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domingo, 21 de junio de 2020

LA MULTIPLICACACIÓN DE LOS PANES Y LOS PECES: JESÚS SABIA LO QUE IBA A HACER



 
Sucedió en efecto, que durante su segundo viaje a Jerusalén, según narra el evangelista san Juan, después de realizar el milagro de la curación de un enfermo en la piscina de Befatá, Jesús, tuvo que enfrentarse a un grupo de judíos que le acusaron de hacerlo en sábado, día de riguroso descanso para ellos; según manifestaban, Jesús había obligado al enfermo en cuestión a tomar su camilla y desplazarse hasta una piscina, algo totalmente impensable, por pequeño que fuera el espacio recorrido,  que pudiera hacerse en sábado, según su religión.

Jesús hacía obras como ésta en sábado, nos cuenta san Juan evangelista y por eso le perseguían los judíos (Jn 5, 17): “Pero él justificó su modo de actuar, diciendo: <Mi Padre no cesa nunca de trabajar; por eso yo trabajo también en todo tiempo”
Ante esta manifestación de Jesús los judíos se violentaron de nuevo contra él y querían matarlo, pues aducían que Él, no solo había incumplido la ley de no trabajar en sábado sino que además llamaba a Dios,  padre, haciéndose  su igual.  

Siguió todavía un buen rato Jesús hablando a aquellos, probablemente hombres eruditos, que a pesar de ello se reconocían  increyentes en sus signos y sus palabras, increyentes en el testimonio que el Bautista (Nuevo Testamento), había dado de él con anterioridad a los hechos ocurridos aquel sábado e increyentes en definitiva en las revelaciones de Moisés (Antiguo Testamento); se negaron a tomar en consideración todo lo que les manifestó el Señor, absolutamente revelador de su origen divino, a causa de su obcecación y mala voluntad.

Sin embargo, la multitud que había contemplado el milagro-signo realizado por Jesús le siguió hasta el otro lado del lago de Galilea, sin duda con el deseo de seguir escuchándole y  así poder conocer las maravillas que decía y hacía… Estaba ya cercana la Pascua, fiesta muy importante para  los judíos, cuando Jesús  se sentó para descasar junto con sus discípulos. Las gentes recordando lo que antes había hecho y deseosas de seguir a su lado hicieron lo propio rodeando al grupo formado por el Señor y sus seguidores más allegados. Al ver el Señor la fidelidad de estas gentes y sabedor del tiempo que había pasado sin que hubieran tomado alimento alguno, sintió lastima de ellos, pues era ya muy tarde para decirles que se volvieran a sus casas con los estómagos vacíos.

 


 
Por eso, Jesús pregunto a uno de sus apóstoles, concretamente a Felipe, por la manera de comprar algo para saciar la necesidad de aquella multitud de personas que les habían seguido. El apóstol san Juan, el más joven de todos sus apóstoles, allí presente,  que vio lo sucedido, así lo narró en su Evangelio (Jn 7, 4-13): “Alzando, pues los ojos Jesús y viendo que viene hacia él una muchedumbre dice a Felipe: ¿De dónde vamos a comprar panes para que coman éstos / Esto decía para probarles, que bien sabía Él lo que iba a hacer / Respondió Felipe: Con doscientos denarios no tiene suficientes panes para que cada uno tome un bocado / Le dice uno de sus apóstoles, Andrés, el hermano de Simón Pedro / Hay un muchacho aquí que tiene cinco panes de cebada  y dos pescadillos; pero eso, ¿qué es para tantos? /

 
 
Dijo Jesús: Haced que los hombres se coloque en el suelo. Había mucha hierba en aquel lugar. Se colocaron, pues, los varones en número como unos cinco mil / Tomó, pues, los panes Jesús, y, habiendo dado gracias, los distribuyó entre los que estaban recostados, y asimismo de los pescadillos cuanto querían / Y cuando se hubieron saciado, dice a sus apóstoles: Recoged los pedazos sobrantes para que nada se pierda / Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido / Los hombres, pues, al ver el prodigio que había obrado, decían que: Este es verdaderamente el profeta que ha de venir al mundo”


 
Estos fueron sin duda los hechos acecidos, contados por un testigo presencial de total fiabilidad, como era el apóstol san Juan; hechos que solo Jesús sabía que iban ocurrir. Sólo Él sabía el milagro que iba a realizar para poner al descubierto la universalidad de su destino en este mundo.

