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domingo, 17 de abril de 2016

JESÚS Y EL RETO DE LA EVANGELIZACIÓN: SIGLO IX (1ª PARTE)



 
 
 



El Papa Benedicto XVI en su Carta Encíclica <Spe Salvi> aseguraba que nuestro obrar sobre la tierra no es indiferente a Dios y por tanto tampoco puede serlo para el desarrollo de la historia de la humanidad. Concretamente él afirmaba que:

“Podemos abrirnos a nosotros mismos y abrir al mundo para que entre Dios: La verdad, el amor y el bien. Es lo que han hecho los santos que, como colaboradores de Dios, han contribuido a la salvación del mundo”

Santos han habido muchos, a lo largo de los siglos, también allá por el IX, en la Alta Edad Media, uno de los menos gloriosos, sin embargo, para la historia de la Iglesia de Cristo, por eso conviene recordar a los hombres y mujeres justos y virtuosos de aquella época, con objeto de que sus obras sirvan de ejemplo y acicate para  los pueblos del siglo XXI, que ya presentan   tendencias hacia los mismos errores  de aquel siglo, y de esta forma evitar, la perseverancia en ellos, si aún esto fuera  posible. Ya que como sigue diciendo el Papa Benedicto XVI en la Carta Encíclica anteriormente mencionada (Spe Salvi. Dada en Roma el 30 de noviembre, del año 2007):

“Podemos liberar nuestra vida y el mundo de las intoxicaciones y contaminaciones, que podrían destruir el presente y el futuro. Podemos descubrir y tener limpias las fuentes de la creación y así, junto con la creación que nos precede como don, hacer lo que es justo, teniendo en cuenta sus propias exigencias y finalidades. Eso sigue teniendo sentido, aunque en apariencia no tengamos éxito o nos veamos impotentes ante la superioridad de fuerzas hostiles. Así, por un lado, de nuestro obrar brota esperanza para nosotros y para los demás; pero al mismo tiempo,  lo que nos da ánimos, y orienta nuestra actividad, tanto en los momentos buenos como en los malos es la gran esperanza fundada en las promesas de Dios”

Así debieron pensar y actuar muchos hombres y mujeres del siglo IX y aunque sólo fuera por eso, merecerían que los recordásemos teniendo, así mismo en cuenta, el contexto histórico en el que vivieron, donde los peligros para la Iglesia de Cristo fueron enormes y no obstante, a pesar de todo, ellos pudieron sobrellevarlos, y dar un ejemplo inmenso a la humanidad de entonces y  hasta nuestros días.

 



El desarrollo de la historia del siglo IX ha quedado para siempre marcado por el extraordinario acontecimiento ocurrido, el día de navidad del año 800; fue entonces cuando el Papa León III coronó a Carlomagno emperador romano. Después de tres siglos, en Occidente reinaba de nuevo un emperador, y por otra parte, al mismo tiempo, en Oriente una emperatriz, aunque ella quiso que se la denominara emperador; tal era el carácter indomable y ambicioso de Irene, la madre de Constantino VI,  futuro emperador bizantino.

Desde luego, no parece que Irene fuera una madre amorosa, ya que según cuentan los historiadores pudo intervenir en un complot para   cegar a su hijo, cuyo  único objetivo era el de retirarle del trono y dejar así el terreno libre a su propia coronación en solitario, tras los años soportados de regencia, después de  la muerte de  su esposo León IV.

Roma durante muchos siglos había sido la sede original del Imperio, mientras que Constantinopla llevaba siéndolo mucho menos tiempo, era por así decirlo, una recién llegada al poder y quizás esta consideración, así como otras circunstancias especiales del momento, fueron las que impulsaron al Papa León III a nombrar a Carlomagno rey de los francos, emperador  de Occidente.

 
 



Carlomagno, hombre inteligente, y defensor de la Iglesia de Cristo, sospecharía seguramente las circunstancias que le habían llevado a ocupar aquel puesto supremo del Imperio de Occidente, y que de esta forma, se produciría un enfrentamiento con el Imperio de Oriente, más concretamente, con la emperatriz Irene. Sin embargo se cree que ésta no hubiera desdeñado casarse con el nuevo emperador de Occidente, pero ya que ambos tenían   cierta edad,  la esperanza de  herederos comunes, no cabría estar dentro de las posibilidades de un enlace de este tipo. Hubo, pues, según parece, alguna enemistad y confrontación entre ambos emperadores hasta que el destino de  la emperatriz la condujo en el año 808 a su derrocamiento, por la intervención de sus propios generales, siendo coronado entonces Nicéforo I (802-811), tesorero de la emperatriz, que fue desterrada y encerrada en un convento de la isla de Lesbos, donde parece ser que terminó su azarosa vida.

 



La Iglesia Ortodoxa considera santa a la emperatriz Irene y a pesar de su reprochable comportamiento en la búsqueda del poder político, sin embargo la Iglesia Católica siempre tendrá que agradecer a esta luchadora mujer su mediación en la solución momentánea del Cisma producido en la Iglesia de Cristo,  consecuencia de la herejía iconoclasta.

Los iconoclastas consideran que es una  superstición el uso de imágenes religiosas y defienden su destrucción. El origen de dicha herejía, en parte, está sustentado en otras religiones que también consideran idólatras todas las imágenes sagradas. En contra de esta consideración, en el Concilio de Nicea II (787), se afirmó que las imágenes pueden ser expuestas y veneradas sin cometer pecado, porque el respeto que se demuestra a las mismas va dirigido a la persona o personas que representan, que en el caso de la Iglesia de Cristo, es Cristo mismo, su Madre la Virgen María, los ángeles, los santos…   

Nicéforo I nunca reconoció al emperador Carlomagno, ya que defendía la antigua tesis de los bizantinos, que consideraba que el poder debería estar en manos de un único emperador, el cual sería el auténtico heredero del antiguo  Imperio Romano. Por eso, trató de mantener seguras las posesiones bizantinas en el mar Adriático septentrional (Venecia, Istría y Dalmacia), muy amenazadas por entonces por el pueblo de los francos; tras algunas confrontaciones, finalmente consiguió sus propósitos, aunque más tarde al ser atacado el Imperio de Oriente por los pueblos búlgaros cayó en una emboscada, muriendo, al parecer, en combate. Su hijo, Estauracio,  consiguió reunir al ejército y a los hombres que habían sobrevivido a este terrible combate y se retiró hacia Adrianópolis muy mal herido.

Estauracio sólo reinó unos meses, desde el 26 de julio al 2 de octubre del año 811, provocando su muerte un enfrentamiento constante entre los nobles de Bizancio por la herencia de la Corona.

Fue un noble casado con Procopia, hija de Nicéforo I y hermana de Estauracio, el que por fin consiguió ser nombrado emperador de Bizancio. Este hombre, Miguel I, reinó entre los años 811-813, intervalo de tiempo durante el cual se produjo una menor persecución de los iconódulos (defensores de la veneración de las imágenes), lo que le permitió llegar a alcanzar la paz con el emperador de Occidente Carlomagno, un hombre sumamente religioso y fiel al Papa San León III. Sin embargo, se olvidó del acoso constante a su Imperio  por parte de los búlgaros, los cuales saquearon una parte de Macedonia y de la Tracia, y aunque finalmente quiso enfrentarse a ellos, sus intenciones se vieron frustradas, ya que  fue derrocado por algunos infieles militares de su propio ejército que eran contrarios a los iconódulos, los cuales habían sido relativamente bien vistos por dicho emperador.

Le sucedió en el trono León V el Armenio, que reinó entre los años 813 - 820,  se trataba de un general que se había distinguido durante los reinados tanto de Nicéforo I, como de Miguel I por los servicios prestados al Imperio; concretamente en el caso de Miguel I durante los enfrentamientos mantenidos con otros pueblos invasores  en el año 812. Con la llegada de este nuevo emperador, en el  imperio de Oriente, se volvió a implantar la herejía iconoclasta de los primeros emperadores sirios, argumentando que los emperadores proclives a aceptar la veneración de las imágenes, siempre habían sido derrotados en los campos de batalla. Miguel I intentó no obstante, negociar un acuerdo con el Patriarca de Constantinopla, por entonces, Nicéforo I, pero éste no se mostró dispuesto a negar los principios y dogmas de la Iglesia Católica.

En el año 814, León V, dio orden para quitar las imágenes de la Catedral de Santa Sofía, a lo que el Patriarca Nicéforo se negó, por lo que  fue destituido, y desterrado a uno de los claustros fundados por él (Touh Agatouh).

