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sábado, 23 de julio de 2011

YO OS DIGO VERDAD: OS CONVIENE QUE ME VAYA


 
 



Esta afirmación del Señor aparece en el Evangelio de San Juan cuando explica a sus apóstoles la acción del Espíritu Santo (Jn 16, 5-8):
-Mas ahora voy al que me envió, y ya ninguno de vosotros me pregunta: ¿Adónde vas?
-Antes, por haberos dicho estas cosas, la tristeza ha llenado vuestro corazón.
-Pero yo os digo  verdad: os conviene que me vaya; porque, si no me fuere, el Paráclito no vendrá a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré
-Y Él, cuando viniere, convencerá al mundo cuanto al pecado, cuanto a la justicia y cuanto al juicio.
Según las palabras de Cristo, la venida del Espíritu Santo estaba condicionada a su Muerte y Resurrección, porque como nos indica el Papa León XIII, en su Carta Encíclica “Divinum illud Munus”, dada en Roma en el año 1897:
“Aquella divina misión, recibida del Padre en beneficio del género humano, que tan santísimamente desempeñó Jesucristo, tiene como último fin hacer que los hombres lleguen a participar de una vida bienaventurada en la gloria eterna; y como fin inmediato, que durante la vida mortal vivan de la gracia divina, que al final se abre florida en la vida celestial…
Más, según sus altísimos decretos, no quiere Él completar por sí solo incesantemente en la tierra dicha misión, sino que, como Él mismo la había recibido del Padre, así la entregó al Espíritu Santo para que la llevase a perfecto término. Place, en efecto, recordar las consoladoras frases que Cristo, poco antes de abandonar el mundo, pronunció ante sus Apóstoles…”
 
 


Jesucristo anunció la llegada del Espíritu Santo, en varias ocasiones, pero además, precisó su llegada y les pidió a sus discípulos que esperarán su recepción, todos juntos, después de su Pasión, Muerte y Resurrección; solamente de esta forma estarían preparados, para realizar la labor evangelizadora que les había encomendado, con total garantía de fidelidad a la fe de Dios y productividad entre todos los hombres de buena voluntad.
En efecto, tal como sigue diciendo el Papa León XIII, en la Carta Encíclica anteriormente mencionada, la razón principal de la separación de Jesús de sus discípulos y de su vuelta al Padre, era el provecho que éstos habían de recibir del Espíritu Santo, al mismo tiempo que con ello mostraba, que Él mismo había sido enviado por el Padre y por tanto el Espíritu Santo procedía tanto, de Él, como del Padre, y como abogado, consolador y maestro, éste concluiría la obra que había iniciado durante su vida mortal.
Un aspecto muy interesante, que no deberíamos olvidar al hablar del Espíritu Santo, es que Jesús además de anunciar su llegada y precisarla, también nos advirtió del gravísimo pecado, que supondría, el negar la autoridad de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, esto es, lo que se denomina <el pecado eterno>. 
En el Evangelio de San Mateo, se explica lo que significa la blasfemia contra el Espíritu Santo, según revelación de Jesucristo (Mt 12, 31-32)
-Por eso os digo: todo otro pecado se perdonará a los hombres; más la blasfemia contra el Espíritu Santo no será perdonada.
-Y quién dijere palabras contra el Hijo del hombre, se le perdonará; más quién la dijere contra el Espíritu Santo no se le perdonará, ni en este mundo ni en el venidero.

Igualmente en el Evangelio de San Marcos podemos leer (Mc 3, 28-30):
-En verdad os digo que se les perdonará a los hijos de los hombres todos los pecados y las blasfemias, cuando quiera que blasfemaren;
-pero quién blasfemaré contra el Espíritu Santo, no tiene perdón eternamente, sino que será reo de pecado eterno.
 

Estas palabras de Cristo se producen en un momento de enfrentamiento a Satanás, cuando habiendo curado a un poseso, los fariseos decían que había expulsado los demonios con el poder de Belcebú. Pero el Señor les hacer ver que esto es imposible, y les advierte, con razón, del terrible pecado que significa, atribuir al maligno las obras realizadas por Él, por la fuerza del Espíritu Santo.

Todo aquel, por tanto, que rechaza conscientemente la autoridad del Espíritu Santo, de forma implícita, se niega al arrepentimiento, y al no existir éste, el pecado no puede ser perdonado.
 
Ya en la antigüedad, los profetas del pueblo de Israel, anunciaron la futura llegada del Espíritu Santo y así por ejemplo, en el siglo VI antes de Cristo, en las profecías de la Restauración del profeta Ezequiel, podemos leer (Ez 36, 25-27):
-Y rociaré sobre vosotros agua pura, y os purificaréis de todas vuestras inmundicias, y de todos vuestros ídolos os limpiaré;
-y os daré un corazón nuevo, y un espíritu renovado infundiré en vuestro interior, y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne
-E infundiré mi espíritu en vuestro interior y haré que caminéis en mis preceptos y practiquéis mis dictámenes.
Este oráculo de Ezequiel, se refiere a la futura santificación del pueblo de Israel, pero por extensión, también se refiere al resto de la humanidad en todos los tiempos y abre un horizonte de esperanza para la salvación de la misma.



Precisamente el Papa Juan Pablo II, dedicó una de sus catequesis de los miércoles, en Roma, a analizar la Tercera Persona del misterio Trinitario. En dicha catequesis, entre otras muchas cosas interesantes aseguraba (Roma, mayo, 1998):
“El destierro en Babilonia, y también después, toda la historia de Israel se presenta como un largo diálogo entre Dios y el pueblo elegido, <por su espíritu, por ministerio de los antiguos profetas>. El profeta Ezequiel explicita el vinculo entre el espíritu y la profecía, por ejemplo cuando dice:<El Espíritu de Yahveh irrumpió en mí y me dijo>: <Di, así dice Yahveh> (Ez 11,5). Pero la perspectiva profética indica sobre todo el futuro, el tiempo privilegiado en el que se cumplirá las promesas por obra del <ruah> divino”
En el año 1990, el Papa Juan Pablo II, ya había comentado el texto del profeta Ezequiel, haciendo mención al Espíritu Santo y la necesidad de su presencia en aquellos hombres que deseen hablar en nombre de Dios, es decir, aquellos evangelizadores de su palabra que anhelen no errar en su propósito (La Biblia de Juan Pablo II. La Esfera de los libros, S.L., 2008):
“Hombre de la palabra, el profeta debe ser también <hombre del espíritu>, como lo llama Oseas: debe tener en sí el espíritu de Dios, y no solo su propio espíritu, debe hablar en nombre de Dios.
Este concepto está desarrollado, sobre todo, por Ezequiel, que deja traslucir la toma de conciencia que ya se ha producido con respecto a la misión profética. Hablar en nombre de Dios requiere, en el profeta, la presencia del espíritu de Dios…
Ezequiel es consciente de que está animado personalmente por el espíritu:



<<Me invadió el espíritu mientras me hablaba y me puso en pie>>. El espíritu entra en el interior de la persona del profeta. Lo obliga a ponerse en pie: lo convierte en un testigo de la palabra divina. Lo alza y le obliga a ponerse a actuar: << Entonces el espíritu me levantó y me arrebató…>>.
Ezequiel, por otra parte, no deja  de precisar que está hablando del <<Espíritu del Señor>> (Ezequiel 2,2; 3,12-14; 11,5)”

Por su parte, el profeta Isaías, hacia el año VIII antes de Cristo, después de una visión, en la que Yahveh le confiaba la delicada misión, de llevar al pueblo de Judá por el camino correcto de la salvación, hizo una serie de profecías, entre las que destacan aquellas que tienen que ver con la llegada del Mesías. Por eso, el Papa Juan Pablo II, en la catequesis anteriormente mencionada, sigue razonando de la siguiente forma:
“Isaías anuncia el nacimiento de un descendiente sobre el que <reposará el espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y de temor de Yahveh (Is 11, 2-3). Este texto, como escribí en mi encíclica <Dominum et vivificantem>, es importante para toda la pneumatología del Antiguo Testamento, porque constituye como un puente entre el antiguo concepto bíblico de espíritu entendido ante todo como aliento carismático, y el Espíritu como persona y como don, don que para la persona <El Mesías de la estirpe de David (del trono de Jesé)>, es precisamente aquella persona sobre la que se posará el Espíritu del Señor”
 
 
 
 
El descenso del Espíritu Santo sobre Jesús, durante su Bautismo en el Jordán, suministrado por San Juan Bautista (el último profeta), fue  el signo de que Él era el que debía de venir, el Mesías (Mt 3,13-17); (Jn 1, 33-34).
Habiendo sido concebido por obra del Espíritu Santo, toda su vida, y toda su misión se realizaron en comunión total con el Paráclito, que el Padre, sin medida le envío, tal como relató San Juan Evangelista (3, 34-36):
-Porque aquel a quien Dios envió habla las palabras de Dios, porque no con medida da el Espíritu.  
-El Padre ama al Hijo, y todas las cosas ha entregado en sus manos.
-Quien cree en el Hijo tiene vida eterna, más el que niega su fe al Hijo no gozará la vida, sino que la ira de Dios posa sobre él.

Según el Santo Padre, Juan Pablo II, la revelación del Espíritu Santo, como persona distinta del Padre y del Hijo, vislumbrada en el Antiguo Testamento, se hace clara y explícita en el Nuevo (Catequesis de Juan Pablo II del miércoles 20 de mayo de 1998). El Papa nos remite, con el propósito de confirmar esta idea a la lectura del Evangelio de San Lucas, el cual según su magisterio, toca el tema con más frecuencia, que los restantes evangelistas sinópticos (Mateo y Marcos).

