Translate

Translate

domingo, 1 de enero de 2017

LA LLAMADA A LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS: ECUMENISMO (I)


 
 
 
 



En el Catecismo de la Iglesia Católica escrito en orden a la aplicación del Concilio Ecuménico Vaticano II  podemos leer (nº 820):

“Aquella unidad <que Cristo concedió desde el principio a la Iglesia, creemos que subsiste indefectiblemente en la Iglesia católica y esperamos que crezca hasta la consumación de los tiempos> (UR 4). Cristo da permanentemente a su Iglesia el don de la unidad, pero la Iglesia debe orar y trabajar siempre para mantener, reforzar y perfeccionar la unidad que Cristo quiere para ella.

Por eso Cristo mismo rogó en la hora de su Pasión, y no cesa de rogar al Padre por la unidad de sus discípulos: <Que todos sean uno. Como tú Padre, en mí y yo en ti, que ellos sean también uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado> (Jn 17,21).

El deseo de volver a encontrar la unidad de todos los cristianos es un don de Cristo y un llamamiento del Espíritu Santo (Unitatis redintegratio 1, 1)”

 


En efecto, el Señor  próxima ya su Pasión y Muerte, rogó por la futura Iglesia, en los siguientes términos (Jn 17, 20-26):
-No ruego por estos solamente, sino también por los que crean en mí por medio de su palabra
-que todos sean uno; como tú, Padre, en mí y yo en ti, para que sean uno como nosotros somos uno, para que el mundo crea que tú me enviaste
-y yo les he comunicado la gloria que tú me has dado, para que sean uno como nosotros somos uno.
-Yo en ellos y tú en mí para que sean consumados en la unidad, para que conozca el mundo que tú me enviaste y les amaste a ellos como me amaste a mí.
-Padre, lo que has dado, quiero que, donde estoy yo, también ellos estén conmigo, para que contemplen mi gloria que me has dado, porque me amaste antes de la creación del mundo.
-Padre justo, y el mundo no te conoció, pero yo te conocí; y estos también conocieron que tú me enviaste.
-Y yo les manifesté tu nombre, y se lo manifestaré, para que el amor con que me amaste sea en ellos, y yo también esté en ellos.

Por otra parte, el Señor al terminar su oración sacerdotal, rogó por la futura Iglesia:

<No ruego, por estos solamente, sino también por los que crean en mí por medio de su palabra>.

Recordemos en este sentido las palabras del Papa León XIII en su <Exhortación Apostólica> promulgada el 20 de junio de 1894:
 


Ante todo, una mirada de intenso afecto que dirigimos hacia el Oriente, allá donde tuvo principio la salvación del mundo. Sí, el ansia de nuestros deseos, Nos hace concebir alegre esperanza de que las Iglesias Orientales, ilustres por la fe añeja y por las glorias antiguas, no deberán continuar ya separadas, sino que se volverán allá de donde partieron; y tenemos mayor confianza de ello porque no es muy grande la distancia que las separa de nosotros; más aún, con tal de quitar un poco, en lo que resta se está de acuerdo, de suerte que para la misma defensa de las doctrinas católicas, tomamos testimonios y pruebas así de la liturgia y de la enseñanza como de la práctica de los orientales...

A vosotros, pues, se abre nuestro corazón, a todos vosotros, sin distinción alguna, de rito griego o de cualquier otro oriental, pero diferentes de la Iglesia católica. Deseamos bien que cada uno recuerde aquel discurso tan afectuoso como grave de Besarión (Basilio Besarión, célebre erudito bizantino del siglo XV; arzobispo de Nicea, Patriarca de Constantinopla; Cardenal de la Iglesia católica) a vuestros antepasados: ¿Qué excusa tendremos ante Dios por estar separados de nuestros hermanos, cuando por recogernos y unirnos en un solo redil bajó Él del cielo, se encarnó y fue crucificado? ¿Cuál será nuestra defensa ante la posteridad? Padres óptimos, lejos de nosotros vergüenza tal; lejos de nosotros tal pensamiento siquiera; no proveamos tan mal a nosotros y a los nuestros.


Pensad seriamente ante el Señor cuáles son nuestros deseos. No son razones humanas, sino el amor divino lo que nos mueve a exhortaros a la paz y unión con la Iglesia de Roma; unión, que la entendemos perfecta y total, pues no sería tal toda otra que consigo trajera tan sólo una cierta comunidad de dogmas y una correspondencia en el amor fraternal. La verdadera unión entre los cristianos es la que quiso e instituyó Jesucristo mismo, fundador de su Iglesia; esto es, la constituida por la unidad de la fe y la unidad del régimen. No tenéis por qué temer que Nos o nuestros sucesores vayamos a disminuir vuestros derechos, las prerrogativas Patriarcales, las costumbres litúrgicas de cada una de las Iglesias. Pues tal fue el pensamiento <es ahora y será en lo futuro>, el criterio y la conducta de la sede Apostólica: adaptarse ampliamente y con equidad a los orígenes y costumbres de los diversos pueblos”

Para conseguir esta adaptación amplia y equitativa a los orígenes y costumbres de los diversos pueblos, de la que nos hablaba el Papa León XIII, la Iglesia se ha sometido, en tiempos pasados, y se somete de continuo, a una <renovación permanente>. Cierto que esto ha conducido, en ocasiones, a aberraciones y distanciamientos entre los mismos miembros de la Iglesia católica, pero también de las confrontaciones internas se pueden obtener, buenos resultados, siempre que el Mensaje de Cristo permanezca incólume, esto es, intacto e integro.



Es un problema enorme, que la Iglesia católica ha tenido y tiene que enfrentar cada día con energía y decisión porque el enemigo común  no ceja en su empeño de separar a los hombres cuyas raíces son comunes y provienen del Mensaje de Cristo.

La  Iglesia de Cristo, sin duda, es depositaria de su Mensaje, porque como aseguraba en su día el Papa Pio XI en su Carta Encíclica <Mortalium Animos> dada en Roma el 6 de enero de 1928:

“Cuando el Hijo Unigénito de Dios mandó a sus legados que enseñasen a todas las naciones, impuso a todos los hombres la obligación de dar fe a cuanto les fuese enseñado por los testigos predestinados por Dios”


Se refiere el Pontífice a las  palabras pronunciadas por el apóstol San Pedro en Cesarea, dirigidas a Cornelio y sus parientes, el cual le había solicitado que acudiera a su casa porque habiendo hecho oración, se le había presentado un varón con vestiduras refulgentes y le había dicho:

“Cornelio, fue escuchada tu oración y tus limosnas fueron recordadas en el acatamiento de Dios / Manda, pues, recado a Jope y haz llamar a Simón, que se apellida Pedro… / Al punto, pues, te mandé recado y tú hiciste bien en venir acá. Así que ahora todos nosotros, en la presencia de Dios, estamos aquí dispuestos a escuchar todo lo que te ha sido ordenado por el Señor” (Hch 10, 30-33).

Por su parte, el Papa emérito, Benedicto XVI, ha sido desde siempre un gran luchador a la hora de enfrentarse, a otros teólogos de su tiempo, o de tiempos pasados, para rebatirles aquellas teorías o interpretaciones del Evangelio que a su juicio eran erróneas y hasta dañinas para los militantes cristianos. A este respecto son interesantes las declaraciones realizadas  por él, cuando aún era el Cardenal Joseph Ratzinger, tras la celebración del Congreso de Cristología organizado por la Universidad Católica de Murcia (Del 28 al 30 de noviembre del 2002):
 
 


“La sustancia de mi fe en Cristo ha seguido siendo siempre la misma: conocer al hombre que es Dios, que  me conoce, que – como dice san Pablo – se ha entregado por mí, está presente para ayudarme y guiarme.
Esta sustancia ha seguido siendo siempre igual. En el transcurso de mi vida he leído los padres de la Iglesia, a los grandes teólogos, así como la teología presente.
Cuando yo era joven, era determinante en Alemania la teología de Bult Mann, la teología existencialista; después, fue más determinante la teología de Molt Mann, teología de influencia marxista, por así decir.
Diría que, en el momento actual, el diálogo con las demás religiones es el punto más importante: comprender como, por una parte, Cristo es único, y, por otra parte, como responde a todos los demás, que son precursores de Cristo, y que están en diálogo con Cristo” (Nadar contra corriente. Benedicto XVI. Edición a cargo de J.P. Manglano. Planeta Testimonio 2011)

Ciertamente Cristo llama a todos los cristianos, aún dentro de esta sociedad del siglo XXI tan secularizada; la llama a la <conversión del corazón>, con vistas a una potencial unión, bajo la acción de Espíritu Santo, por eso, como aseguraba el Papa San Juan Pablo II, en las proximidades de un nuevo siglo (Carta Encíclica Ut Unum Sint):
 


“La llamada a la unidad de los cristianos, que el Concilio Ecuménico Vaticano II ha renovado con tan vehemente anhelo, resuena con fuerza cada vez mayor en el corazón de los creyentes, especialmente al aproximarse el año 2000, que será para ellos un Jubileo Sacro, memoria de la Encarnación del Hijo de Dios, que se hizo Hombre para salvar al hombre.
El valiente testimonio de tantos mártires de nuestro siglo, pertenecientes también a otras Iglesias y Comunidades eclesiales no en plena comunión con la Iglesia católica, infunde nuevo impulso a la llamada conciliar y nos recuerda la obligación de acoger y poner en práctica su exhortación.

