Translate

Translate

miércoles, 26 de julio de 2017

SANTIAGO EL MAYOR, PATRÓN DE ESPAÑA



 
 
 


“Santiago el Mayor fue uno de los tres discípulos predilectos del Señor, el que asistió a la escena de la Transfiguración y fue admitido a presenciar la resurrección de la hija de Jairo, y recibió el encargo de velar cerca del Maestro en la noche de Getsemaní.

Natural de Betsaida, como Pedro y Andrés, se dedicaba como ellos, a la pesca en las aguas del lago de Genezaret, en compañía de su hermano Juan y de su padre Zebedeo.

Un día estaban los dos hermanos remendando redes, cuando acertó a pasar junto a ellos Jesús y les dijo: <Venid en pos de mí; yo os haré pescadores de hombres> Y ellos, dejando las redes y la familia, le siguieron.

Impetuosos y ardientes como el rayo, merecieron que el Maestro  los bautizase con el nombre de Boanerges, es decir: Hijos del Trueno. Cuando el Señor les preguntó si estaban dispuestos a beber su cáliz, contestaron a una: Podemos. Y jamás desmintieron su palabra.

Después de la Resurrección, Santiago predicó el Evangelio en Judea y Samaria y, según una tradición venerable, vino hasta España, donde la leyenda nos lo pinta desalentado por las dificultades de la predicación y confortado por la presencia milagrosa de la Santísima Virgen, en las orillas del Ebro” (Misal devocionario del hombre católico; Rmo. P. Fr. Justo Pérez de Urbel).

 


Según la santa Tradición el Apóstol Santiago fundó varias iglesias, antes de salir de España, consiguiendo así mismo bastantes discípulos entre los que destacarían “los siete Varones”, Obispos, probablemente consagrados por San Pedro y San Pablo para la evangelización de la Península Ibérica.

La arqueología no aporta testimonio claros, que puedan confirmar esta tradición, como sucede en muchos otros casos de la historia de la evangelización, en el siglo primero  después de Cristo, sin embargo en el siglo II, en las ciudades de la Bética y Tarraconense sí existen restos de poblaciones cristianizadas, y en el siglo III hay ya constancia clara de la existencia de estas comunidades en Galicia.

El desarrollo del cristianismo en la Península Ibérica se llevó a cabo de forma rápida, y por ello no es de extrañar que fuera precisamente en Hispania donde se celebrara el primer Concilio Apostólico conocido, tras el primer Concilio de Jerusalén, en el que estuvieron presentes los Apóstoles; este Concilio es el llamado de “Elvira” y tuvo lugar en el año 303 d.C., terminada la terrible persecución del emperador romano Diocleciano.

Cuando Santiago regresó a Jerusalén, reinaba en Judea el nieto de Herodes el Grande, llamado Herodes Agripa y este hombre de costumbres licenciosas, por conseguir los favores del emperador de Roma, mandó degollar al Apóstol, que apenas tuvo tiempo de seguir evangelizando a los judíos, y así mismo ordenó  prender a San Pedro, cabeza de la Iglesia, como primeros pasos para exterminarla.



San Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, narra el terrible fin de éste malvado rey (H. Apóstoles 12, 20-25):

-Tenía por entonces violentas contiendas con los tirios y sidonios; los cuales de común acuerdo se presentaron a él y habiendo logrado ganarse a Blasto, el maestre de cámara del rey, solicitaban la paz, a causa de que su país era abastecido por el rey.

-Y en el día señalado, revestido de regia vestidura, tomando asiento en la tribuna les dirigía una arenga.

-Y el pueblo aclamaba: < ¡Voz de un dios y no de un hombre!>.

-Luego al punto le hirió un ángel del Señor, por cuanto no había dado gloria a Dios, y roído de gusanos, expiró.   

El Rmo. P. Fr. Justo Pérez de Urbel, refiriéndose a los hechos acontecidos al regreso de Santiago el Mayor a Jerusalén, dice lo siguiente (Ibid):

“…en los primeros meses del año 44 se encontraba de nuevo en Jerusalén. Una vez más los libros Sagrados recogen su nombre para contarnos su muerte, <en aquel tiempo- dicen las Actas- , Herodes Agripa hizo maltratar a algunos de la Iglesia, y mandó degollar a Santiago, hermano de Juan>. Y bebió sin temblar, antes que nadie entre los Apóstoles, el cáliz del Señor. Su cuerpo, trasladado a España, y descubierto cerca de Iria, en Compostela (Campo de la Estrella), a principios del siglo IX, es allí venerado por los pueblos. En la edad media, sobre todo, fue su sepulcro uno de los centros más concurridos de peregrinación”.

 



La tradición de la iglesia narra que el cuerpo del Apóstol Santiago el Mayor fue trasladado a la Península Hispánica, llevado en un bajel hasta Iria Flavia y después, durante unos ocho siglos se perdió la memoria de su sepulcro. Ya a comienzos del reinado de Alfonso II el Casto, la tradición asegura que un monje llamado Pelagio vio una luz brillante sobre el lugar donde estaba enterrado el cuerpo del Apóstol, se lo comunicó a su Obispo y de esta forma fue encontrado de nuevo el sepulcro. El lugar de su enterramiento fue llamado <Campo de la Estrella>, origen de la palabra <Compostela> con que se nombra la ciudad del Apóstol y a lo largo de los siglos, las peregrinaciones para visitar el sepulcro del Apóstol y obtener su ayuda no cesaron.

En el siglo XIX se confirmó definitivamente la identidad de los cuerpos del Apóstol Santiago el Mayor y de sus discípulos San Atanasio y San Teodoro, enterrados en la ciudad de Compostela, y con tal motivo el Papa León XIII escribió una Carta Apostólica (noviembre de 1884), en la que entre otras cosas destacaba los siguientes hechos:

“Dios Omnipotente, admirable en sus Santos, ha querido en su providente sabiduría, que, mientras que sus almas gozan en el cielo eterna ventura, sus cuerpos confiados a la tierra reciban por parte de los hombres singulares y religiosos honores…

Así, en el transcurso de este siglo, en que el poder de las tinieblas ha declarado encarnizada guerra al Señor y a su Cristo, se ha descubierto felizmente, por permisión divina, los sagrados restos de San Francisco de Asís, de Santa Clara (la Virgen Legisladora), de San Ambrosio (Pontífice y Doctor), de los mártires Gervasio Y Protasio, y de los Apóstoles Felipe y  Santiago. Y a este número deben añadirse el del Apóstol Santiago el Mayor y sus discípulos Atanasio y Teodoro, cuyos cuerpos se han vuelto a encontrar en la Catedral de la ciudad de Compostela.

Constante y universal tradición que data de los tiempos apostólicos, confirmada por cartas públicas de nuestros predecesores, refieren que el cuerpo de Santiago, después de que el Apóstol hubo sufrido el martirio por orden del rey Herodes, fue clandestinamente arrebatado por sus dos discípulos Atanasio y Teodoro. Los cuales, por el vivo temor de que las reliquias del Santo Apóstol fueran destruidas en el caso de que los judíos se apoderaran de su cuerpo, embarcándole en un buque, le sacaron de Judea y alcanzaron tras feliz travesía las costas de España, y la bordearon hasta llegar a las de Galicia, donde Santiago, después de la Ascensión de Jesucristo a los cielos, según también antigua y piadosa tradición, estuvo desempeñando por disposición divina el ministerio del apostolado…

Y cuando Atanasio y Teodoro hubieron terminado el curso de su existencia pagando el tributo a la naturaleza, los cristianos de la comarca, movidos por la veneración que hacia ellos sentían y por el deseo de no separarles, después de su muerte, del cuerpo que santamente habían conservado durante su vida, depositaron a los dos en la misma tumba a la derecha el uno y a la izquierda el otro del Apóstol. Más como poco después fueran los cristianos perseguidos y martirizados por donde quiera, que se extendía la dominación de los emperadores romanos, el hipogeo sagrado quedó oculto por algún tiempo…”

 


El Papa León XIII, sigue en su carta enumerando y narrando con todo lujo de detalle los avatares por los que pasó el sepulcro del Apóstol, a lo largo de los años, hasta llegar al siglo XIX y entonces ocurrió, que el cardenal Payá y Rico, Arzobispo por entonces de Compostela, emprendió la restauración de la Basílica allí construida en honor del Apóstol, muy deteriorada por el paso de los años y los terribles acontecimientos históricos que siempre la acompañaron. Pero además decidió encontrar, a toda costa, el punto en el que se deberían ocultar las reliquias de Santiago y de sus discípulos Atanasio y Teodoro.

