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viernes, 24 de mayo de 2019

IDENTIDAD DE LOS FIELES LAICOS: SU VOCACIÓN Y MISIÓN EN LA IGLESIA




Los Padres Sinodales han señalado con justa razón la necesidad de individualizar y proponer una descripción positiva de la vocación y de la misión de los fieles laicos, profundizando en el estudio doctrinal del Concilio Vaticano II, a la luz de los recientes documentos del Magisterio y de la experiencia de la vida misma de la Iglesia guiada por el Espíritu Santo…

Con el nombre de laicos, así lo describe la Constitución <Lumen Gentium>, se designa aquí todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros del orden sagrado y los de estado religioso sancionados por la Iglesia; es decir, los fieles que, en cuanto incorporados a Cristo por el Bautismo, integrados en el pueblo de Dios, y hechos participes a su modo del oficio sacerdotal, profético, y real, de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos le corresponde”

Podríamos preguntarnos ante estas palabras del Papa: ¿Pero de qué forma concreta participan los laicos en ese oficio triple de Jesús (sacerdotal, profético y real) cuyo origen es el Sacramento del Bautismo?
 
 
 
 
La respuesta a esta sensata pregunta, la tenemos también en la Exhortación del Santo Padre (Ibid): “Los fieles participan en el oficio sacerdotal, por el que Jesús se ha ofrecido a sí mismo en la Cruz y se ofrece continuamente, en la celebración eucarística, por la salvación de la humanidad para gloria del Padre…


La participación en el oficio profético de Cristo, <que proclamó el Reino del Padre con el testimonio de la vida y con el poder de la palabra>, habilita y compromete a los fieles laicos a acoger con fe el Evangelio y a anunciarlo con las palabras y con las obras, sin vacilar en denunciar el mal con valentía…

Por su pertenencia a Cristo, Señor y Rey del universo, los laicos participan en su oficio real y son llamados por Él para servir al Reino de Dios y difundirlo en la historia. Viven la realeza cristiana, antes que nada, mediante la lucha espiritual para vencer en sí mismos el pecado; y después  en la propia entrega para servir, en la justicia y en la caridad, al mismo Jesucristo presente en todos sus hermanos, especialmente en los más pequeños”  

Ahora bien, la <condición eclesial> de los fieles laicos se encuentra radicalmente definida por su carácter cristiano y su dimensión secular, según consta en la <Lumen Gentium>. Ello quiere decir, como también recuerda Juan Pablo II en su Carta Apostólica post-sinodal, que de este modo <el mundo se convierte en el ámbito y el medio de la vocación cristiana de los fieles laicos>, porque el mismo está destinado a dar gloria a Dios Padre en Cristo.

 
 
 
Desde este punto de vista los Padres Sinodales han afirmado que: <la índole secular del fiel laico no debe ser definida solamente en el sentido sociológico, sino sobre todo en el sentido teológico>.

Deberíamos tener claro todos los laicos, que junto con los sacerdotes, religiosos y religiosas, constituimos pueblo de Dios; todos podemos recibir la llamada del Señor para trabajar en su viña, <Id también vosotros a mi viña> (Mt 20 , 7) y como miembros de su Iglesia tenemos  vocación de evangelizar, de ser anunciadores de su Evangelio, y para ello hemos sido habilitados con el Sacramento del Bautismo y reafirmados por el Espíritu Santo con el Sacramento de la Confirmación.
Recordemos una vez más las sabias palabras del Papa Juan Pablo II a este respecto (Ibid):

“Por la evangelización la Iglesia es construida y plasmada como comunidad de fe; mejor dicho, como comunidad de una fe confesada en la adhesión a la Palabra de Dios, celebrada en los Sacramentos, vivida en la caridad como alma de la existencia moral cristiana…
En verdad, el imperativo de Jesús, <Id y predicad el Evangelio>, mantiene siempre vivo su valor, y está cargado de una urgencia que no puede decaer…

 
 
 
Cada discípulo es llamado en primera persona; ningún  discípulo puede hurtar su propia respuesta, porque como dijo San Pablo, < ¡Ay de mí  si no predicase el Evangelio!> (I Co 9,16)”


Son palabras llenas de verdad que nos animan sin duda a continuar siempre adelante en la tarea de apostolado, aunque sabemos que las dificultades son grandes, así lo han entendido todos los Pontífices, también en los últimos siglos; ellos la han  fomentado, han hecho una llamada urgente a favor de lo que se ha dado en llamar <nueva evangelización>.
Precisamente el Papa Benedicto XVI, cuando aún era el Cardenal Ratzinger, aclaraba la necesidad de la misma, en una conferencia que pronunció para el conjunto de profesores y catequistas que asistieron a un Congreso en Roma en el año 2000:

“La pobreza más profunda es la incapacidad de la alegría, el tedio de la vida considerada absurda y contradictoria. Esta pobreza se halla hoy muy extendida, con formas muy diversas, tanto en las sociedades materialmente ricas, como en los países pobres.
La incapacidad de la alegría supone y produce la incapacidad de amar, produce la envidia, la avaricia…todos los vicios que arruinan la vida de las personas y del mundo. Por eso hace falta una <nueva evangelización>.
Si se desconoce el arte de vivir, todo lo demás no funciona. Pero ese arte no es objeto de la ciencia; solo lo puede comunicar quien tiene la vida, Cristo, el que es el Evangelio en persona”
 
 
 
Esta situación de descristianización que hemos sufrido en los últimos siglos, ha llegado a límites insoportables en tantas ocasiones, por la pérdida de valores humanos, y la pérdida, como decía Benedicto XVI, de la alegría y del arte de vivir…


