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jueves, 9 de junio de 2011

JESÚS PREGUNTÓ A SANTIAGO Y A JUAN ¿PODÉIS BEBER EL CÁLIZ QUE YO VOY A BEBER? (I)


 
 
 



Los evangelistas San Mateo y San Marcos nos narran el pasaje de la vida del Señor en el que les hace esta pregunta, tan misteriosa y significativa a los Apóstoles Santiago y Juan y a la que ellos respondieron sin tardanza, < Podemos> (Mt 20, 20-23):
"Entonces se acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró ante él para hacerle una petición / Él le preguntó: ¿Qué quieres? Ella le dijo: Di que estos hijos míos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda / Jesús respondió: No sabéis lo que pedís.

¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?   Podemos

le dijeron / Él añadió: Beberéis mi cáliz; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde concederlo, sino que es para quienes está dispuesto por mi Padre" 
 
 



Los otros diez Apóstoles se enfadaron  por las pretensiones de los hijos de Zebedeo y su madre; pero estos aún no habían comprendido que el <Reino de Jesús>, no era de éste mundo, y que por predicar la fe  de Cristo, deberían sufrir mucho; de hecho fue el mayor de los dos hermanos, Santiago, el que entregaría su vida por el Evangelio, en primer lugar (Mc 10, 41-45):
"Y llamándolos a sí  Jesús, les dice / Sabéis que los que figuran como jefes de las naciones los tratan despóticamente, y los grandes entre ellos abusan contra ellos de su autoridad / No es así entre vosotros; antes el que quiera hacerse grande entre vosotros; será vuestro servidor / y el que quiera entre vosotros ser primero, será esclavo de todos / puesto que el Hijo del hombre no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos"

Había pasado ya mucho tiempo, desde que Jesús había elegido, entre sus discípulos, a los Apóstoles, para que fueran los proclamadores de su fe, cuando Él desapareciera de la faz de la tierra para subir al cielo con su Padre, pero ellos no habían entendido todavía la importancia de su misión y el tremendo significado de la misma, para la salvación de los hombres, y por eso andaban aún con disputas sobre quién debería ocupar los primeros lugares en el reino predicado por su Maestro.

Jesús les hizo ver la mansedumbre y humildad que se debe tener para aspirar al <Reino de Dios> y les anunció también el cáliz, que ellos mismo deberían beber, esto es, la muerte por martirio.
Por otra parte, Jesús se muestra ante sus Apóstoles como el Cristo, el que ha venido a padecer en la cruz para salvar a los hombres.
Jesús no había dado por entonces las últimas instrucciones a sus Apóstoles; esto ocurriría más adelante, después de su Muerte y Resurrección, cuando se apareció a ellos, a punto ya de su <Ascensión a los cielos> y les encargó que evangelizaran a todas las gentes, prometiéndoles que Él estaría siempre con ellos hasta la parusía (Mt 28, 18-20):
 
 


"Y acercándose Jesús, les habló diciendo / Me fue dada toda potestad en el cielo y sobre la tierra / Id, pues, y amaestrad a todas las gentes, bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo / enseñándoles a guardar todas cuantas cosas os ordené. Y sabed que estoy con vosotros todos los días hasta la consumación de los siglos"

El Papa Pio XII en su Carta Encíclica <Fulgens Radiatur>, en el año 1947, con motivo del aniversario de los catorce siglos de la muerte de San Benito (Siglo VI), hombre que cumplió con largueza los deseos del Señor, dando a su Iglesia, muchos Papas, una enorme cantidad de prelados en su mayoría santos, así como gran cantidad de doctores y teólogos, todos ellos apóstoles de la fe de Cristo, dijo lo siguiente refiriéndose a la promesa de Jesús, realizada en la vida de este santo:
“Todo el que examine su ilustre vida e investigue a la luz verdadera de la historia la época tormentosa en que vivió, comprobará sin duda la verdad de aquella divina promesa, hecha por Jesucristo a sus Apóstoles y a la sociedad que fundaba (Mt 28,20).
Promesa que no pierde su valor en ningún tiempo, sino que alcanza al curso de todos los siglos, regidos por el imperio de Dios. Más aún, cuanto con más encarnizamiento los enemigos acometen al nombre cristiano, cuando la nave de Pedro, dirigida por la providencia, es zarandeada por olas cada vez más violentas, cuando todo parece que está para desplomarse y no hay esperanza ninguna de humano auxilio, entonces aparece Jesucristo cumpliendo su palabra, consolando y dispensando aquella fuerza que viene de lo alto, con la que suscita nuevos atletas, defensores de la causa católica, que la devuelven su antiguo esplendor, y que, con la ayuda de las gracias celestiales, le comuniquen todavía un mayor perfeccionamiento”

Son consoladoras y al mismo tiempo motivantes las palabras de este Papa, que también tuvo que sufrir en sus propias carnes los avatares de la historia, por eso nos sentimos reconfortados con la promesa de nuestro Señor Jesucristo, que siempre está ahí para seguir ayudándonos en la maravillosa tarea de la evangelización.

Por su parte, el Papa Juan Pablo II, comentó también este pasaje de la santa Biblia en su Homilía del 10 de junio de 1979 (La Biblia de Juan Pablo II. Ed. Esfera de los Libros. S.L. 2008 p-188-189):
“En estas palabras se encierran el gran  misterio de la historia y de la humanidad. Todo hombre procede hacia delante. También las naciones avanzan. Y toda la humanidad avanza. Avanzar no solo significa adecuarse a las exigencias de los tiempos, dejando continuamente el pasado a las espaldas: el día de ayer, los años, los siglos…

Avanzar también quiere decir el ser consciente del final. ¿Es posible que el hombre y la humanidad, en su caminar sobre esta tierra, se limiten a pasar o desaparecer? ¿Es posible que para el hombre todo consista en lo que construye y conquista sobre esta tierra, en aquello de lo que goza? ¿A parte de todas las conquistas, del conjunto completo de la vida, (cultura, civilización, técnica), no le aguarda nada más? ¡< Pasa la figura de este mundo>! ¿Y, con ella, el hombre pasa totalmente?...
Las palabras que Cristo pronunció en su despedida a los Apóstoles expresan el misterio de la historia del hombre, de todos y de cada uno de nosotros en particular, el misterio de la historia de la humanidad.
El bautismo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo es una inmersión en el Dios vivo, en < aquel que es>, como dice el Libro del Génesis,  <Aquel que es, que era y que va a venir> como dice el Apocalipsis (Apocalipsis 1,4).



El bautismo es el inicio del encuentro, de la unidad, de la comunión, por los cuales toda la vida terrenal es solo un prólogo y una introducción; la plenitud pertenece a la eternidad…
Tenemos, por tanto, que encontrarnos el <Reino de Dios> para alcanzar el fin, para llegar a la plenitud de la vida y la vocación del hombre…”

Santiago y Juan, atendiendo los deseos de su Maestro predicaron el Evangelio, esto es, las enseñanzas de Jesús, necesarias para alcanzar en la eternidad la plenitud de la vida, en una palabra, a encontrar en el propio ser humano el <Reino de Dios>.
En este sentido, los dos hermanos podrían considerarse el alfa y el omega de la evangelización realizada por los Apóstoles ya que Santiago sobrevivió muy pocos años a Jesús, muriendo por martirio, por amor al Señor y a sus enseñanzas, y Juan fue el último en desaparecer de esta vida, cuando ya era muy anciano, siendo el ultimo Apóstol de Señor que predicó su palabra; y aunque no murió por martirio, sí que lo sufrió en una determinada época de su vida, saliendo ileso de la prueba por la gracia de Dios.
Estos hermanos, eran hijos de Zebedeo, un pescador relativamente acomodado, para su época, porque era dueño de un barco de pesca y disponía de varios pescadores asalariados para ayudarle, además de sus propios hijos.



