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viernes, 13 de julio de 2012

JESÚS NOS MOSTRÓ QUE EL BIEN DE LA FIDELIDAD ES INDISPENSABLE EN EL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO







 
 
 
 

El bien de la fidelidad es indispensable para que la unión entre hombre y mujer se perpetúe <hasta que la muerte los separe>, y ello implica <<la mutua lealtad de los cónyuges en el cumplimiento del contrato matrimonial, de tal modo que en lo que este contrato, sancionado por la ley divina, compete a una de las partes, ni a ella le sea negado ni a ningún otro permitido; ni el cónyuge mismo se conceda lo que jamás puede concederse por ser contrario a las divinas leyes y del todo disconforme con la fidelidad del matrimonio>>, en palabras del Papa Pio XI (Carta Encíclica Casti Comnubii dada en Roma el 31 de diciembre de 1930).

Porque nuestro Señor Jesucristo al decir aquello de  <que el que mira a una mujer para desearla, ya comete adulterio en el corazón>, está recordando a los hombres que el Sagrado Sacramento del matrimonio, no sólo, no puede ser violado por cualquier acto deshonesto, de alguno de los cónyuges, refiriéndose en particular al varón, sino que además los mismos pensamientos y deseos voluntarios, son adúlteros y atentan contra la unidad familiar.


El Señor durante el llamado <Sermón de la montaña> se muestra así de exigente con el adulterio y los malos pensamientos, tal como nos relató San Mateo en su Evangelio (Mt 5, 27-30):

-Oísteis que se dijo: <<No cometerás adulterio>>.

-Más yo os digo que todo el que mira a una mujer para codiciarla, ya en su corazón cometió adulterio, con ella.

-Que si tu ojo derecho te es ocasión de tropiezo, arráncale y échalo lejos de ti, pues más te conviene que perezca uno solo de tus miembros, y que no sea echado todo tu cuerpo a la gehena.

-Y si tu mano derecha te sirve de tropiezo, córtala y échala lejos de ti, porque más te conviene que perezca uno sólo de tus miembros y que no se vaya todo tu cuerpo a la gehena.

Jesús con tan duras palabras nos previene, pues a partir de los malos pensamientos se puede pasar al escándalo de las miradas perniciosas, a continuación al contacto carnal adúltero y de aquí a la gehena, es decir al infierno, hay solo, un  paso.

 
 


Ya en el Antiguo Testamento, más concretamente en el libro del Eclesiástico se habla de aquellas personas que merecen ó no merecen la alabanza de Dios, desde el punto de vista de la sabiduría y del santo temor de Dios (Ecle 25 1-8):
-Con tres cosas me adornó y me presentó bella ante Dios y ante los hombres,

-concordia de hermanos, amistad de prójimo y mujer y marido bien avenidos.
-Tres castas (de hombres) detesta mi alma, indignándome mucho en la vida de ellos: pobre soberbio, rico mentiroso y anciano adúltero, falto de inteligencia.

-En la juventud no has recogido, ¿y cómo hallarás en la vejez?
-¡Qué bien sienta el juicio en la canicie y a los ancianos conocer el consejo!

-¡Qué bien parece la sabiduría en los ancianos y en los glorificados el criterio y el consejo!
-La corona de los viejos es la mucha experiencia y su gloria el temor del Señor.


Talmente parece que estas palabras, tan lógicas y propias de las leyes de la naturaleza, nunca hubieran resonado en los oídos de los hombres y mujeres de una sociedad como la nuestra, donde son tan frecuentes los públicos adulterios incluso entre los que se llaman cristianos, muchas veces personas mayores que se dejan llevar por la carne y no tanto por la sabiduría.

Solo hay que echar una mirada a las noticias de la llamada <prensa rosa>, para comprobar que el santo temor de Dios y la sabiduría están  siendo constantemente conculcados y mancillados, a favor del placer y de la vida relajada.



La juventud tiene también mucho que ver en estos avatares del corazón y en particular las mujeres jóvenes parecen que se hubieran vuelto aún más peligrosas que nuestra madre Eva. En el libro del Eclesiástico leemos en este sentido (Ecle 26 8-13):
-Enfermedad de corazón es la mujer celosa de otra,

-y azote de lengua que a todos da parte.
-Yugo de bueyes sacudido es una mujer mala: quién la posee es como quien coge un escorpión.

-Enojo grande es mujer borracha, y no podrá ocultar su ignominia.
-La lujuria de la mujer en las procacidades de los ojos y en sus parpados se conoce.

-En torno de la hija desenvuelta redobla la vigilancia, no sea que, que al no hallar cuidado, la ocasión aproveche.


Los padres de hoy en día deberían tener muy presentes estos proverbios, porque los jóvenes se emborrachan, se drogan y caen en relaciones sexuales peligrosas, y muchas veces los progenitores tienen que reconocer que no saben cómo todo ello ha podido suceder, sin reflexionar en que son la falta de vigilancia, la relajación de las costumbres, y en especial la infidelidad en el matrimonio, conducente la mayor parte de las veces a la separación de los cónyuges  y  al divorcio, los causantes de las desgracias de sus hijos.

Por eso nuestro Señor Jesucristo destacó la necesidad absoluta de la unidad matrimonial, esto es, <<la ley evangélica sin que quede lugar a duda alguna, restituyó íntegramente aquella primitiva y perfecta unidad y derogó toda excepción, como lo demuestra sin sombra de duda las palabras de Cristo, y la doctrina práctica de la Iglesia. Con razón, pues, el santo Concilio de Trento declaró lo siguiente: que por razón de este vínculo tan solo dos pueden unirse, lo enseñó claramente nuestro Señor cuando dijo: por lo tanto, ya no son dos, sino una sola carne>>, en palabras del Papa Pio XI (Casti Comnubii 1930).



En efecto, en el libro del Génesis del Antiguo Testamento, podemos leer la creación del hombre y de la mujer (Gen 2, 26-28), y el Papa san Juan Pablo II refiriéndose a este pasaje de la Sagrada Biblia, en la Homilía de la <Misa para las familias> celebrada en su visita a África, en concreto durante su estancia en Kinshasa el 3 de mayo de 1980 se expresaba en los siguientes términos:

“Todo el mundo conoce la célebre narración de la creación con que comienza la Biblia. En ella se dice que Dios hizo el hombre a su imagen creándolo hombre y mujer. He aquí lo que sorprende enseguida, antes que nada. Para asemejarse a Dios, la humanidad debe ser una pareja de dos personas, que se mueven la una hacia la otra, dos personas a quienes un amor perfecto va a reunir en la unidad.

Este movimiento y este amor hacen asemejarse a Dios que es el amor mismo, la unidad absoluta de Tres Personas. Jamás se ha cantado el esplendor del amor humano con mayor belleza que en las primeras páginas de la Biblia.



“El hombre exclamó: esto sí que es ya hueso de mis huesos y carne de mi carne.

Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre; y se adherirá a su mujer; y vendrán a ser los dos una sola carne (Gen 2, 23-24). Y parafraseando al Papa San León, no puedo menos de deciros “Esposos cristianos reconoced vuestra eminente dignidad”    

Se refiere el Papa san Juan Pablo II a un antecesor suyo en la silla Pontificia allá por el siglo V, Papa León I, al que se le denomina con el apelativo de Magno por que fue <<grande en obras y en santidad>>.
Entre sus hazañas más impresionantes hay que citar su actuación frente al famoso guerrero bárbaro Atila, cuando llegando, a la misma puerta de Roma, el Papa San León logró convencerle para que cejara en su propósito, y de esta forma se evitó la destrucción de la misma y la muerte de miles de inocentes.
Este santo varón tuvo que enfrentarse más tarde a otro jefe bárbaro, el feroz Genserico y aunque en esta ocasión no logró convencerle para que no atacara a Roma, al menos consiguió que no incendiara la ciudad,  ni matara a sus habitantes.
No es de extrañar por tanto que los romanos sintieran una especial veneración por él, y desde entonces entre los mismos Obispos empezó a considerarse como uno de los Papas más importantes de la Iglesia de todos los siglos. Su frase más famosa, correspondiente a uno de sus sermones es aquella en la dice: <<Reconoce oh cristiano tu dignidad, el hijo de Dios bajo del cielo para salvar tu alma>>, la cual con tanto acierto utilizó Juan Pablo II, aplicándola a la dignidad de los esposos cristianos. 
Muchos siglos después otro Papa León, León XIII (1878-1903), con su esforzada y constante actitud, frente a las filosofías perversas de su época en contra de las verdades del Evangelio, y  frente a la hostilidad a la Iglesia consiguió que se respetaran sus derechos, demostrando con sus palabras y acciones <que la dignidad del ser humano proviene de ser hijo de Dios, por quién Cristo en la Cruz pagó un precio de sangre>.
 
