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miércoles, 18 de enero de 2017

JESÚS Y EL RETO DE LA EVANGELIZACIÓN: SIGLO XI (2ª Parte)


 
 
 
 
 
 



El reto de la nueva evangelización sigue siendo  tarea principal y  urgente del pueblo de Dios en este momento; ya en el pasado siglo el Papa San Juan Pablo II recordaba que ésta había sido una misión muy relevante para la Iglesia durante estos últimos tiempos de la historia de la humanidad. Él aseguraba como respuesta a una pregunta realizada por el conocido periodista Vittorio Messori sobre este tema, que:

“La llamada a un gran relanzamiento de la evangelización vuelve siempre de diversas maneras a la vida actual de la Iglesia. Aunque la verdad es que nunca ha estado ausente: ¡Ay de mí si no predicase el evangelio! (I Co 9,      16). Esta expresión de Pablo de Tarso ha sido válida en todas las épocas de la historia de la Iglesia. Él mismo, fariseo convertido, se sintió continuamente perseguido por ese < ¡Ay!>. El mundo mediterráneo en el que vivió oyó sus palabras, la Buena Nueva de la salvación en Jesucristo.

Y aquel mundo comenzó a reflexionar sobre el significado de tal mensaje. Fueron muchos los que siguieron al apóstol. No se debe olvidar nunca la misteriosa llamada que indujo a San Pablo a superar los confines entre Asia menor y Europa (Hch 16,9-10). Entonces tuvo inicio la primera evangelización de Europa” (Cruzando el umbral de la esperanza. Juan Pablo II. Editado por Vittorio Messori. Licencia editorial para Círculo de Lectores por cortesía de Plaza& Janés Editores, S.A. 1994).

Ya a partir de ese momento fue llevado el evangelio fuera del estrecho ámbito de Jerusalén y de Palestina, y empezó su carrera hasta los alejados confines del mundo entonces conocido. En definitiva, la evangelización llevada a cabo por  San Pablo y por los otros apóstoles preparó los cimientos para la construcción del edificio espiritual de la Iglesia, convirtiéndose, tal como aseguraba el Papa San Juan Pablo II, en  germen y modelo válido para cualquier época.
Sobre las huellas de los apóstoles, los discípulos de estos, continuaron la labor evangelizadora en la segunda y en la tercera generación, y así prosiguió en siglos sucesivos hasta llegar a mediados del  siglo XI donde la Iglesia católica sufrió uno de los problemas más graves desde su creación, tras el estallido del llamado < Cisma de Focio>.

El Patriarca Miguel Celulario, hombre obstinado y muy ambicioso, puso de nuevo de actualidad las acusaciones realizadas por Focio y se reveló contra Roma; se apoderó de los monasterios y cerró las Iglesias latinas. Las acusaciones lanzadas contra Roma fueron las mismas que en su día esgrimiera Focio: la cuestión del celibato, la palabra Filioque añadida al Credo, el uso de pan sin levadura en la misa…etc.

A este respecto hay que tener en cuenta que en Roma, el Papado había permanecido sin reforma alguna hasta el año 1046. Cuando el emperador alemán Enrique III llegó a la ciudad santa, depuso a los tres nobles locales que  habían sido proclamados Papas por las autoridades laicas del momento, y nombró en su lugar a  un hombre reformista, alemán, que adoptó el nombre de León IX (1049-1054). León IX y sus colaboradores, de inmediato se hicieron cargo de los problemas de la Iglesia; se promulgaron  decretos contra el pecado de la simonía, el matrimonio del clero y cualquier tipo de inmoralidad existente en ese momento en la Iglesia romana.

Sin embargo, se inició el Cisma de Oriente, a pesar de los esfuerzos realizados por el Papa León IX para conseguir la paz entre las Iglesias de Oriente y Occidente; así, envió legados con un mensaje de buena voluntad hacia la Iglesia de Oriente, pero no logró la unión de ésta con la Iglesia de Roma; por el contrario, dada la cerrazón e intransigencia de los orientales, se vio forzado a promulgar la excomunión (1054), y de esta forma el Cisma quedó definitivamente camino de su consumación, en un futuro muy próximo.

Por entonces, el Patriarca de Constantinopla era precisamente Miguel Cerulario el cual tomó severas medidas contra Roma, negándose a aceptar las propuestas del Papa, cerrando además todas las Iglesias del Imperio que celebraban la misa según los ritos occidentales. Como resultado de todo ello, se produjo como hemos indicado antes, una ruptura abierta y definitiva entre las Iglesias de Oriente y de Occidente: Los sacerdotes occidentales que llegaron a Constantinopla en el año 1054,  excomulgaron por supuesto al Patriarca Cerulario por orden del Papa León IX, y como respuesta el Patriarca, se negó a aceptar esta decisión del Pontífice. Roma  y Constantinopla iniciaron una lucha continua, nunca resuelta, no volviendo a unificarse  las Iglesias de Oriente y Occidente, continuando así hasta nuestros días….

Sin embargo, los hechos acaecidos no  parece que afectaran a la situación del Patriarca Cerulario porque el pueblo  estaba de su parte, y desde antiguo se había ido produciendo un alejamiento paulatino entre los cristianos de Oriente y de Occidente; de esta forma Miguel Cerulario llegó a convertirse en el hombre más poderoso del Imperio Bizantino.

La dinastía macedonia por entonces se estaba extinguiendo; la emperatriz Zoé Porfirogéneta (hija del emperador Constantino VIII Porfirogéneta) murió en el año 1050, mientras que su último marido Constantino IX siguió en el trono hasta el año 1054, en el que murió. Durante algún tiempo gobernó la hermana de Zoé, llamada Teodora, última representante del linaje macedónico, la cual murió en el año 1055. Hasta quince monarcas  habían formado parte de esta dinastía, la cual había durado aproximadamente unos ciento ochenta  años en el poder.

Cuando Teodora estaba moribunda, el partido civil intentó  ampliar su poder  manipulando a la emperatriz; pero Teodora eligió a Miguel Estratiótico (hijo adoptivo de ésta) que era ya un hombre de avanzada edad y enfermo, como gobernador, el cual tomó el nombre de Miguel VI al subir al trono.
Entre tanto Miguel Cerulario cuya ambición no tenía límites era el que ostentaba realmente el poder de la corona. Este hombre sin embargo no tuvo capacidad para destruir a Miguel VI, pues el ejército estaba de su parte y en contra del Patriarca. Uno de los generales que servían en el este del imperio, era Isaac Comneno, su padre había sido oficial de Basilio II y su educación había corrido a cargo del propio emperador; después de la muerte de Basilio, Isaac había dirigido sus ejércitos con eficacia, ganándose su consideración, de forma, que cuando los generales de Asia Menor decidieron hacerse con el gobierno, la elección popular recayó sobre Isaac para dirigir el movimiento.
Tras una breve batalla destituyeron a Miguel VI y le obligaron a retirarse a un monasterio, siendo nombrado emperador, Isaac Comneno, con el nombre de Isaac I; él, enseguida organizó reformas militares y un cambio financiero, enfrentándose a continuación al poder de la Iglesia, a la cabeza de la cual se encontraba todavía Miguel Cerulario.

Hay que recordar también que a mediados del siglo XI, El Papa León IX (1049-1054), nacido probablemente en Egisheim (Alsacia, actual Francia), llegó a Roma a pie, con un hábito de peregrino y fue aclamado unánimemente por la multitud; le acompañaban sus hombres de confianza, entre los que se encontraba Hugo de Cluny. Enseguida convocó un Concilio en Rehims, al que no asistió Enrique I (Rey de Francia), en el que arremetió contra los excesos del clero francés, consiguiendo que algunos Obispos pidieran perdón, arrepentidos de su mal proceder. Se enfrentó también a Berengario de Tours, el cual blasfemaba asegurando que la presencia de Cristo en la Eucaristía no era real sino solamente  virtual. Viajó mucho y convoco varios  Concilios entre los que destacan el ya nombrado de Rehims, además del de Letrán, Pavía y Maguncia.

En los últimos años de su vida, este Pontifice, luchó contra los normandos, los cuales se encontraban instalados en el sur de Italia, y trataban de apoderarse de  los territorios Pontificios; el Papa armó un ejército que por desgracia resultó derrotado en Civitate, por Hunifredo de Apulia y Roberto Guiscardo, cayendo prisionero durante mucho tiempo, y habiendo enfermando gravemente por las pésimas condiciones de su encierro, finalmente  fue liberado, aunque murió al poco tiempo a consecuencia de las penalidades sufridas durante su cautiverio, el 19 de abril de 1954. Fue canonizado por el Papa Beato Víctor III en el año 1087.

