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domingo, 15 de junio de 2014

LOS APÓSTOLES EVANGELIZARON POR TODO EL MUNDO

 
 
 
 
 




Los Apóstoles  evangelizaron al mundo entero, atendiendo los  deseos del Señor,  aunque con ello firmaron su muerte por martirio. Después de estos valerosos hombres, vinieron otros muchos a lo largo de la historia de la humanidad que continuaron su labor, tal como el Señor deseaba y hasta nuestros días, donde más que nunca se pone de manifiesto esta necesidad. Recordar lo que hicieron algunos hombres en el pasado por el anuncio de la Nueva Buena, nos puede servir de ejemplo y de acicate para continuar con esta labor redentora.


El Papa Juan Pablo II nos ha dicho que la evangelización no es solamente la enseñanza viva de la Iglesia, el “kérygma” o primer anuncio de la fe, la formación en la fe o “catequesis”, sino que es también todo el “vasto esfuerzo de reflexión sobre la verdad revelada”, expresada desde los comienzos del cristianismo y recopilada en la labor realizada por los Padres de Oriente y de Occidente. Más concretamente, el Papa dice lo siguiente en la entrevista que un periodista le realizó y que quedó recogida en el libro “Cruzando el umbral de la esperanza”, Capitulo 18:

-El primer milenio supuso el encuentro con muchos pueblos que, en sus migraciones, llegaban a los centros cristianos. Ellos acogieron la fe, se hicieron cristianos, aunque con bastante frecuencia no estaban en condiciones de comprender del todo la formulación del Misterio….

-No fueron solo disputas ideológicas; se trataba de una continua lucha por la afirmación del Evangelio mismo. Y constantemente, a través de aquellas controversias, resonaba la voz de Cristo (Mat 28,19): “Id por todo el mundo y enseñad a todas las naciones” ¡Ad gentes!: es sorprendente la eficacia de estas palabras del Redentor del mundo.




Por eso, cuando se conoció el hecho de la venida del Espíritu Santo, en el Cenáculo de Jerusalén, donde se hallaban reunidos con los Apóstoles, la Virgen María, algunos discípulos y familiares del Señor, una multitud de judíos piadosos que estaban entonces en la ciudad, debido a la fiesta de Pentecostés, acudieron en masa a los alrededores de ese lugar.

Pedro había sido elegido  cabeza de la Iglesia, desde el primer momento, por Jesucristo  según se relata en los Evangelios (Mat 16, 13-18):   

-Cómo llegó Jesús a la región de Cesárea de Filipo, preguntaba a sus discípulos, diciendo:

¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?

-Ellos dijeron: Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros diferentes que Jeremías o uno de los profetas.

-Díceles:
Y vosotros, ¿quién decís que soy?

-Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios viviente

-Respondiendo Jesús, le dijo: Bienaventurado eres Simón Bar-Joná, pues que no es la carne y sangre quién te lo reveló, sino mi Padre, que está en los cielos

-Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esa piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella

 
 



Desde la venida del Espíritu Santo, Pedro,  aceptó este reto con entusiasmo y habló, obró y se mostró como Primado de la Iglesia y Vicario de Cristo. Por ello, haciéndose cargo de la situación salió a predicar a la muchedumbre las enseñanzas de Cristo (30-31 d.C) y fueron muchos los que se convirtieron y bautizaron en esta primera evangelización (Hechos de los Apóstoles 2, 36-41):

-Con toda seguridad, pues, conozca todo Israel que Dios le constituyó Señor y Mesías a este mismo Jesús a quién vosotros crucificasteis

-Al oír esto, sintieron traspasado de dolor su corazón y dijeron a Pedro y a los demás Apóstoles: ¿Qué tenemos que hacer, varones hermanos?

-Pedro a ellos: Arrepentíos, dice, y bautícese cada uno de vosotros en nombre de Jesús-Cristo para remisión de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo

-Pues para vosotros es la promesa, y también para vuestros hijos y para todos los que están lejos, cuantos quiera que llamare a sí el Señor  Dios nuestro

-Y con otras muchas razones dio su testimonio, y los exhortaba diciendo: Salvaros de esa generación perversa

-Ellos, pues, acogiendo su palabra, fueron bautizados; y fueron agregados en aquel día como unas tres mil almas


A partir de ese momento, todos los Apóstoles con Pedro como cabeza de la Iglesia  hicieron prodigios, curaron enfermos y evangelizaron a todos aquellos que se acercaban para escucharles, pero por ello consiguieron ser perseguidos, encarcelados y en ocasiones desterrados, tal como les había anunciado Jesucristo.

 


No obstante, fueron muchas las vocaciones para evangelizar al pueblo de Israel, y entre todas ellas hay que destacar a San Esteban, uno de los siete diáconos elegidos por los Apóstoles para ayudarles. Esteban era un hombre agraciado por Dios, de gran sabiduría y excelentes dotes para la oratoria y por ello todo el que escuchaba sus palabras se sentía dispuesto a seguir a Cristo.

Corrían tiempos difíciles para el pueblo de Israel  y sobre todo para los seguidores de Jesús, como se había puesto de manifiesto desde mediados del  reinado del emperador Tiberio, heredero del emperador Augusto. A este último, junto con sus  descendientes, los historiadores les han denominado  dinastía Julio-Claudia, en referencia a los cinco primeros emperadores romanos: Octavio-Augusto (sobrino-nieto de Julio-Cesar, 27 a.C /14 d.C), Tiberio (hijastro del emperador Augusto, 14 d.C / 37 d.C), Calígula (hijo adoptivo del emperador Tiberio, 37 d.C /41 d.C), Claudio (tío del emperador Calígula, 41 d.C /54 d.C) y Nerón (sobrino de Claudio, 54 d.C /68 d.C).

Ningún emperador de esta dinastía fue descendiente sanguíneo directo de su predecesor, aunque en alguna ocasión si existieron,  concretamente en el caso de Tiberio y de Claudio. Esto nos da idea de la situación de corruptela que había en el imperio romano durante esta época de la historia, donde era frecuente el complot para matar a los emperadores y así usurpar el poder, por encima de la línea de sucesión.

Se trataba de un mundo peligroso, en el que todos los miembros de una familia, conspiraban e incluso estaban dispuestos a asesinar a los herederos directos para conseguir ellos mismos,  sus familiares inmediatos, o sus amantes, la sucesión del trono.

Jesucristo nació durante el reinado de Octavio-Augusto, primer emperador de esta dinastía y murió durante el reinado del emperador Tiberio y la evangelización llevada a cabo por los Apóstoles se desarrolló, prácticamente toda ella, durante esta dinastía, a excepción del apostolado de  San Juan Evangelista, cuya vida se prolongó hasta el reinado del emperador Domiciano (dinastía Flavia).   

Las autoridades judías de la época de San Esteban estaban, por su parte, tan corrompidas como las del resto del imperio y  se sintieron muy alarmadas ante su sapiencia y facilidad de contactar con el pueblo a través de la palabra y por ello le hicieron comparecer ante el Sanhedrín (Hechos de los Apóstoles 6, 8-15):

-Esteban lleno de gracia y revestido de poder, obraba grandes prodigios y señales entre el pueblo

-Pero se levantaron algunos de los que pertenecían a la sinagoga llamada de los Libertinos, de los Cirinenses y de los Alejandrínos y de los de Cilicía y Asía,

-y no podían resistir a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba

-Entonces indujeron bajo mano a unos hombres que dijesen:
Hemos oído a éste proferir palabras de blasfemia contra Moisés y contra Dios

-Y azuzaron al pueblo y a los ancianos y a los escribas, y cayendo sobre él le arrebataron y condujeron al Sanhedrín ;

-y presentaron testigos falsos, que decían: Este hombre no cesa de proferir palabras contra este santo lugar y contra la ley;
-Porque le hemos oído decir que ese Jesús Nazareno destruirá este lugar y cambiará los usos tradicionales que nos dio Moisés

-Y mirándole todos los que estaban fijamente, todos los que allí estaban, vieron su faz como la faz de un ángel.




A pesar de ello lo mataron,  pero no fue posible para las autoridades de Judea acallar a los cristianos, tal como se demostró, por primera vez, con su martirio y muerte. El diácono San Esteban, fue lapidado por los judíos hacía el año 35 d. C, durante el mandato del emperador Tiberio.

A  raíz de la muerte de este hombre santo, que ha quedado para la historia señalado como el protomártir, acaeció una terrible persecución de los seguidores de Jesucristo y como consecuencia de ella todos ellos a excepción de los Apóstoles tuvieron que salir de Jerusalén, para predicar en otras zonas  de Israel, pero cuando terminó esta primera persecución, San Pedro recorrió parte de Palestina, visitando las nuevas Iglesias y también fue por primera vez a Antioquía (35/37), donde floreció la fe y  donde los discípulos de Cristo fueron llamados por primera vez cristianos.