 
 


A este Papa se le conoce sobre todo por sus Cartas Encíclicas en favor de los más desfavorecidos, era un Papa sumamente preocupado por la sociedad de su época en general y  por la familia en particular.

Concretamente la Carta Encíclica <Arcanum Divinae Sapientiae> (dada en Roma el 10 de febrero de 1880) está dedicada a las familias y en ella el Papa indica, entre otras muchas cosas, cuales son los frutos del matrimonio cristiano:

“Si se considera a que tiende la divina institución del matrimonio, se verá con toda claridad que Dios quiso poner en él los frutos ubérrimos de la utilidad y de la salud pública. Y no cabe la menor duda de que, aparte de lo relativo a la propagación del género humano, tiende también a hacer mejor y más feliz la vida de los cónyuges, y esto por muchas razones, a saber por la ayuda mutua en el remedio de las necesidades, por el amor fiel y constante, por la comunidad de todos los bienes, y por la gracia celestial que brota del Sacramento”

 

Por tanto también el Papa León XIII, considera que la fidelidad en el matrimonio es esencial y constituye uno de los bienes más deseables del Sacramento. Sin embargo tanto en el entorno familiar, en el entorno social, o incluso, dentro del propio corazón del hombre, siempre han existido y existirán inclinaciones y tentaciones, que pueden llevar a alguno de los cónyuges ó ambos, a la infidelidad. Por eso, como podemos leer en el Catecismo de la Iglesia Católica (C.I.C 1607-1608):

“Según la fe, este desorden que constatamos dolorosamente, no se origina en la naturaleza del hombre y de la mujer, ni en la naturaleza de sus relaciones, sino en el pecado. El primer pecado, ruptura con Dios, tiene como consecuencia primera ruptura de la comunión original entre el hombre y la mujer. Sus relaciones quedaron distorsionadas por agravios recíprocos (Gn 3,12); su atracción mutua, don propio del Creador (Gn 2, 22), se cambia en relaciones de dominio y de concupiscencia (Gn 3, 16 ); la hermosa vocación del hombre y de la mujer de ser fecundos, de multiplicarse y someter la tierra (Gn 1, 28) quedó sometida a los dolores del parto y los esfuerzos de ganar el pan (Gn 3, 16-19).

Sin embargo, el orden de la Creación subsiste aunque gravemente perturbado. Para sanar la herida del pecado, el hombre y la mujer necesitan la ayuda de la gracia que Dios, en su misericordia infinita, jamás les ha negado (Gn 3,21), sin esta ayuda, el hombre y la mujer no pueden llegar a realizar la unión de sus vidas en orden a la cual Dios los creó <al comienzo>”.



Por su parte, la Iglesia desde el primer momento tuteló y dirigió el santo vínculo matrimonial, denunciando y condenando los pecados contra la fidelidad matrimonial y en particular el adulterio, la fornicación y el incesto.
Esto se puede apreciar con claridad en el libro de los Hechos de los Apóstoles, de San Lucas, en el que se narran los principales acontecimientos que tuvieron lugar en la comunidad cristiana, después de la Muerte y Resurrección de Jesucristo y más concretamente, en la promulgación del Decreto Conciliar de la primera Asamblea de la Iglesia, celebrada en Jerusalén, hacia el año 40 después de Cristo.

Este Concilio Apostólico se llevó a cabo después del primer viaje que San Pablo realizó como misión evangelizadora y el  objetivo  de esta Asamblea, fue poner paz entre los miembros de la Iglesia primitiva, respecto a las diferencias que habían surgido entre los que aceptaban la entrada de los gentiles en la Iglesia, sin necesidad de someterse al rito de la circuncisión, y los judíos pertenecientes, en su mayoría, a la secta de los fariseos, cristianizados pero que defendían dicho rito mosaico, como imprescindible para optar a la salvación eterna.
Se cree que estuvieron presentes en esta primera reunión apostólica, los doce Apóstoles, así como todos los presbíteros, que ya eran numerosos, con San Pedro como cabeza de la Iglesia, y el Apóstol Santiago (el Menor) como presidente de la Asamblea, ya que por entonces era él, el Obispo de la Iglesia de Jerusalén.

Tras grandes discusiones entre los asistentes al concilio, éstos llegaron a un acuerdo razonable para todas las partes que quedó reflejado en el Decreto Conciliar, dirigido a los gentiles de las Iglesias de Antioquía, Siria y Cilicia (Hechos de los Apóstoles 15, 27-29):

 
 


-Os hemos, pues, enviado a Judas y a Silas los cuales por sí mismos de palabra os enterarán de lo mismo.

-Porque pareció al Espíritu Santo y a nosotros no imponeros otra carga alguna, a excepción de estas cosas indispensables:

-que os abstengáis de los sacrificios a los ídolos, de la sangre de los animales estrangulados, y de la fornicación. De lo cual si os guardareis, obraréis bien

Por tanto, las relaciones carnales, fuera del matrimonio (fornicación), son rechazadas de plano en el Decreto Conciliar, pues Jesucristo elevó al rango de Sacramento la unión entre hombre y mujer bautizados (Bodas de Caná) para que de esta forma se evitaran los males derivados de las costumbres licenciosas e inmorales en este sentido.

 
 


Otro ejemplo importante que pone al descubierto el celo de la Iglesia primitiva de Cristo, por el Sacramento matrimonial, lo podemos encontrar en la primera carta a los Corintios, pueblo evangelizado por San Pablo durante su primer viaje, y en la que condena el comportamiento de uno de sus feligreses, que mantenía relaciones extramatrimoniales, con la esposa de su padre (incesto), pecado muy grave que desde siempre ha merecido la condena de Dios y de los hombres (I Cor. 5, 1-8):

-Resueltamente se oye decir que hay en vosotros fornicación, y tal fornicación, cual ni siquiera entre gentiles, hasta el punto de tener uno la mujer de su padre.

-¿Y vosotros andáis inflados, y no más bien os pusisteis de luto, para que sea quitado de en  medio de vosotros quién tal acción cometió?

-Pues yo, por mi parte, ausente con el cuerpo, más presente con el espíritu, ya he resuelto, como si presente me hallare, al que así tal obró,

-en nombre del Señor nuestro Jesucristo –congregados vosotros y mi espíritu- , con el poder del Señor nuestro Jesús

-entregar a ese tal a Satanás para perdición de la carne, a fin de que el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús 


Estos dos ejemplos en los que se observa la gran preocupación de la Iglesia primitiva por el mantenimiento del don de la fidelidad en el matrimonio, fueron utilizados por el Sumo Pontífice León XIII para recordarnos que fue así desde el principio de su fundación (Encíclica Arcanum divinae sapientiae. Dada en Roma en 1880):

“Cristo habiendo renovado el matrimonio…confió y recomendó toda la disciplina del mismo a la Iglesia…

Es de sobra conocido por todos, cuantos y que vigilantes cuidados haya puesto (ésta), para conservar la santidad del matrimonio a fin de que éste se mantuviera incólume.  Sabemos, en efecto con toda certeza, que los amores disolutos y libres fueron condenados por sentencia del Concilio de Jerusalén; que un ciudadano incestuoso de Corinto fue condenado por autoridad de San Pablo; que siempre fueron rechazados y combatidos por igual vigor los intentos de muchos que atacaban el matrimonio cristiano”

Así ocurrió en el caso de los gnósticos, maniqueos, montanistas y algunas otras sectas, que se apartaron del Evangelio de Cristo, en la antigüedad, y de igual forma, en la actualidad otros grupos como los protestantes y los mormones, han operado en este mismo sentido, engendrando en la sociedad cierta ansiedad y desorden, con menoscabo del bien familiar, cada vez más acentuado en los últimos años del siglo pasado y en lo que llevamos de este.



Recordaremos a este propósito la Carta Encíclica del Papa san Pablo VI, <Humanae vitae> (Roma (julio de 1968), en la cual el Pontífice al hablar sobre las características del amor conyugal se expresaba en los términos siguientes:

“Es un amor total, esto es, una forma singular de amistad personal, con la cual los esposos comparten generosamente todo, sin reservas indebidas  o cálculos egoístas. Quien ama de verdad a su propio consorte, no ama sólo por lo que de él recibe sino por sí mismo, gozoso de poderlo enriquecer con el don de sí.