Por desgracia muchos hombres y mujeres  no han logrado en una sociedad consumista y falta de amor a Dios, encontrar en la Santa madre Iglesia las respuestas que buscaban a sus problemas en particular. Sin embargo, la historia de la humanidad ha demostrado que normalmente solo a través de la Iglesia el hombre es capaz de llegar a conocer a Jesús. Así le sucedió por ejemplo a San Pablo, el cual contactó con la Iglesia de Cristo antes de llegar a conocer a Éste, aunque el resultado en principio fuera negativo en lugar de positivo.
Recordemos, a este respecto, que el que llegaría a ser un apóstol de Jesús, al conocer por primera vez, a los miembros de su Iglesia, los persiguió violentamente para exterminarlos (Hch 9, 1-2):
“Saulo, respirando todavía amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, se presentó ante el sumo sacerdote / y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, con el fin de llevar detenidos a Jerusalén a cuantos encontrara, hombres y mujeres, seguidores de Jesús”


Posteriormente siendo ya apóstol del Señor, San Pablo, muy arrepentido reconoció por tres veces en diferentes <Cartas> suyas la maldad que había cometido al perseguir a la Iglesia de Cristo (1 Co 15; Ga 1, 13; Flp 3, 6).
 
 
 
 
El Papa Benedicto XVI, no obstante, nos recordó en su Audiencia  General  (miércoles 22 de noviembre de 2006)  que: “La adhesión de Pablo a la Iglesia se realizó por una intervención directa de Cristo, quién al revelársele en el camino de Damasco, se identificó con la Iglesia y le hizo comprender que perseguir a la Iglesia era perseguirlo a él, el Señor.


En efecto, el Resucitado dijo a Pablo perseguidor de la Iglesia: <Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?> (Hch 9, 4).

Al perseguir a la Iglesia, perseguía a Cristo. Entonces, Pablo se convirtió, al mismo tiempo, a Cristo y a su Iglesia.

Así se comprende por qué la Iglesia estuvo tan presente en el pensamiento, en el corazón y en la actividad de San Pablo”

Sí, San Pablo a partir de aquel momento se dedicó a predicar las enseñanzas de Jesús, esto es a evangelizar en las sinagogas de Damasco y todos los que le oían se asombraban del cambio que había experimentado. Pero él cada vez estaba más convencido que Jesús era Cristo, el Mesías que el pueblo siempre había esperado.
 
 
 
 
Así ha sucedido también en el caso de otros muchos hombres  menos conocidos y seguirá sucediendo hasta el fin de los siglos…  Sin embargo en los últimos siglos se ha hecho más necesario que nunca,  encontrar nuevos caminos para  mostrar la verdad y belleza del Evangelio de Cristo. Como nos pedía el que más tarde sería Papa Benedicto XVI (Ibid):


“Busquemos, además de la evangelización permanente, nunca interrumpida, una <nueva evangelización>, capaz de lograr que la escuche este mundo que no tiene acceso a la evangelización clásica. Todos necesitamos el Evangelio. El Evangelio está destinado a todos y no sólo a un grupo determinado, y por eso debemos buscar nuevos caminos para que la evangelización llegue a todos…”
 
 



La existencia real de un juicio final debe volver al pensamiento de los cristianos, de otra forma habremos perdido parte esencial del mensaje del Evangelio de Cristo, que nos incumbe y ¡de que manera!

Algunos piensan que la <nueva evangelización> consiste, tan solo, en dar a conocer  el Evangelio con las nuevas técnicas del mundo de la comunicación, esto puede ser así, pero no es lo más importante, recordemos al respecto las palabras de Benedicto XVI (Ibid):
“Nueva evangelización no puede querer decir atraer inmediatamente con nuevos métodos, más refinados, a las grandes masas que se han alejado de la Iglesia. No; no es está la promesa de la <nueva evangelización>.

La <nueva evangelización> significa no contentarse con el hecho de que el grano de mostaza haya crecido en el gran árbol de la Iglesia universal, ni pensar que basta el hecho de que en sus ramas puedan anidar aves de todo tipo, dejando que Dios decida cuándo y cómo crecerán”

Sí, no podemos dejar a medias las cosas, no podemos implicarnos sin antes sufrir nosotros en nuestras propias carnes, la necesidad de una nueva visión de los problemas de esta vida, sin haber sufrido, de alguna manera también, el cambio de nuestras conciencias dormidas…

Porque el anuncio del reino de Dios así lo requiere, porque es anuncio del Dios que nos conoce y nos escucha; del Dios que ha entrado en la historia de la humanidad para hacer justicia, como proclamaba Benedicto XVI (Ibid):
 
 
 
 
“Esta predicación es, por tanto, anuncio de juicio, anuncio de nuestra responsabilidad. El hombre, no puede hacer o no hacer, lo que quiera. El será juzgado…El debe dar cuenta de sus actos…De esta manera, el artículo de fe del juicio, su fuerza de formación de las conciencias, es un contenido central del Evangelio y es verdaderamente una <buena nueva>. Lo es para todos aquellos que sufren por la injusticia del mundo y busca justicia.