Hacia el año 42 y con motivo de la persecución de los cristianos, decretada por Herodes Agripa I, nieto de Herodes El Grande y amigo personal del emperador Claudio, San Pedro fue encarcelado y posteriormente liberado milagrosamente por un ángel  lo que le permitió dirigirse a Roma para proseguir desde allí su tarea evangelizadora (12,11-17):

-Y Pedro, vuelto en sí dijo: “Ahora sé realmente que el Señor envió un ángel y me sacó de las manos de Herodes y de toda la expectación del pueblo judío”

-Y después de reflexionar, se dirigió a la casa de María la madre de Juan, apellidado Marcos, donde se hallaban no pocos orando

-Y habiendo golpeado a la puerta de la entrada se acercó para escuchar una muchacha de nombre Rode;

-y reconociendo la voz de Pedro, de pura alegría se olvidó de abrir la puerta, y echando a correr hacia dentro, dio la noticia de que Pedro estaba a la puerta

-Ellos le dijeron: “Estás loca”. Más ella persistía en afirmar que así era. Ellos decían “será su ángel”

-Y Pedro seguía golpeando. Y habiendo abierto, le vieron, y quedaron fuera de sí

-Más él haciéndole señas con las manos que callasen, les enteró de cómo el Señor le había sacado de la cárcel; y dijo: “Dad noticia de esto a Santiago y a los hermanos”

-Y partiéndose de allí se fue a otro lugar


 
 

Antes de este suceso, había tenido lugar la muerte de Santiago el Mayor (hacia el año 43 o 44 d.C); era hijo de Zebedeo, hermano mayor de San Juan Evangelista y pariente de nuestro Señor Jesucristo, porque su madre Salomé era prima hermana de la virgen María. Fue uno de los apóstoles preferidos del Señor y prueba de ello, es que estuvo presente, junto a su hermano y San Pedro en algunos acontecimientos, muy especiales, de su ministerio, como la “Transfiguración en el monte Tabor” y la “Resurrección de la hija de Jairo”.

Según la tradición, habría llegado a Hispania (actuales España y Portugal), para evangelizar la península, e incluso se cree que preparó a algunos discípulos para que continuaran su labor, cuando él regresara a Jerusalén. Éstos son, los llamados Varones Apostólicos, que según la tradición acompañaban al apóstol cuando se le apareció la Virgen María, en Caesaraugusta (Zaragoza) y que fueron ordenados Obispos, por San Pedro en Roma. 
Al poco tiempo de su vuelta a Jerusalén, con motivo de una predicación suya, fue apresado y condenado a morir por orden del rey de Judea, Herodes Agripa (Hc 12, 2- 3 ):

-Por aquel mismo tiempo, Herodes el rey puso manos en el proyecto de vejar a algunos miembros de la Iglesia
-Quitó la vida con la espada a Santiago el hermano de Juan

Durante la persecución de Herodes Agripa, suscitada por el deseo de este rey de congraciarse con ciertos sectores del judaísmo, contrarios a las enseñanzas de Jesús, al mismo tiempo que Pedro marchaba a Roma, los restantes Apóstoles del Señor abandonaron Jerusalén y se dispersaron por todo el mundo en aquella época conocido para realizar la evangelización de todos los hombres tal como Jesucristo les había encomendado, pero en Jerusalén permaneció Santiago el Menor, hijo de Alfeo, pariente de Jesús, como Obispo de aquella ciudad.

Los primeros cristianos dieron ejemplo con su comportamiento virtuoso al resto de la humanidad. Vivian muy unidos entre sí; utilizaban sus medios económicos comunitariamente, por lo que no había entre ellos, ni pobres, ni ricos y sobre todo oraban mucho, recibían los Sacramentos y escuchaban continuamente la catequesis de labios de los propios Apóstoles y sus discípulos.




Claudio  gobernaba  el imperio cuando San Pedro apóstol llegaba a Roma, probablemente en el año 42 ó 43 d. C., que desde ese momento quedó constituida como Sede principal de la Iglesia de Cristo. En los primeros tiempos las autoridades romanas no distinguían el cristianismo del judaísmo, así por ejemplo, el historiador Tácito menciona las revueltas causadas en tiempos del emperador Claudio  por los enfrentamientos entre los judíos en la ciudad de Roma hacia el año 44 después de Cristo.

Roma que en un principio tuvo un comportamiento ecuánime, permitiendo en el imperio las religiones de los distintos pueblos que lo constituían, se mostró desde el inicio enemigo del cristianismo. Las posibles causas fueron entre otras, de orden político, pues al predicarse  el amor entre los hombres, se provocaba el fracaso de su economía, basada principalmente en la esclavitud de los seres humanos. La historia cuenta que bajo  el mandato del emperador Claudio fueron expulsados los judíos porque estaban continuamente en litigio entre sí por causa de cierto “Chresto”,  (Suetonío y Dión Casio  (44 d. C.).

A pesar de todas las dificultades surgidas en el seno del propio pueblo judío y de la inicial hostilidad de los pueblos paganos, S. Pedro después de varios viajes realizados en el exterior, estableció su Sede definitivamente en Roma (49/64), que rigió por espacio de más de veinte años. Por tanto, la Sede principal del mundo cristiano fue desde entonces, centro de irradiación evangelizadora hasta nuestros días.

 
 
 

La evangelización de Europa se desarrolló, no obstante, sobre todo, gracias al Apóstol  San Pablo, nacido en Tarso (Cilicia), de padres judíos, pero con ciudadanía romana. Inicialmente fue enemigo acérrimo del cristianismo, incluso se cuenta en los “Hechos de los Apóstoles “ que estuvo presente en el martirio de San Esteban, pero posteriormente se convirtió, gracias a la llamada de Jesucristo (año 36 d. c.). Después de ser atendido por Ananías, tal como le había dicho el Señor cuando se le apareció, permaneció en Damasco durante un tiempo y llevó a cabo por primera vez la tarea evangelizadora que Jesús le encomendó. Sus antiguos amigos y compañeros (pertenecía a la secta de los fariseos) al ver el cambio tan radical que había experimentado, se quedaban admirados cuando predicaba en la sinagoga, asegurando que Jesucristo era realmente el Hijo de Dios (Hechos de los Apóstoles, 9, 19-25):

-Y estuvo con los discípulos que había en Damasco, algunos días

-Y en seguida en las sinagogas predicaba a Jesús….

-Y se asombraban todos los que le oían, y decían: ¿No es éste el que en Jerusalén hizo estragos en los que invocan este nombre, y aquí precisamente había venido para llevarlos atados a los sumos sacerdotes?

-Y Saulo más y más se fortalecía, y confundía a los judíos que habitaban en Damasco…

-Cuando hubieron transcurrido bastantes días, tramaron los judíos el plan de matarlo;

-más llegó al conocimiento de Saulo su plan de asechanzas. Y vigilaban día y noche, las puertas de la ciudad especialmente con el designio de matarle.

-Más tomándole los discípulos durante la noche, lo descolgaron muro abajo en una espuerta
   

No habiendo tenido mucho éxito en esta primera ocasión, que predicaba las enseñanzas de Cristo, se retiró a Arabia a orar y prepararse a conciencia para la difícil tarea que  el Señor le había encomendado.
Retornó después de un cierto tiempo a Damasco y más tarde pasó a Jerusalén donde se encontraban los Apóstoles para tratar de ponerse en contacto con ellos y recibir su beneplácito. Originalmente Pablo, debido a sus antecedentes anticristianos, fue recibido con mucha desconfianza por parte de casi todos los discípulos del Señor, pero sin embargo supo demostrarles que profunda era su fe y por otra parte, tuvo a su favor la ayuda inestimable de Bernabé, un discípulo muy querido de los Apóstoles y de toda la comunidad cristiana, el cual relató a la misma como había tenido lugar la maravillosa conversión de San Pablo.
Enseguida se dedicó a su tarea apostólica con gran éxito aunque desde un principio los judíos más radicales, defensores del cumplimiento riguroso de la ley, se enfrentaron con él,  pues era partidario de abolir el judaísmo, una herejía presente en la Iglesia de Cristo desde casi sus inicios y que exigía para salvarse el cumplimiento  riguroso de la ley Mosaica (Hechos de los Apóstoles, 15, 1-3):

-Y bajando algunos de la Judea, enseñaban a los hermanos que “si no os circuncidárais conforme al uso de Moisés, no podéis ser salvos”

-Y habiéndose producido un altercado y no leve discusión de Pablo y Bernabé con ellos, se determinó que Pablo y Bernabé y algunos otros de entre ellos subieran a Jerusalén a los Apóstoles y presbíteros para tratar de estas cuestiones

-Ellos, pues, despedidos por la Iglesia, atravesaban Fenicia y la Samaria refiriendo la conversión de los gentiles y daban materia de gran gozo a todos los hermanos.

