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martes, 2 de julio de 2019

JESÚS DIJO (XL): TRABAJOS PUBLICADOS EN MRM. MARUS



 
 





. HOY Y SIEMPRE: LA SANTIDAD ES PARA TODOS  (1/11/18)

 

. ¡YA LLEGA EL SEÑOR! ¡LA NAVIDAD ESTÁ CERCA!  (6/11/18)

 

.  EL DON DE DIOS Y EL PECADO ETERNO  (12/11/18)

 

.  CONSTRUIR LA PAZ ES DIFICIL PERO VIVIR SIN ELLA ES UN TORMENTO  (27/11/18)

 

.  JESÚS Y LA LUCHA CONSTANTE CONTRA EL MAL  (27/11/18)

 

. EL TIEMPO DE ADVIENTO: PREPARACION A LA VENIDA DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO (30/11/18)

 

 

 


LA BIBLIA DE NAVARRA  EDICIÓN POPULAR  (Ediciones Universidad de Navarra S.A. Pamplona-España)

 

 

**PRIMERA CARTA DE PEDRO (2ª Parte)

 

 

ACTITUD DE LOS CRISTIANOS ANTE LOS PADECIMIENTOS

 

 
-BIENAVENTURADO EL QUE SUFRE INJUSTAMENTE (3, 13-17)

 

¿Y quién podrá haceros daño, si sois celosos del bien? / De todos modos, si tuvieras que padecer por causa de la justicia, bienaventurados vosotros: No temáis ante sus intimidaciones, ni os inquietéis, / sino glorificad a Cristo Señor en vuestros corazones, siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza; / pero con mansedumbre y respeto, y teniendo limpia la conciencia, para que quienes calumnian vuestra buena conducta en Cristo, queden confundidos en aquellos que os critican. / Porque es mejor padecer por hacer el bien, si ésa es la voluntad de Dios, que por hacer mal.

 

 

-PADECIMIENTOS Y GLORIFICACIÓN DE CRISTO (3, 18-22)

 

Porque también Cristo padeció una vez para siempre por los pecados, el justo por los injustos, para llevaros a Dios. Fue muerto en la carne, pero vivificado en el espíritu. / En él se fue a predicar también a los espíritus cautivos, / en otro tiempo incrédulos, cuando en tiempos de Noé les esperaba Dios pacientemente, mientras se construía el arca. En ella, unos pocos – ochos personas – fueron salvados a través del agua. / Esto era figura del bautismo, que ahora os salva, no por quitar la suciedad del cuerpo, sino por pedir firmemente a Dios una conciencia buena, por la resurrección de Jesucristo, / que, después de haber subido al cielo, está sentado a la diestra de Dios, con los ángeles, las potestades y las virtudes sometidos a él.

 

 

-EL CRISTIANO HA ROTO CON EL PECADO (4, 1-6)

Puesto que Cristo padeció en su carne, armaos también vosotros con esta consideración: quién padeció en la carne ha roto con el pecado, / para vivir el tiempo que queda de su vida mortal, no ya según las concupiscencias humanas, sino según la voluntad de Dios. / Porque ya habéis pasado bastante tiempo obrando como les gusta a los gentiles, viviendo de manera licenciosa, entre concupiscencias, borracheras, comilonas, embriagueces y abominables idolatrías. / Por eso se extrañan de que ya no os precipitáis con ellos en ese libertinaje desenfrenado, y os llenan de insultos. / Pero tendrán que rendir cuentas al que está ya preparado para juzgar a vivos y  muertos. / Pues para esto fue anunciado el Evangelio incluso a los muertos, para que, aunque condenados en su vida corporal según el juicio de los hombres, vivan sin embargo en el espíritu según el juicio de Dios.

 

 

-EXHORTACIÓN A LA CARIDAD (4, 7-11)

 

El final de todas las cosas está cerca, sed, por eso, sensatos y sobrios para poder rezar. / Ante todo, mantened entre vosotros una ferviente caridad, porque la caridad cubre la multitud de los pecados. / Sed hospitalarios unos con otros, sin quejaros. / Que cada uno ponga al servicio de los demás el don que ha recibido, como buenos administradores de la múltiple y variada gracia de Dios. / Si uno toma la palabra, que sea de verdad, palabra de Dios; si uno ejerce un ministerio, hágalo en virtud del poder que Dios le otorga, para que en todas las cosas Dios sea glorificado por Jesucristo. Para él es la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén

 

 

-SENTIDO CRISTIANO DE LAS CONTRADICCIONES (4, 12-19)

 

Queridísimos: no os extrañéis – como si fuera algo insólito – del incendio que ha prendido entre vosotros para probaros; / sino alegraos, porque así como participáis en los padecimientos de Cristo, porque el Espíritu de la gloria, que es el Espíritu de Dios, reposa sobre vosotros. / Que ninguno de vosotros tenga que sufrir por ser homicida, ladrón, malhechor o entrometido en lo ajeno; / pero si es por ser cristiano, que no se avergüence, sino que glorifique a Dios por llevar este nombre. / Porque ha llegado el momento de que el juicio comience por la casa de Dios; y, si empieza por nosotros, ¿cuál será el fin de los que creen en el Evangelio de Dios? / Pues si el justo a duras penas se salva, el impío y el pecador, ¿Dónde irán a parar? / Por tanto, incluso los que tengan que sufrir de acuerdo con la voluntad de Dios, que encomienden sus almas al Creador, que es fiel, mediante la práctica del bien.

 

 

-A LOS PRESBÍTEROS (5, 1-4)

 

A los presbíteros que hay entre vosotros, yo – presbítero como ellos y, además, testigo de los padecimientos de Cristo y partícipe de la gloria que va a manifestarse – os exhorto: / apacentad la grey de Dios que se os ha confiado, gobernando no a la fuerza, sino de buena gana según Dios; no por mezquino afán de lucro, sino de corazón; no como tiranos sobre la heredad del Señor, sino haciéndoos modelo de la grey. / Así, cuando se manifieste el Pastor Supremo, recibiréis la corona de gloria que no se marchita.

