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miércoles, 7 de enero de 2015

JESÚS DESCENCIÓ A LOS INFIERNOS, LA MORADA DE LOS MUERTOS



 
 


Jesús descendió a los infiernos, la morada de los muertos, justos e injustos, que habían muerto antes de la llegada de Cristo a este mundo. Jesús, tomó entonces, de los infiernos a los justos que aguardaban la venida del Mesías, del Redentor de los hombres.

En el <Símbolo de los Apóstoles>, podemos leer que Jesucristo después de muerto y sepultado descendió a los infiernos y al tercer día Resucitó de entre los muertos. Hay que remontarse a los tiempos de la Iglesia primitiva para recordar el significado del <Símbolo de los Apóstoles>, pero más recientemente en el Catecismo de la Iglesia católica, que recoge las enseñanzas del Concilio Ecuménico Vaticano II, podemos encontrar también una definición muy clara de él, que  logra sintetizarlo con pocas y claras palabras (C.I.C nº 186) :

“Desde su origen, la Iglesia expresó y transmitió su propia fe en fórmulas breves y normativas para todos (Rom 10, 9; I Co 15, 3, 5). Pero muy pronto, la Iglesia quiso también recoger lo esencial de la fe en resúmenes orgánicos y artículos destinados sobre todo a los candidatos al bautismo y según San Cirilo de Jerusalén <esta síntesis de la fe no ha sido hecha por opiniones humanas, sino que de toda la Escritura ha sido recogido lo que hay en ella de más importante, para dar en su integridad la única enseñanza de la fe. Y como el grano de mostaza contiene en un grano muy pequeño gran número de ramas, de igual modo este resumen de la fe encierra en pocas palabras todo el conocimiento de la verdadera piedad contenida en el Antiguo y Nuevo Testamento>”


En este mismo sentido, el Catecismo de la Iglesia católica que recoge los decretos del último Concilio Ecuménico, Vaticano II, ha elegido el llamado <Símbolo de los Apóstoles>, para analizar y propagar las enseñanzas de las Sagradas Escrituras. Más concretamente, y refiriéndose al tema de la bajada de Cristo a los infiernos, después de su Muerte y antes de su Resurrección, podemos leer (C.I.C nº 632):

"Las frecuentes afirmaciones del Nuevo Testamento según las cuales Jesús resucitó de entre los muertos, presuponen que, antes de la Resurrección, permaneció en la morada de los muertos. Es el sentido que dio la predicación apostólica al descenso de Jesús a los infiernos; Jesús conoció la muerte, como todos los hombres, y se reunió con ellos en la morada de los muertos. Pero ha descendido como Salvador proclamando la <Buena Nueva> a los espíritus que estaban allí detenidos (I Pedro 3, 18-19)"
El Catecismo hace aquí referencia a la primera carta de San Pedro, dirigida probablemente a varias comunidades cristianas del Asía Menor; carta que el Apóstol envió con objeto de prevenir las malas influencias de los enemigos de Cristo; por ello, en la misma, el Primer Pontífice de la Iglesia, aconseja adecuadamente a sus nuevos feligreses, pero por extensión, también a todas las comunidades creyentes de entonces y de tiempos venideros, para que  los ojos de todos estén fijos  en Jesucristo Nuestro Señor y en sus enseñanzas, porque aunque ello lleve a padecimientos sin fin, esto es, calumnias, persecuciones y hasta a la muerte: <Bienaventurado es el que sufre injustamente> (I Pedro 3, 17-22):

"Pues es mejor sufrir haciendo el bien, si así lo quiere Dios, que sufrir haciendo el mal / Porque también Cristo sufrió su Pasión, de una vez para siempre, por los pecados, el justo por los injustos, para conducirnos a Dios. Muerto en la carne pero vivificado en el Espíritu / en el espíritu fue a predicar incluso a los espíritus en prisión, a los desobedientes en otros tiempos, cuando la paciencia de Dios aguardaba, en los días de Noé, a que se construyera el arca, para que unos pocos, es decir, ocho personas, se salvaran por medio del agua /
 
 


Aquello era también un símbolo del Bautismo que actualmente os está salvando, que no es purificación de una mancha física, sino petición a Dios de una buena conciencia, por la Resurrección de Jesucristo / el cual fue al cielo, está sentado a la derecha de Dios y tiene a su disposición ángeles, potestades y poderes.

Leyendo con detenimiento estos versículos de la carta de San Pedro, observamos como precisamente  (3, 19)  hace referencia al hecho de que Jesús, una vez muerto en carne, pero vivificado en el Espíritu, se fue a predicar a los espíritus de otros tiempos, que estaban retenidos, como en prisión, en la morada de los muertos, esto es, los infiernos.
 
 


El Papa Benedicto XVI aseguraba, cuando aún era el Cardenal Joseph Ratzinger  sobre este tema tan importante, que el hombre no siempre es capaz de asimilarlo con claridad sin cometer algún error al respecto (Discursos fundamentales. Ed. Planeta Testimonio 2012):

“Tal vez no haya otro artículo de la fe que sea más ajeno a nuestra conciencia de hoy que éste, sin correr ningún riesgo ni incurrir en escándalo alguno, podríamos practicar con él la <desmitologización>, del mismo modo que los hacemos con la confesión de fe del nacimiento de Jesús nacido de la Virgen María, y de aquella que se refiere a la ascensión del Señor a los cielos. Los pasajes bíblicos en los que las Escrituras nos suministran información sobre este tema, muchas veces (como en el caso que estamos considerando) son difíciles de entender y han dado lugar muchas veces a distintas interpretaciones”

Por  <desmitologización> se entiende la interpretación existencial del Mensaje de Cristo según el teólogo protestante alemán R. Bulmann y su escuela (1884-1976). Este teólogo protagonizó el llamado <escepticismo histórico>, es decir, la <no búsqueda> del <Jesús histórico> y la recuperación del <Cristo de la fe>, porque ello es verdaderamente importante para todos los cristianos.  

Se preguntaba el futuro Papa Benedicto XVI al respecto: ¿No deberíamos de en lugar de crear polémicas, sobre este tema, aceptarlo por la fe? intentando ver que este artículo de fe, que en el transcurso de los tiempos se ha aplicado al sábado  de Gloria, es algo que hoy, en este nuevo siglo, atañe a la humanidad muy de cerca…
 
 


Por otra parte, no deberíamos recordar también que en las <Santas Escrituras> se debe buscar la verdad y no la controversia, y que así mismo, deben leerse con  humildad, recordando que han sido inspiradas por la Tercera Persona del Dios Trino, el Espíritu Santo, por lo que deberíamos buscar la manera de aceptarlas sin más preocupaciones tratando de que nos sean útiles.