 
 



Nicéforo de Constantinopla, nació en el seno de una familia ortodoxa y por ello defendió su fe en la doctrina de la Iglesia de Cristo,  incluso después de su destierro, a través de una serie de escritos, consiguiendo por fin en el año 820  una cierta tolerancia hacia  los iconódulos. Murió en el monasterio anteriormente citado y es considerado <Confesor mártir> de la Iglesia por su defensa constante en contra de la herejía iconoclasta. Sus restos fueron llevados solemnemente a Constantinopla por el Patriarca Metodio I de Constantinopla en el año 874, siendo depositados  en la Iglesia de los Santos Apóstoles. Su fiesta se celebra el 13 de marzo tanto por la Iglesia griega como por la romana.

Con razón el Papa Benedicto XVI, aseguraba a este respecto que aunque a decir verdad, el Decálogo de Dios había prohibido hacer imágenes de Él:

“Esto fue en prevención de las posibles tentaciones idolátricas de los creyentes en un contexto paganizado. Sin embargo desde que Dios se hizo visible en Cristo, mediante la Encarnación, es legítimo reproducir el rostro de Cristo.

Por otra parte, las imágenes de los santos nos enseñan a ver a Dios en la figura del rostro de Cristo. Por consiguiente, después de la Encarnación del Hijo de Dios, resulta posible ver a Dios en las imágenes de Cristo y también en el rostro de los santos, en el rostro de todos los hombres en los que resplandece la santidad de Dios”

Sin duda Nicéforo de Constantinopla fue uno de estos santos, porque defendió con su propia vida la doctrina de la Iglesia de Cristo y lo demostró a través de sus tres escritos más importantes:

*Apologeticus minor, en la que explicaba a los laicos en qué consistía la herejía de la iconoclastia

*Apologeticus major, un análisis dogmatico sobre el tema de la iconoclastia, apoyándose en los Santos Padres

*Refutación del Sínodo iconoclástico celebrado en el año 815

 
 



Evidentemente que con la subida al poder del Emperador León V el Armenio, la vuelta a la iconoclastia supuso para la Iglesia cristiana de Oriente muchas desgracias y persecuciones. Concretamente en el año 813, varios monjes y abades de los monasterios que entonces abundaban en todo el Imperio , fueron desterrados y muchas veces hasta martirizados por orden de este emperador que basaba su rechazo a los iconódulos, como hemos recordado anteriormente, en argumentos que nada tenían que ver con lo religioso, sino que por el contrario tenían más bien un carácter político, ya que se fundaban en las posibles derrotas sufridas en batallas por los emperadores que habían defendido la veneración de las imágenes.

Entre los santos  que tuvieron que soportar persecuciones, destierros, y  martirios, citaremos también otros dos de los más conocidos, concretamente Platón de Constantinopla y Juan de Afusia. El primero fue un monje que según parece vivió en la época del tristemente célebre Emperador Constantino V (Caprónimo), que persiguió a los monjes, expropiándoles sus monasterios y que no contento con considerar herejía la veneración de las imágenes religiosas, decretó así mismo herejía rezar a los santos y el culto a las santas reliquias.

En su juventud San Platón había trabajado como notario, pero su gran religiosidad le condujo finalmente a abandonar el mundo retirándose al monasterio de Simboleon. Años después alcanzaría la dignidad de abad, durante su estancia en el monasterio de Sakkudión. Tuvo oportunidad de asistir al concilio de Constantinopla, en el cual se sentaron las bases en contra de la herejía iconoclasta, y más tarde se granjeó la enemistad  del Emperador Constantino VI (hijo de la que sería más tarde emperatriz Irene), sufriendo  varios destierros durante mucho tiempo, después de los cuales, gracias al emperador Miguel I, cuando la iconoclastia estaba bastante controlada, fue perdonado, pasando el resto de su vida postrado en cama debido a los sufrimientos padecidos. En este triste periodo de su vida fue visitado por San Teodoro el Estudita que oró junto a él y a su muerte en el año 813, pronunció su oración funeraria.

Por su parte Juan de Afusia, también llamado Juan el Confesor, fue  abad del Monasterio de Catari, en la Propontide (Constantinopla), sufrió un destino si cabe más terrible, que el santo anteriormente mencionado, ya que después de ser encarcelado y torturado por mandato del emperador León V el Armenio, debió de permanecer en el exilio mucho tiempo en unas condiciones tan vejatorias, que al cabo de unos años, murió a consecuencia de los sufrimientos padecidos.

No sólo los monjes fueron perseguidos, martirizados y encarcelados por los iconoclastas durante el reinado de León V el Armenio, algunos aristócratas y eruditos de la época también fueron maltratados y desterrados por mandato de este funesto emperador. Teófanes el Confesor, natural de Samotracia, fue uno de estos hombres que por defender la veneración a las imágenes, tuvo que sufrir el encarcelamiento y posterior destierro por orden imperial. Este hombre fue un aristócrata bizantino que tras estar casado durante cierto tiempo, se retiró a la vida monástica. Fue un hombre sabio y de él se conservan algunas de sus obras siendo muy conocida la crónica histórica que realizó sobre el Imperio Romano desde Diocleciano hasta Miguel I Rangabé (811-813). La Iglesia ortodoxa lo venera como santo.

 
 




Más conocida es la vida de San Teodoro Estudita (759-826), sobrino de San Platón al que acudió junto con sus hermanos para pedirle ayuda y seguir sus pasos en la vida ascética. A una edad muy temprana, entró en el Monasterio de Sakkudión (Bitinia), cuando era abad su tío. Posteriormente las circunstancias del momento impidieron su estancia en este monasterio, que sufrió las consecuencias del ataque por parte de pueblos invasores.

Ya en tiempos de la emperatriz Irene había ocupado la dignidad de abad en el Monasterio de Studión en Constantinopla, donde realizó una labor muy importante reforzando la disciplina de los monjes y poniendo coto a algunos excesos litúrgicos que en aquel momento se llevaban a cabo en dicho monasterio.

Ciertamente como aseguraba el Papa Benedicto XVI:
“En la liturgia resplandece el misterio Pascual, mediante el cual Cristo mismo nos atrae hacia sí y nos llama a la comunión. En Jesús, como solía decir San Buenaventura, contemplamos la belleza y el fulgor de los orígenes. Este atributo al que nos referimos no es mero esteticismo sino el modo en que nos llega, nos fascina y nos cautiva la verdad del amor de Dios en Cristo, haciéndonos salir de nosotros mismos y atrayéndonos así hacia nuestra verdadera vocación: el amor…

La belleza de la liturgia es expresión eminente de la gloria de Dios y, en cierto sentido, un asomarse al cielo sobre la tierra. El memorial del Sacrificio redentor lleva en sí mismo los rasgos de aquel resplandor de Jesús del cual nos han dado testimonio Pedro, Santiago y Juan, cuando el Maestro, de camino hacia Jerusalén, quiso transfigurarse ante ellos (Nc 9,2). La belleza, por tanto, nos es un elemento decorativo de la acción litúrgica; es más bien un elemento constitutivo, ya que es un atributo de Dios  mismo y de su revelación. Conscientes de todo esto hemos de poner gran atención para que la liturgia resplandezca según su propia naturaleza” (Exhortación apostólica de S.S. Benedicto XVI; Sacramentum Caritatis. Dada en Roma el 22 de febrero del año 2007, segundo de su Pontificado)

San Teodoro Estudita, teniendo en cuenta, precisamente, la necesidad de que la liturgia resplandezca según su propia naturaleza, tal como el Papa Benedicto XVI muchos siglos después, nos ha recordado, puso gran interés en que los monjes de su tiempo la llevaran a cabo de acuerdo con este gran principio, y por eso es encomiable la labor que el santo hizo en este sentido.

Por otra parte, este hombre santo fue un valiente defensor de la veneración de las imágenes (iconos) enfrentándose al Emperador León V el Armenio, que era favorable a esta herejía, como hemos comentado, el cual lo exilió rápidamente para evitar su influencia en la Corte.

 Las obras de este santo figuran en la Patrología griega, y son muy importantes para la Iglesia de Cristo, ya que en ellas hace resaltar su ideal sobre las cualidades de la vida monástica: castidad, estabilidad (evitar cambios frecuentes de monasterios) y sobre todo pobreza. Fue por tanto un modelo a seguir que prácticamente la mayoría de los monasterios bizantinos han aceptado y mantenido a lo largo de los tiempos.