Tras la muerte de San León IX fue elegido Papa Gebhart de Eichstäd, que tomó el nombre de Víctor II. Este Papa continuó la obra de saneamiento del clero comenzada por el Papa anterior, excomulgó de nuevo a Cerulario  rompiendo definitivamente los lazos de unión con la Iglesia de Oriente,  cerrando sin solución el Cisma de Oriente; atacó la corrupción existente en esos momentos en Roma, como era: primacía exagerada, el derecho al matrimonio clerical y las querellas dogmáticas, y luego, extendió su condena a Francia a través de la embajada de Hildebrando (Futuro Papa Gregorio VII), convocando un Concilio en Lyon y otro en Tours contra la simonía escandalosa del clero, donde logró someter a Berengario y promulgar <la tregua de Dios>, por la que nadie podía tomar venganza de otro, bajo pena de ser excomulgado. En el año 1056 se desplazó a Alemania para solicitar la protección imperial frente a los normandos. Durante su estancia en tierras germanas Enrique III falleció, dejando en el trono a su hijo Enrique IV, que sólo contaba seis años, y como regente a su viuda la emperatriz Inés de Poitou.

El Papa Víctor II falleció poco después en Arezzo (1957), a causa de la malaria, y tras la muerte de este Papa y como consecuencia de la situación creada  por la falta de poder  en Alemania, a la muerte de Enrique III, la nobleza romana volvió a retomar un mayor poder a la hora de realizar las elecciones de los Pontífices y otros cargos de autoridades eclesiásticas.

Como consecuencia de esta nueva situación el Papa Esteban IX (1057-1058), fue nombrado sin tener en cuenta al emperador, y aunque sus enemigos aseguran que fue un hombre que sólo pensaba en enriquecerse, lo cierto es, que prosiguió su labor contra la simonía, que habían iniciado sus predecesores y que desembocaría en la futura <Reforma gregoriana>. En el año 1058 se desplazó a Florencia junto a su hermano para organizar una expedición militar contra los normandos, y durante este tiempo cayó gravemente enfermo de malaria, falleciendo el 29 de marzo de este mismo año.

Gerard de Borgoña (Nicolás II), fue nombrado con el apoyo del emperador germánico tras la muerte del Papa Esteban IX. Nicolás II fue coronado en Roma el 24 de enero de 1059, en una ceremonia similar a una coronación imperial. Este Papa prosiguió las tareas iniciadas, por los anteriores Pontífices, respecto a la limpieza de las costumbres existentes entre algunos clérigos, y fue tal su empeño en la persecución del amancebamiento de los mismos, que de aquí surgió el sobrenombre de <nicolaísmo> para referirse a este grave problema.

En un sínodo celebrado en San Juan de Letrán  hacia el año 1059, Nicolas II, logró emitir un edicto para que la elección de los Pontífices sólo se pudiera realizar por Cardenales, con objeto de que ni el emperador ni los nobles pudieran  imponer sus candidatos, como otras veces había sucedido. La reacción del emperador de turno no se hizo esperar y en 1061 un sínodo de Obispos alemanes excomulgó al Papa Nicolás II y declaró, de forma arbitraria y sin sentido, nulos sus actos. Ese mismo año el Papa murió en Florencia, siendo enterrado en el Duomo (Sede episcopal).

Los Papas siguientes, Alejandro II (1061-1073), y San Gregorio VII (1020-1085), actuaron en la misma línea que los anteriores contra la corrupción existente en aquellos tiempos dentro y fuera de la Iglesia, especialmente éste último, al cual se debe la llamada <Reforma gregoriana>.

El problema entre el poder temporal y el poder de Dios empezó en la época del emperador Carlomagno. La Iglesia había concedido a Carlomagno, a sus sucesores y más tarde a Otón I, ciertos privilegios en consideración a las ayudas prestadas por estos monarcas a la misma. De esta forma a los emperadores correspondía la llamada <investidura feudal o temporal>, por la concesión del cetro. Sin embargo de forma paulatina y silenciosa los emperadores se consideraron también con derecho a la concesión de la llamada <investidura espiritual> por la concesión del báculo y el anillo. De aquí que en ocasiones se llegara a elegir personas no dignas para los cargos eclesiásticos y particularmente para la elección del Pontífice, Cabeza de la Iglesia de Cristo. A esta aberración se sumó otro grave pecado, como era el de la simonía, ya que por la posesión del señorío temporal se buscaban afanosamente las jerarquías eclesiásticas.

Después de varios Papas, como hemos recordado anteriormente, que intentaron solucionar tan graves problemas  y que en algunas ocasiones promulgaron reformas para cambiar esta injusta y aberrante situación, llegó a la Silla de Pedro, a su pesar, el cardenal Hildebrando, monje de Cluny, que tomó el nombre de Gregorio VII.

Este hombre cabal había sido consejero de varios Papas anteriores y pensaba que el tema de la <Investidura> debía ser, de una vez por todas, tratado con mano férrea, y se propuso actuar en consecuencia. Para llevar a cabo sus propósitos, reunió en seguida en Roma a los Obispos y personalidades eclesiásticas del momento, para abordar los problemas existentes en la iglesia, mediante la celebración de un sínodo.

En dicho sínodo se proclamó de forma clara y rotunda la doctrina de Cristo, prohibiendo, por otra parte, bajo pena de excomunión, recibir de manos de un laico, aunque fuera rey o emperador, cualquier nombramiento eclesiástico, incurriendo en la misma pena el rey o emperador que intentara conferir tal investidura.

Al principio no todos los príncipes cristianos de Occidente vieron con buenos ojos las resoluciones tomadas en este sínodo,  pero finalmente tuvieron que acatarlas y esto fue así  excepto para el emperador Enrique IV, que siguió desobedeciendo al Papa aunque éste le amenazó con la excomunión.

Se cuenta que una <Noche Buena>, en la Basílica de Santa María la Mayor, un piquete de soldados a la orden del emperador Enrique IV, le ató las manos al Papa, le arrojaron al suelo y agarrándole de los cabellos le arrastraron hasta el Castillo de San Ángelo. Al enterarse el pueblo de Roma, de tan infame fechoría, tomó las armas, y fue a liberar a su amado Papa, el cual siguió celebrando la misa dedicada al nacimiento de Jesús.

Sin embargo, sucedió que el emperador Enrique IV, disgustado con lo ocurrido,  reunió en Worms, un Concilio de Obispos rebeldes, que depuso al Papa. Al enterarse el Papa excomulgó a su vez, al emperador dispensando así mismo a los reyes y pueblos del juramento de fidelidad al mismo.

Enrique IV se asustó, y temió perder el trono, y arrepentido en principio, imploró el perdón del Papa marchando a su encuentro vestido de penitente hasta el Castillo de Canosa, donde en ese momento se encontraba el Pontífice. Gregorio VII dudaba, como era de razón, de las buenas intenciones del emperador y no le recibió dentro del castillo, sino que lo mantuvo fuera del mismo haciendo penitencia durante varios días, al cabo de los cuales le perdonó.

Entonces el emperador, que no estaba realmente arrepentido de su mal comportamiento, se dirigió a Roma con un ejército potente, tomó la ciudad sitiando a Gregorio VII en el Castillo de San Ángelo, mientras nombraba un antipapa con el nombre de Clemente III. El Papa tuvo que refugiarse entre los normandos de Sicilia, donde después de un corto período de estancia murió pronunciando esta famosa frase: <Amé la justicia y aborrecí la iniquidad por eso muero en el destierro>

Con la muerte del Papa San Gregorio VII, el problema de la Investidura no había terminado, ya que Enrique IV continuaba con su proceder inicuo y reprochable que hasta ese momento le había caracterizado. Sin embargo, los sacrificios y el buen ejemplo dado por el Papa santo no fueron baldíos, porque poco a poco muchos Obispos, Abades y demás autoridades de la Iglesia, comprendieron los errores que habían permitido y volvieron lentamente a la disciplina y a la virtud que caracteriza a la Iglesia de Cristo.

El emperador Enrique IV, se vio entonces abandonado y hasta perseguido, siendo finalmente destronado por su propio hijo Enrique V, que resultó sin embargo ser digno hijo de su padre.

En efecto, Enrique V comenzó su reinado sometiéndose, en principio, a los planteamientos de la Iglesia, pero en seguida olvidó sus buenos propósitos (el poder corrompe), para seguir el ejemplo malvado de su padre, por lo cual fue excomulgado por los Papas del momento, al menos por dos veces entrado ya el siglo XII. Más tarde, se dice que llegó a reconciliarse de nuevo con la Iglesia, pero esta ya es otra historia que pertenece al siglo XII.

A pesar de toda la corrupción de la que hemos venido hablando, entre las autoridades eclesiásticas de la Iglesia en la segunda mitad del siglo XI, después del Cisma de Oriente,  paralelamente a estos hechos, hubo Obispos, Abades y personalidades de la Iglesia en general, de vidas  ejemplares y por ello fueron considerados santos por la Iglesia.

