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miércoles, 14 de agosto de 2019

LA ASUNCION AL CIELO EN CUERPO Y ALMA DE LA VIRGEN MARÍA


 
 
 
Los santos Padres se muestran de acuerdo al afirmar que la Virgen María continuó su vida sobre la tierra,  después de la Muerte y Resurrección de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo. De hecho, se encontraba presente junto a los apóstoles el día de Pentecostés, cuando se produjo la venida del Espíritu Santo anunciada por Señor a los suyos…

Ella fue, según la Tradición de la Iglesia, quien contó al evangelista san Lucas las particulares circunstancias de la infancia del Niño Jesús. Los hagiógrafos aseguran también que hacia el año 45 d.C, la Virgen marchó a Éfeso acompañando al apóstol querido del Señor, san Juan, cumpliendo así con los deseos de Jesús, que había encomendado a éste el cuidado de su Madre. No obstante, se cree que algún tiempo después regresaría a Jerusalén y permanecería allí el resto de su vida sobre la tierra.

El gran teólogo, San Juan Damasceno (nació en Damasco en el año 675), no se atrevió a llamar muerte al Tránsito de la Santísima Virgen, mientras que otros Padres de la Iglesia prefirieron llamarla Dormición. De cualquier forma la partida de la Virgen María de este mundo tiene unas características muy especiales, se trata de una Asunción al cielo en cuerpo y alma.

 
 
 
La Asunción de la Virgen  fue declarada <Dogma de Fe> por el Papa Pio XII, el 1 de noviembre de 1950 en la constitución apostólica <Munificentissimus Deus>, sin embargo ésta hunde sus raíces en la fe de los primeros siglos de la Iglesia.

El Papa San Juan Pablo II en su Audiencia General del 2 de julio de 1997 nos indica respecto a este dogma  de la Asunción que:

“La <Munificentissimus Deus> se limita a afirmar la elevación del cuerpo de María a la gloria celeste, declarando esa verdad <dogma divinamente revelado>
 
 
 
¿Cómo no notar aquí que la Asunción de la Virgen forma parte, desde siempre, de la fe del pueblo cristiano, el cual, afirmando el ingreso de María en la gloria celeste, ha querido proclamar la glorificación de su cuerpo?

El primer testimonio de la fe en la Asunción de la Virgen aparece en los relatos apócrifos titulados <Transitus Mariae>, cuyo núcleo originario se remonta a los siglos II y III. Se trata de representaciones populares, a veces noveladas, pero que en este caso reflejan una intuición de fe del pueblo de Dios.
A continuación se fue desarrollando una larga reflexión con respecto al destino de María en el más allá.
 
 
 
 
Esto, poco a poco, llevó a los creyentes a la fe en la elevación gloriosa de la madre de Jesús, en alma y cuerpo, y a la institución en Oriente de las fiestas litúrgicas de la Dormición y de la Asunción de María.

La fe en el destino glorioso del alma y del cuerpo de la Madre del Señor, después de su muerte, desde Oriente se difundió a Occidente con gran rapidez y, a partir del siglo XIV, se generalizó.

En nuestro siglo, en vísperas de la definición del dogma, constituía una verdad universalmente aceptada y profesada por la comunidad cristiana en todo el mundo”
 
 
Por ejemplo, en Oriente aún se denomina <Dormición de la Virgen> y en un antiguo mosaico de Santa María la Mayor en Roma, tal como nos recuerda el Papa Benedicto XVI (Ángelus; lunes 15 de agosto de2011):

“Están representados los Apóstoles (basándose en un icono oriental de la Dormitio) que, advertidos por los ángeles del final terreno de la Madre de Jesús, se encuentran reunidos en torno de la Virgen. En el centro está Jesús, que tiene entre sus brazos a una niña: es María, que se hizo <pequeña> por el Reino y fue llevada por el Señor al cielo”

 
 
María se sometió gustosa a la muerte corporal, según san Juan Damasceno, siguiendo el ejemplo de su divino Hijo; pero a su Hijo le plugo resucitar al virginal cuerpo de su Madre antes de la común y universal corrupción, y uniéndolo con su alma gloriosa, lo trasladó al cielo.

