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jueves, 16 de febrero de 2017

LA SANTIDAD ES UN DON DE JESÚS A SU IGLESIA


 
 
 
 



Hubo un tiempo  en que la devoción a los santos era enorme, así sucedió por ejemplo en la denostada Edad Media,  de la que deberíamos tomar ejemplo en los tiempos que corren, donde muchos hombres   ya no rezan a Dios, y tampoco piden ayuda a la Virgen o a los santos.

Da la sensación, algunas veces, de que los hombres se hubieran olvidado de Dios y de sus hijos predilectos, los santos, aquellas mujeres y aquellos hombres que viven la cruz en la cotidianidad, en un mundo casi siempre alejado de Dios. 
Así es, la Iglesia es santa aunque sus hijos sean pecadores y entre estos hijos, pecadores o no, el Señor ha elegido algunos hombres y mujeres para demostrar que la santidad puede existir, porque  Cristo es el que santifica a su grey.

Como dice el Papa Francisco: <Nadie se santifica así mismo, no hay un curso para llegar a ser santo; ser santo no es hacerse faquir o algo parecido. Más bien, <la santidad es un don de Jesús a su Iglesia>; y para manifestarlo, elige a personas, en las que se ve claramente su trabajo para santificar>


Los santos hacen que la Iglesia de Cristo crezca y lo hacen,  en particular, por medio  de sus Pontífices. De esta forma, lo interpretó, el Papa Benedicto XVI, durante la Santa Misa para la imposición del anillo del pescador en el solemne inicio de su Ministerio Petrino (24 de abril de 2005). Benedicto recordaba con emoción como se sentía arropado en aquellos momentos extraordinarios de su vida por la presencia de toda la <muchedumbre de los santos>:

“Por tres veces nos ha acompañado en estos días tan intensos el canto de la letanía de los santos: durante los funerales por nuestro Santo Padre Juan Pablo II; con ocasión de los Cardenales en el Cónclave y también hoy, cuando hemos cantado de nuevo con la invocación: <Tu Illum Adieva>, asiste al nuevo sucesor de San Pedro…

Y ahora, en este momento, yo, débil siervo de Dios he de asumir este cometido inaudito, que supera realmente toda capacidad humana, ¿Cómo puedo hacerlo? ¿Cómo seré capaz de llevarlo a cabo?

Todos vosotros queridos amigos acabáis de invocar a toda la muchedumbre de los santos, representada por algunos de los grandes nombres de la historia que Dios teje con los hombres. De este modo, también en mí se reaviva la conciencia: no estoy solo.

La muchedumbre de los santos de Dios me protege, me sostiene y me conduce. Y me acompañan, queridos amigos, vuestra indulgencia, vuestro amor, vuestra fe y vuestra esperanza. En efecto a la comunidad de los santos no pertenecen sólo las grandes figuras que nos han precedido y cuyos nombres conocemos.

Todos nosotros somos la comunidad de los santos; nosotros bautizados en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; nosotros, que vivimos del don de la carne y la sangre de Cristo, por medio del cual quiere transformarnos y hacernos semejantes así mismo. Sí, la Iglesia está viva; esta es la maravillosa experiencia de estos días…”

 
De las palabras del Papa Benedicto XVI, en su toma de posesión de la Silla de Pedro, claramente deducimos que no sólo debemos rezar a Dios sino que además debemos rogar la intercesión de la muchedumbre de los santos, porque la Iglesia es santa y recuerda a sus santos en momentos tan especiales y decisivos como por ejemplo la elección y nombramiento de sus Pontífices.

Por otra parte el Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda también a estos testigos que nos han precedido en el Reino de Dios y muy especialmente a aquellos que reconoce como santos (Catecismo de la Iglesia Católica nº 2683):
“Los testigos que nos han precedido en el Reino, especialmente los que la Iglesia reconoce como santos, participan en la tradición viva de la oración, por el testimonio de sus vidas, por la transmisión de sus escritos y por su oración hoy.

Contemplan a Dios, lo alaban y no dejan de cuidar a aquellos que han quedado en la tierra. Al entrar <en la alegría> de su Señor, han sido <constituidos sobre lo mucho> (Mt 25,21).
Su intersección es su más alto servicio al plan de Dios. Podemos y debemos rogarles que intercedan por nosotros y por el mundo entero”

Dentro de la <muchedumbre de los santos>, especial devoción siente la Iglesia de Cristo por aquellos que han sido mártires, que ha dado la vida por Jesús y su Mensaje.



En este sentido, el Papa Benedicto XVI durante la Audiencia General celebrada en el Palacio Apostólico de Castel Gandolfo, el miércoles 11 de agosto de 2010 se expresaba en los siguientes términos: 
“La respuesta a la pregunta ¿Qué lleva a un hombre al martirio? es sencilla: Es la muerte de Jesús, en su sacrificio supremo de amor, consumado en la Cruz, a fin de que pudiéramos tener vida (Jn 10,10).

Cristo es el siervo que sufre, de quien habla el profeta Isaías  (Is 52,13-15), que se entregó así mismo como rescate por muchos (Mt 20,28).

Él exhorta a sus discípulos, a cada uno de nosotros, a tomar cada día nuestra cruz y a seguirlo por el camino del amor total a Dios Padre y a la humanidad: < El que no toma la cruz y me sigue,  no es digno de mi>; <El que encuentra su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí la encontrará> (Mt 10,38-39).

Es la lógica del grano de trigo que muere para germinar y dar vida (Jn 12,24). Jesús mismo <es el grano de trigo venido de Dios, el grano de trigo divino, que se deja caer en la tierra, que se deja partir, romper en la muerte y, precisamente de esta forma, se abre y puede dar fruto en todo el mundo>”  (Benedicto XVI. Visita a la Iglesia luterana de Roma, 14 de marzo de 2010)

 
El mártir sigue al Señor hasta las últimas consecuencias, aceptando libremente morir por la salvación del mundo, en una prueba suprema de fe y de amor (Lumem Gentium 42). Desde el principio, desde los inicios en la Iglesia Primitiva de Cristo, cuando comenzaron los primeros martirios, después de la muerte de Cristo, como máximo exponente de los mismos, entre sus seguidores, estos hombres y mujeres fueron apreciados por el pueblo de Dios y la devoción a los mismos empezó al mismo tiempo prácticamente que  entregaban sus vidas por la salvación del mundo.

Todos los Pontífices se han apresurado a considerarlo así con la beatificación y la posterior canonización de éstos, que en tantas ocasiones fue simultánea como consecuencia de los hechos históricos acaecidos.




Uno de los Papas que más canonizaciones ha realizado en el siglo XX ha sido el Papa Pablo VI.
Giovanni Battista Montini, Pablo VI (1963-1978), pertenecía a una familia católica de la burguesía italiana, de manera que el ambiente familiar fue propiciatorio para su futura vocación religiosa. Su vida está marcada por acontecimientos históricos de la Iglesia católica de gran relevancia. El Papa Montini tomó las riendas de la Iglesia, cuando el Concilio Vaticano II prácticamente acababa de comenzar; su antecesor y responsable del mismo, Juan XXIII, murió por desgracia, sin poder ver el final de tan importante evento para la Iglesia.
Pablo VI actuó en consecuencia, decidió continuar con el  mismo y el 29 de septiembre de 1963 se inició la segunda sesión del Concilio Ecuménico, Vaticano II.
Posteriormente a la clausura de este Concilio, el Papa Pablo VI procedió a llevar a la práctica algunas de las orientaciones que salieron del mismo, cuestión ésta, que no resultó nada  fácil, tanto por la situación internacional (tensiones debidas a la llamada guerra fría), como por problemas derivados de la situación contestataria existente, en esos momentos, en el seno de la propia Iglesia de Cristo...

Se puede decir que este Pontífice del siglo XX sufrió un acoso psicológico, especialmente después de publicar su Carta Encíclica <Humanae Vitae>, que tantas y tantas personas que se consideraban cristianas católicas, rechazaron en medio de un ambiente muy propiciatorio para ello. El Papa llegó a decir en un momento dado, sintiendo todo el peso de la crítica que había generado su carta: <Nunca como en esta ocasión hemos sentido el peso de nuestra carga>
A partir de esta Encíclica, para muchos, el Papa Pablo VI pasó a ser una persona <non grata>, porque les impedía hacer con la <conciencia tranquila> aquello que deseaban y que por supuesto, era contrario a la doctrina católica, es decir, al Mensaje de Cristo…
Quizás esto influyera en alguna medida en el interés y amor de este Pontífice por los santos mártires, tal como refleja el hecho de que las canonizaciones por él realizadas, en gran número, corresponden a mártires de la Iglesia, más concretamente, nos referimos a: San Juan Nepomuceno Neumann (Siglo XIV), San Juan Boste (Siglo XVI), San Juan Jones (Siglo XVI), San Juan Kemble (Siglo XVII), San Juan Ogilvie (Siglo XVII), San Juan Payne (Siglo XVI), San Juan Rigby (Siglo XVII), San Juan Stone (Siglo XVI), y San Juan Wall (Siglo XVII). Es curioso, por otra parte, el hecho de que todos estos mártires canonizados por el Papa Pablo VI lleven el nombre de Juan, lo cual nos hace pensar en la posible influencia que tuvo sobre este santo Padre, la vida de otro santo, que también se llamaba San Juan, y que fue canonizado asimismo por él,  nos referimos a San Juan de Ávila, el llamado Apóstol de Andalucía.



