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jueves, 17 de enero de 2019

JESÚS DIJO (XXXVI): TRABAJOS PUBLICADOS EN MRM.MARUS










. LA IGLESIA  DE CRISTO ES SANTA  (15/10/18)

 

. JESÚS Y EL MISTERIO DE SU RESURRECCIÓN (15/10/18)

 

. EL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO UN TEMA DE ACTUALIDAD (15/10/18)

 

. LA VIRGEN MARÍA, MADRE DE DIOS, NO DEJA DE INTERCEDER POR LOS HOMBRES (16/10/18)

 

. ¡NO TENGAIS MIEDO DE DAR A CONOCER MI PALABRA! (16/10/18)

 

 

BIBLIA DE NAVARRA EDICIÓN POPULAR (Ediciones Universidad de Navarra, S.A., Pamplona-España) (EUNSA)

 

CARTA A TITO

 

*SALUDO (1, 1-4)

 

Pablo, siervo de Dios, apóstol de Jesucristo a favor de la fe de los elegidos de Dios y del conocimiento de la verdad que es conforme a la piedad, / basada en la esperanza de la vida eterna, que ha prometido desde toda la eternidad el que no miente, Dios, / y que en el tiempo oportuno ha manifestado su palabra mediante la predicación que me ha sido confiada, por mandato de Dios nuestro Salvador, a Tito, / verdadero hijo de en la fe que nos es común: gracia y paz de parte de Dios Padre y de Cristo Jesús, nuestro Salvador.

 

*SELECCIÓN Y CUALIDADES DE LOS PRESBÍTEROS (1, 5-9)

 

El motivo  de haberte dejado en Creta es que pongas las cosas que aún lo requieren y constituyas presbíteros en cada ciudad, conforme a las instrucciones que te di: / que sea alguien irreprochable, casado una sola vez, que tenga hijos creyentes, no acusados de vida desenfrenada ni rebeldes. / Porque es preciso que el obispo, como administrador de Dios, sea irreprochable, no arrogante, ni colérico, ni bebedor, ni pendenciero, ni propenso a ganancias turbias; / sino hospitalario, amante del bien, sobrio, justo, piadoso, dueño de sí mismo, / que mantenga con firmeza la palabra fiel que se ajusta a la enseñanza recibida, para que sea capaz de exhortar con la sana doctrina y corregir a los adversarios.

 

*ACTITUD ANTE LOS FALSOS MAESTROS (1, 10-16)

 

Porque hay muchos rebeldes, charlatanes, embaucadores, sobre todo entre los que proceden de la circuncisión, / a quienes es necesario tapar la boca, pues trastornan a familias enteras, enseñando lo que no deben por un vergonzoso afán de lucro. / Ya dijo uno de ellos, profeta entre los suyos: <los cretenses son siempre mentirosos, malas bestias, estómagos perezosos>. / Y esa afirmación es verdad. Por esta razón, corrígeles con severidad, para que se mantengan sanos en la fe / y no presten atención a fábulas judaicas ni a preceptos de hombres que se apartan de la verdad. / Todo es limpio para los limpios; en cambio, para los contaminados e incrédulos no existe nada limpio, porque su mente y su conciencia están contaminadas. / Declaran conocer a Dios, pero lo niegan con sus obras, puesto que son abominables y rebeldes, incapaces de toda obra buena.

 

*DEBERES DE LOS CRISTIANOS SEGÚN SU CONDICIÓN (2, 1-10)

 

Tú, en cambio, habla de lo que está de acuerdo con la sana doctrina. / Que los ancianos sean sobrios, dignos, prudentes, fuertes en la fe, en la caridad y en la paciencia. / Que las ancianas, asimismo, se comporten como corresponde a los santos; que no sean ni calumniadoras ni estén dominadas por el vicio del vino, que sean maestras del bien, / para que enseñen a las más jóvenes a amar a sus maridos y a sus hijos,  / a ser prudentes, castas, buenas amas de casa, sujetas a sus maridos, para que no sea ultrajada la palabra de Dios. / Del mismo modo, a los más jóvenes exhórtales a ser prudentes, / mostrándote tú mismo  como modelo de buenas obras en todo: pureza de doctrina, dignidad, / predicación sana e intachable, para que el adverso se avergüence al no tener nada malo que decir de nosotros. / Los siervos, que estén sujetos a sus amos en todo, procurando ser complacientes sin replicarles; / que no les engañen, sino que den muestras de completa fidelidad en todo, para que hagan honor a la doctrina de Dios, nuestro Salvador.

 

*LA ENCARNACIÓN, FUNDAMENTO DE LA ÉTICA Y PIEDAD CRISTIANAS (2, 11-15)

 

Pues se ha manifestado la gracia de Dios, portadora de salvación para todos los hombres, / educándonos para que renunciemos a la impiedad y a las concupiscencias mundanas, y vivamos con prudencia, justicia y piedad en este mundo, / aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo, / que se entregó a sí mismo por nosotros para purificar para sí un pueblo escogido, celoso por hacer el bien. / Di estas cosas, y exhorta y corrige con toda autoridad. Que nadie te menosprecie.

 

*RESPETO A LA AUTORIDAD LEGÍTIMA (3, 1-2)

 

Recuérdales que estén sujetos a los gobernantes y a las autoridades: que les obedezcan, que estén dispuestos a hacer el bien, / sin injuriar a nadie ni darse a las discordias, sino que sean modestos dando muestras de comprensión con todos los hombres.

 

*RENOVACIÓN DE LA VIDA CRISTIANA POR EL ESPÍRITU SANTO (3, 3-8)

 

Pues también nosotros éramos en otro tiempo insensatos, desobedientes, extraviados, esclavos de las concupiscencias y diversos placeres, viviendo inmersos en la malicia y en la envidia, aborrecibles y odiándonos unos a otros. / Pero cuando se manifestó la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor a los hombres, / nos salvó, no por las obras justas que hubiéramos hecho nosotros, sino por su misericordia, mediante el baño de la regeneración y de la renovación en el Espíritu Santo, / que derramó copiosamente sobre nosotros por medio de Jesucristo nuestro Salvador, / para que, justificados por su gracia, fuéramos herederos de la vida eterna que esperamos. / Verdadera es esta doctrina y quiero que en ella te mantengas firme, para que los que ya han creído en Dios pongan empeño en que se les reconozca por las buenas obras. Esto es bueno y útil para los hombres.

