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domingo, 5 de noviembre de 2017

EN LA IGLESIA CATOLICA LA MUJER SIEMPRE HA OCUPADO UN LUGAR MUY IMPORTANTE


 
 
 
 
 
 
 
<Al llegar a la plenitud de los tiempos envió Dios a su Hijo nacido de mujer> (Ga 4, 4). Para el Papa San Juan Pablo II, la devoción mariana, la devoción hacia la figura de María, si se vive en total plenitud puede ser una forma muy adecuada para ir hacia un redescubrimiento de la belleza espiritual de la mujer, sentando las bases para el renacimiento de una auténtica <teología> sobre ella, tanto desde el punto de vista familiar, cómo también del social y cultural.


El culto mariano se funda en la admirable decisión divina de vincular para siempre, como recuerda el apóstol San Pablo, la identidad humana del Hijo de Dios a una mujer, María de Nazaret (Papa San Juan Pablo II. Catequesis del 15 de octubre de 1997)

Algunos años después durante el Congreso Cristológico organizado por la Universidad Católica San Antonio de Murcia (España) en el año 2002, interrogado el por entonces  Cardenal Joseph Ratzinger sobre el papel de la mujer en la Iglesia y en el campo de la teología, la respuesta de éste fue clara y muy ajustada a la realidad de la Iglesia (Nadar contra corriente. Ed. A cargo de José Pedro Manglano. Planeta Testimonio S.A. 2011):
 
 
 
 
“El tema exigiría una discusión larga. Es importante ver que, en todos los períodos de la Iglesia, la mujer ha ocupado siempre un lugar muy grande e importante. Con Jesús estaban las mujeres, con San Pablo y con los Apóstoles estaban las mujeres...

Son muy poco conocidas las hermanas de los grandes padres de la Iglesia, que eran muy importantes para estas personas y que nos ofrecieron sus testimonios.

Pensamos como la vida de San Jerónimo no se podría entender, sin esa gran contribución de mujeres que han aprendido hebreo y naturalmente griego con él, eran mujeres doctas… “

Se refiere aquí el futuro Santo Padre a aquellas mujeres pertenecientes a la aristocracia romana como Paula, Marcela, Asela y Lea, las cuales deseando seguir el camino de la santidad, escogieron a San Jerónimo como guía espiritual y maestro.

En particular, Paula, mujer generosa, colaboró para la construcción en Belén, de dos monasterios, uno de hombres y otro de mujeres, así como una hospedería para los peregrinos que viajaban a Tierra Santa.
 
 
En efecto, como seguía diciendo el futuro Papa en el Congreso anteriormente mencionado: “Cada período de la historia tiene un modo específico de  contribución de la mujer. El ministerio jerárquico dentro de la Iglesia está determinado por Cristo. La contribución de la mujer pertenece al sector de la realización carismática de la Iglesia que no es menos importante que la jerárquica, es mucho más pluriforme y exige mucha más creatividad, y estoy convencido de que las mujeres de hoy tienen la creatividad necesaria para ofrecer la contribución absolutamente necesaria de la mujer”


Por otra parte, refiriéndose concretamente a la Virgen María como Madre de la Iglesia en una entrevista realizada por el periodista Peter Seewald, al ya Papa Benedicto XVI,  aseguraba que (Luz del mundo Ed. Herder S.L. 2010):
 
 
“La Virgen ha sido utilizada por Dios a través de la historia como la luz a través de la cual Cristo nos conduce hacia sí mismo…Hay que decir, pues, que existe la historia de la fe. El Cardenal Newman lo ha expuesto. La fe se desarrolla y eso influye también justamente en la entrada cada vez más fuerte de la Santísima Virgen en el mundo como orientación para el camino, como luz de Dios, como Madre por la que después podemos conocer también al Hijo y al Padre.

De este modo, Dios nos ha dado signos, justamente en el siglo XX (Mensaje de Fátima), en nuestro racionalismo y frente al poder de las dictaduras emergentes, Él nos muestra  la humildad de la Madre, que se aparece a niños pequeños y les dice lo esencial: Fe, Esperanza, Amor, Penitencia”
 
 
 
 
Los Padres de la Iglesia han visto siempre a María como el arquetipo de los profetas cristianos y como punto inicial de la línea profética en la historia de la Iglesia. A esta línea pertenecen por derecho propio las hermanas y las madres de  grandes santos, como por ejemplo santa Mónica, madre de san Agustín.


Santa Mónica nació en Tagaste (África) hacia el año 331, en el seno de una familia cristiana, pero siendo ella aún muy joven fue dada en matrimonio a un hombre  pagano, llamado  Patricio, con el que tuvo varios hijos. Uno de estos hijos llego, en su día, a ser santo y doctor de la Iglesia, san Agustín, aunque al principio no creía en Cristo y su Mensaje.

Todo fue obra del Espíritu Santo al que rezaba constantemente santa Mónica por él, para que se convirtiera al cristianismo. Fue una mujer de gran dulzura y enorme paciencia que tras años de sufrimientos sin fin, logró que su marido, también se convirtiera al cristianismo, y mantuvo a su familia unida.

 
 
Feliz porque Dios le había concedido lo que tanto había anhelado , las conversiones de su hijo y su marido, murió en Ostia en el año 387, poco tiempo después del bautismo de san Agustín. Fue un modelo de madre orante y estuvo llena de virtudes.     