Sobre este hombre santo, escribieron grandes figuras de la Iglesia de Cristo como Fray Luis de Granada, San Ignacio de Loyola, San Francisco de Borja e incluso Santa Teresa de Jesús.
Había nacido en Almodóvar del Campo, en el año 1500, y desde muy joven dio muestras de espíritu de sacrificio e inclinación a hacer penitencia. Estudió en la prestigiosa Universidad de Alcalá, siendo sus maestros personajes relevantes de la época, como Fray Domingo de Soto; terminando sus estudios de letras y teología fue ordenado presbítero.Sus hagiógrafos cuenta la anécdota de que cuando celebró su primera misa, en vez de los acostumbrados banquetes que se solían dar, por entonces, a la familia y los amigos, dio de comer a doce pobres y les sirvió él mismo la mesa.
Su ilusión era ir a evangelizar a la India, pero el Arzobispo de Sevilla sabiendo de su categoría intelectual le pidió que se quedase en España, por entonces muy necesitada también de evangelizadores y él obedeciendo se quedó allí extendiéndose en seguida por toda Andalucía su fama como predicador,  logrando la conversión de muchas almas. Su vida es un ejemplo a seguir por todo aquel que desee dedicarse a la tarea de la evangelización, porque nunca buscó el aplauso, nunca buscó los bienes materiales, y sólo hablaba en nombre de Cristo y no en nombre propio.

Entre las obras por él escritas hay que destacar el <Epistolario espiritual para todos los estados>  y  la <Colección de cartas ascéticas>, dirigidas  entre otros, a San Ignacio de Loyola,  y San Juan de Dios. Compuso así mismo un libro dedicado al “Santísimo Sacramento”  y otro al “Conocimiento de sí mismo” , así como otros muchos, aunque se han perdido, los hermosos sermones de sus predicaciones orales, seguramente porque nunca se preocupó el santo de conservar los escritos.
Murió en la ciudad de Montilla en 1569. Es santo patrón del clero español desde 1946 y el Papa Benedicto XVI lo proclamó Doctor de la Iglesia el 7 de octubre de 2012, siendo el cuarto santo español en alcanzar este título.



Recordaremos también a otro  santo, en este caso mártir,  que el Papa Pablo VI canonizó y que lleva así mismo el nombre de Juan, nos referimos concretamente a San Juan Nepomuceno que sufrió la muerte por martirio a causa de no revelar un secreto de confesión. Había nacido este santo varón en Nepomuck (Bohemia), en el año 1330. Desde niño era muy devoto de la Virgen, por cuya intersección él se consideró salvado de una enfermedad muy grave. Estudió mucho pasando por diversas universidades en las que se especializó en filosofía y teología.
Una vez ordenado sacerdote en poco tiempo se convirtió en un excelente predicador de la Palabra, pues con sus sermones trataba de poner coto a  pecados típicos de la época como la soberbia, la relajación de las costumbres morales etc.
Hasta el emperador  del Sacro Imperio Romano Germánico (1378-1400), rey de Bohemia (1376-1412) y rey de los romanos (1376-1400), Wenceslao, se cuenta que asistia a los sermones de este santo y por eso consideró conveniente para la Corte nombrarle capellán de palacio.

Estando ya en su nuevo puesto evangelizador dentro de una Corte, de costumbres muy frívolas, la reina, una mujer de probada santidad, quiso tomarle como confesor. Esta mujer era hija del duque de Baviera y se casó con Wenceslao cuando él tenía quince años y ella había cumplido los veinte. Poseía muchas virtudes todo lo contrario que su esposo el emperador que demostró ser en su madurez un hombre cruel y propenso a los vicios. La reina se sentía muy acongojada por el proceder de su esposo que, por otra parte, era muy celoso y no se fiaba de la fidelidad de ella, a pesar de haber demostrado ésta un comportamiento intachable en todos los sentidos.
Sucedió, que el emperador en una ocasión ciego de celos y ante la santidad de su esposa quiso que Juan, el confesor de la reina, le contara los posibles pecados de los que ella se acusaba, y al no conseguir que éste faltara a la obligación de mantener el secreto de confesión, se irritó enormemente con él.
Sin embargo no se atrevió a echar de la Corte al santo, y enfurecido como estaba descargó su ira contra sus vasallos, y al afearle su conducta el santo,  él le mandó encarcelar, aunque después , asustado de lo que había hecho, ordenó que lo sacaran del calabozo e incluso le obligó asistir a un banquete durante el cual le pidió de nuevo, que le dijera los pecados de la emperatriz.
Al negarse en rotundo el santo, lo mandó torturar dejándolo luego  en libertad. No obstante
el tema no quedó zanjada así, porque Wenceslao secretamente ordenó que le mataran de forma que no se descubriera el crimen.
Sus secuaces para cumplir el mandato, lo arrojaron al vacío desde el puente de Moldaba. El crimen, no obstante,  no quedó oculto porque el río creció y sacó a flote el cadáver haciéndose público este macabro hecho, y al mismo tiempo  el cuerpo del santo, quedaba iluminado por extrañas y milagrosas luces. Este acontecimiento tuvo lugar en el año 1383.




Podríamos poner multitud de ejemplos más, que abalarían el valor y el amor a Dios de los santos mártires de todos los tiempos, por eso ya en los primeros siglos cuando los cristianos eran cruelmente perseguidos y ejecutados por el sólo delito de serlo, recogían sus nombres y la fecha del suceso en el libro denominado <Martirologio Romano>. Además en seguida eran tomados como modelos de santidad  para lograr la salvación de sus almas.
Por desgracia, en este descreído siglo XXI escuchamos expresiones que nos indican la falta de consideración hacia estas personas elegidas por Dios, que han entregado incluso en ocasiones la vida por de Cristo y su Mensaje.
De ahí  la pregunta: ¿Será ésta una nueva forma de iconoclastia? Sí, porque algunos hombres ya no se conforman con quitar las imágenes de Cristo, de la Virgen y de los santos de los lugares de culto, o de los lugares donde siempre han estado durante siglos. No, esto no es suficiente, para ellos, es  necesitan que la gente se olvide de rezar, de pedir ayuda, no sólo a los santos o  a la Virgen, sino también y sobre todo a Dios.
Por eso, los cristianos debemos recordar las palabras de Cristo cuando dijo: <si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese así mismo, tome su cruz y sígame>, (Mt 16,24).

Ante esta petición de Jesús algunos preguntarían sin embargo: ¿Todavía nos sigue exigiendo tanto?



El Papa San Juan Pablo II precisamente refiriéndose a este pasaje de la vida de Jesús,  del Evangelio de San Mateo, se expresaba en los términos siguientes (14 de febrero de 2001):
"Estas palabras expresan la radicalidad de una elección que no admite ni vacilaciones ni rémoras. Es una exigencia dura, que ha impresionado a los propios discípulos y que a lo largo de los siglos, ha retenido a muchos hombres y a muchas mujeres a la hora de seguir a Cristo. Pero precisamente esta misma radicalidad ha producido también frutos admirables de santidad y martirio que refuerzan en el tiempo el camino de la Iglesia Católica”

Así ha sido siempre y seguirá siéndolo por los siglos de los siglos, porque como podemos leer en el Catecismo de la Iglesia Católica refiriéndose a este tema  (nº 2473):
"El martirio es el supremo testimonio de la verdad de la fe; designa un testimonio que llega hasta la muerte. El mártir da testimonio de Cristo, muerto y resucitado, al cual está unido por la caridad.




Da testimonio de la verdad y de la fe y de la doctrina de Cristo.

El mártir, soporta la muerte mediante un acto de fortaleza: <dejadme ser pasto de las fieras. Por ellas me será dado llegar a Dios> (San Ignacio de Antioquía. Rom 4-1)”

Es por esto que la Iglesia con el más depurado esmero ha recogido todos los recuerdos de aquellas personas que a lo largo de la historia han dado la vida por Cristo y su Mensaje.
Las palabras de dos santos mártires evocados en el Catecismo de la Iglesia Católica nos sirven de testimonio y ejemplo  (nº 2474):

“No me servirá de nada los atractivos del mundo ni de los reinos de este siglo. Es mejor para mí morir, para unirme a Cristo Jesús, que reinar hasta los confines de la tierra. Es a Él a quien busco, a quien murió por nosotros. A Él quiero, al que resucitó por nosotros…” (San Ignacio de Antioquía; Rm 6,1-2)

(San Ignacio de Antioquía, Obispo de Antioquía, es considerado Padre Apostólico de la Iglesia católica y se cree que fue discípulo del Apóstol  San Juan, murió por martirio hacia el año 107 durante el reinado del emperador Trajano).

“Te bendigo por haberme juzgado digno de este día y esta hora, digno de ser contado en el número de tus mártires… Has cumplido tu promesa, Dios de la fidelidad y de la verdad. Por esta gracia y por todo te alabo, te bendigo, te glorifico, por el eterno y celestial Sumo Sacerdote, Jesucristo, tu Hijo amado. Por Él que está contigo y con el Espíritu Santo, te es dada gloria ahora y en los siglos venideros. Amén”. (San Policarpo, mart. 14,2-3)

(San Policarpo fue coetáneo de San Ignacio al que conoció cuando éste iba camino de la muerte hacia Roma, el cual le solicitó que informara a sus files de Asia Menor mediante una carta. Fue Obispo de Esmirna y es considerado también Padre Apostólico de la Iglesia, murió por martirio hacia el año 155 durante el reinado del emperador Antonino Pío).

 
 

Siempre deberíamos tener en cuenta que Iglesia católica, apostólica y romana, en lo que respecta a su doctrina, tanto en el aspecto moral, como en la obligación divina, es muy exigente y perfecta, y que además: <La santidad es un don de Jesús a su Iglesia>. Por eso:
“La biografías de los santos presentan hombres y mujeres que, dóciles a los designios divinos, que han afrontado, a veces pruebas y sufrimientos indescriptibles, persecuciones y martirios. Han perseverado en su entrega, <han pasado por la gran tribulación –se lee en el Apocalipsis – y han lavado y blanqueado sus vestiduras con la sangre del Cordero>.

