Translate

Translate

viernes, 10 de marzo de 2017

JESÚS Y SUS SACRAMENTOS (I) : SACRAMENTOS DE LA INIACIÓN


 
 
 
 


Para que nos renováramos por el Espíritu Santo y creciéramos en nuestra vida espiritual, Jesús instituyó sus siete Sacramentos: Bautismo, Penitencia, Eucaristía, Confirmación, Matrimonio, Orden Sacerdotal y Unción de los enfermos.

El Papa Benedicto XVI en su libro, <La alegría de la fe>, nos habla de los Sacramentos como centros de culto de la Iglesia:
“Sacramento significa, en primer lugar, que no somos los hombres los que hacemos algo, sino que es Dios el que se anticipa y viene a nuestro encuentro con su actuar, nos mira y nos conduce hacia él. Pero hay algo todavía más singular: Dios nos toca por medio de realidades materiales, a través de los dones de la creación, que él toma a su servicio, convirtiéndolos en instrumentos del encuentro entre nosotros y Él mismo.

Los elementos de la creación, con  los cuales se construye el <cosmos de los Sacramentos>, son cuatro: el agua, el pan de trigo, el vino y el aceite de oliva.

El agua, como elemento básico y condición fundamental de toda vida, es el signo esencial del acto por el que nos convertimos en cristianos en el Bautismo, pasando del nacimiento a una vida nueva.


                            
 (Fuente de Gibón en Jerusalén)


Mientras que el agua, por lo general, es el elemento vital, y representa el acceso común de todos al nuevo nacimiento como cristianos, los otros tres elementos pertenecen a la cultura del ambiente mediterráneo.

Nos remiten así, al ambiente histórico concreto en el que el cristianismo se desarrolló. Dios ha actuado en un lugar muy determinado de la tierra, verdaderamente ha hecho historia con los hombres. Estos tres elementos son, por una parte, dones de la creación pero, por otra, están relacionados también con lugares de la historia de Dios con nosotros…

 


En estos tres elementos hay una nueva gradación. El pan remite a la vida cotidiana. Es el don fundamental de la vida diaria.

El vino evoca la fiesta, la exquisitez de la creación y, al mismo tiempo, con el que se puede expresar de modo particular la alegría de los redimidos.



El aceite de oliva tiene un amplio significado. Es alimento, es medicina, embellece, prepara para la lucha y vigor. Los reyes y sacerdotes son ungidos con óleo, que es signo de dignidad y responsabilidad, y también de la fuerza que procede de Dios…” (Papa Benedicto XVI. La alegría de la fe. Ed. San Pablo. 2012)


Al reflexionar sobre las palabras del Papa Benedicto XVI, que se refieren a los cuatro elementos esenciales de la creación: agua, pan, vino y aceite, comprendemos que al ser el agua elemento primordial de la vida y por ello, también uno de los símbolos originarios de la humanidad, en el Sacramento del Bautismo, el agua simboliza la tierra materna, la Santa Iglesia que acoge en sí la creación y su representación…

Esta cuestión se pone de manifiesto de forma preclara en el Evangelio de San Juan cuando narra la conversación que Jesús mantuvo con Nicodemo (Jn 3, 1-5):
-Había un hombre de la secta de los fariseos, llamado Nicodemo, magistrado de los judíos.

-Este vino a Jesús de noche y le dijo: <Rabí, sabemos que vienes de parte de Dios como maestro; porque nadie puede hacer esas señales que tú haces, sino es que Dios estuviere con él.>

-Respondió Jesús y le dijo: <En verdad, en verdad te digo, si uno no fuere engendrado de nuevo, no puede ver el reino de Dios.>



-Dícele Nicodemo: < ¿Cómo puede un hombre nacer, si ya es viejo? ¿Acaso puede entrar por segunda vez en el seno de su madre y nacer?

Respondió Jesús: <En verdad, en verdad te digo, quien no naciere de agua y espíritu no puede entrar en el reino de Dios.>

Jesús con estas palabras, está proclamando la absoluta regeneración bautismal en el hombre. Según Papa Benedicto XVI,  es comparable al nacimiento natural:
“El Bautismo como ingreso en la comunidad de Cristo es interpretado en este pasaje de la vida de Jesús, como un renacer que – en analogía con el nacimiento natural – responde a un doble principio: el espíritu divino y el <agua como madre universal de la vida natural, elevada en el Sacramento del Bautismo, mediante la gracia a imagen gemela de la Theotokos virginal> (Photina Rech, volumen 2 p. 303).



Dicho de otro modo, para renacer se requiere la fuerza creadora del espíritu de Dios, pero con el Sacramento del Bautismo se necesita también el seno materno de la Iglesia, que acoge y acepta.”

Así mismo, como aseguraba el Papa Francisco en su Audiencia general del 8 de enero de 2014:

"Este es el   Sacramento en el cual se funda nuestra fe misma, que nos injerta como miembros vivos en Cristo y en su Iglesia.
Junto a la Eucaristía y la Confirmación forma la así llamada  <Iniciación cristiana>, la cual constituye como un único y gran acontecimiento, que nos configura al Señor y hace de nosotros un signo vivo de su presencia y de su amor"



Los Papas de los últimos siglos nos han hablado largo y tendido sobre los siete Sacramentos de la Iglesia Católica, instituidos por nuestro Señor Jesucristo, pero también ha habido escritores tanto laicos como religiosos, que han aportado sus conocimientos teológicos en este sentido. Entre estos se encuentra de forma destacada Scott Hahn (Nacido el 28 de octubre del 1957), escritor, teólogo y apologista converso estadounidense, muy conocido por sus obras. Este hombre reconoció sin ambages que siendo joven rechazaba a la Iglesia Católica porque estaba convencido de que era mala.
Su conversión se produjo cuando estando ya casado (él era ministro presbiteriano con años de experiencia), se convirtió al catolicismo junto con su esposa al comprender, entre otras cosas, que la contracepción era algo contrario a las leyes divinas.

Este hombre inspirado por Dios, ha tratado de rectificar en su actitud hacia la Iglesia Católica y una vez convertido, ha escrito libros muy interesantes como el titulado: <Comprometidos con Dios. La promesa y la fuerza de los Sacramentos>, en el que reconoce que los Sacramentos fueron instituidos por Jesús y son ritos que se han venido celebrando desde los primeros tiempos de los apóstoles.
Es  muy interesante el análisis realizado por Scott Hahn sobre los siete Sacramentos si se tiene en cuenta que él procedía de la iglesia presbiteriana y en ésta, los Sacramentos  se consideran acciones meramente simbólicas.
Los Papas de todos los tiempos no lo han considerado así, sin embargo en los últimos siglos, el concepto sacramental, desgraciadamente está siendo violado constantemente por algunos cristianos católicos, cuando le dan un carácter fundamentalmente festivo. Algunos incluso olvidando su origen divino, a veces consideran que son consecuencia de las leyes humanas...