De este modo se comprende la conexión entre el <Reino de Dios> y los pobres, los que sufren  y todos aquellos de los cuales hablan las Bienaventuranzas del discurso de la montaña de Jesús.
Estos están protegidos por la certeza del juicio, por la certeza de que hay justicia.
Este es el verdadero contenido del artículo sobre el juicio final, sobre Dios Juez: Hay justicia”


Ciertamente como aseguraba Benedicto XVI , no es posible que las injusticias de este mundo, las injusticias practicadas por hombres impíos, tengan la última palabra, porque  Dios es justo y misericordioso, e imparte justicia ahora, e impartirá justicia al final de los siglos, pero de una forma muy distinta a como lo hacen los seres humanos (Ibid):

“La bondad de Dios es infinita, pero no debemos reducir esta bondad a una cosa melindrosa, sin verdad. Sólo creyendo al justo juicio de Dios, solo teniendo hambre y sed de justicia, abrimos nuestro corazón y nuestra vida a la misericordia divina…”
 
 
 
 
 


“Oh Virgen Santísima, Madre de Cristo y Madre de la Iglesia, con alegría y admiración nos unimos a tu Magnificat, tu canto de amor agradecido.

Contigo damos gracia a Dios, <cuya misericordia se extiende de generación en generación>, por la espléndida vocación y por la multiforme misión confiada a los laicos, por su nombre, llamados por Dios a vivir en comunión de amor y de santidad con Él y de estar fraternalmente unidos en la gran familia de los hijos de Dios, enviados a irradiar la luz de Cristo y de comunicar el fuego del Espíritu por medio de su vida evangélica en todo el mundo”  

 


 

 

 

jueves, 16 de mayo de 2019

JESUS DIJO (XXXIX): TRABAJOS PUBLICADOS EN MRM.MARUS



 
 




. EN LA VIDA DEL SACERDOTE SU TIERRA ES DIOS   (26/10/18)

 

 . EL MISTERIO DE LA VISITACIÓN  (26/10/18)

 

 . EL OFICIO SACERDOTAL DE CRISTO Y LA CELEBRACIÓN 

   DE LA LITURGIA EN LA IGLESIA  (27/10/18)

 

 . El ESCANDALO DE UNA FE QUE PONE TODA SU EXISTENCIA EN DIOS  (28/10/18)

 

 .  LA IGLESIA DE CRISTO ES APÓSTOLICA (1ª PARTE)  (29/10/18)

 

 .  LA IGLESIA DE CRISTO ES APÓSTOLICA (2ª PARTE)  (29/10/18)

 

 

 

 

 BIBLIA DE NAVARRA  EDICIÓN POPULAR (Ediciones Universidad de Navarra S.A. Pamplona-España)

 

 

PRIMERA CARTA DE SAN PEDRO  (1ª Parte)

 

 

SALUDO (1, 1-2)

 

Pedro, apóstol de Jesucristo, a los que peregrinan en la diáspora del Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, elegidos, / según la presciencia de Dios Padre, mediante la santificación del Espíritu, para obedecer a Jesucristo y ser rociados con su sangre: gracia y paz en abundancia para vosotros.

 

 

ALABANZA Y ACCIÓN DE GRACIAS A DIOS (1, 3-12)

Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que por su misericordia nos ha engendrado de nuevo – mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos – a una esperanza viva, / a una herencia incorruptible, inmaculada y que no se marchita, reservada en los cielos para vosotros, / que, por el poder de Dios, estáis custodiados mediante la fe hasta alcanzar la salvación preparada ya para ser manifestada en el tiempo último. / Por eso os alegráis, aunque ahora, durante algún tiempo, tengáis que estar afligidos por diversas pruebas, / para que la calidad probada de vuestra fe – mucho más preciosa que el oro perecedero que, sin embargo, se acrisola por el fuego – sea hallada digna de alabanza, gloria y honor, cuando se manifieste Jesucristo: / a quien amáis sin haberlo visto; y en quien, sin verlo todavía, creéis y os alegráis con un gozo inefable y glorioso, / alcanzando así la meta de vuestra fe, la salvación de las almas. / Sobre esta salvación investigaron e indagaron los profetas que vaticinaron sobre la gracia que recibiríais, / buscando a qué momento y a qué circunstancias se refería el Espíritu de Cristo que moraba en ellos, y testificaba de antemano los padecimientos reservados a Cristo y su posterior glorificación. / Les fue revelado que eran servidores de estas realidades no para su provecho, sino para el vuestro: las mismas que os han sido anunciadas ahora por quienes os predicaron el Evangelio por el Espíritu Santo enviado desde el cielo, las mismas que los ángeles contemplan con avidez.

 

 

. EXHORTACIÓN A LA SANTIDAD

 

 LOS CRISTIANOS, LLAMADOS A SER SANTOS (1,13-16)

Por lo cual, tened dispuesto el ánimo, vivid con sobriedad y poned toda vuestra esperanza en aquella gracia que os llegará con la manifestación de Jesucristo. / Como hijos obedientes, no conforméis vuestra vida a las antiguas concupiscencias del tiempo de vuestra ignorancia, / sino que así como es santo el que os llamó, sed también vosotros santos en toda vuestra conducta, / conforme a lo que dice la Escritura: Sed santos, porque Yo soy santo.

 

 
RESCATADOS POR LA SANGRE DE CRISTO (1, 17-21)

Y si llamáis Padre al que sin hacer acepción de persona juzga a cada uno según sus obras, comportaos con temor durante el tiempo de vuestra peregrinación; / sabiendo que habéis sido rescatados de vuestra conducta vana, heredada de vuestros mayores, no con bienes corruptibles, plata u oro, / sino con la sangre preciosa de Cristo, como cordero sin defecto ni mancha, / predestinado ya antes de la creación del mundo y manifestado al final de los tiempos para vuestro bien; / para quienes por medio de él creéis en Dios, que le resucitó de entre los muertos y le glorificó, de modo que vuestra fe y vuestra esperanza se dirijan a Dios.