Estos hermanos y hermanas nuestros, unidos en el ofrecimiento generoso de su vida por el Reino de Dios, son la prueba más significativa de que cada elemento de división se pueda trascender y superar en la entrega total de uno mismo a la causa del Evangelio”
 


Es el pensamiento y el deseo de un Papa optimista y lleno de confianza en la cristiandad, el mismo, que un año antes, contestaba así, a la pregunta realizada por un conocido periodista sobre el tema de una posible situación minoritaria de la Iglesia católica frente a otras religiones supuestamente cada vez más presentes en el mundo (Cruzando el umbral de la Esperanza. Editado por Vittorio Messori. Círculo de Lectores 1994):

“En la pregunta se plantea la cuestión, aunque sea <provocativamente>, como usted ha precisado del siguiente modo:
Contemos cuántos son en el mundo los musulmanes o los hindúes, contemos cuántos son los católicos, o los cristianos en general, y tendremos la respuesta a la pregunta sobre qué religión es la mayorista, cuál tiene futuro por delante y cuál, en cambio, parece pertenecer ya sólo al pasado o está sufriendo  un proceso sistemático de descomposición o decadencia...
En realidad, desde el punto de vista del Evangelio la cuestión es completamente distinta. Cristo dice (Lc 12, 32):

<No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre se ha complacido en daros su reino>

Pienso que con estas palabras Cristo responde mejor a los problemas que turban a algunos, y que quedan expresados en su pregunta.

 


Pero Jesús va incluso más lejos, Él dijo  (Lc 18, 8):

<El Hijo del hombre, cuando venga en la Parusía, ¿encontrará fe sobre la tierra?>

Tanto esta pregunta, como la expresión precedente sobre el pequeño rebaño, indican el profundo realismo por el que se guiaba Jesús en lo referente a sus apóstoles. No los preparaba para éxitos fáciles. Hablaba claramente, hablaba de las persecuciones que les esperaban a sus Confesores.

Al mismo tiempo iba construyendo la certeza de la fe. <Al Padre le complació dar el Reino> a aquellos Doce hombres de Galilea, y por medio de ellos a toda la humanidad. Les amonestaba diciendo que en el camino de su misión, hacia la que los dirigía, les esperaban contrariedades y persecuciones, porque Él mismo había sido perseguido (Jn 15, 20):

<Si me han perseguido a mí, os perseguirán también a vosotros>

Pero inmediatamente añadía  (Jn 15, 20:

<Si han observado mi palabra, observarán también la vuestra>


Desde joven yo advertía que estas palabras contienen la esencia misma del Evangelio. El Evangelio no es la promesa de éxitos fáciles. No promete a nadie una vida cómoda. Es exigente. Y al mismo tiempo es una gran Promesa:

<La promesa de la vida eterna para el hombre, sometido a la ley de la muerte; la promesa de la victoria, por medio de la fe, a ese hombre atemorizado por tantas derrotas>
En el Evangelio está contenida una fundamental paradoja: para encontrar la vida, hay que perder la vida; para nacer, hay que morir; para salvarse, hay que cargar con la Cruz. Ésta es la verdad esencial del Evangelio, que siempre y en todas partes chocará contra la protesta del hombre.

Siempre y en todas partes el Evangelio será un desafío para la debilidad humana. En ese desafío está toda su fuerza. Y el hombre, quizá, espera en su subconsciente un desafío semejante; hay en él la necesidad de superarse a sí mismo. Sólo superándose a sí mismo el hombre es plenamente hombre (Blas Pascal, Pensées, nº 434) :

<Sabed que el hombre supera infinitamente al hombre >
Ésta es la verdad más profunda sobre el hombre. El primero que la conoce es Cristo. Él sabe verdaderamente <lo que hay en cada hombre> (Jn 2, 25).

Con su Evangelio ha indicado cuál es la íntima verdad del hombre.


La ha enseñado en primer lugar con su Cruz. Pilatos que, señalando al Nazareno coronado de espinas después de la flagelación, dijo: < ¡He aquí al hombre! > (Jn 19, 5)

No se daba cuenta de que estaba proclamando una verdad esencial, de que estaba expresando lo que siempre y en todas partes sigue siendo el contenido de la evangelización”


Sí, el <hombre supera infinitamente al hombre> y la <oración en  común>, es sin duda, la mejor herramienta que los cristianos tenemos para comunicarnos con Dios y pedir su ayuda cuando deseamos realizar una obra difícil, casi imposible, en principio…

Por eso, en el compromiso ecuménico de la Iglesia católica tiene primacía la oración, como también aseguraba el Papa San Juan Pablo II en su Carta Encíclica <Ut Unum Sint>:

“Se avanza en el camino que lleva a la conversión de los corazones según el amor que se tenga a Dios y, al mismo tiempo, a los hermanos: a todos los hermanos, incluso a los que no están en plena comunión con nosotros.
Del amor nace el deseo de la unidad, también en aquellos que siempre han ignorado esta exigencia. El amor es artífice de comunión entre las personas y entre las Comunidades. Si nos amamos, es más profunda nuestra comunión, y se orienta hacia la perfección.



El amor se dirige a Dios como fuente perfecta de comunión <la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo>, para encontrar la fuerza de suscitar esta misma comunión entre las personas y entre las Comunidades, o de restablecerla entre los cristianos aún divididos.

El amor es la corriente profundísima que da la vida e infunde vigor al proceso hacia la unidad.
Este amor halla su expresión más plena en la oración común. Cuando los hermanos que no están en perfecta comunión entre sí se reúnen para rezar, su oración es definida por el Concilio Vaticano II como alma de todo el movimiento ecuménico.

La oración es  <un medio sumamente eficaz para pedir la gracia de la unidad>, una <expresión auténtica de los vínculos que siguen uniendo a los católicos con los hermanos separados>. Incluso cuando no se reza en sentido formal por la unidad de los cristianos, sino por otros motivos, como por ejemplo, por la paz, la oración se convierte por sí misma en expresión y confirmación de la unidad. La oración común de los cristianos invita a Cristo mismo a visitar la Comunidad de aquellos que lo invocan (Mt 18, 20): 



<Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos>

Cuando los cristianos rezan juntos la meta de la unidad aparece más cercana. La larga historia de los cristianos marcada por múltiples divisiones parece recomponerse, tendiendo a la fuente de su unidad que es Jesucristo.

¡Él es el mismo de ayer, hoy y siempre! (Hb 13,8). Cristo está realmente presente en la comunión de la oración; ora <en nosotros>, <con nosotros> y <por nosotros>. Él dirige nuestra oración en el Espíritu Consolador que prometió y dio ya a su Iglesia en el Cenáculo de Jerusalén, cuando la constituyó en su unidad originaria.


En el camino ecuménico hacia la unidad, la primacía corresponde sin duda a la oración común, a la unión orante de quienes se congregan en torno a Cristo mismo.
Si los cristianos, a pesar de sus divisiones, saben unirse cada vez más en oración común en torno a Cristo, crecerá en ellos la conciencia de que es menos lo que los divide que lo que los une.
Si se encuentran más frecuente y asiduamente delante de Cristo en la oración, hallarán la fuerza para afrontar toda la dolorosa y humana realidad de las divisiones, y de nuevo se encontrarán en aquella comunidad de la Iglesia que Cristo forma incesantemente en el Espíritu Santo, a pesar de todas las debilidades y limitaciones humanas”.

Por otra parte, <el fraternal conocimiento reciproco> implicaría, en primer lugar, recordar la historia de la separación de los cristianos en contra de la voluntad de Dios.

Dos son las escisiones religiosas más importantes que dieron lugar a tal separación, que tanto daño ha hecho a la cristiandad: el Cisma de Oriente y el Cisma de Occidente, aunque como nos recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, (nº 817 y  nº 818):

"De hecho, <en ésta una y única Iglesia de Dios, aparecieron ya desde los primeros tiempos  algunas escisiones que el apóstol (Pedro) reprueba severamente como condenables; y en siglos posteriores surgieron disensiones más amplias y comunidades no pequeñas se separaron de la comunión plena con la Iglesia católica y, a veces, no sin culpa de los hombres de ambas partes> (UR 3). Tales rupturas que lesionan la unidad del Cuerpo de Cristo (se distingue la herejía, la apostasía y el Cisma) no se producen sin el pecado de los hombres.
 
 

Los que nacen hoy en las comunidades surgidas de tales rupturas <y son instruidos en la fe de Cristo, no pueden ser acusados del pecado de la separación y la Iglesia católica los abraza con respeto y amor fraternos… justificados por la fe en el bautismo, se han incorporado a Cristo; por tanto, con todo derecho se honran con el nombre de cristianos y son reconocidos con razón por los hijos de la Iglesia católica como hermanos en el Señor> (UR 3)"


Así piensa la Iglesia fundada por Cristo, la Iglesia católica y en verdad que los designios de Dios son a menudo inescrutables, como decía un conocido periodista al Papa San Juan Pablo II cuando trataba de comprender por qué la cristiandad había llegado a tal estado de desunión y preguntaba: ¿Por qué el Espíritu Santo había permitido tantas y tales divisiones y enemistades entre los que se llaman cristianos?
A esta pregunta un tanto escéptica respondía el Papa en los siguientes términos:

 


“Sí, así es, podemos de verdad preguntarnos: ¿Por qué el Espíritu Santo ha permitido todas estas divisiones?

En general, sus causas y los mecanismos históricos son conocidos. Sin embargo, es legítimo preguntarse si no habrá también una motivación meta-histórica.
Para esta pregunta podemos encontrar dos respuestas. Una más negativa, ve en las divisiones el fruto amargo de los pecados de los cristianos. La otra, en cambio, más positiva, surge de la confianza en Aquel que saca el bien incluso del mal, de las debilidades humanas:

¿No podría ser  que las divisiones hayan sido también una vía que ha conducido y conduce a la Iglesia a descubrir las múltiples riquezas contenidas en el Evangelio de Cristo y en la redención obrada por Cristo?

Quizá tales riquezas no hubieran podido ser descubiertas de otro modo…

Desde una visión más general, se puede afirmar que para el conocimiento humano y acción humana tiene sentido también hablar de una cierta dialéctica.