San Agustín gracias al milagro otorgado a su madre por Altísimo se convirtió al cristianismo dejando atrás su vida alocada e increyente. Fue durante la estancia en Roma, a la que san Agustín había llegado para mejorar sus estudios, cuando  conoció a san Ambrosio, arzobispo de Milán, un hombre santo y sabio, bajo cuya influencia,  con su madre y sus amigos, se retiró a Casiciaro, cerca de Milán, recibiendo poco después el bautismo.

Llegó a ser Obispo de Hipona y su obra literaria ha sido trascendental para la Iglesia. Cuanto dijo sobre la libertad, la gracia, el alma, el amor o el bien y el mal, es doctrina fundamental para todos los creyente. 


Por su parte, san Ambrosio (nacido en Tréveris, ciudad alemana) debe a su santa hermana el camino espiritual que recorrió en la vida. Huérfano de padre cuando era un niño, su madre se trasladó con toda su familia a Roma y ya siendo muy joven fue elegido gobernador de las provincias de Liguria y Emilia, impartiendo la justicia sin importarle las cualidades de las personas o su posición social.

Supo defender los derechos de la Iglesia y su actuación como pastor y padre  (sacerdocio, y episcopado) fue inigualable, y también en este caso tuvo gran influencia la acción de una mujer santa de su familia.  Y lo mismo vale para San Basilio y San Gregorio de Niza, así como para San Benito.

 
 
Posteriormente en el Medievo tardío, encontramos grandes figuras místicas entre las cuales es necesario mencionar a Santa Francisca Romana (1384-1444), la cual con solo quince años se casó con un joven noble a quien su padre había elegido para desposarla. Tuvo seis hijos, pero los perdió a todos cuando Roma sufrió el azote de una grave enfermedad, muriendo también, en una pelea callejera, al poco tiempo, su esposo.

Sola y desolada por sus terribles perdidas oraba constantemente y recibió por ello pronto la ayuda del Señor. Escuchó una voz que le animaba a socorrer a los pobres y a los enfermos, que por entonces eran muchos, debido a la reciente catastro acaecida.

Vendió todos sus bienes y entregó el dinero a los más humildes, llevando a su propio hogar a los enfermos, donde los cuidaba sin descanso. Fue pronto conocida por sus obras de caridad y junto a otras mujeres formó una nueva congregación, las Oblatas de san Benito, que fue aprobada por el Papa Eugenio IV. 

Después de ella vinieron otras muchas mujeres que dieron ejemplo de misericordia y santidad a toda la Iglesia de Cristo.

 
 
 
 
Cabe destacar a este propósito, ya en el siglo XVI, a Santa Teresa de Ávila, Doctora de la Iglesia y fundadora de las carmelitas descalzas. Nació en el año 1515 en una familia noble y fue recluida en un monasterio al casarse su hermana que había cuidado de ella y sus otros hermanos, ya que la madre había muerto muy joven. Allí se aficionó a la vida religiosa, se hizo carmelita y deseó  introducir en el monasterio mayor religiosidad y austeridad.

Con el consejo de san Francisco de Borja y san Pedro de Alcántara, tras gran oposición, pudo por fin fundar su primer convento. Siguió adelante y el Señor la ayudó mucho en su largo caminar por la senda de la verdad y del amor, fundando conventos allí por donde pasaba. Además era una gran teóloga por la gracia de Dios y escribió siempre pensando en el provecho de las almas de sus monjas libros muy importantes, como <Camino de perfección>, <Meditación sobre los Cantare> y el <El libro de las fundaciones>    
Murió en Alba de Tormes en el año 1582 en olor de santidad.


Por otra parte, en la línea profética vinculada a las mujeres, han tenido gran importancia en la historia de la Iglesia, Santa Catalina de Siena y Santa Brígida de Suecia.

 
 
 
 
Concretamente santa Catalina se entregó desde muy joven al servicio de la Iglesia. Toda su existencia se caracteriza por el encendido fuego divino de su alma. Cuando sus fuerzas estaban ya agotadas por la lucha en favor de la cristiandad, retirada en un claustro, a través de una multitud de cartas la santa exponía sus ideales.

Ella evocando a María Magdalena, la amiga devota del Señor, desarrolló su  gran labor intelectual  en favor de la Iglesia; fue nombrada al igual que  santa Teresa de Ávila, Doctora de la misma.   
 
Sí, la Iglesia de Cristo crece en la mujer, y le ha dado dentro y fuera de la misma el lugar que sin duda se merece; pueden estar seguras de esto aquellas que reivindican los derechos de la mujer y que se han alineado con los llamados <movimientos feministas> los cuales tuvieron un valor interesante en el momento de su aparición, pues consiguieron sensibilizar a la sociedad, que no a la Iglesia de Cristo, que ya lo estaba, sobre el papel de la mujer en el mundo de la cultura, en el ámbito social y  político.

 
 
 
La mujer no es inferior al hombre, Dios no los creó uno superior al otro, a ambos les dio un alma, pero eso sí, sus cuerpos son distintos, en función de ellos es lógico comprender la diferencia fisiológica entre ambos y sus respectivos papeles dentro de la pareja.


 
 

 
 
 Recordemos que el verdadero fin de todo hombre y de toda mujer, siempre es el  mismo, la salvación de sus almas y esto es lo que los iguala a los ojos de Dios. Todos los seres humanos debemos cumplir las mismas reglas para conseguirlo: Los mandamientos de nuestro Creador, inscritos en nuestros corazones, cualquiera que sea el sexo, la raza o la nacionalidad.


