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sábado, 26 de noviembre de 2011

JESÚS DIJO: YO SOY EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA



 
 


San Juan nos narra en su Evangelio que durante la Última Cena, el Señor confortó a sus Apóstoles con estas palabras (Jn 14, 1-4):
-No se turbe vuestro corazón. ¿Creéis en Dios? También en mí creed.
-En la casa de mi Padre hay muchas moradas: que si no, os lo hubiera dicho, pues voy a prepararos lugar.
-Y si me fuera y os preparare lugar, otra vez vuelvo y os tomaré conmigo, para que donde yo estoy, estéis también vosotros.
-Y a donde yo voy, ya sabéis el camino.

El Señor, una vez más, está pidiendo a sus Apóstoles fe, fe en Dios y por tanto fe en Él y en la morada que les va a preparar, ahora que ya se aproxima el momento de su Pasión, Muerte y Resurrección.
Pero Tomás, está inquieto, tiene fe en su Maestro, más quiere escuchar de sus propios labios la respuesta a una duda que se le ha presentado, respecto al camino que deben seguir para poder llegar a dicha morada (Jn 14, 5-6):
-Dícele Tomás: Señor, no sabemos a dónde vas, ¿como podemos saber el camino?
-Dícele Jesús: Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí.
 
La respuesta del Señor es muy clara, porque fuera de Él, no hay sino descamino, mentira y muerte.

Con razón el Beato Tomás de Kempis, en su libro “Imitación de la vida de Cristo. Libro III. Capitulo LXIV), nos habla de la esperanza y confianza que se debe poner sólo en Dios, con estas palabras:
“Donde tú, Señor, estás, allí es el cielo, y donde no, es muerte e infierno. A ti deseo, y por eso es necesario dar gemidos y voces en pos de ti con viva oración.
Por cierto, yo no puedo confiar en alguno que me ayude en las necesidades que se me ofrecen, sino en ti sólo, Dios mío. Tú eres mi esperanza, tú mi confianza, tú mi consolador y muy fiel en todas las cosas.
Todos los de acá buscan sus intereses; tú, Señor, sólo mi salud y mi aprovechamiento, y todas las cosas me conviertes en bien”



Nuestro actual Papa, Benedicto XVI en su Audiencia General del 27 de septiembre de 2006, presentó la figura del Apóstol Tomás, al considerar la pregunta de éste al Señor:
“En realidad, con estas palabras se pone a un nivel de comprensión más bien bajo; pero ofrecen a Jesús la oportunidad para pronunciar la famosa definición: <Yo soy el camino, la verdad y la vida>.

Por tanto, en primer lugar hace esta revelación a Tomás, pero es válida para todos nosotros y para todos los tiempos. Cada vez que escuchamos o leemos estas palabras, podemos ponernos con el pensamiento junto a Tomás e imaginar que el Señor también habla con nosotros, como habló con él.
Al mismo tiempo, su pregunta también nos da derecho, por así decir, de pedir explicaciones a Jesús. Con frecuencia no le comprendemos. Debemos tener el valor de decirle: no te entiendo, Señor, escúchame, ayúdame a comprender.

De este modo, con esta franqueza, que es el auténtico modo de rezar, de hablar con Jesús, expresamos la pequeñez de nuestra capacidad para comprender, pero al mismo tiempo asimismo la actitud de confianza”

Sin duda la respuesta de Cristo es admirable y hasta cierto punto, misteriosa pues  exige de los creyentes un compromiso de fe, por el cual serán premiados, al final de los siglos, de acuerdo con su esperanzador mensaje.
Precisamente el Papa Benedicto XVI, a lo largo de su magisterio, ha defendido la idea de que la <fe nos da esperanza>, ya ahora en nuestro devenir cotidiano, para asumir las dificultades del presente, pero con la vista puesta en ese futuro al final de los siglos.
En la Carta a los Hebreos de San Pablo, cuando éstos se encontraban en una situación penosa, ya que los judíos cristianizados eran acosados por los judíos que seguían estrictamente la ley de Moisés (Judaísmo), el Apóstol les exhorta a seguir la doctrina de Jesucristo, olvidándose de temores y preocupaciones y exaltando la virtud santificadora de su doctrina, y como consecuencia de ella, la esperanza de alcanzar la santidad deseada.
Esta Carta sirve, según nuestro actual Papa, para comprender mejor, el hecho de que la <fe es la sustancia de la que se nutre la esperanza>. Más concretamente, al analizar la segunda parte de esta Carta, observamos que, en efecto, San Pablo hace una exhortación a la perseverancia en la fe, después anuncia el castigo que conlleva la apostasía, y por último habla de los recuerdos y esperanzas alcanzados en días pasados, cuando los judíos creyentes habían sido iluminados por la fe de Cristo (Hebreos 10, 32-36):
-Acordaos de los días pasados, en que habiendo sido iluminados, soportásteis recio combate de padecimientos;
-hechos, por una parte, blanco de ludibrios y tribulaciones como en público espectáculo, y por otra, hechos solidarios de los que se hallaban en semejante situación.
-Porque compartisteis los padecimientos de los encarcelados, y recibisteis con gozo el robo de vuestros bienes, sabiendo que poseéis una hacienda mejor y permanente.
- No perdisteis, pues, vuestra confianza, a la cual está vinculada una gran recompensa.
-Porque tenéis necesidad de paciencia; a fin de que habiendo cumplido la voluntad de Dios, alcancéis la promesa.

La perenne persecución de la Iglesia de Cristo, ya sea en tiempos del Apóstol San Pablo, ya sea en épocas posteriores y hasta nuestros días, ha demostrado que los creyentes soportaron y soportan hasta con alegría, los males derivados de la confiscación de sus bienes materiales, sabiendo, como saben que poseen unos bienes mucho mejores y más amplios, como consecuencia del don de la fe.

Precisamente nuestro actual Papa, Benedicto XVI, se muestra totalmente de acuerdo con esta idea y asegura que la fe otorga a la vida una nueva <base> a la que él llama <sustancia que perdura>.