Sin embargo, Jesús dándose cuenta de que las personas allí reunidas (unas cinco mil) enfervorecidas con el milagro que habían presenciado y experimentado en sus propios cuerpos al comer los alimentos suministrados por Él, querían hacerle rey de los judíos,  se zafó cómo pudo, alejándose de ellos para orar con el Padre.

 
 
Sus discípulos sin embargo permanecieron en el lugar de los hechos y solo cuando se hizo mas tarde bajaron hacia el mar y subieron a una barca para dirigirse a Cafarnaúm. Sucedió, según sigue narrando el evangelista que Jesús aún no había regresado, y ellos estaban inquietos por su ausencia y el mar cada vez se encrespaba más. Cuando la barca había recorrido unos pocos estadios (cerca de 5 kilómetros), se levantó un fuerte viento y  temieron por sus vidas. En esta tesitura se les apareció el Señor caminando sobre el mar y ellos pensando que se trataba de un fantasma se asustaron muchísimo. Pero Jesús enseguida les habló para sacarles de su error y les dijo: <Soy yo, no tengáis miedo>. Al instante la mar se calmó y ellos trataron de recoger a Jesús del agua, pero no fue necesario, porque Él hizo un nuevo milagro y de repente la barca se encontró junto a la tierra a la que se dirigían.


Al día siguiente de estos extraordinarios y maravillosos acontecimientos como sigue narrando el apóstol san Juan en su Evangelio  (6, 22-24): “La muchedumbre que estaba al otro lado del mar se había dado cuenta de que allí solamente había una barca y sabían que Jesús no había embarcado en ella con sus discípulos, sino que estos habían partido solos / Otras barcas llegaron de Tiberiades, y atracaron cerca del lugar donde la gente había comido el pan, después que el Señor había dado gracias a Dios / cuando se dieron cuenta que ni Jesús ni sus apóstoles estaban allí subieron en las barcas y se dirigieron a Cafarnaúm en busca de Jesús”


 
En realidad esas personas lo siguen por el pan material que el día anterior había saciado su hambre, cuando Jesús había realizado la multiplicación de los panes; no habían comprendido que ese pan, partido para tantos, para muchos, era la expresión del amor de Jesús mismo.
Han dado más valor a ese pan que a su donador. Ante esta ceguera espiritual, Jesús evidencia la necesidad de ir más allá del don y descubrir, conocer, al donador.

Dios mismo es el don y también el donador y así, de ese pan, de ese gesto, la gente puede encontrar a Aquel que lo da, que es Dios mismo. Invita a abrirse a una perspectiva que no es solamente la de las preocupaciones cotidianas del comer, del vestir, del éxito, de la carrera…

 
 
 
Jesús habla de otro alimento, habla de un alimento que no se corrompe y que es necesario buscar y acoger. Él exhorta: <Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre (Jn 6, 27). Es decir, buscad la salvación, el encuentro con Dios”

 
Sí, este milagro-signo de Jesús es muy importante y sin duda Él sabía lo que iba a hacer cuando lo hizo. En este sentido, recordemos que de todos los milagros del Señor narrados por los evangelistas sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas), éste de la <multiplicación de los panes y los peces> es el único que también es narrado por san Juan. La razón de este posible enigma, podría haber sido precisamente el simbolismo eucarístico del mismo, pues prepara el discurso de Jesús sobre el Sacramento de la Eucaristía, que Él pronunciará poco después de estos acontecimientos.