El premio, o el castigo por el incumplimiento de estas leyes naturales, es el mismos, y los cristianos lo conocemos con el nombre de infierno o gloria.  Ante el juicio final en la Parusía, los hombres y las mujeres seremos iguales, porque la justicia del Creador no entiende de diferencias entre los seres humanos, sino del alejamiento del bien o del mal, y de la búsqueda o rechazo de la vida eterna.

En este sentido, hay que tener en cuenta las enseñanzas del Papa Benedicto XVI: 

“Tal vez muchas personas rechazan hoy la fe simplemente porque la vida eterna no les parece algo deseable. En modo alguno quieren la vida eterna, sino la presente y, para esto, la fe en la vida eterna les parece más bien un obstáculo. Seguir viviendo para siempre, sin fin, parece más una condena que un don.
Ciertamente, se querría aplazar la muerte lo más posible. Pero vivir siempre, sin un término, sólo sería a fin de cuentas, aburrido y al final insoportable (La alegría de la fe. Ed. San Pablo 2012)”.

Este pensamiento ha influenciado enormemente en las sociedades de los últimos siglos, donde se ha promocionado la llamada <cultura de la muerte>, y en particular en las mujeres que se han lanzado a vivir la vida sin querer pensar más que en el presente, olvidando los principios y obligaciones; en realidad algunas mujeres no saben lo que les conviene porque en el fondo todo ser humano lo que busca es la vida <bienaventurada>, la vida que simplemente es vida, simplemente felicidad. Como decía San Agustín <a fin de cuentas, en la oración no pedimos otra cosa. No nos encaminamos hacia nada más, se trata sólo de esto>.

Los santos son los únicos que a lo largo de la historia han sabido lo que realmente convenía a sus vidas, porque son hombres y mujeres de fe, esperanza, y amor, y como asegura el Papa Benedicto XVI:
 
 
 
“Entre todos los santos sobresale María, Madre del Señor y espejo de toda santidad. El evangelio de Lucas la muestra atareada en un servicio de caridad a su prima Isabel, con la cual permaneció unos  meses (Lc 1, 56) para atenderla durante el embarazo: <Magnificat ánima nea dominum>, dice con la oración de esta visita, <proclama mi alma la grandeza del Señor>, (Lc 1, 46), y ello expresa todo el programa de su vida al no ponerse a sí misma en el centro, sino dejar espacio a Dios, a quien encuentra tanto en la oración como en el servicio al prójimo; sólo entonces el mundo se hace bueno.


María es grande precisamente  porque quiere enaltecer a Dios en lugar de a sí  misma. Ella es humilde: no quiere ser sino la sierva del Señor (Lc 1, 38-48). Sabe que contribuye a la salvación del mundo no con una obra suya, sino sólo poniéndose plenamente a disposición de la iniciativa de Dios.

Es una mujer de esperanza: sólo porque cree en las promesas de Dios y espera la salvación de Israel, el ángel puede presentarse a ella y llamarla al servicio total de estas promesas.  Es una mujer de fe: < ¡Dichosa tú, que has creído!>, le dice Isabel (Lc 1, 45). El Magnificat – un retrato de su alma, por decirlo así – está completamente tejido por los hilos tomados por la Sagrada Escritura de la Palabra de Dios.
 
 
 
Así se pone de relieve que la Palabra de Dios es verdaderamente su propia casa, de la cual sale y entra con toda naturalidad. Habla y piensa con la Palabra de Dios; la Palabra de Dios se convierte en Palabra suya, y su Palabra nace de la Palabra de Dios… María es en fin,  una mujer que ama. ¿Cómo podría ser de otro modo?


Como creyente, que en la fe piensa con el pensamiento de Dios y quiere con la voluntad de Dios, no puede ser más que una mujer que ama, lo intuimos en sus gestos silenciosos que nos narra los relatos evangélicos de la infancia. Lo vemos en la delicadeza con la que en Caná se percata de la necesidad en la que se encuentran los esposos, y lo hace presente a Jesús. Lo vemos en la humildad con que acepta ser olvidada en el período de la vida pública de Jesús, sabiendo que el Hijo tiene que fundar ahora una nueva familia y que la hora de la Madre  llegará  en el momento de la Cruz, que será la verdadera hora de Jesús.

 
 
 
Entonces,  cuando los discípulos hayan huido, ella permanecerá al pie de la Cruz (Jn 19, 25-27); más tarde, en el momento de Pentecostés, serán ellos los que se agrupen en torno a ella en espera del Espíritu Santo. 

 
 
 
 
María, la Virgen, la Madre, nos enseña que es el amor y donde tiene su origen, su fuerza siempre nueva” (Papa Benedicto XVI. Los caminos de la vida interior. Ed. Chrónica 2011)


 
  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 1 de noviembre de 2017

JESÚS DIJO (XXX): TRABAJOS PUBLICADOS POR MRM.MARUS


 
 
 
 
 




*EN ESTE NUEVO SIGLO SIGUE SIENDO NECESARIO HABLAR DE LA FAMILIA (20/5/17)

 

*MENSAJEROS DEL EVANGELIO: Los primeros Siglos (3ª Parte) (1/6/17)

 

*RECORDANDO AL ESPIRITU SANTO (I) (4/6/17)

 

*RECORDANDO AL ESPIRUTO SANTO (II) (15/6/17)

 

*JESUS Y LA INDISOLUBILIDAD DEL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO (I) (1/7/17)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Biblia de Navarra Edición Popular

 

                                            CARTA A LOS FILIPENSES

 

 

*PRESENTACIÓN (1, 1-2)

 

Pablo y Timoteo, siervos de Cristo Jesús, a todos los santos en Cristo Jesús que están en Filipos, con los obispos y diáconos; / la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo estén con vosotros.

