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sábado, 21 de mayo de 2016

JESÚS DIJO: EL DIABLO ES PADRE DE LA MENTIRA


 
 

 
Jesús dijo éstas convincentes palabras, <el diablo es padre de la mentira> durante su viaje a Jerusalén para asistir a la fiesta de los Tabernáculos, tal como nos ha relatado el Apóstol San Juan en su Evangelio. Este apóstol cuenta la actitud del Señor, en aquellos momentos, frente al espíritu del mal, Satanas.
Jesús acababa de salvar de muerte segura a una mujer adúltera, frente a sus acusadores, a los que Él dejó confundidos (Jn 8,1-11), para después declarar de formas diversas el origen divino de su persona.


Algunos de los judíos que le escuchaban  creyeron en Él y Él les decía (Jn 8, 31): "Si vosotros permanecéis en mi palabra, sois en verdad discípulos míos / conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres"

Otros no obstante ante estas palabras del Señor  se sintieron ofendidos porque como descendientes del linaje de Abrahán se consideraban hombres libres...Pero el Señor no se refería a esta clase de libertad, sino a la libertad verdadera de los seres humanos, aquella que alcanzan cuando no son esclavos del pecado, por eso, continuó hablándoles sobre el verdadero linaje de Abrahán, ante sus constantes protestas y malas intenciones hacia su persona...

Y es entonces cuando Jesús no tiene más remedio que hablarles seriamente del <padre de la mentira>, para decirles ( Jn 8, 42-44):

 
 
 
"Si Dios fuese vuestro Padre, me amaríais; pues yo he salido de Dios y he venido aquí. Yo no he salido de mí mismo sino que Él me envió / ¿Po qué no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis oír mi palabra /  Vosotros tenéis por padre al diablo y queréis cumplir las apetencias de vuestro padre; el era homicida desde el principio, y no se mantuvo en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla la mentira, de lo suyo habla, porque es mentiroso y el padre de la mentira"



Aquellos hombres, resultaron ser, verdaderos acólitos del demonio, gritaban y se exasperaban ante sus palabras y su presencia, y querían matarle, apedreándole, pero Jesús lleno de amor y mansedumbre pudo escapar de sus garras, pudo salir del Templo en el que se encontraban, porque todavía no había llegado su hora...

Siguió su camino el Señor buscando nuevos hombres con objeto de evangelizarlos, mediante su palabra y haciendo milagros; y curo a un ciego de nacimiento que se encontró a su paso... Sí, el Señor daba testimonio de sí mismo honrando a su Padre, porque era el Buen pastor, que venia a dar la vida por sus ovejas.         


Todas las cuestiones las trató Jesús con admirable mansedumbre, sin tener en cuenta las constantes blasfemias que algunos hombres, de mala conciencia, le lanzaban; tan sólo Nicodemo <aquel mismo que de noche vino a Jesús…> le defiende diciendo, en un momento dado (Jn 7,51): <¿Por ventura nuestra ley condena a nadie sin haberle oído primero, y examina su proceder?>



 
 
Y decía muy bien Nicodemo, ya que ésta es una regla de la ley natural, pero también de la ley escrita muy importante, pues sin pruebas a nadie se le pude condenar, cuestión  que muchas veces no se ha tenido en cuenta, como sucedió en aquella ocasión, y por eso aquellos hombres, tratando de dejar en ridículo a Nicodemo, le preguntaron (Jn 7, 52): <¿También tú eres galileo? Investiga y te darás cuenta de que ningún profeta surge de Galilea>


Pero dijeron aquello sin saber que Jesús era judío y no galileo, aunque para el caso hubiera sido igual, porque aquellas personas lo único que querían era hacer desaparecer a aquel hombre que les hacia ver que se comportaban como acólitos del maligno.
Esta era la actitud de aquellas gentes que perseguían constantemente a Jesús con intención de matarlo, aun habiendo escuchado sus palabras y habiendo visto sus milagros. Por eso, Jesús les ofrece a sus perseguidores, de aquel tiempo, y de todos los tiempos a lo largo de los siglos, la <verdadera libertad>, con esta transcendental frase (Jn 8,31-32):
 
 


<Si permanecéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres>


Más aquellos hombres que en principio habían creído en Él, se escandalizaban porque no aceptaban la posibilidad de que Jesús fuera el Mesías, y le respondían con soberbia (Jn 8,33): <somos linaje de Abrahán y nunca hemos sido esclavos de nadie>, sin caer en la cuenta, que aquellos que se dejan aconsejar por el maligno y sus acolitos, son esclavos de estos.
Así les sucedió a nuestros primeros padres, Adán y Eva al dejarse tentar por el demonio en forma de serpiente, al principio de los siglos (Gen 3).

