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jueves, 11 de julio de 2019

EN EL DÍA DEL JUICIO



 



Este es el título de la Homilía que el Papa Francisco nos regaló un martes 22 de noviembre de 2016, durante la misa matutina por él celebrada en la capilla de la Domus Sanctae Marthae.

Recordemos antes de entrar a analizar lo que nos dijo nuestro Papa actual, sobre este día que tendrá lugar en la Parusía, que unos años antes, concretamente en el 2008, el Papa Benedicto XVI nos advertía que cualquier discurso cristiano sobre las realidades últimas (escatología), debe partir siempre del acontecimiento de la Resurrección de Cristo; según este acontecimiento las realidades últimas ya han comenzado y, en cierto sentido, ya están presentes (Audiencia General; miércoles 12 noviembre de 2008):
 
 


“Probablemente en el año 52 san Pablo escribió la primera de sus  cartas, la primera carta a los Tesalonicenses, donde habla de la vuelta de Jesús, llamada Parusía, adviento, nueva y definitiva  manifiesta presencia del Señor ( cf. 1 Ts 4, 13-18).
A los Tesalonicenses, que tienen sus dudas y problemas, el Apóstol escribe así:

<Si creemos que Jesús murió y resucitó, de la misma manera Dios llevará consigo a quienes murieron en Jesús>
Y continúa:

<Los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados en nubes, junto con ellos, al encuentro del Señor en los aires, y así estaremos siempre en el Señor>

 

 
San Pablo describe la Parusía de Cristo con acentos muy vivos y con imagines simbólicas, pero que  trasmiten un mensaje sencillo y profundo: al final estaremos siempre con el Señor. Este es, más allá de las imágenes, el mensaje esencial: nuestro futuro es <estar con el Señor>; en cuanto creyentes, en nuestra vida ya estamos con el Señor; nuestro futuro, la vida eterna, ya ha comenzado”

 En efecto, san Pablo al hablarles a los tesalonicenses en su primera carta del <progreso en la vida cristiana> se detiene, en un momento dado, para insistir sobre el tema de la esperanza. Y lo hace con la certeza de que la esperanza en la resurrección de los muertos es una de las verdades, básicas e imprescindible, de la fe de los cristianos, que ha sido recogida en el <Símbolo de los Apóstoles> y en el Credo de Nicea-Constantinopla (1 Ts 4, 13-18):

“No queremos, hermanos, que ignoréis lo que se refiere a los que han muerto, para que no os entristezcáis como esos otros que no tienen esperanza / Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, de igual manera también Dios, por medio de Jesús, reunirá  con Él a los que murieron / Así pues, como palabra del Señor, os transmitimos lo siguiente: nosotros, los que vivamos hasta la venida del Señor, no nos anticiparemos a los que hayan muerto / porque, cuando la voz del Arcángel y la trompeta de Dios den la señal, el Señor mismo descenderá del cielo, y resucitarán  en primer lugar los que murieron en Cristo / después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados junto con ellos al encuentro del Señor en los aires, de modo que , en adelante estemos siempre en el Señor / Por tanto, animaos mutuamente con estas palabras”

 



San Pablo no pretendía con estas palabras fijar el día en que tendrá lugar la Parusía, esto es un tema desconocido para los hombres y por tanto también para él, pero sí quería levantar el ánimo de los fieles de aquella comunidad de cristianos entristecida por la suerte que correrían sus pariente y amigos que no habiendo conocido a Jesús ya, habían muerto.

Ante esta situación san Pablo les informa en su carta de  las realidades últimas (Novísimos), del ser humano, y les advierte de que la vida del hombre no termina con la muerte, sino que los cristianos creemos, porque así nos lo ha dicho el Señor, que en la Parusía, los cuerpos volverán a la vida, y quienes hubieran permanecido hasta ese día saldrán junto con sus hermanos difuntos al encuentro del Señor.   

Los Papas de todos los tiempos, los Padres de la Iglesia, y aquellos eruditos interesados sobre este tema del mensaje de Cristo, ya nos han hablado mucho sobre el mismo, sin embargo éste es tan importante, que debería ser tenido en cuenta como primicia en cada época de la historia del hombre. 

Por eso el Papa Francisco, consciente de ello también ha querido aportar sus enseñanzas, en este sentido, para ayudarnos a comprender mejor todas las verdades que encierra.

Sí, han pasado pocos años de aquel momento sublime en que nuestro Papa actual nos hablaba del <día del juicio final>, algo que es verdaderamente imprescindible para alcanzar el camino de la santidad y lo hacía con estas palabras:



“Al mundo <no le gusta pensar> en la últimas realidades o Novísimos (muerte, infierno, gloria, purgatorio, juicio), pero también éstas forman parte de la existencia humana. Y si vivo <en fidelidad al Señor>, después de la muerte corporal <no tendremos miedo> de presentarnos frente a Jesús para su juicio…”

Recordemos, por otra parte, que <El Apocalipsis> de San Juan nos habla también del día del Juicio, de la  Parusía; en realidad el objetivo principal de este libro es poner en guardia a los creyentes respectos de los graves problemas que conlleva la falta de fe y al mismo tiempo confortar a aquellas personas que estaban sufriendo, por entonces, la terrible y larguísima persecución  del emperador romano Domiciano.

