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martes, 1 de julio de 2014

JESÚS ANUNCIÓ AL PARÁCLITO



 
 



Jesús anunció al Paráclito cuando ya se acercaba la hora de su Pasión, Muerte y Resurrección  (Jn 16, 5-11):
-Ahora me voy al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: ¿Adónde vas?

-Sino que, por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón.

-Sin embargo, os digo la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré.

-Y, cuando venga Él, acusará al mundo de  pecado, de justicia y de juicio.

-De pecado, porque no creen en mí;

-de justicia, porque me voy al Padre, y no me veréis;

-de juicio, porque el príncipe de este mundo ya está juzgado


Según las palabras de Cristo, la venida del Paráclito, es decir, del Espíritu Santo, estaba condicionada a su vuelta al Padre, pues como nos indica el Papa León XIII, en su Carta Encíclica “Divinum illud Munus”, dada en Roma en el año 1897:

 
 


“Aquella divina misión, recibida del Padre en beneficio del género humano, que tan santamente desempeñó Jesucristo, tiene como último fin hacer que los hombres lleguen a participar de una vida bienaventurada en la gloria eterna; y como fin inmediato, que durante la vida mortal vivan de la gracia divina, que al final se abre florida en la vida celestial…

Más, según sus altísimos decretos, no quiere Él completar por sí solo incesantemente en la tierra dicha misión, sino que, como Él mismo la había recibido del Padre, así la entregó al Paráclito para que la llevase a perfecto término. Place, en efecto, recordar las consoladoras frases que Cristo, poco antes de abandonar el mundo, pronunció ante sus apóstoles…”


Fueron muchas las frases consoladoras de Jesús a  sus apóstoles antes de dirigirse de nuevo al Padre, pero quizás entre las más significativas podríamos citar la anterior a  su <oración sacerdotal>, según el apóstol san Juan (Jn 1, 32-33):



-Mirad que ha llegado la hora, y ya llegó, en que os dispersaréis cada uno por su lado, y me dejaréis solo, aunque no estoy solo porque el Padre está conmigo.

-Os he dicho esto para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis sufrimientos, pero confiad: yo he vencido al mundo.

Jesucristo anunció la llegada del Paráclito, en otras ocasiones, a lo largo de su vida pública, pero además, precisó su llegada y les pidió a sus discípulos que le esperarán, todos juntos, después de su Pasión, Muerte y Resurrección; solamente de esta forma estarían preparados, para realizar la labor evangelizadora que les había encomendado, con total garantía de fidelidad a  Dios y productividad entre  los hombres de buena voluntad.

Tal como sigue diciendo el Papa León XIII, en la Carta Encíclica anteriormente mencionada, la razón principal de la separación de Jesús de sus discípulos y de su vuelta al Padre, era el provecho que éstos habían de recibir del Espíritu Santo, al mismo tiempo que con ello mostraba, que Él mismo había sido enviado por el Padre y por tanto el Paráclito procedía tanto, de Él, como del Padre ; y como Abogado, Consolador y Maestro, Éste concluiría la obra por Cristo comenzada durante su vida mortal.



Un aspecto muy interesante, que no deberíamos olvidar al hablar del Espíritu Santo, es que Jesús además de anunciar su llegada y precisarla, también nos advirtió del gravísimo pecado, que supondría, el negar la autoridad de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, esto es, <el pecado eterno>. 

En el Evangelio de San Mateo  leemos lo que significa la blasfemia contra el Espíritu Santo, por revelación de Jesucristo (Mt 12, 31-32):

-Por eso os digo: todo otro pecado se perdonará a los hombres; más la blasfemia contra el Paráclito no será perdonada.

-Y quién dijere palabras contra el Hijo del hombre, se le perdonará; más quién la dijere contra el Paráclito no se le perdonará, ni en este mundo ni en el venidero.


De igual forma,  en el Evangelio de San Marcos podemos leer (Mc 3, 28-30):

-En verdad os digo que se les perdonará a los hijos de los hombres todos los pecados y las blasfemias, cuando quiera que blasfemaren;

-pero quién blasfemaré contra el Espíritu Santo, no tiene perdón eternamente, sino que será reo de pecado eterno.


Estas palabras de Cristo se producen en un momento de enfrentamiento a Satanás, cuando habiendo curado a un poseso, los fariseos decían que había expulsado los demonios con el poder de Belcebú. Pero el Señor les hacer ver que esto es imposible, y les advierte, con razón, del terrible pecado que significa, atribuir al maligno las obras realizadas por Dios, a través del Espíritu Santo.

 
 



Todo aquel, por tanto, que rechaza conscientemente la autoridad del Paráclito, de forma implícita, se niega al arrepentimiento, y al no existir éste, el pecado no puede ser perdonado.
La persona que peca contra el Espíritu Santo, se está cerrando a la llamada de Dios, hundiéndose irremisiblemente, en las tinieblas del infierno, sin embargo la sociedad actual: ante la clase de laicismo existente, que establece una radical separación entre el orden temporal y espiritual, el secularismo, que equivale a una profunda crisis de fe, el relativismo, que defiende la existencia de muchas <verdades> o formas de entender algunos aspectos de la vida del hombre, siendo estos de hecho incompatibles, y en general, ante  la ya muy extendida  increencia en Dios, considera este razonamiento fuera de lugar.

No obstante, la verdad es que éstas fueron las palabras de Cristo, y por tanto, aquellos que creemos en su Mensaje, deberíamos reflexionar más sobre ellas. Por otra parte, ya en la antigüedad, los profetas del pueblo de Israel, anunciaron la futura llegada del Espíritu Santo y así por ejemplo, en el siglo VI antes de Cristo, en las profecías de la Restauración del profeta Ezequiel, leemos la siguiente proclamación del Señor (Ez 36, 25-27):

-Y rociaré sobre vosotros agua pura, y os purificaréis de todas vuestras inmundicias, y de todos vuestros ídolos os limpiaré;

-y os daré un corazón nuevo, y un espíritu renovado infundiré en vuestro interior, y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne

-E infundiré mi espíritu en vuestro interior y haré que caminéis en mis preceptos y practiquéis mis dictámenes.

Este oráculo de Ezequiel, se refiere a la futura santificación del pueblo de Israel, pero por extensión, también puede aludir al resto de la humanidad a lo largo de los tiempos, y abre un horizonte de esperanza para la salvación de la misma.



Precisamente el Papa san Juan Pablo II, dedicó una de sus catequesis de los miércoles, en Roma, a analizar la Tercera Persona del misterio Trinitario, en el Antiguo Testamento. En dicha catequesis, entre otras muchas cosas interesantes nos recordó que (Roma, mayo, 1998):

“Durante el destierro en Babilonia, y también después, toda la historia de Israel se presenta como un largo diálogo entre Dios y el pueblo elegido, <por su espíritu, por ministerio de los antiguos profetas>.
El profeta Ezequiel explicita el vinculo entre el espíritu y la profecía, por ejemplo cuando dice:<El Espíritu de Yahveh irrumpió en mí y me dijo>:<Di, así dice Yahveh> (Ez 11,5)…
Pero la perspectiva profética indica sobre todo el futuro, el tiempo privilegiado en el que se cumplirá las promesas por obra del <ruah> divino (Jn 36, 25-27)”

En el año 1990, el Papa Juan Pablo II, ya había comentado los textos de los profetas, que hacían mención al Paráclito y a la necesidad de su presencia junto, aquellos hombres que deseen hablar en nombre de Dios, es decir, aquellos evangelizadores de su palabra que anhelen no errar en su propósito:



“Hombre de la palabra, el profeta debe ser también <hombre del espíritu>, como lo llama Oseas: debe tener en sí el espíritu de Dios, y no solo su propio espíritu, debe hablar en nombre de Dios”


Este concepto está desarrollado, sobre todo, por Ezequiel, que deja traslucir la toma de conciencia que ya se ha producido con respecto a la misión profética. Hablar en nombre de Dios requiere, en el profeta, la presencia del espíritu de Dios…

Ezequiel es consciente de que está animado personalmente por el espíritu: <Me invadió el espíritu mientras me hablaba y me puso en pie>. El espíritu entra en el interior de la persona del profeta. Lo obliga a ponerse en pie: lo convierte en un testigo de la palabra divina. Lo alza y le obliga a ponerse a actuar: < Entonces el espíritu me levantó y me arrebató…>.
Ezequiel, por otra parte, no deja  de precisar que está hablando del <Espíritu del Señor> (Ezequiel 2,2; 3,12-14; 11,5).

Por su parte con anterioridad, el profeta Isaías, hacia el año VIII antes de Cristo, después de una visión, en la que Yahveh le confiaba la delicada misión, de llevar al pueblo de Judá por el camino correcto de la salvación, hizo una serie de vaticinios, entre los que destacan aquellos que tienen que ver con la llegada del Mesías.

Por eso, el Papa Juan Pablo II, en la catequesis anteriormente mencionada, sigue razonando:

“Isaías anuncia el nacimiento de un descendiente sobre el que <reposará el espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y de temor de Yahveh (Is 11, 2-3). Este texto, como escribí en mi encíclica <Dominum et vivificantem>, es importante para toda la pneumatología del Antiguo Testamento, porque constituye como un puente entre el antiguo concepto bíblico de espíritu entendido ante todo como aliento carismático, y el Espíritu como persona y como don…”


El descenso del Paráclito sobre Jesús, durante su Bautismo en Galilea, fue según nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica, el signo de que Él era el que debía de venir, el Mesías, el Hijo del hombre (Mt 3,13-17); (Jn 1, 33-34).

Habiendo sido concebido por obra del Espíritu Santo, toda su vida, y toda su misión se realizaron en comunión total con Él.
Y como se dice en el último testimonio de san Juan Bautista  sobre Cristo recogido en el evangelio del apóstol san Juan (Jn 3, 30-36):

-El viene de lo alto, está por encima de todos. El que es de la tierra, tierra es de la tierra.