 


El Espíritu Santo, en Su condescendencia divina, ¿no habrá tomado esto de algún modo en consideración?

Es necesario que el género humano alcance la unidad mediante la pluralidad, que aprenda a reunirse en la única Iglesia, también con ese pluralismo en las formas de pensar y de actuar, de culturas y civilizaciones.

¿Esta manera de entenderlo no podría estar en cierto sentido más de acuerdo con la sabiduría de Dios, con su bondad y providencia?”

Sin duda a esta pregunta del Papa Juan San Pablo II los cristianos, deberíamos contestar afirmativamente. Sí, la sabiduría de Dios, con su bondad y providencia infinitas ha podido de alguna forma programar que el género humano alcance la unidad mediante la pluralidad.

Y para colaborar con Dios en este designio, sin duda es necesario el <fraternal conocimiento reciproco>, de todos los cristianos.
 


A este respecto, recordemos que el Papa Benedicto XVI, siendo Cardenal prefecto de la Congregación para la Doctrina de la fe, fue entrevistado por el conocido periodista Peter Seewald, y como resultado de la conversación mantenida con él, surgió después, un libro muy interesante en el que se ponen de manifiesto algunos de los problemas del cristianismo en general, y de la Iglesia católica en particular, con vistas a la llegada de un nuevo milenio.

En dicho libro el actual Papa emérito Benedicto XVI reconocía la necesidad de un mejor conocimiento y apoyo entre las distintas comunidades cristianas (La sal de la tierra. Benedicto XVI. Una conversación con Peter Seewald. Ediciones Palabra. Madrid. 2009):
“El ambiente cristiano no llega al amplio campo de la sociedad en general, ya no existe ese ambiente cristiano en ella. Por eso los cristianos tienen que apoyarse mutuamente. Y esto explica también la existencia de tantas formas nuevas, la aparición de <movimientos> de distinta especie, que ofrecen precisamente eso que se está buscando: un camino común”.

Se refería el futuro Pontífice,  en esta ocasión, a lo que ocurría y está ocurriendo en estos momentos, en el seno de la propia Iglesia católica, visiblemente desunida en aspectos que deberían ser comunes a todos sus componentes; sin embargo el <camino en común> debería ser posible también para todas las Iglesias cristianas desgajadas de la rama común que es la católica.

La tarea del ecumenismo se centra precisamente en esa necesidad y aunque muy lentamente lo cierto es que ya se han dado grandes pasos en el camino del mutuo conocimiento, la fraternidad y compresión de sus miembros…


¡Tiene que llegar ya el tiempo en que se manifieste el amor que une! Exclamaba el Papa San Juan Pablo II, y llevaba razón, porque como el mismo decía (Cruzando el umbral de la Esperanza. Ibid):
“Numerosos son los indicios que permiten pensar que este tiempo efectivamente ya ha llegado y, en consecuencia, resulta evidente la importancia del diálogo ecuménico para el cristianismo.
Este diálogo constituye una respuesta a la invitación de la primera Carta de Pedro a <dar razón de la esperanza que está en nosotros> ( I Pedro 3, 15)

Recordemos además que el Señor Jesús confirió a Pedro a tareas pastorales, que consisten en mantener la unidad de la grey. En el ministerio Petrino está también el ministerio de la unidad, que se desarrolla en particular en el campo ecuménico. La tarea de Pedro es la de buscar constantemente las vías que sirvan de mantenimiento de la unidad. No debe crear obstáculos, sino buscar soluciones. Lo cual no está en contradicción con la tarea que le ha confiado Cristo de <confirmar a los hermanos en la fe> (Lc 22, 32)

Por otra parte, es significativo que Cristo haya pronunciado estas palabras cuando el apóstol iba a renegar de Él. Era como si el Maestro mismo hubiera querido decirle:



<Acuérdate de que eres débil, de que también tú tienes necesidad de una incesante conversión>Podrás confirmar a los otros en la medida en que tengas conciencia de tu debilidad. Te doy como tarea la verdad, la gran verdad de Dios, destinada a la salvación del hombre; pero esta verdad no puede ser predicada y realizada de ningún otro modo más que amando>.

Es necesario, siempre, veritatem facere in caritate (hacer la verdad en la caridad, cfr. Efesios 4, 15)”

Como hemos recordado antes la oración es esencial para conseguir la unión de los cristianos, y el Papa Pio XI lo sabía muy bien, por eso, compuso esta piadosa oración (Mortalium Animos; Papa Pío XI; 6 de enero de 1928):



“Ojala Nuestro Divino Salvador, el cual quiere que todos los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad, oiga nuestras ardientes oraciones para que se digne llamar a la unidad  de la Iglesia a cuantos están separados de ella.
Con este fin, sin duda importantísimo, invocamos y queremos que se invoque la intercesión de la Bienaventurada Virgen María, Madre de la Divina Gracia, desveladora de todas las herejías y auxilio de los cristianos, para que cuanto antes nos alcance la gracia de ver alborear el deseadísimo día en que todos los hombres oigan la voz de su Divino Hijo, y conserven la unidad que es el fruto del Espíritu Santo, mediante el vínculo de la paz (Ef 4,3)”

 


 

domingo, 25 de diciembre de 2016

RECORDANDO LA NATIVIDAD DEL SEÑOR


 
 
 
 
 
 
Desde tiempos de San Gregorio Magno (+ 604), la Iglesia  romana tenía la costumbre de celebrar, en el día de  Navidad, tres Misas : *La primera misa se celebra  a media noche, en la Santa María Mayor, donde se veneraba el pesebre de la gruta de Belén: "En ella el pensamiento capital es Cristo, el Niño de Belén  nacido de la Virgen María e Hijo eterno y consustancial del Padre.

En ella celebramos, por tanto, el nacimiento eterno y temporal del Señor. En el <Introito> se alude al nacimiento eterno: <El Señor me dijo: Mi Hijo eres tú; hoy te he engendrado.>” (Rmo. P. Fr. Pérez de Urbel).

Se refiere esta frase a aquella que aparece en el Sartorio o libro de los Salmos, y más concretamente al Salmo 2, en el que se nos dice que Dios cumple sus designios estableciendo a su Ungido. En el Nuevo Testamento este Salmo aparece en distintas ocasiones siempre relacionándolo con Jesús, nuestro Salvador (Sal 2, 1-7):
“¿Por qué se sublevan las naciones y traman los pueblos vanos proyectos?/Se alzan los reyes de la tierra, y los príncipes se confabulan contra el Señor y contra su Ungido/< ¡Rompamos sus cadenas, arrojemos de nosotros su yugo!>/El que está sentado en los cielos se ríe, se burla de ellos el Señor/Les habla en su ira, con su cólera los aterra/<Yo mismo he ungido a mi Rey en Sión, mi monte santo>. Proclamaré el decreto del Señor Él me ha dicho: <Tú eres mi hijo. Yo te he engendrado hoy>"

 
 
 
Jesús es el Ungido, aquel del que Dios Padre dice: <Tú eres mi hijo. Yo te he engendrado hoy…>. La cuestión del origen de Jesús siempre ha estado en tela de juicio entre eruditos y no eruditos: ¿Quién dice la gente que soy yo? pregunta incluso Jesús en una ocasión a sus discípulos…Él sabía de sobra la respuesta, pero pregunta para probar la fidelidad, al menos, de los suyos. El duro corazón de los hombres siempre se esconde tras preguntas como éstas: ¿Quién es Jesús? ¿De dónde viene? cuestiones ambas íntimamente relacionadas…

Podríamos pensar ¿Cómo después de tantos siglos puede haber todavía gente que se haga este tipo de preguntas? Pero las hay sin duda, más aún, algunas personas ni se lo preguntan, porque pasan de Dios y de su Ungido, como si se tratara de alguien del pasado que no tiene nada que ver con el hombre de hoy, con el hombre del siglo XXI, tan envanecido de sus logros, que hasta pretende llegar a crear vida... a espaldas de su Creador, cosa que jamas logrará.

La humildad brilla por su ausencia en las generaciones actuales que se olvida, como se nos recuerda en el Salmo 2,  que el Señor es sumamente misericordioso y quiere que todos sus hijos se salven,  pero también es inmensamente justo y por eso dice: <¡Rompamos sus cadenas, arrojemos de nosotros su yugo!>...


 
 
El Papa Benedicto XVI en su libro <La infancia de Jesús>, nos muestra de forma clara como los cuatro evangelistas, al hablar de Jesús pretendían responder a las preguntas de los hombres respecto al origen de Jesús: “Han sido escritos (los Evangelios) precisamente para dar una respuesta. Cuando Mateo comienza su Evangelio con la genealogía de Jesús, quiere poner de inmediato bajo la luz correcta, ya desde el principio, la pregunta sobre el origen de Jesús; la genealogía es como una especie de título para todo el Evangelio. Lucas, a su vez, ha colocado la genealogía de Jesús, al comienzo de su vida pública, casi como una presentación pública de Jesús, para responder con matices diversos a la misma pregunta, y anticipando lo que luego desarrollará en todo el Evangelio…”

 *La segunda misa  con motivo de la Natividad del Señor se celebraba al amanecer: “Los cristianos de Roma se reunían para ofrecer nuevamente el sacrificio en la Iglesia de santa Anastasia, una mártir de Iliria, que había sufrido en este día, durante la persecución de Diocleciano. El horizonte empieza a dorarse con los primeros resplandores del sol; el verdadero sol, Cristo, brilla ya sobre nuestras cabezas. Este pensamiento se nos presenta desde el Introito, y se junta luego con el suceso de aquel amanecer glorioso: los pastores de la gruta…” (Rmo. P. Fr. Justo Pérez de Urbel)

 
 
Así es, en la zona de Belén, donde nació Jesús, debía ser frecuente la presencia cercana de algunos pastores. Como podemos leer en el libro de Benedicto XVI (Ibid): “Y  un ángel del Señor se les presentó; la gloria del Señor los envolvió en claridad (Lc 2, 8s). Los primeros testigos del gran acontecimiento son pastores que velan. Mucho se ha reflexionado sobre el significado que puede tener el que sean precisamente los pastores los primeros en recibir el mensaje"


Jesús nació fuera de la ciudad, en un ambiente en que por todas partes en los alrededores había pastos a los que los pastores llevaban sus rebaños. Era normal por tanto que ellos, al estar más cerca del acontecimiento, fueran los primeros llamados a la gruta.