La madre de estos dos Apóstoles del Señor fue probablemente María Salomé una de las piadosas mujeres que acompañó a Jesús durante el tiempo que duró su corta vida pública, cuidando de Él y de sus discípulos.
Según la tradición de la Iglesia, esta mujer podría ser pariente cercana de la Virgen María; de hecho, fue una de las mujeres que acompañó a la Virgen María  durante la Pasión y Muerte de su Hijo.

San Marcos, en su Evangelio, nos narra que unas mujeres entre las que se encontraba Salomé, compraron aromas para embalsamar adecuadamente el cuerpo del Señor, pero no encontrándolo en el Sepulcro dónde lo habían enterrado, corrieron a avisar a los Apóstoles, por encargo de un ángel (Mc 16,1-7):
"Y pasado el sábado María la Magdalena y María la de Santiago (Alfeo) y Salomé compraron perfumes con el fin de ir a ungirle / y muy de madrugada, el primer día de la semana vienen al monumento, salido el sol / y se decían unas a otras: ¿Quién nos correrá la losa de la entrada del monumento? / y mirando atentamente, observaron que la losa había sido corrida a un lado; porque era enormemente grande / y entrando en el monumento vieron un joven sentado a la derecha, vestido de un largo ropaje blanco, y quedaron espantadas"
 


"Él les dice: no os espantéis. A Jesús buscáis el Nazareno, el crucificado; resucitó; no está aquí. Mirad el lugar donde lo pusieron. / Pero id, decid a sus discípulos, y a Pedro, que va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis, conforme os dijo"

Estas mujeres indudablemente amaban al Señor, y entre ellas se encontraba Salomé, por eso la petición que hizo a Jesús, para que favoreciera a sus hijos, aunque en principio parezca incorrecta, y llena de ambición, si se analiza detenidamente puede demostrar otras cosas, como por ejemplo, el amor por los hijos y una creencia absoluta en el Señor, como Hijo de Dios.

El Señor por ello, le contestó sencillamente: “no sabéis que pedís…”, pues realmente ni ella, ni sus hijos, habían aún calibrado en su justo valor, lo que significaba su petición.
Jacob (Santiago) era el mayor de los dos hermanos y había nació en Betsaida de Galilea, en fecha desconocida, según los hagiógrafos y murió en Jerusalén de Judea hacia el año 44 d.C., a espada como narra San Lucas en los “Hechos de los Apóstoles”.

A este Santiago se le conoce con el sobrenombre de <el Mayor>, probablemente para distinguirlo del otro Apóstol del Señor, Santiago Alfeo, que por haber sido llamado más tarde, recibió el de <el Menor> (probablemente, ambos eran parientes cercanos del Señor).
 


El hermano menor de Santiago, Juan, era también natural de Galilea y fue el que probablemente primero vio y entendió la grandeza del Señor ya que podría haber presenciado el  bautismo de Jesús, por Juan Bautista (era discípulo suyo) y la bajada del Espíritu Santo sobre Él.
Seguramente ambos hermanos estarían expectantes y deseosos de acercarse a Jesús y de aquí que la respuesta a su llamada fuera positiva e inmediata tal y como nos narran los Evangelios (Mt 4.18-22; Mc 1,16-20; Lc 5,1-11). El encuentro tuvo lugar a las orillas del mar de Galilea (lago de Genesaret) poco después de las tentaciones y ayuno en el desierto, del Señor.

El Señor conoció y valoró positivamente el carácter de los dos hermanos, comprometidos con las enseñanzas del Mesías, y los apodó <Boanergés> que significa <hijos del trueno>  (Mc 3, 13-17):

"Y sube a la montaña, y llama a si a los que Él quiso, y se fueron para Él / y destinó a doce para que estuviesen con Él y para enviarles a predicar / y que tuviesen potestad de lanzar demonios /Y estableció los <Doce>; e impuso a Simón por nombre Pedro; y a Santiago el de Zebedeo y a Juan el hermano de Santiago, les impuso por nombre Boanergés, que es decir <hijos del trueno>"

Indudablemente, Santiago y Juan deberían ser personas fogosas, dispuestas a todo por defender a Jesús y sus enseñanzas, y dispuestas también a dar la vida por su fe como demostraron al responder a la pregunta del Señor con  prontitud y seguridad: “Podemos”. 

Por ello, desde el primer momento, estuvieron dentro del círculo de discípulos más cercano de Jesús, de manera que no es de extrañar el hecho de que presenciaran de forma privilegiada algunos de los momentos más importantes de la vida pública de Jesucristo, como por ejemplo

 


la <Transfiguración en el  monte Tabor>, (Mc 9, 2-13; Lc 9, 28-36; Mt 17, 1-13), y la <Resurrección de la hija de Jairo>, (Mc 5, 37-42).

Juan así mismo, fue elegido por el Señor para preparar la <Última Cena>, junto con Pedro y por otra parte, este último y ambos hermanos estuvieron muy cerca de Jesús cuando él rezaba en el monte de los Olivos antes de ser traicionado por Judas Iscariote y ser prendido.
 
Con todo, uno de los momentos más impresionantes  de la vida de los dos Apóstoles fue sin duda el que tuvo lugar durante la “Trasfiguración del Señor” en el monte Tabor.


Este monte es una colina aislada, que se eleva unos 321 metros sobre el llano adyacente y unos 600 metros sobre el nivel del mar. Parece ser que atardecía cuando Jesús subió a este monte para pasar la noche en oración, ocurrió casi después de que <El Mesías> hubiera realizado el primer anuncio de su <Pasión, Muerte, y Resurrección> a sus discípulos.

El evangelista San Lucas, antes de redactar este suceso, alude a unas palabras  pronunciadas por el Señor (Lc 9,27):
<en verdad os digo que hay algunos de los aquí presentes que no gustarán la muerte sin que antes vean el reino de Dios>
Estas palabras parecen el anuncio de la “Trasfiguración” que tuvo lugar poco después en presencia de solo tres de sus Apóstoles: Pedro, Juan y su hermano Santiago.
La narración más completa de la “Trasfiguración” de Jesús se encuentra en el Evangelio de San Lucas (Lc 9,28-36), pues éste añade a las narraciones de San Mateo (Mt 17,1-13) y San Marcos (Mc 9,1-12) algunos detalles interesantes para comprenderla mejor:
 


"Y aconteció después de estos razonamientos, como unos ocho días, que habiendo tomado consigo a Pedro y Juan y Santiago, subió al monte para orar / Y mientras estaba orando, el aspecto de su rostro se demudó y sus vestiduras adquirieron una blancura relampagueante / Y he aquí que dos varones hablaban con Él los cuales eran Moisés y Elías, que, apareciendo circundados de gloria, trataban del tránsito de Jesús, que Él iba a realizar en Jerusalén / Pedro y sus compañeros estaban  cargados de sueño; mas despertando a la mitad del sueño vieron la gloria de Jesús y a los dos varones que con Él estaban / Y aconteció que, al retirarse ellos de Él dijo Pedro a Jesús: / Maestro, linda cosa es estarnos aquí, y vamos hacer tres tiendas, una para ti, una para Moisés y una para Elías.No sabiendo lo que se decía / Y habiendo él dicho esto, se formó una nube y los cubría, y se llenaron de miedo al entrar en la nube / Y se dejó oír una voz de la nube, que decía: / Este es mi Hijo, el elegido: escuchadle / Y al dejarse oír la voz se halló Jesús solo. Y Ellos se callaron y a nadie por aquellos días contaron nada de lo que habían visto"

Juan Pablo II, el 6 marzo de 1982, sobre este pasaje de la Biblia nos decía (La Biblia de Juan Pablo II Ed. La Esfera de los Libros S.l. 2008 p 193-194):
“¿No nos arrebata también en este momento el estupor, el temor, la admiración que sobrecogieron entonces a Pedro, Juan y Santiago?