En este sentido, San Jerónimo, al comentar el  Evangelio de San Marcos, asegura que antes de acercarnos a los Sacramentos: <Se debe remover todo obstáculo, de modo que no quede ninguno en el alma de aquel que vaya a recibirlos>; más concretamente, refiriéndose al Sacramento del Bautismo, asegura también que: <Los que van a recibirlo deben creer en el Padre, en el Hijo, y en el Espíritu Santo>. 
Este compromiso de fe en el caso del Bautismo de los niños, tendría que estar avalado por los padres de los mismos, los cuales como creyentes, deberían tener muy claro el significado del acto litúrgico y del Sacramento por el que sus hijos entran a formar parte del pueblo de Dios, lo cual, nada tiene que ver  con una especie de acto social cada vez, tristemente, más difundido entre el pueblo cristiano, que se ha dado en llamar <bautismo civil>, adulterando de esa   forma el concepto sacramental del Bautismo.

En este sentido, hay que tener en cuenta que tal como podemos leer en el Catecismo de la Iglesia católica (nº 1223):
“Todas las prefiguraciones de la Antigua Alianza culminan en Cristo Jesús. Comienza su vida pública, tras hacerse bautizar por San Juan Bautista en el Jordán, y, después de su Resurrección, confiere esta misión a sus Apóstoles: <Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar, lo que yo os he mandado> (Mt 28, 19)”.

 

Es evidente, pues, que Jesús en su última aparición a los Apóstoles, les dio la fórmula sacramental, mediante la cual deberían suministrar el Sacramento del Bautismo a los hombres, el cual no era ya el <bautismo penitencial> suministrado por San Juan Bautista a orillas del rio Jordán, al que también el Señor, se quiso someter como <prefiguración>, al comienzo de su vida pública.

Por eso, el Papa San Juan Pablo II, en el Ángelus  del 13 de enero del año 2002, declaraba que el bautismo de Jesús en las aguas del rio Jordán:
“Es, de hecho, la primera manifestación de Jesús como Hijo de Dios, mandado por el Padre a cargar consigo y quitar el pecado del mundo. Nada más ser bautizado, se abrieron los cielos y descendió sobre Él, el Espíritu Santo, como una paloma, mientras que desde lo alto, resonó un anuncio misterioso: <Este es mi Hijo amado, en quien me complazco>.

El Señor se manifestó así como Cristo, consagrado por Dios en el Espíritu Santo, enviado por Él a anunciar a los pobres el gozoso mensaje de la salvación…”

Como ya hemos recordado, en el Sacramento del Bautismo, el agua simboliza la tierra materna, la santa Iglesia, que acoge en sí la creación y la representa. Precisamente en el Concilio de Florencia (Sección 8), se aceptó esta fórmula: <Por el bautismo nacemos de nuevo espiritualmente>. Por eso asegura Scott Hahn en su libro: <Comprometidos con Dios. La promesa y fuerza de los sacramentos> (Ed. Rialp, S.A. Madrid 2004):
“Por el Bautismo entramos en la familia de Dios. Y sólo por el Bautismo podemos disfrutar en plenitud de la vida divina: compartir su mesa, disfrutar de sus cuidados, de su paternal perdón y cariño. Los primeros cristianos vieron en las aguas bautismales el germen de la Iglesia. De la misma manera que el nacimiento es una condición de la familia humana, el Bautismo lo es de los Sacramentos”

 

Por otra parte,  en el Catecismo de la Iglesia Católica, escrito en orden a la aplicación del Concilio Ecuménico Vaticano II (nº 1212), podemos leer que :
“Mediante los Sacramentos de la Iniciación cristiana: Bautismo, Confirmación y Eucaristía, se ponen los fundamentos de la vida cristiana.

La participación en la naturaleza divina, que los hombres reciben como don mediante la gracia de Cristo, tiene cierta analogía con el origen, el crecimiento y el sustento de la vida natural. En efecto, los fieles renacidos en el Bautismo se fortalecen con el Sacramento de la Confirmación y finalmente, son alimentados en la Eucaristía con el manjar de la vida eterna, y, así por medio de estos Sacramentos de la Iniciación cristiana, reciben cada vez con más abundancia los tesoros de la vida divina y avanzan hacia la perfección de la caridad (Pablo VI. Constitución Apostólica <Divinae Consortium naturae>) (Ritual de Iniciación Cristiana de adultos, Prenotandos 1-2)”.

 


Así mismo, el Papa Francisco refiriéndose al Sacramento de la Eucaristía (Comunión), y su papel primordial dentro de las familias cristianas, como modo y manera esencial de compartir los bienes de la vida, nos pide que reflexionemos sobre este gran misterio que Dios nos ha otorgado (Audiencia General del 11 de noviembre de 2015):
“Miremos el misterio del Banquete Eucarístico. El Señor entrega su Cuerpo y derrama su Sangre por todos. De verdad no existe división que pueda resistir a este sacrificio de Comunión; sólo la actitud de falsedad, de complicidad con el mal puede excluir de él.

Cualquier otra distancia no puede resistir a la potencia indefensa de este pan partido y de este vino derramado, Sacramento del Único Cuerpo del Señor.
La alianza viva y vital de las familias cristianas, que precede, sostiene y abraza en el dinamismo de su hospitalidad las fatigas y las alegrías cotidianas, coopera con la gracia de la Eucaristía, que es capaz de crear comunión siempre nueva con su fuerza que incluye y salva”

 


En efecto, la vida de comunión que debe existir en una familia cristiana se encuentra arropada y tiene como modelo el Sacramento de la Eucaristía; más aún, como se indica en el Catecismo de la Iglesia Católica (nº 1113 y nº 1130):
“Toda la vida litúrgica de la Iglesia gira en torno al Sacrificio Eucarístico y los Sacramentos…

La Iglesia celebra el Misterio de su Señor <hasta que Él venga> y <Dios sea todo en todos> (1 CO 11,26: 15,28). Desde la era apostólica, la liturgia es atraída hacia su término por el gemido, del Espíritu en la Iglesia: ¡Maranatha! (1 Co 16,22)
(Es una transliteración de la palabra aramea <mâran´athâ>, la cual ha sido traducida de diversas formas y que parece ser que se usaba como saludo recordatorio de la Segunda Venida del Señor).
La liturgia participa así en el deseo de Jesús <Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros,… hasta que halle su cumplimiento en el Reino de Dios> (Lc 22, 15-16). En los Sacramentos de Cristo, la Iglesia recibe ya las arras de su herencia, participa ya en la vida eterna aunque <aguardando la feliz esperanza y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo> (Tt 2,13).
<El espíritu y la esposa dicen: ¡Ven!... ¡Ven, Señor Jesús! (Ap 22, 17,20)”

 


Es interesante recordar también, en este momento, las reflexiones realizadas por el Papa Benedicto XVI sobre la institución de la Eucaristía, reflejadas en su libro: <Jesús de Nazaret II>, para comprender, quizás mejor, la grandeza de este Sacramento y su importancia en la vida del cristianismo:
“El llamado relato de la institución, es decir, de las palabras y los gestos con los que Jesús se entregó así mismo a sus discípulos en el pan y en el vino, es el núcleo de la tradición de la Última Cena.

