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jueves, 21 de noviembre de 2019

TIEMPO DE ADVIENTO: ¿QUIÉN ES EL QUE VIENE? ¿PARA QUE VIENE?



 Esto lo saben los niños, lo saben también los hombres que participan de la alegría de los niños y parece que se hacen  niños ellos también la noche de Navidad. Sin embargo, muchos son los interrogantes que se plantean. El hombre tiene derecho e incluso el deber de preguntar para saber. Hay asimismo quienes dudan y parecen ajenos a la verdad que encierra la Navidad, aunque participan de su alegría.
Precisamente para esto disponemos del tiempo de Adviento, para que podamos penetrar en esta verdad esencial del cristianismo cada año de nuevo”


 
 
 
 
Cuánta razón tenía este santo Pontífice, muchos hombres y mujeres cristianos o no, participan de la alegría que caracteriza la festividad de la Navidad, eso sí, sin pensar demasiado sobre el profundo significado de esta entrañable época del año. Se piensa sobre todo en el disfrute que supone el reencuentro con los seres queridos, que en ocasiones hace tiempo estaban lejos; se piensa también en las comidas, en los regalos, en tantas cosas maravillosas que hacen felices a los hombres, aunque no todos los hombres puedan disfrutarlas…

Es por eso conveniente que en el tiempo llamado de Adviento reflexionemos  un poco más profundamente sobre la Navidad, sobre el significado de la misma y para ello es sumamente oportuno recordar las enseñanzas de nuestros Papas; así por ejemplo san Juan Pablo II aseguraba  que (Ibid):



“La verdad del cristianismo corresponde a dos realidades fundamentales que no podemos perder de vista. Las dos están estrechamente relacionadas entre sí. Y justamente este vínculo íntimo, hasta el punto que de que una realidad parece explicar la otra, es la nota característica del cristianismo.


Si seguimos considerando los dos términos de la cuestión, jamás se obtendrá una respuesta satisfactoria a esta pregunta. De hecho el cristianismo es antropocéntrico precisamente porque es plenamente teocéntrico; y al mismo tiempo es teocéntrico gracias a su antropocentrismo singular.
Pero es cabalmente el misterio de la Encarnación el que explica por sí mismo esta relación. Y justamente por eso el cristianismo no es solo una <religión de Adviento>, sino el Adviento mismo. El cristianismo vive el misterio de la venida real de Dios hacia el hombre, y de esta realidad palpita y late constantemente.

 
 
 
 
Ésta es sencillamente la vida misma del cristianismo. Se trata de una realidad profunda y sencilla a un tiempo, que resulta cercana a la comprensión y sensibilidad de todos los hombres y, sobre todo, de quien sabe hacerse niño con ocasión de la noche de Navidad. No en vano dijo Jesús una vez: <Si no os volviereis  y os hiciereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos (Mt 18, 3).

Para comprender hasta el fondo esta doble realidad de la que late y palpita el cristianismo hay que remontarse hasta los comienzos mismos de la Revelación o, mejor, hasta los comienzos casi del pensamiento humano…
El Adviento, en cuanto tiempo litúrgico del año eclesial, nos remonta a los comienzos de la Revelación. Y precisamente en los comienzos nos encontramos enseguida con la vinculación fundamental de estas dos realidades: <Dios> y <el hombre>”

 



 

“El Adviento nos invita a detenernos en silencio, para captar una presencia. Es una invitación a comprender que los acontecimientos de cada día son gestos que Dios dirige, signos de su atención por cada uno de nosotros: ¡Cuan a menudo, Dios, nos hace percibir su amor! …
El Adviento nos invita y nos estimula a contemplar al Señor presente. La certeza de su presencia: ¿No debería ayudarnos a ver el mundo de otra manera? ¿No debería ayudarnos a considerar toda nuestra existencia como <visita>, como modo en que Él puede venir a nosotros y estar cerca de nosotros, en cualquier situación? “

 



 

Sin duda, desde la antigüedad los cristianos querían significar con esta palabra <Adventus> que Dios estaba aquí, que no se había retirado del mundo, que no nos había dejado solos, como ciertos hombres querrían hacernos creer…