El Hijo amado esta aquí también para nosotros. Se nos ha otorgado a nosotros. Vive por y para nosotros.

Viene a morir por nosotros. Viene a darnos el amor del Padre y, con dicho amor, todo lo demás.

Si Dios está con nosotros ¿quién estará contra nosotros? Él, que no se ha guardado para sí ni a su propio hijo, sino que lo ha entregado por  todo nosotros, ¿Cómo no va a darnos junto a él, todo lo demás?



Dios nos ha dado a su hijo, lo ha sacrificado por nosotros, los hombres, llevando al límite lo que solo de manera figurada, no hasta la inmolación, le había pedido a Abraham… ”

Años después, en la <Octava Pascua>, Juan Pablo II refiriéndose de nuevo a la <Transfiguración del Señor>, pronunció las siguientes palabras:
“Cristo es el centro de la Transfiguración. Hacia él convergen dos testigos de la primera Alianza: Moisés, mediador de la ley, y Elías, profeta de Dios vivo…
Este texto litúrgico subraya la dimensión trinitaria de la transfiguración de Cristo en el monte, pues es explicita la presencia del Padre con su voz reveladora. La tradición cristiana vislumbra implícitamente  también la presencia del Espíritu Santo, teniendo en cuenta el evento paralelo del bautismo en el Jordán, donde el Espíritu descendió sobre Cristo en forma de paloma.


De hecho el mandato del Padre: <Escuchadlo> presupone que Jesús está lleno de Espíritu Santo, de forma que sus palabras son <espíritu y vida>”

Con razón también el Papa León XIII en su Carta Encíclica <Divinum illud munus>, ya en el año 1897, decía lo siguiente sobre el Espíritu Santo y nuestro Señor Jesucristo:
“Por obra del Espíritu Divino tuvo lugar no solamente la concepción de Cristo, sino también la santificación de su alma, llamada unción en los Sagrados Libros, y así es como toda acción suya se realizaba bajo el influjo del mismo Espíritu, que también cooperó de modo especial a su sacrificio, según la frase de San Pablo:<Cristo, por medio del Espíritu, se ofreció como hostia inocente a Dios>.

Después de todo esto, ya no extrañará que todos los carismas del Espíritu Santo inundasen el alma de Cristo. Puesto que en Él hubo una abundancia de gracia singularmente plena, en el modo más grande y con la mayor eficacia que tenerse puede; en Él, todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia, las gracias <gratis datas>, las virtudes, y plenamente todos los dones, ya anunciados en aquella misteriosa paloma aparecida en el Jordán, cuando Cristo con su bautismo consagraba sus aguas para el nuevo Testamento”

Santiago también estuvo presente junto a Pedro y Juan en el momento de la oración de Cristo en el monte de los Olivos antes de su prendimiento y muerte; San Marcos en su Evangelio lo narró así (Mc 14, 32-36):
 



"Y llegan a una granja cuyo nombre es Getsemaní y dice a sus discípulos: Sentaos aquí mientras hago oración / y lleva consigo a Pedro y a Santiago y a Juan, y comenzó a sentir espanto y abatimiento;  y les dice: / Triste en gran manera esta mi alma hasta la muerte; quedad aquí y velad / Y adelantándose un poco, caía sobre la tierra, y rogaba que, a ser posible, pasese de Él  aquella hora, y decía: / Abba, Padre, todas las cosas te son posibles: Traspasa de mí este cáliz; mas no lo que yo quiero, sino lo que tú"

Dice Juan Pablo II, en su Homilía del 13 de abril de 1987 (La Biblia de Juan Pablo II. La Esfera de los Libros. S.L 2008 p. 199):
“En ningún lugar se manifiesta con tanta intensidad la realidad del Hijo de Dios, que asume la condición de <siervo>, según la profecía de Isaías. La plegaria de Getsemaní, más que cualquier otra plegaria de Jesús, revela la verdad acerca de la identidad, la vocación, y la misión del Hijo, que ha venido al mundo para cumplir la voluntad del Padre hasta el final, cuando exclama que <todo se ha cumplido> (Jn 19,30)”.
Recordaremos también como, poco antes de la Pascua, cuando Jesús decide realizar su <Última Cena> con los Apóstoles, eligió a Pedro y a Juan para su preparación (Lc 22,8), lo cual demuestra la total confianza que el Señor tenía en la capacidad y fidelidad de estos dos hombres, que según San Pablo, serían junto a Santiago (Alfeo), las <piedras angulares> de su primitiva iglesia.

 
 
En el curso de aquella memorable “Cena” fue Juan el Apóstol que tuvo la alegría y privilegio de reclinar su cabeza sobre el pecho de Jesús, así mismo, fue a éste a quién el Maestro indicó el nombre del discípulo que habría de traicionarlo, aunque había sido Pedro el que se atrevió a hacerle la pregunta al Señor en primer lugar (Jn 13,21-27).

 
Por otra parte, la tradición asegura y es creencia general que fue Juan <aquel otro discípulo> que entró con Jesús al tribunal de Caifás mientras que Pedro se quedaba fuera y los restantes Apóstoles se dispersaron, por miedo a los Judíos que habían apresado al Señor (Jn 18, 15-18).

Así mismo, es seguro que Juan fue el único Apóstol que estuvo presente en el <Calvario> acompañando a la Virgen María y a otras mujeres piadosas que lloraban desconsoladas, ante aquel terrible espectáculo de dolor. De esta forma lo narró el propio Apóstol San Juan en su Evangelio (Jn 19,25-27):
-Estaban junto a la Cruz de Jesús, su Madre y la hermana de su Madre, María de Cleofás, y María Magdalena.
-Jesús, pues, viendo a la Madre, y junto a ella el discípulo a quien amaba, dice a su Madre: Mujer <he ahí a tu hijo> 
-luego dice al discípulo: <he ahí a tu Madre>.
Y desde aquella hora la tomó el discípulo en su compañía.
 

Jesús encomendó, por tanto, a su Madre rota por el sufrimiento al ver crucificado a su hijo, a la solicitud y cuidados de su discípulo amado. Pero esta recomendación familiar no pudo quedar limitada al momento histórico recreado, ya que el carácter simbólico del cuarto Evangelio descubre necesariamente en estas palabras del Redentor moribundo un significado más profundo: la espiritual maternidad de la Virgen respecto de todos los hombres a través de los siglos.
Después de la Muerte y Resurrección del Señor sabemos por los <Hechos de los Apóstoles>, narrados por San Lucas, que los Apóstoles estaban en oración junto a la Virgen, y otros discípulos en el Cenáculo, esperando la llegada del Espíritu Santo que Jesús les había anunciado (Hch 1,12-13)
<El camino de sábado>, tiene el significado  de algo más de un kilómetro, que era la distancia que se permitía caminar a los judíos en el sábado, y <la estancia> nombrada por el evangelista San Lucas, sin duda tendría que ser <el Cenáculo>, donde Jesús había celebrado la <Ultima Cena>, con los Apóstoles.