Sus nombres están escritos en el libro de la vida (Ap 20, 12); su morada eterna en el Paraíso. El ejemplo de los santos es para nosotros un estímulo a seguir el mismo camino, a experimentar la alegría de quien se fía de Dios, porque la única verdadera causa de la tristeza e infelicidad para el hombre es vivir lejos de Él”  (Los caminos de la vida interior. Papa Benedicto XVI. Ed. Chronica S.L. 2011).     

 

 "Miré y vi una muchedumbre enorme que nadie podía contar. Gentes de toda nación, raza, pueblo y lengua; estaban de pie delante del trono del Cordero. Vestian de blanco, llevaban palmas en las manos / y clamaban con voz potente, diciendo:
<A nuestro Dios, que está sntado en el trono, y al Cordero, se debe la salvación>" (Ap 7, 9-11)  

 

 

 

 

 

lunes, 6 de febrero de 2017

LA LLAMADA A LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS: ECUMENISMO (II)

 
 
 
 
 
 



El Papa San Juan Pablo II en su Carta Encíclica <Ut Unum Sint>, sobre el empeño ecuménico de la Iglesia católica  proclamaba:

“Cristo llama a todos sus discípulos a la unidad. Me mueve el vivo deseo de renovar hoy esta invitación, de proponerla de nuevo con determinación, recordando cuanto señalé  en el Coliseo romano el viernes santo de 1994, al concluir la meditación del Vía Crucis, dirigida por las palabras del venerable hermano Bartolomé, Patriarca ecuménico de Constantinopla. En aquella circunstancia afirmé que, unidos en el seguimiento de los mártires, los creyentes en Cristo no pueden permanecer divididos.



Si quieren combatir verdadera y eficazmente la tendencia del mundo a anular el Misterio de la Redención, deben profesar juntos la misma verdad sobre la Cruz. ¡La Cruz! La corriente anticristiana pretende anular su valor, vaciarla de su significado, negando que el hombre encuentre en ella las raíces de su nueva vida; pensando que la Cruz no pueda abrir sus perspectivas ni esperanzas: el hombre, se dice, es sólo un ser terrenal que debe vivir como si Dios no existiese…

Con el Concilio Vaticano II la Iglesia católica se ha comprometido de modo irreversible a recorrer el camino de la acción ecuménica, poniéndose a la escucha del Espíritu del Señor, que enseña a leer atentamente los <signos de los tiempos>. Las experiencias que ha vivido y continúa viviendo en estos años la iluminan aún más profundamente sobre su identidad y su misión en la historia. La Iglesia católica reconoce y confiesa las  debilidades de sus hijos, consciente de que sus pecados constituyen otras tantas traiciones y obstáculos a la realización del designio del Salvador.

Sintiéndose llamada constantemente a la renovación evangélica, no cesa de hacer penitencia. Al mismo tiempo, sin embargo, reconoce y exalta aún más el poder del Señor, quien, habiéndola colmado con el don de la santidad, la atrae y la conforma a su Pasión y Resurrección.

Enseñada por las múltiples vicisitudes de su historia, la Iglesia está llamada a liberarse de todo apoyo puramente humano, para vivir en profundidad la ley evangélica de las Bienaventuranzas. Consciente de que <la verdad no se impone sino por la fuerza de la misma verdad, que penetra, con suavidad y firmeza a la vez, en las almas>, nada pide para sí sino la libertad de anunciar el Evangelio. En efecto, su autoridad se ejerce en el servicio de la verdad y de la caridad”.

 


Así es, la Iglesia consciente de que la verdad no se impone, sino por la fuerza de la misma verdad, penetra en las almas con suavidad y firmeza, sólo desea y por tanto pide al mundo la libertad necesaria para anunciar el Evangelio.
Esta petición conlleva como es lógico, la: <Formación ecuménica de los fieles y especialmente de los sacerdotes>, con el deseo de prepararlos con vistas a una futura unión de los cristianos.
Para conseguir esta ambiciosa meta es necesario que se proyecten y se hagan realidad nuevas <estructuras locales de diálogo>.
Como podemos leer en la Carta Encíclica anteriormente mencionada del Papa San Juan Pablo II:




“El diálogo ecuménico, tal y como se ha manifestado desde los días del Concilio, lejos de ser una prerrogativa de la Sede Apostólica, atañe también a las Iglesias locales o particulares. Las Conferencias episcopales y los Sínodos de las Iglesias orientales católicas han instituido comisiones especiales para la promoción del espíritu y de la acción ecuménica.

Oportunas estructuras análogas trabajan a nivel diocesano. Estas iniciativas manifiestan el deber concreto y general de la Iglesia católica de aplicar las orientaciones conciliares sobre el ecumenismo: este es un aspecto esencial de movimiento ecuménico.

No sólo se ha emprendido el diálogo, sino que se ha convertido en una necesidad declarada, una de las prioridades de la Iglesia; en consecuencia, se ha perfilado la <técnica> para dialogar, favoreciendo al mismo tiempo  al crecimiento del espíritu de diálogo.

En este contexto se quiere ante todo considerar el diálogo entre cristianos de las diferentes Iglesias o comunidades: <entablado entre expertos adecuadamente formados, en el que cada uno explica con mayor profundidad la doctrina de su comunión y presente con claridad sus características>.



Sin embargo, conviene que cada cristiano conozca el método adecuado al diálogo.
Como afirma la declaración conciliar sobre la libertad  religiosa:

<La verdad debe buscarse de un modo adecuado a la dignidad de la persona humana y a su naturaleza social, es decir, mediante la investigación libre, con la ayuda del magisterio o enseñanza, de la comunicación y del diálogo, en los que unos exponen a los otros la verdad que han encontrado o piensan haber encontrado, para ayudarse mutuamente en la búsqueda de la verdad; una vez conocida la verdad, hay que adherirse a ella firmemente con el asentimiento personal>.
El diálogo ecuménico tiene una importancia esencial:

<Pues, por medio de este diálogo, todos adquieren un conocimiento más auténtico y una estima más justa de la doctrina y de la vida de cada comunión; además, también las comunidades consiguen una mayor colaboración en aquellas obligaciones en pro del bien común exigidas por toda conciencia cristiana, y se reúnen, en cuanto es posible, en la oración unánime.

 


Finalmente, todos examinan su fidelidad a la voluntad de Cristo sobre la Iglesia y emprenden valientemente, como conviene, la obra de renovación y  de reforma>”.

Por otra parte, es necesario por no decir indispensable, que se produzcan: <Diálogos continuados entre los Teólogos, además de numerosos encuentros entre los cristianos de diferentes Iglesias y comunidades>, porque como también aseguraba el Papa San Juan Pablo II  (Cruzando el umbral de la Esperanza. Círculo de Lectores S. A; por cortesía de Plaza & Janés):

“Es mucho lo que ya se ha avanzado en este camino. El diálogo ecuménico, en varios niveles, se encuentra en pleno desarrollo, y está consiguiendo muchos frutos concretos.

Numerosas comisiones teológicas están trabajando conjuntamente. Quien siga de cerca estos problemas no puede dejar de advertir un evidente soplo del Espíritu Santo.

Nadie, sin embargo, se engaña pensando que el camino hacia la unidad va a ser breve o que en él no vaya a haber obstáculos. Hace falta sobre todo rezar mucho, empeñarse en la tarea de una profunda conversión, que hay que llevar a cabo mediante la oración en común y el trabajo conjunto a favor de la justicia, de la paz y de una actitud más cristiana en el orden temporal, a favor de todo lo que es coherentemente exigido por la misión de los confesores de Jesucristo en el mundo.



En nuestro siglo en particular han tenido lugar hechos que están profundamente en contra de la verdad evangélica. Aludo sobre todo a las dos guerras mundiales y a los campos de concentración y de exterminio. Paradójicamente, quizá estos mismos hechos pueden haber reforzado la conciencia ecuménica entre los cristianos divididos.

Un papel especial ha tenido ciertamente, a este respecto, el exterminio de los judíos: eso ha planteado al mismo tiempo ante la Iglesia y ante el cristianismo la cuestión de la relación entre la Nueva y la Antigua Alianza. En el campo católico, el fruto de la reflexión sobre esta relación se ha dado en la <Nostra aetate> (Nuestro tiempo; documento del Concilio Vaticano II, que trata de las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, aprobado en el año 1965), que tanto ha contribuido a madurar la conciencia de que los hijos de Israel son nuestros <hermanos mayores>.

Es una maduración que ha tenido lugar a través del diálogo, en especial el ecuménico. En la Iglesia católica ese diálogo con los judíos tiene significativamente su centro en el Consejo para la promoción de la unidad de los cristianos, que se ocupa al mismo tiempo del diálogo entre las varias comunidades cristianas”

 


En la labor llevada a cabo con miras al diálogo entre las varias comunidades cristianas, un ejemplo importante, de la labor realizada por la Iglesia y otras confesiones y credos, fueron las conversaciones mantenidas entre las Iglesia católica y los luteranos a finales del siglo pasado, que dieron lugar a un cierto acuerdo, que no a una unión, como hubiera sido deseable. A este respecto, es interesante resaltar la labor periodística llevada a cabo por la revista italiana 30 Giorgioni, publicando la entrevista que el periodista Gianni Cardinales le hacía en el año 1999 al por entonces Cardenal Ratzinger. Recordaremos ahora algunas de las preguntas y respuestas dadas por el futuro Papa Benedicto XVI en dicha entrevista, recogidas en el libro: <Nadar contra corriente> (Edición a cargo de José Pedro Manglano. Colección: Planeta Testimonio, 2011).