Para el creyente católico, en particular, es impensable considerar que Dios, aunque es nuestro Creador, nos abandonó sin más… En una palabra, se despreocupó totalmente del género humano…
Por eso, en este tiempo de Adviento, la certeza de su presencia tiene que ayudarnos a ver el mundo de otra manera, como nos decía el Papa, tiene que ayudarnos a considerar toda nuestra existencia como <visita>, como un modo en el que Dios puede venir a nosotros a través de su  Hijo unigénito, Nuestro Señor Jesucristo, y ello puede ser causa de nuestra gran esperanza, porque tal como nos recordaba el Papa Benedicto XVI (Ibid):

“La esperanza marca el camino de la humanidad, pero para los cristianos está animada por una certeza: El Señor está presente a lo largo de nuestra vida, nos acompaña y un día enjugará también nuestras lágrimas. Un día, no lejano, todo encontrará cumplimiento en el Reino de Dios, reino de justicia y de paz”

Ciertamente el cristianismo se caracteriza por su capacidad para soportar incluso las mayores vicisitudes de la vida, que asumen gracias a su forma de entender la esperanza. Sí, porque como sigue advirtiendo el Papa Benedicto XVI (Ibid):



En cambio, cuando el tiempo está cargado de sentido, y en cada instante percibimos algo específico y positivo, entonces la alegría de la espera hace más valioso el presente”

Sí, esta es la alegría de la Navidad que se aproxima para el pueblo de Dios, la llegada del Niño Jesús que ya siempre nos acompañará a lo largo de todo el año próximo y por supuesto de todos los demás, hasta el fin de nuestros días sobre la tierra…
No obstante, no hay que obviar el hecho de que el enemigo común está siempre acechando al hombre y  en este tiempo de preparación a la llegada del Señor, en este tiempo de Adviento, sigue estando cerca de cada uno de nosotros. La lucha contra él y contra sus acólitos debe ser constante por parte del creyente, y esto ha sido así desde siempre y en particular desde aquel mismo momento en el que Cristo fundó su Iglesia.


 
 
 
En este sentido, viene bien recordar las palabras de san Pablo a la Iglesia de Tesalónica cuando en su primera carta oraba así (1Tes 3, 11-13): “Que Dios mismo, nuestro Padre y nuestro Señor Jesús, dirija nuestros caminos para poder veros / y que el Señor os colme y os haga rebosar en la caridad de los unos con los otros y en la caridad de todos hacia todos / para que se confirmen vuestros corazones en una santidad sin tacha ante Dios, nuestro Padre el día de la venida de nuestro Señor Jesús con todos sus santos. Amén”

Precisamente el Papa Francisco recordando esta carta de san Pablo a los tesalonicenses, en su Homilía el domingo de Adviento-Sábado 30 de noviembre de 2013 nos ofrecía esta enseñanza tan admirable :

 



“La plenitud de la vida cristiana que Dios realiza en los hombres, está siempre acechada por la tentación de ceder al espíritu mundano. Por eso Dios nos dona su ayuda, con la cual podemos perseverar y preserva los dones que el Espíritu Santo nos ha dado, la vida nueva que Él nos da. Custodiando esta <savia> saludable de nuestra vida, todo nuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, se conserva <irreprensible e intachable>”

 

 

 

  

 

 

 

  

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 13 de noviembre de 2019

LA AUSENCIA DE AMOR POR EL PRÓJIMO PONE EN PELIGRO LA ESTABILIDAD SOCIAL


 
 
 
 
Cuenta el evangelista San Lucas que en cierta ocasión se acercó una mujer pecadora a Jesús, cuando se encontraba como invitado en la casa de un fariseo y, comenzó a bañarle los pies con sus lágrimas,  a enjugarlos con sus cabellos y después a besarlos y a ungirlos con un perfume. Al ver el fariseo la acción de aquella mujer, se escandalizo y le reprochó en su interior al Señor que le hubiera dejado hacer estas cosas. Entonces Jesús tomo la palabra y  contó una parábola para que todos comprendiera mejor lo sucedido y después le dijo (Lc 7, 44-48):