Los Apóstoles, la Virgen María y todos los seguidores de Jesús allí reunidos, esperaban, como cuenta San Lucas, la llegada del Espíritu Santo, prometido por el Señor porque como dijo el Papa León XIII en su Carta Encíclica, anteriormente mencionada:
“La Iglesia, ya concebida y nacida del corazón mismo del segundo Adán en la Cruz, se manifestó a los hombres por vez primera de modo solemne en el celebérrimo día de Pentecostés con aquella admirable efusión, que había sido vaticinada por el profeta Joel; y en aquel mismo día se iniciaba la acción del divino Paráclito en el cuerpo místico de Cristo, posándose sobre los Apóstoles, como nuevas coronas espirituales, formadas con lenguas de fuego, sobre sus cabezas”
 
 


Después de este suceso San Lucas nos cuenta que San Juan acompañaba a San Pedro para la evangelización de las gentes de Judea y es de imaginar, y  así  lo admite la tradición de la Iglesia que también su hermano Santiago predicó el Evangelio durante un corto tiempo en la región de Judea y quizás también en Samaria, para pasar después de un larguísimo viaje a  evangelizar la Península Ibérica, por entonces sumida en las tinieblas del paganismo.

No obstante, la primera noticia que tenemos de la existencia del cristianismo en España, nos la ofrece San Clemente Romano (Tercer Papa después de San Pedro), en una carta que escribe a los fieles de Corintio, hacia el año 96 de nuestra era, refiriéndose a San Pablo y su labor en los “límites de Occidente”, ya que durante muchos siglos los límites de Occidentes correspondían a las provincias más occidentales del imperio, es decir, las provincias hispanas.
Manuscritos posteriores hablan de siete “Varones apostólicos” que los santos Apóstoles, Pedro y Pablo enviaron a España para predicar la fe de Jesucristo y sus nombres eran: Torcuato, Segundo, Indalecio, Tesifonte, Eufrasio, Cecilio y Hesiquio.
Estos posibles discípulos de Santiago,  ocuparían las Sedes Episcopales siguientes, al regreso del Apóstol a Judea: Acci (Guadix), Abula ó Abla (Posiblemente Ávila), Urci ó Pechina (Posiblemente Torre de Villaricos), Bergi ó Berja, Iliturgi (Andujar), Iliberri ó Elvira (Granada), y Carcere ó Cazorla (Posiblemente Murcia).
La actividad evangelizadora de Santiago y de los siete Varones apostólicos, según algunos historiadores, creó la base sobre la que se asentó el origen apostólico de la Iglesia española. De aquí la devoción arraigada en los pueblos de España a estos santos hombres y en particular a Santiago el Mayor, considerado el Patrón de España desde hace muchos años, aunque en la actualidad se trata de olvidar este hecho.


A éste respecto, es grato recordar las enseñanzas de Rmo. P. Fr. Justo Pérez de Urbel, que en su <Misal y Devocionario del hombre Católico>, nos dice lo siguiente:
“Después de la Resurrección, Santiago predicó el Evangelio en Judea y Samaria y, según una tradición venerable, vino hasta España, donde la leyenda nos lo pinta desalentado por dificultades de la predicación y confortado por la presencia milagrosa de La Santísima Virgen, en las orillas del Ebro…
Es bien conocido el relato de la antigua y piadosa tradición. Caminaba por la ribera del Ebro el Apóstol Santiago, anunciando la buena nueva a los líberos, valientes e indómitos. La indiferencia de sus oyentes le tenía apesadumbrado, y estaba a punto de desmayar, cuando la Virgen María se le presentó una noche, anunciándole que aquellos trabajos suyos no serían estériles, que la semilla por él derramada, y protegida cariñosamente por sus manos virginales, daría frutos de bendición a través de los siglos. Alentado por esta visión, el Apóstol siguió su obra evangelizadora, conservando imborrable el recuerdo de la Madre de Dios, y el Pilar en que se habían posado sus plantas. Allí se levantó más tarde un templo, que es la actual Basílica del Pilar, en Zaragoza, fuente de gracias, escenario de peregrinaciones, que acuden allí, de toda España, que considera a la Virgen del Pilar como su celestial Patrona y al Pilar mismo como el símbolo de la fe y el Centro de su favor religioso, siempre pujante y sincero.
Desde aquel trono, en que Nuestra Señora recibe el homenaje de todos los españoles, derrama sus gracias en todas las direcciones, vela por la conservación de la fe y ruega bondadosamente por el florecimiento del inmenso y lozano árbol de la hispanidad”.
 
 


Por estas razones, la Virgen del Pilar es también considerada <Patrona de la Hispanidad > y de la <Guardia Civil española>. La devoción mariana comenzó en los albores del siglo XIII, al empezar las primeras peregrinaciones a <Santa María la Mayor> (Colegiata gótico-mudéjar) y la Santa Columna sobre la que se apoyó  una estatua de la Virgen María; según la tradición la Columna, es la original, datando de los tiempos de la aparición de Nuestra Señora al Apóstol Santiago. Esta columna es de jaspe, forrada de bronce y plata, y algunos autores de la antigüedad, han asegurado que se trata de la misma columna donde nuestro Señor Jesucristo fue flagelado.
La historia de la Virgen del Pilar y de la Basílica que lleva su nombre, es larga y llena de hechos extraordinarios y sé sabe que a partir del siglo IV, la inicial capilla del Pilar habría sido modificada, con ampliaciones y espacios suficientes para servir de sepultura a los mártires, que según la tradición, murieron durante la persecución de los cristianos acaecida en este siglo. A partir de este siglo, El Pilar, de Zaragoza, sufrió diversos acontecimientos, como consecuencia de las invasiones de los visigodos y musulmanes, y ya en la Edad media, el templo que se encontraba en estado ruinoso, fue de nuevo reconstruido.

En el siglo XII, concretamente, el Pilar, vuelve a florecer de entre sus ruinas, recibiendo numerosos obsequios de reyes y personalidades de la época, a causa de los favores prestados por la Virgen a sus buenas empresas, y en el siglo XIII la tradición del Pilar se extendió por toda la Península, por lo que no es de extrañar encontrar Capillas dedicadas a esta advocación de la Virgen en muchas de sus iglesias y también en sus Catedrales principales, conservadas en la actualidad en perfecto estado, en muchas ocasiones, gracias al fervor de los creyentes.
Para terminar esta reflexión sobre la vida de los Apóstoles Santiago y Juan recordaremos ahora una de las más bellas oraciones dedicadas a la Virgen del Pilar, concretamente dada por Juan Pablo II, en una de sus dos visitas apostólicas  a Santiago de Compostela (España):
“Doy ferviente gracia a Dios por la presencia singular de María en esta tierra española, donde tantos frutos ha producido. Y quiero encomendarte, Virgen Santísima del Pilar, España entera, todos y cada uno de sus hijos y pueblos, la iglesia en España, así como también los hijos de todas las naciones Hispánicas.
¡Dios te salve María, Madre de Cristo y de la Iglesia! ¡Dios te salve, vida, dulzura y esperanza nuestra!


A tus cuidados confío esta tarde las necesidades de todas las familias de España, las alegrías de los niños, la ilusión de los jóvenes, los desvelos de los adultos, el dolor de los enfermos y el sereno atardecer de los ancianos. Te encomiendo la fidelidad y abnegación de los ministros de tu Hijo, la esperanza de quienes se preparan para ese ministerio, la gozosa entrega de las vírgenes al claustro, la oración y solicitud de los religiosos y religiosas, la vida y el empeño de cuantos trabajan por el reino de Cristo en estas tierras. En tus manos pongo la fatiga y el sudor de quienes trabajan con las suyas; la noble dedicación de los que trasmiten su saber y el esfuerzo de los que aprenden; la hermosa vocación de quién con su conciencia y servicio alivian el dolor ajeno; la tarea de quién con su inteligencia busca la verdad.
En tu corazón dejo los anhelos de quién, mediante los quehaceres económicos procuran honradamente la prosperidad de sus hermanos; de quienes, al servicio de la verdad, informan y forman rectamente la opinión pública; de cuantos, en la política, la milicia, en las labores sindicales, o en el servicio del orden ciudadano prestan su colaboración honesta a favor de una justa y pacífica y segura convivencia. Virgen santa del Pilar: aumenta nuestra fe, consolida nuestra esperanza, aviva nuestra caridad. Socorre a los que padecen desgracias, a los que sufren soledad, ignorancia, hambre o falta de trabajo. Fortalece a los débiles en la fe. Fomenta en los jóvenes la disponibilidad para una entrega plena a Dios. Protege a España entera y a sus pueblos, a sus hombres y mujeres. Y asiste maternalmente, oh María a cuantos te invocan como Patrona de la Hispanidad. A sí Sea”.

