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viernes, 1 de marzo de 2019

CRISTO IMAGEN DE DIOS INVISIBLE Y HOMBRE PERFECTO



 
 
 
 
 
San Pablo en la primera parte de su <Epístola a los Colosenses> enumera con gran rigor teológico los excelsos atributos de Cristo: como Dios, en la creación y como hombre, en la Iglesia.  Frente a los errores de los colosenses, esta carta enseña que Cristo es el Señor de toda la creación y el único Salvador del mundo y que sólo aceptando su soberanía total y absoluta, los hombres podremos alcanzar la plena madurez, la verdadera sabiduría y la autentica condición de seres nuevos y perfectos (Col 1, 15-17):



“Cristo es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda criatura / En él fueron creadas todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, las visibles y las invisibles: tronos, dominaciones, principados, potestades, todo lo creado por Dios por él y para él / Cristo existe antes que todas las cosas y todas tienen en él su consistencia”

En efecto, como se lee en esta carta del apóstol san Pablo, Cristo es el principio de todo, el primogénito respecto  a toda la creación, el primogénito de los que triunfan sobre la muerte…

 
 
 
Sí, pero por otra parte, Cristo es verdadero hombre, es el hombre perfecto, es la cabeza del cuerpo de la Iglesia (Col 1, 18-20): “El es la cabeza del cuerpo, de la Iglesia, como quien es principio, primogénito de entre los muertos; para que todas las cosas obtengan en Él la primacía / porque en Él tuvo a bien Dios que morase toda la plenitud / y por medio de Él reconciliar todas las cosas consigo, haciendo la paces mediante la sangre de su cruz; por medio de Él, así las que están sobre la tierra como las que hay en los cielos”


San Pablo al inicio de  esta carta, tras mostrarles a los colosenses, el misterio de Cristo en la creación y el misterio de Cristo en la Iglesia, les habla de la Redención de Cristo (Col 1, 21-23):

“Y a vosotros, que erais un tiempo completamente extraños y enemigos en vuestro pensamiento por las malas obras / ahora, con todo, os ha reconciliado en el cuerpo de su carne por medio de la muerte, para presentaros santos e inmaculados e irreprochables en su acatamiento / con tal que permanezcáis cimentados y estables en la fe e inconmovibles de la esperanza del Evangelio que oísteis, que ha sido predicado en toda la creación que está debajo del cielo, del cual yo Pablo fui constituido ministro”

Dios tuvo  a bien que morase en Cristo toda la plenitud de las perfecciones divinas y humanas en el sentido más amplio, la plenitud de la deidad y de la gracia, la plenitud de la inteligencia y de la fuerza, la plenitud de la soberanía y de la santidad del amor; y por medio de Él se alcanzó  la reconciliación de todas las cosas con Dios, restableciendo el orden primordial, puestos por Dios creador  y malogrado por el pecado.    

Precisamente, en la Constitución Pastoral del Concilio Vaticano II, <Gaudium et Spet>,  ha quedado reflejada la dogmática de san Pablo (GS, 22):

“El que es imagen de Dios invisible (Col 1, 15) es también el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el pecado.

El Hijo de Dios con su Encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajo con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con el corazón de hombre.

 
 
Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado”  Es una verdad fundamental de nuestra fe que ha sido corroborada por su misma Palabra y proclamada por sus apóstoles y discípulos, a lo largo de los siglos, tal como enseña la Iglesia católica (C.I.C nº 464):


“El acontecimiento único y totalmente singular de la Encarnación del Hijo de Dios no significa que Jesucristo sea en parte Dios y en parte hombre, ni que sea el resultado de una mezcla confusa entre lo divino y lo humano.
Él se hizo verdaderamente hombre sin dejar de ser verdadero Dios. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. La Iglesia debió defender y aclarar esta verdad de fe durante los primeros siglos frente a unas herejías que la falseaban (nestorianismo, gnosticismo…)”

 
Sí, Él amo con corazón de hombre, tal como leemos en la Constitución Pastoral <Gaudium et Spes>, Él experimentó verdaderamente <los sentimientos humanos: la alegría, la tristeza, la indignación, la admiración, el amor>, en palabras del Papa san Juan Pablo II.

Prestemos una atención particular a esta última afirmación que nos hace entrar en el mundo interior de la vida psicológica de Jesús  (Papa san Juan Pablo II; Audiencia General, miércoles 3 de febrero de 1988):
 
 
 
 
“Jesús amaba a los niños: <Llevaron unos niños a Jesús para que los tocara…Y tomándolos en brazos, los bendecía, imponiéndoles las manos> (Mc 13-16). Y cuando proclamó el mandamiento del amor, se refiere al amor con el que Él mismo ha amado: <Mi mandamiento es éste: Amaos los unos a los otros, como yo os he amado> (Jn 15, 12).


Por otra parte, la hora de la Pasión, especialmente la agonía en la cruz, constituye, puede decirse, el zenit del amor de Jesús: <Jesús, sabiendo que había llegado la hora de dejar este mundo para ir al Padre, y habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo> (Jn 13, 1)…
Contemporáneamente, éste también es el zenit de la tristeza y del abandono que Cristo ha experimentado en su vida terrena. Una expresión penetrante de este abandono, permanecerá por siempre en aquellas palabras suyas:

<Y a eso de las tres gritó Jesús con fuerte voz: Eloí, Eloí, ¿lemá sabaktaní? Que quiere decir: Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado? (Mc 15, 34). Son palabras que Jesús toma del Salmo 22 (22, 2) y con ellas expresa el desgarro supremo de su alma y de su cuerpo, incluso la sensación misteriosa de un abandono momentáneo por parte de Dios.
¡El clavo más dramático y lacerante de toda la Pasión!