Verdaderamente el Apocalipsis de San Juan conduce definitivamente a la esperanza del creyente en la llegada del día del Juicio,  en el  que se producirá el establecimiento definitivo del Reino de Dios.


Pero antes nos habla también el Apóstol de <la siega y la vendimia> (Ap 14, 14-20):

“Y vi, y he aquí una nube blanca, y sobre la nube sentado uno como Hijo del hombre, que tenía sobre la cabeza corona de oro y en su mano una hoz afilada / Y otro ángel salió del templo, gritando a grandes voces al que estaba sentado sobre la nube: <Echa tu hoz y siega, mies de la tierra> / Y el que estaba sobre la nube echó la hoz sobre la tierra, y fue segada la tierra / Y otro ángel salió del templo que está en el cielo, llevando también una hoz afilada/ Y salió del altar otro ángel que tenía potestad sobre el fuego, y clamó con voz poderosa al que llevaba la hoz afilada, diciendo: Entra tu hoz afilada y vendimia los racimos de la viña de la tierra, pues llegaron a sazón sus uvas /


Acercó el ángel su hoz a la tierra, vendimió la viña de la tierra y arrojó las uvas al gran lagar de la ira de Dios/ El lagar fue pisado en las afuera de la ciudad, y salió  de él tanta sangre que alcanzó la altura de los frenos de los caballos en un radio de mil sescientos estadios”

Es evidente que  la imagen de la vendimia nos hace  presentir lo que podría ser el <día del Juicio>, que en Antiguo Testamento fue profetizado por Isaías, recordando la victoria del salvador (Is 63, 3):

"En la cuba he pisado yo solo, ningun pueblo me ayudó. Los pise airado, los aplasté enfurecido, su mosto salpicó mis ropas, y manchó mis vestidos"




Como seguía diciendo el Papa Francisco en su homilía  (Ibid):
“Después del final habrá un juicio. Pero ¿Cómo será ese día en el que estaré delante de Jesús, cuando el Señor me pedirá que le rinda cuentas de los <talentos que me ha dado>? O de <como ha estado mi corazón cuando ha caído la semilla>… ¿Cómo ha recibido la Palabra? ¿La he hecho brotar por el bien de todos o a escondidas?...

Se trata de un examen de conciencia útil y justo porque <todos seremos juzgados> y cada uno se reencontrará <delante de Jesús>. No conocemos la fecha, pero sucederá”
 
 

 
Ciertamente Jesús les informó a sus apóstoles sobre este tema tan importante y misterioso para el hombre. Así, con ocasión de un comentario realizado por estos sobre el Templo de Jerusalén, el Señor les previene de la llegada del <día del juicio>.
No obstante, Él no deseaba inquietarles inútilmente sobre la fecha en que tendría lugar el <día del juicio>, por eso les aconsejó en primer lugar que no se dejasen engañar por falso rumores pero que ocurrirían algunas señales al respecto (Lc 21, 8-9):
“Mirad, no os dejéis engañar; porque vendrán muchos diciendo: <Yo soy>, y <el momento está próximo>. No les sigáis / Cuando oigáis hablar de guerras y de revoluciones, no os aterréis, porque es necesario que sucedan primero estas cosas. Pero el fin no es inmediato”


El Señor les estaba hablando, nos está hablando, de la corrupción generalizada que se producirá antes de llegar la Parusía y de la aparición de falsos Mesías, pero después siguió hablándoles de las persecuciones a la que se verían sometidos ellos, y por extensión todos sus seguidores, por predicar el evangelio por todo el mundo (Lc 5, 12-14):
 


“Os echarán manos, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, llevándoos ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre / esto os sucederá para dar testimonio / Así pues, convenceos de que no debéis tener preparado de antemano cómo os vais a defender”

Realmente los hombres no desean recordar en estos tiempos lo que Jesús dijo sobre el <día del Juicio>, porque les parece algo inútil, porque muchos ni siquiera creen en esto, o porque a otros les produce cierto espanto pensar en ello…

Para unos y otros el Papa Francisco generosamente ha revelado como combatir estos síntomas (Ibid):

“Yo tengo una lista, una agenda donde escribo cuando muere una persona (amiga o pariente) pongo su nombre allí y cada día la repaso, y recuerdo el aniversario de su día y digo: ¡Pero éste murió hace veinte años!  ¡Cómo ha pasado el tiempo!  ¡Este otro hace treinta, cómo ha pasado el tiempo!...
Esta realidad común a todos nos obliga a pensar qué dejamos, cual es la huella que ha dejado nuestra vida…”

 

Y sigue diciendo el Papa Francisco en su preclara homilía:

“Padre esto nos asusta… Sí, es cierto, esto asusta, pero ¿por qué?...

La respuesta del Pontífice entonces es (Ibid):

“Asusta porque tú no cuidas tu corazón, para que el Señor esté contigo y tú vives alejado del Señor siempre; quizás hay un peligro, el peligro de continuar así alejado del Señor por la eternidad… ¡Esto es muy feo!...

Por eso nos hará bien pensar en esto: ¿Cómo será mi final? ¿Cómo será cuando me encuentre delante del Señor?”