"Naturalmente se puede ampliar inmediatamente la reflexión: quizás ellos vivieron más de cerca el acontecimiento, no solo exteriormente, sino también interiormente… Y tampoco estaban interiormente lejos del Dios que se hace niño. Esto concuerda con el hecho de que formaban parte de los pobres, de almas sencillas, a los que Jesús bendeciría, porque a ellos está reservado el acceso al misterio de Dios (Lc 10, 21s). Ellos representan a los pobres de Israel, a los pobres en general: los predilectos del amor de Dios…”(Papa Benedicto XVI; Ibid)

 
 
 
Verdaderamente es muy consolador recordar aquellos tiempos, no tan lejanos, cuando en  las casa de los cristianos católicos el <Belén>, constituía el centro de atención de toda la familia, y allí siempre estaban por supuesto los pastores adorando al Niño recién nacido…Ahora en cambio se prefiere  al papá Noel y el arbol de Navidad...

Sí, se prefiere muchos más, al papá Noel, porque trae regalos a los niños, una moda que recuerda según parece, las costumbres paganas de los romanos, cuando celebraban las fiestas, a mediados de diciembre en honor de uno de sus dioses, concretamente, Saturno (Cronos para los griegos), al final de las cuales los niños recibían obsequios de todos los mayores…

No cabe duda que esto es un síntoma más, del paganismo que impera en las sociedades de los últimos siglos, y que está llegando a límites insospechados en los últimos años…Si seguimos por éste camino va a tener razón Jesús, cuando dudó de que en su segunda venida a la tierra (parusía) pudiera encontrar algún creyente…
Pero volvamos de nuevo a la narración de San Lucas cuando habla de los pastores que adoraron al Niño Jesús:

“El ángel del Señor se presentó y la gloria del Señor  los envolvió de claridad. <Y se llenaron de gran temor> y les anuncia una <gran alegría para todo el pueblo: hoy en la ciudad de David, os ha nacido el Salvador, que es el Mesías, el Señor> (Lc 2, 10s). Se les dice que encontrarán como señal a un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.
Y <de pronto, en torno al ángel, apareció una legión  del ejercito celestial, que alababa a Dios diciendo: Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres  en quienes él se complace> (Lc 2, 13, 14)…
Y así, desde aquel momento hasta ahora el canto de alabanza de los ángeles jamás ha cesado. Continúa a través de los siglos siempre con nuevas formas y, en la celebración de la Natividad de Jesús, resuena siempre de modo nuevo. Se comprende bien que el pueblo sencillo de los creyentes haya después oído cantar también a los pastores, y hasta el día de hoy se una sus  melodías en la Noche Santa, expresando con el canto la gran alegría que desde entonces hasta el fin de los tiempos se nos ha dado a todos…”  (Benedicto XVI; Ibid).

 
 
 
*La tercera y última misa celebrada por la Iglesia para conmemorar la Natividad del Señor, nos presenta al recién nacido en todo el esplendor  de su hermosura:“En la revelación del Misterio de la Navidad hay una graduación, expresada en cada una de las tres misas: noche, alborada, mediodía; María sola, los pastores (algunos elegidos), el mundo entero.

El Salvador, nuestro Salvador, el Salvador del mundo. El Introito de esta tercera misa condesa el pensamiento fundamental de la liturgia de este día: <Un Niño nos ha nacido>. Pero este Niño, que descansa en el pesebre, es el Señor del cielo. <Sobre sus hombros sostiene el imperio del mundo…En el principio era el Verbo…Y el Verbo se hizo carne…>

Los apóstoles, San Pablo y San Juan cantan sus grandezas divinas, el primero en la Epístola (a los Hebreos) y el segundo  en su Evangelio. Y nosotros nos llenamos de alegría porque <ese Niño, que nace para salvar al mundo, es para nosotros el autor de una generación divina y será dador de la inmortalidad>” (Rmo. Fr. Justo Pérez de Urbel).

 

Así es, como lo narra el apóstol San Juan en su Evangelio: <En Principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios…Y la Palabra se hizo carne  y acampó entre nosotros> (Jn 1, 1-14):

“El hombre Jesús es el <acampar> del Verbo, el eterno <Logos> divino en este mundo…El origen de Jesús, su <de dónde>, es el principio mismo, la causa primera de la que todo proviene; la <luz> que hace del mundo un cosmos…” (Papa Benedicto XVI; Ibid).

 

lunes, 19 de diciembre de 2016

JESÚS DIJO (XXV): TRABAJOS REALIZADOS POR MRM.MARUS


 
 
 
 
 





*JESÚS DIJO (XXIV): TRABAJOS REALIZADOS POR MRM.MARUS (8/11/16)

 

 

*LA IGLESIA CATÓLICA Y EL FEMINISMO (III) (20/11/16)

 

 

*LA PACIENCIA: UNA OBRA DE MISERICORDIA ESPIRITUAL Y UN FRUTO DEL ESPÍRITU SANTO (2ª Parte) (1/12/16)

 

 

*LOS CRISTIANOS NECESITAN TENER LA GRAN ESPERANZA (4/12/16)

 

 

*JESÚS Y EL RETO DE LA EVANGELIZACIÓN: SIGLO XI (1ª Parte) (14/12/16)

 

 

La Biblia1993 (Edición popular). La Casa de la Biblia

Traducción aprobada por la Conferencia  Episcopal Española

 

 

                                          CARTA A LOS ROMANOS (Primera Parte)

                 

                                                        (Comentarios a la Carta)

Roma era el centro del mundo. Casi un millón de personas de todo tipo componían la población de la capital del imperio. Entrar en contacto con Roma fue para san Pablo como una obsesión. La carta que escribió a los cristianos de Roma constituyó en su día una especie de hito en su tarea evangelizadora y ha constituido, después, en la historia de la Iglesia un punto de referencia permanente en las tareas teológicas.

 

-(1) LOS CRISTIANOS DE ROMA Y PABLO

 
El mensaje de Jesús fue llevado tempranamente a Roma por judíos procedentes de Palestina. Pero en el año 49 d.C. el emperador Claudio expulsó a todos los judíos que habitaban en la ciudad. Entre los desterrados marcharon muchos cristianos de origen hebreo. Durante el tiempo que duró la expulsión (hasta el año 54 d.C. aproximadamente) la comunidad siguió funcionando por medio de los cristianos venidos del paganismo. De hecho, cuando regresaron los judíos, la mayoría de los seguidores del Señor eran de origen pagano.

Cuatro años después, el apóstol Pablo se dirige a la comunidad mediante una carta. Quiere representar a ella y solicitar su acogida cuando visite aquella Iglesia no fundada por él. Pero también desea explicarles, con cierta amplitud, las ideas centrales de su predicación.

 

 

-(2) LA CARTA Y SUS PECULIARIDADES

 
Pablo escribió esta carta desde Corinto al final de su actividad misionera en la parte oriental del imperio. Sin llegar a ser una síntesis completa de su enseñanza, sí es su criterio más extenso y de más envergadura doctrinal. Es como si Pablo viera en Roma, corazón del paganismo, el mejor símbolo del carácter universal de la Iglesia cristiana.

 

La organización de la carta es sencilla

-Introducción (Rom 1 1-15)

 

-Sección teórica (Rom 1 16-11 36)

 

-Parte exhortativa (Rom 12 1-15 13)

 

-Conclusión (Rom 15 14-16 27)

 

 

-(3) JESÚS ES LA FUERZA SALVADORA DE DIOS

Después de anunciar tantas veces el evangelio, Pablo se queda con muy pocas cosas fundamentales. Sin duda, Jesús es el centro, la fuerza liberadora para todos los que lo acogen con fe.

Es cierto que toda criatura sufre el poder esclavizante y destructor del pecado; pero no es menos cierto que Dios Padre se ha compadecido de los hombres y les ha entregado a su Hijo, a Jesús muerto en cruz, para ofrecer la salvación plena.

La buena noticia, provoca en los oyentes un proceso de liberación que desemboca necesariamente en una nueva vida. La fe convencida origina una moral dinámica, de exigencias concretas, en constante progreso y en incesante combate.

 

 

                                    CARTA A LOS ROMANOS: INTRODUCCION

 

(I)-   SALUDO Y PROFESIÓN DE FE (1, 1-7)

 

1-Soy Pablo, siervo de Cristo Jesús, elegido como apóstol y destinado a proclamar el evangelio que Dios / había prometido por medio de sus profetas en las Escrituras santas. / Este evangelio se refiere a su Hijo, nacido, en cuanto hombre, de la estirpe de David / y constituido por su resurrección de entre los muertos Hijo poderoso de Dios según el espíritu santificador: Jesucristo, Señor nuestro, / por quien he recibido la gracia de ser apóstol, a fin de que para su gloria, respondan a la fe de todas las naciones, / entre las cuales también estáis vosotros que habéis sido elegidos por Jesucristo. / A todos los que estáis en Roma y habéis sido elegidos amorosamente por Dios para constituir su pueblo, gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y de Jesucristo el Señor.

