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sábado, 12 de octubre de 2019

EL RETO DE LA EVANGELIZACIÓN: SIGLO XVIII-EL SIGLO DE LA LUZ (2ª Parte)


 
 
 

 
Joseph Ratzinger, futuro Papa Benedicto XVI, con ocasión de su participación en un congreso conjunto de la Academia Evangélica de Tutzing y la Academia Católica  de Baviera celebrada en Tutzing en el año 1966 sobre el tema de la <Misión de la Iglesia en el mundo no cristiano>, al hablar concretamente sobre la misión de la Iglesia católica, que hoy en día conocemos como <nueva evangelización>, se manifestaba en estos términos (Mi cristiandad. Discursos fundamentales; Editorial Planeta, S.A., 2012):

“El estimulante proceso que presentan los Hechos de los Apóstoles, es el mensaje del reino traído por Jesús, quién halló su primer rechazo con la crucifixión del propio mensajero, pero que fue nuevamente ofrecido tras la resurrección, y sufrió el rechazo de su pueblo, por lo cual a partir de entonces, la misión (evangelizadora) puede existir sólo en forma de peregrinación hacia los pueblos…
Si nos preguntáramos cuáles son las razones de la evangelización, tendríamos que admitir que ésta resulta imprescindible para el movimiento de la historia y obra a favor de la unión.



Remitiendo nuestros esfuerzos evangelizadores, a poner de relieve lo que sucedió, en este sentido, durante el siglo XVIII, recordemos en primer lugar, que en el mismo, la dinastía borbónica trajo consigo el absolutismo francés, por el cual el Estado quedaba subordinado a la monarquía y el reino era considerado como dominio o propiedad del monarca.

En la península Ibérica, al conjunto de reinos con individualidad propia que formaban parte de la monarquía, durante la dinastía austriaca, sucede la forma unificada. Para este hecho políticamente trascendental que trasformo España en un reino homogéneo, encontró pretexto Felipe V en el reconocimiento de estos reinos al archiduque Carlos, durante la guerra de sucesión. Las Cortes a partir de 1724, se celebraron en común. El rey borbónico aplicó así el sistema de unificación, que había sido la clave de la fortaleza conseguida por Francia.

El abate italiano Alberoni, fue quien recomendó a la princesa de los Ursinos el matrimonio con Felipe V, viudo de María Luisa de Saboya y  por entonces apartado de los asuntos públicos por problemas de salud.

Alberoni se dedico a reorganizar el Estado español, al tiempo que preparaba escuadras y tropas, pero tras una serie de fracasos militares, el Rey Felipe V lo desterró y  firmó la paz con Francia; por otra parte, su hijo, el príncipe Luis se casaba con Luisa de Orleans.

 

Poco después abdicaba Felipe V en su hijo Luis (1724) que solo reino unos meses. Muerto Luis I, se ciño de nuevo la corona Felipe V. El deseo de la reina de proporcionar a sus hijos cómodas situaciones en territorios italianos, será la clave de este segundo mandato de Felipe V, el cual apoyó sus acciones políticas  en los pactos de familia y las alianzas con Francia.

El Papa Clemente XI muere en 1721 siendo elegido nuevo Pontífice Inocencio XIII (1721-1724) poseedor de una brillante carrera eclesiástica, pero muy delicado de salud. Poco después de su elección corroboró el tratado de Utrecht que otorgaba al emperador Carlos VI el reino de Sicilia, feudatario de la San Sede. Dos años más tarde, no obstante, se opuso valientemente a la decisión del emperador de otorgar los ducados de Parma, Piacenza y Guastalla al príncipe Carlos de Borbón-Anjou, aunque no tuvo éxito en su empeño. Intervino también en la controversia de los jesuitas y dominicos en los países de Oriente, prohibiendo a la Compañía de Jesús la admisión de nuevos miembros.

No le dio tiempo a Inocencio XIII de hacer muchas más cosas porque murió dos años después de su elección en condiciones extrañas, según algunos hagiógrafos. Fue elegido entonces como nuevo Papa, Pietro Francesco Orsini, de familia noble, que había heredado los títulos de duque de Gravina y príncipe de Solofra y Vallata  pero que renunció a estos títulos, aun en contra de la opinión de su familia, para dedicarse por entero a la vida religiosa, ingresando en la Orden de Predicadores de los dominicos.

En el año 1671 fue ordenado sacerdote por el Papa Clemente X iniciando así su carrera eclesiástica con gran éxito ya que un año después fue nombrado Cardenal por este mismo Pontífice y tres años después fue consagrado Arzobispo de Manfredonia.
 
 
 
 
En 1724 fue elegido Papa con el nombre de Benedicto XIII a pesar de sus protestas, pues se consideraba indigno de tan alto cargo y sólo tras advertir el peligro que corría la Iglesia si hubiera sido necesario repetir el conclave.


