Cuenta San Mateo en su Evangelio
que yendo Jesús hacia Jerusalén por Perea, con sus discípulos, les puso como ejemplo una parábola para indicarles como
era el reino de los cielos (Mt 20, 1-7): "Porque es semejante el reino de
los cielos a un hombre amo de casa, que salió al amanecer a contratar obreros
para su viña / Y habiendo concertado con los
obreros en un denario el día, les envió a su viña / Y habiendo salido hacia la hora
tercia, vio otros que estaban en la plaza parados / y les dijo: <Id también
vosotros a la viña, y os daré lo que fuere justo> / Ellos fueron. Habiendo salido
otra vez hacia lo hora sexta y nona, hizo lo mismo / Cerca de la hora undécima,
habiendo salido, halló a otros allí, y les dice: ¿Por qué estáis ahí todo el día sin trabajar? / Le respondieron: <Porque nadie
nos ha contratado>. Él les dijo: <Id también vosotros a mi viña>"

“A los laicos corresponde, por
propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos
temporales y ordenándolos según Dios. Viven en el siglo, es decir, en todos y
cada uno de los deberes y ocupaciones del mundo, y en las condiciones
ordinarias de la vida familiar y social, con las que su existencia está como
entretejida. Allí están llamados por Dios, para que, desempeñando su propia
profesión guiados por el espíritu evangélico, contribuyan a la santificación
del mundo como desde dentro, a modo de fermento. Y así hagan manifiesto a
Cristo ante los demás, mediante el testimonio de su vida, por la irradiación de
la fe, la esperanza y la caridad. Por tanto, de manera singular, a ellos
corresponde iluminar y ordenar las realidades temporales a las que están
estrechamente vinculados, de tal modo que sin cesar se realicen y progresen
conforme a Cristo y sean para la gloria del Creador y del Redentor”
La Iglesia tiene la obligación,
el deber permanente, de evangelizar al mundo, es su misión, y los laicos como
miembros que son de la misma deben
llevar a cabo su parte en este crucial cometido, el cual fue confiado por
Cristo a los Once y por extensión a sus seguidores a lo largo de todos los
siglos a partir su ascensión a los cielos (Mc 16, 9-15):

"Habiendo resucitado al amanecer
del primer día de la semana, se apareció primeramente a María Magdalena, de la
cual había lanzado siete demonios / Ella fue a dar la nueva a los
que habían con Él, que estaban afligidos y lloraban / Y ellos, oyendo decir que vivía
y que había sido visto por ella, no le creyeron / Tras esto, a dos de ellos que
iban de camino se apareció en diferente figura, mientras iban en camino / También ellos se fueron a dar la
nueva a los demás; y ni ellos creyeron / Posteriormente, estando ellos a
la mesa, se apareció a los Once y les echó en cara su incredulidad y dureza de
corazón por que no habían creído a los que le habían visto resucitado de entre
los muertos / Y les dijo: Id al mundo entero y
predicad el Evangelio a toda la creación"
Así mismo, como también se indica
en la Constitución dogmática <Lumen gentium> (GL 33): “Los laicos congregados en el
pueblo de Dios e integrados en el único cuerpo de Cristo bajo una sola Cabeza,
cualquiera que sean, están llamados, como miembros vivos, a contribuir con
todas sus fuerzas, las recibidas por el beneficio del Creador y las otorgadas
por la gracia del Redentor, al crecimiento de la Iglesia y a su continua
santificación”
Y esto es así, porque todos los
creyentes estamos unidos a Cristo y entre sí, como proclamaba el Apóstol San
Pablo en su primera carta al pueblo de Corinto (I Co 12, 12-13 y 27-30): "Pues lo mismo que el cuerpo es
uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de
muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo / Pues todos nosotros, judíos y
griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para
formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un mismo Espíritu…/ Pues bien, vosotros sois el
cuerpo de Cristo, y cada uno es un miembro / Pues en la Iglesia Dios puso en
primer lugar a los Apóstoles; en segundo lugar, a los Profetas, en el tercero,
a los maestros, después, los milagros, después, los carismas de curación, la
beneficencia, el gobierno, la diversidad de lenguas / ¿Acaso son todos Apóstoles? ¿O
todos son Profetas? ¿O todos maestros? ¿O hacen
todos milagros? / ¿Tienen todos don para curar?
¿Hablan todos en lenguas o todos las interpretan?"
Los Apóstoles, primero miembros
de la Iglesia de Cristo, de inmediato, iniciaron la labor evangelizadora que
éste les había encargado y ello les costó dar la vida por Él y su Mensaje, pues
todos, a excepción de San Juan, sufrieron la muerte por martirio y San Juan
aunque no murió de esta forma, según la tradición, sufrió también terrible
martirio, por la misma razón. Después de estos, vinieron otros hombres, que
durante los primeros siglos de la Iglesia, fueron los encargados de propagar la
palabra de Jesús por todo el mundo entonces conocido y también sufrieron persecuciones
y sufrimientos sin fin e incluso la muerte por martirio, las más de las veces.