 

 

-A TODOS LOS FIELES (5, 5-11)

 

De la misma forma vosotros, los jóvenes, estad sujetos a los presbíteros. Y todos, revestíos de humildad en el trato mutuo, porque Dios resiste a los soberbios y a los humildes da la gracia. / Humillaos, por eso, bajo la mano poderosa de Dios, para que a su tiempo os exalte. / Descargad sobre Él todas vuestras preocupaciones, porque Él cuida de vosotros. / Sed sobrios y vigilad, porque vuestro adversario, el diablo, como un león rugiente, ronda buscando a quién devorar. / Resistidle firmes en la fe, sabiendo que vuestros hermanos dispersos por el mundo soportan los mismos padecimientos. / Y, después de haber sufrido un poco, el Dios de toda gracia, que os ha llamado en Cristo a su eterna gloria, os hará idóneos y os consolidará, os dará fortaleza y estabilidad. / A él el poder por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

-DESPEDIDA (5, 12-14)

 

Por medio de Silvano, a quien juzgo hermano fiel, os he escrito brevemente, para exhortaros y atestiguaros que ésta es la verdadera gracia de Dios. Perseverad en ella. / Os saluda la Iglesia de Babilonia – elegida como vosotros – y, en particular, Marcos, mi hijo. / Saludaos mutuamente con el beso de la caridad. La paz esté con todos vosotros que estáis en Cristo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 26 de junio de 2019

LA DESESTRUCTURACIÓN FAMILIAR ES UN PROBLEMA QUE PREOCUPA A LA IGLESIA


 
 
 
 
Las preguntas que inevitablemente solemos hacernos muchos cristianos ante ciertas situaciones verdaderamente lamentables que en la actualidad se producen en la vida de los matrimonios y por tanto en sus familias son: ¿A que es debido este penoso retroceso en la vida familiar? ¿Existe una explicación lógica para dicha situación?


Cualquiera que fuera la respuesta a este tipo de preguntas, desde luego en principio, deberíamos aceptar la certeza de que los Padres de la Iglesia y la  Jerarquía de la Iglesia en general, desde hace siglos han venido preocupándose y analizando los motivos que han conducido, a lo largo de la historia de la humanidad, a una desestructuración familiar, que a la larga ha pasado factura a muchas personas, que se han visto implicadas en una serie de  fenómenos no deseables en el seno de la pareja y sobre todo en el ámbito familiar.

 
Un excelente ejemplo de esta pasada preocupación la tenemos en un Papa del siglo XX, el cual, refiriéndose a la educación cristiana de la juventud, decía cosas como estas <Carta Encíclica Divini illus magistri> ; Papa Pio XI; 31 de diciembre de 1929):


“Haciéndonos eco del Divino Maestro, hemos dirigido palabras saludables, ya de aviso, ya de exhortación, ya de dirección, a los jóvenes y a los educadores, y a los padres y a las madres de familia, sobre varios puntos referentes a la educación cristiana, con aquella solicitud que convine al Padre común  de todos los fieles, y con aquella insistencia oportuna y aún importuna que el oficio de pastoral requiere, inculcada por el apóstol San Pablo (2 Tim 4, 2):

<Insiste con ocasión y sin ella, reprende, ruega, exhorta con toda paciencia y doctrina> “

Para constatar esta verdad en el momento presente, recordemos algunas de las cuestiones que el Papa Francisco desarrollo y puntualizó en su <Discurso de inauguración del año Judicial del Tribunal de la Rota> el 21 de enero de 2017:

“No podemos ignorar el hecho de que una mentalidad generalizada tiende a oscurecer el acceso a las verdades eternas. Una mentalidad que afecta, a menudo en forma amplia y generalizada, las actitudes y el comportamiento de los cristianos (cfr. Exhortación apostólica, Evangelii  gaudium, 64), cuya fe se debilita y pierde la propia originalidad de criterio interpretativo y operativo para la existencia personal, familiar y social.

Este contexto, carente de valores religiosos y de fe, no puede por menos que condicionar también el consentimiento matrimonial. La experiencia de la fe de aquellos que buscan el matrimonio cristiano, son muy diferentes. Algunos participan activamente en la vida parroquial; otros se acercan por primera vez; algunos también tienen una vida de intensa oración; otros están sin embargo, impulsados por un sentimiento religioso más genérico; muchas veces son personas alejadas de la fe o que carecen de ella.

 
 
Ante esta situación, tenemos que encontrar remedios validos. Un primer remedio sería la formación de los jóvenes, a través de un adecuado proceso de preparación encaminado a redescubrir el matrimonio y la familia según el plan de Dios. La comunidad cristiana a la que los novios se dirigen está llamada a anunciar el Evangelio cordialmente a estas personas, para que su experiencia de amor pueda convertirse en un Sacramento, un signo eficaz de salvación. En esta circunstancia, la misión redentora de Jesús alcanza al hombre y a la mujer en lo concreto de su vida de amor”


Ciertamente, si queremos que la situación se revierta, si queremos que los jóvenes tengan la oportunidad de elegir el camino del matrimonio y la familia según el plan de Dios, es necesario que los mayores hagamos algo al respecto y que todo nos demos a practicar virtudes, como la caridad, la pureza y la gratitud, evitando el egoísmo, y la avaricia, tal como recomendaba el apóstol San Pablo en tiempos de la primitiva Iglesia, a la comunidad de los hebreos de Palestina, cuyo estado de ánimo era verdaderamente preocupante y necesitado de una ayuda inmediata para evitar lo que parecía una catástrofe inminente, como ahora acontece, en lo referente al amor matrimonial y a las familias (Hebreos 13, 1-6):

“Consérvese la caridad fraterna / De la hospitalidad no os olvidéis; pues por ella algunos sin saberlo, hospedaron a ángeles / Acordaos de los prisioneros, como compañeros de sus prisiones; de los que sufren vejaciones, como que también vosotros arrastráis ese cuerpo / Sea para todos el matrimonio como cosa digna de honor, y el trato conyugal sea inmaculado; porque a fornicarios y adúlteros los juzgará Dios / Sea vuestro proceder exento de avaricia, contentándoos con lo que de presente tenéis; puesto que Él ha dicho: <No, no te dejaré ni te abandonaré> (Dt. 31, 6-8) / de suerte que con osada confianza podamos decir (Sal 117,6): El Señor está conmigo y no tengo miedo,  ¿qué me podrán hacer los hombres?”