Sobre esta base el hombre puede apoyarse, con la seguridad, de alcanzar una <nueva libertad>, y esta nueva libertad se ha puesto de manifiesto, según el Papa, en muchas ocasiones a lo largo de todos estos siglos, mediante el sacrificio de los santos mártires, que lo han dado todo, hasta sus vidas, por defender la fe.



También los misioneros pertenecientes o no, a órdenes religiosas, han dado y continúan dando ejemplo de <esta nueva libertad>, al renunciar en gran medida a todos sus bienes materiales, para dedicarse a la propagación entre todos los pueblos, de esa <sustancia que perdura>.
Todos sin embargo, en nuestro interior hemos sentido alguna vez, como Santo Tomás, el estigma de la duda, por eso debemos enraizarnos cada vez más en ese gran don con el que Dios nos ha proporcionado la posibilidad de la vida eterna, como dice el Papa de la <verdadera vida>.
El Apóstol Tomás era, como hemos podido  comprender, a través de su pregunta a Jesús, una persona impulsiva y muy sincera; antes de ser llamado por el Señor, había sido pescador en Galilea, al igual que Pedro, Santiago ó Juan. El momento cumbre en que esto sucedió no ha sido, sin embargo, reflejado en los Evangelios al contrario de lo que sucedió en el caso de otros discípulos, pero no obstante, siempre aparece nombrado entre los doce elegidos, esto es, entre los Apóstoles (Mt 10, 9), (Mc 3, 18) y (Lc 6, 15).
Benedicto XVI nos dice en la Audiencia General anteriormente mencionada que el nombre del Apóstol deriva de una raíz hebrea, <ta’am>, que significa <mellizo> y que de hecho  en el Evangelio de San Juan recibe el nombre de <Didimo> (Jn 11, 16; 20, 24; 21, 2), que en griego quiere decir precisamente <mellizo>.
Sin embargo, dice el Papa que no queda claro el motivo de tal apelativo. Por otra parte, como sigue diciendo el Papa, es el Evangelio de San Juan el que nos proporciona una mayor información sobre el carácter del Apóstol Tomás.

La primera de las ocasiones en que sucede esto es con motivo de la enfermedad y muerte de Lázaro, el amigo de Jesús (Jn 11, 1-16):  
-Había un enfermo, Lázaro de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana.
 
 


-Era María la que había ungido con perfumes al Señor y enjugado sus pies con sus propios cabellos, cuyo hermano Lázaro estaba ahora enfermo.
-Enviaron, pues, las hermanas a Él un recado, diciendo: Señor, mira, el que amas está enfermo.
-Oído esto, Jesús dijo: esta enfermedad no es para muerte, sino para gloria de Dios, a fin de que por ella sea glorificado el Hijo de Dios.
-Estimaba Jesús a Marta y a su hermana y a Lázaro.
-Como oyó, pues, que estaba enfermo, por entonces quedó aún dos días en el lugar donde estaba;
-luego tras esto dice a los discípulos: Vamos a Judea otra vez.
-Dícelen los discípulos: Maestro, ahora trataban de apedrearte los judíos, ¿y otra vez vas allá?
-Respondió Jesús: ¿No son doce las horas del día? Si uno camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; mas si uno camina de noche, tropieza, porque falta luz.
-Esto dijo, y tras eso les dice: Lázaro nuestro amigo, se ha dormido, pero voy a despertarle.
-Dijérolen, pues, los discípulos: Señor, si duerme, sanará.
-Jesús había hablado de su muerte, mas ellos pensaron que hablaba del sueño natural.
Entonces, pues, díjoles Jesús abiertamente:


-Lázaro murió, pero vamos a él.
-Dijo, pues, Tomás, el llamado Dídimo, a los condiscípulos: Vamos también nosotros para morir con Él.
Esta determinación para seguir al Señor, es verdaderamente ejemplar y nos da una lección muy valiosa, esto es: la total disponibilidad para seguir a Jesús, hasta identificar nuestra propia suerte con la de Él y querer compartir además la prueba suprema de la Cruz.

También San Pablo sintió este deseo y quiso compartirlo con aquel pueblo de los corintios, que él había evangelizado, y que se encontraba en grave peligro como consecuencia del judaísmo (II Corintios 7, 8-3):
-Dadnos cabida en vuestros corazones: a nadie hicimos agravio, a nadie ocasionamos ruina, a nadie sacamos nada.
-No digo esto para condenación; ya que antes tengo dicho que estáis en nuestros corazones para juntos morir y para juntos vivir.


Y es que San Pablo sentía tan dentro de sí a aquel pueblo, que deseaba morir junto a él, por la defensa de la fe de Cristo, si ello fuera necesario.
Recordaremos, por otra parte, que sólo el Apóstol San Juan recoge en su Evangelio, el milagro de la resurrección de Lázaro y que además nos informa del hecho interesante de que a partir de ese instante los sacerdotes y fariseos, tomaron la decisión irrevocable de matar a Jesús, asustados como estaban del hombre que era capaz, incluso, de hacer que los muertos resucitaran (Jn 11, 41-45):
-Quitaron, pues, la piedra. Jesús alzó sus ojos al cielo, y dijo: Padre, gracias te doy porque me oíste.
-Yo ya sabía que siempre me oyes; más lo dije por la muchedumbre que me rodea, a fin de que crean que tú me enviaste.
-Y dicho esto, con voz poderosa clamó: Lázaro, ven fuera.


-Y salió el difunto atado de pies y manos con vendas, y su rostro estaba envuelto en un sudario. Díceles Jesús: Desatadle y dejadle andar.
-Muchos, pues, de los judíos, que habían venido a casa de María, viendo lo que hizo creyeron en él.