Así por ejemplo, San Lucas muestra desde un principio que Jesús es el único que posee en plenitud el Espíritu Santo  y es concebido por su obra (Lc 1,35), y así mismo también nos narra en su Evangelio, que al ser bautizado  por San Juan Bautista, una paloma bajada del cielo, esto es, una forma corporal del  Espíritu Santo, se posó sobre Él (Lc 3,2).
Todavía el evangelista San Lucas, insistiendo sobre este tema, subraya que Jesús no sólo va a enfrentarse a las pruebas del desierto, antes de emprender su misión <llevado por el Espíritu Santo>, sino que va <lleno del Espíritu Santo> (Lc 4,1), obteniendo la victoria sobre Satanás y alcanzando la <fuerza del Espíritu Santo> (Lc 4,14).
 


Con mayor claridad, si cabe, San Lucas nos habla en su Evangelio del pasaje de la vida de Cristo en el que, Él mismo, asegura estar lleno del Espíritu Santo, aplicando a su persona la profecía de Isaías (Lc 4, 18-22):
-Y fue a Nazaret, donde se había criado, y entró, según su costumbre, el día de sábado en la sinagoga, y se levantó a leer.
-Y le fue entregado el libro del profeta Isaías, y abriéndolo, el libro, habló el lugar en el que está escrito (61, 1-2; 58, 6):
-El Espíritu del Señor sobre mí, por cuanto me ungió; para evangelizar a los pobres me ha enviado, para pregonar a los cautivos remisión, y a los ciegos vista; para enviar con libertad a los oprimidos,
-para proponer un año de gracia del Señor.
-Y habiendo arrollado el volumen, lo entregó al ministro. Y se sentó. Y los ojos de todos en la sinagoga estaban clavados en Él.
-Y comenzó a decirles que <Hoy se ha cumplido esta escritura que acabáis de oír>
-Y todos daban testimonio a su favor y se maravillaban de las palabras que salían de sus labios…
 
 

Jesús, no sólo fue concebido por obra del Espíritu Santo, sino que también fue santificada su alma, mediante la llamada <Unción>.

En el Catecismo de la Iglesia Católica (nº 691), se dice:
“Jesús es Cristo, <Ungido>, porque el Espíritu Santo es su <Unción> y todo lo que le sucede a partir de la Encarnación mana de esta plenitud…
La noción de <Unción> sugiere que no hay ninguna distancia entre el Hijo y el Espíritu. En efecto, de la misma manera que entre la superficie del cuerpo y la unción del aceite ni la razón ni los sentidos conocen ningún intermediario, así es inmediato el contacto del Hijo con el Espíritu… de tal modo que quien va a tener contacto con el Hijo por la fe tiene que tener antes contacto necesariamente con el óleo. En efecto no hay parte alguna que esté desnuda del Espíritu Santo. Por eso es por lo que la confesión del Señorío del Hijo se hace en el Espíritu Santo por aquellos que la aceptan, viniendo el Espíritu desde todas partes delante de los que se acercan por la fe (San Gregorio Niceno, Epir. 3,1)”  

Así mismo, el Papa León XIII, en su Carta Encíclica <Divinum illud Munus>, dada en Roma en el año 1897, dice lo siguiente a este respecto:



“Entre todas las obras de Dios <ad extra> , la más grande es, sin duda, el misterio de la Encarnación del Verbo; en él brilla de tal modo la luz de los divinos atributos, que ni es posible pensar nada superior ni puede haber nada más saludable para nosotros. Este gran prodigio, aún cuando se ha realizado por toda la Trinidad, sin embargo se atribuye como <propio> al Espíritu Santo, y así dice el Evangelio que la concepción de Jesús en el seno de la Virgen fue obra del Espíritu Santo, y con razón, porque el Espíritu Santo es la caridad del Padre y del Hijo, y este gran misterio de la bondad divina, que es la Encarnación, fue debido al inmenso amor de Dios al hombre, como advierte San Juan: <Tanto amó Dios al mundo, que le dio a su Hijo Unigénito>...
Por obra del Espíritu Santo tuvo lugar no solamente la concepción de Cristo, sino también la santificación de su alma, llamada la unción en los Sagrados Libros, y así es como toda acción suya se realiza bajo el influjo del mismo Espíritu, que también cooperó de modo especial a su sacrificio, según la frase de San Pablo: <Cristo, por medio del Espíritu Santo, se ofreció como hostia inocente a Dios>...  
Después de todo esto, ya no extrañará que todos los carismas del Espíritu Santo inunden el alma de Cristo. Puesto que en Él hubo una abundancia de gracia singularmente plena, en el modo más grande y con la mayor eficacia que tenerse puede; en Él, todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia, las gracias <gratis datas>, las virtudes, y plenamente todos los dones, ya anunciados en la profecía de Isaías”



Por otra parte, según nos recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica (2ª Parte. La celebración del misterio cristiano), la plenitud del Espíritu Santo no debería permanecer únicamente en el Mesías, sino que debería ser comunicada a todo el pueblo mesiánico. Por eso, Jesús prometió esta efusión del Espíritu Santo en varias ocasiones a lo largo de su ministerio. 
Una de las ocasiones más relevantes en que sucedió esto, fue aquella en la que intervino un fariseo, insigne maestro de la Ley, llamado Nicodemo (miembro del sanedrín). El dialogo que tuvo lugar entre este hombre honrado, de recto comportamiento frente a Jesús, fue narrado por el Apóstol San Juan en su Evangelio.
Conoció Nicodemo, sin duda, los milagros y las enseñanzas de Jesús, quedando muy impresionado, aunque todavía lleno de dudas y deseoso de hablar con el Señor para manifestarle sus vacilaciones, le visitó llegada la noche, seguramente para evitar las críticas de sus amigos y compañeros fariseos, con objeto de interrogarle sobre algunos dilemas que se le habían presentado. Concretamente se presentó al Señor con estas palabras (Jn 3, 2): "Rabbí, sabemos que has venido de parte de Dios como Maestro, pues nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él"
Jesús contestó entonces diciendo (Jn 3, 3): "En verdad, en verdad te digo que si uno no nace de lo alto no puede ver el Reino de Dios"



Nicodemo, hombre culto, quizás escriba o doctor de la Ley, se sintió confundido ante estas palabras del Señor y por eso le respondió a su vez (Jn 3, 4): "¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Acaso puede entrar otra vez en el seno de su madre y nacer?"

A lo que Jesús  contestó lleno de sabiduría y de gracia del Espíritu Santo (Jn 3, 5-8):
"En verdad, en verdad te digo, quien no naciere de agua y Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios / Lo que nace de la carne, carne es; y lo que nace del Espíritu, espíritu es / No te maravilles de que te haya dicho: Es necesario que nazcáis de nuevo / El aire sopla donde quiere, y oyes su voz, y no sabes de donde viene ni donde va: así es todo el que ha nacido del Espíritu"
No quedó no obstante, muy convencido Nicodemo con estas palabras del Maestro y por eso le interrogó una vez más en estos términos (Jn 3, 9): "¿Cómo puede ser eso?"
La respuesta de Jesús es cortante y compilatoria (Jn 3, 10-15):
"¿Tú eres el maestro de  Israel, y esto no sabes? / En verdad, en verdad te digo que lo que sabemos, esto hablamos; y lo que hemos visto, esto testificamos; y nuestro testimonio no lo aceptáis / Si cuando os he dicho cosas terrenas no me creéis, ¿cómo me vais a creer si os dijere cosas celestiales / Y nadie ha subido al cielo, sino el que ha bajado del cielo, el Hijo del hombre, que está en el cielo / Y como Moisés puso en alto la serpiente en el desierto, así es necesario que sea  puesto en alto el Hijo del hombre / para que todo el que crea en Él alcance la vida eterna en Él"


Precisamente la salvación de los hombres vino a través del sacrificio salvador de Jesucristo por la acción del Espíritu Santo, pero quizás algunos hombres no hayan entendido todavía, todo el alcance de este pasaje del Evangelio de San Juan, en el que se manifiesta tan claramente que solo Cristo crucificado podía librar a los hombres de la muerte eterna, si creían en Él.

Esta revelación hecha por Jesús a Nicodemo, fue comentada por el Papa Juan Pablo II en los siguientes términos (La Biblia de Juan Pablo II. La Esfera de los libros, S.L., 2008):


“Cristo explica hasta el fondo a su interlocutor, estupefacto, pero al mismo tiempo dispuesto a escuchar y a continuar el coloquio, el significado de la Cruz: <<tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna>> (Jn 3, 16)
La Cruz es una nueva revelación de Dios. Es la revelación definitiva: En el camino del pensamiento humano dirigido hacia Dios, en el camino de la comprensión de Dios se cumple un vuelco radical. Nicodemo, hombre noble y honesto y, al mismo tiempo, seguidor del Antiguo Testamento y versado en la Ley, ha tenido que sentir un terremoto interior.
Para todo Israel, Dios era, ante todo, Majestad y Justicia. Estaba considerado como un juez que recompensa y castiga. El Dios del que habla Jesús es un Dios que envía a su propio Hijo no <<para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él>>. Es el Dios del amor, el Padre que no retrocede ante el sacrificio del Hijo para salvar al hombre”.

Nada se dice en los Evangelios de si este insigne fariseo acabó convencido con el magisterio de Jesús, sin embargo si sabemos que le amó desde aquel momento, demostrándolo después cuando  
fue a buscar su cadáver y quiso perfumarlo y  envolverlo en un lienzo  costoso  para que descansara en un sepulcro nuevo.


En otra ocasión, al realizar Jesús su tercer viaje a Jerusalén, durante la celebración de la fiesta de los Tabernáculos (Escenopagía), la cual duraba ocho días, y en la que los judíos habitaban en chozas de ramaje, para recordar cómo habían vivido sus padres, bajo tiendas, por espacio de cuarenta años en el desierto,  el día de la fiesta  más relevante, llegó hasta el lugar y daba grandes voces diciendo (Jn 7, 37-39):
-Quien tenga sed, venga a mí y beba
-Quien cree en mí, como dijo la Escritura (Is 44,3; 55,1; Ez 47,1-3) manarán de sus entrañas ríos de agua viva
-Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyeran en Él. Porque todavía no había Espíritu, puesto que Jesús no había sido aún glorificado.