Es un amor fiel y exclusivo hasta la muerte. Así lo conciben el esposo y la esposa el día en que asumen libremente y con plena conciencia el empeño del vínculo matrimonial. Fidelidad que a veces puede resultar difícil pero que siempre es posible, noble y meritoria; nadie puede negarlo.

El ejemplo de numerosos esposos a través de los siglos demuestra que la fidelidad no sólo es connatural al matrimonio sino también manantial de felicidad profunda y duradera”.

Como muy bien nos explica, el escritor, teólogo y apologista católico converso estadounidense Scott Hahn (Comprometidos con Dios. La promesa y la fuerza de los Sacramentos. 2004):

“Cristo hizo del matrimonio el Sacramento de su comunión total con la Iglesia, sin fisuras, con plenitud de frutos. Y esta es la razón de la oposición de la Iglesia al divorcio, la poligamia, el control de la natalidad, el aborto, la sodomía y otras prácticas que destruyen el don matrimonial, que no tiene otro significado que el del amor de Dios”



Por esto la fidelidad dentro del matrimonio es esencial, pues es el <bien> que puede evitar todos estos males de los que habla Scott Hahn, el cual en sus inicios rechazaba a la Iglesia Católica, pero que después se convirtió junto con su esposa, cuando comprendieron que la contracepción era contraria a la ley de Dios.

Sí, porque <<ningún motivo, aún cuando sea gravísimo, puede hacer que lo que va intrínsecamente en contra de la naturaleza sea honesto y conforme a la misma naturaleza; y estando el acto conyugal destinado, por su misma naturaleza, a la generación de los hijos, los que en el ejercicio del mismo lo destruyen adrede de su naturaleza y virtud, obran contra la naturaleza y cometen una acción torpe e intrínsecamente deshonesta. Por lo cual no es de admirar que las Sagradas Escrituras atestigüen con cuanto aborrecimiento la Divina Majestad ha perseguido este nefasto delito, castigándolo a veces a la pena de muerte>>, en palabras de del Papa Pio XI (Casti Connubii 1930).

Un ejemplo de fidelidad  extraordinario fue el dado por el Papa Pablo VI, el cual en su Carta Encíclica <Humanae vitae> analizó, una vez más, las bases morales del Sacramento del matrimonio, en un momento en el que los no católicos, y por desgracia, también algunos católicos, esperaban como <agua de mayo>, las palabras favorables del Pontífice respecto a los anticonceptivos para el <control de la natalidad>, cosa que no sucedió, sino todo lo contrario.



Nunca como en esta ocasión- decía el Papa- hemos sentido el peso de nuestra carga. Esta Carta había sido precedida por el estudio realizado sobre el tema por una Comisión de trabajo, a instancias del Papa anterior Juan XXIII. La Comisión había discutido largamente sobre toda la problemática del llamado <control de la natalidad>, pero no había llegado  a un acuerdo y su Santidad Pablo VI se reservó el último juicio, puesto que en justicia  correspondía al magisterio de la Iglesia y él era su cabeza en aquel momento. Por eso, al hablar en dicha Carta sobre la Fidelidad al plan de Dios  se manifestaba en los términos siguientes:

“Así, quien reflexiona rectamente deberá también reconocer que un acto de amor reciproco, que prejuzgue la disponibilidad a trasmitir la vida que Dios Creador, según particulares leyes, ha puesto en él, está en contradicción con el designio constitutivo del matrimonio y con la voluntad del Autor de la vida.

Usar este don divino destruyendo su significado y su finalidad, aún sólo parcialmente, es contradecir la naturaleza del hombre y de la mujer y sus más intimas relaciones, y por lo mismo es contradecir también el plan de Dios y su voluntad.

Usufructuar, en cambio, el don del amor conyugal respetando las leyes del proceso generador significa reconocerse no árbitros de las fuentes de la vida humana, sino más bien administradores del plan establecido por el Creador.

En efecto, al igual que el hombre no tiene un dominio ilimitado sobre su cuerpo en general, del mismo modo tampoco lo tiene, con más razón, sobre las facultades generadoras en cuanto tales, en virtud de su ordenación intrínseca a originar la vida, de la que Dios es principio.

 


<<La vida humana es sagrada- recordaba Juan XXIII-; desde su comienzo, compromete directamente la acción creadora de Dios>> (Carta Encíclica <Mater et Magistra> 1961)”

La carta Encíclica <Humanae vitae>, no fue bien recibida por cierta parte de la sociedad de la época, sin embargo, el Papa hizo frente a la situación, defendiendo hasta el último instante de su vida la decisión que había tomado como muestra de fidelidad al mansaje de Cristo, en contra de los métodos antinaturales para segar la vida de los no natos, incluso en el mismo vientre de sus madres...

Ante la situación actual de este tema, cabría preguntarse cuales habrían  podido ser las causas que a lo largo de los siglos, han inducido a los hombres a hacer un uso inadecuado de la unión matrimonial y en algunas ocasiones hasta perverso.

Y es que las causas son innumerables, aunque por debajo de todas ellas, sin duda ha existido y aún subsiste la ausencia del <bien de la fidelidad>, porque siempre que se cometen pecados en contra de la procreación en el seno matrimonial se peca también <<en cierto modo como consecuencia, contra la fidelidad conyugal>>, tal como asegura el Papa Pio XI.

La infidelidad conyugal es un problema enormemente grave en nuestro días, tal como podemos comprobar sin más que poner un poco de atención a las noticias, muchas veces trágicas, sobre los llamados <malos tratos> en el seno familiar, habiéndose llegado a un estado de cosas que rebasa ya lo que tantos Papas han denunciado desde hace mucho tiempo.

Por eso, no es malo ni inadecuado que recordemos  las cosas que algunos de ellos dijeron sobre este tema. El Papa Pio XI, que tanto luchó por la pureza de las costumbres en la sociedad que le tocó vivir, bastante parecida a la nuestra, por cierto, denunciaba con palabras fuertes, que han resultado claramente proféticas, este estado de cosas en el seno conyugal (Carta Encíclica Casti Connubii):

“Todos los que empañan el brillo de la fidelidad y castidad conyugal, como maestros que son del error, echan por tierra también fácilmente la fiel y honesta sumisión de la mujer al marido; y muchos de ellos se atreven todavía a decir, con mayor audacia, que es una indignidad la servidumbre de un cónyuge para con el otro…pues se debe llegar a conseguir una cierta emancipación (dentro del Sacramento)…”
 


Refiriéndose en concreto al caso de la mujer en el seno familiar, sigue el Papa denunciando algunos de los tipos de emancipaciones que defienden aquellos que quieren, en realidad, destruir la unión matrimonial:

“Distinguen tres clases de emancipación, según tengan por objeto el <gobierno de la sociedad domestica>, la <administración del patrimonio familiar>, o la <vida de la prole>, llamándolas con el nombre de <emancipación social>, <emancipación económica> y <emancipación fisiológica>, porque quieren que las mujeres, a su arbitrio, estén libres, o se las libre de las cargas conyugales y maternales propias de una esposa… 

Tal libertad falsa e igualdad antinatural con el marido tornase en daño de la mujer misma, pues si esta desciende de la sede verdaderamente regia a que el Evangelio la ha elevado dentro de los muros del hogar, muy pronto caerá –si no en apariencia-,  -si en realidad-, en la antigua esclavitud, y volverá a ser, como en el paganismo, mero instrumento de placer o capricho del hombre”



En este sentido, el Papa Benedicto XVI, advertía que (Exhortación Apostólica Postsinodal <Verbum Domini>, dada en Roma el 30 de septiembre de 2010:

“La fidelidad a la Palabra de Dios lleva a percibir cómo la institución matrimonial está amenazada también  hoy en muchos aspectos por la mentalidad común. Frente al difundido desorden de los afectos y al surgir de modos de pensar que banalizan el cuerpo humano y la diferencia sexual, la Palabra de Dios reafirma la bondad originaria del hombre, creado como varón y mujer, y llamado al amor fiel, recíproco y fecundo…

En este contexto, deseo subrayar lo que el Sínodo ha recomendado sobre el <cometido de las mujeres respecto a la Palabra de Dios>…El Sínodo se ha detenido especialmente en el papel indispensable de las mujeres en la familia, la educación, la catequesis y la transmisión de los valores. En efecto, <ellas saben suscitar la escucha de la Palabra, la relación personal con Dios y comunicar el sentido del perdón y del comportamiento evangélico>, así como ser portadoras de amor, muestras de misericordia, y constructoras de la paz, comunicadoras de calor y humanidad en un mundo que valora las personas con demasiada frecuencia según los criterios fríos de explotación y ganancia”


Bellas palabras de este Pontífice, que siendo una realidad, muchas veces se olvidan en aras de la modernidad, y así encontramos por desdicha, que muchas mujeres han rechazado su puesto privilegiado en la familia, y por tanto en la sociedad, a favor de unas apetencias personales, en la búsqueda de lo que se ha dado en llamar <realización del yo>, olvidándose por completo de lo que el Sumo Creador esperaba de ellas.