Entre estos, citaremos en primer lugar a San Pedro Damiano (1007-1072), Cardenal Obispo de Ostia (Italia).  Nació en Rávena y debido a la muerte prematura de sus padres, fue criado por uno de sus hermanos, que le proporcionó la posibilidad de estudiar, primero en Faenza y después en Parma. Se convirtió  en un excelente discípulo, capacitado para enseñar a los otros, lo que le hizo muy popular entre sus compañeros. Sin embargo, él era persona muy humilde y un gran seguidor de Jesús, por lo que muy pronto se sintió llamado a la vida monástica, entrando en el convento de la orden de San Benito, situado en Font-Avellano, un desierto en Umbría, donde se dedicó a orar y a escribir algunos libros.

Esta ermita tenía por entonces gran reputación; los ermitaños convivían de dos en dos, en celdas separadas, ocupados principalmente en la oración y la lectura. Pedro dedicó un tiempo considerable también a los estudios sagrados, llegando a estar muy versado en las Escrituras.

Su superior le ordenó hacer frecuentes exhortaciones a los religiosos, y con el consentimiento unánime de todos sus compañeros, llegó a ser nombrado director de la abadía en el año 1043, gobernándola con gran humildad y sentido de la caridad.

Fundó otras cinco comunidades ermitañas y además durante doce años fue llamado a cumplir  servicios para la Iglesia, por orden de muchos Obispos y hasta por cuatro Papas sucesivamente, siendo finalmente nombrado, a su pesar, Cardenal Obispo de Ostia (Italia), en el año 1057 por el Papa Esteban IX.

Es muy importante  la segunda etapa de la vida de este santo en la que junto con el cardenal Hildebrando, se convirtió en el alma de la reforma eclesiástica, aún apartado del mundanal ruido en Font-Avellano. El santo hombre se vio obligado a interrumpir su soledad en obediencia a los Papas del momento, y así en 1063 viajó a Francia y en 1072 a Rávena. Esta fue la última empresa que realizó para la Iglesia porque a su regreso a Roma la fiebre hizo que se detuviera en Faerza y murió allí el 22 de febrero de 1072.

Especial atención deberíamos prestar también, a la vida del Obispo mártir de Polonia San Estanislao (1030-1076). Este santo varón  se atrevió a afear el comportamiento del  rey de Polonia de vida lujuriosa y desenfrenada, así como de aptitud tiránica hacia su pueblo, que le valieron el título de El Cruel. Nos referimos a Boleslao II el Temerario (1076-1079), el cual aunque estaba casado, no tenía reparos en cometer el pecado de adulterio, una y otra vez. Estanislao le reprochó su conducta y el rey en principio pareció que mostraba cierto arrepentimiento. Sin embargo, al poco tiempo, se vio claramente que no estaba realmente arrepentido sino por el contrario sentía una aversión manifiesta contra el Obispo.

San Estanislao nació en el seno de un matrimonio creyente que había estado mucho tiempo sin descendencia, por eso cuando recibieron este niño, después de haber perdido todas las esperanzas, lo hicieron dando gracias a Dios por su nacimiento. Después de estudiar en la ciudad donde nació, sus padres lo enviaron para mejorar sus conocimientos a la principal universidad del reino, y más tarde a París, donde estuvo durante siete años, al cabo de los cuales volvió a su casa, pero por desgracia,  al poco tiempo perdió a sus padres.

Los padres de San Estanislao, eran muy devotos de Santa María Magdalena y le habían edificado un templo en el que pasaban la mayor parte del tiempo. Por eso el santo cuando sus padres murieron, distribuyó los bienes de éstos entre los pobres, sabiendo que  habría sido el deseo de ellos, y al mismo tiempo entraba al servicio de la Iglesia de Cracovia, cuyo Obispo Lamberto, le ordenó sacerdote.  A la muerte de éste, fue elegido Obispo de Cracovia (1062).

San Estanislao hizo una labor extraordinaria de evangelización entre su grey, y por otra parte, fue la única persona que en aquellos momentos tuvo el coraje de presentarse en la corte del rey para pedirle que diera fin a su escandalosa vida, porque en caso contrario corría el riesgo de ser excomulgado. Finalmente ante la desobediencia  de este rey de vida desordenada y lujuriosa, el Obispo tuvo que cumplir su palabra y excomulgarle.  Sucedió, que temiéndose éste  un atentado contra la Iglesia y más concretamente contra su persona, ordenó cerrarla en caso de que el rey intentase entrar en ella, mientras se celebraba el servicio, retirándose él a una ciudad a poca distancia de Cracovia, que tenía una pequeña Capilla.

Pero el rey le siguió hasta dicha capilla con sus guardias, y mientras que el Obispo decía misa, unos asesinos pagados por el monarca entraron en la capilla  con ánimo de matarlo, pero quedaron paralizados ante la santidad que desprendía el Obispo, y no se atrevieron a tocarle.  Entonces el rey lleno de rabia, se dice que, desenvainó su espada y le cortó la cabeza. Sus hagiógrafos aseguran también que los guardias  por mandato del rey cortaron el cuerpo del mártir en trozos y lo tiraron por los campos, para que de esta forma nunca se pudiera encontrar su cuerpo, sin embargo, se produjo el milagro de que las  águilas defendieran los restos del santo, hasta que los canónicos de la Catedral los pudieron reunir y los enterraron a la puerta de la Capilla en la que había sido martirizado. Tiempo después, este cuerpo fue encontrado y trasladado a la Catedral de Cracovia en el año 1088.

Coetáneo de este Obispo mártir, fue San Hugo, Confesor y Obispo de Grenoble (Francia) (1053-1132), el cual nació en el seno de una noble familia del Delfinado y habría de ser un gran promotor de la Orden de los Cartujos.

La <Alta edad media>, fue una época, a pesar de su controvertida historia militar y eclesiástica, de gran fe, en la que el espíritu cristiano se enriqueció con el aporte de nuevos pueblos bárbaros convertidos al cristianismo; se inicia en el siglo X una vigorosa ascensión de las creencias religiosas, que va aumentando entre los siglos XI y XII, surgiendo nuevas órdenes monásticas como por ejemplo la de los Cartujos. Los Cartujos fueron fundados por San Bruno ayudado por San Hugo, el cual en el año 1084 le recibió con los brazos abiertos y le asignó Chartreuse para su retiro. San Bruno y sus compañeros inmediatamente construyeron un oratorio allí y se ubicaron en celdas muy pequeñas, dando origen así a la orden de los Cartujos.

San Hugo tuvo desde muy joven disposición a la vida religiosa, siguió la carrera eclesiástica y a continuación, después de ser nombrado canónico, adquirió gran fama de santidad por su labor evangelizadora, de manera que cuando quedó vacante el obispado de Grenoble, fue propuesto para ocupar la vacante, una vez que el Papa accedió a su nombramiento (Gregorio VIII).

Gobernó sabiamente su diócesis, ganando los corazones de toda su grey, por su paciencia y amabilidad, y de esta forma, consiguió que todo el obispado adquiriera un ambiente mucho más religioso. Por otra parte, como sucede en la vida de casi todos los santos, existe una inclinación al retiro y a la oración de estas personas y así le sucedió a San Hugo, el cual en una ocasión, salió secretamente de su ciudad para refugiarse en un monasterio bajo la Orden de San Benito con el ánimo de quedarse para siempre allí. Sin embargo, el Papa Gregorio VIII, avisado por el cabildo de Grenoble de la actitud de San Hugo, le obligó a volver a su obispado porque era muy necesario en aquella ciudad cuyas costumbres se habían relajado mucho durante su ausencia.

A los pocos días de haber vuelto a su obispado tuvo un sueño en el que se le aparecieron siete resplandecientes estrellas desprendidas del firmamento, las cuales se escondían, después, en un desierto. Coincidió su sueño con la visita de San Bruno y sus seis compañeros, los cuales pretendían precisamente fundar una orden de penitencia y oración, cuyo empeño consiguieron realizar como hemos comentado anteriormente gracias precisamente  al gran favor que les prestó San Hugo. Este santo murió el 1 de abril de 1132, a avanzada edad, dejando tras de sí una labor encomiable para la Iglesia de Cristo, y particularmente para la fundación de los Cartujos, una orden monacal básicamente contemplativa, fundada, como ya hemos recordado, por San Bruno y cuyo lema venía a establecer la preponderancia de la Cruz en un mundo que prosigue su camino dando vueltas y vueltas sin sentido…

San Bruno nació en Colonia a principios del siglo XI y siendo aún muy joven sus padres le llevaron al colegio del clero de la Iglesia de San Cunibert, donde dio muestras de ser un extraordinario estudiante, de forma que muy pronto sus profesores se fijaron en él y así el Obispo de Colonia llegó a conferirle una canonjía en la Iglesia donde había adquirido su preparación. Pasado un tiempo se decidió  trasladarse a Rheins para seguir avanzando especialmente en sus estudios de filosofía y teología. Enseguida el Arzobispo de Rheins, habiendo tenido conocimiento de su valía, le nombró escolástico, dignidad a la que pertenecían las grandes escuelas de la diócesis.