 
 
 
 

jueves, 5 de mayo de 2011

JESÚS PASÓ POR EL MUNDO ORANDO


 
 
 


En el libro de Tomás de Kempis, “Imitación de Cristo”, leemos lo siguiente:
“El hijo de Dios que es una sola cosa con el Padre, y que al entrar en el mundo dijo: He aquí que vengo, ¡Oh Dios, para hacer tu voluntad! Se ha dignado ofrecernos ejemplos de su propia oración”
En efecto, la oración, era para Jesucristo una constante en su vida y así lo podemos comprobar con la lectura del Nuevo Testamento. En concreto, en los Cuatro Evangelios encontramos muchos ejemplos de la oración de Jesús, porque su actividad diaria estaba tan unida a ella, que incluso se podría decir que  semeja a un rio que fluye con ésta.
¿Quién no recuerda, por ejemplo, aquellos momentos sublimes en los que Jesús, en el monte de los Olivos, del huerto de Getsemaní, oraba a su Padre preso de angustia, antes los acontecimientos que debería afrontar de inmediato, para salvar a los hombres?

El evangelista San Lucas, narró así la llegada al huerto y la oración del Señor (Lc 22, 39-43):
-Y saliendo de allí, se dirigió, según costumbre, al monte de los Olivos; y le siguieron también los discípulos.
-Y en llegando al lugar, díjoles:
-Orad, para que no entréis en tentación.
-Y El, arrancándose de ellos, se apartó a la distancia como de un tiro de piedra, y puestas las rodillas, oraba
-diciendo: Padre, si quieres traspasa de mí este cáliz, más no se haga mi voluntad sino la tuya
 
 


El Papa Juan Pablo II, el 9 de abril de 1992,  nos habló del sufrimiento en Getsemaní del Hombre-Dios (La Biblia de Juan Pablo II, p.185; La Esfera de los libros S.L. 2008):
“La Cruz ha entrado definitivamente en la vida mesiánica de Jesucristo durante una vigilia; si, una vigilia de oración. Ha entrado, esta Cruz, al huerto de Getsemaní, aunque en sentido figurativo, a poca distancia de la definitiva realidad de la Crucifixión.
Durante las vigilias <velaba muchas veces> Jesús pasaba las noches rezando. Pero ésta es la última noche, la vigilia definitiva…
Todo estaba listo, pero era necesario esa <Hora> del Getsemaní, aquella vigilia, aquella plegaria solitaria del Señor. Era necesario un último y definitivo encuentro entre el Hijo y el Padre…”

Por eso, mediante la oración, Cristo sale al encuentro de todo hombre para recorrer con él, el camino de la vida, hasta llevarlo a la plena comunión con Dios, tal como nos indica tambié este Pontífice, en su Encíclica “Redemptor hominis” (dada en Roma el primer domingo de Cuaresma del año 1979, primero de su Pontificado).
 


Por otra parte, Jesús nos enseñó a orar, a todos los hombres, con la plegaria del Padrenuestro (oración fundamental de la Iglesia), durante su Sermón de la Montaña (Mt 6, 9-13) y también durante este mismo Sermón nos pidió que tuviéramos absoluta confianza en los efectos de  la oración (Mt 7, 7-11):
"Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá; / porque todo el que pide, recibe; y el que busca halla; y al que llama se le abrirá / ¿O quién habrá entre vosotros a quién su hijo pidiere pan? / ¿Por ventura le dará una piedra?; / o también le pidiere un pescado, ¿por ventura le dará una serpiente? / Sí, pues, vosotros, con ser malos, sabéis dar dádivas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más, vuestro Padre celestial dará bienes a los que se lo pidieren? "

Jesús con su vida en oración nos puso de manifiesto, así mismo, la absoluta necesidad que tenemos todos los seres humanos de orar, ya que si Él, siendo Hijo Unigénito de Dios y Dios verdadero, necesitaba de la plegaria para preparar su espíritu, cuanto más necesitaremos los hombres, hijos adoptivos de Dios, de esta ayuda inestimable.

El mismo Papa, Juan Pablo II, consciente de esta necesidad imperiosa, al comienzo de su Pontificado y frente a los grandes retos a los que tenía que enfrentarse nos dijo  en la Encíclica anteriormente mencionada:
“Solamente la oración puede lograr que todos  los grandes cometidos y dificultades que se suceden no se conviertan en fuente de crisis, sino en ocasión y  fundamento de conquistas, cada vez más maduras en el camino del pueblo de Dios hacia la Tierra Prometida”
 
 


Una de las dificultades mayores con que se enfrentó la Iglesia a lo largo del Pontificado de Juan Pablo II, fue el problema del terrorismo, el cual aún azota a la humanidad entera, por ello el Papa en las “Jornadas de la Paz “, celebradas en el año 2002, recordando las palabras de la Oración del Señor, esto es, el Padrenuestro, dijo lo siguiente:
“Si lo observamos detenidamente, el terrorismo instrumentaliza no sólo al hombre, sino también a Dios, al que termina por convertir en un ídolo del que se sirve para nuestros fines. Ningún responsable de las religiones, por lo tanto, puede tener indulgencia hacia el terrorismo y, todavía menos, predicarlo. Es una profanación de la religión proclamarse terrorista en nombre de Dios.

La violencia terrorista es contraria a la fe de Dios Creador del hombre, el Dios que cuida del hombre y lo amó. En particular, es totalmente contraria a la fe en Cristo Señor, que ha enseñado a sus discípulos a rezar así:

<…y perdónanos nuestras deudas, /así como nosotros hemos perdonado/a nuestros deudores...>
En la vida espiritual, de los primeros cristianos, destacaba la práctica de la oración comunitaria e individual, en forma <oral>, y el <Padrenuestro> era tomado siempre, como principal modelo de plegaria.
Según el historiador y teólogo, Javier Sesé, el <Padrenuestro> era con diferencia la oración más <alabada, recomendada y comentada>, de tal modo, que muchos Padres de la Iglesia, han dedicado sus estudios a ella; así lo hicieron, Orígenes, Tertuliano y San Cipriano.
Dice también Javier Sesé, en su libro “Historia de la espiritualidad”, que en las oraciones personales de la Iglesia primitiva abundaban las referencias a la Santísima Trinidad y a cada Persona divina y en particular a Jesucristo, centro sin duda, del culto espiritual de los creyentes: <…la oración se hace en nombre suyo, por Él y en Él, además de dirigirse también a Él>

Nos recuerda además, este mismo autor, que los primeros testimonios sobre este tema, insisten mucho sobre la necesidad de la plegaria, para recibir el auxilio de Dios <origen de todo poder divino>:
“Se destaca así la actitud de confianza absoluta en la plegaria. Se busca y promueve la oración continua; y se subraya la estrecha relación entre la oración y la penitencia, y de ambas con la remisión de los pecados”

En la actualidad, se debe seguir haciendo hincapié, en todas estas <virtudes> de la oración y aún más, pues como el Papa Benedicto XVI  enseña en su Encíclica <Caritas in Veritate>:
<El desarrollo necesita cristianos con los brazos abiertos hacia Dios en oración>
Y el <Padrenuestro> es la oración fundamental de la Iglesia <Jesús de Nazaret; 1ª Parte>:
 
 


“Al rezarlo se cumple en nosotros la promesa de Jesús respecto a los verdaderos adoradores, a los que adoran al Padre <en espíritu de verdad> (Jn 4,23). Cristo que es la Verdad nos ha dado estas palabras y en ellas nos da el Espíritu Santo”

Por otra parte, también según el Santo Padre, es  significativo el hecho de que el evangelista San Lucas, relacione la oración del Padrenuestro con la oración personal de Jesucristo y de aquí que resulte esencial escuchar y entender lo que Jesús dice en la misma.