 
<Se fiel hasta la muerte> dice el Señor y <te daré la corona de la vida>. Esta sería la solución a nuestros miedos; <la fidelidad  al Señor no decepciona>. De hecho <si cada uno de nosotros es fiel al Señor>, cuando venga el final de nuestras vidas sobre la tierra, podríamos decir como asegura el Papa Francisco: <hermana muerte ven>…

 
 
Y también en el <día del Juicio> podríamos mirar al Señor y decirle: <Señor tengo muchos pecados, pero he tratado de ser fiel>. Y ya que <el Señor es bueno>, no tendríamos miedo porque la identidad cristiana se realiza plena en la <resurrección de los muertos> de la que tanto nos hablaron Jesús y sus apóstoles. Esa resurrección será como volver a la vida, pero a la <vida verdadera> de la que también nos habló el Señor...

A este respecto recordamos las reflexiones del Papa Francisco de hace algunos años, concretamente en la homilía de su misa en la capilla Marthae, un viernes 19 de septiembre de 2014:
“Hay una resistencia fuerte por parte de las personas a aceptar la resurrección de los muertos…

El mismo Pedro, que había contemplado a Jesús en su gloria en el monte Tabor, la mañana de la resurrección fue corriendo al sepulcro, pensando que habían robado el cuerpo del Señor. Porque <no entraba en su cabeza una resurrección real>: su visión teológica se <detenía en el triunfo>. Hasta tal punto que el <el día  de la Ascensión, dirá: <Pero dime Señor, ¿ahora  será la liberación del reino de Israel?...

 
 
Sucede lo mismo cuando Pablo va a Atenas y comienza a hablar de la resurrección: los griegos sabios, los filósofos se asustan. La cuestión es que <la resurrección de  Cristo es un prodigio,  una cosa que quizás asusta; la resurrección de los cristianos, es un escándalo, no pueden comprenderla…

Y por eso Pablo hace este razonamiento tan esclarecedor: <Si Cristo ha resucitado ¿Cómo pueden decir algunos de vosotros que no hay resurrección de los muertos? Si Cristo ha resucitado también los muertos resucitarán”

Esta tentación de no creer en la resurrección de los muertos estaba  ya presente en la primitiva Iglesia, tal como leemos en el Nuevo Testamento, por eso el apóstol san Pablo se vio obligado a poner en claro este tema en muchas ocasiones.
La causa probablemente sea la <Resistencia a ser trasformados>... Concretamente, como ejemplo de esta resistencia, ahí tenemos la de los atenienses el día que san Pablo hizo su discurso en el Areópago (Hch 17, 30-33):

 
 
“Dios ha permitido los tiempos de la ignorancia y anuncia ahora a los hombres que todos en todas partes deben convertirse / pues que ha fijado el día en que va a juzgar  la tierra con justica, por mediación del hombre que ha designado, presentado a todos un argumento digno de fe al resucitarlo de entre los muertos / Cuando oyeron lo de <resurrección de los muertos>, unos se echaron a reír y otros dijeron: Te escucharemos sobre eso en otra ocasión / Así que Pablo salió de en medio de ellos”

A pesar de este pequeño fracaso inicial en el mundo pagano y no obstante de haber conseguido que al menos Dionisio el Areopagita, su mujer que se llamaba Dámaris y varios más se unieran a él y a sus seguidores, Pablo a lo largo de su misión evangelizadora tuvo ocasión de hablar  de este tema tan controvertido para los hombres en otras ocasiones (1 Co 15, 42-52):

“Así será la resurrección de los muertos: se siembra en corrupción, resucita en incorrupción / se siembra en vileza, resucita en gloria; se siembra en debilidad, resucita en poder / se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual / Porque si hay un cuerpo natural, también lo hay espiritual /

 
 
Así está escrito: El primer hombre, Adán, fue hecho ser vivo; el último Adán (Jesús), espíritu que da vida / Pero no es primero lo espiritual, sino lo natural; después lo espiritual / el primer hombre, sacado de la tierra, es terreno; el segundo hombre es del cielo / Como el hombre terreno, así son los hombres terrenos, como el celestial, así son los celestiales / Y como hemos llevado la imagen del hombre terreno, llevaremos también la imagen del hombre celestial / esto os digo, hermanos: que la carne y la sangre no pueden heredar el Reino de Dios, ni la corrupción heredará la incorrupción / Mirad, os declaro un misterio: no todos moriremos, pero todos seremos transformados / en un instante, en un abrir y cerrar de ojos, al son de la trompeta final; porque sonará la trompeta, y los muertos resucitarán incorruptibles, y nosotros seremos transformados”

Sí, San Pablo aseguró siempre que con la resurrección todos nosotros seríamos transformados y esa transformación dice el Papa Francisco <será el fin de nuestro itinerario cristiano> (Ibid):

“Esta es nuestra identidad cristiana: al final, seremos como Él, estaremos con el Señor…

 
 
Esta afirmación ciertamente no es ninguna novedad. Juan Bautista señala a Jesús como el Cordero de Dios y los dos discípulos (Andrés el hermano de Pedro  y Juan el hermano de Santiago) se van tras el Señor y dice el evangelista que ese día se quedaron con Él… Por tanto la identidad cristiana es una senda, es un camino donde se está con el Señor, como los dos discípulos. Al final toda nuestra vida está llamada a estar con el Señor para quedarse, y estar con el Señor al final (en la Parusía), después del Arcángel, después del sonido de la trompeta”