 

*OTROS CONSEJOS (3, 9-11)

 

Evita las discusiones necias, las genealogías, las disputas y polémicas sobre la Ley, porque son inútiles y vanas. / Al hereje, después de una o dos amonestaciones, rehúyelo: / tú sabes que a una persona así está pervertida y en pecado, y su propia conciencia le condena.

 

*RECOMENDACIONES FINALES (3, 12-14)

 

Cuando te envíe a Artemas o a Tíquico, procura venir pronto a mi encuentro en Nicópolis, porque he pensado pasar allí el invierno. / A Zenas, el jurista, y a Apolo, procura proveerles de todo lo necesario para el viaje, para que nada les falte. / Que aprendan también los nuestros a que se les reconozca por las buenas obras, ayudando en las necesidades urgentes, para que no queden sin dar fruto.

 

*DESPEDIDA (3, 15)

Te saludan todos los que están conmigo. Saluda tú a nuestros amigos en la fe. La gracia esté con todos vosotros.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

jueves, 10 de enero de 2019

LA IGLESIA AL SERVICIO DE LA FAMILIA



 
 
 
 
<Familiaris Consortio>, es el hermoso título, de la Exhortación Apostólica (1981), del Papa san Juan Pablo II, en la que se nos habla de lo que hace la Iglesia por la familia, y que no podemos dejar de recordar como uno de los documentos más importantes sobre la familia que se han escrito, dentro y fuera de la Iglesia.

Entre las muchas enseñanzas expuestas por este Pontífice en dicho documento nos vienen a la memoria algunas que nos han parecido especialmente relevantes:

“La familia en los tiempos modernos, han sufrido quizás como ninguna otra institución, la acometida de las transformaciones amplias, profundas y rápidas de la sociedad y de la cultura.

Muchas familias viven esta situación permaneciendo fieles a los valores que constituyen el fundamento de la institución familiar. Otras se sienten inciertas y desanimadas de cara a su cometido e incluso en estado de duda o de ignorancia respecto al significado último y a la verdad de la vida conyugal y familiar.

Otras, en fin, a causa de diferentes situaciones de injusticia se ven impedidas para realizar sus derechos fundamentales.

 
 
La Iglesia consciente de que el matrimonio y la familia constituyen  uno de los bienes más preciosos de la humanidad quiere hacer sentir su voz y ofrecer su ayuda a todo aquel que conociendo ya el valor del matrimonio y de la familia trata de  vivirlo; a todo aquel que en medio de la incertidumbre o la ansiedad, busca la verdad y a todo aquel que se ve injustamente impedido para vivir con libertad el propio proyecto familiar.

Sosteniendo al  primero, iluminando a los segundos y ayudando a los demás, la Iglesia ofrece su servicio a todo hombre preocupado por los destinos del matrimonio y de la familia; de manera especial se dirige a los jóvenes que están para emprender un camino hacia el matrimonio y la familia con el fin de abrirles nuevos horizontes, ayudándoles a descubrir la belleza y la grandeza de la vocación al amor y al servicio de la vida”

Este era el espíritu que movía a la Iglesia en los pasados siglos, al igual que sigue siéndolo en el siglo actual, donde la familia, célula fundamental de la sociedad, y el sacramento del matrimonio siguen estando todavía poco considerados por una parte de la humanidad.

Se trata de un tema muy controvertido, pues mientras que muchas veces parece todo lo contrario, realmente la familia sigue siendo la gran perjudicada a la hora de establecer sus derechos y esto lleva la más de las veces a situaciones gravemente peligrosas en su seno.

Por otra parte, como también advertía san Juan Pablo II (Ibid):

 
 
“Hay en el mundo personas que desgraciadamente no tienen en absoluto lo que con propiedad se llama familia. Grandes sectores  de la humanidad viven en condiciones de enorme pobreza, donde la promiscuidad, la falta de vivienda, la irregularidad de las relaciones entre los miembros que la componen y la grave carencia de cultura no permiten poder hablar de verdadera familia. Así mismo, hay otras personas que por motivos diversos se han quedado solas en el mundo. Sin embargo, para todas ellas existe una <buena nueva de la familia>…

A los que tienen una familia natural hay que abrirles más la puertas de la familia que es la Iglesia, la cual se concreta a su vez en la familia diocesana y parroquial en las comunidades eclesiales de base o en los movimientos apostólicos. Nadie se sienta sin familia en este mundo: la Iglesia es casa y familia para todos, especialmente por cuantos están fatigados y cargados…”

No cabe duda que este Papa sabía de lo que hablaba cuando escribió su magnífica Exhortación Apostólica, han pasado ya muchos años y sigue siendo un punto importante de referencia para todos aquellos que se sientan interesados por los problemas de la familia…

Él daba, apoyándose en la labor de la Iglesia católica, muchos caminos para tratar de resolver las situaciones de injusticia y muchas veces de desamparo en que se encuentran las familias en casi todas partes del mundo, pero el tema no se ha resuelto ni mucho menos del todo, y sigue agravándose cada día a causa de los problemas económicos  y morales, que sufren las sociedades en la actualidad en todo el globo terráqueo.

Tanto Benedicto XVI como nuestro actual Pontífice, el Papa Francisco, han continuado interesándose enormemente por los problemas de las familias, como demuestran las acciones llevadas a cabo durante todo este tiempo por ambos.

Recordemos en este sentido que la XIV Asamblea General Ordinaria  del Sínodo de los Obispos celebrada el diez de octubre de 2015 estuvo especialmente dedicada a <La vocación y misión de la familia en la Iglesia y en el mundo contemporáneo>.
 
 
 
 
En dicha Asamblea se habló largo y tendido sobre los problemas de la célula principal de la sociedad, que es la familia, con vistas a tratar de proporcionar ayuda y seguridad a las mismas por parte de la Iglesia católica.

Recordaremos ahora algunos de los puntos que nos han parecido más significativos y que demuestran bien a las claras el interés y preocupación de la Iglesia por dichos temas, recogidos en el documento resultante del Sínodo de los Obispos, <Instrumentum Laboris>, celebrado hace aproximadamente cuatro años.

En concreto en el Capítulo III, titulado <Familia y acompañamiento eclesial>, apartado 99 podemos leer:

“El sacramento del matrimonio, como unión fiel e indisoluble entre un hombre y una mujer llamados a acogerse mutuamente y a acoger la vida, es una gracia grande para la familia humana. La Iglesia tiene el deber y la misión de anunciar esta gracia a todos y en todos los contextos.