Su primera actuación en la Silla de Pedro se dirigió a mejorar la disciplina eclesiástica en un momento de la historia de la humanidad en la que se hacía enormemente necesario, cuestión ésta por la que fue criticado. En este sentido y entre otras medidas, prohibió el lujo en la forma de vestir de los altos cargos eclesiásticos.

Al año de ser elegido estaba ya seriamente comprometido con el estado moral de su grey y se dice que incluso pensó en volver a implantar la confesión de los pecados de forma pública para los casos que implicaran graves ofensas.

Estableció la Congregación de Seminarios para regular y uniformar los estudios eclesiásticos y en 1728 se publicaron tres libros suyos basados en enseñanzas pastorales. Por otra parte, desde el principio se opuso tenazmente a la herejía del jansenismo que condenó con una nueva bula <Unigenitus> (1726), en total acuerdo con la emitida por Clemente XI en 1713.

Por entonces el humanismo y el racionalismo estaban de moda y el poder temporal del Papado, se encontraba ya muy mermado, por lo que  ante la ambición de las casas reinantes europeas se vio obligado a firmar algunos concordatos que limitaban aún más los derechos de la Iglesia.


Durante su pontificado fue canonizado san Juan de la Cruz y San Luis Gonzaga, el cual había sido modelo de su juventud; también fue canonizado  San Juan Nepomuceno, San Gregorio VII, San Estanislao de Kostka, San Francisco Solano y el mártir San Wenceslao. Tampoco se olvidó de las mujeres que habían demostrado su santidad en vida, canonizando a Margarita de Cortona.

Falleció en Roma el 21 de febrero de 1730 y fue sepultado en la basílica de San Pedro, aunque posteriormente sus restos se trasladaron  a otra basílica también en Roma.

A la muerte de Benedicto XIII fue elegido nuevo Papa Lorenzo Corsini, que tomó el nombre de Clemente XII (1730-1740); perteneciente a la familia Castigliano, marqueses  del Sacro Imperio Romano Germánico, tras una larga deliberación (cuatro meses) como consecuencia de diversos intereses políticos ajenos a él.

Sus primeras actuaciones en el pontificado fueron dirigidas a restaurar la situación de penuria por la que pasaban las arcas de la tesorería papal, debido posiblemente, a un exceso de generosidad del Pontífice anterior, como ya habíamos comentado.

Fueron muchísimos los miembros de su noble familia que llegaron a posiciones altas en el estado y en la Iglesia, pero su principal ejemplo sería San Andrés Corsini, obispo de Fiesole. Se doctoró en leyes brillantemente, ejerciendo su carrera bajo la dirección de su tío, el cardenal Neri Corsini y a la muerte de éste y de su padre; siendo aún muy joven renunció a sus derechos de primogenitura para seguir la carrera eclesiástica.

En el año 1690 fue consagrado arzobispo titular de Nicomedia y en 1696 fue designado tesorero general y gobernador del castillo de Sant’ Angelo, un puesto de gran responsabilidad.

En 1706 fue nombrado Cardenal Diácono del Título de Santa Susana y ya durante el pontificado de Benedicto XIII, fue asignado a la Congregación del Santo Oficio y nombrado prefecto del tribunal judicial conocido también como Signatura di Giustizia. Fue sucesivamente cardenal –sacerdote de S. Pietro in Vincoli y cardenal obispo en Frascati.

Con una carrera eclesiástica tan brillante e importante no es de extrañar que su nombramiento como nuevo Papa tuviera una excelente acogida entre los romanos a pesar de su avanzada edad y sus dificultades en la vista. De hecho en el segundo año de su pontificado se quedo completamente ciego y unos pocos años después ejerció su papado desde la cama debido a su mal estado de salud.

 
 
A pesar de todos estos lamentables hechos lo cierto es que el Papa Clemente XII, manifestó desde el principio una gran vocación por cumplir con su mandato como cabeza de la Iglesia de Cristo y llevar adelante la Barca de Pedro. Tomando las medidas pertinentes enseguida mejoró la economía de la tesorería papal, lo que le permitió a su vez emprender  la construcción de nuevos edificios; además pavimentó las calles de Roma y los caminos que llegaban a la ciudad. Comenzó la gran Fuente de Trevi  y la majestuosa fachada de San Juan de Letrán, entre otras muchas obras arquitectónicas.

Desde el punto de vista puramente espiritual sus acciones fueron también muy importantes para la Iglesia; así, se esforzó por elevar la disciplina y moralidad especialmente en los claustros, por entonces en un estado muy relajado. Por otra parte apadrinó la nueva Congregación  de los Pasionistas y otorgó a san Pablo de la Cruz, la Iglesia y el monasterio de los santos Juan y Pablo.

