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lunes, 18 de julio de 2016

LA IGLESIA DE CRISTO Y SU RESPETO POR LA MUJER




 
 
 
 
“Si nuestro siglo, en las sociedades liberales, esta caracterizado por un creciente feminismo, se puede suponer que esta orientación sea una reacción a la falta de respeto debido a toda mujer. Todo lo que escribí sobre el tema en la Carta Encíclica <Mulieris dignitatem>, lo llevaba en mí desde muy joven, en cierto sentido desde la infancia"


Son las Palabras del Papa Juan Pablo II que sigue diciendo:

"Quizá influyó en mí también el ambiente de la época en que fui educado, que estaba caracterizado por un gran respeto y consideración por la mujer, especialmente por la mujer madre. Pienso que quizá un cierto feminismo contemporáneo tenga sus raíces precisamente ahí, en la ausencia de un verdadero respeto por la mujer. La verdad revelada por la mujer es otra...
Muy significativo es, en cambio, que en el interior de esta realidad esté renaciendo la auténtica teología de la mujer. Es descubierta su belleza espiritual, su especial talento; están redefiniéndose las bases para la consolidación de su situación en la vida, no solamente familiar, sino también social y cultural.

 
 
Y, a este propósito, debemos recordar la figura de María. La figura de María y la devoción hacia Ella, vividas en toda su plenitud, se convierte así en una creativa y gran inspiración para la vida" (Papa Juan Pablo II; Cruzando el umbrala de la esperanza. Ed. Plaza & Janés S.A)

Para el Papa San Juan Pablo II, como asegura, en esta entrevista, la devoción mariana, la devoción hacia la figura de María, si se vive en total plenitud puede ser una forma muy adecuada para ir hacia un redescubrimiento de la belleza espiritual de la mujer, sentando las bases para el renacimiento de una auténtica <teología> sobre ella, tanto desde el punto de vista familiar, cómo también del social y cultural.

Porque <al llegar a la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo nacido de mujer> (Ga 4,4) El culto mariano se funda en la admirable decisión divina de vincular para siempre, como recuerda el apóstol San Pablo, la identidad humana del Hijo de Dios a una mujer, María de Nazaret (Papa San Juan Pablo II. Catequesis del 15 de octubre de 1997)

Algunos años después durante un Congreso Cristológico organizado por la Universidad Católica San Antonio de Murcia (España), en el año 2002 interrogado el por entonces  Cardenal Joseph Ratzinger sobre el papel de la mujer en la Iglesia y en el campo de la teología, (Nadar contra corriente. Ed. A cargo de José Pedro Manglano. Planeta Testimonio S.A. 2011), la respuesta del Cardenal fue contundente:
 
 
“El tema exigiría una discusión larga. Es importante ver que, en todos los períodos de la Iglesia, la mujer ha ocupado siempre un lugar muy grande e importante. Con Jesús estaban las mujeres, con San Pablo y con los Apóstoles estaban las mujeres. Son muy poco conocidas las hermanas de los grandes padres de la Iglesia, que eran muy importantes para estas personas y que nos ofrecieron sus testimonios. Pensamos como la vida de San Jerónimo no se podría entender, sin esa gran contribución de mujeres que han aprendido hebreo y, naturalmente, griego con él, eran mujeres doctas… “

Se refiere aquí el Santo Padre a aquellas mujeres pertenecientes a la aristocracia romana como Paula, Marcela, Asela y Lea, las cuales deseando el camino de la santidad, escogieron a San Jerónimo como guía espiritual y maestro. En particular, Paula, mujer generosa, colaboró para la construcción en Belén, de dos monasterios, uno de hombres y otro de mujeres, así como una hospedería para los peregrinos que viajaban a Tierra santa.



 
 
En efecto, como seguía diciendo el Santo Padre en el Congreso anteriormente mencionado: “Cada período de la historia tiene un modo específico de la contribución de la mujer. El misterio jerárquico dentro de la Iglesia está determinado por Cristo. La contribución de la mujer pertenece al sector de la realización carismática de la Iglesia que no es menos importante que la jerárquica, es mucho más pluriforme y exige mucha más creatividad, y estoy convencido de que las mujeres de hoy tienen la creatividad necesaria para ofrecer la contribución absolutamente necesaria de la mujer”

Por otra parte, refiriéndose concretamente a la Virgen María como Madre de la Iglesia en una entrevista realizada por el periodista Peter Seewald, al ya Papa Benedicto XVI,  aseguraba que la Virgen <ha sido utilizada por Dios a través de la historia como la luz a través de la cual Cristo nos conduce hacia sí mismo> (Luz del mundo. Benedicto XVI Ed. Herder S.L. 2010):

 
 
 
“Hay que decir, pues, que existe la historia de la fe. El Cardenal Newman lo ha expuesto. La fe se desarrolla y eso influye también justamente en la entrada cada vez más fuerte de la Santísima Virgen en el mundo como orientación para el camino, como luz de Dios, como Madre por la que después podemos conocer también al Hijo y al Padre. De este modo, Dios nos ha dado signos, justamente en el siglo XX (Mensaje de Fátima), en nuestro racionalismo y frente al poder de las dictaduras emergentes, Él nos muestra  la humildad de la Madre, que se aparece a niños pequeños y les dice lo esencial: Fe, Esperanza, Amor, Penitencia”

Así mismo, como también recordaba Benedicto XVI, cuando aún era el Cardenal Joseph Ratzinger (Nadar contra corriente. Ibid):

“Los Padres de la Iglesia han visto siempre a María como el arquetipo de los profetas cristianos. Como punto inicial de la línea profética que entra posteriormente en la historia de la Iglesia. A esta línea pertenecen también las hermanas de los grandes santos. San Ambrosio debe a su santa hermana el camino espiritual que ha recorrido. Lo mismo vale para San Basilio y San Gregorio de Niza, como también para San Benito. Posteriormente en el Medievo tardío, encontramos grandes figuras místicas entre las cuales es necesario mencionar a Santa Francisca Romana. Y en el siglo XVI encontramos a Santa Teresa de Ávila, quién ha desempeñado un papel importante en la evolución espiritual y doctrinal de San Juan de la Cruz.



La línea profética vinculada a las mujeres ha tenido gran importancia en la historia de la Iglesia. Santa Catalina de Siena y Santa Brígida de Suecia pueden servir de modelos. Ambas han hablado a una  Iglesia en la que todavía existía el Colegio Apostólico y donde se administraban los Sacramentos. La Iglesia ha sido reanimada por ellas, pues no sólo supieron otorgar  nuevo valor al carisma de la unidad, sino que introdujeron también la humildad, el coraje evangélico y el valor de la evangelización”

Hermosas palabras del que sin duda fue más tarde uno de los Pontífices más doctos y relevantes del  siglo XX, que ha transmitido en hechos evidentes  que la mujer ha sido puesta en valor por Cristo y su Iglesia desde los inicios de su historia y nunca sometida a situaciones de estado de inferioridad frente al hombre.