Durante un tiempo actuó como profesor, pero a la muerte del Arzobispo (1067), su sucesor Manasses de Gournay provocó un cambio radical de la situación en aquella Iglesia modélica hasta entonces, debido al pecado de simonía practicado por dicho Arzobispo y un grupo de prelados fieles a él. San Bruno y otros dos compañero le descubrieron ante la comunidad y el Arzobispo exasperado por ello ordenó que sus casas fueran saqueadas y vendidas sus pocas posesiones.

Los canónicos se refugiaron en el castillo de un conde que les ayudó hasta el año 1078, aunque para entonces San Bruno ya había tomado la decisión de volver a retirarse para practicar la vida monacal, por eso cuando fue  depuesto Manasses y la Iglesia de Rheins, le ofreció el puesto que él ocupaba no lo aceptó y persuadió a algunos de sus seguidores  para que le acompañasen a practicar la vida en soledad. Estuvo en distintos lugares practicándola y orando en situación de extrema pobreza, como era su deseo hasta que por fin aconsejado por San Roberto de Molesme se dirigió a Grenoble para pedir ayuda al Arzobispo San Hugo en el año 1084, siendo recibido con gran alegría por éste, el cual le asignó Chartreuse para su retiro, junto a sus compañeros, como hemos comentado anteriormente.

Pasados unos años, el Papa Urbano II (1088-1099), le mandó llamar para que se presentara en Roma, pues necesitaba de su ayuda espiritual para gobernar la Iglesia. En el año 1089 marchó hacia allí,  pero pasado un cierto tiempo y estimando el Papa los deseos de san Bruno de volver a la vida ascética le dejó marchar y entonces se instaló con algunos nuevos discípulos en Squiyaci. Al poco tiempo entregó su alma a Dios el 6 de octubre de 1101

Podíamos seguir recordando la vida de otros muchos santos que vivieron a finales del siglo XI, como por ejemplo San Juan Gualberto, fundador de la orden de Valleumbroso en el año 1039.  Orden contemplativa, que adoptó la regla de san Benito, interpretada de forma muy austera. San Gualberto fue canonizado por Celestino III en el año 1193.

Igualmente en Inglaterra, concretamente en Canterbury (1033), es de destacar el caso de San Anselmo, el cual, enseñó la teología de forma sencilla para el pueblo llano, empleando las comparaciones, al modo de nuestro Señor Jesucristo que utilizó la técnica de  las parábolas. Murió en Canterbury en olor de santidad a principios del siglo XII y fue canonizado en 1494, siendo considerado Doctor de la Iglesia.

También entre la aristocracia de la época, se dieron situaciones de personas santas, siendo de destacar el caso de la reina Margarita, la cual desde su niñez destacó por sus virtudes, y su inclinación a la vida religiosa. Sin embargo al pedirla en matrimonio un príncipe muy virtuoso, Malcono III, rey de Escocia, se casó con él y de esta forma ambos esposos dieron un ejemplo excepcional a sus vasallos, por su devoción hacia Dios y su caridad hacia el pueblo.

La santidad de la reina Margarita de Escocia, era tal, que antes de sentarse ella a comer con su esposo, en la corte, daba de comer a sus doncellas huérfanas y a los pobres ancianos que hubiera en el entorno en ese momento, sirviéndo ella misma los mismos platos preparados para la mesa real.

Rezaba mucho y era muy devota del misterio de la Santísima Trinidad, de la Pasión de Cristo y de la Virgen. Sus hagiógrafos aseguran que conforme se aproximaba el momento de su muerte iba ganando en santidad. No obstante su vejez no fue fácil, porque tuvo que sufrir la muerte de su querido esposo Malcono así como la de su hijo primogénito a causa de la guerra con Inglaterra. Sobrevivió poco tiempo a estas pérdidas, muriendo el 10 de junio del año 1093, y fue enterrada en la Iglesia de la Santísima Trinidad. Por orden del rey Felipe II, algunas reliquias de Santa Margarita y de su esposo se guardan en una capilla del Monasterio del Escorial (España).

Basten estos pocos ejemplos para mostrar la grandeza de Cristo y de su Mensaje, que permanece a través de la Iglesia a lo largo de los siglos, aún en los momentos de la historia de mas grave crisis espiritual entre el género humano, tal como sucedió en el siglo XI al que nos estamos refiriendo.

Pero en el siglo XI, debemos recordarlo de nuevo, tuvo lugar un hecho trascendental para la cristiandad como fue el de la separación de las iglesias de Oriente y de Occidente, un tema que desde entonces hasta nuestros días todavía no ha sido resuelto en contra de los deseos de Cristo tal como nos recordó el Papa San Juan Pablo II en su Carta Encíclica <Ut Unum Sint> (Dada en Roma el 25 de mayo, solemnidad de la Ascensión del Señor del año 1995)

“Junto con todos los discípulos de Cristo la Iglesia Católica basa en los designios de Dios su compromiso ecuménico de congregar a todos en la unidad. En efecto, <la Iglesia no es una realidad replegada sobre sí misma, sino permanentemente abierta a la dinámica misionera y ecuménica, pues ha sido enviada al mundo para anunciar y testimoniar, actualizar y extender el misterio de comunión que la constituye:  a reunir a todos y a todo en Cristo; a ser para todos <sacramento inseparable de unidad>

 
 
 

 

domingo, 8 de enero de 2017

MENSAJEROS DEL EVANGELIO: LOS PRIMEROS SIGLOS (1ª Parte)


 
 
 
 



Aunque el cristianismo fue atacado desde un principio, durante los siglos III y IV, se puede decir, que tuvieron lugar algunas de las  persecuciones más terribles, largas y  violentas para la Iglesia de Cristo, en particular citaremos:

-La de Septimio Severo (193/211)

-La de Decio (249/251), tan intensa que provocó la huida de muchos cristianos hacia los campos desiertos y los bosques, como le sucedió a San Pablo de Tebas (250), primer eremita el cual acostumbrado a ésta dura vida prefirió quedarse para siempre, orando al Señor en la soledad más absoluta, aún después de la persecución



-La de Valeriano (253/260) que llegó también a las provincias lejanas del imperio, por ejemplo la actual península Ibérica, muriendo a consecuencia de la misma, muchos cristianos como el Obispo San Fructuoso de Tarragona, el cual fue quemado vivo junto a sus diáconos, hacia el año 258 en el anfiteatro de Tarraco

-La de Maximiano (285/305) en la que fueron martirizadas entre otros muchos cristianos, las dos hermanas vírgenes sevillanas, santa  Justa y santa Rufina, las cuales fueron sometidas a duras pruebas, como el potro de martirio, los garfios de hierro, y el hambre y la sed en duras condiciones carcelarias, pero ellas se negaron siempre a renunciar a su fe en Cristo.
Ambas murieron a consecuencia de los martirios, primero Justa y más tarde Rufina a la que Dios le hizo el milagro de librarla de las fauces de un león, por lo que el procónsul de turno ordenó que la degollaran y quemaran su cuerpo, hacia el año 287

-La de Diocleciano (284/305)  que puede considerarse la más destructora y larga, pues se aniquilaron ciudades enteras, por ser habitadas por una mayoría cristiana



No obstante, aunque de una manera más encubierta también existieron graves peligros, para los seguidores de Cristo, durante el reinado de otros emperadores romanos de la época, como en el caso de  Galerio (305/311), que fue el instigador de una persecución contra los cristianos y ante el fracaso de la misma,  parece ser que a escasos días de su muerte, promulgó el Edicto de Tolerancia de Nicomedia (311), que autorizaba a los cristianos a reconstruir sus iglesias y reunirse en ellas, pero sin causar alteraciones públicas…

Por otra parte, existe información fiable sobre los martirios sufridos por los cristianos acaecidos durante este  largo periodo de la historia antigua. Esto es debido a que los mártires fueron venerados desde un principio, como ejemplos fehacientes de su fe en Cristo y sus sacrificios celebrados y estimados como pruebas del intenso y heroico amor a Dios, que poseían los hombres, mujeres y niños que morían de esta forma, derramando su sangre como testimonio evangelizador.
 
 
 


A partir del siglo IV se introduce en los calendarios y martirologios cristianos la fecha de la edificación de la Iglesia sobre el sitio en que se suponía había tenido lugar la muerte de nuestro Señor Jesucristo (Calvario), que se convirtió desde el principio en lugar de peregrinación para todos los cristianos del mundo. El descubrimiento del sepulcro y la Vera Cruz o autentica cruz del martirio de Cristo debido a la emperatriz Elena, madre del emperador Constantino, fue descrito por el Obispo Eusebio de Cesarea (Palestina) entre los años 325 a 326.

La persecución de los cristianos durante el reinado de Diocleciano (Gran persecución), fue como se ha indicado anteriormente, una de las más sangrientas de la historia del imperio romano. En el año 303, durante la tetrarquía  de los emperadores Diocleciano, Maximiano, Galerio y Constancio, los cristianos fueron cruelmente perseguidos, revocándoseles sus derechos legales y exigiéndoseles que renunciaran a su fe, para adaptarse a las religiones paganas del imperio. Pero no contentos con esto, se decretó  posteriormente el “sacrificio universal”, llegándose a quemar vivos a muchos cristianos. También fueron arrestados y encarcelados todos los Obispos, sacerdotes y diáconos, llenándose las prisiones de todo el imperio, de cristianos  sin otro motivo que el de profesar su fe.