Este relato se encuentra en los Evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas), pero además, también en la primera Carta de San Pablo a los Corintios (1 Co 11, 23-26). Las cuatro narraciones son muy parecidas en su núcleo, pero muestran algunas diferencias en los detalles que se han convertido comprensiblemente en objeto de amplios debates exegéticos.
Se pueden distinguir dos modelos de fondo: por un lado la narración de Marcos, con el cual concuerda en gran parte el texto de Mateo; por otro lado, el texto de Pablo que se asemeja al de Lucas.

El relato paulino es el texto literario más antiguo: la primera Carta a los Corintios fue escrita en torno al año 56 d.C. El período de redacción del Evangelio de Marcos es posterior pero es indiscutible que su texto recoge una tradición muy anterior”

 


Es muy notable además, comprobar la atención que el Sacramento de la Eucaristía a lo largo de todos estos siglos, desde su institución por Jesús, ha suscitado sobre los exegetas y los teólogos en general. Es importante por todo ello prestar gran atención al contenido del mensaje encerrado en este Sacramento para todos los hombres y lo haremos una vez más con la ayuda de algunas reflexiones del Papa Benedicto XVI (Ibid):
“La narración de la institución comienza en los cuatro textos (Sinópticos y primera Carta a los Corintios), con dos afirmaciones sobre el obrar de Jesús que han adquirido un significado esencial para la recepción en la Iglesia de todo el conjunto.

Se nos dice que Jesús <tomó el pan, pronunció la bendición y la acción de gracia>, y lo partió.

Al comienzo se pone la <eucharistía> (Pablo y Lucas), o bien la <eulogía> (Marcos y Mateo): ambos términos indican <berakha>, la gran oración de acción de gracia y bendición de la tradición judía, que forma parte tanto del rito Pascual como de otros convites.

No se come sin dar las gracias a Dios por el don que Él ofrece: por el pan que nace y crece en la tierra y también por el fruto de la vid…

Jesús ha acogido esta tradición. Las palabras de la institución están en este contexto de oración; en ellas, el agradecimiento se convierte en transformación…



Lo segundo que se nos dice es que Jesús <partió el pan>. Partir el pan para todos es principalmente la función del padre de familia, que en cierto modo representa con ello también a Dios Padre que, a través de la fertilidad de la tierra, distribuye a todos nosotros lo necesario para vivir.

Es también el gesto de hospitalidad con la que se hace partícipe de lo propio al extraño, acogiéndolo en la comunidad de la mesa…

El gesto de Jesús se ha transformado así en el símbolo de todo el ministerio, de toda la Eucaristía: en los Hechos de los Apóstoles, y en el cristianismo primitivo en general: <partir el pan> designa la Eucaristía. En ella nos beneficiamos de la hospitalidad de Dios, que se nos da en Jesucristo crucificado y resucitado…”

Volvamos ahora sobre las palabras pronunciadas por Jesús al <partir el pan>. Según Marcos y Mateo fueron simplemente: <Esto es mi cuerpo>, en tanto que Pablo y Lucas añaden algo más a estas palabras iniciales de Jesús: <que será entregado por vosotros>.

 
 
 
Sin duda Jesús sabía lo que iba a suceder, Él sabía que le quitarían la vida en la cruz, y ya desde el primer momento, durante la institución de la Eucaristía, Él ofrece su vida por todos, mediante un acto de su voluntad, libre y voluntario…
Él lo había dicho a sus apóstoles en otra ocasión: <yo doy mi vida, para volverla a tomar>; una frase pronunciada por Jesús, según el Evangelio de San Juan, cuando habló a sus discípulos sobre el tema del <pastor y el rebaño> (Jn 10, 11-17):

“Yo soy el buen pastor. El buen pastor expone su vida por las ovejas / el que es asalariado y no pastor, de quien no son propias las ovejas, ve venir el lobo y abandona las ovejas y huye, y el lobo las arrebata y dispersa / porque es asalariado y no le importa las ovejas / yo soy el buen pastor, y conozco las mías, y las mías me conocen / como me conoce mi Padre, y yo conozco a mi Padre; y doy mi vida por las ovejas / y otras ovejas tengo que no son de este aprisco: esas también tengo yo que recoger, y oirán mi voz, y vendrán a ser un solo rebaño, un solo pastor / por esto me ama mi Padre, porque <yo doy mi vida, para volverla a tomar>”

El Señor dice: <yo soy el buen pastor> una hermosa imagen de sí mismo, con un gran significado para la humanidad, pues según los textos bíblicos antiguos, se denominaba <pastor> al <Mesías> esperado. En boca de Jesús esta expresión es una declaración  de su origen divino. Por otra parte, asegura también: <yo doy mi vida, para volverla a tomar>, que viene a significar, que Él se entrega a la muerte y tiene poder para volver a la vida, para que no perezcan sus ovejas, esto es, para salvar a la humanidad…



Ciertamente al tomar la Santa Comunión, tomamos el Cuerpo y la Sangre de Cristo, y participamos de ese Cuerpo y de esa Sangre tal como nos recuerda San Pablo en su Carta a los Corintios, cuando les alerta sobre el peligro de la idolatría y les aconseja que huyan de ella (1 Co 10, 14-16):
“Queridos míos, huid de la idolatría / como a prudentes hablo; juzgad vosotros mismos lo que digo / el cáliz de la bendición que bendecimos ¿No es acaso comunión con la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿No es acaso comunión con el cuerpo de Cristo?”

En efecto,  la Eucaristía  es un Sacramento especial que junto al del Bautismo y la Confirmación, hacen al hombre cristiano y por este motivo se han dado en llamar: <Sacramentos de la Iniciación>. Precisamente, como asegura Scott Hahn en su libro <Comprometidos con Dios> (Ibid):
“Algún tiempo después del Bautismo, la Iglesia confiere el Sacramento del fortalecimiento (Confirmación). La palabra <firme> está en el centro del  este Sacramento, y significa una recuperación, una confirmación del cristianismo. Por el Bautismo entramos a formar parte de la familia; gracias a la Confirmación, Dios nos concede su gracia para alcanzar la madurez cristiana.



En Oriente, este Sacramento es llamado Crismación, pues se aplica el aceite crismal durante el rito. Crismal y Cristo provienen de las misma palabra griega: <Christos>, que equivale al hebreo de Mesías. Ambas expresiones significan ungido. Cuando recibimos el crisma somos ungidos, nos hacemos como Cristo, nos hacemos Cristo mismo.