Por eso Dios le dijo a la serpiente (Gen 3,14-15): "Por haber hecho esto, maldita tú entre todo el ganado y todas las fieras del campo; te arrastrarás sobre el vientre y comerás polvo toda tu vida / pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia; ésta te aplastará cabeza, cuando tú la hieras en el talón"

 
 
 
Jesús hace, a los hombres que le negaban entonces, y también a los que le niegan hoy,  la misma pregunta: ¿Por qué no entendéis mi lenguaje?  En respuesta  a esta pregunta, dice Jesús: <Porque no podéis escuchar mi palabra>.

Por desgracia esto es así, desde que Dios creó el mundo y a nuestros primeros padres, porque también y con anterioridad había creado  espíritus puros, ángeles, pero parte de ellos se rebelaron contra su Creador y Dios los condenó para siempre. Satanás, el padre de la mentira y sus acólitos, esto es, sus discípulos, son  ángeles que se sublevaron contra Dios.

Los hombres que niegan a Dios, a su Hijo único, Jesucristo y al Espíritu Santo, es decir, al Dios Trino están imbuidos por las mentiras del maligno también denominado <ángel negro>. A este respecto es interesante recordar la catequesis del Papa san Juan Pablo II sobre los ángeles y los demonios:

“En el Antiguo Testamento, la narración de la caída del hombre, recogida en el libro del Génesis, contiene una referencia a la actitud de antagonismo que Satanás quiere comunicar al hombre para inducirlo a la transgresión (Gen 3,5). También en el libro de Job (Job 1,11; 2,5-7), vemos que Satanás trata de provocar la rebelión en el hombre que sufre. En el libro de la Sabiduría (Sab 2,24) Satanás es presentado como el artífice de la muerte que entra en la historia del hombre juntamente con el pecado”
 
 
El libro de la Sabiduría nos presenta a Satanás como el artífice de la muerte, y esta muerte la relaciona a su vez con la injusticia, esto es, el pecado. Este libro ha sido conocido desde antiguo por el nombre: <Sabiduría de Salomón>; pero estando comprobado el hecho  de que fue escrito en el siglo II a.C., siendo por tanto el último libro del Antiguo Testamento desde el punto de vista cronológico, se puede asegurar, que no fue escrito por el rey sabio Salomón.


Mas bien,  en la actualidad, se cree que con objeto de prestar una mayor autoridad a lo que se dice en dicho libro, sus enseñanzas se ponen en labios de Salomón, y se dirigen a los reyes y gobernantes de la tierra, aunque no sean éstos los únicos que deberían leerlo, por la excelencia de sus consejos.

Así por ejemplo, en el caso concreto que estamos considerando, es decir, el hecho de que Satanás es el artífice de la muerte y del pecado, podemos leer en dicho libro los siguientes razonamientos de los <impíos frente a los hombres justos> (Sab 2,10-20):
"Oprimamos al pobre inocente, no tengamos compasión de la viuda, y no respetemos las canas venerables del anciano / Sea nuestra fuerza la norma de la justicia, pues lo débil es evidente que de nada sirve / Acechemos al justo, que nos resulta fastidioso: se opone a nuestro modo de actuar, nos reprocha las faltas contra la Ley / Lleva una vida distinta de todos los demás y va por caminos diferentes / Proclama dichoso el destino de los justos, y presumen de tener un padre Dios / Veamos si es verdad lo que dice, comprobando como es su muerte / Lo someteremos a ultrajes y torturas, para conocer su temple y comprobar su resistencia / Lo condenaremos a muerte ignominiosa, pues según dice, Dios lo salvará"

 
 
 
Estas últimas palabras nos recuerdan las pronunciadas por aquellos otros hombres que ajusticiaron a Jesús, nuestro Salvador, y de hecho, el sentir de los Padres de la Iglesia, coincide en asegurar que estos versículos son <cristológicos> pues reflejan a la perfección de forma profética lo que sucedió durante la Pasión y Muerte de Jesucristo, ya en el siglo II antes de la venida del Mesías.