León V el Armenio tenía un buen amigo llamado Miguel, compañero de armas que se apodaba Amorium, debido a su nacimiento en la ciudad de Amorium, situada en el centro de Asia Menor; pero este amigo le fue infiel y sospechando León de su infidelidad ordenó que fuera encarcelado. Este hecho provocó la revuelta del grupo conspirador que apoyaba a Miguel y el día de navidad del año 820, mientras que León V dirigía el canto en los servicios de la capilla de su palacio, fue asesinado; los conspiradores sacaron después a Miguel de la celda en que se encontraba y le coronaron emperador con el nombre de Miguel II y el sobrenombre de el Tartamudo, por tener éste un defecto en el habla.

El reinado de Miguel II (820-829) relativamente corto, se caracterizó por las constantes incursiones de los búlgaros sobre el Imperio, sobre todo en la región del norte, donde los bizantinos sufrieron sucesivas derrotas, y al mismo tiempo los árabes también atacaban al Imperio por mar. Por otra parte, el Imperio se vio afectado por una insurrección que había tenido lugar en Hispania (Península Ibérica), que provocó la salida de miles de exiliados. Se cree que unos quince mil musulmanes españoles partieron por el mediterráneo y se establecieron en la Alejandría. Al ser estas gentes insumisas y rebeldes, difícilmente fue posible su integración, por lo que  el gobernador egipcio les hizo ver mediante soborno que sería preferible para ellos, que se alejaran de allí y trataran de conquistar algún territorio del Imperio Bizantino, que en ese momento se encontrara en una situación débil desde el punto de vista militar. Así fue como en el año 826, éstos,  invadieron Creta, sin mayores esfuerzos, convirtiéndola en un nuevo estado islámico independiente, edificando una nueva capital a la que llamaron Chandax.

La isla de Creta  se convirtió en un refugio muy adecuado para los piratas del Mediterráneo, los cuales atacaban a todos los barcos que pasaban cercanos a la costa, impidiendo así, durante muchos años el libre comercio en aquella zona. Por otra parte, se puede decir que estos hechos, provocaron en gran medida la pérdida del dominio del mar y sus costas para el Imperio Bizantino, ya que resultaban totalmente inseguras,  expuestas a los constantes saqueos de los piratas.

Miguel II era partidario también de la eliminación de las imágenes en el culto religioso, aunque trató de mantener buenas relaciones con el Papa de Roma, que en ese momento era Eugenio II (824-827). Sin embargo, cometió el gran error de casarse, después de la muerte de su primera esposa, con Eufrosina, hija del Emperador Constantino VI, el emperador que había sido cegado por su propia madre, la emperatriz Irene, unos treinta años antes, y de esta forma se alineó con la tristemente célebre dinastía Isaúrica. No tuvieron descendencia, y a la muerte del emperador en el año 829, siendo Papa Gregorio IV (827-844), su hijo Teófilo, habido, de su primera esposa, fue coronado emperador.

El Emperador Teófilo, a diferencia de su padre Miguel II tenía una buena educación y estaba abierto al mundo de la cultura,  por lo que el Imperio mejoró mucho en este sentido. La Iglesia sin embargo, sufrió con él un gran retroceso  respecto al problema iconoclasta, ya que Teófilo se declaró totalmente partidario de la eliminación de las imágenes o iconos, persiguiendo a los iconódulos con la misma crueldad que lo hiciera su antecesor León V el Armenio.

Un claro ejemplo de las persecuciones llevadas a cabo por este nuevo emperador lo tenemos en José Himnógrafo, también llamado José el Siciliano por ser natural la isla de Sicilia, que por entonces pertenecía al Imperio Bizantino. Fue un gran erudito de la época que a muy temprana edad se sintió llamado a la vida monástica.  A causa de los ataques de los musulmanes a Sicilia, su familia tuvo que huir hacia Peloponeso y en el año 831, cuando tenía sólo 15 años decidió retirarse al Monasterio de Latomus (Tesalónica) que era muy conocido por la devoción y ascetismo de sus monjes. Ordenado presbítero acompañó a su maestro Gregorio de la Decápolis a Constantinopla donde se convirtió en uno de los jefes del partido ortodoxo que luchaba contra la iconoclastia.

Gregorio envió a José desde Constantinopla a Roma para pedir apoyo al Papa que se encontraba también en lucha contra los iconoclastas, pero fue capturado por los piratas y llevado a Creta; rescatado por personas caritativas, pudo volver a Constantinopla, pero su amigo y maestro Gregorio, probablemente ya había muerto o se encontraba moribundo.

Por su fidelidad y lucha a favor de los iconódulos, fue desterrado, seguramente, por intereses del Emperador Teófilo (829-842), pero a la muerte del emperador, la emperatriz Teodora, con la ayuda del Patriarca Ignacio II de Constantinopla, consiguió para él, el cargo de <portador de los objetos sagrados> de la Iglesia de la capital, muriendo a avanzada edad en el año 883.

Por otra parte, José Himnógrafo, es conocido en el mundo de la cultura por el gran número de Cánones poéticos que escribió, e Himnos que compuso, de una gran calidad litúrgica.

Aunque se conservan algunos de sus trabajos, hay cierta dificultad para distinguir su obra de la de José Estudita que también fue un gran poeta; sin embargo se consideran prácticamente suyos: Los Cánones: <Imnomnia Beatae Virginis Mariae festa>, en honor de la Virgen María, así como los Himnos: <levantemos nuestras voces ahora>, <estrellas de la mañana>, y <perdónanos, Señor>, que continúan cantándose en la liturgias Griega y Oriental, y en algunas adaptaciones de los Himnos protestantes.

Desgraciadamente, el Emperador Teófilo en el año 832, promulgó un edicto por el que declaraba ilegal el culto de los iconos, y compresiblemente sus relaciones con el por entonces Papa de Roma, Gregorio IV (827-844), se vieron muy dificultadas ante esta actitud contraria a la Iglesia católica; lo cual no le importó excesivamente a  este emperador iconoclasta, ya que se encontraba mucho más preocupado con el avance constante de sus enemigos territoriales hacia el Imperio Bizantino. De hecho hubo distintos enfrentamientos entre los bizantinos y las huestes de sus atacantes árabes, pero en el año 836 el ejército bizantino consiguió saquear y destruir casi por completo la región en la que había nacido uno de sus Califas, el cual reaccionó en consecuencia, atacando a su vez al Imperio y destruyendo Amorium, ciudad origen de la nueva dinastía bizantina.

 
 



Como fruto de este éxito de los árabes, el emperador Teófilo sufrió un duro golpe del que nunca se recuperó, falleciendo en el año 842,  dejando como sucesor a su hijo Miguel, que por entonces sólo tenía cuatro años. Su madre, Teodora, actuó por tanto como regente de su hijo, al igual que hiciera en su momento Irene con el suyo, Constantino VI. Esta mujer mantuvo un comportamiento moderado respecto al problema iconoclasta, dejando de perseguir a los iconódulos de manera que en el año 843, la iconoclastia prácticamente había desaparecido, después de más de un siglo de su inicio.

Teodora fue una buena regente para su pueblo, pero como Irene se sintió tan atraída por el poder que teniendo su hijo ya edad para reinar, le costaba trabajo darle paso al gobierno que le pertenecía por herencia. Tuvo que actuar Bardas, tío de Miguel, dando un golpe de estado a consecuencia del cual  apartó a la regente del poder; ésta, a diferencia de Irene, no intentó intrigar para rehacerse del golpe recibido y se retiró a un convento, donde permaneció hasta su muerte. Entre tanto su hijo subió al poder con el nombre de Miguel III, tomando a su tío Bardas como consejero, el cual a pesar de todo le llegó a ser, a la larga infiel. Siguió luchando contra los musulmanes que avanzaban inexorablemente, en concreto, hacia el Asia Menor y la isla de Sicilia, de tal forma que el propio Papa Gregorio IV tuvo que hacer frente también a este avance islámico en el sur de Italia, construyendo un bastión en Ostia para evitar el desembarco de los sarracenos.

En el año 846 siendo ya Papa Sergio II (844-847), los árabes desembarcaron en las bocas del río Tiber y asaltaron Roma, saqueándola, e incluso llegaron hasta las tumbas de los apóstoles Pedro y Pablo pero durante el regreso  a su zona de influencia, su flota fue destruida por un temporal.

Durante el reinado de Miguel III, pese a las derrotas militares de los bizantinos, en Asia Menor, se produjo un gran renacimiento cultural del Imperio y esta cultura se difundió hacia el exterior  de Oriente, llegando hasta el Imperio de Occidente y ello condujo a algunas envidias y rencillas en el propio seno de la respectivas Iglesias. A consecuencia de todo esto, se formaron dos grupos de cristianos, aquellos que aceptaban al Papa de Roma como cabeza de la Iglesia y aquellos otros que consideraban que este puesto le correspondía al Patriarca de Constantinopla, independientemente de que todos ellos tenían el mismo proyecto, que era el anuncio del Mensaje de Cristo.