                                             



      

 

 

 

 

 

 

          

 

 

 

martes, 2 de julio de 2019

JESÚS DIJO (XL): TRABAJOS PUBLICADOS EN MRM. MARUS



 
 





. HOY Y SIEMPRE: LA SANTIDAD ES PARA TODOS  (1/11/18)

 

. ¡YA LLEGA EL SEÑOR! ¡LA NAVIDAD ESTÁ CERCA!  (6/11/18)

 

.  EL DON DE DIOS Y EL PECADO ETERNO  (12/11/18)

 

.  CONSTRUIR LA PAZ ES DIFICIL PERO VIVIR SIN ELLA ES UN TORMENTO  (27/11/18)

 

.  JESÚS Y LA LUCHA CONSTANTE CONTRA EL MAL  (27/11/18)

 

. EL TIEMPO DE ADVIENTO: PREPARACION A LA VENIDA DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO (30/11/18)

 

 

 


LA BIBLIA DE NAVARRA  EDICIÓN POPULAR  (Ediciones Universidad de Navarra S.A. Pamplona-España)

 

 

**PRIMERA CARTA DE PEDRO (2ª Parte)

 

 

ACTITUD DE LOS CRISTIANOS ANTE LOS PADECIMIENTOS

 

 
-BIENAVENTURADO EL QUE SUFRE INJUSTAMENTE (3, 13-17)

 

¿Y quién podrá haceros daño, si sois celosos del bien? / De todos modos, si tuvieras que padecer por causa de la justicia, bienaventurados vosotros: No temáis ante sus intimidaciones, ni os inquietéis, / sino glorificad a Cristo Señor en vuestros corazones, siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza; / pero con mansedumbre y respeto, y teniendo limpia la conciencia, para que quienes calumnian vuestra buena conducta en Cristo, queden confundidos en aquellos que os critican. / Porque es mejor padecer por hacer el bien, si ésa es la voluntad de Dios, que por hacer mal.

 

 

-PADECIMIENTOS Y GLORIFICACIÓN DE CRISTO (3, 18-22)

 

Porque también Cristo padeció una vez para siempre por los pecados, el justo por los injustos, para llevaros a Dios. Fue muerto en la carne, pero vivificado en el espíritu. / En él se fue a predicar también a los espíritus cautivos, / en otro tiempo incrédulos, cuando en tiempos de Noé les esperaba Dios pacientemente, mientras se construía el arca. En ella, unos pocos – ochos personas – fueron salvados a través del agua. / Esto era figura del bautismo, que ahora os salva, no por quitar la suciedad del cuerpo, sino por pedir firmemente a Dios una conciencia buena, por la resurrección de Jesucristo, / que, después de haber subido al cielo, está sentado a la diestra de Dios, con los ángeles, las potestades y las virtudes sometidos a él.

 

 

-EL CRISTIANO HA ROTO CON EL PECADO (4, 1-6)

Puesto que Cristo padeció en su carne, armaos también vosotros con esta consideración: quién padeció en la carne ha roto con el pecado, / para vivir el tiempo que queda de su vida mortal, no ya según las concupiscencias humanas, sino según la voluntad de Dios. / Porque ya habéis pasado bastante tiempo obrando como les gusta a los gentiles, viviendo de manera licenciosa, entre concupiscencias, borracheras, comilonas, embriagueces y abominables idolatrías. / Por eso se extrañan de que ya no os precipitáis con ellos en ese libertinaje desenfrenado, y os llenan de insultos. / Pero tendrán que rendir cuentas al que está ya preparado para juzgar a vivos y  muertos. / Pues para esto fue anunciado el Evangelio incluso a los muertos, para que, aunque condenados en su vida corporal según el juicio de los hombres, vivan sin embargo en el espíritu según el juicio de Dios.

 

 

-EXHORTACIÓN A LA CARIDAD (4, 7-11)

 

El final de todas las cosas está cerca, sed, por eso, sensatos y sobrios para poder rezar. / Ante todo, mantened entre vosotros una ferviente caridad, porque la caridad cubre la multitud de los pecados. / Sed hospitalarios unos con otros, sin quejaros. / Que cada uno ponga al servicio de los demás el don que ha recibido, como buenos administradores de la múltiple y variada gracia de Dios. / Si uno toma la palabra, que sea de verdad, palabra de Dios; si uno ejerce un ministerio, hágalo en virtud del poder que Dios le otorga, para que en todas las cosas Dios sea glorificado por Jesucristo. Para él es la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén

 

 

-SENTIDO CRISTIANO DE LAS CONTRADICCIONES (4, 12-19)

 

Queridísimos: no os extrañéis – como si fuera algo insólito – del incendio que ha prendido entre vosotros para probaros; / sino alegraos, porque así como participáis en los padecimientos de Cristo, porque el Espíritu de la gloria, que es el Espíritu de Dios, reposa sobre vosotros. / Que ninguno de vosotros tenga que sufrir por ser homicida, ladrón, malhechor o entrometido en lo ajeno; / pero si es por ser cristiano, que no se avergüence, sino que glorifique a Dios por llevar este nombre. / Porque ha llegado el momento de que el juicio comience por la casa de Dios; y, si empieza por nosotros, ¿cuál será el fin de los que creen en el Evangelio de Dios? / Pues si el justo a duras penas se salva, el impío y el pecador, ¿Dónde irán a parar? / Por tanto, incluso los que tengan que sufrir de acuerdo con la voluntad de Dios, que encomienden sus almas al Creador, que es fiel, mediante la práctica del bien.

