verdad os
digo que ningún profeta es acepto en su patria /en verdad os
digo, muchas viudas había por los días de Elías en Israel, cuando se cerró el
cielo por tres años y seis meses, con que vino grande hambre sobre toda la
tierra / Y a ninguna de
ellas fue enviado Elías, sino a Serepta, ciudad de Sidonia a una mujer viuda / Y muchos
leprosos había en Israel al tiempo de Eliseo profeta, y ninguno de ellos fue
curado sino Naamán, el sirio"Ellos callaban, pero empezaban a estar inquietos y quizás hasta un poco atemorizados, porque Jesús había leído sus pensamientos. Entonces el Señor les habló de nuevo y les dijo algo que les soliviantó y les llenó de ira (Lc 4, 24-27):
Entonces, sí, el Señor hizo el milagro que antes ellos le habían solicitado, pues pasó entre ellos y nadie fue capaz de tocar un solo pelo de su cabeza. Los había derrotado moralmente y el milagro se había producido dejándolos inermes ante su presencia, y Él marchó tranquilamente, dirigiéndose a otro lugar para seguir evangelizando.
Este episodio
de la vida pública de Cristo fue narrado por los tres evangelista sinópticos
(Mateo, Marcos y Lucas), pero la novedad del Evangelio de San Lucas está en el
hecho de haberlo colocado casi al principio de su vida pública, en concreto
después del ayuno y tentaciones del Señor, cuando realmente, luego reconoce, que los judíos de Nazaret conocían sobradamente las maravillas y milagros realizadas en Cafarnaúm por Jesús.
La
intención del evangelista podría haber sido, según algunos exegetas, destacar
este evento en el que se observa una aptitud salvadora hacia todos los hombres,
la cual se repetiría a lo largo de todo su Mensaje.
Es
significativo, por otra parte, el hecho de que a Jesús le tocara leer en el
volumen sagrado, aquella parte del Antiguo Testamento en que se anuncia de
forma clara y rotunda la llegada del Mesías entre el pueblo de Israel, cuando
se levantó en la Sinagoga de Nazaret. Se
trataba del texto en que el gran profeta Isaías anunciaba de forma expeditiva
la <Buena Nueva de Sión> (Is 61, 1-2).
Nuestro Señor Jesucristo estaba hablando de sí mismo, al descifrar este oráculo en Nazaret, tal como recuerda el evangelista San Lucas (Lc 4, 16-21):
"Y fue a
Nazaret, donde se había criado, y entró, según su costumbre, el día de sábado
en la sinagoga, y se levantó a leer / Y le fue
entregado el libro del profeta Isaías, y abriendo el libro, halló el lugar en
que estaba escrito: / El espíritu
del Señor, Yahveh, está sobre mí, por cuanto me ungió; para evangelizar a los
pobres me ha enviado, para pregonar a
los cautivos remisión, y a los ciegos, vista; para enviar con libertad a los
oprimidos / para pregonar
un año de gracia del Señor / Y habiendo
arrollado el volumen, lo entregó al ministro y se sentó. Y los ojos de todos en
la sinagoga estaban clavados en Él / Y comenzó a
decirles que <Hoy se ha cumplido esta escritura que acabáis de oír"Nuestro Señor Jesucristo estaba hablando de sí mismo, al descifrar este oráculo en Nazaret, tal como recuerda el evangelista San Lucas (Lc 4, 16-21):
Jesucristo
llamó también al Apóstol San Pablo de manera muy especial, con la misión
principal de evangelizar a los paganos, esto es, los que no pertenecían al
pueblo judío o pueblo de las promesas, precisamente porque quería que todos los
hombres tuvieran la oportunidad de conocer su Mensaje Salvador.