 

 

VIVIR LA CARIDAD FRATERNA (1, 22-25)

Ya que habéis purificado vuestras almas por la obediencia a la verdad, para un amor fraterno no fingido, amaos de corazón intensamente unos a otros, / como quienes han sido engendrados de nuevo no de un germen corruptible, sino incorruptible, por medio de la palabra de Dios, viva y permanente. / Porque Toda carne es como heno, y toda su gloria como flor de heno; se seca el heno y cae la flor, / pero la palabra del Señor permanece para siempre. Ésta es la palabra que os ha sido anunciada como buena nueva.

 

 

COMO NIÑOS RECIEN NACIDOS (2, 1-3)

Así pues, habiéndoos despojado de toda malicia y de todo engaño, de hipocresías, envidias y de toda suerte de maledicencias, / apeteced, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que con ella crezcáis hacia la salvación, / si es que habéis gustado qué bueno es el Señor.

 

SACERDOCIO COMÚN DE LOS FIELES (2, 4-10)

Al acercarnos a él, piedra viva desechada por los hombres pero escogida y preciosa delante de Dios, / también vosotros – como piedras vivas – sois edificados como edificio espiritual para un sacerdocio santo, con el fin de ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por medio de Jesucristo. / Por lo que dice la Escritura: Mira, pongo en Sión una piedra angular, escogida, preciosa; quien crea en ella, no será confundido. / Por eso, para vosotros, los creyentes, el honor, pero para los incrédulos: La piedra que rechazaron los constructores, ésta ha llegado a ser la piedra angular, / y piedra de tropiezo y roca de escándalo. Ellos tropiezan, porque no creen en la palabra: para esto habían sido destinados. / Pero vosotros sois linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido en propiedad, para que pregonéis las maravillas de Aquel que os llamó de las tinieblas a su admirable luz: / los que  un tiempo no erais pueblo, ahora sois pueblo de Dios; los que antes no habíais alcanzado misericordia, ahora habéis alcanzado misericordia.

 

 
. CONDUCTA DE LOS CRISTIANOS ANTE EL MUNDO

 

 
EJEMPLARES ENTRE LOS GENTILES (2, 11-12)

Queridísimos, os exhorto a que, como forasteros y peregrinos, os abstengáis de las concupiscencias carnales, que combaten contra el alma. / Mostrad entre los gentiles una conducta ejemplar, a fin de que, en lo mismo que os calumnian como malhechores, a la vista de vuestras buenas obras, glorifiquen a Dios en el día de su visita.

 

 
OBEDIENTES A LA AUTORIDAD LEGÍTIMA (2, 13-17)

Estad sujetos, por el Señor, a toda institución humana: lo mismo al emperador, como soberano, / que a los gobernadores, como enviados por él para castigar a los malhechores y honrar a los que obran el bien. / Porque ésta es la voluntad de Dios: que haciendo el bien hagáis enmudecer la ignorancia de los insensatos: / como hombres libres y no como quienes convierten la libertad en pretexto para la maldad, sino como siervos de Dios. / Tened consideración con todos, amad a los hermanos, temed a Dios, honrad al emperador.

 

 
OBLIGACIONES DE LOS CRIADOS. EJEMPLO DE CRISTO (2, 18-25)

Criados: estad sujetos con todo respeto a vuestros amos, no sólo a los buenos e indulgentes, sino también a los déspotas. / Porque es buena cosa que uno, por consideración a Dios, soporte penas, sufriendo injustamente. / En efecto, ¿qué mérito tenéis, si por vuestras faltas sois castigados y lo sufrís? En cambio, si obrando el bien soportáis el sufrimiento, eso es agradable a los ojos de Dios. / Pues para esto fuisteis llamados, ya que también Cristo padeció por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis sus huellas: / él no cometió pecado, ni en su boca se halló engaño; / al ser insultado, no respondía con insultos; al ser maltratado, no amenazaba, sino que ponía su causa en manos del que juzga con justicia. / Subiendo al madero, él mismo llevó nuestros pecados, vivamos para la justicia: y por sus llagas fuisteis sanados. / Porque erais como ovejas descarriadas, pero ahora habéis vuelto al Pastor y Guardián de vuestras almas.

 

EJEMPLARES EN LA VIDA FAMILIAR (3, 1-7)

De igual modo, vosotras, mujeres, estad sujetas a vuestros maridos para que, aun cuando algunos no crean en la palabra, sean ganados sin palabras por el comportamiento de sus mujeres, / al observar vuestra conducta casta, llena de respeto. / Que vuestro adorno no sea el de fuera, peinados, joyas de oro, vestidos llamativos, / sino lo más íntimo vuestro, lo oculto en el corazón, ataviado con la incorruptibilidad de un alma apacible y serena. Esto es de inmenso valor a los ojos de Dios. / Porque también así se adornaban en otro tiempo las santas mujeres que esperaban en Dios y estaban sujetas a sus maridos: / así Sara obedeció a Abrahán, llamándole <señor>. De ella sois hijas, cuando obráis el bien sin inquietaros por ningún temor. / Lo mismo vosotros, maridos, en la convivencia con vuestra mujer, tened en cuenta que es un ser más frágil, y tributadles el honor debido – ya que son también coherederas del don de la Vida – para que nada impida vuestras oraciones.