Recordemos que << en el libro del Génesis del Antiguo Testamento se habla de la creación de modo sintético y con lenguaje poético y simbólico, pero profundamente verdadero:

<<Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios los creó: varón y mujer  los creó>>

La acción creadora de Dios se desarrolla según un proyecto preciso. Ante todo, se dice que el ser humano es creado –a imagen y semejanza de Dios- expresión que aclara enseguida el carácter peculiar del ser humano en el conjunto de la obra de la creación, en palabras del Papa san  Juan Pablo II (Carta a las mujeres del 29 de junio de 1995).
Más aún como sigue diciendo el Papa en esta Carta dirigida a las mujeres:
 
 
 


La mujer es el complemento del hombre, como el hombre es el complemento de la mujer: mujer y hombre son complementarios entre sí. La femineidad realiza lo <humano> tanto como la <masculinidad>, pero con una modulación diversa y complementaria.
Cuando Dios en el Génesis habla de ayuda (No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada), no se refiere solamente al ámbito de obrar, sino también al de ser. Femineidad y masculinidad son complementarias entre sí, no solo desde el punto de vista físico y psíquico, sino también ontológico.
Solo gracias a la dualidad de lo <masculino> y lo <femenino>, lo <humano> se realiza plenamente”

No existe, por tanto, en modo alguno, necesidad de enfrentamientos entre lo <femenino> y lo <masculino>, tal como preconizan algunos sectores de la socidad moderna, los cuales no han sabido interpretar adecuadamente los designio del Altísimo, es más,  en muchas ocasiones, han renunciado incluso a la creencia en el Dios Trinitario.




Una sociedad basada en estos principios se enfrenta sin duda a un <cataclismo> y desorden global de la familia, célula primordial de la misma. Ejemplo de lo que está sucediendo lo tenemos en el hecho, preocupante también, del descenso brusco de la natalidad en los países del antiguo Continente, y aún en el Nuevo, acompañado de un aumento muy acusado de los casos de divorcio o separación conyugal. Recordemos, una vez más, que los Papas de siglos pasados ya advertían de la situación que se estaba avecinando en el seno familiar.
En efecto, el Papa León XIII en su Carta Encíclica <Inescrutabili Dei Consilio> dada en Roma el 21 De abril de 1878, proclamaba que:

“La buena educación de la juventud, para que sirva de amparo a la fe, a la religión, y a la integridad de las buenas costumbres, debe empezar desde los más tiernos años en el seno de la familia, la cual miserablemente trastornada en nuestros días, no puede volver a su dignidad perdida, sino sometiéndose a las leyes con que fue instituida en la Iglesia por su divino Autor.

 

El cual, habiendo elevado a la dignidad de Sacramento el matrimonio, símbolo de su unión con la Iglesia, no sólo santificó el contrato nupcial, sino que proporcionó también eficacísimos auxilios a los padres y a los hijos para conseguir fácilmente, con el cumplimiento de sus mutuos deberes, la felicidad temporal y eterna.

Más después que leyes impías, desconociendo el carácter sagrado del matrimonio, le han reducido a la condición de contrato meramente civil, siguióse desgraciadamente, por consecuencia que, profanada la dignidad del matrimonio cristiano, los ciudadanos viven en concubinato legal, como si fuera matrimonio, que desprecian los cónyuges las obligaciones de la fidelidad, a que mutuamente se obligaron; que los hijos nieguen a los padres obediencia y respeto; que se debiliten los vínculos domésticos, y, lo que es pésimo ejemplo y muy dañoso a la honestidad de las públicas costumbres, que muy frecuentemente un amor malsano termine en lamentable y funesta separación”  

Quizás estas palabras del Papa León XIII, sonaron en los oídos de algunos de los ciudadanos del mundo, como pesimistas, pero los años, han acabado por darle toda la razón. En este siglo que nos ha tocado vivir vemos las terribles consecuencias de todas aquellas cosas que denunciaba siglos antes este Pontífice.

Constantemente escuchamos noticias terribles sobre crímenes incalificables acaecidos en el seno familiar, que nos recuerdan casi siempre  los que ocurrían durante el Imperio de Roma, cuando el paganismo hacia mella en los hombres. El respeto a los padres y a los mayores en general, el amor a los hijos y el sacrificio por ellos, brillan por su ausencia en muchas familias, avocadas siempre al mayor desastre.



No obstante, la Iglesia en situaciones límites en las que la convivencia conyugal conlleva males mayores, admite la separación física de los consortes y el fin de la cohabitación, pero como leemos en el Catecismo de la Iglesia Católica (nº 1649):
“Los esposos no cesan de ser marido y mujer delante de Dios; no son libres para contraer una nueva unión. En esta situación difícil, la mejor solución sería, si es posible, la reconciliación. La comunidad cristiana está llamada a ayudar a estas personas a vivir cristianamente su situación en la fidelidad al vínculo de su matrimonio que permanece indisoluble”


Tristemente, gracias a los estudios estadísticos realizados al respecto, se sabe que los dolorosos casos de violencia doméstica, que actualmente se producen, con una frecuencia verdaderamente luctuosa, la mayor parte de las veces son desencadenantes de pérdidas de vidas humanas y  en estos casos suele existir ya previamente, algunos trámites civiles, conducentes al divorcio de la pareja. Sin duda la infidelidad en el amor conyugal es la causa principal de una situación tan peligrosa para la familia y para la sociedad en su conjunto.
A este respecto, debemos también recordar lo que se dice el Catecismo de la Iglesia Católica (nº 1650):

“La Iglesia mantiene, por fidelidad a la palabra de Jesucristo <<Quién repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra ella; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio (Mc 10, 11-12)>>, que no puede reconocerse como válida esta nueva unión, si era válido el primer matrimonio”


Sin embargo, la Iglesia no abandona a aquellos  que se ven abocados a situación tan funesta y desgraciada para  la familia, los apoya y los ayuda siempre dentro de la fe de Cristo. Si estas personas se arrepienten de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo y se comprometen a vivir en total continencia, pueden recibir el Sacramento de la Reconciliación (Confesión). Por otra parte, la Iglesia les llama a seguir escuchando las palabras divinas, frecuentando el Sacrificio de la Misa, perseverando en la oración y educando a sus hijos en la fe cristiana.

Mención especial merece, en este sentido, la Exhortación Apostólica del  Papa Juan Pablo II <Familiaris Consortio>, dado en Roma el 22 de noviembre de 1981, solemnidad de Jesucristo Rey en el cuarto año de su Pontificado, en la que de forma particular y amplia, instruye a la Iglesia sobre todo lo referente al matrimonio y a la familia. Dicha Exhortación consta de cuatro partes bien diferenciadas.

Concretamente, tras una Introducción preparatoria, los temas tratados son los siguientes:
 
 



Luces y sombras de la familia en la actualidad; El designio de Dios sobre el matrimonio y la familia; Misión de la familia cristiana; Pastoral familiar: tiempos, estructuras, agentes y situaciones.

Precisamente el apartado cuarto, dedicado a la Pastoral familiar, es especialmente interesante, por lo que tiene de actualidad, sobre todo en los casos más difíciles de separaciones por causas de la emigración, por motivos laborales, por circunstancias relacionadas con largas ausencias del hogar, como sucede en la vida militar, los pescadores y navegantes, pero también con familias azotadas por graves problemas, como la minusvalía de alguno de sus componentes, las adicciones a drogas…y un largo etc. ,  consecuencias de las circunstancias adversas de nuestra sociedad.

Para todos estos casos, el Santo Padre tiene palabras de consuelo, llenas de la doctrina divina, dando consejos excelentes y esperanza a las familias y recomendándoles a los fieles que se encuentran en tales situaciones el recurso infalible de la oración, fuente de luz, de fuerza y alimento de esperanza cristiana. 


Trata también el Santo Padre en su Exhortación Apostólica, de situaciones irregulares como los llamados <matrimonios a prueba>, <unión libre de hecho>, <católicos unidos con mero matrimonio civil>, <separados y divorciados casados de nuevo>. En todos los casos hace un estudio profundo, recordando a la comunidad católica y a los cristianos en general las palabras de Dios y sus exigencias respecto a la unión matrimonial, sin olvidar tender la mano a todos aquellos que se encuentran en alguna de estas situaciones tan peligrosas, para que traten de salir de ellas y vuelvan a acercase al Señor, ya que sin duda también ellos pueden obtener de Dios la gracia de la conversión y de la salvación, si perseveran en la oración, en la penitencia y en la caridad.