Cristo también fue ungido por el Padre y descendió sobre Él el Espíritu Santo (Jn 1,32). El Padre envió a su Hijo para darnos el Espíritu. Cristo nos otorga una nueva vida con el Bautismo, pero es sólo el principio. <La  recepción del Sacramento  de la Confirmación es necesaria para la plenitud de la gracia bautismal> (CCE, n. 1285). En la Confirmación recibimos la plenitud de los dones del Espíritu Santo”

Este Sacramento, que en la actualidad goza de poca atención, en cambio para los primeros cristianos era uno de los más importantes, y lo designaban de formas diferentes, como: <La imposición de manos>, <El sello> de Dios ó <La impronta> de Dios…

Así por ejemplo, el apóstol San Pablo en su segunda Carta dirigida a los ciudadanos de Corinto menciona este Sacramento  como el <sello> de Dios (2 Co 1, 20-22):
 
 


“Porque cuantas promesas hay de Dios, en Él son el sí; por lo cual también por mediación de Él se retorna el <Amén a Dios> para gloria por medio de nosotros/ Más el que nos conforta, juntamente con vosotros, en orden a Cristo, y el que nos ungió, Dios es; / el cual además nos marcó con su <sello> y nos dio las arras del Espíritu en nuestros corazones”   

La pregunta que surge es ¿Quién puede recibir este Sacramento? En el Catecismo de la Iglesia católica se encuentra perfectamente especificado (nº 1306):

“Todo bautizado, aún no confirmado, puede y debe recibir el Sacramento de la Confirmación. Puesto que Bautismo, Confirmación y Eucaristía forman una unidad, de ahí se sigue que <los fieles  tienen obligación de recibir  este Sacramento en tiempo oportuno>, porque sin la Confirmación y la Eucaristía, el Sacramento del Bautismo es ciertamente válido, pero la iniciación cristiana queda incompleta”

Es una aclaración muy pertinente la realizada en este punto del catecismo, porque sobre todo en los últimos siglos, al Sacramento de la Confirmación se le ha prestado menos atención, en ocasiones, que al del Bautismo o al de la Eucaristía, siendo así que con  este Sacramento de iniciación recibimos el <sello> de Dios a través de la Tercera Persona, el Espíritu Santo.



Concretamente en el rito latino  <el Sacramento de la Confirmación es conferido por la unción  del santo crisma en la frente, hecha imponiendo la mano, y con estas palabras: “Accipe signaculum doni Spiritus Sancti” (recibe por esta señal el don del Espíritu Santo)>.

Por su parte, en las iglesias orientales la unción se realiza sobre las partes más significativas del cuerpo, esto es: la frente, los ojos, la nariz, los oídos, los labios, el pecho, la espalda, las manos y los pies, y cada unción se acompaña de esta fórmula: “Sello del don que es el Espíritu Santo”



Precisamente el Papa Pablo VI pronunció el 30 de junio de 1968 una <solemne Profesión de fe>, con motivo de la clausura de la conmemoración  del XIX centenario del martirio de San Pedro y San Pablo, así como de la terminación del que fue llamado <año de la fe>, y en ella  refiriéndose a la Tercera Persona del Misterio Trinitario aseguró que los cristianos católicos:

“Creemos en el Espíritu Santo, Señor y vivificador que, con el Padre y el Hijo, es juntamente adorado y glorificado. Que habló por los profetas; nos fue enviado por Cristo después de su resurrección y ascensión al Padre; ilumina, vivifica, protege y rige la Iglesia, cuyos miembros purifica con tal que no desechen la gracia. Su acción, que penetra lo intimo del alma, hace apto al hombre de responder a aquel precepto de Cristo: <Sed perfectos como también es perfecto vuestro Padre celeste> (Mt 5, 48)”   


 

miércoles, 1 de marzo de 2017

JESÚS Y EL RETO DE LA EVANGELIZACIÓN: SIGLO XI (3ª Parte)


 
 
 
 




En el discurso de la <Solemne apertura del Concilio Vaticano II>, el Papa Juan XXIII, refiriéndose al deber de promover la unidad cristiana y humana, se expresaba en los términos siguientes (11 de octubre de 1962):

“La Iglesia católica estima como un deber suyo el trabajar con toda actividad para que se realice el gran misterio de aquella unidad que con ardiente plegaria invocó Jesús al Padre celestial, estando inminente su sacrificio…

Esto se propone el Concilio Ecuménico Vaticano II, el cual, mientras reúne juntamente las mejores energías de la Iglesia y se esfuerza por que los hombres acojan cada vez más favorablemente el anuncio de la salvación, prepara en cierto modo y consolida el camino hacia aquella unidad del género humano, que constituye el fundamento necesario para que la Ciudad terrenal se organice a semejanza de la celestial <en la que reine la verdad, es ley  la caridad y la extensión es la eternidad>, según San Agustín”   
 
Para comprender mejor los hechos acaecidos entre las Iglesias ortodoxas y la  católica, hay que tener en cuenta que los datos históricos en el intervalo de tiempo comprendido entre los años 1000 a 1100, sobre el poder económico, político y aún religioso, existentes tanto en Oriente como en Occidente,  indican cambios importantes  en cuanto al desarrollo del mundo hasta entonces conocido. Así por ejemplo, a principios del siglo XI el Continente Europeo se encontraba totalmente fracturado políticamente y además sometido al acoso militar por parte de varios pueblos bárbaros, como por ejemplo los vikingos. Estas circunstancias impedían el rápido progreso económico de la población europea.

Entre tanto en Oriente el emperador Basilio II libraba constantes enfrentamientos con los ejércitos del pueblo búlgaro, más concretamente, en el año 1014 los búlgaros creyendo que había llegado una buena ocasión para atacar a los bizantinos, presentaron batalla a los mismos, pero fueron derrotados de forma definitiva por sus ejércitos. Se cuenta que después de esta victoria, Basilio decidió terminar para siempre con una contienda que había durado muchos años, e intentó exterminar todo posible enfrentamiento futuro. Lo logró, y los búlgaros acabaron integrándose en el Imperio. Basilio triunfaba en todas partes y hasta proyectó apoderarse de Sicilia y extender su dominio hacia el norte, pero el 15 de diciembre de 1025 moría sin dejar herederos. El Imperio era por entonces inmenso, no tenía igual en el mundo pero las cosas empezaron a ir peor, a partir de la desaparición de Basilio II, y así a mediados del siglo XI, bajo el reinado de Constantino IX, las fuerzas bizantinas tuvieron que procurar una alianza conjunta con el Papado para hacer frente a los normandos.

Por otra parte, desde el punto de vista religioso, seguían los malos entendidos entre la Iglesia de Oriente y la de Occidente, y esto condujo finalmente a una separación de las mismas en el año 1054, durante el Patriarcado de Miguel Cerulario, siendo Pontífice de la Iglesia católica el Papa León IX (1049-1054).

Así mismo, a finales del siglo XI el Cardenal Hildebrando, monje de Cluny, fue nombrado Papa, con el nombre de Gregorio VII (1073-1085). Este santo varón se propuso cerrar por completo otro problema suscitado en el seno de la Iglesia, en tiempos pasados, que causo  mucho daño; nos referimos  al que fue conocido por: < Querella de las Investiduras>. Con este motivo, reunió en Roma a los obispos y personalidades eclesiásticas del momento con objeto de abordar tan controvertido tema mediante la celebración de un Sínodo General.