“¿Ves esta mujer? Entré en tu casa y no me distes agua para los pies. Ella en cambio me ha bañado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con sus cabellos / No me distes el beso. Pero ella, desde que entré no ha dejado de besar mis pies / No has ungido mi cabeza con aceite. Ella en cambio, ha ungido mis pies con perfume / Por eso te digo: le son perdonados sus muchos pecados, porque ha amado mucho. Que ama menos aquel a quien menos se le perdona / En seguida dijo a la mujer: Perdonados te son tus pecados”


El Papa Benedicto XVI nos ha hablado sobre el <amor> y de cómo <el amor se aprende> en su libro del mismo título:
“La persona debe poner en marcha las cualidades depositadas en él y aprender a realizar algo positivo en el mundo. Desde este punto de vista, aprender un trabajo y comprometerse con él no contradice el cometido fundamental del amor, sino que es su concreción.

Yo no cumplo plenamente la misión de amar al prójimo hasta que no  me convierto del todo en el que puedo ser. Dando todo lo que pueda dar.

 
 
Descubriendo en la creación y el tejido de las relaciones humanas posibilidades que nos ayudan a afrontar juntos el futuro, poniendo de manifiesto la fecundidad del mundo y de la vida hasta configurar un jardín donde gozaremos, al mismo tiempo, de libertad y de seguridad…

Esta misión fundamental se desdibuja cuando nuestra formación profesional se dirige únicamente a la adquisición de aptitudes; cuando el dominio del mundo, la capacidad de acumular riquezas y de ejercitar el poder se desligan de la misión interna del amor y de la existencia de cada uno al servicio de todos. Cuando el poder adquiere la supremacía sobre el don del amor. Cuando de ese modo, el autoafirmarse, el cerrarse en sí mismo, el acumular cosas materiales se convierte en el objetivo primordial y la capacidad humana de amar viene asfixiada. La persona se ve dominada entonces por las cosas y ya no sabe valorarlas correctamente…Cuando el poder se independiza y es buscado como la máxima categoría humana, entonces se convierte en esclavitud y se transforma en el polo opuesto del amor”
 
 
 
 
Excelentes reflexiones  del Papa Benedicto XVI validas siempre para  el hombre de ayer y de hoy, en provecho de la estabilidad social en general, y de su propia familia.


La sociedad  podría ser de esta forma un dechado de paz y concordia, en la que todos los hombres vivirían mucho mejor; los enfrentamientos armados entre naciones disminuirían sensiblemente, y los malos tratos entre los distintos miembros de las familias desaparecerían totalmente.
Sin embargo actualmente, ocurre todo lo contrario y se ve claramente que la carencia de <amor al prójimo> es predominante. Sí, esta situación denunciada por el Papa Benedicto XVI, es la que parece regir  en el mundo  y por eso la estabilidad social a nivel político, civil y religioso se encuentra siempre en grave peligro.

En este mismo sentido nos recordaba  el Papa San Juan Pablo II que los cristianos debemos ser <testigos del amor> (Carta Apostólica <Novo Millennio Ineunte>; dada en Roma el 6 de enero de 2001):
 
 
 
 
 
“En esto conocerán todos que sois discípulos míos, decía el Señor (Jn 13, 35). Sí verdaderamente hemos contemplado el rostro de Cristo, nuestra programación pastoral se inspirará en el <mandamiento nuevo> que Jesús nos dio: <Que como yo os he amado, así os améis también vosotros, los unos a los otros> (Jn 13, 34).


Otro aspecto importante en que será necesario poner un decidido empeño programático, tanto en el ámbito de la Iglesia universal como en las Iglesias particulares, es el de la comunión (koinomía), que encarna y manifiesta la esencia misma del misterio de la Iglesia.

La comunión es el fruto y la manifestación de aquel amor que, surgiendo del corazón eterno del Padre, se derrama en nosotros a través del Espíritu que Jesús nos da (Rm 5, 5), para hacer de todos nosotros <Un corazón y una sola alma>”


 Como sigue diciendo el Papa San Juan Pablo II (Ibid):
“Realizando esta comunión de amor, la Iglesia se manifestaba como <Sacramento>, o sea, <Signo e Instrumento> de la íntima unión con Dios y de la unidad del género humano”

El santo Padre se refiere con estas palabras, a la Constitución Dogmática sobre la Iglesia (Lumen Gentium) y más concretamente al Capítulo 1, de ésta, titulado <El misterio de la Iglesia>:
 
 
 
 
“Cristo es la luz de los pueblos. Por ello este Sacrosanto Sínodo (C.E Vaticano II), reunido en el Espíritu Santo, desea ardientemente iluminar a todos los hombres, anunciando el Evangelio a toda criatura (Mc 16, 15) con la claridad de Cristo, que resplandece sobre la faz de la Iglesia.