Como advertía el Beato Tomás de Kempis en su libro <Imitación de Cristo>: <Cualquier Sagrada Escritura se debe leer con el espíritu que se hizo y deberíamos buscar en ello el provecho más que la sutileza>
Así es, como también aseguraba este hombre santo de la Iglesia, canónigo agustino (siglo XV) refiriéndose a la lectura de las Sagradas Escrituras:

“Si quieres aprovechar, lee llanamente, con humildad, fiel y sencillamente, y nunca desees nombre de letrado, pregunta de buena voluntad, y oye callando las palabras de los santos, y no te desagraden las doctrinas de los viejos, porque no las dicen sin causa”

La Iglesia celebra con la Vigilia del Sábado Santo el misterio de la fe que estamos considerando; durante esta estancia nocturna, realizada por la comunidad de los fieles en la noche anterior a la celebración de la Resurrección de Cristo, se viene a realizar lo que el Padre la Iglesia, San Agustín, llamaba la <Madre de todas las vigilias>:
 
 


“Podría decirse que estas horas unidas a las que han transcurrido desde que el cuerpo de Jesús yace sin vida en el sepulcro de José de Arimatea, son un símbolo del misterio de la Iglesia peregrina hacia la patria que le abrió la Resurrección y le señaló la Ascensión de su Señor” (Rmo. P. Justo Pérez de Urbel. Benedictino, primer Abad del Monasterio de la Santa Cruz).

El Papa Benedicto XVI en la Homilía de la Vigilia Pascual en la noche del sábado santo del año 2007 nos hacía ver que:
“Desde los tiempos más antiguos la liturgia del día de Pascua empieza con las palabras: <Resurrexi  et Adhuc  Tecum Sum> (He Resucitado y siempre estoy contigo; Tú has puesto sobre mí tu mano).

La liturgia ve en ellas las primeras palabras del Hijo dirigidas al Padre tras su Resurrección, después de volver de la noche de la muerte al mundo de los vivientes.

 


La mano del Padre lo ha sostenido también en esta noche, y así Él ha podido levantarse y Resucitar”

 
Estas palabras nos recuerdan Salmos como el 138 (137) o el 139 (138), cantos de acción de gracia por la ayuda divina; cantos de asombro por la omnipotencia  de Dios; cantos de confianza en aquel Dios que nunca nos deja caer de sus manos, y sus manos son manos buenas.

El salmista imagina que viaja a través del Universo, y dice: ¿Qué me puede suceder?: <Si escalo el cielo, allí estás tú, si me acuesto en el abismo, allí te encuentro. Si vuelo hasta el margen de la aurora, si emigro hasta el confín del mar, allí me alcanzará tu izquierda, me agarrará tu derecha.

Si digo que al menos las tinieblas me cubran, que la luz  se haga noche en torno para mí, ni la tiniebla es oscura para ti, la noche es clara como el día, la tiniebla es como luz para ti. Tú has creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno. Te doy gracias porque me has plasmado portentosamente, porque son admirables  tus obras: mi alma lo reconoce agradecida…> (Sal 138 (139) 8-13).

 


Hermosas palabras que expresan cual debe ser la actitud del hombre ante Dios, su Creador: de agradecimiento y fidelidad y sobre todo de asombro por la grandiosidad de sus obras, entre las que se encuentra el mismo ser humano.  
Recordemos, por otra parte, que en la carta de San Pablo a los Efesios podemos leer también que Jesús había bajado a lo profundo de la tierra y que Aquel que bajó, es el mismo que subió por encima de los cielos para llenar el Universo.

Así se ha hecho realidad la visión del salmista. En la oscuridad impenetrable de la muerte Él entró como luz; la noche se hizo luminosa como el día y las tinieblas se volvieron luz.
 
 


San Pablo escribió esta carta a los efesios con ocasión de las tristes y alarmantes noticias, llegadas hasta él, sobre la situación en que se encontraban los habitantes de Éfeso y de algunas otras ciudades adyacentes, como Laodicea o Colosas, donde el Apóstol había evangelizado.

Con anterioridad a la misma, San Pablo había profetizado en Mileto a los  obispos de estas Iglesias, lo que sucedería cuando él se alejara de ellos, les dijo: <Yo sé que  han de entrar después de mí, partidas de lobos crueles entre vosotros, que no perdonarán al rebaño>.
Así ocurrió realmente, pues tanto las últimas generaciones de los cristianos judaizantes, como los primeros representantes del gnosticismo, trataron por todos los medios, de sembrar dudas sobre el Mensaje de Jesús, con objeto de desfigurar su obra salvadora y hasta su Persona, si ello hubiera sido posible.

Ante semejante situación, San Pablo pretendía poner coto a todo infundio y maledicencia, manifestando maravillosamente sus sentimientos en este sentido. Más concretamente, en la segunda parte de esta carta, de carácter más bien moral, el Apóstol se refiere al misterio de la muerte y Resurrección de Cristo y por tanto también a su descenso a las partes más bajas de la tierra  (donde se suponía que se encontraba el infierno).
San Pablo ruega a estos hombres por él evangelizados que lleven <una vida digna de la vocación a la que habían sido llamados, con humildad y mansedumbre…dispuestos siempre a conservar la unidad del espíritu con el vínculo de la paz>.

Llega a decir también el Apóstol esta frase tan valiente y enardecedora: <Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos: el que está sobre todos, por todos y en todos>, y más tarde  asegura  (Ef 4, 7-10):

-A cada uno de nosotros le fue dada la gracia según la medida con que la da Cristo. Por lo cual: Subiendo a lo alto, llevó con consigo cautiva la cautividad; repartió dádivas a los hombres.
-Y eso de que <subió>, ¿por qué es, sino porque descendió primero a las partes más bajas de la tierra?
-El que descendió es el mismo que también subió por encima de los cielos, para llenarlo todo.

 


San Pablo aplica en su carta a los efesios, un versículo del libro de los Salmos, a Jesús. Salmo que sin duda tiene un claro carácter teológico, ya que de una forma implícita hace referencia a la divinidad de Cristo (Salmos 68, 19):

<Subiste a la cumbre llevando cautivos, te dieron tributo de hombre, para que también los rebeldes habitasen con el Señor Dios>
San Pablo, además, se pregunta en esta misma carta ¿Por qué se habla en los Evangelios de la subida a los cielos de Jesús, tal como él mismo corrobora con sus propias palabras?
Y responde enseguida <porque el que subió es el mismo que bajó a las profundidades de la tierra>.

Tanto creyentes como no creyentes sin duda, alguna vez, han pensado sobre ese misterioso y  temible lugar del que con frecuencia se habla en las Sagradas Escrituras, con distintos apelativos como <sheol>, <hades>, o sencillamente infierno. Por suerte para los cristianos algunas consideraciones al respecto se encuentran muy bien expuesta en el Catecismo que recoge los decretos del Concilio  Ecuménico <Vaticano II> (C.I.C. nº 633):
“Las Escrituras llaman infierno, <sehol>, o <hades>, a la morada de los muertos donde bajó Cristo después de muerto, porque los que se encontraban allí estaban privados de la visión de Dios.

Tal era en efecto, a la espera del Redentor, el estado de todos los muertos malos o justos, lo que no quiere decir que su suerte sea idéntica como lo enseña Jesús en la parábola del pobre Lázaro, recibido en el <seno de Abraham> (Lc 16, 22-26).