Mención especial merece Santa Mónica (322-387), la madre de San Agustín, el gran Doctor de la Iglesia, que con paciencia y modestia, amabilidad y caridad logro  en poco tiempo que su esposo, un hombre brutal, colérico y desde luego increyente, se volviera un ser pacifico, modesto y sobre todo temeroso de Dios. Pero además el Señor le tenía reservado un triunfo mayor, gracias a sus constantes oraciones, su hijo Agustín, un joven impetuoso dominado por las pasiones y que se había convertido al maniqueísmo, fue llamado por Dios y se convirtió al cristianismo, llegando a ser Obispo de Hipona.



Su labor incansable en contra de los herejes de su época le valió el título de Doctor y Defensor de la Gracia, dejando para la posteridad más de doscientos libros, así como innumerables sermones y cartas, siendo considerado por la Iglesia como uno de los teólogos más importantes para analizar el Mensaje de Cristo.      

Sí, la Iglesia de Cristo crece en la mujer, y le ha dado dentro y fuera de la misma el lugar que sin duda se merece, no obstante, de las justas peticiones iniciales: el derecho al voto, el derecho a un trabajo remunerado, el derecho a participar en la vida social y política de sus naciones de origen…, todas ellas alcanzadas en alguna medida, algunas mujeres, han pasado a exigir otras cuestiones que nada tienen que ver con la verdadera dignidad y valor de la mujer.

 
 
La mujer no es inferior al hombre, Dios no los creó uno superior al otro, a ambos les dio un alma, pero eso sí, sus cuerpos son distintos, en función de ellos es lógico comprender la diferencia fisiológica entre ambos y sus respectivos papeles dentro de la pareja.


Recordemos que el verdadero fin de todo hombre y de toda mujer, siempre es el  mismo, la salvación de sus almas y esto es lo que los iguala a los ojos de Dios. Todos los seres humanos debemos cumplir las mismas reglas para conseguirlo: Los mandamientos de nuestro Creador, inscritos en nuestros corazones, cualquiera que sea el sexo, la raza o la nacionalidad.

El premio y el castigo por el incumplimiento de estas leyes naturales, son las mismas y los cristianos las conocemos con el nombre de infierno y gloria.  Ante el juicio final en la Parusía, los hombres y las mujeres seremos iguales, porque la justicia del Creador no entiende de diferencias de sexo, sino del alejamiento del bien o del mal, y de la búsqueda o rechazo de la vida eterna.

 
 
“Tal vez muchas personas rechazan hoy la fe simplemente porque la vida eterna no les parece algo deseable. En modo alguno quieren la vida eterna, sino la presente y, para esto, la fe en la vida eterna les parece más bien un obstáculo. Seguir viviendo para siempre, sin fin, parece más una condena que un don. Ciertamente, se querría aplazar la muerte lo más posible. Pero vivir siempre, sin un término, sólo sería a fin de cuentas, aburrido y al final insoportable (La alegría de la fe. Papa Benedicto XVI Ed. San Pablo 2012)”.

Este pensamiento ha influenciado enormemente en las sociedades de los últimos siglos, donde se ha promocionado la llamada <cultura de la muerte>,  en realidad algunas hombres no saben lo que les conviene porque en el fondo todo ser humano lo que busca es la vida <bienaventurada>, la vida que simplemente es vida, simplemente felicidad. Como decía San Agustín <a fin de cuentas, en la oración no pedimos otra cosa. No nos encaminamos hacia nada más, se trata sólo de esto>.

 
 
Los santos son los únicos que a lo largo de la historia han sabido lo que realmente convenía a sus vidas, porque son hombres y mujeres de fe, esperanza y amor,  como asegura el Papa Benedicto XVI; santa Barbara fue un ejemplo excelente a seguir entre otros muchos, pero:

“Entre todos los santos sobresale María, Madre del Señor y espejo de toda santidad. El evangelio de Lucas la muestra atareada en un servicio de caridad a su prima Isabel, con la cual permaneció unos  meses (Lc 1, 56) para atenderla durante el embarazo.

(Magnificat ánima nea dominum), dice con la oración de esta visita, <proclama mi alma la grandeza del Señor>, (Lc 1, 46), y ello expresa todo el programa de su vida: no ponerse a sí misma en el centro, sino dejar espacio a Dios, a quien encuentra tanto en la oración como en el servicio al prójimo; sólo entonces el mundo se hace bueno. María es grande precisamente  porque quiere enaltecer a Dios en lugar de a sí  misma. Ella es humilde: no quiere ser sino la sierva del Señor (Lc 1, 38-48). Sabe que contribuye a la salvación del mundo no con una obra suya, sino sólo poniéndose plenamente a disposición de la iniciativa de Dios.
Es una mujer de esperanza: sólo porque cree en las promesas de Dios y espera la salvación de Israel, el ángel puede presentarse a ella y llamarla al servicio total de estas promesas.

 
 
Es una mujer de fe: < ¡Dichosa tú, que has creído!>, le dice Isabel (Lc 1, 45). El Magnificat – un retrato de su alma, por decirlo así – está completamente tejido por los hilos tomados por la Sagrada Escritura de la Palabra de Dios. Así se pone de relieve que la Palabra de Dios es verdaderamente su propia casa, de la cual sale y entra con toda naturalidad. Habla y piensa con la Palabra de Dios; la Palabra de Dios se convierte en Palabra suya, y su Palabra nace de la Palabra de Dios… María es en fin,  una mujer que ama. ¿Cómo podría ser de otro modo?

Como creyente, que en la fe piensa con el pensamiento de Dios y quiere con la voluntad de Dios, no puede ser más que una mujer que ama, lo intuimos en sus gestos silenciosos que nos narra los relatos evangélicos de la infancia. Lo vemos en la delicadeza con la que en Caná se percata de la necesidad en la que se encuentran los esposos, y lo hace presente a Jesús. Lo vemos en la humildad con que acepta ser olvidada en el período de la vida pública de Jesús, sabiendo que el Hijo tiene que fundar ahora una nueva familia y que la hora de la Madre  llegará  en el momento de la Cruz, que será la verdadera hora de Jesús. Entonces,  cuando los discípulos hayan huido, ella permanecerá al pie de la Cruz (Jn 19, 25-27); más tarde, en el momento de Pentecostés, serán ellos los que se agrupen en torno a ella en espera del Espíritu Santo.  María, la Virgen, la Madre, nos enseña que es el amor y donde tiene su origen, su fuerza siempre nueva” (Papa Benedicto XVI. Los caminos de la vida interior. Ed. Chrónica 2011)


 
 
Ojalá que las mujeres del siglo XXI sepamos encontrar en la Virgen María el modelo a seguir para poder decir con el Papa Benedicto XVI: ¿Quién mejor que María podría ser para nosotras la estrella de la esperanza? (La alegría de la fe. Papa Benedicto XVI. Ed. San Pablo 2012)

Recemos a la Virgen en su advocación de <María Auxiliadora>, que no es nueva, sino muy antigua, aunque en la actualidad es poco evocada. Recordemos que todos los Padres y Doctores de la Iglesia, en su gran mayoría, dan a la Virgen Santísima este título admirable. Así por ejemplo San Agustín, al que hemos mencionado antes, siempre pedía la asistencia de la Madre de Dios en las celebraciones litúrgicas de la Iglesia, y era un gran devoto de <María Auxiliadora>.