Jesús, sin duda, se afectó muchísimo por la muerte de su amigo Lázaro, pues San Juan también nos relata en este pasaje de su Evangelio, que incluso lloró por él (Jn 11, 35). No obstante no quiso acudir rápidamente a la llamada de sus dos hermanas, porque deseaba que este milagro, uno de los más grandes, sino el más grande de los que realizó durante su vida sobre la tierra, sirviera para que los más allegados a él, esto es, sus discípulos pero también los incrédulos, comprendieran que era el Mesías, el Hijo de Dios, y que su Pasión, Muerte y Resurrección eran necesarias para la salvación de todos los hombres.
Narran los hagiógrafos, que también desde este momento, Lázaro y sus hermanas sellaron sus penas de muerte y aunque no llegaron a matarlos directamente, como sucedió con Nuestro Señor Jesucristo, si que procuraron que murieran, desterrándoles y embarcándolos en una nave sin timón ni aparejos, con objeto de que perecieran en el mar. Según algunas versiones, ellos no murieron por milagro divino, durante la travesía y pudieron llegar a Marsella, lugar donde evangelizaron a las gentes hasta a sus muertes, quizás por martirio.
La última ocasión en la que el Apóstol Tomás tiene un papel importante en los Evangelios, es con motivo, precisamente, de la Resurrección del Señor y su aparición a los discípulos en el Cenáculo, estando ausente este Apóstol. El evangelista San Juan hace una narración explicita de los hechos acaecidos (Jn 20, 24-29):


-Tomás uno de los Doce, el llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús.
-Dijéronle, pues, los otros discípulos: Hemos visto al Señor. Él les dijo: Si no viere en sus manos la marca de los clavos, y no metiere mi mano en su costado no lo creo.
-Y ocho días después están allí dentro otra vez los discípulos, y Tomás entre ellos. Viene Jesús, cerradas las puertas, y puesto en medio de ellos, les dijo: Paz con vosotros
-Luego dice a Tomás: Trae aquí tu dedo, mira mis manos; y trae tu mano y métela en mí costado, y no seas incrédulo, sino creyente.
-Respondió Tomás, y dijo: ¡Señor mío y Dios mío!
-Dícele Jesús: ¡Porque me has visto, has creído! Bienaventurados los que no vieron y creyeron.

Jesús lanza una seria advertencia, a todos los hombres, con esta última frase, para enseñarnos que, sin ver, ha dado sobrados motivos para creer en su mensaje. No obstante siempre ha habido personas y siempre habrá, que como el Apóstol Tomás necesiten de una realidad material para creer y por eso dijo el Papa Juan Pablo II (Discurso de Juan Pablo II  a los jóvenes de la diócesis de Roma, 1994):

“Conocemos muy bien a esta clase de personas; entre ellas también hay jóvenes. Son empíricos, fascinados por las ciencias en sentido estricto de la palabra, ciencias naturales y experimentales. Los conocemos, son muchos, y son de alabar porque este querer tocar, este querer ver indica la seriedad con que se afronta la realidad, el conocimiento de la realidad. Y, sí en alguna ocasión Jesús se les aparece y les muestra sus heridas, sus manos, su costado, están dispuestos a decir: ¡Señor mío y Dios mío!”
Consoladoras palabras del Santo Padre, que nosotros hemos querido recoger, aunque de sobra sabemos, que falta mucho aún, para que esto sea toda una realidad; de cualquier forma, también Juan Pablo II se manifestó en los siguientes términos al hablar sobre la Resurrección de Jesús durante una de sus Catequesis:
“No tiene consistencia la hipótesis de que la Resurrección haya sido un producto de la fe ó de la credulidad de los Apóstoles. Su fe en la resurrección nació, por el contrario, bajo la acción de la gracia divina, de la experiencia directa de la realidad de Cristo resucitado.
Es el mismo Jesús el que, tras la Resurrección, se pone en contacto con los discípulos con el fin de darles el sentido de la realidad y disipar la opinión (o el miedo) de que se tratara de un <fantasma> y por tanto de que fueran víctimas de una ilusión. Para ello estableció relaciones directas con ellos como sucedió en el caso de Tomás”.
 

Por otra parte, como sigue diciendo el santo Padre en su Catequesis:
“La profesión de fe que hacemos en el Credo cuando proclamamos que Jesucristo <al tercer día ha resucitado de entre los muertos>, se basa en los textos evangélicos y a la vez hace conocer la primera predicación de los Apóstoles…
Los Apóstoles y los discípulos no inventaron la Resurrección. No hay rastros de una exaltación personal suya o de grupo, que los haya llevado a conjeturar un acontecimiento deseado y esperado y a proyectarlo en la opinión y en la creencia común como real…
No hay huella de un proceso creativo de orden psicológico, sociológico, o literario, ni siquiera en la comunidad  primitiva, o en los autores de los primeros siglos. Los Apóstoles fueron los primeros que creyeron que Cristo había resucitado, simplemente porque vivieron la Resurrección como un acontecimiento real del que pudieron convencerse personalmente, al encontrarse varias veces con Cristo, a lo largo de cuarenta días”.

 Por su parte, el Papa Benedicto XVI se manifestó sobre el comportamiento del Apóstol Tomás diciendo que no debería tenerse en cuenta como de incredulidad, en el hecho mismo de la aparición de Jesucristo, sino en la convicción del Apóstol de que a Jesús, ya no se le debe reconocer por el rostro, sino más bien por las llagas.

Así pues, consideraría que los signos distintivos de la identidad de Jesús son después de su Resurrección, todas sus llagas, en las que se revelan, hasta que punto nos ha amado. Con ello el Apóstol, de alguna manera, nos habla también del  <Cuerpo Glorioso de Jesús>, y en definitiva nos recuerda que los cuerpos resucitados por Dios tomarán una forma distinta al cuerpo terrestre que llevaron en vida.