 
 
 
Así, pues, Jesús se ha hecho verdaderamente semejante a los hombres, asumiendo la condición de siervo, como proclama la carta a los <Filipenses>: <Se despojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo y se hizo semejante a los hombres. Y en su condición de hombre, se humilló así mismo haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz> (Flp 2, 7-8).


Pero en la epístola a los <Hebreos>, también se dice, al hablar de Cristo como Pontífice de los bienes futuros:

<Se presentó como Sumo Sacerdote de los bienes venideros, a través de un tabernáculo más santo y perfecto, no hecho por mano de hombre, es decir, no de este mundo> (Heb 9, 11).
Pero antes, en esta misma carta,  se confirmaba y precisaba que:

<No tenemos un Sumo Sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, ya que fue probado en todo a semejanza nuestra, a excepción del pecado> (Heb 4, 15).
Verdaderamente no había conocido el pecado, por eso san Pablo escribe en su segunda carta a los <Corintios>:

<Al que no conoció pecado, Dios lo hizo por nosotros reo de pecado, para que, por medio de Él, fuéramos justicia de Dios> (2 Cor 5, 21).

 
 
El mismo Jesús pudo lanzar este desafío: ¿Quién de vosotros podrá acusarme con razón  de que he cometido alguna falta? Si digo verdad, ¿por qué no me creéis? El que es de Dios acepta la palabra de Dios…> (Jn 8, 46-47). Y he aquí la fe de la Iglesia: <Sine peccato conceptus, natus et mortuus>.


Lo proclama, en armonía con toda la Tradición, el Concilio de Florencia (Decreto pro Iacob.: DS 1347): <Jesús fue concebido, nació y murió sin mancha de pecado>.
Él es el hombre verdaderamente justo y santo”

 
 
 
Después de esta sabia catequesis del Papa san Juan Pablo II ciertamente poco o nada hay que añadir, para comprender y aceptar que Cristo era verdadero Dios y verdadero hombre, pero hombre perfecto (sin pecado).

Si acaso, podríamos hacer una breve reflexión apoyándonos en las catequesis del Papa Benedicto XVI, totalmente en línea con las enseñanzas de su predecesor en la silla de Pedro. Así, por ejemplo, en la Audiencia General del 9 de enero de 2013, este Pontífice, en un momento dado, se expresaba en los términos siguientes:

“El hecho de la Encarnación de Dios, que se hace hombre como nosotros, nos muestra el inaudito realismo del amor divino. El obrar de Dios, no se limita a las palabras, es más, podríamos decir que Él no se conforma con hablar, sino que se sumerge en nuestra historia y asume sobre sí el cansancio y el peso de la vida humana.

El Hijo de Dios se hizo verdaderamente hombre, nació de la Virgen María, en un tiempo y en lugar determinados, en Belén durante el reinado del emperador Augusto, bajo el gobernador Quirino (cf. Lc 2, 1-2); creció en una familia;

 
 
tuvo amigos, formó un grupo de discípulos, instruyo a los apóstoles para continuar su misión, y terminó el curso de vida terrena en la cruz. Este modo de obrar de Dios es un fuerte estímulo para interrogarnos sobre el realismo de nuestra fe, que no debe limitarse al ámbito del sentimiento, de las emociones, sino que debe de entrar en lo concreto de nuestra existencia, debe tocar nuestra vida de cada día y orientarla también de modo práctico.


Dios no se quedó en las palabras, sino que nos indicó cómo vivir, compartiendo nuestra misma experiencia, menos en el pecado.

El Catecismo del Papa san Pio X (1903-1914), con su esencialidad, ante la pregunta:
 
 
 
< ¿Qué debemos hacer para vivir según Dios?> Da, esta respuesta: <Para vivir según Dios debemos creer las verdades por Él reveladas y observar sus mandamientos con la ayuda de su gracia, que se obtiene mediante los sacramentos y la oración>. La fe tiene una parte fundamental que afecta no sólo la mente y el corazón, sino toda nuestra vida”

 

Ante esta última referencia de Benedicto XVI, al Papa san Pio X (1903-1914), puede que algún despistado se eche las manos a la cabeza pensando que estamos en un nuevo siglo, lleno de progreso y sabiduría, donde las cosas del pasado son inasumibles…

Pero no, porque la Palabra y el Mensaje de Cristo es totalmente atemporal, es la experiencia de Dios, hecho hombre, viviendo su misma vida terrenal, y por tanto es el ejemplo a seguir por nosotros, cada día, es la esperanza que salva…

<Spe Salvi facti sumus> (en esperanza fuimos salvados), escribía san Pablo, por los años 57/ 58, a la comunidad cristiana de Roma, probablemente desde Corinto, durante su tercer viaje misionero; seguramente con la finalidad de confirmarla en la fe, y adelantarla en el conocimiento de los Evangelios,  hablaba a aquellas gentes, de la esperanza de los hijos de Dios y de toda la creación…Concretamente al referirse a nuestros propios gemidos y expectación ante dicha esperanza, podemos leer (Rom 8, 23-24):
 
 
 
 
“Y no sólo ella (la creación), sino también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu,  gemimos dentro de nosotros mismos, anhelando la adopción filial, el rescate de nuestro cuerpo / Porque en esperanza es como hemos sido salvados; ahora bien: como la esperanza que se tiene al ojo no es esperanza; pues lo que uno ve, ¿a qué viene el esperarlo? / Mas si lo que no vemos lo esperamos, por la paciencia lo aguardamos“


Aquí, por la expresión <esperanza> podríamos entender toda la compleja realidad de la economía de la redención…Esta realidad es <esperanza> porque su parte mejor, aún, sólo es una perspectiva, porque su consumación está reservada a la Parusía (al final de los tiempos).