 

 
AMARSE COMO HERMANOS (3, 8-12)

Por último, tened todos el mismo pensar y el mismo sentir, amaos como hermanos, sed misericordiosos y humildes, / no devolváis mal por mal, ni maldición por maldición, sino – al contrario – bendecid, porque para esto habéis sido llamados, para ser herederos de la bendición / Pues el que quiera amar la vida y ver días dichosos, refrene su lengua del mal y sus labios de palabras engañosas; / apártese del mal y practique el bien, busque la paz y vaya tras ella. / Porque los ojos del Señor miran a los justos, y sus oídos están atentos a sus plegarias, pero el rostro del Señor se vuelve contra los que obran mal.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 1 de mayo de 2019

EL AUGUSTO SACRAMENTO DEL ALTAR: LA EUCARISTÍA (2ª PARTE)



 
 
 
 
En el año 2012 el por entonces Pontífice de Roma, Benedicto XVI, durante la misa en la solemnidad del <Corpus Christi>, celebrada en la Basílica de San Juan de Letrán ( jueves 7 de junio)  pronunció una Homilía muy interesante sobre el culto a la Eucaristía. El santo Padre en su catequesis reflexionaba sobre el valor del culto eucarístico y en particular sobre el valor de la adoración del Santísimo Sacramento, ya que posteriormente a la celebración de la Misa se iba a llevar a cabo esta costumbre religiosa, tan importante:


Una interpretación unilateral del Concilio Vaticano II había penalizado esta dimensión, restringiendo en la práctica la Eucaristía al momento celebrativo. En efecto, ha sido muy importante reconocer la centralidad de la celebración, en la que el Señor convoca a su pueblo, lo reúne en torno a la doble mesa de la Palabra y del Pan de vida, lo alimenta y lo une así en la ofrenda del Sacrificio.

 
 
Esta valoración de la asamblea litúrgica, en la que el Señor actúa y realiza su misterio de comunión, obviamente sigue siendo válida, pero debe situarse en el justo equilibrio. De hecho, como sucede a menudo, para subrayar un aspecto se acaba por sacrificar otro. En este caso, la justa acentuación puesta sobre la celebración de la Eucaristía ha ido en detrimento de la adoración, como acto de fe y de oración dirigido al Señor Jesús, realmente presente en el Sacramento del Altar.


Este desequilibrio ha tenido repercusiones también sobre la vida espiritual de los fieles. En efecto, concentrando toda la relación con Jesús Eucaristía en el único momento de la Santa Misa, se corre el riesgo de vaciar de su presencia el resto del tiempo, y del espacio, existenciales. Y así se percibe menos el sentido de la presencia constante de Jesús en medio de nosotros y con nosotros, una presencia concreta, cercana, en nuestras casas, como <Corazón palpitante> de la ciudad, del país, del territorio con sus diversas expresiones y actividades.

El Sacramento de la caridad de Cristo debe permanecer en toda la vida cotidiana”  

Así es, el Sacramento de la Eucaristía debería estar presente en el día a día de todo creyente, porque es algo muy grande el hecho, que no deberíamos olvidar nunca, de que Cristo está presente con su Carne y con su Sangre en Él.

Es un inmenso regalo que nos hizo el Señor antes de su partida de este mundo, poco antes de su Pasión y Muerte en la Cruz…

Hace unos años, no demasiados, la aptitud de los creyentes respecto al Sacramento eucarístico era diferente; los fieles asistían con cierta frecuencia a las Iglesias para adorar a Jesús presente en la <Sagrada Forma>; ahora en cambio por diversas circunstancias, esta práctica religiosa ha desaparecido en algunos casos y va desapareciendo en otros y de ahí que los Papas del siglo pasado y también de este siglo, nos recuerden la necesidad que el hombre tiene de seguir adorando a Cristo no solo durante la Santa Misa, sino después, los días de ordinario, cuando se encuentra expuesta la Santa Hostia, en las Iglesias y Oratorios.
 
 
 
 
El problema viene agravándose desde mediados del siglo pasado, por eso, ya el Papa  Pablo VI en su Carta Encíclica <Mysterium Fidei>, refiriéndose al culto latréutico (reverencia, culto y adoración a Dios) debido al Sacramento eucarístico, no sólo durante la misa, sino fuera de su celebración, y también a la obligación de conservar con gran diligencia las Hostias consagradas para su posterior adoración, nos hacía ver que desde siempre esto era así en la Iglesia de Cristo y que existen muchos testimonios al respecto en los antiguos documentos eclesiásticos.


En este sentido, el Pontífice nos recordaba en primer lugar las palabras de amonestación de  san Hipólito (S. III)  a sus feligreses:

 <En verdad el Cuerpo de Cristo debe ser comido y no despreciado por los fieles>   

Estas palabras pronunciadas y conservadas gracias a sus escritos, de un hombre como san Hipólito, mártir, presbítero y durante un corto periodo de su vida antipapa, nos hace comprender la importancia del Sacramento de la Eucaristía en el culto de la Iglesia de Cristo.
 
 
 
 
Sí, porque ciertamente de acuerdo con  una inscripción que aparece sobre su tumba, compuesta por el Papa Dámaso I, Hipólito había sido seguidor del cisma novaciano mientras era presbítero, pero antes de la muerte exhortó a sus seguidores a reconciliarse con la Iglesia Católica.


Cuentan los hagiógrafos, que cuando Ponciano fue elegido Papa en el año 231, la Iglesia de Cristo se encontraba dividida por un cisma promovido por el sacerdote Hipólito, el cual se había negado a aceptar la elección del diácono Calixto como Papa en el año 217, y  lideraba un movimiento defensor de la tradición cristiana. Este hombre era ya reconocido por entonces como un gran maestro y conocedor de las Sagradas Escrituras…

Se cuenta también que el emperador Maximiano, viendo que ambos, Hipólito y Ponciano, eran lideres reconocidos de los cristianos, ordenó su detección, condenándoles después a trabajos forzados para  de esta forma perjudicar a la Iglesia de Cristo.