-El viene del cielo está por encima de todos

-De lo que ha visto y ha oído da testimonio, y nadie acepta su testimonio

-El que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz.

-Porque aquel a quien Dios envió habla las palabras de Dios, porque no con medida da el Espíritu.  

-El Padre ama al Hijo, y todas las cosas ha entregado en sus manos.

-Quien cree en el Hijo posee la vida eterna; más el que niega su fe al Hijo no gozará la vida, sino que la ira de Dios posa sobre él.


Según el Pontífice, san Juan Pablo II, la revelación del Espíritu Santo, como Persona distinta del Padre y del Hijo, vislumbrada en el Antiguo Testamento, se hace clara y explícita en el Nuevo (Catequesis de Juan Pablo II; miércoles 20 de mayo de 1998). El Papa nos remite, con el propósito de confirmar esta idea a la lectura del Evangelio de San Lucas, el cual según su magisterio, toca el tema con más frecuencia, que los restantes evangelistas sinópticos.



Así por ejemplo, San Lucas muestra desde un principio que Jesús es el único que posee en plenitud el Espíritu Santo  y es concebido por su obra (Lc 1,35), y así mismo, cuando narra la presentación y actividad de Juan el Bautista podemos leer en su Evangelio las siguientes palabras en boca del último profeta (Lc 3, 16): <Yo os bautizo  con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, a quien no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego>.

Por otra parte, San Lucas también nos narra en su Evangelio, que al ser bautizado Jesús, se produjo una Teofanía, porque una paloma bajada del cielo, esto es, una forma corporal del  Espíritu Santo se posó sobre Él y vino una voz  del cielo: <Tú eres mi Hijo, el amado; en ti me complazco> (Lc 3, 22).

Todavía el evangelista San Lucas, insistiendo sobre este tema, subraya que Jesús no sólo va a enfrentarse a las pruebas del desierto, antes de emprender su misión <llevado por el Espíritu Santo>, sino que va <lleno del Espíritu Santo> (Lc 4,1), obteniendo la victoria sobre Satanás y alcanzando la <fuerza del Espíritu Santo> (Lc 4,14).

Con mayor claridad si cabe, San Lucas menciona la relación de Jesús con el Paráclito, en su Evangelio,  en aquel pasaje de la vida de Cristo en el que, Él mismo, asegura estar lleno del Espíritu Santo, aplicando a su persona las profecías de Isaías (Lc 4, 18-21):

-Y fue a Nazaret, donde se había criado, y entró, según su costumbre, el día de sábado en la sinagoga, y se levantó a leer.
-Y le fue entregado el libro del profeta Isaías, y abriéndolo, el libro, habló el lugar en el que está escrito:
-El Espíritu del Señor sobre mí, por cuanto me ungió; para evangelizar a los pobres me ha enviado, para pregonar a los cautivos remisión, y a los ciegos vista; para enviar con libertad a los oprimidos,
-para proponer un año de gracia del Señor.



Así es, Jesús no sólo fue concebido por obra del Paráclito, sino que también fue santificada su alma, mediante la llamada <unción> (Catecismo de la Iglesia católica 1ª Parte. La profesión de la fe, nº 691):
“Jesús es Cristo, <ungido>, porque el Espíritu Santo es su Unción y todo lo que le sucede a partir de la Encarnación mana de esta plenitud…
La noción de unción sugiere que no hay ninguna distancia entre el Hijo y el Espíritu. En efecto, de la misma manera que entre la superficie del cuerpo y la unción del aceite ni la razón ni los sentidos conocen ningún intermediario, así es inmediato el contacto del Hijo con el Espíritu… de tal modo que quien va a tener contacto con el Hijo por la fe tiene que tener antes contacto necesariamente con el óleo. En efecto no hay parte alguna que esté desnuda del Espíritu Santo. Por eso es por lo que la confesión del Señorío del Hijo se hace en el Espíritu Santo por aquellos que la aceptan, viniendo el Espíritu desde todas partes delante de los que se acercan por la fe (San Gregorio Niceno, Epir. 3,1)”  



Como advierte el Papa León XIII, en su Carta Encíclica <Divinum illud Munus> (dada en Roma en el año 1897):

“Entre todas las obras de Dios <ad extra> , la más grande es, sin duda, el misterio de la Encarnación del Verbo; en él brilla de tal modo la luz de los divinos atributos, que ni es posible pensar nada superior ni puede haber nada más saludable para nosotros.
Este gran prodigio, aún cuando se ha realizado por toda la Trinidad, sin embargo se atribuye como <propio> al Espíritu Santo, y así dice el Evangelio que la concepción de Jesús en el seno de la Virgen fue obra del Espíritu Santo, y con razón, porque el Espíritu Santo es la caridad del Padre y del Hijo, y este gran misterio de la bondad divina, que es la Encarnación, fue debido al inmenso amor de Dios al hombre, como advierte San Juan: <Tanto amó Dios al mundo, que le dio a su Hijo Unigénito>”


Tengamos en cuenta ahora lo que  Isaías el profeta cristológico por excelencia decía sobre la avenida del Mesías. Pero antes recordemos una vez más, que este profeta inició su ministerio  en Jerusalén, hacía el año 730 antes de Cristo, realizando una serie de vaticinios, de los cuales los más extensos de todos, se dividen en dos partes, que se suelen denominar: <amenazas> y <consolaciones>. Por su parte, el libro de las <amenazas> contiene tres series de oráculos, siendo el primero el dirigido al pueblo de Judá y a la ciudad emblemática de Jerusalén.

Más concretamente en el apartado, titulado <Reino universal y pacífico del Mesías>, aparecen los versículos siguientes, referidos al origen y nacimiento de Jesús (11, 2-5):

-Ahora bien, saldrá un brote del tocón de Jesé; y un vástago de sus raíces brotará,

-y reposará sobre él el Espíritu de Yahveh, espíritu de conocimiento e inteligencia, espíritu de consejo y de fuerza, espíritu de conocimiento y de temor de Yahveh.

-Y hará reposar en él  el temor de Yahveh; no juzgará por lo que vean sus ojos; ni fallará por lo que oigan sus oídos,



-sino que juzgará con justicia a los pobres y fallará con rectitud para los humildes de la tierra; ahora bien, golpeará al tirano con la vara de su boca y con el soplo de sus labios matará al impío.

-Y será la justicia ceñidor de sus lomos y la verdad cinturón de sus caderas

 Recordemos también de nuevo, las palabras del  Papa León XIII en la bibliografía ya mencionada, refiriéndose a la concepción de Cristo por obra del Espíritu Santo (Ibid):

“Por obra del Paráclito tuvo lugar no solamente la concepción de Cristo, sino también la santificación de su alma, llamada la unción en los Sagrados Libros, y así es como toda acción suya se realiza bajo el influjo del mismo Espíritu, que también cooperó de modo especial a su sacrificio, según la frase de San Pablo: <Cristo, por medio del Espíritu Santo, se ofreció como hostia inocente a Dios>.  

 


Después de todo esto, ya no extrañará que todos los carismas del Espíritu Santo inunden el alma de Cristo. Puesto que en Él hubo una abundancia de gracia singularmente plena, en el modo más grande y con la mayor eficacia que tenerse puede; en Él, todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia, las gracias <gratis datas>, las virtudes, y plenamente todos los dones, ya anunciados en las profecías de Isaías”


Según nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica (2ª Parte. La celebración del misterio cristiano), la plenitud del Paráclito no debería permanecer únicamente en el Mesías, sino que debería ser comunicada a todo el pueblo mesiánico.

En efecto, Jesús prometió esta efusión del Espíritu Santo en varias ocasiones a lo largo de su ministerio. Una de las ocasiones más relevantes en que sucedió esto, fue aquella en la que intervino un fariseo, insigne maestro de la Ley, llamado Nicodemo (miembro del Sanedrín).



El dialogo que tuvo lugar entre este hombre honrado, de recto comportamiento frente a Jesús, fue narrado por el Apóstol San Juan en su Evangelio. Conoció Nicodemo, sin duda, los milagros y las enseñanzas de Jesús, quedando muy impresionado, aunque todavía lleno de dudas y deseoso de hablar con el Señor para manifestarle sus vacilaciones, por eso le visitó llegada la noche, seguramente para evitar las críticas de sus amigos y compañeros fariseos, con objeto de interrogarle sobre algunos dilemas que se le habían presentado a raíz de las predicaciones del Maestro, realizándole las siguientes preguntas: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo?¿Acaso puede entrar otra vez en el seno de su madre y nacer?.

Evidentemente este maestro de la ley de Israel no había entendido la simbología utilizada por Jesús, por eso, Él le contestó lleno de sabiduría y de la gracia del Espíritu Santo (Jn 3, 5-8):

-En verdad, en verdad te digo, quien no naciere de agua y Espíritu no puede entrar en el reino de Dios

-Lo que nace de la carne, carne es; y lo que nace del Espíritu, espíritu es

-No te maravilles de que te haya dicho: Es necesario que nazcáis de nuevo

-El aire sopla donde quiere, y oyes su voz, y no sabes de donde viene ni donde va: así es todo el que ha nacido del Espíritu.

No quedó, no obstante, muy convencido Nicodemo con estas palabras del Maestro y por eso le interrogó una vez más en estos términos (Jn 3, 9): ¿Cómo puede ser eso? La respuesta de Jesús es cortante y esclarecedora (Jn 3, 10-21):

-¿Tú eres el maestro de  Israel, y esto no sabes?

-En verdad, en verdad te digo que lo que sabemos, esto hablamos; y lo que hemos visto, esto testificamos; y nuestro testimonio no lo aceptáis.

-Si cuando os he dicho cosas terrenas no me creéis, ¿cómo me vais a creer si os dijere cosas celestiales?