Son muchísimas las oraciones, que a lo largo de los tiempos se han basado en la devoción a la Virgen María, recordaremos una frase muy hermosa, de una de ellas, para desagravio de aquellas mujeres que no la acogen en su corazón:

“Oh Dios, que por la Inmaculada Virgen, preparasteis digna morada a vuestro Hijo; os suplicamos que, así como a ella la preservasteis de toda mancha en previsión de la muerte del mismo Hijo, nos concedáis también que, por medio de su intercesión, lleguemos a vuestra presencia puras de todo
pecado”



 

 

domingo, 10 de julio de 2016

JESÚS Y EL RETO DE LA EVANGELIZACIÓN: SIGLO IX (3ª Parte)



 
 
 
 
 
San Pablo envió una epístola a la Iglesia de Roma, capital del Imperio, en la que pedía a sus feligreses comprensión, con los más débiles, a la hora de emitir un juicio moral (Rom 14, 1-12):

“Al que es débil en la fe, acogedle sin entrar en discusión puntos de vista. / Pues uno cree que puede comer de todo y, en cambio, el débil come sólo verdura. / El que come, no desprecie al que no come, y el que no come que no juzgue al que come, pues Dios lo ha acogido. / ¿Quién eres tú para juzgar al siervo ajeno? Que se mantenga firme o que caiga es asunto de su Señor. Y se mantendrá en pie, porque el Señor es poderoso para sostenerle. / Pues hay quien distingue entre un día y otro, y ahí quien juzga iguales todos los días: que cada uno siga su propia conciencia. / El que distingue el día, lo hace por el Señor-porque da gracias a Dios- y quien no come, se abstiene en honor al Señor y da gracias a Dios. / Pues ninguno de nosotros vive, ni ninguno muere para sí mismo; / pues si morimos, morimos para el Señor; porque vivamos o muramos, somos del Señor. / Para esto Cristo murió y volvió a la vida, para dominar sobre los muertos y vivos. / Tú, ¿Por qué juzgas a tu hermano? ¿O por qué desprecias a tu hermano? Todos compareceremos ante el tribunal de Dios. / Porque está escrito: <Vivo yo, dice el Señor, ante mí se doblegará toda rodilla, y toda lengua confesará a Dios> / Así pues, cada uno de nosotros  dará cuentas de sí mismo a Dios”

La Carta de San Pablo, alude al hecho de que  entre los feligreses de la Iglesia de la capital del Imperio, existían ciertas discrepancias, concretamente entre los paganos y judíos cristianizados, sobre la obligación o no, de celebrar ciertas  fiestas religiosas, así como sobre la abstinencia o no, del consumo de carne y de vino que se solía vender públicamente. Más aún, algunos pensaban que sólo los espíritus <débiles> se veían en la obligación de seguir las costumbres judías y celebrar sus fiestas por respeto al Patriarca Moisés, así como abstenerse de comer carne y beber vino que por su procedencia podrían estar contaminados por actos idolátricos, y en cambio, los espíritus <fuertes>, se verían liberados de tales obligaciones.

Estas discrepancias podían acarrear para la Iglesia graves consecuencias, y San Pablo dándose cuenta de que algunas pequeñas diferencias de opinión, realmente no eran de índole doctrinal, sino simples escrúpulos sin sentido, escribió su carta a los feligreses romanos con un espíritu conciliador e indulgente. Así se puede seguir apreciando en los siguientes versículos,  de dicha carta:
 
 
 
 
“Tanto si vivimos o si morimos del Señor somos / Pues para esto Cristo murió y retornó a la vida, para dominar sobre vivos y muertos”

Habla también San Pablo en esta misma carta, de la divinidad de Cristo, al cual presenta como Señor de la vida y de la muerte. Por eso dice:

“¿Por qué te atreves a juzgar tú a tu hermano? ¿Por qué lo menosprecias?, si todos finalmente, debemos ser juzgados ante el tribunal de Dios “

Son preguntas importantes que el apóstol realizó a los habitantes de Roma, como pueblo que ya era de Dios, en la Iglesia primitiva, sobre las que todos deberíamos reflexionar en nuestros días, en un mundo tan paganizado y materialista como el de entonces.

Son preguntas que también hicieron los santos Padres, en otras ocasiones, pasados los primeros siglos del cristianismo, a pueblos paganizados, como por ejemplo el siglo IX...

El siglo IX, desde luego, no fue uno de los más ejemplares en lo referente a las comunidades pertenecientes a  la Iglesia de Cristo, pero como dijo el Señor: <quién esté libre de culpa que tire la primera piedra>; ciertamente el ambiente religioso de la Italia del siglo IX, especialmente después del Pontificado de San Nicolás (858-867), corresponde a  una época difícil, mejor dicho caótica, para la institución creada por Cristo, debido esencialmente a las peculiares características históricas de aquellos años, en cierta medida, muy parecidas a las existentes en la época del Imperio Romano y particularmente durante el siglo I después de Cristo, como hemos recordado.

La Iglesia ha pedido perdón, en distintas ocasiones, por boca de sus Papas y autoridades eclesiásticas, por las desviaciones y los perjuicios causados sobre su grey, y por el mal comportamiento de muchos de sus componentes más ilustres.
Pero una vez reconocido todo esto, lo verdaderamente importante  es que Cristo, ha protegido y protegerá a su Iglesia siempre, hasta el fin de los siglos, y por eso, como se suele decir: <Entre las espinas surgieron las rosas de la santidad>, incluso en el siglo IX.

Así lo constata el gran número de santos mártires reconocidos por la Iglesia, durante dicho período de tiempo, especialmente en la Península Ibérica. Son muy dolorosos aquellos casos que se han dado en llamar <Mártires de Córdoba>, cuyos nombres fueron recogidos en los escritos de San Eulogio (800-859), uno de los últimos mártires de la época condenado a morir simplemente por sus creencias religiosas.