Los hagiógrafos narran que cuando los fieles supieron  que María estaba para expirar, acudieron a su lado y los Apóstoles y discípulos que estaban esparcidos por el mundo se hallaron milagrosamente trasladados a la casa de Jerusalén donde se supone ocurrieron los hechos, para tributar los últimos respetos a la Madre del Salvador.

Juvenal, Patriarca de Jerusalén, Andrés Obispo de Creta, y san Juan Damasceno aseguran que los apóstoles fueron trasportados en una nube por ministerio de los ángeles.
 
 
 
 
Por su parte, afirma san Jerónimo (nacido en Dalmacia el año 340) que la milicia de la Corte Celestial salió  al encuentro de María entonando himnos y canticos.


Se desconocen las causas  del tránsito de María de este mundo, el Nuevo Testamento no da ninguna información al respecto; sin embargo existen algunas teorías en este sentido. A este propósito San Francisco de Sales (nacido en Saboya en 1567) consideraba que la muerte de la Virgen María se produjo como efecto de un ímpetu de amor.

Tal como nos recuerda el Papa Juan Pablo II en su Audiencia General del miércoles 25 de junio de 1997):

 
 
“San Francisco de Sales habla de una muerte <en el amor, a causa del amor y por amor>, y por eso llega a afirmar que la Madre de Dios murió de amor por su hijo Jesús (Traité de l’Amour de Dieu, Lib. 7, cc. XIII-XIV)”

Y como sigue diciendo este Pontífice (Ibid):

“Cualquiera que haya sido el hecho orgánico y biológico que, desde el punto de vista físico, le haya producido la muerte, puede decirse, que el tránsito de esta vida a la otra fue para María una maduración de la gracia en la gloria, de modo que nunca mejor que en ese caso la muerte pudo concebirse como una <Dormición>.

Algunos Padres de la Iglesia describen a Jesús mismo que va a recibir a su Madre en el momento de la muerte, para introducirla en la gloria celeste.

 
 
 
Así presentan la muerte de María como un acontecimiento de amor que la llevó a reunirse con su Hijo divino, para compartir con él la vida inmortal. Al final de su existencia terrena habrá experimentado, como san Pablo y más que él, el deseo de liberarse del cuerpo para estar con Cristo para siempre (Flp 1, 23)”   

La Tradición de la Iglesia considera que probablemente el santo cuerpo de la Virgen fue trasladado a Getsemaní, para darle sepultura  y que la tumba se cerraría con una gran piedra, como era la costumbre, mientras que fieles y discípulos pasarían los días y las noches cuidando del sepulcro…

San Agustín dice que no era conveniente que el Salvador dejase en la sepultura el cuerpo del cual el suyo había sido formado y según san Juan Damasceno, Tomás, el único apóstol que no estaba presente cuando ocurrieron estos hechos, deseaba ardientemente ver el sagrado cuerpo. Pareciéndoles a los apóstoles algo razonable, se abrió el sepulcro; dentro solo encontraron los lienzos con los que la Virgen había sido amortajada. Se había producido el misterio de la Asunción de la Virgen a los cielos en cuerpo y alma.
 
 
 
 
¿Podría haber ocurrido de otra manera? ¿Podría el Señor haber obrado de otra manera con aquella de quien había tomado la naturaleza humana? ¿Podría permitir Él, Dios y Señor, que se corrompiera el cuerpo de aquella cuya virginidad había protegido Él tan celosa y admirablemente conservándola siempre ilesa e Inmaculada?...