El judaísmo dio lugar, sin embargo, al Concilio Apostólico de Jerusalén presidido por el  Apóstol Santiago (el Menor) como jefe de la Iglesia de Jerusalén probablemente hacia el año 50 ó 51 d.C. y donde prácticamente estuvieron presentes todos los Apóstoles del Señor con San Pedro como cabeza de la Iglesia.
En el mismo, en primer lugar los Apóstoles contaron a todos los cristianos allí presentes todos los milagros que había hecho Dios por medio de ellos entre los gentiles y como muchos se habían convertido a la fe de Cristo.
El cumplimiento riguroso de la ley Mosaica era sin embargo un obstáculo grande para muchos de ellos e impedía que las conversiones fueran mayores por lo que tras largos debates los Apóstoles acabaron por librar a los gentiles  del cumplimento de ciertos aspectos de esta ley que no eran relevantes para el seguimiento de las enseñanzas de Jesucristo, tal como puso de manifiesto San Pedro con el siguiente discurso (Hechos de los Apóstoles 15, 7-10):

-Habiéndose producido una larga y viva discusión, levantándose Pedro les dijo:

-Varones hermanos, vosotros sabéis que desde antiguos días Dios me escogió en medio de vosotros para que por mi boca oyesen los gentiles la palabra del Evangelio y creyesen

-Y el conocedor de los corazones, Dios, dio testimonio a favor de ellos, dándoles el Espíritu Santo, lo mismo que a nosotros,

-y ninguna diferencia hizo entre nosotros y ellos, purificando con la fe sus corazones

-Ahora, pues, ¿por qué tentáis a Dios con imponer sobre el cuello de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros pudimos sobrellevar?

-Más por la gracia del Señor Jesús creemos ser salvos de la misma manera que ellos.


Se puede decir que este primer Concilio Apostólico de la Iglesia de Cristo fue tan importante, que en lo sucesivo siempre serviría de referencia válida para los siguientes Concilios Ecuménicos. Terminado el mismo, los Apóstoles y todos los discípulos del Señor se incorporaron de nuevo a sus respectivas tareas evangelizadoras, pero la historia de la Iglesia tiene pocos datos fehacientes de todas ellas.

 


Sin embargo gracias a “Los hechos de los Apóstoles” escritos por San Lucas y las Epístolas escritas por San Pablo, San Pedro y otros Apóstoles, que han llegado hasta nuestros días, junto con los datos aportados por la Tradición de la Iglesia, han permitido conocer los hechos más  importantes de la labor apostólica realizada en los dos primeros siglos de la historia de la cristiandad por estos hombres.

Del Apóstol que más datos tenemos es sin duda San Pablo, probablemente gracias al evangelista San Lucas que participó junto con él en muchas de sus experiencias evangelizadoras. San Pablo recorrió casi todo el mundo pagano, pues él consideraba que Cristo le había llamado principalmente para realizar su labor apostólica sobre los gentiles, llevando a cabo tres viajes evangelizadores, en los que recorrió más de 6000 kilómetros, por el mundo en aquella época conocido.

En su tercer viaje, en el que recorrió la región de Galacia y la Frigia, pasando después a Éfeso, bautizó en nombre de Jesús, a algunos discípulos de San Juan Bautista, pero encontrando de nuevo oposición entre los propios judíos, se apartó de ellos (Hechos de los Apóstoles, 19, 8-10):

-Y entrando en la sinagoga, hablaba con entera libertad por espacio de tres meses, discutiendo y persuadiendo en lo tocante al reino de Dios

-Mas como algunos se endureciesen y no se rindiesen, diciendo mal del Camino en presencia de la muchedumbre, apartándose de ellos formó grupo aparte con los discípulos, y razonaba diariamente en la escuela de Tirano

-Y esto continuó por espacio de dos años, de suerte que todos los habitantes de Asía, tantos los judíos como los gentiles, pudieron oír la palabra del Señor.

Permaneció Pablo un largo tiempo en Asía evangelizando y haciendo milagros, pero por causa de los intereses del grupo de los plateros de la diosa Artemis, ya que eran muchos los gentiles que se convertían al cristianismo y dejaban de comprar ofrendas, se produjo un motín contra el Apóstol y sus seguidores. Estos hechos, precipitaron la salida de Pablo hacia Macedonia.
Después de recorrer Grecia y otros países evangelizando se dirigió por fin a Jerusalén donde los seguidores de Cristo, con Santiago (el Menor) a la cabeza, le recibieron con alegría, pero le manifestaron que los problemas con el judaísmo no habían acabado y que muchos hablaban en contra de las enseñanzas de Pablo.
Aproximadamente a la semana de estar el Apóstol en Jerusalén se produjo un nuevo motín, debido a los judíos que habían llegado de Asía  diciendo que le habían visto en el templo profanando el santo lugar y a consecuencia de ello fue encarcelado por mandato del tribuno de la cohorte destinada en Jerusalén, que había sido informado de la revuelta de los judíos.
    



Finalmente, tras apelar a su condición  de ciudadano romano, pasados algunos duros años, llegó a Roma donde prosiguió su labor evangelizadora, aun encontrándose bajo arresto provisional en su casa, pero en la terrible persecución de los cristianos iniciada durante el reinado del emperador Nerón fue decapitado probablemente muy poco antes ó después de que San Pedro fuera así mismo martirizado y muerto en cruz hacia el año 67 d. C.

Los restantes Apóstoles del Señor, después de predicar el Evangelio por  distintas partes del mundo, fueron también martirizados y murieron dando con ello un supremo testimonio de verdad en la doctrina que profesaban.  San Juan fue el único Apóstol que murió en el siglo II y no por martirio, aunque según San Agustín no faltó Juan al martirio, sino que el martirio le faltó a Juan. San Juan Evangelista fue martirizado, pero no padeció hasta morir, durante la persecución de los cristianos realizada por orden del emperador Domiciano (año 81 d. C).

Domiciano sucedió en el Imperio a su hermano Tito (dinastía de los Flavios) (79/81), el cual había tomado Jerusalén y destruido su templo, por lo que el pueblo israelita se encontraba en una situación desesperada en aquellos momentos. Por su parte, Domiciano utilizó todo su poder para provocar la destrucción del Reino de Cristo (2ª persecución), siendo su crueldad igual o mayor que la del mismo Nerón (1ª persecución). En aquella época San Juan se encontraba en Éfeso, atendiendo a las necesidades de la Iglesia de Asía, pero también allí llegó la persecución de este emperador, siendo conducido a Roma donde arrojado a una tinaja de aceite hirviendo por mandato del mismo, no murió, porque el aceite se convirtió en agua tibia por milagro de Dios. Entonces Domiciano, asustado por este hecho prodigioso lo desterró a la isla de Patmos, en el mar Egeo.

Hacia el año 70 la palabra de Cristo se había predicado en casi todo el orbe gracias a los Apóstoles, cumpliendo así los deseos de su Maestro. Estos hombres para seguir a Jesús lo dejaron todo: los pescadores sus barcas y sus aparejos; el publicano (Mateo) el cobro de impuestos, y todos ellos sus familias, obedeciendo así  las exigencias del Mesías, tal como se nos relata en los Evangelios que ellos mismo escribieron bajo la inspiración del Espíritu Santo. Los Apóstoles (primera generación de evangelizadores), fueron maestros incansables de la doctrina de Cristo y dejaron al morir numerosos discípulos que los siguieron en el camino por ellos emprendido.

Entre los discípulos más conocidos que recibieron el mensaje del Mesías de los mismos Apóstoles, por él elegidos, podemos citar a San Lucas, San Marcos, Felipe (el diácono), Bernabé, Tito y Timoteo  que evangelizaron por distintas partes del mundo,  muchas veces,  acompañando a los propios Apóstoles en sus viajes y que también fueron martirizados y murieron por nuestro Señor Jesucristo.


 
 


Algunos de ellos, en particular San Marcos y San Lucas junto con San Mateo, pusieron por escrito las enseñanzas, la vida y la pasión, muerte y resurrección de Jesús, dando lugar a los Evangelios sinópticos, porque siguen una misma tradición, aunque con el estilo propio de cada uno de los evangelistas y que fueron recogidos más tarde en el Nuevo Testamento.
Precisamente los estudiosos de la Biblia, exégetas, han puesto de relieve el hecho de cómo los evangelistas partiendo de un material común que en su tiempo ya corría por las comunidades cristianas, con ayuda siempre del Espíritu Santo han realizado un redacción personal, tanto desde el punto de vista literario, como doctrinal.

El cuarto Evangelio fue escrito bastante más tarde, probablemente durante los últimos años del siglo I, y según la tradición de la Iglesia fue el Apóstol San Juan, hermano del apóstol Santiago el Mayor, su autor. Este evangelista empleó una forma literaria diferente a la de los evangelistas sinópticos, pudiéndose decir que es especial incluso en la forma de presentar los hechos, utilizando la simbología maravillosamente, para poner de relieve tanto lo que fue la vida de Jesús sobre la tierra, como su mensaje divino.