Para entender mejor este pasaje del Evangelio de San Juan, hay que tener en cuenta las circunstancias que rodeaban la fiesta de los Tabernáculos. En dicha fiesta, todos los días, un sacerdote se acercaba hasta la fuente de Siloé, acompañado por la muchedumbre, para sacar agua de la misma, la cual luego vertía en el templo, delante del altar. Esto se hacía cantando el himno de acción de gracia de Yahveh, salvador del profeta Isaías (Is 12,1-4):
-Y dirás aquel día: Alábote, Yahveh, porque te has enfurecido contra mí y se ha pasado tu cólera y me has consolado.
-He aquí el Dios de mi salvación; confiaré y no temeré, pues mi fuerza y aquel al que canto es Yahveh, y ha sido (para mí) salvación.
-Sacaréis agua con alegría de la fuente de la salvación
-y diréis aquel día: Alabad a Yahveh, invocad su nombre; dad,  a conocer sus acciones entre los pueblos, confesad que su nombre es excelso…

Precisamente la frase de este texto: <Sacaréis agua con alegría de la fuente de la salvación>, representaba la promesa cierta de la gracia salvadora que Jesucristo traería al mundo, cosa que se cumplió aquel día en que Jesús, en la fiesta de los Tabernáculos dijo aquello de: <Quien tenga sed, venga a mí y beba>. La <fuente de agua viva> de la que habla Cristo, en el Evangelio de San Juan, es el Espíritu Santo, como el mismo dice, y éste al ser recibido por los hombres a través del Señor, morará en el corazón de los creyentes, después de su Muerte y Resurrección.
 
 


El Papa Benedicto XVI, en su libro “Jesús de Nazaret” (Primera parte) (La Esfera de los libros S.L., 2007), en el capítulo 8, titulado <Las grandes imágenes del Evangelio de San Juan>, dice refiriéndose al pasaje anteriormente mencionado (Jn 7, 37-39):
“El séptimo día los sacerdotes daban siete vueltas en torno al altar con la vasija de oro antes de derramar el agua sobre él. Estos ritos del agua se remontan, de una parte, al origen de la fiesta en el contexto de las religiones naturales: en un principio la fiesta era una súplica para implorar la lluvia, tan necesaria en una tierra tan amenazada por la sequía; pero más tarde el rito se convirtió en una evocación histórico-salvífica del agua que Dios hizo brotar de la roca para los judíos durante su travesía del desierto, no obstante todas sus dudas y temores.
El agua que brota de la roca, en fin, se fue transformando cada vez más en uno de los temas que formaban parte del contenido de la esperanza mesiánica: Moisés había dado a Israel, durante la travesía del desierto, pan del cielo y agua de la roca. En consecuencia, también se esperaban del nuevo Moisés, del Mesías, estos dones básicos de la vida...
Jesús responde a esta esperanza con las palabras que pronuncia casi como insertándolas en el rito del agua: Él es nuevo Moisés. Él mismo es la roca que da la vida. Al igual que el sermón sobre el pan se presenta a sí mismo como el verdadero pan venido del cielo, aquí se presenta de modo similar a lo que ha hecho ante la samaritana como el agua viva a la que tiende la sed más profunda del hombre, la sed de la vida, de <vida…en abundancia>; una vida no condicionada ya por la necesidad que ha de ser continuamente satisfecha, sino que brota por sí misma desde el interior. Jesús responde también a la pregunta: ¿cómo se bebe esta agua de vida? ¿Cómo se llega hasta la fuente y se toma el agua? <El que cree en mí…>. La fe en Jesús es el modo en que se bebe el agua viva, en que se bebe la vida que ya no está amenazada por la muerte”
 
 

Recordaremos todavía una tercera ocasión, en la que Jesús habló de la llegada del Espíritu Santo a sus Apóstoles; fue, cuando terminada la Última Cena, una vez denunciada la traición de la que sería objeto por parte de Judas Iscariote,  habiéndose ya ausentado éste, presa de Satanás, tomando la palabra, dio un Sermón recogido por San Juan en su Evangelio (Jn 13, 31-35), en el cual entre otras muchas cosas, de enorme importancia para los creyentes, habló de nuevo de la eminente venida del Paráclito, en los términos siguientes:
-Si me amaréis, guardaréis mis mandamientos;
-y yo rogaré al Padre, y os daré otro Abogado, para que esté con vosotros perpetuamente:
-el Espíritu de la Verdad, que el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni conoce; vosotros le conocéis, pues con vosotros mora y en vosotros estará

Y más adelante, sigue diciendo el  Señor (Jn 14, 25-26):
-Estas cosas os he hablado, mientras permanecía con vosotros;
-más el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, Él os enseñará todas las cosas y os recordará todas la cosas que os dije yo.
Con estas reveladoras palabras, Jesús nos prometía a todos los creyentes, por extensión, una vez más, la llegada del Espíritu Santo, algo muy importante si tenemos en cuenta como éste se sigue manifestando, a través de los siglos, continuamente a la humanidad, aunque no toda ella escuche su mensaje, desaprovechando la ocasión de santificarse.

La promesa de Jesús, de la llegada del Paráclito a todo el pueblo mesiánico, se realizó en primer lugar, el día de Pascua, cuando se apareció a los discípulos, estando ausente Tomás, tal como nos narra San Juan en Su Evangelio (Jn 20, 19-23):
-Siendo, pues, tarde aquel día, primero de la semana, y estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas de la casa donde estaban los discípulos, vino Jesús y se presentó en medio de ellos y les dice: Paz sea con vosotros…
-Esto dicho, sopló sobre ellos, y les dice: Recibid el Espíritu Santo
-A quienes perdonéis los pecados, perdonados le, son; a quienes los retuviereis, retenidos quedan

De esta forma, el Señor instituyó el Sacramento de la Confesión, pero la plena efusión del Espíritu Santo, la reservaría para más tarde, el día de de la fiesta de Pentecostés, tal como leemos en el libro de San Lucas (Hechos de los Apóstoles 2, 1-4).
El Papa Juan Pablo II, en su catequesis del miércoles 20 de mayo de 1998, refiriéndose a este importantísimo acontecimiento de la Iglesia se expresaba así:
 


“Según el libro de los Hechos, la promesa se cumple el día de Pentecostés: Quedaron todos llenos de Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse. Así se realiza la profecía de Joel: <En los últimos días-dice Dios-derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestra hijas (Hech 2,17). San Lucas considera a los Apóstoles como representantes del pueblo de Dios de los tiempos finales, y subraya con razón que este Espíritu de profecía se derramará en todo el pueblo de Dios”

En esta misma catequesis del Papa Juan Pablo II, menciona también a San Pablo Apóstol, el cual, según nos dice pone de relieve la dimensión renovadora y escatológica de la acción del Espíritu Santo, que se presenta como fuente de vida nueva y eterna, comunicada por Jesús a su Iglesia (I Co 15, 45), finalizando la misma con una reflexión fundamental y tan importante, que deberíamos tenerla presente siempre todos los creyentes:
“El pecado fundamental del que el Paráclito convencerá al mundo es el no haber creído a Cristo. La justicia que señala en (Jn 16,7), es la que el Padre ha hecho a su Hijo crucificado, glorificándole con la resurrección y ascensión al cielo. El Juicio, en este contexto, consiste en poner de manifiesto la culpa de cuantos, dominados por Satanás, príncipe de este mundo, (Jn, 16,11), ha rechazado a Cristo, el que orienta las mentes y los corazones de los discípulos hacia la plena adhesión, a la <verdad> de Jesús”.

En la antigüedad, en la noche del sábado al domingo en que se celebraba la fiesta de la llegada del Paráclito, durante la llamada <vigilia de Pentecostés>, eran bautizados en Roma, todos aquellos creyentes que por una u otra causa no  habían recibido este Sacramento por Pascua. Por este motivo en los textos litúrgicos de la Iglesia aparecen unidos estos dos acontecimientos y por eso se dice que los cristianos somos bautizados en el Espíritu Santo.



Es interesante recordar en este sentido a San Lucas en su libro de los Hecho de los Apóstoles, cuando nos relata los acontecimientos sucedidos, al Apóstol San Pablo, durante su recorrido de Éfeso, estando ausente su discípulo Apolo (Hech 19, 1-6):

-Y aconteció que, mientras que Apolo estaba en Corinto, Pablo, recorriendo las regiones superiores, bajó a Éfeso y halló algunos discípulos.
-Y les dijo: -¿Recibisteis, al creer, el Espíritu Santo? Ellos a él: -- Es que ni siquiera nos enteramos de que haya Espíritu Santo.
-El dijo: -¿Con qué bautismo, pues, fuiste bautizados? Ellos dijeron:- Con el bautismo de Juan.
-Dijo Pablo: -Juan bautizó con bautismo de penitencia, diciendo al pueblo que creyesen en el que había de venir tras él, es decir Jesús.
-Oído esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús.
- Y habiéndolos Pablo impuesto las manos, vino el Espíritu Santo sobre ellos y hablaban en lenguas y profetizaban
 


La fiesta de Pentecostés que se celebra en la actualidad podría asimilarse a la proclamación oficial y pública de la Iglesia Católica, en la que los enviados de Cristo, llenos del Espíritu Santo, salen de la oscuridad hasta entonces vivida, para dedicarse a la predicación del Evangelio de Jesús.

Recordemos, a este respecto, que el Catecismo nos dice que el Sacramento de la Confirmación, confiere crecimiento y profundidad a la gracia bautismal. En una palabra, nos introduce más profundamente en la filiación divina, que nos hace decir <Abba>, <Padre>, nos une más firmemente a Cristo y aumenta en nosotros los dones del Espíritu Santo, vinculándonos de forma más perfecta a la Iglesia y sobre todo, nos concede una fuerza especial para la evangelización de las gentes, esto es, para difundir y defender la fe mediante la palabra y las obras, como verdaderos testigos de Jesucristo, sin sentir jamás vergüenza de la Cruz.
 