Son preguntas a las que el Padre Fr. Justo Pérez de Urbel respondía así:

“Para María estaban escritas aquellas palabras que la Liturgia de la Misa de este día de fiesta aplica:

<Mi morada está en la comunidad de los santos. Me he elevado como un cedro del Líbano, como un ciprés en el monte Sión>

María eligió la mejor parte, y de ello debemos regocijarnos nosotros, sus hijos, que hemos de participar de su gloria, pues todo el poder que hoy (15 de agosto) recibe del Padre lo ha de emplear ella para procurar nuestra gloria y nuestra felicidad”

 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



domingo, 4 de agosto de 2019

LA PAZ DEPENDE TAMBIÉN DE TI Y DE MÍ


 
 
 
 
 
Así se expresaba, allá por el siglo pasado, el Papa san Pablo VI, y tenía realmente razón, la Paz no es solo cosa de los dirigentes de las naciones; la Paz depende de todos los seres humanos, de ti y de mí…

¿Pero, por qué?, la respuesta podría ser algo tan sencillo como porque <la Paz es posible>, tal como aseguraba en su día este santo Pontífice. Basándose en este referente, en su Mensaje para la celebración de la VII Jornada de la Paz (1 de enero de 1974), el Papa hacía este llamamiento a los hombres y mujeres de su época:

 
 
 
 
“Hombres hermanos, hombres de buena voluntad, hombres de prudencia, hombres que sufrís: Creed en nuestro grito incansable.La Paz es el ideal de la humanidad. La Paz es necesaria. La Paz es un deber. La Paz es una ventaja. No se trata de una idea fija e ilógica nuestra; no es una obsesión, una ilusión…

Es una certeza; sí, una esperanza; tiene en su favor el porvenir de la civilización, el destino del mundo; sí, la Paz.

Estamos tan convencidos de que la Paz constituye la meta de la humanidad en vías de alcanzar conciencia de sí misma y en vías hacia un desarrollo civil sobre la faz de la tierra, que hoy, como ya lo hicimos el año pasado, nos atrevemos a proclamar para el año nuevo y los años futuros: <La Paz es posible>.

Porque, en el fondo, lo que compromete la solidez de la Paz y el favorable desenvolvimiento de la historia, es la secreta y escéptica convicción de que es prácticamente irrealizable.

Bellísimo concepto, se piensa, sin decirlo, optima síntesis de las aspiraciones humanas; pero un sueño poético y una utopía falaz. Una droga embriagante, pero que debilita. Hasta renace en los ánimos como una lógica inevitable: lo que cuenta es la fuerza; el hombre, a lo sumo, reducirá el conjunto de las fuerzas al equilibrio de su confrontación, pero la organización no puede prescindir de la fuerza”

 

 
 
Llega aquí el gran Pontífice a una de las claves del tema sobre la Paz; debemos reconocerlo, en general, la historia de los hombres así lo denuncia, se piensa que la Paz total es prácticamente imposible, es impracticable, porque es <un sueño, una utopía una droga embriagante que puede debilitar a la humanidad>…

Por desgracia, esto ha sido considerado por los hombres así, a lo largo de los siglos, salvo en raras ocasiones, sin embargo algún hombre lucido ha manifestado francamente su opinión en contra de esta idea.

Entre estos hombres preclaros se encuentra sin duda nuestro Papa actual el cual en cierta ocasión manifestaba que la paz se basa en el respeto a cada persona, en el respeto del derecho y del bien común, con estas palabras (Papa Francisco; 52 Jornada mundial de la Paz; 1 enero de 2019):

 
 
“Cien años después del fin de la Primera Guerra Mundial, y con el recuerdo de los hombres caídos durante aquellos combates y las poblaciones civiles devastadas, conocemos mejor que nunca la terrible enseñanza de las guerras fratricidas, es decir que la paz jamás puede reducirse al simple equilibrio de la fuerza y el miedo.


Mantener al otro bajo la amenaza significa reducirlo al estado de objeto y negarle la dignidad. Es la razón por la que reafirmamos que el incremento de la intimidación, así como la proliferación incontrolada de armas son contrarias a la moral y a la búsqueda de una verdadera concordia.

El terror ejercido sobre las personas más vulnerables contribuye al exilio de poblaciones enteras en busca de una tierra de paz. No son aceptables los discursos políticos que tienden a culpabilizar a los emigrantes de todos los males y a privar a los pobres de esperanza.