Son precisamente estas almas santas, que esperaban a su libertador en el <seno de Abraham>, a las que Jesucristo liberó cuando descendió a los infiernos. Jesús no bajó a los infiernos para liberar allí a los condenados (Cc. de Roma año 745: Ds 587), ni para destruir el infierno de la condenación (Ibid: Ds 1011; 1077), sino para liberar a los justos que le habían precedido"


Ocurre con frecuencia, sin embargo, que a pesar de cualquier santo testimonio, siempre ha habido y habrá, hombres y mujeres incrédulos, empeñados en preguntarse: ¿De verdad existe la vida eterna? ¿De verdad existe un lugar llamado infierno?

Responder a este tipo de preguntas es misión de la escatología, esto es, la ciencia que se ocupa de las cosas últimas y definitivas que han de suceder al mundo y al hombre. Se puede decir que nuestro tiempo es un tiempo escatológico debido a la entrada de Cristo en el mundo, estaríamos, por tanto, ya muy próximos a la consumación de los siglos:
“Materia de análisis de la escatología son los llamados <Novísimos>, esto es: muerte, juicio, purgatorio, infierno y gloria. Ciertamente el contemplar sin miedo y sin reparos estas cuestiones es esencial para ser humano y más en estos tiempos en que <la Restauración Prometida que esperamos está ya comenzada en Cristo, y es impulsada por medio de la misión del Espíritu Santo y por Él continúa en la Iglesia,  en la cual somos también instruidos por la fe, sobre el sentido de nuestra vida temporal, mientras llevamos a término, con la esperanza de los bienes futuros, la obra que nos encomendó en el mundo el Padre, y damos cumplimiento a nuestra salvación” ( Papa San Juan Pablo II. Cruzando el umbral de la esperanza. Ibid).

 


Hace referencia el Papa aquí a la carta de San Pablo a los Filipenses, cuando habla sobre el <Hijo de Dios sin tacha> (Fil 2, 12-18):

-Por lo tanto, queridos hermanos, ya que siempre habéis obedecido, no solo cuando yo estaba presente, sino mucho más ahora en mi ausencia, trabajad por vuestra salvación con temor y temblor,
-porque es Dios quien activa en vosotros el querer y el obrar para realizar su designio de amor.

-Cualquier cosa que hagáis sea sin protestas ni discusiones,
-así seréis irreprochables y sencillos, hijos de Dios sin tacha, en medio de una generación perversa y depravada, entre la cual brilláis como lumbreras del mundo,

-manteniendo firme la palabra de la vida. Así, en el día de Cristo, esa será mi gloria, porque mis trabajos no fueron inútiles ni fatigas tampoco.
-Y si mi sangre se ha de derramar, rociando el sacrificio litúrgico que es vuestra fe, yo estoy alegre y me asocio a vuestra alegría;

-por vuestra parte estad alegres y alegraos conmigo.
 
 

 
¡Qué hermosas palabras las del Apóstol San Pablo! Y tan ciertas que no es de extrañar que el Papa San Juan Pablo II las tomara muy en serio a la hora de animarnos a todos los hombre a tener muy en cuenta los <Novísimos>.

Por eso nos aseguraba el santo Padre, que los infiernos temporales, ocasionados en el siglo XX, tales como los campos de concentración, los gulag, los bombardeos de la segunda guerra mundial, o las catástrofes naturales, han hecho pensar al hombre que no puede existir otra cosa peor, que no puede existir un lugar llamado infierno, más tremendo y humillante que los vividos por el hombre en esta vida.

Estas consideraciones han llevado quizas al hombre de hoy a rechazar como algo extraño y no deseable una Iglesia con misión escatológica que le recuerda males aún mayores, como aquellos que acaecerán al ser humano al final de la vida, si ésta no ha sido santa e irreprochable.  

Pero el paso del tiempo es inexorable y el ser humano también tiene una conciencia clara de estos misterios, sobre todo al llegar la llamada <tercera edad>, donde los achaques y enfermedades, más o menos graves, constantemente le vienen a recordar, aunque no lo deseeen, la posible existencia de ese terrible lugar que se ha dado en llamar infierno.
San Josemaría  nos habló del paso del tiempo en este sentido:

“A los cristianos, la fugacidad del caminar terreno debería incitarnos a aprovechar mejor el tiempo y de ninguna manera a temer a Nuestro Señor, ni tampoco a mirar la muerte como un final desastroso.
Al pensar en esta realidad, entiendo muy bien aquella exclamación  que San Pablo escribe a los Corintios: <tempus breve est> ¡Que breve es la duración de nuestro paso por la tierra!

Estas palabras, para un cristiano coherente, suenan en lo más íntimo de su corazón como un reproche ante la falta de generosidad, y como una invitación constante a ser leal.

Verdaderamente es corto nuestro tiempo para amar, para dar, para desagraviar. No es justo, por tanto que lo malgastemos, ni que tiremos ese tesoro irresponsablemente por la ventana: no podemos desbaratar esta etapa del mundo que Dios confía a cada uno”
(Josemaría Escrivá de Balaguer. <Amigos de Dios> Ed. Rialp 2006)

 
 


Así es, el hombre, no debe sentir miedo ante la proximidad de la muerte, si es justo y ha conservado durante toda su existencia la capacidad de discernimiento, capacidad de la que nos ha hablado mucho  el Papa Francisco (Entrevista realizada al Pontífice por el director de la revista <La Civiltà Cattolica>):

“El discernimiento es una de las cosas que San Ignacio ha elaborado más interiormente. Para él es un instrumento de lucha para conocer mejor al Señor y seguirlo más de cerca…Yo desconfío de las decisiones tomadas improvisadamente.

Desconfío de mi primera decisión, de lo primero que se me ocurre hacer cuando debo tomar una decisión. Suele ser un error. Hay que esperar, valorar internamente, tomarse el tiempo necesario.

La sabiduría del discernimiento nos libra de la necesaria ambigüedad de la vida, y hace que encontremos medios oportunos, que no siempre se identificará con lo que parece grande y fuerte”

Los antiguos ya alababan la virtud o sabiduría del discernimiento, que aparece por ejemplo, en el Salmo 49(48); el discernimiento podría servirnos para alejar de nosotros el peligro del infierno y  además nos podría ayudar también a encontrar el camino de la santidad...

Una buena idea en este sentido sería recordar que la realidad de la existencia del infierno es recogida, también en el Antiguo Testamento, utilizando un lenguaje simbólico, en concreto se habla del seol como un lugar de tinieblas a donde irían a parar los muertos, algo así como una fosa de la que sería imposible salir y por tanto, y esto era lo más importante, un lugar donde ya no es posible dar gloria a Dios, tal como podemos leer en el Salterio (Sal 6, 1-6):

 
 

"¡Señor! No me reprendas en tu ira, no me castigues con tu cólera / Ten piedad de mi, Señor, que estoy sin fuerzas / Cúrame, Señor, pues mis huesos están dislocados / y mi alma, conturbada. Y Tu, Señor ¿hasta cuándo? / vuélvete, Señor, libra mi alma; por tu amor misericordioso, ¡Sálvame! / Que en el país de los muertos nadie te recuerda; en el seol,  ¿quién te alaba?"