-Y nadie ha subido al cielo, sino el que ha bajado del cielo, el Hijo del hombre, que está en el cielo

 


-Y como Moisés puso en alto la serpiente en el desierto, así es necesario que sea  puesto en alto el Hijo del hombre,

-para que todo el que crea en Él alcance la vida eterna

-Porque así amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo Unigénito, a fin de que todo el que crea en Él no perezca, sino que alcance la vida eterna

-Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por Él.
-Quién cree en Él, no es juzgado; quién no cree, ya está juzgado. Porque no creyó en el nombre del Unigénito Hijo de Dios.

-Este es el juicio: que la luz ha venido al mundo, y amaron los hombres más las tinieblas que la luz, porque eran malas sus obras.

-Porque todo el que obra el mal, aborrece la luz, y no viene a la luz, para que no sean puestas en descubierto sus obras;



-pero el que obra la verdad, viene a la luz, para que se manifiesten sus obras como hechas en Dios


Ciertamente la salvación de los hombres vino a través del sacrificio salvador de Jesucristo por la acción del Paráclito; en este pasaje del Evangelio de San Juan,  se manifiesta  claramente que solo Cristo crucificado podía librar a los hombres de la muerte eterna. Esta revelación hecha por Jesús a Nicodemo, fue comentada por el Papa San Juan Pablo II  en una Homilía  durante su visita a la parroquia romana de Santa Cruz de Jerusalén (Domingo 25 de marzo de 1979):

“Vengo aquí para adorar en espíritu, junto con vosotros, el misterio de la cruz del Señor. Hacia este misterio nos orienta el coloquio de Cristo con Nicodemo…Jesús tiene ante sí a un escriba, un perito de la Escritura, un miembro del Sanedrín y, al mismo tiempo, un hombre de buena voluntad. Por eso decide encaminarlo al misterio de la Cruz…
Y he aquí que Cristo explica hasta el fondo a su interlocutor, estupefacto, pero al mismo tiempo dispuesto a escuchar y a continuar el coloquio, el significado de la Cruz: <<tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna>> (Jn 3, 16).
La Cruz es una nueva revelación de Dios. Es la revelación definitiva. En el camino del pensamiento humano dirigido hacia Dios, en el camino de la comprensión de Dios se cumple un vuelco radical. Nicodemo, hombre noble y honesto y, al mismo tiempo, discípulo y conocedor del Antiguo Testamento, debió  sentir una sacudida interior. Para todo Israel Dios era, ante todo, Majestad y Justicia. Era considerado como un Juez que recompensa o castiga. El Dios de quien habla Jesús, es Dios que envía a su propio Hijo no <<para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él>>. Es el Dios del amor, el Padre que no retrocede ante el sacrificio del Hijo para salvar al hombre”.



Nada se dice en los Evangelios de si este insigne fariseo acabó convencido con el magisterio de Jesús, sin embargo si sabemos que le amó desde aquel momento, demostrándolo después cuando  fue a buscar su cadáver y quiso perfumarlo y  envolverlo en un lienzo  costoso  para que descansara en un sepulcro nuevo (Jn 19, 39-42).

En otra ocasión, al realizar Jesús su tercer viaje a Jerusalén, durante la celebración de la fiesta de los Tabernáculos, la cual duraba ocho días, y en la que los judíos habitaban en chozas de ramaje, para recordar cómo habían vivido sus padres, bajo tiendas, por espacio de cuarenta años en el desierto,  el día de la fiesta  más relevante, llegó hasta el lugar y daba grandes voces diciendo (Jn 7, 37-39):

-Quien tenga sed, venga a mí y beba

-Quien cree en mí, como dijo la Escritura (Is 44,3; 55,1; Ez 47,1-3) manarán de sus entrañas ríos de agua viva

-Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyeran en Él. Porque todavía no había Espíritu, puesto que Jesús no había sido aún glorificado.

Para entender mejor este pasaje del Evangelio de San Juan, hay que tener en cuenta las circunstancias que rodeaban la fiesta de los Tabernáculos. En dicha fiesta, todos los días, un sacerdote se acercaba hasta la fuente de Siloé, acompañado por la muchedumbre, para sacar agua de la misma, la cual luego vertía en el templo, delante del altar. Esto se hacía cantando el himno de acción de gracia de Yahveh (Is 12,1-4).



El Papa Benedicto XVI refiriéndose al  pasaje del Evangelio de San Juan, en su libro <Jesús de Nazaret. 1ª parte>  (La Esfera de los libros S.L., 2007) asegura que:

“El séptimo día los sacerdotes daban siete vueltas en torno al altar con la vasija de oro antes de derramar el agua sobre él. Estos ritos del agua se remontan, de una parte, al origen de la fiesta en el contexto de las religiones naturales: en un principio la fiesta era una súplica para implorar la lluvia, tan necesaria en una tierra tan amenazada por la sequía; pero más tarde el rito se convirtió en una evocación histórico-salvífica del agua que Dios hizo brotar de la roca para los judíos durante su travesía del desierto, no obstante todas sus dudas y temores.



El agua que brota de la roca, en fin, se fue transformando cada vez más en uno de los temas que formaban parte del contenido de la esperanza mesiánica: Moisés había dado a Israel, durante la travesía del desierto, pan del cielo y agua de la roca. En consecuencia, también se esperaban del nuevo Moisés, del Mesías, estos dones básicos de la vida...
Jesús responde a esta esperanza con las palabras que pronuncia casi como insertándolas en el rito del agua: Él es nuevo Moisés.
Él mismo es la roca que da la vida. Al igual que en  el sermón sobre el pan se presenta a sí mismo como el verdadero pan venido del cielo, aquí se presenta de modo similar a lo que ha hecho ante la samaritana como el <agua viva> a la que tiende la sed más profunda del hombre, la sed de la vida, de <vida…en abundancia>; una vida no condicionada ya por la necesidad, que ha de ser continuamente satisfecha, sino que brota por sí misma desde el interior. Jesús responde también a las preguntas: ¿cómo se bebe esta agua de vida? ¿Cómo se llega hasta la fuente y se toma el agua?...
La fe en Jesús es el modo en que se bebe el agua viva, en que se bebe la vida que ya no está amenazada por la muerte”



Recordaremos todavía una última ocasión, en la que Jesús habló de la llegada del Espíritu Santo a sus Apóstoles; fue, cuando terminada la Última Cena, una vez denunciada la traición de la que sería objeto por parte de Judas Iscariote,  habiéndose ya ausentado éste, presa de Satanás, tomando la palabra, dio un Sermón recogido por San Juan en su Evangelio (Jn 13, 31-35), en el cual entre otras muchas cosas, de enorme importancia, habló de nuevo de la eminente venida del Paráclito:

-Si me amaréis, guardaréis mis mandamientos;

-y yo rogaré al Padre, y os daré otro Abogado, para que esté con vosotros perpetuamente:

-el Espíritu de la Verdad, que el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni conoce; vosotros le conocéis, pues con vosotros mora y en vosotros estará
Y más adelante, sigue diciendo el  Señor (Jn 14, 25-26):

-Estas cosas os he hablado, mientras permanecía con vosotros;

-más el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, Él os enseñará todas las cosas y os recordará todas la cosas que os dije yo.

Con estas reveladoras palabras, Jesús nos prometía a todos los creyentes, por extensión, una vez más, la llegada del Espíritu Santo, algo muy importante si tenemos en cuenta como Éste se sigue manifestando, a través de los siglos, continuamente a la humanidad, aunque no toda ella escuche su mensaje, desaprovechando la ocasión de santificarse.



A este propósito, dice el Rmo. Fr. Justo Pérez de Urbel (Misal y Devocionario del hombre católico), con motivo de la situación  de la Iglesia de Cristo el domingo después de la Ascensión a los cielos del Salvador:

“El día de la Ascensión nos llenábamos de alegría por el triunfo de Cristo, que es también nuestro triunfo; pero hoy su ausencia arroja sobre nosotros un velo de melancolía. Él ha subido a los cielos, y, aunque es verdad que prometió no dejarnos huérfanos, el Espíritu Consolador no ha venido todavía. Llena de nostalgia, la Iglesia eleva su voz hacia Él y busca su rostro”


La promesa de Jesús, de la llegada del Paráclito a todo el pueblo mesiánico, se realizó en primer lugar, el día de Pascua, cuando se apareció a los discípulos, estando ausente Tomás  (Jn 20, 19-23):

-Siendo, pues, tarde aquel día, primero de la semana, y estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas de la casa donde estaban los discípulos, vino Jesús y se presentó en medio de ellos y les dice: Paz sea con vosotros…

-Esto dicho, sopló sobre ellos, y les dice: Recibid el Espíritu Santo

-A quienes perdonéis los pecados, perdonados le, son; a quienes los retuviereis, retenidos quedan

 


De esta forma, el Señor instituyó el Sacramento de la Confesión, pero la plena efusión del Espíritu Santo, la reservaría para más tarde, el día de de la fiesta de Pentecostés, tal como leemos en el libro de San Lucas (Hechos de los Apóstoles 2, 1-4).