Además, debe ser capaz de acompañar a quienes viven el matrimonio civil o la convivencia en el descubrimiento gradual de las semillas del Verbo que encierran, para valorarlas, hasta la plenitud de la unión sacramental”

 
 
 
Así mismo, en el apartado 108 se nos habla sobre el cuidado de las familias heridas (separadas, divorciadas, monoparentales…), con estas palabras:

“La Iglesia tiene el deber de pedir a los cónyuges separados y divorciados que se traten con respeto y misericordia, sobre todo por el bien de los hijos, a los cuales no hay que procurar más sufrimiento.

Algunos (asistentes al Sínodo) piden que también la Iglesia demuestre una actitud análoga respecto a quienes han roto la unión.

<Desde el corazón Trinidad, desde la intimidad más profunda del mismo Dios, brota y corre sin parar el gran rio de la misericordia. Esta fuente nunca podrá agotarse, sin importar cuántos sean los que a ella se acerquen.

 
 
Cada vez que alguien tenga necesidad podrá venir a ella, porque la misericordia de Dios no tiene fin> (MV, 25)”

Por otra parte al hablar sobre los separados y los divorciados fieles al vínculo, en el apartado 112, entre otras muchas cosas, se dice:

“En cada caso la Iglesia siempre deberá poner de relieve la injusticia que con mucha frecuencia deriva de la situación del divorcio.

Hay que prestar especial atención al acompañamiento de las familias monoparentales; en particular hay que ayudar a las mujeres que deben llevar adelante solas la responsabilidad de la casa y la educación de los hijos”
 
 
 
 
Por último recordaremos también el apartado 120, dentro de la integración de los divorciados vueltos a casar civilmente en la comunidad cristiana, que nos ha parecido particularmente importante y en el que entre otras cuestiones, todas ellas muy interesantes, se nos dice:


“La situación de los divorciados vueltos a casar también exigen un atento discernimiento y un acompañamiento con gran respeto, evitando todo lenguaje y actitud que los haga sentir discriminados y promoviendo su participación en la vida de la comunidad.
Hacerse cargo de ellos, para la comunidad cristiana no implica un debilitamiento de su fe y de su testimonio acerca de la indisolubilidad matrimonial, es más, en ese cuidado expresa precisamente su caridad”

 
 
 
Un año después de haberse celebrado este Sínodo de los obispos, el Papa Francisco publicó su Exhortación Apostólica Postsinodal, con el título <Amoris Laetitia>, en la que analizó de forma exhaustiva y preclara todo lo tratado en la misma.

Concretamente en el capítulo dedicado a las perspectivas pastorales  nos habló de <Iluminar crisis, angustias y dificultades> con amor  y comprensión hacia las partes implicadas.
Recordaremos ahora algunas de los temas que más nos han motivado en este sentido:

nº 241 : “En algunos casos, la valoración de la dignidad propia y del bien de los hijos exige poner un límite firme a las pretensiones excesivas del otro, a una gran injusticia, a la violencia o a una falta de respeto que se ha vuelto crónica.

Hay que reconocer que <hay casos donde la separación es inevitable. A veces puede llegar a ser incluso moralmente necesaria, cuando precisamente se trata de sustraer al cónyuge más débil, o a los hijos pequeños, de las heridas más graves causadas por la prepotencia y la violencia, el desaliento y la explotación, la ajenidad y la indiferencia>.

Pero <debe considerarse como un remedio extremo, después de que cualquier intento razonable haya sido inútil>”

nº 243: “A las personas divorciadas que viven en nueva unión, es importante hacerles sentir que son parte de la Iglesia, que no están excomulgadas y son tratadas como tales, porque siempre integran la comunidad eclesial.

Estas situaciones exigen un atento discernimiento y un acompañamiento con gran respeto, evitando todo lenguaje y actitud que las haga sentir discriminadas, y promoviendo su participación  en la vida de la comunidad…”
 
 
 
 
Sin duda los problemas de las familias son enormes en los tiempos que corren por eso la Iglesia católica siempre está dispuesta ayudarlas como demuestran las acciones y palabras de sus Pontífices, a lo largo su historia.
 
 
 
 
 
Como ejemplo de ello recordemos finalmente estas sentidas palabras del Papa Benedicto XVI (Audiencia General; miércoles 28 de diciembre de 2011):


“La Sagrada Familia  es icono de la Iglesia doméstica, llamada a rezar unida. La familia es la Iglesia doméstica y debe ser la primera escuela de oración. En la familia, los niños, desde la  más temprana edad, pueden aprender a percibir el sentido de Dios, gracias a las enseñanzas y el ejemplo de sus padres: vivir un clima marcado por la presencia de Dios.

Una educación auténticamente cristiana no puede prescindir de la experiencia de la oración. Si no se aprende a rezar en familia, luego será difícil colmar ese vacío. Y, por lo tanto, quiero dirigiros la invitación  a redescubrir la belleza de rezar juntos como familia en la escuela de la Sagrada Familia de Nazaret. Y así llegar a ser realmente un solo corazón y una sola alma, una verdadera familia”  

 


   

 

jueves, 3 de enero de 2019

LOS REYES MAGOS, LLEGADOS DE LEJOS, VISITARON AL NIÑO JESÚS


 
 



"Difícilmente habrá otro relato bíblico que haya estimulado tanto la fantasía, pero también la investigación y la reflexión, como la historia de los <Magos> venidos de <Oriente>, una narración que el evangelista Mateo pone inmediatamente después de haber hablado del nacimiento de Jesús"
(La infancia  de Jesús; Benedicto XVI ;Joseph Ratzinger; Ed. Planeta, S.A., 2012)

Narra, en efecto, el evangelista san Mateo, en su Evangelio, que siendo rey de los judíos, Herodes, unos Magos llegados de lejos, más concretamente de Oriente, se presentaron en Jerusalén para adorar precisamente al que ellos llamaban <rey de los judíos>, y que no era ciertamente  Herodes. Es indudable que Herodes al saber esto debió de sentir extrañeza y quizás miedo; Mateo dice simplemente que se inquietó y por supuesto con él toda su corte, lo que le llevó a convocar a los sacerdotes y maestros de la ley para aclarar el tema que tanto le había desasosegado, preguntándoles por el lugar  de nacimiento de aquel rey que no era otro, como él ya, seguramente sospechaba, que el llamado Mesías. Ellos que si sabían de qué iba el tema le contestaron de inmediato (Mt 2, 5): <En Belén de Judea, pues así está escrito en el profeta>.