Se pronuncia en dicho Salmo la palabra seol, que para el pueblo hebreo tenía el significado de país de los muertos, tal como expresa la oración, pero que también se utilizaba con una segunda acepción, como lugar de los justos donde esperaban la liberación después de la muerte.

Esta segunda forma de utilización de la palabra establece ya claramente un punto de unión con el Nuevo Testamento el cual <proyecta nueva luz  sobre la condición de los muertos, sobre todo anunciando que Cristo, con su Resurrección, ha vencido a la muerte y ha extendido su poder liberador también en el reino de los muertos> (Papa San Juan Pablo II. Audiencia del miércoles 28 de julio de 1999).

Así mismo, en el Catecismo de la Iglesia católica que recoge los decretos del Concilio Ecuménico de Vaticano II (nº634) podemos leer:

“Hasta a los muertos ha sido anunciada la Buena Nueva. El descenso a los infiernos es el pleno cumplimiento del anuncio evangélico de la salvación. Es la última fase de la misión  mesiánica de Jesús, fase condensada en el tiempo, pero inmensamente amplia en su significado real de extensión de la obra redentora a todos los hombres, de todos los tiempos, y de todos los lugares, porque todos los que se salvan , se hacen participes de la Redención”

 




 

 

 
 

  

 

 

 

 

 

miércoles, 17 de diciembre de 2014

JESÚS DIJO (III)







TRABAJOS PUBLICADOS EN: MRM.MARUS (III)

 

 

*LOS APOSTÓLES EVANGELIZARON POR EL MUNDO

 

*JESÚS LA BUSQUEDA DE LA PAZ

 

*JESÚS LA VOCACIÓN SACERDOTAL Y EL APÓSTOL SAN MATÍAS

 

*JESÚS EL CAMINO DE SANTIAGO Y EL APOCALIPSIS DE SAN JUAN

 

*JESÚS Y LA CONSTRUCCIÓN Y DEFENSA DE LA PAZ

 

*JESÚS Y LA FIDELIDAD DE LA PAREJA

 

*JESÚS Y LA IGLESIA PRESENTE ACTUALMENTE EN MISTERIO

 

 

GRANDEZA DEL VERDADERO DIOS (Salmo 115-113B)

(Sagrada Biblia. Versión oficial de la CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA Biblioteca de autores cristianos 2010)

 

No a nosotros, Señor, no a nosotros,

Sino a tu nombre da la gloria,

Por tu bondad, por tu lealtad.

¿Por qué han de decir las naciones:

<<Donde está su Dios>>?.

Nuestro Dios está en el cielo,

Lo que quiere lo hace

 

Sus ídolos en cambio, son palta y oro

hechura de manos humanas:

tienen boca y no hablan;

tienen ojos, y no ven;

tienen orejas, y no oyen;

tienen nariz, y no huelen;

tienen manos y no tocan;

tienen pies, y no andan;

no tiene voz su garganta:

que sean igual los que los hacen,

cuantos confían en ellos.

….

 

Que el Señor se acuerde de

nosotros y nos bendiga,

bendiga a la casa de Israel,

bendiga a la casa de Aarón;

bendiga a los que temen al Señor,

pequeños y grandes

….

 

El cielo pertenece al Señor,

La tierra se les ha dado a los hombres.

Los muertos ya no alaban al Señor,

ni los que bajan al silencio.

 

Nosotros, los que vivimos,

Bendeciremos al Señor

Ahora y por siempre

¡Aleluya!

 

martes, 16 de diciembre de 2014

JESÚS DIJO (II)



 
 



TRABAJOS PUBLICADOS EN: MRM.MARUS (II)

 

*JESÚS Y SU AMOR AL TEMPLO (3/9/14)

 

*EL HOMBRE Y LA FELICIDAD ETERNA (2/9/14)

 

*JESÚS LLAMA AL HOMBRE A SU SERVICIO (14/8/14)

 

*JESÚS DIJO: AMARÁS AL SEÑOR TU DIOS CON TODO TU CORAZÓN (1/8/14)

 

*JESÚS  Y LAS TRADICIONES FARISEAS (19/7/14)

 

*JESÚS ANUNCIÓ AL PARÁCLITO (1/7/14)

 

*VOCACIÓN Y MISIÓN DE LOS LAICOS (16/6/14)

 

 

ORACIÓN POR LA VICTORIA Y LA PROSPERIDAD (Salmo 144-143)

(Sagrada Biblia. Versión oficial de la CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA Biblioteca de autores cristianos 2010)

 

De David

Bendigo al Señor, mi Roca

Que adiestra mis manos para el combate,

Mis dedos para la pelea;

 

Mi bienhechor, mi alcázar,

Baluarte donde me pongo a salvo,

Mi escudo y refugio,

que me somete los pueblos.


Extiende la mano desde arriba:

Defiéndeme, líbrame

De las aguas caudalosas,

De la mano de los extraños,

cuya boca dice falsedades,

cuya diestra jura en falso.

 

JESÚS DIJO (I)



 
 




TRABAJOS PUBLICADOS EN : MRM.MARUS (I)

 

*JESÚS  Y LA FAMILIA (ECCLESIA DOMESTICA)

(Miércoles 24 de septiembre 2014)  

 

*LA FRATERNIDAD DIMENSION ESENCIAL DEL HOMBRE

(Lunes 20 de octubre de 2014)

 

*JESÚS Y EL SACRAMENTO DEL BAUTISMO

(Miércoles 5 de noviembre de 2014)

 

*JESÚS DIJO: TU FE TE HA SALVADO

(Martes 2 de diciembre de 2014)

 

*JESÚS Y SU PREDILECCIÓN POR LOS ENFERMOS

(Jueves 4 de diciembre de 2014)

 

*JESÚS: SU FIDELIDAD AL PADRE Y LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN

(Jueves 4 de diciembre de 2014)

 

*HIJO UNIGENITO CONSUSTANCIAL AL PADRE

(Lunes 15 de diciembre de 2014)

 

 

 

POEMA DE DAVID CUANDO ESTABA EN LA CUEVA (ORACIÓN) (Salmo 142-143)

(Sagrada Biblia. Versión oficial de la CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA Biblioteca de autores cristianos 2010)

 

A voz en grito clamo al Señor,

A voz en grito suplico al Señor;

Desahogo ante él mis afanes

Expongo ante él mi angustia,

Mientras me va faltando el aliento

 

Pero tú conoces mis senderos,

y que en el camino por donde avanzo

me han escondido una trampa.

Mira a la derecha, fíjate:

Nadie me hace caso;

No tengo a donde huir,

Nadie mira por mi vida.

A ti grito, Señor;

Te digo: <<Tú eres mi refugio

Y mi lote en el país de la vida>>

Que estoy agotado;

Líbrame de mis perseguidores,

Que son más fuertes que yo.

