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viernes, 9 de septiembre de 2016

JESÚS DIJO (XXII): TRABAJOS PUBLICADOS POR MRM.MARUS


 
 
 
 






*JESÚS Y EL RETO DE LA EVANGELIZACIÓN: SIGLO IX (2ª PARTE)  (3/6/16)

 

 

*JESÚS MURIÓ REALMENTE EN LA CRUZ PERO LUEGO RESUCITÓ  (22/6/16)

 

 

*HASTA QUE VENGA EL HIJO DEL HOMBRE  (26/6/16)

 

 

*SATANAS ARTIFICE DE LA MUERTE  (4/7/16)

 

 

*JESÚS Y EL RETO DE LA EVANGELIZACIÓN: SIGLO IX (3ª PARTE)  (10/7/16)

 

 

*LA IGLESIA CATOLICA Y EL FEMINISMO (I)  (18/7/16)

 

 

 

 

 

 

 

 

Santa Biblia (Traducida de los textos originales en equipo bajo la dirección del Dr. Evaristo Martín Nieto. Ed. San Pablo 1988)

 

SEGUNDO VIAJE DE PABLO

 

Bernabé  se separa de Pablo.

 

 

Pasados unos días, Pablo dice a Bernabé: “Volvamos a visitar a los hermanos por todas las ciudades en que anunciamos la palabra del Señor, a ver cómo están”

Bernabé quería llevar también a Juan Marcos. / Pablo, en cambio juzgaba que no debían llevar al que los había dejado en Panfilia y no los había acompañado en la tarea / Discutieron entre ellos, y terminaron por separarse el uno del otro. Bernabé tomó consigo a Marcos, y embarcó hacia Chipre; / Pablo escogió a Silas y partió, después de encomendarlo los hermanos a la gracia del Señor. / Recorrió Siria y Silicia, confirmando en la fe a las Iglesias

 

Timoteo

 

Llegó a Derbe y luego a Listra, donde había un discípulo llamado Timoteo, hijo de una judía creyente y de padre griego / Los hermanos de Listra e Iconio hablaban muy bien de él / Pablo quiso llevárselo con él, y lo circuncidó en consideración a los judíos que había en aquellos lugares, pues todos sabían que su padre era griego. /Según iban pasando por las ciudades, les comunicaban, para que los guardaran, los decretos dados por los apóstoles y los presbíteros de Jerusalén. /Las Iglesias se reafirmaban en la fe y aumentaban en número de día en día

 

Pablo llamado a Europa

 

Atravesaron Frigia y la región de Galia, pues el Espíritu Santo les impidió anunciar la palabra en Asia / llegaron a Misia e intentaron entrar en Bitinia, pero el espíritu de Jesús no se lo permitió. / Cruzaron, pues, Misia, y bajaron a Trôade. / Durante la noche Pablo tuvo una visión: un macedonio, puesto en pie, le suplicaba: ven a Macedonia y ayúdanos. / Inmediatamente después de la misión intentaron pasar a Macedonia persuadido de que Dios los había llamado para evangelizarlos

 

En Filipos

 

Zarpamos de Trôade y fuimos derecho a Samotracia; al día siguiente a Neápolis, / y de allí a Filipos, ciudad del primer distrito de Macedonia, colonia romana en la que permanecimos unos días / el sábado salimos fuera de la ciudad y fuimos por la orilla del río, donde pensábamos que estaba el lugar de oración. Nos sentamos y nos pusimos hablar con las mujeres que se habían reunido / una mujer llamada Lidia, vendedora de púrpura, de la ciudad de Tiatira, fiel a Dios, nos estaba escuchando. El Señor abrió su corazón para que aceptase las cosas que Pablo decía / después de haber sido bautizada con toda su familia, nos suplicó: si consideráis que soy fiel al Señor, venid y quedaos en mi casa. Y nos obligó a ello / otra vez, cuando íbamos al lugar de la oración, nos salió al encuentro una muchacha que tenía un espíritu adivinador, la cual con sus adivinaciones procuraba a sus amos muchas ganancias / iba detrás de Pablo y de nosotros gritando: estos hombres son siervos de Dios Altísimo, y os anuncia el camino de la salvación / esto lo hizo muchos días, hasta que Pablo, ya cansado, se volvió y dijo al espíritu: en nombre de Jesucristo te mando salir de ella. Y en el mismo instante salió. / Sus amos, al ver que había desaparecido la esperanza de su ganancia, prendieron a Pablo y a Silas y los llevaron a la plaza pública ante las autoridades / los presentaron a los pretores y dijeron: estos hombres alborotan nuestra ciudad. Son judíos / y predican costumbres que nosotros, siendo romanos, no podemos aceptar ni practicar. / La gente se sublevó contra ellos, y los pretores mandaron que los desnudaran y les dieran de palos. / Después de haberles dado muchos palos, los metieron en la cárcel, encargando al carcelero que los tuviera bien seguros; / él, al recibir tal orden, los metió en la celda más segura, y sujeto sus pies en el cepo. / Hacia la media noche estaban en oración cantando himnos a Dios, y los presos escuchaban / de repente se produjo tan gran terremoto que se conmovieron los cimientos de la cárcel; se abrieron todas las puertas de la cárcel y se soltaron las cadenas de todos. / El carcelero se despertó y, al ver abiertas las puertas de la cárcel, creyendo que los presos se habrían fugado desenvainó la espada para matarse. / Pablo le gritó: no te hagas daño, que todos estamos aquí / él pidió una luz, entró y se echó temblando frente a Saulo y Silas; / los sacó fuera y dijo: señores ¿Qué debo hacer para salvarles? / Ellos les dijeron: cree en Jesús, el Señor, y te salvarás tú y tu familia. / Y le anunciaron la palabra del Señor a él y a todos los que había en su casa / A aquellas horas de la noche, el carcelero les lavó las heridas, y seguidamente se bautizó él con todos los suyos. / Los subió a su casa, puso la mesa y celebró con toda su familia el haber creído en Dios. / Al llegar el día, los magistrados mandaron a los alguaciles a decir al carcelero: pon en libertad a esos hombres / el carcelero dijo a Pablo: los magistrados han ordenado que seáis libertados. Salid, pues, y marchad en paz / Pablo les dijo: nos han apaleado públicamente y, sin juzgarnos, a pesar de ser ciudadanos romanos, nos han metido en la cárcel, y ¿Ahora quieren sacarnos? / Pues no; que vengan ellos a sacarnos. Los alguaciles llevaron la respuesta a los magistrados, los cuales, al oír que eran romanos, tuvieron miedo / fueron y les pidieron excusas; los sacaron y les suplicaron que se fueran de la ciudad / salieron de la cárcel y fueron a casa de Lidia; vieron a los hermanos, los animaron y se fueron

 

En Tesalónica

 

Pasaron por Anfípolis y Apolonia, donde los judíos tenían una sinagoga / Pablo, según su costumbre, se presentó allí, y durante tres sábados discutió con ellos sobre las escrituras, / explicando y probando que el Mesías debía padecer y resucitar de entre los muertos; y el Mesías, decía, es el Jesús que yo os anuncio / algunos de ellos se convencieron y se unieron a Pablo y a Silas, así como muchos prosélitos griegos y buen número de mujeres nobles / los judíos, llevados por la envidia echaron mano de unos malhechores, que provocaron tumultos y alborotaron a la ciudad. Se presentaron ante a la casa de Jasón para llevarlo ante la plebe; / al no encontrarlos, arrastraron a Jasón y algunos hermanos ante los magistrados, gritando: éstos, que han revolucionado el mundo entero, se han presentado también aquí, / y Jasón los ha hospedado. Todos éstos actúan contra los decretos del César, diciendo que hay otro rey, Jesús / La plebe y los magistrados, al oír esto, se alarmaron; y exigieron una fianza a Jasón y a los restantes para ponerlos en libertad

 

 

viernes, 2 de septiembre de 2016

JESÚS Y EL RETO DE LA EVANGELIZACIÓN: SIGLO X (2ª Parte)


 
 
 
 




Como diría en su día el Papa Benedicto XVI:

“El Espíritu Santo, esperado y acogido en la oración, infunde en los creyentes la capacidad de ser testigos de Jesús y de su evangelio. Soplando sobre la vela de la Iglesia, el Espíritu divino la impulsa continuamente a <remar mar adentro>, de generación en generación, para llevar a todos la Buena Nueva del amor de Dios, revelado plenamente en Cristo Jesús, muerto y resucitado por nosotros”

 

Con estas palabras admirables el Papa Benedicto XVI alentaba a la juventud un domingo 6 de julio del año 2008, ante la perspectiva próxima de la <XXIII Jornada Mundial de la Juventud>. Él les aseguraba a los jóvenes también, que dicha jornada se anunciaba ya como un renovado <Pentecostés>, ya que las comunidades desde hacía un año se habían preparado muy bien con el lema: <Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá a vosotros, y seréis testigos> (Hch 1,8).