Debemos, según nos dice el Papa intentar descubrir realmente, a lo largo de esta oración, los pensamientos de Jesús, es decir, lo que nos quería transmitir a través del Padrenuestro, teniendo en cuenta además que es una plegaria personal del Hijo con el Padre (Lc 11, 1-4):
"Y sucedió que estando El en cierto lugar orando, como hubo acabado, le dijo uno de sus discípulos: / Señor, enséñanos a orar, lo mismo que Juan enseñó a sus discípulos. / Díjoles: Cuando os pongáis a orar, decid: <Padre, sea santificado tu nombre; venga tu reino; / el pan de nuestra subsistencia dánoslo cada día; / y perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe; y no nos metas en la tentación>"

Entre las peticiones que el hombre hace al rezar el Padrenuestro tenemos en primer lugar la siguiente:
<Sea santificado tu nombre>
Que nos recuerda, según el Papa (Ibid), el segundo mandamiento de la ley de Dios:

 


              <No pronunciarás el nombre del Señor, en falso>

La segunda petición del Padrenuestro es:
<Venga tu reino>
Y con ella reconocemos  la primacía de Dios, pues como dice el Papa Benedicto XVI (Ibid):
 



<Donde Él no está, nada puede ser bueno (Caos). Donde no se ve a Dios, el hombre decrece y decrece también el mundo>

Con la petición <Venga tu Reino> (¡no el nuestro!), el Señor nos quiere llevar precisamente a este modo de orar y establecer las prioridades de nuestro obrar:
 
 


<El Reino de Dios llega a través del que escucha. Ese es su camino. Y por eso nosotros hemos de rezar siempre>

Todas las peticiones del Padrenuestro son importantísimas, pero quizás la que supera a todas, es la última:

<No nos metas en tentación>, o lo que es lo mismo, <No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal , ya que el maligno siempre está al acecho>


 
 


                   

 El hombre, en definitiva,  pide ayuda urgente, con esta plegaria al Padre, porque desea ser redimido por Él, de ese mal que le acecha a cada paso, a lo  largo de la vida.

Jesús sabía, que el hombre necesitaba apoyarse en la oración, para contrarrestar la acción del maligno, pues aunque espiritualmente, muchas veces, se encuentre dispuesto a asumir las dificultades del día a día, la carne le lleva por los derroteros del Mal, para su desgracia, y es por ello que Jesucristo con su vida en oración nos quiere dar el ejemplo a seguir.
A tal propósito, recordemos con cuanta humildad se dirige Jesús a su Padre del cielo, para pedirle por los <suyos>, por aquellos que Él le había dado, para que continuaran su labor evangelizadora, después de su Pasión, Muerte y Resurrección (Jn 17, 6-10):
"Yo te he dado a conocer a aquellos que tú me distes de entre el mundo. Eran tuyos, tú me los distes, y ellos han aceptado tu palabra / Ahora han llegado a comprender que todo lo que me distes viene de ti / Yo les he enseñado lo que aprendí de ti, y ellos han aceptado mi enseñanza. Ahora saben, con absoluta certeza, que yo he venido de ti y han creído que fuisté tú quien me envió / Yo te ruego por ellos. No ruego por el mundo, sino por los que tú me has dado; porque te pertenecen / Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo mío, y en ellos he sido glorificado"



Esta oración sacerdotal de Jesús, pudo tener lugar antes de encaminarse con sus Apóstoles hacía el huerto de Getsemaní, donde había de producirse su apresamiento, por la traición de Judas Iscariote.


Ejemplo maravilloso de amor y de humildad, el que nos da Jesús con esta oración que viene de Dios…Pero nosotros los hombres, cuando rezamos ¿de dónde viene la oración? La respuesta la podemos encontrar en el Catecismo de la Iglesia Católica :
“La oración es una relación de Alianza entre Dios y el hombre en Cristo…
Es acción de Dios y del hombre; brota del Espíritu Santo, dirigida por completo al Padre; en unión con la voluntad humana del Hijo de Dios hecho hombre”
Esta definición del Catecismo está en total concordancia con la <oración testamental de Jesucristo> En ella Jesús proclama su tarea reveladora del Padre; le glorifica, manifiesta su nombre, le da su palabra, es en definitiva el enviado del Padre al que retorna una vez que ha cumplido su misión, en perfecta unión con Él.
El Señor como hombre nacido en el pueblo de Israel, rezaba muchas veces con el Salterio,  el libro por excelencia para orar en la antigüedad, pero también muy adecuado en nuestros días.

Todos los Salmos del Antiguo Testamento son excelentes para sobrellevar las dificultades de la vida del ser humano, que ha cambiado poco, desde el punto de vista, de la presencia del demonio y sus consecuencias, pero si hubiera que destacar alguno, recordaríamos en primer lugar, el Salmo 2 del rey David, tantas veces recitado por el pueblo de Israel con ocasión de grandes desgracias o alegrías, como sucedió cuando  los Apóstoles, Pedro y Juan, se libraron de la cárcel, donde injustamente los mantenían los sanhedritas, según el relato de san Lucas (Hch 4, 23-26 ):
 


"Cuando los dejaron en libertad, los apostoles fueron a los suyos y les contaron todo lo que les habían dicho los jefes y los sacerdotes y los ancianos / Al oír el relato todos juntos invocaron a Dios diciendo: <Señor nuestro, tú has creado el cielo, la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos / tu dijistes, mediante el Espíritu Santo por boca de nuestro antepasado David, tu siervo:

     *¿Por qué alborotan las naciones, y los pueblos maquinan vanos proyecto?*

/ Los reyes de la tierra conspiran y los príncipes se alían  contra el Señor y contra su Mesías (su Ungido) >"

En esta plegaria espontánea, de la primitiva iglesia de Cristo, se puede apreciar, en primer lugar, la seguridad absoluta de sus miembros en la inspiración divina de las Sagradas Escrituras, asegurando que David fue el instrumento del Espíritu Santo para crear tan hermosa oración, y en segundo lugar, el significado profundo que la misma tenía para los seguidores de Cristo, al igual que la tuvo en su tiempo para el antiguo pueblo de Israel; ya que este Salmo y otros muchos, como por ejemplo, el 15(16), el 21(22), el 44(45), el 105(106) y el 136, son llamados <Salmos reales> y tienen carácter <mesiánico>, porque proféticamente anuncian la llegada del Mesías.
Por otra parte, aunque los <Salmos regios>, desde el aspecto estrictamente literario, según algunos autores, no tengan necesidad de interpretarse en el sentido <mesiánico>, lo cierto es que la Iglesia de Cristo y en particular los Santos Padres y lo que es más importante, nuestro Señor Jesucristo, le han dado éste carácter, justificable sin duda, por la realidad de los hechos acaecidos y profetizados por ellos.
Por otra parte, el Salmo 2 puede considerarse el <Salmo mesiánico>, por excelencia, porque nos habla del <Ungido>, en referencia al Hijo del hombre, que había de venir, lo cual se cumplió en la persona de Jesús, que fue perseguido y humillado por los hombres <malvados> y ensalzado y Resucitado por su Padre, en beneficio de toda la humanidad.