 

*ACCIÓN DE GRACIA Y DESVELO POR LOS CREYENTES (1, 3-11)

 

Doy gracias a mi Dios cada vez que os recuerdo, / y siempre que rezo por todos vosotros, lo hago con alegría, / por vuestra participación en la difusión del Evangelio desde el primer día hasta hoy, / convencido de quien comenzó en vosotros la obra buena la llevará a cabo hasta el día de Cristo Jesús. / Es justo que yo sienta esto por cada uno de vosotros, ya que os tengo en el corazón, porque todos vosotros sois partícipes de mi gracia, tanto en mis cadenas como en la defensa y consolidación del Evangelio. / Dios es testigo de cómo os amo a todos vosotros en las entrañas de Cristo Jesús. / Pido también que vuestro amor crezca cada vez más en perfecto conocimiento y en plena sensatez, / para que sepáis discernir lo mejor, a fin de que seáis puros y sin falta hasta el día de Cristo, / llenos de los frutos de justicia que proceden de Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios.

 

*SITUACIÓN DE SAN PABLO (1,12-26)

 

Quiero que sepáis, hermanos, que las cosas que me han ocurrido han servido para difundir más el Evangelio, / de modo que, ante todo el pretorio y ante todos los demás, ha quedado patente que me encuentro encadenado por Cristo, / y así la mayor parte de los hermanos en el Señor, alentados por mis cadenas, se han atrevido con más audacia a predicar sin miedo la palabra de Dios. / Algunos, en efecto, predican a Cristo por envidia y rivalidad, otros en cambio con buena voluntad; / éstos, ciertamente, por caridad, sabiendo que he sido constituido para la defensa del Evangelio; / aquéllos, sin embargo, anuncian a Cristo por rivalidad, de modo no sincero, pensando aumentar la aflicción de mis cadenas. / Pero ¡qué importa! Con tal de que en cualquier caso – por hipocresía o sinceramente – se anuncie a Cristo, yo con eso me alegro; aún más, me seguiré alegrando, / pues sé que me aprovecha para la salvación, gracias a vuestras oraciones y al auxilio del Espíritu de Jesucristo. / Así es mi expectación y esperanza, de que en nada será defraudado, sino con toda la seguridad, ahora como siempre, Cristo será glorificado en mi cuerpo, tanto en mi vida como en mi muerte. / Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir una ganancia. / Pero si vivir en la carne me supone trabajar con fruto, entonces no sé qué escoger. / Me siento apremiado por los dos extremos; el deseo que tengo de morir para estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor, / o permanecer en la carne, que es más necesario para vosotros. / A la vista de esto último, estoy persuadido de que me quedaré y permaneceré con todos vosotros para vuestro provecho y gozo de la fe; / para que conmigo, con ocasión de mi presencia de nuevo entre  vosotros, aumente vuestro orgullo de ser en Cristo Jesús.

 

*EXHORTACIÓN A LA LUCHA POR LA FE (1, 27-30)

 

Sólo importa una cosa: que llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo, para que, tanto si voy a veros como si estoy ausente, sepa que estáis firmes en un solo Espíritu, luchando unánimes por la fe del Evangelio, / y sin dejaros intimidar en nada por los adversarios: lo que para ellos es señal de perdición, para vosotros, en cambio, es señal de salvación. Todo esto viene de Dios. / Porque a vosotros os ha sido concedida la gracia por Cristo, no sólo para que creáis en él, sino también para que padezcáis por él, / sosteniendo el mismo combate que visteis en mí, y del que ahora os hablo.

 

*UNIDAD Y HUMILDAD (2, 1-4)

 

Así pues, por la consolación en Cristo y por el consuelo de la caridad, por la comunicación en el Espíritu y por las entrañas de misericordia, / colmad mi gozo con vuestra misma caridad y concordia y con vuestros mismos anhelos. / No actuéis por rivalidad ni por vanagloria, sino con humildad, considerando cada uno a los demás como superiores, / buscando no el propio interés, sino el de los demás.

 

*HINNO A LA HUMILLACIÓN Y EXALTACIÓN DE CRISTO (2, 5-11)

 

Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús, / el cual, siendo de condición divina, no consideró como presa codiciable al ser igual a Dios, / sino que se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo, hecho semejante los hombres; y, mostrándose igual que los demás hombres, / se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. / Y por eso Dios le exaltó y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre; / para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, / y toda lengua confiese: < ¡Jesucristo es el Señor!>, para gloria de Dios Padre.

 

*LOS HIJOS DE DIOS, LUZ DEL MUNDO (2, 12-18)

 

Por tanto, queridísimos míos, así como siempre habéis obedecido, no sólo en mi presencia, sino también mucho más ahora en mi ausencia, trabajad por vuestra salvación con temor y temblor; / porque Dios es quien obra en vosotros el querer y el actuar conforme a su beneplácito. / Hacedlo todo sin murmuraciones ni discusiones, / para que lleguéis a ser irreprochables y sencillos, hijos de Dios sin tacha en medio de una generación depravada y perversa, en la cual brilláis como luceros en el mundo / al poner en alto la palabra de vida, para la gloria mía en el día de Cristo, porque no habré corrido en vano ni en vano habré trabajado. / Pues, aunque sea derramada mi sangre sobre el sacrificio y ofrenda de vuestra fe, me alegro y me congratulo con todos vosotros; / por la misma causa alegraos también vosotros y congratulaos conmigo.