Y así fue, desde el mismo momento en que los jóvenes y los no tan jóvenes llegaron a Sídney, fueron acogidos extraordinariamente por las gentes de este pueblo, compartiendo con los que llegaban, la fuerza del Espíritu Santo.

Este es el espíritu evangelizador que debe impregnar toda aquella labor realizada a favor del anuncio de la Palabra del Señor, del anuncio del Reino de Dios. También en el siglo X hubo verdaderos evangelizadores, transmisores de la Palabra de Dios, aunque este siglo al igual que el anterior no fue uno de los más propiciatorios para la Iglesia de Cristo. Sin embargo y a pesar de todo, hay algo que deberíamos recordar los cristianos de todos los tiempos, teniendo en cuenta, el punto de vista de la Iglesia, nos referimos al hecho admirable de que por entonces empezaron ya los cristianos a interesarse más por los llamados <Santos Lugares>, esto es, por aquellos parajes que habían sido recorridos por Jesús durante su primera estancia entre los hombres.

Realmente, en el siglo X, a pesar de las constantes perturbaciones provocadas por las guerras y conflictos armados, los <Santos Lugares>, permanecían abiertos a  posibles visitas de extranjeros, ya que todavía no se había tomado en cuenta la  consideración de cerrarlos a los mismos. De esta forma, gran cantidad de obispos, príncipes, caballeros, e incluso gente del pueblo llano, se trasladaban desde Europa, aunque fuera a pie, a Jerusalén y sus alrededores, con el firme propósito de sentir de cerca las experiencias vividas por  los discípulos del Mesías, durante los tres años de la vida pública de Éste. 

Por entonces, Europa estaba sometida a constantes problemas, a causa  de las disputas territoriales entre las distintas fuerzas de poder existentes en aquellos  tiempos, lo que dio pie a un nuevo sistema económico y político que se ha dado en llamar: <feudalismo>.

Recordemos que la dinastía Carolingia prevaleció en Occidente desde el siglo VIII hasta el siglo X, pero los emperadores  sucesores de Carlomagno (800-814), y en particular los correspondientes a la primera mitad del siglo X (Luis III el Ciego y Berengario de Friuli), no estuvieron al nivel político, ni al nivel religioso de éste. Más concretamente, al iniciarse el siglo X, el emperador reinante Luis III el Ciego (901-905), nombrado por el entonces Papa Benedicto IV, constituye un claro ejemplo de la maldad que por entonces reinaba en la Corte, ya que su sobrenombre recuerda el hecho ignominioso y deleznable de haber sido cegado por mandato del que sería posteriormente su sucesor en el trono, Berengario de Friulí (905-924), el cual después de varias confrontaciones armadas, llego a vencerle en  en el campo de batalla.

Berengario de Friulí rey de Italia (888-889), siempre aspiró a ser nombrado emperador y al fin lo consiguió, siendo Papa  Juan X (Juan de Tosignano (914-928)), nombrado Pontífice bajo el protectorado de Teodora, influyente esposa de Teofilacto  (poderoso noble, cónsul, senador romano y conde de Tusculum).

Sucedió que el Papa (Juan X), se vio acorralado por fuerzas enemigas a la Iglesia  y para rechazarlas, firmo un pacto con Berengario, tras la  formación de una liga militar, en la que también intervino el príncipe normando Campania; finalmente se resolvió el problema suscitado por los posibles invasores, tras la gran batalla de Garellano (915). El Pontífice en agradecimiento a la ayuda prestada  por Berengario lo corono emperador, a pesar del  mal comportamiento, que éste había tenido con su antecesor en  el trono.

El reinado de este nuevo emperador se prolongó hasta el año 924, año en el  que Rodolfo II de Borgoña, rey de Italia (912-937) le derrotó en la batalla de Fiorenzuela, ello le obligó a retirarse hacia Verona, donde poco después fue asesinado, posiblemente por sus propios hombres.

El sucesor al trono, como primer emperador del Sacro Imperio Romano- Germánico, fue Otón I (Duque de Sajonia y rey de Italia), el cual en el año 962, tras la petición de ayuda de un Pontífice, en este caso,  del Papa Juan XII, consiguió ser coronado por éste,   implantándose de esta forma, por segunda vez, un Imperio en Occidente y dando comienzo así, al mayor estado territorial  del Viejo Continente,   el cual duraría hasta principios del siglo XIX.

Poco después, Otón I, se enfrentó al Papa que le había coronado, descontento con su comportamiento (Había roto un pacto de fidelidad a él), marchando sobre Roma con sus tropas, aunque los romanos no aceptaron de buen grado la imposición de un nuevo Papa, concretamente  de León VIII (963-965).

Otón II fue nombrado corregente con su padre Otón I en el año 961 y alcanzó la corona de emperador, junto con él, en el 967 y de esta forma, a la muerte de su padre en año 973 siguió siendo emperador sin necesidad de ser de nuevo coronado.

Este nuevo emperador continuó con la política iniciada por su padre, fortaleciendo políticamente el poder de  Alemania; no en balde él era así mismo rey de este país y trató de extender este poder anexionándose algunos territorios de Italia y al mismo tiempo enfrentándose al rey de Francia, Lotario, con el cual sin embargo, llegó finalmente a firmar un tratado de paz en el año 980 por el que Lotario renunciaba a los territorios de Lorena a cambio del reconocimiento de los derechos de su hijo Luis V, y la  aprobación del emperador Otón II.

En el año 981 Otón II se enfrentó a los ejércitos enemigos establecidos en la costa meridional de Calabria, siendo brutalmente derrotado por éstos, lo que provocó la sublevación de los daneses, que aprovechando la debilidad de Alemania en aquellos momentos, se atrevieron a cruzar las fronteras del Imperio destruyendo a su paso parte de la labor evangelizadora que el emperador Otón I había llevado a cabo durante su reinado.

Otón II falleció en el año 983 en Roma, tras haber conseguido meses antes coronar a su hijo rey en Verona, pero tenía éste, por entonces, sólo tres años y fue su madre, Teofanía, nombrada regente hasta su muerte en el año 991; siendo todavía muy joven para ser nombrado emperador (Otón III), la abuela paterna Adelaida de Borgoña, sucedió en la regencia a la madre de éste y solo en el año 991 pudo por fin ejercer su autoridad, a la corta edad de quince años.

A finales del siglo X los enfrentamientos fuera y dentro del Imperio eran constantes, y así la vida de los Pontífices en Roma, se encontraba, casi siempre, en constante peligro. Precisamente esto fue lo que le sucedió al Papa Juan XV (985-996), que tuvo que huir a la región de la Toscana y pedir ayuda a Otón III, para sofocar una rebelión de la familia del noble  Crescencio. El Papa pudo regresar a Roma siendo recibido con gran alegría por su grey, mientras los Crescencio abandonaron el lugar.

A la muerte del Papa Juan XV, Otón III favoreció la elección del nuevo Pontífice en la persona de Bruno de Carintia, que tomó el nombre de Gregorio V (996-999). En agradecimiento, el nuevo Papa coronó emperador a Otón III (996-1002), e hizo bien en este caso, porque resultó ser un monarca profundamente religioso y ascético que realizó algunas peregrinaciones a Roma y al sur de Italia, visitando también la tumba del obispo Adalberto de Praga (Mártir) en Gniezno (actual Polonia), y fundando así mismo el arzobispado de Polonia. En general se puede decir  que este monarca, con su labor, contribuyó en gran medida a la evangelización de Polonia y de Hungría.