Así mismo el Salmo 2, es uno de los más nombrados en la Santa Biblia ya que nos viene a decir  que:

 
 
 


                                  <El Mesías, es el Rey de Sión y de toda la tierra>
 

Cuestión comprobada a lo largo de toda la historia de la Iglesia de Cristo, pues como profetiza el Salmo a pesar de los constantes ataques de los hombres <malvados> al Señor y su Ungido, en el pasado, y también en la actualidad, la Iglesia ha permanecido <firme en la fe> y perseverante por encima del mal;  así será hasta el fin de los siglos.
El Salterio (Tehil-lim) está constituido por 150 Salmos que por sus argumentos y contenidos presentan una gran variedad de estilos, por lo que se hace difícil clasificarlos adecuadamente, de una forma definitiva. De cualquier manera, no sólo representa el ejemplo más expresivo de la lírica del pueblo judío, además de la obra religiosa de carácter poético más perfecta y acabada, sino que constituye sobre todo el mejor libro de oraciones, que los hombres han utilizado en todos los tiempos,  para hablar con Dios, en todas las situaciones de sus vidas, pues el ser humano debe confiar siempre en el Señor que castiga a los <malos> y perdona a los <humildes de corazón>.

Esta no es una <fe infantil>, como algunos quieren entender, sino una <fe absoluta> en Dios y en el mensaje de su Hijo Unigénito, nuestro Señor Jesucristo.
No obstante, en el momento actual, se viene arrastrando un concepto bastante equivocado respecto a la utilidad del Salterio, como libro de oración, para todos los días, y ello puede ser debido quizás, a el peligro que conlleva la monotonía y falta de concentración en lo que se dice de forma repetida. Así mismo, el desconocimiento profundo del Antiguo Testamento, debido en parte, al abandono de la sabia costumbre de leer la Santa Biblia, todos los días, como se practicaba hace algunos años, ha llevado a muchos creyentes a desconocer la riqueza de los Salmos como forma de rezar a Dios.
Ante tal situación, el Papa Juan Pablo II quiso restablecer la utilidad del Salterio para realizar la <oración oral>, que bien hecha, es un medio ideal para relacionarnos con el Señor y decidió llevar a cabo una serie de catequesis, para mostrar a los fieles la riqueza del Salmo como oración; precisamente en su audiencia general del miércoles 28 de marzo del 2001, entre otras cosas, nos dijo lo siguiente:


“En la carta apostólica <Novo millennio ineunte> he manifestado mi deseo de que la Iglesia se caracterice cada vez más por el arte de la oración, aprendiéndola siempre de manera renovada de los labios del Divino Maestro.
Este compromiso debe ser vivido especialmente en la Liturgia, fuente y culmen de la vida eclesiástica. En esta línea es importante prestar una mayor atención pastoral a la promoción de la <Liturgia de las Horas>, como oración de todo el Pueblo de Dios.
De hecho, si bien los sacerdotes y los religiosos tienen un preciso deber de celebrarla, se propone también vivamente a los laicos.
Este fue el objetivo que se planteó hace ya 30 años, mi venerado predecesor, Pablo VI, con la constitución <Laudis canticum> en la que determinaba el modelo vigente de esta oración, con el deseo de que los Salmos y los Cánticos, que dan ritmo a la <Liturgia de las Horas>, fueran comprendidos <con amor renovado por el pueblo de Dios>”

Y más adelante en esta misma audiencia anunciaba sus propósitos, en este sentido:

“Con este objetivo comenzamos hoy una serie de catequesis sobre los Salmos y los Cánticos propuestos en la oración matutina de Laudes. Deseo de este modo alentar y ayudar a todos a rezar con las mismas palabras utilizadas por Jesús y presentes desde hace milenios en la oración de Israel y en la de la Iglesia”
Juan Pablo II, cumplió con creces este propósito, con el análisis profundo de los siguientes salmos, entre otros:
Salmo 5 (Oración matutina), Salmo 8 (Gloria del Creador y dignidad del hombre), Salmo 10 (   No te olvides de los hombres), Salmo 18(17) (Himno a Dios creador), Salmo 20(19) (Acción de gracias por la victoria del Rey-Mesías)…, Salmo 140(139) (Oración en el peligro), Salmo 141(140) (Tu eres mi refugio) etc.
 



El Papa Benedicto XVI ha querido seguir con esta labor iniciada por su predecesor en la Silla Papal, dispensándonos también, con el beneficio de sus enseñanzas sobre el Salterio, y hasta la fecha, ha comentado un gran número de ellos, entre los que cabe destacar los siguientes:
Salmo 120(119) (El guardián de Israel), Salmo 122(121) (El Señor, esperanza del pueblo), Salmo 125(124) (Dios, alegría y esperanza nuestra), Salmo 126(125) (El esfuerzo humano es inútil sin Dios), Salmo 135(134) (Himno pascual)…, Salmo 137(136) (Himno de acción de gracias), Salmo 138(137) (Dios lo ve todo) etc.

Ambos Papas han coincidido, al menos en dos ocasiones en sus catequesis sobre los Salmos, y así nos encontramos, por ejemplo, que los Salmos 134 y 143, han sido comentados y analizados en profundidad por ellos; concreamente, la primera parte del Salmo 143, fue comentado por el Papa Juan Pablo II en su Audiencia General del miércoles día 21 de mayo de 2003, y tres años después, en la Audiencia General del miércoles 11 de enero de 2006, el Papa Benedicto XVI, también dedicó su catequesis a este Salmo que dice así:                                                     

"Bendito sea Yahveh, la Roca mia, que  mis manos enseña a la batalla y dispone) mis dedos a la guerra; / misericordia mía, alcázar mío, mi  fortaleza, y quien del mal me libra, mi pavés, el lugar de mi refugio, el que los pueblos rinde a mi dominio / ¿Qué es el hombre, Yahveh, que de él te cuidas; el hijo del hombre, para que en él pienses? / Semeja el hombre al soplo de las auras; sus días son sombras cual se pasan / Yahveh, inclina los cielos y desciende; / toca los montes y exhalarán humo"

Para el Papa Juan Pablo II, esta plegaria tiene las características de un Salmo real, entretejido con otros textos bíblicos, para dar vida a una nueva composición de oración, y quien habla, en primera persona es el mismo rey davinico, reconociendo el origen divino de sus éxitos, (Audiencia General, 21 de mayo de 2003):
“El Señor es presentado con imagines marciales, según la antigua tradición simbólica. En efecto, aparece como un instructor militar, un alcázar inexpugnable, un escudo protector, un triunfador. De esta forma se quiere exaltar la personalidad de Dios, que se compromete contra el mal de la historia: no es un poder oscuro o una especie de hado, ni un soberano impasible e indiferente respecto a las vicisitudes humanas. Las citas y el tono de esta celebración divina guardan relación con el himno de David que se conserva en el Salmo 17 y en el capítulo 22 del segundo libro de Samuel…
 Sólo con el apoyo de Dios podemos superar los peligros y las dificultades que encontramos diariamente en nuestra vida, sólo contando con la ayuda del cielo podremos esforzarnos por caminar, <como el antiguo rey de Israel>, hacia la liberación de toda opresión”
 