Por otra parte, se opuso con fuerza a los nuevos brotes de jansenismo aparecidos durante su pontificado y consiguió que al menos los mauristas se sometieran a la <Constitución Unigenitus>; además en 1738 promulgo la bula <In Eminenti> y asimismo gracias a los esfuerzos de sus misioneros en  Egipto un numeroso grupo de coptos, con su patriarca al frente, regresaron a la unidad de la Iglesia.

Se podrían seguir destacando muchas más obras, a favor de la Iglesia, realizadas por este gran Pontífice de tan mala salud pero de tanto carácter y amor al mensaje de Cristo; finalmente recordaremos su gran veneración por los santos que le llevó a beatificar  a muchos hombre y mujeres de vida ejemplar, como por ejemplo a Vicente de Paul, Juan Francisco Regis y Juliana Falconieri, entre otros.

Falleció en Roma el 6 de febrero de 1740 y dos años después sus restos fueron trasladados a la Iglesia de san Juan de Letrán y depositados en la capilla que él mismo había hecho construir en honor de san Andrés Corsini en 1737.

 
 
 
Ejemplos de gran santidad y capacidad evangelizadora, se dieron también por aquellos tiempos entre la población laica. Concretamente un año antes de la muerte del Papa Clemente XII (1736), moría una mujer francesa por cuya vida ejemplar seria beatificada durante el pontificado del Papa Pio XII en 1947 y canonizada durante el de san Juan Pablo II en 1982.

Nos referimos a Juana Delanoue (1666-1736) que había nacido en Saumur, parroquia de san Pedro durante el reinado de Luis XIV. Perteneciente a una familia de clase media, se hizo cargo, a la muerte de sus padres, del pequeño negocio de la familia.
Por entonces nada hacía sospechar el gran papel que jugaría entre los más pobres de los pobres pues se dice que era caprichosa, avara y poco amiga de dar limosna. Sucedió que en el año 1693, en Saumur la población de los pobres había crecido en demasía y existía hambruna entre una gran parte de la misma.
 
 
 
 
En la fiesta de Pentecostés de ese mismo año la vida de esta mujer va a sufrir un cambio radical, al regreso de su peregrinación a Notre-Dame-des-Ardilliers. A partir de entonces experimento la necesidad de ayudar a la gente necesitada y durante la fiesta del Corpus Christi del mismo año la Virgen María se le apareció revelándole lo que el Señor esperaba de ella precisamente para con los pobres.

Con gran decisión emprendió la tarea de dar ayuda y cobijo a la población más necesitada de su ciudad, recibiendo en su propia casa a todo aquel que pedía su auxilio: madres solteras, mujeres adulteras, rechazados por la sociedad en general, acudieron a ella y ella los acogía con gran amor.

Como consecuencia de todo ello, gasta sus recursos económicos en estas obras de caridad y  por otra parte, sufre la pérdida de su casa, a causa del derrumbamiento de una montaña.
Esta futura santa de la Iglesia, no se amilana por tantas circunstancias adversas y decide seguir practicando la caridad junto a una pequeña comunidad de mujeres, en unas grutas próximas a la ciudad. Funda así las <Hermanas de Santa Ana>, siervas de los pobres de la Casa de la Providencia, siendo aprobadas las Constituciones de la Congregación por el obispo de Angers el 28 de septiembre de 1709.
Unos años después, concretamente en 1715 funda el primer hospital de la ciudad de Saumur. Murió en 1736 dejando tras de sí una serie de comunidades religiosas  que con el tiempo progresarán expandiéndose por todo el mundo hasta llegar a países tan lejanos como Indonesia.

Otro ejemplo de santidad extrema y gran vocación evangelizadora, lo tenemos en Úrsula Giuliani, mística italiana que perteneció a la orden de las Clarisas Capuchinas y que fue canonizada con el nombre de Verónica Giuliani  durante el Papado de Gregorio XVI en 1839.

Había nacido en Mercatello, ducado de Urbino y su familia era de origen noble. Desde su infancia demostró espíritu caritativo y de oración. Muy pronto surge en ella el deseo de tomar los hábitos; sus padres tratan de disuadirla, pero no lo logran, y consigue finalmente ingresar en un monasterio.
En 1677 fue recibida en el convento de las clarisas capuchinas en Città di Castello en Umbría (Italia) tomando entonces el nombre de Verónica, en recuerdo de aquella mujer que auxilió a Cristo en su Pasión.
Ya en el noviciado tuvo pruebas espirituales muy intensas y grandes tentaciones de volver al mundo, pero el Espíritu Santo la ayudó a salir de ellas, eligiendo finalmente padecer con Cristo para conseguir la conversión de los pecadores.