Entre las distintas preguntas que hemos elegido como más significativas, dentro de esta interesante entrevista, mencionaremos en primer lugar la siguiente:
“Eminencia, ¿En qué nivel se sitúa el acuerdo entre la Iglesia católica y los luteranos? Se subraya muchas veces el hecho de que se trata de un acuerdo de verdades y no sobre las verdades de la doctrina de la justificación… “



La respuesta del por entonces Cardenal y más tarde Pontífice de la Iglesia católica fue:
“Este en un punto importante. Ambas partes han subrayado el hecho de que no es simplemente un consenso sobre la doctrina de la justificación como tal, sino sobre verdades fundamentales de la doctrina de la justificación. Hay sectores donde realmente existe un acuerdo, pero quedan problemas por resolver…

No estamos hablando de fórmulas de por sí, sino fórmulas consideradas dentro de su contexto, como es el caso de la <simul iustus et pecattor>. Para Lutero, perseguido por el temor a la condena eterna, es importante saber que, aunque fuese un pecador, Dios le amaba y le comprendía. Para él existe esta contemporaneidad: el ser verdadero pecador y el ser totalmente justificado. Es una expresión de su experiencia personal, que con el tiempo ha sido profundizada con reflexiones teológicas.

Para la Iglesia, sin embargo, es importante subrayar que no existe un dualismo. Si no, que si uno es injusto, automáticamente no podrá estar justificado. La justificación, es decir, la gracia que nos viene concedida en el Sacramento (Confesión), transforma al pecador en una nueva criatura, como dice San Pablo.

Lo que queda, dice el Concilio de Trento, es la concupiscencia es decir, la tendencia al pecado o más bien un estímulo que nos lleva hacia el pecado, pero que como tal, no es pecado.



El problema se hace más real en el momento que consideramos la presencia de la Iglesia en este proceso de justificación, la necesidad del Sacramento de la Penitencia. Aquí es donde se revelan las verdaderas divergencias”

La segunda pregunta que queremos destacar es la siguiente:

“¿Qué relevancia tiene el hecho de que el primer acuerdo con los luteranos trate del tema de la justificación, elemento que desencadenó la Reforma?”

En este caso la respuesta, muy interesante por cierto, del Cardenal Ratzinger fue:

“Se entiende que para los luteranos fuese el punto de partida de un diálogo, porque se trataba del tema que, como usted dijo, ha desencadenado toda la ola de la Reforma.

Por eso, empezar desde aquí para después alargar el consentimiento era natural y también necesario. Aunque si actualmente, en la vida de todos los días, los cristianos son muy poco conscientes de este hecho – también entre los luteranos, si se les pregunta que es lo que entienden por justificación, la respuesta será bastante incompleta, lo cual, al no tratarse de una herida activa, nos permitió un clima sereno, un clima de discusión pacífica -  sigue habiendo un punto desde el cual surgirán todos los demás problemas.

Entonces, para obtener un camino lógico de prioridad ecuménica, es obvio comenzar por aquello que para Lutero era la clave del descubrimiento reformador”

Hemos querido recoger también otra pregunta más general que atañe a toda la cristiandad, y que por tanto resulta vital para la misma:

“¿No es preocupante que, no sólo en el mundo protestante, sino también en el mundo católico, el tema de la justificación esté considerado como lejano o que no se considere en absoluto?”



La respuesta el por entonces Cardenal, y futuro Papa Benedicto XVI, no deja lugar a dudas y aclara eficazmente cual es la posición de la Iglesia católica en este caso:
“Este es el verdadero problema. En las respuestas de la Iglesia católica del año pasado estaba escrito:
<Debería ser preocupación común de los luteranos y de los católicos el encontrar un lenguaje capaz de hacer que la doctrina de la justificación sea más comprensible para los hombres de nuestro tiempo>.

Pienso que la casi ausencia de esta doctrina ha sido causada por un debilitamiento del sentido de Dios.

Si se toma a Dios en serio, el pecado es una cosa seria. Y así fue para Lutero. En la actualidad, Dios se encuentra bastante lejos. El sentido de Dios se encuentra más atenuado y, en consecuencia, también el sentido de la gracia se ha atenuado.



 Ahora, juntos, debemos encontrar en este contexto actual la manera de anunciar a Dios, a Cristo, de anunciar así la belleza de la gracia. Porque si no hay sentido de Dios, si no existe sentido del pecado, la gracia no nos dice nada.

Y me parece que este es el nuevo deber ecuménico: que, juntos, podamos entender e interpretar de una manera accesible, tocando el corazón del hombre de hoy, que quiere decir que el Señor nos haya rescatado, nos haya dado la gracia”

Finalmente y como continuación de la pregunta anterior recogemos la siguiente:

“¿Piensa que la Iglesia, está preparada para afrontar este fuerte movimiento de secularización y este enorme vacío de la fe? O, ¿todavía se da entre los hombres una visión de cristiandad, pero no la de una Iglesia misionera?”

La respuesta del que llegaría a ser el Papa nº 265, de la Iglesia, en 2005, tras la muerte de Juan Pablo II, fue contundente y muy ajustada a la realidad de la Iglesia católica:

“Creo que tenemos que aprender. Nos ocupamos demasiado de nosotros mismos, de las cuestiones estructurales, del celibato, de la ordenación de las mujeres, de los Consejos, de los derechos de los Consejos, de los Sínodos… Trabajamos siempre sobre nuestros problemas internos, y no nos damos cuenta de que el mundo tiene necesidad de respuestas, no sabe cómo vivir.



Esta incapacidad del mundo se ve en la droga, en el terrorismo, etc. Por tanto, el mundo tiene sed de respuestas, y nosotros nos quedamos en nuestros problemas. Estoy convencido de que si salimos al encuentro de los demás, y presentamos a los demás de manera apropiada el Evangelio, incluso los problemas internos se relativizarán y se resolverán. Para mí, éste es un punto fundamental: tenemos que hacer el Evangelio accesible al mundo secularizado de hoy”

Después de estos ejemplos, que ponen de manifiesto, por dónde pueden ir las conversaciones entre la Iglesia católica y otras comunidades cristianas no católicas, sólo podemos decir siguiendo al Papa Francisco, que hay que ir con precaución porque:



“El diablo siembra, celos, ambiciones, ideas, para ¡dividir! O siembra avidez…” (Misa matutina en la Domus Sanctae Martahae. Lunes 12 de septiembre de 2016)

Así sucedió en la Iglesia primitiva con el terrible caso del matrimonio compuesto por Ananías y Safira (Hch 5,  1-11).  Para comprender mejor, con la mentalidad del siglo XXI, este tremendo suceso acecido en la Iglesia primitiva hay que recordar lo que se nos indica en el libro de San Lucas sobre la vida y costumbres de los hombres y mujeres que participaron de aquella Iglesia primitiva de Dios (Hch 2, 42-47):
-Y perseveraban asiduamente en la doctrina de los Apóstoles y en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones.

-Y nacía de aquí, temor en toda alma; y se obraban muchos prodigios y señales por medio de los Apóstoles en Jerusalén; y un gran temor sobrecogía a todos.
-Y todos los que habían abrazado la fe vivían unidos, y tenían todas las cosas en común;

-y vendían las posesiones y los bienes, y lo repartían entre todos, según que cada cual tenían necesidad.
-Y día por día, asiduos en asistir unánimemente al templo y partiendo el pan en sus casas, tomaban el sustento con regocijo y sencillez de corazón,

-alabando a Dios y, hallando favor cabe todo el pueblo. Y el Señor iba diariamente agregando y reuniendo los que se salvaban.

 
 


Son palabras de una persona coetánea a lo ocurrido, el evangelista San Lucas, reconocido de forma unánime como autor de este libro por los eclesiásticos de los tres primero siglos, prueba documental, que no posee a su favor cualquier otro escritor profano de la antigüedad.

Por otra parte, los numerosos datos ofrecidos a lo largo de este singular libro, referentes a la vida social, política y religiosa de los diferentes pueblos que en el mismo se nombran, nos permiten asegurar, sin equivocación posible, que son todos datos que reflejan fielmente y con verdad absoluta los hechos narrados.

Ante estas consideraciones podemos llegar a comprender mejor los versículos correspondientes a la narración del castigo de la mentira de Ananías y Safira. Así, pues, este hecho acaecidos en la Iglesia primitiva demuestra que Dios no puede sufrir la falsedad, ni la desunión de los cristianos porque:
“El cristianismo ha de manifestarse auténtico, veraz, sincero en todas sus obras. Su conducta debe transparentar un espíritu: el de Cristo. Si alguno tiene en este mundo que mostrarse consecuente, es el cristiano, porque ha recibido en depósito, para hacer fructificar ese don, la verdad que libera, que salva” (San Josemaría, Amigos de Dios, n.141).
 
 
 


En definitiva, como diría el Papa San Juan Pablo II refiriéndose a los logros alcanzados por los cristianos en el último Concilio (Vaticano II):
“El Concilio fue una experiencia de la Iglesia, o bien, como entonces se decía, el <Seminario del Espíritu Santo>.

En el Concilio, el Espíritu Santo hablaba a toda la Iglesia en su universalidad, determinada por la participación  de los obispos del mundo entero. Determinante era también la participación  de los representantes de las Iglesias y de las comunidades no católicas, muy numerosas.