Como el mismo Papa Benedicto XV
recordaba en su carta Apostólica <Maximum Illud>:
“Aún en los tres primeros siglos,
cuando una en pos de otra, suscitaba el infierno encarnizadas persecuciones
para oprimir en su cuna a la Iglesia, y todo rebosaba sangre de cristianos, la
voz de los predicadores evangélicos se difundió por todos los confines del
Imperio romano”
Es sin duda importante y
reconfortante también para los cristianos de hoy en día, recordar que Cristo
nos pidió a todos sus seguidores que fuéramos sus evangelizadores; sabemos, por
la historia de la Iglesia, de la labor extraordinaria realizada por muchos de
sus miembros a lo largo de todos estos siglos. Precisamente Benedicto XV
(1414-1922), el Pontífice que tomó posesión de la silla de Pedro casi al inicio
de estallar la primera guerra mundial, la cual intentó parar, pero sin éxito,
poco después de acabar la contienda, en la que él participó de forma activa
ayudando a los prisioneros de guerra y a la población civil sin desaliento,
escribió la Carta Encíclica <Maximun Illud>, ya mencionada para aportar
luz a la historia de la evangelización realizada por la Iglesia católica:
“Desde que públicamente se
concedió a la Iglesia paz y libertad, fue mucho mayor en todo el orbe el avance
del apostolado, obra que se debió sobre todo a hombres eminentes en santidad.
Así, Gregorio I el Iluminador (257-330) gana para la causa cristiana a Armenia;
Victoriano (270-303), a Styria, Frumencio (+383), a Etiopia; Patricio (377-385;
461-464+) conquista para Cristo a los irlandeses; a los ingleses, Agustín (de
Canterbury), (605+); Columbano (521-597) y Paladio (432+), a los escoceses. Más
tarde, hace brillar la luz del Evangelio para Holanda, Clemente Villibrordo
primer Obispo de Utretch, mientras Bonifacio (754+) y Anscario (865+) atraen a
la fe católica los pueblos germánicos; como Cirilo (827-869) y Metodio
(815-885) a los eslavos.
Ensanchándose luego todavía más
el campo de la acción misionera, cuando Guillermo de Rubruquis (1253-1255) viajó
a Asía e iluminó con los esplendores de la fe la Mongolia y el Papa
Beato Gregorio X (1210-1276) envió misioneros a China, cuyos pasos habían
pronto de seguir los hijos de San
Francisco de Asís (1271-1368), durante la dinastía Yuan, fundando una Iglesia
numerosa, que pronto había de desaparecer al golpe de la persecución.
Más aún: tras el descubrimiento
de América; ejércitos de varones apostólicos, entre los cuales merece especial
mención Bartolomé de las Casas, honra y prez de la orden dominicana, se
consagraron a aliviar la triste suerte de los indígenas, ora defendiéndolos de
la tiranía despótica de ciertos hombres malvados, ora arrancándolos de la dura
esclavitud del demonio.
Al mismo tiempo, Francisco
Javier, digno de ser comparado con los mismos Apóstoles, después de haber
trabajado heroicamente por la gloria de Dios y salvación de las almas de las
Indias Orientales y el Japón, expira en las mismas puertas del Celeste Imperio,
a donde se dirigía, como para abrir con su muerte camino a la predicación del
Evangelio en aquella región vastísima, donde habían de consagrarse al
apostolado, llenos de anhelos misioneros y en medio de mil vicisitudes, los hijos de tantas órdenes religiosas e
instituciones misioneras.
Al fin, Australia, último continente descubierto,
y las regiones interiores de África, exploradas recientemente por hombres de
tesón y audacia, han recibido también pregoneros de la fe. Y casi no queda ya
isla tan apartada en la inmensidad del Pacifico donde no haya llegado el celo y
la actividad de nuestros misioneros…
Pues bien: quien considere tantos
y tan rudos trabajos sufridos en la propagación de la fe, tantos afanes y
ejemplos de invicta fortaleza, admirará sin duda que, a pesar de ello, sean
todavía innumerables los que yacen en las tinieblas…”
Por desgracia, desde que
Benedicto XV escribiera esta Carta Apostólica la situación fue visiblemente
empeorando, a partir de la segunda Guerra Mundial y hasta nuestros días, en los
que el Llamado Viejo Continente, primero en recibir la Palabra de Cristo, se
encuentra con la clara necesidad de lo que se ha dado en llamar Nueva
Evangelización. Precisamente en este sentido, el Beato Papa Juan Pablo II hacia
una denuncia en su Exhortación Apostólica Post-Sinodal, <Christifideles Laici>
en el año 1988:
“¿Cómo no hemos de pensar en la
persistente difusión de la <indiferencia religiosa> y del
<ateísmo>, en sus más diversas formas, particularmente en aquella <hoy
quizás más difundida> del <secularismo>? Embriagado por las
prodigiosas conquistas de un irrefrenable desarrollo científico-técnico,
fascinados sobre todo por la más antigua y siempre nueva tentación de querer
llegar a ser como Dios (GN 3,5), mediante el uso de una libertad sin límites,
el hombre arranca las raíces religiosas que están en su corazón: se olvida de
Dios, lo considera sin significado para su propia existencia, lo rechaza
poniéndose a adorar los más diversos <ídolos>… Y sin embargo la
<aspiración y la necesidad de lo religioso> no puede ser suprimido
totalmente. La conciencia de cada hombre, cuando tiene el coraje de afrontar
los interrogantes más graves de la existencia humana, y en particular el
sentido de la vida, del sufrimiento y de la muerte, no puede dejar de hacer
propia aquella palabra de verdad proclamada a veces por San Agustín: <Nos
has hecho, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que no
descanse en Ti>. Así también el mundo actual testifica, siempre de manera