El final de este excelente emperador no fue bueno, porque  murió en extrañas circunstancias, no se sabe,  si  a consecuencia de una enfermedad o por causa de un envenenamiento. Su cuerpo fue trasladado a Alemania y enterrado en Aquisgrán, aunque en la actualidad no se conoce a ciencia cierta el lugar exacto de su tumba.

Fueron tiempos difíciles, sin duda, los vividos por los Papas durante este siglo X; recordemos que estos fueron: Benedicto IV (900-903), León V (903), Sergio III (904-911), Anastasio III (911-913), Landón (913-914), Juan X (914-928), León VI (928), Esteban VII (928-931), Juan XI (931-935), León VII (936-939), Esteban VIII (939-942), Mariano II (942-946) y Agapito II (946-955), todos ellos pertenecientes a la llamada <Época caótica de la Iglesia>.

A partir de este momento los Papas que rigieron la Silla de Pedro fueron: Juan XII (955-965), León VIII (963-965), Benedicto V (965-966), Juan XIII (966-972), Benedicto VI (973-974), Benedicto VII (974-983), Juan XIV (983-984), Juan XV (985-996) y Gregorio V (996-999), todos ellos pertenecientes a la época del <Sacro Imperio Romano-Germánico>.

Es triste comprobar, después de este breve repaso de algunos acontecimientos que tuvieron lugar durante el siglo X, cómo  ninguno de sus Pontífices tuvo el alto honor de ser considerado santo por la Iglesia. Esto ya parece indicar algo, respecto a lo que fue, por desgracia, algunos comportamientos, de estos hombres elegidos para sustentar el máximo poder de la Iglesia, como Cabeza de la misma. Sin embargo, no conviene generalizar en este sentido, porque a pesar de todo, también hubo Papas extraordinarios durante este conturbado siglo, los cuales padecieron encarcelamientos injustos e incluso pudieron también haber sido  asesinados en ciertas ocasiones, de acuerdo con las crónicas de la época.

Eran tiempos revueltos, lo cual no justifica, sin embargo, totalmente el comportamiento de algunas de sus autoridades eclesiásticas, pero conviene recordar, eso sí, que todo Occidente, bajo el terrible ataque de los pueblos nórdicos (vikingos), se vio sometido a vaivenes que condujeron al agrupamiento de las personas bajo el mando de algunos hombres relevantes, que ejercieron el poder local, sin tener en cuenta, la mayor parte de las veces, al rey o emperador de turno. En realidad, por entonces cualquier rey carecía de ejército central y esto impedía que pudiera defender adecuadamente las distintas regiones que se encontraban bajo su mandato, frecuentemente muy alejadas unas de otras, provocando la subdivisión del Continente Europeo.

No es pues de extrañar, que a principios del siglo X, siendo Papa Sergio III (904), un hombre poderoso por entonces, concretamente, cónsul y senador romano, pasara a ser el <Magister Militum>, o <Comandante en jefe del ejército> y posteriormente (906), recibiera el título <Gloriosissimus Dux>, con lo que paso a liderar toda la nobleza urbana de Roma, con el nombre de Teofilacto I (864-925).

Las mujeres que pasaron por la vida de Teofilacto I, ejercieron una terrible y maligna influencia sobre él, especialmente en el caso de su esposa y sus hijas, las cuales también tuvieron una influencia nefasta sobre algunos Papas. Estas mujeres realizaron una labor demoníaca que no es grato, ni lícito recordar ahora. El aciago comportamiento de estas mujeres duró hasta el Pontificado de Juan XII (931), con terribles consecuencias para la Iglesia, aunque también es cierto, y hay que reconocerlo, que en torno a este período de tiempo se creó una <historia negra> del Pontificado por parte de los enemigos de la Iglesia y por tanto algunos hechos de la época no están totalmente contrastados para aceptarlos como ciertos.

Con todo, ya a partir del siglo IX, en pleno caos en Europa, a consecuencia de las incursiones de los ejércitos vikingos, y como consecuencia de ellos, también los monasterios fueron atacados, cayendo muchas veces en la decadencia y hasta en la corrupción. Pero en el año 911 en Cluny (Ciudad del Ducado de Borgoña, al sureste de París), surgió un monasterio reformista, que bajo una serie de Abades capaces e inteligentes, provocaron un período de esplendor en la vida monástica de todo el Continente Europeo. Los monasterios denominados <Cluniacenses> se difundieron principalmente por toda Francia y Alemania, dando nueva vida al movimiento ascético de la Iglesia.

El Papado había pasado por una época verdaderamente reprochable, convirtiéndose en la codiciada presa de un pequeño grupo de personas pertenecientes a la nobleza romana, de forma que los Papas eran nombrados sin tener muchas veces, los méritos necesarios para ocupar la Silla de Pedro, manchándola en ocasiones con sus turbios comportamientos. Pero el Espíritu Santo, siempre presente en la Iglesia de Cristo, logró que al fin el Pontificado remontara este abismo, que en momentos, parecía insondables, y restableciera su prestigio moral y justiciero, de acuerdo con el mandato de Cristo.

El mejor modo de conseguirlo fue a través de la toma de liderazgo del movimiento reformista monástico, el cual consiguió restablecer el camino de la virtud y el Mensaje del Señor.

Bernón de Baume es considerado el primer Abad del monasterio de Cluny, mandado construir por Guillermo I de Aquitania (910). De esta prestigiosa abadía saldrían varios Papas. No obstante, la vida monástica estaba ya presente en Occidente desde siglos pasados y concretamente en el siglo X, tuvo un gran exponente en la figura de San Gerardo de Aurillac, fallecido a principios de este siglo, probablemente entre los años 909 a 918. Este santo fue un noble francés fundador de la abadía de Saint-Geraud dé Aurillac, modelo de caballeros cristianos que renunció a todas sus riquezas para dedicarse en exclusiva a servir a Cristo, dando ejemplo de fe  y justicia a sus conciudadanos.

A la muerte de su padre, el conde Gerardo, señor de Aurillac, de origen merovingio, se convirtió en un hombre rico y poderoso y durante este período de su vida, demostró su santidad al ejercer su mandato con justicia y equidad para con sus súbditos. Luchó al mando de sus tropas contra los bandoleros y bandas armadas que atacaban al pueblo llano. Sin embargo, su vocación era religiosa, quería servir sobre todo a Dios, pero fue convencido por el obispo Geusberto, para que prosiguiera como laico su labor encomiable para el pueblo. Se le conoció siempre por su gran caridad y capacidad evangelizadora. Oraba con frecuencia de día y de noche, y no se casó para conservarse en celibato.

Hacia el año 885 fundó la abadía de Orlhac, a la que donó toda su fortuna tras su muerte, y pidió que la regla del monasterio fuera la de San Benito, según la reforma de San Benito Aniane poniéndola bajo su protección directa , para evitar la influencia de los señores feudales.

Al final de su vida, este hombre santo sufrió de ceguera, situación que enfrentó con extremada caridad y resignación, y  a su muerte, fue enterrado en la capilla de la misma abadía por él fundada, que muy pronto se convirtió en un lugar de peregrinación, como consecuencia de la fama de santidad alcanzada por Gerardo. Unos veinte años después de su muerte, Odón de Cluny, tercer abad de Aurillac, escribió su biografía, siendo su festividad litúrgica el 13 de octubre.

Precisamente Odón de Cluny, en el año 926 fue nombrado también Abad, cuando renunció en su favor Bernón de Baume que falleció un año después.

Bernón de Baume había nacido en Burgundia, se desconoce la fecha exacta de este hecho pero en cambio se sabe que era de origen noble y antes de ser nombrado  Abad de Cluny, ya había fundando otras abadías. Siempre fue fiel a la regla de San Benito, lo cual constituyó la clave del aumento de monjes que deseaban entrar y entraban en las abadías por él fundadas.

Otro claro exponente del crecimiento de la vida ascética en Francia, durante el siglo X, lo tenemos en San Abón de Fleury (O.S.B.), un monje que como su nombre indica, perteneció a la abadía de Fleury, que en la actualidad se encuentra en la comunidad de: Saint-Benoït-Sur-Loire.