 
 
En cambio, cabe subrayar que la paz se basa en el respeto de cada persona, independientemente de su historia, en el respeto del derecho y del bien común, de la creación que nos ha sido confiada y de la riqueza moral transmitida por las generaciones pasadas”


Sí, la indiferencia ante Dios supera la esfera intima de cada persona y alcanza a la esfera pública y social olvidando todas estas cosas que muy bien nos ha recordado el Papa Francisco recientemente, pero que son sabidas del hombre desde siempre, a pesar de su actual indiferencia…

Conviene por ello, al menos a los cristianos, rememorar aquellas enseñanzas que hemos recibido por parte de los Pontífices de la Iglesia de Cristo, a lo largo de los siglos, empezando por los más cercanos a nuestro momento histórico.

Concretamente nos viene a la memoria aquel Discurso a los miembros del Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, pronunciado por el Papa Benedicto XVI un 7 de enero del año 2013:

 
 
“El evangelio de san Lucas nos narra que los pastores, en la noche de Navidad, escucharon los coros angélicos que glorificaban a Dios e invocaban la paz sobre la humanidad.


El evangelista subraya así la estrecha relación entre Dios y el deseo ardiente del hombre de cualquier época de conocer la verdad, de predicar la justicia y vivir en paz.

A veces hoy se nos hace creer que la verdad, la justicia son una utopía y que se excluyen mutuamente.

 
 
Parece imposible conocer la verdad y los esfuerzos por afirmarla parece que desembocan  con frecuencia en la violencia. Por otra parte, y de acuerdo con una concepción muy difundida, el empeño por la paz consistiría en una búsqueda de los compromisos que garantizan la convivencia entre los pueblos o entre los ciudadanos dentro de una nación.


Desde el punto de vista cristiano, por el contrario, existe un vinculo intimo entre la glorificación a Dios y la paz de los hombres sobre la tierra, de modo que la paz no es fruto de un simple efecto humano sino que participa del mismo amor de Dios.

 
 
Y precisamente este olvido de Dios, en lugar de su glorificación, es lo que engendra la violencia. En efecto, ¿Cómo se puede llevar a cabo un diálogo autentico cuando ya no hay una referencia a una verdad objetiva y trascendente?


En este caso, ¿Cómo se puede impedir el que la violencia, explicita u oculta, no se convierta en la norma última de las relaciones humanas?

En realidad, sin una apertura a la trascendencia, el hombre cae fácilmente presa del relativismo, resultando difícil actuar de acuerdo con la justicia y trabajar por la paz”

 

 
 
En efecto, <sin una apertura a la trascendencia, el hombre cae fácilmente presa del relativismo, resultándole muy difícil actuar de acuerdo con la justicia y trabajar por la Paz. Por eso como aseguraba el Papa Francisco:


“El olvido y la negación  de Dios, llevan al hombre a no reconocer alguna norma por encima de sí y a tomar solamente a sí mismo como norma y ha producido crueldad y violencia sin medida.

En el plano individual y comunitario, la indiferencia hacia el prójimo, hija de la indiferencia hacia Dios, asume el aspecto de inercia y despreocupación, alimenta el persistir de situaciones de injusticia y en grave desequilibrio social, los cuales a su vez, pueden conducir a conflictos o, en todo caso, general un clima de insatisfacción que corre el riesgo de terminar, antes o después, en violencia e inseguridad.


 
 En este sentido la indiferencia, la despreocupación que se deriva, constituyen una grave falta al deber que tiene cada persona de contribuir, en la medida de sus capacidades y del papel que desempeña en la sociedad, al bien común, de modo particular a la paz, que es uno de los bienes más preciosos de la humanidad  (Exhortación apostólica <Evangelii gaudium>; Papa Francisco, 24 de noviembre de 2013)”


Ciertamente, debemos siempre pedir al Señor  para que nos libre del tormento de las guerras y de la estrategia del miedo porque  como muy bien nos  enseñaba el Papa  Pablo VI en el siglo pasado:

“La paz debe ser <hecha>, debe ser engendrada y producida continuamente; es el resultado de un equilibrio inestable que sólo el movimiento puede asegurar. Las mismas instituciones que en el orden jurídico y en el concierto internacional tienen la función y el merito de proclamar y de conservar la paz alcanzan su providencial finalidad cuando están continuamente en acción, cuando en todo momento saben engendrar la paz, hacer la paz.