Son venerados como mártires, durante este periodo de la historia, además de los Apóstoles y sus primeros seguidores, es decir, sus discípulos, los Papas de la era heroica, los Padres Apostólicos y muchos Obispos de los siglos II, III y IV, que también murieron defendiendo sus creencias.

Entre estos últimos, se puede citar a San Cipriano de Cartago, nacido según algunos historiadores en el norte de África, que murió martirizado en su propia casa, después de dejar todas sus riquezas a los pobres de Cartago, hacia el año 258 , San Dionisio Obispo de Alejandría que aunque sobrevivió a la terrible persecución de los cristianos durante el reinado del  emperador Decio, fue después encarcelado y posteriormente desterrado a Libia en el año 257 cuando estalló la persecución del emperador Valerio, y  San Saturnino, primer Obispo de Tolosa (la actual Toulouse), que murió mártir por defender su fe ante una multitud de paganos enfurecidos, porque no quiso  hacer el sacrificio de un toro al dios pagano Júpiter, (hacia el año 258).

También murieron por martirio muchos Presbíteros y Diáconos, como San Lorenzo, nacido en Huesca (Aragón) que fue martirizado con escorpiones y luego asado en una parrilla en el año 258, San Gregorio Presbítero que murió mártir en la persecución de Diocleciano, a comienzos del siglo IV, San Vicente de Zaragoza, clérigo español, diácono en Zaragoza, capturado y torturado durante la persecución de Diocleciano (304) y tantos otros, de nombres desconocidos.

 
 


Además, murieron por martirio, mujeres vírgenes y hasta niños como Justo y Pastor en Alcalá de Henares, los cuales mostraron gran fortaleza de ánima ante los terribles sufrimientos a los que fueron sometidos, constituyendo así un motivo evangelizador admirable para la historia de la Iglesia de Cristo.

Por otra parte, algunos ejemplos de vírgenes mártires, más conocidos, son los de Santa Cecilia, Santa Inés, Santa Lucia y Santa Águeda de Catania que murió en el año 251 por venganza del senador Quintianus, el cual al no conseguir los favores de la santa, mandó que le cortaran los pechos y aunque la tradición de la iglesia asegura que san Pedro hizo un milagro con ella curándola de sus heridas, siguió siendo torturada y finalmente fue arrojada sobre carbones al rojo vivo hasta que espiró.

Murieron por martirio, así mismo, matrimonios y aún familias completas, para ejemplo evangelizador de la cristiandad de todos los tiempos, como Crisanto y Daria un matrimonio cristiano que decidió vivir en castidad para dedicarse plenamente a la evangelización, logrando según cuenta la tradición muchas conversiones entre los paganos, por lo que se les encarceló, pero aún entonces fueron capaces por sus palabras y comportamiento de convertir a parte de los soldados que estaban custodiándolos.

Por todo esto fueron condenados a morir lapidados en la Vía Salaria hacia el año 283; Siforosa y su marido y una larga lista, en su mayor parte de personas cuyos nombres no han podido ser recogidos por la historia.



Hay que destacar una vez más, que con ser terribles todas las persecuciones realizadas por los emperadores romanos, las más dañinas fueron las de Decio en el siglo III y la de Diocleciano en el siglo IV respectivamente, por lo que el número de mártires contabilizados en estos reinados, fue  enorme y causó grandes dolores a la Iglesia, atacando incluso a sus Pontífices.

Se sabe, por ejemplo, que el Papa San Fabián (236/250), sufrió la persecución del emperador Decio.

Así pasó con  otros Papas, como San Sixto (257/258), que fue mártir  junto a sus diáconos en la persecución de Valerio, cuando se encontraba celebrando misa en las catacumbas (lugar donde los cristianos enterraban a sus mártires).

La persecución de Valerio fue tan violenta, que durante al menos dos años, quedó el Pontificado vacante, hasta que este emperador fue destronado. Otros Papas, sufrieron solamente prisión ó destierro durante un largo periodo de tiempo, hasta que llegó al poder Diocleciano y con él, el terror se instauró de nuevo en la comunidad cristiana.

Este emperador romano desde el año 297 excluyó a los cristianos de participar en la vida pública, confiscó sus posesiones y cerró sus cementerios; pero no contento con esto, se propuso exterminar a todos los cristianos, por lo que durante el periodo de tiempo comprendido entre los años 304 a 308, quedó de nuevo vacante la silla de Pedro.
 


El primer Papa, tras el largo periodo de tiempo durante el cual no fue posible elegir uno nuevo, fue san Marcelo I (308/309), pero aunque el emperador Magencio resultó algo más tolerante que Diocleciano, lo desterró enseguida, muriendo al poco tiempo, como consecuencia de ello.

El mismo camino siguió el Papa, San Eusebio (309/310) desterrado rápidamente a Sicilia, donde murió terriblemente apenado. Por su parte el emperador Galerio, según algunos historiadores aceptó a los cristianos, con algunos reparos, por lo que el Papa San Melquiades (311/314), tuvo la suerte de no sufrir martirio, pero sin embargo tuvo el dolor de tener que enfrentarse a una nueva herejía en el seno de la propia iglesia.

Esta herejía se denominó “donatismo”, por deberse al Obispo de Cartago, Donato, que pretendía, entre otras cosas, demostrar que la validez de los sacramentos dependía de la santidad de sus ministros.     

Las personas que habían tenido un contacto directo con Cristo, sus Apóstoles y los discípulos de estos, habían muerto a finales del siglo II y con ellos había desaparecido el testimonio escrito, más estimable de la época antigua de la Iglesia.

Era necesario sin duda que surgieran nuevos evangelizadores que dejaran un testimonio perdurable de su labor.  Entre estos, destacaremos a los Padres Apologistas que ya habían emprendido su labor evangelizadora en el siglo II, los cuales tenían para realizar su labor además de las Sagradas Escrituras, la Liturgia de la Iglesia y la Tradición mantenida a lo largo de los primeros siglos por cada una de las comunidades cristianas formadas.

Estos primeros escritores cristianos también fueron perseguidos y martirizados en algunos casos y se han dado en llamar los Padres Apologistas, por la defensa que tuvieron que hacer de los dogma de fe del cristianismo tantas veces cuestionados por doctrinas equivocadas, que surgían muchas veces entre los mismos  seguidores de Cristo.

Entre este grupo de escritores apologistas destacaremos en primer lugar a Tertuliano, nacido en el África romana en el año 160, convertido al cristianismo alrededor  del 197 y ordenado presbítero en la iglesia de Cartago. Por esta misma época comenzó a publicar sus escrito más famosos, pero como asegura el Papa Benedicto XVI, en su audiencia general del jueves, 31 de mayo de 2007, una búsqueda de la verdad demasiado individual, junto a su intransigencia, le llevaron poco a poco a abandonar la iglesia de Cristo, uniéndose a la secta del montanismo.

Entre otras muchas cosas el Papa nos dice con respecto a la figura de este gran escritor cristiano:
 
 


“Como todo buen apologista, experimenta al mismo tiempo la necesidad de comunicar positivamente la esencia del cristianismo. Por este motivo, adopta el método especulativo para ilustrar los fundamentos racionales del dogma cristiano….

Tertuliano, además, da un paso enorme en el desarrollo del dogma trinitario; nos dejó el lenguaje adecuado en latín para expresar este gran misterio, introduciendo los términos de <<una sustancia>> y <<tres personas>>. También desarrolló mucho el lenguaje correcto para expresar el misterio de Cristo, Hijo de Dios y verdadero Hombre…”

Es de destacar también  un movimiento de renovación de la iglesia debido a Montano que terminó en  herejía, ya que pretendían llevar a sus seguidores a creencias cada vez más apartadas de la fe de Cristo, como la intolerancia para perdonar a los pecadores arrepentidos, incluso después de realizar penitencia por sus pecados.