En este sentido, San Pablo en su Carta a los Corintios, se expresa magistralmente sobre la naturaleza de los cuerpos resucitados (I Corintios 15, 35-42):
-Más dirá alguno: ¿Cómo resucitan los muertos? ¿Y con qué linaje de cuerpo se presentan?
-Necio, lo que tú siembras no cobra vida si primero no muere.
-Y lo que siembras no es el cuerpo que ha ser, sino un simple grano, de trigo, pongo por caso, de trigo o de alguna de las otras semillas.
-Y Dios le da un cuerpo como quiere, y a cada una de las semillas su propio cuerpo.
-No toda carne es una misma carne, sino que una es la carne de los hombres, otra la carne de las bestias, otra la carne de las aves y otra la carne de los peces.
-Hay también cuerpos celestes y cuerpos terrestres; pero diferente es el esplendor de los celestes y diferente el de los terrestres.
-Uno es esplendor del sol, y otro es el esplendor de la luna y otro el esplendor de las estrellas. Porque entre estrella y estrella hay diferencia de esplendor.
-Así también la resurrección de los muertos.
Y más adelante en esta misma Carta, San Pablo, sigue en la misma línea, tratando de explicar a los corintios el misterio de la resurrección de los muertos y la transformación gloriosa de los cuerpos tras la misma, y lo hace con palabras sabias que animan el corazón (I Corintios 15, 50-54):
-Esto digo hermanos: que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios ni la corrupción hereda la incorruptibilidad.
-Mirad, un misterio os digo. Todos no moriremos, pero todos seremos transformados;
-en un instante, en un pestañear de ojos, al son de la última trompeta; pues sonará la trompeta, y los muertos resucitarán incorruptibles y nosotros seremos transformados.
-Porque es necesario que esto corruptible se revista de incorruptibilidad y que esto mortal se revista de inmortalidad, entonces se realizará la palabra que está escrita <Sumiré la Muerte en la Victoria>.
 
 

Respecto a la transformación del Cuerpo de Cristo en su Resurrección, el Papa Beato Juan Pablo II asegura:
“Los discípulos experimentaron una cierta dificultad en reconocer no sólo la verdad de la Resurrección, sino también la identidad de Aquél que está ante ellos, y aparece como el mismo, pero al mismo tiempo como otro <un Cristo transformado>.
No es nada fácil para ellos hacer la inmediata identificación. Intuyen, sí, que es Jesús, pero al mismo tiempo sienten que Él ya no se encuentra en la condición anterior, y ante Él están llenos de reverencia y temor.
Cuando, luego, se dan cuenta, con su ayuda, de que no se trata de otro, sino de Él mismo transformado, aparece repentinamente en ellos una nueva capacidad de descubrimiento, de inteligencia, de caridad y de fe… ¡Señor mío y Dios mío!”.

Benedicto XVI en la Audiencia General, mencionada anteriormente, refiriéndose a esta oración: ¡Señor mío y Dios mío!, con la que el Apóstol Tomás toma un papel relevante en el Evangelios de San Juan, se expresó en los términos siguientes:
“Cristo se convierte para nosotros en la verdad. San Agustín, con un penetrante conocimiento de la realidad humana, ha puesto de relieve como el hombre se mueve espontáneamente, y no por coacción, cuando se encuentra algo que lo atrae y le despierta deseo.
 
 
 


Así, pues, al preguntarse sobre lo que puede mover al hombre por encima de todo y en lo más íntimo, el santo Obispo exclama: ¿Ama algo el alma con más ardor que la verdad? Por eso el Señor Jesús, <el Camino>, <la Verdad> y <la Vida>, se dirige al corazón anhelante del hombre que se siente peregrino y sediento, al corazón que suspira por la fuente de la vida, al corazón que mendiga la verdad. En efecto, Jesucristo es la Verdad en Persona, que atrae al mundo hacia sí.
Jesús es la estrella Polar de la libertad humana: sin Él, pierde su orientación, puesto que sin el conocimiento de la verdad, la libertad se desnaturaliza, se aísla y se  reduce a un arbitrio estéril. Con Él, la libertad se reencuentra”.
Desde la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, en el Cenáculo de Jerusalén, la historia de Santo Tomás sólo es conocida a través de los datos suministrados por la Tradición de la Iglesia, y está llena de bellas leyendas acerca de su persona.
Según el gran erudito Orígenes (siglo III), evangelizó en primer lugar en Siria y en Persia, tal como recogen los escritos del Padre de la historia de la Iglesia Eusebio de Cesárea (siglo IV), pero más tarde pudo llegar hasta la India Occidental, desde donde después el cristianismo llegaría también al sur de la India. No obstante, las leyendas hablan asimismo, de su estancia en el reino de China, donde se encontró una piedra grabada con un texto en chino, compendio de la doctrina cristiana.
Dice Su Santidad Benedicto XVI que la figura de Tomás fue de notable importancia en el ámbito de las primeras comunidades cristianas y esto queda reflejado en el hecho significativo de que varios escritos fueron realizados con su nombre, como por ejemplo <Hechos> y el <Evangelio de Tomás>, ambos apócrifos, pero que son interesantes y pueden servir para el estudio de los orígenes del cristianismo, según el Papa.
Se cree que murió martirizado en la India, por causa de los brahmanes, que odiaban al santo por haber conseguido convertir al cristianismo a su rey, de hecho uno de sus atributos iconográficos es la lanza, que según parece fue el arma utilizada para quitarle la vida. Sus restos pudieron ser trasladados por un mercader desde la India hasta Edessa (al norte de Mesopotamia), pero posteriormente parece que fueron traslados a Italia, donde son veneradas. La Iglesia celebra en la actualidad su santo el 3 de julio, coincidiendo con las fiestas de los cristianos de la India.
 


Recordaremos finalmente de nuevo aquella pregunta de Jesús, el Buen Pastor, a Tomás: ¿Por qué me has visto has creído? , y su afirmación siguiente ¿Dichosos los que no han visto y han creído?