 
 
Más concretamente, existe una lista que recoge los nombres de estos mártires cristianos, ejecutados entre los años 850 a 859; en ella aparece tanto hombres, como mujeres, 22 de los cuales eran naturales de la capital de Córdoba y cuatro de la provincia, siendo el resto de otros lugares de la Península y algunos incluso de fuera de ella. Casi todos ellos fueron decapitados, independientemente de su condición de diácono, laico, monja, monje, sacerdote o abad.

Recordaremos, a modo de ejemplo, tan solo otros tres de estos santos  mártires: Natalia, natural de Córdoba (825), de la que sus hagiógrafos cuentan que se casó con Aurelio, profesando ambos el cristianismo, por lo que fueron encarcelados, torturados y finalmente decapitados, el 27 de julio del año 852 y  Teodomiro (851), nacido en el pueblo de Carmona de la provincia de Sevilla (en actualidad es patrón de esta ciudad), del  que se sabe que marchó joven a Córdoba, por el buen ambiente religioso que allí existía a mediados del siglo IX, vivió en el convento de San Zoilo (benedictino) hasta su apresamiento y condena (su muerte se produjo tras haber sido sometido a flagelación y lanceado).

Estos son algunos de los paradigmas extraordinarios de santidad que se dieron durante el siglo IX, en la Península Ibérica, de muchos de los cuales se tiene muy poca información, aunque se sabe, con seguridad, que en todos los casos, las personas afectadas dieron su vida por Cristo y su mensaje, convirtiéndose así en modelos inolvidables para  todos los hombres de buena voluntad.
 
 
 
Estos hechos tuvieron lugar durante el pontificado de uno de los Papas del siglo IX, reconocido santo por la Iglesia Católica, nos referimos a León IV (847-855); fue un hombre culto perteneciente a la orden de los monjes benedictinos, que tuvo que enfrentarse con energía al constante acoso, ataque, y saqueo de las costas de Italia, por parte de los enemigos de la Iglesia. Para evitar este terrible problema, amuralló parcialmente el Vaticano, pero los problemas no quedaron totalmente resueltos y los ataques continuaron con mayor o menor éxito.

Por otra parte, durante su pontificado, en el año 852, tuvo lugar un Sínodo en Soissons, donde se pusieron de manifiesto los peligros del feudalismo, reafirmándose la primacía del Papa, y en el año 853, otro Sínodo, también llevado a cabo en Soissons limitó las aspiraciones del Obispo de Reims,  Hincmaro, evitando así los excesos metropolitanos.

Entre tanto, las costas italianas seguían siendo saqueadas, coincidiendo también, por entonces, la circunstancia de que el Imperio de Oriente fuera amenazado por los búlgaros; en ese momento el emperador era Miguel III (842-867), de la dinastía frigia.

Por otra parte, el Papa San León IV, bajo los auspicios del Emperador Lotario (843-855) dinastía carolingia, logró por fin construir una muralla más fuerte y completa para proteger el recinto ocupado  por el Vaticano, en el que ya se había construido la Basílica de San Pedro. De cualquier forma, esto no fue óbice, para que el enemigo atacara de nuevo Italia y llegara a desembarcar en la isla de Cerdeña, lo cual hizo temer nuevos ataques con el objetivo de   invadir Roma, por lo que el Papa, se vio obligado a pedir ayuda a los napolitanos, los cuales respondieron positivamente a esta llamada de socorro.

 
 
Por todo esto y mucho más, se puede decir, que este Papa fue un hombre valiente y virtuoso, aunque los enemigos de la Iglesia hayan querido,  en ocasiones, obscurecer su imagen con historias perversas y sin sentido.

En el corto período de tiempo de tres años, transcurrido desde la muerte de San León IV y el nombramiento de un nuevo Pontífice, concretamente nos referimos a San Nicolás I (858-867), la silla de Pedro, estuvo sometida a una serie de vaivenes y situaciones poco ortodoxas, que la Iglesia Católica detesta, y que quisiera que nunca hubieran sucedido.

Las leyendas, e interpretaciones erróneas hablan, incluso, de la posible existencia de una mujer ocupando el Vaticano como Papisa, cuestión ésta que la Iglesia ha rechazado siempre rotundamente; de cualquier forma, y a pesar de cualquier tipo de iniquidad, sabemos con seguridad que a un Papa santo como San León IV, le siguió otro nuevo Papa también santo, San Nicolás I, y esto sí es importante para la Iglesia de Cristo…

Este nuevo Papa fue un hombre culto, humilde, caritativo, y sobre todo justo; abolió las torturas y las pruebas judiciales, tanto en ámbitos civiles como religiosos. Tenía un sentido del pueblo cristiano universal; él fue el que acuñó por primera vez el concepto de cristiandad, como gran comunidad, que muy pronto cobró gran importancia y conservó su esencia durante gran parte de la edad media.

Le tocó a San Nicolás además, soportar un período de la historia en el que la Iglesia de Oriente empezaba ya a separarse de la de Occidente, a causa del llamado <Cisma de Focio>.
 
 
 
 
Como buen evangelizador que también era, este Papa, informado de la labor realizada por los hermanos San Cirilo y San Metodio, los llamó a Roma para que explicaran porqué no utilizaban el latín en las ceremonias religiosas. Sin embargo, murió antes de que esta visita se pudiera producir, y fue su sucesor en el pontificado, Adriano II (867-872), quien  recibió a los hermanos con honores, por la labor que estaban realizando y aprobó la liturgia eslava.

A la muerte del Papa Adriano II, le sucedió Juan VIII (872-882), el cual actuando en contra de aquellos que aun difundían la idea de que ningún pueblo tenía derecho a predicar y a llevar a cabo la liturgia en otros idiomas que no fuera el hebreo, el griego o el latín, llegó a exclamar: ¡Que se cumplan las palabras de la Santa Escritura: Que todas las lenguas alaben a Dios!

Estos dos últimos Papas, Adriano II y Juan VIII, pertenecen ya a la época de la Iglesia denominada <caótica>, y se supone que ambos murieron envenenados, lo que demuestra la situación tan peligrosa por la que pasaba el pontificado en aquellos terribles momentos.

Al Papa Juan VIII, le sucedieron los Papas: Mariano II (882-884), y San Adriano III (884-885). Este último renovó la excomunión de Focio (Patriarca de Constantinopla), producida durante el Concilio de Constantinopla (869-870), convocado por el emperador Basilio I durante el Papado de Adriano II.

Por entonces la situación moral de algunos miembros de la jerarquía de la Iglesia, dejaba mucho que desear. El Papa San Adrian III, demostró su valentía contra toda aquella corrupción e incluso se opuso al poder inaudito, por entonces, de los emperadores, declarando mediante un edicto, que los Papas no precisaban del consentimiento imperial para ser nombrados.