La empresa fue ardua, aunque finalmente alcanzó el éxito merecido, pues por fin, justamente en el  punto en el que el clero y los feligreses acostumbraban a hacer sus oraciones, se descubrió una tumba, cuya cubierta se encontraba adornada con una cruz. Al levantar la cubierta, por supuesto, en presencia de testigos, aparecieron tres esqueletos del sexo masculino y a partir de ese momento el venerable Cardenal pudo iniciar las tramitaciones pertinentes, según el Concilio de Trento, para decidir si deberían tenerse por ciertas las reliquias encontradas. A este respecto sigue el Papa León XIII diciendo lo siguiente, en la Carta Apostólica anteriormente mencionada:

“Por fin, el mismo Arzobispo nos envió todos los documentos del expediente y la sentencia que había dictado, y nos pidió con instancia que confirmáramos aquella sentencia con la suprema Nuestra autoridad Apostólica.

Nos, acogimos la súplica con benevolencia; y bien persuadidos de que la tumba venerable de Santiago el Mayor, puede muy justamente ser colocada en el número de los santuarios y puntos de peregrinación, más celebres del mundo entero…

Nos, hemos querido que asunto de tal magnitud se examinara con el cuidado que la Santa Sede pone en ocasiones análogas…



Así, desvanecidas las dudas que habían existido, y como apareciera la luz de la verdad claramente, se reunió de nuevo la Comisión en el Vaticano, el 17 de julio de este año, para resolver la cuestión propuesta, a saber: <la sentencia dictada por el cardenal Arzobispo de Compostela sobre la identidad de las reliquias encontradas en el centro del ábside de la capilla principal de su Basílica metropolitana y que se ha atribuido al Apóstol Santiago el Mayor y a sus discípulos Atanasio y Teodoro>…Y nuestros queridos hijos los Cardenales y los demás miembros de la Comisión, consideraron que todos los hechos eran tan exactos y estaban tan bien demostrados que nadie podía  ponerlos en duda, y por tanto, existía sobre este asunto la certidumbre plena que los sagrados Cánones y las Constituciones de los Soberanos Pontífices nuestros predecesores exigen en  asuntos de esta índole, formularon la siguiente respuesta:

<Affirmative, seu sententiam esse confirmandam>…

Nos, queremos que esta carta y cuanto en ella se dice, no pueda en tiempo alguno ser atacado ó tachado por vicio…, sino que para siempre y perpetuamente tenga y conserve validez y eficacia, obteniendo pleno efecto y siendo considerada de ese modo por todos, de cualesquiera grado, orden, preeminencia, y dignidad que sean”.

Han sido muchos los milagros que el Apóstol ha realizado, en todos los tiempos sobre el pueblo español, pero quizás uno de los más bonitos, es aquel que narra la tradición, cuando Santiago el Mayor se dejó ver en el aire montado en un caballo blanco, con un estandarte en la mano y una espada en la otra y rodeado de una luz resplandeciente y se puso al frente de las tropas del rey Ramiro, en la célebre batalla de “Clavijo” en el año 844. De entonces data el llamado < Boto de Santiago>, que obligaba a todas las provincias a pagar mensualmente una determinada cantidad de trigo a la  capital de Compostela.

Después de tantos siglos continua la concurrencia de innumerables peregrinos para visitar su sepulcro y obtener sus mercedes. En España, la Iglesia celebra su día el 25 de julio, y así debe de ser, por siempre, para que haga fructificar la semilla por él plantada en nuestro suelo.

Como dijo el Señor (Jn 14, 18-20):

“No os dejaré abandonados; volveré a estar con  vosotros/ dentro de poco el mundo no me verá más; pero vosotros me veréis, porque yo vivo en vosotros y también viviréis/ Aquel día vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, vosotros en mí y yo en vosotros” 

 

 

sábado, 15 de julio de 2017

EL SANTO ROSARIO: BREVIARIO DEL EVANGELIO Y DE LA VIDA CRISTIANA


 
 
 
 
 
 
Entre las muchas oraciones existentes que los cristianos utilizamos para dirigirnos a la Virgen María, el <Santo Rosario>, también denominado <Breviario del Evangelio y de la vida cristiana>, ocupa sin duda un lugar especial en el corazón de los creyentes.

Esta hermosa plegaria ha sido descrita y recomendada por los Pontífices y Padres de la Iglesia católica desde sus remotos comienzos, y posteriormente, cuando fue difundida por Santo Domingo de Guzmán por encargo expreso de la Santísima Virgen.

Este santo varón había nacido en el año 1170, en la villa de Caleruega; fue educado por su tío, el arcipreste de Gumiel de Izan. A su debido tiempo fue enviado a la Universidad de Palencia, donde llegó a adquirir grandes conocimientos teológicos. Su vida se caracterizó por su amor al prójimo, dedicando gran tiempo de la misma a hacer penitencia.

El Espíritu Santo estaba con él y por tanto su obra evangelizadora fue extraordinaria. Trasladado a Francia, tuvo ocasión de predicar a los albigenses del Languedor, que se encontraban por entonces divididos por una serie de herejías que se conocían bajo los nombres de enriquianos, petrobusianos, arnolditas, cátaros, pifros, patarines, posagianos o waldenses. Los razonamientos del santo contra esto herejes eran tan buenos que no podían contrarrestarle con sus falsos postulados sobre Jesús y su Mensaje, y los confundía de tal forma que cada vez se les hacía más insoportable su sapiencia y santidad.

Fundó la Orden de Predicadores, cuyos hijos llevan el nombre de dominicos en recuerdo suyo. El Papa Honorio III aprobó en 1216 esta orden, que ha hecho grandes servicios a la Iglesia y le ha dado siete Papas, y muchos cardenales, patriarcas, obispos, arzobispos, así como una multitud de Doctores y Santos.

A este santo varón, se le conoce por el sobrenombre de <taumaturgo>, por el gran número de curaciones milagrosas que se le adjudican. Poseía además el don de las lenguas y el don de la profecía y murió en olor de santidad muy joven, a los cincuenta y un años, en Bolonia (Italia), dejando tras de sí una obra extraordinaria en favor de la Iglesia de Cristo. Fue canonizado por el Papa Gregorio IX en el año 1234.

 
 
Además de todo esto, la leyenda asegura que la Santísima Virgen fue la que enseñó a Santo Domingo la forma de rezar el Santo Rosario, a fin de que los creyentes  encontraran con ello, un medio de protección y defensa en su lucha contra los albigenses.

La Virgen bajo la advocación del Rosario ha protegido a la Iglesia en muchas ocasiones por medio de esta plegaria y por esto se celebra una fiesta en su honor el 7 de octubre, en recuerdo de la gran victoria que la armada cristiana bajo el mando de D. Juan de Austria, consiguió en la famosa batalla de Lepanto, en el año 1571.