Y es que los discípulos del Señor fueron comprendiendo paulatinamente toda su grandeza, hasta llegar a ver con claridad lo que <Hera desde el comienzo>, esto es, que Jesucristo es el Hijo Unigénito de Dios, concebido por obra y gracia del Espíritu Santo. Quizás el Apóstol Tomás fuera uno de los que primero comprendieron esta verdad en su totalidad y por eso declaró de forma instantánea y rotunda su bella oración.
El hombre de hoy sigue debatiéndose en la duda, es la eterna lucha entre el bien y el mal que persiste a lo largo su historia, y esta lucha conlleva el enfrentamiento entre la posición egoísta que le conduce a amarse asimismo, por encima de toda otra cosa y la aptitud de amor al prójimo que le lleva a sacrificios insospechados en un momento dado.
El Papa Benedicto XVI lo expresa con estas carismáticas palabras (Exhortación Apostólica Postsinodal <Sacramentum Caritatis>. XI Asamblea Sinodal 2005):
“La verdad del pecado original se confirma. Una y otra vez, el hombre al caer de su fe, quiere volver a ser solamente él mismo, se vuelve pagano en el sentido más profundo de la palabra. Pero una y otra vez, se pone también de manifiesto la presencia divina en el hombre”





 

lunes, 31 de octubre de 2011

SI ALGUNO ME AMARE, GUARDARÁ MI PALABRA, Y MI PADRE LE AMARÁ, Y A ÉL VENDREMOS Y EN ÉL HAREMOS MANSIÓN


 
 


Esta fue la respuesta del Señor a su apóstol Judas Tadeo, cuando le preguntó: ¿Señor, qué ha pasado que vas a manifestarte a nosotros, y al mundo no?
El Papa Juan Pablo II, refiriéndose a este pasaje de la vida del Señor, en su Audiencia General del miércoles 20 de marzo de 1991 se expresaba en los términos siguientes:
“Jesús mismo, la víspera de su partida de este mundo para volver al Padre mediante la cruz y la ascensión al cielo, anuncia a los Apóstoles la venida del Espíritu Santo:

<Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre> / <el Espíritu de la verdad, al que el mundo no puede recibir porque no lo ve ni lo conoce> (Jn 14, 16-17).

Pero también dice que esa presencia del Espíritu Santo, su inhabitación en el corazón humano, que implica así mismo la del Padre y la del Hijo, está condicionada por el amor (Jn 14, 23)”
 
 


El Apóstol San Juan,  nos narró en su evangelio, este importante aviso del Señor (Jn 14, 18-21):

"No os dejaré huérfanos, yo volveré a vosotros / Todavía un poco más y el mundo ya no me verá, pero vosotros me veréis porque yo vivo y también vosotros viviréis / Ese día conoceréis que yo estoy en el Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros / El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama. Y el que me ama será amado por mi Padre, y yo le amaré y yo mismo me manifestaré a él" 
 
 


Jesús en su <Sermón de la Cena>, próxima ya su Pasión y Muerte, hace varias revelaciones a sus discípulos y entre estas destaca, la que se refiere a la llegada del “Consolador”, es decir del Espíritu Santo; pero también les anuncia la llegada del Padre y del Hijo, al corazón de  los creyentes, a lo largo de los siglos; proclamó en definitiva,  la <inhabitación>  de la Santísima Trinidad.

Como asegura el Papa  Juan Pablo II en su Audiencia General (Ibid):
“En el discurso de Jesús, la referencia al Padre y al Hijo incluye al Espíritu Santo, a quien San Pablo y la tradición patrística y teológica atribuye la inhabitación trinitaria, porque es la Persona-Amor y, por otra parte, la presencia interior es necesariamente espiritual.

La presencia del Padre y del Hijo se realiza mediante el Amor y, por tanto, en el Espíritu Santo. Precisamente en el Espíritu Santo, Dios, en su unidad trinitaria, se comunica al espíritu del hombre.
Santo Tomás de Aquino dirá que sólo en el espíritu del hombre (y del ángel) es posible esta clase de presencia divina -por inhabitación-, pues sólo la criatura racional es capaz de ser elevada al conocimiento, al amor consciente y al goce de Dios como Huésped interior: y esto tiene lugar por medio del Espíritu Santo que, por ello, es el primero y fundamental don (Summa Theol., I, q. 38, a.1)”


La pregunta que San Judas hizo al Señor, tiene por tanto, el mérito de darnos a conocer el misterio de la inhabitación de la Santísima Trinidad, en el corazón de los hombres, por la respuesta de Jesús; porque como nos sigue diciendo el Papa Juan Pablo II en su Audiencia General, esto es muy importante ya que mediante este hecho misterioso <los hombres se convierten en templos de Dios>:
 
 


“La inhabitación del Espíritu Santo implica una especial consagración de toda la persona humana. San Pablo subraya en (I Corintios 6, 19) una dimensión corporal a semejanza del templo. Esta consagración es santificadora, y constituye la esencia misma de la gracia salvífica, mediante la cual el hombre accede a la participación de la vida trinitaria en Dios.
Así, se abre en el hombre una fuente interior de santidad, de la que deriva la vida <según el Espíritu>, como advierte Pablo en la carta a los romanos (Rm 8,9):
<Más vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros>.
Aquí se funda la esperanza de la resurrección de los cuerpos, porque (Rm 8, 11):
<Sí el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros>"
 
El 28 de octubre celebra la Iglesia la fiesta de los Santos Apóstoles Simón y Judas Tadeo. Los nombres de estos dos santos tienen el mismo significado en hebreo uno y en siriaco el otro, esto es, <Confesión> y en verdad que ambos discípulos del Señor hicieron honor a su nombre confesando la fe de Cristo hasta las últimas consecuencias con sus muertes por martirio.

El Papa Benedicto XVI dedicó una Audiencia General a la presentación de estos dos Apóstoles (Ciudad de Vaticano 11 de octubre de 2006) y en ella se manifestó en los siguientes términos respecto a la pregunta de Judas y la respuesta del Señor:  
 
 


“Es una pregunta de gran actualidad, que también nosotros le preguntamos al Señor ¿Por qué no se ha manifestado el Resucitado en toda su gloria a los adversarios para mostrar que el vencedor es Dios? ¿Por qué sólo se ha manifestado a sus discípulos? La respuesta del Señor es misteriosa y profunda. El Señor dice <Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él>. Esto quiere decir que el Resucitado tiene que ser visto y percibido en el corazón, de manera que Dios puede hacer morada en nosotros. El Señor no se presenta como una cosa. Él quiere entrar en nuestra vida y por ello su manifestación implica y presupone un corazón abierto. Sólo así vemos al Resucitado”

Jesús, en efecto, se manifestó a sus discípulos, no sólo por sus apariciones después de su Resurrección, sino además, porque constantemente estuvo con ellos, en esa experiencia única e intima que todo hombre siente cuando sabe que el Señor está cerca de él. Todos los hombres de buena voluntad pueden experimentar de igual forma que aquellos primeros discípulos que siguieron a Jesús, la presencia del divino Maestro sobre todo cuando evangelizan a los pueblos y con ello se evangelizan así mismos, con la ayuda inestimable del Espíritu Santo y el patrocinio de la Virgen María.