 
Fue proclamado santo al poco tiempo de su muerte, que tuvo lugar en Vilzacara, próxima a Módena, aunque esta proclamación popular fue impugnada por sus enemigos, y tuvo que ser mucho más tarde, en el siglo XIX, confirmada por el gran Papa León XIII, el cual reconoció su culto.

Tras la muerte de San Adriano III fue nombrado nuevo Pontífice Esteban V (885-891), el cual llevado de su gran amor a los desamparados recurrió a su propia fortuna para dar asistencia a los pobres, que por entonces abundaban en Roma, y sobre todo  acogida y comida a los niños huérfanos. A la mala situación económica, se unió una plaga de insectos que provocó una miseria mayor aún, entre la población, en aquellos difíciles momento de la historia  de Italia.
En el terreno político sucedió que el Papa, tuvo la necesidad de solicitar la ayuda del emperador Carlos el Gordo, para luchar contra la invasión de los enemigos de la Iglesia que acosaban de nuevo a Italia, en gran parte ya tomada por los mismos; pero la ayuda no llegó a tiempo, pues el emperador murió antes de poder socorrer al Papa.

Tras la muerte de Carlos III el Gordo (888), se inició una serie de luchas intestinas entre los distintos posibles herederos a la corona imperial. Por entonces, en Italia, gobernaba Guido Spoleto, en Alemania tenía el poder Anulfo, mientras que en Francia, gobernaba Eudes.
Sucedió que Guido de Spoleto, un hombre sin escrúpulos, se hizo con todo el poder, por diversas circunstancias que le fueron favorables, pero muy poco ortodoxas, y en el año 891 el Papa Adriano V, se vio forzado, a su pesar, a coronarle emperador.

Al poco tiempo este Papa murió y su sucesor fue el Papa Formoso (891-896), el cual estuvo también muy poco tiempo en la silla de Pedro, presionado por Guido de Spoleto, que le hizo la vida imposible, y le forzó a coronar como emperador y sucesor de la corona a su hijo: Lamberto de Spoleto (896).
El Papa Formoso, dentro de las enormes dificultades de su pontificado y pese a la mala prensa que ha tenido por parte de los enemigos de la Iglesia, fue un buen hombre que trató de hacer las cosas lo mejor posible, aunque casi nunca pudo llevarlas a cabo debido a la coacción de los poderosos políticos de aquella época.

Tras la muerte del Papa Formoso, fue elegido Bonifacio VI, un Papa que según parece fue impuesto por Lamberto de Spoleto, pero que duró poco tiempo como Pontífice, puesto que murió el mismo año de su elección, según parece debido a una enfermedad de gota, aunque algunas crónicas aseguran que fue envenenado. Muerto el Papa Bonifacio, Lamberto de Spoleto, se arrogó el poder de designar nuevo Papa, eligiendo a Esteban VI (896-897). Su pontificado fue también muy corto, y durante el mismo se vio obligado a convocar un Sínodo de los Obispos, acuciado por el emperador y su malvada  madre, Aguirtrudis, con la única misión de desprestigiar al Papa Formoso.
Este sínodo se denominó el <Sínodo del cadáver> porque se hizo exhumar el cuerpo del Pontífice Formoso, vistiendo sus restos con las ropas pontificias, sometiéndolo  a un simulacro de juicio vergonzoso y ridículo.
 
 
 
Fue un sínodo terrorífico en el que se puso de manifiesto hasta qué punto puede llegar la maldad del hombre, cuando se deja llevar por la indignidad y envidia del enemigo común, esto es, Satanás. El cadáver del Papa fue condenado  por crímenes que no había cometido (los muertos difícilmente pueden cometer crímenes), despojado de sus atributos papales, y finalmente decapitado cuando ya era un cadáver, y arrojado sus restos al río Tiber: ¡Hasta dónde puede llegar el desatino y el espíritu diabólico de los seres humanos!

Parece ser, que durante este largo proceso, tuvieron lugar muchas más aberraciones y despropósitos, a pesar de lo cual la leyenda asegura, que los restos de Formoso no desaparecieron en las aguas del río Tiber, sino que fueron recogidos por un pescador, que los escondió de sus mortales enemigos. Según parece, finalizado el pontificado de Sergio III (904-911), los restos del Papa Formoso, fueron por fin encontrados y depositados en el Vaticano, donde yacen en gracia de Dios.
Todavía hubo otros Pontífices en este desgraciado y funesto final del siglo IX, tristemente célebre por la situación de la Silla de Pedro y por los desatinos y corrupción generalizada de gran parte del pueblo, sumamente paganizado. Estos Papas fueron Romano (897), asesinado, Teodoro III (897), envenenado también como el anterior y Juan IX (898-900).

Este último Pontífice había sido Abad de un monasterio benedictino, y como siempre fue elegido Papa con el apoyo del tristemente célebre, para la Iglesia de Cristo, Lamberto de Spoleto. Sin embargo, este Papa, cuenta a su favor, que al menos, convocó un Concilio en Rábena, donde se rehabilitó la figura del Papa Formoso, y además se decretó que la elección de los Papas para que fuera válida podía realizarse en presencia de un representante del emperador, pero recaer sobre un miembro del clero romano, y nunca sobre un laico. Por otra parte, se prohibió el saqueo de los palacios obispales y de las residencias de los  Papas tras su muerte, lo cual era por entonces, según parece, una costumbre muy frecuente entre la población. La historia considera por ello, como el mejor de los llamados <malos Papas> del siglo IX, a Juan IX, que murió a comienzos del siglo X.
A pesar de esta triste historia referente al  Papado, el siglo IX, fue especialmente interesante y eficaz, desde el punto de vista de la evangelización, en otra zona de la actual Europa, nos referimos a la Inglaterra anglosajona, la cual alrededor del año 600, empezó a estar constituida por una serie de reinos y sub-reinos que más tarde dio en llamarse la Heptarquía, donde los cuatro principales estados fueron: Wessex, Anglia Oriental, Mercia y Northumbria (incluía los subreinos de Bernicia y de Ira), y los reinos menores de: Kent, Sussex y Essex. Además existían otra serie de reinos y territorios de menor importancia.

Después de un largo proceso de evangelización, el cristianismo llegó a abarcar los siete principales reinos que constituyeron la heptarquía, aunque parece que siempre existieron roces entre los seguidores del rito romano y los seguidores del rito irlandés.