Sucedió, en efecto, que aquellos hombres que no acababan de ver lo que quería decirles Jesús le preguntaron: ¿Qué debemos hacer para actuar como Dios quiere? A lo que sencillamente Jesús les respondió: <Lo que Dios espera de vosotros es creáis en aquel que Él ha enviado>.

Es la eterna respuesta del Señor a los increyentes de todos los siglos, es la eterna respuesta, y la eterna pregunta de los hombres sin fe, sin esperanza…




¡Esta es la respuesta!... Esta es la respuesta que todo hombre debería dar ante las palabras de Jesús certificadas más tarde por su sacrificio en la cruz, tal como de alguna forma hace ya entrever en el <discurso eucarístico> (Jn 6, 51-59):


 
 
“Yo soy el pan  vivo bajado del cielo. El que come de este pan, vivirá siempre. Y el pan que yo daré es mi carne. Yo la doy para la vida del mundo / Esto suscitó una fuerte discusión entre los judíos, los cuales se preguntaban: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? / Jesús dijo: Yo os aseguro que si no coméis de la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros / El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día / Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida / El que come mi carne y bebe mi sangre vive en mí y yo en él / el Padre, que me ha enviado, posee la vida, y yo vivo por él. Así también el que me coma vivirá por mí / Este es el pan que ha bajado del cielo, no el pan que comieron vuestros antepasados. Ellos murieron; pero el que coma este pan, vivirá para siempre / Todo esto lo expuso Jesús enseñando en la sinagoga de Cafarnaúm”

 

Como también nos recuerda el Papa Francisco, refiriéndose a estas palabras del Señor (Ibid): “Esta es la referencia a la Eucaristía, el don más grande que sacia el alma y el cuerpo, Encontrar y acoger en  nosotros a Jesús, da significado y esperanza al camino a menudo tortuoso de la vida. Pero este <Pan de vida> nos ha sido dado con un cometido, esto es, para que podamos a su vez saciar el hambre espiritual y material de nuestros hermanos, anunciando el Evangelio por todas partes.


 

       

 

 

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 10 de junio de 2020

FIESTA DEL SANTÍSIMO CORPUS CHRISTI: HOMENAJE A LA SAGRADA EUCARISTÍA





Recordemos que Jesús anunció la presencia real de su carne y su sangre en la Eucaristía en Cafarnaúm, según el evangelio de San Juan, después de haber realizado su quinto signo, concretamente el milagro de su marcha sobre las aguas (Jn 6, 51-52): <Yo soy el pan viviente, el que del cielo ha bajado; quién comiere de este pan vivirá para siempre>.

Por entonces, las gentes le buscaban sin cesar, porque habían quedado impresionadas desde que hiciera el cuarto signo, esto es, la multiplicación de los panes y de los peces, lo que hizo que el Señor exclamara al recibirlas (Jn 6, 26): <Os aseguro que no me buscáis por los signos que habéis visto, sino porque comisteis pan hasta saciaros>

Aquella muchedumbre asombrada por sus palabras, le preguntaban entonces a Jesús, que tenían que hacer para actuar según el deseo de Dios. Y el Señor, entre otros mensajes, les aseveró que Él era el <pan de vida>, aquel que al comerlo el hombre no volvería a tener hambre, ni sed, en una clara alusión al <Sacramento de la Eucaristía>, que más tarde instituiría.

 
 
Estas palabras de Jesús causaron gran escándalo entre muchos de los presentes, incluso dentro del grupo de sus discípulos, especialmente cuando además de reconocerse el <pan de vida>, aseguraba también  (Jn 6, 52): <Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo>. Aquellos que no entendían sus palabras, se alborotaban y murmuraban a sus espaldas  diciendo (Jn 6, 60): ¿Quién puede aceptarlas? Incluso algunos se alejaban de él, sin reparar en que estas misteriosas palabras, quizás más tarde tendrían un significado cierto, como así fue, tras la Pasión y Muerte de Cristo, viniendo a ser el  <compendio y suma de la fe cristiana>.