 

 
 
Si hiciéramos todas estas cosas que pide el apóstol San Pablo, el mundo marcharía mucho mejor; en particular, en lo concerniente al amor matrimonial, sus consejos que son resultado de la aplicación de las leyes de Dios, solo pueden conducir a la fidelidad e indisolubilidad del matrimonio porque:

“Cuando la castidad conyugal está presente en el amor, la vida matrimonial es expresión de una conducta autentica, marido y mujer se comprenden y se sienten unidos; cuando el bien divino de la sexualidad se pervierte, la intimidad se destroza, y el marido y la mujer no pueden ya mirarse noblemente a la cara” (Es Cristo que pasa; San Josemaría  Escrivá de Balaguer; Ed. Rialp, S.A., Madrid)

De todo esto se deduce, como propone el Papa Francisco, que los jóvenes deberían recibir de sus mayores las divinas enseñanzas del amor conyugal, con la idea de que redescubran el valor del sacramento del matrimonio y de la formación de una familia, según los planes de nuestro Creador.

En este sentido, en el Papa Pio XI, advertía de lo que sucedería si la educación de las nuevas generaciones se desarrollaba de forma improcedente (Divini illus magistri; Ibid):

“En verdad que nunca como en los tiempos presentes se ha hablado tanto de educación; por esto se multiplican los maestros de nuevas teorías pedagógicas, se inventan, proponen y discuten métodos y medios, no sólo para facilitar sino para crear una educación nueva de infalible eficacia, capaz de formar las nuevas generaciones para la ansiada felicidad en la tierra.

 
 
 
Y es que los hombres, creados por Dios a su imagen y semejanza, y destinados para Dios, hoy más que nunca en medio de la abundancia del moderno progreso material, la insuficiencia de los bienes terrenos  para la verdadera felicidad de los individuos y de los pueblos, sienten, por lo mismo, el más vivo  estimulo hacia una perfección más alta, arraigado en su misma naturaleza racional por el Creador, y quieren conseguirla principalmente por la educación.

Sólo que muchos entre ellos, como insistiendo con exceso en el sentido etimológico de la palabra, pretende sacarla de la misma naturaleza humana y realizarla con sola sus fuerzas.

Y en esto ciertamente yerran, pues en vez de dirigir la mirada a Dios, primer principio y último fin de todo el universo, se repliegan y descansan en sí mismos, apegándose exclusivamente a lo terreno y temporal; por eso será continua e incesante su agitación mientras no dirijan sus pensamientos y sus obras a la única meta de la perfección, a Dios, según la profunda sentencia de San Agustín  (Conf. 1, 1):
<Nos hiciste Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en Ti>
Es, por tanto, de suma importancia no errar en la educación, como no errar en la dirección hacia el fin último, con el cual está íntima y necesariamente ligada toda la obra de la educación”

 
 
Sí, los Pontífices de la Iglesia de Cristo del pasado siglo, tenían muy clara la problemática que se avecinaba en tiempos futuros si las cosas relacionadas con la educación cristiana se forzaban hacia derroteros imprevisibles…

Las consecuencias las estamos recogiendo desde hace ya tiempo y continúan aumentando en este nuevo siglo  y si a todas ellas, se suma la temible desestructuración familiar, la familia puede acabar muy mal. Por eso, la fidelidad en el matrimonio es tan importante, porque no solo afecta a la pareja sino que hace mucho daño a los hijos y a la familia en general.

La crisis de valores, como advertía el Papa Pio XI, es la que ha llevado a un estado tan precario de la madurez de los jóvenes, y de los no tan jóvenes, a la hora de unirse en matrimonio y de formar una nueva familia.

 
 
Así, como también denunciaba el Papa Francisco (Ibid): “La experiencia pastoral  enseña que hoy existe un gran número de fieles en situación irregular, en cuya historia ha tenido una fuerte influencia la generalizada mentalidad mundana. En efecto, existe una especie de mundanidad espiritual, <que se esconde detrás de apariencias de religiosidad e incluso de amor a la Iglesia (Exhortación apostólica Evangelii gaudium, 93), y que lleva a perseguir, en lugar de la gloria del Señor, el bienestar personal.

Uno de los frutos de dicha actitud  es <una fe encerrada en la subjetividad, donde sólo interesa una determinada experiencia o una serie de razonamientos y conocimientos que supuestamente reconfortan e iluminan, pero en definitiva el sujeto queda clausurado en la inmanencia de su propia razón o de sus sentimientos>.

Es evidente que, para quien sigue esta actitud, la fe carece de un valor orientativo y normativo, dejando el campo libre a las componendas con el propio egoísmo y con las presiones de la mentalidad actual, que ha llegado a ser dominante”

Ante este actualizado y lucido razonamiento del Papa Francisco, tenemos que sentirnos muy agradecidos, y aceptar la idea, la evidencia, de que cada vez es más necesaria la amplia colaboración entre los distintos componentes de la familia y los sucesores de los apóstoles en la Iglesia de Cristo, con objeto de alcanzar la tarea fundamental, que consistente en la educación cristiana de las personas y la transmisión de la fe dentro y fuera del círculo familiar.