 

 

-A LOS PRESBÍTEROS (5, 1-4)

 

A los presbíteros que hay entre vosotros, yo – presbítero como ellos y, además, testigo de los padecimientos de Cristo y partícipe de la gloria que va a manifestarse – os exhorto: / apacentad la grey de Dios que se os ha confiado, gobernando no a la fuerza, sino de buena gana según Dios; no por mezquino afán de lucro, sino de corazón; no como tiranos sobre la heredad del Señor, sino haciéndoos modelo de la grey. / Así, cuando se manifieste el Pastor Supremo, recibiréis la corona de gloria que no se marchita.

 

 

-A TODOS LOS FIELES (5, 5-11)

 

De la misma forma vosotros, los jóvenes, estad sujetos a los presbíteros. Y todos, revestíos de humildad en el trato mutuo, porque Dios resiste a los soberbios y a los humildes da la gracia. / Humillaos, por eso, bajo la mano poderosa de Dios, para que a su tiempo os exalte. / Descargad sobre Él todas vuestras preocupaciones, porque Él cuida de vosotros. / Sed sobrios y vigilad, porque vuestro adversario, el diablo, como un león rugiente, ronda buscando a quién devorar. / Resistidle firmes en la fe, sabiendo que vuestros hermanos dispersos por el mundo soportan los mismos padecimientos. / Y, después de haber sufrido un poco, el Dios de toda gracia, que os ha llamado en Cristo a su eterna gloria, os hará idóneos y os consolidará, os dará fortaleza y estabilidad. / A él el poder por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

-DESPEDIDA (5, 12-14)

 

Por medio de Silvano, a quien juzgo hermano fiel, os he escrito brevemente, para exhortaros y atestiguaros que ésta es la verdadera gracia de Dios. Perseverad en ella. / Os saluda la Iglesia de Babilonia – elegida como vosotros – y, en particular, Marcos, mi hijo. / Saludaos mutuamente con el beso de la caridad. La paz esté con todos vosotros que estáis en Cristo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 26 de junio de 2019

LA DESESTRUCTURACIÓN FAMILIAR ES UN PROBLEMA QUE PREOCUPA A LA IGLESIA


 
 
 
 
Las preguntas que inevitablemente solemos hacernos muchos cristianos ante ciertas situaciones verdaderamente lamentables que en la actualidad se producen en la vida de los matrimonios y por tanto en sus familias son: ¿A que es debido este penoso retroceso en la vida familiar? ¿Existe una explicación lógica para dicha situación?


Cualquiera que fuera la respuesta a este tipo de preguntas, desde luego en principio, deberíamos aceptar la certeza de que los Padres de la Iglesia y la  Jerarquía de la Iglesia en general, desde hace siglos han venido preocupándose y analizando los motivos que han conducido, a lo largo de la historia de la humanidad, a una desestructuración familiar, que a la larga ha pasado factura a muchas personas, que se han visto implicadas en una serie de  fenómenos no deseables en el seno de la pareja y sobre todo en el ámbito familiar.

 
Un excelente ejemplo de esta pasada preocupación la tenemos en un Papa del siglo XX, el cual, refiriéndose a la educación cristiana de la juventud, decía cosas como estas <Carta Encíclica Divini illus magistri> ; Papa Pio XI; 31 de diciembre de 1929):


“Haciéndonos eco del Divino Maestro, hemos dirigido palabras saludables, ya de aviso, ya de exhortación, ya de dirección, a los jóvenes y a los educadores, y a los padres y a las madres de familia, sobre varios puntos referentes a la educación cristiana, con aquella solicitud que convine al Padre común  de todos los fieles, y con aquella insistencia oportuna y aún importuna que el oficio de pastoral requiere, inculcada por el apóstol San Pablo (2 Tim 4, 2):

<Insiste con ocasión y sin ella, reprende, ruega, exhorta con toda paciencia y doctrina> “

Para constatar esta verdad en el momento presente, recordemos algunas de las cuestiones que el Papa Francisco desarrollo y puntualizó en su <Discurso de inauguración del año Judicial del Tribunal de la Rota> el 21 de enero de 2017:

“No podemos ignorar el hecho de que una mentalidad generalizada tiende a oscurecer el acceso a las verdades eternas. Una mentalidad que afecta, a menudo en forma amplia y generalizada, las actitudes y el comportamiento de los cristianos (cfr. Exhortación apostólica, Evangelii  gaudium, 64), cuya fe se debilita y pierde la propia originalidad de criterio interpretativo y operativo para la existencia personal, familiar y social.

Este contexto, carente de valores religiosos y de fe, no puede por menos que condicionar también el consentimiento matrimonial. La experiencia de la fe de aquellos que buscan el matrimonio cristiano, son muy diferentes. Algunos participan activamente en la vida parroquial; otros se acercan por primera vez; algunos también tienen una vida de intensa oración; otros están sin embargo, impulsados por un sentimiento religioso más genérico; muchas veces son personas alejadas de la fe o que carecen de ella.