Este movimiento tuvo en principio, gran aceptación, por parte de muchos creyentes, como por ejemplo el propio Tertuliano. Sin embargo tampoco estas ideas tan intransigentes fueron suficientes para este hombre, que finalmente acabó por crear su propia corriente de pensamiento. Se cree que el Tertulianismo, todavía estaba presente en la iglesia de Cartago en tiempos de San Agustín. Este santo Padre de la iglesia en su crónica “De Haeresibus, LXXXVI”, nos dice que antes de morir hacia el año 220,Tertuliano  retornó al seno de iglesia católica y, por su parte, el Papa Benedicto XVI asegura también lo siguiente:

“En los escritos del africano, en definitiva, se afrontan numerosos temas que todavía hoy tenemos que afrontar. Nos involucran en una fecunda búsqueda interior, a la que invito a todos los fieles, para que sepan expresar de manera cada vez más convincente la <<Regla de la fe>>, según la cual, como dice Tertuliano, <<nosotros creemos que hay un solo Dios, y no hay otro fuera del Creador del mundo: él lo ha hecho todo de la nada por medio de su Verbo, engendrado antes de todo>>…”

Entre los padres apologistas del siglo III, cabe recordar también  a  San Hipólito de Roma (170/236), escritor prolífico de cuya vida se conocen pocos datos, aunque parece ser que fue seguidor de san Ireneo y presbítero de la iglesia de Roma. Se enfrentó al Papa, San Calixto I (217-222), por creer que había  dañado la disciplina de la iglesia, al perdonar a algunos miembros de la misma, que en un tiempo habían sido apartados de ella por su mal comportamiento y ello dio lugar a un cisma dentro de la comunidad cristiana. San Hipólito se alejó de la iglesia durante un periodo de tiempo bastante largo, pero siempre conservó su fe en Cristo, pudiéndose decir que su obra apologética es muy amplia, aunque sus escritos han llegado hasta nuestros días de forma muy fragmentada e incompleta. Hay que destacar de toda ella, por ejemplo, sus comentarios sobre el Cantar de los Cantares del Antiguo Testamento, así como una serie de obras polémicas en contra de los paganos y en general en contra de todas las herejías de la época. Se cree que finalmente regresó al seno de la iglesia y que incluso murió martirizado durante la persecución del emperador Maximiano (236).



Por otra parte, Orígenes (185-254) es considerado Padre de la iglesia por su extraordinaria erudición tanto en el campo de la teología como en el de la exégesis (estudio de la Biblia) y un gran escritor, del cual han llegado hasta nuestros días  gran cantidad de obras, en su mayoría incompletas, debido a las circunstancias que rodearon su vida y sus enseñanzas.  Nació en Alejandría y estudió en la llamada “Escuela de Alejandría”, teniendo como profesor al propio San Clemente de Alejandría. Según Javier Sesé, profesor de Teología en la Universidad de Navarra y Director del Instituto Superior de Ciencias Religiosas de la misma Universidad:

“La enseñanza origeniana es una de las más decisivas en la formación del pensamiento espiritual de los siglos posteriores, sobre todo en el monacato oriental y en algunas corrientes místicas. Sin embargo, su planteamiento resulta algo peligroso frente al problema de la gnosis. Es un intento de diálogo racional, sin una crítica suficiente y sin dejar claros los peligros de fondo, al contrario que san Ireneo” (Historia de la espiritualidad. Capítulo I. Javier Sesé . EUNSA 2005)”

Orígenes vivió siempre profundamente afectado por el martirio de su padre Leónidas, en tiempos del emperador Septimio Severo, el cual después de mantenerlo prisionero un largo periodo de tiempo, ordenó que le cortaran al cabeza. Quizás por este motivo y sobre todo por su gran amor a Jesucristo deseó, a su vez, sufrir el martirio y aunque éste no le llegó de forma rotunda, sí que sufrió prisión y tortura durante la persecución del emperador Decio, pero posteriormente fue excarcelado. Debilitado y enfermo murió a consecuencia de los sufrimientos padecidos en su encarcelamiento cuando no había cumplido aún los setenta años.

El Papa Benedicto XVI en su Audiencia General del 25 de abril de 2007 nos hablaba así de la obra de este gran maestro de la cristiandad:

“El núcleo inspirador de esta obra es, como hemos mencionado, la <<triple lectura>> de las Escrituras desarrollada por Orígenes en el arco de su vida. Con esta expresión intentamos aludir a las tres modalidades más importantes -entre sí no sucesivas, sino más frecuentemente superpuestas- con las que Orígenes se dedicó al estudio de las Escrituras. Ante todo el leyó la Biblia con la intención de asegurar el texto mejor y de ofrecer de ella la edición más fiable. Éste, por ejemplo, es el primer paso: conocer realmente qué está escrito y conocer lo que esta escritura quería intencional  e inicialmente decir”

Finalmente Papa Benedicto asegura (Ibid), con el propósito de esclarecer la figura  de este gran erudito de la iglesia:

“Orígenes imprime un <<cambio irreversible>>al desarrollo del pensamiento teológico, basado en la explicación de las Escrituras, para progresar en el conocimiento de Dios. La tradición y el magisterio se configuran como <<Escritura en acción>>. El núcleo central de su obra consiste en la <<triple lectura>> de la Biblia. Sus Comentarios reproducen fielmente las explicaciones que daba tanto en Alejandría como en Cesarea, y sus Homilías retoman los diversos significados de las Escrituras. Desde el sentido literal, a través de la interpretación oral, los fieles deben llegar al significado espiritual más profundo. Promueve eficazmente la <<lectura cristiana>> del Antiguo Testamento, haciendo frente al reto de los herejes que oponían los dos Testamentos hasta rechazar el Antiguo. <<Para nosotros>>, afirma, los dos Testamentos son un nuevo Testamento”

A  Orígenes alguno historiadores le consideran además, precursor en el desarrollo de algunos aspectos de la mística y así es el primero en asociar la vida de las dos hermanas del amigo del Señor (Lázaro), con las dos formas de vida espirituales, activa y contemplativa según actuaban Marta y María Magdalena respectivamente.

Entre los principales alumnos de Orígenes hay que citar a San Dionisio de Alejandría que fue maestro y director de la escuela catequética de Alejandría. Sus padres eran paganos, pero él se convirtió al cristianismo tras asistir a las clases impartidas por Orígenes. Sobrevivió a la persecución del emperador Decio en el año 249, pero tuvo que huir de Alejandría y finalmente fue apresado y posteriormente liberado por gentes del campo que se compadecieron de él. Finalmente, murió en Alejandría (264) a causa de su mala salud, consecuencia de una vida tan desgraciada, pero su obra literaria fue muy amplia y provechosa para la cristiandad de todos los tiempos.

San Gregorio Taumaturgo fue otro alumno muy querido de Orígenes y es también considerado Padre de la iglesia, ya que aunque son pocos los escritos que se han conservado de él, se pude decir que estos han contribuido en gran medida a la formación de la doctrina católica. Nació en Neocesarea del Ponto, hacia el año 213 y sus padres también eran paganos como en el caso de San Dionisio,  Durante su estancia en Cesare de Palestina asistió a las clases de Orígenes y ello le conmovió de tal manera que decidió hacerse cristiano. Años después fue nombrado Obispo de Neocesarea y tuvo ocasión de asistir al Concilio contra Pablo de Samosata (268), Patriarca de Antioquía, el cual demostró, con su vida, no ser un verdadero cristiano, dejándose arrastrar por algunas de las herejías de la época, como el modalismo . Falleció hacia el año 270, dejando tras de sí una imagen de santidad y sabiduría tal, que por ello no es de extrañar el hecho de que  San Basilio (329-330) y otros grandes Padres de la iglesia posteriores, como San Jerónimo de Estridón (342-420), lo hayan recordado como ejemplo a seguir por los cristianos de todas las épocas.

A la muerte de Diocleciano, tomó el poder uno de sus Augustos, concretamente Constancio Cloro (293), que gobernaba las Galias y la península Ibérica en aquel momento y a la muerte de éste (306) los soldados proclamaron a su hijo Constantino como emperador, sin embargo la confusión en el imperio romano era tal, que llegó a haber hasta seis emperadores al mismo tiempo. Tras largos enfrentamientos, Constantino logró el poder absoluto unificando de nuevo el imperio bajo un solo mando.  

Después de las persecución, martirios y destierros sufridos por los cristianos a lo largo de casi tres siglo, los edictos de Constantino, primer emperador romano que favoreció a los seguidores de Cristo, supusieron una tregua importante para la evangelización de los pueblos, dando lugar a doctores de la Iglesia excelentes, como San Atanasio el Grande, Patriarca de Alejandría (siglo IV), San Gregorio Nacianceno (Siglo IV), San Ambrosio (siglo IV), San Jerónimo(finales del siglo IV) y por supuesto, el gran San Agustín, ya en el Siglo V, entre otros muchos.



De acuerdo con el Papa Juan Pablo II, la actividad desarrollada por los distintos Concilios Ecuménicos que tuvieron lugar a lo largo de estos primeros siglos, también puede considerarse una labor evangelizadora, ya que surgieron de la necesidad de expresar la verdad de la fe revelada con un lenguaje comunicativo y convincente para los hombres que vivían en el ámbito de la civilización helénica.

El primer Concilio Ecuménico fue el de Nicea en el año 325 con objeto de refutar las ideas erróneas del arrianismo. Arrío fue un sacerdote con gran preparación intelectual, pero de una soberbia inaudita, descontento con la Iglesia por no haber sido elegido Patriarca de Alejandría, llego a negar la Divinidad de Jesucristo asegurando que el Hijo no es igual al Padre, sino una criatura, aunque la más perfecta de todas. Esta herejía produjo daños graves a la Iglesia de Cristo pues encontró seguidores entre los fieles y también entre algunos Obispos.