 
En este sentido, el Papa Benedicto XVI  tenía toda la razón cuando nos advertía que el <amor se aprende> (El amor se aprende. Etapas de la familia; Romana Editorial, S.L. 2012): “En la obra educativa, especialmente en la educación en la fe, que es la cumbre de la formación de la persona y su horizonte más adecuado, es central en concreto la figura del testigo: se transforma en punto de referencia precisamente porque sabe dar razón de la esperanza que sostiene su vida, está personalmente comprometido con la verdad que propone.


El testigo, por otra parte, no remite nunca a sí mismo, sino a algo, o mejor, a Alguien más grande que él, a quien ha encontrado y cuya bondad, digna de confianza, ha experimentado.

Así, para todo educador y testigo, el modelo insuperable es Jesucristo, el gran testigo del Padre, que no  decía nada por sí mismo, sino que hablaba como el Padre le había enseñado (Jn 8, 28).

Por este motivo en la base de la formación de la persona cristiana y de transmisión de la fe está necesariamente la oración, la amistad personal con Cristo y la contemplación con Él del rostro del Padre.

 
 
Y lo mismo vale, evidentemente, para todo nuestro compromiso misionero, en particular para la pastoral familiar. Así pues, la Familia de Nazaret tiene que ser para nuestras familias y para nuestra comunidad objeto de oración constante, además de modelo de vida”

 



 

     

 

 

  

 

  

 

miércoles, 19 de junio de 2019

LA FIESTA DEL SANTÍSIMO CORPUS CHRISTI



 
 
 
Ésta es una fiesta de la Iglesia que puede ayudarnos a aprovechar los frutos de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Ciertamente ya el día del Jueves Santo la Iglesia conmemora la institución  de la Sagrada Eucaristía, pero en esos momentos el recuerdo de la muerte de Cristo quizás no permitía en toda su plenitud los sentimientos de alegría de los cristianos por el regalo inestimable que nos dejó el Señor, al imaginar el medio de quedarse perpetuamente con nosotros.

Precisamente el Papa Benedicto XVI en su Homilía del 23 de junio de 2011, durante la Misa de celebración de esta fiesta nos recordaba que:

“El Corpus Christi es inseparable del Jueves Santo, de la Misa in Caena Domini, en la que se celebra solemnemente la institución de la Eucaristía. Mientras que en la noche del Jueves Santo se revive el misterio de Cristo que se entrega a nosotros en el pan partido y en el vino derramado, hoy, en el celebración del Corpus Christi, este mismo misterio se presenta para la adoración y la meditación del pueblo de Dios, y el Santísimo Sacramento se lleva en procesión por las calles de la ciudad y de los pueblos, para manifestar que Cristo resucitado camina en medio de nosotros y nos guía hacia el reino de los cielos.

 
 
Lo que Jesús nos dio en la intimidad del Cenáculo, hoy lo manifestamos abiertamente, porque el amor de Cristo no es sólo para algunos, sino que está destinado a todos”

Sí, Jesús está cerca del hombre de muchas maneras, cada día, ayudándole en su caminar por la vida, pero sobre todo está visible por la fe en el Sacramento de la Eucaristía, que Él instituyó para  estar siempre junto a la humanidad.

Sí, Jesús está presente en la Eucaristía <no lo vemos, pero hay muchas cosas que no vemos y que son esenciales. Por ejemplo no vemos nuestra razón, y sin embargo tenemos la razón. No vemos nuestra inteligencia, y la tenemos. En una palabra no vemos nuestra alma, y sin embargo existe y vemos sus efectos, porque podemos hablar, pensar, decidir, etc.

Precisamente las cosas más profundas, que sostienen realmente la vida y el mundo no las vemos, pero podemos ver, sentir sus efectos…Tampoco vemos con nuestros ojos al Señor Resucitado, pero vemos que donde está Jesús los hombres cambian, se hacen mejores…

 
 
Como aseguraba el Papa Benedicto XVI  (Ibid): “Se podría decir, del Corazón de Cristo, que en la Última Cena, en víspera de su Pasión, Muerte y Resurrección, dio gracias a Dios y, obrando así, con el poder de su amor, transformó el sentido de la muerte hacia la cual se dirigía.

El hecho de que el Sacramento del Altar haya asumido el nombre de <Eucaristía> (acción de gracias), expresa precisamente esto: que la conversión de la sustancia del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo  es fruto de la entrega que Cristo hizo de sí mismo, donación de un amor más fuerte que la muerte, Amor divino, que lo hizo resucitar de entre los muertos.

Esta es la razón por la que la Eucaristía es alimento de vida eterna, Pan de vida. Del Corazón de Cristo, de su <oración eucarística> en la víspera de su Pasión, brota el dinamismo que transforma la realidad en sus dimensiones cósmicas, humana e histórica.

 
 
Todo viene de Dios, de la omnipotencia de su Amor uno y trino, encarnado en Jesús. En este Amor está inmerso el corazón de Cristo; por esta razón él sabe dar gracias y alabar a Dios incluso ante la traición y la violencia, y de esta forma cambia las cosas, las personas y el mundo”


Por seo, con esta fiesta del Corpus Christi la Iglesia vuelve cada año, al Cenáculo, lugar de su nacimiento, porque la Eucaristía establece una contemporaneidad, entre la Pascua del Señor y el devenir del mundo y de las generaciones.

Sí, en esta fiesta contemplamos el rostro de Cristo, como hicieron los Apóstoles y, después, los santos de todos los siglos en palabras del Papa Juan Pablo II (Homilía en la solemnidad del Corpus Christi del 19 de junio de 2003):

 
 
 
“Lo contemplamos sobre todo, imitando a María, <mujer eucarística> con toda su vida, que fue el primer <tabernáculo de la historia>. Este es el significado de la hermosa tradición del Corpus Christi, que se renueva esta tarde. Con ella también la Iglesia que está en Roma manifiesta su vínculo constitutivo con la Eucaristía, profesa con alegría que <vive de la Eucaristía>.