Tras la desaparición de los Apóstoles, de sus discípulos y de mucha gente que los conocieron, convivieron con ellos y fueron evangelizados por ellos, otras muchas personas prosiguieron con la tarea evangelizadora de la Iglesia, dando lugar  a muchos santos mártires, que murieron por llevar la fe de Cristo a los hombres y mujeres de su época, algunos de los cuales han quedado constatados en las Antiguas Actas de los mártires de la Iglesia (Martirologio Romano).




El Martirologio es un catálogo de mártires y santos de la Iglesia Católica ordenados según la fecha de celebración de sus fiestas.

La mayoría de los mártires de la época antigua de la Iglesia, se dieron durante las diez persecuciones que sufrieron los cristianos por parte del Imperio romano y en concreto las de Nerón (54/68), Domiciano (81/96), Trajano (98/117), Marco Aurelio (161/169) y Septimio Severo (193/211), durante los siglos I y II.

Entre los  santos mártires debemos destacar a los Papas de los primeros siglos que siguieron a San Pedro como cabezas de la Iglesia y que dieron su vida por combatir las sucesivas herejías que trataron desde un principio, sin conseguirlo, de minar la base sobre la que se asentaba el Reino de Cristo. Citaremos como ejemplos a los Papas siguiente: San Lino (67/76) , San Anacleto (76/88), San Clemente (88/97) y siguientes, todos ellos santos y casi siempre mártires, hasta San Víctor I (189/199).

Por otra parte, entre las numerosas sectas heréticas,  de aquel tiempo, se pueden citar como más conocidas: la judaizante, la gnóstica, la maniquea y la anabaptista, entre otras.  Pero a finales del siglo primero y por toda la mitad del siglo segundo, surgen los llamados Padres Apostólicos, que pueden considerarse junto con los Papas, los primeros maestros de la Iglesia, después de los Apóstoles y los discípulos de estos y que combatieron sin cesar todas las herejías que iban surgiendo sobre el mensaje de Cristo.

 



Estos Padres Apostólicos fueron oyentes directos, muchos de ellos, de las enseñanzas de los Apóstoles ó de sus discípulos y realizaron su evangelización adaptándola siempre con rigor a las nuevas necesidades de la Iglesia de los primeros siglos.  Siguiendo a San Agustín podemos decir que estos fueron, los sembradores, los regeneradores, los constructores, los pastores y los alimentadores de la Iglesia, que pudo crecer gracias a su acción vigilante e incansable.

No debemos confundir a los “Padres Apostólicos”, de los primeros siglos con los llamados “Padres de la Iglesia”, de siglos posteriores. En general, en la actualidad se admite por parte de los historiadores que los principales Padres Apostólicos son: San Clemente Romano, que según el testimonio de San Ireneo, conoció a los Apóstoles Pedro y Pablo, que es considerado por la Iglesia Católica mártir pues probablemente fue condenado durante el reinado de Trajano, que es el tercer Papa después de San Pedro y que escribió una epístola a los corintios hacia el año 97 d.C, que se ha conservado hasta nuestros días; el Obispo mártir por exposición a fieras carniceras durante el reinado de Trajano, San Ignacio de Antioquía que también conoció a estos mismos Apóstoles y que escribió  epístolas, al estilo de San Pablo, a las comunidades cristianas de Efeso, Trales, Roma, Filadelfía, Esmirna y otras,  hacia el año 110 d.C  y que es considerado un gran místico por la iglesia por su deseo de morir mártir y su forma maravillosa de proclamar el mensaje de Cristo; San Policarpo, de quién San Ireneo asegura que conoció al Apóstol San Juan, que fue  Obispo de la ciudad de Esmirna y del que se tienen muy pocos datos de su vida,  pero del que sí se sabe que murió martirizado en la hoguera, durante el reinado de Antonino Pio (138/161), en esta misma ciudad, hacia el año 155 d.C.
Mención especial merece también, San Ireneo, Obispo de Lyon (189) por su lucha contra el gnosticismo, una terrible herejía que de forma solapada ha llegado hasta nuestros días.

Dice Javier Sesé (Doctor en Teología por la Universidad de Navarra), en su libro “Historia de la espiritualidad”. (Ediciones Universidad de Navarra. S.A. EUNSA, 2005):

El gnosticismo en sentido amplio, en cuanto a la utilización de la gnosis o pensamiento filosófico para explicar las verdades de la fe, apareció muy pronto en la reflexión cristiana y, rectamente utilizado, no debió presentar problemas. Sin embargo pronto surgieron en el seno del cristianismo corrientes gnósticas heréticas apoyadas en el uso excesivo e indiscriminado de determinadas filosofías, o debido a mezclas con otras tendencias religiosas. El gnosticismo propiamente dicho fue, en efecto, un movimiento ecléctico y complejo: tomó elementos cristianos, del platonismo, de las religiones mistéricas orientales, etc.

San Ireneo, escribió un tratado contra esta herejía cuyo título completo es “Desenmascarar y Refutar la falsamente llamada Ciencia (Gnosis en griego). En esta obra magnífica, explica el santo Padre de la iglesia, que no habría “almas malas”  destinadas a condenarse y que hay un solo Dios Soberano y universal que creó todas las cosas por medio de su Verbo. Más aún, nos dice que el Dios del Antiguo Testamento, es el mismo y único Dios del Nuevo Testamento, al contrario de lo que afirmaba Marción de Sinope, un griego convertido al cristianismo, que influenciado por las ideas de los gnósticos, concibió una nueva forma de entender la fe de Cristo.

Los seguidores del gnosticismo creen que sus conocimientos emanan de un ser superior, al que llaman Dios, que ha revelado solo a ellos la verdad. Más concretamente, para ellos, fue Jesús el que realizó esta revelación privada a los Apóstoles, siendo por tanto el prototipo del gnosticismo. Ellos son aquellos hombres que han recibido esa revelación privada y los únicos, por tanto, que pueden alcanzar la verdadera santidad. Según estas ideas serian muy pocas las personas que podrían alcanzar la santidad, porque no son poseedoras de la verdadera fe.

San Ireneo fue un gran teólogo que estudió y explicó con gran claridad el mensaje de Jesús y que conocía en profundidad el Antiguo Testamento, por lo que establecía paralelismos entre éste y el Nuevo Testamento. Así, afirmó que el sacrificio de Abel es un símbolo del sacrificio de Jesús y defendió el principio de la tradición en contra del gnosticismo. Para él, sólo las iglesias  fundadas por los Apóstoles pueden servir de apoyo para la enseñanza, de la fe de Cristo. No se tiene certeza sobre la fecha de su muerte ocurrida en Lyon, a raíz de una cruel persecución de los cristianos hacia el año 202, durante el reinado del emperador Septimio Severo (193-211)

Cabría preguntarse ahora porque son tan importantes los testimonios escritos, dejados por los Padres de la Iglesia, para los cristianos en este momento. Un documento de la Santa Sede, de hace algunos años, puede responder de forma clara a esta pregunta, diciéndonos que en primer lugar estos Padres son testigos privilegiados de la Tradición de la Iglesia, en segundo lugar nos han transmitido un método teológico luminoso y seguro y en tercer lugar contienen una riqueza cultural y evangelizadora muy necesaria para iluminar los caminos de los cristianos de hoy.

A finales del siglo I y principios del II surgen, por otra parte, los Padres Apologistas ó antiguos escritores cristianos que se proponían defender la fe de Cristo de las acusaciones recibidas por parte, principalmente, de los paganos, con objeto de que el cristianismo se pudiera propagar por todo el imperio, sin peligro para aquellas personas que lo profesaban. Se trataba de hombres de un nivel cultural muy elevado que conocían las leyes romanas y tenían una capacidad de comunicación a través de sus escritos muy alta, aunque quizá desde el punto de vista espiritual eran menos profundos que los Padres Apostólicos.




El Papa Benedicto XVI en su audiencia general de 21 de marzo de 2007 decía a este propósito lo siguiente:
" Así, los apologistas buscan dos finalidades: una, estrictamente apologética, o sea, defender el cristianismo naciente (apología, en griego, significa precisamente “defensa”), y otra, “misionera”, o sea, proponer, exponer los contenidos de la fe con un lenguaje y con categorías de pensamiento comprensibles para los contemporáneos"

Entre estos Padres destaca, probablemente con la categoría de primer filósofo cristiano, San Justino, que tras una larga búsqueda de la verdad, la encontró en las enseñanzas de Cristo, lo que le hizo convertirse al cristianismo, fundando una escuela en Roma, donde gratuitamente enseñaba los principios de fe cristiana. Precisamente, por este motivo fue denunciado y decapitado aproximadamente hacia el año 165, durante el reinado de Marco Antonio (Dinastía antonina) (161-180). Este emperador es considerado por algunos historiadores como una gran figura de la filosofía estoica, pero persiguió  a los cristianos con gran ahínco, y entre otras cosas, algunos historiadores aseguran que,” tenía una especial indiferencia hacia las brutalidades en la vida”.
Entre las obras de San Justino son mencionables las Apologías I y II y  sobretodo el Dialogo con Trifón, dónde relata su encuentro con un misterioso personaje, un anciano que se encontró en la playa, el cual le explicó que debía acudir a la lectura de los antiguos profetas para encontrar el camino de Dios, exhortándole al despedirse de él, a que practicase la oración, para que se le abriesen las puertas de la luz.