 
 
 
Los historiadores consideran que entre los siglos VIII y IX, las islas fueron atacadas por diversos pueblos nórdicos, entre los que se encontraban  los daneses y los noruegos, estos invasores recibieron el nombre de wikingos, por sus procedencias escandinavas. Atacaban principalmente las Iglesias y monasterios cristianos, donde ellos consideraban que podían existir mayores riquezas en aquellos tiempos.

Hacia principios de la segunda mitad del siglo IX, los daneses organizaron un  ejército: el <gran ejército pagano>, al cual se unieron otros ejércitos de distintos países, de forma que en unos diez años, consiguieron apoderarse de casi todos los reinos anglosajones; concretamente Northumbria en el 867, Anglia Oriental, en el 869, y gran parte de Mercia entre los años 874 y 877.

Toda la riqueza cultural y religiosa de la Inglaterra anglosajona, cayó bajo el poder de estos pueblos invasores; en la práctica solamente el reino de Essex salió indemne de este brutal ataque, pero en el año 878 durante el pontificado de Juan VIII (872-882), un rey anglosajón llamado Alfredo, logró formar un ejército poderoso, el cual fue capaz de derrotar a los vikingos en Edington.

Los ejércitos enemigos retrocedieron, y se afincaron fuera de Essex, y finalmente firmaron un acuerdo de paz con los anglosajones, consintiendo incluso, en algunos casos, aceptar el cristianismo como su religión.
 
 
El rey Alfredo el Grande, fue un hombre, muy piadoso y considerado para  sus súbditos, los cuales le estimaron desde un principio, hecho que puede considerarse muy satisfactorio, si tenemos en cuenta que ello ayudó enormemente a mantener y aumentar el cristianismo entre el pueblo anglosajón.


Este monarca era hijo de un rey que también había sido cristiano, concretamente Ethelwulfo (839-858), cuyas ambiciones no se centraron tanto en el tema político, como en llevar una vida ejemplar desde el punto de vista religioso, este hombre digno de ser rey, tuvo seis hijos, siendo Alfredo el más joven de los varones.
Uno de los primeros actos de Ethelwulfo al ser nombrado rey de Essex, fue dividir el reino, dando a su hijo mayor Athelstan la mitad de la zona éste, donde se encontraban los reinos menores de Kent, Essex, Surrey y Sussex, que formaban parte de la Heptarquía.

Sólo mantuvo para sí mismo, este generoso rey, la zona oeste de Essex (Hampshire, Wiltshire, Dorset y Devont). Fue un gran luchador  en la defensa de su patria contra los vikingos, logrando algunas importantes batallas como la de Aclea, pero la religión era lo más importante para él, y por eso, ya el primer año de su reinado, visitó Roma como un peregrino más, siendo por entonces Papa, Gregorio IV (827-844), un Papa al que se debe entre otros beneficios para la Iglesia de Cristo, la celebración de la fiesta, que ha llegado hasta nuestros días, de <Todos los Santos>.

 
 
 
Este rey cuidó mucho de la educación religiosa de sus hijos, pues  se sabe que en el año 853, envió a su hijo Alfredo a Roma, y poco después, también él, visitó la ciudad santa, donando a la Iglesia Católica algunos bienes, que fueron muy bien empleados, el por entonces Papa San León IV (847-855), en beneficio sobre todo de los pobres y en la mejora de algunas ceremonias litúrgicas, por otra parte, imprescindibles para alcanzar una mayor devoción de los asistentes a las mismas.


Demostró, así mismo, este rey, su enorme bondad y tolerancia, cuando al regreso de Roma, se encontró que habiendo muerto su hijo mayor, su segundo hijo y heredero Ethelbaldo, le fue infiel,  queriendo apoderarse de todo Wessex. En lugar de iniciar una guerra civil contra él, por el contrario, fue generoso y consintió en entregar prácticamente todo el reino a éste, su segundo heredero, aceptando quedarse  solamente con  Surrey, Sussex y Essex, donde gobernó hasta su muerte en el año 860.
 
 
Siempre se ha dicho aquello de <de tal palo tal astilla>, y esto se cumplió plenamente en el hijo menor de Ethelwulfo, Alfredo, (cuarto en la línea de sucesión), que además de hombre religioso, resultó ser un gran rey para su país, mejorando la educación y las leyes, consiguiendo que incluso los daneses a los que había derrotado en la batalla de Edington (Wilshire), de forma decisiva, llegaran a  aceptar el cristianismo, por lo que es reconocido santo por la Iglesia anglicana. Fue nombrado rey de Wessex en el año 871 tras la muerte en batalla del por entonces rey de Inglaterra, su  hermano Stelvedo  I (tercero en la línea de sucesión), y murió joven, en el año 899, dejando tras de sí una gran labor política, social, y religiosa para su reino.


Hubo en Inglaterra en el siglo IX otros reyes santos, entre los que podemos destacar a San Edmundo, rey de la Anglia  Oriental, venerado por las Iglesias: católica, ortodoxa y anglicana, como mártir.
Su vida se conoce gracias a las crónicas escritas por un monje anónimo y algunas leyendas populares de su época, nació este santo hacia el año 841, produciéndose su fallecimiento según se cree, en el año 870, a manos de los invasores daneses, que le encadenaron, y lo condujeron a Hinguard, donde pretendían que renegara de la religión católica. Su martirio tuvo lugar en Hoxne (Suffolk), donde, después de ser apaleado, lo ataron a un árbol y le desgarraron la piel a latigazos. En medio de tantas torturas a las que fue sometido el santo varón, seguía proclamando el nombre de Jesús, de forma que sus enemigos desesperados, le lanzaron flechas hasta que su cuerpo estuvo completamente agujereado, y no contentos con esto, finalmente le decapitaron.

La leyenda cuenta que a los catorce años, había sido coronado rey por San Humberto, en el año 855 en Burna, capital del reino (Anglia Oriental). En seguida se destacó por su justicia y caridad con los más necesitados de su reino,  así como por  su gran fervor religioso, que le llevó según se cuenta a memorizar el libro de los Salmos del Antiguo Testamento, recitándolos con fervor. Nunca quiso enfrentarse en batalla a los daneses, y por eso, se retuvo en oración en la torre de Hunstanton, lo que aprovechó el enemigo para atacar Anglia en el año 869. Prefirió este rey el martirio, antes que renunciar a Cristo, dando un ejemplo inestimable a los cristianos de todos los tiempos.
 