El Papa Benedicto XVI, en su libro “Juan Pablo II mi amado predecesor”, al hablar de las Encíclicas Trinitarias de su antecesor en la Cátedra de San Pedro, y más concretamente refiriéndose a la Carta Encíclica <Redemptor  hominis >, dice lo siguiente:
“La unción de la Iglesia de Cristo, no es la vinculación con un pasado, sino más bien el vinculo con Aquel que es y da futuro, e invita a la Iglesia a abrirse a un nuevo Periodo de fe…
La implicación personal, la esperanza, pero también su profundo deseo de que el Señor pueda darnos un nuevo Pentecostés, se evidencia cuando, casi como una explosión, Juan Pablo II, prorrumpe en la siguiente invocación: ¡Ven Espíritu Santo!, ¡Ven!, ¡Ven!”. 

Sí, porque como decía León XIII, en su Carta Encíclica, <Divinum illud munus>:



“Nada confirma tan claramente la divinidad  de la Iglesia, como el glorioso esplendor del carisma que por todas partes la circunda, corona magnifica que ella recibe del Espíritu Santo. Basta, por último, saber que si Cristo es la Cabeza de la Iglesia, el Espíritu Santo es su alma: <Lo que el alma es en nuestro cuerpo, es el Espíritu Santo en el Cuerpo de Cristo, que es su iglesia>.
Si esto es así, no cabe imaginar ni esperar ya otra mayor y más abundante manifestación y aparición del Divino Espíritu, pues la Iglesia tiene ya la máxima, que ha de durar hasta que, desde el estadio de la milicia terrenal, sea elevada triunfante al coro alegre de la sociedad celestial”

Para terminar nuestra reflexión sobre la Tercera Persona de la Santísima Trinidad queremos recordar a la Virgen del Rocío, la <Blanca Paloma>, apelativo este último que los antiguos moradores del pueblo de Almonte (Huelva), dirigían al Espíritu Santo: ¡Viva esa Blanca Paloma! En efecto, la <Blanca Paloma>, así aclamada por las gentes del lugar, era el Espíritu Santo, pues aunque en la actualidad muchos devotos de la Virgen del Rocío ignoren este hecho el apelativo de la Virgen <Blanca Paloma>, tiene un profundo significado teológico, ya que ella es mediadora en la salvación de los hijos de Dios.


jueves, 23 de junio de 2011

JESÚS PREGUNTÓ A SANTIAGO Y A JUAN ¿PODÉIS BEBER EL CÁLIZ QUE YO VOY A BEBER? (II)





San Mateo narra en su evangelio el episodio de la vida de Jesús en el tiene lugar la ambiciosa  peticion de los hijos de Zebedeo (Santiago y Juan) por medio de la madre de estos, a el Señor (Mt 20, 21):

<Di que se sienten estos dos hijos mios uno a tu diestra y uno a tu izquierda en tu reino>

Esta claro que la madre y los dos hijos obraron de mutuo acuerdo y también está claro que no sabían lo que decían; por eso el Señor les respondió (Mt 20, 22): <¿Podéis beber el caliz que yo voy a beber?>.

Sin duda estos hermanos eran valientes porque ante esta extraña pero peligrosa pregunta del Señor respondieron al unisono que sí, que estaban dispuestos a todo y más tarde lo demostraron con creces.
Según la santa Tradición el Apóstol Santiago fundó varias iglesias, antes de salir de España, consiguiendo así mismo bastantes discípulos entre los que destacarían “los siete Varones”, Obispos consagrados por san Pedro y san Pablo para la evangelización de la Península Ibérica.
La arqueología parece que no aporta testimonio claros, que puedan confirmar esta tradición, como sucede en muchos otros casos de la historia de la evangelización, en el siglo primero  después de Cristo, sin embargo en el siglo II, en las ciudades de la Bética y Tarraconense sí existen restos de poblaciones cristianizadas, y en el siglo III hay ya constancia clara de la existencia de estas comunidades en Galicia.
El desarrollo del cristianismo en la Península Ibérica se llevó a cabo de forma rápida, y por ello no es de extrañar que fuera precisamente en Hispania donde se celebrara el primer Concilio Apostólico conocido, tras el primer Concilio de Jerusalén, en el que estuvieron presentes los Apóstoles; este Concilio es el llamado de “Elvira” y tuvo lugar en el año 303 d.C., terminada la terrible persecución del emperador romano Diocleciano.
Cuando Santiago regresó a Jerusalén, reinaba en Judea el nieto de Herodes el Grande, llamado Herodes Agripa y este hombre de costumbres licenciosas, por conseguir los favores del emperador de Roma, mandó degollar al Apóstol, que apenas tuvo tiempo de seguir evangelizando a los judíos, y así mismo ordenó  prender a San Pedro, cabeza de la Iglesia, como primeros pasos para exterminarla.


San Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, narra el terrible fin de éste malvado rey (H. Apóstoles 12, 20-25):
-Tenía por entonces violentas contiendas con los tirios y sidonios; los cuales de común acuerdo se presentaron a él y habiendo logrado ganarse a Blasto, el maestre de cámara del rey, solicitaban la paz, a causa de que su país era abastecido por el rey.
-Y en el día señalado, revestido de regia vestidura, tomando asiento en la tribuna les dirigía una arenga.
-Y el pueblo aclamaba: < ¡Voz de un dios y no de un hombre!>.
-Luego al punto le hirió un ángel del Señor, por cuanto no había dado gloria a Dios, y roído de gusanos, expiró.   

El Rmo. P. Fr. Justo Pérez de Urbel en su “Misal y Devocionario del hombre católico”, refiriéndose a los hechos acontecidos al regreso de Santiago el Mayor a Jerusalén, dice lo siguiente:
“…en los primeros meses del año 44 se encontraba de nuevo en Jerusalén. Una vez más los libros Sagrados recogen su nombre para contarnos su muerte, <en aquel tiempo- dicen las Actas- , Herodes Agripa hizo maltratar a algunos de la Iglesia, y mandó degollar a Santiago, hermano de Juan>. Y bebió sin temblar, antes que nadie entre los Apóstoles, el cáliz del Señor. Su cuerpo, trasladado a España, y descubierto cerca de Iria, en Compostela (Campo de la Estrella), a principios del siglo IX, es allí venerado por los pueblos. En la edad media, sobre todo, fue su sepulcro uno de los centros más concurridos de peregrinación”.

La tradición de la iglesia narra que el cuerpo del Apóstol Santiago el Mayor fue trasladado a la Península Hispánica, llevado en un bajel hasta Iria Flavia y después, durante unos ocho siglos se perdió la memoria de su sepulcro.


Ya a comienzos del reinado de Alfonso II el Casto, la tradición asegura que un monje llamado Pelagio vio una luz brillante sobre el lugar donde estaba enterrado el cuerpo del Apóstol, se lo comunicó a su Obispo y de esta forma fue encontrado de nuevo el sepulcro. El lugar de su enterramiento fue llamado <Campo de la Estrella>, origen de la palabra <Compostela> con que se nombra la ciudad del Apóstol y a lo largo de los siglos, las peregrinaciones para visitar el sepulcro del Apóstol y obtener su ayuda no cesaron.
En el siglo XIX se confirmó definitivamente la identidad de los cuerpos del Apóstol Santiago el Mayor y de sus discípulos San Atanasio y San Teodoro, enterrados en la ciudad de Compostela, y con tal motivo el Papa León XIII escribió una Carta Apostólica (noviembre de 1884), en la que entre otras cosas destacaba los siguientes hechos:
“Dios Omnipotente, admirable en sus Santos, ha querido en su providente sabiduría, que, mientras que sus almas gozan en el cielo eterna ventura, sus cuerpos confiados a la tierra reciban por parte de los hombres singulares y religiosos honores…
Así, en el transcurso de este siglo, en que el poder de las tinieblas ha declarado encarnizada guerra al Señor y a su Cristo, se ha descubierto felizmente, por permisión divina, los sagrados restos de San Francisco de Asís, de Santa Clara (la Virgen Legisladora), de San Ambrosio (Pontífice y Doctor), de los mártires Gervasio Y Protasio, y de los Apóstoles Felipe y  Santiago.

Y a este número deben añadirse el del Apóstol Santiago el Mayor y sus discípulos Atanasio y Teodoro, cuyos cuerpos se han vuelto a encontrar en la Catedral de la ciudad de Compostela.
Constante y universal tradición que data de los tiempos apostólicos, confirmada por cartas públicas de nuestros predecesores, refieren que el cuerpo de Santiago, después de que el Apóstol hubo sufrido el martirio por orden del rey Herodes, fue clandestinamente arrebatado por sus dos discípulos Atanasio y Teodoro. Los cuales, por el vivo temor de que las reliquias del Santo Apóstol fueran destruidas en el caso de que los judíos se apoderaran de su cuerpo, embarcándole en un buque, le sacaron de Judea y alcanzaron tras feliz travesía las costas de España, y la bordearon hasta llegar a las de Galicia, donde Santiago, después de la Ascensión de Jesucristo a los cielos, según también antigua y piadosa tradición, estuvo desempeñando por disposición divina el ministerio del apostolado…
Y cuando Atanasio y Teodoro hubieron terminado el curso de su existencia pagando el tributo a la naturaleza, los cristianos de la comarca, movidos por la veneración que hacia ellos sentían y por el deseo de no separarles, después de su muerte, del cuerpo que santamente habían conservado durante su vida, depositaron a los dos en la misma tumba a la derecha el uno y a la izquierda el otro del Apóstol. Más como poco después fueran los cristianos perseguidos y martirizados por donde quiera, que se extendía la dominación de los Emperadores romanos, el hipogeo sagrado quedó oculto por algún tiempo…”
 

El Papa León XIII, sigue en su carta enumerando y narrando con todo detalle los avatares por los que pasó el sepulcro del Apóstol, a lo largo de los años, hasta llegar al siglo XIX y entonces ocurrió, que el cardenal Payá y Rico, Arzobispo por entonces de Compostela, emprendió la restauración de la Basílica allí construida en honor del Apóstol, muy deteriorada por el paso de los años y los terribles acontecimientos históricos que siempre la acompañaron. Pero además decidió encontrar, a toda costa, el punto en el que se deberían ocultar las reliquias de Santiago y de sus discípulos Atanasio y Teodoro.