El profeta al que se referían los sacerdotes y maestros de la ley era Miqueas, natural de Moréset, una pequeña aldea situada al suroeste de Jerusalén, el cual vivió durante los reinados de Jotán, Acaz y Ezequías, en un periodo de tiempo probablemente comprendido  entre el año 700 a.C y el año 745 a.C; este profeta criticó las injusticias sociales de su tiempo y también la aptitud religiosa de sus conciudadanos, que era un tanto de apariencias y tenía poco de verdad. Él defiende un ideal de religiosidad muy cercano al cristianismo y además tuvo una visión divina que le llevó a profetizar sobre el lugar en que nacería Cristo (Miq  5, 1):

“Mas tú Belén  Efratá/ la más pequeña entre las regiones de Judá/ de ti saldrá/quien ha de ser dominador en Israel/ cuyos orígenes vienen de antiguo/ desde el día de la eternidad”
 
 


El Papa Benedicto XVI nos recuerda que precisamente Belén es el pueblo natal del rey David (La Infancia de Jesús; Ibid):

“El significado teológico de aquel lugar se esclarecerá todavía con mayor nitidez en el curso de la narración (Evangelio de san Mateo), mediante la respuesta que dan los escribas a Herodes acerca del lugar en el debía de nacer el Mesías…

¿Qué clase de hombres eran aquellos que Mateo describe como <Magos> venidos de <Oriente>? El término <magos> (mágoi) tiene una considerable gama de significados en las diversas fuentes, que se extiende desde una acepción muy positiva hasta un significado muy negativo…

Los diversos significados del término <mago> hacen ver la ambivalencia de la dimensión religiosa en cuanto tal. La religiosidad puede ser una vía hacia el verdadero camino, un camino hacia Jesucristo. Pero cuando ante la presencia de Cristo no se abre a Él, y se pone contra el único Dios y Salvador, se vuelve demoniaca y destructiva…

En el Nuevo Testamento vemos estos dos significados de <magos>: en el relato de san Mateo sobre los Magos, la sabiduría religiosa y filosófica es claramente una fuerza que pone a los hombres en camino, es la sabiduría que conduce en definitiva a Cristo…”
 
 

 En efecto tal como narra san Mateo en su Evangelio, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén, siguiendo una luz en el cielo, que les había guiado hasta allí y, precisamente aquellos sabios investigadores del misterio divino encontraron finalmente lo que deseaban, la <Luz del mundo>, en el establo de Belén, hasta donde la estrella les había guiado:

“Así, en la humilde y oculta familia de Nazaret, Cristo se muestra como la <Verdadera Luz> de las gentes que, mientras envuelve a toda la humanidad, proyecta un especial fulgor espiritual hacia la realidad de la familia…

El tema de la luz se halla en el centro de la liturgia de la Epifanía…El Concilio Vaticano II, con una imagen de extraordinaria elocuencia, afirma que <sobre la faz de la Iglesia> resplandece <la luz de Cristo> (Lumen gentium, 1). Ahora bien, en el mismo documento se afirma asimismo que la familia es <Iglesia domestica> (Ibid, 11). Por consiguiente está a su vez, llamada a  reflejar, en el calor de las relaciones interpersonales de sus miembros, un rayo de la gloria de Dios, que brilla sobre la Iglesia (Is 60, 2).
 
 


Un rayo, ciertamente, no es toda la luz, pero es también luz: toda familia, con sus límites, es, con título pleno, signo del amor de Dios. El amor conyugal, el amor paterno y materno, el amor filial, inmersos en la gracia del matrimonio, forman un autentico reflejo de la gloria de Dios, del amor de la santísima Trinidad” (Audiencia General; Papa san Juan Pablo II; miércoles 5 de enero de 1994).

Unos años antes este mismo Pontífice, en la Homilía de la misa celebrada por él, durante la cual tuvo lugar  la <ordenación episcopal>, de varios sacerdotes, coincidiendo con la solemnidad de la Epifanía del Señor (Domingo, 6 de enero de 1980),  se expresaba, recordado ésta fiesta de la Iglesia católica, en los siguientes términos:
“El camino de la historia de Israel había sido marcado por Dios y por esto era necesario buscarle en los libros de los profetas: esto es, de aquellos que habían hablado, en nombre de Dios al pueblo, sobre su vocación especial. Y la vocación del pueblo de la Alianza fue precisamente aquella que conducía al camino de los Reyes Magos de Oriente…

Así, pues, el camino de los Reyes Magos lleva al Mesías, a Aquel a quien el Padre <santificó y envió al mundo> (Jn 10, 56). Su camino es también el camino del espíritu. Es sobre todo el camino en el Espíritu Santo. Al recorrer este camino, no tanto en las vías de Oriente Medio, cuanto más bien a través de los misteriosos caminos del alma, el hombre es conducido por la luz  espiritual que proviene de Dios, representada en esa estrella, a la que seguían los tres Reyes Magos.
 
 


Los caminos del alma humana, que conducen a Dios, hacen ciertamente, que el hombre vuelva a encontrar en sí un tesoro interior. Así leemos también de los tres Reyes Magos, que al llegar a Belén <abrieron sus cofres> (Mt 2, 11).

El hombre toma conciencia de los dones enormes de naturaleza y  de gracia con que Dios lo ha colmado, y entonces nace en él la necesidad de ofrecerse, de devolver a Dios lo que ha recibido, de hacer ofrenda de ello como signo de la dadiva divina. Este don asume una triple forma, como en las manos de los tres Reyes Magos: <abriendo sus cofres, le ofrecieron dones, oro, incienso y mirra> (Mt 2, 11)

El Episcopado que hoy, venerados y amadísimos hermanos, recibiréis de mis manos, es un sacramento en el que debe manifestarse de modo especial el don.

Efectivamente, el Episcopado es la plenitud del sacramento del orden, mediante el cual la Iglesia abre siempre a Dios su tesoro mas grande, y le ofrece de este tesoro los dones de todo  el Pueblo de Dios. El tesoro mayor de la Iglesia es su Esposo: Cristo. Tanto el Cristo colocado en el heno del pesebre, como también el Cristo que muere  en la cruz. Es un tesoro inigualable.
 