San Pablo comprendió enseguida lo que el Señor esperaba de él y se esforzó al máximo para cumplir con tan dura misión, eligiendo a su vez entre sus seguidores algunos discípulos especiales como Timoteo, para que prosiguieran su labor allí donde él no podía permanecer y aún cuando él hubiera muerto, avisándoles de las enormes dificultades que se les presentarían, debidas, en gran parte, a las numerosas herejías que estaban ya surgiendo y que en el futuro aumentarían (I Tim -Primera parte- 4, 1-3):
"Mas el
Espíritu abiertamente dice que en tiempos posteriores apostatarán algunos de la
fe, dando oídos a espíritus seductores y a doctrinas de demonios / inducidos por
la hipocresía de algunos impostores, que llevan marcado con fuego en su
conciencia el estigma de su ignominia / que
proscribirán el matrimonio y el uso de manjares, que Dios crió para que los
tomasen con hacimiento de gracias los fieles, que son los que han conocido
plenamente la verdad / Porque toda
criatura de Dios es buena, y nada hay que merezca repudiarse, como se tome con
hacimiento de gracias / pues
santificase por la palabra de Dios y por la oración"San Pablo comprendió enseguida lo que el Señor esperaba de él y se esforzó al máximo para cumplir con tan dura misión, eligiendo a su vez entre sus seguidores algunos discípulos especiales como Timoteo, para que prosiguieran su labor allí donde él no podía permanecer y aún cuando él hubiera muerto, avisándoles de las enormes dificultades que se les presentarían, debidas, en gran parte, a las numerosas herejías que estaban ya surgiendo y que en el futuro aumentarían (I Tim -Primera parte- 4, 1-3):
Por eso, el Papa Benedicto XVI en su Carta Apostólica, en forma de <motu proprio>, <Porta Fidei>, avisaba de la próxima celebración, del <Año de la Fe> (Porta Fidei dada en Roma el 11 de octubre de 1911) con estas palabras :
Sucede hoy con
frecuencia que los cristianos se preocupan mucho por las consecuencias
sociales, culturales y políticas de su compromiso, al mismo tiempo que siguen
considerando la fe como un presupuesto
obvio de la vida común.
De hecho, este presupuesto no sólo no aparece como tal, sino que incluso con frecuencia es negado. Mientras en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirada por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas…
De hecho, este presupuesto no sólo no aparece como tal, sino que incluso con frecuencia es negado. Mientras en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirada por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas…
Debemos, de
nuevo, encontrar el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios, transmitida
fielmente por la Iglesia, y el Pan de vida, ofrecido como sustento a todos los
que son sus discípulos (Jn 6, 51). En efecto, la enseñanza de Jesús resuena
todavía hoy con la misma fuerza: <Trabajad no por el alimento que perece,
sino por el alimento que perdura para la vida eterna> (Jn 6, 27).
La pregunta planteada por los que le escuchaban es también hoy la misma para nosotros: ¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios? (Jn 6, 28).
Sabemos la respuesta de Jesús: <La obra de Dios es
ésta: que creáis en él que ha venido> (Jn 6, 29). Creer en Jesucristo es,
por tanto, el camino para poder llegar de modo definitivo a la salvación…
A la luz de
todo esto, he decidido convocar un <Año de la Fe >. Comenzará el 11 de
octubre de 2012, en el cincuenta aniversario de la apertura del Concilio
Vaticano II y terminará en la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, el 24
de noviembre de 2013”.