Lo que el Espíritu Santo dice, supone siempre una penetración más profunda en el eterno Misterio, y a la vez una indicación, a los hombres que tienen el deber  de dar a conocer ese Misterio al mundo contemporáneo, del camino que hay que recorrer.



El hecho mismo de que aquellos hombres fueran convocados por el Espíritu Santo y constituyeran  durante el Concilio una especial comunidad que escucha unida, reza unida, y unida piensa y crea, tiene una importancia fundamental para la evangelización, para una <nueva evangelización> que con Vaticano II tuvo su comienzo.

Todo eso está en estrecha relación con una nueva época en la historia de la humanidad y también en la historia de la Iglesia” (Papa San Juan Pablo II. Cruzando el umbral de la esperanza. Editado por Vittorio Messori. Licencia editorial para Círculo de Lectores por cortesía de Plaza & Janés  Editores, S.A. 1995).

 

 

     

 

 

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 4 de febrero de 2017

JESÚS DIJO (XXVI): TRABAJOS REALIZADOS POR MRM.MARUS


 
 
 
 
 






*JESÚS DIJO (XXV): TRABAJOS REALIZADOS POR MRM.MARUS (19/12/16)

 

 

*RECORDANDO LA NATIVIDAD DEL SEÑOR (25/12/16)

 

 

*LA LLAMADA A LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS: ECUMENISMO (I) (1/1/17)

 

 

*MENSAJEROS DEL EVANGELIO: LOS PRIMEROS SIGLOS (1ª Parte) (8/1/17)

 

 

*JESÚS Y EL RETO DE LA EVANGELIZACION: SIGLO XI (2ª Parte) (18/1/17)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA BIBLIA (Edición Popular) (Traducción aprobada por la Conferencia Episcopal Española)

 

LA CASA DE LA BIBLIA (1993)

 

 

 

 

                                  

 

 

 

                                           CARTA A LOS ROMANOS  (Primera Parte)

 

 

 

 

 

SALUDO Y PROFESIÓN DE FE (1, 1-7)

 

1-Soy Pablo, siervo de Cristo Jesús, elegido como apóstol y destinado a proclamar el evangelio que Dios / había prometido por medio de sus profetas en las Escrituras santas. / Este evangelio se refiere a su Hijo, nacido, en cuanto hombre, de la estirpe de David / y constituido por su resurrección de entre los muertos Hijo poderoso de Dios según el espíritu santificador: Jesucristo, Señor nuestro, / por quien he recibido la gracia de ser apóstol, a fin de que para su gloria, respondan a la fe de todas las naciones, / entre las cuales también estáis vosotros que habéis sido elegidos por Jesucristo. / A todos los que estáis en Roma y habéis sido elegidos amorosamente por Dios para constituir su pueblo, gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y de Jesucristo el Señor.

 

 

 

*PROYECTOS DE PABLO PARA VISITAR ROMA (1, 8-15)

 

Ante todo, doy gracias a mi Dios por vosotros mediante Jesucristo, porque todo el mundo se hace lenguas de vuestra fe. / Dios, a quien rindo culto de todo corazón anunciando el evangelio de su Hijo, es testigo de que os recuerdo sin cesar. / Continuamente pido a Dios que me conceda ir a visitaros. / Deseo ardientemente veros, para comunicaros algún don espiritual que os fortalezca; / o más bien para confortarnos mutuamente en la fe común, la vuestra y la mía. / Debéis saber, hermanos, que he intentado muchas veces ir a visitaros, pero hasta el presente me lo han impedido. Pretendía recoger algún fruto también entre vosotros, lo mismo que en los demás pueblos. / Y es que me debo por igual a civilizados y a no civilizados, a sabios y a ignorantes. Así que, por lo que a mí toca, estoy pronto a anunciaros el evangelio también a vosotros, los que estáis en Roma.

 

 

*EL PODER SALVADOR DEL EVANGELIO (1, 16-17)

 

Pues no me avergüenzo del evangelio, que es fuerza de Dios para que se salve todo el que cree, tanto si es judío como si no lo es. / Porque en él, se manifiesta la fuerza salvadora de Dios a través de una fe en continuo crecimiento, como dice la Escritura: Quien alcance la salvación por la fe, ese vivirá.

 

 

 

 

*LA HUMANIDAD CULPABLE (1, 18-32)

 

En efecto, la ira de Dios se manifiesta desde el cielo contra la impiedad e injusticia de aquellos hombres que obstaculizan injustamente la verdad. / Pues lo que se puede conocer de Dios, lo tienen claro ante sus ojos, por cuanto Dios se  lo ha revelado. / Y es que lo invisible de Dios, su eterno poder y su divinidad, se ha hecho visible desde la creación del mundo, a través de las cosas creadas. Así que no tienen excusa, / porque, habiendo conocido a Dios, no lo han glorificado, ni le han dado gracias, sino que han puesto sus pensamientos en cosas sin valor y se ha oscurecido su insensato corazón. / Alardeando de sabios, se han hecho necios / y han trocado la gloria del Dios incorruptible por representaciones de hombres corruptibles, e incluso de aves, de cuadrúpedos y de reptiles. / Por eso Dios los ha entregado, siguiendo el impulso de sus apetitos, a una impureza tal que degrada sus propios cuerpos. / Es la consecuencia de haber cambiado la verdad de Dios por la mentira, y de haber adorado y dado culto a la criatura en lugar de al Creador, que es bendito por siempre, Amén. / Así pues, Dios los ha entregado a pasiones vergonzosas. Sus mujeres han cambiado las relaciones naturales del sexo por usos antinaturales; / e igualmente hombres, dejando la relación natural con la mujer, se han abrasado en deseos de unos por otros. Hombres con hombres comenten acciones ignominiosas y reciben en su propio cuerpo el pago merecido por su extravío. / Y por haber rechazado el verdadero conocimiento de Dios, Dios los ha dejado a merced de su depravada mente, que los impulsa a hacer lo que no deben. / Están llenos de injusticia, malicia, codicia y perversidad; son envidiosos, homicidas, camorristas, mentirosos, malintencionados, chismosos, / calumniadores, impíos, insolentes, soberbios, fanfarrones, inventores de maldades, rebeldes a sus padres, / inconsiderados, desleales, desamorados y despiadados. / Conocen bien el decreto de Dios según el cual los que cometen tales acciones son dignos de muerte, pero no contentos con hacerlas, aplauden incluso a los que las cometen.

 

 

                                       

 

 

 

TODOS BAJO EL JUICIO DE DIOS (2, 1-11)

 

1-Por tanto, no tienes excusa tú, quienquiera que seas, cuando juzgas a los demás, pues juzgando a otros tú mismo te condenas, ya que haces lo mismo que condenas. / Y sabemos que el juicio de Dios es riguroso contra quienes hacen tales cosas. / Y tú que condenas a los que hacen las mismas cosas que tú haces ¿piensas que escaparás al castigo de Dios? / ¿Desprecias acaso la inmensa bondad de Dios, su paciencia y su generosidad, ignorando que es la bondad de Dios la que te invita al arrepentimiento? / Por el endurecimiento y la impenitencia de tu corazón estás atesorando ira para el día de la ira, cuando Dios se manifieste como justo juez / y dé a cada uno según su merecido: / a los que perseverando en la práctica del bien buscan gloria, honor e inmortalidad, les dará vida eterna; / pero los que por egoísmo rechazaron la verdad y se abrazaron a la injusticia, tendrán un castigo implacable. / Tribulación y angustia para los que no lo son; / gloria, honor y paz para los que hacen el bien; para los judíos, desde luego, pero también para quienes no lo son, / pues en Dios no hay lugar a favoritismos.

 

 

 

*TAMBIÉN LOS JUDÍOS SON CULPABLES (2, 12-24)

 

En efecto, todo el que haya pecado sin estar bajo la ley, también perecerá sin que intervenga la ley; y todo el que haya pecado estando bajo la ley, será juzgado por esa ley. / Porque no salvará Dios a los que simplemente escuchan la ley, sino a aquellos que la cumplen. / Y es que cuando los paganos que no están bajo la ley, cumplen lo que atañe a la ley por inclinación natural, aunque no tengan ley, se constituyen en ley para sí mismos. / Llevan los preceptos de la ley escritos en su corazón, como lo atestigua su conciencia y también sus propios razonamientos que los acusarán o defenderán / en el día en que Dios juzgue las cosas ocultas de los hombres por medio de Jesucristo y conforme al evangelio que yo anuncio. / ¿Y qué decir de ti? Presumes de judío, te apoyas en la ley y te glorías en Dios. / Te precias de conocer su voluntad e, instruido por la ley, sabes discernir lo que es bueno. / Te jactas de ser guía de ciegos, luz de los que están en tinieblas, / educador de ignorantes, maestro de analfabetos, y crees poseer en la ley la clave del conocimiento y de la verdad. / Pues bien, tú que enseñas a otros, ¿Por qué no te enseñas a ti mismo? Tú que proclamas que no se debe robar, ¿por qué robas? / Tú que condenas el adulterio, ¿por qué cometes adulterio? Tú que reniegas de los ídolos, ¿por qué deshonras a Dios al no cumplirla? / Pues como dice la Escritura: Por vuestra culpa el nombre de Dios es ultrajado entre los paganos.

 

 

 

 

*EL VALOR DE LA CIRCUNCISIÓN (2, 25-29)

 

En cuanto a la circuncisión, es útil ciertamente si cumples la ley; pero si no lo cumples, es igual estar circuncidado que no estarlo. / Por tanto, si uno que no está circuncidado observa los preceptos de la ley, ¿no deberá ser considerado como si lo estuviera? / De hecho, el que no está físicamente circuncidado, pero cumple la ley, te juzgará a ti que, a pesar de estar circuncidado y poseer la letra de la ley, conculcas esa ley. / Porque ser judío no consiste en lo exterior, ni la verdadera circuncisión es la que se hace visiblemente en el cuerpo. / El verdadero judío loes por dentro y la genuina circuncisión es la del corazón, la que es obra del Espíritu y no de la letra; no esa que alaban los hombres, sino la que alaba Dios.