Desgraciadamente no todos los reyes cristianos de Occidente vieron con buenos ojos las resoluciones tomadas en este Sínodo, aunque finalmente la mayoría de ellos las acataron, a excepción de Enrique IV (Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico desde 1084 a 1105), el cual persiguió al Papa, lo secuestró y tuvieron que ser los  fieles creyentes los que le rescataran. Este incidente puso en entredicho las capacidades morales y políticas de este soberano entre el pueblo llano y aún entre algunos nobles.

A la muerte de  San Gregorio VII, fue elegido Papa, Didier, Abad de Montecassino, que tomo el nombre de Víctor III (1086-1087), el cual había asistido a su antecesor en la Silla de Pedro, durante la agonía. Fue nombrado por la mayoría cardenalicia,  en Roma, ante aclamaciones del pueblo; no obstante su Pontificado duró poco tiempo, aproximadamente un año, porque ante la situación de ingobernabilidad del clero romano y su precario estado de salud, finalmente decidió retirarse de nuevo a su abadía, no sin antes haber ratificado la excomunión del emperador Enrique IV, en un Sínodo celebrado en Benevento.

Su sucesor fue Odón de Lagny, prior de Cluny, con el nombre de  Urbano II (1088-1099), muy amigo de  Gregorio VII, el cual publicó de nuevo la excomunión de Enrique IV así como la del antipapa Clemente III (1080-1084 y 1100) (nombrado por el emperador Enrique IV), y tras un Sínodo celebrado en Clermont excomulgó, así mismo, a otros soberanos de la época que vivían en condiciones  contrarias al mensaje de Cristo.

El emperador Enrique IV se enfrento al Papa Urbano II desde el principio de su mandato,  atreviéndose incluso, a seguir protegiendo al antipapa Clemente III, al cual apoyaba con la intención  de que ocupara de nuevo la Santa Sede, mientras que por otra parte, se enfrentaba a los lombardos, los cuales se habían levantado contra él, y eran defensores del Papa Urbano.

Después de distintos conflictos entre el emperador y el Papa Urbano, éste logró  ser reconocido   sucesor de Gregorio VII en la Silla de Pedro, mientras que el emperador  perdió varias batallas frente a los lombardos,  debiendo huir a Alemania en compañía del antipapa Clemente. La historia no acabó sin embargo así, porque Enrique IV encontró nuevos aliados y con un ejército poderoso entró en Roma expulsando  al Papa Urbano II y restableciendo en el Papado al tristemente célebre Clemente III.

Todos los conflictos que existieron entre el Papa Urbano II y el emperador Enrique IV,  fueron consecuencia de las querellas existentes, entre el poder civil y la Iglesia,  durante la Alta  Edad media, conocidas como <las Investiduras>.

Sucedió que los príncipes alemanes liderados por Rodolfo de Suavia y  Hermann de Salm, no aceptaron que Enrique IV recuperase el título imperial, y se enzarzaron en una lucha continuada contra él, pero éste se hizo coronar emperador por el antipapa Clemente III en el año 1084.

Paralelamente a todos los sucesos derivados del problema de las Investiduras, en el año 1091, Croacia fue conquistada por el rey húngaro Ladislao I; el Papa Urbano II se opuso a dicho acontecimiento, pero Ladislao I encontró apoyo precisamente en el emperador  Enrique IV.

Durante los últimos años de su reinado, Enrique IV tuvo una serie de enfrentamientos con su propio pueblo, en el que tomó parte incluso su hijo mayor Enrique, alentado por su segunda esposa Eufrasia de Kiev, y en el año 1105 la Dieta de Maguncia, le obligó a abdicar, muriendo finalmente en Lieja en el año 1106.

Independientemente de los hechos ocurridos a consecuencia de los enfrentamientos que tuvieron lugar entre el Papa Urbano II y el emperador Enrique IV, se puede decir que este período del siglo XI fue muy fructífero para la Iglesia católica desde el punto de vista de la evangelización, porque durante él, tuvo lugar un fenómeno crucial para la misma, conocido con el nombre de las <cruzadas>. Las cruzadas fueron expediciones de carácter mixto (religioso y político), que se iniciaron a finales de este siglo siempre bajo la protección de los Pontífices del momento.

Gran parte de los príncipes y pueblos cristianos se sintieron llamados por entonces a rescatar los Santos Lugares, donde habían tenido lugar los acontecimientos de mayor relevancia para el cristianismo, esto es, la vida sobre la tierra, la muerte y resurrección de Jesucristo.

Precisamente a finales del siglo XI, el emperador Bizantino Alejo I Comneno, pidió auxilio a Occidente para rechazar el ataque de los turcos, y por otra parte, los peregrinos a Tierra Santa regresaban de estas regiones narrando terribles historias sobre los martirios que estaban sufriendo los cristianos de Palestina, en aquellos momentos. El propio Patriarca de Jerusalén imploró ayuda a Roma para salir de la situación en la que se encontraban y por otra parte, Pedro el Ermitaño (clérigo francés), contribuyó con sus predicaciones a animar a la multitud, gente pobre en su mayoría, para partir hacia Tierra Santa y reconquistar aquellos lugares recorridos por Jesucristo. Fracasaron en su intento y éste fue el preludio de lo que sería la primera cruzada.

Ante esta situación el Papa Urbano II, que había sido recientemente repuesto en la Silla de Pedro, en el año 1095, dio su beneplácito para que se produjera la primera cruzada, tras un Concilio celebrado en Clermont, al que asistieron centenares de obispos, abades y muchos príncipes, así como una gran cantidad de gente perteneciente al pueblo llano.

Un año más tarde, tras la celebración del Concilio, emprendió su marcha esta primera expedición a Tierra Santa. La componían miles y miles de hombres a cuya cabeza figuraban varios príncipes franceses e italianos, bajo el caudillaje de Godofredo de Buillom, duque de Lorena.

Tras una serie de ininterrumpidas victorias contra el enemigo, se conquistaron Edesa y Antioquía, pero muy cerca ya de Jerusalén, estuvieron a punto de ser derrotados. Tuvo lugar entonces como un milagro, pues creyeron haber encontrado la <Santa Lanza>, con la que el romano traspasó el costado de Jesús, y esto enardeció a los cruzados consiguiendo finalmente la victoria al grito de: ¡Deus Vult! (Dios lo quiere).

Tras fundar el reino de Antioquía, una parte del ejército de los cruzados, continuó su marcha hacia Jerusalén, la cual sitiaron y tomaron en el mes de julio del año 1099, según aseguran algunos historiadores coincidiendo con un viernes a las tres de la tarde, día y hora de la muerte del Redentor.

Se fundó entonces el reino de Jerusalén, ofreciéndole el título de rey a Godofredo Buillom, pero él lo rehusó diciendo que no quería ceñir corona de oro donde el Salvador había llevado espinas y sólo aceptó tomar el título de <Defensor del Santo Sepulcro>. Para entonces el Papa  Beato Urbano II había muerto (1099) en Roma a los cincuenta y siete años. A su muerte fue elegido Papa Pascual II (1099-1118), por unanimidad; con anterioridad, éste había sido Abad de Cluny, por lo que no es de extrañar que muchos de los cardenales por él nombrados fueran a su vez, frailes de la abadía de Montecassino.