El Rmo. Fr. Justo Pérez de Urbel (Ibid), con motivo de la misa correspondiente al domingo de la celebración de ésta gran fiesta de la Iglesia, se expresa en los términos siguientes:

“La pequeña Iglesia de ciento veinte personas se halla congregada en el Cenáculo de Jerusalén, en torno al príncipe de los Apóstoles. Este Cenáculo es hoy San Pedro de Roma, la Iglesia Ecuménica, que abraza todos los pueblos y todas las lenguas. Hacia la hora Tercia, las nueve de la mañana, hace su aparición el Espíritu Santo. Hoy va a descender también sobre todos los templos, durante la Santa Misa. No visiblemente, pero si de una manera invisible. Por eso rezamos de rodillas: Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor”



El Papa Juan Pablo II, en su catequesis del miércoles 20 de mayo de 1998, refiriéndose también a este importantísimo acontecimiento de la Iglesia  expuso las siguientes ideas:

“Según el libro de los Hechos, la promesa se cumple el día de Pentecostés: Quedaron todos llenos de Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse. Así se realiza la profecía de Joel: <En los últimos días-dice Dios-derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestra hijas (Hech 2,17). San Lucas considera a los Apóstoles como representantes del pueblo de Dios de los tiempos finales, y subraya con razón que este Espíritu de profecía se derramará en todo el pueblo de Dios”



En esta misma catequesis el Papa San Juan Pablo II, nos habla de San Pablo, el cual, según nos dice pone de relieve la dimensión renovadora y escatológica de la acción del Paráclito, que se presenta como fuente de vida nueva y eterna, comunicada por Jesús a su Iglesia:

“El pecado fundamental del que el Paráclito convencerá al mundo es el no haber creído a Cristo. La justicia que señala en (Jn 16,7), es la que el Padre ha hecho a su Hijo crucificado, glorificándole con la resurrección y ascensión al cielo. El Juicio, en este contexto, consiste en poner de manifiesto la culpa de cuantos, dominados por Satanás, príncipe de este mundo, (Jn, 16,11), ha rechazado a Cristo, el que orienta las mentes y los corazones de los discípulos hacia la plena adhesión, a la <verdad> de Jesús”.

En la antigüedad, en la noche del sábado al domingo en que se celebraba la fiesta de la llegada del Paráclito, durante la llamada <vigilia de Pentecostés>, eran bautizados en Roma, todos aquellos creyentes que por una u otra causa no  habían recibido este Sacramento por Pascua.

Por este motivo en los textos litúrgicos de la Iglesia aparecen unidos estos dos acontecimientos y por eso se dice que los cristianos somos bautizados en el Espíritu Santo. Es interesante recordar en este sentido a San Lucas en su libro de los Hecho de los Apóstoles, cuando nos relata los acontecimientos sucedidos, al Apóstol San Pablo, durante su estancia en  Éfeso, estando ausente su discípulo Apolo
(Hech 19, 1-6):



-Y aconteció que, mientras que Apolo estaba en Corinto, Pablo, recorriendo las regiones superiores, bajó a Éfeso y halló algunos discípulos.

-Y les dijo: ¿Recibisteis, al creer, el Espíritu Santo? Ellos a él: < Es que ni siquiera nos enteramos de que haya Espíritu Santo>

-El dijo: ¿Con qué bautismo, pues, fuiste bautizados? Ellos dijeron: <Con el bautismo de Juan>

-Dijo Pablo: <Juan bautizó con bautismo de penitencia, diciendo al pueblo que creyesen en el que había de venir tras él, es decir Jesús>

-Oído esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús.

- Y habiéndolos Pablo impuesto las manos, vino el Espíritu Santo sobre ellos y hablaban en lenguas y profetizaban

 


“Desde aquel tiempo, los Apóstoles, en cumplimiento de la voluntad de Cristo, comunicaban a los neófitos, mediante la imposición de las manos, el don del Espíritu Santo, destinado a completar la gracia del Bautismo…
Es esta imposición de las manos la que ha sido con toda razón considerada por la tradición católica como el primitivo origen del Sacramento de la Confirmación, el cual perpetúa, en cierto modo, en la Iglesia, la gracia de Pentecostés” (Pablo VI, Const. Apost. <Divinae Consortium Naturae>).

Es abrumadora la enorme información bibliográfica existente sobre el Sacramento de la Confirmación, no obstante, en algunos aspectos, sigue pareciendo el <gran desconocido>, incluso entre muchos creyentes. Los Papas de todos los tiempos mediante sus magisterios han tratado de hacer comprensible, toda la carga teológica que encierra dicho Sacramento, y la tremenda  importancia de recibirlo. Así, por ejemplo, el Papa Juan Pablo II en su “Regina Caeli” (27 de mayo de 1979), se manifestó en los términos siguientes:
“La venida del Espíritu Santo en la Confirmación, con sus dones y frutos propios, tiene como objetivo específico la formación de  cristianos maduros y responsables, así como lo fueron finalmente los Apóstoles a la salida del Cenáculo. Como en ellos también la madurez de los confirmados se expresa en el apostolado consciente y activo, como testimonio vigoroso del Señor resucitado y de su Evangelio. Y es aquí donde se funda, en último análisis, el necesario apostolado de los laicos en la Iglesia”.

Así, pues, el Sacramento de la Confirmación imprime en el alma una marca espiritual indeleble, según el Concilio de Trento el <Carácter>, el signo de que Jesucristo se vale para revestir a los hombres de la fuerza necesaria, para que sean sus testigos. Por otra parte, la <gracia>, es ante todo y sobre todo, el don del Espíritu Santo, que nos justifica y santifica, dándonos sabiduría, entendimiento, capacidad de consejo, fortaleza, ciencia, piedad y sabio temor de Dios, para asociarnos a la obra salvadora de Jesucristo.
Los Sacramentos del Bautismo y de la Confirmación, como sabemos por los Evangelios, están íntimamente relacionados, pero son distintos; ambos sin embargo <imprimen carácter>, esto es, sólo pueden recibirse una vez en la vida, y como advierte el teólogo y apologista, católico converso estadounidense, Scott Hahn, en su libro “Comprometidos con Dios”:
“La palabra <firme> está en el centro del Sacramento, y esto significa una recuperación, una confirmación del cristiano. Por el Bautismo entramos a formar parte de la familia; gracias a la Confirmación, Dios nos concede su gracia para alcanzar la madurez cristiana…
El Padre envió a su Hijo para darnos el Espíritu Santo, Cristo nos otorgó nueva vida con el Bautismo, pero es sólo el principio. La recepción de este Sacramento, es necesario para la plenitud de la gracia bautismal. En la Confirmación recibimos la plenitud de los dones del Espíritu Santo”.




En efecto, tal como aseguraba san Pablo en su segunda carta dirigida a los creyentes de Corinto, al recibir la plenitud de los dones del espíritu Santo, se encontraban en disposición de realizar su labor evangelizadora con total garantía de triunfar en su empeño (II Co 3, 1-6):

-¿Comenzamos otra vez a recomendarnos a nosotros mismos? ¿O por ventura necesitamos, como algunos, de cartas de recomendación para vosotros o de vosotros?
-Nuestra carta vosotros sois, escrita en nuestros corazones, conocida y leída por todos los hombres;
-como que es manifiesto que sois carta de Cristo, escrita por ministerio nuestro, y escrita no con tinta, sino con Espíritu de Dios vivo, no en tablas de piedra, sino en tablas que son corazones de carne.
-Y esta tal confianza la tenemos por Cristo para con Dios.
-No que por nosotros mismos seamos de discurrir algo como de nosotros mismos, sino que nuestra capacidad nos viene de Dios,
-quien asimismo nos capacitó para ser ministros de una nueva alianza, no de letra, sino de Espíritu; porque la letra mata, mas el Espíritu vivifica.

La comunidad cristiana de Corinto estaba constituida por gentes procedentes de todo tipo de culturas y creencias religiosas, debido sobre todo a la situación de la ciudad,  al sur de Grecia y por tanto abierta al mar. La evangelización de este pueblo, aunque difícil, había dado grandes alegrías al Apóstol, sin embargo, después de pasado cierto tiempo un grupo de seguidores de la herejía denominada judaísmo, trató de minar la obra realizada por San Pablo, queriendo incluso negar su autoridad como enviado por Dios. El Apóstol ante tal situación tuvo que escribir esta segunda carta, con gran autoridad apologética, para evitar tamaña catástrofe, y recordar a los Corintios que sus capacidades proceden de Dios a través del Espíritu Santo.

Y es que San Pablo aunque no había estado presente en Pentecostés con los restantes Apóstoles del Señor, en cambio, tuvo el privilegio de recibir su llamada de forma individual, cuando aún se encontraba en las tinieblas de la increencia. Después de tres días en Damasco, tal como el Señor le había mandado, recibió a su enviado, Ananías, el cual le dijo (Hech. 9, 17-18):
"<Saúl, hermano, me ha enviado el Señor, Jesús, que se te apareció en el camino en que venías, para que recobres la vista y seas lleno de Espíritu Santo> / Y al punto se desprendieron unas como escamas, y volvió a ver; y levantándose, fue bautizado"

La fiesta de Pentecostés que se celebra en la actualidad podría asimilarse a la proclamación oficial y pública de la Iglesia Católica, en la que los enviados de Cristo, llenos del Espíritu Santo, salen de la oscuridad hasta entonces vivida, para dedicarse a la predicación del Evangelio de Jesús. Recordemos, a este respecto, que el Catecismo nos dice que el Sacramento de la Confirmación, confiere crecimiento y profundidad a la gracia bautismal. En una palabra, nos introduce más profundamente en la filiación divina, que nos hace decir <Abba>, <Padre>, nos une más firmemente a Cristo y aumenta en nosotros los dones del Espíritu Santo, vinculándonos de forma más perfecta a la Iglesia y sobre todo, nos concede una fuerza especial para la evangelización de las gentes, esto es, para difundir y defender la fe mediante la palabra y las obras, como verdaderos testigos de Jesucristo, sin sentir jamás vergüenza de la Cruz.
El Papa Benedicto XVI, en su libro “Juan Pablo II mi amado predecesor”, al hablar de las Encíclicas Trinitarias de su antecesor en la Cátedra de San Pedro, y más concretamente refiriéndose a la Carta Encíclica <Redemptor  hominis >, dice lo siguiente:



“La unción de la Iglesia de Cristo, no es la vinculación con un pasado, sino más bien el vinculo con Aquel que es y da futuro, e invita a la Iglesia a abrirse a un nuevo Periodo de fe…
La implicación personal, la esperanza, pero también su profundo deseo de que el Señor pueda darnos un nuevo Pentecostés, se evidencia cuando, casi como una explosión, Juan Pablo II, prorrumpe en la siguiente invocación: ¡Ven Espíritu Santo!, ¡Ven!, ¡Ven!”.