 
 
Esta necesidad brota principalmente del devenir humano, del incesante proceso evolutivo de la humanidad. Los hombres suceden a los hombres, las generaciones a las generaciones. Aunque no se verificase ningún cambio en las situaciones jurídicas e históricas existentes, seria en todo caso necesaria una obra <in fieri> para educar a la humanidad a permanecer fiel a los derechos fundamentales de la sociedad: éstos tienen que permanecer y guiaran la historia  un tiempo indefinido, a condición de que los hombres que cambian, y los jóvenes que vienen a ocupar el puesto de los ancianos que desaparecen, sean educados sin cesar en la disciplina del orden que tutela el bien común y en el ideal de la paz.

En este sentido, hacer la paz significa educar para la paz. Y no es una empresa pequeña ni tampoco fácil”

No, no es una empresa fácil mantener la paz, si lo fuera, ya haría tiempo que las confrontaciones entre los hombres habrían desaparecido de la faz de la tierra. Todo lo contrario, en este nuevo siglo observamos un recrudecimiento de las mismas entre pueblos y aún entre hermanos… 


 
 
¿Qué es necesario hacer a este respecto? El Papa san Pablo VI lo tenía muy claro <Mensaje de su santidad Pablo VI para la celebración de la IX Jornada de la Paz, celebrada el 1 de enero de 1976>: “Aquí entramos en el campo futurible de la humanidad ideal, de la humanidad nueva que hay que crear y educar; de la humanidad despojada de sus potentísimas y mortíferas armaduras militares, pero mucho más revestida y reforzada con connaturales principios morales. Son principios  ya existentes, en estado teórico e infantiles prácticamente, débiles y delicados todavía, casi al principio de su inserción en la conciencia profunda y eficaz de los pueblos”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 31 de julio de 2019

EL RETO DE LA EVANGELIZACIÓN: SIGLO XVIII- EL SIGLO DE LAS LUCES (1ª Parte)



El apóstol concretamente, hace en su Carta un llamamiento a la <unidad en el amor>, al objeto de alcanzar una vida nueva en Cristo (Ef 4, 2-7):

“Sed humildes, amables y pacientes. Soportaos los unos a los otros con amor / Mostraos solícitos en conservar, mediante el vinculo de la paz, la unidad que es fruto del Espíritu / Uno sólo en el cuerpo y uno sólo en el Espíritu, como también una sola es la esperanza que encierra la vocación a la que habéis sido llamados / Un solo Señor, una fe, un bautismo / un Dios que es Padre de todos, que está sobre todos, actúa en todos y habita en todos / A cada uno de nosotros, sin embargo, se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo”

 

 
 
Como diría el Papa Benedicto XVI, refiriéndose a estas palabras de san Pablo: “No es difícil comprender la fascinación que generó tal mensaje, la esperanza que despertó…

En efecto, el anuncio de la unidad de los hombres y el empeño por hacerla valer en un mundo desunido, fue y es algo grande; gracias a ello la historia tomó otro rumbo, y ni siquiera podemos pensar en volver atrás…

 
 
 
La tentación a la intolerancia y al establecimiento de un insano absolutismo intramundano, capaz de cuestionar a los otros para toda la eternidad, se tornó enorme, y bajo las circunstancias de algunos periodos de la historia,  pudo llegar a ser insuperable…”

Así sucedió, por ejemplo, en el <Siglo de las luces>, en el siglo XVIII. En efecto, desde  principios de este siglo se alcanzó la plenitud del desarrollo político iniciado en siglos pasados. Así, los reyes que al principio de la <Edad Moderna>, despojaron a los nobles de la soberanía que hasta entonces habían disfrutado sobre los feudos, fueron reafirmando su autoridad de dueños absolutos hasta el siglo XVIII en el que su poder alcanzó la cumbre.