Durante su Pontificado, el Papa Pascual II tuvo que relacionarse desde el principio, con   Enrique V(asociado como rey por Enrique IV en el año 1099), el cual al igual que su padre, trató por todos los medios de seguir con las malas prácticas derivadas tiempos en los que se aplicaba la <Querella de las Investiduras>; a pesar de ello, en el año 1111 (siendo ya emperador Enrique V) el Papa consiguió llegar a un acuerdo por el cual la Iglesia devolvería todas las posesiones y derechos recibidos durante la dinastía carolingia, a cambio de la renuncia por parte del emperador a investir Pontífices. Este acuerdo no fue acogido bien por los partidarios de la reforma gregoriana, los cuales en el Concilio de Letrán, a principios del siglo XII, lo declararon nulo y posteriormente excomulgaron a Enrique V, en el Concilio de Viena, aunque el Papa no intervino en este tema.

Después de la primera cruzada convocada por el Papa Beato Urbano II, se produjeron varias cruzadas más, una de las últimas fue impulsada por el entonces Papa Inocencio III, la cual acabó con la derrota de los ejércitos cristianos en el Monte Tabor, pero este acontecimiento tuvo lugar en el siglo XII.

El resultado de estas cruzadas presentan claros-oscuros, pero en general desde el punto de vista de la Iglesia católica debemos reconocer que, aunque no consiguieron un éxito permanente en cuanto a la recuperación total de los Lugares Santos, si que fueron provechosas en otros aspectos para la humanidad, entre las que cabría destacar: el prestigio alcanzado por la cristiandad en la alta Edad Media, la intensificación del comercio y de la industria, los descubrimientos nuevos surgidos durante este período de la historia, la llegada a Occidente de nuevas materias primas desconocidas, como el azafrán o el gusano de seda, y así mismo, un gran renacer y esplendor en el campo de las letras y en el desarrollo de las ciencias.

Por otra parte, uno de los logros más interesantes también resultado de las cruzadas, fue la fundación de las llamadas Órdenes Militares, que eran una especie de combinación entre el fenómeno de la Caballería y el Monacato, que condujo a que hombres monjes con votos religiosos llegaran a ser héroes militares, es decir, tuvieran también virtudes castrenses. Entre estas órdenes cabe destacar: <Los caballeros de San Juan o de Malta>, llamada también  <Hospitalaria>, de origen italiano,  la orden de los Templarios o del Temple, de origen francés y la orden de los Teutónicos, por supuesto, de origen alemán.

Los fines de estas órdenes a parte de combatir al enemigo para liberar los lugares sagrados, era la cristianización de los pueblos conquistados, y el auxilio a los peregrinos en hospitales, asilos, u hospicios por ellas regentados.

Entre tanto, en otras zonas del Viejo Continente, concretamente en la llamada actualmente Inglaterra, destacaba la figura de un rey de origen normando, un gran guerrero, cuyo reinado fue motivo de controversias; nos referimos a Guillermo I de Inglaterra, más conocido como Guillermo el Conquistador. Los cronistas de su vida no se ponen de acuerdo, pues mientras unos elogian su labor, otros condenan su comportamiento.

En lo referente a su relación con la Iglesia, se sabe que en el año 1070, se reunió con tres legados Papales en Winchester, enviados por el Papa Alejandro II (1061-1073), antecesor de Gregorio VII, que coronaron ceremonialmente a este rey, lo cual para algunos ingleses puede considerarse como el sello de aprobación del Papa a las posibles conquistas irregulares realizadas en Inglaterra por este hombre de origen normando. Durante la estancia de los legados en el país, se celebraron varios Concilios eclesiásticos con el objetivo de reformar y reorganizar la Iglesia de Inglaterra. Concretamente en el Concilio celebrado en Pentecostés, se nombró como nuevo arzobispo de Canterbury a Lanfranco.

Lanfranco (Lanfrancus Cantuarensis), arzobispo de Canterbury, había nacido en Pavía a principios del siglo XI. En fecha desconocida cruzó los Alpes, estudió y después llegó a ser profesor en Normandía (Francia). Se sabe que hacia el año 1039 ya era jefe de la escuela catedralicia de Avranches, donde tuvo un notable éxito como educador de jóvenes.

Hacia el año 1042 se inclinó por la vida monástica, entrando en la abadía de Bec (Normandía). Vivió en absoluta reclusión y oración, pero finalmente fue nombrado prior de la misma. A partir de este momento trabajó duro hasta conseguir fundar una escuela en aquel monasterio, adquiriendo ésta, en poco tiempo, una gran reputación, llenándose de alumnos de todas partes que venían para adquirir una buena formación académica y eclesiástica; muchos de aquellos alumnos lograron más tarde puestos de relevancia en la Iglesia, como San Anselmo de Canterbury y Anselmo de Lucques, el cual llegó a ser el Papa Alejandro II (1061-1073).

Lanfrancus fue un gran erudito que se dedicó al estudio de la exégesis, realizando numerosos trabajos en este campo del conocimiento, como por ejemplo, sobre el Salterio o libro de los Salmos, o sobre el libro de San Agustín de Hipona: < La ciudad de Dios>, etc.

Pasado el tiempo llegó a ser abad de la Iglesia de San Esteban en Caén, desde donde ejerció una gran influencia en la política de Normandía y obtuvo el apoyo necesario para viajar a Inglaterra, e intervino junto a Guillermo I de Inglaterra en la conversión de la misma, ya que por entonces era grande la increencia de este pueblo, y de sus dirigentes eclesiásticos; además impulso su  reforma según  la orden de Cluny.

De esta forma, cuando el obispado de Ruan quedó vacante (1067), le fue ofrecido, pero él no lo tomó, aunque más tarde sí aceptó el apoyo de Guillermo I para su nombramiento como arzobispo de Canterbury.

Este gran hombre se puede decir que actuó tanto en política como en los asuntos de la Iglesia de forma muy beneficiosa, al elevar la calidad de la disciplina y educación clerical, cooperando con el rey Guillermo I, y evitando así, que éste incurriera en malas prácticas contra el pueblo inglés conquistado por él.

Murió de fiebres el 24 de mayo del año 1089, y es muy considerado dentro de la orden benedictina. A su muerte, fue elegido arzobispo de Canterbury, Anselmo de Canterbury, venerado  santo por la Iglesia católica y la Iglesia anglicana. Fue canonizado en el año 1449 por el Papa Nicolás V (1447-1455), y es doctor de la Iglesia desde el año 1720 por la proclamación del Papa Clemente XI (1700-1721).

Este santo varón nació en Aosta, una ciudad de la Longobardia y era hijo Gandulfo, un noble longobardo y de Ermenberga, pariente de Otón I de Saboya. Muy joven decidió ingresar en la orden benedictina, pero luego cambió de parecer, quizás a causa de los conflictos que tuvo con su padre y que le llevaron a abandonar finalmente el hogar familiar.