 

*PROYECTOS DE PABLO PARA VISITAR ROMA (1, 8-15)

 

Ante todo, doy gracias a mi Dios por vosotros mediante Jesucristo, porque todo el mundo se hace lenguas de vuestra fe. / Dios, a quien rindo culto de todo corazón anunciando el evangelio de su Hijo, es testigo de que os recuerdo sin cesar. / Continuamente pido a Dios que me conceda ir a visitaros. / Deseo ardientemente veros, para comunicaros algún don espiritual que os fortalezca; / o más bien para confortarnos mutuamente en la fe común, la vuestra y la mía. / Debéis saber, hermanos, que he intentado muchas veces ir a visitaros, pero hasta el presente me lo han impedido. Pretendía recoger algún fruto también entre vosotros, lo mismo que en los demás pueblos. / Y es que me debo por igual a civilizados y a no civilizados, a sabios y a ignorantes. Así que, por lo que a mí toca, estoy pronto a anunciaros el evangelio también a vosotros, los que estáis en Roma.

 

1.       LA SALVACIÓN CRISTIANA

 

                                                  TEMA CENTRAL:

 

*EL PODER SALVADOR DEL EVANGELIO (1, 16-17)

 

Pues no me avergüenzo del evangelio, que es fuerza de Dios para que se salve todo el que cree, tanto si es judío como si no lo es. / Porque en él, se manifiesta la fuerza salvadora de Dios a través de una fe en continuo crecimiento, como dice la Escritura: Quien alcance la salvación por la fe, ese vivirá.

 

 

                                                 SALVACIÓN Y FE:

 

 

*LA HUMANIDAD CULPABLE (1, 18-32)

En efecto, la ira de Dios se manifiesta desde el cielo contra la impiedad e injusticia de aquellos hombres que obstaculizan injustamente la verdad. / Pues lo que se puede conocer de Dios, lo tienen claro ante sus ojos, por cuanto Dios se  lo ha revelado. / Y es que lo invisible de Dios, su eterno poder y su divinidad, se ha hecho visible desde la creación del mundo, a través de las cosas creadas. Así que no tienen excusa, / porque, habiendo conocido a Dios, no lo han glorificado, ni le han dado gracias, sino que han puesto sus pensamientos en cosas sin valor y se ha oscurecido su insensato corazón. / Alardeando de sabios, se han hecho necios / y han trocado la gloria del Dios incorruptible por representaciones de hombres corruptibles, e incluso de aves, de cuadrúpedos y de reptiles. / Por eso Dios los ha entregado, siguiendo el impulso de sus apetitos, a una impureza tal que degrada sus propios cuerpos. / Es la consecuencia de haber cambiado la verdad de Dios por la mentira, y de haber adorado y dado culto a la criatura en lugar de al Creador, que es bendito por siempre, Amén. / Así pues, Dios los ha entregado a pasiones vergonzosas. Sus mujeres han cambiado las relaciones naturales del sexo por usos antinaturales; / e igualmente hombres, dejando la relación natural con la mujer, se han abrasado en deseos de unos por otros. Hombres con hombres comenten acciones ignominiosas y reciben en su propio cuerpo el pago merecido por su extravío. / Y por haber rechazado el verdadero conocimiento de Dios, Dios los ha dejado a merced de su depravada mente, que los impulsa a hacer lo que no deben. / Están llenos de injusticia, malicia, codicia y perversidad; son envidiosos, homicidas, camorristas, mentirosos, malintencionados, chismosos, / calumniadores, impíos, insolentes, soberbios, fanfarrones, inventores de maldades, rebeldes a sus padres, / inconsiderados, desleales, desamorados y despiadados. / Conocen bien el decreto de Dios según el cual los que cometen tales acciones son dignos de muerte, pero no contentos con hacerlas, aplauden incluso a los que las cometen.

 

 

(II)                                        TODOS BAJO EL JUICIO DE DIOS (2, 1-11)

 

1-Por tanto, no tienes excusa tú, quienquiera que seas, cuando juzgas a los demás, pues juzgando a otros tú mismo te condenas, ya que haces lo mismo que condenas. / Y sabemos que el juicio de Dios es riguroso contra quienes hacen tales cosas. / Y tú que condenas a los que hacen las mismas cosas que tú haces ¿piensas que escaparás al castigo de Dios? / ¿Desprecias acaso la inmensa bondad de Dios, su paciencia y su generosidad, ignorando que es la bondad de Dios la que te invita al arrepentimiento? / Por el endurecimiento y la impenitencia de tu corazón estás atesorando ira para el día de la ira, cuando Dios se manifieste como justo juez / y dé a cada uno según su merecido: / a los que perseverando en la práctica del bien buscan gloria, honor e inmortalidad, les dará vida eterna; / pero los que por egoísmo rechazaron la verdad y se abrazaron a la injusticia, tendrán un castigo implacable. / Tribulación y angustia para los que no lo son; / gloria, honor y paz para los que hacen el bien; para los judíos, desde luego, pero también para quienes no lo son, / pues en Dios no hay lugar a favoritismos.

 

*TAMBIÉN LOS JUDÍOS SON CULPABLES (2, 12-24)

 

En efecto, todo el que haya pecado sin estar bajo la ley, también perecerá sin que intervenga la ley; y todo el que haya pecado estando bajo la ley, será juzgado por esa ley. / Porque no salvará Dios a los que simplemente escuchan la ley, sino a aquellos que la cumplen. / Y es que cuando los paganos que no están bajo la ley, cumplen lo que atañe a la ley por inclinación natural, aunque no tengan ley, se constituyen en ley para sí mismos. / Llevan los preceptos de la ley escritos en su corazón, como lo atestigua su conciencia y también sus propios razonamientos que los acusarán o defenderán / en el día en que Dios juzgue las cosas ocultas de los hombres por medio de Jesucristo y conforme al evangelio que yo anuncio. / ¿Y qué decir de ti? Presumes de judío, te apoyas en la ley y te glorías en Dios. / Te precias de conocer su voluntad e, instruido por la ley, sabes discernir lo que es bueno. / Te jactas de ser guía de ciegos, luz de los que están en tinieblas, / educador de ignorantes, maestro de analfabetos, y crees poseer en la ley la clave del conocimiento y de la verdad. / Pues bien, tú que enseñas a otros, ¿Por qué no te enseñas a ti mismo? Tú que proclamas que no se debe robar, ¿por qué robas? / Tú que condenas el adulterio, ¿por qué cometes adulterio? Tú que reniegas de los ídolos, ¿por qué deshonras a Dios al no cumplirla? / Pues como dice la Escritura: Por vuestra culpa el nombre de Dios es ultrajado entre los paganos.

 

 

 

miércoles, 14 de diciembre de 2016

JESÚS Y EL RETO DE LA EVANGELIZACIÓN: SIGLO XI (1ª Parte)


 
 
 
 

 


Cinco años después de su nombramiento como Pontífice de la Iglesia de Cristo, Benedicto XVI se sometió a una entrevista con el conocido periodista Peter Seewald, el cual le trasladó al Papa algunas de las preguntas, que por entonces, y aún hoy, se hacen muchos cristianos, a las que  respondió con gran acierto, quedando reflejadas sus enseñanzas posteriormente en un libro muy interesante que toda persona deseosa de aportar algo a la llamada <nueva evangelización> debería leer.
Así, por ejemplo, a la pregunta del periodista sobre la Iglesia, la fe y la sociedad, más concretamente, al interesarse acerca de la nueva forma de vida del hombre de hoy, el Papa entre otras muchas  cosas reconocía que:

“En nuestros días vemos cómo el mundo corre peligro de deslizarse hacia el abismo…El desarrollo del pensamiento moderno centrado en el progreso y en la ciencia ha creado una mentalidad por la cual se cree poder hacer prescindible la <hipótesis de Dios>…El hombre piensa hoy poder hacer por sí mismo todo lo que antes sólo esperaba de Dios…
Según este modelo de pensamiento, que se considera científico, las cosas de la fe aparecen como arcaicas, míticas, como pertenecientes a una civilización pasada…El hombre ya no busca más el misterio, lo divino, sino que cree saber: la ciencia descifrará en algún momento todo aquello que todavía no entendemos… Es sólo cuestión de tiempo; entonces, lo dominaremos todo…”

Sí, Benedicto XVI es un Papa que ha conocido muy bien la sociedad de los últimos siglos, y más concretamente la de aquellos años en los que ejerció como Cabeza de la Iglesia Católica. Por eso se daba cuenta del cariz que estaba tomando el pensamiento humano, alejándose de Dios para poner al hombre en su lugar. Él, ante esta situación, ya perpetuada a principios del siglo XXI, intuía que esto significaría que:

“Nos encontraríamos realmente en una era en la que se haría necesaria una <nueva evangelización>, en la que el único Evangelio debería ser anunciado en su inmensa y permanente racionalidad y, al mismo tiempo, en su poder, que sobrepasa la racionalidad, para llegar nuevamente a nuestro pensamiento y nuestra comprensión” (La luz del mundo. El Papa y los signos de los tiempos. Una conversación con Peter Seewald. Herder www.erdereditorial. 2010)

Por otra parte, sin duda, el cristianismo es una religión que de acuerdo con su fundador, nuestro Señor Jesucristo, garantiza auténtica libertad y respeto a los hombres , moviéndolos a considerarse hijos adoptivos de Dios, y por tanto, a cumplir la Ley Nueva dada por Jesús: <Amarse y respetarse como Él nos ha amado>.

No obstante, este comportamiento exigido por Cristo a todos sus seguidores, no siempre se ha cumplido como debería, y esto ha sido así no sólo en los últimos siglos, sino también en todos los anteriores, después de la venida del Mesías, tal como sucedió en el siglo XI, tristemente célebre por una serie de acontecimientos históricos entre los que destaca el llamado: <Cisma de Oriente>, esto es, la escisión  con la Iglesia Romana, por una parte de la cristiandad oriental, la cual se había iniciado con otro Cisma, que en principio parecía prácticamente superado, el llamado: <Cisma de Focio>.