 

*ENVÍO A TIMOTEO (2, 19-24)

 

Espero en el Señor Jesús enviaros pronto a Timoteo, para que también yo cobre ánimo al tener noticias vuestras. / Pues a nadie tengo tan identificado conmigo en la preocupación sincera por vosotros, / ya      que todos buscan sus propios intereses, no los de Jesucristo. / Conocéis su probada virtud, pues como un hijo con su padre ha servido conmigo el Evangelio. / Espero enviarlo nada más vislumbre el desenlace de mi causa. / Además, confío en el Señor que yo mismo pueda ir pronto.

 

*ENVÍO DE EPAFRODITO (2, 25-30)

 

No obstante, consideré necesario devolveros a Epafrodito, mi hermano, colaborador y compañero en las batallas, enviado por vosotros para atenderme en mis necesidades, / ya que os echa de menos a todos y está preocupado porque oísteis que había enfermado. / En efecto, enfermó y estuvo a punto de morir, pero Dios se compadeció de él, y no sólo de él sino también de mí, para que yo no tuviera tristeza sobre tristeza. / Por eso me doy mucha prisa en enviarlo, para que al verlo de nuevo os alegréis, y yo esté sin pena. / Acogedle, por tanto, en el Señor con toda alegría y tratadle con el honor debido a las personas como él, / puesto que por la obra de Cristo estuvo a las puertas de la muerte, exponiendo su vida para supliros a vosotros en el servicio que no podíais prestarme.

 

 

 

*CUIDADO CON LOS JUDAIZANTES (3, 1-6)

 

Por lo demás, hermanos míos, alegraos en el Señor. Escribiros lo que os he dicho en otras ocasiones no me molesta, y para vosotros es motivo de seguridad. / ¡Cuidado con los perros! ¡Cuidado con los malos obreros! ¡Cuidado con los de la mutilación! / Pues nosotros somos la circuncisión, los que servimos en el Espíritu de Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús y no confiamos en la carne, aunque yo podría confiar en la carne. Si algún otro piensa que puede confiar en la carne, yo aún más: / fui circuncidado al octavo día, soy del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo, hijo de hebreos, y, ante la Ley, fariseo; / a causa del celo por ella, perseguidor de la Iglesia. En lo que se refiere a la justicia de la Ley, llegué a ser irreprochable.

 

*LA JUSTICIA DE DIOS, SUPERIOR A LA JUSTICIA DE LA LEY (3, 7-11)

 

Sin embargo, cuanto era para mí ganancia, por Cristo lo considero como pérdida. / Es más, considero que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él perdí todas las cosas, y las considero como basura con tal de ganar a Cristo / y vivir en él, no por mi justicia, la que procede de la Ley, sino por la que viene de la fe en Cristo, justicia que procede de Dios, por la fe. / Y, de este modo, lograr conocerle a él y la fuerza de su resurrección, y participar así de sus padecimientos, asemejándome a él en su muerte, / con la esperanza de alcanzar la resurrección de entre los muertos.

 

*LA LUCHA ASCÉTICA, DEPORTE SOBRENATURAL (3, 12-16)

 

No es que ya lo haya conseguido, o que ya sea perfecto, sino que continúo esforzándome por ver si lo alcanzo, puesto que yo mismo he sido alcanzado por Cristo Jesús. / Hermanos, yo no pienso haberlo conseguido aún; pero, olvidando lo que queda atrás, una cosa intento: lanzarme hacia lo que tengo por delante, / correr hacia la meta, para alcanzar el premio al que Dios nos llama desde lo alto por Cristo Jesús. / Así pues, los que somos perfectos tengamos sentimientos. Y si en algo pensáis de otro modo, también eso Dios os lo hará ver. / En todo caso, mantengámonos en lo que ya hemos alcanzado.

 

*CIUDADANOS DEL CIELO (3, 17-21)

 

Hermanos, sed imitadores míos y fijaos en los que caminan según el modelo que tenéis en nosotros. / Porque muchos – esos de quienes con frecuencia os hablaba y os hablo ahora llorando – se comportan como enemigos de la cruz de Cristo: / su fin es la perdición, su dios el vientre, y su gloria la propia vergüenza, porque ponen el corazón en las cosas terrenas. / Pero nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo, / el cual transformará nuestro cuerpo vil en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene para someter a su dominio todas las cosas.

 

*EXHORTACIÓN A LA PERSEVERANCIA Y LA ALEGRÍA (4, 1-9)

 

Por tanto, hermanos míos muy queridos y añorados, mi gozo y mi corona, ¡permaneced así, queridísimos míos, firmes en el Señor! / Suplico a Evodia y a Síntique que tenga un mismo sentir en el Señor. / También te ruego a ti, fiel compañero, que ayudes a éstas, que trabajaron conmigo por el Evangelio con Clemente y mis otros colaboradores, cuyos nombres están en el libro de la vida. / Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos. / Que vuestra comprensión sea patente a todos los hombres. El Señor está cerca. / No os preocupéis por nada; al contrario: en toda oración y súplica, presentad a Dios vuestras peticiones con acción de gracias. / Y la paz de Dios que supera todo entendimiento custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. / Por lo demás, hermanos, cuanto, hay de verdadero, de honorable, de justo, de íntegro, de amable y de encomiable; todo lo que sea virtuoso y  digno de alabanza, tenedlo en estima. / Lo que aprendisteis y recibisteis, los que oísteis y visteis en mí, ponedlo por obra; y el Dios de la paz estará con vosotros.