Por su parte, los distintos pueblos paganos de la época  escogieron aquella Iglesia o mejor aquella rama de la Iglesia de Cristo que les pareció más adecuada para sus propios intereses y así por ejemplo los eslavos moravos que habitaban en lo que hoy conocemos como Chequia y Eslovaquia solicitaron al Emperador de Constantinopla que les enviaran misioneros para evangelizarlos pues deseaban pertenecer a la Iglesia Oriental.

 
 



Miguel  III en el año 862 atendió esta petición del pueblo eslavo, y envió a los hermanos Cirilo y Metodio a evangelizar en el país de los moravos. Esta evangelización fue muy eficaz puesto que inventaron un alfabeto de forma que tuvieran fácil acceso al mensaje de Cristo, a través de la traducción de las Sagradas Escrituras al eslavo.

Estos hermanos provenían de Tesalónica y el príncipe Ratislav I vio con buenos ojos la labor misionera de los mismos en la Gran Moravia, la cual llevaron a cabo hasta su muerte; en el 869 tuvo lugar la muerte de Cirilo en Roma y en el 885 murió Metodio en la Gran Moravia. Ambos hermanos son venerados como santos por las Iglesias ortodoxa y católica, subiendo a los Altares en el año 1880; el Papa San Juan Pablo II los elevó a la categoría de Patronos de Europa en 1980, y escribió una Carta Encíclica para poner de relieve la labor inconmensurable, por ellos realizada.

Entre otros datos de interés, el Papa San Juan Pablo II aseguraba en su Carta <Slavorum Apostoli>  que:

“Los apóstoles de los eslavos, Santos Cirilo y Metodio, permanecen en la memoria de la Iglesia junto a la gran obra de evangelización que realizaron. Se puede afirmar más bien que su recuerdo se ha hecho particularmente vivo y actual en nuestro tiempo.

Al considerar la veneración, plena de gratitud de la que los santos hermanos de Salónica (antes Tesalónica), gozan desde hace siglos, especialmente en las naciones eslavas, y recordando la inestimable contribución dada por ellos a la obra del anuncio del evangelio en aquellos pueblos y, al mismo tiempo, a causa de la reconciliación, de la convivencia amistosa, del desarrollo humano y del respeto a la dignidad intrínseca de cada región, con la Carta Apostólica <Egregiae Virtutis> del 31 de diciembre de 1980, proclamé a los Santos Cirilo y Metodio:  Patronos de Europa.  Continué así la línea trazada por mis Predecesores y, de modo particular, por León XIII, quien hace algo más de cien años, el 30 de septiembre de 1880, extendió a toda la Iglesia el culto de los dos santos con la Carta Encíclica <Grand Munus> y por el Papa Pablo VI, quien, con la Carta Apostólica <Pacis Numtius>  proclamó a San Benito, Patrón de Europa el 24 de octubre de 1964”.

Así mismo, San Juan Pablo II al ser entrevistado por el periodista Vittorio Messori a finales del siglo pasado, a su pregunta sobre el tema de la evangelización, refiriéndose concretamente a la labor realizada por  los hermanos Cirilo y Metodio en este campo, aseguraba que (Cruzando el umbral de la esperanza. Editado por Vittorio Massori. Círculo de lectores 1995):

“Uno de los más grandes acontecimientos en la historia de la evangelización fue sin duda alguna la misión de los dos hermanos provenientes de Tesalónica, los santos Cirilo y Metodio. Fueron los apóstoles de los eslavos: llevaron el Evangelio y al mismo tiempo pusieron  los fundamentos de las culturas eslavas. En cierta medida, estos pueblos son deudores de una lengua litúrgica y literaria. Ambos trabajaron en el siglo IX entre Constantinopla y Roma. Y lo hicieron en nombre de la unidad de de las Iglesias, de Oriente y de Occidente, a pesar de que esa unidad comenzaba entonces a deshacerse. El patrimonio de su evangelización ha permanecido en las vastas regiones de la Europa central y meridional, y tantas naciones eslavas, aún hoy, reconocen en ellos no solamente a los maestros de la fe, sino a los padres de la cultura”

Hay que tener en cuenta que los búlgaros, que siempre consideraron enemigos suyos a los bizantinos, pidieron, en primer lugar, ser evangelizados por la Iglesia de Occidente, a lo que ésta respondió de inmediato enviando misioneros a las regiones por ellos habitadas. Sin embargo circunstancias adversas y malos entendidos, hicieron que finalmente este pueblo se decantara por la unión con la Iglesia de Oriente, como ya hemos comentado y más adelante recordaremos.  

Junto a hechos tan relevantes y emotivos en materia de evangelización, por desgracia también tuvo lugar en el siglo IX un grave problema cismático, el cual  supuso un gran dolor y pérdida para la Iglesia de Cristo. Nos referimos al llamado Cisma de Focio que tuvo lugar siendo Patriarca de Constantinopla San Ignacio (Miketas).

 
 



El padre de San Ignacio fue el  emperador bizantino Miguel I Rangabé y su madre fue: Prokopia, hija del emperador Nicéforo I. Circunstancias especiales de su vida en la Corte le llevaron inicialmente a la vida monástica, sin embargo su comportamiento intachable, y su gran humildad dio lugar a que la emperatriz Teodora II le nombrara en el año 847 Patriarca de Constantinopla, viéndose involucrado más tarde, sin desearlo, en el Cisma de Focio.

En efecto, a mediados del siglo IX tuvo lugar el llamado Cisma de Focio, durante el Pontificado de San Nicolás I (858-867). Por entonces Bardas, tío del emperador de Bizancio vivía incestuosamente con su nuera Eudoxia y ejercía una gran influencia sobre su sobrino Miguel III, que aceptó la destitución y prisión del Patriarca Ignacio y su sustitución por Focio, hombre según se cuenta erudito aunque de condición moral  relajada y que por tanto no podía suponer ningún peligro para Bardas y una Corte corrupta que le apoyaba. Como era laico, este hombre fue investido de golpe con  todas las ordenes eclesiales, por parte de la Iglesia de Oriente, que desde hacía ya algún tiempo trataba de prevalecer sobre el Papa de Roma.

 



El Papa San Nicolás no admitiendo este manejo, envió dos delegados a Constantinopla para aclarar la situación, pero estos fueron engañados y no actuaron en consecuencia como la ocasión requería, permitiendo la destitución de Ignacio, el cual de alguna forma desde su destierro pudo informar al Papa de lo que estaba sucediendo. El Papa reacciono como era lógico convocando un Concilio en Letrán, en el que se tomo la decisión de destituir a Focio, así como excomulgarlo por impostor, restituyendo a Ignacio como Patriarca de Constantinopla. Para nada sirvió la actuación del Papa, porque contraviniendo su mandato, la Iglesia de Bizancio no solo no destituyo a Focio, sino que se atrevió a excomulgar a su vez al Pontífice de Roma, comenzando de esta forma un conflicto entre las Iglesias de Oriente y Occidente que a lo largo de los siglos, ha hecho mucho daño a la Iglesia de Cristo.
El Cisma de Focio implicó, por tanto,  la desobediencia al Papa, cabeza de la Iglesia de Cristo, así como una serie de errores teológicos conducentes a herejías cristológicas. Hay que destacar sobre todo el hecho de que Focio sacó a relucir un tema esencial sobre la procedencia del Espíritu Santo. Para este hombre que se creía en posesión de la verdad, por encima del Papa y del propio mensaje de Cristo, el Espíritu Santo procedía del Padre, pero no del Hijo, de nuestro Señor Jesucristo, mientras que la Iglesia Católica enseña, de acuerdo con el Nuevo Testamento que el Espíritu Santo procede del Padre y  también del Hijo. En latín, la palabra adicional <también del Hijo> es <Filioque>, pero Focio y sus defensores bizantinos se negaron a aceptarla, así como a que apareciera en el Credo de la Iglesia. Este tema ha contribuido a lo largo de los siglos a enturbiar las relaciones cada vez más tirantes entre las Iglesia de Oriente y Occidente, siendo una controversia difícil de resolver aún en nuestros días, aunque nada hay imposible para Dios que desea que todos sus hijos estén unidos…

En el año 867 Basilio I el macedonio que había gozado durante mucho tiempo de la estima y confianza del Emperador Miguel III usurpó el trono, tras haber asesinado previamente a Bardas (tío y valedor del emperador), y todo ello a pesar de que el Emperador Miguel III a la muerte de su tío había convertido a Basilio en emperador asociado a la Corona, en el año 866. Con el asesinato de Miguel III, la dinastía Amoriana llegó a su fin pasando a ser dinastía Macedonia (constituida tan sólo por tres emperadores durante un período de tiempo de algo más de medio siglo).