Para combatir estas ideas, el Emperador Constantino, de acuerdo con el Papa San Silvestre (314/335), convocó un Concilio Universal en Nicea, al que acudieron unos 300 Obispos de todo el mundo y que fue presidido por el Obispo español, Osio.

Reunido el Concilio, en el que tomó parte el propio Arrío, se estudió el problema presentado por sus herejías, tratando de condensar el dogma católico en una fórmula, que no se prestara a más errores interpretativos. Rechazadas varias propuestas, por no ser esclarecedoras de la situación creada por Arrío, fue finalmente admitida la proposición que calificaba la relación entre el Padre y el Hijo como “consustancial”.



Con ella se consumó el símbolo de Nicea, o “Credo “, de la Misa: “Creo en un Señor Jesucristo, Hijo del Padre, Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no nacido, consustancial al Padre…”

De esta forma, se declaró tajantemente, que las enseñanzas de Arrío (256-336), eran contrarias a la fe de Cristo y por supuesto herejías, que revelaban hasta cierto punto la influencia de la cultura helenística sobre este triste personaje de la historia y nos hace comprender mejor la acogida, que sin duda tuvo en muchos sectores de la sociedad de aquellos siglos.

Algunos años después de celebrarse este Concilio, el propio emperador Constantino, ganado de nuevo por las ideas de los arrianos, se empeñó en anularlo y exigió al Papa Liberio (252-366) y a el Obispo Osio de Córdoba, la aceptación de estas herejías. Al no aceptar esta imposición del emperador, el Papa fue objeto de violencia y finalmente desterrado; por su parte,  Osio fue apresado y sometido a edad avanzada (90 años), a privaciones extremas, pero él se mantuvo firme hasta el final de su vida en la fe de Cristo, aunque sus enemigos trataban de engañar al pueblo de Dios diciendo que había claudicado.

Los arrianos, aunque condenados, siguieron intrigando y así el partido filoarriano, dirigido por el Obispo Eusebio de Nicomedia, logró alcanzar gran influencia en la Corte del emperador Constantino , el cual desterró también al Patriarca de Alejandría, San Atanasio y a otros Obispos católicos.

Arrío regresó del destierro al que inicialmente había sido sometido por orden imperial y pretendió tomar posesión de la Silla Patriarcal de Alejandría, donde sus seguidores, le habían preparado un recibimiento apoteósico. Sin embargo, la muerte prematura y terrible del hereje, convenció al emperador de que estaba equivocado respecto de las ideas propagadas por él y de inmediato levantó el destierro de San Atanasio y demás Obispos, combatiendo desde ese momento también él, el arrianismo.

Constantino I el Grande, cuando estaba a punto de morir deseó ser bautizado, declarándose finalmente abiertamente cristiano, después de una vida llena de indecisiones en cuanto a sus tendencias religiosas. Su hijo mayor, que fue emperador con el nombre de Constantino II, se mostró casi desde el principio proclive al paganismo, implicándose en la lucha entre diversas corrientes cristianas.



De cualquier forma su mandato fue muy corto (337/340) y su hermano  Constante que fue emperador de Roma  primero junto con Constantino II y a partir del año 340, con su otro hermano Constancio II, demostró una mayor tendencia hacia el cristianismo. Este emperador promulgó un decreto que prohibía los sacrificios paganos y apoyó siempre a los cristianos en su conflicto con los arrianos. Por otra parte, su hermano el emperador Constancio II (337/361), tercer hijo del emperador Constantino I  fue un gran defensor del cristianismo. En el año 354 ordenó cerrar todos los templos paganos y más tarde declaró todos los ritos paganos fuera de la ley.

Sin embargo sus sucesores, cayeron en terribles excesos, dando lugar a persecuciones contra los herejes y paganos que nada tenían que ver con la fe de Cristo. Estos hechos tuvieron siglos después  consecuencias muy poco favorables para el desarrollo del cristianismo.

Juliano el Apóstata (361/363), fue la gran excepción de la dinastía constantiniana, pues durante su brevísimo, pero terrible mandato, restableció el paganismo como religión oficial y aunque no persiguió abiertamente a los cristianos, si que trató de eliminar la religión de Cristo, apartándolos de su labor evangelizadora y prohibiéndoles ocupar cargos públicos.

El emperador Joviano (363/364), se consideraba cristiano, en contraste con su antecesor y por tanto abolió enseguida todos los mandatos del emperador Juliano, respecto al cristianismo. Mandó quemar la biblioteca de Antioquia en el año 364 y no satisfecho con este error, ordenó matar a todos los paganos consumando de esta forma su tremenda equivocación.

Los sucesores del emperador Joviano  estuvieron sumamente ocupados en vigilar y restaurar las fronteras del Imperio romano, constantemente atacadas por los llamados pueblos bárbaros. Así, por ejemplo, Valentiniano I tuvo que luchar en África, Germania y Britania y durante su reinado (364/375) el pueblo romano tuvo que enfrentarse a grandes dificultades por estas causas. Este emperador aunque se consideraba cristiano, permitió la libertad total en materia religiosa entre sus súbditos.

Desde comienzos del siglo V, después de tantos años de persecuciones, martirios  de sus Papas y de una multitud de hombres, mujeres y niños, la Iglesia de Cristo resurgió de entre sus cenizas, con toda la fuerza evangelizadora que Jesucristo anunció a sus discípulos, reunidos en el Cenáculo de Jerusalén (Lc 24 45-49).

Sin embargo, no debemos olvidar que los enemigos del Evangelio de Cristo siguieron durante muchos siglos y más concretamente durante los siglos V y VI, instigando a los creyentes con nuevas herejías, como el nestorianismo, el monofisismo y el monotelismo entre otras. Pero de todas estas herejías hay que destacar, quizás la primera, debida al Obispo de Constantinopla Nestorio, que negaba la maternidad divina de María, poniendo dos personas en Cristo, una Divina y otra humana y que afirmaba que la Virgen era Madre de Cristo  <<Cristococos>>, pero no Madre de Dios << Teococos>>.


Nestorio fue condenado en el Concilio Ecuménico de Éfeso (431), con gran emoción de los creyentes, los cuales celebraron el acontecimiento, con fuegos artificiales y grandes signos de alegría. Este Concilio fue convocado por el Papa Celestino I (422-432) durante el reinado del  emperador romano Teodosio II (408/450), nieto de Teodosio I el Grande y estuvieron presentes unos 200 Obispos, entre los que cabe destacar a San Cirilo de Alejandría, que lo presidió, Juvenal, Obispo de Jerusalén, y Juan, Obispo de Antioquía. Fue un Concilio muy accidentado, por la rivalidad existente entre los Obispos de Alejandría y Antioquía, pero sin embargo, finalmente se llegó a un acuerdo y se propuso una profesión de fe en la que se formulaba la doctrina de la “unión hipostática” de las dos naturalezas de Cristo y se le daba a  María  el título de “Madre de Dios”.

El Concilio declaró además, que el texto del Credo decretado en el primer Concilio Ecuménico de Nicea y el segundo Concilio Ecuménico celebrado en Constantinopla, era completo y prohibió cualquier cambio, enmienda o añadido. Por otra parte, San Cirilo jugó un papel importantísimo en el Concilio, ya que desarrolló una tarea evangelizadora trascendental, influyendo con su autoridad para que por fin quedara bien establecido el papel de la Virgen María, como hija de Dios Padre, madre de Dios Hijo y esposa de Dios Espíritu Santo.
 


A pesar de todo, los enemigos de la Iglesia de Cristo siguieron interpretando mal los Evangelios, y esto  dio lugar a un nuevo Concilio Ecuménico, celebrado esta vez en Calcedonia ciudad situada en Asia Menor en el año 451, convocado por el Papa San León I el Grande (440-461), durante el mandato del emperador romano de Oriente, Marciano, para condenar el monofisismo de Eutiques y sus seguidores. Asistieron a este Concilio unos 600 Obispos, principalmente de Oriente, debido a los graves problemas que padecía en ese momento el imperio de Occidente a causa de los enfrentamientos con los pueblos bárbaros.

 En este mismo año (451), los hunos habían llegado a las cercanías de Hungría, pero el general Aecio, apoyado por los visigodos, les derrotó en las Galías, en la célebre batalla de los Campos Cataláunicos. A pesar de todo, Atila, el rey de los hunos no se dio por vencido y al año siguiente, en contra de las previsiones de Aecio, <<magister militum>>, de los ejércitos romanos, exigía al emperador Valentiniano III, lo que consideraba le pertenecía. Para conseguir sus propósitos invadió el norte de Italia, destruyendo todo lo que encontraba a su paso, llegando hasta las mismas puertas de Roma.