Después de realizar estudios de retórica y latín en la ciudad de Borgoña, recaló finalmente en Bec atraído por la fama de Lanfranco, el cual dirigió sus pasos precisamente hacia la orden benedictina, tal y como él había deseado en su juventud. Muy pronto destacó por su gran capacidad evangelizadora e inteligencia y esto dio pie para que fuera nombrado prior del monasterio, cuando Lanfranco pasó a ser su  abad. Igualmente, sucedió a Lanfranco, en la abadía cuando este fue nombrado arzobispo de Canterbury (1078), y como ya hemos recordado antes le sucedió también en el arzobispado de Canterbury a la muerte de éste (1093)

San Anselmo es considerado la figura de la Iglesia que propició los estudios en el campo de la filosofía, dando lugar a la escuela escolástica, en la que más tarde destacaron santos tan importantes como  Buenaventura, Tomás de Aquino ó Juan Duns Scoto.

La formación agustiniana de san Anselmo,  le llevó a la búsqueda del entendimiento racional de aquello que por la fe ha sido revelado, por eso, en sus primeras obras intentó demostrar la existencia de Dios. Entre estas obras se cuentan como más importantes las siguientes: <De Britate>, <De Casu Diaboli>, <La epístola sobre la Encarnación>, <Sobre la Concepción virginal y el pecado original> y <De Procesione Spiritis Sancti>…

Además de estas obras escribió otras muchas, así como oraciones, meditaciones y cartas personales. Destacaremos por último también su gran amor por la Virgen en su Inmaculada Concepción, murió en olor de santidad a los pocos años de ser nombrado arzobispo de Canterbury, a principios del siglo XII.

Dos figuras extraordinarias de la Iglesia, las de Lanfranco y la de San Anselmo, ambos  nombrados arzobispos de Canterbury durante el reinado de Guillermo I el Conquistador, un descendiente de los vikingos (conocidos como hombres del norte) y de ahí, normandos, que se habían asentado en el este extremo noroccidental de Francia durante el siglo X.

 Recordaremos, nuevamente, que en el año 1066, el duque Guillermo de Normandía, reclamó la corona inglesa y se atrevió a cruzar el Canal de la Mancha, para conquistar lo que creía, que por derecho le pertenecía, enfrentándose en batalla al rey inglés Harold, el cual precisamente acababa de rechazar un ataque vikingo en el norte de Inglaterra, por lo que se vio sin fuerzas suficientes para enfrentarse al ataque normando. En la famosa batalla de Hastings, el rey inglés y sus tropas presentaron batalla con valentía, pero sucumbieron frente al poderío de los soldados normandos, muriendo el rey inglés durante la batalla por una flecha perdida. A partir de este momento los combatientes ingleses que habían sobrevivido a la batalla se dispersaron, y en consecuencia, Guillermo se consideró con derecho a convertirse en el primer rey normando de aquel país recién conquistado.

Como era de esperar, Guillermo I recompensó a sus seguidores normandos entregándoles extensos territorios del país conquistado, en el que ya estaba implantado el feudalismo y por lo tanto ellos pasaron a ser los nuevos señores feudales aunque Guillermo I astutamente se reservó la capacidad de recurrir la autoridad administrativa del estado inglés para hacer valer su derecho a ser el Señor feudal de toda Inglaterra.

Por otra parte, al ser católico, Guillermo el Conquistador siguiendo la usanza del momento, intervino impropiamente en los asuntos de la Iglesia, de manera que muchos miembros del clero normando, fueron elegidos por él, durante su reinado para dirigir las abadías así como los obispados de Inglaterra, de forma que tras esta reorganización de la Iglesia los obispos de origen inglés eran muy pocos, frente al número de los normandos, y ello provocó cierto descontento dentro del seno de la Iglesia. Sin embargo, también favoreció la fundación de nuevas abadías como la de Battle, un monasterio situado en un lugar cercano a aquel en la que se libró la terrible batalla de Hastings, donde se produjo un número elevado de caídos en batalla, fundamentalmente soldados ingleses.

De sus últimos años se tienen pocos datos aunque parece ser que en el año 1082 ordenó el arresto de su medio hermano Odón, por motivos que no están del todo claros, según los historiadores, algunos de los cuales, apuntan hacia la idea de que Odón pretendía llegar a ser nombrado Papa, y trató de persuadir a algunos vasallos de Guillermo para que se unieran a él e invadieran el sur de Italia.

A la muerte de Guillermo el Conquistador (1087), le sucedió en el trono su tercer hijo, Guillermo II de Inglaterra (1087-1100), conocido habitualmente como Williams Rufus (Guillermo Rufo),  tal vez debido a que su cara aparecía siempre enrojecida; mientras que su hermano Roberto Courteheuse heredaba el Ducado de Normandía.

Guillermo II de Inglaterra no se hizo querer de sus vasallos, pues aunque se le consideraba un gran guerrero, según parece fue un gobernante despiadado. Durante su reinado, la Iglesia sufrió persecución y tuvo que soportar las consecuencias del gobierno de un hombre corrupto que incluso fue capaz de apropiarse de los diezmos y primicias que a ella pertenecían, en particular, durante el período de tiempo  que estuvo vacante el arzobispado de Canterbury, a la muerte de Lanfranco,  hasta el  nombramiento de un nuevo arzobispo, que resultó ser, San Anselmo de Canterbury como ya hemos comentado.

Precisamente, nunca se llevó bien San Anselmo de Canterbury con este rey corrupto, por lo que en el año 1095, el monarca que sentía cierta aversión hacia él, reunió un concilio en Rockingham para obligarle a que acatara sus deseos sobre una serie de temas exclusivamente eclesiásticos y, que no le incumbían; el santo se mantuvo firme en contra de los deseos del rey, entre otros motivos, porque era un gran defensor de la reforma gregoriana de la Iglesia. Por consiguiente el monarca lo desterró, pero Anselmo reclamó ante el Pontífice de Roma, por entonces Urbano II, la injusticia que con él se había cometido. Sin embargo por desgracia en aquellos momentos el Papa Urbano II se encontraba inmerso en un gran conflicto, como hemos recordado anteriormente, y esto hizo que el Pontífice temiendo ganarse un nuevo y terrible enemigo, en el rey de Inglaterra, accediera a un concordato con Guillermo II, por el cual este reconocía a Urbano II, Papa, y el Papa apoyaba el <Status Quo> eclesiástico anglo-normando.

San Anselmo permaneció en el exilio durante mucho tiempo por orden de Guillermo II, quien siguió aprovechándose durante su ausencia de los ingresos producidos en el arzobispado de Canterbury, hasta el fin de su reinado.

La muerte de este rey corrupto, tuvo lugar en circunstancias extrañas, según parece uno de sus muchos enemigos le disparó una flecha durante la celebración de una cacería, su cuerpo cayó al suelo y allí fue abandonado por los nobles participantes en la misma, en un lugar que desde entonces recibió el nombre de <la piedra de Rufus>. El cadáver del rey Guillermo II, fue colocado en una carreta, para llevar su cuerpo  a la catedral de Winchester,  y fue enterrado en la Iglesia catedral de aquella ciudad.