El nuevo emperador a pesar de tener un pasado tan terrible no resultó ser enemigo de la Iglesia de Occidente, por supuesto, por motivos personales, empezando su reinado con el destierro de Focio y la restauración de San Ignacio en el Patriarcado (867-877). Una vez muerto el Patriarca Ignacio, se volvió, sin embargo,  en contra de la Iglesia de Roma restituyendo en su puesto a Focio, aunque no le permitió tomar decisiones excesivamente extremas contra la misma.

Durante el reinado de Basilio I (867-886), los Papas fueron mucho más débiles que los del periodo anterior (800-867), formando parte de lo que se ha dado en llamar <época caótica del Papado>, en parte debido a las preocupaciones y desordenes de todo tipo soportadas, por el pueblo romano y sus Pontífices, y a las constantes incursiones de los ejércitos enemigos sobre Roma. Los nombres de estos Papas fueron: Adriano II (867-872), Juan VIII (872-882), Mariano I (882-884), San Adriano III (884-885) y Esteban V (885-891).

Basilio I murió en el año 886, según los historiadores debido a un accidente de caza, sucediéndole en el trono su hijo, que tomó el nombre de León VI, sin que los bizantinos se mostraran contrarios a este respecto, ya que se habían acostumbrado muy pronto a los métodos de poder de  la nueva dinastía Macedonia. León VI había recibido, según parece, una educación más esmerada que su padre, ya que uno de sus maestros había sido el propio Focio, un hombre teológicamente equivocado pero no por ello falto de ciencia y conocimientos.


León VI se consideraba un erudito, le gustaba escribir y lo hizo, tocando temas militares e incluso atreviéndose a realizar algunas obras poéticas. A pesar de haber sido instruido por Focio no mostró excesiva simpatía por su maestro y lo destituyó del Patriarcado, nada más tomar posesión de la Corona, sustituyéndole por otro Patriarca que le permitiera unas mejores relaciones con la Iglesia de Roma. La destitución de Focio fue definitiva en esta ocasión y se cree que murió recluido en un monasterio, ya, a avanzada edad.

Por otra parte, durante el reinado de este emperador de Oriente, desde el punto de vista militar, el Imperio sufrió unas humillaciones particularmente graves. El intento de su padre Basilio I de acabar con la piratería marina, había fracasado y las incursiones de los barcos que asolaban sus costas eran cada vez más osadas, navegando libremente por el mar Egeo (corazón del Imperio Bizantino), además, un peligro aún mayor se cernía por entonces sobre el Imperio, procedente de los pueblos nórdicos bárbaros, particularmente de los búlgaros, que ya no eran tan bárbaros y a demás no eran paganos porque se habían cristianizados.

 
 



En efecto, el rey búlgaro Boris I aceptó la conversión al cristianismo en el año 865 durante el reinado de Miguel III, junto con todo su reino, a pesar de ello, dentro de la nobleza búlgara siguió existiendo núcleos resistentes a la aceptación de esta nueva religión, que perseveraban en el paganismo.

De cualquier forma Boris I una vez convertido, junto con su pueblo al cristianismo, bajo la modalidad de la Iglesia de Oriente, no quería sin embargo encontrarse bajo el dominio político de dicho Imperio y ello requería tener también independencia religiosa, por lo que decidió tomar como cabeza de su Iglesia, un Patriarca propio, independiente del de Constantinopla.

Hacia el año 869 el rey Boris I, en plenas facultades físicas e intelectuales, decidió abdicar en su hijo Vladimiro, retirándose a un monasterio. Desgraciadamente este nuevo rey búlgaro resultó ser una persona soberbia e increyente, por lo que nada más tomar posesión del trono se dedicó a deshacer todas las buenas obras realizadas por su padre, tanto en el campo religioso, como en el político, pero al hacerlo se olvidó que su padre era viejo, más sin embargo, estaba fuerte aún, para salir de su retiro y cortar de raíz las desviadas intenciones de su hijo, como así lo hizo en el año 893, cuando reasumió sus poderes reales.

La nación casi al completo secundó a su antiguo rey, al cual seguían admirando, rechazando así al hijo, con lo cual Boris I pudo reorganizar de nuevo la Iglesia, su liturgia y todos los asuntos políticos, que su hijo había trastocado. Finalmente desconfiando de Vladimiro colocó como sucesor en el trono a su otro hijo Simeón y se retiró de nuevo al monasterio. Todavía este rey en la sombra sobrevivió diez años más a los acontecimientos históricos de su país pues su muerte se produjo a principios del siglo X, ya con la tranquilidad de que este segundo hijo no cambiaría la labor religiosa por él realizada, aunque eso sí, Simeón nunca renunció a llegar a ser algún día emperador absoluto del Imperio de Oriente.

Simeón conocía bien la historia del Imperio Bizantino, recordaba como Constantinopla había sido gloriosa y muy rica, y en su interior, deseaba que esta situación se volviera a reproducir, pero eso sí, bajo su mandato. Su ambición no tenía límites, de manera que con motivo de una simple disputa comercial en el año 894, atacó al ejército bizantino, de forma sorpresiva. Bizancio reaccionó, ante una situación insostenible pidiendo ayuda a otro pueblo bárbaro, los jázaros, probablemente turcos emigrados al Oeste (todavía no evangelizados), como en otras ocasiones había hecho al enfrentarse a los ataque de los búlgaros.

Se produjeron algunas batallas que culminaron finalmente en una contienda general en la que los perdedores fueron los búlgaros, los cuales se vieron obligados a firmar la paz con el Imperio de Oriente en el año 897.

El emperador bizantino León VI, además de estos enfrentamientos con el pueblo búlgaro tuvo también que afrontar otros problemas bélicos con las distintas tribus bárbaras de la zona, y por otra parte, su vida íntima también fue muy azarosa, ya que a la muerte de su primera esposa siguió la costumbre bizantina de casarse con varias mujeres, una tras otra, buscando un heredero para la Corona. Ninguna de sus esposas le dio el hijo que ansiaba para sucederle en el trono, en cambio su amante Zoe, tuvo ese hijo. León VI para asegurarse de que ese hijo ilegítimo heredaría el trono imperial, quiso casarse con Zoe, pero la Iglesia de Occidente no aceptó esta componenda y se lo prohibió. Sin embargo el Patriarca Nicolás el Místico bautizó al niño y lo legitimó,  poniéndole el nombre de Constantino. León VI desoyendo a la Iglesia de Roma poco después se casó con Zoe, mandando incluso al exilio al Patriarca Nicolás. Cuando murió León VI ya en el siglo X (912), su hijo era muy pequeño y fue  un hermano de este emperador el que asumió la regencia en nombre de su sobrino (Alejandro II).
 
 



Un año más tarde  tras  la muerte de León VI, murió su hermano Alejandro, y por entonces el hijo de Zoe y León VI tenía sólo siete años, por lo que la regencia del niño recayó primero en  Nicolás el Místico, que de nuevo había recuperado su Patriarcado,  y más tarde en la madre del futuro emperador, Zoe, la cual se vio también envuelta en enfrentamientos armados con el pueblo búlgaro, encabezados por el Zar Simeón I. De cualquier forma, el hijo de León VI llegó a reinar el Imperio de Oriente con el nombre de Constantino VII Porfirogeneta, a principios del siglo X.