El Papa Benedicto XVI en su Carta Encíclica <Spe Salvi> (dada en Roma el mes de noviembre de 2007) nos habla de esta <esperanza que salva> y entre otras muchas ideas luminosas nos viene a decir que:
 
 
“El ser humano necesita un amor incondicional. Necesita esa certeza que le hace decir: <Ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni cosas presentes ni futuras, ni poderíos, ni altura ni profundidad, ni otra alguna criatura será capaz de apartarnos del amor de Dios que está en Cristo Jesús, Señor nuestro> (Rom 8, 38-39).


Si existe este amor absoluto con su certeza absoluta, entonces –sólo entonces- el hombre es <redimido>, suceda lo que suceda en su caso particular.

Esto es lo que se ha dado a entender cuando decimos que Jesucristo nos ha <redimido>. Por medio de Él esperamos seguros de Dios, de un Dios que no es una lejana <causa primera> del mundo, porque su Hijo Unigénito  se ha hecho hombre y cada uno puede decir de él:
 
 
 
 
<Vivo de la fe  en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí> (Gal, 2, 20)”
Se refiere el Papa, en esta última frase, a la carta que san Pablo escribió a los <Gálatas> para dar respuesta a sus adversarios que eran muchos y mantenían una lucha encarnizada contra él y sus enseñanzas. A los cargos que le achacaban éstos, respondió con una epístola modélica, en la que revelaba su carácter indomable y toda la grandeza de su alma.



Precisamente cuando les advierte del grado de identificación que él había alcanzado con Cristo, para que lo tomasen como ejemplo a seguir, llega a decir (Gal 2, 19-20):

“Porque yo por medio de la ley morí a la ley, para vivir a Dios. Con Cristo estoy crucificado / pero vivo…no ya yo, sino que Cristo vive en mí. Y eso que ahora vivo en carne, lo vivo en la fe de Dios y de Cristo, que me amó y se entregó por mí… “

En este sentido, como sigue diciendo el Papa Benedicto XVI en su Encíclica (Ibid):
“Es verdad que quien no conoce a Dios, aunque tenga múltiples esperanzas, en el fondo está sin esperanza, sin la gran esperanza que sostiene toda la vida (cf. Ef 2, 12).

La verdadera, la gran esperanza del hombre que resiste a pesar de todas las desilusiones, sólo puede ser Dios, el Dios que nos ha amado y que nos sigue amando <hasta el extremo>, <hasta el total cumplimiento> (cf. Jn 13, 1; 19, 30).
 
 
 
 
Quien ha sido tocado por el amor empieza a intuir lo que sería propiamente <vida>. Empieza a intuir qué quiere decir la palabra <esperanza> que hemos encontrado en el rito del Bautismo: de la fe se espera <la vida eterna>, la vida verdadera que totalmente, y sin amenazas, es sencillamente vida en toda su plenitud. Jesús que dijo de sí mismo que había venido para que nosotros tengamos la vida y la tengamos en plenitud, en abundancia (cf. Jn 10, 10), nos explicó también qué significa <vida>:


<Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo> (Jn 17, 3). La vida en su verdadero sentido no la tiene uno solamente para sí, ni tampoco por sí mismo: es una relación. Y la vida entera es relación con quien es la fuente de la vida. Si estamos en relación con Aquel que no muere, que es la Vida misma y el Amor mismo, entonces estamos en la vida. Entonces <vivimos>”

 



 

 

 

 

 

 

  

 

     

 

 

viernes, 22 de febrero de 2019

JESÚS DIJO (XXXVII): TRABAJOS PUBLICADOS EN MRM.MARUS




 
 








. ¿POR QUÉ DIOS HA PERMITIDO TANTAS RELIGIONES? (16/10/18)

 


. LA IGLESIA CATÓLICA CREE EN LA RESURRECCIÓN DE LOS MUERTOS (17/10/18)

 


. VIRGEN MARÍA: VIRGEN FIEL (18/10/18)

 


. LA ASUNCIÓN DELA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA (18/10/18)

 


. LA IGLESIA DE CRISTO ES UNA (19/10/18)

 

 

 

 

 BIBLIA DE NAVARRA EDICIÓN POPULAR (Ediciones Universidad de Navarra S.A. Pamplona-España)

 

 

 

CARTA A FILEMÓN

 

 

*SALUDO (1-3)

 

Pablo, prisionero de Cristo Jesús, y Timoteo, el hermano, a Filemón, nuestro querido amigo y colaborador, / a Apfia, la hermana, a Arquipo, nuestro compañero de armas, y a la iglesia que se reúne en tu casa: / la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo estén con vosotros.

 

 

*ACCIÓN DE GRACIAS (4-7)

 

Doy gracias sin cesar a mi Dios recordándote en mis oraciones, / porque conozco la caridad y la fe que tienes en Jesús, el Señor, y en todos los santos. / Que tu participación en la misma fe llegue a ser activa al comprender que todo el bien que tenemos es para Cristo. /Y Pues, en verdad, he tenido gran alegría y consuelo por tu caridad, porque, gracias a ti, hermano, los corazones de los santos han encontrado alivio.