Este santo varón había nacido cerca de Orleans (945) y realizó estudios en París y en Reims. Viajó a Inglaterra, donde conoció al arzobispo de York, colaborando con él en la reforma de los monasterios de aquella zona.

Durante un tiempo se dedicó también a escribir algunos libros, como una gramática latina para los estudiantes ingleses (Fue director de la escuela de la Abadía de Ramsey), así como otros tratados y cartas de gran interés. Volvió a su tierra (Fleury), en el año 988, y de inmediato fue elegido Abad, aunque su nombramiento fue más tarde impugnado por otro monje que gozaba del apoyo del obispo de Orleans. Finalmente el tema se resolvió  a favor de Abón; concretamente, tuvo que intervenir Gerberto de Aurillac (Futuro Papa, Silvestre II), para que definitivamente el nombramiento de Abón llegara a buen puerto como así fue.

Siendo ya Abad, llevó a cabo una gran labor evangelizadora, tomando parte en el Concilio que tuvo lugar en Saint-Basle (991), y visitó Roma por mandato del rey Roberto II, encontrándose en el camino a Gregorio V (Papa) que había sido expulsado de la ciudad por el antipapa Juan XVI. Murió ya  entrado el siglo XI, concretamente en el año 1004, dejando tras de sí una estela de santidad y esforzado trabajo por la Iglesia.

Coetáneo de San Abón de Fleury, fue San Odilón de Cluny (962-1049), al que sus hagiógrafos atribuyen poderes taumaturgos (capacidad de hacer prodigios), debido a algunos milagros que se le adjudican, como la sanación de un ciego; esto provocó muchas vocaciones religiosas, y muchos hombres ingresaron en el monasterio del que él llegó a ser uno de los Abades más conocidos de toda Europa.

Este hombre santo se preocupó mucho por el problema de la paz en Occidente, y fue así mismo muy caritativo con los pobres, a los que siempre ayudaba a través de su orden.

Sus restos descansan junto con los de otros Abades de Cluny en la Iglesia Rogatorial de Souvigny.

Se podrían poner otros muchos ejemplos de Abades santos, durante el siglo X en Europa, lo que demuestra que la vida religiosa y sobre todo ascética alcanzó un alto nivel durante este siglo en el Viejo Continente, aunque  desde el punto de vista político, como ya hemos recordado, dejó mucho que desear.

También en Italia, foco de atención en este sentido, y en particular en Roma, donde se encontraban los señores feudales que gobernaba la elección o eliminación de los Pontífices de la Iglesia Católica, encontramos algunos ejemplos interesantes de la vida ascética que se desarrolló allí durante este siglo, así como en Francia y sobre todo en Alemania.

Un nuevo ejemplo interesante de la vida ascética durante este siglo es el de Ronualdo (951-1027), contemporáneo de los santos anteriormente nombrados, y  el fundador de la orden Camaldulense, así como un paradigma  de la vida eremita.

Según sus hagiógrafos, nació en Rávena, y llegado el día, ingresó en el monasterio benedictino de San Apolinar de Classe, apartándose totalmente de la vida disipada que había llevado en la Corte cuando era muy joven.

En su juventud conoció algunas de las escuelas monásticas más importantes de su época, pero finalmente se decantó por la tradición benedictina, con algunos rasgos propios característicos de su tendencia hacia la vida de los eremitas (Gran austeridad y silencio riguroso, así como mortificaciones corporales).

Fue un hombre muy devoto de la Virgen y por supuesto de Jesucristo, del que admiraba siempre su gran humanidad. Fundó varios monasterios, situados a lo largo de Italia, fundamentalmente en la región de la Toscana. Murió a principios del siglo XI en el monasterio por él fundado de Valdicastro. Sus reliquias fueron trasladadas años después por el Papa Clemente VIII (1595), a Roma.

Por su parte, el Sacro Imperio Romano, también dio reyes santos a la Iglesia Católica en el siglo X. Nos referimos a San Enrique II de Alemania (973-1024), emperador, oblato y confesor, y a su esposa la emperatriz Cunegunda de Luxemburgo (975-1040).

Concretamente Cunegunda fue una de los once hijos de Sigfrido I, conde de Luxemburgo y Heduiga de Nordgau. Pertenecía por tanto a la familia de los descendientes del emperador Carlomagno.

No es pues de extrañar que recibiera una educación cristiana y católica, comentándose que durante su juventud deseó hacerse monja, sin embargo acabó casándose con Enrique II perteneciente al linaje del emperador Otón I, de la dinastía sajona.

Durante su matrimonio, su esposo, por entonces sólo duque de Baviera, fue coronado rey de Alemania y más tarde ella también fue coronada como reina consorte de Alemania.

Participó, según parece, activamente en la política, como consejera de su esposo, ayudando también mucho en la evangelización de sus vasallos y favoreciendo a la Iglesia Católica con donaciones para la construcción de iglesias y monasterios.

Viajó con su esposo a Roma para la coronación de éste como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, siendo ella misma también coronada emperatriz en el año 1014.

Tanto ella como su esposo, hicieron votos de castidad y pobreza, de forma que al morir su esposo quedó en un estado de relativa pobreza, debido a las obras de caridad que había realizado a lo largo de toda su vida cuando era emperatriz. Acabó sus días en el monasterio benedictino de Kaufungen, en Hesse, cuya construcción había sufragado.

Durante los últimos días de su vida se hizo monja dedicándose a la oración y al auxilio de los más pobres. A su muerte fue enterrada en la catedral de Bamberg, junto con su esposo, que había muerto unos años antes. Fue canonizada por el Papa Inocencio III (1200), algunos años después de su esposo cuya canonización tuvo lugar en 1146, el cual había apoyado siempre a la Iglesia de Cristo contra sus enemigos naturales.

Este emperador fue partidario del celibato eclesiástico, para evitar en lo posible el dominio de la Iglesia por parte de los señores feudales, influyendo poderosamente en la historia de la Iglesia, y así en el año 1014 con motivo de su coronación como emperador pidió al Papa Benedicto VIII que se recitara el Credo con la inclusión de la palabra <Filioque>.

El Papa accedió a esta petición y esta fue la primera vez que se utilizó este concepto teológico en Roma, cuestión ésta que está íntimamente relacionada con el Cisma de Oriente, que llevó posteriormente a la separación de las Iglesias de Oriente y Occidente en el año 1054.

Recordemos a este respecto que cuando los cristianos católicos profesamos nuestra fe en el Espíritu Santo, decimos: “Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria y que habló con los profetas” (Credo de Nicea-Constantinopla), y en concreto, las palabras <que procede del Padre y del Hijo, fueron introducidas precisamente en el Símbolo Niceno, que decía solamente <creemos en el Espíritu Santo>, pero que en el Concilio de Constantinopla (381), fue incluida la explicación: que procede del Padre.

Una fórmula más completa, que es la que aparece en la actualidad en el Credo de Nicea- Constantinopla: que procede del Padre y del Hijo (Quia Patre Filioque Procedit), ya presente en antiguos textos y recogidos también en el sínodo de Aquisgrán, fue finalmente también introducida en Roma a principios del siglo XI, con ocasión de la coronación del emperador Enrique II como anteriormente hemos comentado.

Esta puntualización no cambiaba en esencia nada la substancia de la fe antigua, pero los Papas no se habían decidido hacerla hasta ese momento, por respeto a la fórmula antigua que ya estaba difundida por muchas Iglesias católicas, incluida la Basílica de San  Pedro.

La modificación: <Filioque>, fue acogida sin reparos por la Iglesia de Occidente, pero provocó grandes reservas y especulaciones en la de Oriente (Por entonces ambas iglesias se hallaban ya bastante distanciadas por el problema del Cisma de Focio).

Desde entonces, hasta avanzado el siglo XI, la separación fue creciendo, y finalmente se produjo el llamado <Cisma de Oriente>, llegando incluso a levantarse la excomunión entre ambas Iglesias en el año 1054, durante el Pontificado de León IX y siendo Patriarca de Oriente Miguel Celulario.