En efecto, tal como se nos recuerda en el Catecismo de la Iglesia católica (nº 1323):

“Durante la <Última Cena>, la misma noche en que fue entregado, Jesús, instituyó el Sacramento Eucarístico de su Cuerpo y su Sangre, para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el Sacrificio de la Cruz y confiar a su esposa amada, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección. Sacramento de piedad, Signo de unidad, Vinculo de amor, Banquete Pascual, en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria futura”  

 Por todo esto, la fiesta del <Corpus Christi> es una ayuda muy grande para la cristiandad, porque  nos permite aprovechar  mejor los frutos del misterio de la Redención de los hombres gracias al <Sacrificio> del Hijo de Dios. El <Altar> es la prolongación del Calvario y la Misa del <Corpus Christi> que anuncia la muerte del Señor, es donde rendimos homenaje al <Sacramento> instituido por Jesús en la Ultima Cena.

 
 
 
Precisamente el Papa Benedicto XVI, siempre preocupado por la correcta interpretación del mensaje de Cristo, refiriéndose al Sacramento de la Eucaristía se expresaba en los siguientes términos en su Exhortación Apostólica <Sacramentum Caritatis> (Ed. San Pablo 2007): “En la Eucaristía, Jesús no da <algo>, sino a sí mismo,  ofrece su cuerpo y derrama su sangre. Entrega así toda su vida, manifestando la fuente originaria de este amor divino. Él es el Hijo eterno que el Padre ha entregado por nosotros. En el Evangelio escuchamos también a Jesús que, después de haber dado de comer a la multitud con la multiplicación de los panes y de los peces, dice a sus interlocutores que lo habían seguido hasta la sinagoga de Cafarnaúm: <Es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo> (Jn 6, 32-33)”

 
Ante estas palabras del Papa Benedicto XVI, todos deberíamos reflexionar sobre el significado real de este gran Misterio que es Sacramento de la Eucaristía, instituido por Cristo poco antes de su Pasión, Muerte y Resurrección.

Es realmente el <Cuerpo de Cristo>, tal como nos recuerda el sacerdote al entregarnos la Santa Hostia, son la <carne y la sangre de Cristo>, los que recibimos y comemos durante la celebración del Banquete  Pascual, rememorado en la Santa Misa.  Como dice también Benedicto XVI refiriéndose a la liturgia del Santísimo Sacramento del Altar (Ibid): “Puesto que la liturgia de la Eucaristía es esencialmente <actio Dei> que nos une a Jesús a través del espíritu, su fundamento no está sometido a nuestro arbitrio, ni puede ceder a la presión de la moda del momento”


En efecto, quizás hacia el año 56 o 57, durante la estancia de San Pablo en Éfeso,  éste recibió noticias alarmantes sobre algunos abusos llevados a cabo durante la celebración de las <Cenas Eucarísticas>, y ello motivó la carta, en la que el apóstol afeaba el mal comportamiento de algunos corintios durante la celebración de aquellos <ágapes>.

Los ágapes eran, desde el primer momento, cenas fraternales y sobrias de gran tradición entre el pueblo judío, pero que a partir de la <Pasión, Muerte y Resurrección> del Señor se celebraban en las comunidades cristianas,  en memoria de su <Última Cena>, y precedía  a la celebración de los Sagrados Misterios.