 
 
Ante esta situación, tenemos que encontrar remedios validos. Un primer remedio sería la formación de los jóvenes, a través de un adecuado proceso de preparación encaminado a redescubrir el matrimonio y la familia según el plan de Dios. La comunidad cristiana a la que los novios se dirigen está llamada a anunciar el Evangelio cordialmente a estas personas, para que su experiencia de amor pueda convertirse en un Sacramento, un signo eficaz de salvación. En esta circunstancia, la misión redentora de Jesús alcanza al hombre y a la mujer en lo concreto de su vida de amor”


Ciertamente, si queremos que la situación se revierta, si queremos que los jóvenes tengan la oportunidad de elegir el camino del matrimonio y la familia según el plan de Dios, es necesario que los mayores hagamos algo al respecto y que todo nos demos a practicar virtudes, como la caridad, la pureza y la gratitud, evitando el egoísmo, y la avaricia, tal como recomendaba el apóstol San Pablo en tiempos de la primitiva Iglesia, a la comunidad de los hebreos de Palestina, cuyo estado de ánimo era verdaderamente preocupante y necesitado de una ayuda inmediata para evitar lo que parecía una catástrofe inminente, como ahora acontece, en lo referente al amor matrimonial y a las familias (Hebreos 13, 1-6):

“Consérvese la caridad fraterna / De la hospitalidad no os olvidéis; pues por ella algunos sin saberlo, hospedaron a ángeles / Acordaos de los prisioneros, como compañeros de sus prisiones; de los que sufren vejaciones, como que también vosotros arrastráis ese cuerpo / Sea para todos el matrimonio como cosa digna de honor, y el trato conyugal sea inmaculado; porque a fornicarios y adúlteros los juzgará Dios / Sea vuestro proceder exento de avaricia, contentándoos con lo que de presente tenéis; puesto que Él ha dicho: <No, no te dejaré ni te abandonaré> (Dt. 31, 6-8) / de suerte que con osada confianza podamos decir (Sal 117,6): El Señor está conmigo y no tengo miedo,  ¿qué me podrán hacer los hombres?”

 

 
 
Si hiciéramos todas estas cosas que pide el apóstol San Pablo, el mundo marcharía mucho mejor; en particular, en lo concerniente al amor matrimonial, sus consejos que son resultado de la aplicación de las leyes de Dios, solo pueden conducir a la fidelidad e indisolubilidad del matrimonio porque:

“Cuando la castidad conyugal está presente en el amor, la vida matrimonial es expresión de una conducta autentica, marido y mujer se comprenden y se sienten unidos; cuando el bien divino de la sexualidad se pervierte, la intimidad se destroza, y el marido y la mujer no pueden ya mirarse noblemente a la cara” (Es Cristo que pasa; San Josemaría  Escrivá de Balaguer; Ed. Rialp, S.A., Madrid)

De todo esto se deduce, como propone el Papa Francisco, que los jóvenes deberían recibir de sus mayores las divinas enseñanzas del amor conyugal, con la idea de que redescubran el valor del sacramento del matrimonio y de la formación de una familia, según los planes de nuestro Creador.

En este sentido, en el Papa Pio XI, advertía de lo que sucedería si la educación de las nuevas generaciones se desarrollaba de forma improcedente (Divini illus magistri; Ibid):

“En verdad que nunca como en los tiempos presentes se ha hablado tanto de educación; por esto se multiplican los maestros de nuevas teorías pedagógicas, se inventan, proponen y discuten métodos y medios, no sólo para facilitar sino para crear una educación nueva de infalible eficacia, capaz de formar las nuevas generaciones para la ansiada felicidad en la tierra.

 
 
 
Y es que los hombres, creados por Dios a su imagen y semejanza, y destinados para Dios, hoy más que nunca en medio de la abundancia del moderno progreso material, la insuficiencia de los bienes terrenos  para la verdadera felicidad de los individuos y de los pueblos, sienten, por lo mismo, el más vivo  estimulo hacia una perfección más alta, arraigado en su misma naturaleza racional por el Creador, y quieren conseguirla principalmente por la educación.

Sólo que muchos entre ellos, como insistiendo con exceso en el sentido etimológico de la palabra, pretende sacarla de la misma naturaleza humana y realizarla con sola sus fuerzas.

Y en esto ciertamente yerran, pues en vez de dirigir la mirada a Dios, primer principio y último fin de todo el universo, se repliegan y descansan en sí mismos, apegándose exclusivamente a lo terreno y temporal; por eso será continua e incesante su agitación mientras no dirijan sus pensamientos y sus obras a la única meta de la perfección, a Dios, según la profunda sentencia de San Agustín  (Conf. 1, 1):
<Nos hiciste Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en Ti>
Es, por tanto, de suma importancia no errar en la educación, como no errar en la dirección hacia el fin último, con el cual está íntima y necesariamente ligada toda la obra de la educación”

 
 
Sí, los Pontífices de la Iglesia de Cristo del pasado siglo, tenían muy clara la problemática que se avecinaba en tiempos futuros si las cosas relacionadas con la educación cristiana se forzaban hacia derroteros imprevisibles…

Las consecuencias las estamos recogiendo desde hace ya tiempo y continúan aumentando en este nuevo siglo  y si a todas ellas, se suma la temible desestructuración familiar, la familia puede acabar muy mal. Por eso, la fidelidad en el matrimonio es tan importante, porque no solo afecta a la pareja sino que hace mucho daño a los hijos y a la familia en general.