 
 
 
Debemos tener en cuenta, a este respecto, que los mártires soportan todos los sufrimientos y penalidades sin fin, porque el Espíritu Santo los fortalece, ante las injusticias y las dificultades, a las que se tienen que enfrentar. Así lo enseñaba San Cirilo de Jerusalén a sus discípulos; en su primera catequesis dedicada a la tercera persona de la Santísima Trinidad, el Espíritu Santo ó Paráclito aseguraba:

“Se le llama Paráclito, porque consuela, fortalece con sus exhortaciones y nos ayuda en nuestras debilidades, <pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene, más el Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables (Rm 8,26)…
A menudo alguien, víctima de injurias, por causa de Cristo, padece injustamente el desprecio. Le amenazan con el martirio y los tormentos por doquier: el fuego y la espada, las bestias y el precipicio. Pero el Espíritu Santo sugiere: <Espera en Yahvé> (Sal 27,14)... Es poca cosa lo que te sucede, pero es grande lo que se te dará. Tras padecer un momento breve, estarás eternamente en compañía de los ángeles. Los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se manifestará… (Rm 8,18).

El Espíritu describe al hombre el reino de los cielos, le muestra el paraíso de las delicias, y los mártires, presentes a la vista de sus jueces pero ya en el paraíso, en cuanto a su energía y su poder, pueden así despreciar la dureza de lo que ven…>”

 
 
Habrá sin embargo personas, que una vez leídas estas enseñanzas de San Cirilo pueda aún hacerse esta pregunta ¿Cómo con la fuerza del Espíritu Santo pueden los mártires dar tan tremendos testimonios?
A esta pregunta, San Cirilo, respondía así en la misma catequesis:


“El Salvador dice a los discípulos: <Cuando os lleven a las sinagogas ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis de cómo o con qué os defenderéis, o qué diréis, porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel mismo momento, lo que conviene decir> (Lc 12,11-12).

 
 
 
 
Pues es imposible padecer el martirio por dar testimonio de Cristo si no se sufre con la fuerza del Espíritu Santo. Pues si <nadie puede decir, Jesús es Señor, sino con el Espíritu Santo> (I Cor 12,3): ¿Quién dará la vida por Jesús si no es por el Espíritu Santo?”

 

                                                    


 

lunes, 4 de julio de 2016

SATANAS ARTIFICE DE LA MUERTE


 
 
 
 



Todos estamos llamados a reconocer la importancia que tuvo el hecho de que Jesús se sometiera, como cualquier hombre, a las tentaciones del diablo durante su estancia en el desierto:

“Estamos llamados a reconocer el valor integral del desierto como lugar de una particular experiencia de Dios, como sucedió con Moisés (Ex 24,18), con Elías (1 R 19, 8), y sobre todo con Jesús que <conducido> por el Espíritu Santo, aceptó realizar la misma experiencia: el contacto con Dios Padre en lucha contra las potencias opuestas a Dios. Su experiencia es ejemplar, y nos puede servir como lección sobre la necesidad de la penitencia, no para Jesús, que estaba libre de pecado, sino para nosotros” (Audiencia General. Sábado 21 de julio de 1990. Papa San Juan Pablo II).

Sí, Jesús sabía que había sido enviado por el Padre para salvar a los hombres, y sabía que su opositor, en este sentido, era Satanás el <artífice de la muerte>. Él aceptó el reto, por un lado de ocupar un lugar entre los pecadores, como ya había hecho al aceptar bautizarse en agua por el Bautista, con objeto de servir de ejemplo para todos nosotros, y por otra parte, aceptó así mismo, en virtud de la <unción> del Espíritu Santo, someterse a las tentaciones del diablo en el desierto, saliendo victorioso como era de esperar, de las trampas propuestas por el <artífice de la muerte>, también para ejemplo de toda la humanidad.   
 
 



El libro de la Sabiduría nos presenta a Satanás como el <artífice de la muerte>, y esta muerte la relaciona a su vez con la injusticia, esto es, el pecado. Este libro ha sido conocido desde antiguo como: <Sabiduría de Salomón>; pero comprobado el hecho  de que fue escrito en el siglo II a. C, se puede asegurar, que no fue su autor el rey sabio.

Mas bien,  en la actualidad, se cree que con objeto de prestar una mayor autoridad a lo que se dice en dicho libro, sus enseñanzas se ponen en labios de Salomón, y se dirigen a los reyes y gobernantes de la tierra, aunque no sean éstos los únicos que deberían leerlo, por la excelencia de sus consejos. Así por ejemplo, en el caso concreto que estamos considerando, es decir, el hecho de que Satanás es el <artífice de la muerte> y del pecado, podemos leer en dicho libro los siguientes razonamientos de los <impíos frente a los hombres justos> (Sab 2,10-20):

-Oprimamos al pobre inocente, no tengamos compasión de la viuda, y no respetemos las canas venerables del anciano.

-Sea nuestra fuerza la norma de la justicia, pues lo débil es evidente que de nada sirve.

-Acechemos al justo, que nos resulta fastidioso: se opone a nuestro modo de actuar, nos reprocha las faltas contra la Ley…

-Lleva una vida distinta de todos los demás y va por caminos diferentes…



-Proclama dichoso el destino de los justos, y presumen de tener un Padre Dios.

-Veamos si es verdad lo que dice, comprobando como es su muerte…

-Lo someteremos a ultrajes y torturas, para conocer su temple y comprobar su resistencia.

-Lo condenaremos a muerte ignominiosa, pues según dice, Dios lo salvará

 Estas últimas palabras nos recuerdan las pronunciadas por aquellos otros hombres que ajusticiaron a Jesús, nuestro Salvador, y de hecho, el sentir de los Padres de la Iglesia, es que estos versículos son <cristológicos> pues reflejan a la perfección de forma profética en el siglo II antes de la venida del Mesías, lo que sucedió durante la Pasión y Muerte de Jesucristo.



Tras las propuestas injustas y pecadoras de los impíos, sanguinarios e inclementes contra los hombres de comportamientos recto y justo, el libro de la Sabiduría nos aclara que este comportamiento sería un error fatal, pues el juicio de Dios es otro muy distinto (Sad. 2,21-24):

-Así piensan los impíos, pero se equivocan pues los ciega la maldad.

-Ignoran los secretos de Dios, no confían en el premio de la virtud, ni creen en la recompensa de los intachables.

-Dios creó al hombre para la inmortalidad, y lo hizo a imagen de su propio ser;

-más por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y tienen que sufrirla los que le pertenecen

 
Ciertamente  los que le pertenecen son los pecadores, los injustos e inclementes con Dios, y con sus semejantes. Los mentirosos, los que practican la mentira con asiduidad y sin arrepentimiento son hijos del maligno, y no creen en Cristo como el mismo aseguraba (Jn 8,45-47):

-Más a mí, por lo mismo que os digo la verdad, no me creéis,
-¿Quién de vosotros me convence de pecado si digo la verdad?, ¿Por qué vosotros no me creéis?

-El que es de Dios, escucha la palabra de Dios; por eso vosotros no me escucháis, porque no sois de Dios.