El hermano  menor del rey Enrique, por su parte, se apresuró a desplazarse a Winchester con objeto de asegurarse el tesoro real y luego marchó a Londres donde fue coronado rey antes de que pudiera intervenir algún arzobispo de la Iglesia católica para impedirlo.

Es interesante recordar de nuevo, que el siglo XI, independientemente  de los problemas surgidos entre el poder político y el poder eclesiástico, tanto en el viejo Continente, como en otros puntos del mundo por entonces conocidos, siempre se relacionará con el deseo de la cristiandad de recuperar los lugares sagrados recorridos por Cristo, y por ello se suele nombrar como el siglo de la <Primera Cruzada>, cuya convocatoria, sin duda, tuvo como  motivo importante, el interés de Urbano II por conseguir la unión de las dos Iglesias separadas, ya entonces, aunque algunos historiadores se empeñen en decir lo contrario.

Por eso, es importante reseñar que la respuesta a la llamada de Urbano superó todas las expectativas, pues en poco menos de un año  se había conseguido un ejército formado por unos cien mil hombres, mujeres y niños procedente de todos los confines de Europa Occidental, que se puso en marcha hacia Constantinopla donde pretendía  unirse a las tropas de Oriente antes de partir hacia Jerusalén. Los motivos de los participantes en esta primera cruzada, al igual que en las que tuvieron lugar en los siguientes siglos, eran muy variados, pero fundamentalmente de naturaleza religiosa pues deseaban recuperar aquellas tierras por las que había pasado, y había muerto nuestro Señor Jesucristo, sin embargo, también es necesario reconocerlo, que algunos de los que participaban en la cruzada tenían otros intereses menos espirituales, como por ejemplo, obtener tierras o algún nombramiento importante en Oriente. A otros les había traído la simple perspectiva de correr una aventura, y otros muchos eran subordinados de grandes señores y los acompañaban porque era su deber, no obstante la mayoría probablemente, no tenían ni idea de la dureza de la empresa en la que se habían embarcado, y de los terribles problemas que surgirían durante un viaje tan largo y arriesgado.

En contra de todos los pronósticos, la primera cruzada fue un triunfo, y como hemos indicado anteriormente, en el año 1098 los cruzados tomaron Antioquía y la mayor parte de Siria, y a finales de 1099 conquistaron Jerusalén. Su victoria se debió sobre todo al hecho de que sus rivales se hallaban, en ese momento, según parece, divididos por rencillas internas, pero las tácticas militares occidentales, en particular en el dominio, en campo abierto, de los caballeros con sus armaduras pesadas, también desempeñaron un importante papel en el éxito de los cruzados.

Así mismo, resultó crucial el apoyo naval que recibió la primera cruzada, de Génova y Pisa, que esperaban que una victoria les permitiera controlar el comercio de especias  de la India que pasaban por el mar Rojo, para llegar hasta Alejandría, en Egipto.

Sin duda, la primera cruzada fue un gran triunfo del Papa Urbano II, que le compensó en parte, de los muchos disgustos que tuvo durante su Pontificado, debido al emperador Enrique IV, como ya hemos considerado. En efecto, durante medio siglo Europa Occidental se vio dividida por conflictos entre el Papado y el Imperio, que alteraría de forma permanente la relación entre autoridad espiritual y temporal, y que de alguna manera afectó al  logró del mayor deseo del Pontífice, en cuanto al Cisma de Oriente.

Sin embargo, hay que reconocer que la Iglesia católica desde el mismo momento en que se produjo el Cisma de Oriente, asumió la tarea de tratar de reunir de nuevo a las Iglesias separadas por dicho conflicto. Como aseguraba el Papa San Juan Pablo II:

“Es difícil no reconocer que la tarea ecuménica ha sido realizada con entusiasmo por la Iglesia católica, la cual la ha asumido en toda su complejidad, y la lleva a cabo día a día con gran serenidad. Naturalmente la cuestión de la efectiva unidad no es y no puede ser fruto de esfuerzos solamente humanos. <El verdadero protagonista sigue siendo el Espíritu Santo>, al cual corresponderá decidir en qué momento el proceso de unidad estará suficientemente maduro, también desde el lado humano.

¿Cuándo sucederá esto? No es fácil preverlo, en todo caso, con ocasión del inicio del tercer milenio, que se está aproximando los cristianos han advertido que, mientras el primer milenio ha sido el período de la Iglesia indivisa, el segundo ha llevado a Oriente y Occidente a profundas divisiones, que hoy es preciso recomponer.

Es necesario que el año 2000 nos encuentre al menos más unidos, al menos más dispuestos a emprender el camino de esa unidad por la que Cristo rezó en la vigilia de su Pasión. El valor de esa unidad es enorme. Se trata en algún sentido del futuro del mundo, se trata del futuro del Reino de Dios en el mundo. Las debilidades y los prejuicios humanos no pueden destruir lo que es un plan de Dios para el mundo y la humanidad. Si sabemos valorar todo esto, podemos tener confianza con un cierto optimismo. Podemos tener confianza en que: <El que ha iniciado en nosotros la obra buena, la llevará a su cumplimiento>” (Cruzando el Umbral de la Esperanza. Papa San Juan Pablo II. Editado por Vittorio Messori. Licencia Editorial para el Círculo de Lectores por cortesía de Plaza & Jané editores, S.A. 1994)

Hermoso deseo de un Papa santo que ya a principios del tercer milenio resuena en los oídos de los creyentes con apremio, en muchos casos, y que a pesar de ello, sólo ha alcanzado algunos éxitos. Sin embargo la esperanza nunca debe faltar, sobre todo si recordamos, como nos invita a hacerlo San Juan Pablo II, la Carta de San Pablo a los Filipenses, en la que el apóstol muestra su alegría a este pueblo, por su buen comportamiento a la hora de difundir la Palabra de Jesús, es decir, a la hora de colaborar en la tarea de la evangelización (Ibid):

“Hago gracias a Dios todas las veces que me acuerdo de vosotros / siempre en toda oración mía, haciendo con gozo mi oración / Por la parte que habéis tomado en el evangelio desde el primer día hasta ahora / con la segura confianza de que <quien comenzó en vosotros obra buena la llevará a cabo hasta el día de Cristo Jesús>”

Sí, más adelante, en esta misma carta, San Pablo hace una petición por aquel pueblo, uno de los primeros por él evangelizado y que dio lugar a la primera Iglesia de Cristo fundada en  suelo europeo (Flp 1, 9-11):

“Esto pido en mi oración: que vuestra caridad rebose todavía más y más en cabal conocimiento y discernimiento / para que sepáis aquilatar lo mejor, afín de que os mantengáis sin tacha y sin tropiezo hasta el día de Cristo / colmados del fruto de justicia que se logra por Jesucristo, a gloria y alabanza de Dios”

La oración de San Pablo se nos ofrece hoy en día a todos los hombres como una necesidad cada vez más perentoria y salvífica. Que nuestro Señor Jesucristo la tenga en cuenta y los hombres reflexionemos sobre ella para lograr sus frutos de justicia a mayor gloria y alabanza de Dios.