 
 
 
En 1693 comenzó una nueva etapa en su vida espiritual a raíz de tener una visión en la que Cristo le presentaba un Cáliz, como símbolo de la Pasión que debería ser acogida en su propia alma. Desde ese momento empezó a sufrir un gran dolor espiritual que con el tiempo llegó a ser también corporal.

Su confesor le ordenó que pusiera por escrito aquellas experiencias místicas y de esta forma dio inicio a su Diario que llegó a constar de 42 volúmenes, al mismo tiempo que atendía a sus deberes en el convento, principalmente como maestra de novicias, guiando a las aspirantes con amor y gran prudencia.

 
 
Tuvo el honor de recibir la la Corona de Espinas de nuestro Señor Jesucristo, siendo las heridas dejada por ésta visibles en su cuerpo. También recibió los estigmas de Cristo en sus manos, pies y costado. Por todo ello, su abadesa la denunció a la Inquisición porque creía que todo era fingido por la santa y a consecuencia de ello tuvo que sufrir años de pruebas y humillaciones sin fin…

Con diversas técnicas médicas se  intentó curarla de sus padecimientos, con resultados totalmente negativos; se practicó con ella exorcismos y el Obispo llegó a considerarla una bruja, incapacitándola para llevar a cabo  cualquier tipo de encargo en su comunidad, incomunicándola con sus hermanas y prohibiéndola recibir visitas externas o escribir cartas.

Por fin comprendieron sus enemigos que no estaba embrujada y poco a poco se le retiró los castigos terribles a los que estaba siendo sometida y en junio de 1703 se le devolvió el cargo de maestra de novicias. Tuvo la suerte en esta nueva etapa de su vida, de que entre sus nuevas discípulas se encontrará la futura  beata Florida Cevoli. Por otra parte, en 1716 fue elegida Abadesa ejerciendo el cargo hasta su muerte; cargo que desempeñó con gran prudencia e interés por las necesidades espirituales y materiales de sus hermanas.

Tras un ataque de apoplejía murió en 1727, en el convento de Città di Castello y la autopsia realizada por el médico Gentili ante autoridades civiles y eclesiásticas, reveló que su corazón tenía grabada la Cruz y los instrumentos de la Pasión de Cristo, tal como la santa había dejado escrito en su Diario.

Dos mujeres son suficientes para mostrarnos como en tiempos tan apartados del mensaje de Cristo, surgieron vocaciones que son ejemplos extraordinarios de santidad y capacidad evangelizadora. La primera realizando grandes obras de caridad por sus semejantes y la segunda sufriendo en sus propias carnes la Pasión de Cristo.

 
 
 
Realmente los caminos del Señor son inescrutables, como se suele decir; de entre la oscuridad y el desamor surgieron la  luz y el amor a la verdad. El siglo XVIII por esto sí..., por esto sí merece ser recordado como el <Siglo de las luces>.  

  

 

 

 

       

 

 

domingo, 6 de octubre de 2019

MARÍA INMACULADA: LA LLENA DE GRACIA



El ángel antes de llamarla María, la llama <llena de gracia> y así revela el nombre nuevo que Dios le ha dado y que le conviene más que el que le dieron sus padres. También nosotros la llamamos así, en cada Ave María.

¿Qué quiere decir llena de gracia? Que María está llena de la presencia de Dios. Y si está completamente habitada por Dios, no hay lugar en Ella para el pecado. Es una cosa extraordinaria, porque todo el mundo, desgraciadamente, está contaminado por el mal. Cada uno de nosotros, mirando dentro de sí, ve algunos lados oscuros.

 
 
 
También los santos más grandes eran pecadores y todas las realidades, incluso las más bellas, están tocadas por el mal: Todas, menos María. Ella es el único <oasis siempre verde> de la humanidad, la única incontaminada, creada inmaculada para acoger plenamente, con su <sí> a Dios que venía al mundo y comenzar así una historia nueva.

Cada vez que la reconocemos <llena de gracia>, le hacemos el cumplido más grande, el mismo que le hizo Dios. Un hermoso cumplido para una señora es decirle con amabilidad, que parece joven. Cuando le decimos a María <llena de gracia>, en cierto sentido también le decimos eso, a nivel más alto.
En efecto, la reconocemos siempre joven, nunca envejecida por el pecado. El pecado envejece porque esclerotiza el corazón. Lo cierra, lo vuelve inerte, hace que se marchite. Pero la <llena de gracia> está vacía de pecado, es siempre joven…”


Sí, es cierto que el pecado envejece, cuantas veces podemos observar en la vida diaria el envejecimiento prematuro en personas que viven totalmente apartadas de Dios y es que como seguía recordando el Papa Francisco, la Virgen María es más joven que el pecado, es la más joven del género humano  (Ibid):
“La <llena de gracia> vivió una vida hermosa. ¿Cuál era su secreto? Nos damos cuenta si miramos otra vez la escena de la Anunciación. En muchos cuadros, María está representada sentada ante el ángel con un librito en sus manos. Este libro es la Escritura.