Tras las propuestas injustas y pecadoras de los impíos, sanguinarios e inclementes contra los hombres de comportamientos recto y justo, el libro de la Sabiduría nos aclara que este comportamiento sería un error fatal, pues el juicio de Dios es otro muy distinto (Sad. 2,21-24):
"Así piensan los impíos, pero se equivocan pues los ciega la maldad / Ignoran los secretos de Dios, no confían en el premio de la virtud, ni creen en la recompensa de los intachables / Dios creó al hombre para la inmortalidad, y lo hizo a imagen de su propio ser / más por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y tienen que sufrirla los que le pertenecen"

 
 
 
Ciertamente  los que le pertenecen son los pecadores, los injustos e inclementes con Dios, y con sus semejantes. Los mentirosos, los que practican la mentira con asiduidad y sin arrepentimiento son hijos del maligno, y no creen en Cristo como el mismo aseguraba. 

Es evidente, todo aquel que se deja llevar por los consejos engañosos de Satanás, puede caer en sus redes, si no escucha la Palabra de Dios, ni recuerda que el diablo es mentiroso, que no se mantiene en la verdad, es decir en la objetividad de las cosas. El diablo en su soberbia, no queriendo reconocer su situación real frente al Creador, se aleja de la Verdad absoluta, esto es, del Padre Todopoderoso.
 
 
 
Rechazando la Verdad absoluta de Dios, con un acto de su libre voluntad, Satanás se convirtió en mentiroso cósmico y padre de la mentira. Por esto vive en la radical e irreversible negación de Dios y trata de imponer a la creación, a los otros seres creados a imagen de Dios, y en particular a los hombres y mujeres, su trágica mentira sobre  Dios.


Aún estando ausente de pecado, Jesús fue sometido también, por parte de Satanás, a la seducción de sus mentiras. Si observamos detenidamente las tentaciones sufridas y superadas por Jesús durante su estancia de cuarenta días en el desierto, a donde le había conducido el Espíritu Santo, se observa de inmediato que ello está íntimamente relacionado con la oposición de Satanás, a la llegado del Reino de Dios al mundo de los hombres.

Tal como nos advierte el Papa san Juan Pablo II (21 de julio de 1990):
 
 
 
“Las respuestas dadas por Jesús al tentador desenmascaran las intenciones esenciales del <padre de la mentira> (Jn 8,44) que intenta, de forma perversa, servirse de las palabras de la escritura para alcanzar sus fines. Pero Jesús le rebate  sobre la base de la misma palabra de Dios, aplicada correctamente”


En efecto, en el Evangelio de San Lucas  podemos leer la siguiente descripción de las tentaciones de Jesús (Lc 4,3-13):
"Entonces el diablo le dijo: <si eres hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan> / Jesús le respondió: <está escrito: No sólo de pan vive el hombre> / Luego el diablo lo llevó a un lugar alto, le mostró todos los reinos del mundo en un instante / y le dijo: <te daré todo este imperio y el esplendor de todos estos reinos, porque son míos y se los doy a quien quiero / Si te pones de rodillas y me adoras, todo será tuyo> / Jesús respondió: <está escrito: al Señor tu Dios adorarás y a Él sólo servirás> / Entonces lo llevó a Jerusalén, lo subió al alero del templo y le dijo: <si eres hijo de Dios, tírate de aquí abajo / porque está escrito: ordenará a sus ángeles que cuiden de ti / que te lleven en las manos para que no tropiece tu pie con ninguna piedra> / Jesús le respondió: <también está escrito, no tentarás al Señor tu Dios> / Y acabada toda tentación, el diablo se alejó de Él hasta el tiempo oportuno"
 
 
 
 
 
Como asegura el Papa San Juan Pablo II (Ibid): “En el trasfondo de todas las tentaciones latía  la perspectiva de un mesianismo político y glorioso, tal y como se había difundido y había penetrado en el pueblo de Israel. El diablo intenta inducir a Jesús para que haga suya esta perspectiva porque es el adversario del designio de Dios, de su Ley, de su economía de salvación, y, por lo tanto, de Cristo, como se deduce por el Evangelio y por otros textos del Antiguo Testamento. Si Cristo también hubiese caído, el imperio de Satanás que se jacta de ser el dueño del mundo (Lc 4, 5-6), habría obtenido la victoria final en la historia. El momento de la lucha en el desierto es, por lo tanto, decisivo”.