 

 

 

*INTERCESIÓN A FAVOR DE ONÉSIMO (8-21)

 

Por ello, aun teniendo plena libertad en Cristo para mandarte lo que conviene, / prefiero rogar en nombre de la caridad – y eso que soy Pablo, ya anciano y ahora además prisionero de Cristo Jesús -. / Te ruego a favor de mi hijo Onésimo, a quien engendré entre cadenas, / en otro tiempo inútil para ti pero ahora útil para ti y para mí; / a éste te lo devuelvo como si fuera mi corazón. / Yo hubiera querido retenerlo para que me sirviera en tu lugar, mientras estoy entre cadenas por el Evangelio. / Pero no he querido hacer nada sin tu consentimiento, para que tu buena acción no sea forzada, sino voluntaria. / Quizá por eso se alejó algún tiempo, para que ahora lo recuperes para siempre, / no ya como siervo, sino más que siervo, como hermano muy amado, en primer lugar para mí, pero ¡cuánto más para ti!, no sólo en lo humano, sino también en el Señor. / Por tanto, si me consideras hermano en la fe, acógelo como si fuera yo mismo. / Si te perjudicó o te debe algo, cárgalo a mi cuenta. / Yo, Pablo, lo he escrito de mi puño y letra; yo te pagaré, por no decirte que tú mismo te me debes. / Sí, hermano, que yo reciba de ti este gozo en el Señor: Consuela en Cristo mi corazón. / Te escribo confiando en tu obediencia, porque sé que harás aun más de lo que te digo.

 

 

 

*ÚLTIMAS RECOMENDACIONES Y SALUDOS (22-25)

 

Además, prepárame hospedaje, pues espero que, gracias a vuestras oraciones, se me conceda estar entre vosotros. / Te saludan Epafras, compañero de mi cautiverio en Cristo Jesús, / y mis colaboradores Marcos, Aristarco, Demas y Lucas. / La gracia del Señor Jesucristo esté en vuestro espíritu.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

domingo, 10 de febrero de 2019

SAN JOSÉ PATRONO DE LA BUENA MUERTE Y DE LA IGLESIA UNIVERSAL


 
 
 
 
A San José, Esposo de la Santísima Virgen la Iglesia lo venera como Patrono de la <buena muerte>,  porque en su paso a la otra vida, lógicamente tuvo que tener muy cerca a su esposa la Virgen María y a su Hijo adoptivo, Nuestro Señor Jesucristo, y ésta es sin duda la más hermosa forma de entregar el alma a Dios.

Su vida es prácticamente desconocida, salvo por las narraciones de los apóstoles del Señor, san Mateo y san Lucas  referidas a la infancia de Cristo. Ambos evangelistas prueban de forma concluyente en sus libros que José era descendiente de la casa del rey David. El Canciller de la Universidad de París, Jean Gerson (1363-1429), durante la Natividad de la Virgen, en su disertación, manifestó  que la Divina Providencia había previsto que este hombre elegido por Dios para ser el padre adoptivo de Jesús fuese de sangre real, pero pobre, porque debiendo  nacer el Señor  en la humildad de un establo, no podía escoger a un hombre rico que viviese en la opulencia (Concilio de Constanza).

 
 
Como podemos leer en el libro del Papa Benedicto XVI, titulado <La infancia de Jesús>:

“Mateo nos dice en primer lugar en su Evangelio que María era prometida de José. Según el derecho judío entonces vigente, el compromiso significaba ya un vínculo jurídico entre las dos parte, de modo que María podía ser llamada la mujer de José, aunque aún no se había producido el acto de recibirla en su casa, lo que fundaba la comunión matrimonial.

Como prometida, <<la mujer seguía viviendo en el hogar paterno y se mantenía bajo la <patria potestad>. Después de un año tenía lugar su acogida en casa, es decir, la celebración  del matrimonio>> (Gnilka, Matthäus, I, p. 17).

Ahora bien, José constató que María <esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo> (Mt 1, 20-25)”.

La zozobra que probablemente pudo afectar a San José con respecto a la recepción de María, en su casa, se vio pronto subsanada por la aparición, en sueño, de un ángel del Señor que le dijo (Mt 1, 20-25):

 
-José hijo de David, no temas recibir en tu casa a María, tu mujer, pues lo que se engendró en ella es del Espíritu Santo.

-Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados.

-Todo esto ha acecido a fin de que se cumpliese lo que dijo el Señor por el profeta que dice (Is 7, 14):

-<He aquí que una virgen concebirá y parirá un hijo, y lo llamarán  Emmanuel>, que traducido quiere decir <Dios con nosotros>.

-Despertó del sueño, hizo como le ordenó el ángel del Señor, y recibió consigo a su mujer;

-la cual, sin que antes le conociese, dio a luz un hijo, y él le puso por nombre Jesús (Yehoshuah, que en hebreo quiere decir Yahvé salva).

Como sigue recordando en su libro el Papa Benedicto XVI (La infancia de Jesús; Editorial Planeta S.A. 2012):

 
“En esa decisión, Mateo ve un signo de que José era un hombre justo (Mt 1, 19).

La calificación de José como hombre justo (zaddik) va mucho más allá de la decisión  de aquel momento: ofrece un cuadro completo de San José y, a la vez, lo incluye entre las grandes figuras de la Antigua Alianza, comenzando por Abraham, el justo…

El Salmo 1 ofrece la imagen clásica  del <justo>. Así pues, podemos considerarlo casi como un retrato de la figura espiritual de san José.

Justo según este Salmo, es un hombre que vive en intenso contacto con la Palabra de Dios: <que su gozo está en la ley del Señor> (v.2). Es como un árbol que, plantado junto a los cauces del agua, da siempre fruto.

 
La imagen de los cauces de agua de las que se nutre ha de entenderse naturalmente como la palabra viva de Dios, en la que el justo hunde las raíces de su existencia. La voluntad de Dios no es para él una ley impuesta desde fuera, sino un <gozo>.