En semejantes condiciones se produjo el llamado fenómeno de la <ilustración>, al que paralelamente acompañó el sistema de gobierno denominado <despotismo ilustrado>, cuyos fundamentos se resumen en esta significativa frase: <Todo para el pueblo pero sin el pueblo>.

 
 
Los eruditos de la época sin embargo fueron protegidos por la realeza, pero el desarrollo de un frio racionalismo, provocó el ateísmo generalizado; los hombres se alejaron en gran medida de Cristo y de su Iglesia. Precisamente estos mismos hombres serán los que sentarán las bases ideológicas de futuros movimientos revolucionarios.

Se puede decir, en definitiva, que así como el siglo XVII se caracterizó por un gran confusionismo teológico y tendencia al absolutismo, el siglo XVIII presenta, además del absolutismo, como característica propia, el llamado <Filosofismo>.

El Filosofismo parece ser, que en principio, provenía de un cierto movimiento contrario a la Iglesia de Cristo y  a su Cabeza, el Papa de  Roma…

Por otra parte, los seguidores de estos movimientos, negaban la autoridad de las Santas Escrituras en aquellos puntos que no fueran totalmente comprensibles para los hombres y de esta forma dejaban de lado la fe en la Palabra de Dios… Se produjo así una forma del pensamiento humano o ideología naturalista, que rechazaba todo lo que se pudiera considerar sobrenatural.



Finalmente el materialismo <puro y duro> llegaba a negar la espiritualidad del alma…

Todas estas doctrinas malsanas, traspasaron las barreras de muchos países, dejando a su paso la falsa semilla del llamado <libre examen>…

Resumiendo, todos estos idearios formaron parte del filosofismo, que como tal había nacido de la mano de libres pensadores entre los que se contaban intelectuales, escritores y eruditos en general, que trataron de menoscabar los fundamentos de la Iglesia católica.

 
 
El filosofismo al recibir este nombre, llegó a ser el exponente de una soberbia malsana, propia del enemigo común, que denostaba a los grandes teólogos de la Iglesia, como a san Agustín y santo Tomás de Aquino, y que incluso se atrevía a decir que hasta entonces no había habido filósofos o científicos dignos de consideración…


Desgraciadamente se puede asegurar, que el llamado <pensamiento ilustrado>, caracterizó el comportamiento y el sentir de una gran mayoría de los habitantes del Continente europeo durante el siglo XVIII,  extendiéndose también  a las colonias europeas en el Nuevo Mundo.
 
 
 
Por otra parte, con independencia de su nacionalidad, se denominaron <filósofos>, a los pensadores del siglo de las luces. No obstante estos filósofos  difícilmente se puede asegurar que lo fueran en el sentido de pensadores abstractos  propiamente dichos; por ejemplo, estos pensadores evitaron las formas de expresarse que resultarán excesivamente eruditas y se jactaron de la claridad y estilo de sus razonamientos.



Se comprende en seguida, que en un ambiente intelectual tan controvertido como el observado en este siglo, la labor evangelizadora de la Iglesia, con sus Pontífices a la Cabeza, se viera comprometida en grandes polémicas y disputas sobre las verdades del Mensaje de Cristo, con resultados muchas veces adversos.

 
 
 
 
La labor pastoral de los representantes de Cristo sobre la tierra, se vio involucrada, sin desearlo, en los temas de carácter político del aquel momento histórico en que ejercieron su misión evangelizadora...


Así sucedió, por ejemplo, en el caso del primer Papa de este siglo Clemente XI (Gianfrancesco Albani) (1700-1721), cuyo Pontificado se inició poco antes de la muerte de Carlos II, un rey enfermizo que heredó la corona de la Península Ibérica a los cuatro años de edad, bajo la regencia de su madre Mariana de Austria, asistida por una junta de gobierno.

Indefectiblemente  durante el reinado de Carlos II los validos de la reina trataron de manipular al soberano, el cual se vio obligado a aceptar casarse en distintas ocasiones con el único objetivo de conseguir un heredero para la corona, con resultados negativos…
Tras la caída en desgracia de los últimos favoritos de la reina, Carlos II pretendió gobernar de forma autónoma, pero eso sí, auxiliado a su  vez por D. Juan Angulo, un hombre que resultó ser de escasa capacidad y que ejerció una influencia funesta sobre el rey.