 

*GRATITUD DEL APÓSTOL (4, 10-20)

 

Me alegré mucho en el Señor de que por fin hayáis podido manifestar de nuevo el afecto que sentíais por mí, porque, aunque lo sentíais, no se os había presentado la ocasión de expresarlo. / No os lo digo porque esté necesitado, pues he aprendido a contentarme con lo que tengo: / he aprendido a vivir en la pobreza, he aprendido a vivir en la abundancia, estoy acostumbrado a todo en todo lugar, a la hartura y a la escasez, a la riqueza y a la pobreza. / Todo lo puede en Aquel que me conforta. / No obstante, habéis hecho bien al compartir mi tribulación. / Sabéis bien vosotros, filipenses, que al principio de la evangelización, cuando salí de Macedonia, ninguna iglesia me abrió una cuenta de <debe> y <haber>, excepto vosotros, / pues una y otra vez enviasteis a Tesalónica con qué atender a mis necesidades. / No es que yo busque dádivas, sino que deseo que aumenten los intereses en vuestra cuenta. / He recibido todo y tengo de sobra, estoy colmado con los bienes recibidos de parte vuestra por medio de Epafrodito, una ofrenda aceptable, de suave olor, agradable ante Dios. / Mi Dios colmará todas vuestras necesidades, generosamente según su riqueza, con la gloria por Cristo Jesús. / A Dios y Padre nuestro la gloria por los siglos de los siglos. Amén

 

 

*DESPEDIDA (4, 21-23)

 

Saluda a todos los santos en Cristo Jesús. Os saludan los hermanos que están conmigo. / También os saludan todos los santos, en especial los de la casa del César. / La gracia del Señor Jesucristo esté con vuestro espíritu. Amén

 

 

sábado, 28 de octubre de 2017

JESÚS Y LA INDISOLUBILIDAD DEL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO (II)


 
 
 
 
 
 


Ocurre, sin embargo, que muchos hombres, dando al olvido la divina obra de dicha reconstrucción, o desconocen por completo la santidad excelsa del matrimonio cristiano, o la niegan descaradamente, o la conculcan, apoyándose en falsos principios de una nueva y perversísima moralidad.
Contra estos perniciosos errores y depravadas costumbres, que ya han comenzado a cundir entre los fieles, haciendo esfuerzos solapados por introducirse profundamente, creemos que es Nuestro deber, en función de nuestro oficio de Vicario de Cristo en la tierra y de supremo Pastor y Maestro, levantar la voz, a fin de alejar de los emponzoñados pastos y, en cuanto está de nuestra parte, conservar inmunes a las ovejas que nos han sido encomendadas…”
 
 
 
 
Son las palabras sinceras y condolidas del Papa Pío XI al justificar su Carta Encíclica <Casti Connubii>, sobre el matrimonio cristiano, dada en Roma un 31 de diciembre del año 1930.


Escribiendo esta Encíclica pretendía el Pontífice, como él mismo reconoce en ella, seguir los pasos de su antecesor en la silla de Pedro, el Papa León XIII, tomando como referencia la Carta Encíclica de éste: <Arcanum Divinae Sepientiae> que vio la luz un 10 de febrero de 1880. Habían pasado solamente 50 años y ya se habían cumplido los peores presagios  que este santo varón había anunciado sobre el sacramento del matrimonio de acuerdo con los derroteros tomados por la  la sociedad que le tocó vivir, muy perniciosa y dañina.

Pío XI, así lo declara en su Encíclica <Casti Connubii>: Por requerimiento de circunstancias y exigencias de su tiempo, similares a la de otras épocas, deseaba demostrar que todo lo dicho por su antecesor no había caído en desuso, sino que conservaba plenamente su vigor.
Él por tanto, aseguraba, que sólo trataría de ampliar algunos puntos de aquella carta con idea de concienciar mejor a su grey sobre el hecho irrevocable de la belleza e indisolubilidad del Sacramento del matrimonio.
Y lo logró, en parte, porque ayudó mucho a los matrimonios y a las parejas de jóvenes que pretendían unirse bajo la bendición de la Iglesia de Cristo… pero pasado el tiempo, de nuevo la sociedad recayó en el olvido de Dios y los Papas posteriores a este Pontífice de principios del siglo XX, tuvieron que recordar la dignidad sacramental y la perpetua estabilidad (indisolubilidad), del matrimonio cristiano a los hombres de su tiempo, y ha seguido así hasta nuestros días.
 
 
 
 
Hay tenemos,  por ejemplo, las enseñanzas del Papa Juan XXIII en su discurso a los miembros de la Sagrada Rota Romana. Concretamente nos referimos al año 1960; <el Papa bueno>, se encontraba muy preocupado por la actitud de algunos sectores de la sociedad de su tiempo respecto al Sacramento del matrimonio, por lo que  llegaba a expresarse en los términos siguientes:


“Sin duda, en nuestros días, hay algo que insensiblemente hace peligrar la institución familiar y aumentar asechanzas que la debilitan, y esto de un modo más insistente, seductor e insidioso que en el pasado.
La Iglesia no cesa nunca de dar la voz de alarma fuerte a las peligrosas conclusiones de la conciencia individual y colectiva  en este tan delicado terreno y tan preñado de consecuencias para la vida social.
Las encíclicas, documentos, y discursos de nuestros Predecesores, demuestran la maternal y deferente preocupación de la Iglesia.