Tras tantos años de recelo y desacuerdos, por fin, en el siglo XX, en víspera de la clausura del Concilio Vaticano II, el Papa Pablo VI y el Patriarca ecuménico Atenágoras, decidieron levantar esta incomprensible excomunión entre Iglesias que tienen una misma Cabeza y Creador, nuestro Señor Jesucristo.

De cualquier forma, la separación entre ambas Iglesias subsiste, aunque el Papa San Juan Pablo II provocó grandes avances que pueden llevar en el futuro, a una resolución definitiva del problema, mediante lo que se ha dado en llamar: <Diálogo Ecuménico>.

San Juan Pablo II, casi al inicio de su Pontificado afirmaba (1979):

<El servicio a la unidad compromete de manera especial al obispo de esta antigua Iglesia de Roma y es el deber primordial de su ministerio>.

A ello se deben las alusiones, a este grave problema, en las Cartas Encíclicas: <Redemptor  Hominis> (1979) y <Ut Unum Sint> (1995). En esta última,  el santo Padre llega a decir que:

 <La división contradice clara y abiertamente la voluntad de Cristo, es un escándalo para el mundo y perjudica a la causa santísima de predicar el evangelio a toda criatura>.

Tanto el Papa Benedicto XVI, como nuestro actual Papa Francisco han seguido  estas mismas líneas de opinión y actuación, y así por ejemplo, durante el viaje del primero a Turquía  manifestó:

“Este encuentro es particularmente significativo. Ante todo, al nuevo obispo de Roma, pastor de la Iglesia católica que se permite repetir a todos con sencillez: Dus In Altum! ¡Sigamos adelante con la esperanza! Como mis predecesores, especialmente Pablo VI y Juan Pablo II, siento fuertemente la necesidad de reafirmar el compromiso irreversible, asumido por el Concilio Vaticano II y proseguido durante los últimos años también gracias al Consejo Pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos. El camino hacia la comunión plena querida por Jesús para sus discípulos implica una docilidad completa a lo que el Espíritu dice a las Iglesias, valentía, dulzura, firmeza y esperanza de lograr ese objetivo. Implica, ante todo, oración insistente y tener un mismo corazón, para obtener del Buen Pastor el don de la unidad para su rebaño” (25-4-2005).

 

Hermosas palabras del Papa Benedicto XVI que han sido recogidas, como no podía ser de otra forma,  por su sucesor en la silla Petrina, el Papa Francisco, el cual en su reciente viaje a Turquía durante la misa celebrada en la Iglesia Patriarcal de San Jorge en Estambul, el domingo 30 de noviembre de 2014, entre otros temas de gran relevancia para el camino emprendido con vista a la total reconciliación entre las Iglesias de Oriente y Occidente destacaba que:

“El encontrarnos, mirar el rostro el uno del otro, intercambiar el abrazo de la paz, orar unos con otros, son dimensiones esenciales de ese camino hacia el restablecimiento de la plena comunión a la que tendemos. Todo esto precede y acompaña constantemente esa otra dimensión esencial de dicho camino, que es el diálogo teológico. Un verdadero diálogo es siempre un encuentro entre personas con un nombre, un rostro, una historia, y no sólo un intercambio de ideas.

Esto vale sobre todo para los cristianos, porque para nosotros  la verdad es la persona de Jesucristo. El ejemplo de San Andrés que junto con otros discípulos aceptó la invitación de nuestro Divino Maestro: <mirad y veréis> y <se quedaron con él aquel día> (Jn 1,39), nos muestra claramente que la vida cristiana es una experiencia personal, un encuentro transformador con Aquel que nos ama y nos quiere salvar”

 

Hace referencia el Papa Francisco a aquella parte del evangelio de San Juan, en la que  el Apóstol nos habla sobre los primeros discípulos del Señor (Jn 1, 35-39):

“Al día siguiente de nuevo estaba Juan, y con él dos de sus discípulos / y fijando los ojos en Jesús, que caminaba, dice: <he aquí el cordero de Dios> / Y le oyeron hablar los dos discípulos, y se fueron en pos de Jesús / Vuelto Jesús y viendo que le iban siguiendo, les dice: ¿Qué buscáis? Ellos le dijeron: <Rabí (Maestro), ¿Dónde moras? / Díceles: venid y lo veréis. Vinieron, pues, y vieron donde moraba, y se quedaron con Él aquel día. Sería la hora décima / Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron la palabra de Juan y siguieron a Jesús”

 

Esta frase de Jesús: <venid y lo veréis>, es una dulce invitación a iniciar con Él trato amistoso y familiar, por eso sus primeros discípulos se quedaron con Él, ya que esto era lo que realmente ansiaban. Los cristianos de todos los tiempos estamos llamados a seguir el ejemplo de sus primeros discípulos. Caminemos unidos al encuentro del Señor.

 

 

sábado, 20 de agosto de 2016

JESÚS Y EL RETO DE LA EVANGELIZACIÓN SIGLO X (1º Parte)


 
 
 
 



En una conferencia pronunciada durante un <Congreso de catequistas y profesores de religión>, celebrado en Roma en el año 2000, el por entonces Cardenal Joseph Ratzinger (Posteriormente elegido Papa con el nombre de Benedicto XVI), definió de una forma preclara el concepto de  evangelizar. Él aseguraba lo siguiente:

“La vida humana no se realiza por sí misma. Nuestra vida es una cuestión abierta, un proyecto incompleto, que es preciso seguir realizando…

¿Cómo se lleva a cabo este proyecto de realización del hombre? ¿Cómo se aprende a vivir? ¿Cuál es el camino que lleva a la felicidad?...

Evangelizar quiere decir mostrar el camino, enseñar el arte de vivir”

 

Todos aquellas personas que de una u otra forma se han sentido llamadas a evangelizar, y se han implicado en esta labor, han de aceptar que la definición del Papa Benedicto XVI, no es solamente correcta, sino que refleja, de forma viva lo que significa esta experiencia maravillosa; porque en definitiva, evangelizar es en verdad, aquello que enseña el arte de vivir… de vivir teniendo como meta la santidad y el deseo de alcanzar la verdadera felicidad, alcanzar el Reino de Dios.

Pues bien, para aquel que llegaría a ser un día Papa, la impaciencia era una tentación peligrosa que podía seducir al hombre en la búsqueda de un éxito inmediato en el campo de trabajo de la evangelización; porque como  aseguraba,  no era ésta una aptitud adecuada para alcanzar el Reino de Dios (Ibid):

“Para el Reino de Dios, así como para la evangelización, instrumento y vehículo del Reino de Dios, vale siempre la parábola del grano de mostaza (Mc 4,31-32). El Reino de Dios vuelve a comenzar siempre bajo este signo. La <Nueva Evangelización> no puede querer decir atraer inmediatamente con nuevos métodos, más refinados, a las grandes masas que se han alejado de la Iglesia. No, no es ésta la promesa de la <Nueva Evangelización>.

<Nueva evangelización> significa no contentarse con el hecho de que el grano de mostaza haya crecido en el gran árbol de la Iglesia Universal, ni pensar que basta el hecho de que  en sus ramas puedan anidar aves de todo tipo, sino actuar de nuevo valientemente, con la humildad del granito, dejando que Dios decida cuando y como crecerá (Mc 4,26-29)”

 

La parábola del grano de mostaza fue relatada por los tres evangelistas sinópticos, pero es el relato de Marcos, el que utiliza como ejemplo el Papa Benedicto XVI, el cual, de forma más sencilla y visual, nos muestra las intenciones de Jesús con respecto a la tarea de la evangelización (Mc 4, 30-32) (Ibid):

“¿Con qué compararemos el Reino de Dios o con qué parábola lo expondremos? / Sucede con él, lo que con el grano de mostaza. Cuando se siembra en tierra, es la más pequeña de todas las semillas / Pero, una vez sembrada, crece, se hace mayor que cualquier hortaliza y echa ramas tan grandes que las aves del cielo pueden anidar a su sombra”

 

Verdaderamente esta pequeña parábola es una de las más hermosas de las propuestas por Jesús, porque de una forma muy eficaz es capaz de poner de manifiesto con clarividencia lo que puede ser el Reino de Dios. Por otra parte, el Reino de Dios, tal como Él quiere demostrarnos con dicha parábola, no debería inaugurarse con la aparatosidad que el pueblo judío esperaba, sino mediante un dechado de humildad, comparable a la pequeñez de una semilla tan pequeña como el granito de mostaza.