Sin embargo ambos, conscientes del peligro que corría la Iglesia con este mandato del emperador, renunciaron a todos sus cargos y pidieron a sus fieles que siguiesen adelante con la misión evangelizadora.

Finalmente fueron condenados a muerte, y así, las diferencias que estos  dos santos varones mantuvieron en Roma se vieron superadas por la comunión en el destierro y el martirio.
 
 
 
Después de la persecución ejercida por este emperador, el Papa Fabián (236-250) pudo llevar a Roma sus cuerpos un  13 de mayo, por ello la Iglesia celebra el aniversario de aquel traslado en esa misma fecha, cada año litúrgico.


Otra referencia muy temprana a la adoración del Santísimo Sacramento la tenemos en la vida de San Basilio el Grande (323-379). Nacido en Cesarea  de Capadocia (Turquía) en el seno de una familia cristiana fue un gran benefactor de los pobres y un gran defensor de la unidad de los cristianos. Sus hagiógrafos aseguran  que en una ocasión dividió la Santa Hostia en tres partes cuando celebraba la Misa, y entonces una parte la consumió él, otra parte la dio a los monjes presentes y la tercera la colocó en una paloma dorada suspendida sobre el Altar.
 
 
 
 
Sin embargo se cree que la adoración del Santísimo Sacramento, tal como aún hoy en día se sigue practicando se inició en Aviñon (Francia) en el siglo XIII, para celebrar y dar gracias por la victoria obtenida sobre los cátaros en las últimas confrontaciones que mantuvieron con estos, durante la Cruzada albigense.


A raíz de este momento parece que se intensificó bastante la práctica de la adoración de la Santa Eucaristía por parte de los creyentes; por eso y con el permiso del Papa Honorio III, la misma se ratificó y continuó realizándose desde entonces de forma casi constante.

La expresión utilizada para referirnos a esta piadosa práctica de forma ininterrumpida, se ha dado en llamar <adoración perpetua> y no fue hasta el siglo XV cuando se convirtió en una costumbre generalizada. La historia de esta santa práctica es larga y no siempre grata pero de cualquier forma ha persistido a lo largo de los siglos aunque en el momento actual debería recuperar la pujanza de otros tiempos. Por ello es reconfortante recordar las enseñanzas de los Pontífices, en estos momentos en los que los seres humanos se encuentran tan apartados de su Creador.

 
 
 
En este sentido el Papa Benedicto XVI, como antes mencionábamos, ha querido señalar que es un error contraponer la celebración y la adoración de la Santa Eucaristía, como si estuvieran en competición una con otra (Ibid): “Es precisamente lo contrario: el culto al Santísimo Sacramento es como el <ambiente> espiritual dentro del cual la comunidad puede celebrar bien  y en verdad la Eucaristía. La acción litúrgica sólo puede expresar su pleno significado y su valor, si va precedida, acompañada y seguida, de esta actitud interior de fe y de adoración.


El encuentro con Jesús en la Santa Misa se realiza verdaderamente cuando la comunidad es capaz de reconocer que Él, en el Sacramento, habita en su casa, nos espera, nos invita a su mesa, y luego, tras disolver la asamblea, permanece con nosotros, con su presencia discreta y silenciosa, y nos acompaña con su intercesión, recogiendo nuestro sacrificios espirituales y ofreciéndolos al Padre”
 
 
 
 
Sí, porque como muy bien dijo, en el siglo pasado, el Papa Pio XII (1876-1958) en su Carta Encíclica <Mediator Dei> (Dada en Castel-Gandolfo  junto a Roma, 20 de noviembre de 1947): “Cristo nuestro Señor, <Sacerdote sempiterno, según el orden de Melquisedec> (Sal 109, 4), como hubiera amado a los suyos que vivían en el mundo ( Jn 13, 1),  en la <Última Cena>, en la noche en que se le traicionaba, para dejar a la Iglesia  su amada Esposa un Sacrificio visible, como la naturaleza de los hombres pide que fuese representación  del sacrificio cruento que había de llevarse a efecto en la cruz, y para que permaneciese su recuerdo hasta el fin de los siglos y se aplicase su virtud salvadora para remisión de nuestros pecados cotidianos, ofreció a Dios Padre su cuerpo y su sangre, bajo la presencia del pan y del vino, y los dio a los Apóstoles, constituidos entonces sacerdotes del Nuevo Testamento, a fin de que, bajo estas mismas especies, lo recibiesen, al mismo tiempo que les ordenaba, a ellos y a sus sucesores en el sacerdocio, que lo <Ofreciesen>  (Conc. Tridentino, ses. 22 c.l.).

 
 
 
 
El augusto sacrificio del Altar no es, pues, una pura y simple conmemoración de la Pasión y Muerte de Jesucristo, sino que es un Sacrificio propio y verdadero, por el que el Sumo Sacerdote, mediante una inmolación incruenta, repite lo que una vez Jesús hizo en la Cruz, ofreciéndose enteramente al Padre, victima gratísima”


Así mismo, el Papa Benedicto XVI, siempre preocupado por la correcta interpretación del mensaje de Cristo, unos años después, refiriéndose al Sacramento de la Eucaristía se expresaba en los siguientes términos en su Exhortación Apostólica <Sacramentum Caritatis> (Ed. San Pablo 2007):