Tan hermoso recuerdo del Papa Benedicto, demuestra la estima y alta consideración hacia su amigo y predecesor en la silla de Pedro, Juan Pablo II.

Sí, porque como decía el Papa León XIII, en su Carta Encíclica, <Divinum illud munus >:

“Nada confirma tan claramente la divinidad  de la Iglesia, como el glorioso esplendor del carisma que por todas partes la circunda, corona magnifica que ella recibe del Espíritu Santo. Basta, por último, saber que si Cristo es la Cabeza de la Iglesia, el Espíritu Santo es su alma: <Lo que el alma es en nuestro cuerpo, es el Espíritu Santo en el Cuerpo de Cristo, que es su iglesia>.

Si esto es así, no cabe imaginar ni esperar ya otra mayor y más abundante manifestación y aparición del Divino Espíritu, pues la Iglesia tiene ya la máxima, que ha de durar hasta que, desde el estadio de la milicia terrenal, sea elevada triunfante al coro alegre de la sociedad celestial”

Finalmente como nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica refiriéndose a los símbolos del Paráclito (Primera Parte nº 701):

“Al final del diluvio (cuyo simbolismo se refiere al Bautismo), la paloma soltada por Noé vuelve con una rama tierna de olivo en su pico, signo de que la tierra es habitable de nuevo. Cuando Cristo sale del agua de su bautismo, el Espíritu Santo, en forma de paloma, baja y se posó sobre él. El Espíritu desciende y reposa en el corazón purificado de los bautizados. En algunos templos, la Santa Reserva eucarística se conserva en un receptáculo metálico en forma de paloma  suspendido  por encima del altar. El símbolo de la paloma para sugerir al Espíritu Santo es tradicional en la iconografía cristiana”

Recordemos, pues, a la Virgen del Rocío, la <Blanca Paloma>, apelativo este último que los antiguos moradores del pueblo de Almonte en Huelva (España), dirigían al Espíritu Santo: ¡Viva esa Blanca Paloma! En efecto, la <Blanca Paloma>, así aclamada por las gentes del lugar, era el Espíritu Santo, pues aunque en la actualidad muchos devotos de la Virgen del Rocío ignoren este hecho el apelativo de la Virgen <Blanca Paloma>, tiene un profundo significado teológico, ya que ella es mediadora en la salvación de los hombres y la reina de la evangelización.




 

lunes, 16 de junio de 2014

VOCACION Y MISION DE LOS LAICOS


 
 
 



Santa Ana Line (1567-1601) fue la segunda hija de una familia inglesa rica, de mentalidad calvinista muy rigurosa, que se convirtió junto con su hermano al catolicismo por lo que fueron repudiados y desheredados de inmediato por sus parientes.

Algún tiempo después Ana se casó con un caballero llamado Roger Line que también era converso y junto con él inició la tarea de evangelización en la forma activa, prestando ayuda a los pobres y enfermos. Se encontraban ambos realizando esta hermosa tarea cuando fueron arrestados y aunque no los mataron, desterraron a Roger Line a Flandes, dejando a su esposa sola y sin medios económicos, aunque él procuraba enviarla alguna ayuda, hasta su muerte en 1594.

Esta valerosa mujer encontró consuelo en el padre John Gerard que la puso a cargo de una casa en la que se refugiaban los sacerdotes perseguidos y que mas tarde se convirtió en centro de reunión de los cristianos católicos. Estaban a punto de escuchar la santa misa cuando fueron descubiertos y arrestados.

Ana fue enjuiciada y acusada de dar refugio a los sacerdotes, aunque sin tener pruebas ciertas de ello. Condenada a la horca murió dando gracias a Dios por su fe, junto a otros dos sacerdotes injustamente condenados. Fue canonizada por el Papa Pablo VI entre los cuarenta mártires  de Inglaterra y de Gales.

 
 
 


Sí, como nos aseguraba el Papa San Juan Pablo II en su Exhortación Apostólica post-sinodal <Christifideles Laici>, dada en Roma el 30 de diciembre de 1988, <el llamamiento del Señor no cesa de resonar en el curso de la historia >, y se dirige a cada hombre que viene a este mundo.

No solo a los sacerdotes, y a los religiosos, sino también a los fieles laicos, los cuales son llamados personalmente por Él, para realizar la tarea de la evangelización, en nombre de la Iglesia a favor de todos los pueblos.


Por eso, en la Constitución dogmática sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II, < Lumen gentium>, podemos leer (GL 31):

“A los laicos corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios. Viven en el siglo, es decir, en todos y cada uno de los deberes y ocupaciones del mundo, y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, con las que su existencia está como entretejida.

Allí están llamados por Dios, para que, desempeñando su propia profesión guiados por el espíritu evangélico, contribuyan a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento. Y así hagan manifiesto a Cristo ante los demás, mediante el testimonio de su vida, por la irradiación de la fe, la esperanza y la caridad.



Por tanto, de manera singular, a ellos corresponde iluminar y ordenar las realidades temporales a las que están estrechamente vinculados, de tal modo que sin cesar se realicen y progresen conforme a Cristo y sean para la gloria del Creador y del Redentor”


Por otra parte, como aseguraba el Cardenal Joseph Ratzinger (futuro Papa Benedicto XVI) en la conferencia que pronunció en el Congreso de Catequistas y Profesores de religión en la ciudad de Roma en el año 2000, todos los hombres tenemos la obligación de dar a conocer los santos Evangelios con nuestras obras y con nuestras palabras, porque:

 
 


“La vida humana no se realiza por sí misma. Nuestra vida es una cuestión abierta, un proyecto incompleto, que es preciso seguir realizando…
Evangelizar quiere decir mostrar el camino, enseñar el arte de vivir”



La Iglesia tiene la obligación, el deber permanente, de evangelizar al mundo, es su misión, y los laicos como miembros  que son de la misma deben llevar a cabo su parte en este crucial cometido, el cual fue confiado por Cristo a los Once y por extensión a sus seguidores a lo largo de todos los siglos a partir su ascensión a los cielos. En el evangelio de san Marcos podemos leer a este respecto (Mc 16, 9-15):



-Habiendo resucitado al amanecer del primer día de la semana, se apareció primeramente a María Magdalena, de la cual había lanzado siete demonios.
-Ella fue a dar la nueva a los que habían con Él, que estaban afligidos y lloraban.
-Y ellos, oyendo decir que vivía y que había sido visto por ella, no le creyeron.
-Tras esto, a dos de ellos que iban de camino se apareció en diferente figura, mientras iban en camino.
-También ellos se fueron a dar la nueva a los demás; y ni ellos creyeron.
-Posteriormente, estando ellos a la mesa, se apareció a los Once y les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón por que no habían creído a los que le habían visto resucitado de entre los muertos.
-Y les dijo: Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda la creación.


En efecto, como aseguraba el Papa Benedicto XV en su Carta Apostólica <Maximun Illud> dada en Roma  en el año 1919:

 


“El Evangelio no había de limitarse ciertamente a la vida de los Apóstoles, sino que se debía perpetuar en sus sucesores hasta el fin de los tiempos, mientras hubiera hombres en la tierra para salvar la verdad”


Así mismo, como también se indica en la Constitución dogmática <Lumen gentium>  (GL 33):

“Los laicos congregados en el pueblo de Dios e integrados en el único cuerpo de Cristo bajo una sola Cabeza, cualquiera que sean, están llamados, como miembros vivos, a contribuir con todas sus fuerzas, las recibidas por el beneficio del Creador y las otorgadas por la gracia del Redentor, al crecimiento de la Iglesia y a su continua santificación”


Y esto es así, porque todos los creyentes estamos unidos a Cristo y entre sí, como proclamaba el Apóstol San Pablo en su primera carta al pueblo de Corinto (I Co 12, 12-13 y 27-30):

 



-Pues lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo.
-Pues todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un mismo Espíritu….
-Pues bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno es un miembro.
-Pues en la Iglesia Dios puso en primer lugar a los Apóstoles; en segundo lugar, a los Profetas, en el tercero, a los maestros, después, los milagros, después, los carismas de curación, la beneficencia, el gobierno, la diversidad de lenguas.
-¿Acaso son todos Apóstoles? ¿O todos son Profetas? ¿O todos maestros? ¿O hacen  todos milagros?
-¿Tienen todos don para curar? ¿Hablan todos en lenguas o todos las interpretan?


En efecto, como podemos leer en la Constitución dogmática <Lumen gentium> (GL 9):

“Así como el pueblo de Israel, según la carne, peregrinando por el desierto, se le designa ya como Iglesia; así el nuevo Israel, que caminando en el tiempo presente busca la ciudad futura y perenne, también es designado como Iglesia de Cristo, porque fue Él quien la adquirió con su sangre, la llenó de su Espíritu y la dotó de los medios apropiados de unión visible y social.
Dios formó una congregación de quienes, creyendo, ven en Jesús al autor de la salvación, y el principio de la unidad y de la paz, y la constituyó Iglesia a fin de que fuera para todos y cada uno el Sacramento visible de esta unidad salutífera.
Debiendo difundirse en todo el mundo, entra, por consiguiente, en la historia de la humanidad, si bien trasciende los tiempos y las fronteras de los pueblos.
Caminando, pues, la Iglesia en medio de tentaciones y tribulaciones, se ve confortada por el poder de la gracia de Dios, que le ha sido prometida para que no desfallezca de la fidelidad perfecta por la debilidad de la carne, antes, al contrario, persevere como esposa digna de su Señor y, bajo la acción del Espíritu Santo, no cese de renovarse hasta que por la Cruz llegue a la luz que no conoce ocaso”

 
 


Los Apóstoles, primero miembros de la Iglesia de Cristo, de inmediato iniciaron la labor evangelizadora que el Señor les había encomendado, y ello les costó dar la vida por Él y su Mensaje, pues todos, a excepción de San Juan, sufrieron la muerte por martirio; san Juan aunque no murió de esta forma, según la tradición, sufrió también terrible martirio. Después de estos, vinieron otros hombres, que durante los primeros siglos de la Iglesia, se encargaron de propagar la palabra de Jesús por todo el mundo entonces conocido, y también sufrieron persecuciones y sufrimientos sin fin e incluso la muerte por martirio.