Focio fue, un hombre culto conocedor de las ciencias políticas y teológicas, que llegó a ser secretario del Imperio, y Patriarca de la Iglesia de Oriente. Muy ilustrado, no cabe duda, al que se deben libros de historia sobre autores cristianos y paganos, además de otros tratados teológicos menos conocidos, pero tenía un terrible defecto, su inconmensurable ambición, la cual le llevó al enfrentamiento con la Iglesia de Roma, sin tener en cuenta las consecuencias que ello provocaría. Su vida es como una tragicomedia, pues debido a sus provocativas propuestas religiosas, fue desterrado y hasta excomulgado, por  la Iglesia de Roma, en distintas ocasiones.

En el Cuarto Concilio de Constantinopla (869), se condenó definitivamente a Focio y se fijó con claridad la doctrina de la Iglesia Católica sobre la naturaleza divina y humana de Jesús (unión hipostática). Todavía volvió, una vez más, Focio, a ser proclamado por sus seguidores, Patriarca, pero posteriormente, de nuevo fue  desterrado por la Iglesia Católica, muriendo finalmente olvidado, en un monasterio.

Los Patriarcas sucesores de Focio, aunque persistieron en las tentativas de independizarse de Roma, conservaron las apariencias, manteniendo relativamente, las buenas relaciones con los Pontífices de Roma. Esto fue así hasta mediados del siglo XI,  pero a partir  de este tiempo, se consumó definitivamente la separación entre las Iglesias de Oriente y de Occidente, esto es,  se produjo el llamado  <Cisma de Oriente>, suceso que tuvo lugar siendo Patriarca de la Iglesia de Oriente Miguel I Cerulario. Hasta este terrible momento las rencillas entre ambas Iglesias, parecían estar casi zanjadas, aunque la realidad, como se demostró más tarde, era otra muy distinta.

Los Pontífices que ocuparon la Silla de Pedro durante la primera mitad del siglo XI, antes de estallar el Cisma, fueron aproximadamente una docena, y decimos aproximadamente, porque concretamente uno de ellos estuvo ocupándola en tres ocasiones distintas, nos referimos a Benedicto IX, que fue nombrado Cabeza de la Iglesia en  tres períodos de este siglo: (1032-1044), en el año 1045, y por último, desde 1048 a 1055.

Así mismo, algunos Papas mantuvieron tan alto privilegio, dentro de la Iglesia de Cristo, un período cortísimo de tiempo, como le sucedió a Juan XVII (1003), el cual estuvo solamente cinco meses en la Silla de Pedro, y a Silvestre III (1045), que solamente estuvo veinte días, esto nos da idea ya, de un hecho evidente: Nos encontramos, durante esta primera parte del siglo XI, en un período caótico para la Iglesia, que ya se había iniciado en siglos pasados. Solamente el último Papa de esta época fue considerado santo por la Iglesia Católica, nos referimos, a San León IX (1049-1054).

Habría que analizar aunque fuera someramente los acontecimientos históricos más relevantes que tuvieron lugar durante esta primera parte del siglo XI para llegar a entender las causas por las que la Silla de Pedro se vio abocada a tantos vaivenes y  dificultades.

En primer lugar debemos recordar que durante el siglo XI, en Europa persistía aún el llamado Sacro Imperio Romano-Germánico, pero muy disminuido en sus posesiones territoriales, y rodeado por una serie de Ducados cuyo poder iba en aumento. Así, por ejemplo, en el año 1000, Francia ya se había convertido en un reino  compuesto por una serie de territorios independientes gobernados por condes o duques, que a su vez, estaban divididos en señoríos menores, regidos por castellanos y caballeros. Por otra parte, se produjo un gran avance tecnológico que provocó el aumento de productividad en la agricultura durante este periodo de la  Alta Edad Media, así, por ejemplo, los molinos representaron una innovación importante en el procesado de la comida. Los romanos conocían los molinos de agua, pero apenas los utilizaron para moler el grano y convertirlo en harina, preferían las ruedas movidas por fuerza humana o animal. En cambio, a mediados del siglo XI, en Europa se multiplicaron estos molinos de agua con un rendimiento cada vez mayor, especialmente en la zona de Francia y su entorno, todo ello dio lugar a un aumento de la producción agrícola y una mejora en la vida de los campesinos.

Durante la Alta Edad Media, la mayoría de las familias que libremente se dedicaban a la agricultura, vivían en parcelas individuales de tierra que labraban con sus propios recursos, por las que pagaban a un Señor feudal una renta acordada, pero más tarde, las parcelas pequeñas empezaron a fusionarse, dando lugar a campos mucho mayores, y con ello, aparecieron los Señoríos y toda la problemática añadida a ellos. Al igual que los esclavos, los trabajadores estaban obligados para con su Señor, de acuerdo con las costumbres del momento, y no podían comprar las tierras que ocupaban.

La nueva riqueza provocó movilidad social pero también creó una sociedad más estratificada. Con el surgimiento de la servidumbre aparecieron nuevas distinciones entre las familias libres y no libres, dentro de la sociedad campesina, y por supuesto también, dentro de la creciente sociedad europea perteneciente a la nobleza.

En Francia, la dinastía Capeta sucedió a la Carolingia sin interrupción en el año 987, manteniendo viva la memoria de que en otro tiempo toda la nación había debido lealtad a un único rey. En el norte de Italia, a finales del siglo X, varios dirigentes locales se pelearon entre sí reclamando la realeza carolingia. Pero en la práctica ni los herederos de Otón en Italia ni de los Capetos, en Francia, fueron capaces de controlar los territorios que reclamaban para gobernar. De esta forma en el año 1000, el verdadero poder político y militar en el continente europeo había pasado a manos de hombres de rango inferior: duques, condes, castellanos y caballeros. El símbolo de su autoridad era, el castillo, muchas veces una torre de madera situada en una colina, y rodeada por una empalizada, pero que si estaba defendida por una fuerza suficiente de caballeros, este castillo de madera, podía convertirse en una fortificación formidable, capaz de intimidar a los campesinos de una zona y sobre todo capaz de resistir los ataques de los Señores rivales.

Desde sus castillos estos Señores feudales dirigían territorios independientes en los que ejercían no sólo los derechos de propiedad como terratenientes sobre los trabajadores del campo, sino también los derechos públicos de acuñar moneda, juzgar casos legales, librar guerras o incluso recaudar impuestos e imponer peajes. En definitiva, se puede decir que en el año 1000, a consecuencia del feudalismo, Europa se convirtió en el continente menos poderoso, menos próspero y menos intelectual de las civilizaciones, que se habían originado en Occidente hasta ese momento, sin embargo, desde el punto de vista de la vida religiosa se puede asegurar también, que hubo un resurgimiento del Papado a pesar de la situación caótica de la Iglesia en aquellos momentos de la historia, gracias a su capacidad  organizativa, así como por su  gran esfuerzo para extender las Palabra de Cristo entre los laicos,  favorecer la proliferación de las iglesias locales, y  desarrollar nuevas órdenes religiosas.

De cualquier forma el siglo XI puede considerarse como una época de la historia, especialmente en su primera mitad, en la que reinó el espíritu cristiano, donde destacaron algunos grandes hombres, bien fueran Pontífices, santos o reyes.

Fue una época en la que continuó el reconocimiento del poder temporal de los Pontífices y la Iglesia mantuvo su espíritu en las instituciones políticas, prosiguió la renovación y unificación de la liturgia y florecieron las grandes figuras Papales, entre las que caben destacar a San León IX  (1049-1054),y Nicolás II (1059-1061).

No obstante también durante este período de la historia de la Iglesia continuó el grave problema que dio en denominarse <la cuestión de las investiduras>. Recordemos que el significado de la palabra <investir> es conferir un cargo o dignidad, e <investidura> por tanto se refiere al acto de conferirla. Así, por ejemplo, los reyes al conferir una dignidad, recibían el agradecimiento de su súbdito, que le juraba fidelidad y vasallaje, recibiendo en recompensa del monarca en cuestión un cetro, como símbolo de autoridad.

Recordemos así mismo, que la Iglesia había concedido a Carlomagno y sus sucesores y más tarde a Otón I y a los suyos, ciertos privilegios por la adhesión y auxilio a la Santa Sede siempre que esta lo solicitaba. Estos monarcas en general habían ayudado a la Iglesia promocionando la construcción de nuevas Abadías y Obispados, pero poco a poco se fueron arrogando no sólo el poder temporal, sino el espiritual por la concesión del  anillo y el báculo a los Pontífices.

De esta situación, derivó el hecho de que en ocasiones se nombrará personas no dignas para cargos eclesiásticos por la sola voluntad del monarca de turno, dando lugar a lo que se denominó como hemos comentado anteriormente la <Cuestión de la investidura>.

La Iglesia en distintas ocasiones había protestado contra estos hechos abusivos de los monarcas, y después de varios Papas que intentaron sin éxito una reforma de la Iglesia, para acabar con esta situación que conllevaba además en muchas ocasiones un pecado adicional, denominado simonía, subió a la Silla de Pedro el cardenal Hildebrando, monje de Cluny. Este hombre humilde y de gran fe, se opuso en principio a aceptar este cargo tan importante para la Iglesia Católica pero finalmente accedió al Pontificado con el nombre de Gregorio VII (1073-1085), para tratar de erradicar todos estos problemas, anteriormente comentados, de la Iglesia.

Sin embargo, no fue hasta la segunda mitad del siglo XI cuando por fin la Iglesia católica se vio libre totalmente de todas estas irregularidades tan reprochables, por las que siempre ha pedido perdón.