El Papa Benedicto XVI en la audiencia anteriormente mencionada dice:
-Este relato constituye el episodio crucial de la vida de san Justino: al final de un largo camino filosófico de búsqueda de la verdad, llegó a la fe cristiana

San Teófilo,  según la tradición fue el sexto obispo de Antioquía de Siria, inicialmente era pagano, pero se convirtió al cristianismo, según el mismo contó, por la lectura de la Escrituras sagradas. Se conserva de él un escrito apologético dirigido a su amigo Autólico, donde demuestra sus conocimientos religiosos. Según algunos autores es el primer escritor cristiano que hace un comentario exegético del Génesis y también es el primero que da una explicación del dogma trinitario en el que aparece la distinción entre el “Verbo inmanente” y el “Verbo proferido o emitido” como instrumento de la creación al comienzo de los tiempos.

Con los Padres Apologistas definen de forma excepcional los conceptos principales de la fe de Cristo, como son: la idea de Dios, la idea de la creación, la concepción del hombre, el lugar del hombre en el mundo,… etc. Es por ello, que según Benedicto XVI, pueden considerarse grandes figuras de la Iglesia  primitiva. La obra evangelizadora de todos estos hombres que, poseían la gracia del  Espíritu Santo, se difundió por todas las provincias romanas de Europa, Asia y África, traspasando incluso las fronteras del  Imperio. A  mediados del siglo II, según los testimonios de políticos y escritores de la época, no había ya un rincón conocido donde no hubiese llegado el evangelio de Cristo y las causas de esta extensa y temprana difusión del cristianismo se pudo deber a varios motivos, entre los que destacaremos en primer lugar la acción del Espíritu Santo, en segundo lugar la buena organización para las comunicaciones, mediante vías, del Imperio romano y en tercer lugar el descrédito que ya sufrían  entonces las religiones paganas que no estaban basadas en la justicia y el amor como ocurría con el cristianismo.

Los cristianos debemos hablar sobre todo de Dios, pues como el Papa Benedicto XVI nos decía en su libro, “El elogio de la conciencia. Ediciones Palabra. S.A., 2010”:

"Al escrutar los signos de tiempos, vemos que nuestro primer deber en este momento histórico es anunciar el Evangelio de Cristo, ya que el Evangelio es fuente auténtica de la libertad y de la humanidad. El Señor mismo indica el núcleo de este anuncio con palabras brevísimas, que deben ser el corazón de toda evangelización.  Cristo resume así la esencia de su Evangelio: <<El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca. Convertíos y creed en el Evangelio>>" (Mc 1,15).

Para terminar este breve repaso sobre la evangelización, en los primeros siglos del cristianismo, recordaremos ahora la oración que Cristo hizo por toda su Iglesia (Jn 17, 20-26):

-No ruego por éstos solamente, sino también por los que crean en mí por medio de su palabra
-que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti, para que sean uno como nosotros somos uno, para que el mundo sepa que tú me enviaste
-Y yo les he comunicado la gloria que tú me has dado, para que sean uno como nosotros somos uno
-Yo en ellos y tú en mí, para que sean consumados en la unidad; para que conozca el mundo que tú me enviaste y les amaste a ellos como me amaste a mí
-Padre, lo que has dado, quiero que, donde estoy yo, también ellos estén conmigo, para que contemplen mi gloria que me has dado, porque me amaste antes de la creación del mundo
-Padre justo, y el mundo no te conoció, pero yo te conocí; y éstos también conocieron que tú me enviaste
-Y yo les manifesté tu nombre, y se lo manifestaré, para que el amor con que me amaste sea en ellos, y yo también esté en ellos.




Esta hermosa oración, según San Juan, la realizó el Señor, después de la “Ultima Cena” y poco antes de dirigirse al huerto de Getsemaní, donde tuvo lugar su prendimiento. En ella reconocemos el amor de Cristo por todos los hombres y en particular por aquellos que han aceptado su palabra ó que en un futuro la aceptarán. Él se dirige a toda la Iglesia, la presente y la futura y pide al Padre que todos los suyos sean asociados a su gloria bienaventurada y redentora.





domingo, 1 de junio de 2014

¡NO TENGAMOS MIEDO! JESÚS ES EL ARTIFICE DE LA PAZ



 



Jesús es el artífice de la paz y la unidad entre los hombres, así lo manifestaba el Apóstol San Pablo, probablemente durante su primera cautividad, a los habitantes de Éfeso. En su carta a los efesios el Apóstol hace una llamada a la universalidad y al derrumbamiento de los muros que dividen a veces a los seres humanos, en razón de su origen, religión, raza o sexo (Efesios 2, 12-14):


“Recordad, por tanto, que en otro tiempo vosotros, los gentiles según la carne, los llamados <sin circuncisión> por los que se dice <la circuncisión> (practicada por mano de hombre en carne) / vivíais entonces sin Cristo, erais a la ciudadanía de Israel, extraños a las alianzas de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo / Ahora, sin embargo, por Cristo Jesús, vosotros, que en otros tiempos estabais lejos, habéis sido acercados por la sangre de Cristo / En efecto, él es nuestra paz: el hizo de los dos pueblos uno solo y derribó el muro de la separación, la enemistad"

Benedicto XVI, cuando aún no había sido elegido por el Espíritu Santo para ocupar la silla de San Pedro, en los años de su juventud, durante una conferencia, en el otoño de 1962, recordaba precisamente esta carta del Apóstol San Pablo.
(<La unidad de las naciones>. Joseph Ratzinger. Benedicto XVI. Ed. Ediciones Cristiandad S.A Madrid 2011):
 
 
 
“Aquella gran visión de la carta a los Efesios de San Pablo, según la cual Cristo es <nuestra paz>, que ha derribado el muro de separación y ha ensamblado las partes de la humanidad, alejadas hostilmente las unas de los otras, para formar un único hombre nuevo, ha suministrado el verdadero y específico hilo conductor para la concepción, de los Padres de la Iglesia, sobre el misterio de Cristo.


La unidad no es un tema cualquiera, sino el leitmotiv de todo. Esto aparece ante todo, en el pecado como misterio de separación. Su obra consiste en que la unidad originaria de la humanidad se disgregó en los numerosos fragmentos de los muchos individuos, enfrentados los unos con los otros”

Ciertamente, el Mesías, durante su vida pública pidió a sus discípulos, esto es, a todos aquellos que escuchan su palabra y la dan a conocer, que no tuvieran miedo de la búsqueda de la paz,  y por lo mismo, de la búsqueda de la verdad. Más concretamente, Él dijo, <no temáis a los hombres que matan el cuerpo, pero el alma no la pueden matar>. Fue especialmente el Apóstol San Mateo el encargado de recordarnos, en su Evangelio, estas palabras del Señor, para significar la importancia del espíritu frente a la carne (Mt 10, 25-33).
Por otra parte, como también nos dice el Señor en este pasaje del Evangelio de San Mateo, <no hay nada encubierto, que no se descubra, ni nada escondido que no se dé a conocer, y ajustándonos a lo que está pasando en estos tiempos, podemos observar, no sin recelo, como el espíritu del mal que siempre ha operado, a lo largo de la historia de la humanidad, desde la oscuridad, ahora lo hace de forma descarada e irreverente, desde todos los medios  abiertos al demonio y sus acólitos, con imágenes y palabras, que muchas veces, en los espíritus sensibles a las cosas transcendentes, producen desasosiego.

 
 
 
Por eso, una y mil veces, debemos recordar las palabras del Señor <no tengáis miedo>, para seguir en la brecha de la nueva evangelización de los pueblos, <porque no hay nada encubierto que no se descubra, ni nada escondido que no se dé a conocer>.


ste dicho proverbial nos hace reflexionar sobre  la <Verdad>, que es Cristo, y su Mensaje, la cual rompiendo toda traba impuesta por el maligno, se abre siempre paso, sin que nada pueda detener su caminar hacia el bien de la humanidad,  lo que implica también la búsqueda de la paz.
Sí, el Señor nos repite constantemente ¡No tengáis miedo! ¡No tengáis miedo de dar a conocer mi palabra! ¡No tengáis miedo de recordar a las gentes de buena voluntad el mensaje divino! Esta presencia de ánimo, contra el mal, contra el miedo a lo desconocido ó a los sucesos muchas veces incomprensible para la inteligencia humana, debería estar presente en sus Apóstoles y así se lo haría saber en primer lugar a aquel  que  sería cabeza de su Iglesia.