Como aseguraba el Papa Pío XI refiriéndose a esta hermosa oración (Carta Encíclica <Ingravescetibus malis>, dada en Roma el 29 de septiembre, en la fiesta de la dedicación a san Miguel Arcángel, en el año 1937, decimosexto de su Pontificado):

“Una innumerable muchedumbre de hombres santos de toda edad y toda condición, lo han estimado siempre, lo han rezado con gran devoción, y en todo momento lo han usado como arma poderosísima para ahuyentar a los demonios, para conservar íntegra la vida, para adquirir más fácilmente la virtud, en una palabra, para la consecución de la verdadera paz entre los hombres.

No faltaron hombres insignes por su doctrina y sabiduría que, aunque intensamente ocupados en el estudio y las investigaciones científicas, dejaran sin embargo, un día de rezar de rodillas y fervorosamente, delante der la imagen de la Virgen, esta poderosísima plegaria.

Así también lo tuvieron por deber suyo los reyes y príncipes, a pesar de estar apremiados, por  ocupaciones y  negocios  urgentes.

Esta mística corona se la encuentra y corre no solamente entre las manos de la gente pobre, sino que también es apreciada por ciudadanos de toda categoría social.

No queremos pasar en silencio que la misma Virgen Santísima también en nuestro tiempo ha recomendado con reiteración esta manera de orar, cuando apareció y enseñó con su ejemplo esa recitación a la inocente niña en la gruta de Lourdes”

 
 
 
Son palabras de un Papa verdaderamente santo, el cual reunía todos los pecados del mundo contemporáneo en un solo concepto: <laicismo>, que él consideraba como una enfermedad infecciosa, sumamente peligrosa, que provocaba grandes daños a la sociedad.

Él aseguraba que el laicismo era el resultado de un largo proceso histórico de secularización que había comenzado negándole a la Iglesia de Cristo una serie de derechos divinos, como era el de evangelizar a las gentes para conducirlos por el camino de la salvación.
Más tarde se siguió atacando a la Iglesia, equiparándola a otras falsas religiones y por último algunos quisieron incluso sustituir el Mensaje de Jesucristo por una mezcolanza de ideas y sentimientos religiosos que condujeron al hombre hacia la idea de que podía prescindir de la existencia de Dios.

Este Papa luchó con todas sus fuerzas contra las consecuencias de la secularización, mediante una serie mensajes hablados o escritos, y por supuesto recogiendo con gran visión de futuro, la costumbre que ya parecía antigua, a mediados del siglo pasado, de seguir rezando el Santo Rosario, especialmente en familia y, así, en su Carta Encíclica anteriormente mencionada, también pedía a los creyentes que siguieran con esta práctica, tan fructífera para el hombre:

“Predíquese y repítanse a los fieles de toda clase social sus loas y sus ventajas por obra vuestra y por la de los sacerdotes que os ayudan en la cura de almas.

Los jóvenes obtengan de ella nuevas energías con que domar los rebeldes estímulos del mal y conservar intacto y sin mancilla el candor del alma; que en ella encuentren los ancianos en sus tristezas ansias, reposo, alivio y paz. Para los que se dedican a la Acción Católica sea acicate que los impulse a una más fervorosa y diferente obra de apostolado; y a todos los que de alguna forma sufren, particularmente a los moribundos, dé aliento y aumente la esperanza de la felicidad eterna.

 
 
 
Y los padres y las madres de familia en particular sean en esto también un dechado por sus hijos, especialmente cuando, a la caída del día, se recogen después de las labores de la jornada en el hogar doméstico, recitando, ellos los primeros, arrodillados ante la imagen de la Virgen del Rosario, fundiendo en uno la voz, la fe y el sentimiento; costumbre ésta tiernísima y saludable, de la que ciertamente no pude menos de derivar a la sociedad doméstica serena tranquilidad y abundancia de dones celestiales”.

Hermosos mandatos y deseos de un Papa que siempre estuvo muy preocupado por la familia, <célula primordial> de la sociedad. Ahora, pasado tantos años, a algunos, incluso católicos, les puede sonar antiguas y hasta aburridas las palabras de este Papa al que tanto debe la Iglesia de Cristo. Como él, hubo otros antes y ha habido otros después que también han aconsejado rezar el Santo Rosario sólo o mejor acompañado por amigos afines y sobre todo por la familia, pues son muchos los beneficios que esta práctica, aporta a las almas de los hombres.

Uno de los Pontífices que más  han defendido la oración del Santo Rosario y han aconsejado a su grey, rezarla con frecuencia, ha sido el Papa León XIII, predecesor en la silla de Pedro, de Pío XI, el cual  llevado de la gran admiración que sentía por esta plegaria, de ella decía:

“Grandemente admirable es esta corona tejida con la salutación angélica, en la que se intercala la oración dominical, y se une la obligación de la meditación interior; es una manera excelente de orar… y utilísima para la consecución de la vida inmortal” (Carta Encíclica de León XIII <Dioturni Temporis> dada en Roma el 5 de septiembre del año 1898).

Además de esta Carta Encíclica sobre la devoción del Santísimo Rosario, este Pontífice escribió otras muchas sobre este tema, tan importante como beneficioso, para alma humana, citaremos por ejemplo: <Supremi Apostolatus> del 1 de septiembre de 1883; <Solataris ille spiritus> del 25 de diciembre de 1883; <Octobri mense> del 22 de septiembre de 1891; <Laetitiae Sanatae> del 8 de septiembre de 1893; <Lucunda Semper> del 8 de septiembre de 1894; <Auditricem populi> del 5 de octubre de 1895>; <Fidentem Piumque> del 20 de septiembre de 1896; <Angustissima Virginis> del 2 de septiembre de 1897. Así mismo escribió una Carta Apostólica sobre el Santo Rosario, el 8 de septiembre de 1901.

 
 
El Papa León XIII (Joaquin Pecci) (1878-1903), había nacido el 2 de marzo de 1810, en el seno de una familia noble. Desde el principio demostró su inteligencia y grandes dotes morales, por lo que muy joven fue ordenado sacerdote y la Iglesia se fijó en él, encomendándole tareas difíciles de resolver. Así, fue delegado pontificio, en distintos territorios de los Estados Pontificios, realizando su labor con gran capacidad y prudencia.

En 1846 Vicenzo Gisachino Pecci fue nombrado arzobispo de Perusa y unos años más tarde, en 1853 se le otorgó la púrpura cardenalicia.

Durante bastantes años, siendo Papa Pío IX (1846-1878), realizó su labor de forma tan prestigiosa y fiel que éste le llamó finalmente a Roma eligiéndole camarlengo en 1877. Un año después, moría este Pontífice y en un cónclave muy rápido, apenas duró algo más de un día, fue proclamado su sucesor el nuevo camarlengo del Papa, con el nombre de León XIII.

La situación mundial era compleja en aquellos momentos, incluso dentro de la misma curia romana. No hacía tanto, que el llamado <modernismo> llevaba a gala sus ideas progresistas, contrarias incluso a la infalibilidad del Papa, aunque aún no se atrevía a tocar la doctrina de la Iglesia. Por otra parte, el Concilio Vaticano I, tuvo que ser interrumpido. Se había iniciado entre 1868 y 1870, pero tuvo que suspenderse a causa de la guerra de Prusia encabezada por Bismarck, que se había mostrado desde el principio contrario a la Iglesia; más de un millón de católicos se vieron, por entonces, privados de su liturgia y especialmente de sus Sacramentos. Además Bismarck expulsó a la mayoría de obispos y cerró multitud  de conventos.

Al mismo tiempo, la II República francesa se declaró laica y expulsó a jesuitas y benedictinos, de esta forma el anticlericalismo tomaba  unos derroteros altamente peligrosos para la Iglesia de Cristo.

Se puede decir que el ambiente social no era propiciatorio a la Iglesia debido a los cambios profundos experimentados, tanto en el campo de la política, como en el económico e incluso científico y técnico de finales del siglo XIX.