Con todo, eso no quiere decir que en la primera mitad del siglo XI antes de que estallara el Cisma de Oriente definitivamente, no existieran ejemplos de santidad admirables dentro de la Iglesia católica e igualmente podemos recordar que también se produjeron persecuciones y hasta muertes de algunas personas que fueron fieles a Cristo con todas las consecuencias.

Recordaremos en primer lugar algunos casos ocurridos en Occidente, y más concretamente en aquella zona que hoy en día constituye parte del continente Europeo. Este fue el caso de San Gerardo Obispo de Chonad (Hungría), que había nacido en Venecia a principios del siglo XI, y había renunciado desde muy joven a los placeres mundanos para consagrarse al servicio de Dios en un monasterio.

Pasados algunos años de su retiro ascético, con permiso de sus superiores, emprendió una peregrinación a Tierra Santa, con la idea de visitar el Santo Sepulcro en Jerusalén, pero al pasar por Hungría tuvo ocasión de conocer al rey de este país, Esteban, el cual habiendo tenido conocimiento de la capacidad intelectual y la enorme santidad de Gerardo, le invitó a quedarse en la corte durante algún tiempo para que le ayudara a evangelizar a sus súbditos; Gerardo aceptó la invitación del rey pero no consintió vivir dentro del recinto cortesano, sino que construyó una pequeña ermita en Beel, donde pasó siete años con la única compañía del ayuno y la oración. Sólo salía de su retiro en ocasiones a estancias del rey Esteban, un monarca verdaderamente santo, con objeto de predicar los evangelios entre las gentes de la corte, lo cual se vio recompensado por un gran número de conversiones.

El rey en agradecimiento le nombró Obispo de la Sede de Chonad, una ciudad a pocas leguas de Temeswar, donde se encontró con una población que en su mayoría practicaba la idolatría. Sin embargo, sus predicaciones alcanzaron pronto la recompensa de ver que muchas de aquellas gentes arrepentidas de sus pecados se convertían al cristianismo con gran satisfacción y  alegría del rey, el cual ya apuntaba por su comportamiento, que llegaría a ser considerado santo en su día por la Iglesia católica.

Sucedió sin embargo que el heredero de San Esteban en el trono de Hungría, (sobrino de éste), era un hombre corrupto y pecador, que en seguida consideró a San Gerardo su mortal enemigo, pero con ello consiguió que sus propios súbditos lo expulsaran del país en el año 1042, siendo entonces coronado rey, un noble llamado Abas, el cual esperaba que, según la costumbre establecida por San Esteban, el Obispo Gerardo le entregara la corona de rey, pero el santo renunció a tal privilegio  y esto no le gustó. Un par de años más tarde los mismos nobles que habían dado la corona a Abas se volvieron contra él y le cortaron la cabeza.

El país iba de mal en peor, pues no había control sobre la denominación de los monarcas que iban siendo candidatos a la corona. Finalmente un primo de San Esteban, Andrés, fue coronado pero con la condición de que restaurara la idolatría en el país.

Al enterarse San Gerardo de tal sacrilegio, se puso en contacto con otros Obispos de la zona para ir a disuadir al posible nuevo rey de tal propósito, pero cuando estos buenos hombres estaban cruzando el río Danubio se encontraron con un grupo de soldados dirigidos por el duque de Vatas, un hombre inmerso totalmente en  la idolatría, los cuales atacaron primero a Gerardo sometiéndole a una cruel lapidación y como el santo no se defendía y tampoco lograban matarlo, lo arrastraron por el suelo mientras él seguía rezando con las mismas palabras que lo hiciera el protomártir de la Iglesia católica San Esteban  en recuerdo del Hijo de Dios  en la Cruz: <Señor no se lo tengas en cuenta pues no saben lo que hacen>. Al oír estas palabras aquellos acólitos del demonio le clavaron una lanza a consecuencia de la cual el santo por fin fue al encuentro del Señor, un 24 de septiembre de 1046.

Recordaremos también, aunque de forma más breve, otro ejemplo magnífico de santidad y martirio en el seno de la Iglesia católica, que tuvo lugar durante la primera mitad del siglo XI. Nos referimos a San Arialdo de Milán, el cual fue asesinado cuando intentó reformar el clero.

Había nacido en el seno de una familia noble, en Cucciago, cerca de Como. Estudió en la Om y en París, siendo poco después ordenado diácono en Milán. Junto a otros compañeros como Anselmo de Vaggio, encabezó una organización cuya intención era  renovar las costumbres del clero, inmerso por entonces en pecados  tan graves como la simonía. Sin embargo, el Obispo Guido de Veleta excomulgó al santo por este motivo y tuvo que ser el Papa Esteban IX el que levantara esta cruel e incorrecta excomunión, alentándole a que siguiera con su reforma.

No pudo ser, los esbirros de este personaje tan depravado,  asesinaron a San Arialdo de Milán y diez días más tarde de tan terrible suceso el cuerpo del santo fue encontrado en el lago Maggiore, poniendo de manifiesto el crimen cometido (1067). El Papa Alejandro IV (1254-1261), lo declaró mártir de la Iglesia católica.

Un aspecto interesante que convendría recordar respecto a los santos y santas de la primera mitad del siglo XI es el hecho que entre ellos  abundaron los condes o / y condesas, los príncipes y princesas  /,  los reyes y / o reinas y hasta algún emperador y  emperatriz.

Así por ejemplo tenemos el caso de santa Adelaida Vilich, hija del conde de Güeldress y nieta de Carlos III de Francia. Había nacido probablemente a finales del siglo X en Alemania, y era muy joven cuando ingresó en un convento cuyo carisma se basaba en la regla de San Jerónimo. Sus padres, muy religiosos, habían fundado el convento de Vilich, al otro lado de la ciudad de Bonn y a él se trasladó la joven, a la muerte de su madre, llegando a ser Abadesa del mismo.

Muy pronto corrió su fama de santidad, así como su posible capacidad de realizar milagros por la gracia de Dios, y esto atrajo la curiosidad del Arzobispo de Colonia, el cual quiso hacerla Abadesa de otro convento mayor, concretamente el de Santa María de Colonia. El emperador Otón III confirmó este nombramiento, y así la santa se mantuvo como Abadesa de dos conventos a la vez, el de Vilich y el de Santa María respectivamente, aunque su muerte tuvo lugar en el convento de Colona a principios del siglo XI (1015)

Por otra parte Santa Casilda, virgen de Toledo, era hija del rey Cano famoso por sus batallas contra los cristianos. Esta santa se cuenta que era poseedora de una rara belleza corporal, pero sobre todo, y esto es lo más importante, de una gran belleza espiritual. Socorría a los indigentes de la corte y cuando su padre se enteró, montó en cólera y la espiaba para poderla acusar con pruebas de sus indebidos actos de caridad. Un día, se cuenta, que por fin la encontró en un corredor del castillo llevando un cesto lleno de panes y viandas ¿Qué llevas ahí Casilda? Le preguntó el rey su padre. Temiendo ella la reacción de su progenitor y para evitar que le arrebatara las provisiones destinadas a los pobres, contestó: <llevo rosas>. El padre no la creyó. Abrió la cesta de la santa con ánimo de ponerla en grave aprieto, por su mentira piadosa, y en lugar de viandas apareció ante sus atónitos ojos las rosas que Casilda había mencionado que llevaba en el cesto.

Esta joven santa no llegó a contraer matrimonio como era el deseo de su padre, porque una grave enfermedad lo impidió. Ella deseaba ardientemente profesar la religión cristiana y habiendo sabido del poder curativo de las aguas de una laguna situada en San Vicente, cerca de Briviesca, rogó la princesa a su padre la dejase partir hacia allí para tratar de curarse. El padre aceptó, porque por entonces tenía concertada una tregua bélica con el rey cristiano Fernando I el Magno. La recibieron con alegría, el rey de Castilla, los Obispos, el clero, la nobleza, así como una innumerable multitud que la siguieron hasta  la laguna, y nada más que  entró en las aguas de las mismas se cuenta, que se produjo un milagro y sanó.

Habiendo pedido el sacramento del bautismo y habiéndolo recibido, no quiso volver a la corte de su padre y prefirió permanecer en una ermita humilde el resto de sus días, hasta mediados del siglo XI (1050), año en el que tuvo lugar su glorioso tránsito hacia el cielo.

Todavía quisiéramos recordar a otra mujer perteneciente a la aristocracia, nos referimos a la conocida emperatriz que junto con su esposo, proclamado también santo,  fue  considerada santa por la Iglesia, un matrimonio, ejemplo admirable de amor a Cristo y su mensaje. Nos estamos refiriendo concretamente al matrimonio formado por Santa Cunegunda y San Enrique (Duque de Baviera), que fue elegido rey de los romanos en el año 1002. Dos años más tarde Santa Cunegunda fue junto con su esposo a Roma para ser coronados emperadores durante el Pontificado de Benedicto VIII (1012-1024).

Esta santa mujer debió enfrentarse a graves calumnias sobre la promesa de fidelidad a su esposo y para evitar el escándalo entre sus súbditos, se sometió gustosa a la tremenda prueba de andar sobre brasas, prueba que superó de forma extraordinaria saliendo ilesa de la misma. El emperador su esposo ante semejante sacrificio, condenó a sus detractores e hizo ante ella grandes actos de enmienda, por haber dudado siquiera un instante de su virginidad.