Opinamos, a este respecto, que una forma eficaz de llevar a efecto este mensaje, podría ser revisar, despacio y con buena voluntad, lo que hicieron otras personas en el campo de la evangelización en siglos pasados, y sobre todo, reflejar de forma irreprochable, y con caridad, la labor realizada por unos hombres y mujeres cuyas vidas fueron un paradigma, llevando a cabo unas obras, en total consonancia, con el Mensaje de Cristo; los santos son aquellos elegidos por Dios, que han sabido actuar con la premisa del granito de mostaza de la parábola de Jesús, y por eso la Iglesia, los ha tomado siempre como modelos a  seguir, tal como defendería el Papa San Juan Pablo II, en su Carta Apostólica <Sanctorum Altrix>:

“La Iglesia, madre de santos, presenta ante sus hijos, como maestros de vida a aquellos que, con un espléndido ejercicio de virtudes, siguieron fielmente a Cristo, su Esposo, afín de que, imitando su ejemplo puedan llegar a una perfecta unión con Dios, aún en medio de las distracciones del mundo, llegando así a su propia meta. Esos excelsos hombres y mujeres, aún sometidos durante su vida terrena a los especiales acontecimientos de su tiempo, principalmente culturales, hicieron, sin embargo, resplandecer, por su modo de vivir y su doctrina, un aspecto particular del Misterio de Cristo que, separando los estrechos límites del tiempo sigue conservando hoy su fuerza y su vigor”

 

Por eso, recordar las vidas de algunos de los santos de siglos pasados, incluso de aquellos que vivieron en la Alta Edad Media, podría ayudarnos a tomar en valor, como ejemplo vital su mensaje espiritual y social, sopesando siempre la situación del contexto histórico en que se desenvolvieron,  durante su estancia sobre la tierra.

Durante el siglo X, el Imperio Bizantino y el primer Imperio Búlgaro, disputaron y trataron de anexionarse los territorios Balcánicos, así, en el año 917, los búlgaros bajo el reinado de Simeón I, llegaron a derrotar al ejército del Imperio Bizantino, en la famosa batalla de Aqueloó. Por otra parte, durante el llamado <Renacimiento macedonio> (867-1056), el Imperio de Oriente se vio forzado a luchar también por la supremacía en la zona mediterránea oriental, debido a los ataques constantes de los ejércitos del norte de África, y en particular de los egipcios.

A pesar de todo ello, durante este siglo, también hubo éxitos militares  en otras zonas del Imperio Bizantino, lo cual llevó a la recuperación de algunos territorios perdidos siglos pasados. Sucedió, que Nicéforo II (Focas) (963-969), reconquistó el norte de Siria, y también Antioquía, así como Creta en el año 961 y Chipre en el año 965.

Sin duda para el Imperio Bizantino, en el siglo X, los peores enemigos fueron  los búlgaros, los cuales, sin embargo, ya se habían convertido al cristianismo durante el siglo IX. El zar Simeón I, que había vivido y recibido educación en su juventud en la capital del Imperio, Constantinopla, más tarde, durante su reinado estuvo a punto de atacar este baluarte bizantino, y por otra parte, en el año 927, tras diversas batallas, su reino se extendió ya, por gran parte de Macedonia y Francia, además de Serbia y Albania.

Tras el reinado de Simeón I, le sucedió en el trono, su hijo Pedro I (927-969), hombre profundamente religioso que mandó construir un gran número de Iglesias, por lo que a su muerte fue canonizado por la Iglesia Ortodoxa Búlgara. Hay que recordar también que durante este tiempo, los conflictos con el imperio de Bizancio continuaron,  agravándose en grado sumo, aunque también existieron ciertos períodos de tranquilidad, e incluso se llegó a firmar un convenio de paz pasajero con el emperador Nicéforo II, coincidiendo con la inquietud de este emperador, ante los éxitos militares alcanzados contra los búlgaros, por el príncipe de Kiev, Sviatoslav Igorevich.

Por otra parte, el emperador Nicéforo II y el zar Pedro I, llegaron a sellar unos compromisos matrimoniales entre los futuros emperadores, menores de edad, Basilio II y Constantino VIII, con dos princesas búlgaras con el propósito de conseguir la paz tan deseada, y a cambio, Pedro I logró que las tropas de Kiev se retiraran momentáneamente. A pesar de este éxito por la paz temporal, la reconciliación de Bizancio y Bulgaria no duró mucho tiempo y se vino abajo cuando el Imperio de Oriente, de nuevo, fue atacado por Sviatoslav en el año 969, siendo derrotado. Según parece, por entonces el zar Pedro I, sufrió un derrame cerebral que le llevó a abdicar  en su hijo Boris II, retirándose a un monasterio, donde murió en el año 970.

Boris II era el hijo mayor de zar Pedro I, pero por diversas circunstancias del momento histórico que le tocó vivir, sólo reinó algo más de un año. A la muerte de éste, subió al trono su hermano Román (977-991 ó 997), pero aunque oficialmente éste fue reconocido como gobernador de Bulgaria, los asuntos militares recayeron en manos de Samuel, un general de su ejército.

Mientras Román se dedicó a fortalecer la Iglesia cristiana ortodoxa, al igual que hiciera su padre Pedro I, tras un ataque de los bizantinos, sufrió cautiverio durante el reinado de Basilio II, muriendo hacia el año 997. En este mismo año, el general de los ejércitos búlgaros, Samuel, fue proclamado nuevo zar de Bulgaria  (997-1014). Este antiguo militar, consiguió grandes victorias militares para su país, apoderándose de  gran parte de los Balcanes, por lo que es considerado uno de los zares más importantes de Bulgaria y de la República Macedonia.

Tras recordar muy brevemente como se desarrollaron, diversos acontecimientos, en el contexto  histórico,  del  Imperio Bizantino y del Imperio  Búlgaro, durante el siglo X, podemos tratar de comprender mejor, los grandes retos que la evangelización de estos pueblos supusieron, para aquellos hombres que los abordaron. Con todo, se puede asegurar, que durante mucho tiempo, Bizancio fue el único referente cristiano existente en aquella zona del mundo, frente a las tropas de pueblos paganos, y aunque en dicho siglo las relaciones entre la Iglesia de Roma y el Imperio de Oriente, estaban ya prácticamente rotas, el mensaje de Cristo siguió presente en Oriente, siendo muchos los emperadores que protegieron a los Patriarcas ortodoxos de la época.

La antigua Basílica Patriarcal ortodoxa, desde el año 360 de su dedicación hasta 1453, fue la Catedral Ortodoxa Bizantina, de rito oriental (sita en Constantinopla), y los bizantinos siempre se sintieron orgullosos de esta obra magistral de la arquitectura, cuyas murallas y techos de su interior, están recubiertos con mosaicos que representan escenas religiosas de la vida de Cristo.

De cualquier forma, teniendo en cuenta,  algunos de los datos históricos del siglo X anteriormente recordados, se deduce que la vida en Bizancio no debía de ser ni fácil, ni tranquila, y mucho menos propensa a la vida religiosa en aquellos momentos. Según cuentan las crónicas, el pueblo estaba fundamentalmente dedicado a la búsqueda de la diversión y las actividades laicas, muy importantes en aquella zona, que se encuentra entre Europa y Asia, y que por tanto, era ya un centro comercial y económico muy importante desde principios de la Edad Media. Sin embargo, la vida cultural también floreció durante este siglo, especialmente gracias a la labor realizada por los monjes de los numerosos monasterios, existentes ya, desde siglos anteriores en todo el Imperio.

Abundaron los teólogos y los historiadores entre los que cabe destacar a San Lucas Taumaturgo (896-946 ó 945), venerado por la Iglesia Católica y las Iglesias Orientales. Este santo varón desde edad muy temprana, vivió como eremita en el monte, y además, fue estilita, esto es, monje cristiano de Oriente medio, que vivía en oración y penitencia sobre una plataforma colocada en la cima de una columna, costumbre cuyo origen se cree que era debida a Simón el Estilita. Además, según sus hagiógrafos,  fue uno de los primeros santos del que se conoce que levitaba mientras oraba.