más amplia y viva, la apertura a una visión espiritual y trascendente de la
vida, el despertar de la búsqueda religiosa, el retorno al sentido de lo sacro
y a la oración, la voluntad de ser libres en el invocar el Nombre del Señor”
Sigue, en su Exhortación, el
Pontífice Juan Pablo II, hablando largo y tendido, sobre el problema, mejor dicho,
los múltiples problemas que embargaban a la sociedad del siglo veinte, que han continuado creciendo desde entonces y
siguen amenazando terriblemente a la sociedad desde los comienzos de este siglo
veintiuno, por ejemplo: el desprecio de la dignidad humana, la conflictividad
social, la falta de justicia entre los hombres y sobre todo la falta de paz,
tanto en el seno familiar, como en el mundo en general. Es un campo de trabajo
inmenso, incierto y doloroso, éste, que en la actualidad tienen que labrar los
obreros del <dueño de la casa> de la parábola de Jesús, que recordábamos
al principio con el Evangelio de San Mateo. A este respecto son dignas de tener
en cuenta y muy significativas, las reflexiones del Papa Juan Pablo II en la
Exhortación, ya mencionada:
“En este campo está eficazmente
presente la Iglesia, todos nosotros, pastores y fieles, sacerdotes, religiosos
y laicos…
La Iglesia sabe que todos los
esfuerzos que va realizando la humanidad para llegar a la comunión y a la
participación, a pesar de todas las dificultades, retrasos y contradicciones
causadas por las limitaciones humanas, por el pecado, y por el Maligno,
encuentran una respuesta plena en Jesucristo, Redentor del hombre y del mundo.
La Iglesia sabe que es enviada
por Él como <signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad
de todo el género humano> En conclusión, a pesar de todo, la humanidad puede
esperar, debe esperar. El Evangelio vivo y personal, Jesucristo mismo, es la
<noticia nueva> y portadora de alegría que la Iglesia testifica y anuncia
cada día a todos los hombres”
En efecto, como también razonaba
otro Papa, Pablo VI, en su Carta Encíclica <Ecclesiam Suam>, dada en Roma
el 6 de agosto de 1964 (segundo de su Pontificado):
“Habiendo Jesucristo fundado la
Iglesia para que fuese al mismo tiempo <madre amorosa> de todos los
hombres, y la <dispensadora de salvación>, se ve claramente por qué a lo
largo de los siglos le han dado muestras de especial amor y le han dedicado
especial solicitud todos los que se han interesado por la gloria de Dios y por
la salvación eterna de los hombres; entre éstos, como es natural los Vicarios
del mismo Cristo en la tierra, un número inmenso de Obispos y de Sacerdotes y
un admirable escuadrón de cristianos santos”
Fue esta la primera Carta
Encíclica del Papa Pablo VI, un hombre verdaderamente santo, que luchó
denodadamente por transmitir <correctamente> los mensajes de la Iglesia,
recogidos del Concilio Vaticano II. Fue por ello atacado, por aquellos que
querían una <modernización de la Iglesia>, que implicaba, incluso,
apartarse del Mensaje de Cristo; pero él, fiel al Señor, no cedió a los intereses
particulares de aquellos que pretendían, equivocadamente y atraídos por
filosofías malsanas, alejarse de la verdad salvadora.
El motivo, pues, de esta su
primera Encíclica, era dejar muy claras sus intenciones al respecto (Ibid):
“Esta nuestra Encíclica no quiere
revestir carácter solemne y propiamente doctrinal, ni proponer enseñanzas
determinadas, morales o sociales: simplemente quiere ser un mensaje fraternal y
familiar. Pues queremos tan solo, con esta nuestra carta, cumplir el deber de
abriros nuestra alma, con la intención de dar a la comunión de fe y de caridad que felizmente existe entre
nosotros un mayor gozo, con el propósito
de fortalecer nuestro ministerio, de atender mejor a las fructíferas sesiones
del Concilio Ecuménico mismo, y de dar mayor claridad a algunos criterios
doctrinales y prácticos que puedan útilmente guiar la actividad espiritual y apostólica
de la Jerarquía eclesiástica y de cuantos le prestan obediencia y colaboración
o incluso sólo benévola atención…”
Tres ideas del Papa Pablo VI, de
esta su primera Encíclica, quisiéramos destacar a continuación, teniendo en
cuenta que durante su Papado la situación de la Iglesia era enormemente
conflictiva:
a) Que <ésta es la hora en que
la Iglesia debe profundizar en la conciencia de sí misma, debe meditar sobre el
misterio que le es propio, debe explorar, para propia instrucción y
edificación, la doctrina que le es bien conocida>…
b)Que <hay que ver cuál es el deber presente de la Iglesia en
corregir los defectos de los propios miembros y hacerles tender a mayor
perfección, y cuál es el método mejor para llevar con prudencia a tan gran
renovación>…
c) ¿Cuáles son las relaciones que
actualmente debe la Iglesia establecer con el mundo que le rodea y en medio del
cual ella vive y trabaja? <Una parte de este mundo…ha recibido profundamente
el influjo del cristianismo y lo ha asimilado íntimamente, pero luego se ha ido
separando y distanciando en estos últimos siglos del trono cristiano de su
civilización>…
Sin duda el Pontificado de Pablo
VI (1963-1978) estuvo lleno de escollos que parecían insalvables y que
proporcionaron al Papa un gran sufrimiento, aunque él siempre llevó la Cruz de
Cristo con amor y dignidad. La reforma de la curia fue una de las principales
dificultades con las que se topó, tal como se recuerda en el magnífico libro
<Cien años de Pontificado romano> realizado bajo la coordinación del Dr.