La crisis de valores, como advertía el Papa Pio XI, es la que ha llevado a un estado tan precario de la madurez de los jóvenes, y de los no tan jóvenes, a la hora de unirse en matrimonio y de formar una nueva familia.

 
 
Así, como también denunciaba el Papa Francisco (Ibid): “La experiencia pastoral  enseña que hoy existe un gran número de fieles en situación irregular, en cuya historia ha tenido una fuerte influencia la generalizada mentalidad mundana. En efecto, existe una especie de mundanidad espiritual, <que se esconde detrás de apariencias de religiosidad e incluso de amor a la Iglesia (Exhortación apostólica Evangelii gaudium, 93), y que lleva a perseguir, en lugar de la gloria del Señor, el bienestar personal.

Uno de los frutos de dicha actitud  es <una fe encerrada en la subjetividad, donde sólo interesa una determinada experiencia o una serie de razonamientos y conocimientos que supuestamente reconfortan e iluminan, pero en definitiva el sujeto queda clausurado en la inmanencia de su propia razón o de sus sentimientos>.

Es evidente que, para quien sigue esta actitud, la fe carece de un valor orientativo y normativo, dejando el campo libre a las componendas con el propio egoísmo y con las presiones de la mentalidad actual, que ha llegado a ser dominante”

Ante este actualizado y lucido razonamiento del Papa Francisco, tenemos que sentirnos muy agradecidos, y aceptar la idea, la evidencia, de que cada vez es más necesaria la amplia colaboración entre los distintos componentes de la familia y los sucesores de los apóstoles en la Iglesia de Cristo, con objeto de alcanzar la tarea fundamental, que consistente en la educación cristiana de las personas y la transmisión de la fe dentro y fuera del círculo familiar.

 
En este sentido, el Papa Benedicto XVI  tenía toda la razón cuando nos advertía que el <amor se aprende> (El amor se aprende. Etapas de la familia; Romana Editorial, S.L. 2012): “En la obra educativa, especialmente en la educación en la fe, que es la cumbre de la formación de la persona y su horizonte más adecuado, es central en concreto la figura del testigo: se transforma en punto de referencia precisamente porque sabe dar razón de la esperanza que sostiene su vida, está personalmente comprometido con la verdad que propone.


El testigo, por otra parte, no remite nunca a sí mismo, sino a algo, o mejor, a Alguien más grande que él, a quien ha encontrado y cuya bondad, digna de confianza, ha experimentado.

Así, para todo educador y testigo, el modelo insuperable es Jesucristo, el gran testigo del Padre, que no  decía nada por sí mismo, sino que hablaba como el Padre le había enseñado (Jn 8, 28).

Por este motivo en la base de la formación de la persona cristiana y de transmisión de la fe está necesariamente la oración, la amistad personal con Cristo y la contemplación con Él del rostro del Padre.

 
 
Y lo mismo vale, evidentemente, para todo nuestro compromiso misionero, en particular para la pastoral familiar. Así pues, la Familia de Nazaret tiene que ser para nuestras familias y para nuestra comunidad objeto de oración constante, además de modelo de vida”

 



 

     

 

 

  

 

  

 

miércoles, 19 de junio de 2019

LA FIESTA DEL SANTÍSIMO CORPUS CHRISTI



 
 
 
Ésta es una fiesta de la Iglesia que puede ayudarnos a aprovechar los frutos de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Ciertamente ya el día del Jueves Santo la Iglesia conmemora la institución  de la Sagrada Eucaristía, pero en esos momentos el recuerdo de la muerte de Cristo quizás no permitía en toda su plenitud los sentimientos de alegría de los cristianos por el regalo inestimable que nos dejó el Señor, al imaginar el medio de quedarse perpetuamente con nosotros.

Precisamente el Papa Benedicto XVI en su Homilía del 23 de junio de 2011, durante la Misa de celebración de esta fiesta nos recordaba que:

“El Corpus Christi es inseparable del Jueves Santo, de la Misa in Caena Domini, en la que se celebra solemnemente la institución de la Eucaristía. Mientras que en la noche del Jueves Santo se revive el misterio de Cristo que se entrega a nosotros en el pan partido y en el vino derramado, hoy, en el celebración del Corpus Christi, este mismo misterio se presenta para la adoración y la meditación del pueblo de Dios, y el Santísimo Sacramento se lleva en procesión por las calles de la ciudad y de los pueblos, para manifestar que Cristo resucitado camina en medio de nosotros y nos guía hacia el reino de los cielos.

 
 
Lo que Jesús nos dio en la intimidad del Cenáculo, hoy lo manifestamos abiertamente, porque el amor de Cristo no es sólo para algunos, sino que está destinado a todos”

Sí, Jesús está cerca del hombre de muchas maneras, cada día, ayudándole en su caminar por la vida, pero sobre todo está visible por la fe en el Sacramento de la Eucaristía, que Él instituyó para  estar siempre junto a la humanidad.