Del breve repaso realizado sobre la historia del Imperio de Oriente a finales del siglo IX y principios del siglo X, se deduce que fueron tiempos muy difíciles tanto desde el punto de vista político como religioso, pero no lo fueron menos para el  Imperio de Occidente, y en especial para la Iglesia de Roma, cuyos Papas tuvieron que afrontar tanto el avance de los árabes por el sur como el de las tribus bárbaras nórdicas aún sin cristianizar. Por todo ello, el siglo IX no fue uno de los mejores para la Iglesia de Cristo, ya que entre otros muchos sucesos debemos destacar el inicio del futuro <Cisma de Oriente>, que aún continúa y que ha alejado a una parte de la Iglesia de Cristo de la otra. Sin embargo como decía el Papa San Juan Pablo II, refiriéndose a este conflicto y a otros que en siglos posteriores ocurrieron, los cristianos tenemos todos una base común que siempre nos unirá y que es Cristo, por tanto <lo que nos une es más grande que lo que nos divide> o como también aseguraba este gran Papa de la Iglesia Católica:

“hace falta muy buena voluntad para comprobar todo aquello en lo que las varias interpretaciones y prácticas de la fe se pueden recíprocamente compenetrar e integrar. Hay también que determinar en qué punto se sitúa la frontera de la división real, más allá de la cual la fe quedaría comprometida. Es legítimo afirmar que entre las Iglesias Católica y  Ortodoxa las diferencias no son muy profundas; en cuanto a las Iglesias y comunidades provenientes de la Reforma es, en cambio, obligado reconocer que la diferencia está mucho más acentuada, porque se violaron algunos elementos fundamentales establecidos por Cristo…

Es necesario que en el próximo siglo nos encuentre al menos más unidos, más dispuestos a emprender el camino de esa unidad por la que Cristo rezó en la vigilia de su Pasión. El valor de esa unidad es enorme…  Se trata en algún sentido del futuro del mundo. Las debilidades y prejuicios humanos no pueden destruir lo que es el plan de Dios para el mundo y la humanidad. Si sabemos valorar todo esto, podremos mirar al futuro con cierto optimismo. Podemos tener confianza en que <Él que ha iniciado en nosotros la obra buena, la llevará a su cumplimiento> (Flm. 1,6)” (Cruzando el Umbral de la Esperanza. Juan Pablo II. Licencia editorial para el Círculo de lectores por cortesía de Plaza & Jané Editores, S.A. 1997)

 

 

 

 

 

sábado, 9 de abril de 2016

JESÚS DIJO (XIX): TRABAJOS PUBLICADOS POR MRM.MARUS


 
 
 
 




*Jesús y la construcción espiritual de la Iglesia (03/03/16)

 

 

*La importancia del Catecismo en el conocimiento sistemático del contenido de la fe (07/03/16)

 

 

*Jesús y el pecado del hombre en el siglo XXI (25/03/16)

 

 

*¿La Sábana Santa contiene el testimonio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús? (26/03/16)

 

 

*Jesús y sus milagros: Confirmación de su Misión Mesiánica y venida del Reino de Dios (01/04/16)

 

 

 
La Santa Biblia. Traducida de los textos originales en equipo bajo la dirección de Dr. Evaristo Martín Nieto. Editorial San Pablo (1988)

 

 

 

PROPAGACIÓN DEL EVANGELIO ENTRE LOS PAGANOS

 

PRIMER VIAJE DE PABLO

 

“En la Iglesia de Antioquía había profetas y doctores: Bernabé y Simón, apodado el Negro; Lucio de Cirene; Manahén, hermano de leche de Herodes el virrey, y Saulo. / Mientras celebraban el culto del Señor y ayunaban, el Espíritu Santo dijo: <Separadme a Bernabé y a Saulo para la obra a la que los he llamado>. / Entonces, después de haber ayunado y orado, les impusieron las manos y los despidieron”.

 

*En Chipre (13, 4-12)

 

“Con esta misión del Espíritu Santo fueron a Seleucia, desde donde se embarcaron hacia Chipre. / Al llegar a Salamina, se pusieron a anunciar la palabra de Dios en las sinagogas de los judíos. Tenían también a Juan como auxiliar. / Atravesaron toda la isla de Pafos y encontraron a un mago pseudo-profeta judío, llamado Bar Jesús, / que estaba con el procónsul  Sergio Paulo, hombre prudente, el cual llamó a Bernabé y Saulo deseoso de oír la palabra de Dios. / Pero Elimas,  el mago (tal es el significado de su nombre), se les oponía procurando apartar al procónsul de la fe. / Entonces, Saulo llamado también Pablo, lleno del Espíritu Santo, clavó en él sus ojos y le dijo: / <Embustero, malvado hijo del diablo, enemigo de toda justicia, ¿Cuándo vas a cesar de hacer tortuosos los rectos caminos del Señor? / Pues ahora la mano del Señor, está sobre ti, te vas a quedar ciego sin ver el sol por cierto tiempo>. Y en el mismo instante quedó sumergido en la oscuridad y en las tinieblas; y dando vueltas; buscaba quien lo llevara de la mano. / Entonces el procónsul, viendo lo que había sucedido, creyó, lleno de admiración por la doctrina del Señor”.

 

*En Antioquía de Pisidia (13, 13-44)

 

“Pablo y los suyos zarparon de Pafos y llegaron a Perge en Panfilia. Juan los dejó y se volvió a Jerusalén. / Ellos continuaron su viaje, y de Perge pasaron a Antioquía de Pisidia. El sábado entraron en la sinagoga y se sentaron. / Después de la lectura de la ley y de los profetas, los jefes de la sinagoga les mandaron a decir: <Hermanos, si tenéis alguna palabra que comunicar al pueblo decidla>. / Pablo se levantó y, haciendo con la mano la señal de silencio dijo: <Israelitas y los que sois fieles a Dios, escuchad. / El Dios de este pueblo, Israel, eligió a nuestros padres y acrecentó al pueblo durante su exilio en Egipto, y con brazo poderoso los sacó de allí. / Por espacio de cuarenta años los asistió en el desierto, / y después de haber destruido a siete naciones en tierra de Canaán, les dio posesión de sus tierras / al cabo  de unos cuatrocientos años. Después de esto, les dio jueces hasta el profeta Samuel. / Luego pidieron rey, y Dios les dio a Saúl, hijo de Cis, de la tribu de Benjamín, que reinó durante cuarenta años. / Después lo destituyó y les dio como rey a David, hijo de Jesé, de quien dio este testimonio: He encontrado a  David, hombre de mi agrado, quien cumplirá todos mis deseos. / Dios según sus promesas, de la descendencia de éste ha suscitado para Israel, un salvador, Jesús. / Antes de su venida, Juan había predicado a todo el pueblo de Israel un bautismo de conversión. / Cuando estaba para terminar su misión. Juan decía: Yo no soy lo que vosotros creéis que soy, sino que viene en pos de mí aquel de quien no soy digno de desatar la sandalia. / Hermanos, hijos de la estirpe de Abrahán, y los que sois fieles a Dios: a vosotros ha sido enviada esta palabra de salvación. / Porque los habitantes de Jerusalén y sus jefes han cumplido, sin saberlo, las palabras de los profetas que se leen cada sábado; / y sin haber encontrado ninguna causa de muerte, le condenaron y pidieron a Pilato que lo matase. / Y así que cumplieron lo que acerca de él estaba escrito, lo bajaron del leño y lo sepultaron. / Pero Dios lo resucitó de entre los muertos, / él se apareció muchos días a los que habían  ido con él de Galilea a Jerusalén, y que ahora son sus testigos ante el pueblo. / Nosotros os anunciamos la buena nueva: la promesa hecha a nuestros padres / Dios ha cumplido en nosotros, tus hijos, resucitando a Jesús, según está escrito en el salmo segundo: Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy. / Y que Dios lo ha resucitado de los muertos de forma que no vuelva más a la corrupción, lo había afirmado: Os cumpliré las promesas firmes que hice a David. /Por la cual dice también en otra parte: No permitirás que tu santo vea la corrupción. / Pues bien, David, después de haber cumplido durante su vida la voluntad de Dios, murió, fue sepultado con sus padres y vio la corrupción. / Pero el que Dios ha resucitado no ha visto la corrupción. / Sabed, pues, hermanos, que por medio de éste se os anuncia el perdón de los pecados; / y quien cree en él es justificado de todas las cosas de las que no pudisteis ser justificados por la ley de Moisés. / Mirad, por tanto, que no os suceda lo dicho en los profetas:

 < Mirad, engreídos,

 y quedaos admirados y asombrados,

 pues voy a realizar

 en vuestros días una obra

 que no creeríais

 si alguno os lo contara>

Y al salir les rogaron que continuaran hablando de lo mismo el próximo sábado. / Cuando se disolvió la reunión, muchos judíos y prosélitos practicantes seguían a Pablo y a Bernabé, los cuales hablaban con ellos exhortándoles a ser fieles a la gracia de Dios. / El sábado siguiente casi toda la ciudad acudió a escuchar la palabra de Dios”.