“En la Eucaristía, Jesús no da <algo>, sino a sí mismo,  ofrece su cuerpo y derrama su sangre. Entrega así toda su vida, manifestando la fuente originaria de este amor divino. Él es el Hijo eterno que el Padre ha entregado por nosotros.
En los Evangelios escuchamos también a Jesús que, después de haber dado de comer a la multitud con la multiplicación de los panes y de los peces, dice a sus interlocutores que lo habían seguido hasta la sinagoga de Cafarnaúm:
<Es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo> (Jn 6, 32-33)

En la Eucaristía se revela el designio de amor que guía toda la historia de la salvación. En ella, el Deus Trinitas, que en sí mismo es amor (I Jn 4, 7-8), se une permanentemente a nuestra condición humana”
 
 
 
Ante estas palabras del Papa Benedicto XVI, los seguidores de Cristo deberían reflexionar sobre el significado real de este gran Misterio que es Sacramento de la Eucaristía, instituido por Él poco antes de su Pasión, Muerte y Resurrección. Es realmente el <Cuerpo de Cristo>, tal como nos recuerda el sacerdote al entregarnos la Santa Hostia; son la <carne y la sangre de Cristo>, los que recibimos y comemos durante la celebración del Banquete  Pascual, rememorado en la Santa Misa.   


Como dice también Benedicto XVI refiriéndose a la liturgia del Santísimo Sacramento del Altar (Ibid):

“Puesto que la liturgia de la Eucaristía es esencialmente <actio Dei> que nos une a Jesús a través del espíritu, su fundamento no está sometido a nuestro arbitrio…

A partir de la experiencia del Resucitado y de la efusión del Espíritu Santo, la Iglesia celebra el
Sacrificio Eucarístico obedeciendo el mandato de Cristo”

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

viernes, 19 de abril de 2019

EL AUGUSTO SACRAMENTO DEL ALTAR: LA EUCARISTÍA (1ª PARTE)


 
 



Jesús está cerca del hombre de muchas maneras, cada día, ayudándole en su caminar por la vida, pero sobre todo está visible por la fe en el Sacramento de la Eucaristía, que Él instituyó para  estar siempre junto a la humanidad.

Jesús está presente en la Eucaristía:



“No lo vemos, pero hay muchas cosas que no vemos y que son esenciales. Por ejemplo no vemos nuestra razón, y sin embargo tenemos la razón. No vemos nuestra inteligencia, y la tenemos. En una palabra no vemos nuestra alma, y sin embargo existe y vemos sus efectos, porque podemos hablar, pensar, decidir, etc.

Precisamente las cosas más profundas, que sostienen realmente la vida y el mundo no las vemos, pero podemos ver, sentir sus efectos…

Tampoco vemos con nuestros ojos al Señor Resucitado, pero vemos que donde está Jesús los hombres cambian, se hacen mejores. Se crea más capacidad de paz y reconciliación, etc. Por consiguiente, no vemos a Señor mismo, pero vemos sus efectos: así podemos comprender que Jesús está presente”

(Insegnementi di Benedetto XVI. Incluido en el libro <El amor se aprende>. Romana Editorial S.L. 2012).

 Así es, como también manifestó el Papa Benedicto XVI en su libro <los caminos de la vida interior> (Ed. Chronica S.L. 2011):


“Si es cierto que los Sacramentos son una realidad propia de la Iglesia peregrina sobre la tierra (Lumen Gentium. Vaticano II), hacia la plena manifestación de la victoria de Cristo resucitado, también es igualmente cierto que, especialmente en la liturgia eucarística, se nos da a pregustar el cumplimiento escatológico hacia el cual se encamina todo hombre y toda creencia”

 


El Papa san Juan Pablo II nos habló también con anterioridad, en muchas ocasiones, sobre este augusto Sacramento, al que en cierta ocasión calificó de <realidad misteriosa pero auténtica, realidad salvífica y realidad transformante>.

 Concretamente refiriéndose al primer calificativo nos recordaba que:

“Jesús, en la Sinagoga de Cafarnaún, afirmaba claramente:

<Yo soy el pan del cielo…El pan que yo daré es mi carne, vida del mundo…Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida…Este es el pan bajado del cielo…>

Jesús dice precisamente: <carne> y <sangre>, <comer> y <beber>…Es decir , Jesús habla de su Persona real, toda entera, no simbólica, y hace entender que la suya es una ofrenda <sacrificial>, que se realizará por vez primera en la <Ultima Cena>, anticipando místicamente el sacrificio de la cruz, y será transmitido a todos los siglos mediante  la Santa Misa.
 


Es un misterio de fe, ante el cual no podemos más que  arrodillarnos en adoración, en silencio, en admiración”

(Homilía de su santidad Juan Pablo II en Castelgandolfo; domingo 19 de agosto de 1979)

Años después, otro mes de agosto, el Papa Benedicto recordando este mismo pasaje de la vida de Jesús, narrado por el apóstol san Juan, se expresaba en los términos siguientes:

“En la Eucaristía la adoración debe ser unión. Con la celebración eucarística nos encontramos en aquella <hora> de Jesús, de la cual habla el  evangelio de san Juan. Mediante la Eucaristía, esta <hora> suya se convierte en nuestra hora, su presencia en medio de nosotros.

Junto con los discípulos, él celebró la cena pascual de Israel, el memorial de la acción liberadora de Dios que había guiado a Israel de la esclavitud a la libertad. Jesús sigue los ritos de Israel. Pronuncia sobre el pan la oración de alabanza y bendición.

Sin embargo, sucede algo nuevo. Da gracias a Dios no solamente por las grandes obras del pasado; le da gracias por la propia exaltación que se realizará mediante la cruz y la Resurrección, dirigiéndose  a los discípulos también con palabras que contienen el compendio de la Ley y de los Profetas:

 
<Esto es mi Cuerpo entregado en sacrificio por vosotros. Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre>

Y así distribuye el pan y el cáliz, y, al mismo tiempo, les encarga la tarea de volver a decir y hacer siempre en su memoria aquello que estaba diciendo y haciendo en aquel momento.