Y porque la Iglesia de Cristo como Sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano, ella se propone presentar a sus fieles y a todo el mundo con mayor precisión su naturaleza y su misión universal, abundando en la doctrina de los Concilios precedentes.
Las condiciones de nuestra época hacen más urgente este deber de la Iglesia, a saber, el que todos los hombres, que hoy están íntimamente unidos por múltiples vínculos sociales, técnicos y culturales, consigan también la plena unidad en Cristo”


En este sentido, el Papa San Juan Pablo II se propuso el gran desafío de  <hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión> frente al nuevo milenio que ya estaba  próximo, deseoso de encontrar respuesta adecuadas a las preguntas que los hombres se hacían en aquellos momentos. Pero ¿Cómo llevar a la práctica estos deseos? Se preguntaba el Pontífice 

Una pregunta  difícil de responder y que  el Papa prudentemente abordaba  como se suele decir <allanando el terreno>:

 
 
“Antes de programar iniciativas concretas, hace falta <promover una espiritualidad de la comunión>, proporcionándola como principio educativo en todos los lugares donde se forme el hombre y el cristiano, donde se educan los ministros del Altar, las personas consagradas y los agentes pastorales, donde se construyen las familias y las comunidades”


Han pasado algunos años, desde que el Papa San Juan Pablo II pronunciara estas clarividentes propuestas y, nos podríamos preguntar ¿se ha hecho algo al respecto? ¿Los hombres han tenido en cuenta las sabias palabras de este Pontífice?...

Aunque no nos atrevemos a responder a estas preguntas, quizás habría que responder con optimismo, que sí,  y eso haremos, porque <la espiritualidad de la comunión> propuesta por el Papa, significa una mirada hacia nuestro interior; más concretamente hacia el <misterio del Dios Trino>, que habita en nosotros, cuya luz debería reconocerse también en el rostro del prójimo...
Recordemos una vez más las palabras del Papa San Juan Pablo II:

 
 
 
 
 
“La <espiritualidad de la comunión> es saber <dar espacio> al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros (Ga 6, 2) y rechazando las tentaciones egoístas, la desconfianza y las envidias. No nos hagamos ilusiones: Sin este camino espiritual, de poco servirían los instrumentos externos de la comunión. Se convertirían en medios sin alma, máscaras de comunión más que sus modos de expresión y crecimiento”

 
¿Qué hacer? Nos preguntamos, de nuevo, ante estas sentidas palabras del Papa… ¿Cómo salir del impasse en que se encuentra la humanidad? ...

El Papa tenía algunas ideas al respecto (Ibid): “El nuevo siglo debe comprometerse más que nunca a valorar y desarrollar aquellos ámbitos e instrumentos que, según las grandes directrices del Concilio Vaticano II, sirven para asegurar y garantizar la comunión…
Se tratan de realidades que tienen su fundamento y consistencia en el designio de Cristo sobre su Iglesia, pero que precisamente por eso necesitan de una continua verificación que asegure su auténtica inspiración evangélica.


Por otra parte, como nos han recordado los Padres de la Iglesia, todos los hombres estamos implicados en la ardua tarea de la evangelización. Las comunidades necesitan vivir en paz y, la única forma de conseguir este gran beneficio es cuidando el corazón de las mismas, esto es, cuidando la familia, espejo donde se debe mirar la sociedad:



“Hay que saber decir el propio <sí> a la voluntad que Dios ha inscrito en nuestra misma naturaleza. No vivimos unos al lado de otros por casualidad; todos estamos recorriendo el mismo camino como hombres y, por tanto, como hermanos y hermanas. Por eso es esencial que cada uno se esfuerce en vivir con una actitud responsable ante Dios, reconociendo en Él la fuente de la propia existencia y de la de los demás… Sin este fundamento trascendente, la sociedad es sólo una agrupación de ciudadanos, y no una comunidad de hermanos y hermanas, llamados a formar una gran familia” (Papa San Juan Pablo II; Ibid)