Nos cuenta, a este respecto, San Lucas en su Evangelio el milagro de la pesca milagrosa y cómo, este hecho, asombró y asustó tanto a sus discípulos que  San Pedro postrándose a los pies de Jesús le dijo: <Apártate de mí, porque soy un hombre pecador, Señor> (Lc 5, 8), pero Jesús respondió: <No temas, de ahora en adelante serán hombres los que pesques>.

 


En este sentido, el Papa Juan Pablo II en la Homilía del domingo 8 de febrero de 1998, durante su visita pastoral a la parroquia romana del Niño Jesús en Saccopastore, recordaba la docilidad que le debemos a Dios tomando como ejemplo  la vida del Jesús:
“Después de haber hablado a la multitud desde la barca de Simón, Jesús le pide que se alejen de la costa para pescar. Pedro replica manifestando las dificultades que habían encontrado la pasada noche durante la cual, aun habiendo bregado, no habían logrado pescar nada. Sin embargo se fía del Señor y realiza su primer gesto de confianza en Él: <Por tu palabra echaré las redes> (Lc 5,5).

El prodigio de la pesca milagrosa, es un signo elocuente del poder divino de Jesús y, al mismo tiempo, anuncia la misión que se confiará al pescador de Galilea, es decir, guiar la barca de la Iglesia en medio de las olas de la historia y recoger con la fuerza del Evangelio una multitud innumerable  de hombres y mujeres procedentes de todas las partes del mundo.
La llamada de Pedro y de los primeros Apóstoles es obra de la iniciativa gratuita de Dios, a la que responde la libre adhesión del hombre. Este diálogo de amor con el Señor ayuda al ser humano a tomar conciencia de sus límites, a la vez que, del poder de la gracia de Dios, que purifica y renueva la mente y el corazón: No temas desde  ahora serás pescador de hombres.

El éxito final de la misión, está garantizada, por la asistencia divina. Dios es quien lleva todo hacia su pleno cumplimiento. A nosotros se nos pide que confiemos en Él y que aceptemos dócilmente su voluntad”
 
 
 
Confiemos, pues, una vez más en la voluntad de Dios, ¡No tengamos miedo! Como dice el Salmo: ¡El Señor es mi Pastor nada me falta! Como podemos leer, en la <Carta a los hebreos>, uno de los escritos teológicos más interesantes del Nuevo testamento, refiriéndose al Sacerdocio de Cristo al modo de Melquisedec : <Cristo en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, siendo escuchado por su piedad filial.


También el Papa Pablo VI siguiendo el ejemplo divino elevó su voz, en este caso, a los jefes de las naciones,  con gran clamor y lágrimas diciendo (Ibid):
“Rogamos encarecidamente que procuren con todo empeño, que no se extienda más el incendio, sino que aún se extinga por completo…
Por consiguiente, todos aquellos a quienes incumbe, ayuden a crear las necesarias condiciones por las cuales se lleguen a dejar las armas antes que el peso mismo de los acontecimientos quite la posibilidad de abandonarlas…
Pero hay que llegar a una paz basada en la justicia y libertad de los hombres, y de tal manera que se tengan en cuenta los derechos de los hombres y de las comunidades; de otro modo sería incierta e inestable”
 
 
 
 
El Señor nos repite cada día ¡no tengáis miedo de dar a conocer mi palabra! Y algunos hombres, como el Papa Pablo VI han tenido el valor de darla a conocer. Sin embargo, hoy en día vivimos en un mundo convulso, lleno de recelos, de angustias, a veces hasta de miedo…


La Verdad absoluta, que es Cristo, el Hijo único de Dios quiere ser tapada con la falsedad institucionalizada. El mal se ha instalado en el alma de muchos seres humanos que niegan a su Creador y que anhelan convencer a los creyentes de que esto debe ser así, dando lugar de este modo a un panorama  lleno de confusionismo y medias verdades. Y todo ello ha sucedido a pesar de las palabras de Jesús (Jn 12, 46-48):
"Yo vine como luz del mundo, para que todo el que crea en mí no quede en tinieblas / Y quien oyere mis palabras y no las guardare, yo no le juzgo, porque no vine para juzgar el mundo, sino para salvar el mundo / Quien me desecha y no recibe mis palabras, ya tiene quien le juzga. La palabra que hablé, esa le juzgará en el último día"

 
 
 
 
El Papa San Juan Pablo II, en distintas ocasiones se ha manifestado en contra de las  secta que tanto daño están haciendo incluso entre los que se llaman creyentes, ansiosos de modernidad, aburridos de lo que creen que es autoritarismo de la Iglesia católica ( <Cruzando el umbral de la esperanza>;  Editado por Vittorio Messori; Círculo de Lectores S.A. 1995):


“No está fuera de lugar alertar a aquellos cristianos que con entusiasmo se abren a ciertas propuestas provenientes de las tradiciones religiosas del Extremo Oriente en materia, de técnica y métodos de meditación y ascesis...

En algunos ambientes se han convertido en una especie de moda que se acepta más bien acrítica. Es necesario conocer primero el propio patrimonio  (P. e. Santo Tomás de Aquino) y reflexionar sobre si es justo arrinconarlo tranquilamente…"

 
 
                                                     
                                                         
Por su parte, el Papa Benedicto XVI al analizar el enfrentamiento del cristianismo con el gnosticismo aseguraba (<La unidad de las naciones>. Ediciones Cristiandad, S. A. Madrid 2011) :

La revolución cristiana, tiene un límite intrínseco y se diferencia de la revolución gnóstica, que es absoluta. Ha sido mérito de H. Jonas (1954), haber hecho comprensible que la esencia de la gnosis es una revolución radical.

 
 
Al ponerse de parte de la serpiente, de Caín, de Judas, de los grandes proscritos de la humanidad, expresaba su más verdadera intención: rechazar el Cosmos en su totalidad junto con Dios, al que desvela como un oscuro tirano y carcelero, y ve en Dios y las religiones el sello, la clausura definitiva de la prisión que es el Cosmos.


Su evangelio del <dios extranjero>, es la manera más radical de protesta contra todo lo que hasta entonces había aparecido como santo, bueno y justo, desenmascarado ahora como prisión, de la que la gnosis promete mostrar la vía de salida”

 Jesús dijo: ¡No tengáis miedo! Esta frase repercute en nuestra alma como una exhortación maravillosa que nos invita a confiar siempre en la suprema potestad de Cristo, dirige nuestro paso hacia Él, tomamos conciencia de que guía el destino de la historia de la humanidad con la fuerza del Espíritu Santo, comprendemos que no estamos abandonados ante las duras pruebas que nos esperan, y nos confirma en la fe. Dejemos que esta íntima convicción  impregne nuestra existencia: Dios llama a todos los hombres a que le sigan, les pide que se conviertan en cooperadores de su proyecto salvífico.

 
 
Sí, como Simón Pedro, también nosotros podemos proclamar algún día <Por tu palabra echaré la red>: ”Y su Palabra es la Verdad, es el Evangelio, mensaje perenne de salvación que, si se acoge y vive, transforma la existencia. El día de nuestro bautismo nos comunicaron esta <buena nueva>, que debemos profundizar personalmente y testimoniar con valentía>” (Juan Pablo II. Homilía del domingo 8 de febrero de 1998)


Por eso, deberíamos también tener siempre presentes estas otras palabras del Señor, recogidas en el Evangelio de San Juan (Jn 16, 7-11):

"Yo os digo la verdad: os cumple que yo me vaya, porque si no me fuere, el Paráclito no vendrá a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré / Él, cuando viniere, pondrá de manifiesto el error del mundo en relación con el pecado, con la justicia y respecto al juicio / Con el pecado, porque no creyeron en mí / con la justicia, porque retorno al Padre y ya no me veréis / y en cuanto al juicio, porque el Príncipe de este mundo ha sido juzgado"
 
 
 
En efecto, como leemos en el Evangelio del Apóstol San Juan, el Señor, antes de partir de este mundo, nos recordó varios temas, que nos parecen  de vital importancia, para que  confiemos en su suprema Potestad :

- El Espíritu Santo pondrá en evidencia el error del mundo al no creer en el Mesías;

- la falta de justicia del mundo, por no haber creído en el mensaje del Hijo del hombre en <el tiempo de su visitación>;

- Satanás, el Príncipe de este mundo, ha sido juzgado y todos los que le sigan ya tienen quién les juzgue.

Por otra parte, también dijo, no lo olvidemos: <No temas, desde ahora serán hombres los que pescarás>. Se lo dijo a Pedro, al discípulo que eligió como <Cabeza de su Iglesia>, pero por extensión también nos corresponde a todos los creyentes aplicarnos sus divinas palabras y dar a conocer su Evangelio por todos los confines del mundo… Por eso, no debemos acobardamos, ni caer en flaqueza humana; debemos por el contrario consolarnos en Él, y sobre todo cultivar el séptimo don del Espíritu Santo: el <Santo temor de Dios>.