La Iglesia tiende continuamente la mano a este tesoro para tomar de Él. Y tomando, no lo disminuye, sino que lo aumenta. Estos son los principios de la economía divina. La Iglesia, pues, tiende la mano al tesoro de la Navidad y de la Crucifixión, al tesoro de la Encarnación y de la Redención. Y tomando de él, no empobrece ese tesoro, sino que lo multiplica.

El Obispo es el administrador, al mismo tiempo, de ese tomar y de ese multiplicar…

De este tesoro se saca siempre, oro, incienso y mirra. Vuestra vida debe revestirse de este triple don, ya que estáis llamados para ofrecer a Dios en Cristo y en la Iglesia vuestro amor, vuestra oración y vuestro sufrimiento…”

 
Hermosa Homilía del Papa san Juan Pablo II dirigida, en particular, a los sacerdotes que recibían la consagración Episcopal, esto es, <la plenitud del sacramento del orden>, en la celebración de la Epifanía del Señor del año 1980, pero en general, a toda su grey, y por tanto, son unas palabras que nos incumben a todos aquellos que pertenecemos a la Iglesia de Cristo. Sí, estamos llamados a ofrecer a Dios nuestro amor, nuestra oración y nuestro sufrimiento, en la intención de conseguir el día de mañana alcanzar la salvación de nuestras almas, con la ayuda del Espíritu Santo.

Algunos años antes, concretamente en 1969, el por entonces Papa, Pablo VI, también celebro durante la fiesta de la Epifanía, la ordenación Episcopal de doce Obispos de diferentes nacionalidades y en la Homilía correspondiente a la misa del 6 de enero del año anteriormente mencionado, este Pontífice, ya beatificado, y en curso de canonización, se expresaba con estas bellas palabras:



“La Iglesia celebra hoy el misterio de Epifanía, el designio divino según el cual <Dios ha querido en su sabiduría y en su bondad revelarse en persona y dar a conocer el misterio de su voluntad, gracias a lo cual los hombres, por Cristo, el Verbo hecho hombre, acceden en el Espíritu Santo, junto al Padre.

En esta revelación, el Dios invisible (Col 1,15; 1 Tm 1, 17) da señales a los hombres de su inmenso amor y amistad (Ex 33, 11; Jn 15, 14-15), se introduce entre ellos, para invitarles y admitirles a compartir su propia vida.

Es la fiesta de la revelación, de la misericordia de Dios en un nuevo orden, diferente y superior, que es opuesto a los conocimientos tradicionales dentro del marco de la naturaleza; es una manifestación que nos lleva de alguna forma, pero ya inmensamente rica e inagotable, a una visión superior en sí misma, a la divina Verdad; plan divino sobre nosotros y por tanto sobre la verdad de nuestra existencia y de nuestra salud; inaugura una conexión maravillosa, sobrenatural con Dios, establece una relación vital, una relación verdadera, una comunicación entre la realidad viviente y transcendente de la divinidad y cada uno de nosotros.



Este designio se cumple en Jesucristo y se comunica a través de nuestra aceptación, que al mismo tiempo, se mezcla con los influjos que nos llegan a través del Espíritu Santo; venerables y muy queridos hermanos, que Nos, hemos elevado hoy al orden Episcopal, y adicionado al colegio Episcopal, como es lógico deseamos conduciros apaciblemente a reflexionar sobre el misterio de la Epifanía,  sobre el designio de la Revelación.

Vosotros sois los herederos de este tesoro de la <Verdad revelada>, vosotros sois los guardianes de la <Tradición recibida> (1 Tm 6, 20), vosotros sois los representantes cualificados de Cristo, vosotros sois ministros de sus magistrales poderes, sacerdotales y pastorales…

Con respecto a la Iglesia poseéis  la representación más auténtica y más completa del Señor; <donde está el Obispo, se reagrupa la comunidad> (san Ignacio de Antioquia, Smyrne 8, 2), de tal forma que donde está Cristo, se encuentra la Iglesia católica”
 
 
 

 
Así es en efecto, tal como en este nuevo siglo nos aseguró también el Papa Benedicto XVI:

“Para la Iglesia creyente y orante, los Magos de Oriente que, bajo guía de la estrella, encontraron el camino hacia el pesebre de Belén, son el comienzo de una gran procesión que recorre la historia…

Al igual que los pastores que, como primeros huéspedes del Niño recién nacido, que yace en el pesebre, son la personificación de los pobres de Israel y, en general, de las  almas humildes que viven interiormente muy cerca de Jesús, así también los hombres que vienen de Oriente personifican al mundo de los pueblos, la Iglesia de los gentiles, los hombres que a través de los siglos se dirigen al Niño de Belén, honran en él al Hijo de Dios y se postran ante él.

La Iglesia llama a esta fiesta <Epifanía>, la aparición del Divino. Si nos fijamos en que, desde aquel comienzo, los hombres de toda proveniencia, de todos los continentes, de todas las culturas y modos de pensar y de vivir, se han puesto y se ponen en camino hacia Cristo, podemos decir verdaderamente que esta peregrinación y este encuentro con Dios en la figura del Niño es una Epifanía de la bondad de Dios y de su amor a los hombres (Tit 3,4)”   
(Homilía del Papa Benedicto XVI; domingo 6 de enero de 2013).

 


Magnifica Homilía la del Papa Benedicto XVI que nos recuerda la bondad y el amor  de Dios hacia los hombres, apoyándose en las palabras del apóstol san Pablo en su carta a Tito, un discípulo de éste por el que sentía un gran afecto, y que le acompañó a lo largo de su misión evangelizadora prácticamente desde el principio, ya que se cree que  acompaño también al apóstol en su viaje a Jerusalén donde tuvo lugar el primer Concilio apostólico de la Iglesia de Cristo.