La empresa fue ardua, aunque finalmente alcanzó el éxito merecido, pues por fin, justamente en el  punto en el que el clero y los feligreses acostumbraban a hacer sus oraciones, se descubrió una tumba, cuya cubierta se encontraba adornada con una cruz. Al levantar la cubierta, por supuesto, en presencia de testigos, aparecieron tres esqueletos del sexo masculino y a partir de ese momento el venerable Cardenal pudo iniciar las tramitaciones pertinentes, según el Concilio de Trento, para decidir si deberían tenerse por ciertas las reliquias encontradas. A este respecto sigue el Papa León XIII diciendo lo siguiente, en la Carta Apostólica anteriormente mencionada:
“Por fin, el mismo Arzobispo nos envió todos los documentos del expediente y la sentencia que había dictado, y nos pidió con instancia que confirmáramos aquella sentencia con la suprema Nuestra autoridad Apostólica.
Nos, acogimos la súplica con benevolencia; y bien persuadidos de que la tumba venerable de Santiago el Mayor, puede muy justamente ser colocada en el número de los santuarios y puntos de peregrinación, más celebres del mundo entero…
Nos, hemos querido que asunto de tal magnitud se examinara con el cuidado que la Santa Sede pone en ocasiones análogas…
Así, desvanecidas las dudas que habían existido, y como apareciera la luz de la verdad claramente, se reunió de nuevo la Comisión en el Vaticano, el 17 de julio de este año, para resolver la cuestión propuesta, a saber: <la sentencia dictada por el cardenal Arzobispo de Compostela sobre la identidad de las reliquias encontradas en el centro del ábside de la capilla principal de su Basílica metropolitana y que se ha atribuido al Apóstol Santiago el Mayor y a sus discípulos Atanasio y Teodoro>…Y nuestros queridos hijos los Cardenales y los demás miembros de la Comisión, consideraron que todos los hechos eran tan exactos y estaban tan bien demostrados que nadie podía  ponerlos en duda, y por tanto, existía sobre este asunto la certidumbre plena que los sagrados Cánones y las Constituciones de los Soberanos Pontífices nuestros predecesores exigen en  asuntos de esta índole, formularon la siguiente respuesta:
<Affirmative, seu sententiam esse confirmandam>…
Nos, queremos que esta carta y cuanto en ella se dice, no pueda en tiempo alguno ser atacado ó tachado por vicio…, sino que para siempre y perpetuamente tenga y conserve validez y eficacia, obteniendo pleno efecto y siendo considerada de ese modo por todos, de cualesquiera grado, orden, preeminencia, y dignidad que sean”.

 Han sido muchos los milagros que el Apóstol ha realizado, en todos los tiempos sobre el pueblo español, pero quizás uno de los más bonitos, es aquel que narra la tradición, cuando Santiago el Mayor se dejó ver en el aire montado en un caballo blanco, con un estandarte en la mano y una espada en la otra y rodeado de una luz resplandeciente y se puso al frente de las tropas del rey Ramiro, en contra del emir Abderramán II, en la célebre batalla de “Clavijo” en el año 844. De entonces data el llamado < Boto de Santiago>, que obligaba a todas las provincias a pagar mensualmente una determinada cantidad de trigo a la  capital de Compostela.

Por su parte el Apóstol san Juan predicó el Evangelio y realizó algunos milagros en Jerusalén, en compañía de san Pedro, antes de la muerte de su hermano Santiago, por lo que fueron encarcelados en varias ocasiones por las autoridades judías de la época, tal como nos narra San Lucas, en <los Hechos de los Apóstoles>, y más tarde, según el Papa Benedicto XVI, ocupó un puesto importante en la iglesia de Jerusalén, tal y como el propio Apóstol san Pablo reconoce en su carta  a los Gálatas.
Los Gálatas era una comunidad formada por tribus procedentes de la Galia, establecida en Asia Menor en las zonas de la Frigia, la Capadocia, y la Paflagonia, que habían sido evangelizadas por San Pablo. Aunque los gentiles y algunos judíos prosélitos recibieron bien el Evangelio, los restantes judíos, no contentos con rechazar las enseñanzas del Apóstol, perseguían constantemente a las personas que habían aceptado el mensaje de Cristo. San Pablo enterado de esta terrible desgracia, escribió una carta a estas pobres gentes para animarlas a proseguir en la lucha, contándoles,  además, los últimos acontecimientos de su propia vida (Gal 2,1-2 i9):
-Después de trascurrido 14 años subí de nuevo a Jerusalén en compañía de Bernabé, llevando también a Tito.
-Subí conforme a una revelación y les expuse el Evangelio que predico entre los gentiles, y en particular a los que figuraban, para que me dijesen si yo corría ó había corrido en vano…
-y reconociendo la gracia que me ha sido dada, Santiago (Alfeo), Cefas y Juan, los que eran considerado como columnas, nos dieron las diestras en prenda de comunión a mí y a Bernabé de suerte que nosotros nos dirigiésemos a los gentiles y ellos a la circuncisión”

Esto sucedió justamente al finalizar el Concilio Apostólico de Jerusalén, donde sin duda estuvo presente el Apóstol san Juan. Algunos hagiógrafos aceptan la idea de que fue después de este Concilio, cuando san Juan partió de Palestina para evangelizar en Asia Menor.


San Ireneo, Padre de la Iglesia, que había sido discípulo de Policarpo, quien a su vez fue discípulo directo de San Juan, es una fuente muy segura de información sobre la vida del Apóstol a partir de este momento. San Ireneo afirma en sus escritos que el Apóstol se estableció finalmente en Éfeso, después de las muertes de san Pedro y san Pablo, que habían tenido lugar durante la terrible persecución de los cristianos, debida al emperador Nerón.
Por otra parte, de acuerdo con la tradición, el Apóstol Juan fue reclamado para juzgarle en Roma por su labor apostólica, ya que el emperador era un tirano cruel y paranoico que odiaba a los cristianos y los perseguía sin piedad. Sucedió entonces el milagro que se ha dado en llamar “San Juan ante Portam Latinam” que llevó a decir a san Agustín, la famosa frase:
“No faltó Juan al martirio, sino que el martirio le faltó a Juan”
Y es que el Apóstol fue martirizado, pero no padeció hasta morir. Cuando sucedieron los hechos, el evangelista San Juan debería ser un hombre de cierta edad, al que el emperador trató de convencer para que renunciara a su doctrina y aceptara la religión romana tradicional de sus dioses paganos, tan favorables a los placeres de los sentidos. San Juan no titubeó un momento ante aquel emperador de crueldad comparable a la de Calígula, y  del propio Nerón, siendo castigado a ser inmerso en una tinaja de aceite hirviendo. Se escogió para el lugar de este martirio una gran plaza ante la puerta Latina, que era aquella que se utilizaba para salir de Roma hacia los pueblos del Lacio.

Después de ser cruelmente azotado, el Apóstol fue sumergido en la  caldera, que al punto se entibió y convirtió el martirio en un agradable baño de agua. El Emperador y sus cortesanos debieron quedar pasmados y horriblemente asustados ante tal hecho milagroso y por eso no es de extrañar que de inmediato le pusieran en libertad vigilada en la isla de Patmos, en el mar Egeo, no atreviéndose a matar al hombre justo que Dios protegía de semejante manera.
La tradición asegura que durante su destierro en Patmos recibió el Espíritu Santo que le inspiró, para escribir, el libro de las revelaciones, el <Apocalipsis>.
 
 


La muerte del emperador Domiciano supuso el final de la dinastía Flavia en el Imperio Romano y la instauración de la dinastía Antonina. Un complot palaciego acabó con la vida del tirano y los conjurados ofrecieron el poder al senador Cayo Nerva, que ya era muy mayor y que no tenía  hijos, ni parientes próximos. Marco Cayo Nerva aceptó el cargo, asociando al trono a uno de sus generales más prestigiosos, Marco Urpino Trajano, el cual fue nombrado emperador a la muerte de su protector.

La persecución de los cristianos cesó durante un breve periodo de tiempo y al fin, San Juan pudo  regresar a Éfeso, probablemente hacia el año 96 d.C. y es creencia general que fue entonces cuando acabó de escribir algunas de sus obras.
En tiempos de San Juan Evangelista, varias terribles herejías intentaron minar los cimientos de la Iglesia de Cristo, como por ejemplo, el ebionismo y el gnosticismo.
La herejía del ebionismo, promovida en el siglo I, tiene influencia judaizante (deseaba interpretar el cristianismo según el judaísmo, sin tener en cuenta, correctamente, la plenitud de la revelación de Cristo). Los llamados ebionistas, también llamados nazaretos, a causa de su ideal de vida pobre, tomando como base un rígido monoteísmo unipersonal, negaban la divinidad de Cristo, por ser incapaces de concebir una única sustancia Divina en varias Persona.
Rechazaban así mismo, las enseñanzas de san Pablo, y lo consideraban un apóstata por haber traicionado el hebraísmo, al haber colocado las enseñanzas de Cristo por encima de la ley mosaica. Muchos ebionistas asumieron también errores provenientes de otras herejías de la época, como por ejemplo, el gnosticismo, de Cerinto.