El  <Santo temor de Dios> siempre se ha tenido por un tema  polémico, chocante si se quiere, con la insistente demanda de Jesús de que no tengamos miedo de su amistad, ni de acercarnos a Él con confianza. Sin embargo, no hay en este don del Espíritu Santo contradicción alguna con los deseos del Señor, todo lo contrario, son ideas complementarias y absolutamente necesarias tal como nos ha explicado el Papa Juan Pablo II (Cruzando el umbral de la esperanza. Ed. Círculo de lectores):

 
 
“La Sagrada Escritura contiene una exhortación insistente a ejercitarse en el  <temor de Dios>. Se trata de ese temor que es don del Espíritu Santo. Entre los siete dones del Espíritu Santo, señalados por las palabras de Isaías (Is 11, 12), el don del temor de Dios está en el último lugar, pero no quiere decir que sea el menos importante, pues precisamente <el temor de Dios> es principio de sabiduría, y la sabiduría, entre los dones del Espíritu Santo, figura en primer lugar. Por eso, al hombre de todos los tiempos y, en particular, al hombre contemporáneo, es necesario desearle el <temor de Dios>.

A través de la Sagrada Escritura sabemos también que tal temor, principio de sabiduría, no tiene nada en común con el <miedo del esclavo>. ¡Es temor filiar, no temor servil!
El esquema hegeliano (referencia a la teoría de G.W.F. Hegel, filósofo alemán que vivió entre los siglos XVIII y XIX) amo-esclavo, es extraño al Evangelio. Es más bien el esquema propio de un mundo en el que Dios está ausente.
En un mundo en el que Dios está verdaderamente presente, en el mundo de la sabiduría divina, solo puede estar presente el temor filial”

 
 
No obstante a pesar de esta clarísima explicación del Papa Juan Pablo II, algunos hombres  siguen diciendo ¿Cómo encajamos todo esto con la exhortación de Cristo de que no tengamos miedo de Él, ni de su mensaje? A los que el Papa Juan Pablo II respondía con estas palabras (Ibid):


La expresión auténtica y plena de tal temor, es Cristo mismo. Cristo quiere que tengamos miedo de todo lo que es ofensa a Dios, porque ha venido al mundo para liberar al hombre en la libertad.

El hombre es libre mediante el amor, porque el amor es fuente de predilección para todo lo que es bueno. Ese amor, según las palabras de San Juan, expulsa todo temor (I Jn 4, 18).

Todo rastro de temor servil ante el severo poder Omnipotente y Omnipresente desaparece y deja sitio a la solicitud filial, para que en el mundo se haga Su voluntad, es decir, el bien, que tiene en Él su principio y su definitivo cumplimiento”


Sabias y bellas explicaciones de este Papa santo, pero desgraciadamente y a pesar de ellas, tenemos que reconocer, que en un mundo como éste, la gente no se suele plantear estas cuestiones con mucha frecuencia, ni siquiera con cierta frecuencia. La existencia de Dios está puesta, por así decir, en <tela de juicio>; muchos hombres ya no quieren creer en nada que no sea demostrable mediante el empirismo, esto es, mediante la experimentación, más o menos científica, sobre  hechos planteados por el propio ser humano. Cualquier análisis de una cuestión que se salga o rebase estos límites, queda automáticamente en entredicho...

 
 
 
 
Es el resultado del pecado de la soberbia, aquél que llevó a algunos ángeles a querer ser como Dios, como su Creador, a los que el Señor condenó para siempre, y que luego envidiosos de los hombres quieren conquistarlos para que formen parte de sus huestes infernales…y por desgracia muchas veces lo consiguen…


Recordemos, pues,  de nuevo, las prudentes palabras de Juan Pablo II (Ibid):
“Para liberar al hombre, de los poderes terrenos, de los sistemas opresivos, para libertarlos de todo síntoma de miedo servil, ante esa fuerza predominante  que el creyente llama Dios, es necesario desearle de todo corazón, que lleve y cultive en su propio corazón, el verdadero <temor de Dios>, que es principio de la  sabiduría. Ese <temor de Dios> es la fuerza del Evangelio. Es temor creador, nunca destructivo. Genera hombres santos, es decir, verdaderos cristianos, a quienes pertenece en definitiva el futuro del mundo"

Verdaderamente el Papa Juan Pablo II aún sigue, después de muerto, siendo un gran pescador de hombres, sus palabras así nos lo muestran. El corazón se llena de alegría y desecha todo temor al leer sus catequesis y asumirlas como propias.

No cabe duda, como él nos decía, el séptimo don del Espíritu Santo, el <temor de Dios>, es la fuerza impulsora que debe mover a los llamados a realizar en este nuevo siglo la excelsa tarea de la <nueva evangelización>, y decimos que es excelsa no solo porque es notable y excelente, sino porque se ha hecho imprescindible en los tiempos de perplejidad y turbación que vivimos.

 
 
 
 
A este respecto, no debemos olvidar que el Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda  que el <Sacramento de la Confirmación>, aumenta en el hombre los dones del Espíritu Santo (Sabiduría, Entendimiento, Consejo, Fortaleza, Ciencia, Piedad y Temor de Dios); <además concede una fuerza especial a los que lo reciben para difundir y defender la fe mediante la palabra y las obras, como verdaderos testigos de Cristo,  para confesar valientemente su nombre, para no sentir vergüenza de la Cruz y sobre todo los introduce más profundamente en la filiación divina, uniéndolos más firmemente a Cristo.


En definitiva, con la administración de éste y todos los demás Sacramentos, el hombre se encuentra mejor preparado para escuchar la palabra de Dios y para dar a conocer el mensaje de Jesús.
Ahora bien, es necesario también, que en las sociedades exista con anterioridad <un terreno cultivado bien abonado>, tal como advertía el Papa Benedicto XVI en su mensaje para la <Jornada de oración> por las vocaciones sacerdotales y religiosas del año 2007:
“Para que la Iglesia pueda continuar y desarrollar la misión que Cristo le confió, y no falten los evangelizadores que el mundo tanto necesita, es preciso que nunca deje de haber en las comunidades cristianas una constante educación en la fe de los niños y de los adultos; es necesario mantener vivo en los fieles un sentido activo de responsabilidad misional y una participación solidaria con los pueblos de toda la tierra.

 
 
 
El don de la fe llama a todos los cristianos a cooperar en la evangelización. Esta toma de conciencia se alimenta por medio de la predicación y la catequesis, la liturgia y una constante formación en la oración”


Ciertamente la Iglesia, mediante el Decreto <Ad Gentes> del Concilio Vaticano II, ha sido enviada por Dios a las gentes para ser <el Sacramento universal de salvación>; los Apóstoles, siguiendo el ejemplo de Cristo, <predicaron la palabra de la verdad y engendraron las Iglesias>, es por esto, que sus sucesores a lo largo de los siglos, han tenido y tienen la obligación de perpetuar el Mensaje de Jesucristo, para que <la palabra de Dios sea difundida y glorificada, en todo el mundo>.

Más concretamente, como se nos enseña también en del  Concilio Vaticano II anteriormente aludido,  la misión evangelizadora de la Iglesia abarca aquel tiempo que va desde la primera venida del Mesías hasta su segunda venida, en la Parusía, esto es, al final de los tiempos.

Y esto es así porque la actividad misional o evangelizadora:

<No es ni más ni menos que la manifestación de la epifanía del designio de Dios y su cumplimiento en el mundo y en su historia, en la que Dios realiza abiertamente, por la misión, la historia de la salud>

 
 
<Por la palabra de la predicación y por la celebración de los Sacramentos, cuyo centro y cumbre es la Sagrada Eucaristía, la actividad misionera hace presente a Cristo autor de la salvación> (Capitulo primero. Principios doctrinales. Decreto < Ad Gentes>, Vaticano II)

Precisamente teniendo en cuenta, todos estos aspectos de la evangelización, el Papa Benedicto XVI, decidió convocar un <Año de la fe>, el cual comenzaría, como así fue, el 11 de octubre del año 2012, conmemoración del cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II, para terminar el año 2013; pero ausente ya de la Silla Papal, el Pontífice convocante del mismo, como recordamos con tristeza todos los cristianos del orbe.

Y es que la Iglesia nunca se para ante acontecimientos inesperados de la historia y sigue caminando, tal como pudimos comprobar por las palabras del Papa Benedicto XVI, durante la conmemoración del XIX centenario del martirio de los Apóstoles Pedro y Pablo:
 
 
 
No es la primera vez que la Iglesia está llamada a celebrar un <Año de la fe>. Mi venerado Predecesor, el Siervo de Dios Pablo VI, proclamó uno parecido en 1967, para conmemorar el martirio de los Apóstoles Pedro y Pablo en el décimo noveno centenario de su supremo testimonio.