El cristianismo que durante siglos había constituido la base de la civilización en el viejo Continente, estaba siendo barrido por unas doctrinas que parecían que iban a proporcionar nuevas libertades y riquezas al pueblo, aunque muy pronto se demostró que esto no sería del todo cierto y que el fantasma de las injusticias y nuevas formas de esclavitud volvían a hacer acto de presencia.

 
 
El nuevo Pontífice, León XIII, tomó pronto las riendas de la defensa de los trabajadores mediante su Carta Encíclica <Rerum novarum> (promulgada el 25 de mayo de 1981), que contiene las bases de lo que debería ser una justa organización de la vida social, y en particular de la actividad económica de la misma y representa de forma preclara la doctrina social de la Iglesia.

Aunque ésta es su carta  más conocida, se puede asegurar que fue uno de los Papas, que más Encíclicas escribió y en particular, como hemos comentado ya, al ser un gran devoto del Santo Rosario, y de su proclamación como medio infalible para ayudar a las familias, lo puso de manifiesto a través de sus escritos, además de su predicación oral, en muchísimas ocasiones, a lo largo de todo su Pontificado y desde el principio del mismo.

Así, ya en el año 1883 escribió su primera Carta Encíclica dedicada a la oración del Santo Rosario en la cual aseguraba que el supremo deber que le había correspondido al aceptar la Silla de Pedro le llevaba a la imperiosa necesidad de velar  con todas sus fuerzas por la conservación y la integridad de la Iglesia, especialmente allí donde las calamidades por ella sufrida eran más injustas y destructoras.

En su Carta Encíclica <Supremi Apostolactus Officio>, refiriéndose a la Virgen María y a la devoción del Santo Rosario aseguraba que era necesario volver a las antiguas costumbres de rezar a la Madre de Dios y en particular utilizar para ello la bella plegaria del Santo Rosario, concretamente se expresaba en los siguientes términos:

“Por esto, aproximándose el solemne aniversario que recuerda los numerosos y considerables bienes que ha procurado al pueblo creyente la devoción del Santo Rosario, queremos que en este año, esta devoción sea objeto de una atención particular en el mundo católico en honor de la Virgen Soberana, a fin de que por su intersección, podamos obtener de su Divino Hijo, un feliz consuelo y el fin de nuestros males…

 
 
Este fue siempre el principal y solemne deseo de los católicos, al refugiarse bajo la protección de María y acogerse a su bondad maternal en los tiempos difíciles y en las circunstancias peligrosas. Está probado que la Iglesia Católica siempre pone, con razón, en la Madre de Dios, toda su confianza y toda su esperanza.

En efecto, la Virgen exenta  del pecado original, elegida para ser la madre de Dios y así mismo asociada a Él en la obra salvadora del género humano, juega al lado de su Hijo tal fervor y tal potencia que jamás la naturaleza humana y la naturaleza angélica, han podido, ni podrán obtener jamás”

Estos son algunos pensamientos y deseos,  del Papa León XIII, expresados en su primera Encíclica sobre la oración del Santo Rosario y que a lo largo de su Pontificado repitió en innumerables ocasiones; con razón  le apodaron el  <Papa del Rosario>.

Por otra parte, todos los Papas del siglo XX han demostrado su devoción por esta hermosa y saludable plegaria de la que el Pontífice, anteriormente mencionado, Papa Pío XI, diría (Ibid):

“¿Qué oraciones pueden hallarse más apropiadas y más santas? Esto se deduce de las mismas flores con que está formada esta corona…

La primera es la que el mismo Nuestro Divino Redentor pronunció cuando los discípulos le pidieron <enséñanos a orar> (Lc 11,1), santísima súplica que así como nos ofrece el modo de dar gloria a Dios, en cuanto nos es dado, así también considera todas las necesidades de nuestro cuerpo y de nuestra alma. ¿Cómo puede el Padre Eterno, convocado con las palabras de su mismo Hijo, no acudir en nuestra ayuda?

 
 
La otra es la salutación angélica, que se inicia con el elogio del Arcángel Gabriel y de Santa Isabel, y termina con la piadosísima imploración con que pedimos el auxilio de la Beatísima Virgen ahora y en la hora de nuestra muerte.

A estas invocaciones hechas de viva voz se agrupa la contemplación de los sagrados misterios, que ponen ante nuestros ojos, los gozos, los dolores y los triunfos de Jesucristo, y de su Madre, con los que recibimos el alivio  y confortación en nuestros dolores, y para que, siguiendo esos santísimos ejemplos, por grados de virtud más altos, ascendamos a la felicidad de la patria celestial.

Esta práctica de piedad, venerables hermanos, difundida admirablemente por Santo Domingo no sin superior insinuación e inspiración de la Virgen Madre de Dios, es sin duda fácil a todos...

¡Y cuanto se apartan del camino de la verdad los que son contrarios a esta devoción, tomándola como una fastidiosa fórmula repetida con monótona cantinela! y la rechazan, como buena, para niños y mujeres.

A este propósito es de observar que tanto la piedad como el amor, aun repitiendo muchas veces las mismas palabras, no por eso repiten siempre la misma cosa, sino que siempre expresan algo nuevo, que brota del íntimo sentimiento de caridad.

Además, este modo de orar tiene el perfume de la sencillez evangélica y requiere la humildad del espíritu, sin el cual, como enseñaba el Divino Redentor, nos es imposible la adquisición del Reino celestial: <en verdad os digo que si no os hicierais como niños, no entrareis en el Reino de los cielos (Mt 18,3)>”

 
 
 
Por su parte el Papa Pablo VI (1963-1978) se preocupó también por aumentar y mejorar el culto a la Madre de Dios, en particular se interesó por la práctica del Santo Rosario y así desde el inicio de su Pontificado, manifestó su deseo de que esta piadosa costumbre siguiera teniendo una excelente acogida entre los cristianos (Exhortación Apostólica <Marialis Cultus> del 2 de febrero de 1974):

“Nuestro asiduo interés por el Rosario nos ha movido a seguir con atención los numerosos congresos dedicados en estos últimos años a la pastoral del Rosario en el mundo contemporáneo: congresos promovidos por asociaciones y por hombres que sienten entrañablemente tal devoción y en los que han tomado parte obispos, presbíteros, religiosos y seglares de probada experiencia y de acreditado sentido eclesial. Entre ellos es justo recordar a los hijos de Santo Domingo, por tradición, custodios y propagadores de tan saludable devoción.

A los trabajos de los congresos se han unido las investigaciones de los historiadores, llevados a cabo no para definir con intenciones casi arqueológicas la forma primitiva del Rosario, sino por captar su intuición originaria, su energía primera, su estructura esencial. De tales congresos e investigaciones han aparecido más nítidamente las características primarias del Rosario, sus elementos esenciales y su mutua relación.

Así, por ejemplo, se ha puesto en más clara luz la índole evangélica del Rosario, en cuanto saca del evangelio el anuncio de los misterios y las fórmulas principales se inspira en el evangelio para sugerir, partiendo del gozoso saludo del Ángel y del religioso consentimiento de la Virgen, la actitud con que debe recitarlo el fiel; y continua proponiendo, en la sucesión armoniosa de las Aves Marías, un misterio fundamental del evangelio – la Encarnación del Verbo – en el momento decisivo de la Anunciación hecha a María. Oración evangélica, por tanto, como hoy día, quizá más que en el pasado, gustan definir los pastores y los estudiosos, al Santo Rosario”

 
 
 
Sin duda, el Santo Rosario se puede considerar como un <Breviario del Evangelio>, tal como se deduce de los trabajos realizados en los congresos promovidos a este respecto. Pero además es un exponente claro de la vida cristiana, de la buena vida cristiana…

Por eso nos entristece pensar que en este siglo XXI, el Santo Rosario, pueda perder interés entre los católicos, en favor de otras prácticas marianas menos <monótonas> como algunos la califican, y más cortas, como otros desearían… En una época en que la vida transcurre de forma tan rápida y alocada, no es de extrañar estos pensamientos en algunos jóvenes y otros no tan jóvenes, que no tienen en cuenta, que esta plegaria ha unido a los distintos miembros de la familia durante siglos, y ello, ha ayudado enormemente a una mejor convivencia entre estos.