Tras largas luchas por el poder, amenazado Carlos II con el argumento de que o designaba como sucesor  al nieto de Luis XIV o los territorios españoles tendrían que repartirse, optó por conservar la integridad de la corona y designó como su sucesor a Felipe de Anjou.

Felipe V (Felipe de Anjou) entró a España en enero de 1701, cuando contaba con solo dieciocho años. Es destacable su actuación en la llamada guerra de la Sucesión, que le valió el apelativo de Animoso…

 
 
El Papa Clemente XI que demostró enseguida que era un hombre muy piadoso, de alguna forma se vio involucrado en temas  de tipo político, poniéndose de parte del emperador José I que consideraba que su sobrino el archiduque Carlos tenía más derechos que nadie a la corona de España. Los franceses respondieron entonces a este apoyo de Roma, invadiendo el Milanesado.

Por su parte, Felipe V destituyó al nuncio que el Papa había enviado a Barcelona y desembarcó en Nápoles exigiendo se le otorgase la investidura. La guerra estalló en Europa que se vio dividida, hasta que por fin, gracias al matrimonio de Felipe V con Isabel de Farnesio se logró una tregua con Roma.

Pese a todo, el Papa Clemente XI, temeroso de una ofensiva austriaca, reforzó sus fronteras y formó un ejército para defenderlas. Por otra parte, suplicó al emperador que dispensara a Italia del conflicto bélico con España, pero el príncipe Eugenio entró a su vez en el Milanesado, haciendo retroceder al Pontífice hasta Roma.

La muerte del emperador José I llevó al trono austriaco al archiduque Carlos, lo que impulsó a Inglaterra y  Holanda a abandonar la lucha, pues en caso de victoria quedaría reconstruido el imperio de Carlos V. Por los tratados de Utrecht-Rastatt (1714), Austria adquiría Nápoles, Cerdeña, Milán y Flandes y concesiones comerciales en América.

Como hemos recordado, el Papa Clemente XI se vio envuelto en todos estos acontecimientos inevitablemente, y además se enfrentó a otros problemas religiosos que trataban de minar la fe de los creyentes. Nos referimos al rebrote del jansenismo, un movimiento religioso que había surgido en el siglo XVI y que tenía como referente el libro titulado <Augustinus> cuyo autor fue el obispo  Cornelio Jansen, el cual había mal interpretado las enseñanzas de san Agustín (1585-1638).


El éxito de este movimiento religioso tan permisivo en ciertos aspectos, fue  debido a que disfrazaba los graves errores sobre la doctrina de Cristo, con unas prácticas místicas muy sugerentes, que fueron muy bien acogidas, por desgracia, en algunos monasterios de monjas, principalmente en Port-Royal (Francia).

El jansenismo fue rechazado por el Papa Inocencio X (1644-1655) y por los Papas posteriores, hasta que Clemente XI en 1713 lo condenó de forma definitiva mediante la Bula <Unigenitus>, la cual a pesar de todo encontró resistencia en una asamblea presidida por el cardenal Noailles, y con ello se puso en duda la infalibilidad del Papa, pero éste, valientemente se enfrentó a la asamblea haciendo que el arzobispo se retractara de sus graves errores…

Entre tanto, el rey de España Felipe V desterró a Alberoni, un valido que había jugado un importante papel durante su mandato, recomendado, como era, de la princesa de Ursinos (segunda esposa del rey). Tras el destierro  de este hombre, España firmó la paz con Francia e Inglaterra, reconociendo los acuerdos de Utrecht.
 
 
 
 


Los jesuitas se encontraron en la tesitura  (aunque mayoritariamente consideraban totalmente rechazable el hecho de que los conversos siguieran practicando rituales religiosos en honor a Confucio y a Buda, además de otras prácticas Taoístas), de aceptar ciertas tradiciones de estos pueblos al principio, con la idea de atraerse la voluntad de las gentes hasta que  acabaran abandonando aquellas prácticas a favor del Mensaje de Cristo.