 
 


Como el mismo Papa Benedicto XV recordaba en su carta Apostólica <Maximum Illud>:

“Aún en los tres primeros siglos, cuando una en pos de otra, suscitaba el infierno encarnizadas persecuciones para oprimir en su cuna a la Iglesia, y todo rebosaba sangre de cristianos, la voz de los predicadores evangélicos se difundió por todos los confines del Imperio romano”


Sin duda, es importante y reconfortante para los cristianos de hoy en día, recordar que Cristo nos pidió a todos sus seguidores que fuéramos sus evangelizadores. La historia de la Iglesia nos habla  de la labor extraordinaria realizada por muchos de sus miembros a lo largo de todos estos siglos.

Precisamente Benedicto XV (1414-1922), el Pontífice que tomó posesión de la silla de Pedro casi al inicio de estallar la primera guerra mundial, poco después de acabar la contienda, en la que él participó de forma activa ayudando a los prisioneros de guerra y a la población civil sin desaliento, escribió la Carta Encíclica <Maximun Illud>, mencionada anteriormente, para aportar luz a la historia de la evangelización realizada por la Iglesia católica:

“Desde que públicamente se concedió a la Iglesia paz y libertad, fue mucho mayor en todo el orbe el avance del apostolado, obra que se debió sobre todo a hombres eminentes en santidad. Así, Gregorio
I el Iluminador (257-330) gana para la causa cristiana a Armenia; Victoriano (270-303), a Styria, Frumencio (+383), a Etiopia; Patricio (377-385; 461-464+) conquista para Cristo a los irlandeses; a los ingleses, Agustín (de Canterbury), (605+); Columbano (521-597) y Paladio (432+), a los escoceses. Más tarde, hace brillar la luz del Evangelio para Holanda, Clemente Villibrordo primer Obispo de Utretch, mientras Bonifacio (754+) y Anscario (865+) atraen a la fe católica los pueblos germánicos; como Cirilo (827-869) y Metodio (815-885) a los eslavos.

Ensanchándose luego todavía más el campo de la acción misionera, cuando Guillermo de Rubruquis (1253-1255) viajó a Asía e iluminó con los esplendores de la fe la Mongolia y   el Papa Beato Gregorio X (1210-1276) envió misioneros a China, cuyos pasos habían pronto de seguir  los hijos de San Francisco de Asís (1271-1368), durante la dinastía Yuan, fundando una Iglesia numerosa, que pronto había de desaparecer al golpe de la persecución.

Más aún: tras el descubrimiento de América; ejércitos de varones apostólicos, entre los cuales merece especial mención Bartolomé de las Casas, honra y prez de la orden dominicana, se consagraron a aliviar la triste suerte de los indígenas, ora defendiéndolos de la tiranía despótica de ciertos hombres malvados, ora arrancándolos de la dura esclavitud del demonio.
Al mismo tiempo, Francisco Javier, digno de ser comparado con los mismos Apóstoles, después de haber trabajado heroicamente por la gloria de Dios y salvación de las almas de las Indias Orientales y el Japón, expira en las mismas puertas del Celeste Imperio, a donde se dirigía, como para abrir con su muerte camino a la predicación del Evangelio en aquella región vastísima, donde habían de consagrarse al apostolado, llenos de anhelos misioneros y en medio de mil vicisitudes,  los hijos de tantas órdenes religiosas e instituciones misioneras.



Al  fin, Australia, último continente descubierto, y las regiones interiores de África, exploradas recientemente por hombres de tesón y audacia, han recibido también pregoneros de la fe. Y casi no queda ya isla tan apartada en la inmensidad del Pacifico donde no haya llegado el celo y la actividad de nuestros misioneros…

Pues bien: quien considere tantos y tan rudos trabajos sufridos en la propagación de la fe, tantos afanes y ejemplos de invicta fortaleza, admirará sin duda que, a pesar de ello, sean todavía innumerables los que yacen en las tinieblas…”


Por desgracia, desde que Benedicto XV escribiera esta carta Apostólica, la situación mundial fue visiblemente empeorando y hasta nuestros días, en los que el llamado viejo Continente, primero en recibir la Palabra de Cristo, se encuentra con la clara necesidad de una nueva evangelización.

 
 


En este sentido, el  Papa Juan Pablo II denunciaba en su Exhortación Apostólica Post-Sinodal, <Christifideles Laici> en el año 1988 que:

“Embriagado por las prodigiosas conquistas de un irrefrenable desarrollo científico-técnico, fascinado sobre todo por la más antigua y siempre nueva tentación de querer llegar a ser como Dios, mediante el uso de una libertad sin límites, el hombre arranca las raíces religiosas que están en su corazón: se olvida de Dios, lo considera sin significado para su propia existencia, lo rechaza poniéndose a adorar los más diversos <ídolos>…

Y sin embargo la <aspiración y la necesidad de lo religioso> no puede ser suprimido totalmente. La conciencia de cada hombre, cuando tiene el coraje de afrontar los interrogantes más graves de la existencia humana, y en particular el sentido de la vida, del sufrimiento y de la muerte, no puede dejar de hacer propia aquella palabra de verdad  a veces proclamada por San Agustín:

<Nos has hecho, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en Ti>.



Así también, el mundo actual testifica, siempre de manera más amplia y viva, la apertura a una visión espiritual y trascendente de la vida, el despertar de la búsqueda religiosa, el retorno al sentido de lo sacro y a la oración, la voluntad de ser libres en el invocar el nombre del Señor”


Sigue, en su Exhortación, el Papa Juan Pablo II, hablando largo y tendido, sobre el problema, mejor dicho, los múltiples problemas, que embargaban a la sociedad del siglo veinte, y  que han continuado creciendo desde entonces y siguen amenazando terriblemente a la sociedad de este siglo veintiuno: el desprecio de la dignidad humana, la conflictividad social, la falta de justicia entre los hombres y sobre todo la falta de paz, especialmente en el seno familiar.

Es un campo de trabajo inmenso, incierto y doloroso, éste, que en la actualidad tienen que labrar los obreros del <dueño de la casa> de la parábola de Jesús (Mt 20 1-16). A este respecto son dignas de tener en cuenta y muy significativas, las reflexiones del Papa Juan Pablo II  (Ibid):

“En este campo está eficazmente presente la Iglesia, todos nosotros, pastores y fieles, sacerdotes, religiosos y laicos…
La Iglesia sabe que todos los esfuerzos que va realizando la humanidad para llegar a la comunión y a la participación, a pesar de todas las dificultades, retrasos y contradicciones causadas por las limitaciones humanas, por el pecado, y por el Maligno, encuentran una respuesta plena en Jesucristo, Redentor del hombre y del mundo.

 


La Iglesia sabe que es enviada por Él como <signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano> En conclusión, a pesar de todo, la humanidad puede esperar, debe esperar. El Evangelio vivo y personal, Jesucristo mismo, es la <noticia nueva> y portadora de alegría que la Iglesia testifica y anuncia cada día a todos los hombres”

En efecto, como recordaba el Papa, Pablo VI, en su carta Encíclica <Ecclesiam Suam>, dada en Roma el 6 de agosto de 1964:

“Habiendo Jesucristo fundado la Iglesia para que fuese al mismo tiempo <madre amorosa> de todos los hombres, y la <dispensadora de salvación>, se ve claramente por qué a lo largo de los siglos le han dado muestras de especial amor y le han dedicado especial solicitud todos los que se han interesado por la gloria de Dios y por la salvación eterna de los hombres; entre éstos, como es natural los Vicarios del mismo Cristo en la tierra, un número inmenso de Obispos y de Sacerdotes y un admirable escuadrón de cristianos santos”

Fue esta, la primera carta Encíclica del Papa Pablo VI, el cual  luchó denodadamente por transmitir <correctamente> los mensajes de la Iglesia, recogidos en el Concilio Vaticano II. Fue por ello reprochado, por aquellos que querían una <modernización de la Iglesia>; pero él, fiel al Señor, no cedió a los intereses particulares de aquellos que pretendían, equivocadamente y atraídos por filosofías erráticas, alejarse de la verdad salvadora.



El motivo, pues, de esta su primera Encíclica, era dejar muy claras sus intenciones al respecto (Ibid):
“Esta nuestra Encíclica no quiere revestir carácter solemne y propiamente doctrinal, ni proponer enseñanzas determinadas, morales o sociales: simplemente quiere ser un mensaje fraternal y familiar.