Las ideas de Cerinto y sus seguidores fueron rechazadas por la Iglesia y según San Ireneo, en su “Adversus Omnes Haereses”; san Juan escribió su Evangelio para refutar los numerosos errores sostenido por Cerinto, a petición de las Iglesias de Oriente y de Occidente, que se dirigieron a él y le pidieron testimonios escritos para luchar contra tantas herejías.
Hay que tener en cuenta, a este respecto, que el Apóstol san Juan al principio habría evangelizado, al igual que los otros discípulos del Señor, mediante la predicación oral. En concreto como san Juan conocía personalmente el material evangélico, pues había oído a Cristo directamente, no necesitaba como san Marcos, o san Lucas, de instrucciones complementarias, sino que sacando las palabras del Señor, del inagotable tesoro de su memoria, y asistido por el Espíritu Santo, pudo escribir el cuarto Evangelio del Nuevo Testamento.


Al encontrarse en la Asia proconsular, más concretamente en Éfeso, San Juan tuvo que adaptar tanto su evangelización  oral,  como su evangelización escrita a la mentalidad de este pueblo. Así, por ejemplo, algunos <Hechos y Dichos del Señor> omitidos por los evangelistas sinópticos (Mateos, Marcos y Lucas) y en particular, la predicación de Jesús en Jerusalén, tienen en el Evangelio de san Juan mucha importancia.

El cuarto Evangelio mantiene unas características teológicas completamente distintas de la de los otros tres Evangelios y por esta razón Teodoreto de Ciro (393-466), teólogo antioqueno muy considerado en su época, llegó a decir de este Evangelio que era una obra tan sublime, que estaba más allá del entendimiento humano, el llegar a profundizar y comprenderla enteramente.
En general, el Evangelio de san Juan se puede considerar una obra doctrinal, ya que su principal intención es la enseñanza y no la narración. Por ello, el interés principal del mismo, es el teológico y no tanto el histórico, como sucede en  los Evangelios Sinópticos.


Benedicto XVI en su audiencia general del miércoles 9 de agosto del 2006, se refirió a San Juan el teólogo, en los términos siguientes:
“Un tema característico de los escritos de san Juan es el amor. Por esta razón decidí comenzar mi primera Carta Encíclica, con las palabras de este Apóstol: <Dios es amor> (Deus Caritas est), y quién permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él (1Jn 4,16). Es muy difícil encontrar textos semejantes en otras religiones. Por tanto esas expresiones nos sitúan ante un dato realmente peculiar del cristianismo”.

Y más adelante en esta misma Encíclica, el Papa nos dice algo que caracteriza también enormemente, los escritos de este evangelista:
“Juan es el único autor del Nuevo Testamento que nos da una especie de definición de Dios. Dice, por ejemplo, que <Dios es espíritu> (Jn 4, 24) o que <Dios es luz> (1Jn 1,5)…”

Por otra parte, se cree que san Juan escribió tres cartas, sobre cuya autoría, se han dado diversas interpretaciones, pero de lo que no existe  duda, es que el autor de la <Primera Epístola>,  es el autor del cuarto Evangelio, es decir san Juan, el Apóstol amado por Jesús.

 


En el tiempo en que el Apóstol escribió esta carta, los otros once Apóstoles, habían muerto por martirio, y según la tradición san Juan había agrupado en su entorno a todos los fieles de Asia Menor, que creían firmemente, escuchar en sus palabras el mensaje de Jesucristo y lo recibían con reverencia y amor. No obstante, como se ha indicado anteriormente, entre los discípulos de Cristo había comenzado a surgir enemigos del Señor y eran varias las herejías existentes.
Los escritores de la antigüedad como san Ireneo o san Clemente de Alejandría, relatan en sus escritos la oposición sin tregua que el Apóstol tuvo que hacer, frente a estas desviaciones de la doctrina y  la persona de Cristo. Son muchas las anécdotas que se cuentan en estos escritos sobre la actitud de san Juan ante la situación creada, y así por ejemplo, san Ireneo se refiere a una ocasión en el que el Apóstol iba a unos baños públicos y se enteró que Cerinto, el hereje estaba en ellos, espantado exclamó: ¡Vámonos hermanos a toda prisa, no sea que los baños en los que está Cerinto, el enemigo de la verdad, caigan sobre su cabeza y nos aplasten!
Como es lógico, la presencia de este personaje hereje y sus seguidores, habían creado un ambiente enrarecido entre cristianos de bien, provocando algunas veces desviaciones en el seguimiento de las costumbres tradicionales, defendidas por la labor evangelizadora de los discípulos del Señor.

Por esta razón, el Apóstol se vio obligado a escribir esta epístola que además de mostrar el camino de la verdad y la tradición Apostólica, inculca a sus feligreses el deseo del alejamiento del mundo y la observación de los mandamientos en general, y en especial del gran mandamiento <antiguo y nuevo>, del <amor> (I Jn 2,3-11):
-y en estos sabemos que lo hemos conocido: si guardáremos sus mandamientos. 
-Quien dice: <Le he conocido>, y no guarda sus mandamientos, mentiroso es, y en él no está la verdad:
-más quien guardare su palabra, de verdad en éste la caridad de Dios esta consumada: en esto conocemos que estamos en Él.
-Quien dice que permanece en Él, debe, como Él caminó, también él caminar así.
-Carísimos, no os escribo un mandamiento nuevo, sino un mandamiento antiguo, que tenéis desde un principio: el mandamiento antiguo es la palabra que oísteis.
-Todavía también os escribo un mandamiento nuevo, lo cual se verifica en Él y en vosotros; porque las tinieblas pasan, y la luz verdadera brilla.



-Quién dice estar en la luz y aborrece a su hermano, está en las tinieblas hasta ahora.
-El que ama a su hermano, permanece en la luz y no hay tropiezo en él.
-Más quien aborrece a su hermano, en las tinieblas está, y en las tinieblas anda, y no sabe  a dónde va, pues las tinieblas cegaron sus ojos.

La segunda epístola está dirigida a una señora y sus hijos, y es muy corta. Esta dama podría pertenecer a la iglesia o comunidad cristiana de Asia Menor, y en ella se pone de relieve la presencia de los mismos adversarios de la doctrina de Cristo, que en la primera epístola. Debido a su gran brevedad, adquiere mayor relieve la apremiante recomendación de mantenerse dentro de los límites de la tradición cristiana y Apostólica. Algunas expresiones utilizadas en la misma, son exigentes  y por ello más convenientes, (II Jn 1 4-6):
-Me gocé en extremo porque he hallado entre tus hijos, quienes caminan en verdad, según, que recibimos mandamientos de parte del Padre.
-Y ahora te ruego, señora, no como quien te escribe mandamiento nuevo, sino el que tuvimos desde el principio: que nos amemos los unos a los otros.
-Y éste es el amor: que caminemos según sus mandamientos; éste es el mandamiento: que, como oísteis desde el principio caminéis en el amor.
-Porque muchos seductores han salido al mundo: los que no confiesan a Jesús como Mesías venido en carne. Esa gente es el seductor y el anticristo.
-Mirad por vosotros, no sea que perdáis lo que trabajasteis, antes bien recibáis pleno galardón.
-Todo el que va más allá y no se mantiene en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios; el que se mantiene en la doctrina, éste tiene al Padre y también al Hijo.
-Si alguno viene a vosotros y no trae esta doctrina, no le recibáis en casa ni le digáis:< ¡Salud!>;
-el que le dice:< ¡Salud!>, entra en comunión con sus malas obras.

La tercera epístola, la dirigió san Juan a un personaje llamado Gayo del que no se conoce a ciencia cierta su personalidad, aunque en la carta parece entenderse que este hombre era muy querido del Apóstol y que podría encontrarse enfermo tanto física, como espiritualmente. También se menciona en la carta a otros personajes, más concretamente, a Diótrefes el cual podría haber sido el Obispo de la Iglesia a la que pertenecía este presbítero,  que había caído en las redes de Cerinto y no soportaba a los evangelizadores de Cristo (no los recibía ni consentía que nadie los recibiese). Pero a pesar de todo, algunos fieles permanecían como Gayo fieles a Jesús.

Otro personaje que aparece en esta carta es Demetrio, el portador de la carta que podría ser también el jefe de un grupo de cristianos mandados por el Apóstol para cristianizar a los apartados del Señor (III Jn 1, 9-12):
-Escribí algo a la iglesia; pero el que es amigo de tener el primer puesto entre ellos, Diótrefes, no nos admite.
-Por esto, si voy allá, le haré presentes las obras que hace, cuando con perversas palabras dice tonterías de nosotros, y,  no contento con esto, ni el admite a los hermanos ni consiente que los que quieren los admitan y los echa de la Iglesia.
-Amado mío, no imites lo malo, sino lo bueno. El que obra el bien,  es de Dios; el que obra el mal, no ha visto a Dios.
-A Demetrio le abona el testimonio de todos y el de la misma verdad, y nosotros también damos testimonio, y sabes que nuestro testimonio es veraz.

Hasta este momento hemos comentado la biografía del Apóstol San Juan, bajo dos aspectos, en primer lugar su historia familiar, con especial  referencia a su vida junto al Mesías, al lado de su hermano mayor Santiago y los restantes discípulos del Señor, y en segundo lugar, sus escritos, en particular  sus tres cartas, y su Evangelio llamado el cuarto por ser el último redactado por los evangelistas.   