Sí, Jesús está presente en la Eucaristía <no lo vemos, pero hay muchas cosas que no vemos y que son esenciales. Por ejemplo no vemos nuestra razón, y sin embargo tenemos la razón. No vemos nuestra inteligencia, y la tenemos. En una palabra no vemos nuestra alma, y sin embargo existe y vemos sus efectos, porque podemos hablar, pensar, decidir, etc.

Precisamente las cosas más profundas, que sostienen realmente la vida y el mundo no las vemos, pero podemos ver, sentir sus efectos…Tampoco vemos con nuestros ojos al Señor Resucitado, pero vemos que donde está Jesús los hombres cambian, se hacen mejores…

 
 
Como aseguraba el Papa Benedicto XVI  (Ibid): “Se podría decir, del Corazón de Cristo, que en la Última Cena, en víspera de su Pasión, Muerte y Resurrección, dio gracias a Dios y, obrando así, con el poder de su amor, transformó el sentido de la muerte hacia la cual se dirigía.

El hecho de que el Sacramento del Altar haya asumido el nombre de <Eucaristía> (acción de gracias), expresa precisamente esto: que la conversión de la sustancia del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo  es fruto de la entrega que Cristo hizo de sí mismo, donación de un amor más fuerte que la muerte, Amor divino, que lo hizo resucitar de entre los muertos.

Esta es la razón por la que la Eucaristía es alimento de vida eterna, Pan de vida. Del Corazón de Cristo, de su <oración eucarística> en la víspera de su Pasión, brota el dinamismo que transforma la realidad en sus dimensiones cósmicas, humana e histórica.

 
 
Todo viene de Dios, de la omnipotencia de su Amor uno y trino, encarnado en Jesús. En este Amor está inmerso el corazón de Cristo; por esta razón él sabe dar gracias y alabar a Dios incluso ante la traición y la violencia, y de esta forma cambia las cosas, las personas y el mundo”


Por seo, con esta fiesta del Corpus Christi la Iglesia vuelve cada año, al Cenáculo, lugar de su nacimiento, porque la Eucaristía establece una contemporaneidad, entre la Pascua del Señor y el devenir del mundo y de las generaciones.

Sí, en esta fiesta contemplamos el rostro de Cristo, como hicieron los Apóstoles y, después, los santos de todos los siglos en palabras del Papa Juan Pablo II (Homilía en la solemnidad del Corpus Christi del 19 de junio de 2003):

 
 
 
“Lo contemplamos sobre todo, imitando a María, <mujer eucarística> con toda su vida, que fue el primer <tabernáculo de la historia>. Este es el significado de la hermosa tradición del Corpus Christi, que se renueva esta tarde. Con ella también la Iglesia que está en Roma manifiesta su vínculo constitutivo con la Eucaristía, profesa con alegría que <vive de la Eucaristía>.

De la Eucaristía viven su Obispo, Sucesor de Pedro, y sus hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; de la Eucaristía viven los religiosos y las religiosas, los laicos consagrados y todos los bautizados”

Así es, como también manifestó el Papa Benedicto XVI en su libro <los caminos de la vida interior> (Ed. Chrónica S.L. 2011):

“Si es cierto que los Sacramentos son una realidad propia de la Iglesia peregrina sobre la tierra (Lumen Gentium. Vaticano II), hacia la plena manifestación de la victoria de Cristo resucitado, también es igualmente cierto que, especialmente en la liturgia eucarística, se nos da a pregustar el cumplimiento escatológico hacia el cual se encamina todo hombre y toda creencia”

 
 
 
Recuerda también el Santo Padre, en su libro,  la carta que  San Pablo dirigió a los romanos, en la que de forma clara manifestó, refiriéndose a este cumplimiento escatológico (o de los últimos tiempos) de los  seres humanos, que toda la creación participa del destino de los hombres los hijos adoptivos de Dios (Rm 8, 14-19):

“Porque los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios / Porque no recibisteis un espíritu de esclavitud para estar de nuevo bajo el temor, sino que recibisteis un Espíritu de hijos adoptivos, en el que clamamos: ¡Abbá, Padre! / Pues el Espíritu mismo da testimonio junto con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios / Y así como hijos también herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo; con tal de que padezcamos con él, para ser también glorificados / Porque estoy convencido de que los padecimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria futura que va a manifestar en nosotros / En efecto, la espera ansiosa de la creación anhela la manifestación de los hijos de Dios”

 
 
Las palabras de San Pablo están íntimamente relacionadas con ese destino final, que debería ser la felicidad eterna, siendo el Sacramento de la Eucaristía la mejor ayuda para recorrer el largo y espinoso camino de la salvación. Recordemos a este respecto las palabras del Señor: <Yo soy el pan de vida, bajado del cielo>:

“Jesús se define <el pan de vida> y añadió: <El pan que yo os daré, es mi carne para la vida del mundo (Jn 6, 51).

 
 
 
¡Misterio de nuestra salvación! Cristo, único Señor ayer, hoy y siempre, quiso unir su presencia salvífica en el mundo y en la historia al sacramento de la Eucaristía. Quiso convertirse en pan partido, para que todos los hombres pudieran alimentarse con su misma vida, mediante la participación en el sacramento de su Cuerpo y su Sangre”

(Papa san Juan Pablo II; Homilía en la solemnidad del Corpus Christi; 22 de junio de 2000)