Es en este crucial momento, cuando el Pontífice, León I juega un papel primordial para la historia de la iglesia, atreviéndose a hablar con el rey bárbaro. De la conversación mantenida por el Papa y Atila, nada se supo, pero lo cierto es que este hombre santo logró detener la acción del  rey huno, evitando así la destrucción segura de Roma y la posible caída del imperio de Occidente.   

El monofisismo hizo mucho daño al pueblo de Dios, pues se afianzó en algunas regiones del imperio de Oriente, particularmente en Egipto, donde se tomó como motivo, para el separatismo. Por esta causa, los emperadores romanos sucesores de Teodosio II, tuvieron que trabajar mucho hasta conseguir una fórmula de compromiso que sin contradecir lo establecido en el Concilio de Calcedonia, pudiera ser aceptada por los partidarios del monofisismo y así asegurarse ellos la fidelidad política del pueblo. De cualquier forma el Patriarca de Alejandría no aceptó los acuerdos alcanzados en el Concilio de Calcedonia y finalmente se separó del resto de iglesia católica. Otros muchos Obispos, siguieron su ejemplo y por tanto se puede asegurar que este Concilio no sirvió en definitiva para poner fin  a todas las controversias, surgidas desde antiguo, en torno de la figura de nuestro Señor Jesucristo.

La cuestión cristológica llegó casi a su término a finales del siglo VII, aunque para ello fue necesario un nuevo Concilio Ecuménico. Por desgracia toda esta mala interpretación  del Evangelio, forma parte de la historia de la Iglesia de Cristo, pero sin embargo el papel que jugaron  los verdaderos evangelizadores fue fundamental, dirigiendo la conciencia de los hombres por el camino recto de la fe y del amor a Dios y dejando de lado la soberbia que es el camino por el que el maligno quiere conducirlos hacia interpretaciones siempre fuera del mensaje divino.


Precisamente, de acuerdo con el Papa San Juan Pablo II, los llamados Padres de la Iglesia, deben reconocerse como los grandes evangelizadores del mundo  durante el primer milenio de la Iglesia. Estos son, aquellos hombres insignes en ciencias y santidad que combatieron los errores y herejías que iban surgiendo, e ilustraron a la Iglesia con su ejemplo virtuoso y con sus conocimientos profundos de la doctrina del Señor.

Los Padres de la Iglesia antigua se suelen clasificar en orientales y occidentales, respectivamente. Entre los orientales ó griegos cabe destacar a:

San Atanasio (296/373), San Basilio el Grande (329/379), San Gregorio Nacianceno (328/389) y San Juan Crisóstomo (347/407) y entre los  occidentales o latinos a:

San Ambrosio (340/397), San Jerónimo (346/420), San Agustín (354/430) y San Gregorio Magno (540/604). Los tres últimos son figuras sobresalientes de la iglesia de Cristo en los siglos que estamos considerando.


Concretamente San Jerónimo era natural de Dalmacia, aunque tuvo la suerte de estudiar en Roma y viajar por el imperio de Occidente, sin embargo durante un largo periodo de su vida prefirió la soledad del desierto donde se dedicó a completar sus estudios y reflexionar sobre  el mensaje de Jesús. También quiso conocer el lugar donde había nacido el Salvador y por ello hizo penitencia durante algún tiempo en la cueva de Belén. Fue secretario del Papa San Dámaso (366-384), el cual le encargó la traducción al latín de la Sagrada Biblia, que posteriormente ha sido conocida como la Vulgata. Este doctor de la iglesia conocía a la perfección los idiomas antiguos, esto es, el latín, el griego, el hebreo y el caldeo, por lo que la Iglesia le ha llamado el <Doctor Máximo> en la interpretación de las Sagradas Escrituras.
 


San Agustín (354-430), por su parte, ha sido llamado por la iglesia el <Doctor sublime>, por su ingenio y sabiduría. Había nacido en Tagaste, situada en una provincia del imperio romano, África y era hijo de un importante Patricio que no era cristiano, sin embargo su madre era creyente y la Iglesia la ha reconocido santa por su vida ejemplar y el papel fundamental que tuvo en la conversión de su esposo y sobre todo de su hijo. Santa Mónica se pasó la vida en oración y al final el Señor la recompensó con creces haciendo de su querido hijo un santo de la categoría de San Agustín. Este hombre que al principio llevó una vida disoluta se convirtió al cristianismo a raíz de escuchar las predicaciones de San Ambrosio, bautizándose y adjurando del maniqueísmo  que había profesado. De regreso a África, después de vender todas las propiedades heredadas y haber repartido  el dinero conseguido entre los pobres, se retiró en vida monástica. Es necesario recordar al respecto  que desde el primer momento se practicó la vida  ascética en la Iglesia de Cristo, siguiendo los consejos del Señor  (Lc 18, 22-23).

En los primeros testimonios escritos de la Iglesia de Cristo, abundan las referencias a estas formas de vida cristiana practicadas por hombres y mujeres desde la antigüedad. El concepto de “asceta” significa el que se “ejercita” en la virtud, y se suele referir a los varones que llevaban vida célibe, aunque también existieron mujeres ascetas, entre las cuales cabe destacar el caso de María Magdalena, poco conocido en la actualidad, pero que es considerada por muchos historiadores como la primera mujer que eligió este tipo de vida. Por otra parte, San Lucas evangelista, refiriéndose a la predicación de San Pablo en Cesarea,  nos cuenta lo siguiente (Hechos de los Apóstoles):

-Y partiendo al día siguiente, llegamos a Cesarea, y entramos en casa de Felipe, el evangelista, uno de los siete, y quedamos con él. Tenía, este, cuatro hijas vírgenes, que profetizaban. Permanecimos allí muchos días…

Es evidente, que estas  jóvenes, de las que habla San Lucas, eran mensajeras del Evangelio de Cristo y como ellas existían numerosos ejemplos en este periodo del cristianismo.  Todas ellas demostraron con sus vidas y muertes en muchas ocasiones, por martirio, su enorme capacidad evangelizadora. Hay que tener en cuenta, por otra parte, que el término de virgen desde un principio se reservó para denominar a aquellas mujeres que elegían vivir en estado de virginidad.

Más tarde las vírgenes formaron no solo una clase, sino un estado ya definido, y un orden aprobado por la Iglesia y comenzó a practicarse públicamente. La Iglesia, al aceptar el sagrado voto y propósito de la virginidad, consagraba la virgen como persona inviolablemente entregada a Dios y a la Iglesia, con un rito tan solemne, que con razón está registrado entre los más hermosos monumentos de la antigua literatura, y distinguía claramente a esa virgen de las otras que con votos solamente privados se obligaban a Dios.
 

 Ascetas y Vírgenes vivían, habitualmente, en el entorno familiar, ejerciendo sus respectivas profesiones como los demás cristianos, durante los primeros siglos, las comunidades estaban familiarizadas con este tipo de vida y los que practicaban esta forma de evangelización eran tratados con cariño y admiración por parte de sus conciudadanos, constituyendo su presencia un motivo de orgullo para las mismas.

Los fundadores de la vida ascética en Oriente fueron San Pablo (primer ermitaño) y San Antonio Abad, seguidos de otros muchos menos conocidos, hasta llegar a la época de San Basilio y San Hilarión que continuaron mejorando la obra realizada por todos los hombres que habían abrazado esta forma de vida antes que ellos. En Occidente fue San Atanasio quien propagó la vida monástica, que se extendió rápidamente en todo el  imperio durante los siglos IV y V respectivamente.

También los Doctores de la Iglesia, como los anteriormente citados, San Jerónimo y San Agustín favorecieron y aconsejaron esta forma de vida, pero fue San Benito de Nursia  el  verdadero fundador y creador de las reglas que deberían regir en la vida monástica.

San Benito de Nursia (480-543) estudió en Roma pero desolado por el grado de corrupción existente en ese momento en la capital del imperio de Occidente, se retiró a los Apeninos, donde vivió una vida totalmente ascética encerrado en una gruta, con escasos alimentos y medios de vida. Esta forma de vida tan austera encandiló, por así decirlo a una serie de jóvenes de la época que descubrieron su refugio y que deseosos de vivir como él, le pidieron que creara un monasterio donde poder practicar libremente la misma. Hasta doce monasterios fundó este santo varón, pero fue en Monte Casino donde se creó realmente el centro de aquella comunidad que como es natural recibió el nombre de benedictina. También erigió un monasterio para mujeres, cuya dirección encomendó a su no menos santa hermana, Escolástica.


La Regla de San Benito consiste en una serie de preceptos que permiten llevar a los religiosos hacia la perfección cristiana, sobre la práctica de la vida de Jesús y que implica <pobreza, castidad y obediencia>  
Resumiendo, se podría asegurar, que durante los siglos  V, VI y siguientes, en los monasterios y en especial, en los benedictinos, se formaron aquellos hombres fieles al  “lema” de la “orden”, a que pertenecían, salvaron la cultura de la época,  reformaron y mejoraron las costumbres de los cristianos y evangelizaron en todo momento a los pueblos, incluso a los bárbaros, que ya estaban cerniéndose sobre el Imperio romano.