 

Sácame de la prisión,

Y daré gracias a tú nombre

Me rodearán los justos

Cuando me devuelvas tu favor.

 

lunes, 15 de diciembre de 2014

JESÚS ENTRÓ EN LA HISTORIA DE LOS HOMBRES A TRAVÉS DE LA FAMILIA



 


Jesús,  Hijo Unigénito del Padre, Dios de Dios y Luz de Luz, entró en la historia de los hombres a través de  la familia  de Nazaret, pero también  a través de cada familia del mundo, tal como quedó expresado en el Concilio Vaticano II, en el sentido de que el Hijo de Dios, en la Encarnación: <se ha unido en cierto modo, con todo hombre>.
Por eso, siguiendo a Cristo <que vino al mundo para servir> (Mt 20, 28) la Iglesia considera, el servicio a la familia, una de sus tareas esenciales. Es por ello que, tanto el hombre, como la familia constituyen el camino de la Iglesia. Precisamente y de acuerdo con estas palabras el concepto de familia  se basa, como nos recuerda  el Catecismo de la Iglesia Católica, en que:
“Cristo quiso nacer y crecer en el seno de la Familia Sagrada de José y María. La Iglesia no es otra cosa que la <familia de Dios>. Desde sus orígenes, el núcleo de la Iglesia estaba a menudo constituido por los que <con toda su casa>, habían llegado a ser creyentes. Cuando se convertían deseaban también que se salvase <toda su casa>. Estas familias convertidas eran islotes de vida cristiana en un mundo no creyente” ( nº 1655 y nº1656).

En nuestros días, en un mundo fuertemente extraño e incluso muchas veces, hostil a la Iglesia, las familias creyentes tienen una importancia primordial, como faros en la oscuridad,  alumbrando el camino  que Jesús nos marcó.
En este sentido, el Papa Juan Pablo II, gran propagador de las enseñanzas de este Concilio, y al que se debe la aprobación  y la orden de publicación del correspondiente Catecismo de la Iglesia Católica, destacó la importancia de la <herencia familiar>.

En efecto, a los siete años de su Pontificado, escribió una carta a todos los jóvenes del mundo, con ocasión del <Año Internacional de la Juventud>, donde destacaba la importancia de la <herencia familiar>:

 


“La historia de la humanidad pasa desde el comienzo - y pasará hasta el final- a través de la familia. El ser humano forma parte de ella mediante el nacimiento que debe a sus padres: al padre y a la madre, para dejar en el momento oportuno este primer ambiente de vida y amor y pasar a otro nuevo.
<Al dejar al padre y a la madre>  cada uno y cada una de vosotros contemporáneamente, en cierto sentido, los lleva dentro consigo, asume la herencia múltiple, que tiene su comienzo directo y su fuente en ellos y en su familia.
De este modo, aún marchando, en cada uno de vosotros permanece; la herencia que asume, lo vincula establemente con aquellos que se la han transmitido y a los que debe tanto. Y él mismo, -ella o él - seguirá transmitiendo la misma herencia.
De ahí que el cuarto mandamiento del Decálogo posea tan gran importancia: <Honra a tu padre y a tu madre> (Ex 20, 12; Dt 5, 16; Mt 15, 4)" 

(Carta apostólica <Dilecti amici>; Papa San Juan Pablo II; dada en Roma el 31 de marzo de 1985)


Sin duda la Iglesia Católica, iluminada por la fe, siente la necesidad perenne de anunciar el Evangelio, en particular, a aquellos hombres y mujeres que tienen vocación para formar una familia, porque en un mundo en el que el paganismo amenaza con ser cada vez más intenso y profundo, es necesario  proclamarlo, es preciso y vital una <Nueva Evangelización>, que reconduzca a la sociedad hacia la verdadera y única liberación, como siempre han asegurado  los representes de Cristo sobre la tierra.


Por otra parte,  la Iglesia debe recordar a los jóvenes cuya vocación es formar una familia cristiana que:

“Remontarse al principio del gesto creador de Dios es una necesidad para ella, si quiere conocerse y realizarse según la verdad interior no sólo de su ser, sino también de su actuación histórica”

(Carta Apostólica del Papa Juan Pablo II <Familiaris Consortio> 1981).

Son palabras importantes de un Papa santo, que sin duda, hizo reflexionar a la humanidad sobre el papel fundamental de la familia, en aquellos momentos de la historia, que ya pertenecen al siglo pasado, pero que siguen teniendo total vigencia en el siglo actual, y si cabe en mayor medida.

Este Pontífice fue un gran animador y paladín de la familia; sin duda, había recibido un hermoso ejemplo, de la suya propia, y lo demostró constantemente a través de sus Cartas, Homilías, Catequesis y un largo etc.
Así, por ejemplo, en el año 1994, estando ya muy cercano un  nuevo siglo, pronunciaba palabras, llenas de sabiduría y afecto, dirigidas a las familias durante la celebración de la fiesta de la Presentación del Señor:   

“Entre los numerosos caminos para la Iglesia de Cristo, la familia es el primero y el más importante…Cuando falta la familia, se crea en la persona que viene al mundo una carencia preocupante y dolorosa que pesará posteriormente durante toda la vida.
La Iglesia, con afectuosa solicitud está junto a quienes viven semejante situaciones, porque conoce bien el papel fundamental que la familia está llamada a desempeñar. Sabe, además, que normalmente, el hombre sale de la familia para realizar, a su vez, la propia vocación de vida en un nuevo núcleo familiar”
 


Cuando falta la familia se crea, en efecto, en las personas un síndrome difícil de eliminar a lo largo de la vida, es lo que sucede en el caso de los niños huérfanos que en cantidad incalculable se están produciendo constantemente en este mundo del desarrollo, pero también de la injusticia…

Las estadísticas nos dan números, solo aproximados, sobre este tema crucial, así se ha calculado que más de 143 millones de niños se encontraban en condiciones de orfandad en el año 2003, repartidos en 93 países alrededor del mundo (Aldeas Infantiles SOS España), por diversas causas: víctimas del descuido o abandono de los padres, hijos de madres solteras o adolescentes, niños retirados por los estados, de los padres, incapaces de atenderlos, o cuando han vulnerado sus derechos…etc.

Al Papa Juan Pablo II le dolía sobremanera  hechos como estos y aseguraba (Carta a los niños. Vaticano 13 de diciembre de 1994):

“Si es cierto que un niño es la alegría no sólo de los padres, sino también de la Iglesia y de toda la sociedad, es cierto igualmente que en nuestros días muchos niños, por desgracia, sufren o son amenazados en varias partes del mundo: padecen hambre y miseria, mueren a causa de las enfermedades y de la desnutrición, perecen víctimas de las guerras, son abandonados por sus padres y condenados a vivir sin hogar, privados del calor de una familia propia, soportan muchas formas de violencia y de abuso por parte de los adultos.
¿Cómo es posible permanecer indiferentes ante el sufrimiento de tantos niños, sobre todo cuando es causado, de algún modo, por los adultos?" 
 