Las vidas y las obras de los Apóstoles Simón el Cananeo y Judas Tadeo, transcurrieron de forma paralela, pero muy cercanas, y por eso entre otros motivos la Iglesia de Occidente celebra de forma conjunta la festividad de estos dos santos. Muchos hagiógrafos, incluso llegan a insinuar que Simón Cananeo y Judas Tadeo eran hermanos, pero lo cierto es que no existe una base coherente para aceptar este hecho. En los Evangelios se les nombra en la lista de los Doce, siempre juntos (Mt 10,4; Mc 3,18; Lc 6,15) y en los Hechos de los Apóstoles, también San Lucas los nombra así (Hech 1,13), esto no quiere decir, sin embargo, que fueran necesariamente hermanos como algunas veces se ha sugerido, pero sin duda ambos eran parientes cercanos del Señor.
Concretamente, Judas Tadeo se sabe que era hermano de Santiago <el Menor>, el que fuera Obispo de Jerusalén cuando Pedro tuvo que <marchar a otro lugar>, y ambos eran hijos de Alfeo y de María Cleofás (probablemente prima hermana de la Virgen María). Por su parte Simón es nombrado con el apelativo del <Cananeo>, en los Evangelios de Mateo y Marcos, lo cual hace suponer que era natural de Canaán, y recibe el apodo de <Zelote> por parte del evangelista San Lucas, lo que ha hecho creer a algunos historiadores que su procedencia era la secta de los zelotes, existente en aquellos tiempos.


Según Benedicto XVI (Ibid), los dos calificativos significarían lo mismo:
“En realidad, los dos calificativos son equivalentes, pues significan lo mismo: en hebreo, el verbo <qaná> significa <ser celoso, apasionado> y se puede aplicar tanto a Dios en cuanto que es celoso del pueblo al que ha elegido (Cf. Éxodo 20, 5), como a los hombres, que arden de celo en el servicio al Dios único con plena entrega, como Elías (Cf. 1 Reyes 19, 10).
Por tanto, es muy probable que este Simón, si no pertenecía propiamente al movimiento nacionalista de los zelotes, quizá se caracterizaba al menos por un celo ardiente por la identidad judía, es decir, por Dios, por su pueblo y por su Ley divina”

Los zelotes, existentes en Israel en tiempos de Jesús y sus Apóstoles, defendían unas ideas que en muchos aspectos eran semejantes a las de la secta de los fariseos, pero se diferenciaban de estos en que ellos apostaban por la acción armada contra los romanos, pues pensaban que ésta sería respaldada por Dios. Eran, por tanto, contrarios al pago del tributo a Roma y manifestaban una aversión especial hacia los matrimonios mixtos, entre otras cosas.
Esto demuestra, como dice nuestro actual Papa, que el Señor eligió a sus doce Apóstoles entre todas las clases sociales, e ideologías, sin hacer exclusión de nadie, porque a Él le interesaban los seres humanos y no las categorías sociales, y lo más interesante de ello es que estas personas procedentes de extractos sociales tan diferentes convivieran juntas al lado del Señor, superando todas las posibles dificultes que se pudieran presentar por este hecho y, sólo, porque la presencia de Jesús era más que suficiente para conseguir unirlas  en una misma fe.

Por eso sigue diciendo el Papa Benedicto XVI :
“Hay que recordar que el grupo de los Doce es la prefiguración de la Iglesia, en la que tienen que encontrar espacio todos los carismas, pueblos, razas, todas las cualidades, que encuentran su unidad en la comunión con Jesús”
 


En este sentido, muchos Papas y teólogos de todos los tiempos se han interesado por lo que se ha venido en llamar <ecumenismo>. Así por ejemplo el Papa  Juan Pablo II, que fue una de las personas que más luchó por conseguir la unión de todos los pueblos de Dios, escribió una Carta Encíclica muy interesante sobre este tema en la cual entre otras cosa nos dice (Ut Unum Sint):
“Junto con todos los discípulos de Cristo, la Iglesia católica basa en el designio de Dios su compromiso ecuménico de congregar a todos en la unidad. En efecto, <la Iglesia no es una realidad replegada sobre sí misma, sino permanentemente abierta a la dinámica misionera y ecuménica, pues ha sido enviada al mundo para anunciar y testimoniar, actualizar y extender el misterio de comunión que la constituye: a reunir a todos y a todo en Cristo, a ser para todos> sacramento inseparable de unidad”
Y termina el Papa su Carta Encíclica con el siguiente ruego, dirigido a los hermanos y hermanas de la Iglesias y Comunidades eclesiales, así como a todos los fieles católicos:
 
 


“Yo, Juan Pablo, humilde <Servus servorum Dei>, me permito hacer mías las palabras del Apóstol Pablo, cuyo martirio, unido al del Apóstol Pedro, ha dado a esta Sede de Roma el esplendor de su testimonio, y os digo a vosotros, <sed perfectos; animaos; tened un mismo sentir; vivid en paz, y el Dios de la caridad y de la paz estará con vosotros> (2 Co 13, 11-13)”

Los Apóstoles son columnas de la Iglesia de Cristo sobre la que se sustenta la fe, dando ejemplo a los hombres en el camino de la evangelización a lo largo de los siglos y hasta nuestros días, en los que se ha hecho necesaria una <nueva evangelización>, en palabras del Papa Juan Pablo II, para luchar contra las fuerzas del mal que preconizan una anti-evangelización.
Los Apóstoles Simón Cananeo y Judas Tadeo con su labor apostólica nos sirven de estímulo a este propósito, al igual que los restantes Apóstoles y todos los mártires que en el mundo han sido por defender la fe de Cristo. Ellos fueron fieles seguidores de Jesús  y se dedicaron a evangelizar con todo su amor las distintas regiones del mundo que el Espíritu Santo les había inspirado.