La ley se convierte espontáneamente para él en <evangelio>, buena nueva, porque la interpreta con aptitud de apertura personal y llena de amor a Dios, y así aprende a comprenderla y a vivirla dentro”


José era de profesión carpintero, pero como nos recuerda san Epifanio, aunque el oficio fuese humilde, en aquellos tiempos, teniendo en cuenta sus antepasados reales, los cierto es que se nos presenta como el hombre más noble y fiel a los ojos de Dios, al escogerle como tutor de su Unigénito Hijo; y como asegura San Bernardo, tratándose de quién había sido llamado a ser en la tierra <agente y secretario del Altísimo en el misterio de la Encarnación y archivo de sus mayores secretos>.

Aproximadamente unos seis meses después de sus desposorios con la Virgen, san José tuvo que emprender viaje desde Nazaret, lugar donde residía y tenía su trabajo a la ciudad de Belén, obedeciendo al decreto del emperador Augusto, que ordenó registrar  los nombres de todos los vasallos del Imperio. Precisamente en Belén estaba el solar de la Casa de David a la que José pertenecía.

 
Es interesante recordar en este punto, que el decreto de Augusto para registrar fiscalmente a todos los ciudadanos lleva a José, junto con su esposa María, a Belén, la ciudad de David, y ello sirve para que se cumpla la promesa del profeta Miqueas, según la cual el Pastor de Israel habría de nacer en aquella ciudad (Miq 5, 1-3):

-En cuanto a ti, Belén Efrata, la más pequeña entre los clanes de Judá, de ti sacaré al que ha de ser soberano de Israel. Sus orígenes se remontan a los tiempos antiguos, a los días de antaño.

-Por eso el Señor  abandonará a los suyos hasta  el tiempo en que dé a luz la que ha de dar a luz.

Entonces los que aún queden volverán a reunirse con sus hermanos israelitas.

-El se mantendrá firme y pastoreará con la fuerza del Señor, y con la majestad del  nombre del Señor su Dios.

Ellos vivirán seguros, porque extenderán su poder hasta los confines de la tierra.

 
Como sigue afirmando el Papa Benedicto XVI en su libro (Ibid):

“Sin saberlo, el emperador contribuyó al cumplimiento de la promesa: la historia del Imperio romano y la historia de la salvación, iniciada por Dios con Israel, se compenetran recíprocamente. La historia de la elección de Dios, limitada hasta entonces a Israel, entra en toda la plenitud del mundo, de la historia universal. Dios que es el Dios de Israel y de todos los pueblos, se muestra  como el verdadero guía de toda la historia”

 


Después del nacimiento del Hijo de Dios en Belén, José pensó en fijar su residencia en Jerusalén, pero a causa de la persecución de Herodes para matar a aquel niño que creía podría ser un gran peligro para él, un ángel del Señor le advirtió que se retirará a Egipto con Jesús y la Virgen, hasta que pasara el peligro. La crueldad de este rey era terrible tal como nos recuerda el Papa Benedicto XVI (Ibid):

“En el año 7 a.C., Herodes había hecho ajusticiar a sus hijos Alejandro y Aristóbulo porque presentía que eran una amenaza para su poder. En el año 4 a.C, había eliminado por la misma razón también a su hijo Antípater. El pensaba exclusivamente en mantener el poder absoluto que había alcanzado y al saber, por los Magos, de un posible pretendiente al trono debió de ponerse en guardia, en contra de él. Visto su carácter, estaba claro que ningún escrúpulo le habría frenado.

<Al verse burlado por los Magos, Herodes montó en cólera y mandó matar a todos los niños de dos años para abajo, en Belén y sus alrededores, calculando el tiempo por lo que había averiguado de los Magos> (Mt 2, 16)…

Para el evangelista, la historia  de Israel  comienza otra vez y de un modo nuevo con el retorno de Jesús de Egipto a la Tierra Santa…”

 


Realmente el regreso de José con Jesús y María, después del destierro de Egipto no fue a Jerusalén como él en principio habría deseado, porque de nuevo un ángel del Señor le advirtió de que Arquelao, el más cruel de los hijos de Herodes, reinaba por entonces en Jerusalén y en Belén.

Los evangelistas nada más nos dicen referente a san José, después de esto, salvo que  Jesús, junto con sus padres, se fue a vivir a Nazaret y de esta forma se cumplió de nuevo lo anunciado por los profetas en el sentido de que sería llamado el nazareno (Is 8, 23- 9,2) y (Mt 4, 14-16).

No cabe duda que sobre la figura de san José se sabe muy poco,  pero los creyentes nos sentimos impresionados ante la idea de que él fue digno de <custodiar los más ricos tesoros del cielo y de la tierra, y tuvo la dicha inefable de vivir en un taller, adonde se había trasladado la gloria del Paraíso> en palabras del  P. Fr. Justo Pérez de Urbel.

Su fiesta se hizo universal en el siglo XVII, fue proclamado patrono de obispados, de países, de órdenes religiosas… y ello dio lugar a que el Papa Pio IX en el año 1870 le proclamara <patrono universal>, mediante su decreto  <Quemadmodum Deus>.

 
A finales del siglo IXX el Papa León XIII publicó la Carta Encíclica dedicada a san José con el titulo <Quamquam pluries>. En general todos los Pontífices de los últimos siglos han sido devotos del Patriarca san José, por el cual han sentido gran admiración y cariño. Así por ejemplo al Papa Pio X se debe la aprobación de la <Letanía  en Honor a san José> y la autorización de su inserción en los libros litúrgicos.