Con todo, el libro más impactante escrito por este Apóstol es, sin duda, el <Apocalipsis>, cuya autoría es indiscutible, pues como nos dice el Papa Benedicto XVI, en su audiencia general del miércoles 23 de agosto del 2006:
“…mientras que no aparece nunca su nombre ni en el cuarto Evangelio ni en las cartas atribuidas a este Apóstol, el Apocalipsis, hace referencia al nombre de san Juan en cuatro ocasiones, (Ap 1, 1, 4, 9; 22-8)”
Se trata de un libro inspirado por el Espíritu Santo que despertará en nuestra alma la fe, la esperanza, la caridad y sobre todo el aborrecimiento a todo lo que procede de la mano del maligno. Nuestro Papa Benedicto XVI  dijo, refiriéndose a este libro (16 de agosto de 2006):
“…en Patmos arrebatado en éxtasis el día del Señor (Ap 1,10) san Juan tuvo visiones grandiosas y escuchó mensajes extraordinarios, que influirían en gran medida en la historia de la iglesia y en toda la cultura cristiana”

Al leer el Apocalipsis, es importante que tengamos en cuenta el hecho de que san Juan expone las diversas visiones en forma cíclica y no lineal, a la manera clásica de concebir este tipo de cuestiones relacionadas con el presente y el futuro del ser humano, o estilo que se ha dado en llamar, <apocalíptico>; por otra parte, san Juan parece desdoblar las representaciones de sus videncias en dos aspectos distintos, uno acústico y otro óptico, primero oye, lo que luego ve, de esta forma quiere dar más relevancia a todo lo que ha experimentado en los momentos de inspiración Divina. Pero sobre todo deberíamos tener en cuenta que las visiones referidas en el Apocalipsis no son una ficción literaria, como lo son en otras obras de este género apocalíptico, sino que realmente se trata de visiones sobre hechos naturales experimentados  por el Apóstol bajo la acción del Espíritu Santo.
 


El libro se inicia con un Prólogo, que contiene:<Título del libro>,  <Salutación> y el <Lema y aprobación divina>. A continuación el Apóstol da comienzo propia mente a su libro: <Primera Parte> y <Cartas a las siete Iglesias de Asia>; con  esta motivación (Ap I, 9-10):
-Yo Juan, vuestro hermano y compañero en la tribulación, y en el reino, y en la firme esperanza en Jesús, estuve en la isla de Patmos por causa de la palabra de Dios y del testimonio de Jesús.
-Fui arrebatado en espíritu el día del Señor, y oí detrás de mí una gran voz como de trompeta,
-que decía: <Lo que ves escríbelo en un libro y mándalo a las siete Iglesias: a Éfeso, a Esmirna, a Pérgamo, a Tiatira, a Sardes, a Filadelfia y a Laodicea>.

En las <Cartas a las siete Iglesias>, Nuestro Señor Jesucristo premia o castiga, las virtudes o los vicios de los feligreses de estas comunidades cristianas, a través de un ángel enviado por Él. Con ello, Jesús quiere dar un toque de atención a los seducidos por Satanás, recordándoles de forma implícita, el último don del Espíritu Santo, esto es, el <Santo Temor de Dios>, porque como nos dice el Papa  Juan Pablo II, en su libro <Cruzando el umbral de la esperanza>:

 
“Entre los siete dones del Espíritu Santo, señalados por las palabras de Isaías (cfr.11, 12), el don del <temor de Dios>, está en último lugar, pero eso no quiere decir que sea el menos importante, pues precisamente el <temor de Dios> es principio de la sabiduría. Y la sabiduría, entre los dones del Espíritu Santo, figura en primer lugar”       

Por su parte, el Papa Benedicto XVI nos dice al respecto en la audiencia mencionada anteriormente:
“El libro debe comprenderse en el contexto de la dramática experiencia de las siete iglesias de Asia (Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardes, Filadelfia y Laodicea) que, a finales del siglo primero tuvieron que afrontar dificultades, persecuciones y tensiones incluso internas, en su testimonio de Cristo.

San Juan se dirige a ellas mostrando una profunda sensibilidad pastoral con respecto a los cristianos perseguidos, a quienes exhorta a permanecer firmes en la fe y a no identificarse con el mundo pagano, tan fuerte. Su objetivo consiste, en definitiva, en desvelar a partir de la muerte y resurrección de Cristo, el sentido de la historia humana”

Y sigue diciendo el Papa con un conocimiento de causa profundo y una visión preclara de las visiones del Apóstol:

“En efecto, la primera y fundamental visión de san Juan atañe a la figura del Cordero, que a pesar de estar degollado, permanece en pie (Ap 5,6) en medio del trono en el que se sienta el mismo Dios.
 
 


De este modo, san Juan quiere trasmitirnos dos mensajes: el primero es que Jesús aunque fue crucificado en un acto de violencia, en vez de quedar inerte en el suelo, paradójicamente se mantiene firme sobre sus pies, porque con la resurrección ha vencido definitivamente la muerte. El segundo es, que el mismo Jesús, precisamente por haber <Muerto y Resucitado>, ya participa plenamente del poder real y salvífico del Padre”

Después de las <Cartas a las siete Iglesias de Asia>, en la <Segunda Parte> ó <Libro de los siete sellos>, aparece, tal como nos dice el Papa, la figura central de Cristo, tras la <Visión preliminar: Dios en el cielo>, en el  apartado denominado <El cordero y el libro sellado>, (Ap 5, 1-6):
-Y vi sobre la diestra del que estaba sentado en el trono un libro escrito por dentro y por el reverso sellado con siete sellos.
-Y vi un ángel fuerte que pregonaba con voz poderosa: < ¿Quién hay digno de abrir el libro y desatar sus sellos?>
-Y nadie podía, ni en el cielo ni sobre la tierra, ni debajo de la tierra abrir el libro ni verle.
-Y yo lloraba mucho, porque nadie se halló digno de abrir el libro ni de verle
-Y uno de los ancianos me dice: <No llores>; mira que venció el León de la tribu de Judá, la Raíz de David, en abrir el libro y sus siete sellos>
-Y vi en medio delante del trono y de los cuatro seres vivientes, y en medio de los ancianos, un Cordero de pie, como degollado, que tenía siete cuernos y siete ojos, que son los siete Espíritus de Dios, enviados por toda la tierra.

Después de <El Cordero y el libro sellado> (5, 1-14), sigue el conocido <Ciclo de los siete sellos> (6, 1-17), con la apertura de los cuatro primeros sellos, en referencia al <Caballo blanco>, que representa la victoria de Dios ó <Cristo vencedor>, el <Caballo rojo>, que representa el gran mal de la violencia en forma de guerra, el <Caballo negro>, que representa otro de los grandes males de la humanidad, es decir el hambre, y el caballo amarillo que es la muerte en forma de plaga ó violencia extrema.


Después de la apertura del cuarto sello sigue, como es lógico, la apertura del quinto, donde sobre todo se habla de los clamores de los mártires, que habían sido degollados por causa de la palabra de Dios y por el testimonio evangelizador que esto suponía. Ellos clamaban al Señor pidiendo justicia y con toda razón fueron revestidos de blanco y el Señor les pidió que tuvieran paciencia, hasta que otros evangelizadores, como ellos, fueran así mismo, muertos por martirio. Estos son los que por la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, son redimidos, hasta el fin de los siglos (El gran día de la ira de Dios) (6, 12-17).

En este punto, queremos recordar la catequesis de Juan Pablo II, sobre <los redimidos>, dada en su visita pastoral a la Parroquia de <San Lorenzo (Fuori Le Mura)>, en Roma  el 1 de noviembre de 1981:
“Es uno  de los que están de vigilia ante el trono del Altísimo el que pronuncia estas palabras, las personas vestidas de blanco, que Juan ve con su mirada profética, son los redimidos y constituyen <una muchedumbre inmensa>, cuyo número es incalculable y de la más variada proveniencia.
La sangre del Cordero, que se ha inmolado por todos nosotros, ha obrado en toda la tierra su universal y eficacísima virtud redentora, aportando gracia y salvación a esta <muchedumbre inmensa>. Después de pasar a través de las pruebas de esta vida y habernos purificado con la sangre de Cristo, ellos -los redimidos-están seguros en el Reino de Dios y le alaban y bendicen por los siglos de los siglos”

Se refiere el Santo Padre al pasaje del Apocalipsis 7, 9-15 (La innumerable turba celeste):
-Tras esto, vi, y he aquí una gran muchedumbre, la cual nadie podía contar, de todas las naciones, y tribus, y pueblos, y lenguas, delante del trono y delante del Cordero, vestidos de ropas blancas, y palmas en las manos;
-y clamaban con voz poderosa, diciendo: <La salud a nuestro Dios, que está sentado en el trono, y al Cordero>…


Leyendo las explicaciones de los Papas todo nos parece fácil y con sentido; si siempre leyéramos el Apocalipsis, poniendo la mirada, como ellos nos piden, en Jesucristo entenderíamos perfectamente el mensaje de este libro Divino. Por ello, si el libro se lee sensatamente puede que aun teniendo escasos conocimientos teológicos sobre algunos aspectos misteriosos y oscuros del Apocalipsis, esa misma oscuridad  acercaría más al objetivo final del mismo, esto es, la figura de Jesucristo victorioso y vencedor después de su Pasión y Muerte.
Así, por ejemplo, cuando después de la <innumerable turba celeste>, leemos por fin, la apertura del séptimo sello, nos encontramos con una situación extrañamente misteriosa, esto es, el silencio en el cielo (sólo por media hora) (8, 1):
-Y cuando abrió el séptimo sello, se hizo silencio en el cielo como una media hora

Nos preguntamos, entonces, ¿Qué significado tienen estas palabras?  Según los estudiosos de la Santa Biblia, podría significar la situación expectante y receptiva de la humanidad ante la llegada del fin de los tiempos, la Parusía, que viene acompañada de lamentaciones y dolores reflejados en el <Ciclo de las siete trompetas> (8, 3-12).

Este ciclo termina con un <Intermedio> en el que se produce el anuncio de los tres ayes (8, 13):


-Y vi y oí un águila volando, que decía a grandes voces:< ¡Ay, ay, ay, de los que habitan sobre la tierra, a causa de los restantes toques de la trompeta de los tres ángeles, que están para tocar!
El anuncio de los tres <ayes>, da paso a la apertura del abismo con la llegada, en primer lugar (tras tocar la trompeta el quinto ángel) (9, 1-12), de seres monstruosos y dañinos para la humanidad que no llevan el sello de Dios sobre sus frentes, los cuales son acólitos de <Abaddón>, es decir Satanás y esto indica según algunos estudiosos de la Santa Biblia, el inicio de la época sub-escatológica.
Esta acción diabólica durará poco tiempo, sólo unos meses, que se podrán contar con los dedos de la mano.