Como asegura el Papa León XIII en su Carta Encíclica <Aeterni Patris Filius>, promulgada en Roma el 4 de agosto de 1879:


“El Hijo Unigénito del Eterno Padre, que apareció en la tierra para salvar el linaje humano e iluminarlo con la divina sabiduría, hizo muy grande y admirable beneficio al mundo cuando, estando para ascender de nuevo al cielo, mandó a sus Apóstoles que fuesen a enseñar a todas las gentes (Mt 28, 19) y dejó a la Iglesia, que él había fundado, para común y suprema maestra de los pueblos. Pues los hombres, a quienes la verdad había libertado, debían ser conservados por la verdad; no hubieran durado por largo tiempo las celestiales doctrinas por las que se logró la salvación para el hombre, si Cristo Nuestro Señor no hubiese constituido un magisterio perenne para instruir los entendimientos de la fe”

La lucha por el alma del mundo contemporáneo es enorme <allí donde el espíritu de este mundo parece más poderoso>, como sigue diciendo el Papa Juan Pablo II (Cruzando el umbral de la esperanza. Capítulo 18):
“Dios es fiel a su Alianza. Alianza que selló con la humanidad por Jesucristo. No puede ya volverse atrás, habiendo decidido de una vez por todas que el destino del hombre es la vida eterna y el Reino de los Cielos
Quizá la humanidad se vaya haciendo poco a poco más sencilla, vaya abriendo de nuevo los oídos para escuchar la palabra, con la que Dios lo ha dicho todo al hombre. Y en esto no habrá nada de humillante; el hombre puede aprender de sus propios errores. También la humanidad puede hacerlo, en cuanto Dios la conduzca a lo largo de los tortuosos caminos de la historia; y Dios no cesa de obrar de este modo.

Su obra esencial seguirá siendo siempre la Cruz y la Resurrección de Cristo”


Tras estas consoladoras palabras del Papa debemos sentirnos con más fuerzas que nunca, para seguir el ejemplo de aquellos santos varones y mujeres santas, que a lo largo de la historia dieron su vida por el Evangelio. Los Apóstoles del Señor fueron los pioneros en esta dura empresa,  demostrando todos ellos su amor a Cristo y a su Iglesia, por ello recordar sus vidas, puede sernos de gran utilidad también a los hombres de este siglo.
Desgraciadamente la vida de los santos no siempre ha quedado reflejada en las Sagradas Escrituras, siendo excepcionales los casos de San Pedro y San Pablo, cuyos hechos más relevantes fueron contados por el evangelista San Lucas. La vida de los restantes Apóstoles del Señor son menos conocidas y sólo gracias a la Tradición de la Iglesia los hagiógrafos las han podido reconstruir total o parcialmente, por lo que hay que tener mucho cuidado para no caer en errores graves a este respecto.



Lo que es seguro, es que después de la venida del Espíritu Santo, en el caso concreto de Judas Tadeo, fue Mesopotamia el lugar de la Tierra donde le tocó evangelizar, pero también parece que predicó en Libia, en tanto que Simón Cananeo predicaba en Egipto, consiguiendo tanto uno como el otro grandes éxitos al cristianizar estos lugares sumidos en la barbarie religiosa.

Finalmente se cree que ambos Apóstoles se apoyaron mutuamente yendo a evangelizar Persia, país que por aquella época se encontraba en guerra con la India. En este punto, las historias sobre los milagros sorprendentes de ambos Apóstoles son muy abundantes, pero desgraciadamente las fuerzas del mal se impusieron sobre las del bien y ambos evangelizadores fueron martirizados y asesinados. Se cree que a Simón el Cananeo le mataron cortándole por el tronco con una sierra, mientras que a Judas Tadeo le mataron cortándole la cabeza con un hacha, estos terribles hechos tuvieron lugar hacia el año 62 después de Cristo.
Por otra parte, a Judas Tadeo se le atribuye la Epístola que lleva su nombre, perteneciente al grupo de las denominadas <Católicas>, porque no estaban dirigidas a una Iglesia local determinada, sino a un círculo mucho más amplio de feligreses.
La autoría de la Epístola es clara, teniendo en cuenta que el propio Apóstol en su salutación a las gentes a la que va dirigida lo manifiesta así (Jds 1, 1-2):
<Judas, esclavo de Jesucristo y hermano de Santiago, a los llamados, amados en Dios Padre y conservados por Jesucristo / misericordia, paz y caridad sean con vosotros multiplicadas>
 
 
 


Por su parte, nuestro actual Papa Benedicto XVI confirmó, refiriéndose a esta carta,  en su Audiencia General del 11 de octubre de 2006 que:
“A Judas Tadeo se le ha atribuido la paternidad de una de las Cartas del Nuevo Testamento que son llamadas <Católicas>, pues no están dirigidas a una sola Iglesia local, sino a un círculo mucho más amplio de destinatarios. Se dirige <a los que han sido llamados, amados de Dios Padre, y guardados para Jesucristo>”
Ciertamente, como nos recuerda el Santo Padre los destinatarios de esta Carta son aquellos hombres que ha escuchado la palabra del Señor y han conservado  su fe con ayuda del Espíritu Santo, aunque temporalmente hayan podido apartarse de ella, por causa del maligno. Precisamente, la época en la que fue escrita dicha Carta se caracterizó por la existencia de una serie de herejías que atacaban sin cesar a la Iglesia de Cristo.
No puede extrañarnos por tanto  que  San Judas en su Epístola arremetiera contra estas herejías en los términos siguientes (Jds 3-7):