Benedicto XV publicó en 1920, poco después de la 1ª Guerra Mundial, una Carta Encíclica sobre la paz y más tarde, una Carta Motú Proprio, invitando a todos los Obispos del mundo a celebrar el cincuentenario del patronazgo de san José, animando también a su grey a proseguir con la devoción a san José y a la Sagrada Familia. Pio XI también fue un gran devoto de san José, y con ocasión de la beatificación  de varios santos franceses, se refirió al patronazgo de san José con estas sentidas palabras:

“Este es un santo que al  entrar en la vida y se desgastó cumpliendo una misión de parte de Dios, la misión de conservar la pureza de María, de proteger a nuestro Señor, y de esconder, por medio de su admirable cooperación el secreto de la Redención. La santidad incomparable de san José tiene sus raíces en la grandeza de esta misión, ya que no fue confiada a ningún otro santo…Es evidente que en virtud de tan alta misión, san José poseía  ya el titulo de gloria que le corresponde, el de Patrono de la Iglesia Universal”

Muchos santos y santas lo han considerado su modelo y abogado, así Santa Teresa de Jesús (Doctora de la Iglesia) escribía esta bella semblanza suya:

 
“Tomé por abogado y señor al glorioso san José y  me encomendé  mucho a él… A otros santos parece les dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad; este glorioso santo tengo experiencia que socorre en todas y que quiere el Señor darnos a entender que, así como le fue sujeto en la tierra y como tenía el nombre de padre, siendo ayo, le podía mandar así en el cielo hacer cuanto le pide”

Hay muchas oraciones dedicadas al Patriarca san José, una de las más bellas, a nuestro juicio, es ésta para pedir la pureza:

“¡Oh custodio y padre de vírgenes, san José, a cuya fiel custodia fue encomendada la misma inocencia, Cristo Jesús, y la Virgen de las Vírgenes, María! Por estas dos carísimas prendas, Jesús y María, te ruego y suplico me alcance la gracia de que, preservado de toda impureza, pueda servir siempre castísimamente, con alma incontaminada, con corazón puro y con cuerpo casto, a Jesús y a María. Amén”

 
     


 

 
  

 

  

 

 

 

 

viernes, 1 de febrero de 2019

CUÁN HERMOSO ES EL CAMINO DEL BUEN PASTOR



 
 



¡Cuán hermoso es el camino del Buen Pastor! , el camino que conduce al Reino de Dios

El Papa Benedicto XVI en su Audiencia General  del 5 de octubre de 2011 al hablarnos del camino que conduce al Reino de Dios, nos recuerda que Jesús utiliza la simbología del <Buen Pastor>, evocando el ambiente nómada de los pastores y a las ovejas que componen su pequeño rebaño, porque:

“Esta imagen da un clima de confianza, intimidad y ternura: el pastor conoce una a una a sus ovejas, las llama por su nombre y ellas le siguen porque le reconocen y se fían de él (Jn 10, 2-4). Él las cuida, la custodia como bienes preciosos, dispuesto a defenderlas, a garantizarles bienestar, a permitir vivir en la tranquilidad. Nada puede faltar si el pastor está con ellas.

A esta experiencia hace referencia el salmista, llamando a Dios su pastor, dejándose guiar por Él hacia praderas seguras:

<en verdes praderas me hace reposar, me conduce hacia las aguas del remanso/ y conforta mi alma; me guía por los senderos de justicia, por honor a su nombre> (Sal 23 (22) 2-3)…



El Salmo 23 (22 ) nos invita a poner nuestra confianza en Dios abandonándonos totalmente en sus manos ( Me guía por los senderos de justicia, haciendo honor, a su nombre).Por tanto pidamos con fe que el Señor nos conceda, incluso en los caminos difíciles de nuestro tiempo, caminar siempre por sus senderos, como rebaño dócil y obediente, nos acoja en su casa, en su mesa, y nos conduzca hacia <Fuentes tranquilas>, para que, en la acogida del <Don de Dios> podamos beber en sus manantiales, <fuentes de aquella vida> que <salta hasta la vida eterna>”

Consejos muy sentidos y cercanos del Pontífice Benedicto XVI, que recuerdan también los del Apóstol amado del Señor, San Juan,  al relatar el encuentro de Jesús con una mujer samaritana, en el camino, de vuelta a Galilea.

Debía pasar el Señor forzosamente  por Samaria, región central de Palestina. Sus habitantes, a partir del destierro de Babilonia, en aquellos tiempos, estaban profundamente enfrentados a los judíos ortodoxos de Jerusalén, aunque la enemistad venia de épocas más lejanas, concretamente  de cuando las tribus del norte y el sur llevaban vidas autónomas y se desconocían mutuamente.

 


Ambos pueblos habían  llegado a la situación de considerarse mutuamente  gente indeseable, pero ello no fue óbice para Nuestro Señor Jesucristo, que entabló conversación con una mujer samaritana que acudía a sacar agua del llamado pozo de Jacob, en el pueblo de Sicar.

Aquella mujer lógicamente se extrañó mucho cuando Jesús le dijo (Jn 4, 7): <Dame de beber>, por ello le preguntó, quizás con algo de acritud (Jn 4, 9):

¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy mujer samaritana?

El pozo de Sicar, era un excavación en tierra, de unos 32 metros de profundidad, alimentada por una fuente subterránea, que como aseguro la mujer databa del tiempo de Jacob y que   había sido dado por él Patriarca, a los samaritanos para que bebieran agua, ellos y su ganado. Pero Jesús le dijo (Jn 4, 10):

< ¡Si conocieses el <Don de Dios> y quien es el que te dice: Dame de beber, tú le hubieras pedido, y Él te hubiera dado agua viva!>
 
 


El <agua viva>, del que hablaba Jesús, es el símbolo del Espíritu Santo (Don de Dios), y el Dador de esa agua es Jesucristo, el Hijo del hombre, el Mesías. Por eso ante el asombro de la mujer, que ya empezaba a considerar que la presencia allí, de aquel hombre, era algo extraordinario, Jesús siguió diciendo, refiriéndose al agua del pozo (Jn 4, 13-14):