Josep-Ignasi Saranyana, con la colaboración de un gran número de eminentes
historiadores, de la Ed. Eunsa (2006):
“Allí encontró su cruz y su
gloria, porque, pasado el inicial entusiasmo con su persona, se abatieron sobre
la Iglesia los problemas que entonces conmocionaban al mundo de la cultura, de
la religión y de la política. Estaba en puerta el conflictivo año de 1968
La corriente de secularización
entró de lleno en la concepción de la doctrina eclesiástica, que sustituyó el
objetivo formal de la teología por las realidades que implicaban sus modernas
denominaciones de <teología de la muerte de Dios>, de la
<secularización>, de la <liberación>, etc. Los mismos episcopados
parecían demasiado condescendientes con la imprecisión dogmatica del momento…
Era el clima en el que se forjaba
la escisión del Arzobispo Lefebvre, ya incoado durante los días del Concilio…”
Sin embargo los males que
azotaban a la sociedad de mediados del siglo XX, se iniciaron en tiempos anteriores; el Papa Pio
X lo denunció, en su Carta Encíclica <Acerbo Nimis>, donde mencionó con
dolor la falta de enseñanza del Catecismo Católico en las escuelas y en la
sociedad cristiana en general, al principio de ese siglo, en concreto en el año
1905:
“¡Cuan comunes y fundados son,
por desgracia, estos lamentos de que existe hoy un crecido número de personas,
en el pueblo cristiano, que viven en suma ignorancia de las cosas que se han de
conocer para conseguir la salvación eterna! Al decir pueblo cristiano, no
queremos referirnos solamente a la plebe, esto es, a las personas pobres, a
quienes excusa con frecuencia, el hecho de hallarse sometidos a dueños
exigentes, y que apenas si pueden ocuparse de sí mismos y de su descanso; sino
que también y, principalmente, hablamos de aquellos a quienes no falta
entendimiento, ni cultura y hasta se hallan adornados de una gran erudición
profana, pero que, en lo tocante a la religión, viven temerariamente e
imprudentemente.
¡Difícil sería ponderar lo espeso
de las tinieblas que con frecuencia los envuelven, y lo que es más triste, la
tranquilidad con que permanecen en ellas! De Dios, Soberano autor y moderador
de todas las cosas y de la sabiduría de la fe cristiana para nada se preocupan;
y así nada saben de la Encarnación del Verbo de Dios, ni de la Redención por Él
llevada a cabo…En cuanto al pecado, ni conocen su malicia, ni su fealdad, de
suerte que no ponen el menor cuidado en evitarlo…”
Vemos, en su carta, la angustia
del Papa ante los hechos por él denunciados en la sociedad, ya en los albores
del siglo XX; él trató de renovar
<toda en Cristo>, con la esperanza de evitar el declive moral y prevenir
lo que ya se anunciaba para siglos
posteriores. Ciertamente, como el propio Papa Beato Juan Pablo II recordaba en
su Carta Apostólica <Tertio Millennio adveniente>, publicada en el año
1994, todos los Pontífices del siglo XX, anteriores al Concilio Ecuménico de
Vaticano II, trataron de promover la paz entre las naciones, pero también, la
paz verdadera en la conciencia de los hombres de la época. Sí, realmente todos
los Papas comprendieron que, esto, era sumamente urgente y trataron de
evangelizar a los pueblos para evitar lo que se avecinaba, pero sin demasiado éxito…
Fue el Papa Juan XXIII, movido
seguramente por la situación moral acuciante de su grey, el que decidió convocar el Concilio Ecuménico
Vaticano II, aunque no todos los Cardenales y Obispos estuvieron en principio
de acuerdo con ello, por el riesgo que la Iglesia podría correr, en unos
momentos tan delicados…La muerte le impidió ver al Papa los resultados de este
Concilio, la responsabilidad del mismo recayó en su sucesor cuando aún faltaba
mucho para dar término final al mismo. En efecto, cuando Pablo VI ocupó la
silla de Pedro, tan solo se había celebrado la primera convocatoria del
Concilio, y ni tan siquiera se había publicado alguno de los posibles decretos
resultantes de la misma. El nuevo Papa al tomar sobre sí la responsabilidad del
Concilio Vaticano II se propuso, sobretodo, respetando la opinión de todos los
Padres de la Iglesia participantes en el mismo, conseguir las reformas
necesarias, pero eso sí, sin apartarse nunca del Mensaje Divino.