Por su parte, Benedicto XVI, también considera que este Salmo real tiene carácter mesiánico, (Audiencia General, 11 de enero  de 2006):
“El himno comienza con una bendición, es decir, con una exclamación de alabanza dirigida al Señor, celebrado con una pequeña letanía de títulos salvíficos: es la roca segura y estable, es la gracia amorosa, es el alcázar protegido, el refugio defensivo, la liberación, el escudo que mantiene alejado todo asalto del mal. También se utiliza la imagen marcial de Dios que adiestra a los fieles para la lucha a fin de que sepan afrontar las hostilidades del ambiente, las fuerzas oscuras del mundo”

Por otra parte, la primera parte del Salmo 134, fue comentada por el Papa Juan Pablo II, en su Audiencia General del miércoles 9 de abril de 2003, y dos años después, en la Audiencia General del miércoles 28 de septiembre de 2005, el Papa Benedicto XVI, trató también sobre éste Salmo en su catequesis.
El Salmo 134 ,(1ª Parte), dice así:
"¡Aleluya! Alabad a Yahveh su (santo) nombre, / alabadle los siervos de Yahveh, los que estáis del Señor en la morada, en los atrios del templo de Dios nuestro / Alabad a Yahveh, porque es benigno; su nombre salmead, porque es amable, / porque a Jacob tiene Yahveh elegido, porque eligió a Israel por su peculio. Esto sé bien: que es Yahveh grande, y antes el Señor nuestro que todos otros dioses / Lo que quiera Yahveh en la tierra y cielos hace en el mar y en todos los abismos. Nubes alza de fines de la tierra; desata los relámpagos en lluvia; saca los vientos de sus receptáculos…/ Yahveh, tu nombre dura eternamente; tu memoria de edades en edades. / Porque Yahveh defensa es de su pueblo, y con sus siervos muéstrose propicio"



El Papa Juan Pablo II, consideró que este Salmo era el “gran Hallel”, es decir, la alabanza solemne y festiva que es preciso elevar al Señor con ocasión de la Pascua (Audiencia General de 9 de abril de 2003):
“Al inicio nos encontramos con la característica invitación a la alabanza, un elemento típico de los himnos dirigidos al Señor en el Salterio. La invitación a cantar el aleluya se dirige a los <siervos del Señor>, que en el origen hebreo se presentan <erguidos>en el recinto Sagrado del Templo, es decir, en el actitud de la oración.
Participan en la alabanza ante todo los ministros del culto, sacerdotes y levitas, que viven y actúan <en los atrios  de la casa de nuestro Dios>. Sin embargo, a estos <siervos del Señor>se asocian idealmente todos los fieles. En efecto, inmediatamente después se hace mención de la elección de todo el pueblo de Israel para ser aliado y testigo del amor del Señor:<Él se escogió a Jacob…>. Desde  esta perspectiva se celebran dos cualidades fundamentales de Dios: es <bueno> y es <amable>. El vínculo que existe entre nosotros y el Señor está marcado por el amor, por la intimidad y por la adhesión gozosa.
Finaliza el Santo Padre, su catequesis, recordando a su vez la catequesis del Papa del siglo I, San Clemente Romano, tercer sucesor de Pedro (cuarto Papa), que murió mártir en el año 87, bajo el reinado del emperador Trajano, sobre éste el Salmo 134 (Carta a los Corintios):
“Fijemos nuestra mirada en el Padre y Creador de todo el Universo y adhirámonos a los magníficos y sobrenaturales dones y beneficios de su paz. Mirémosle con nuestra mente y contemplemos con ojos del alma su magnífico designio…
Consideremos cuan blandamente se porta con toda la creación. Los cielos, movidos por su disposición, le están sometidos en paz. El día y la noche recorren la carrera por él ordenada, sin que mutuamente se impidan…
Todas estas cosas ordenó el grande Artífice y Soberano de todo el Universo que se mantuvieran en paz y concordancia, derramando sobre todas sus beneficios, y más copiosamente sobre nosotros, que nos hemos refugiado en su misericordia por medio de nuestro Señor Jesucristo. A él sea la gloria y la grandeza por la eternidad, Amén”.
 


Por su parte, el Papa Benedicto XVI, inicia su catequesis sobre el Salmo 134, con las palabras siguiente:
“Se presenta ahora ante nosotros la primera parte del Salmo 134, un himno de índole litúrgica,  entretejida, de alusiones, reminiscencias y referencias a otros textos bíblicos. En efecto, la liturgia compone a menudo sus textos tomando del gran patrimonio de la Biblia un rico repertorio de temas y de oraciones, que sostienen el camino de los fieles.
Sigamos la trama orante de esta primera sección, que se abre con una amplia y apasionada invitación a alabar al Señor. El llamamiento se dirige a los  <siervos del Señor que estáis en la casa de nuestro Dios>.
Por tanto, estamos en clima vivo del culto que se desarrolla en el templo, el lugar privilegiado y y comunitario de oración. Allí de modo eficaz la presencia de <nuestro Dios>, un Dios <bueno> y <amable>, el Dios de la elección y de la alianza...”
También Benedicto XVI, recuerda la <Carta a los Corintios> del Papa San Clemente Romano que decía así:
“Oh Señor, muestra tu rostro sobre nosotros para bien en la paz, para ser protegidos por tu poderosa mano, y líbrenos de todo pecado tu brazo excelso y de todos cuantos nos aborrecen sin motivos. Danos concordancia y paz a nosotros y a todos los que habitan sobre la tierra, como se la diste a nuestros padres que te invocaron santamente en fe y verdad…”

Después de este recuerdo del mensaje del Papa San Clemente, Benedicto XVI hace el siguiente comentario en la Audiencia General, mencionada anteriormente:
“Si, esta oración de un Papa del primer siglo la podemos rezar también nosotros, en nuestro tiempo, como nuestra oración el día de hoy: Oh Señor, haz resplandecer tu rostro, para el bien de la paz. Concédenos en estos tiempos concordia y paz a nosotros y a todos los habitantes de la tierra, por Jesucristo, que reina de generación en generación y por los siglos de los siglos. Amén”.

Sin duda los Salmos son oraciones maravillosas porque como nos recuerda nuestro Papa Benedicto XVI, en su libro Jesús de Nazaret (segunda parte):

“En los Salmos la historia pasada se convierte siempre en momento presente. La acción de gracias por la liberación es al mismo tiempo un grito de socorro en medio de las pruebas y las amenazas siempre nuevas…”

Ya, en el Antiguo Testamento, se nos narra el solemne juramento que pronunció el rey David, al Señor, asegurándole que no descansaría en paz, hasta conseguir para ÉL, una morada digna, y aunque fue el rey Salomón el que por fin logró esta dicha (Templo de Jerusalén), no deja de ser significativa dicha promesa, que nos demuestra la importancia de los edificios sagrados que los hombres, a lo largo de los siglos, ha construido para orar y dar culto a Dios.
El Salmo 131(primera parte), dice así:
"No entraré en el pabellón de mi casa, ni al lecho- de mi estrado yo subiré, / ni a mis ojos- sueño (reparador) he dar, ni a mis parpados-ninguna diversión, / hasta que pueda hallar-lugar para el Señor, y algún / albergue-al “Fuerte de Jacob”

El contenido de este compromiso solemne, es claro: el soberano no pisará el palacio real de Jerusalén, no irá tranquilo a descansar, si antes no ha encontrado una morada para el arca del Señor.
Y esto es muy importante, porque demuestra que en el centro de la vida social de una ciudad, de una comunidad, de un pueblo, debe estar una presencia que evoca el misterio de Dios trascendente, precisamente un espacio para Dios, una morada para Dios.
El hombre no puede caminar bien sin Dios, debe caminar juntamente con Dios en la historia, y el templo, la morada de Dios, tiene la misión de indicar de modo visible esta comunión, este dejarse guiar por Dios.