 
Desgraciadamente, el padre la mentira tiene muchos seguidores, en la actualidad,   que inventan muchas historias, sobre la persona de Jesús de Nazaret, y sobre su Mensaje, apoyándose siempre en la burda mentira, en  leyendas increíbles y sin base científica alguna. Si no fuera por lo ridículo y absurdo de los planteamientos, basados en descubrimientos científicos que no se han producido, ni se producirán nunca, porque implican necesariamente la mano y el deseo del Dios Trino, se trataría de un problema preocupante. Pero no,  el hombre por mucho que lo pretenda nunca alcanzará la bondad y sabiduría de su Creador.

Son impresionantes, desde luego, a este respecto las palabras pronunciadas por el Apóstol San Juan en el Epílogo de su Primera Carta (1 Jn 5, 16-21):

"Si alguno ve a su hermano cometer un pecado que no lleva a la muerte, pida a Dios por él, y Dios le dará la vida. Me refiero a los que cometen pecados que no llevan a la muerte. Porque hay un pecado que lleva a la muerte; por ése, no digo que se pida  / Toda injusticia es pecado, pero  hay pecado que es para muerte / Sabemos que todo el que ha nacido de Dios no peca, sino que el nacido de Dios se guarda así mismo, y el maligno no le toca / Sabemos que somos de Dios, más el mundo entero está sujeto al  maligno / Pero sabemos que el hijo de Dios ha venido y nos ha dado inteligencia para que conozcamos al verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo, Jesucristo. Éste es el Dios verdadero y  vida eterna / Hijos míos guardaros de los ídolos.
 
 
 
 
En su carta, San Juan dice, que el mundo está bajo el maligno, alude también a la presencia de Satanás en la historia de la humanidad, una presencia que se hace más fuerte a medida que el hombre y la sociedad se alejan de Dios; así, el influjo del espíritu diabólico puede <ocultarse> de forma más profunda y eficaz: pasar inadvertido como corresponde a sus intereses.


La labilidad, la fragilidad de Satanás en el mundo, pretende inducir en los hombres la negación incluso de su existencia, en  nombre del racionalismo ó de cualquier otro sistema de pensamiento, que busca todas las escapatorias posibles, con tal de no admitir la obra del diablo. Sin embargo, ello no presupone la eliminación de la libre voluntad, y de la responsabilidad del hombre, y menos aún la frustración por el Sacrificio de Cristo. Se pretende enseñar, tal como manifestaba el Papa san Juan Pablo II en su Catequesis sobre el tema <ángeles y demonios>  que:
 
 
 
 
“La labilidad de Satanás en el mundo  trata  de un conflicto entre las fuerzas oscuras del mal y las de la Redención. Resultan elocuentes ante este propósito las palabras de Jesús dirigidas a Pedro al comienzo de la Pasión: Simón, Simón, mira que <Satanás os ha reclamado para zarandearos como el trigo / Pero yo he rogado por ti, para que tu fe no falte; y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos>"


Comprendemos, así, porque Jesús en la plegaria que nos ha enseñado, el <Padre nuestro>, que es la plegaria del Reino de Dios, termina casi bruscamente, a diferencia otras oraciones, recordándonos nuestra condición de expuestos a las insidias del maligno. El cristiano, dirigiéndose al Padre con el espíritu de Jesús e invocando su Reino, grita con la fuerza de la fe: No nos dejes caer en la tentación, líbranos del mal, del maligno.

Haz, ¡Oh Señor! que no cedamos ante la infidelidad a la cual nos seduce aquel que ha sido infiel desde el principio”

  

 

 

 

 

lunes, 16 de mayo de 2016

JESÚS SU MISERICORDIA Y LA DIVINA PROVIDENCIA (2ª Parte)


 
 
 
 



“Dios no ha querido retener para Él solo el ejercicio de todos los poderes. Entrega a cada criatura las funciones que es capaz de ejercer, según las capacidades de su naturaleza. Este modo de gobierno debe ser imitado en la vida social. El comportamiento de Dios en el gobierno del mundo, que manifiesta tanto respeto a la libertad humana, debe inspirar la sabiduría de los que gobiernan las comunidades humanas. Estos deben comportarse como ministros de la <Divina Providencia>” (Catecismo de la Iglesia Católica nº 1884)

Sin embargo, para que esto llegue a ser posible es necesario, a su vez, que siempre se tenga muy presente el hecho extraordinario de que Dios, en su generosidad y misericordia hacia el hombre nos envió a su Hijo unigénito, Jesucristo, para llevarnos por el camino de la salvación, y este camino solo es alcanzable, si el hombre  se alimenta con el <Pan de Vida>.