Finalmente el Santo Padre concluye sus enseñanzas dirigiéndose de forma muy personal a los esposos, a los padres y madres de familia, a los jóvenes, y a todo el clero en general con estas alentadoras palabras:
“El futuro de la humanidad se fragua en la familia. Por consiguiente es indispensable y urgente que todo hombre de buena voluntad se esfuerce por salvar y promover los valores y exigencias de la familia.A este respecto, siento el deber de pedir un  empeño particular a los hijos de la Iglesia. Ellos, que mediante la fe conocen plenamente el designio maravilloso de Dios, tienen una razón de más para tomar con todo interés, la realidad de la familia en este tiempo de prueba y de gracia.
Deben de amar de manera particular a la familia. Se trata de una consigna concreta y exigente…
Que Cristo Señor, Rey del Universo, Rey de las familias, esté presente como en Caná, en cada hogar cristiano, para dar luz, alegría, serenidad y fortaleza.

A Él, en el día solemne dedicado a su Realeza, pido que cada familia sepa dar generosamente su aportación original para la venida de su Reino al mundo, <<Reino de verdad y de vida, Reino de santidad y de gracia, Reino de justicia y de paz>>, hacia el cual está caminando la historia”


 

martes, 19 de junio de 2012

JESÚS ELEVO LA ALIANZA MATRIMONIAL A LA DIGNIDAD DE SACRAMENTO ENTRE LOS BAUTIZADOS


"Y acercándose unos fariseos, le preguntaban con ánimo de tentarle: ¿Si es lícito al marido repudiar a su mujer? / El respondiendo, les dijo: ¿Qué os mandó Moisés? / Ellos dijeron: Moisés permitió escribir libelo de divorcio y repudiar / Más Jesús les dijo: En razón de vuestra dureza de corazón os escribió este precepto / Más desde el principio de la creación <varón y hembra los hizo / por causa de esto dejará el hombre su padre y madre / y se harán los dos una sola carne>. Así que ya no son dos, sino una sola carne / Lo que Dios, pues, juntó, el hombre no lo separe  / Y en llegando a casa de nuevo, los discípulos le interrogaban acerca de esto / Y les dice: Quien repudiare a su mujer y se casase con otra, comete adulterio contra la primera / y si la mujer repudiare a su marido y se casase con otro, comete adulterio"


Las palabras del Señor señalan con transparencia que el matrimonio es un Sacramento que implica indisolubilidad del vínculo, como elevación y consagración que Jesucristo ha hecho del contrato, constituyéndolo en signo eficaz de la gracia (Catecismo de la Iglesia Católica; nº 1601):

“La alianza matrimonial, por la que al varón  y  la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevado por Cristo Nuestro Señor a la dignidad de Sacramento entre los bautizados”

Precisamente el Papa Pio XI en su Carta Encíclica <Casti Connubii>, defendió la indisolubilidad del matrimonio, en unos momentos en los que las <crisis matrimoniales> ya se dejaban sentir en la sociedad de manera alarmante (Casti Connubii, dada en Roma el 31 de diciembre de 1930. Año noveno de su Pontificado):

 
 
“En primer lugar, como fundamento firme e inviolable quede asentado, que el matrimonio no fue instituido ni restaurado por obra de los hombres, sino por obra divina, que no fue protegido, confirmado ni elevado con leyes humanas, sino con leyes del mismo Dios, autor de la naturaleza, y de Cristo Señor, Redentor de la misma, y que, por lo tanto, sus leyes no pueden estar sujetas al arbitrio de ningún hombre, y ni siquiera al acuerdo contrario de los mismos cónyuges.


Esta es la doctrina de la Santa Escritura, ésta la constante tradición de la Iglesia universal, ésta la definición solemne del Santo Concilio de Trento, el cual, con las mismas palabras, del texto Sagrado, expone y confirma que el perpetuo e indisoluble vínculo del matrimonio, su unidad y su estabilidad tienen por autor a Dios (Conc.Trid.sess.24)”

 
 
 
En el libro del Génesis (Antiguo Testamento), podemos leer las palabras que recordó Jesús a los fariseos, sobre la naturaleza del hombre y de la mujer y el vínculo entre ambos (Gen 1, 26-28): "Entonces dijo Dios: Hagamos un hombre a imagen nuestra, con forme a nuestra semejanza, porque domine en los peces del mar, en las aves del cielo, y en los ganados, y en todas las fieras de la tierra, y en todo reptil que repta sobre la tierra"

"Creó, pues, Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios creólo, macho y hembra los creó / Y los bendijo Dios y díjoles: Procread y multiplicaros, y henchid la tierra y sojuzgadla, y dominad en los peces del mar, y en las aves del cielo, y en toda bestia que se mueve sobre la tierra"

 
 
 
 
En este sentido, el gran Papa León XIII, que tanto combatió por la Iglesia de Cristo en el siglo XIX y principios del siglo XX, dijo recordando también el libro del Génesis y los Evangelios,  y exhortando, en particular, a sus Obispos para que actuaran a favor del matrimonio (Carta Encíclica <Arcanum Divinae Sapientiae>. Dada en Roma el 10 de febrero de 1880):
“Para todos consta, venerables hermanos, cual es el verdadero origen del matrimonio. Pues, a pesar de que los detractores de la fe cristiana traten de desconocer la doctrina constante de la Iglesia acerca de este punto y se esfuerzan ya desde tiempo por borrar la memoria de todos los siglos, no han logrado, sin embargo, ni extinguir, ni siquiera debilitar la fuerza de la luz de la verdad.

Recordemos cosas conocidas de todos y de las que nadie duda: después del sexto día de la creación formó Dios al hombre del limo de la tierra e infundió en su rostro el aliento de vida, quiso darle una compañera, sacada admirablemente de él mismo mientras dormía (Gen 2, 1-21).  

 


Y aquella unión del hombre y de la mujer, para responder de la mejor manera a los sapientísimos designios de Dios, manifestó desde ese mismo momento dos principalísimas propiedades, nobilísimas sobre todo y como impresas y grabadas ante sí: unidad y perpetuidad (Gen 2, 24-25).

Y esto lo vemos declarado y abiertamente confirmado en el Evangelio por la autoridad divina de Jesucristo, que atestiguó a los judíos, y a los apóstoles que el matrimonio, por su misma institución sólo puede verificarse entre dos, esto es, entre un hombre y una mujer; que estos dos vienen a resultar como una sola carne, y que el vínculo nupcial está tan íntima y tan fuertemente atado por la voluntad de Dios, que por nadie de los hombres puede ser desatado o roto.

 
 
 
Se unirá <el hombre a su esposa y serán dos en una misma carne. Por consiguiente, lo que Dios
unió, el hombre no lo separe>  (Mt 19, 5-6)  

¿Qué pensaría el Papa León XIII si escuchará y viera las atrocidades que se dicen y se hacen con el sagrado Sacramento del matrimonio en la actualidad? Solo se explica tal comportamiento admitiendo que el hombre ha perdido como se suele decir <el norte>, más aún, se ha dejado arrastrar por su naturaleza, siempre tendiente al mal, olvidándose de sus deberes para con el Creador.

Tal parece, en esto, como en otros temas de la vida, que se aproximan los tiempos finales, pues Satanás se encuentra presente, ya ni siquiera de forma solapada, sino abiertamente, en cualquier ocasión, llevando a la ruina a las familias que deberían ser el bien más preciado de la humanidad.

No obstante, hay que admitir que este comportamiento de los hombres, en contra de lo establecido por Dios, respecto a la unión entre hombre y mujer, en tiempos de Jesucristo ya había pasado por situaciones igualmente perversas, fue por ello que Jesús elevó este vínculo a la categoría de Sacramento.
En efecto, también San Mateo en su Evangelio, narró lo sucedido al inicio del viaje del Señor hacia Jerusalén desde Galilea, cuando se le acercaron los fariseos con ánimo de ponerle en un compromiso, al hacerle la  pregunta: ¿Es lícito repudiar a la mujer por cualquier motivo?

Jesús les respondió con las palabras que el Papa León XIII recordaba en su carta Encíclica, las cuales ponían en evidencia la unidad matrimonial. Pero los fariseos no se conformaron con su repuesta e insistieron: ¿Cómo ordenó Moisés dar libelo de divorcio y repudiar? A lo que el Señor les respondió <por la dureza de vuestro corazón, os lo permitió Moisés, más desde el principio no fue así>.  