Pasados ya tantos años de la
celebración y aplicación de la recomendaciones del Concilio Ecuménico, del que
se han hecho tantas críticas y alabanzas, sólo nos atrevemos a decir que los
resultados fueron muy diversos, pues aunque por una parte muchas voces se
alzaron en contra de algunas de las resoluciones tomadas en él, a la postre,
otros tantos beneficios se han obtenido de los mismos…Lo que no se puede negar
es que a raíz de la celebración de Vaticano II muchas cosas cambiaron en las
costumbres de la Iglesia, que no en su
mensaje, unas para bien y otras si no para mal sí que han sido causa de muchas
dificultades que aún estamos tratando de superar…
Al Papa Pablo VI, las reformas postconciliares
le causaron, eso sí, grandes problemas, por la interpretación moderada y
acertadas del Pontífice que dieron lugar al rechazo de la sociedad más
progresista del momento, incluido también
cierto sector de la curia. Fueron tantas las quejas recibidas que el
Cabeza de la Iglesia se encontró en dificultades para mantener la disciplina
que le era debida y la pureza de la doctrina cristiana. Con todo no cejó en su
empeño y a través de sus Cartas Encíclicas fue manifestando la Verdad del Mensaje
de Cristo, en contra mucha veces de la opinión generalizada de una sociedad
imbuida de modernismo mal entendido, anticlerical y laicista en gran medida.
A la muerte de Pablo VI fue
elegido como su sucesor en la silla de Pedro, el Cardenal Albino Luciani,
persona muy próxima al anterior Papa y de una humildad y santidad reconocidas.
Este Santo Padre que tomó el nombre de Juan Pablo I no defraudó en absoluto las
perspectivas puestas en él, en el cortísimo tiempo que duró su Pontificado
(apenas unos días del año 1978). Como podemos leer en el libro recomendado
anteriormente (Cien años de Pontificado romano…):
“No sabemos cuál hubiera llegado
a ser la fecundidad de aquella mansa lluvia, que era la suave doctrina y dulce
talante del nuevo Papa. Todos pudieron comprobar que Juan Pablo I optaba por la
continuidad decididamente…En la mañana del día 27 de agosto, a las nueve, el
nuevo Papa celebró la Eucaristía con los Cardenales que habían participado en
el Cónclave y seguidamente, a las 10:15, se dirigía al mundo en un primer
mensaje en el que ponía de manifiesto su proyecto Papal…Era el de quien asume
con filial reverencia y sin afán alguno de originalidades el rumbo de su
predecesor: <Nuestro programa será
continuar el suyo (el de Pablo VI)…Queremos continuar sin fatiga en pos
de la herencia del Concilio Vaticano II, cuyas sabias normas todavía necesitan
ser llevadas a efecto, vigilando no sea que un empuje generoso, pero
imprudente, tergiverse sus contenidos y significados…Queremos recordar a la
Iglesia que su primer deber sigue siendo la evangelización, cuyas líneas
maestras, nuestro predecesor Pablo VI, ha condesado en un memorable
documento…Queremos, en fin, apoyar todas las iniciativas laudables y buenas que
puedan tutelar e incrementar la paz en el mundo turbado, para lo cual pedimos
la colaboración de todos los hombres buenos, justos, honestos rectos de
corazón…>”
No pudo ser, el 29 de septiembre
del mismo año que había sido elegido, 1978, se anunció al mundo entero su
muerte, tan inesperada, como repentina…y su sucesor, Juan Pablo II (1978-2005)
retomó con gran ánimo la tarea que había anunciado y deseaba realizar Juan
Pablo I. El nuevo Papa, muy pronto, logró atraerse el cariño, respeto, y
admiración de todos los miembros de la Iglesia, debido a su gran carisma y
bondad absoluta. Fue uno de los Pontificados más largos de la historia de la
Iglesia, y por tanto, uno de los más fructíferos. Los fieles fueron
conquistados por él y muchas ovejas perdidas, volvieron de nuevo al rebaño que
nunca debieron abandonar, en pos de ídolos con pies de barro…
Fueron muchas sus Cartas
Encíclicas, Apostólicas, u otros tipos de documentos, que sirvieron y sirven
aún hoy, como guía absoluta a todos los fieles creyentes y aún a los no creyentes…En
particular, en la Exhortación Apostólica Post-Sinodal, anteriormente
mencionada, él hizo una llamada urgente a los laicos con objeto de que se
concienciaran totalmente sobre la labor fecunda que podían y debían desarrollar
para la Iglesia, a favor de la <nueva evangelización> (Christifideles
Laici 1988):
“Los fieles laicos, cuya vocación
y misión en la Iglesia y en el mundo (a los veinte años del Concilio Vaticano II) ha sido tema del Sínodo de los Obispos de 1987, pertenecen
a aquel pueblo de Dios representado en los obreros de la viña, de los que habla
el Evangelio de San Mateo: <El Reino de los cielos es semejante a un
propietario, que salió a primera hora de la mañana a contratar obreros para su