Jesucristo nos habló del <Pan de Vida> después de su milagro de la multiplicación de los panes, cuando la muchedumbre, tras aquel suceso extraordinario, le siguió hasta Cafarnaún, maravillada y ansiosa por reencontrarse con Él; entonces Jesús les dijo (Jn 6, 27-31):
"Trabajad no por el manjar que perece, sino por el que dura hasta la vida eterna, el que os da el Hijo del hombre; porque a éste, el Padre, Dios mismo, acreditó con su sello / Le dijeron, pues, ¿Qué hemos de hacer para obrar las obras de Dios? / Respondió Jesús: ésta es la obra de Dios, <que creáis en aquel a quién Él envió> / Le dijeron, pues: ¿Qué señal, pues, haces tú para que lo veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tú obra? / Nuestros padres comieron en el desierto el maná, como está escrito: <Les dio a comer pan del cielo>"


Durante este diálogo de Jesús con la muchedumbre que le había seguido, después de su primera multiplicación de los panes, se produce lo que podría llamarse el anuncio de la gran promesa eucarística; las personas que seguían al Señor, sin embargo, olvidándose de su previo entusiasmo por la multiplicación de los panes, se atreven incluso, a pedirle una nueva señal, y le preguntan: ¿Cuál es tu obra?

Frente a este  inconsciente comportamiento de aquellos hombres, Jesús  responde resaltando  dos cuestiones; en primer lugar, que el maná no lo dio Moisés a sus antepasados, sino que fue Dios, y en segundo lugar, que el pan que ahora les ofrece Dios es incomparablemente superior a aquel otro alimento que dieron en llamar maná, porque es un pan que desciende del cielo y da vida al mundo  (Jn 6, 32-33).


El Papa Benedicto XVI al referirse a este tema teológico tan importante del Mensaje de Cristo se expresa en los siguientes términos  (Jesús de Nazaret 1ª parte):

“En el desarrollo interno del pensamiento judío ha ido aclarándose cada vez más que el verdadero <Pan del cielo>, que alimentó y alimenta a Israel, es precisamente la Ley, la Palabra de Dios. En la literatura sapiencial, la sabiduría, que se hace presente y accesible en la Ley, aparece como pan (Tr 9,5); la literatura rabínica ha desarrollado más esta idea. Desde esta perspectiva hemos de entender el debate de Jesús con los judíos reunidos en Cafarnaun.

Jesús llama la atención sobre el hecho de que no han entendido la multiplicación de los panes como un <signo>, como era en realidad, sino que todo su interés se centraba en lo referente al comer y saciarse. Entendían la salvación desde el punto de vista puramente material, el del bienestar general, y con ello rebajaban al hombre y, en realidad, excluían a Dios…

Pero el hombre tiene hambre de algo más, necesita algo más. El don que alimente al hombre en cuanto hombre debe ser superior, estar a otro nivel…El <Pan de Dios> es el que baja del cielo y da vida al mundo (Jn 6,33)”

Ciertamente, el relato de San Juan, en el que Cristo se designa a sí mismo como <Pan de Dios> o  <Pan de Vida>, bajado del cielo, alude a la institución del Sacramento de la Eucaristía (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1337):

“El Señor, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin. Sabiendo que había llegado la hora de partir de este mundo para retornar a su Padre, en el transcurso de una cena, les lavó los pies, y les dio el mandamiento de amor (Jn 13,1-17).
Para dejarles una prenda de este amor, para no alejarse nunca de los suyos y hacerles partícipes de su Pascua, instituyó la Eucaristía como memorial de su Muerte y Resurrección y ordenó a sus apóstoles celebrarla hasta su retorno, constituyéndoles, entonces, sacerdotes del Nuevo Testamento” (Concilio de Trento: DS 1740).




Sí, con razón Cristo es la gracia de Dios por excelencia, es la manifestación de la bondad de Dios hacia los hombres por antonomasia, resultado de la <Providencia Divina>, de la misteriosa presencia de Dios en la historia de la humanidad.