Este santo varón, hijo de Esteban y de Eufrasina, había vivido en Aegina, isla griega situada en medio del golfo Sarónico y de Tesalia, una de las trece periferias de Grecia, que durante el siglo X formaba parte del Imperio Bizantino, pero que en el año 977, fue conquistada por los búlgaros, que permanecieron allí hasta el año 1014.

Los padres de San Lucas eran campesinos, se dedicaban por tanto al cuidado de sus campos y de su ganado, y pusieron a su hijo a edad temprana a cuidar las ovejas y a cultivar sus terrenos. Ya entonces Lucas se comportaba como una persona con vocación de santidad, porque se cuenta que cuando trabajaba en sus campos, esparcía la mitad de las semillas que le daban sus padres para sembrar, en los campos de la gente más humilde, y además compartía sus alimentos y su ropa con los más necesitados.

Cuando murió su padre marchó a Tesalia con la intención de ingresar en un monasterio, sin embargo, fue capturado por algunos soldados que le creyeron un esclavo fugitivo. Padeció mucho durante su cautiverio hasta que finalmente pudo regresar a su casa donde no fue bien recibido; por suerte unos monjes que iban de camino a Roma y que fueron auxiliados por la madre del santo, convencieron a ésta para que permitieran viajar a su hijo con ellos hasta Atenas, donde por fin el muchacho pudo ingresar en un monasterio como era su deseo.

La suerte, sin embargo, siguió estando en su contra,  puesto que tuvo que regresar a su casa en Tesalónica, debido a que el superior del monasterio, tuvo una visión que le mostraba a la madre del muchacho llamándole porque le necesitaba.

Finalmente, después de todos estos inicios tan negativos, a los dieciocho años pudo salir de nuevo de su hogar, de forma definitiva, para afincarse en el monte Joannitza cerca de Corinto, donde construyó una ermita, para llevar la vida austera que siempre había deseado, orando de noche y de día; se cuenta que casi no dormía, pero era alegre y obraba milagros por la gracia de Dios, tanto a lo largo de su vida, como después de su muerte.

Otro ejemplo de vida cristiana inestimable, del Imperio Bizantino del siglo X, lo encontramos en San Atanasio de Athos (920-1003), fundador del gran monasterio del Monte de Athos, zona montañosa de la península más oriental de las tres que se extienden hacia el sur de ésta, Calcídica (Macedonia Central).

La comunidad monástica del Monte de Athos, se fundó en el año 963 con la ayuda del emperador Basilio II, bajo la regla de San Basilio, uno de los grandes Padres de la Iglesia Católica del siglo IV.

San Atanasio nació en Trebisonda, en el seno de una familia bizantina originaria de Antioquía. Sus padres murieron cuando era muy joven, haciéndose cargo de su educación un pariente de su madre, el cual tuvo la gran generosidad de enviarle a estudiar a Constantinopla.

Siendo ya profesor, conoció al Abad del monasterio situado en el Monte Kyminas de Bitinia, lo cual le hizo plantearse seguramente la vocación ascética. Durante su estancia en este monasterio  tuvo ocasión de conocer a Nicéforo II, el que sería futuro emperador de Bizancio.

Finalmente decidido como estaba por la vida eremita, se alejó del mundo definitivamente retirándose al Monte de Athos, con la sola compañía de sus libros.

No obstante hacia el año 960, en un encuentro fortuito con el futuro emperador Nicéforo, éste le convenció para que le acompañara en la campaña bélica de Creta, y por la ayuda que le prestó el santo, cuando Nicéforo fue proclamado emperador, le ayudó para construir una Iglesia dedicada a la madre de Dios en el Monte Athos.

Posteriormente a estos hechos, fundó el monasterio de la gran Laura o gran Monasterio; a pesar del éxito inicial con la fundación de este monasterio, se produjeron algunos desacuerdos entre los monjes que primeramente lo ocuparon, por causas relacionadas con la forma de vida que San Atanasio quería implantar, y ello hizo que éste decidiera alejarse de allí, para instalarse en Chipre.

Durante su estancia en Chipre, tuvo una visión que le hizo regresar al monasterio inicialmente fundado por él, para poner orden y concierto entre los monjes, los cuales se encontraban, en esos momentos, en una situación precaria, y al conseguir la paz entre ellos, fue nombrado definitivamente, Abad del monasterio. Escribió la regla de vida para los monjes, basándose en la de San Teodoro Estudita, y San Basilio, y con el apoyo de la Corte siguió fundando monasterios, colaborando siempre en su construcción; trabajaba como carpintero junto con los obreros. Precisamente, parece que murió a consecuencia de un accidente de trabajo  durante la construcción de uno  de estos monasterios, hacia el año 1003.

Coetáneo de San Atanasio fue San Simeón, el Nuevo Teólogo (949-1022), venerado por la Iglesia Ortodoxa, que le considera el último de los tres grandes teólogos de ésta, junto a San Juan el Apóstol y San Gregorio Nacianceno. Nació en Galacia (Plagonia), y estudió igual que San Atanasio en Constantinopla. Inicialmente vivió en la Corte del Emperador Basilio, pero al cabo  de un cierto tiempo se retiró de la misma para hacer vida ascética en el Monasterio de Studión. Posteriormente llegó a ser Abad del Monasterio de San Mames en Constantinopla.

Su doctrina monástica era la llamada <hesicasmo>  (Doctrina divulgada por Evagrio Póntico en el siglo IV d.C) cuyo objetivo era encontrar la paz interior en unión mística con Dios; para alcanzar este objetivo se requería la soledad, el silencio y la quietud, así como la ausencia de preocupaciones y sobre todo la sobriedad. La estricta disciplina monástica que pretendía San Simeón imponer sobre los monjes, no fue aceptada con agrado por todos, que la rechazaron, e incluso se cuenta que algunos intentaron matar al santo varón. Finalmente este rechazo inicial no llegó a progresar y pudo mantenerse como Abad en dicho monasterio.

Por otra parte, también sufrió dura repulsa por parte de las autoridades de Constantinopla que veían con reparos tanto recato y soledad en los monjes, y ello si, le obligó finalmente a abandonar este monasterio, trasladándose a otro, concretamente al de Santa Makrina, donde por fin  se pudo retirar para alcanzar la ausencia de preocupaciones y la sobriedad que siempre había deseado.

Este polémico personaje, dejó algunas obras interesantes no sólo para la Iglesia de Oriente Ortodoxa, sino también para la Iglesia Católica de Occidente, como por ejemplo, los <Himnos de amor divino> y algunos <Discursos Teológicos>.

Sobre el tema de la técnica de meditación utilizada por San Simeón, la Iglesia católica se ha pronunciado siempre con cautela, sobre todo en tiempos como los actuales en los que la difusión de métodos de relajación orientales, en el mundo cristiano y, en particular, en las comunidades eclesiales, implican un poderoso intento de mezcolanza, no exento de riesgos y errores; por eso las nuevas propuestas en este sentido, de armonización entre la meditación cristiana y las técnicas orientales (muchas veces utilizadas en la meditación de algunas iglesias cristianas no católicas), deberían ser examinadas con discernimiento y cuidadosamente, para evitar caer en el sincretismo (fusión y asimilación de elementos muy diferentes).

“Todo fiel debe buscar y puede encontrar el propio camino, el propio modo de hacer oración en la variedad y riqueza de la oración cristiana enseñada por la Iglesia, pero todos estos caminos personales confluyen, al final, en aquel camino del Padre, que Jesucristo ha proclamado, que es Él mismo. En la búsqueda del propio camino, cada uno se dejará, pues, conducir no tanto por sus gustos personales cuanto por el Espíritu Santo que le guía, a través de Cristo, al Padre”

(Congregación para la doctrina de la fe. Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre algunos aspectos de la meditación cristiana; 15 de octubre de 1989)

 

En la  Iglesia Búlgara también hubo hombres santos durante el siglo X, y entre ellos destaca San Juan de Rila, por su gran humildad y amor a Jesucristo.

Nació a finales del siglo IX en una localidad no muy lejana de Rila, la montaña más alta de Bulgaria, y de la península de los Balcanes.