Tito como hombre de confianza de san Pablo, tuvo oportunidad de visitar la Iglesia de Creta, junto con  él, logrando un gran éxito evangelizador de aquellas gentes.  Para que resistieran a la propaganda de doctrinas malsanas y se organizara perfectamente aquella comunidad de creyentes, que había quedado a cargo de su discípulo, san Pablo le escribió esta interesante epístola, en la cual podemos leer el párrafo al que se refería Benedicto XVI en su Homilía (Tit 3, 4-7):

“Más cuando se manifestó la bondad y amor a los hombres de Dios, nuestro Salvador /no por obras hechas en justicia que nosotros hubiéramos practicado, sino según su misericordia, nos salvó por el baño de regeneración y de la renovación del Espíritu Santo /que derramó sobre nosotros opulentamente por Jesucristo, nuestro Salvador /para que, justificados por su gracia seamos constituidos, conforme a la esperanza, herederos de la vida eterna”
 

 
Benedicto XVI siguiendo la costumbre de sus dos predecesores en la silla de Pedro, llevo a cabo la ordenación Episcopal de varios sacerdotes durante la celebración de la misa de la Epifanía de 2013,  y refiriéndose a la misión de los Obispos en la Iglesia, se expresaba en los siguientes términos:

“La misión de los Obispos no es solo la de caminar en la peregrinación de los pueblos hacia Jesucristo, junto a los demás, sino la de preceder e indicar el camino…

Basándonos en la historia narrada por Mateo podemos hacernos una cierta idea sobre qué clase de hombres eran aquellos que a consecuencia del signo de la estrella, se pusieron en camino para encontrar  aquel rey que iba a fundar, no sólo para Israel, sino para toda la humanidad, una nueva especie de realeza.

Así pues, ¿qué clase de hombres eran? Y nos preguntamos también si, a partir de ellos, a pesar de la diferencia de los tiempos y los encargos, se puede entrever algo de lo que significa ser Obispo y de cómo ha de cumplir su misión.

Los hombres que entonces partieron hacia lo desconocido eran, en cualquier caso, hombres de corazón inquieto. Hombres movidos por la búsqueda inquieta de Dios y de la salvación del mundo. Hombres que esperaban, que no se conformaban con sus rentas seguras y quizás una alta posición social. Buscaban la realidad más grande. Tal vez eran hombres doctos que tenían un gran conocimiento de los astros y probablemente disponían también de una formación filosófica.
 
 


Pero no solo querían saber muchas cosas. Querían saber sobre todo lo que es esencial. Querían saber cómo se puede llegar a ser persona humana. Y por esto querían saber si Dios existía, dónde está y cómo es. Si Él se preocupa por nosotros y cómo podemos encontrarlo.

No querían solamente saber. Querían reconocer la verdad sobre nosotros, y sobre Dios y el mundo. Su peregrinación exterior era expresión de su estar interiormente en camino, la peregrinación interior de sus corazones. Eran hombres que buscaban a Dios y, en definitiva estaban en camino hacia Él. Eran buscadores de Dios”

A partir de este hermoso y certero razonamiento, el Papa Benedicto XVI hacia ver a los futuros Obispos como deberían ser los hombres que alcanzaban la ordenación Episcopal en la Iglesia de Jesucristo, y esto es muy importante, pero al mismo tiempo, todos los creyentes deberíamos sacar alguna conclusión de las palabras de este gran Pontífice, como por ejemplo, que también ésta debería ser nuestra propia actitud si deseamos alcanzar un día el reino de los cielos, si deseamos la salvación de nuestras almas…

¿Pero como conseguir que este propósito nos conduzca a  meta tan deseada?

Benedicto XVI nos da una receta, que por sabida de los creyentes, no es sin embargo, innecesaria  recordar:


“La peregrinación interior de la fe hacia Dios se realiza sobre todo en la oración. San Agustín dijo una vez que la oración, en último término, no sería más que la actualización y la radicalización de nuestro deseo de Dios. En lugar de la palabra <deseo>, podríamos poner también  la palabra <inquietud>  y decir que la oración quiere arrancarnos de nuestra falsa comodidad, de estar encerrados en las realidades materiales visibles, y transmitirnos la inquietud de Dios, haciéndonos precisamente así, abiertos e inquietos unos hacia otros”

Recordemos finalmente que:
“Los orientales celebraban el nacimiento del Señor el 6 de enero y los occidentales el 25 de diciembre, pero la fiesta de la Epifanía es más antigua que la Navidad, pues se remonta a los primeros días del siglo III. Hoy la una es como un complemento de la otra.

El Señor, que apareció en la tierra en medio del silencio de la noche, vuelve a manifestarse hoy de nuevo, pero de una manera distinta, pues si entonces le adoramos envuelto en pañales, ahora se presenta a nosotros rodeado de gloria y en el brillo de la realeza divina.
Hace su entrada solemne como Dominador, realiza sus bodas con la humanidad y con la Sta. Iglesia y convida al banquete nupcial a todos los pueblos, personificados en los Magos de Oriente” (Rmo. P. Fr. Justo Pérez de Urbel)

 


  

 

 

 

 

 

  

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 29 de diciembre de 2018

EL MISTERIO DE LA ENCARNACION Y LA FE CRISTIANA



 
 
 
 
El Hijo de Dios se hizo hombre como recitamos en el Credo, pero la pregunta que puede surgir, a este respecto, es: ¿Qué significa la palabra central, Encarnación, para la fe cristiana? Etimológicamente la palabra <encarnación> deriva del latín <incarnatio>. San Ignacio de Antioquía y, sobre todo San Ireneo, usaron este término reflexionando sobre el Prólogo del Evangelio de San Juan, en especial sobre la expresión: <el Verbo se hizo carne> (Jn 1,14): "Y el Verbo se hizo carne , y habitó entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad"

 
 
 
 
El Papa Benedicto XVI analizó este tema de naturaleza teológica y de gran importancia para la fe cristiana (Audiencia General del  9 de enero del año 2013): "Aquí, la palabra <carne>, según el uso hebreo, indica el hombre en su integridad, todo el hombre, pero precisamente bajo el aspecto de su caducidad y temporalidad, de su pobreza y contingencia. Esto quiere decir la salvación traída por el Dios que se hizo carne en Jesús de Nazaret toca al hombre en su realidad concreta y en cualquier situación en que se encuentre.