"Queridos, tenía yo un gran interés en escribiros acerca de nuestra común salvación; pero ahora me he visto obligado para exhortaros a combatir en defensa de la fe, que de una vez por todas ha sido transmitida a los creyentes / Y es que se ha infiltrado entre vosotros unos hombres cuya condenación está de antiguo anunciada en las Escrituras. Son unos impíos que han convertido en libertinaje la gracia de nuestro Dios y reniegan de nuestro único Dueño y Señor Jesucristo /
  
 
Ya sé que lo conocéis todo perfectamente. No obstante quiero recordaros que el Señor, después de salvar al pueblo de la opresión egipcia, hizo perecer a los incrédulos / Y a los ángeles que no supieron conservar su dignidad y renunciaron a la que era su propia mansión, los mantiene bajo el poder de la tiniebla perpetuamente encadenados en espera del gran día del juicio / Igualmente Sodoma y Gomorra, junto con las ciudades circunvecinas, que se entregaron lo mismo que ellas a la lujuria y a vicios antinaturales, sufrieron la pena de un fuego eterno, para escarnio de los demás" 

En palabras de Benedicto XVI, la inquietud principal del Apóstol, en  este escrito, estriba en hacer ver a los hombres la necesidad de apartarse de la depravación generada por las herejías existentes, en aquellos momentos, entre el pueblo elegido por Dios, en efecto, el dice (Ibid):
“La preocupación central de esta carta consiste en alertar a los cristianos ante todos los que toman como  excusa la gracia de Dios para disculpar sus costumbres depravadas y para desviar a los hermanos con enseñanzas inaceptables, introduciendo divisiones dentro de la Iglesia <alucinados en sus delitos> (versículo 8), así define Judas a sus doctrinas e ideas particulares. Los compara incluso con los ángeles caídos, y con términos fuertes dice que <se han ido por el camino de Caín>”

San Judas Tadeo y San Simón Cananeo, entregando  su vida por la causa del Evangelio, y por eso la Iglesia los honra como mártires y son ejemplos a seguir para toda la cristiandad. Se puede decir que el inmenso sacrificio que supone el martirio como fuente de gracia salvadora, ha sido y será siempre un ejemplo aleccionador para todas las generaciones, conducente en tantas ocasiones al deseo de realizar con más fuerza y voluntad la tarea de la evangelización a la que los hombre  han sido llamados; por otra parte, como decía el Papa León XIII la inteligencia humana debe entregarse totalmente a la autoridad divina para vivir cristianamente (Carta Encíclica <Tametsi futura prospicientibus> , dada en Roma  en el año 1900):



“Téngase, pues, por cosa cierta que ha de entregarse totalmente la inteligencia humana, para vivir la vida de cristiano, a la autoridad divina. Y si por aquello de que la razón ceda a la autoridad, aquel orgullo íntimo que tanta fuerza tiene en nosotros, se revela y lamenta con dolor, se comprende que es más necesario todavía al cristiano el sacrificio del entendimiento que el de la voluntad.
Y por esto queremos recordar que aquellos que se forjan en su mente una ley y manera de sentir y obrar más ancha y muelle en la vida cristiana, de preceptos más suaves y conforme con su floja inclinación y más benigna con la humana naturaleza, no han de ser jamás tolerados ni oídos con benevolencia. No comprenden los tales la fuerza de la fe y las instituciones cristianas, no ven que a cada paso la Cruz nos sale al encuentro, como estandarte perpetuo y ejemplar para todos aquellos que real y verdaderamente, y no sólo de nombre, quieren seguir a Cristo”
 
 


Las palabras del Papa León XIII nos recuerdan,  las de San Judas Tadeo en su carta (Judas 9-13):
"El arcángel Miguel, cuando, altercando con el diablo, le disputaba el cuerpo de Moisés, no osó pronunciar sentencia contumeliosa, sino dijo: <Mándate callar el Señor> /
Éstos, empero, blasfeman de lo que ignoran, y lo que naturalmente saben, como los brutos animales, en eso se corrompen / ¡Ay de ellos! Porque anduvieron por el camino de Caín, y por la esperanza del lucro se precipitaron en los extravíos de Balaán, y perecieron con la sublevación de Coré / Estos son los que mancillan vuestros ágapes, cuando con vosotros banquetean sin recato, hombres que se apacientan a sí mismos, nubes sin agua que los vientos se llevan, árboles de otoño que fenecen, desprovistos de frutos, dos veces muertos, arrancados de raíz / olas bravías del mar, que echan las espumas de sus torpezas; astros errantes, a los cuales está reservada la lobreguez de la tinieblas eternas"

Todas estas desgracias de las que habla el Apóstol son consecuencia del pecado de concupiscencia, que conlleva  la ambición,  la avidez,  la codicia,  la incontinencia,  la liviandad, etc., cosas todas por desgracia actualmente muy presentes en nuestra sociedad del desarrollo, totalmente apartada la más de las veces de Dios, pero como nos recuerda el Papa Benedicto XVI en su Carta Encíclica “Spe Salvi”, dada en Roma en noviembre de 2007: "El hombre necesita a Dios, de lo contrario queda sin esperanza...

 


Un reino de Dios instaurado sin Dios, un reino, pues, sólo del hombre, desemboca inevitablemente <en el final perverso> de todas las cosas descritas por Kant. Pero tampoco cabe dudar que Dios entre realmente en las cosas humanas a condición de que no sólo lo pensemos nosotros, sino que Él mismo salga a nuestro encuentro y nos hable. Por eso la razón necesita de la fe para llegar a ser totalmente ella misma: razón y fe se encuentran mutuamente para realizar su verdadera naturaleza y su misión…
La parte central del Credo de la Iglesia, que trata del misterio de Cristo desde su nacimiento eterno del Padre y el nacimiento temporal de la Virgen María, para seguir con la Cruz y a Resurrección y llegar hasta su retorno, se concluye con las palabras: <de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos>. Ya desde los primeros tiempos, la perspectiva del Juicio ha influido en los cristianos, como llamada a su conciencia y, al mismo tiempo, como esperanza en la justicia de Dios”