El Papa
Benedicto XVI en su Carta <Porta
Fidei>, nos recuerda también a todos los fieles que para acceder a un
conocimiento sistemático del contenido de la fe debemos recurrir siempre al Catecismo de la
Iglesia Católica:
“Precisamente
en este horizonte, el <Año de la Fe>, deberá expresar un compromiso
unánime para redescubrir y estudiar los contenidos fundamentales de la fe,
sintetizados sistemáticamente y orgánicamente, en el Catecismo de la Iglesia
Católica. En efecto, en él se pone de manifiesto la riqueza de la enseñanza que
la Iglesia ha recibido, custodiado y ofrecido en sus dos mil años de historia. Desde
la Sagrada Escritura a los Padres de la Iglesia, de los Maestros de teología a
los santos de todos los siglos, el Catecismo ofrece una memoria permanente de
los diferentes modos en que la Iglesia ha meditado sobre la fe y ha progresado
en la doctrina, para dar certeza a los creyentes de su vida de fe”
Por su parte el
Papa Juan Pablo II tomó muy en cuenta las consideraciones de los Padres
Sinodales, y comprendiendo que este
proyecto respondía a una verdadera necesidad de la Iglesia universal y de las
Iglesias particulares, lo apoyó desde el primer momento. Como resultado de los incansables
trabajos llevados a cabo por una Comisión de Cardenales y Obispos, presidida
por el Cardenal Joseph Ratzinger y junto a ella de un Comité de redacción
formado por siete Obispos de diócesis expertos en teología y catequesis, vio la
luz este ambicioso deseo.
El trabajo fue
objeto de una amplia consulta a todos los Obispos católicos, a sus Conferencias
Episcopales o Sinodales, a institutos de teología e institutos de catequesis, y
en conjunto, se puede decir que, recibió una excelente acogida de todos ellos.
La conclusión de todo esto es que este Catecismo <refleja la naturaleza
colegial del Episcopado y atestigua la catolicidad de la Iglesia>.
El prólogo de
este magnífico Catecismo nos muestra en boca del mismo Jesucristo y de sus
enviados, aquello que vamos a encontrar dentro como fruto de los trabajos
realizados en el Concilio Vaticano II ((Prólogo del Catecismo de la Iglesia
Católica. Versión oficial en español preparado por un grupo de teólogos y
catequistas, presidido por el Arzobispo Karlic <Paraná- Argentina> y el
Obispo Medina <Rancagua- Chile> 1992)):
“Padre, ésta es
la vida eterna, que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu enviado
Jesucristo (Jn 17, 3). <Dios, nuestro Salvador…quiere que todos los hombres
se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad> (I Tim 2, 3-4).
<No hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros
debamos salvarnos (Hch 4, 12) sino el nombre de JESÚS>”
En su día,
otros Pontífices de la Iglesia comprendieron que la evangelización de los pueblos, requerían
del apoyo inestimable del Catecismo. Uno de estos Pontífices fue San Pio X
(Giuseppe Sarto; 1903-1914), el cual en su Carta Encíclica <Acerbo
nimis>, motivada por los males que aquejaban a la sociedad de su época, destacó
la ignorancia de la religión por parte
de un gran número de sus feligreses, la indiferencia a las verdades de la
religión de los mismos, incluso de aquellos que se consideraban católicos, y
por supuesto, las malas pasiones y la mala vida, que engendraba esta
ignorancia.
Como
consecuencia de todo esto, el Papa Pio X, defendió la <Necesidad de la
instrucción religiosa y sus beneficios>. Es interesante recordar también,
aunque no sea más que brevemente, algunas de las cosas que a este propósito
dijera éste Papa santo, porque si nos
detenemos a pensarlo, las ideas y juicios de la sociedad que a él le tocó
vivir, son “embriones” de los que ahora
se defienden en este siglo (Acerbo Nimis; Pio X. Dada en Roma el 15 de abril de
1905):
“Los secretos
designios de Dios Nos han levantado de Nuestra pequeñez al cargo de Supremo
Pastor de toda la grey de Cristo en días bien críticos y amargos, pues el
enemigo de antiguo anda alrededor de este rebaño y le tiende lazos con tan
pérfida astucia, que ahora, principalmente, parece haberse cumplido aquella
profecía del Apóstol a los ancianos de la Iglesia de Éfeso: Sé que os han
asaltado lobos feroces que destrozan el rebaño (Hechos 20, 29).