Dios asumió la condición humana para sanarla de todo lo que le separa de Él, para permitirnos llamarle, en su Hijo Unigénito, con el nombre de <Abba> (Padre),  y ser verdaderamente hijos de Dios. San Ireneo afirma: <Éste es el motivo por el cual el Verbo se hizo hombre, hijo del hombre: para que el hombre, entrando en comunión con el Verbo y recibiendo de este modo la filiación divina, llegara a ser hijo de Dios>”


En efecto, tal como podemos leer en el Catecismo de la Iglesia Católica nº 460:

"El Verbo se encarnó para hacernos <participes de la naturaleza divina> (2 P 1, 4): <Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: para  que el hombre en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación , se convirtiera en hijo de Dios>"

 
 
 
 
Ciertamente, Jesús fue concebido por obra del Espíritu Santo y nació de la Virgen María.
Jesús significa Salvador y en el Evangelio de San Lucas se precisa que María era virgen antes del nacimiento de Jesús y permaneció virgen en el momento del parto y después del parto (Lc 1,26-):

“Envió Dios al ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret / a una joven virgen, prometida de un hombre descendiente de David, llamado José / La virgen se llamaba María / Entró donde ella estaba, y le dijo: <Alégrate llena de gracia; el Señor está contigo> / Ante estas palabras, María se turbó y se preguntaba que significaba tal saludo / El ángel le dijo: <no tengas miedo, María porque has encontrado gracia ante Dios / Concebirás y darás a luz un hijo, al que pondrás por nombre Jesús / Será grande y se llamará Hijo del Altísimo… / María dijo al ángel: <¿Cómo será esto, pues no conozco varón?> / El ángel contestó: <El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el niño que nazca será Santo y se llamará Hijo de Dios>”

 
 
 
 
Los Pontífices de todos los tiempos han sentido un respeto inmenso por el Misterio de la Encarnación así como amor infinito hacia la mujer virgen a través de la cual se hizo el Milagro de entrada en el mundo de Dios hecho hombre.

Son muchas las declaraciones realizadas, en este sentido a lo largo de la historia de la cristiandad, por los Papas y Padres de la Iglesia, pero remitiéndonos a los tiempos presentes, hay que recordar que al Papa San Juan Pablo II se deben un gran número de testimonios sobre el misterio de la Encarnación.

Así por ejemplo, en su Homilía del domingo 22 de octubre de 1978, al comienzo de su Papado se expresaba lleno de emoción por la misión a la que, el Señor le había llamado con estas significativas palabras (Homilía del Papa San Juan Pablo II en el comienzo de su Pontificado. Plaza de San Pedro domingo 22 de octubre de 1978):

“Hoy y aquí, en este lugar, es necesario pronunciar y escuchar de nuevo las mismas palabras: <Tú eres el Cristo,  el Hijo de Dios vivo>. Sí, hermanos e hijos ante todo estas palabras. Su contenido revela a nuestros ojos el misterio de Dios vivo, misterio que el Hijo conoce y nos ha acercado. En efecto, nadie ha acercado el Dios vivo a los hombres, ninguno lo ha revelado como lo ha hecho el Hijo mismo.

 
 
 
 
En nuestro conocimiento de Dios, en nuestro camino hacia Dios estamos totalmente ligados a la potencia de estas palabras: <Quien me ve a Mí, ve también al Padre>. El que es infinito, inescrutable, inefable, se ha acercado a nosotros en Cristo Jesús, el Hijo unigénito, nacido de María Virgen en el portal de Belén.

Vosotros todos, los que tenéis ya la inestimable suerte de creer, vosotros todos los que todavía buscáis a Dios, y también vosotros los que estáis atormentados por la duda: acoged de buen grado una vez más – hoy y en este sagrado lugar – las palabras pronunciadas por Simón Pedro. En estas palabras está la fe de la Iglesia.

En ellas está la nueva verdad, es más, la verdad última y definitiva sobre el hombre: <Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo>”

 
 
 
Sí, para el Papa San Juan Pablo II, el Dios vivo, el Hijo de Dios, estaba presente siempre en todos sus actos públicos y privados; así por ejemplo, unos años después en la solemne celebración de la Eucaristía en honor a la Inmaculada Concepción de la Virgen María, el 8 de diciembre de 1984 nos hablaba de la Virgen y del papel tan importante que ésta tuvo en el Misterio de la Encarnación:

 
 
 
 
“<Llena de gracia…> (Lc 1, 28)
Este saludo – en boca del Arcángel – Prepara la revelación de la Divina Maternidad de María:


<Concebirás en tu vientre y darás a luz un Hijo y le pondrás por nombre Jesús… El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra…
<No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios> (Lc 1,30). Eres: <llena de gracia>.

La plenitud de gracia significa la Maternidad Divina.
La plenitud de gracia significa también la Inmaculada Concepción. La Inmaculada Concepción es con miras a la Maternidad Divina.

Éste es el orden de la gracia, es decir, de la economía salvífica de Dios…

Así pues, el misterio de la Inmaculada Concepción de la Virgen María nos lleva a Belén y, a la vez, al Calvario. En cierto sentido, nos guía al Calvario y luego a Belén.
María fue redimida de forma particular en el primer instante de su concepción, en previsión del Sacrificio de Cristo Redentor en el Calvario para poder convertirse en Madre del Redentor, en Nazaret y en Belén...

 
 
 
 
La inmaculada Concepción es el primer signo y, a la vez, anuncio del tiempo nuevo. Es comienzo de esa plenitud de los tiempos de la que habla el Apóstol (Mt 25,13)”.

 
Jesús nació de María Virgen y fue concebido por obra del Espíritu Santo, tal como podemos leer en el Evangelio de San Mateo que completa la narración del Misterio de la Encarnación descrito por San Lucas en su Evangelio (Mt 1, 18-21):

"El nacimiento de Jesús el Mesías, fue así: su madre María estaba prometida a José y, antes de vivir juntos, resultó que había concebido por la acción del Espíritu Santo / José su esposo, que era justo y no quria denunciarla, decidió separarse de ella en secreto / Despues de tomar esta decisión, el ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: <José, hijo de David, no tengas reparos en recibir a María como esposa tuya, pues el hijo que espera viene del Espíritu santo> / <Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados"


Papa San Juan Pablo II  en su Audiencia General del  28 de Enero de 1987 declarba que :
"El testimonio evangélico de la concepción virginal de Jesús por parte de María, es de gran relevancia teológica. Pues constituye un signo especial del origen divino del Hijo de María. El que Jesús no tenga un padre terreno porque ha sido engendrado <sin intervención de varón>, pone de relieve la verdad de que Él es el Hijo de Dios, de modo que cuando asume la naturaleza humana, su Padre continúa siendo exclusivamente Dios”.