De la Eucaristía viven su Obispo, Sucesor de Pedro, y sus hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; de la Eucaristía viven los religiosos y las religiosas, los laicos consagrados y todos los bautizados”

Así es, como también manifestó el Papa Benedicto XVI en su libro <los caminos de la vida interior> (Ed. Chrónica S.L. 2011):

“Si es cierto que los Sacramentos son una realidad propia de la Iglesia peregrina sobre la tierra (Lumen Gentium. Vaticano II), hacia la plena manifestación de la victoria de Cristo resucitado, también es igualmente cierto que, especialmente en la liturgia eucarística, se nos da a pregustar el cumplimiento escatológico hacia el cual se encamina todo hombre y toda creencia”

 
 
 
Recuerda también el Santo Padre, en su libro,  la carta que  San Pablo dirigió a los romanos, en la que de forma clara manifestó, refiriéndose a este cumplimiento escatológico (o de los últimos tiempos) de los  seres humanos, que toda la creación participa del destino de los hombres los hijos adoptivos de Dios (Rm 8, 14-19):

“Porque los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios / Porque no recibisteis un espíritu de esclavitud para estar de nuevo bajo el temor, sino que recibisteis un Espíritu de hijos adoptivos, en el que clamamos: ¡Abbá, Padre! / Pues el Espíritu mismo da testimonio junto con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios / Y así como hijos también herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo; con tal de que padezcamos con él, para ser también glorificados / Porque estoy convencido de que los padecimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria futura que va a manifestar en nosotros / En efecto, la espera ansiosa de la creación anhela la manifestación de los hijos de Dios”

 
 
Las palabras de San Pablo están íntimamente relacionadas con ese destino final, que debería ser la felicidad eterna, siendo el Sacramento de la Eucaristía la mejor ayuda para recorrer el largo y espinoso camino de la salvación. Recordemos a este respecto las palabras del Señor: <Yo soy el pan de vida, bajado del cielo>:

“Jesús se define <el pan de vida> y añadió: <El pan que yo os daré, es mi carne para la vida del mundo (Jn 6, 51).

 
 
 
¡Misterio de nuestra salvación! Cristo, único Señor ayer, hoy y siempre, quiso unir su presencia salvífica en el mundo y en la historia al sacramento de la Eucaristía. Quiso convertirse en pan partido, para que todos los hombres pudieran alimentarse con su misma vida, mediante la participación en el sacramento de su Cuerpo y su Sangre”

(Papa san Juan Pablo II; Homilía en la solemnidad del Corpus Christi; 22 de junio de 2000)

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

viernes, 14 de junio de 2019

EL RETO DE LA EVANGELIZACIÓN: SIGLO XVII (3ª Parte)


 
 
 
 
Los últimos años del siglo XVII no fueron mucho más tranquilos y halagüeños que los de principios y mediados de este periodo de la historia, especialmente en Occidente, aunque como es natural tampoco faltaron conflictos y desgracias  en otras partes del Planeta.

Por otra parte, es necesario resaltar el hecho de que aunque aparentemente el absolutismo constituyó el modelo de gobierno mayoritariamente presente durante estos años, especialmente en el Continente europeo, sin embargo coexistieron con él otras formas de regir más minoritarias.

Así mismo se tiene constancia de grandes cambios meteorológicos que desencadenaron condiciones climatológicas muy adversas a finales de este siglo. Concretamente en 1675 el frio fue muy intenso en todos los Continentes y se piensa que fue un año prácticamente invernal en todos ellos.
 
 
Volviendo al tema político hay que considerar que el absolutismo, para el monarca Luis XIV, nunca fue un fin en sí mismo, según narra la historia, sino más bien el medio para alcanzar el fin, aunque desde 1661, año en que este monarca inició su mandato, hasta su muerte en 1715, la situación del país Galo fue eminentemente belicosa; según se cree el objetivo a alcanzar era reducir la amenaza que suponía la potencia de los Habsburgo (1438-1740) que asediaba a Francia, desde España, los Países Bajos españoles y el Sacro Imperio Romano Germánico.


Se cree también que el intervalo de tiempo comprendido entre  1680 y 1720, fue muy importante para alcanzar el equilibrio de poder en la Europa central y en la oriental, pues con forme la supremacía otomana disminuía, el Imperio de la dinastía Habsburgo  se fue promocionando hasta llegar a ser la potencia hegemónica en el viejo Continente, tanto en la zona central como en  la suroriental.

Dentro de un este ambiente político tan variable y poco tranquilizador, debido a las guerras intestinas y entre países, el papel de la Iglesia como garante de la evangelización de los pueblos se vio muy mermado y hasta censurado. A pesar de ello, el humanismo propio de la época aconsejaba la tolerancia religiosa,  de forma que los escritores más influyentes hablaron de la necesidad de acabar con las llamadas guerras confesionales y con la persecución de las minorías religiosas…    
Recordemos que tanto  Urbano VIII (1623-1644), como Inocencio X  (1644-1655) vivieron en una etapa de la historia que con razón fue denominada  <era de las guerras de religión>. En efecto, entre 1540 y 1660 se produjeron una serie guerras cortas, pero no por ello menos terribles que la llamada de los <Treinta años> (1618-1648), en las que intervinieron además de otras causas de carácter económico, una serie de conflictos de carácter religioso. Se pude decir sin exagerar que  hasta que las pasiones religiosas no amainaron, la mayoría de los católicos y de los protestantes se veían mutuamente como enemigos contra los que tenían que luchar sin descanso…

 
 
 
 
En un ambiente tan enrarecido parecería que se habría hecho imposible llevar el Mensaje de Cristo a los pueblos, especialmente en el viejo Continente, sin embargo ello fue posible en gran medida a los Papas  del momento, que aunque muchas veces fueron denostados a causa del ambiente general creado por el despotismo reinante, supieron ayudar a la Iglesia de Cristo para seguir avanzando en la siempre difícil tarea de la evangelización.