 
 
El Papa San Juan Pablo II, como es natural, también era muy devoto del Santo Rosario y en muchísimas ocasiones hablaba a su grey sobre los beneficios numerosísimos de esta hermosa plegaria.


El Papa resaltaba en esta oración, especialmente, su carácter eminentemente cristológico y mariano, que nos lleva a contemplar y profundizar el misterio de la historia de la salvación, en el que la Virgen María está íntimamente unida a su Hijo Jesús.
Él decía también que <al rezar al Santo Rosario, penetramos en los misterios de la vida de Jesús que son, a la vez, los misterios de su Madre (Audiencia General  del 28 de octubre de 1981)

Con todo, este Santo Pontífice nos recordaba, así mismo, a todos los creyentes, que <el Rosario es, al mismo tiempo, que una oración sencilla, teológicamente rica en  contenidos salvíficos que se han cumplido en Cristo>

Recordaremos finalmente que este Papa nos pidió con todo su corazón a los creyentes que no abandonáramos el rezo del Santo Rosario y lo hacía con estas sencillas palabras:

“Continuad amando al Santo Rosario y difundid su práctica en todos los ambientes en que os encontréis. Es una oración que os forma en la escuela del evangelio vivido; educa vuestra alma a la piedad; os hace perseverantes en el bien; os prepara para la vida y, sobre todo, os hace queridos a María Santísima que os custodiará y os defenderá de las insidias del mal” (Audiencia  a Grupos de Peregrinos, el 3 de marzo de 1984)

 


 

 

 

 

sábado, 1 de julio de 2017

JESÚS Y LA INDISOLUBILIDAD DEL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO (I)



 
 
 
 


Para tratar de entender  aquellos temas que atañen al hombre es necesario invariablemente recurrir a su origen y este origen es Dios. También en el tema de la indisolubilidad del sacramento del matrimonio es necesaria esta premisa, debemos ineludiblemente recordar las palabras de Jesús sobre esta cuestión en los evangelios (Mt 5, 31-32):

“Se dijo (Dt 24,1): al que despidiere a su mujer, dele  libelo de repudio / Más yo os digo que todo el que despidiere a su mujer, excepto en caso de fornicación, la hace cometer adulterio; y quien se case con una repudiada, comete adulterio”
 
 


Son dos las  enseñanzas de Jesús a los hombres, según el evangelio de san Mateo,  durante el Sermón de la montaña, con respecto al sacramento del matrimonio, pero ambas conducen a la indisolubilidad del matrimonio para evitar el pecado de adulterio.
Sin duda, los seguidores del Señor debieron de llevarse una desagradable sorpresa debido a las costumbres imperantes desde antiguo entre el pueblo judío. Los mismos apóstoles quedaron intranquilos y más adelante, se lo hicieron ver con motivo de una pregunta realizada por los fariseos sobre el tema (Mt 19, 1-11):

-Sucedió que Jesús partió de Galilea y vino a los confines de Judea allende de Jordán,  
-y le siguieron grandes muchedumbres, y los curó allí.  

-Y se le acercaron unos fariseos, tentándole y diciéndole: < ¿es lícito repudiar a la mujer por cualquier motivo?>
-Él respondió, dijo: ¿No leísteis tal vez que el que los creó desde el principio los hizo varón y hembra?

-Por esto dejará el hombre al padre y a la madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne (Gen 2,24)
-Así que ya no son dos, sino una carne. Lo que Dios, pues, juntó, el hombre no lo separe

-dícenle < ¿Por qué Moisés prescribió dar libelo de divorcio y repudiar?> (Dt 24,1).
 

-Díceles: porque Moisés en razón de vuestra dureza de corazón, os consintió repudiar a vuestras mujeres; más desde un principio no ha sido así
-Y os digo que quien repudia a su mujer, no interviniendo fornicación y se casare con otra, adultera, y quien se casare con la repudiada adultera

-Dícenle los discípulos: <si tal es la situación del hombre respecto de la mujer, no vale la pena casarse>
-Él les dijo: no todos son capaces de comprender esta palabra, sino aquellos a quienes ha sido dado
 
 
 

 A los cristianos nos ha sido dada la palabra de Dios, a través de su Hijo unigénito y por tanto estamos obligados, a aceptarla y guardarla siempre; sin embargo ello resulta difícil cuando el hombre se rebela contra su Creador y es por eso que desde que Jesús pronunciara estas sentencias, sus apóstoles primero, los Padres de la Iglesia después y los Pontífices de la misma, han tenido que seguir pronunciando estas mismas palabras, con ligeros variantes en lo superficial, en las formas, que no en el contenido, a lo largo de todos estos siglos…

El hombre del siglo XXI ha llegado hasta nuestros días arrastrando durante muchos años, una serie de negaciones y falsas teorías con respecto a la indisolubilidad del matrimonio y en particular del sacramento instituido por Jesús al asistir a las bodas de Caná de Galilea (Jn 2, 1-11), y con ello elevar la unión entre hombre y mujer a la categoría sacramental.
 
 



Las manifestaciones realizadas por los Papas máximas autoridades dentro de las Iglesia de Cristo, han estado siempre en esta línea, y por desgracia han tenido mucho trabajo que realizar al respecto y tendrán que seguir realizando para que se cumpla la palabra de Jesús…

Dando un repaso a las declaraciones, catequesis y enseñanzas en general de los Pontífices de los dos últimos siglos, podemos comprobar, como esto es así, y como la Iglesia siempre ha respetado aquellas enseñanzas de Cristo sobre el matrimonio y su indisolubilidad.

Queremos empezar este repaso sobre las enseñanzas de los Papas en los últimos siglos sobre el tema de la indisolubilidad del matrimonio, con el sumo Pontífice León XIII, el cual en su Carta Encíclica <Arcanum Divinae Sapientiae> dada el 10 de febrero de 1880, segundo de su pontificado se expresaba en los siguientes términos:
 
 

“Para todos consta, venerables hermanos, cual es el verdadero origen del matrimonio. Pues, a pesar que los detractores de la fe cristiana traten de desconocer la doctrina constante de la Iglesia acerca de este punto y se esfuerzan ya desde tiempo por borrar la memoria de todos los siglos, no han logrado, sin embargo, ni extinguir ni siquiera debilitar la fuerza y la luz de la verdad.

Recordamos cosas conocidas de todos y de las que nadie duda: después que en el sexto día de la creación formó Dios al hombre del limo de la tierra e infundió en su rostro el aliento de vida, quiso darle una compañera, sacada admirablemente del costado de él mismo mientras dormía. Con lo cual quiso el próvido Dios que aquella pareja de cónyuges fuera el natural principio de todos los hombres, o sea, de donde se propagara el género humano y mediante ininterrumpidas procreaciones se conservara para todos los tiempos.

Y aquella unión del hombre y la mujer, para responder de la mejor manera a los sapientísimos designios de Dios, manifestó desde ese mismo momento dos principalísimas propiedades, nobilísimas sobre todo y como impresas y grabadas ante sí: la unidad y la perpetuidad. Y esto lo vemos declarado y abiertamente confirmado en el Evangelio por la autoridad divina de Jesucristo, que atestiguó a los judíos y a los apóstoles que el matrimonio, por su misma institución sólo puede verificarse entre dos, esto es, entre un hombre y una mujer; que de estos dos viene a resultar como una sola carne, y que el vínculo nupcial está tan íntima y fuertemente atado por la voluntad de Dios, que por nadie de los hombres puede ser desatado o roto. Se unirá (el hombre), a su esposa y serán dos en una carne. Y así no son dos, sino una carne. Por consiguiente, lo que Dios unió, el hombre no lo separe”

León XIII (Joaquín Pecci), nació en el seno de una familia noble en 1810 y desde muy joven sintió la llamada de Cristo, siendo ordenado sacerdote en el año 1837.