 
 
 
María solía escuchar a Dios y transcurrir su tiempo con Él. Las Palabras de Dios eran su secreto: Cercana a su corazón, se hizo carne luego en su seno. Permaneciendo con Dios, dialogando con Él en toda circunstancia, María hizo bella su vida. No la apariencia, no lo que pasa, sino el corazón tendido hacia Dios hace bella la vida.

Miremos hoy con alegría a la <llena de gracia>. Pidámosle que nos ayude a permanecer jóvenes, diciendo <no> al pecado, y a  vivir una vida bella diciendo <sí> a Dios”

Consejos maravillosos de nuestro actual Pontífice que no deberíamos echar en <saco roto> y practicar con asiduidad porque todo lo que dice se ve constantemente reflejado en nuestro vivir diario y en el del resto de la sociedad, cada vez más paganizada y apartada de Dios…
Todos los Papas, a lo largo de los últimos siglos, se han manifestado sobre este dogma de la Iglesia aplicado a la Virgen María y han hecho maravillosas reflexiones sobre el mismo.

 
 
 
 


Además del relato lucano de la Anunciación, la Tradición y el Magisterio han considerado el así llamado Proto-Evangelio (Gen 3,15) como una fuente más de la Sagradas Escrituras, sobre la verdad de la Inmaculada Concepción de María. Ese texto, a partir de la antigua versión latina: <Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo; él te herirá en la cabeza, mientras tú le herirás en el talón>, ha inspirado muchas representaciones de la Inmaculada que aplasta a la serpiente bajo sus pies”

Recordemos que la traducción, a partir de la antigua versión latina anteriormente mencionada, no corresponde realmente con el texto hebraico, en el que quien pisa la cabeza de la serpiente no es la mujer, sino su linaje, su descendiente. Esto quiere decir que dicho texto no atribuye a María su victoria sobre Satanás, sino a su Hijo. Por eso sigue diciendo el Papa Juan Pablo II (Ibid):

 
 
 
“Dado que la concepción bíblica establece una profunda solidaridad entre el progenitor y la descendencia, es coherente con el sentido original del pasaje la representación de la Inmaculada que aplasta a la serpiente, no por virtud propia sino de la gracia del Hijo.

En el mismo texto bíblico, además, se proclama la enemistad entre la mujer y su linaje, por una parte, y la serpiente y su descendencia, por otra. Se trata de una hostilidad expresamente establecida por Dios, que cobra un relieve singular si consideramos la cuestión de la santidad personal de la Virgen.

Para ser la enemiga irreconciliable de la serpiente y de su linaje, María debía estar exenta de todo dominio del pecado. Y esto desde el primer momento de su existencia…

La absoluta enemistad puesta por Dios entre la mujer y el demonio exige, por tanto, en María la Inmaculada Concepción, es decir, una ausencia total de pecado, ya desde el inicio de su vida.
 
 
 
 
El Hijo de María obtuvo la victoria definitiva sobre Satanás e hizo beneficiaria anticipadamente a su Madre, preservándola del pecado. Como consecuencia, el Hijo le concedió el poder de resistir al demonio, realizando así en el misterio de la Inmaculada Concepción el más notable efecto de su obra redentora”

 
Unos años más tarde concretamente en 2004 durante la santa Misa con ocasión del 150 aniversario de la proclamación del Dogma de la Inmaculada Concepción, el Papa san Juan Pablo II se expresaba en los siguientes términos:

“¡Cuán grande es el misterio de la Inmaculada Concepción, que nos presenta la liturgia de hoy!

Un misterio que no cesa de atraer la <contemplación de los creyentes e inspira la reflexión de los teólogos>. El tema del Congreso que acabo de recordar <María de Nazaret acoge al Hijo de Dios en la historia>, ha favorecido una profundización de la doctrina de la concepción inmaculada de María como presupuesto para la acogida en su seno virginal del Verbo de Dios encarnado, Salvador del género humano…

El Padre la eligió en Cristo antes de la creación del mundo, para que fuera santa e inmaculada ante él por el amor, predestinándola como primicia a la adopción filial por obra de Jesucristo (Ef 1, 4-5).
 
 
 


En previsión de la muerte salvífica  de Él, María, su Madre, fue preservada del pecado original y de todo pecado. En la victoria del nuevo Adán está también la de la nueva Eva, madre de los redimidos. Así, la Inmaculada es signo de esperanza para todos los vivientes, que han vencido a Satanás en virtud de la sangre del Cordero (Ap 12, 11)”

 
Sí, la Virgen María es la Madre del Redentor; el sí de esta  joven de Nazaret al anuncio del ángel  san Gabriel, se puede considerar un humilde obsequio a la voluntad divina de salvar a la humanidad, en la historia. Y esto es así, porque preservada de todo pecado se benefició de un modo muy especial de la obra de Cristo. María es la primera redimida por su Hijo, es el icono escatológico de la Iglesia.