viña…>
La parábola evangélica despliega
ante nuestra mirada la inmensidad de la viña del Señor y la multitud de
personas, hombres y mujeres, que son llamados por Él y enviados para que tengan
trabajo en ella. La viña es el mundo entero, que debe ser transformado según el
designio divino en vista de la venida definitiva del Reino de Dios”
Recordemos que el tema del
apostolado laico fue ampliamente tratado en el Concilio Vaticano II y que en el
Decreto dado a este respecto <Apostolicam actuositatem>, en sus seis
capítulos, se encuentran recogidas todas las ideas desarrolladas en el mismo al
respecto: <Vocación de los laicos al apostolado>, <Fines que hay que
lograr>, <Campos del apostolado>, <Formas de apostolado>,
<Orden que hay que observar> y <Formación para ejercer el
apostolado>. Por último, es muy importante también recordar las palabras del Papa Pablo VI y los Santo
Padres Conciliares en la Exhortación final del Decreto:
“Por consiguiente, el Sagrado
Concilio ruega encarecidamente en el Señor a todos los laicos, que respondan
con gozo, con generosidad y corazón dispuesto a la voz de Cristo; que en esta
hora invita con más insistencia y al impulso del Espíritu Santo; sientan los
más jóvenes que esta llamada se hace de una manera especial a ellos; recíbanla,
pues, con entusiasmo y magnanimidad…”
Este Decreto sobre el Apostolado
de los laicos fue emitido en Roma el 18 de noviembre de 1965, y prueba de las
dificultades que implicaba su aplicación y desarrollo, en todos sus apartados,
es que después de más de veinte años de su publicación, el Papa Juan Pablo II,
se expresaba en los siguientes términos en su Exhortación Apostólica (Ibid):
“El significado fundamental de
este Sínodo, y por tanto más valioso, deseado por él, es la acogida por parte
de los fieles laicos del llamamiento de Cristo a trabajar en su viña, a tomar
parte activa, consciente y responsable en la misión de la Iglesia en esta
magnífica y dramática hora de la historia, ante la llegada inminente del tercer
mileno.
Nuevas situaciones, tanto
eclesiales como sociales, económicas y culturales, reclaman hoy, con fuerza muy
particular, la acción de los fieles laicos. Si él no comprometerse ha sido
siempre algo inaceptable, el tiempo presente lo hace más culpable: <A nadie
le es lícito permanecer ocioso>.
Reemprendamos la lectura de la
parábola evangélica: <Todavía salió a eso de las cinco de la tarde, vio otro
que estaban allí, y le dijo ¿Por qué estáis aquí todo el día parados? Le
respondieron, <nadie nos contrató>. Y él les dijo, <id también
vosotros a trabajar en mi viña>.
No hay lugar para el ocio, tanto
es el trabajo, que a todos espera en la viña del Señor. El <amo de la
casa> repite con más fuerza, <id también vosotros a trabajar en mi
viña>”
Ante los graves problemas que
acuciaban al mundo, a finales del siglo pasado, y que se han agudizado a
principios de éste, como el Papa ya profetizaba, él hablaba en su Exhortación
Apostólica de Jesucristo, como la esperanza de los hombres, porque la voluntad
de Dios es la santificación de toda la humanidad, porque constantemente nos
llama a todos a conseguir la pureza de corazón y porque si despreciáramos la
ayuda que Jesús nos presta, estaríamos despreciando también la ayuda de Dios
Padre y del Espíritu Santo, en definitiva, del Dios Trino que es nuestro
Creador (Exhortación Apostólica de Juan Pablo II…):
“El Evangelio vivo y personal,
Jesucristo mismo, es la <noticia nueva> y portadora de alegría que la
Iglesia testifica y anuncia cada día a todos los hombres. En este anuncio, y en
este testimonio, los fieles laicos, tienen un puesto original e irremplazable,
por medio de ellos, la Iglesia de Cristo está presente en los más variados
sectores del mundo, como signo y fuente de esperanza y amor”
Por otra parte, el santo Padre
recordando, así mismo, las enseñanzas del Concilio Vaticano II y las diversas
imágenes bíblicas de la vid se expresaba de este modo en la Exhortación
mencionada (Ibid):
“Cristo es la verdadera vid, que
comunica vida y fecundidad a los sarmientos…La Iglesia es la viña
evangelizadora…Solo dentro de la Iglesia como misterio de comunicación se
revela la <identidad> de los fieles laicos, su original dignidad. Y solo
dentro de esta dignidad se puede definir, su vocación y misión en la Iglesia y
en el mundo. Los Padres Sinodales han señalado con justa razón la necesidad de
individualizar y proponer una descripción positiva de la vocación y de la
misión de los fieles laicos, profundizando en el estudio doctrinal del Concilio
Vaticano II, a la luz de los recientes documentos del Magisterio y de la
experiencia de la vida misma de la Iglesia guiada por el Espíritu Santo….