 

 

 

 

*DIOS SIGUE SIENDO FIEL A SU PUEBLO (3, 1-8)

 

3 Así pues, ¿es en algo superior el judío? ¿Tiene alguna utilidad el estar circuncidado? / Mucha, en todos los sentidos. En primer lugar, porque a ellos les fueron confiadas las palabras de Dios. / ¿Qué algunos no creyeron? ¿Y qué? ¿Acaso la incredulidad va anular la fidelidad de Dios? / ¡De ninguna manera! Dios es siempre veraz, aunque todo hombre sea mentiroso; ya lo dice la Escritura: Tus palabras mostrarán que eres fiel y triunfarás cuando sea juzgado. / Pero si nuestra maldad sirve para demostrar la fuerza salvadora de Dios, ¿no deberíamos decir – hablando a lo humano – que Dios es injusto en descargar su ira sobre nosotros? / ¿De ninguna manera! Si no, ¿cómo podría Dios juzgar al mundo? / Y si mi mentira sirve para resaltar y glorificar la verdad de Dios, ¿por qué he de ser considerado como pecador? / ¿Habrá que hacer el mal para que venga el bien, como algunos calumniadores dicen que yo enseño? ¿Bien merecida tienen esos tales su condenación!

 

*TODOS BAJO EL PECADO (3, 9-19)

 

Por tanto, ¿qué? ¿Tenemos o no tenemos ventaja los judíos? No del todo, ya que hemos demostrado que todos, tanto judíos como no judíos, están bajo el pecado, / como dice la Escritura: No hay ni siquiera un justo, / no hay un solo sensato, no hay quien busque a Dios. / Todos andan extraviados, todos están pervertidos. No hay ni uno que haga el bien. / Sepulcro abierto es su garganta, fuente de engaños su lengua, veneno de serpientes hay en sus labios, / su boca rebosa maldición y acritud. / Rápidos son sus pies para verter sangre, / desolación y miseria en sus caminos. / No conocieron la senda de la paz; / ni hay temor de Dios ante sus ojos. / Ahora bien, sabemos que lo que dice la ley, lo dice para quiénes están bajo la ley. Con ello, todo hombre queda en evidencia y el mundo entero debe reconocerse culpable ante Dios. / Porque nadie alcanzará la salvación divina por el cumplimiento de la ley; el papel de la ley era hacernos conscientes del pecado.

*LA SALVACIÓN POR LA FE (3, 21-31)

 

Pero ahora, con independencia de la ley, se ha manifestado la fuerza salvadora de Dios, atestiguada por la ley y los profetas. / Fuerza salvadora de Dios que, por medio de la fe en Jesucristo, alcanzará a todos los que crean. Y no hay distinción: / todos pecaron y todos están privados de la gloria de Dios; / pero ahora Dios los salva gratuitamente por su bondad en virtud de la redención de Cristo Jesús, / a quien Dios ha hecho, mediante la fe en su muerte, instrumento de perdón. Ha manifestado así su fuerza salvadora pasando por alto los pecados cometidos en el pasado, / porque Dios es paciente. Pero es ahora, en este momento, cuando manifiesta su fuerza salvadora, al ser él mismo salvador, y salvar a todo el que cree en Jesús. / ¿De qué, pues, podemos presumir si toda jactancia ha sido excluida? ¿Y en razón de qué ha sido excluida? ¿Acaso por las obras realizadas? No, sino en razón de la fe. / Pues estoy convencido de que el hombre alcanza la salvación por la fe y no por el cumplimiento de la ley. / Y Dios ¿lo es sólo de los judíos? ¿No lo es también de los paganos? Sí, también de los paganos, / ya que uno solo es el Dios que salva a cuantos tienen fe, estén circuncidados o no lo estén. / Entonces, ¿estaremos anulando la ley al dar tanto valor a la fe? ¿De ninguna manera! Más bien estamos confirmando el valor de la ley.

 

 

 

*EL EJEMPLO DE ABRAHÁN (4, 1-12)

 

4 ¿Y qué diremos del caso de Abrahán, padre de nuestra raza? / Si Abrahán hubiera alcanzado la salvación por sus obras, tendría razón para presumir; pero no sucedió así ante Dios. / Pues ya lo dice la Escritura: Creyó Abrahán a Dios y ello le fue tenido en cuenta para alcanzar la salvación. / Es sabido que al que trabaja no se le cuenta el jornal como favor, sino como deuda; / por eso, al que no se apoya en sus obras, es decir, al que ha puesto su fe en un Dios que salva al impío, ese fe le será tenida en cuenta para alcanzar la salvación. / Del mismo modo David llama dichoso al hombre a quien Dios salva independientemente de las obras: / ¡Dichosos aquellos a quienes Dios ha perdonado sus maldades, aquellos cuyos pecados han sido sepultados! / ¡Dichoso el hombre a quien el Señor no toma en cuenta su pecado! / ¡A quién se aplica esta bienaventuranza? ¿Sólo a los que están circuncidados, o también a los que no lo están? Hemos dicho que la fe le fue tenida en cuenta a Abrahán para alcanzar la salvación. Pero ¿cuándo? ¿Ya circuncidado a antes de estarlo? Sin duda que no después, sino antes. / Fue después cuando recibió la circuncisión como una señal, como una garantía de que, ya antes de estar circuncidado, poseía la salvación que se alcanza por la fe. De este modo se ha convertido en padre de todos los creyentes que no están circuncidados, para que también a ellos le sea concedida la salvación. / Asimismo se ha convertido en padre de los circuncidados que no se contentan con serlo, sino que siguen los pasos de la fe que, antes de circuncidarse, tenía ya nuestro padre Abrahán.

 

*FE, PROMESA Y HERENCIA (4, 13-25)

 

Cuando Dios prometió a Abrahán y a su descendencia que heredarían el mundo, no vinculó la promesa a la ley, sino a la fuerza salvadora de la fe. / Ahora bien, si los herederos lo fueran en virtud de la ley, entonces la fe resultaría ineficaz y vana la promesa. / Toda ley lleva aparejada su sanción, pero donde no hay ley tampoco puede haber transgresión. / Por eso la herencia depende de la fe, es pura gracia, de modo que la promesa se mantenga segura para toda la posteridad de Abrahán, posteridad que es sólo la que procede de la ley, sino también la que procede de la fe de Abrahán. El es el padre de todos nosotros, / como dice la Escritura: Te he constituido padre de muchos pueblos; y lo es ante Dios en quien creyó, el Dios que da vida a los muertos y llama a la existencia a las cosas que no existen. / Contra toda esperanza creyó Abrahán que sería padre de muchos pueblos, según le había sido prometido: Así será en ti descendencia. / Y no decayó su fe al ver que su cuerpo estaba en vigor – tenía casi cien años – y que Sara ya no podía concebir. / Tampoco vaciló por falta de fe ante la promesa de Dios; al contrario, se consolidó en su fe dando así gloria a Dios, / plenamente convencido de que Dios tiene poder para cumplir lo que promete. / Lo cual le fue tenido en cuenta para alcanzar la salvación. / Estas palabras de la Escritura no se refieren solamente a Abrahán. / Se refieren también a nosotros, que alcanzaremos la salvación si creemos en aquel que resucitó de entre los muertos a Jesús nuestro Señor, / entregado a la muerte por nuestros pecados y resucitado para nuestra salvación.

 

*LOS FRUTOS DE LA SALVACIÓN (5, 1-11)

 

Así pues, quienes mediante la fe hemos sido puestos en camino de salvación, estamos en paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo. / Por la fe en Cristo hemos llegado a obtener esta situación de gracia en la que vivimos y de la que nos sentimos orgullosos, esperando participar de la gloria de Dios. / Y no sólo esto, sino que hasta de las tribulaciones nos sentimos orgullosos, sabiendo que la tribulación produce paciencia; / la paciencia produce virtud sólida, y la virtud sólida, esperanza. / Una esperanza que no engaña porque, al darnos el Espíritu Santo, Dios ha derramado su amor en nuestros corazones. / Estábamos nosotros incapacitados para salvarnos, pero Cristo murió por los impíos en el tiempo señalado. / Es difícil dar la vida incluso por un hombre de bien; aunque por una persona buena quizá alguien esté dispuesto a morir. / Pues bien, Dios nos ha mostrado su amor haciendo morir a Cristo por nosotros cuando aún éramos pecadores. / Con mayor razón, pues, a quienes a puesto en camino de salvación por medio de su sangre, los salvará definitivamente del castigo. / Porque si siendo enemigos Dios nos reconcilió consigo por la muerte de su Hijo, mucho más, reconciliados ya, nos salvará para hacernos partícipes de su vida. / y no sólo esto, sino que nos sentimos también orgullosos de un Dios que ya desde ahora nos ha concedido la reconciliación por medio de nuestro Señor Jesucristo.