 

    

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                         

 

 

 

 

viernes, 1 de noviembre de 2019

LOS SANTOS, INTIMAMENTE UNIDOS A CRISTO, NO DEJAN DE INTERCEDER POR LOS HOMBRES ANTE EL PADRE



 
El ejemplo de los santos, es para nosotros, un estímulo a seguir el mismo camino, a experimentar la alegría de quién se fía de Dios, porque la única verdadera causa de tristeza e infelicidad para el hombre es vivir lejos de Él. La santidad exige un esfuerzo constante, pero es posible a todos, porque más que obra del hombre, es ante todo don de Dios, tres veces santo (Is 6, 3).

 
 
 
El apóstol san Juan observa: <Mirad que amor nos ha tenido el Padre  para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! (1 Jn 3, 1). Por consiguiente, es Dios quien nos ha amado primero y en Jesús nos ha hecho sus hijos adoptivos.

 En nuestra vida, todo es don de su amor ¿Cómo quedar indiferentes ante un misterio tan grande? ¿Cómo no responder al amor del Padre celestial con una vida de hijos agradecidos? En Cristo se nos entregó totalmente  a sí mismo, y nos llama a una relación personal y profunda con Él. Por tanto, cuanto más imitamos a Jesús y permanecemos unidos a Él, más entramos en el misterio de la santidad divina. Descubrimos que somos amados por Él de modo infinito, y esto nos impulsa a amar también nosotros a nuestros hermanos. Amar implica siempre un auto de renuncia a sí mismo, <perderse a sí mismo>, y precisamente así nos hace felices”


Una  frase muy  hermosa de santa Teresita del Niño Jesús nos muestra que esto es así: <Pasaré mi cielo haciendo el bien sobre la tierra>. Ella había nacido en  Alençon (Francia) a finales del siglo XIX, pero vivió casi toda su niñez y juventud en Lisieux, una aldea cercana.


Su trabajo fue constante en favor de los más necesitados, sin importarle los peligros que pudiera correr su salud  y así cuando sólo tenía veintidós años, enfermo de tuberculosis, pero no por ello dejó de sacrificarse por sus semejantes, ni dejo de rezar con gran fervor por el éxito de las misiones.

Ella misma nos legó el descubrimiento de su vocación, al leer las Sagradas Escrituras, con el deseo de encontrar cual sería la forma más idónea para servir a Dios. La descubrió en la lectura de la Primera Carta de San Pablo a los Corintios cuando les habla sobre la caridad con  palabras como éstas  (I Co 13, 4-13):

 
 
 
“La caridad es paciente, la caridad es amable; no es envidiosa, no obra con soberbia, no se jacta / no es ambiciosa, no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal / no se alegra por la injusticia, se complace con la verdad / todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta / La caridad nunca acaba. Las profecías desaparecerán, las lenguas cesarán, la ciencia quedará anulada / Porque ahora nuestro conocimiento es imperfecto e imperfecta nuestra profecía /

Pero cuando venga lo perfecto desaparecerá lo imperfecto / Cuando yo era niño, hablaba como niño, sentía como niño, razonaba como niño. Cuando he llegado a ser hombre, me he desprendido de las cosas de niño / Porque ahora vemos como en un espejo, borrosamente; entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de modo imperfecto, entonces conoceré como soy conocido / Ahora permanecen la fe, la esperanza, la caridad: las tres virtudes. Pero de ellas la más grande es la caridad”

 
Estos hermosos versículos pertenecen al llamado <Himno a la caridad> de San Pablo que  sin duda es un derroche de amor hacia el prójimo, un amor que quería inculcar en los corazones del pueblo por él evangelizado en los primeros años de su misión apostólica. La Iglesia de Corinto fue fundada por el apóstol entre los años 50 al 51, durante su segundo viaje evangelizador. Hay que tener en cuente a este respecto que aunque en principio fue muy numeroso el grupo de  personas que creyeron en el Mensaje de Cristo a través de las enseñanza de San Pablo, también se opusieron a éstas, otras gentes que le causaron grandes dificultades a la hora de desarrollar su divina misión. Tanta fue la oposición de sus enemigos que finalmente desembocó en una acusación ante el procónsul romano Galión, de forma que el apóstol tuvo que marchar de allí lleno de tristeza por abandonar aquella pujante Iglesia que había fundado frente a enemigos tan crueles.