Pues queremos tan solo, con esta nuestra carta, cumplir el deber de abriros nuestra alma, con la intención de dar a la comunión de  fe y de caridad que felizmente existe entre nosotros  un mayor gozo, con el propósito de fortalecer nuestro ministerio, de atender mejor a las fructíferas sesiones del Concilio Ecuménico mismo, y de dar mayor claridad a algunos criterios doctrinales y prácticos que puedan útilmente guiar la actividad espiritual y apostólica de la Jerarquía eclesiástica y de cuantos le prestan obediencia y colaboración o incluso sólo benévola atención…”

Tres ideas del Papa Pablo VI, de su  Encíclica, quisiéramos destacar a continuación, teniendo en cuenta que durante su Pontificado la situación de la Iglesia era enormemente conflictiva:

* Ésta es la hora en que la Iglesia debe profundizar en la conciencia de sí misma, debe meditar sobre el misterio que le es propio, debe explorar, para propia instrucción y edificación, la doctrina que le es bien conocida…

*Hay que ver cuál  es el deber presente de la Iglesia en corregir los defectos de los propios miembros y hacerles tender a mayor perfección, y cuál es el método mejor para llevar con prudencia a tan gran renovación…

*¿Cuáles son las relaciones que actualmente debe la Iglesia establecer con el mundo que le rodea y en medio del cual ella vive y trabaja? Una parte de este mundo ha recibido profundamente el influjo del cristianismo y lo ha asimilado íntimamente, pero luego se ha ido separando y distanciando en estos últimos siglos del carácter cristiano de su civilización…



Durante su estancia en la Silla de Pedro (1963-1978), este Papa tuvo que salvar numerosas dificultades y se vio sometido a un gran sufrimiento, pero él siempre llevó la Cruz de Cristo con amor y dignidad.

La reforma de la curia fue una de las principales dificultades con las que se topó, tal como se recuerda en el magnífico libro <Cien años de Pontificado romano> realizado bajo la coordinación del Dr. Josep-Ignasi Saranyana, con la colaboración de un gran número de eminentes historiadores, de la  Ed. Eunsa (2006):

“Allí encontró su cruz y su gloria, porque, pasado el inicial entusiasmo con su persona, se abatieron sobre la Iglesia los problemas que entonces conmocionaban al mundo de la cultura, de la religión y de la política. Estaba en puerta el conflictivo año de 1968

La corriente de secularización entró de lleno en la concepción de la doctrina eclesiástica, que sustituyó el objetivo formal de la teología por las realidades que implicaban sus modernas denominaciones de <teología de la muerte de Dios>, de la <secularización>, de la <liberación>, etc.

Los mismos episcopados parecían demasiado condescendientes con la imprecisión dogmatica del momento…
Era el clima en el que se forjaba la escisión del Arzobispo Lefebvre, ya incoado durante los días del Concilio…”


Sin embargo, los males que azotaban a la sociedad de mediados del siglo XX, se  habían iniciado ya en tiempos del Papa Pio X, como  denunciaba en su Carta Encíclica <Acerbo Nimis>, donde mencionaba con dolor la falta de enseñanza del Catecismo Católico en las escuelas y en la sociedad cristiana  en el año 1905:

 


“¡Cuan comunes y fundados son, por desgracia, estos lamentos de que existe hoy un crecido número de personas, en el pueblo cristiano, que viven en suma ignorancia de las cosas que se han de conocer para conseguir la salvación eterna! Al decir pueblo cristiano, no queremos referirnos solamente a la plebe, esto es, a las personas pobres, a quienes excusa con frecuencia, el hecho de hallarse sometidos a dueños exigentes, y que apenas si pueden ocuparse de sí mismos y de su descanso; sino que también y, principalmente, hablamos de aquellos a quienes no falta entendimiento, ni cultura y hasta se hallan adornados de una gran erudición profana, pero que, en lo tocante a la religión, viven temerariamente e imprudentemente.

¡Difícil sería ponderar lo espeso de las tinieblas que con frecuencia los envuelven, y lo que es más triste, la tranquilidad con que permanecen en ellas! De Dios, Soberano autor y moderador de todas las cosas y de la sabiduría de la fe cristiana para nada se preocupan; y así nada saben de la Encarnación del Verbo de Dios, ni de la Redención por Él llevada a cabo…En cuanto al pecado, ni conocen su malicia, ni su fealdad, de suerte que no ponen el menor cuidado en evitarlo…”


Vemos, en su carta, la angustia del Papa ante los hechos por él denunciados, ya en los albores del siglo XX;  él trató de renovar <toda en Cristo>, con la esperanza de evitar el declive moral y prevenir lo que ya se presagiaba para  siglos posteriores.

Ciertamente, como el propio Papa Juan Pablo II recordaba en su Carta Apostólica <Tertio Millennio adveniente>, publicada en el año 1994, todos los Pontífices del siglo XX, anteriores al Concilio Ecuménico de Vaticano II, trataron de promover la paz entre las naciones, pero también, la paz verdadera en la conciencia de los hombres de la época...

Realmente todos los Papas de los últimos siglos, comprendieron que ello era sumamente urgente y trataron de promover una nueva evangelización   para evitar lo que se avecinaba, especialmente en viejo Continente...

 
 



Fue el Papa Juan XXIII, movido seguramente por la situación moral acuciante del momento, el que  decidió convocar el Concilio Ecuménico Vaticano II, aunque no toda su grey estuviera, en principio, de acuerdo con ello, por el riesgo que la Iglesia podría correr, en unos momentos tan delicados…

La muerte le impidió ver al Papa los resultados de este Concilio, la responsabilidad del mismo recayó en su sucesor cuando aún faltaba mucho para dar término final al mismo. En efecto, cuando Pablo VI ocupó la silla de Pedro, tan solo se había celebrado la primera convocatoria del Concilio, y ni tan siquiera se había publicado alguno de los posibles decretos resultantes de la misma.
El nuevo Papa al tomar sobre sí la responsabilidad del Concilio Vaticano II se propuso sobre todo, respetando la opinión de todos los Padres de la Iglesia participantes en el mismo, conseguir las reformas necesarias, pero eso sí, sin apartarse nunca del Mensaje Divino.


Pasados ya tantos años de la celebración y aplicación de la recomendaciones del Concilio Ecuménico, del que se han hecho tantas críticas y alabanzas, sólo nos atrevemos a decir que los resultados fueron muy diversos, pues aunque por una parte muchas voces se alzaron en contra de algunas de las resoluciones tomadas en él, a la postre, otros tantos beneficios se han obtenido de los mismos…


Lo que no se puede negar es que a raíz de la celebración de Vaticano II muchas cosas cambiaron en las costumbres de la  Iglesia, que no en su mensaje, unas para bien y otras si no para mal sí que han sido causa de muchas dificultades que aún estamos tratando de superar…
Al Papa Pablo VI, las reformas postconciliares le causaron, eso sí, grandes problemas, por la interpretación moderada y acertadas del Pontífice que dieron lugar al rechazo de la sociedad más progresista del momento...

A la muerte de Pablo VI fue elegido como su sucesor en la silla de Pedro, el Cardenal Albino Luciani, persona muy próxima al anterior Papa y de una humildad y santidad reconocidas. Este Santo Padre que tomó el nombre de Juan Pablo I no defraudó en absoluto las perspectivas puestas en él, en el cortísimo tiempo que duró su Pontificado (apenas unos días del año 1978).

Como podemos leer en el libro recomendado anteriormente (Cien años de Pontificado romano…):

“No sabemos cuál hubiera llegado a ser la fecundidad de aquella mansa lluvia, que era la suave doctrina y dulce talante del nuevo Papa. Todos pudieron comprobar que Juan Pablo I optaba por la continuidad decididamente…En la mañana del día 27 de agosto, a las nueve, el nuevo Papa celebró la Eucaristía con los Cardenales que habían participado en el Cónclave y seguidamente, a las 10:15, se dirigía al mundo en un primer mensaje en el que ponía de manifiesto su proyecto Papal…

Era el de quien asume con filial reverencia y sin afán alguno de originalidades el rumbo de su predecesor: <Nuestro programa será  continuar el suyo (el de Pablo VI)…

Queremos continuar sin fatiga en pos de la herencia del Concilio Vaticano II, cuyas sabias normas todavía necesitan ser llevadas a efecto, vigilando no sea que un empuje generoso, pero imprudente, tergiverse sus contenidos y significados…Queremos recordar a la Iglesia que su primer deber sigue siendo la evangelización, cuyas líneas maestras, nuestro predecesor Pablo VI, ha condesado en un memorable documento…

Queremos, en fin, apoyar todas las iniciativas laudables y buenas que puedan tutelar e incrementar la paz en el mundo turbado, para lo cual pedimos la colaboración de todos los hombres buenos, justos, honestos rectos de corazón…>”


No pudo ser, el 29 de septiembre del mismo año que había sido elegido,  se anunció al mundo entero su muerte y su sucesor, Juan Pablo II (1978-2005) retomó con gran ánimo la tarea que había anunciado y deseaba realizar Juan Pablo I.

El nuevo Papa, muy pronto, logró atraerse el cariño, respeto, y admiración de todos los miembros de la Iglesia, debido a su gran carisma y bondad absoluta. Fue uno de los Pontificados más largos de la historia de la Iglesia, y por tanto, uno de los más fructíferos. Los fieles fueron conquistados por él y muchas ovejas perdidas, volvieron de nuevo al rebaño que nunca debieron abandonar, en pos de ídolos con pies de barro…
Fueron muchas sus Cartas Encíclicas, Apostólicas, u otros tipos de documentos, que sirvieron y sirven aún hoy, como guía absoluta a todos los fieles creyentes y aún a los no creyentes…

En particular, en la Exhortación Apostólica Post-Sinodal, anteriormente mencionada, él hizo una llamada urgente a los laicos con objeto de que se concienciaran totalmente sobre la labor fecunda que podían y debían desarrollar para la Iglesia, a favor de la <nueva evangelización> (Christifideles Laici 1988):



“Los fieles laicos, cuya vocación y misión en la Iglesia y en el mundo (a los veinte años  del Concilio Vaticano II) ha sido tema  del Sínodo de los Obispos de 1987, pertenecen a aquel pueblo de Dios representado en los obreros de la viña, de los que habla el Evangelio de San Mateo: <El Reino de los cielos es semejante a un propietario, que salió a primera hora de la mañana a contratar obreros para su viña…>
La parábola evangélica despliega ante nuestra mirada la inmensidad de la viña del Señor y la multitud de personas, hombres y mujeres, que son llamados por Él y enviados para que tengan trabajo en ella. La viña es el mundo entero, que debe ser transformado según el designio divino en vista de la venida definitiva del Reino de Dios”


Recordemos que el tema del apostolado laico fue ampliamente tratado en el Concilio Vaticano II y que en el Decreto dado a este respecto <Apostolicam actuositatem>, en sus seis capítulos, se encuentran recogidas todas las ideas desarrolladas en el mismo al respecto: <Vocación de los laicos al apostolado>, <Fines que hay que lograr>, <Campos del apostolado>, <Formas de apostolado>, <Orden que hay que observar> y <Formación para ejercer el apostolado>.