 
 
A propósito de estas palabras del Señor, el Papa León XIII, en la Carta Encíclica mencionada anteriormente, recordaba también a todos los miembros de la Iglesia, la corrupción de la unión matrimonial en la antigüedad, después de haberse deteriorado ésta, a lo largo de los siglos:

“Pero esta forma del matrimonio, tan excelente y superior, comenzó poco a poco a corromperse y desaparecer entre los pueblos gentiles; incluso entre los mismos hebreos pareció nublarse y oscurecerse.

Entre éstos, en efecto, había prevalecido la costumbre de que fuera lícito al varón tener más de una mujer, y luego, cuando, por la dureza de corazón de los mismos, Moisés les permitió indulgentemente la facultad de repudio, se abrió la puerta a los divorcios.

Por lo que toca a la sociedad pagana apenas cabe creerse cuánto degeneró y que cambios experimentó el matrimonio, expuesto como se hallaba al oleaje de los errores y de las más torpes pasiones de cada pueblo.
 
 
Todas las naciones parecieron olvidar, más o menos, la noción y el verdadero origen del matrimonio, dándose por dondequiera leyes emanadas, desde luego, de la autoridad pública,  pero no las que la naturaleza dicta.

Ritos solemnes, instituidos al capricho de los legisladores, conferían a la mujeres, el título honesto de esposas o el torpe de concubinas; se llegó incluso a que determinara la autoridad de los gobernantes a quiénes les estaba permitido contraer matrimonio y a quiénes no, leyes que conculcaban gravemente la equidad y el honor.

La poligamia, la poliandria, el divorcio, fueron otras tantas causas, además, de que se relajara enormemente el vínculo conyugal. Gran desorden hubo también en lo que atañe a los mutuos derechos y deberes de los cónyuges, ya que el marido adquiría el dominio de la mujer y muchas veces la despedía sin motivo alguno justo, en cambio, a él, entregado a una sensualidad desenfrenada e indomable, le estaba permitido discurrir impunemente entre lupanares y esclavas, como si la culpa dependiera de la dignidad y no de la voluntad (San Jerónimo. Opera t.1 co 1.455.).

 
 
 
 
Imperando la licencia marital, nada era más miserable que la esposa, relegada a un grado de abyección tal, que se consideraba como un instrumento para la satisfacción del vicio o para engendrar hijos.

Impúdicamente se compraba y se vendían a las que iban a casarse, cual si se tratara de  cosas materiales, concediendo a veces al padre y al marido incluso la potestad de castigar a la esposa con el último suplicio.

La familia nacida de tales matrimonios necesariamente tenía que contarse entre los bienes del Estado o se hallaba bajo el dominio del padre, a quien las leyes facultaban además, para proponer y concertar a su arbitrio los matrimonios de sus hijos, y hasta para ejercer sobre los mismos la monstruosa potestad de vida y muerte”.

El panorama histórico sobre la unión matrimonial, que tan magníficamente describe el Papa León XIII, de forma resumida, es devastador, pero no por ello menos extremadamente cierto. Estas cosas son las que sucedieron en los tiempos antiguos, antes de la venida del Mesías a la Tierra, para salvar a los hombres.

Sin embargo si lo pensamos bien, nos damos cuenta que en muchos aspectos, y en particular en lo referente al tema del divorcio, en el momento actual las cosas han retrocedido a la época del paganismo, a pesar de que Cristo ennobleciera el vínculo del matrimonio elevándolo a Sacramento y transmitiera esta doctrina a sus Apóstoles, porque deseaba que los esposos, a través de los siglos fueran fieles a esta unión libremente elegida.

Por ello ante la aptitud de la sociedad moderna frente al matrimonio,  es necesario seguir recordando lo que  el Papa León XIIII enseñaba en su carta Encíclica:
“Tan numerosos vicios, tan enormes ignominias como mancillaban el matrimonio, tuvieron, finalmente, alivio y remedio, sin embargo, pues Jesucristo, restaurador de la dignidad humana,  y perfeccionador de la ley mosaica, dedicó al matrimonio un no pequeño ni el menor de sus cuidados.

Ennobleció, en efecto, con su presencia las bodas de Caná de Galilea, inmortalizándolas con el primero de sus milagros (Jn 2, 1-11), motivo por el que, ya desde aquel momento, el matrimonio parece haber sido perfeccionado con principios de nueva santidad.
 


Por todo ello, después de refutar las objeciones fundadas en la ley mosaica, revistiéndose de la dignidad de legislador supremo, estableció sobre el matrimonio esto: <Os digo, pues, el que abandona a su mujer, a no ser por causa de fornicación, y toma otra, adultera, y el que toma  a la abandonada, adultera> (Mat 19, 9)” 

Las mujeres pertenecientes a los llamados <movimientos feministas>, deberían sentirse contentas, si leyeran los Evangelios, en lugar de criticar a la Iglesia de Cristo por sus normas de moralidad en lo referente a la unión matrimonial, porque en modo alguno se podría decir que su Fundador no fuera defensor de los derechos de las mujeres, elevando la unidad conyugal hasta el nivel de la gracia sacramental, para evitar las enormes tropelías que se producían en el antigüedad sobre esta institución divina.

También los Apóstoles y sus sucesores, los Obispos de todos los siglos, han defendido la institución del matrimonio y la dignidad de la mujer dentro y fuera de él, tal como demuestran las cartas Encíclicas, las Homilías y demás escritos de los Santos Pontífices, como en el caso del Papa que ahora estamos recordando, León XIII, que luchó denodadamente por el bien de las familias, denunciando los extravíos de las sociedades antiguas y modernas en lo referente al sagrado mandato de Jesucristo.

El Papa León XIII habló de manera clara y sin igual sobre este Sacramento, destacando cómo, por desgracia, los hombres de su siglo atacaban a la Iglesia, negándole su potestad sobre el mismo.

Por tanto, la cosa viene de lejos, es decir, ya en el siglo XIX, los divorcios fueron creciendo de forma dolorosa y a ello contribuyó, sin duda, el hecho de haberle arrebatado a la Iglesia católica la potestad de instituir y de dictar leyes sobre este tema, olvidando los poderes civiles, el origen divino del matrimonio que durante tanto tiempo, desde que Jesucristo lo ennobleció, había llenado de luz la vida de las civilizaciones durante largos siglos.

Pero que se puede decir, por desgracia, de los siglos posteriores al siglo XIX y en particular de los inicios del siglo XXI en los que actualmente nos encontramos, respecto a la Sagrada institución del matrimonio cristiano…

La situación del Sacramento del matrimonio ha llegado ya a límites insospechados, el número de divorcios crece de día en día entre los no católicos, y también entre los católicos, y las leyes civiles que los regulan son cada vez más injustas y desproporcionadas, pues olvidan muchas veces, incluso, el bien de los hijos.

 
 
Y con ser terrible esta situación, todavía lo es más, el hecho de que muchos hombres y mujeres, desde hace ya tiempo, han aceptado como normal la misma; y todavía para mayor desgracia, entre  algunos católicos existe un cierto resentimiento contra la Iglesia de Cristo por no aceptar las nuevas corrientes que un laicismo desmedido toma como modelo a seguir en aras de la modernidad.

Muchos incluso, critican la situación dentro de la Iglesia de las parejas divorciadas que vuelven a contraer nupcias con otras personas por las leyes civiles, o simplemente se juntan para convivir en concubinato.

Se extrañan  y denuncian el hecho de que estas personas, estando bautizadas, no puedan recibir el Sacramento de la Comunión. Así, por ejemplo, lo ponía de manifiesto un periodista que entrevistando al Papa Benedicto XVI, cuando todavía era el Cardenal Joseph Ratzinger, le preguntaba por el tema.  

Y es que durante su Cardenalato el Papa Benedicto XVI  fue Prefecto de la Congregación para la propagación de la fe (1981), trabajando con ahínco sobre temas tan espinosos y desafortunados para la Iglesia, como la <teología de la liberación>, la <ordenación sacerdotal de las mujeres>, el <celibato de los sacerdotes>, la <utilización de los preservativos> y las <sectas>, entre otros muchos problemas de gran actualidad durante el tiempo que ocupó su puesto por encargo del Papa Juan Pablo II.
 