Muy pronto se puso de manifiesto sus dotes morales e intelectuales por las cuales fue nombrado arzobispo de Perusa en 1846 y cardenal en el año 1853. El Papa Pío IX le llamó a su lado y le nombró Camarlengo en 1877 y como al poco tiempo murió este Pontífice, fue elegido por la Iglesia Papa el día 2 de febrero de 1878. Por su espíritu abierto y conciliador muy pronto fue estimado por su grey, pero los retos a los que tuvo que enfrentarse a finales del siglo XIX, fueron muy grandes, no siendo uno de los menores la actitud hostil hacia Cristo y su Iglesia por una parte de la sociedad progresista que se dejaba embaucar por el ángel caído.

El liberalismo filosófico desgraciadamente se había extendido como agua sobre aceite invadiendo tanto el campo de la política como el de la economía y esto llevó al nuevo Pontífice a escribir su famosa carta encíclica <Rerum  Novarum>, en la que se atrevió a afrontar de forma clara y directa la llamada cuestión social. Pero además de esta carta que ha sido punto de referencia desde entonces para significar la labor social de la Iglesia, escribió otras muchas cartas encíclicas, entre las que se cuenta ésta que ahora estamos recordando que nos muestra el interés de este Papa por el tema de la indisolubilidad del matrimonio. Por otra parte, ante los ataques al sacramento del matrimonio y a la potestad de la Iglesia, también manifiesta en la misma  que (Ibid):

“No faltan, quienes ayudados por el enemigo del género humano, igual que con incalificable  actitud rechazan los demás beneficios de la redención, desprecian también o tratan de desconocer la restauración y elevación del matrimonio; fue falta de no pocos entre los  antiguos haber sido enemigos en algo del matrimonio, pero es mucho más grave en nuestros tiempos el pecado de aquellos que tratan de destruir totalmente su naturaleza, perfecta y completa en todas sus partes.

La causa de ello reside  principalmente en que, imbuidos en las opiniones de una filosofía falsa y por la corrupción de las costumbres, muchos nada toleran menos que someterse y obedecer, trabajando denodadamente, además, para que no sólo los individuos, sino también las familias y hasta la sociedad humana entera desoiga soberbiamente el  mandato de Dios.

Ahora bien: hallándose la fuente y el origen de la sociedad humana en el matrimonio, les resulta insufrible que el mismo esté bajo la jurisdicción de la Iglesia y traten, por el contrario, de despojarlo de toda santidad y reducirlo al círculo verdaderamente muy estrecho de las cosas de institución humana… “


Sabías palabras de este Pontífice de finales del siglo XIX que tuvo la desgracia de tener que intervenir en situaciones tan dolorosas para la Iglesia Católica con respecto al sacramento del matrimonio y que al comprobar las leyes que se estaban dictando en contra de dicho sacramento se lamentaba en los siguientes términos (Ibid):

“Se dice que los antiguos romanos se horrorizaron ante los primeros casos de divorcio; tardó poco sin embargo, en comenzar a embotarse en los espíritus el sentido de la honestidad, al languidecer el pudor que modera la sensualidad, a quebrantarse la fidelidad conyugal en medio de tamaña licencia, hasta el punto de que parece muy verosímil lo que se lee en algunos autores: que las mujeres introdujeron la costumbre de contarse los años no por los cambios de cónsules, sino de maridos.

Los protestantes, de igual modo, dictaron al principio leyes autorizando el divorcio en determinadas causas, pocas desde luego; pero esas, por afinidad entre cosas semejantes, es sabido que se multiplicaron tanto entre alemanes, americanos y otros, que los hombres sensatos pensaran en que habían que lamentarse grandemente la inmensa depravación moral y la intolerable torpeza de las leyes.

Y no ocurrió de otra manera en las naciones católicas, en las que, si alguna vez se dio lugar al divorcio, la muchedumbre de los males que se siguió dejó pequeños los cálculos de los gobernantes. Pues fue crimen de muchos inventar de todo género de malicias y de engaños y recurrir a la crueldad, a las injurias y el adulterio al objeto de alegar motivos con que disolver impunemente el vínculo conyugal, de que ya se habían hastiado, y esto con tan grave daño de la honestidad pública, que públicamente se llegara a estimar de urgente necesidad de entregarse cuanto antes a la enmienda de tales leyes ¿Y quién podrá dudar de que los resultados de las leyes protectoras del divorcio habrían de ser igualmente lamentables y calamitosas si llegaran a establecerse en nuestros días?

No se halla ciertamente en los proyectos ni en los decretos de los hombres una potestad tan grande como para llegar a cambiar la índole ni la estructura natural de las cosas; por ello interpretan muy desatinadamente el bienestar público quienes creen que puede trastocarse impunemente la verdadera estructura del matrimonio y, prescindiendo de toda santidad, tanto de la religión cuanto del sacramento, parecen querer rehacer y reformar el matrimonio con mayor torpeza todavía que fue costumbre en las misma instituciones paganas. Por ello, si no cambian estas maneras de pensar, tanto las familias cuanto la sociedad humana vivirán en constante temor de verse arrastradas lamentablemente a ese peligro y ruina universal…”

Son las palabras de un Papa del siglo XIX que no se equivocaba al profetizar una ruina universal para la unión entre hombre y mujer y por tanto para las familias, tal como podemos comprobar al cabo de tantos años, tras un progresivo avance de las ideas que han ido en contra de la indisolubilidad del sacramento del matrimonio. Por eso este pontífice hacía ver también en su carta cual había sido desde siempre la conducta de la Iglesia frente al divorcio (Ibid):

“Hay que reconocer, por consiguiente, que la Iglesia Católica, atenta siempre a defender la santidad y la perpetuidad de los matrimonios, ha servido de la mejor manera al bien común de todos los pueblos, y que se le debe no pequeña gratitud por su públicas protestas, en el curso de los últimos cien años…

Además, cuantas veces los sumos Pontífices resistieron a poderosos príncipes, los cuales pedían incluso con amenazas que la Iglesia ratificara los divorcios por ellos efectuados, otras tantas, deben ser considerados defensores, no sólo de la integridad de la religión, sino también de la civilización de los pueblos. A este propósito, la posteridad toda verá con admiración los documentos reveladores de un espíritu invicto, dictados: por Nicolás II contra Lotario; por Urbano II y Pascual II contra Felipe I, rey de Francia; por Celestino III e Inocencio III contra Felipe II príncipe de Francia; por Clemente VII y Pablo III contra Enrique VIII, y, finalmente, por el santo y valeroso Pontífice Pío VII contra Napoleón engreído por su prosperidad y la magnitud de su imperio”
 
 
 


Otro Papa especialmente involucrado con el sacramento del matrimonio y por consiguiente con el bienestar de las familias fue Pío XI. Entre los trabajos realizados en este sentido por dicho Papa, destaca su carta encíclica: <Casti connubii> dada en Roma el 31 de diciembre de 1930, la cual puede considerarse una síntesis sobre cuestiones tan importantes para la sociedad de su tiempo, como lo fuera en su día la carta encíclica que acabamos de recordar del Papa León XIII: <Arcanum Divinae Sapientae>.

Pío XI (Achille Ratti), nació en Desio (Lombardía), a mediados del siglo XIX, en el seno de una familia acomodada y cristiana. Fue ordenado sacerdote en 1879 y desde 1882 dio clases en el seminario de Padua durante seis años, hasta su traslado a la biblioteca Ambrosiana de Milán, con objeto de realizar diversas investigaciones científicas. Le gustaba la paleografía, pero no olvidó nunca su tarea pastoral. En 1907 fue nombrado director de dicha biblioteca.