 

 *Predicación  a los paganos (13, 45-52)

 

“Los judíos, al ver tanta gente, se enfurecieron y se opusieron con blasfemias a lo que Pablo decía. / Entonces Pablo y Bernabé dijeron con toda libertad: <A vosotros había que anunciar antes que a nadie la palabra de Dios; pero ya que la rechazáis y no os juzgáis dignos de la vida eterna, nos vamos a los paganos. / Así nos lo mandó el Señor: Te he puesto como luz de las naciones, para que lleves la salvación hasta el fin de la tierra>. / Los paganos, al oírlo, se llenaron de alegría y aplaudieron la Palabra del Señor y todos los que estaban destinados a la vida eterna abrazaron la fe. / La Palabra del Señor se difundía por todo el país. / Pero los judíos soliviantaron a las mujeres religiosas y nobles y a los principales de la ciudad, provocaron una persecución contra Pablo y Bernabé y los echaron de su territorio. / Éstos sacudieron el polvo de sus pies contra ellos y se fueron a Iconio. / Y los discípulos estaban llenos de gozo y del Espíritu Santo.

 

 

 

                                                                                                                                                                

 

 

 

 

 

 

 

 

 

lunes, 4 de abril de 2016

VI APARECER UNA GRAN MUCHEDUMBRE QUE NADIE PODÍA CONTAR



 
 
 
 
 
 
"Vi aparecer una gran muchedumbre, que nadie podía contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua. Estaban de pie delante del trono de Dios y delante del cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en las manos. Gritaban con voz potente: La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del cordero (Apocalipsis 7, 9-10)
 
Los hombres santos y las mujeres santas que en este mundo han sido entendieron a la perfección la labor que podían realizar por la gracia recibida del Espíritu Santo;  ellos son mediadores entre Dios y los hombres, en cuanto están asociados al único Mediador que es Jesús, el  Unigénito Hijo de Dios.

Para muchos hombres de hoy en día, esta idea es algo sin sentido y la niegan rotundamente, sin pararse a pensar que los designios de Dios son inescrutables y los seres humanos no tiene inteligencia suficiente para entender estos misterios;  por mucho que se empeñe en ello, siempre llegarán a la misma conclusión: Sólo Dios todopoderoso está en posesión de la Verdad y a Él se debe todo consuelo.

Así lo enseñaba el Beato Tomás de Kempis, en su obra magistral <Imitación de Cristo>, que desde la Edad Media hasta nuestros días ha servido de guía espiritual a tantas generaciones, aunque en la actualidad muchos ni siquiera han escuchado hablar de este libro y mucho menos de este hombre santo. No obstante, por suerte, todavía hay creyentes que siguen leyéndolo y recibiendo sus sabios consejos:

“Ponte siempre en lo más bajo que ya te darán lo más alto: porque no está lo muy alto sin lo hondo.Los grandes santos cerca de Dios son pequeños cerca de sí y cuanto más gloriosos tanto en sí más humildes, llenos de verdad y de gloria celestial; no son codiciosos de la gloria vana; fundados y certificados en Dios, en ninguna manera pueden ser soberbios. Y los que atribuyen a Dios todo cuanto reciben, no buscan ser loados unos de otros, sino que buscan la gloria que  sólo de Dios viene, y codician que sea Dios glorificado sobre todos en sí mismos y en todos los santos, y siempre tienen esto por fin”.

Si reflexionamos mínimamente sobre estas palabras comprenderemos ciertamente, cuánta razón encierran. Sin embargo el hombre de este siglo, recogiendo todas las ideologías y malas doctrinas de sus más cercanos antepasados (Siglo XIX y Siglo XX), se encuentra metido en un pozo sin fondo, en manos del maligno y sus acólitos, porque el mal está institucionalizado.  

No hablamos de memoria en este sentido, porque son muchas las personas  sometidas al diablo en la actualidad, y por eso la Iglesia ha tenido que volver a impulsar el <Ministerio de los Exorcistas> para prestarles ayuda en sus sufrimientos y desde luego sus padecimientos no son cosas de siquiatras y mucho menos de psicólogos, como algunos en su ignorancia defienden; tampoco son cosas del pasado, porque el mal existe y como hemos mencionado antes, está institucionalizado.

Los Pontífices de todos los tiempos se han preocupado de este problema que siempre ha existido, pero que en los últimos siglos parece que se ha agudizado. Por eso, ya en el siglo pasado el Papa Pío XII aseguraba, refiriéndose a este grave problema (Mediator Dei. Carta Encíclica. Noviembre de 1947):

“El Mediador entre Dios y los hombres (I Tim 2,5) el gran Pontífice, que penetró hasta los más alto del cielo, Jesús, hijo de Dios (Heb 4,14), al encargarse de la obra de misericordia con que enriqueció al género humano con beneficios sobrenaturales, quiso sin duda alguna, restablecer entre el hombre y su Criador aquel orden que el pecado había perturbado, y volver a conducir al Padre celestial, primer principio y último fin, la mísera descendencia de Adán, manchada por el pecado original”

 



Se refiere el Santo Padre Pío XII en su Encíclica, en primer lugar, a la Carta de San Pablo dirigida a su discípulo Timoteo; se trata de una epístola Pastoral (Frecuentemente con este título se designan, desde mediados del siglo XVIII, las epístolas dirigidas, por este apóstol, a sus discípulos Timoteo y Tito), en concreto, ésta tiene por objeto  dar una serie de instrucciones a Timoteo, para que las lleve a la práctica en su comunidad religiosa (probablemente Éfeso) como ayuda a su ministerio evangelizador (I Tim 2, 1-6):

-Recomiendo, pues, lo primero de todo, que se hagan plegarias, oraciones, intercesiones, acciones de gracia por todos los hombres,

-por los reyes y por todos los que ocupan altos puestos, con el fin de que pasemos una vida tranquila y sosegada con toda piedad y dignidad.

-Esto es bueno y acepto a los ojos de Dios nuestro salvador,

-el cual quiere que todos los hombres sean salvados y vengan al pleno conocimiento de la verdad.

-Porque uno es Dios, uno también el Mediador de Dios y de los hombres, un hombre, Cristo Jesús,

-que se dio, a sí mismo, como precio de rescate por todos; divino testimonio dado en el tiempo oportuno.

La venida de Cristo se produjo, como asegura el apóstol San Pablo, en el <tiempo oportuno>. Él es el único Mediador entre Dios y los hombres, es el testigo de Dios, la Verdad absoluta.
La voluntad salvífica universal de Dios, se pone de manifiesto en estos versículos de la Carta de San Pablo, donde el apóstol recomienda a su discípulo Timoteo que predique entre sus seguidores la necesidad de orar, tanto para aquellos que ocupan altos puestos, como para el pueblo llano, porque esto es grato a los ojos de Dios.
Por otra parte, el Papa Pío XII cita también en la Carta Encíclica anteriormente mencionada (Mediator Dei), otra Carta de San Pablo, nos referimos a la <Epístola a los Hebreos>, la cual aunque algunos exegetas consideran que no pertenece a San Pablo,  sin embargo conserva en esencia todo el pensamiento y la doctrina del apóstol.

Él motivo de dicha misiva parece muy claro; los hebreos eran aquellos judíos que habían escuchado la Palabra de Jesús, pero que por problemas nacionalistas de aquel momento histórico, se encontraban perseguido y anonadados por otra parte de su propio pueblo, que mayoritariamente no aceptaba que Jesús hubiera sido el Mesías esperado por el pueblo de Israel. En esta epístola se trata de dar consuelo y aliento a los seguidores de Jesús, desvaneciendo sus preocupaciones y temores, haciéndoles ver la gran diferencia y dignidad de la santidad cristiana frente a otras religiones, recordándoles finalmente que Jesús es el Hijo de Dios (Hb 4, 14-15):

-Teniendo, pues, un Pontífice grande, que ha penetrado los cielos, Jesús, el Hijo de Dios, mantengamos firme la fe que procesamos.

-Pues no tenemos un Pontífice incapaz de compadecerse de nuestras flaquezas, antes bien probado en todo a semejanza nuestra, excluido el pecado.
 
 

Como también aseguraba el Papa Benedicto XVI (<Dios está cerca>; Ed. Crhonica S.L. 2011):
“El Dios vivo y personal, está en el centro de la fe auténtica. Su presencia es eficaz y salvífica; el Señor no es una realidad inmóvil ni ausente, sino una persona viva que gobierna a sus fieles, se compadece de ellos, y los sostiene con su poder y su amor. Contra puesto a Él, está la idolatría, manifestación de una religiosidad desviada y engañosa”

 

 

 


Jesucristo mientras vivió en la tierra anunció su Resurrección y el Reino de Dios, se consagró para procurar la salvación de las almas, con el ejercicio de la oración y el sacrificio, como podemos leer en el Nuevo Testamento, hasta que finalmente se ofreció en la Cruz como víctima inmaculada para limpiar la conciencia de los hombres y para que tributásemos un verdadero culto al Dios vivo. Cristo en efecto, se ofreció en la Cruz como víctima inmaculada para limpiar nuestras conciencias y sellar con su sangre para siempre la Nueva Alianza entre Dios y los hombres, abriéndonos las puertas del Cielo (Hb 9, 11-14):

-Más Cristo, habiéndose presentado como Sumo Sacerdote de los bienes venideros, penetrando en el tabernáculo más amplio y más perfecto, no echó de manos, esto es,  no de esta creación,

-y no mediante sangre de machos cabríos y de becerros, sino mediante su propia sangre, entró de una vez para siempre en el santuario, consiguiendo una redención eterna.