 
Por ello, la respuesta dada por el entonces Cardenal, luego Benedicto XVI, al periodista está llena de rigor y conocimiento de causa (La sal de la tierra Joseph Ratzinger. Libros Palabras. 11ª Edición. Noviembre 2009):
“Debo precisar, antes de nada, que estos cónyuges desde un punto de vista puramente jurídico no están excomulgados formalmente. La excomunión es un conjunto de medidas punitivas eclesiales, una limitación en la participación de la vida de la Iglesia. Pero esas sanciones no se les impone a ellos (se refiere el Cardenal a los cónyuges que, divorciados, luego se casan civilmente en matrimonio no reconocido por la Iglesia). Aunque lo que salta más a la vista, es decir, no poder comulgar, les afecta. Pero, como decía, no están excomulgados en el sentido jurídico. Esas personas siguen siendo miembros de la Iglesia, pero, por unas determinadas circunstancia de sus vidas, no pueden recibir la comunión. No cabe duda que esto es un grave problema para nuestra sociedad en la que el número de matrimonios deshechos va en aumento…

Las cosas se juzgarían de distinto modo si volviera a ser manifiesto que hay otros que también dicen: <así no puedo comulgar>, <no tengo la conciencia limpia>, y así, como dijo San Pablo, antes de recibir el Cuerpo de Cristo, cada uno debe examinar su conciencia, entonces se juzgaría de otro modo. Esta es una condición, la otra es que esas personas deben experimentar que, a pesar de todo, la Iglesia les acoge y sufre con ellas”.

Sí, porque las palabras de Cristo, a este respecto, fueron muy claras y contundentes (Mc 10, 12). Por tanto, como sigue diciendo el Papa (siendo todavía el Cardenal Ratzinger):
 
 



Pero el principio fundamental es definitivo, es decir, que el matrimonio es indisoluble, y el que abandona un matrimonio válido, el Sacramento, para volver a contraer matrimonio, no puede comulgar. Esto es un principio válido de modo definitivo”


Esta última reflexión del entonces Cardenal Ratzinger, es muy importante, porque uno de los bienes fundamentales del matrimonio es el hecho de ser un Sacramento, y esto evita que este se disuelva y que el abandonado o abandonada, o ambos a la vez, se junten con otras parejas, aún sin intención de tener más hijos, en perjuicio de la institución de la familia, tal como recordaba el Papa Pio XI (Carta Encíclica <Casti Connubii>:
 
 
 
 
“Se completa el cúmulo de grandes beneficios (unidad, castidad, caridad…) y por decirlo así, hallase coronada (la alianza matrimonial), con aquel bien del matrimonio que en frase de San Agustín, hemos llamado Sacramento, palabra que significa tanto la indisolubilidad del vinculo, como la elevación y consagración que Jesucristo ha hecho del contrato, constituyéndole signo eficaz de la gracia.

Porque este Sacramento, no solamente aumenta la gracia santificante, principio permanente de la vida sobrenatural, sino que añade peculiares dones, disposiciones y gérmenes de gracia, elevando y perfeccionando las fuerzas de la naturaleza, de suerte tal que los cónyuges pueden no solamente atender bien, sino íntimamente saborear, retener con firmeza, querer con eficacia y llevar a la práctica todo cuanto pertenece al matrimonio y a sus fines y deberes; y por ello le concede, además, el derecho al auxilio actual de la gracia, siempre que la necesiten, para cumplir con las obligaciones de su estado”.

Sí, porque el matrimonio, por desgracia, también se encuentra sometido a la esclavitud del pecado, y solamente con la ayuda de la gracia que el Sacramento instituido por Jesucristo proporciona, los cónyuges pueden luchar con perspectivas de triunfo contra los males que constantemente les acechan: celos, espíritu de dominio, infidelidad, espíritu de discordia, y multitud de conflictos que pueden llevar hasta el odio y la ruptura final de la pareja.

En tales circunstancias, el don de la gracia recibido con el Sacramento del matrimonio queda en parte anulado y por ello los cónyuges deben, desde el principio, cultivar este don recibido de manera que éste se refuerce con el paso del tiempo y de lugar a la santificación de la vida matrimonial. Porque como también dijo el Papa Pio XI en la Carta Encíclica mencionada anteriormente:

“Los mismos cónyuges, no ya encadenados, sino adornados; no ya impedidos, sino confortados con el lazo de oro del Sacramento, deben procurar resueltamente que su unión conyugal, no sólo por la fuerza y la significación del Sacramento, sino también por su espíritu y su conducta de vida, sea siempre imagen, y permanezca ésta viva, de aquella fecundísima unión de Cristo con su Iglesia, que es en verdad, el misterio venerable de la perpetua caridad”
 
 

 
 Estas palabras del Papa están en consonancia con aquellas otras pronunciadas por el Apóstol San Pablo, en su <Carta a los Efesios>, la cual iba destinada probablemente a la Iglesia del Asía proconsular, pero que por extensión incumbe a todos los católicos a lo largo de los siglos, y cuyo tema central es el <misterio> de la universalidad de la salvación,  y donde se refiere a los deberes conyugales de la pareja (Ef 5, 25-27)  

 
Sin embargo, la pregunta que surge en el momento actual, en el que el número de divorcios sigue creciendo en forma exponencial es: ¿Cuál puede ser la causa o los motivos de una situación tan alarmante?
 
 


En realidad el tema de las crisis matrimoniales no es nuevo, como ya hemos recordado en palabras del Papa León XIII, el cual con su clarividencia característica y asistido sin duda por el Espíritu Santo, también mencionaba en su Carta Encíclica los móviles existentes ya en el siglo XIX, los mismos, por cierto, que existen en el siglo XXI, junto a otros que han aumentado la lista de los anteriores, con los que el divorcio causan estragos entre las familias:


“Si se considerara a que fin tiende la divina institución del matrimonio, se vería con toda claridad que Dios quiso poner en él las fuentes ubérrimas de la utilidad y de la salud publicas…grandes y valiosos beneficios produjo realmente el matrimonio mientras que conservó sus propiedades de santidad, unidad, y perpetuidad, de los que recibe toda su fructífera y saludable eficacia; y no cabe la menor duda de que hubiera producido semejantes e iguales, si siempre en todas partes se hubiera hallado bajo la potestad de la Iglesia, que es la más fiel conservadora y defensora de tales propiedades.

Más, al surgir por doquier el afán de sustituir por el humano los derechos divino y natural, no sólo comenzó a desvanecerse la idea y la noción nobilísima a que la naturaleza había impreso y como grabado en el ánimo de los hombres, sino que incluso en los mismos matrimonios entre cristianos, por perversión humana, se ha debilitado mucho aquella fuerza procreadora de tan grande bienes ¿Qué de bueno puede reportar, en efecto, aquellos matrimonios de los que se halla ausente la religión cristiana, que es madre de todos los bienes, que nutre e impele a cuanto puede honrar a un ánimo generoso y noble?"

Quizás habrá personas que  un momento de la historia en que se ataca con saña al cristianismo, se asombren o incluso  puedan escandalizarse ante esta pregunta acuciante de un Papa del siglo XIX. No obstante, la respuesta a su pregunta la podemos deducir sin grandes dificultades, observando el discurrir cotidiano de los matrimonios en este siglo. En efecto, los estudios estadísticos llevados a cabo sobre el tema del divorcio, nos señalan un aumento muy preocupante de las crisis matrimoniales que finalmente conducen, casi siempre, a una ruptura definitiva, con las terribles consecuencias que se desprende, de este hecho, para las familias rotas, y en particular para los hijos habidos en las misma, que suelen llevarse la peor parte.
 
 
Hay que tener en cuenta, sin embargo, que no siempre las familias rotas pertenecen a aquel grupo que se ha desviado de la religión católica, aunque sí es cierto, que en la mayoría de estos casos, al menos se constata, un apartamiento de las propuestas morales de la Iglesia, en aras del materialismo y relativismo de la sociedad actual.

Ello conduce en ocasiones a una falta de religiosidad que finalmente provoca un total, o parcial alejamiento de las buenas costumbres de sociedades anteriores. Por todo ello, no es exagerado, ni falto de realismo el mensaje que el Papa León XIII daba en su Carta Encíclica <Arcanum divinae sapientae>, la cual deberían leer las nuevas generaciones, para estar prevenidos de los peligros que acechan al Sacramento del matrimonio, en el momento actual.
Porque desterrada y rechazada la religión y sin otra defensa en el momento actual, que la bien poca eficaz honestidad natural, los matrimonios tienen que caer necesariamente de nuevo en la esclavitud de la naturaleza viciada y en la tiranía de las pasiones:

"De esta fuente han manado múltiples calamidades, que han influido no solo sobre las familias, sino incluso sobre las sociedades, ya que, perdido el saludable temor de Dios, y suprimido el cumplimiento de los deberes, que jamás en parte alguna ha sido más estricto que en la religión cristiana, con frecuencia ocurre, cosa fácil en efecto, que las cargas y obligaciones del matrimonio parecen a penas soportables y muchos ansían liberarse de un vínculo que, en su opinión, es de derecho humano y voluntario, tan pronto como la incompatibilidad de caracteres, o las discordias, o la violación de la fidelidad por cualquiera de ellos, o el consentimiento mutuo u otras causas aconsejen la necesidad de separarse" (Papa León XIII; Ibid).     