De este mal que padece la religión no hay nadie, animado del celo de la gloria divina, que no investigue las causas y razones, sucediendo que, como cada cual las habla diferentes, propone diferentes medios, con forme a su personal opinión, para defender y restaurar el Reino de Dios en la tierra. No prescribimos, Venerables Hermanos, los otros juicios, más estamos con los que piensan que la actual depresión y debilidad de las almas, de que resultan los mayores males, provienen, principalmente, de la ignorancia de las cosas divinas. Esta opinión concuerda enteramente con lo que Dios mismo declaró por su profeta Oseas: No hay conocimiento de Dios en la tierra. La maldición, y la mentira, y el homicidio, y el robo, y el adulterio lo han inundado todo; la sangre se añade a la sangre por cuya causa se cubrirá de luto la tierra y desfallecerán todos los moradores (Os 4, 1 ss)”
Son las
palabras del Papa Pio X, con las que expresa la <dolorosa comprobación>
del mal estado de la sociedad en la que se debatía su grey. Sin querer ser
agoreros nos preguntamos ¿acaso no nos suenan de algo las denuncias de este
santo Papa?
Sí, la sociedad
de este recién estrenado siglo XXI, ha heredado, por desgracia, los vicios y
malas costumbres de los siglos anteriores, propagados a raíz de un modernismo
mal entendido, en el cual han confluido casi todas las herejías de la historia
del hombre, y si seguimos así los males de otras épocas, serán superados con
creces.
Es por eso que nuestro actual Papa Benedicto XVI se ha apresurado a recordarnos a todos los cristianos la necesidad de volver a los orígenes de la Iglesia, esto es, de volver a Cristo, como hicieron otros Papas anteriores, y para ello es necesario, principalmente, que los niños y jóvenes de las nuevas generaciones, pero también los adultos y los ancianos, recuerden o aprendan por primera vez, los fundamentos de la religión católica.
Es por eso que nuestro actual Papa Benedicto XVI se ha apresurado a recordarnos a todos los cristianos la necesidad de volver a los orígenes de la Iglesia, esto es, de volver a Cristo, como hicieron otros Papas anteriores, y para ello es necesario, principalmente, que los niños y jóvenes de las nuevas generaciones, pero también los adultos y los ancianos, recuerden o aprendan por primera vez, los fundamentos de la religión católica.
El Papa en su Carta <Porta
Fidei>, asegura que para conocer de forma sistemática el contenido de la fe,
es necesario leer el Catecismo de la Iglesia Católica y asegura finalmente que
éste será un instrumento de apoyo a la fe extraordinario.
A este respecto,
es interesante recordar que en el periodo de tiempo comprendido entre
finales del siglo XVII y principios del siglo XX surgieron distintas corrientes
de opinión muy críticas con el Mensaje Divino, de las que fueron protagonistas
tanto exégetas, como teólogos, filósofos y eruditos en general que apostaban
por la <modernización de la Iglesia Católica>, como si ello tuviera algún
sentido, siendo la Iglesia Católica, como es, una institución creada por
Nuestro Señor Jesucristo, totalmente atemporal y única hasta el final de los siglos.
Ya el Papa San Pio X encontrándose con un ambiente social tan negativo, supo enfrentarse con gran valor y cordura a la situación, con objeto de que los errores que, algunos grupos, trataban de propagar en el seno de la Iglesia, fueran erradicados; para ello, escribió varias Cartas Encíclicas condenando claramente el agnosticismo del que hacían gala aquellos que habían adoptado los ideales del <modernismo>.
El Pontificado de Pio X se caracterizó por tanto, por la renovación de la vida cristiana y la insistente necesidad de alentar y reformar la enseñanza de la fe y para esto, además de su predicación orar, decidió elaborar un Catecismo nuevo que tuvo gran influencia sobre los creyente durante un largo periodo de tiempo, al igual que tuvo su Carta Encíclica < Acerbo Nimis> mencionada anteriormente, en la cual hacia defensa de la enseñanza del Catecismo:
Ya el Papa San Pio X encontrándose con un ambiente social tan negativo, supo enfrentarse con gran valor y cordura a la situación, con objeto de que los errores que, algunos grupos, trataban de propagar en el seno de la Iglesia, fueran erradicados; para ello, escribió varias Cartas Encíclicas condenando claramente el agnosticismo del que hacían gala aquellos que habían adoptado los ideales del <modernismo>.