Santa Cunegunda ayudó mucho a la Iglesia de su tiempo, colaborando en la construcción de nuevos monasterios. A uno de los cuales, se retiró para hacer vida ascética a la muerte de su querido esposo. Donó toda su fortuna a la Iglesia, de forma que  quedó en una situación de auténtica miseria, vistió un hábito sencillo y se consagró a Dios para el resto de su vida olvidándose totalmente de que en otro tiempo fue una rica y poderosa emperatriz. Así pasó los últimos quince años de su vida y fue tal su deseo de mortificación que cayó enferma y las religiosas del monasterio donde estaba acogida se afligieron en extremo al pensar en la cercanía de su muerte. Ella en cambio parecía feliz de poder por fin caminar al encuentro con el Señor y pidió que la enterraran como cualquier otra monja, lo cual tuvo lugar en el año 1040. Su cuerpo descansa en la actualidad junto al de su esposo en  Bamberg.

A pesar de todos estos ejemplos de indudable santidad entre personas pertenecientes a la nobleza del siglo XI, debemos recordar una vez más que con el sistema político denominado feudalismo se causaron grandes estragos a la Iglesia, fundamentalmente debido a la desmedida injerencia de algunos reyes y cortesanos en los temas concernientes a la misma. Especialmente negativos fueron los problemas surgidos en algunos monasterios donde la disciplina monacal llegó a relajarse en demasía, tanto durante el siglo X como a principios del siglo XI.

Contra este estado de cosas se levantó la llamada <Reforma Cluniacense>, iniciada por primera vez con Guillermo de Aquitania (910), el cual puso la abadía de Cluny bajo la dependencia absoluta del Papa.

Se produjo una segunda reforma monástica, más tarde, de los monasterios cluniacenses especialmente por toda  Europa, los cuales se pusieron bajo una sola casa matriz. De esta forma en el año 1049 existía ya un gran número de estos monasterios en una situación de plena libertad respecto de los poderes seculares o eclesiásticos locales.

Cluny tomó una enorme fama por sus elevadas normas espirituales y su vida litúrgica perfectamente reglamentada. Se cuidó mucho la mejora de las normas por las que se regía la vida religiosa, de forma que los votos benedictinos eran estrictamente necesarios para todos los monjes y la selección de abades y priores, se realizaba siempre por libre elección de los monjes, sin compra ni venta del cargo como en otros lugares había sucedido.

Esta reforma monástica tuvo una gran influencia tanto entre los laicos, por el buen ejemplo que suponía, dando lugar a un gran número de vocaciones religiosas, como entre los Obispos y Padres de la Iglesia, muchos de los cuales, en el pasado, no habían dado un ejemplo, digamos adecuado a sus fieles.

No obstante en honor a la verdad, también debemos reconocer que existieron ejemplos de gran santidad entre los Obispos de la época, e incluso mártires, como San Gerardo, Obispo de Chonad, apóstol de una gran zona de Hungría pero que era natural de Venecia y había nacido a principios del siglo XI, tal como hemos recordado anteriormente, al hablar de los santos mártires de la Iglesia durante este siglo.

Otros Obispos santos fueron  San Ansfrido (1010) San Bononio de  Lucedio (1026), San Guerdo de Agriguento (1040) y San Macario (1012).

Este último había nacido en Antioquía a finales del siglo X y a los dos años de haber sido promovido Arzobispo de Antioquía, tras la muerte de su tío, dejó la diócesis en manos de un eclesiástico llamado Eleuterio para marchar en peregrinación a Tierra Santa. Allí le acogió muy bien el Patriarca de Jerusalén pero durante su estancia en Tierra Santa tuvo la desgracia de ser secuestrado por los enemigos de la Iglesia, los cuales le sometieron a terribles martirios y finalmente le encarcelaron. Sus  hagiógrafos narran que un ángel del Señor le liberó de su prisión y así pudo volver a Occidente. Pasó por Grecia y Dalmacia llegando finalmente a la ciudad de Colonia. Como no tenía dinero, pagaba su hospedaje por los distintos lugares que pasaba, haciendo milagros y de esta forma se cuenta que curó a muchos enfermos. Finalmente el Abad Etembaldo le recibió en el monasterio de Bavón, donde convivió con los monjes en paz y gracia de Dios, hasta el momento de su muerte,  que fue causada por una epidemia de peste. Su último milagro se dice que fue el cese de este terrible mal el mismo día de su muerte.

Es importante recordar así mismo, que durante la primera mitad del siglo XI, antes del Cisma de Oriente, y durante lo que se podría llamar período de reconstrucción del Sacro Imperio Germano-Romano, más concretamente al final del mismo, la Iglesia tuvo la suerte y enorme alegría de estar dirigida por un Papa santo, nos referimos  a San León IX (1049-1054).

León IX, nombre que quiso tomar Bruno de Egisheim Dagsburg, nació en Egisheim (Francia). A la muerte del Obispo Hermann de Toul, con sólo veinticuatro años, fue propuesto por el clero para sucederle. Años después fue proclamado Papa, llegando a Roma en el año 1049 a pie con hábito de peregrino y un prestigio de santidad reconocido. El nuevo Papa tuvo desde el principio las cosas muy claras, luchó denodadamente contra la clerogamia, establecida entre clérigos y Obispos alejados del mensaje de Cristo y declaró la simonía un grave pecado contra la fe. Recordemos que la simonía deriva del pecado cometido por Simón el Mago, narrado por San Lucas en su libro de los <Hechos de los Apóstoles> (Hch 2,9-25). San Lucas narra que  durante un cierto tiempo este mago venía practicando la magia en la ciudad (Samaría), embaucando a las gentes que creían que era un ser extraordinario, pero cuando Felipe (el diácono), llegó a la ciudad, las cosas cambiaron radicalmente, porque Felipe predicaba el mensaje de Cristo y hacía grandes milagros, y entonces las gentes se bautizaban y le seguían a él. Habiendo oído los apóstoles lo que sucedía en Samaría y habiendo recibido la palabra de Dios que les impulsaba a ir hasta allí para comprobar (in situ), lo que sucedía, fueron Pedro y Juan los elegidos para llegar hasta aquellas gentes que todavía no habían recibido el bautismo en nombre de Jesús, ni habían recibido el Espíritu Santo. Al ver Simón el Mago que tras la imposición de las manos de los apóstoles, se impartía el Espíritu Santo, les ofreció dinero y les dijo (Hch 9,19):

“Dadme también a mí ese poder para que aquellos a los que yo ponga las manos reciban el Espíritu Santo”

Pedro entonces le dijo (Hch 9,20-23):

“Al infierno tú con tu dinero por pensar que el don de  Dios se puede comprar / No tienes parte ni herencia en este don, pues tus intenciones son torcidas a los ojos de Dios / Arrepiéntete de esta maldad y ruega al Señor que te perdone por haber llegado a pensar tal cosa / pues veo que estas lleno de amargura y la maldad te tiene encadenado”

 

El Papa León IX quiso mantener sus hábitos de vida de: Austeridad y hasta pobreza, al igual que cuando era Obispo, para dar ejemplo a su grey  porque realmente se sentía feliz compartiendo todo con los más pobres, por otra parte, quiso mejorar la actitud del clero en aquella época que le tocó vivir, para lo cual convocó una serie de reuniones y Sínodos a los que asistían los Obispos y en algunas ocasiones los reyes y hasta el propio emperador. Su lema era terminar con los negocios sucios que entonces se venían realizando en torno a las cosas de Dios. Él decía: <La casa del Señor es sagrada y por tanto sólo puede ser una casa de oración>.

Se llegó a enfrentar en una ocasión a Berengario de Tours porque él afirmaba que la presencia de Cristo en la Eucaristía sólo era virtual y no real, como así considera la Iglesia (Teofanía).

Esta cuestión, así como, el llevar a cabo tantos viajes y tantos proyectos, provocó que el Pontífice acabara dándose perfecta cuenta de la situación real por la que pasaba la Iglesia de Cristo en aquellos momentos, y se propuso llevar a cabo una serie de medidas fundamentales para la transformación del clero y para alcanzar la santidad de todos sus fieles en general.

Con el ejemplo y la actividad que este Papa desplegó durante su mandato, muchos Obispos y sacerdotes, arrepentidos de su proceder anterior fueron cambiando de actitud, volviendo de nuevo al redil de Jesús, a la palabra del Buen Pastor que habían abandonado.

En definitiva, este Papa santo hizo lo imposible por llevar a la Iglesia a sus auténticas raíces evangélicas, pero sufrió mucho por la oposición de sus enemigos, que llegaron en alguna ocasión a hacerle prisionero durante meses. Agotado tras su liberación, débil y enfermo, entregó el alma a Dios con el júbilo de los santos en el año 1054.

La Iglesia salía una vez más indemne tras una época verdaderamente terrible en la que fue mancillada, incluso por algunos de sus hijos más destacados, y esto fue posible porque <la fuerza de la Iglesia viene de Cristo> tal como manifestó en su día el Papa Benedicto XVI, en su Audiencia del miércoles 14 de enero de 2009, de la que recogemos algunos pensamientos:

“Es importante constatar que en dos Cartas de san Pablo  (Colosenses y Efesios), se confirma el título de <Cabeza>, Kefalé dado a Jesucristo. Y este título se emplea en un doble nivel. En un primer sentido, Cristo es considerado como Cabeza de la Iglesia  (Col 2, 18-19; Ef 4,15-16). Esto significa dos cosas: ante todo, que Él es el gobernante, el dirigente, el responsable que guía a la comunidad cristiana como su líder y su Señor (Col 1,18): <Él es también la Cabeza del Cuerpo de la Iglesia>; y el otro significado es que Él es como la Cabeza que forma y vivifica todos los miembros del cuerpo al que gobierna (Col 2,19): <es necesario mantenerse unido a la Cabeza, de la cual todo el cuerpo, recibe nutrición y cohesión>.

Es decir, Jesucristo no es sólo uno que manda sino que es uno que orgánicamente está conectado con nosotros, del que también viene la fuerza para actuar de modo recto”