Tampoco hoy falta a su misión, que recibió del mismo Cristo. Ella continúa y propaga cada vez mejor y más perfectamente su magisterio, siempre adaptado, aunque severo…
En las familias queda lo más admirable de la estrecha cooperación del hombre con Dios: las dos personas humanas, creadas a imagen y semejanza divina, están llamadas no sólo al gran deber de continuar y profesar la obra creadora, dando la vida física a nuevos seres, a quienes el Espíritu infunde el poderoso principio de la vida inmortal, sino también el más noble oficio, que perfecciona al primero, de la educación civil y cristiana de la prole.
Semejante firme convicción, basada en una verdad tan profunda, es suficiente para asegurar a toda unión matrimonial la estabilidad de su vínculo… y hacer conscientes a los padres de la responsabilidad que asumen ante Dios y los hombres”

 
 
 
 
Pasado el tiempo, en 1961, las cosas apenas habían variado en cuanto a la percepción que la sociedad del siglo XX tenía del Sacramento del matrimonio, por el cual el Papa Juan XXIII seguía estando, lógicamente muy preocupado y esto de nuevo se puede constatar en su discurso durante la <Inauguración del año nupcial de la Rota Romana>.


“Paternales preocupaciones rigen el corazón del Pastor universal. Os las contamos con sencillez y sin ambages…
Al tutelar con preocupación celosa la indisolubilidad del vínculo y la santidad del Sacramento del matrimonio, la Iglesia defiende un derecho, no sólo eclesiástico y civil, sino sobre todo natural y divino…
No se trata, pues de prescripciones y normas que componen las circunstancias, y que el curso de las generaciones puede cambiar, fuera de la voluntad divina, del orden tangible establecido por Dios mismo como salvaguardo del primer núcleo fundamental de la sociedad civil (el formado por el hombre y la mujer en Sagrado matrimonio).

 
 
Se trata de la ley divina primordial, que en la plenitud de los tiempos, la palabra de Cristo (Pero al principio no fue así…) (Mt 19,8), ha llevado en su integridad genuina…Por tanto, es necesario,  que la doctrina de la Iglesia sobre el matrimonio sea conocida y difundida en todas las formas…La razón de todo lo que hemos dicho es una sola. Se trata del motor de toda la acción espiritual de la Iglesia en el tiempo,  de la salvación de las almas.


Su corazón de madre la lleva a actuar y a decidir por el bien de todos sus hijos. Y este es el espíritu que conforma la acción de los tribunales de la Iglesia y, por consiguiente, del juez eclesiástico, del defensor del vínculo matrimonial, como del promotor de la justicia y de los abogados.
Es <ministerium veritatis>, porque tiende primeramente a la salvación del alma de aquel que tiene necesidad de estos tribunales…
Sí, la Iglesia mira siempre por la salvación eterna de todos, también cuando limita el derecho del acusado, y cuando emite una sentencia de culpabilidad; al cónyuge jamás se le sustraen los medios para huir del peligro de la <condenación eterna>…”


Desgraciadamente estas sinceras palabras del <Papa bueno> cayeron como vulgarmente se dice en <saco roto>, para muchas parejas que habían contraído el Sacramento del Matrimonio y desearon, y pusieron en marcha el nefasto divorcio, creyendo que así se rompía el vínculo matrimonial definitivamente, siendo así, que esto es imposible porque el Sacramento instituido por Cristo es indisoluble y sólo es posible romperlo cuando  éste se declare <nulo> por la Iglesia.

El Papa Juan XXIII (Augusto Giuseppe Roncali) (1958-1965), a sus 72 años, era  Patriarca de Venecia, luego de haber ocupado algunos puestos diplomáticos de la Iglesia en Bulgaria y en Turquía, que le aportaron información sobre las Iglesias Orientales y el Islán. Hombre paciente y sobre todo caritativo, se preocupó desde el primer momento por la crisis que abatía  entonces a la sociedad, en particular a las familias, tanto de Oriente como de Occidente.
 
 
 
 
Entre todas las cosas buenas que hizo este Pontífice por la Iglesia queremos destacar el hecho de nombrar Cardenal al arzobispo Montini, que llegaría a ser, a su muerte, el Papa Pablo VI, al cual las familias cristianas también, le deberían estar eternamente agradecidas, por su Carta Encíclica <Humanae Vitae>.
Pablo VI (Giovani Battista Montini) (1963-1978) nada más ocupar la silla de Pedro, se encontró con el deber de continuar las sesiones pendientes del Concilio Vaticano II, en las que se trató de actualizar el Mensaje de la Iglesia al siglo XX, pero sin anular para nada el Mensaje de Cristo...


La cosa no era fácil, porque había cuestiones candentes como la indisolubilidad del Sacramento del matrimonio que habría que tratar con mucho cuidado y respeto a las partes afectadas.
 
 


 Nos preguntamos si esto no es un indicio que, juntamente con otros muchos, puede explicar la postura tan ligera, tan superficial, cuando no de irreverencia manifiesta, con respeto a la institución matrimonial, pacto insoluble, elevado a la dignidad de Sacramento por Cristo, en bien de las familias humanas (al asistir a las bodas de Canaán y realizar allí su primer milagro).