 

*MUERTE EN ADÁN Y VIDA EN CRISTO (5, 12-20)

 

Así pues, por un hombre entró el pecado en el mundo y con el pecado la muerte. Y como todos los hombres pecaron, a todos alcanzó la muerte. / Cierto que ya antes de la ley había pecado en el mundo; ahora bien, el pecado no se imputa al no haber ley. / Y sin embargo, la muerte reinó sobre todos desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con una transgresión semejante a la de Adán, que es figura del que había de venir. Pero no hay comparación entre el delito y el don. Porque si por el delito de unos todos murieron, mucho más la gracia de Dios, hecha don gratuito en otro hombre, Jesucristo sobreabundó para todos. / Y hay otra diferencia entre el pecado del uno y el don del otro, pues mientras el proceso a partir de un solo delito terminó en condenación, el don, a partir de muchos delitos, terminó en absolución. / Y si por el delito de uno solo la muerte inauguró su reinado universal, mucho más por obra de uno solo, Jesucristo, vivirán y reinarán los que acogen la sobreabundancia de la gracia y el don de la salvación. / Por tanto, así como por el delito de uno solo la condenación alcanzó a todos los hombres, así también la fidelidad de uno solo es para todos los hombres fuente de salvación y de vida. / Y como por la desobediencia de uno solo, todos fueron hechos pecadores, así también, por la obediencia de uno solo, todos alcanzarán la salvación. /  En cuanto a la ley, su presencia sirvió para que se multiplicara el delito. Pero cuanto más se multiplicó el pecado, más abundó la gracia; / de modo que si el pecado trajo el reinado de la muerte, también la gracia reinará y nos alcanzará, por medio de nuestro Señor Jesucristo, la salvación que lleva a la vida eterna.

 

*NUEVA VIDA EN CRISTO (6, 1-11)

 

¿Diremos, pues, que hay que seguir pecando para que abunde la gracia? / ¡De ninguna manera! Si hemos muerto al pecado, ¿cómo seguir viviendo en él? / ¿Ignoráis acaso que todos a quienes el bautismo ha vinculado a Cristo, hemos sido vinculados a su muerte? / En efecto, por el bautismo hemos sido sepultados en Cristo quedando vinculados a su muerte, para que así como Cristo ha resucitado de entre los muertos por el poder del Padre, así también nosotros llevemos una vida nueva. / Porque si hemos sido injertados en Cristo a través de una muerte semejante a la suya, también compartiremos su resurrección. / Sabed que nuestra antigua condición pecadora quedó clavada en la cruz con Cristo, para que, una vez destruido este cuerpo marcado por el pecado, no sirvamos  ya más al pecado; porque cuando uno muere, queda libre del pecado. / Por tanto, si hemos muerto con Cristo, confiemos en que también viviremos con él. / Sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, no vuelve a morir, la muerte no tiene ya dominio sobre él. / Porque cuando murió, murió al pecado de una vez para siempre; su vivir, en cambio es un vivir para Dios. / Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios, en unión con Cristo Jesús.

 

*REPULSA DEL PECADO (6, 12-14)

 

Que no reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal. No os sometáis a sus apetitos, / ni prestéis vuestros miembros como armas perversas al servicio del pecado. Ofreceos más bien Dios como lo que sois: muertos que habéis vuelto a la vida, y haced de vuestros miembros instrumentos de salvación al servicio de Dios. / No tiene por qué dominaros el pecado, ya que no estáis bajo el yugo de la ley, sino bajo la acción de la gracia.

 

*LIBRES DEL PECADO (6, 15-20)

 

Entonces, ¿qué? ¿Nos entregaremos al pecado porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia? ¡De ninguna manera! / Sabido es que si os ofrecéis a alguien como esclavos y os sometéis a él, os convertís en sus esclavos: esclavos del pecado, que os llevará a la muerte; o esclavos de la obediencia a Dios, que os conducirá a la salvación. / Pero, gracias a Dios, vosotros que erais antes esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón la doctrina que os ha sido transmitida, / y liberados del pecado os habéis puesto al servicio de la salvación. / Os estoy hablando al modo humano, haciéndome cargo de vuestra dificultad para comprender. Lo mismo, pues, que antes os entregasteis como esclavos, a la impureza y a la iniquidad hasta llegar a la perversión, así ahora entregaos como esclavos al servicio de la salvación en busca de la plena consagración a Dios. / En otro tiempo erais esclavos del pecado y no os considerabais obligados a buscar la salvación. / ¿No os avergüenza ahora el fruto que entonces cosechasteis? Porque el resultado de todo aquello fue la muerte.  / Ahora, en cambio, liberados del pecado y convertidos en siervos de Dios, tenéis como fruto la plena consagración a él y como resultado final la vida eterna. / En efecto, el salario del pecado es la muerte, mientras que Dios nos ofrece como don la vida eterna por medio de Cristo Jesús, nuestro Señor.

 

*EL CRISTIANO Y LA LEY (7, 1-6)

 

Sabéis bien, hermanos – puesto que estoy hablando a entendidos en leyes -, que sólo mientras vive,  está el hombre sometido a la ley. / Así, por ejemplo, la mujer casada, mientras vive el marido está ligada a la ley que la une al marido; pero si el marido muere, queda desligada de esa ley. / Por tanto, será tenida por adúltera si, viviendo el marido, se une a otro hombre; pero, una vez muerto el  marido, queda libre de esa ley y ya no es adúltera si se une a otro hombre. / Pues lo mismo vosotros, hermanos. Por la muerte corporal de Cristo habéis muerto a la ley y ya podéis pertenecer a otro, al que ha resucitado de entre los muertos, con el fin de producir frutos para Dios. / Cuando vivamos sometidos a nuestros apetitos, nuestras pasiones pecaminosas, activadas por la ley, producían en nosotros frutos de muerte. / pero ahora nos hemos emancipado de la ley, somos como muertos respecto a la ley que nos tenía prisioneros, y podemos ya servir a Dios según la nueva vida del Espíritu y no según la vieja letra de la ley.

 

*RELACIÓN ENTRE EL PECADO Y LA LEY (7, 7-13)

 

¿Qué quiere decir esto? ¿Qué la ley es pecado? ¡De ninguna manera! Sin embargo yo no conocería el pecado a no ser por la ley. Por ejemplo, yo no sabía lo que era un mal deseo hasta que dijo la ley: No tengas malos deseos. / Y así, con ocasión del precepto, la fuerza del pecado despertó en mí toda clase de malos deseos, mientras que sin ley no actuaría la fuerza del pecado. / En un tiempo, al no haber ley, todo era vida para mí; pero, al venir el precepto, revivió la fuerza del pecado / y yo quedé muerto. Y así me encontré con que un precepto hecho para dar vida, resultó para mí instrumento de muerte. / En efecto, con ocasión del precepto, la fuerza del pecado me sedujo y por medio de él me llevó a la muerte. / Y el caso es que la ley es santa; y los preceptos son santos, justos y buenos. / ¿Se habrá convertido entonces en mortífero para mí algo que de suyo es bueno? ¡De ninguna manera! Lo que pasa es que el pecado, para demostrar su fuerza, se sirvió de una cosa buena para causarme la muerte; de este modo, el pecado, por medio del precepto, ejerce hasta el máximo todo su maléfico poder.

 

*LA FUERZA DEL PECADO (7, 14-25)

 

De acuerdo, pues, en que la ley pertenece a la esfera del espíritu. Pero yo soy un hombre acosado por apetitos desordenados y vendido al poder del pecado, / y no acabo de comprender mi conducta, pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco. / Pero si hago lo que aborrezco, estoy reconociendo que la ley es buena, / y que no soy yo quien la hace, sino la fuerza del pecado que actúa sobre mí. / Y bien sé yo que no hay en mí – es decir, en los que respecta a mis apetitos desordenados – cosa buena. En efecto, el querer el bien está a mi alcance, pero al hacerlo no. / Pues no hago el bien que quiero, sino el mal que aborrezco. / Y si hago el mal que no quiero, no soy yo quien lo hace, sino la fuerza del pecado que actúa en mí. / Así que descubro la existencia de esta ley: cuando quiero hacer el bien, se me impone el mal. / En mi interior me complazco en la ley de Dios, / pero experimento en mí otra ley que lucha contra lo dictado de mi mente y me encadena a la ley del pecado que está en mí. / ¡Desdichado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo, que es portador de muerte? / ¡Tendré que agradecérselo a Dios por medio de Jesucristo, nuestro Señor! Resumiendo, que soy yo mismo quien con la mente sirvo a la ley de Dios y con mis desordenados apetitos vivo esclavo de la ley del pecado.

 

 

*LA VIDA EN EL ESPÍRITU (8, 1-17)

 

8 Ya no pesa, por tanto, condenación alguna sobre los que viven en Cristo Jesús. / La ley del Espíritu vivificador me ha liberado por medio de Cristo Jesús de la ley del pecado y de la muerte. / Pues lo que era imposible para la ley, a causa de la fragilidad humana, lo realizó Dios enviando a su propio Hijo con una naturaleza semejante a la del pecado. Es más, se hizo sacrificio de expiación por el pecado y dictó sentencia contra él a través de su propia naturaleza mortal, / para que así, los que vivimos, no según nuestros desordenados apetitos, sino según el Espíritu, cumplamos la lay en plenitud. / Los que viven según sus apetitos, a ellos subordinan su sentir; mas los que viven según el Espíritu, sienten lo que es propio del Espíritu. / Ahora bien, sentir según los propios apetitos lleva a la muerte; sentir conforme al Espíritu conduce a la vida y a la paz. / Y es que nuestros desordenados apetitos están enfrentados a Dios, puesto que ni se sometan a su ley ni pueden someterse. / Así pues, los que viven entregados a sus apetitos no pueden agradar a Dios. / Pero vosotros no vivís entregados a tales apetitos, sino que vivís según el Espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, es que no pertenece a Cristo. / Ahora bien, si Cristo está en vosotros, aunque el cuerpo esté sujeto a la muerte a causa del pecado, el espíritu vive por la fuerza salvadora de Dios. / Y si el Espíritu de Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos hará revivir vuestros cuerpos mortales por medio de ese espíritu suyo que habita en vosotros. / Por tanto, hermanos, estamos en deuda, pero no con nuestros apetitos para vivir según ellos. / Porque si vivís según ellos, ciertamente moriréis; en cambio, si mediante el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis. / Los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios. / Pues bien, vosotros no habéis recibido un Espíritu que os haga esclavos, de nuevo bajo el temor, sino que habéis recibido un Espíritu que os hace hijos adoptivos y nos permite clamar: <Abba>, es decir, <Padre>. / Ese mismo Espíritu se une al nuestro para dar testimonio de que somos hijos de Dios. / Y si somos hijos, también somos herederos de Dios y coherederos con Cristo, toda vez que, si ahora padecemos con él, seremos también glorificados con él.