Por eso, vivir dentro de una familia propia, es tan importante para los niños y por eso, la familia es la roca sobre la que se forma y sostiene la sociedad humana y así, cuando la roca, no es  tal roca, sino que está constituida por una montaña de arena, finalmente ésta se desmoronará, se vendrá abajo, causando con ello un gran daño, no sólo a los hijos, sino a los padres y al resto del entorno familiar…Es lo que por desgracia en este siglo, y en siglos anteriores viene ocurriendo con demasiada frecuencia
Ciertamente este es un tema que preocupa enormemente a la Iglesia desde hace muchos siglos, durante los cuales se ha ido fraguando el derrumbamiento de las bases que sustentan la familia: amor, templanza, paciencia, comprensión y sobre todo sentido moral y cristiano de la vida.

Como antes hemos recordado, en los últimos siglos la evolución de la sociedad ha tendido hacia un comportamiento paganizado. Se puede observar en muchos aspectos de la vida diaria, tanto en el campo de las costumbres cotidianas, como en el mundo de la moda o de la recreación y con ello la sociedad se va alejando cada vez más de Dios.

Estos síntomas ya fueron observados  a comienzos del siglo pasado por hombres juiciosos e insignes como el premio Nobel de la literatura, D. Jacinto Benavente, el cual en su obra de teatro <Cuando los hijos de Eva no son de Adán> estrenada el año 1931, hacia hablar así, a un padre desconsolado por el rumbo que había tomado su familia:

“Hemos sido superiores a todos. Hemos vivido libremente. Ni religión, ni moral, ni preocupaciones sociales, ni matrimonio, ni familia, ni siquiera un hogar. Nuestros hijos entre extraños, y extraños entre ellos… Quizás nos hemos anticipado a lo que quiere ser la humanidad futura, y quizás hemos vuelto a lo que era la humanidad en la antigüedad… ¿Por qué no ha de serlo al fin del mundo, que se muere de viejo y de podrido…? Un mundo que se ha olvidado de Dios…como nosotros lo hemos olvidado ¿Pensamos en Él nunca? ¿Nos ha importado nunca ninguna ley divina ni humana? Hemos vivido libremente, libremente…”

Sin tener el don de la profecía, este gran literato adivinaba, como podemos apreciar en su obra, cuales, podrían ser en un futuro los derroteros de la sociedad, derroteros que nos están conduciendo hacia la situación decadente en que se encontraba  la humanidad en tiempos de Cristo y de sus Apóstoles.



Ya a principios del siglo pasado, el divorcio  era una cosa relativamente frecuente entre las parejas, y la infidelidad matrimonial, era considerada  como algo inevitable y en muchos casos hasta deseable, normalmente en los ambientes sociales más refinados y pudientes. El modernismo había calado hondo a todos los niveles sociales, tal como habían denunciado con anterioridad todos los Pontífices de la Iglesia católica.

A finales de siglo XX, el Papa Juan Pablo II entristecido por los problemas de las familias, como consecuencia de estos y otros hechos acecidos, aseguraba (Carta Apostólica, dada en Roma el 31 de marzo de 1985):

“Hoy en día los principios de la moral cristiana matrimonial son presentados de un modo desfigurado en muchos ambientes. Se intenta importar a ambientes y hasta sociedades enteras, un modelo que se autoproclama <progresista> y <moderno>.

No se advierte entonces que en este modelo el ser humano, y sobre todo, quizás la mujer, es transformado de sujeto en objeto (objeto de manipulación específica), y todo el gran contenido del amor es reducido a mero <placer>, el cual, aunque toque ambas partes, no deja de ser egoísta en su esencia.



Finalmente, el niño, que es fruto y encarnación nueva del amor de los dos, se convierte  cada vez más en <una añadidura fastidiosa>. La civilización materialista y consumista penetra en este maravilloso conjunto conyugal-paterno y materno, y lo despoja de aquel contenido profundamente humano que desde el principio llevó una señal y un reflejo divino”

Preocupación extrema era para este Papa en una sociedad tan materialista el tema de la defensa de cualquier vida, y particularmente la del niño no nacido (Cruzando el umbral de la Esperanza. Ed. Círculo de lectores):

“La cuestión del niño concebido y no nacido es un problema especialmente delicado, y sin embargo claro. La legalización de la interrupción del embarazo no es otra cosa que la autorización dada al hombre adulto -con el aval de una ley instituida- para privar de la vida al hombre no nacido y, por eso, incapaz de defenderse. Es difícil poder pensar en una situación más injusta, es de verdad difícil poder hablar aquí de obsesión, desde el momento en que entra en juego un fundamental imperativo de toda conciencia recta: la defensa del derecho de la vida de un ser inocente e inerme.

Con frecuencia se presenta la cuestión como derecho de la mujer a una libre elección frente a la vida que ya existe en ella, que ella ya lleva en su seno: la mujer tendría el derecho a elegir entre dar la vida y quitar la vida al niño concebido. Cualquiera puede ver que esta es una alternativa aparente. ¡No se puede hablar de derecho a elegir cuando lo que está en cuestión es un evidente mal moral, cuando se trata simplemente del mandamiento de No matar!”

Los hombres y mujeres, de buena voluntad saben que este mandamiento dado por Dios, impreso en lo más profundo de sus corazones, no prevé excepción alguna, sabe, que un niño concebido en el seno de la madre jamás es un agresor injusto, es por el contrario un ser indefenso que espera ser acogido con amor en el seno de una familia.



Familia, que Nuestro Señor Jesucristo ha elevado a niveles extraordinarios, viniendo a nacer y crecer en el seno de una de ellas, la familia de Nazaret. Sin embargo, algunos hombres y mujeres inducidos, por las dificultades económicas,  por un afán de <modernismo> mal entendido, o lo que es peor, por una escucha indebida del <padre de la mentira>, han sido avocados a utilizar leyes que justifican comportamientos malvados con los niños concebidos en el seno de su madre, y que son ya hombres ó mujeres en toda la extensión de la palabra, como prueban las técnicas más modernas de análisis que ya se utilizan por los médicos para hacer el seguimiento del embarazo de la mujer.

Quizás en tiempos pasados podrían habernos engañado diciendo que el feto no contiene en esencia a la persona humana en su totalidad, pero la ciencia ha avanzado mucho en este sentido y ya las mujeres y los hombres no pueden cerrar los ojos a lo que es una evidencia absoluta: el niño concebido en el seno de una madre es un ser humano y no una cosa que se puede extirpar del vientre de la misma como si de un bicho se tratara.

No se puede alegar que la mujer tiene derecho a elegir en esta situación a deshacerse de esta criatura de Dios, porque eso supone un crimen y los crímenes deben ser perseguidos por la justicia del hombre y sobre todo serán juzgados en su día por nuestro Creador.  Por eso, la sociedad debe proteger siempre a las mujeres que se encuentran con un embarazo no deseado, y ayudarlas para el alumbramiento de sus hijos, los cuales a su vez deben ser protegidos como nuevos componentes de la comunidad en la  que han nacido.
Todo lo relacionado con este tema supone un gran dolor para las familias cristianas y, para mayor desgracia de las mismas, se inventan nuevos núcleos sociales a los que bochornosamente denominan con el término santificado por Dios, de familia.