Todos los fieles participaban, suministrando los alimentos necesarios, y ayudando los más desahogados económicamente a aquellos que menos poseían. Pero las costumbres se fueron deteriorando y a oídos del apóstol llegaron noticias verdaderamente alarmantes que indicaban  cierta corrupción en algunos casos, por eso él se expresaba en los fuertes términos siguientes (I Cor 11-22):

 
 
 
 
“Al recomendaros esto, no os alabo, porque no os reunís para vuestro bien espiritual, sino para vuestro daño / En primer lugar oigo que, cuando os reunís en asamblea litúrgica, hay divisiones entre vosotros, y en parte lo creo / pues conviene que haya entre vosotros disensiones, para que se descubra entre vosotros los de virtud probada / Pues, cuando os reunís, no es ya para tomar la cena del Señor / porque al comer, cada uno se adelanta a tomar su propia cena, y mientras unos pasan hambre, otros se embriagan /¿Pues qué? ¿No tenéis casas para comer y beber? ¿O es que menospreciáis a la Iglesia de Dios y avergonzáis a los que no tienen? ¿Qué os diré? ¿Os alabaré? En esto no os alabo”

 
Y es que Jesús en la <Última Cena> dio un sentido nuevo a aquellas celebraciones, instituyendo el Sacramento de la Eucaristía, y dando una nueva dimensión a la bendición del pan y del vino. Ya no era aquel un ágape cualquiera, sino el recordatorio de lo que sería su Pasión, y Muerte. No es de extrañar, por tanto, el disgusto del apóstol San Pablo cuando recriminaba a los corintios por haber olvidado los principios fundamentales sobre los que la Iglesia  celebra esta liturgia.


 
Una hermosa oración de este  santo del siglo XIII que fue proclamado por la Iglesia <Angelicus Doctor>. En aquel tiempo, el Papa Urbano IV (1195-1264) instituyó la fiesta del Santísimo <Corpus Christi>, para rendir homenaje al <Sacramento> y <Sacrificio> de la Sagrada Eucaristía y encargó la liturgia de esta celebración precisamente  a este santo varón, liturgia que según el Rmo. P. Fr. Justo Pérez de Urbel: “Es un modelo de oración y una de las más perfectas composiciones en todo el breviario y en todo el misal”  

 
 
 
 
 
Desde siempre los Papas nos han hablado con amor y respeto de este Sacramento que implica el Sacrificio de la Cruz y la victoria de la Resurrección de Jesús, así por ejemplo,  Benedicto XVI nos recordaba que (Ibid):



“La misión para la que Jesús ha venido entre nosotros llega a su cumplimiento en el Misterio Pascual. Desde lo alto de la Cruz, donde atrae todo hacia sí (Jn 12, 32), antes de entregar el espíritu de su obediencia hasta la muerte, y una muerte en Cruz (Flp 2, 8), se ha cumplido la nueva y eterna Alianza…


 

 

 

domingo, 7 de junio de 2020

JESÚS DIJO (XLIX): TRABAJOS PUBLICADOS EN MRM.MARUS










-EL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO NO ES UNA UNION CUALQUIERA ENTRE PERSONAS HUMANAS (1/12/2019)

 

-LA INMACULADA CONCEPCION: MAS JOVEN QUE EL PECADO (8/12/2019)

 

 

-ES NAVIDAD: DIOS SE HA MANIFESTADO (16/12/2019)

 

 

-EL RETO DE LA EVANGELIZACION: SIGLO XVIII – EL SIGLO DE LAS LUCES – (3ª PARTE) (1/1/2020)

 

 

-LOS REYES MAGOS SIGUIENDO UNA LUZ BUSCABAN LA LUZ (4/1/2020)

 

 

-JESUS DIJO (XLII): TRABAJOS PUBLICADOS EN MRM.MARUS (7/1/2020)

 

 

 

La Santa Biblia. Traducida de los textos originales en equipo bajo la dirección de Dr. Evaristo Nieto. Ed. San Pablo (Madrid)

 

 

 

DIOS TRIUNFADOR SOBRE LOS MALVADOS (SALMO 9/10)

 