<Todo el que bebiere de esa agua, tendrá sed otra vez; mas quien bebiere el agua que yo le diere, no tendrá sed eternamente/ sino que el agua que yo le daré se hará en él fuente de agua que salta para la vida eterna>

El <Agua viva> de la que hablaba Jesús era precisamente símbolo del Espíritu Santo  enviado por  el <Buen Pastor>, para facilitar a los hombres el camino que lleva a la vida eterna.  Por eso, con los  Sacramentos del Bautismo y la Confirmación los cristianos recibimos, el Don del Espíritu Santo, tal como podemos leer en el Catecismo de la Iglesia Católica (nº 1285):

“Con el Bautismo y la Eucaristía, el Sacramento de la Confirmación constituye el conjunto de los <sacramentos de iniciación cristiana>, cuya unidad debe ser salvaguardada. Es preciso, pues, explicar a los fieles que la recepción de este Sacramento es necesaria para la plenitud de la gracia bautismal. En efecto, a los bautizados “el Sacramento de la Confirmación los une más íntimamente a la Iglesia y los enriquece con una fortaleza especial del Espíritu Santo. De esta forma se comprometen mucho más, como auténticos testigos de Cristo, a extender y defender la fe con sus palabras y con sus obras” (Lumen Gentium, 11)
 
 

 
Desde  tiempos de los apóstoles, a los futuros cristianos  se les comunicaba el <Don de Dios>, mediante la imposición de las manos, de esta forma se cumplía la voluntad de Cristo de completar la venida del Espíritu Santo, dada en el Sacramento del Bautismo, con el Sacramento de la Confirmación. La costumbre de añadir, a la imposición de las manos en el Sacramento de la Confirmación, una unción con oleó se manifestó muy pronto en la Iglesia primitiva y esta unción ilustra el nombre de <cristiano> que significa <ungido> y que tiene su origen en Cristo, al que <Dios ungió con el Espíritu Santo>.

En efecto, tal como nos enseña el Papa Benedicto XVI:

“Ser cristiano quiere decir proceder de Cristo, pertenecer a Cristo, al Ungido de Dios, a Aquel al que Dios mismo ha ungido, pero no con aceite material, sino con Aquel al que el óleo representa: con el Espíritu Santo. El aceite de oliva es de un modo completamente singular símbolo de cómo el Hombre Jesús está totalmente colmado del Espíritu Santo” (La Alegría de la Fe; Papa Benedicto XVI; Ed. San Pablo 2012)

 


Por tanto, El Padre envió a su Hijo para darnos el Espíritu, el cual  nos otorga nueva vida con el Bautismo, pero es sólo el principio.  En la Confirmación recibimos la plenitud de los <Dones del Espíritu santo>, mediante la <unción>.

“Ungir significa preparar para el poder. El Antiguo y el Nuevo Testamento están llenos de historias de ungidos. Los reyes son ungidos cuando llegan al trono. Los profetas son ungidos al principio de su ministerio. Los sacerdotes ungen a los que les van a suceder en su labor sacerdotal.

No son meras ceremonias, tienen una especial eficacia y la virtud de obrar maravillas. Un ejemplo llamativo es el del rey Saúl, ungido por el profeta Samuel (1 Sam 10, 1-9). Samuel dirá: El Espíritu del Señor se apoderará de ti y profetizarás…y serán otros hombres. Acto seguido, la historia dice que Saúl se sintió un hombre nuevo…

Los primeros cristianos mostraban predilección por el Sacramento de la Confirmación, y lo designaban con distintos nombres poéticos:

<La imposición de manos, el sello de Dios, la impronta de Dios>.

Son imágenes que evidencian el amor paternal hacia unos hijos que alcanzan la madurez” (Comprometidos con Dios. la promesa y la fuerza de los Sacramentos; Scott Hahn; Ediciones Riald, S.A, Madrid 2006)

 


Así es, las propiedades del <Agua viva> prometida por Jesús a la mujer samaritana eran extraordinarias, porque simbolizaban también el <Don de Dios>, es decir la llegada del Espíritu Santo sobre su persona. Al igual que ella, los cristianos recibimos este Don a través del Sacramento de la Confirmación, revalidando su llegada inicial, en el Sacramento del Bautismo, ambos instituidos por Cristo, el <Buen Pastor>, para facilitarnos el <Camino> hacia el <Reino de Dios>.

Recordemos que el simbolismo del agua aparece con fuerza en varias ocasiones en el Evangelio del Apóstol San Juan y muy particularmente en el caso que estamos recordando de Jesús y la samaritana tal como nos sugiere el Papa Benedicto XVI en su libro <Jesús de Nazaret;  1ª Parte; Ed. La Esfera de los Libros, 2007):

“En el capítulo cuarto del Evangelio de San Juan, encontramos a Jesús junto al pozo de Jacob: el Señor promete a la samaritana un <Agua viva>, que será para quien beba de ella, fuente que salta para la <Vida eterna> (Jn 4, 14), de tal manera que quien la beba no <volverá a tener sed>. Aquí el simbolismo del pozo está relacionado con la historia de Israel”

No obstante, sigue el Papa razonando sobre este acontecimiento de la vida del Señor para llegar finalmente a la conclusión de que el <Agua> de la que Jesús habla durante su conversación con la samaritana, es un símbolo del <Pneuma>, de la verdadera fuerza vital que apaga la sed más profunda del hombre y que le da la vida plena, que él espera aún sin conocerla; se trata del Espíritu Santo, siempre presente en la vida de la Iglesia de Cristo, a través de sus Sacramentos:
 


“A través de la gracia de los Sacramentos, esta fuerza fluye en nuestro interior, como un rio subterráneo que  nutre el espíritu, nos atrae cada vez más cerca, de la fuente de nuestra verdadera vida, que es Cristo.