El Pontificado de Pio X se caracterizó por tanto, por la renovación de la vida cristiana y la insistente necesidad de alentar y reformar la enseñanza de la fe y para esto, además de su predicación orar, decidió elaborar un Catecismo nuevo que tuvo gran influencia sobre los creyente durante un largo periodo de tiempo, al igual que tuvo su Carta Encíclica < Acerbo Nimis> mencionada anteriormente, en la cual hacia defensa de la enseñanza del Catecismo:
El oficio, pues, de catequista consiste en elegir alguna verdad relativa a la fe y a las costumbres cristianas, y explicarla en todos sus aspectos. Y como el fin de la enseñanza es la perfección de la vida, el catequista ha de comparar lo que Dios manda obrar y lo que los hombres hacen realmente; después de lo cual, y sacando oportunamente algún ejemplo de la Sagrada Escritura, de la historia de la Iglesia o de la vida de los Santos, ha de aconsejar a sus oyentes, como si les enseñara con el dedo, la norma a la que deben ajustar la vida, y terminará exhortando a los presentes a huir de los vicios y practicar las virtudes”
Virtud y
claridad son los dones empleados por el santo Papa en su análisis del trabajo
del catequista, y todavía sigue explicando el Pontífice, en esta misma Carta,
que el oficio del buen catequista, no es tarea grata para aquellas personas que
se encuentran sometidas a las pasiones, y denuncia los males que se derivan de
la <dejadez en la enseñanza de la Doctrina cristiana>; porque si es
cosecha vana esperar cosecha en tierra no sembrada:
¿Cómo esperar generaciones
adornadas de buenas obras, si oportunamente no fueron instruidas en la doctrina
cristiana? Es la pregunta
que se hacia el Papa Benedicto XVI, el cual como sus antecesores ha
comprendido que la sociedad de hoy, al igual que sucediera en épocas
anteriores, está falta de fe y como dijo San Pablo a los romanos refiriéndose a
los judíos que rehusaban creer en el Evangelio (Rom 10, 14-17):
"¿Cómo, pues,
invocarán a aquel en quién no creyeron? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no
oyeron? ¿Y cómo oirán sin predicador? / ¿Y cómo
predicarán si no son enviados? Según está escrito: ¡Cuan hermosos los pies de
los que anuncian el bien! / Pero no todos
obedecieron el Evangelio. Pues Isaías dice: Señor, ¿quién creyó a nuestra
predicación? / Así pues, la
fe por la predicación, y la predicación por la palabra de Cristo"
Ciertamente,
porque como también aseguraba San Pio X:
“Si la fe languidece
en nuestro días y hasta parece casi muerta en una gran mayoría, es que se ha
cumplido descuidadamente, o se ha omitido del todo, la obligación de enseñar
las verdades contenidas en el Catecismo. Inútil sería decir, como excusa, que
la fe es dada gratuitamente, y conferida a cada uno con el bautismo.
También el hombre cristiano, al renacer por el agua y el Espíritu Santo, trae como germen la fe; pero necesita la enseñanza de la Iglesia para que esta fe pueda nutrirse, crecer y dar fruto”

Porque,
ciertamente, los bautizados en Jesucristo fuimos enriquecidos con la fe, mas
esta divina semilla no llega a crecer y llega a echar grandes ramas (Mc 4, 32)
abandonada a sí misma y como por nativa virtud. Tiene el hombre, desde que nace,
facultad de entender; más esta facultad necesita de la palabra materna para
convertirse en acto, como suele decirse.