“Al maestro de coro. Para oboe y arpa. Salmo de David / Te doy gracias, Señor, de todo corazón, quiero cantar tus maravillas / quiero alegrarme y recrearme en ti, ensalza tu nombre, oh Dios altísimo / Mientras mis enemigos retroceden, flaquean y caen ante ti / tú has defendido mi derecho y me has hecho justicia, sentado en el tribunal, cómo juez justo / Has vencido a las gentes, destruido al malvado, has borrado sus nombres para siempre / acabó el enemigo en ruina eterna, has destruido sus ciudades, se perdió su recuerdo / Pero el Señor reina eternamente y tiene preparado su trono para el juicio / juzga al mundo con justicia, Dicta sentencia a las naciones / El Señor es refugio para los oprimidos su refugio en los tiempos de la angustia / En ti esperan los que saben tu nombre. Pues no abandonas, Señor, a quién te busca / Cantad al Señor, que mora en Sión, publicad por los pueblos sus hazañas: / Él, vengador de la sangre, se acuerda de ellos no olvida el grito de los oprimidos / Piedad, Señor, mira cómo me aplasta mi enemigo, sácame de las puertas de la muerte / para que pueda cantar tus alabanzas, a las puertas de Sión, gozoso porque me has salvado / Los paganos cayeron en su propia trampa, su pie quedó prendido en la red que tramaron / El Señor se ha dado a conocer, ha hecho justicia, ha enredado al malvado en la obra de sus manos / Retornen los malvados al abismo, y todas las naciones que se olvidan de Dios / Que no por siempre estará el pobre en el olvido, no se pierde por siempre la esperanza del mísero / Levántate, Señor, que el hombre no se engría, sean las gentes juzgadas ante ti / Señor, infúndeles terror, y aprendan los hombres que son seres mortales”

 

 

“¿Por qué te quedas lejos, Señor, y te escondes en los tiempos de la angustia? / Con su orgullo el criminal al infeliz oprime; ¡quede preso en la redada que le ha urdido! / El malvado se jacta de sus propios planes, el avaro blasfema, desprecia al Señor / El malvado dice  con arrogancia: ¡No hay Dios!, es todo lo que piensa / Su proceder prospera en todo tiempo, tus sentencias quedan muy lejos para él, se burla de todos sus rivales /dice en su corazón: <Yo no vacilo, seré siempre feliz, nunca en desgracias> / Su boca está siempre llena de violencia y fraude, bajo su lengua sólo hay vejación y mentira / se aposta al acecho junto a los poblados, a escondidas mata al inocente / con sus ojos espía al desdichado; escondido como un león en su guarida, al acecho para atrapar al miserable, lo atrapa enredándole en sus redes / se agazapa y se esconde, el desvalido cae en sus garras / Dice en sus corazón: <Dios se ha olvidado, ha escondido  su rostro, nada verá jamás> / Levántate, Señor, alza tu mano; oh Dios, no te olvides del pobre / ¿Por qué el malvado desprecia a Dios pensando que no le pedirá cuentas? / Pero tú ves la pena y los lamentos, tú los miras y los tomas en tus manos; el desvalido se confía a ti, tú eres el refugio del huérfano / Quiebra el bazo del criminal y del malvado, castiga su crueldad, no quede rastro / El Señor es rey por siempre, por los siglos; los paganos serán barridos de su tierra / Tu escuchas, Señor, el deseo de los pobres; su corazón confortas, les tiendes tus oídos / para hacer justicia al huérfano, al vejado; que el hombre, nacido de la tierra, no infunda más terror”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

viernes, 5 de junio de 2020

EL SACRAMENTO DE LA EUCARISTIA EN LA VIDA CRISTIANA



 
Ciertamente, así aparece definido el concepto de sacramentos de la Iniciación cristiana en el Catecismo de la Iglesia Católica, escrito en orden a la aplicación del Concilio Ecuménico Vaticano II (nº 1212):
“Mediante los sacramentos de la Iniciación cristiana, Bautismo, Confirmación y Eucaristía se ponen los fundamentos de la vida cristiana.