 

 

      

 

  

 

 

 

 

 

 

 

martes, 1 de octubre de 2019

LA IGLESIA DE CRISTO Y EL DIALOGO INTERRELIGIOSO



“El Sinaí nos recuerda, en primer lugar, que una verdadera alianza en la tierra no puede prescindir del Cielo, que la humanidad no puede pretender encontrar la paz excluyendo a Dios de su horizonte, ni tampoco puede tratar de subir la montaña para apoderarse de Dios (Ex 19,12).
Se trata de un mensaje muy actual, frente a esa peligrosa paradoja que persiste en nuestros días, según la cual por un lado se tiende a reducir la religión a la esfera privada, sin reconocerla como una dimensión constitutiva del ser humano y de la sociedad y, por otro, se confunde la esfera religiosa y la política sin distinguirlas adecuadamente.

Existe el riesgo de que la religión acabe siendo absorbida por la gestión de los asuntos temporales y se deje seducir por el atractivo de los poderes mundanos que en realidad sólo quiere instrumentalizarla. En un mundo en el que se han globalizado muchos instrumentos técnicos útiles, pero también la indiferencia y la negligencia, y que corre a una velocidad frenética difícil de sostener, se percibe la nostalgia de las grandes cuestiones sobre el sentido de la vida, que las religiones saben promover y que suscitan la evocación de los propios orígenes: La vocación del hombre, que no ha sido creada para consumirse en la precariedad de los asuntos terrenales sino para encaminarse hacia el Absoluto al que tiende.
Por estas razones, sobre todo hoy, la religión no es un problema sino parte de la solución: Contra la tentación de acomodarse en una vida sin relieve, donde todo comienza y termina en esta tierra, nos recuerda que es necesario elevar el ánimo hacia lo Alto para aprender a construir la ciudad de los hombres”  

 
 
Son las sentidas palabras del Papa Francisco en su viaje apostólico  a Egipto (28-29 de abril de 2017) durante su discurso a los participantes en la <Conferencia Internacional para la Paz> que tuvo lugar en el Cairo. El Papa refiriéndose concretamente  al diálogo interreligioso manifestaba también que: “Estamos llamados a caminar juntos con la convicción de que el futuro de todos depende del encuentro entre religiones y culturas…El diálogo puede ser favorecido si se conjugan bien tres indicaciones fundamentales: el deber de la identidad, la valentía de la alteridad y la sinceridad de las intenciones.

El deber de la identidad, porque no se puede establecer un diálogo real sobre la base de la ambigüedad o de sacrificar el bien para complacer al otro. La valentía de la alteridad, porque al que  es diferente, cultural o religiosamente, no se le ve ni se le trata como un enemigo, sino que se le acoge como a un compañero de ruta, con la genuina convicción de que el bien  de cada uno se encuentra en el bien de todos. La sinceridad de las intenciones, porque el diálogo, en cuanto expresión auténtica de lo humano, no es una estrategia para lograr segundas intenciones, sino el camino de la verdad, que nos merece ser recorrido pacientemente para transformar la competición en cooperación”

Son tres indicaciones preclaras de nuestro actual Papa que sin duda están sirviendo ya para conseguir buenos frutos en el diálogo interreligioso que se inició  hace  algunos años. Así, en el Concilio Vaticano II se analizó  en profundidad el problema de la relación entre la Iglesia católica y las demás religiones del mundo, en consideración del mandato de Nuestro Señor Jesucristo.
Realmente se podría decir que desde siempre la Iglesia de Cristo se ha interesado por el diálogo interreligioso;  concretamente, en el Concilio Ecuménico Vaticano II, se estudió con largueza este tema, contemplando cuidadosamente su problemática, con la intención de alcanzar una fraternidad universal, exenta de toda discriminación:

“En nuestra época, en la que el género humano se une cada vez más estrechamente y aumentan los vínculos entre los diversos pueblos, la Iglesia considera, con mayor atención, en que consiste su relación con respecto a las religiones no cristianas.

 
 
En cumplimiento de su misión de fundamentar la  unidad y la caridad entre los hombres y, aún más, entre los pueblos, considera aquí, todo aquello que es común a los hombres y que conduce a la mutua solidaridad…” (Proemio; Declaración Conciliar <Nostra Aetate>)

Ante una cuestión tan actual e importante, pueden surgir, tanto en el seno de la Iglesia católica, como  entre comunidades  pertenecientes a otras creencias, algunas dudas y por tanto algunas preguntas. Varias cuestiones que surgen a raíz de la lectura del documento <Dominus Iesus>, del Concilio Vaticano II, nos pueden servir de guía para analizar algunas de las problemáticas que incumben al tema del diálogo interreligioso.