 
 
 
Ratificando las palabras del Papa León XIII, algunos años después otro Pontífice, Pio XI en los albores del siglo veinte, tras muchos años en los que la falta del santo temor de Dios había dado como resultado la posibilidad civil de ruptura del vínculo matrimonial, con la consiguiente catástrofe para el régimen familiar, aseguraba en su Carta Encíclica <Casti Connubii>:      

“A la sola luz de la razón natural, y mucho mejor si se investigan los vetustos monumentos de la historia, si se pregunta a la conciencia constante de los pueblos, si consultan las costumbres e instituciones de todas las gentes, consta suficientemente que hay, aún en el matrimonio natural, un algo sagrado y religioso, <<no advenedizo, sino ingénito; no procedente de los hombres, sino innato, puesto que el matrimonio tiene a Dios por autor, y fue desde el principio como una especial figura de la Encarnación del Verbo de Dios>> (León XIII; C. E. Arcanum Divinae Sapintiae).

Esta naturaleza sagrada del matrimonio, tan estrechamente ligada con la religión y las cosas sagradas, se deriva del origen divino arriba recordado; de su fin que no es sino el de engendrar y educar hijos para Dios, y unir con Dios a los cónyuges mediante  un mutuo y cristiano amor, y, finalmente, del mismo natural oficio del matrimonio, establecido con providentísimo designio del Creador, a fin de que fuera algo así como el vehículo de la vida, por el que los hombres cooperaran en cierto modo con la divina omnipotencia. A lo cual, por razón del sacramento, debe añadirse un nuevo título de dignidad que ennoblece extraordinariamente al matrimonio cristiano, elevándolo a tal alta excelencia que para el Apóstol aparece como un misterio grande y en todo honroso”.
 
 
 
 

"Persevere el amor fraterno / No olvidéis la hospitalidad, ya que por ella, algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles / Acordaos de los presos, como encadenados con ellos; de los afligidos, como que también vosotros estáis en el cuerpo / Tened todos, el matrimonio, en gran honor, y el lecho conyugal sin mancilla; pues Dios juzgará a los fornicadores y adúlteros"

Por eso, el Papa, continúa diciendo en su Encíclica:
“Este carácter religioso del matrimonio, con su excelsa significación de la gracia y la unión entre Cristo y la Iglesia, exige de los futuros esposos una santa reverencia hacia el matrimonio, y un cuidado y celo también santos, a fin de que el matrimonio que intentan contraer, se acerque lo más posible, al prototipo de Cristo y de la Iglesia…”

 
 
 
Teniendo en cuenta las enseñanzas de Cristo, de los Apóstoles, y de los santos Padres de la Iglesia, el Catecismo de la Iglesia Católica, cita entre las ofensas a la dignidad del matrimonio, el divorcio, el cual atenta contra la inviolabilidad de este Sacramento (Mc 10, 2-2):
“Entre bautizados católicos, el matrimonio rato y consumado, no puede ser disuelto por ningún poder humano, ni por ninguna causa fuera de la muerte (Canon 1141)”.


Por ello el divorcio, es una ofensa grave a la ley natural, ley que por cierto, hoy en día se trata de conculcar en otras muchas ocasiones... 
Pretende romper el contrato, aceptado libremente por los esposos, de unión hasta la muerte y  además, el divorcio atenta contra la Alianza de salvación, de la cual el matrimonio sacramental es un signo.
El hecho de contraer una nueva unión, aunque reconocido civilmente, aumenta, sin duda, la gravedad de la ruptura y entonces el cónyuge de nuevo casado, se encuentra en situación de adulterio público y perenne (C.I.C nº 2384).
Y Todavía más, como sigue diciendo el Catecismo de la Iglesia Católica (nº 2385):

“El divorcio adquiere también un carácter inmoral, a causa del desorden que introduce en la célula familiar, y en la sociedad. Este desorden  entraña daños graves: para el cónyuge, que se ve abandonado; para los hijos, traumatizados por la separación de los padres,  y a menudo viviendo en tensión a causa de sus padres; por su efecto contagioso, que hace de él una verdadera plaga social”

Las estadísticas hablan por sí solas, en Bélgica, por ejemplo, entre 1971 y 1985 el porcentaje de divorcios creció desde un 10% a un 32%; también en Francia tuvo lugar un crecimiento en el número de divorcios desde un 12% a un 40% entre esos mismos años, así mismo, en Holanda, el crecimiento en el número de divorcios en ese mismo periodo de tiempo, fue desde un 9% a un 30%. A pesar de todo, fueron los Estados Unidos y Dinamarca los países con peores datos, en este mismo periodo de tiempo, pues el número de casos de divorcios fue cercano al 50% (Estadísticas del <Demografhic Yearbook> de 1990 de Naciones Unidas).
 
 Por otra parte, en  Alemania Federal, cuya ley de divorcio se dictó en 1976, la tasa de rupturas matrimoniales aumentó desde el 22% hasta el 32%, en Canadá cuya ley de divorcio se dictó en 1968 el número de rupturas creció desde un 8% hasta un 40% y en Estados Unidos cuya ley de divorcio data de 1969 el número de fracasos conyugales paso de un 28% hasta un 50%, respectivamente. Y así sucesivamente…Por eso, los especialistas en temas de la familia, han llamado a este fenómeno <plaga del divorcio>, <espiral del divorcio>, ó <efecto bola de nieve del divorcio>…


Ante estos hechos es importante <la presentación positiva de la unión indisoluble para redescubrir el bien y la belleza, pero ante todo es necesario superar la visión de la indisolubilidad como un límite de la libertad de los contrayentes, y por tanto como un peso que en algún momento puede resultar insoportable>, en palabras  del Papa Juan Pablo II (Discurso ante el Tribunal de la Rota Romana. En la inauguración del año judicial. Lunes 28 de enero de 2002).
 
 
 
 
Al Papa Juan Pablo II le también le preocupaba mucho la situación del Sacramento del matrimonio, que ya en  su tiempo, muy cercano al nuestro, era sumamente peligrosa, y que con anterioridad también habían preocupado a otros Pontífices, aun cuando las cosas no habían llegado a la permisividad actual, pero que sin embargo, ya anunciaba el desastre que se avecinaba.

 
Por eso, en su discurso al Tribunal de la Rota (Ibid), advertía también que:
 
“No hay que rendirse a la mentalidad divorcista; lo  impide la confianza en los dones naturales y sobrenaturales dados por Dios al hombre. La actividad pastoral, debe sostener y promover la indisolubilidad. Los aspectos doctrinales son transmitidos, aclarados y defendidos, pero son aún más importantes las acciones coherentes.

Cuando una pareja atraviesa una dificultad, la comprensión de los Pastores y de los otros fieles debe estar unida a la claridad y fortaleza para recordar que el amor conyugal es la vía para resolver positivamente la crisis.

Precisamente porque Dios los ha unido mediante un ligamento indisoluble; marido y mujer, empleando con buena voluntad  todos los medios humanos, pero sobre todo, fiándose de la ayuda de la gracia divina, pueden y deben salir renovados y fortalecidos de los momentos de desconcierto”


 
 
Por último debemos tener presente que la Iglesia al mismo tiempo que enseña las exigencias de las leyes de Dios, de la misma manera nos habla de la salvación si cumplimos con ellas y nos advierte que los Sacramentos, también el del matrimonio, es un camino que nos conduce a la santidad y como el Papa Pablo VI aseguraba en su Carta Encíclica <Humanae vitae> (dada en Roma el 25 de julio de 1968):

“Los esposos cristianos, dóciles a su voz, deben recordar que su vocación cristiana, iniciada en el bautismo, se ha especificado y fortalecido ulteriormente con el Sacramento del matrimonio.

Por lo mismo, los cónyuges quedan corroborados y como consagrados para cumplir fielmente los deberes, para realizar su vocación hasta la perfección y para dar un testimonio, propio de ellos, delante del mundo.

A ellos ha confiado el Señor la misión de hacer visible ante los hombres la santidad y la suavidad de la ley, que une el amor mutuo de los esposos con su cooperación al amor de Dios, autor de la vida humana”