Ciertamente, hacia el año 1670 y hasta el final de este siglo, la tarea de la evangelización resultó ser difícil de llevar a la práctica para los Pontífices de la Iglesia de Cristo, dado que el absolutismo y/o  el imperialismo estaban implantados en prácticamente todos los países.
 
 
 
 
Sí, porque la era del absolutismo (1660-1789), fue también imperialista, como demuestra el hecho de que desde el principio tanto los franceses, como los españoles, portugueses, ingleses y holandeses habían fundado colonias importantes en América y en Asia, y por otra parte, a finales del siglo las guerras europeas, casi siempre, tuvieron una motivación puramente colonialista.


Por supuesto, con  Luis XIV en Francia, el absolutismo llegó a niveles impensables, sin embargo la experiencia de lo que había ocurrido en Inglaterra, hizo que el soberano actuara de forma asombrosamente prudente al aplicar sus métodos políticos, y esto llevó al llamado <despotismo ilustrado>; la idea era, eso decían, la formación de gobiernos sin parlamentos, en manos de los más competentes, con objeto de introducir las reformas necesarias para favorecer el bienestar del pueblo.

Por entonces, en la mayoría de los países protestantes, y eran muchos, el poder independiente de la Iglesia había quedado subordinado a los intereses del estado; sin embargo, en Francia, España y  Austria, donde el catolicismo bajo el mandato del Papa en Roma, se había mantenido como la religión del estado, los monarcas absolutistas centraron la atención en <nacionalizar> a la Iglesia y al clero dentro de sus territorios. Para lo cual se apoyaron en los concordatos que los diversos monarcas habían conseguido, especialmente franceses y españoles, con el Pontificado en siglos anteriores (XV y XVI), pero eso sí, consolidaron mucho más la autoridad de la monarquía sobre la Iglesia.

 
 
El gobierno de Luis XIV coincidió con el fin del imperio europeo de España en Aquisgrán y Nimega, especialmente tras la paz de Utrecht; tomó entonces Francia el puesto que durante tanto tiempo había tenido España; además entre los años l670 a 1680, se produjeron por desgracia algunas confrontaciones en el viejo Continente, que como siempre, dieron lugar a desgracias sin fin entre sus habitantes. Una de ellas y no la menor fue la que enfrentó a Francia con Holanda.


Luis XIV siempre había considerado como enemiga peligrosa a Holanda por haber sido la promotora de la llamada <triple alianza>. Ante la entrada de los franceses en las Provincias Unidas: Países Bajos, España y Holanda, a través de esta última, Guillermo de Orange inundó el país mediante la ruptura de diques, causando un gran daño a las poblaciones implicadas;

 
 
España intervino a favor de Holanda. Tras diversos incidentes Holanda finalmente hizo la paz con Francia, prescindiendo de España, a pesar de la ayuda que de ésta, había recibido; España finalmente se vio obligada a aceptar la paz de Nimega en 1678, perdiendo el Franco Condado y numerosas plazas de Flandes.

Precisamente en el año 1670 tomaba posesión de la Silla de Pedro el cardenal Emilio Altieri, de 80 años, con el nombre de Clemente X. En efecto, a la muerte del Papa Clemente IX y tras un largo conclave de cuatro meses y medio, los cardenales reunidos, decidieron recurrir a la antigua costumbre de elegir un cardenal de edad avanzada, ante la imposibilidad de ponerse de acuerdo de otro modo.

Los Altieri eran una familia antigua de la nobleza romana y ya que todos, excepto uno de los descendientes varones, habían escogido la carrera eclesiástica, el ya Papa, para evitar que el nombre de la familia se extinguiera, adoptó a los Paoluzzi, casando a uno de ellos con Laura Caterina Altieri, única heredera de la familia. Sin embargo, cometió el error de dar un alto cargo (Cardenal sobrino) al Cardenal Paoluzzi-Altieri, tío del esposo de Laura, el cual con el paso del tiempo se fue haciendo cargo de casi todo el estado Pontificio, controlando los asuntos administrativos de <regere et gubernare>, es decir, de regir y gobernar.

Por esta causa, el Papa fue acusado por sus enemigos de nepotismo, sin embargo nada más lejos de la realidad, ya que hay que sopesar el hecho de su avanzada edad, y por otra parte, la circunstancia de que su vida fue ordenada y dedicada a la labor más propia del Papado, la de la evangelización…
 
 
 
Sin duda el Papa Clemente X (1670-1676) fue un representante de Cristo sobre la tierra muy motivado por la santificación de las almas, que se interesó enormemente por las causas abiertas por la Iglesia, de beatificación y santificación,  en aquellos momentos. A él se deben, por ejemplo, las canonizaciones de Cayetano de Thiene, fundador de la orden de los teatinos, Francisco de Borga, nieto de Alejandro VI y general de los jesuitas, Luis Bertrand y Rosa de Lima. Por otra parte, beatificó al Papa Pio V, a Juan de la Cruz y a los Martíres de Gorcum de Holanda.



Este Papa aunque estuvo ocupando la Silla de Pedro solamente seis años porque era un anciano y estaba muy enfermo, hizo grandes cosas por la Iglesia de Cristo, demostrando siempre gran amor por su grey y especialmente por las personas más pobres, como quedó probado en el <Catorce Jubileo del Año Santo> de 1675, año anterior a su muerte.

Se cuenta que durante ese Jubileo por primera vez en la historia de la Iglesia, por orden del Pontífice, se permitió a los peregrinos llegados a Roma, para su celebración, ocupar y permanecer recogidos en  la Plaza de San Pedro.