Una de estas preguntas es obvia: ¿Realmente es posible el dialogo entre la fe cristiana y las doctrinas provenientes de otras tradiciones religiosas?
Pregunta no fácil de responder de forma inmediata, por eso antes de entrar en ella recordaremos, como introducción previa, algunas ideas desarrolladas por el Papa san Juan Pablo II en su discurso a la Asamblea Interreligiosa, durante la ceremonia final (jueves 28 de octubre de 1999):


Por eso, son numerosos los conflictos que estallan continuamente en el mundo: guerras entre naciones y luchas armadas en el seno de países. Se trata de conflictos que perduran  como heridas abiertas y exigen una solución  que tarda en llegar. Inevitablemente los débiles son quienes más sufren en esos conflictos, en especial cuando son desalojados de sus hogares y obligados a escapar”

Son palabras de un Papa santo pronunciadas hace ya algunos años que reflejan de forma espectacular lo que sucedía entonces y sigue sucediendo por desgracia en la actualidad;  ello demuestra una vez más la incapacidad del hombre para resolver la más de las veces, por sí mismo, los problemas que históricamente se le presentan en materia social y moral.

Recordemos de nuevo las palabras del Papa san Juan Pablo II, en este  sentido, (Ibid):
“Seguramente no es así como la humanidad debe vivir. Por tanto, ¿no es exacto decir que existe efectivamente una crisis de civilización que solo puede contrarrestarse con una nueva civilización del amor, fundada en los valores universales de la paz, la solidaridad, la justicia y la libertad?" (cf. Tertio millennio adveniente, 52).

 
 
 
 
Por eso el Papa Francisco en su viaje apostólico a Egipto, mencionado anteriormente aseguraba que: “Educar, para abrirse con respeto y dialogar sinceramente con el otro, reconociendo sus derechos y libertades fundamentales, especialmente la religiosa, es la mejor manera de construir juntos el futuro, de ser constructores de civilización. Porque la única alternativa a la barbarie del conflicto es la cultura del encuentro, no hay otra manera.

Y con el fin de contrarrestar realmente la barbarie de quien instiga al odio e incita a la violencia, es necesario acompañar y ayudar a madurar a las nuevas generaciones para que, ante la lógica incendiaria del mal, respondan con el paciente crecimiento del bien: Jóvenes que, como árboles plantados, estén enraizados en el terreno de la historia y creciendo hacia lo Alto y junto a los demás, transformen cada día el aire contaminado de odio en oxígeno de fraternidad”

 
A pesar de esta hermosa y sincera reflexión del Papa Francisco, hay quienes afirman que la religión forma parte del problema de desunión de los hombres, pues bloquea el camino de la humanidad hacia la paz y la prosperidad verdadera. Los cristianos, como hombres de fe, tenemos el deber de demostrar que no es así. Cualquier uso de la religión para apoyar la violencia es un abuso de ella. La religión no es, y no debe llegar a ser, un pretexto para los conflictos, sobre todo cuando coinciden, la identidad religiosa, cultural  y étnica…

Además, los líderes religiosos deben mostrar claramente que están comprometidos en promover la paz, precisamente a causa de su creencia religiosa…De todo ello se deduce evidentemente que la primera pregunta que nos hacíamos sobre si es posible el dialogo interreligiosos debería ser contestada con un sí rotundo por parte de todas las partes implicadas.
 
 


Mi venerado Predecesor (Papa Pablo VI) observó que en nuestro tiempo la gente presta más atención, a los testigos que a los maestros, y que escucha a los maestros si son testigos (cf. Evangelii nuntiandi, 41). Basta pensar en el testimonio inolvidable de personas como Mahatma Gandhi o la madre Teresa de Calcuta, por mencionar solo a dos figuras que ejercieron gran influencia en el mundo”

Dos grandes figuras humanas de los últimos siglos, son sin duda las mencionadas, por este Pontífice como ejemplos a tener en cuenta a la hora de conseguir el diálogo interreligioso, pero no olvidemos que son sobre todo las enseñanzas y el ejemplo de Jesús los que deben mover a todos los cristianos en este sentido, porque el Hijo del hombre nos dio un mandamiento nuevo de amor y fraternidad entre los hombres (Jn 13, 34-35):
 
 
 
 

 
De cualquier forma, la verdad y el amor siempre vencen a la mentira y el desamor y por eso debemos ser optimistas respecto al tema que estamos considerando, como nos recordaba nuestro actual Papa Francisco:
“El corazón de todo hombre y de toda mujer alberga en su interior el deseo de una vida plena, de la que forme parte indeleble la fraternidad, que nos invite a la comunión con los otros, en los que encontramos no enemigos o contrincantes, sino hermanos a los que acoger y querer.