¿Qué clase de familia puede ser aquella constituida por hombres y mujeres que han roto el sagrado vínculo matrimonial  varias veces, y que aportan a dicho núcleo sociales, hijos provenientes de distintas situaciones irregulares, y adúlteras a los ojos de Dios? ¿Cómo se puede llamar familia aquel núcleo social en el que la  pareja está constituida por dos individuos del mismo sexo, donde la procreación  es sustituida por la adopción de criaturas inocentes que necesitan de un padre y de una madre y no de dos padres o dos madres? Es verdaderamente aberrante, es ir en contra de la naturaleza, es ir en contra de las leyes de Dios:

 


“La Revelación cristiana conoce dos modos específicos de realizar integralmente la vocación de la persona humana al amor: el matrimonio y la virginidad. Tanto el uno como el otro, en su forma propia, son una caracterización de la verdad más profunda del hombre, de su <ser imagen de Dios>.

En consecuencia, la sexualidad, mediante la cual el hombre y la mujer se dan uno al otro con los actos propios y exclusivos de los esposos, no es algo puramente biológico, sino que afecta al núcleo íntimo de la persona en cuanto tal. Ella se realiza de modo verdaderamente humano solamente cuando es parte integral del amor con que el hombre y la mujer se comprometen totalmente entre sí hasta la muerte. La donación física total sería un engaño si no fuese signo y fruto de una donación en la que está presente toda la persona, incluso en su dimensión temporal; si La persona se reserva algo a la posibilidad de decidir de otra manera en el futuro, ya no se donaría totalmente.
Esta totalidad exigida por el amor conyugal, corresponde también con las exigencias de una fecundidad responsable, la cual, orientada a engendrar una persona humana, supera por su naturaleza el orden puramente biológico y toca una serie de valores personales, para cuyo crecimiento armonioso es necesaria la contribución perdurable y concorde de los padres…

La institución matrimonial no es una injerencia indebida de la sociedad o de la autoridad, ni la imposición intrínseca de una forma, sino una exigencia interior del pacto conyugal (entre hombre y mujer) que se confirma públicamente como único y exclusivo, para que sea vivida así la plena fidelidad al designio de Dios Creador.
Esta fidelidad lejos de rebajar la libertad de la persona, la defiende contra el subjetivismo y el realismo, y la hace partícipe de la sabiduría creadora”  
(Exhortación Apostólica <Familiaris Consortio>. Papa Juan Pablo II. Dada en Roma el 22 de noviembre, solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, del año 1981). Cuarto del Pontificado).
 
 


Verdaderamente San Juan Pablo II ha sido uno de los Papas que mejor han analizado la problemática del ataque sistemático por las fuerzas del mal al sagrado Sacramento del matrimonio y por tanto a la familia, tratando de desprestigiar, si pudieran, ambas instituciones de Cristo; utilizan para ello la unión cristiana entre hombre y mujer como arma arrojadiza, inventando, a tal efecto, leyes tan dañinas como la del divorcio, la del aborto libre, y  la del mal llamado, matrimonio, entre personas del mismo sexo…

No obstante, es lógico que los enemigos de la Iglesia de Cristo arremetan contra el sagrado Sacramento del matrimonio, porque se encuentra en el origen de la familia cristiana, la cual en los últimos siglos ha sufrido, en sus mismas entrañas, los cambios y transformaciones de la sociedad cuyos objetivos no son otros que anular el Mensaje de Cristo, y si ello fuera posible, hasta su Persona, mediante movimientos como el modernismo, corrientes del pensamiento como el laicismo, posiciones filosóficas como el relativismo, o doctrinas religiosas como el gnosticismo, que habiendo aparecido en la antigüedad, sigue vigente en el presente, como muchos Papas han denunciado.

La Iglesia católica consciente de que el matrimonio y la familia constituyen uno de los valores más importantes de la humanidad <quiere hacer sentir su voz y ofrecer su ayuda a todo aquel que conociendo ya el valor del matrimonio y de la familia trata de vivirlo  fielmente, busca la verdad, y a todo aquel que se ve injustamente impedido para vivir con libertad el proyecto familiar. Sosteniendo a los primeros, iluminando a los segundos y ayudando a los demás, la Iglesia ofrece su servicio a todo hombre preocupado por los destinos del matrimonio y de la familia> (Con. Ecuménico Vaticano II. Gaudium et Spes, 52).
 


El Papa Benedicto XVI comparte con su querido predecesor en la Silla de Pedro, Juan Pablo II, el amor y el interés por la familia, así como por el Sacramento del matrimonio, y lo ha demostrado en distintas ocasiones mediante sus escritos, homilías, catequesis, etc.

Así por ejemplo, en una ocasión, respondía a una pregunta en este sentido, recogida en el capítulo III del libro <El amor se aprende; Romana Editorial, S.L. 2012>:
“La mayoría de los jóvenes dudan hoy en día entre contraer matrimonio o convivir al margen  de rígidos vínculos jurídicos. A nivel estatal, se advierten tendencias a equiparar las uniones de hecho y la relación de pareja homosexual, al matrimonio...
Sin embargo, cuando dos personas se entregan mutuamente y, juntas, dan vida a los hijos, ahí se implica lo sagrado, el misterio del ser humano, que va mucho más allá del derecho a disponer de uno mismo.
En cada ser humano está presente el misterio divino. Por eso la unión entre hombre y mujer desemboca de forma natural en lo religioso,  en lo sagrado, en la responsabilidad asumida ante Dios…

Sin duda, cualquier otra forma de unión es una vía de escape con la que esquivar la propia responsabilidad frente al otro y frente al misterio de su persona, introduciendo una labilidad que acarreará sus propias consecuencias...



Pienso que  cuando en un matrimonio, en una familia, ya no cuenta que el fundamento sea un hombre y una mujer, sino que se equipara la homosexualidad a esa relación, se está hiriendo gravemente la tipología básica que configura la estructura de la naturaleza humana. Por esta vía cualquier sociedad está llamada a encontrarse con graves problemas”

Podríamos preguntarnos ¿Cuáles pueden ser las causas de estos graves problemas  que nos anunciaba el Papa? La respuesta no parece sencilla porque son muchas y numerosas las  constatables en este momento de la historia del hombre.
Quizás una de éstas, en el Viejo Continente, podría ser el envejecimiento prematuro de algunos pueblos, como consecuencia del bajo índice de natalidad. En otras ocasiones, civilizaciones completas han desaparecido por similares circunstancias. Muchos matrimonios, acosados por dificultades económicas o de otro tipo, han decidido conformarse con la clásica <parejita>, y poner tierra de por medio cuando se trata de aumentar el número de hijos.
Al fin y al cabo, aunque  ésta no es la solución ideal para países con bajo índice de natalidad, no puede decirse que al menos no exista buena voluntad en estos matrimonios por crear una familia en toda la extensión de la palabra.