Con el nombre de laicos, así lo
describe la Constitución <Lumen Gentium>, se designa aquí todos los
fieles cristianos, a excepción de los miembros del orden sagrado y los de
estado religioso sancionado por la Iglesia; es decir, los fieles que, en cuanto
incorporados a Cristo por el Bautismo, integrados en el pueblo de Dios, y
hechos participes a su modo del oficio sacerdotal, profético, y real, de
Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo
cristiano en la parte que a ellos le corresponde”
Podríamos preguntarnos ante estas
palabras del Papa: ¿pero de qué forma concreta participan los laicos en ese oficio
triple de Jesús (sacerdotal, profético y real) cuyo origen es el Sacramento del
Bautismo? La respuesta la tenemos también en la Exhortación del Santo Padre
(Ibid):
“Los fieles participan en el
oficio sacerdotal, por el que Jesús se ha ofrecido a sí mismo en la Cruz y se
ofrece continuamente, en la celebración eucarística, por la salvación de la
humanidad para gloria del Padre…
La participación en el oficio
profético de Cristo, <que proclamó el Reino del Padre con el testimonio de
la vida y con el poder de la palabra>, habilita y compromete a los fieles
laicos a acoger con fe el Evangelio y a anunciarlo con las palabras y con las
obras, sin vacilar en denunciar el mal con valentía…
Por su pertenencia a Cristo,
Señor y Rey del universo, los laicos participan en su oficio real y son
llamados por Él para servir al Reino de Dios y difundirlo en la historia. Viven
la realeza cristiana, antes que nada, mediante la lucha espiritual para vencer
en sí mismos el pecado; y después en la
propia entrega para servir, en la justicia y en la caridad, al mismo Jesús
presente en todos sus hermanos, especialmente en los más pequeños”
Ahora bien, la <condición eclesial>
de los fieles laicos se encuentra radicalmente definida por su carácter
cristiano y su dimensión secular, según consta en la <Lumen Gentium>.
Ello quiere decir, como también recuerda Juan Pablo II en su Carta Apostólica
post-sinodal, que de este modo <el mundo se convierte en el ámbito y el
medio de la vocación cristiana de los fieles laicos>, porque el mismo está
destinado a dar gloria a Dios Padre en Cristo. Desde este punto de vista los
Padres Sinodales han afirmado que: <la índole secular del fiel laico no debe
ser definida solamente en el sentido sociológico, sino sobre todo en el sentido
teológico>.
Deberíamos tener claro todos los
laicos, que junto con los sacerdotes, religiosos y religiosas, constituimos el
pueblo de Dios; que todos hemos recibido la llamada del Señor para trabajar en
su viña, <Id también vosotros a mi viña>… y por ser miembros de su
Iglesia tenemos la vocación de evangelizar, de ser anunciadores de su
Evangelio, porque hemos sido habilitados para ello con el Sacramento del Bautismo
y reafirmados en ella por el Espíritu Santo con el Sacramento de la
Confirmación.
Recordemos una vez más las sabias
palabras del Papa Juan Pablo II a este respecto (Ibid):
“Por la evangelización la Iglesia
es construida y plasmada como comunidad de fe; mejor dicho, como comunidad de
una fe confesada en la adhesión a la Palabra de Dios, celebrada en los
Sacramentos, vivida en la caridad como alma de la existencia moral cristiana…
En verdad, el imperativo de
Jesús, <Id y predicad el Evangelio>, mantiene siempre vivo su valor, y
está cargado de una urgencia que no puede decaer…Cada discípulo es llamado en
primera persona; ningún discípulo puede hurtar
su propia respuesta, porque como dijo San Pablo, < ¡Ay de mí si no predicase el Evangelio!> (I Co
9,16)”
Son palabras llenas de verdad que
nos animan sin duda a continuar siempre adelante en la tarea de apostolado,
aunque sabemos que las dificultades son grandes…Así lo han entendido los
Pontífices de los últimos años que han fomentado una llamada a favor de lo que
se ha dado en llamar <nueva evangelización>. Precisamente el Papa
Benedicto XVI, cuando aún era el Cardenal Ratzinger, aclaraba la necesidad de
la misma, en una conferencia que pronunció para el conjunto de profesores y
catequistas que asistieron a un Congreso en Roma en el año 2000:
“La pobreza más profunda es la
incapacidad de la alegría, el tedio de la vida considerada absurda y
contradictoria. Esta pobreza se halla hoy muy extendida, con formas muy
diversas, tanto en las sociedades materialmente ricas, como en los países
pobres. La incapacidad de la alegría supone y produce la incapacidad de amar,
produce la envidia, la avaricia…todos los vicios que arruinan la vida de las
personas y del mundo. Por eso hace falta una <nueva evangelización>. Si
se desconoce el arte de vivir, todo lo demás no funciona. Pero ese arte no es
objeto de la ciencia; solo lo puede comunicar quien tiene la vida, el que es el
Evangelio en persona”
Esta situación de descristianización que hemos
sufrido en los últimos siglos, ha llegado a límites insoportables en tantas
ocasiones, por la pérdida de valores humanos, y la pérdida, como decía
Benedicto XVI, de la alegría y del arte de vivir… Por desgracia también muchos
católicos no han logrado en una sociedad
consumista y falta de amor a Dios, encontrar en la santa madre Iglesia las
respuestas que buscaban a sus problemas en particular, persuadidos como estaban
de poseer la verdad, la mayor parte de las veces, por una <conciencia
errónea> que todo lo enmascara y borra…
Como decía, el entonces Cardenal
Ratzinger, eran necesarios nuevos caminos para
mostrar la verdad y belleza del Evangelio de Cristo:
“Busquemos, además de la
evangelización permanente, nunca interrumpida, una <nueva
evangelización>, capaz de lograr que la escuche este mundo que no tiene
acceso a la evangelización clásica. Todos necesitamos el Evangelio. El
Evangelio está destinado a todos y no sólo a un grupo determinado, y por eso
debemos buscar nuevos caminos para que la evangelización llegue a todos…”
Los laicos hemos sido llamados
también a colaborar, en la medida de nuestras posibilidades a esta tarea
meritoria, ahora bien, no olvidemos que lo primero y principal es hacer llegar
a las gentes apartadas de Cristo, la idea de que hay que creer en la existencia,
al final de los tiempos, de una nueva venida del Señor para juzgar a todos los
hombres. La existencia real de un juicio final debe volver al pensamiento de
los cristianos, de otra forma habremos perdido parte esencial del mensaje del
Evangelio de Cristo, que nos incumbe y ¡de que manera!