-Porque si la sangre de machos cabríos y de toros y la ceniza de la becerra santifican con su aspersión a los contaminados en orden a la purificación de la carne,

-¡cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu Eterno, se ofreció así mismo inmaculado a Dios, purificará vuestra conciencia de obras muertas, para que rindáis culto al Dios viviente
 
 

 Jesucristo quiso que la vida sacerdotal por Él iniciada en su cuerpo mortal, en el transcurso de los siglos, no cesara en su cuerpo místico, que es la Iglesia, instituyendo un sacerdocio visible para ofrecer en cualquier lugar del mundo la <oblación pura> y que de este modo sirviese, liberados del pecado, a Dios por deber de conciencia (Pío XII Ibid).

Como podemos leer en el Catecismo de la Iglesia Católica (nº 1544 – 1545 y 1584):

-Todas las prefiguraciones del sacerdocio de la Antigua Alianza encuentran su cumplimiento en Cristo Jesús, “Único Mediador entre Dios y los hombres” (I Tm, 2,5). Melquisedec, “Sacerdote del Altísimo” (Gn 14,18), es considerado por la Tradición cristiana como una prefiguración del sacerdocio de Cristo, único “Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec” (Hb 5,10; 6,20), “Santo, inocente, inmaculado” (Hb 7,26),  que, “Mediante una sola oblación ha llevado a la perfección para siempre a los santificados” (Hb 10,14), es decir, mediante el único Sacrificio de su Cruz.




*El Sacrificio redentor de Cristo es único, realizado una vez por todas. Y por esto se hace presente en el Sacrificio Eucarístico de la Iglesia. Lo mismo sucede con el único sacerdocio de Cristo: Se hace presente por el Sacerdocio Ministerial sin que con ello se quebrante la unidad del Sacerdocio de Cristo: “Et ideo solus Christus est verus sacerdos, alii autem ministri eius” (“Y por eso sólo Cristo es el verdadero Sacerdote; los demás son ministros suyos”, S.Tomás de Aquino, Hebr. 7;4).
*Puesto que en último término es Cristo quien actúa y realiza la salvación a través del ministro ordenado, la indignidad de éste, no impide a Cristo  actuar (Concilio Ecuménico de Trento: DS 1612; 1154).

 




San Agustín predicaba con firmeza:

“En cuanto al ministro orgulloso, hay que colocarlo con el diablo. Sin embargo, el don de Cristo no por ello es profanado: lo que llega a través de Él, conserva su pureza, lo que pasa por Él, permanece limpio y llega a tierra fértil… En efecto, la virtud espiritual del Sacramento es semejante a la luz: los que deben ser iluminados la reciben en su pureza y si atraviesa seres manchados, no se mancha”

 A pesar de todas estas enseñanzas y razonamientos de la Iglesia, muchos cristianos de hoy en día dicen: <no voy a misa porque no creo en los sacerdotes>, o <no me confieso porque el sacerdote incumple las leyes de Dios, igual que cualquier otro hombre>, y llegado el caso,  lo que es peor: <no creo en la Santa Hostia, ni que Cristo está presente en ella, en su Cuerpo y en su Sangre>.

Los cristianos y en particular los católicos tenemos que pensar y actuar de otra forma, recordando la Palabra del Señor, la cual se encuentra perfectamente sintetizada en el Catecismo de la Iglesia Católica.

 El Papa Benedicto XVI cuando proclamó el <Año de la fe>, en su Carta Encíclica <Porta fidei> (Dada en Roma el 11 de octubre del 2011), nos pidió en varias ocasiones que leyéramos el Catecismo de la Iglesia Católica con más frecuencia, pues de esta forma estaríamos mejor informados de los Dogmas de la Iglesia, fiel reflejo del Mensaje de Jesús y podríamos actuar en consecuencia, sin caer en malos entendidos, y a ser posible trataríamos igualmente de enseñarlos a aquellos cristianos que los desconocen. Si lo hiciéramos así estaríamos realizando una labor evangelizadora silenciosa pero muy eficaz para todos los creyentes.




Recordemos que la Iglesia continua el oficio sacerdotal de Jesucristo sobre todo mediante la Sagrada Liturgia (Carta Encíclica <Mediator Dei> del Papa Pío XII (Dada en Roma en noviembre del 1947):
“Esto lo hace, en primer lugar, en el altar, donde se representa perpetuamente el Sacrificio de la Cruz (cf. Concilio Tridentino, sas. 22 C.1) y se renueva, con la sola diferencia del modo de ser ofrecido (Ibid., C.2); en segundo lugar, mediante los Sacramentos, que son instrumentos peculiares, por medio de los cuales los hombres participan de la vida sobrenatural; y por último, con el cotidiano tributo de alabanzas ofrecido a Dios…

¡Qué espectáculo más hermoso para el cielo y para la tierra que la Iglesia en oración!, decía nuestro predecesor Pío XI, de feliz memoria:

<Siglos hace que, sin interrupción alguna, desde una media noche a la otra, se repite sobre la tierra la divina Salmodia de los cánticos inspirados, y no hay hora del día que no sea santificada por su liturgia especial; no hay período alguno en la vida, grande o pequeño, que no tenga lugar en la acción de gracias, en la alabanza, en la oración, en la reparación de las preces comunes del cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia> (Carta Encíclica Papa Pío XI <Caritate Christi>) …”

La Iglesia tiene la obligación y la función de enseñar a todas las gentes el Mensaje de Cristo, así como, ofrecer a Dios el Sacrificio de la Eucaristía, restableciendo de este modo la unión cierta entre el hombre y nuestro Señor Jesucristo; pero además la Iglesia busca y encuentra su razón de ser fundamental en la relación con Dios. Y la expresión de esta relación forma esa enciclopedia del espíritu humano que llamamos oración. La descubrimos en el silencio del alma, en ese silencio interior en el que la Palabra de Dios se hace oír primero, y se formula en temas fundamentales, que hacen dudar de los lugares comunes de nuestra mentalidad superficial: <suscita la auto crítica, a la que podemos denominar, despertar de la conciencia, presencia y acción de Dios en nuestro espíritu> ( c.f. A. G. Pablo VI 1978).

Sin embargo injustamente muchos hombres siguen preguntándose ¿Cuál es el papel de la Iglesia? O bien ¿Qué hace la Iglesia?, ¿Para qué sirve la Iglesia? El Papa Pablo VI en su Audiencia General del 14 de junio de 1972 se expresaba en los siguientes términos con respecto a estas dudas:

“Cuando las preguntas se hacen duras y radicales, e incluso materialistas, a reglón seguido: no hay ya sitio para la religión en la mentalidad moderna, invadida toda ella por la realidad sensible y científica, e inclinada siempre a la utilidad de lo que ocupa la atención y la actividad humana. Es una postura que se repite.
La Iglesia, atemorizada en un primer momento por la brutalidad de las preguntas, parece algunas veces vacilar a la hora de responder; pero luego confortada, por la propia conciencia y la propia fe, una vez más responde sencillamente: ¡La Iglesia Ora!”

 


La primera imagen que la Iglesia debe dar es la de una comunidad que ora y crece, que se levanta en vuelo sobre la tierra, donde la Palabra de Cristo nos exhorta casi como para tranquilizarnos de que no estamos en esto lejos de la verdad, asegurándonos que: Es preciso orar en todo momento y no desfallecer (Lc 18, 1) y esto es así, después de habernos enseñado a orar con la <plegaria fundamental>, el <Padre Nuestro>  (Mt 6, 9 - ss).

Como aseguraba también el Papa Pablo VI (Ibid):

“¡Qué panorama  se abre a nuestro alrededor! ¡Qué realismo cobra nuestra oración! ¡Qué confianza trepidante asume nuestro lenguaje! Sí, ¡Qué hace la Iglesia! ¡No lo olvidéis nunca!: La Iglesia – y nosotros somos la Iglesia - ora y ora de este modo”