Como se asegura en el Concilio Vaticano II (Capítulo I):
“Quiso Dios en su bondad y sabiduría revelarse a sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad (Ef 1,9), mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en su Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina (Ef 2,18; I Te1, 4)”


En efecto, en el Capítulo I del Concilio Vaticano II, se analiza la revelación de Dios en sí mismo, y entre las referencias que toma del Nuevo Testamento, cita la primera <Epístola> de San Pedro y más concretamente, se refiere a la primera parte de la misma, o <Exordio>, en el que el apóstol habla de la <economía de la salud> (I Pe 3-6):



“Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que por su gran misericordia, a través de la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho renacer para una esperanza viva / para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarchitable. Una herencia reservada en los cielos para vosotros / A quienes el poder de Dios guarda mediante la fe para una salvación que ha de manifestarse en el momento final / Por ello vivís alegres, aunque un poco afligidos ahora, es cierto, a causa de tantas pruebas”

Dios habló muchas veces y de muchas formas, por boca de los profetas, tal como podemos constatar en el Antiguo Testamento, pero posteriormente ya en nuestros días, nos ha hablado a través de Jesús, el Mesías.

Precisamente en la epístola a los <Hebreos>  se ponen de manifiesto los atributos divinos de Jesús, el Mesías, el Hijo del hombre (Heb 1, 1-4):
"Dios, que en los tiempos pasados muy fragmentariamente y variadamente había hablado a los Padres por medio de los profetas / al fin de estos días nos habló a nosotros en la persona del Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas, por quien hizo también los mundos / el cual, siendo irradiación esplendorosa de su gloria y sello de su sustancia, sustentando todas las cosas con la palabra de su poder, después de realizar por sí mismo la purificación de los pecados se sentó a la diestra de la Grandeza en las alturas / hecho, tanto más excelente que los ángeles, cuando con preferencia a ellos ha heredado un nombre más aventajado"
 
 


San Pablo, es el autor al que se ha atribuido, desde antiguo,  esta epístola, dirigida a un pueblo que se encontraba en aquellos momentos, según los antecedentes históricos, en una situación gravemente peligrosa, pues había caído en un gran vacío moral y religioso, aumentado por el temor a las persecuciones.
En ella se expresa, el autor, con gran claridad, al manifestar los <atributos divinos> de Cristo. Él dice, que el Hijo en cuanto hombre, ha sido constituido por Dios heredero, es decir, dueño soberano de todas las cosas. Es la expresión de la universalidad de la creación la que ha sido puesta bajo sus pies.

Por otra parte, él manifiesta con total transparencia que como Señor Soberano y Universal, Cristo está sentado <en las alturas de los cielos> y <a la diestra de Dios>, por encima de todas las jerarquías angélicas, debido a la dignidad de su Persona divina; porque fue <irradiado> de la gloria y del <sello de la sustancia divina>. Por eso Dios, que hizo <los mundos por Él>, nos ha hablado a los hombres por Él y a través de Él.

Ciertamente, tal como podemos leer en la Carta Encíclica del Papa León XIII refiriéndose justamente a  la <naturaleza de Jesucristo> (Carta Encíclica <Libertas Praestantissimum> dada en Roma el 20 de junio de 1988):
“Jesucristo, liberador del género humano, que vino para restaurar y acrecentar la dignidad de la naturaleza, ha socorrido de modo extraordinario la voluntad del hombre y la ha levantado a un estado mejor, concediéndole, por una parte, los auxilios de su gracia y abriéndole por otra, la perspectiva de una eterna felicidad en los cielos”.


Sin embargo, como también nos recuerda el Papa León XIII en esta misma Encíclica:
 


“La libertad, don excelente de la naturaleza, propio y exclusivo de los seres racionales, confiere al hombre la dignidad de estar en manos de su albedrío y de ser dueño de sus acciones. Pero lo más importante en esta dignidad es el modo de su ejercicio, porque del uso de la libertad nacen los mayores bienes y los mayores males.
Sin duda alguna, el hombre puede obedecer a la razón, practicar el bien moral, tender por el camino recto a su último fin. Pero el hombre puede también seguir una dirección totalmente contraria y, yendo tras el espejismo de unas ilusorias apariencias perturbar el orden debido y correr a su perdición voluntariamente”


Hay que recordar a este respecto, que la misteriosa presencia de Dios en la historia de la humanidad, esto es, la <Divina Providencia> , se produce por la conjunción del don de la <gracia divina> y el don de la <libertad del hombre> y que la <gracia divina> es la  manifestación de la bondad y misericordia de Dios hacia los hombres.