En segundo lugar (al tocar la trompeta el quinto ángel), aparecen los cuatro ángeles del Eufrates (9, 13-21), seres perversos y diabólicos a los cuales Satanás, ha encomendado el exterminio de los hombres, con ayuda de un ejército infernal, pero este no es todavía el fin de las desgracias que esperan a la humanidad, éste no es el ejército que al final de los siglos tendrá que luchar, y perderá, contra los santos de Dios.

Finalmente, aparece un ángel, todo poderoso, que anuncia la llegada definitiva de Dios, él lleva en su mano un librito que encierra la información para unos, terrible y para otros maravillosa, sobre los acontecimientos que aún esperan a la humanidad.

Una de las partes más extrañas y difícil de interpretar del Apocalipsis, es sin duda el apartado dedicado a aparición de <Los dos testigos> (11, 1-14), los Predicadores del Evangelio al final de los siglos. ¿Quienes son estos dos personajes que profetizan antes de la llegada del Señor? Es difícil de decir, sin embargo en la antigüedad se creía que podrían representar a los profetas del Antiguo Testamento, Elías y Enoc, los cuales aparecerían de nuevo, como testigos finales de la palabra de Dios, para preparar su advenimiento y la consumación de los siglos (11, 15-19):
-Y el séptimo ángel tocó la trompeta, y sonaron grandes voces en el cielo, que decían:
Se estableció el reinado sobre el mundo del Señor nuestro y de su Cristo, y reinará por los siglos de los siglos...

El Papa Benedicto XVI en la audiencia del 23 de agosto de  2006, anteriormente mencionada, nos habla del <Librito abierto>, en los términos siguientes:
“Entre las visiones que presenta el Apocalipsis se encuentran dos muy significativas: la de la Mujer, que da a luz a un hijo varón y la complementaria del Dragón arrojado de los cielos pero todavía muy poderoso”
Se refiere el Papa, por supuesto, al apartado <Los tres signos> ó <El librito abierto>, de <La Segunda Parte> (Ap II-12, 1-17):
-Y una gran señal fue vista en el cielo: una Mujer vestida de sol, y la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas,
-la cual llevaba un Hijo en su seno, y clamaba con los dolores del parto y con la tortura de dar a luz.
-Y otra señal fue vista en el cielo, y he aquí un dragón grande rojo, que tenía siete cabezas y diez cuernos, y sobre sus cabezas siete diademas;
-y su cola arrastra la tercera parte de las estrellas del cielo y las precipitó a la tierra. Y el dragón se ha colocado frente a la Mujer que está a punto de dar a luz…
 


Esta mujer, dice el Papa:
“Representa a María madre del Redentor, pero a la vez representa a toda la Iglesia, el pueblo de Dios de todos los tiempos; la Iglesia que en todos los tiempos con gran dolor, da a luz a Cristo siempre de nuevo. Y siempre está amenazada y perseguida por el Dragón. Parece indefensa, débil. Pero, mientras está amenazada y perseguida, también está protegida por el consuelo de Dios. Y esta Mujer al final vence. No vence el Dragón. Esta es la gran profecía de este libro, que nos infunde confianza.
La Mujer que sufre en la historia, la iglesia perseguida, al final se presenta como la Esposa espléndida, imagen de la nueva Jerusalén, en la que ya no hay lágrimas ni llanto, imagen del mundo transformado,  del nuevo mundo, cuya luz es el mismo Dios, cuya lámpara es el Cordero”.

Estas interpretaciones  <proféticas –escatológicas> de Benedicto XVI, sobre las visiones de San Juan  relatadas en el < Apocalipsis>, son las mismas que defendieron desde el principio los Padres de la Iglesia, como San Ireneo, San Hipólito, San Victorino, San Gregorio Magno, y las de algunos comentadores y teólogos posteriores , como Ribera y Cornelio.
Estos conceptos no excluyen, por otra parte, la posibilidad de referencias a los acontecimientos históricos de los primeros siglos de la iglesia de Cristo y nos indican que las profecías que el Espíritu Santo revela a San Juan son por extensión, las mismas del discurso escatológico dado por Jesús a sus Apóstoles, frente al templo de Jerusalén cuando ya se aproximaba su <Pasión, Muerte y Resurrección>,  que algunos autores han dado en llamar  <Pequeño Apocalipsis>.


De cualquier forma, aunque muchas veces las profecías que aparecen en la Santa Biblia, presentan dificultades teológicas para las personas no especializadas en esta ciencia del alma, esto, lejos de ser un motivo de desaliento debe ser, tal como nos dice el papa Pio XII, un motivo para redoblar los esfuerzos en la búsqueda de explicaciones más correctas para las mismas, a través de las palabras de los Padres de la Iglesia.

No obstante, en la actualidad las almas se encuentran con grandes obstáculos para conseguirlo debido al ambiente social totalmente contrario a la verdades de Cristo y de sus enviados, y a falta de estos <pilares de la fe>, los hombres se ven expuestos a caer en las seducciones del demonio, a través de fenómenos como el espiritismo, las sectas, y toda clase de magias y ocultismos diabólicos.
Hay que tener muy en cuenta, por último, que aunque el <Apocalipsis> de San Juan continuamente haga referencia a sufrimientos, tribulaciones y llantos, contiene también cantos de alabanza, que como nos dice Benedicto XVI, representa la cara luminosa de la historia.



Por ello san Juan,  el vidente de Patmos, en el Epílogo de su libro cuando expresa la triple garantía, acaba invocando la llegada del Salvador  con gran alegría, tras las palabras del Señor (Apocalipsis 22 12-17):
-<He aquí que vengo pronto, y conmigo está mi recompensa, para pagar a cada uno, según fuere sus obras.
-Yo soy el Alfa y el Omega, el primero y el último, el principio y el fin.
-Dichosos los que lavan sus vestiduras para que les pertenezca el derecho sobre el árbol de la vida y puedan entrar por las puertas en la ciudad
-¡Afuera los perros, y los hechiceros, y los fornicadores, y los homicidas, y los idólatras, y todo el que ama y obra mentira!
-Yo, Jesús, envié mi ángel para testificaros estas cosas en las Iglesia. Yo soy la raíz y el linaje de David, la refulgente estrella matutina>
-Y el Espíritu y la desposada dicen: <Ven>. Y el que oye diga:<Ven>. Y el que tenga sed, venga; y el que quiera, tome de balde agua de vida
 
Dice el Papa Benedicto XVI:
 “Esta es una de las plegarias centrales de la iglesia naciente, que también San Pablo utiliza en su forma aramea <Maranatha>. Esta plegaria. < ¡Ven Señor, Ven Señor nuestro!> (I Co 16,22) tiene varias dimensiones.

Desde luego, implica ante todo la esperanza de la victoria definitiva del Señor, de la nueva Jerusalén, del Señor que viene y trasforma el mundo.
Pero, al mismo tiempo es también una oración eucarística: <Ven Jesús ahora>. Y Jesús viene, anticipa su llegada definitivamente.  De este modo, con alegría decimos al mismo tiempo: ¡Ven ahora y ven de manera definitiva!


Esta oración tiene también un tercer significado, <Ya has venido Señor. Estamos seguros de tu presencia entre nosotros. Para nosotros es una experiencia gozosa. Pero, ¡Ven de manera definitiva! ¡Ven Jesús! ¡Ven y transforma el mundo! ¡Ven ya, hoy, y triunfe la paz!  Amén”.
Los últimos días de san Juan sobre la tierra, transcurrieron en Éfeso, según la tradición de la Iglesia, cuando tenía una edad avanzada, y según los datos aportados por san Gregorio de Nicea, la práctica de celebrar la fiesta de san Juan el Evangelista, inmediatamente después de la de san Esteban (El Protomártir), es antiquísima.
Por otra parte, en Éfeso, el Emperador Justiniano, en el siglo VI, mandó construir una gran Basílica, donde fue muy venerado por los cristianos de todo el mundo y de la que actualmente sólo quedan algunas ruinas. En la Iglesia de Oriente siempre fue querido y en las iconografías bizantinas se le representa como un anciano en actitud de recogimiento y contemplación.
Por todo ello, no es de extrañar las palabras del Patriarca ecuménico de Constantinopla, Atenágoras, al que el Papa Pablo VI, abrazó en un memorable encuentro. Él dijo:
“Juan se halla en el origen de nuestra más elevada espiritualidad. Con él los <silencios> conocen ese misterioso intercambio de corazones, invocan la presencia de Juan y su corazón enciende”.

En todo el mundo, existen en la actualidad iglesias dedicadas a la advocación de san Juan Evangelista, sin olvidar las dedicadas a la advocación conjunta de los dos santos llamados Juan,  mundialmente más venerados, como son Juan Bautista y Juan Evangelista, que reciben el nombre de san Juan de Letrán.

Mención especial merece la Basílica Mayor de san Juan de Letrán dedicada a las advocaciones del Mesías, de san Juan Bautista y san Juan Evangelista, en Roma, que es la de más alto rango y más antigua (Siglo III).
Para terminar esta reflexión sobre la vida de los hermanos que dijeron sin vacilar <Podemos> al Señor, recordaremos ahora de nuevo, la Primera Carta del Apóstol san Juan cuando decía aquello de que < el Señor era luz> (I Jn 1, 5-7):
-Y éste es el mensaje que hemos oído de Él, y os anunciamos a vosotros: que Dios es luz, y tiniebla en él no hay ninguna
-Si dijéramos que tenemos comunión con Él y camináremos en las tinieblas, mentimos y no obramos la verdad;
-más sí camináremos en la luz, como Él está en la luz, tenemos comunión recíproca con Él, y la sangre de Jesucristo, su Hijo, nos purifica de todo pecado.