 
 



Es verdad que a la difusión de peligrosas concepciones y posturas erróneas, han contribuido en diversa medida, los estímulos incitantes, y con frecuencia perversos, de cierta literatura, de cierta prensa y de ciertos espectáculos.
También es verdad que estos estímulos encuentran una resistencia más débil, que en otros tiempos, en el santuario de las familias.

También es de considerar que algunos afrontan el matrimonio con mucha ligereza, sin la debida preparación psicológica, espiritual, religiosa, rebajando de esta forma, sustancia tan sagrada, y solemne, a la condición de experiencia humillante, de aventura peligrosa, cuando no de terrible naufragio”

 
 
 
Ciertamente, como advertía este gran teólogo y Pastor de la Iglesia,  el punto central sobre el que se apoya el ataque a la indisolubilidad del Sacramento del matrimonio, se encuentra en la <relajación de la conciencia>, hasta llegar a lo que se ha dado en llamar <Conciencia errónea>, de la que el Papa Benedicto XVI tanto ha hablado a su grey (El elogio de la Conciencia. La Verdad interroga al corazón. Ediciones Palabra. S.A. 2010):


“La identificación de la conciencia con la conciencia superficial (Conciencia errónea), la reducción del hombre a su subjetividad, no libera en absoluto, sino que esclaviza. Nos hace totalmente dependientes de las opiniones dominantes y rebaja también día a día el nivel de estas últimas. Quien equipara la conciencia a las convicciones superficiales, la identifica con una seguridad pseudo-racional, entretejida de antojos, conformismo y pereza…
La conciencia se degrada a la condición de mecanismo exculpatorio, en lugar de representar previamente la transparencia del sujeto para lo divino y, por tanto también la dignidad y la grandeza específica del hombre.
La reducción de la conciencia a la certera subjetiva significa al mismo tiempo la renuncia a la verdad”
 
 
 
 
Si, una conciencia laxa, una conciencia adormecida por  ejemplos vitales perniciosos, puede inducir a la creencia de  que es un error tratar de salvar la indisolubilidad de la Sagrada unión entre hombre y mujer, a pesar de saber que con ello se produce un grave daño a la pareja y en particular a los hijos, frutos de su unión sacramental.

 
 
 
 
 
 
Así lo reconocía con anterioridad, también, el Papa Pablo VI (Ibid): “El punto central de la cuestión está aquí precisamente, en la relajación de la conciencia, que hay que revitalizar con la colaboración juiciosa y eficaz de cuantos pueden aún influir en ella con la palabra y con el ejemplo. Es del todo ineludible, pues, llamar poderosamente la atención sobre la preeminencia de los valores morales, especialmente en las jóvenes generaciones, que han de estar preparadas para formar una familia con una sólida conciencia moral. Deben saber que la formación de la conciencia supone un armonioso equilibrio de naturaleza y de gracia.


En efecto, la conciencia exige rectitud y equilibrio, juicio y claridad de propósitos, fuerza en las decisiones y una pureza diamantina, que ante las grandes y sagradas leyes de la vida, brille limpia de todo compromiso, de toda bajeza y mezquindad.
Estas son las dotes naturales, recursos del hombre para su esfuerzo ascético de perfección, aunque la herida del pecado original lo pueda debilitar en las constantes prácticas del bien.

 
 
 
 
Pero cuando la gracia divina se injerta en la naturaleza, y la virtud redentora de Cristo, por medio de los Sacramentos, transforma profundamente el alma humana, obtenemos nuevos y sólidos fundamentos para la conciencia moral…”


Desde que Pablo VI pronunciara este importante discurso, el tiempo se ha encargado en darle la razón en gran medida, porque muchos  hombres y mujeres  no han querido escuchar sus razonamientos, a pesar de que la Iglesia ha manifestado con mucha frecuencia la conformidad con estas palabras.
No obstante, nuestro actual Pontífice, el Papa Francisco, siguiendo en la misma línea de sus antecesores en la Silla de Pedro, es optimista respecto al futuro de este Sacramento y por tanto respecto al futuro de las familias y ello es consolador para muchas personas que sufren en la actualidad, el resultado de las tendencias sociales  con respecto al sacramento del matrimonio.

 
 
 
 
Ello se puede apreciar claramente en la Exhortación Apostólica Postsinodal, <Amores Laetitia>, dada en Roma el 19 de marzo de 2016 (Cuarto del Pontificado), especialmente cuando el Papa Francisco da gracias al Señor porque muchas familias viven en el amor y siguen adelante, aunque caigan muchas veces  a lo largo del transcurrir de la vida:


“Doy gracias a Dios porque muchas familias, que están lejos de considerarse perfectos, viven en el amor, realizan su vocación y siguen adelante, aunque caigan muchas veces a lo largo del camino. A partir de las reflexiones sinodales no queda un estereotipo de la familia ideal, sino un interpelante formado por tantas realidades diferentes, colmadas de gozos, dramas y sueños. Las realidades que nos preocupan son desafíos. No caigamos en la trampa de despertarnos en lamentos autodefensivos, en lugar de despertar en creatividad misionera. En todas las situaciones
<la Iglesia siente la necesidad de decir una palabra de virtud y esperanza…
Los grandes valores del matrimonio y de la familia cristiana corresponden a la búsqueda que impregna la existencia humana (Conf. Episcopal de Colombia  de febrero de 2003)>”