Así es, en el Catecismo de la Iglesia Católica, podemos leer lo que significa la <Divina providencia> y sus <causas segundas> (nº 306, nº307 y nº308):
 


-Dios es el Señor soberano de su designio. Pero para su realización se sirve también del concurso de las criaturas. Esto no es un signo de debilidad, sino de la grandeza y bondad de Dios Todopoderoso. Porque Dios no da a sus criaturas la existencia, les da también la dignidad de actuar por sí mismas, de ser causas y principios unas de otras y de cooperar así a la realización de su designio.

-Dios concede a los hombres incluso poder participar libremente en su providencia, confiándoles la responsabilidad de <someter> la tierra y dominarla (Gn 1, 26-28). Dios da así a los hombres el ser causas inteligentes y libres para completar la obra de la Creación, para perfeccionar su armonía para su bien y el de sus prójimos. Los hombres, cooperadores a menudo inconscientes de la voluntad divina, pueden entrar libremente en el plan divino no sólo por sus acciones y sus oraciones, sino también por sus sufrimientos (Cf Col 1,24).
Entonces llegan a ser plenamente “Colaboradores de Dios” (I Co 3,9; I Ts 3,2) y de su Reino (cf Col 4,11).

-Es una verdad inseparable de la fe en Dios Creador: Dios actúa en las obras de sus criaturas. Es la causa primera que opera en y por las causas segundas:

“Dios es quien obra en vosotros el querer y el obrar, como bien le parece” (Flp 2,13; I Co 12,6).

Esta verdad lejos de disminuir la dignidad de la criatura, la realza. Sacada de la nada por el poder, la sabiduría y la bondad de Dios, no puede nada si está separada de su origen, porque “Sin el Creador la criatura se diluye” (GS 36,3); menos aún puede ella alcanzar su fin último sin la ayuda de la Gracia (Mt 19,26; Jn 15,5; Flp 4,13).




Sí, Dios ha manifestado su bondad y misericordia hacia los hombres desde el mismo momento de su creación, pero esta bondad, esta misericordia divina, ha sido revelada especialmente al hombre a través de su Hijo, tal como manifestó en su día el Papa San Juan Pablo II en su Carta Encíclica <Dives in Misericordia>, dada en Roma el 30 de noviembre de 1980, tercero de su Pontificado:
“<Dios rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó; aunque estábamos muertos por nuestros pecados, nos dio vida en Cristo; por gracia habéis sido salvados> (Ef 2,4-5)...

Revelada en Cristo, la verdad acerca de Dios como <Padre de la Misericordia>, nos permite verlo especialmente cercano al hombre, sobre todo cuando sufre, cuando está amenazado en el núcleo mismo de su existencia y de su dignidad. Debido a esto, en la situación actual de la Iglesia y del mundo, muchos hombres y muchos ambientes guiados por un vivo sentido de fe se dirigen, yo diría, casi espontáneamente, a la misericordia de Dios. Ellos son ciertamente impulsados a hacerlo por Cristo mismo, el cual mediante el Espíritu, actúa en lo más íntimo de los corazones humanos”

Esto decía el Santo Padre San Juan Pablo II a finales del siglo pasado, y sigue siendo válidas sus palabras en estos momentos de la historia de la humanidad, donde la misericordia hacia el prójimo se encuentra muchas veces en tela de juicio, pues muchos hombres se han dejado llevar por caminos muy contrarios a Cristo y a su Mensaje, en alas de una libertad mal entendida, bajo la acción, no lo olvidemos nunca del maligno, el gran enemigo de la humanidad. Sin embargo otros muchos, por suerte, han comprendido que (Ibid):





“La Cruz es la inclinación más profunda de Dios hacia el hombre y todo lo que el hombre, de modo especial en los momentos difíciles y dolorosos, llama su infeliz destino. La Cruz es como un toque del amor eterno sobre las heridas más dolorosas de la existencia terrena del hombre, es el cumplimiento, hasta el final, del programa mesiánico que Cristo formuló una vez en la Sinagoga de Nazaret y repitió más tarde ante los enviados de Juan Bautista”

Se refiere el Santo Padre en primer lugar al pasaje de la vida de Jesús en el que habló a sus conciudadanos en la Sinagoga de Nazaret, cuando dijo, según las palabras ya escritas por el profeta Isaías (Lc 4, 18-19):
-El espíritu del Señor sobre mí, por cuanto me ungió; para evangelizar a los pobres me ha enviado, para pregonar a los cautivos remisión, y a los ciegos vista; para enviar con libertad a los oprimidos,