En cambio, ya es otra cosa cuando ni siquiera está en la intención de los conyugues, sacrificarse un poco, en aras del nacimiento de unos hijos…Cuestión aparte, son las parejas homosexuales, por desgracia cada vez  más frecuentes en sociedades que se dicen desarrolladas…Por esta vía como decía el Papa Benedicto XVI dichas sociedades podrían verse envueltas en graves dificultades…

Por otra parte, la influencia ejercida por  ejemplos de vida, que constantemente se muestran,  con gran entusiasmo, en la prensa llamada del corazón, hacen aparecer el matrimonio como algo muy lábil y necesariamente agotado al cabo de un tiempo más o menos corto, ello, unido al ansia de liberación del hombre y de la mujer  en los tiempos de modernidad que corren, hacen preguntarse a muchos jóvenes y no tan jóvenes con frecuencia ¿Por qué el Sacramento del matrimonio tiene que implicar la permanente unión, hasta la muerte?...

A esta pregunta respondió en su momento magníficamente el Papa Benedicto XVI en el libro mencionado anteriormente (Ibid):


“La dignidad del ser humano tan solo viene plenamente respetada a condición de hacer de sí mismo un don total, sin reservarse el derecho a poner en discusión ese don ni a revocarlo. El Sacramento del matrimonio, no es un contrato temporal, sino un ceder incondicionalmente el propio <yo> a un <tú>. La entrega a la otra persona solo puede ser acorde a la naturaleza humana si el amor es total y sin reservas”

En efecto, así lo expresó Nuestro Señor Jesucristo en su <Sermón de la montaña>, (Mt  5, 31-32):

-Se ha dicho: Cualquiera que repudie a su mujer, que le dé el libelo de repudio

-Pero yo os digo que todo el que repudia a su mujer, excepto en caso de fornicación, la expone a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio.
 

Para los seres humanos, desde el principio, la unión conyugal es la base  sobre la que se asienta la familia,  expresión primera y fundamental de toda sociedad, que no ha cambiado  a través de los siglos:

“En su núcleo esencial esta visión no ha cambiado ni siquiera en nuestros días. Sin embargo, actualmente se prefiere poner de relieve todo lo que en la familia, que es la más pequeña y primordial comunidad humana, representa la aportación personal del hombre y de la mujer.

En efecto, la familia es una comunidad de personas, para las cuales el propio modo de existir y de vivir juntos es la comunión: <communio personarum>. También aquí, salvando la absoluta transcendencia del Creador respecto a la criatura, emerge la referencia ejemplar al <Nosotros> divino. Solo las personas son capaces de existir <en comunión>.

La familia arranca de la comunión conyugal que el Concilio Vaticano II califica como <alianza> por la cual el hombre y la mujer <se entregan y aceptan mutuamente>”



(Papa Juan Pablo II. Carta a las familias dada en Roma el 2 de febrero, fiesta de la Presentación del Señor 1994).

 No obstante, como el día a día nos demuestra, esta comunión puede verse afectada por diversos factores, entre los que caben destacar la infidelidad,  los <malos tratos>, e incluso la violencia doméstica, por parte casi siempre del hombre hacia la mujer, con algunas excepciones.
Situaciones así, si no se corrigen a tiempo, pueden llevar a desenlaces desastrosos como el divorcio, ó  luctuosos como el suicidio ó el asesinato, tema este último, que está siendo, por desgracia, muy frecuente en los últimos tiempos.
Todo esto, da lugar al sufrimiento no solo de los conyugues y de los hijos, sino también del resto de la familia, aunque siempre hay que tener presente la acción del Espíritu Santo,  como aseguraba Juan Pablo II (Ibid):


“La experiencia humana enseña que el amor humano, orientado por su naturaleza hacia la paternidad y la maternidad, se ve afectado a veces por una crisis profunda, y por tanto se encuentra amenazado seriamente. En tales casos, habrá que pensar en recurrir a los servicios ofrecidos por los consultorios matrimoniales y familiares, mediante los cuales es posible encontrar ayuda, entre otros, de psicólogos y psicoterapeutas específicamente preparados.

Sin embargo, no se puede olvidar que son siempre válidas las palabras del Apóstol: <Doblé mis rodillas ante el Padre, de quien toma nombre la familia en el cielo y en la tierra> (Ef 3, 14-15). El matrimonio, el matrimonio Sacramento, es una alianza de personas en el amor. Y el amor puede ser profundizado y cuestionado solamente por el amor, aquel que es derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado> (Rm 5, 5)”

 


Sin embargo, es evidente que el vínculo conyugal se ve muy afectado en la actualidad, por ambientes sociales hostiles y perniciosos que estimulan la búsqueda del <yo> y no del <nosotros> que es la única fórmula verdaderamente adecuada para que la unión en la pareja prospere con <el pasar del tiempo>. De esta forma, el <individualismo>, juega una <mala pasada> al Sacramento del matrimonio y por tanto a la familia.
Entonces, cabría preguntarse: ¿Por qué el individualismo amenaza la civilización del amor?

Según el Papa san Juan Pablo II la clave de la respuesta está en la expresión conciliar  <es necesaria una entrega sincera>:
“El individualismo supone un uso de la libertad, por el cual, el sujeto hace lo quiere, <estableciendo> él mismo <la verdad> de lo que le gusta ó le resulta útil. No admite que otro <quiera> ó exija algo de él en nombre de una verdad objetiva.
No quiere <dar> a otro basándose en la <verdad>; no quiere convertirse  en una <entrega sincera>"

(Carta a la familia. Juan Pablo II. Dada en Roma el 2 de febrero, fiesta de la Presentación del Señor, del año 1994. Decimosexto de su Pontificado).

 


Por ello, ya en nuestros días, el Papa Francisco, recogiendo el testigo de sus amados predecesores en la Silla de Pedro, el 2 de febrero de este mismo año escribió una Carta a las familias, para anunciarles la próxima celebración  de la Asamblea general extraordinaria del Sínodo de los Obispos, convocada para tratar <los retos pastorales de la familia en el contexto de la evangelización>:

“Les escribo esta carta el día en que se celebra la fiesta de la Presentación de Jesús en el Templo. En el Evangelio de Lucas vemos que la Virgen y San José, según la ley de Moisés, llevaron al Niño al Templo para ofrecérselo al Señor, y dos ancianos, Simeón y Ana, impulsados por el Espíritu Santo, fueron a su encuentro y reconocieron en Jesús al Mesías (Lc 2, 22-28). Simeón lo tomó en brazos y dio gracias porque finalmente había <visto> la salvación; Ana, a pesar de su avanzada edad, cobró nuevas fuerzas y se puso a hablar a todos del Niño. Es una hermosa estampa: dos jóvenes padres y dos personas ancianas, reunidos por Jesús. ¡Realmente Jesús hace que generaciones diferentes se encuentren y se unan! Él es la fuente inagotable de ese amor que vence el egoísmo, toda soledad, toda tristeza”