Algunos piensan que la <nueva
evangelización> consiste, tan solo, en dar a conocer el Evangelio con las nuevas técnicas del
mundo de la comunicación, esto es así, pero no es lo más importante, recordemos
al respecto las palabras de Benedicto XVI (Ibid):
“Nueva evangelización no puede
querer decir atraer inmediatamente con nuevos métodos, más refinados, a las
grandes masas que se han alejado de la Iglesia. No; no es está la promesa de la
<nueva evangelización>. La <nueva evangelización> significa no
contentarse con el hecho de que el grano de mostaza haya crecido en el gran
árbol de la Iglesia universal, ni pensar que basta el hecho de que en sus ramas
puedan anidar aves de todo tipo, dejando que Dios decida cuándo y cómo crecerán”
Sí, no podemos dejar a medias las
cosas, no podemos implicarnos sin antes sufrir nosotros en nuestras propias
carnes, la necesidad de una nueva visión de los problemas de esta vida, sin
haber sufrido, de alguna manera también, el cambio de nuestras conciencias
dormidas…Porque el anuncio del reino de Dios así lo requiere, porque es anuncio
del Dios que nos conoce y nos escucha; del Dios que ha entrado en la historia
de la humanidad para hacer justicia, como proclamaba Benedicto XVI (Ibid):
“Esta predicación es, por tanto,
anuncio de juicio, anuncio de nuestra responsabilidad. El hombre, no puede
hacer o no hacer, lo que quiera. El será juzgado…El debe dar cuenta de sus
actos…
De esta manera, el artículo de fe
del juicio, su fuerza de formación de las conciencias, es un contenido central
del Evangelio y es verdaderamente una <buena nueva>. Lo es para todos
aquellos que sufren por la injusticia del mundo y busca justicia. De este modo
se comprende la conexión entre el <reino de Dios> y los pobres, los que
sufren y todos aquellos de los cuales
hablan las Bienaventuranzas del discurso de la montaña de Jesús. Estos están
protegidos por la certeza del juicio, por la certeza de que hay justicia. Este
es el verdadero contenido del artículo sobre el juicio final, sobre Dios Juez:
hay justicia”
Ciertamente como aseguraba
Benedicto XVI , no es posible que las injusticias de este mundo, las
injusticias practicadas por hombres impíos, tengan la última palabra,
porque Dios es justo y misericordioso, e
imparte justicia ahora, e impartirá justicia al final de los siglos, pero de
una forma muy distinta a como lo hacen los seres humanos (Ibid):
“La bondad de Dios es infinita,
pero no debemos reducir esta bondad a una cosa melindrosa, sin verdad. Sólo
creyendo al justo juicio de Dios, solo teniendo hambre y sed de justicia,
abrimos nuestro corazón y nuestra vida a la misericordia divina…”
Por último, recordemos, una vez
más, que <una grande, comprometedora y magnifica empresa ha sido confiada a
la Iglesia: la de una nueva evangelización, de la que el mundo actual tiene una
gran necesidad>, y todos los laicos hemos sido llamados también a colaborar
en ella, junto al resto de sus miembros, tal como nos recordaba con su oración,
el Papa Juan Pablo II en la Exhortación
Apostólica Postsinodal citada anteriormente:
“Oh Virgen Santísima, Madre de
Cristo y Madre de la Iglesia, con alegría y admiración nos unimos a tu
Magnificat, tu canto de amor agradecido.
Contigo damos gracia a Dios,
<cuya misericordia se extiende de generación en generación>, por la
esplendida vocación y por la multiforme misión confiada a los laicos, por su
nombre, llamados por Dios a vivir en comunión de amor y de santidad con Él y de
estar fraternalmente unidos en la gran familia de los hijos de Dios, enviados a
irradiar la luz de Cristo y de comunicar el fuego del Espíritu por medio de su
vida evangélica en todo el mundo”