Por último, es muy importante también recordar  las palabras del Papa Pablo VI y los Santo Padres Conciliares en la Exhortación final del Decreto:

“Por consiguiente, el Sagrado Concilio ruega encarecidamente en el Señor a todos los laicos, que respondan con gozo, con generosidad y corazón dispuesto a la voz de Cristo; que en esta hora invita con más insistencia y al impulso del Espíritu Santo; sientan los más jóvenes que esta llamada se hace de una manera especial a ellos; recíbanla, pues, con entusiasmo y magnanimidad…”


Este Decreto sobre el Apostolado de los laicos fue emitido en Roma el 18 de noviembre de 1965, y prueba de las dificultades que implicaba su aplicación y desarrollo, en todos sus apartados, es que después de más de veinte años de su publicación, el Papa Juan Pablo II, se expresaba en los siguientes términos en su Exhortación Apostólica (Ibid):

“El significado fundamental de este Sínodo, y por tanto más valioso, deseado por él, es la acogida por parte de los fieles laicos del llamamiento de Cristo a trabajar en su viña, a tomar parte activa, consciente y responsable en la misión de la Iglesia en esta magnífica y dramática hora de la historia, ante la llegada inminente del tercer mileno.
Nuevas situaciones, tanto eclesiales como sociales, económicas y culturales, reclaman hoy, con fuerza muy particular, la acción de los fieles laicos. Si él no comprometerse ha sido siempre algo inaceptable, el tiempo presente lo hace más culpable: <A nadie le es lícito permanecer ocioso>.

Reemprendamos la lectura de la parábola evangélica: <Todavía salió a eso de las cinco de la tarde, vio otros que estaban allí, y les dijo ¿Por qué estáis aquí todo el día parados? Le respondieron, <nadie nos contrató>. Y él les dijo, <id también vosotros a trabajar en mi viña>.
No hay lugar para el ocio, tanto es el trabajo, que a todos espera en la viña del Señor. El <amo de la casa> repite con más fuerza, <id también vosotros a trabajar en mi viña>”


Ante los graves problemas que acuciaban al mundo, a finales del siglo pasado, y que se han agudizado a principios de éste, como el Papa ya profetizaba, él hablaba en su Exhortación Apostólica de Jesucristo, como la esperanza de los hombres, porque la voluntad de Dios es la santificación de toda la humanidad, porque constantemente nos llama a todos a conseguir la pureza de corazón y porque si despreciáramos la ayuda que Jesús nos presta, estaríamos despreciando también la ayuda de Dios Padre y del Espíritu Santo, en definitiva, del Dios Trino que es nuestro Creador (Exhortación Apostólica de Juan Pablo I):

 


“El Evangelio vivo y personal, Jesucristo mismo, es la <noticia nueva> y portadora de alegría que la Iglesia testifica y anuncia cada día a todos los hombres. En este anuncio, y en este testimonio, los fieles laicos, tienen un puesto original e irremplazable, por medio de ellos, la Iglesia de Cristo está presente en los más variados sectores del mundo, como signo y fuente de esperanza y amor”


Por otra parte, el santo Padre recordando, así mismo, las enseñanzas del Concilio Vaticano II y las diversas imágenes bíblicas de la vid, se expresaba de este modo en la Exhortación mencionada (Ibid):

“Cristo es la verdadera vid, que comunica vida y fecundidad a los sarmientos…La Iglesia es la viña evangelizadora…Solo dentro de la Iglesia como misterio de comunicación se revela la <identidad> de los fieles laicos, su original dignidad. Y solo dentro de esta dignidad se puede definir, su vocación y misión en la Iglesia y en el mundo. Los Padres Sinodales han señalado con justa razón la necesidad de individualizar y proponer una descripción positiva de la vocación y de la misión de los fieles laicos, profundizando en el estudio doctrinal del Concilio Vaticano II, a la luz de los recientes documentos del Magisterio y de la experiencia de la vida misma de la Iglesia guiada por el Espíritu Santo….



Con el nombre de laicos, así lo describe la Constitución <Lumen Gentium>, se designa aquí todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros del orden sagrado y los de estado religioso sancionado por la Iglesia; es decir, los fieles que, en cuanto incorporados a Cristo por el Bautismo, integrados en el pueblo de Dios, y hechos participes a su modo del oficio sacerdotal, profético, y real, de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos le corresponde”

Podríamos preguntarnos ante estas palabras del Papa: ¿pero de qué forma concreta participan los laicos en ese oficio triple de Jesús (sacerdotal, profético y real) cuyo origen es el Sacramento del Bautismo? La respuesta la tenemos también en la Exhortación del Santo Padre (Ibid):

“Los fieles participan en el oficio sacerdotal, por el que Jesús se ha ofrecido a sí mismo en la Cruz y se ofrece continuamente, en la celebración eucarística, por la salvación de la humanidad para gloria del Padre…
La participación en el oficio profético de Cristo, <que proclamó el Reino del Padre con el testimonio de la vida y con el poder de la palabra>, habilita y compromete a los fieles laicos a acoger con fe el Evangelio y a anunciarlo con las palabras y con las obras, sin vacilar en denunciar el mal con valentía…
Por su pertenencia a Cristo, Señor y Rey del universo, los laicos participan en su oficio real y son llamados por Él para servir al Reino de Dios y difundirlo en la historia. Viven la realeza cristiana, antes que nada, mediante la lucha espiritual para vencer en sí mismos el pecado; y después  en la propia entrega para servir, en la justicia y en la caridad, al mismo Jesús presente en todos sus hermanos, especialmente en los más pequeños”  



Ahora bien, la <condición eclesial> de los fieles laicos se encuentra radicalmente definida por su carácter cristiano y su dimensión secular, según consta en la <Lumen Gentium>.
Ello quiere decir, como también recuerda Juan Pablo II en su Carta Apostólica post-sinodal, que de este modo <el mundo se convierte en el ámbito y el medio de la vocación cristiana de los fieles laicos>, porque el mismo está destinado a dar gloria a Dios Padre en Cristo. Desde este punto de vista los Padres Sinodales han afirmado que: <la índole secular del fiel laico no debe ser definida solamente en el sentido sociológico, sino sobre todo en el sentido teológico>.
 
Recordemos una vez más las sabias palabras del Papa Juan Pablo II a este respecto (Ibid):

“Por la evangelización la Iglesia es construida y plasmada como comunidad de fe; mejor dicho, como comunidad de una fe confesada en la adhesión a la Palabra de Dios, celebrada en los Sacramentos, vivida en la caridad como alma de la existencia moral cristiana…
En verdad, el imperativo de Jesús, <Id y predicad el Evangelio>, mantiene siempre vivo su valor, y está cargado de una urgencia que no puede decaer…Cada discípulo es llamado en primera persona; ningún  discípulo puede hurtar su propia respuesta, porque como dijo San Pablo, < ¡Ay de mí  si no predicase el Evangelio!> (I Co 9,16)”

Son palabras llenas de verdad que nos animan sin duda a continuar siempre adelante en la tarea de apostolado, aunque sabemos que las dificultades son grandes…Así lo han entendido los Pontífices de los últimos años que han fomentado una llamada a favor de lo que se ha dado en llamar <nueva evangelización>.



Precisamente el Papa Benedicto XVI, cuando aún era el Cardenal Ratzinger, aclaraba la necesidad de la misma, en una conferencia que pronunció para el conjunto de profesores y catequistas que asistieron a un Congreso en Roma en el año 2000:

“La pobreza más profunda es la incapacidad de la alegría, el tedio de la vida considerada absurda y contradictoria. Esta pobreza se halla hoy muy extendida, con formas muy diversas, tanto en las sociedades materialmente ricas, como en los países pobres. La incapacidad de la alegría supone y produce la incapacidad de amar, produce la envidia, la avaricia…todos los vicios que arruinan la vida de las personas y del mundo. Por eso hace falta una <nueva evangelización>. Si se desconoce el arte de vivir, todo lo demás no funciona. Pero ese arte no es objeto de la ciencia; solo lo puede comunicar quien tiene la vida, el que es el Evangelio en persona”

 

 

Por eso, recordemos, una vez más, que <una grande, comprometedora y magnifica empresa ha sido confiada a la Iglesia: la de una nueva evangelización, de la que el mundo actual tiene una gran necesidad>, y todos los laicos hemos sido llamados también a colaborar en ella, junto al resto de sus miembros, tal como nos recordaba con su oración, el Papa Juan Pablo II en  la Exhortación Apostólica Postsinodal citada anteriormente:

“Oh Virgen Santísima, Madre de Cristo y Madre de la Iglesia, con alegría y admiración nos unimos a tu Magnificat, tu canto de amor agradecido.
Contigo damos gracia a Dios, <cuya misericordia se extiende de generación en generación>, por la esplendida vocación y por la multiforme misión confiada a los laicos, por su nombre, llamados por Dios a vivir en comunión de amor y de santidad con Él y de estar fraternalmente unidos en la gran familia de los hijos de Dios, enviados a irradiar la luz de Cristo y de comunicar el fuego del Espíritu por medio de su vida evangélica en todo el mundo”