La participación en la naturaleza divina, que los hombres reciben como don mediante la gracia de Cristo, tiene cierta analogía con el origen, el crecimiento y el sustento de la vida natural.

En efecto, los fieles renacidos en el Bautismo se fortalecen con el sacramento de la Confirmación y finalmente, son alimentados en la Eucaristía con el manjar de la vida eterna, y, así por medio de estos sacramentos de la iniciación cristiana, reciben cada vez con más abundancia los tesoros de la vida divina y avanzan hacia la perfección de la caridad"

(Pablo VI. Constitución Apostólica <Divinae Consortium Naturae>); ritual de Iniciación Cristiana de Adultos, Prenotandos 1-2).


 
Cualquier otra distancia no puede resistir a la potencia indefensa de este pan partido y de este vino derramado, sacramento del único Cuerpo el Señor.

La alianza viva y vital de las familias cristianas, que precede, sostiene y abraza en el dinamismo de su hospitalidad las fatigas y las alegrías cotidianas, coopera con la gracia de la Eucaristía, que es capaz de crear comunión siempre nueva con su fuerza que incluye y salva”


En efecto, la vida de comunión que debe existir en la vida cristiana se encuentra arropada y tiene como modelo el sacramento de la Eucaristía; más aún, como se indica en el Catecismo de la Iglesia Católica (nº 1113):

 
 
“Toda la vida litúrgica de la Iglesia gira en torno al Sacrificio Eucarístico y los Sacramentos… La Iglesia celebra el Misterio de su Señor <hasta que Él vuelva> y <Dios sea todo en todos> (1 Co 11, 26-27): <Así, pues, siempre que coméis de este pan y bebéis de este cáliz, anunciáis la muerte del Señor hasta que él venga / Por eso, quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, se hace culpable de profanar el cuerpo y la sangre del Señor>…” 

 
Ciertamente como sigue diciendo el apóstol san Pablo, en su carta a los corintios (1 Co 11, 28-32):  “Examínese, pues, cada uno así mismo antes de comer el pan  y beber el cáliz / porque quien come y bebe sin discernir el cuerpo, come y bebe  su propio castigo / por eso hay entre vosotros muchos enfermos y débiles, y son bastantes los que mueren / Si nos hiciésemos la debida autocritica, no seríamos condenados / De cualquier manera, el Señor al castigarnos, nos corrige para que no seamos condenados junto con el mundo”

 
Palabras que en principio parecen excesivamente duras por parte del apóstol, pero que si con buen criterio las analizáramos con detenimiento nos mostrarían el gran amor de nuestro Dios hacia la humanidad, refiriéndose a la muerte del alma que no tanto a la del cuerpo, al permitir el Sacrificio de su unigénito Hijo, por la salvación de la misma.

En este sentido, es interesante recordar las reflexiones realizadas por el Papa Benedicto XVI sobre la institución de la Eucaristía en su libro: <Jesús de Nazaret (2ª Parte)>, para comprender la grandeza de este sacramento y su inmensa importancia en la vida de los creyentes:




Se pueden distinguir dos modelos de fondo: por un lado la narración de Marcos, con el cual concuerda en gran parte el texto de Mateo; por otro lado, el texto de Pablo que se asemeja al de Lucas.
El relato Paulino es el texto literario más antiguo: la primera carta a los Corintios fue escrita en torno al año 56 d.C.
El período de redacción del evangelio de Marcos es posterior pero es indiscutible que su texto recoge una tradición muy anterior...