 
Prosigue el Santo Padre en la Audiencia General mencionada anteriormente, hablándonos con gran conocimiento y sabiduria,  de la acción del Espíritu Santo en la concepción de Jesús,  del Misterio de la Encarnación: “La revelación de la intervención del Espíritu Santo en la concepción de Jesús, indica el comienzo en la historia del hombre de la nueva generación espiritual que tiene un carácter estrictamente sobrenatural”

En efecto, como enseñaba el Apóstol San Pablo, refiriendose al Misterio de la Encarnación, en su primera carta a los pobladores de Corinto, donde el cristianismo chocaba por primera vez con la cultura griega, y por tanto corría el riesgo de confundirse con una nueva religión de las muchas por entonces existentes en aquella zona(I Co 15, 45-49):
 
 
 
 
"La escritura dice: Adán el primer hombre, fue creado un ser viviente; el último Adán, en espíritu vivificante / Pero lo primero no es espiritual, sino lo animal; después, lo espiritual / El primer hombre, sacado de la tierra es terrestre; el segundo, por el contrario, del cielo / Como el terrestre, así son los terrestres; como el celeste, así son los celestes / Y así como llevamos la imagen terrestre, llevaremos también la del celeste"



En este mismo sentido, sigue diciendo el Papa San Juan Pablo II en su Audiencia (Ibid):
“Dios Uno y Trino <se comunica> a la criatura mediante el Espíritu Santo. Es el misterio al que se puede aplicar las palabras del Salmo 103 (104): <Envía tu espíritu y serán creados, y renovarás la faz de la tierra>. En la economía de esa comunicación de Sí mismo que Dios hace a la criatura, la concepción virginal de Jesús, que sucedió por obra del Espíritu Santo es un acontecimiento central y culminante. Él inicia la nueva creación. Dios entra así en un modo decisivo en la historia para actuar sobre el destino sobrenatural del hombre, o sea la predestinación de todas las cosas en Cristo”.

Ciertamente, el nacimiento de Jesús según aseguraba este Pontifice, pone en evidencia el Misterio de la Encarnación, el cual tuvo lugar en el seno de la Virgen en el mismo momento del anuncio del ángel, de este modo, nació de ella un niño que iba a ser el instrumento dócil y responsable del plan divino, concebido por obra del Espíritu Santo.

 
 
Así pues, el Hijo de Dios, comienza a vivir primero como niño y luego crece tal como nos dice el Evangelio de San Lucas <en sabiduría, en estatura, y en gracia ante Dios y ante los hombres> (Lc 2,52) De esta forma el Hijo de Dios se nos manifestó también como verdadero hombre.


El Papa San Juan Pablo II asegura también que el Apóstol San Juan, en el Prólogo de su Evangelio, subraya todas estas verdades cuando dice: <El Verbo se hizo carne, y puso su morada entre nosotros>:
“La Encarnación es fruto de un inmenso amor, que impulsó a Dios a querer compartir plenamente nuestra condición humana.

El hecho de que el Verbo de Dios se hiciera hombre produjo un cambio fundamental en la condición misma del tiempo. Podemos decir que, en Cristo, el tiempo humano se colmó de eternidad.
Es una transformación que afecta al destino de toda la humanidad, ya que <el Hijo de Dios, con su Encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre (Gudium et spes, 22). Vino a ofrecer a todos la participación de su vida divina.

 
 
 
 
El don de esta vida conlleva una participación en su eternidad. Jesús lo afirmó, especialmente a propósito de la Eucaristía: <El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna> (Jn 6,54). El efecto del Banquete Eucarístico es la posesión, ya desde ahora, de esa vida.


En otra ocasión, Jesús señaló la misma perspectiva a través del símbolo del agua viva, capaz de apagar la sed, el agua viva de su Espíritu, dada con vistas a la vida eterna (Jn 4,14). La vida de la gracia revela, así, una dimensión de eternidad que eleva la existencia terrena y la orienta, en una línea de verdadera continuidad,  al ingreso en la vida celestial”

 

 
 
<Cristo ayer y hoy, principio y fin, alfa y omega> . Con esta frase iniciaba el Papa San Juan Pablo II su Homilía del 1 de enero de 1999, faltando ya sólo un año para el inicio del tercer milenio desde la llegada de Jesús a la tierra a través del Misterio de la Encarnación:


“Al comienzo de 1999, el último del gran jubileo, parece que el ministerio de la historia se revela entre nosotros con una profundidad más intensa. Precisamente por eso, la Iglesia ha querido imprimir el signo Trinitario de la presencia del Dios vivo sobre el trienio de la preparación inmediata para el acontecimiento jubilar”

Sigue el Papa expresándose en este sentido, haciendo una retrospectiva sobre acontecimientos del siglo XX, a punto de terminar en aquellos momentos, recordando por supuesto las dos terribles guerras mundiales acaecidas durante este período de la historia.

 
 
 
¿Cómo olvidar los campos de muerte o los hijos de Israel exterminados cruelmente así como a los santos mártires entre los que podemos citar a San Maximiliano María Kolbe (1984-1941), clérigo franciscano conventual; mártir polaco muy devoto de la Virgen y en especial de su Inmaculado Corazón; o a sor Edith Stein (Santa Teresa Benedictina de la Cruz, santa mártir alemana de origen polaco, patrona de Europa) y de otros tantos santos?...

Son preguntas que se realizaba el Pontífice con palabras sentidas, llenas de dolor, el dolor que embarga a la humanidad toda al recordar estos terribles acontecimientos.

No obstante este Papa era un hombre lleno de optimismo y de fe en Dios por eso al final de su Homilía (Ibid), se expresaba en los siguientes términos:
“El Verbo eterno, al hacerse hombre, entró en el mundo y lo acogió para redimirlo. Por tanto, el mundo no sólo está marcado por la terrible herencia del pecado; es, ante todo, un mundo salvado por Cristo, el Hijo de Dios, crucificado y resucitado. Jesús es el redentor del mundo, el Señor de la historia. <Eius sut témpora et saecula>: suyos son los años y los siglos.

 
 
 
Por eso creemos que, al entrar en el tercer milenio junto con Cristo, cooperaremos en la transformación del mundo redimido por Él. Mundus cratus, <mundus redemptus>…Desgraciadamente, la humanidad cede a la influencia del mal de muchos modos. Sin embargo, impulsada por la gracia, se levanta continuamente, y camina hacia el bien guiada por la fuerza de la redención. Camina hacia Cristo, según el proyecto de Dios Padre”