No obstante San Pablo siguió evangelizando a la Iglesia de Corinto desde la lejanía de su persona, que no de su espíritu, como prueban sus cartas; específicamente ésta primera fue a causa de noticias preocupantes, sobre el comportamiento de algunos de sus miembros. Por eso les habla del amor, de la caridad, que para él era la virtud más grande, que conducía a la santidad.

 
 
 
Por otra parte, recordemos que la Encarnación del Hijo de Dios en el vientre inmaculado de María, es el fundamento de la moral y la caridad del cristiano, por eso  la santidad es fruto de la gracia y disposición de nuestro Creador,  tal como podemos leer también en la carta de San Pablo a su querido discípulo Tito (Tt 2, 11-15):

 “Se manifestó la gracia salvadora de Dios a todos los hombres / enseñándoles que, renunciando a la impiedad y a las concupiscencias mundanas, vivamos moderada, justa y piadosamente, en el presente siglo /aguardando la bienaventurada esperanza y manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo / quien se entregó a si mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo que fuese suyo, celador de obras buenas”


Sí, los hombres santos y las mujeres santas que en este mundo han sido, entendieron pronto la gran labor que ellos podrían realizar, por la gracia recibida de Jesucristo, por eso, son intercesores entre Dios y los hombres en cuanto están asociados al único Mediador que es Jesús, el Hijo unigénito de Dios.
 
 
 
 



Así lo enseñaba el Beato Tomás de Kempis en su obra magistral (Imitación de Cristo), que desde la edad media hasta nuestros días ha servido de guía espiritual a tantas generaciones, aunque en la actualidad muchos ni siquiera han escuchado hablar de este libro y de este hombre santo; no obstante, todavía hay creyentes que por suerte siguen leyéndolo y recibiendo sus sabios consejos:
“Ponte siempre en lo más bajo: que ya te darán lo más alto: porque no está lo muy alto sin lo hondo. Los grandes santos cerca de Dios, son pequeños cerca de sí, y cuanto más gloriosos, tanto en sí más humildes, llenos de verdad y de gloria celestial; no son codiciosos de gloria vana; fundados y confirmados en Dios, en ninguna manera pueden ser soberbios. Y  los que atribuyen a Dios todo cuanto reciben, no buscan ser loados unos de otros, sino que buscan la gloria que de sólo Dios viene, y codician que sea Dios glorificado sobre todos en sí mismos y en todos los santos, y siempre tienen esto por fin”

 
Si reflexionáramos mínimamente sobre las palabras de este santo hombre, comprenderíamos cuánta razón encierran. El hombre de este siglo, recogiendo todas las ideologías y falsas doctrinas de sus más cercanos antepasado (siglos XVII a XX), en muchas ocasiones, se encuentra hundido en un pozo sin fondo, en manos del mortal enemigo, sin que de ello tengan la menor idea, pudiendo incluso caer en lo que se ha dado en llamar <conciencia errónea>.




Los Pontífices de todos los tiempos se han preocupado por este problema que en realidad siempre ha estado presente en la Iglesia de Cristo. En este sentido, se expresaba el Papa Pío XII en su Carta <Mediator Dei> del año 1947:
“El Mediador entre Dios y los hombres, el gran Pontífice que penetró hasta lo más alto del cielo, Jesús Hijo de Dios, al encargarse de la obra de misericordia con que enriqueció al género humano, con beneficios sobrenaturales, quiso, sin duda alguna, restablecer entre el hombre y su Criador aquel orden que el pecado había perturbado y volver a conducir al Padre celestial, primer principio y último fin, la mísera descendencia de Adán, manchada por el pecado original”

 
Por eso, son muy interesantes las Cartas Pastorales que San Pablo dirigió a su discípulo; frecuentemente por este nombre se designa desde mediados del siglo XVIII a las dos cartas dirigidas a Timoteo y la dirigida a Tito. Concretamente las cartas dirigidas al primero, tienen por objeto  dar una serie de instrucciones al  discípulo para que las ponga en práctica en su comunidad religiosa (Probablemente Éfeso), como  ayuda a su ministerio pastoral.