La controversia  entre los exegetas, versa por tanto sobre cuál de los dos modelos el de Pablo o el de Marcos es más antiguo”

 
 
Es muy interesante comprobar que el sacramento de la Eucaristía a lo largo de todos estos siglos desde su institución por Jesús, ha suscitado gran interés entre los exegetas y  entre los teólogo, sin embargo, más importante que todo ello es prestar atención al contenido del mensaje encerrado en éste. Por todo ello, recordaremos ahora algunas de las reflexiones del Papa Benedicto XVI al respecto (Ibid):


“La narración de la institución comienza en los cuatro textos (Sinópticos y primera Carta a los Corintios), con dos afirmaciones sobre el obrar de Jesús que han adquirido un significado esencial para la recepción en la Iglesia de todo el conjunto. Se nos dice que Jesús tomó el pan, pronunció la bendición y acción de gracias, y lo partió.
Al comienzo se pone la <Eucharistía> (Pablo y Lucas), o bien la <Eulogia> (Marcos y Mateo): ambos términos indican la <berakha>, la gran oración de acción de gracia y bendición de la tradición judía, que forma parte tanto del rito Pascual como de otros convites.

No se come sin dar las gracias a Dios por el don que Él ofrece: por el pan que nace y crece en la tierra y también por el fruto de la vid… Jesús ha acogido esta tradición. Las palabras de la institución está en este contexto de oración; en ellas, el agradecimiento se convierte en transformación…


 
El gesto de Jesús se ha transformado así en el símbolo de todo el ministerio, de toda la Eucaristía: en los Hechos de los Apóstoles, y en el cristianismo primitivo en general: <partir el pan> designa la Eucaristía. En ella nos beneficiamos de la hospitalidad de Dios, que se nos da en Jesucristo crucificado y resucitado…”

Volvamos ahora sobre las palabras pronunciadas por Jesús al partir el pan. Según Marcos y Mateo fueron simplemente: <Esto es mi cuerpo>, en tanto que Pablo y Lucas añaden algo más a estas palabras iniciales de Jesús: <que será entregado por vosotros>.

Sin duda Jesús sabía lo que iba a suceder, Él sabía que le quitarían la vida en la cruz, y ya desde el primer momento, durante la institución de la Eucaristía, Él ofrece su vida por todos, mediante un acto de su voluntad, libre y voluntario…

 
 
 
Él lo había dicho a sus apóstoles en otra ocasión: <yo doy mi vida, para volverla a tomar>; fue según el evangelio de San Juan, cuando habló a sus discípulos sobre el tema del <pastor y el rebaño> (Jn 10, 11-17): “Yo soy el buen pastor. El buen pastor expone su vida por las ovejas / el que es asalariado y no pastor, de quien no son propias las ovejas, ve venir el lobo y abandona las ovejas y huye, y el lobo las arrebata y dispersa / porque es asalariado y no le importa las ovejas / yo soy el buen pastor, y conozco las mías, y las mías me conocen / como me conoce mi Padre, y yo conozco a mi Padre; y doy mi vida por las ovejas / y otras ovejas tengo que no son de este aprisco: esas también tengo yo que recoger, y oirán mi voz, y vendrán a ser un solo rebaño, un solo pastor / por esto me ama mi padre, porque yo doy mi vida, para volverla a tomar”

 
El Señor dice: <yo soy el buen pastor> una hermosa imagen de sí mismo, con un gran significado para la humanidad, pues según los textos bíblicos antiguos, se denominaba <Pastor> al <Mesías> esperado. En boca de Jesús esta expresión es una declaración de su origen divino. Por otra parte, asegura también: <yo doy mi vida, para volverla a tomar>, que quiere decir que Él se entrega  a la muerte y tiene poder para volver a la vida, para que no perezcan sus ovejas, esto es, para salvar a la humanidad…

Es por esto, que al tomar la Santa Comunión, tomamos el Cuerpo y Sangre de Cristo, y participamos de ese Cuerpo y de esa Sangre tal como nos recuerda San Pablo en su Carta a los Corintios, cuando les alerta sobre el peligro del pecado de la idolatría y les ruega que huyan de ella (1 Co 10, 14-16):