Tras este periodo de estudio, su vida cambió radicalmente a raíz de la llamada del Papa Benedicto XV que le nombró sucesivamente, visitador apostólico y nuncio en Polonia (1919), fue posteriormente nombrado arzobispo de Milán (1921), y más tarde, ese mismo año, cardenal. A la muerte de Benedicto XV (1922), fue elegido Papa, transformándose así en una de las personas con más influencias sobre la sociedad de principios de siglo XX. Eran tiempos difíciles, recién había terminado la primera guerra mundial y ya se avecinaba una segunda guerra mundial más cruel y larga si cabe que la primera.

Tuvo que guiar a la Iglesia en un ambiente muy secularizado y desecho por las secuelas de la primera guerra mundial, por eso su mayor deseo era conseguir, a como diera lugar, la paz entre las naciones. Su preocupación por el sacramento del matrimonio fue muy grande, pues consideraba, como es la verdad, que de una pareja bien avenida debe florecer siempre una familia feliz y próspera, dedicada a la buena educación de los hijos, como derecho y obligación inalienable que Dios les concede.

En su carta encíclica <Divini illus magistri> dada en Roma el 31 de diciembre de 1922, octavo de su pontificado, hablaba largo y tendido sobre la misión educativa de la familia, que según él, concuerda especialmente con la misión educativa de la Iglesia, porque el instinto paterno, que viene de Dios, se orienta confiadamente hacia la Iglesia, seguro de encontrar en ésta la tutela de los derechos de la familia y la concordia que Dios ha puesto en el orden objetivo de las cosas.

Pío XI hablaba siempre fuerte y claro en todas las ocasiones que evangelizaba a su grey y así en su carta encíclica <Casti connubi> sobre el matrimonio cristiano, denunciaba sin tapujos las malas tendencias de la sociedad de su tiempo en este sentido. Así, proclamaba a los cuatro vientos las manipulaciones sobre el origen y naturaleza del matrimonio y los fines y bienes inherentes al mismo. Especialmente doloroso le resultaba comprobar cómo fundándose en principios falsos sobre el origen y naturaleza del sacramento del matrimonio, algunos hombres se <inventaban nuevos modos de unión, acomodados a la situación del momento, como por ejemplo: el matrimonio por cierto tiempo, el matrimonio a prueba, el matrimonio amistoso, etc.>; conceptos todos que en la actualidad están de sobra refrendados por las costumbres y modelos que hoy están de moda como las  parejas de hecho u otras posibilidades por inventar, en beneficio, eso dicen, de los pueblos civilizados y modernos…

Sin embargo para este santo varón, como para todos los que hasta ahora han estado a la Cabeza de la Iglesia Católica:

“Ningún motivo, aún cuando sea gravísimo, puede hacer que lo que va intrínsecamente contra la naturaleza, sea honesto y conforme a la misma naturaleza; y estando destinado el acto conyugal, por su misma naturaleza, a la generación de los hijos, los que en el ejercicio del mismo lo destruyen adrede, de su naturaleza y virtud, obran contra la naturaleza y cometen una acción torpe e intrínsecamente deshonesta” (Casti connubi)

Sí, este Papa hablaba fuerte y claro sobre el  sacramento del matrimonio y por eso no podía dejar tampoco de lado la problemática de la indisolubilidad del mismo, al igual que lo hiciera en su día León XIII el cual le sirvió de ejemplo y de estímulo para escribir esta carta encíclica que estamos recordando.

Se lamentaba Pío XI, en su carta, como hiciera León XIII bastantes años antes, de que siendo definitivo por el antiguo derecho romano el matrimonio como: <la unión del marido y la mujer en la comunidad de toda la vida, y en la comunidad en el derecho divino y humano>, fuera cada vez más creciente la facilidad para conseguir el divorcio, protegido por nefastas leyes nuevas…

El divorcio estaba ya de moda en los años treinta del siglo pasado, así, hasta entre los escritores más relevantes del momento, éste era una cuestión muy atractiva a desarrollar en sus obras. Es el caso del célebre dramaturgo Jacinto Benavente (Premio Nobel de Literatura de 1922), el cual en su Conferencia  Dialogada titulada: <La moral del divorcio>, trataba el tema, por supuesto en clave de humor, pero con veracidad, mostrando la situación de la sociedad en aquellos años, de suma relajación y apatía. En una de las escenas de la obra, toda una dama, al enterarse de las intenciones de una buena amiga de divorciarse, hablaba en los términos siguientes en ausencia de ésta, dirigiéndose a otras amigas:
 


“Mira, el ridículo no hay quien se lo quite. Esas cosas son… Tan humanas, que están sobre todas las leyes. Es como lo del crimen pasional, que también dicen que ya no tiene razón de ser con el divorcio… Entonces, entre los que, no se casan, que están en libertad para irse cada uno por su lado, no habrá nunca crímenes pasionales, y es donde más crímenes arrecian… Es que los que hacen las leyes sabrán mucho de leyes, pero de los hombres y las mujeres, ni una palabra”

Así es, tal parece que los hombres que legislan sobre un tema tan serio y delicado como el matrimonio conocen poco o nada la naturaleza humana. Ahí está la realidad del divorcio, en pleno siglo XXI tras tantos años de experiencias sobre el tema, algunos todavía no se han enterado que el divorcio, las más de las veces, conduce a situaciones gravemente peligrosas, especialmente para la mujer, que muchas veces acaba con los clásicos y terribles <malos tratos>, y otras, con la propia vida de la misma, a manos de un posible exmarido lleno de ira y odio hacia su posible excónyuge, consecuencia de las ideas machistas....

Parece que aquellos que profetizaban la posibilidad de crímenes horrendos a causa de no poder conseguir el divorcio, se han equivocado tremendamente, porque ahora, y ya desde hace tiempo, sucede todo lo contrario que <arrecian los crímenes machistas>, después de producirse un divorcio, como ha sucedido siempre en el caso de estar de por medio las pasiones entre hombres y mujeres.
 
 
 


Por tanto, si como asegura el Papa Pío XI: <la Iglesia no erró, ni yerra cuando enseñó y enseña la indisolubilidad del matrimonio>,  debería ser evidente que no puede desatarse el vínculo matrimonial abduciendo fútiles razones que son las que se suelen alegar la mayor parte de las veces como causa de los divorcios…

Por otra parte, es necesario tener en cuenta también la enorme cantidad de males que sobre vienen para la familia a causa del divorcio, especialmente para los hijos, si los hay, que se ven involucrados en situaciones estrambóticas, por no decir malignas, cuando tienen que ver a su padre o a su madre, o a los dos a la vez, con sus nuevas parejas, a las que de forma despreocupada deben llamar novia de papá, o novio de mamá… Verdaderamente las familias así formadas pueden llamarse, y así se han dado en llamar: desestructuradas, porque sus componentes cuales quiera que sean acaban sin disposición, organización o distribución, para formar algo que sea útil a la sociedad y sobre todo a ellos mismos…

Tanto el Papa León XIII, como Pío XI, en sus respectivas cartas encíclicas ponen de manifiesto todas estas dificultades y defectos del divorcio, pero también dan soluciones para evitarlo.

 


Concretamente refiriéndonos al último recordaremos sus palabras en este sentido (Ibid):

“Es necesario, pues, que todos consideren atentamente la razón divina del matrimonio y procuren conformarse con ella, afín de restituirlo al debido orden…

Gravemente se engañan los que creen que menospreciando los medios que proceden de la naturaleza, pueden inducir a los hombres a imponer un freno a los apetitos de la carne con el uso exclusivo de los inventos de la ciencia... Lo cual no quiere decir que se hayan de tener en poco los medios naturales, siempre que no sean deshonestos; porque uno mismo es autor de la naturaleza y de la gracia,  Dios, el cual ha destinado los bienes de ambos órdenes para que sirvan al uso y utilidad de los hombres. Pueden y deben, por lo tanto, los fieles ayudarse también de los medios naturales. Pero yerran los que opinan que bastan los mismos para garantizar la castidad del estado conyugal, o se les atribuyen más eficacia que al socorro de la gracia sobrenatural.