Con objeto de acabar con esta anómala situación el Papa Clemente XI  envió legados para entrevistarse con el emperador de China y hacerle ver que era necesario el total abandono de estos rituales a los conversos. El emperador que esperaba todo lo contrario por parte de Roma, al enterarse de las intenciones de los legados del Papa, los despidió sin contemplaciones y amenazó a los jesuitas con expulsarles si se volvía a tocar el tema, lo cual hizo finalmente además de destruir todas las Iglesias cristianas, lo que provocó un gran dolor al Papa y a los creyentes de todo el mundo.

 
 
Verdaderamente el Papa Clemente XI fue un hombre de vida irreprochable que se encargó de la Barca de Pedro con gran amor y prudencia y que estaba muy preocupado por el tema de la evangelización, como demuestra el hecho de interesarse vivamente, al igual que los Pontífices anteriores, por las beatificaciones y canonizaciones de aquellos hombres y mujeres que habían alcanzado la santidad durante sus vidas.

Entre las canonizaciones más conocidas citaremos la  de Catalina de Bolonia (1413-1463), una mujer llamada a la santidad que había nacido en Bolonia (Italia),  en  el seno de una familia noble y rica. Fue educada con esmero, adquiriendo una vasta cultura, tanto en el campo de las letras, como en el de las ciencias, algo verdaderamente extraordinario para las mujeres, en aquella época.

Siendo aún muy joven fue llevada a la corte de Ferrara como dama de la princesa Margarita de Este; la vida de lujo y desenfreno de la corte no llegaron a seducirla porque el Señor le tenía reservado otro camino más placentero. Por eso, en cuanto la princesa Margarita se desposó, ella se alejo de la corte, ingresando al poco tiempo en un monasterio de Ferrara.

Bajo la rígida regla de las clarisas tomó los hábitos en 1432 y desde ese momento hizo de su vida un dechado de humildad y amor hacia el prójimo. Sus hermanas la admiraban y querían en extremo por su gran caridad y despego de las cosas de este mundo.
 
 
 
 
Totalmente inmersa en sus prácticas espirituales, sufrió el acoso del maligno, pero salió victoriosa de las pruebas a las que la sometió y el Señor la premió con el regalo de visiones y éxtasis que favorecían su camino hacia la santidad. A pesar de esta vida ascética y milagrosa, tuvo tiempo también para reflejar en sus escritos sus experiencias religiosas con el deseo de  evangelizar a los que más pudiera. El Señor la favoreció también en esto porque sus libros tuvieron gran aceptación por parte de los creyentes y no creyentes a lo largo de los siglos.


Entre sus obras más conocidas cabe destacar las <Siete armas para la batalla espiritual> y el <Rosario métrico de la vida de la Virgen María y de los Misterios de la Pasión de Cristo>.

En la primera de estas dos obras la santa específica que las armas que el alma puede emplear, en esta vida,  para alcanzar la santidad son: <la diligencia en el bien obrar>, la <desconfianza de uno mismo>, la <confianza en Dios>, la <situación de nuestro peregrinar hasta la muerte>, <la memoria de los bienes que nos esperan> y la <meditación de las santas Escrituras>.
La primera edición impresa que se conoce data de 1475, gracias a sus hermanas clarisas. Más tarde esta obra fue bien conocida, siendo traducida prácticamente a todas las lenguas del viejo Continente.
 
 
 
 


Catalina de Bolonia es una mujer admirable, además de por  su santidad, por ser una de las grandes figuras intelectuales del siglo XV, destacando no solo por sus escritos sino también por sus pinturas ya que dominaba la técnica de la miniatura con la cual adornó las páginas de muchas de sus obras. Es muy conocida la que realizó de la Virgen con el Niño; por eso los pintores la eligieron como su Patrona.

 
 
Llena de virtudes y santidad, gozó de uno de los primeros lugares en la orden de las clarisas y en general en la Iglesia de Cristo, sobre todo a raíz de los prodigios que se produjeron en torno y después, de su muerte. Su cuerpo incorrupto es objeto de gran veneración hasta nuestros días.