-para pregonar un año de gracia del Señor

En segundo lugar, se refiere San Juan Pablo II en su Carta Encíclica al momento en que San Juan Bautista envió a sus discípulos para peguntar a Jesús si era realmente el Mesías, a lo que Él respondió (Lc 7, 22-28):
-Id e informar a Juan de lo que visteis y oísteis: los ciegos cobran la vista, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, los pobres evangelizados

-y dichoso el que no encuentre en mí motivo de tropiezo.
-Cuando los mensajeros se fueron, Jesús se puso a hablar de Juan a la gente: ¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento?

-¿Qué salisteis a ver? ¿Un hombre lujosamente vestido? Los que visten con lujo y se dan buena vida están en los palacios de los reyes.
-¿Qué salisteis entonces a ver? ¿Un profeta? Sí, incluso más que un profeta.

-Éste es de quien está escrito: yo envío mi mensajero delante de ti: él te preparará el camino.






Que aptitud tan positiva y misericordiosa la de Jesucristo hacia su pariente Juan, el cual había dicho de él, cuando se le presentó, junto con otros judíos, a que le bautizara en agua (Mt 3, 14):
<Soy yo quien necesita ser bautizado por ti, ¿y vienes a mí?>;  y  sin embargo, en un momento dado, siente duda respecto a si Jesús es realmente el Mesías que el pueblo de Israel esperaba desde la antigüedad...Es cosa propia de los seres humanos, por más que Juan el Bautista fuera el profeta que había de abrir los caminos del Señor.
Ante una situación tan delicada, Jesús reacciona como siempre de forma misericordiosa poniendo en consideración ante los ojos de sus  discípulos, que el Bautista ha sido el portador y ejecutor de las promesas de los antiguos profetas sobre la venida del Mesías al mundo (Is 35, 5; 61, 1), y que <entre los nacidos de mujer no hay otro mayor>…

Por eso, sigue el Papa San Juan Pablo II diciendo en su Encíclica (Ibid):

“En el misterio Pascual es superado el límite del mal múltiple, del que se hace partícipe el hombre en su existencia terrena: la Cruz de Cristo, en efecto, nos hace comprender las raíces más profundas del mal que ahondan en el pecado y en la muerte; y así la Cruz se convierte en un signo escatológico. Solamente en el cumplimiento escatológico y en la renovación definitiva del mundo, <el amor vencerá en todos los elegidos, las fuentes más profundas del mal>, dando como fruto plenamente maduro el reino de la vida, de la santidad y de la inmortalidad gloriosa.
El fundamento del cumplimiento escatológico está encerrado ya en la Cruz de Cristo y en su muerte. El hecho de que Cristo <ha resucitado al tercer día>, constituye el signo final de la misión mesiánica signo que corona la entera revelación del amor misericordioso en el mundo sujeto al mal. Esto constituye a la vez el signo que pronuncia <un cielo nuevo y una tierra nueva>, cuando Dios  <enjugará las lagrimas de nuestros ojos; no habrá ya muerte, ni luto, ni llanto, ni afán, porque las cosas de antes han pasado>”

Bellas palabras  del Papa San Juan Pablo II, que nos recuerdan una frase del Apocalipsis de San Juan cuando nos habla del Jerusalén celeste (Ap 21, 1-4):

-Y vi un nuevo cielo y una nueva tierra, pues el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido; y el mar no existía ya.

-Vi también bajar del cielo, de junto a Dios, a la ciudad santa, la nueva Jerusalén, engalanada como una novia que se adorna para su esposo.
 
 


-Y oí una voz potente, salida del trono, que decía: Esta es la tienda de campaña que Dios ha montado entre los hombres. Habitará con ellos; ellos serán su pueblo y Dios mismo estará con ellos.

-Enjugará las lagrimas de sus ojos y no habrá ya muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor, porque todo lo viejo se ha desvanecido.

Desde luego, como sigue diciendo el Papa (Ibid):

“En el cumplimiento escatológico, la misericordia se revelará como amor, mientras que la temporalidad, en la historia del hombre, que es a la vez historia de pecado y de muerte, el amor debe revelarse ante todo como misericordia y actuarse en cuanto tal. El programa mesiánico de Cristo, programa de misericordia, se convierte en el programa de su pueblo, el de su Iglesia”