 

*EL PREMIO QUE ESPERAMOS (8, 18-30)

 

Entiendo, por lo demás, que los padecimientos del tiempo presente no pueden compararse con la gloria que un día se nos revelará. / Porque la creación misma espera anhelante que se manifieste lo que serán los hijos de Dios. / Condenada al fracaso, no por propia voluntad, sino por aquel que así lo dispuso, la creación vive en la esperanza / de ser también ella liberada de la servidumbre de la corrupción y participar así en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. / Sabemos, en efecto, que la creación entera está gimiendo con dolores de parto hasta el presente. / Pero no sólo ella; también nosotros, los que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior suspirando porque Dios nos haga sus hijos y libere nuestro cuerpo. / Porque ya estamos salvados, aunque sólo en esperanza que se ve no es propiamente esperanza, pues ¿quién espera lo que tiene ante los ojos? / Pero si esperamos lo que no vemos, estamos aguardando con perseverancia. / Asimismo el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza, pues nosotros no sabemos orar como es debido, y es el mismo Espíritu el que intercede por nosotros con gemidos inefables. / Por su parte, Dios, examina los corazones, conoce el sentir de ese Espíritu, que intercede por los creyentes según su voluntad. / Sabemos, además, que todo contribuye al bien de los que aman a Dios, de los que él ha llamado según sus designios. / Porque a los que conoció de antemano, los destinó también desde el principio a reproducir la imagen de su Hijo, llamando a ser el primogénito entre muchos hermanos. / Y a los que desde el principio destinó, también los llamó; a los que llamó, los puso en camino de salvación; y a quienes puso en camino de salvación, les comunicó su gloria.

 

*EL AMOR SALVADOR DE DIOS (8, 31-39)

 

¿Qué más podemos añadir? Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? / El que no perdonó a su propio Hijo, antes bien lo entregó a la muerte por todos nosotros, ¿cómo no va a darnos gratuitamente todas las demás cosas juntamente con él? / ¿Quién acusará a los elegidos de Dios, si Dios es el que salva? / ¿Quién será el que condene, si Cristo Jesús ha muerto, más aún, ha resucitado y está a la derecha de Dios intercediendo por nosotros? / ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada? / Ya lo dice la Escritura: Por tu causa estamos expuestos a la muerte cada día: nos consideran como ovejas destinadas al matadero. / Pero Dios, que nos ama, hará que salgamos victoriosos de todas estas pruebas. / Y estoy seguro de que mi muerte, ni vida, ni ángeles, ni otras fuerzas sobrenaturales, ni lo presente, ni lo futuro, ni poderes de cualquier clase, / ni lo de arriba, ni lo de abajo. Ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro.

 

*TRISTEZA DE PABLO (9, 1-5)

 

9 Digo la verdad como cristiano y mi conciencia, guiada por el Espíritu Santo, me asegura que no  miento / al afirmar que me invade una gran tristeza y es continuo el dolor de mi corazón. / Desearía, incluso, verme yo mismo separado de Cristo como algo maldito por el bien de mis hermanos de raza. / Son descendientes de Israel. Les pertenecen la adopción filial, la presencia gloriosa de Dios, la alianza, las leyes, el culto y las promesas. / Suyos son los patriarcas y de ellos, en cuanto hombre, procede de Cristo, que está sobre todas las cosas y es Dios bendito por siempre. Amén.

 

 

 

*DIOS ELIGE LIBREMENTE (9, 5-18)

 

No es que haya quedado sin efecto la palabra de Dios. Pero sucede que no todos los que descienden de Israel son verdaderos israelitas, / ni los que descienden de Abrahán son todos hijos suyos, pues dice la Escritura: Isaac continuará tu descendencia. / Con otras palabras, no son los nacidos por generación natural los verdaderos hijos de Dios, sino los nacidos en virtud de la promesa; ésos son la verdadera descendencia. / Pues los términos de la promesa son éstos: Por este tiempo volveré y Sara tendrá ya un hijo. / Está, además, el caso de Rebeca, que concibió dos hijos de un solo hombre, nuestro antepasado Isaac. / Pues bien, cuando aún no habían nacido y no habían hecho nada ni bueno ni malo, para dejar patente que las decisiones divinas / no dependen del comportamiento humano, sino de Dios que llama, se dijo a rebeca: El mayor servirá al menor; / o como dice en otro lugar la Escritura: Amé a Jacob más que a Esaú. / ¿Qué diremos pues? ¿Qué Dios actúa injustamente? ¡De ninguna manera! / Dios mismo dijo a Moisés: Tendré misericordia de quien quiera y me apiadaré de quien me plazca. / No es, pues, cosa del que quiere o del que se afana, sino de Dios que es misericordioso. / En este sentido dice la Escritura, dirigiéndose al faraón: Te he construido rey para mostrar en ti mi poder y para hacer famoso mi nombre en toda la tierra. / Así pues, Dios muestra su misericordia a quien quiere y deja endurecerse a quien le place.

 

*SOBERANÍA Y GENEROSIDAD (9, 19-29)

 

Me dirás: <Entonces, ¿por qué reprende, si nadie puede resistir voluntad?>. / Pero, ¿quién eres tú, pobre hombre, para exigir cuentas a Dios? ¿Es que en un vaso de barro puede decir al que lo ha modelado: <Por qué me has hecho así>? / ¿O es que el alfarero no puede hacer del mismo barro tanto un vaso de lujo como un vaso corriente? / Así es Dios. Cuando quiere manifiesta su ira y da a conocer su poder; pero puede soportar con gran paciencia a los que le han hecho objeto de ira y se han puesto en camino de perdición. / De esta manera manifiesta las riquezas de su gloria en los que hizo objeto de su amor y de antemano preparó esa gloria. / Entre ellos estamos nosotros, a quienes ha llamado no sólo de entre los judíos, sino también de entre los paganos. / Así lo dice el libro de Oseas: Al que no es mi pueblo lo llamaré <Pueblo mío>, y <Amada mía> a la que no es mi amada. / Y en el mismo lugar en el que se les dijo: <No sois mi pueblo> allí se los volverá a llamar <hijos del Dios vivo> / Isaías, por su parte, refiriéndose a Israel dice: Aunque fueran los israelitas tan numerosos como la arena del mar sólo un resto se salvará, pues el Señor va a cumplir en la tierra totalmente y sin tardanza su palabra. / Y como predijo también Isaías: Si el Señor todopoderoso no nos hubiera dejado un germen, habríamos sido como Sodoma, nos habríamos parecido a Gomorra.

 

 

 

*ERROR DE LOS ISRAELITAS Y SÚPLICAS DE PABLO (9, 30-33)

 

¿Qué concluir de esto? Pues que los paganos, que no se esforzaban en buscar la salvación, recibieron esa salvación a la que se llega por medio de la fe. / Israel, en cambio, afanándose por cumplir una ley que debía llevar a la salvación, ni siquiera cumplió la ley. / ¿Sabéis por qué? Pues porque, al prescindir de la fe y apoyarse en sus obras, tropezaron en aquella piedra puesta como prueba, / según dice la Escritura: Mirad que pongo en Sión una piedra en la que podéis tropezar, y un peñasco que os puede hacer caer. Pero el que ponga en ella su confianza, no quedará defraudado. / Hermanos, deseo de todo corazón y así se lo pido a Dios, que los israelitas alcancen la salvación. Porque doy fe de que buscan ardientemente a Dios, aunque a ciegas. / No reconocen, en efecto, la fuerza salvadora de Dios y quieren hacer valer la suya propia, sin someterse a esa fuerza salvadora de Dios. / No se dan cuenta de que la ley tiene su cumplimiento en Cristo, por el que Dios concede la salvación a todo el que cree.

 

 

*CRISTO SALVACIÓN PARA TODOS (10, 5-13)

 

Escribiendo sobre el poder de salvación de la ley, dice Moisés que quien la cumpla tendrá vida por ella. / Pero la fuerza salvadora que nos llega por medio de la fe se expresa así: No te hagas esta pregunta: ¿quién subirá al cielo? – se sobreentiende que para que Cristo baje -; / o esta otra: ¿quién bajará al abismo? – se sobreentiende que para hacer surgir a Cristo de entre los muertos -. / En definitiva, ¿qué dice la Escritura? Que la palabra está cerca está cerca de ti; en tu boca y en tu corazón. Pues bien, ésta es la palabra de la fe que nosotros anunciamos. / Porque si proclamas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo ha resucitado de entre los muertos, te salvarás. / En efecto, cuando se cree con el corazón actúa la fuerza salvadora de Dios, y cuando se proclama con la boca se alcanza la salvación. / Pues dice la Escritura: Quien quiera que ponga en él su confianza no quedará defraudado. / Y no hay distinción entre judío y no judío, pues uno mismo es el Señor de todos, rico para todos los que lo invocan. / En una palabra, todo el que invoque en nombre del Señor se salvará.