De hecho, la fraternidad es una dimensión esencial del hombre, que es un ser relacional. La viva conciencia de este carácter relacional nos lleva a ver y a tratar a cada persona como una verdadera hermana y un verdadero hermano; sin ello, es imposible la construcción de una sociedad justa, de paz estable y duradera”  (XLVII Jornada Mundial de la paz, 2014)

Es una idea que ha promocionado siempre nuestro actual Pontífice, al igual que lo hicieron sus antecesores en la Silla de Pedro. Concretamente, en su viaje Apostólico a Egipto aseguraba también que (Ibid):

“En este desafío de civilizaciones tan urgente y emocionante, cristianos y musulmanes, y todos los creyentes, estamos llamados a ofrecer nuestra aportación: <Vivimos bajo el sol de un único Dios misericordioso.

 
 
 
Así, en el verdadero sentido podemos llamarnos, los unos a los otros, hermanos y hermanas (…), porque sin Dios la vida del hombre sería como el cielo sin sol> (Discurso a las autoridades musulmanas del Papa Juan Pablo II; Kaduna-Nigeria el 14 de febrero de 1982). Salga pues el sol de una renovada hermandad en el nombre de Dios; y de esta tierra, acariciada por el sol, despunte el alba de una civilización de la paz y del encuentro”    


Hermosas palabras del Papa Francisco sobre las que deberíamos reflexionar todos, al igual que deberíamos seguir recordando las del Papa san Juan Pablo II (Ibid):

“Nuestra esperanza no se funda sólo en las capacidades del corazón  y de la mente humana; tiene también una dimensión divina, que es preciso reconocer. Los cristianos creemos que esta esperanza es un don del Espíritu Santo, que nos llama a ensanchar nuestros horizontes, a buscar, por encima de nuestras necesidades personales y de las de nuestras comunidades particulares, la unidad de toda la familia humana. La enseñanza y el ejemplo de Jesucristo han dado a los cristianos un claro sentido de la fraternidad universal de los pueblos.

 

 
 La convicción de que el Espíritu de Dios actúa donde quiere (cf. Jn 3, 8) nos impide hacer juicios apresurados y peligrosos, porque suscita aprecio de lo que está escondido en el corazón de los demás. Esto lleva a la reconciliación, la armonía y a la paz. De esta convicción espiritual brotan la compasión y la generosidad, la humidad, la valentía y la perseverancia…


Al estar hoy aquí reunidas personas de numerosas nacionalidades, que representan a muchas religiones del mundo, no podemos por menos de recordar el encuentro de Asís, que se celebró hace trece años, con ocasión de la Jornada mundial de oración por la paz. Desde entonces el espíritu de Asís se ha mantenido vivo mediante múltiples iniciativas en diferentes partes del mundo…

 
 
 
Este encuentro en la plaza de san Pedro es un paso más en este camino. Con las múltiples lenguas de la oración, pidamos al Espíritu de Dios que nos ilumine, guie y fortalezca a fin de que, como hombres y mujeres que se inspiran en sus creencias religiosas, podamos trabajar juntos para construir el futuro de la humanidad en armonía, justicia, paz y amor”

 
Sí, el futuro del <Dialogo interreligioso> debe basarse en la armonía, la justicia, la paz y el amor entre los hombres, porque cuando Jesucristo envió en misión evangelizadora a setenta y dos discípulos les habló así (Lc 10, 2-6): “La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al Señor de la mies que envíe obreros a la mies / Id: mirad que yo os envío como corderos en medio de lobos / No llevéis bolsa ni alforja ni sandalias, y no saludéis a nadie por el camino / En la casa que entréis decid primero: <Paz a esta casa> / Y si allí hubiera algún hijo de la paz, descansará sobre él vuestra paz; de lo contrario retornará a vosotros”

Recientemente el Papa Francisco llevado de este espíritu basado en la armonía, la justicia, la paz y el amor entre los hombres, en su viaje apostólico a los <Emiratos Árabes Unidos> (3-5 de febrero de 2019), durante el encuentro con el gran Imán de Al-Azhar , y los musulmanes de Oriente y Occidente ha tenido la alegría de colaborar con todos ellos en la publicación de un Documento sobre la fraternidad humana por la paz mundial y la convivencia común, llegando a la conclusión siguiente:
 
 



Sea un testimonio de la grandeza de la fe en Dios que une los corazones divididos y eleva el espíritu humano. Sea un símbolo del abrazo entre Oriente y Occidente, entre el Norte y el Sur y entre todos los que creen que Dios nos ha creado para conocernos, para cooperar entre nosotros y para vivir como hermanos que se aman. Esto es lo que esperamos e intentamos realizar para alcanzar una paz universal que disfruten todas las personas en esta vida”  (Abu Dabi, 4 de febrero de 2019).