También el hombre cristiano, al renacer por el agua y el Espíritu Santo, trae como germen la fe; pero necesita la enseñanza de la Iglesia para que esta fe pueda nutrirse, crecer y dar fruto”
En total
consonancia con estas palabras del Papa Pio X en el Catecismo fruto del
Concilio Vaticano II podemos leer:
“Muy pronto se
llamó catequesis al conjunto de los esfuerzos realizados en la Iglesia para
hacer discípulos, para ayudar a los hombres a creer que Jesús es el Hijo de
Dios a fin de que por la fe, tenga vida en su nombre, y para educarlos e
instruirlos en esta vida y construir así el Cuerpo de Cristo (Juan Pablo II CT
1,2)”En este momento de la historia de la Iglesia se podría decir que estamos necesitados de una renovación, tal como han denunciado los últimos Papas del siglo pasado, y del presente siglo, a pesar del Concilio Vaticano II. Juan Pablo II y Benedicto XVI han hablado sin reservas en este sentido, asegurando en distintas ocasiones que es necesaria una <nueva evangelización>, en particular del viejo Continente donde la crisis de fe, causa verdaderos estragos entre los creyentes.
Es por esto, que también los Papas han recomendado con encomio a su grey la vuelta a las fuentes, tan bien recogidas en el Catecismo de la Iglesia Católica, para conocerlo en profundidad y para enseñarlo a aquellos que lo necesiten, en especial a los niños y a los adolescentes. Sin embargo, y ante todo, debemos conservar siempre la esperanza en el Señor porque <aún cuando el hombre se aleje de Dios hasta el punto de abocarse a la destrucción, Dios volverá a establecer un nuevo comienzo precisamente en la decadencia del mundo>.
Ahora bien, debemos reconocer sin complejos, que en la actualidad, como se ha dicho insistentemente, <buena parte de nuestras catequesis y predicación parecen estar determinados por la persuasión de que antes de nada hayan de resolverse los urgentes problemas económicos, sociales, políticos, para luego, con paz y tranquilidad, poder hablar también de Dios>.
Estas declaraciones del Papa Benedicto XVI, durante su cardenalato, reflejaban, ya entonces, una triste realidad, pues como él mismo aseguraba también <de este modo se pervierte la verdad de las cosas, anunciamos una sabiduría nuestra y un reino humano, al tiempo que ocultamos la luz verdadera – de la que todo depende- bajo el velo de nuestras ideas e iniciativas> (El elogio de la conciencia. La verdad interroga al corazón. Cardenal Joseph Ratzinger. Benedicto XVI. Ed. Palabra S.A. 2010).
“En la víspera
de su Pasión, Jesús dejó como testamento a los discípulos, reunidos en el
Cenáculo para celebrar la Pascua, <el mandamiento nuevo del amor>,
<mandatum novum>: <Lo que os mando es que os améis los uno a los
otros> (Jn 15, 17). El amor fraterno que el Señor pide a sus <amigos>
tiene su manantial en el amor paterno de Dios. Dice el Apóstol San Juan: Todo
el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios (I Jn 4, 7). Por tanto, para amar
según Dios es necesario vivir en Él y de Él: Dios es la primera <casa>
del hombre y solo el que habita en Él arde con fuego de caridad capaz de
<incendiar> el mundo”
Así pues, ser
misionero significa amar a Dios con todo nuestro ser, hasta dar, si es
necesario, incluso la vida por Él. ¡Cuántos sacerdotes, religiosos, religiosas
y laicos, también en nuestros días, han dado el supremo testimonio de amor con
el martirio!
Ser misionero es entender, como el buen Samaritano, las
necesidades de todos, especialmente de los más pobres y necesitados, porque
quién ama con el corazón de Cristo no busca su propio interés, sino únicamente
la gloria del Padre y el bien del prójimo. Aquí reside el secreto de la
fecundidad apostólica de la acción misionera, que supera las fronteras y las
culturas, llega a los pueblos y se difunde hasta los extremos confines del
mundo”