¿Qué está sucediendo? ¿Cómo Jesús puede repartir su Cuerpo y su Sangre?

Haciendo del pan su Cuerpo y del vino su Sangre, anticipa su muerte, la acepta en lo más íntimo y la transforma en una acción de amor”

 (Homilía de santo Padre Benedicto XVI en Colonia (Explanada de Marienfeld); domingo 21 de agosto de 2005)

 
Por su parte el Papa san Juan Pablo II, en la bibliografía anteriormente mencionada, calificaba  este sacramento de <realidad salvífica> apoyándose siempre en el relato de san Juan:

“Jesús habla de <vida eterna>, de <resurrección gloriosa>, del <último día>.

¡No es que Jesús olvide o desprecie la vida terrena; todo lo contrario!

Jesús mismo habla de los talentos que cada uno debe negociar y se complace en las obras de los hombres para la liberación progresiva de las diversas esclavitudes y opresiones, y para el mejoramiento de la existencia humana.

Pero no es necesario caer en el equívoco de la inmanencia histórica y terrena; es necesario pasar a través de la historia para alcanzar la vida eterna y gloriosa: paso fatigoso, difícil, ambiguo, porque debe ser meritorio.

Jesús, pues, está vivo, presente en nuestro camino cotidiano, para ayudarnos a realizar nuestro verdadero destino, inmortal y feliz.

¡Sin Cristo es inevitable extraviarse, confundirse, incluso desesperarse! Lo había intuido con claridad lúcida Dante Alighieri, hombre de mundo y de fe, genio de la poesía y experto en teología, cuando en la paráfrasis del <Padre nuestro>, rezado por las almas del Purgatorio, enseñó que el áspero desierto de la vida, sin la unión íntima con Jesús, <mana> del Nuevo Testamento, <pan bajado del cielo>, el hombre que quiere seguir adelante sólo con sus fuerzas, en realidad va hacia atrás:
 


<Danos hoy el maná de cada día/ sin el cual por este áspero desierto/ va hacia atrás quien más en caminar se afana> (Purgatorio XI, 13-15).

Sólo mediante la Eucaristía es posible vivir las virtudes heroicas del cristianismo: la caridad hasta el perdón  de los enemigos, hasta el amor a quien nos hace sufrir, hasta el don de la propia vida por el prójimo; la castidad en cualquier edad y situación de la vida; la paciencia, especialmente en el dolor y cuando se está desconcertado por el silencio de Dios en los dramas de la historia, o de la misma existencia propia”

 En esta línea de pensamiento el Papa Benedicto XVI nos recordaba así mismo que:

“La historia de la Iglesia está constelada de santos y santas, cuya existencia es signo elocuente de cómo precisamente desde la comunión con el Señor, desde la Eucaristía nace una nueva e intensa asunción de responsabilidades a todos los niveles de la vida comunitaria; nace, por tanto, un desarrollo social positivo, que sitúa en el centro a la persona, especialmente a la persona pobre, enferma o necesitada.

Nutrirse de Cristo es el camino para no permanecer ajenos o indiferentes ante la suerte de los hermanos, sino entrar en la misma lógica del amor y de donación del sacrificio de la cruz. Quien sabe arrodillarse ante la Eucaristía, quien recibe el cuerpo del Señor no puede no estar atento, en el entramado ordinario de los días, a las situaciones indignas del hombre, y sabe inclinarse en primera persona hacia el necesitado, sabe partir el propio pan con el hambriento, compartir el agua con el sediento, vestir al que está desnudo, visitar al enfermo y al preso…
 


Una espiritualidad eucarística, entonces, es un auténtico antídoto ante el individualismo y el egoísmo que a menudo caracterizan la vida cotidiana, lleva al redescubrimiento de la gratitud, de la centralidad de las relaciones, a partir de la familia, con particular atención en aliviar las heridas de aquellas desintegradas.

Una espiritualidad eucarística es el alma de una comunidad eclesial que supera las divisiones y contraposiciones y valora la diversidad de carismas y ministerios poniéndolos al servicio de la unidad de la Iglesia, de su vitalidad de su misión”

Por último, recordaremos que muy acertadamente el Papa san Juan Pablo II calificaba también,  el Sacramento de la Eucaristía, de <realidad transformadora> (Ibid), tal como lo hizo años después Benedicto XVI en la homilía que acabamos de comentar, y lo hacía con estas palabras:

“Es la afirmación más impresionante y comprometida:

<Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne  y bebe mi sangre está en mí y yo en él. Así como me envió mi Padre vivo, y vivo yo por mi Padre, así también el que me come vivirá por mí>



¡Palabras serias! ¡Palabras exigentes!

La Eucaristía es una transformación, un compromiso de vida:

< ¡Ya no vivo yo – decía san Pablo – es Cristo quien vive en mí! >

¡Es Cristo crucificado!  (Gal 2 20; 1 Cor 2, 2)

¡Recibir la Eucaristía significa transformarse en Cristo, permanecer en Él, vivir para Él!

El cristiano, en el fondo, debe tener una sola preocupación  y una sola ambición: vivir para Cristo, tratando de imitarlo, en la obediencia suprema al Padre, en la aceptación de la vida y de la historia, en total dedicación a la caridad, en la bondad comprensiva y sin embargo austera.

Por eso la Eucaristía se convierte en programa de vida”