 
 
 
Por otra parte, durante la Vigilia del Jubileo canonizó a Rosa de Lima, primera santa de América y el jueves santo se presento en la sede de la Cofradía de los peregrinos para lavar los pies a doce pobres y después ordeno servir una cena para diez mil peregrinos.

El  año 1676, muy próxima ya su partida de este mundo, entre otras muchas cosas hizo algo muy hermoso y provechoso para los cristianos, promulgó la unión de la catedral del Salvador o  Seo de Zaragoza, con la Basílica de Santa María del Pilar, con esto consiguió la perfecta armonía entre sus componentes, evitando así algunas diferencias, entre los cabildos, que se habían producido a lo largo de varios siglos. Desde entonces el Pilar de Zaragoza es Catedral.
Entregó su alma a Dios ese mismo año tras una larga y penosa agonía y fue enterrado en la Patriarcal Basílica Vaticana.

En contra de la inicial voluntad de Luis XIV de Francia y tras unos meses de intrigas y desavenencias de éste con el Vaticano, fue elegido nuevo Papa Benedetto Odescalchi, que tomo el nombre de Inocencio XI (1676-1689). Este santo varón, había nacido en Como en 1611 y pertenecía a una familia de buena posición, por lo que recibió una educación esmerada por parte de los jesuitas, estudiando jurisprudencia en Roma y Nápoles.

Se decantó muy pronto por la carrera eclesiástica y por meritos propios fue escalando en ella nombramientos cada vez más importantes hasta que el Papa Inocencio X (1644-1655) lo hizo Cardenal-Diacono de Santi Cosma e Damiano el 6 de marzo de 1645 y poco más tarde Cardenal-Sacerdote de Cardinal-Priest Sant’ Onofrio.
Sus biógrafos cuentan que como Cardenal fue muy querido por todos a causa de su amor al prójimo y al deber cumplido. Por su gran caridad alcanzó el honor de ser llamado el <padre de los pobres> y en 1650 fue nombrado Obispo de Novara, dedicando todos sus bienes a aliviar las enfermedades y el hambre de las gentes de su diócesis.

 
 
 
Con todas estas santas y magníficas referencias, no es de extrañar que fuera un fuerte candidato para el Papado a la muerte de Clemente IX; sin embargo el Rey Luis XIV se opuso a ello, y por entonces Francia ejercía una gran influencia sobre el Vaticano; a pesar de ello, finalmente y afortunadamente, como hemos comentado anteriormente, fue elegido sucesor de la Silla de Pedro.

Todo el Pontificado de Inocencio XI (1676-1689), estuvo marcado por la constante lucha contra el absolutismo implantado por este monarca francés, el cual se consideraba superior al Papa en todo y ni siquiera acataba la infalibilidad del mismo. Como ejemplo de su soberbia envió un embajador a Roma con todo un ejército, por lo que el Papa lo excomulgó y él en revancha ocupó Aviñón y Venaissin y apeló al Concilio general, pero el Papa permaneció firme.

Muchas veces  este Pontífice tuvo que intervenir en situaciones de enfrentamientos entre naciones para ayudar al cristianismo, y por otra parte, se enfrentó de forma decidida a la relajación de las costumbres y a la falta de fe que por entonces hacía estragos entre los fieles y los clérigos. Aprobó reglas muy estrictas respecto a la modestia en el vestir entre las damas romanas, suprimió las casas de juego de Roma y promovió la comunión frecuente de sus fieles.

 
 
Tuvo que luchar igualmente contra las aberraciones del laxismo y el quietismo  y así en Bula <Sanctissimnus Dominus>, emitida en 1679, condenó sesenta y cinco propuestas que favorecían el laxismo en moral teológica.

Así mismo en un decreto emitido en 1687 y en la Constitución  <Coelesti Pastor> de este mismo año, condenó sesenta y ocho propuestas quietistas aparecidas en la obra de Miguel de Molinos. Este hombre defendía ideas peregrinas, tales como que era factible <la voluntad de asemejarse totalmente a Dios hasta la identificación, en la pasividad total, en la que desaparece la voluntad del hombre; desdeñando toda acción moral y espiritual, de forma que el hombre puede disfrutar sin esfuerzo de la paz de Dios>.

A la muerte del Papa Beato Inocencio XI fue elegido, nuevo Pontífice, Pietro Ottoboni que tomó el nombre de Alejandro VIII (1689-1691). Descendiente de una familia noble de Venecia, había recibido una educación excelente, lo que le había permitido doctorarse brillantemente en derecho canónico y civil. Ordenado Cardenal (1652) por Inocencio X , más tarde, el Papa Clemente IX le nombró Cardenal de la Curia, alcanzando el Papado a la edad de 80 años, por lo que sólo vivió unos meses para llevar a cabo tan excelso mandato.

Parecería que disponiendo de tan poco tiempo el nuevo Papa alcanzaría a hacer muy pocas cosas por la Iglesia de Cristo, sin embargo fue todo lo contrario, demostrando con ello que la rectitud en el comportamiento, sumada a la generosidad e indulgencia hacía su grey, podían alcanzar grandes metas, por supuesto con la ayuda del Espíritu Santo.
 
 
 
 
Precisamente el carácter pacífico y tolerante del nuevo sucesor de la silla de Pedro le permitió a éste, mantener una situación de concordia entre la Iglesia y el todopoderoso Luis XIV, que por cierto, en aquellos momentos se encontraba en serias dificultades políticas. Para mostrar su agradecimiento a Alejandro VIII, este rey intratable, consintió en devolver Aviñon al Papado, sin embargo, ello no impidió que este Pontífice proclamara que la Declaración de las libertades Galicanas de 1682 era nula y la invalidara.


El anciano Papa recordando a su querida Venecia natal, se volcó con ella económicamente, para ayudarla en la lucha contra sus enemigos, lo cual ha sido muy criticado por algunos eruditos, pero no cabe duda que ello fue muy favorable, a la postre, para la Iglesia católica.