San Ignacio de Antioquia, que murió mártir en Roma a comienzo del siglo II, nos ha dejado una descripción espléndida de la fuerza del Espíritu que habita en nosotros. Él ha hablado del Espíritu como una <Fuente viva> que surge en su corazón y susurra: <Ven, ven al Padre>” (Los caminos de la vida interior; Benedicto XVI; Ed. Chronica S.L., 2011).

Sí, y para llegar al Padre hemos de seguir a Cristo, el <Buen Pastor>, debemos seguir su <Camino>, mirando fijamente a la meta, porque  tal como nos recuerda también el Papa Benedicto XVI:




“Dios lo ha exaltado a su derecha; por tanto hablar de Cristo como <archegos> (en griego, jefe que muestra el camino), significa que Cristo camina delante de nosotros, nos precede, nos muestra el camino. Y estar en comunión con Cristo, es la subida hacia lo alto…

Aquí, evidentemente, es importante  que se nos diga a dónde llega Cristo y a dónde tenemos  que llegar también nosotros: <Hypsosen> (las alturas) subir a la derecha del Padre. Seguir a Cristo no es sólo imitar sus virtudes, no es sólo vivir en este mundo de modo semejante a Jesús, en la medida de lo posible, según su palabra, sino  que es un <Camino> que tiene una meta. Y la meta es la derecha del Padre.

Este <Camino de Jesús>, el <Buen Pastor>, acaba a la derecha del Padre. El  horizonte de este seguimiento es  llegar a la derecha del Padre…

Debemos tener la valentía, la alegría, la gran esperanza de que la <Vida eterna> existe, es la verdadera vida, y de esta verdadera vida viene la luz que ilumina también este mundo.

Si bien se puede decir que, aún prescindiendo de la <Vida eterna>, del <Cielo prometido>, es mejor vivir según los criterios cristianos, porque vivir según la verdad  y el amor, aun sufriendo muchas persecuciones, en sí mismo es bien y es mejor  que todo lo demás, precisamente esta voluntad de vivir según la verdad y según el amor también debe abrir a toda la amplitud del proyecto de Dios para nosotros, a la valentía de tener ya la alegría en la espera de la <Vida eterna>, la subida siguiendo a nuestro <archegos> (el jefe que muestra el camino).

<Soter> es el Salvador  que nos salva de la ignorancia, busca las cosas últimas. El Salvador  nos salva de la soledad, nos salva de un vacio que permanece en la vida sin eternidad, nos salva dándonos el amor en su plenitud.

Él es la guía, Cristo (Buen Pastor), nos salva dándonos la luz, dándonos la verdad, dándonos el amor de Dios” (La alegría de la fe; Benedicto XVI; Ed. San Pablo; 2012)

 

Pero todavía, en este caminar mirando fijamente el <Camino del Buen Pastor>, para llegar a la meta deseada, la <Vida eterna>,  el Papa Benedicto XVI nos recuerda que hay dos temas muy importantes, que nunca podremos obviar: la <conversión> y  la <penitencia> (Ibid):

“Cristo, el Salvador, concedió a Israel la penitencia y el perdón de los pecados (metanoia) (He 5, 31). Para mí  se trata de una observación muy importante: la penitencia es una gracia. Existe  una tendencia en exégesis que dice: Jesús en Galilea anunció una gracia sin condición, totalmente incondicional; por tanto también sin penitencia, gracia como tal, sin condiciones humanas previas.

Pero esta es una falsa interpretación de la gracia. La penitencia es gracia; es una gracia que reconozcamos que tenemos necesidad de renovación, de cambio, de una transformación de nuestro ser.

Penitencia, poder hacer penitencia, es el don de la gracia. Y debo decir que nosotros, los cristianos, también en los últimos tiempos, con frecuencia hemos evitado la palabra penitencia, nos parecía demasiado dura.

Ahora, bajo los ataques del mundo que nos hablan de nuestros pecados, vemos que poder hacer penitencia es gracia. Y vemos que es necesario hacer  penitencia, es decir reconocer lo que en nuestra vida hay de equivocado, abrirse al perdón, prepararse al perdón, dejarse transformar.

El dolor de la penitencia, es decir, de la purificación, de la transformación, este dolor es gracia, porque es renovación, es obra de la misericordia divina.

Estas dos cosas que dice san Pedro: <penitencia y perdón>, corresponden al inicio de la predicación de Jesús: <metanoeite>, es decir, convertíos (Mc 1, 15). Por tanto, este punto fundamental: la <metanoia> no es algo privado, que parecería sustituido por la gracia, sino la que la <matanoia> es la llegada de la gracia que nos transforma.

Recordemos unas palabras del Evangelio, donde se nos dice que quien cree tiene la <Vida eterna> (Jn 3, 36). En la fe, en este transformarse, que la penitencia concede, en esta conversión, en este nuevo <Camino del vivir > (Camino del Buen Pastor), llegamos a la vida, a la <Verdadera vida>”

 


Sí, sería muy bueno poder decir, como en su día, dijo el poeta:

“Ando por mi camino, pasajero/ y a veces creo que voy sin compañía/ hasta que siento el paso que me guía/ al compas de mi andar, de otro viajero.

No veo, pero está. Si voy ligero/ el apresura el paso; se diría/ que quiere ir a mi lado todo el día/ invisible y seguro el compañero.

Al llegar al terreno solitario/ él me presta valor para que siga/ y, si descanso, junto a mí reposa.



Y, cuando hay que subir monte (Calvario/ lo llama él), siento en su mano amiga/ que me ayuda, una llaga dolorosa”

*José María Souvirón Huelín (Escritor, ensayista y crítico). Málaga (España) (1904-1973).