 Es evidente, todo aquel que se deja llevar por los consejos engañosos de Satanás, puede caer en sus redes, si no escucha la Palabra de Dios, ni recuerda que el diablo es mentiroso, que no se mantiene en la verdad, es decir en la objetividad de las cosas.

El diablo en su soberbia, no queriendo reconocer su situación real frente al Creador, se aleja de la Verdad absoluta, esto es, del Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra y de todas las cosas, al que se debe total adhesión, lealtad, y sobre todo amor.
Rechazando la Verdad absoluta de Dios, con un acto de su libre voluntad, Satanás se convirtió en mentiroso cósmico y padre de la mentira. Por esto vive en la radical e irreversible negación de Dios y trata de imponer a la creación, a los otros seres creados a imagen de Dios, y en particular a los hombres, su trágica mentira sobre  Dios.



En el libro del Génesis encontramos una descripción precisa de esa mentira y falsificación de la verdad de Dios, que Satanás (bajo la forma de serpiente) intenta transmitir a los primeros representantes del género humano: Dios sería celoso de sus prerrogativas e impondría por ello límites al hombre (Gen 3,5). Satanás invita al hombre a liberarse de este juego, haciéndose como Dios.

En esta condición de mentira existencial se convierte, según San Juan, también en homicida, es decir, destructor de la vida sobrenatural que Dios había injertado desde el comienzo en él y en las criaturas <hechas a imagen de Dios>: los otros espíritus puros y los hombres; Satanás quiere destruir la vida según la verdad, la vida en la plenitud del bien, la vida sobrenatural de gracia y amor. El autor del libro de la Sabiduría escribe:

“Por envidia entró la muerte en el mundo y la experimenta los que le pertenecen”



Aún estando ausente de pecado, Jesús fue sometido también, por parte de Satanás, a la seducción de sus mentiras. Si observamos detenidamente las tentaciones sufridas y superadas por Jesús durante su estancia de cuarenta días en el desierto, a donde le había conducido el Espíritu Santo, se observa de inmediato que ello está íntimamente relacionado con la oposición de Satanás, a la llegado del Reino de Dios al mundo de los hombres.

Tal como nos advierte el Papa San Juan Pablo II (Ibid):

“Las respuestas dadas por Jesús al tentador desenmascaran las intenciones esenciales del <artífice de la muerte> (Jn 8,44) que intenta, de forma perversa, servirse de las palabras de la escritura para alcanzar sus fines. Pero Jesús le rebate  sobre la base de la misma palabra de Dios, aplicada correctamente”



En efecto, en el Evangelio de San Lucas  podemos leer la siguiente descripción de las tentaciones de Jesús (Lc 4,3-13)

-Entonces el diablo le dijo: <si eres hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan>.



*Jesús le respondió: <está escrito: No sólo de pan vive el hombre>.


-Luego el diablo lo llevó a un lugar alto, le mostró todos los reinos del mundo en un instante
-y le dijo: <te daré todo este imperio y el esplendor de todos estos reinos, porque son míos y se los doy a quien quiero.

-Si te pones de rodillas y me adoras, todo será tuyo>.
 


*Jesús respondió: <está escrito: al Señor tu Dios adorarás y a Él sólo servirás>.


-Entonces lo llevó a Jerusalén, lo subió al alero del templo y le dijo: <si eres hijo de Dios, tírate de aquí abajo;
-porque está escrito: ordenará a sus ángeles que cuiden de ti,

-que te lleven en las manos para que no tropiece tu pie con ninguna piedra>.

*Jesús le respondió: <también está escrito, no tentarás al Señor tu Dios>.

 
 

 
Como asegura el Papa San Juan Pablo II (Ibid):

“En el trasfondo de todas las tentaciones latía  la perspectiva de un mesianismo político y glorioso, tal y como se había difundido y había penetrado en el pueblo de Israel.

El diablo intenta inducir a Jesús para que haga suya esta perspectiva porque es el adversario del designio de Dios, de su Ley, de su economía de salvación, y, por lo tanto, de Cristo, como se deduce por el Evangelio y por otros textos del Antiguo Testamento.

Si Cristo también hubiese caído, el imperio de Satanás que se jacta de ser el dueño del mundo (Lc 4, 5-6), habría obtenido la victoria final en la historia. El momento de la lucha en el desierto es, por lo tanto, decisivo”.

Satanás el artífice de la muerte, se jacta en efecto, frente al  Verbo de Dios, de ser el dueño del mundo, una ofensa terrible a la <Verdad absoluta>, por eso Jesús le contestó: <Está escrito, no tentarás al Señor tu Dios> 


En el Catecismo de la Iglesia Católica, nos informan de manera clara y concisa sobre el tema de la ofensa a la <Verdad absoluta>. Recordaremos algunas de estas enseñanzas a título de ejemplo, aunque todas merecen ser leídas y sopesadas para tener la conciencia tranquila sobre este tema tan importante:

“Una información contraria a la verdad posee una gravedad particular cuando se hace públicamente. Ante un tribunal viene a ser un falso testimonio (Pr 19,9) Cuando se pronuncia bajo juramento se trata de perjurio. Estas maneras de obrar contribuyen a condenar a un inocente, a disculpar a un culpable, o, a aumentar la sanción con la que ha incurrido el acusado (Pr 18,5); compromete gravemente el ejercicio de la justicia y la equidad de la sentencia pronunciada por los jueces...
La mentira es la ofensa más directa contra la verdad. Mentir es hablar u obrar contra la verdad para inducir a error al que tiene derecho de conocerla. Lesionando la relación del hombre con la verdad y con el prójimo, la mentira ofende el vínculo del hombre y de su palabra con el Señor.
La mentira por ser una violación de la virtud de la veracidad, es una verdadera violación hecha a los demás. Atenta contra ellos en su capacidad de conocer, que es la condición de todo juicio y toda decisión…
La mentira es funesta para toda sociedad: socava la confianza entre los hombres y rompe el tejido de las relaciones humanas”.

 


La mentira no solo socava la confianza entre los hombres y rompe el tejido de las relaciones humanas;  la mentira de unos hombres condujo a Cristo, el Unigénito de Dios, hasta su Pasión y Muerte en la Cruz, por eso Jesús, al ser interrogado por Poncio Pilato sobre si era el rey de los judíos, afirmó (Jn 18, 37):
“Soy rey como tú dices. Y mi misión  es dar testimonio de la verdad. Precisamente para eso nací y vine al mundo. Todo el que pertenece a la verdad escucha mi voz”

Pilato no encontrando culpa alguna en Jesús quiso perdonarlo e incluso ofreció cambiarlo  por un bandido, pero los que había escuchado a Satanás, el <artífice de la muerte>, gritaron con rabia:

¡No, a ese no! ¡Deja en libertad a Barrabás!