Lo concibió como un momento solemne para que en toda la Iglesia se diese <una auténtica y sincera profesión de la misma fe>, libre y consciente, interior y exterior, humilde y franca> : Pensaba que de esa manera toda la Iglesia podría adquirir una <exacta conciencia de su fe, para reanimarla, para purificarla, para confirmarla, para confesarla>…
En ciertos aspecto, mi venerable Predecesor vio este Año como una <consecuencia y exigencia postconciliar>, consciente de las graves dificultades  del tiempo, sobre todo respecto a la profesión de la fe verdadera y a su recta interpretación”


Con este preámbulo el Papa Benedicto XVI nos sitúa ante cuales son algunas de las razones que a él le llevaron a proclamar un segundo <Año de fe>, puesto que como todos los fieles de la Iglesia católica, en particular, y los de otras comunidades cristianas, saben, la crisis de fe por la que está pasando la humanidad, es preocupante y abrumadora, y tal como el Papa Benedicto aseguraba en esta misma carta (Ibid):

“La renovación de la Iglesia pasa a través del testimonio ofrecido por la vida de los creyentes: con su misma existencia en el mundo, los cristianos están llamados efectivamente a hacer resplandecer la Palabra de la verdad que el Señor Jesús nos dejó.

Precisamente el Concilio, en la Constitución dogmática <Lumen gentium>, afirmaba: <Mientras que Cristo, santo, inocente, sin mancha> (Hb 2, 17), no conoció pecado (II Co 5, 21), sino que vino solamente a, expiar, los pecados del pueblo (Hb 2, 17), la Iglesia, abrazando en su seno a los pecadores, es a la vez santa y siempre necesitada de purificación, y busca sin cesar la conversión y la renovación.

 
 
La Iglesia continúa su peregrinación <en medio de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios>, anunciando la Cruz y la muerte del Señor hasta que vuelva (I Co 11, 26). Se siente fortalecida con la fuerza del Señor resucitado para poder superar con paciencia y amor todos los sufrimientos y dificultades, tanto interiores como exteriores, y revelar al mundo el misterio de Cristo, aunque bajo sombras, sin embargo, con fidelidad hasta que al final se manifieste a plena luz (Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. <Lumen gentium>)”

Por su parte, el Papa Francisco, en su primera Audiencia general, al recoger el testigo de su venerado Predecesor, aseguró que retomaría la Catequesis sobre la Resurrección de Cristo del <Año de la fe>, propuesta por Benedicto XVI, y efectivamente así lo hizo, como podemos comprobar por algunas de sus palabras:

“La Resurrección de Jesús es el centro del mensaje cristiano, que resuena desde los comienzos y se ha transmitido para que llegue hasta nosotros. San Pablo escribe a los cristianos de Corinto: Yo os trasmití en primer lugar, lo que yo también recibí que <Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; y que fue sepultado al tercer día; y que se apareció a Cefas y más tarde a los doce>.

 
 
Esta breve confesión de fe anuncia precisamente el misterio Pascual; con las primeras apariciones del Resucitado a Pedro y a los Doce: la Muerte y la Resurrección de Jesús son precisamente el corazón de nuestra esperanza”

Recordemos que Jesús, después de su muerte, siguió pidiendo a los hombres que no tuviéramos miedo de enfrentarnos al gran misterio de su Resurrección, nos lo dijo a través  de María Magdalena  y las otras Marías que se habían acercado al sepulcro del Señor, encontrando allí a un ángel que les hizo saber que había resucitado, y más tarde, el mismo Jesús les salió al encuentro para ratificarlo con estas palabras (Mt 28, 9-10):

- ¡Alegraros! Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante Él

-Entonces les dijo Jesús: No temáis: Id, anunciad a mis hermanos que se vayan a Galilea, y allí me verán.

Refiriéndose a este pasaje del Evangelio de San Mateo, Benedicto XVI en su libro <Jesús de Nazaret (2ª Parte) asegura que:

“Así como bajo la Cruz se encontraban únicamente mujeres <con la excepción del Apóstol San Juan>, así también el primer encuentro con el Resucitado estaba destinado a ellas. La Iglesia, en su estructura jurídica, está fundada en Pedro y los Once, pero en la forma concreta de la vida eclesial son siempre las mujeres las que abren la puerta al Señor, lo acompañan hasta el pie de la Cruz, y así lo pueden encontrar también primero como Resucitado…”

 




Es por esto que la Iglesia no puede dejar de comprender  y apreciar, la participación crucial de las mujeres en la misión de la evangelización

(Benedicto XVI. <Cuando Dios llama> Ed. Rialp; S.A. 2010):

“Nunca se ponderará suficientemente, lo mucho que la Iglesia reconoce, aprecia y valora la participación de las mujeres en su misión de servicio a la difusión del Evangelio”


Por otra parte, la confesión más exigente sobre los testimonios dados del misterio de la Resurrección de Jesús, se encuentra en la primera carta de San Pablo a los corintios, con objeto de rebatir la negación de la <la resurrección de los muertos> por parte de algunos miembros de aquella comunidad (I Co 15, 1-8):

 
 
"Os recuerdo hermanos, el Evangelio que os prediqué y que habéis recibido, en el perseveráis / y por el que sois salvos, si lo guardáis tal como yo os lo anuncié, a no ser que hayáis creído en vano / Os transmití, pues, en primer lugar, lo que yo mismo recibí, a saber: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras / que fue sepultado, que resucitó al tercer día, según las Escrituras / que se apareció a Pedro y luego a los Doce / después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales vive todavía, otros han muerto; después se apareció a Santiago, más tarde a todos los Apóstoles / por último, como un aborto, se me apareció también a mí"

Con su última y humilde expresión, el Apóstol San Pablo, quiere dar a entender, metafóricamente, lo inaudito e inesperado de su encuentro con el Señor, en el camino de Damasco, cuando perseguía a los cristiano para llevarlos ante los tribunales de justicia de la época. Por eso sigue diciendo en esta misma carta (I Co 15, 9-11):

"Porque yo soy el menor de los Apóstoles y no soy digno de llamarme Apóstol porque he perseguido a la Iglesia de Dios / Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia para conmigo no se ha frustrado en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo / Pues bien, tanto yo  como ellos predicamos así, y así lo creísteis vosotros"  

El Evangelio, del que aquí habla San Pablo, es el que hemos recibido los cristianos de todos los tiempos y de todos los lugares del mundo, hasta la fecha. Aquel en el que debemos perseverar para alcanzar la salvación; aquel, como asegura el Papa Francisco que es el <corazón de nuestra esperanza>.

Y como también asegura el Papa Benedicto XVI comentando algunos de los versículos de esta Carta, que han quedado señalados para la historia de la Iglesia como <el Credo de San Pablo> (Jesús de Nazaret 2ª parte 2011):
“Los Doce siguen siendo la piedra fundamental de la Iglesia, a la cual siempre se remite. Por otra parte se subraya el encargo especial de Pedro, que le fue confiado primero en Cesárea de Filipo (Lc 5, 11), y confirmado después  en el Cenáculo (Lc 22, 32). Un cargo que lo ha introducido, por decirlo así, en la estructura eucarística de la Iglesia.


Ahora ,después de la Resurrección, el Señor se manifiesta a él, antes que a los Doce, y con ello se renueva una vez más la misión única.

Si, el ser de los cristianos significa esencialmente la fe en el Resucitado, el papel particular del testimonio de Pedro es una confirmación del cometido que se le ha confiado de ser la roca sobre la que se construye la Iglesia”

Finalmente, recordemos una vez más que Jesucristo después de su Resurrección pronunció, de nuevo, la excelsa frase ¡No tengáis miedo! que desde el principio estamos evocando, como misiva inapelable del Señor, para todos los cristianos y también ¿por qué no? para todos aquellos hombres de buena voluntad que buscan la autentica Verdad…

En cambio estas palabras de Jesús no pueden estar dirigidas a su Madre, la Virgen María, y esto es así <porque fuerte en su fe, Ella no tuvo miedo>, como nos recordaba el Papa San Juan Pablo II. El modo en que María participa en la victoria de Cristo es según este  Pontífice la que él mismo escuchó en boca del cardenal August Hlond, el cual al morir dijo: <La victoria, si llega, llegará por medio de María>. El Papa  recordaba en su libro <Cruzando el umbral de la esperanza>, que <durante su ministerio pastoral en Polonia, fue testigo del modo en que aquellas palabras se iban realizando>:
“Mientras entraba en los problemas de la Iglesia universal, al ser elegido Papa, llevaba en mí, una convicción semejante: que también en esta dimensión universal, si llegaba la victoria, sería alcanzada por María.

Cristo vencerá por medio de Ella, porque El quiere que las victorias de la Iglesia en el mundo contemporáneo y en el mundo futuro estén unidas a Ella”