Había estudiado para ser sacerdote, y  cansado de la vida social de su tiempo sintió muy pronto la llamada de Dios para hacerse ermitaño. Estando tan cerca de un lugar tan apropiado para el aislamiento del mundo, como es el Monte de Rila, tuvo todo a su favor, para conseguir sus propósitos.

Sus hagiógrafos aseguran que vivió en aquel lugar de forma sumamente ascética, pues su hogar, era el hueco de un árbol tallado en forma de ataúd. Su fama como hombre santo fue pronto reconocida por sus compatriotas que acudieron en gran número hasta aquel rincón de la naturaleza, casi siempre con el ánimo de seguir su ejemplo. Esto le llevó al santo varón a tener que compartir, aquel recóndito lugar, con las piadosas personas que acudían hasta él, aunque siempre prefirió la soledad y el retiro. Cundió también entre estas gentes la información de que el santo hacía milagros, sanando a algunos que le pidieron ayuda, y esto aumentó si cabe más su fama, y la querencia de las gentes por aquel lugar santo.

Se cuenta también, que cierto hombre poderoso, que había sido testigo de sus milagros, llegó a construir en la entrada de la cueva donde se alojaba el santo una pequeña Iglesia, como agradecimiento al mismo, y más tarde, en otros lugares cercanos, otros seguidores del santo construyeron a su vez otras Iglesias mayores; incluso el mismo zar búlgaro, en aquel momento, Pedro I (927-968), se estima que también pudiera haber subido al monte, para hablar con aquel hombre sabio, aunque sólo consiguiera con esta visita, que el santo le saludara en la noche, con una antorcha desde otra montaña.

La tumba de San Juan de Rila, se convirtió en un sitio sagrado, que con el tiempo, fue creciendo tanto en tamaño como en riqueza, y aún hoy en día, miles de visitantes, ya sean simples turistas, o creyentes procedentes de distintos lugares del mundo, acuden al lugar, donde según se cree, se conserva el cuerpo momificado del santo. Fue canonizado por la Iglesia de Roma  (antes de la separación de la Iglesia Católica y la Iglesia Ortodoxa).

La cultura bizantina, y con ella el cristianismo, se extendió durante todo el siglo X a causa de los pueblos eslavos orientales. El primer estado eslavo oriental, fue <La Rus de Kiev>, fundado por Oleg de Nóvgorod, príncipe varego (los varegos eran wikingos suecos que se trasladaron  hacia el este y sur a través de lo que hoy conocemos como Rusia, Bielorrusia y Ucrania), el cual trasladó la capital de <La Rus>, de Nóvgorod, a Kiev, controlando este poderoso estado entre los años 882  a 912, aunque las crónicas sobre este tema no siempre se ponen de acuerdo en que fechas tuvo lugar, tan magno suceso histórico.

El sucesor de Oleg, fue con cierta seguridad, Igor de Kiev (912-945), del que se tiene muy poca información, aunque parece que intentó atacar por dos veces la capital del Imperio, Constantinopla, sin éxito; firmando finalmente un tratado con el emperador de Oriente. A su muerte subió al trono Olga de Kiev, también de origen varego, que se habría casado con Igor, probablemente a principios del siglo X.

Fue la primera soberana rusa que se convirtió al cristianismo ortodoxo, es venerada, como santa, por la Iglesia Ortodoxa, gracias a su labor incansable por la conversión al cristianismo de su pueblo, aunque no logró convertir a esta religión a su propio hijo, Sviatoslav I de Kiev, que sucedió a su madre a la muerte de ésta.

Sviatoslav I de Kiev, fue un gobernante famoso por sus campañas militares, durante todo su reinado (942-972), provocando la caída de Jazaria, y el primer imperio búlgaro. Así mismo, luchó contra los búlgaros del Volga, y contra la tribu de los alanos venciéndolos y sometiéndolos bajo su poder.

Después de su corto reinado, había creado una <Rus de Kiev> poderosa, pero tras su muerte, que tuvo lugar según se cuenta en plena batalla, este imperio se vino abajo, no se consolidó, por el estallido de una guerra civil entre los posibles sucesores de Sviatoslav.

Sviatoslav no se había convertido al cristianismo, seguía adorando al Dios pagano Perúm, y a otros dioses de la mitología eslava, sin embargo, uno sus hijos, concretamente Vladimiro I de Kiev, fue el primero, que por fin, llevó el cristianismo a su país en el año 988.

Según las crónicas de la época, este monarca, fue el último hijo de Sviatoslav I y Malusha, una esclava que según la leyenda profetizaba, que vivió hasta los cien años, y que probablemente era de origen nórdico.

Al principio, Vladimiro seguía siendo pagano, como sus antepasados, exceptuando el caso especial de Olga de Kiev, pero  tuvo la feliz idea de interesarse por otras religiones existentes en  su época, y mandó emisarios para conocer sus fundamentos; finalmente tras los informes recibidos de los mismos, se inclinó en favor del cristianismo ortodoxo, del Imperio Bizantino, y al mismo tiempo, tomó como esposa a una hermana del Emperador Basilio II (Ana Porfirogeneta, que previamente se había bautizado).

Cuando este hombre, considerado santo por la Iglesia Ortodoxa Católica regresó a Kiev, mandó derribar todos los monumentos paganos, y ordenó construir numerosas Iglesias dedicadas a la advocación de la <Dormición de la Virgen>.

Este hombre pagano que se convirtió al cristianismo abandonó las conquistas y se dedicó a gobernar con mesura su pueblo,  también  cristianizado, construyendo escuelas, tribunales de justicia, llegando a ser conocido por su mansedumbre y su celo en la difusión del cristianismo durante el siglo X y parte del siglo XI. De esta forma, fue  como se produjo un hecho tan importante para la expansión del cristianismo, la conversión de <La Rus de Kiev>, que fue también, un hecho político muy importante, ya que se trataba de un país mayor  que el mismo Imperio de Oriente, el cual finalmente, quedó bajo la influencia de Bizancio.

Por otra parte, las relaciones de Bizancio con Occidente siguieron siendo tensas durante todo el siglo X, aunque los emperadores de Oriente, ejercieron cierta influencia sobre Italia, con objeto de alcanzar la normalización entre las Iglesias de Oriente y Occidente. La ruptura definitiva entre ambas Iglesias se produciría más tarde, en el siglo XI, con el estallido definitivo del llamado <Cisma de Oriente>, que fue una gran desgracia para ambas Iglesias, y que aún en nuestros días oscurece la realidad de los seguidores de Cristo.

Sin embargo como diría el Papa San Juan Pablo II (Cruzando el umbral de la esperanza. La búsqueda de la unidad perdida. Editado por Vittorio Messori. Círculo de lectores S.A. por cortesía de Plaza& Jane editores. S.A. 1994)

“Lo que nos une es más grande de cuanto nos divide: los Documentos Conciliares (Vaticano II), dan forma más concreta a esta fundamental intuición de Juan XXIII. Todos creemos en el mismo Cristo; y esa fe es esencialmente el patrimonio heredado de la enseñanza de los siete primeros Concilios Ecuménicos anteriores al año 1000. Existen por tanto las bases para un diálogo, para la ampliación del espacio de la unidad, que debe caminar parejo con la superación de las divisiones, en gran medida consecuencia de la convicción de poseer en exclusiva la verdad.

Las divisiones son ciertamente contrarias a cuanto había establecido Cristo. No es posible imaginar que esta Iglesia, instituida por Cristo sobre el fundamento de los apóstoles y de Pedro, no sea una. Se puede en cambio comprender como en el curso de los siglos, en contacto con situaciones políticas distintas, los creyentes hayan podido interpretar con distintos acentos el mismo mensaje que proviene de Cristo.

Esos diversos modos de entender y de practicar la fe en Cristo pueden en ciertos casos ser complementarios; no tienen por qué excluirse necesariamente entre sí. Hace falta buena voluntad para comprobar todo aquello en lo que las varias interpretaciones y prácticas de la fe se pueden recíprocamente compenetrar e integrar. Hay también que determinar en qué punto se sitúa la frontera de la división real, más allá de la cual la fe quedaría comprometida. Es legítimo afirmar que entre la Iglesia Católica y la Ortodoxa la diferencia no es muy profunda”