Por su gran amor a Cristo y a su mensaje, condenó algunas doctrinas contrarias a la fe de su Iglesia, que estaban de moda, por así decir, en aquellos tiempos; por ejemplo condenó la doctrina del <pecado filosófico>.

Pero lo más destacable, sin duda, de su cortísimo Papado fue su carácter compasivo para con los más débiles y necesitados, que culminó con la rebaja de impuestos al pueblo de Roma.

A la muerte de este santo varón, los Cardenales se reunieron en Conclave en Roma el 11 de febrero de 1691 y tras varios meses de intentar ponerse de acuerdo en la elección del nuevo Papa, por fin eligieron a Antonio Pignatelli que tomó el nombre de Inocencio XII (1691-1700). Casi de inmediato de hacerse cargo del Pontificado decidió condenar una vez más la situación de nepotismo, aún resistente a desaparecer, entre algunos miembros de la Iglesia y para ello dictó la bula <Romanum decet Pontificem> (1692), firmada y jurada por los Cardenales, con el decreto de que en el futuro ningún Papa pudiera conceder el Cardenalato a más de un pariente suyo.
 
 
 
El nuevo Papa había nacido en Spinazzola, cerca de Nápoles, y resultó ser una persona tan caritativa como su antecesor en la Silla de Pedro y así, se interesó por convertir parte del Laterano Hospital en un lugar donde se atendía con prestancia y amor a los más pobres. Se interesó, igualmente, por la educación de los jóvenes y los niños mas necesitados.


Por entonces, el rey Luis XVI intentó un nuevo acercamiento al Pontificado de Roma y  gracias en gran medida, a su capacidad de diálogo, éste gran Papa logró que aceptara el soberano la revocación  de la orden de enseñanza  de los <artículos galaicos> a los jóvenes.
Así mismo condenó de nuevo el jansenismo y mediante sus bulas acabó con los discípulos de Antonio Arnault, sucesor de Jansenius, por entonces refugiado en Holanda.

En definitiva, una vez más se puso de manifiesto, durante el Pontificado del último Papa del Siglo XVII, que el Espíritu Santo está siempre de parte de la Iglesia de Cristo, incluso durante los siglos más azarosos de la historia de la humanidad.

Sí, el Señor siempre está presente en su Iglesia y convoca a las personas de buena voluntad a la ardua pero magnifica tarea de la evangelización. Así sucedió una vez más con aquellos hombres llamados a encabezar su Iglesia, pero también con otros muchos menos conocidos que lo dieron todo a favor de sus hermanos por amor a Cristo y su Mensaje.

 
 
 
Entre los miles y miles de hombres y mujeres, menos conocidos, que emprendieron la dura batalla de la evangelización, mediante la palabra y las acciones desarrolladas a lo largo de sus ejemplares vidas, citaremos sólo, a modo de ejemplo, por haber vivido a finales de este siglo y merecerlo sobradamente, al sacerdote católico italiano Marco Antonio Barbarigo (1640-1706).

Natural de Venecia y de familia noble fue ordenado sacerdote muy joven, ejerciendo como Párroco de la Iglesia de san Nicolás de Mendicoli y posteriormente fue nombrado canónigo de la Catedral de Padua.

El Papa Inocencio XI le nombró en 1678 arzobispo de Corfú y allí se dedicó a la reforma del clero e instituyó el seminario diocesano. Por otra parte, predicó y promovió las obras de caridad, ayudando con ello también a los afectados por una epidemia surgida en el año 1684 entre los marineros de Venecia.

Tras haber perdido los bienes particulares, por cuestiones de carácter político, al quedar en la mayor indigencia el Papa le ayudó, concediéndole asilo en el Palacio de la Cancillería, dos años después le nombró Cardenal y posteriormente en 1687 le hizo Obispo de Montefiascano y Corneto (1687). Al tomar posesión de su nuevo trabajo para la Iglesia, enseguida se encargó de resolver los problemas existentes por entonces en su diócesis, para lo que promovió una reforma de la misma y favoreció la predicación de las misiones populares, así como las escuelas parroquiales cristianas.

Por otra parte, fundó dos congregaciones religiosas. La primera junto a Rosa Venerini, con el nombre de <Congregación de Maestras Pías>, y  la segunda, el <Instituto del Divino Amor>, uniendo la educación a una forma de vida de clausura.

Entregó su vida a Dios en los primeros años del siglo XVIII, teniendo ya una fama reconocida de hombre santo y prudente, razón por la cual en 1941 se inició por la Iglesia el proceso en pro de su beatificación. El Papa Benedicto XVI le declaró venerable.
 
 
Sí, como diría en su día el Papa Benedicto XVI: “Dios siempre ha escogido a algunas personas para colaborar de manera más directa con Él en la realización de su plan de salvación. En el Antiguo Testamento, al comienzo, llamó a Abrahán para formar un gran pueblo, y luego a Moisés para liberar a Israel de la esclavitud de Egipto. Designó después a otros personajes. Especialmente los profetas, para defender y mantener viva la alianza con su pueblo.


En el Nuevo Testamento, Jesús, el Mesías prometido, invitó personalmente a los Apóstoles a estar con Él y a compartir su misión. En la Última Cena, confiándoles el encargo de perpetuar el memorial de su muerte y resurrección hasta su glorioso retorno al final de los tiempos…

La Eucaristía es el manantial de aquella unión eclesial por la que Jesús oró en la vigilia de su Pasión (Jn 17, 21). Esa intensa comunión favorece el florecimiento de generosas vocaciones para el servicio de la Iglesia: el corazón del creyente, lleno de amor divino, se ve empujado a dedicarse totalmente a la causa del Reino” (Cuando Dios llama; Papa Benedicto XVI; Ed. Rialp, S.A., Madrid, 2010)