Pero esta conformidad de la convivencia y de las costumbres matrimoniales con las leyes de Dios, sin la cual no puede ser eficaz su restauración, supone que todos pueden discernir con facilidad, con firme certeza y sin mezcla de error, cuáles son esas leyes. Ahora bien. No hay quien lo vea cuántos sofismas se abrirán camino y cuántos errores se mezclarían con la verdad si a cada cual se dejara examinarlas tan sólo con la luz de la razón o si tal investigación fuese confiada a la privada interpretación de la verdad relevada. Si esto vale para muchas otras verdades  del orden moral, particularmente se ha de proclamar en las que se refieren al matrimonio, donde el deleite libidinoso fácilmente puede imponerse a la frágil naturaleza humana, engañándola y seduciéndola; y esto tanto más cuanto que, para observar la ley divina, los esposos han de hacer a  veces sacrificios difíciles y duraderos, de los cuales se sirve el hombre frágil, según consta por la experiencia, como de otros tantos argumentos para excusarse de cumplir la ley divina.

Por todo lo cual, afín de que ninguna afición ni corrupción de dicha ley divina, sino el verdadero y genuino conocimiento de ello ilumine el entendimiento de los hombres y dirija sus costumbres, es menester que con la devoción hacia Dios y el deseo de servirle se junte una humilde y filial obediencia para con la Iglesia”

 Puede que algunas personas se escandalicen y hasta se echen las manos a la cabeza ante estos razonamientos del Papa Pío XI basadas en las ideas del doctor de la Iglesia San Agustín y aseguren que están pasadas de moda, o algo peor, pero eso no es así…
 
 




Desgraciadamente el mal del divorcio se encuentra en el propio hombre cuando se deja llevar por su mortal enemigo y recae en todas las cuestiones que de alguna forma trata de mencionar el pontífice Pío XI en su carta <Casti connubi>, pues aunque han pasado muchos años desde entonces, el hombre y la mujer de hoy en día siguen siendo exactamente iguales a los que existían antaño, en cuanto que todos hemos sido creados por Dios, con las mismas características de nuestros primeros padres.

Sí, han cambiado mucho las costumbres y las formas de entender la vida, pero desde luego, para peor, esto cualquier persona sensata lo debe reconocer y tal es la situación del sacramento del matrimonio y de las familias, que el Papa Francisco, ha hablado largo y tendido también, sobre estos temas, con idea de que al menos los fieles católicos, no se dejen llevar por la mayoría y actúen según aconseja las Santa Madre Iglesia.

Recordaremos ahora algunas reflexiones de nuestro actual Papa sobre el matrimonio en nuestros tiempos, realizadas en diferentes Audiencias Generales llevadas a cabo en el año 2015. Así por ejemplo en la del 29 de abril de dicho año advertía que:

“Hoy no parece fácil hablar del matrimonio como de una fiesta que se renueva con el tiempo, en las diversas etapas de toda la vida de los cónyuges. Es un hecho que las personas que se casan son cada vez menos: los jóvenes no quieren casarse. En muchos países, en cambio, aumenta el número de las separaciones, mientras que el número de los hijos disminuye. La dificultad de permanecer juntos – ya sea como pareja, o como familia – lleva a romper los vínculos siempre con mayor frecuencia y rapidez, y precisamente los hijos son los primeros en sufrir las consecuencias…

Si experimentas desde pequeño que el matrimonio es un vínculo <por un tiempo determinado>, inconscientemente para ti será así. En efecto, muchos jóvenes tienden a renunciar al proyecto mismo de un vínculo irrevocable y de una familia duradera. Creo que tenemos que reflexionar con gran seriedad sobre el porqué muchos jóvenes <no se sienten capaces>, de casarse. Existe esta cultura de lo provisional… Todo es provisional, parece que no hay nada definitivo…”

 El Papa se pregunta también en esta audiencia, y mucha gente con él: ¿Por qué los jóvenes no se casan?, ¿por qué a menudo prefieren una convivencia y nada más?

Seguramente la respuesta se encuentra en todo lo que ha venido ocurriendo desde hace siglos; por cuestiones como las denunciadas por los Papas León XIII y Pío XI… El problema se ha ido enquistando y hemos llegado a este siglo, a esta nueva era de la humanidad, con aquellos vicios y costumbres de otros tiempos ahora aceptados y progresivamente aumentados y justificados…

Sí, como el Papa Francisco aseguraba en su Audiencia del 15 de abril del 2015:
 


“La experiencia nos enseña que para conocerse bien y crecer armónicamente el ser humano necesita de la reciprocidad entre hombre y mujer. Cuando esto no se da, se ven las consecuencias. Estamos hechos para escucharnos y ayudarnos mutuamente. Podemos decir que sin el enriquecimiento recíproco en esta relación – en el pensamiento y en la acción, en los afectos y en el trabajo, incluso en la fe – los dos no pueden ni siquiera comprender en profundidad lo que significa ser hombre y mujer…

Me pregunto si la crisis de confianza colectiva en Dios que nos hace tanto mal, que hace que nos enfermemos de resignación ante la incredulidad y el cinismo, no están también relacionadas con la crisis de la alianza entre hombre y mujer.

En efecto, el dato bíblico, con la gran pintura simbólica sobre el paraíso terrestre y el pecado original, nos dice precisamente que la comunión con Dios se refleja en la comunión de la pareja humana y la pérdida de confianza en el Padre celestial genera división y conflicto entre hombre y  mujer…

De aquí viene la gran responsabilidad de la Iglesia, de todos los creyentes, y ante todo de las familias creyentes, para redescubrir la belleza del designio creador que inscribe la imagen de Dios también en la alianza entre el hombre y la mujer.

La tierra se colma de armonía y de confianza cuando la alianza entre hombre y mujer se vive bien. Si el hombre y la mujer la buscan juntos entre ellos y con Dios, sin lugar a dudas la encontrarán. Jesús nos alienta explícitamente a testimoniar esta belleza, que es la imagen de Dios”
 
 
 


Así es, como diría años atrás, el Papa San Juan Pablo II en su carta a las familias:

“La familia tiene su origen en el mismo amor con que el Creador abraza al mundo creado, como está expresado <al principio>, en el libro del Génesis (1,1) Jesús ofrece una prueba suprema de ello en el evangelio: <Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito> (Jn 3, 16) El Hijo unigénito, consustancial al Padre, <Dios de Dios, Luz de Luz>, entró en la historia de los hombres a través de una familia: <El Hijo de Dios, con su Encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre: <trabajó con manos de hombre… amó con corazón de hombre>.

Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros excepto en el pecado. Por tanto, si Cristo <manifiesta plenamente el hombre al propio hombre>, lo hace empezando por la familia en la que eligió nacer y crecer.

Se sabe que el Redentor pasó gran parte de su vida oculta en Nazaret: como <Hijo del hombre> sujeto a María, su Madre y a José, el carpintero. Esta obediencia filiar ¿no es ya la primera expresión de aquella obediencia suya al Padre hasta la muerte mediante la cual redimió al mundo?

El misterio divino de la Encarnación del Verbo está, pues, en estrecha relación con la familia humana. No sólo con una, la de Nazaret, sino de alguna manera, con cada familia, análogamente a cuanto el Concilio Vaticano II afirma del Hijo de Dios, que en la Encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Siguiendo a Cristo que vino al mundo para servir (Mt 20,28), la Iglesia considera el servicio a la familia una de sus tareas esenciales. En este sentido, tanto el hombre como la familia constituyen el camino de la Iglesia”