 
 
 
Precisamente en su segunda Carta le anima a la perseverancia  en la predicación (2 Tm 4, 1-8):
 
“Te conjuro en la presencia de Dios y de Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y muertos, y por su advenimiento y por su reino / predica la palabra, insta a tiempo y a destiempo, reprende, exhorta, increpa con toda longanimidad y no cejando en la enseñanza / Pues vendrá un tiempo en que no soportarán la sana doctrina, sino que se rodearán de maestros a la medida de sus pasiones para halagarse el oído/ y por un lado desviarán sus oídos de la verdad y por otro se volverán hacia las fabulas / Más tú anda sobre ti en todo, arrostra los trabajos, haz obra de evangelista, desempeña cumplidamente tu ministerio /

Pues yo voy a ser derramado como libación y el momento de mi partida es inminente / He luchado la noble lucha, he finalizado la carrera, he mantenido la fe / por lo demás, reservada me está la corona de la justicia, con la cual me galardonará en aquel día  el Señor, el <Justo Juez>; y no solo a mí, sino también a todos los que habrán aguardado con amor su advenimiento”

 
Hermosa exhortación aplicable sin duda a los tiempos que corren, más próximos a la Parusía que aquellos en los que vivió san Pablo y ¡tan parecidos a los nuestros! El paganismo ha tomado carta de naturaleza como se suele decir, y por tanto, todos los temas que trata san Pablo, no quedan muy lejos de lo que es la realidad cotidiana de este siglo…
Triste, pero cierto, no podemos cerrar los ojos a esta situación que corroe a las sociedades y que conduce en general, a tantas desgracias en el seno familiar, en todos los países… Por eso, la devoción a los santos  puede ser  herramienta útil para los creyentes si la utilizamos con amor y con el deseo de seguir el ejemplo que ellos dieron con sus vidas…

A tal efecto, deberíamos recordar aquello que los Padres de la Iglesia, durante el Concilio Vaticano II, dejaron escrito para todo el pueblo de Dios en las <Constituciones Dogmáticas>, refiriéndose a la intercesión de los santos (LG, 50):
“Veneramos la memoria de los santos del cielo por su ejemplaridad, pero más aún, con el fin de que la unión de toda la Iglesia en el Espíritu se vigorice por el ejercicio de la caridad fraterna (Ef 4, 1-6).

 
 
 
 
Porque así como la comunión cristiana entre los viadores (criaturas racionales que están en esta vida y aspiran y caminan a la eternidad), nos acercan  más a Cristo, así el conjunto de los santos y  las santas, nos une a Cristo, de quien, como de Fuente y Cabeza, dimana toda la gracia y la vida del mismo pueblo de Dios.

Es, por tanto, sumamente conveniente que amemos a los <amigos de Cristo>, hermanos también y eximios bienhechores nuestros; que rindamos a Dios las gracias que le debemos por ello; que los invoquemos humildemente y que, por impetrar de Dios beneficios por medio de su Hijo Jesucristo, nuestro Señor, que es el único Redentor y Salvador nuestro, acudamos a sus oraciones, protección y socorro.
Todo genuino testimonio de amor que ofrezcamos  a los bienaventurados, se dirige, por la propia naturaleza, a Cristo y termina en Él, que es la <Corona de todos los santos> y por Él va a Dios, que es admirable en sus santos y en ellos es glorificado”


Finalmente pongamos en valor, una vez más, las advertencias del Papa Benedicto XVI:

 
 
 
“El amor significa  dejarse a sí mismo, entregarse, no quererse poseer a sí mismo, sino liberarse de sí: no replegarse sobre sí mismo (¡qué será de mí!), sino mirar hacia adelante, hacia el otro, hacia Dios y hacia los hombres que Él pone a mi lado. Y este principio del amor, que define el camino del hombre, es una vez más, idéntico al misterio de la Cruz, al misterio de la Muerte y Resurrección que encontramos en Cristo”