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sábado, 8 de septiembre de 2012

JESÚS, LA FE, Y LA NUEVA EVANGELIZACIÓN


 
 
 
 
El Señor vino a salvar a todos los hombres, el don de la fe es universal. Desde los primeros momentos de su vida pública, Jesús lo manifestó así, aún a costa de ser rechazado por los suyos, por el pueblo de Israel, como le sucedió,  según cuenta San Lucas en su Evangelio, tras el ayuno y tentaciones del diablo en el desierto, cuando trataba de evangelizar a las gentes de Galilea.


Sucedió que habiendo llegado a Nazaret de Galilea, ciudad en la que se había criado, se dirigió a la Sinagoga, donde los judíos tenían costumbre de orar y leer los Escritos Sagrados. Era sábado, por tanto, sería mucha la gente que allí estaba y cuando le correspondió su turno se levantó y leyó en el volumen correspondiente aquella parte de la historia del pueblo israelita que recordaba la llegada del Mesías, y después les dijo: “Hoy se cumple entre vosotros esta escritura”. Y nadie se extrañó por sus palabras, al contrario, asentían y se admiraban, porque eran palabras de gracia.

Algunos, sin embargo, le reconocieron como el hijo de José, carpintero de Nazaret, y entonces Él les dijo: “Seguramente me aplicareis este proverbio: Médico, cuídate a tí mismo; cuanto oímos realizado en Cafarnaúm, hazlo también aquí, en tu patria"

Ellos callaban, pero empezaban a estar inquietos y quizás hasta un poco atemorizados, porque Jesús había leído sus pensamientos. Entonces el Señor les habló de nuevo y les dijo algo que les soliviantó y les llenó de ira (Lc 4, 24-27):
"En verdad os digo que ningún profeta es acepto en su patria /en verdad os digo, muchas viudas había por los días de Elías en Israel, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, con que vino grande hambre sobre toda la tierra / Y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a Serepta, ciudad de Sidonia a una mujer viuda / Y muchos leprosos había en Israel al tiempo de Eliseo profeta, y ninguno de ellos fue curado sino Naamán, el sirio"


Entonces, sí, el Señor hizo el milagro que antes ellos le habían solicitado, pues pasó entre ellos y nadie fue capaz de tocar un solo pelo de su cabeza. Los había derrotado moralmente y el milagro se había producido dejándolos inermes ante su presencia, y Él marchó tranquilamente, dirigiéndose a otro lugar para seguir evangelizando.

Este episodio de la vida pública de Cristo fue narrado por los tres evangelista sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas), pero la novedad del Evangelio de San Lucas está en el hecho de haberlo colocado casi al principio de su vida pública, en concreto después del ayuno y tentaciones del Señor, cuando realmente, luego reconoce, que los judíos de Nazaret conocían sobradamente las maravillas y  milagros realizadas en Cafarnaúm por Jesús.

 
La intención del evangelista podría haber sido, según algunos exegetas, destacar este evento en el que se observa una aptitud salvadora hacia todos los hombres, la cual se repetiría a lo largo de todo su Mensaje.

Es significativo, por otra parte, el hecho de que a Jesús le tocara leer en el volumen sagrado, aquella parte del Antiguo Testamento en que se anuncia de forma clara y rotunda la llegada del Mesías entre el pueblo de Israel, cuando se levantó  en la Sinagoga de Nazaret. Se trataba del texto en que el gran profeta Isaías anunciaba de forma expeditiva la <Buena Nueva de Sión> (Is 61, 1-2).

Nuestro Señor Jesucristo estaba hablando de sí mismo, al descifrar este oráculo en Nazaret, tal como recuerda el evangelista San Lucas (Lc 4, 16-21):
"Y fue a Nazaret, donde se había criado, y entró, según su costumbre, el día de sábado en la sinagoga, y se levantó a leer / Y le fue entregado el libro del profeta Isaías, y abriendo el libro, halló el lugar en que estaba escrito:  / El espíritu del Señor, Yahveh, está sobre mí, por cuanto me ungió; para evangelizar a los pobres  me ha enviado, para pregonar a los cautivos remisión, y a los ciegos, vista; para enviar con libertad a los oprimidos / para pregonar un año de gracia del Señor / Y habiendo arrollado el volumen, lo entregó al ministro y se sentó. Y los ojos de todos en la sinagoga estaban clavados en Él / Y comenzó a decirles que <Hoy se ha cumplido esta escritura que acabáis de oír"

 Cuando Jesús dice el <El espíritu de Yahveh, está sobre mí, por cuanto me ungió>, en forma metafórica está avisando al pueblo de Israel, y al mundo entero,  de que el Creador le ha mandado a los hombres con una misión sagrada, esto es, para evangelizarlos y conducirlos por su Pasión Muerte y Resurrección hacia la salvación.

Jesucristo llamó también al Apóstol San Pablo de manera muy especial, con la misión principal de evangelizar a los paganos, esto es, los que no pertenecían al pueblo judío o pueblo de las promesas, precisamente porque quería que todos los hombres tuvieran la oportunidad de conocer su Mensaje Salvador.
San Pablo comprendió enseguida lo que el Señor esperaba de él y se esforzó al máximo para cumplir con tan dura misión, eligiendo a su vez entre sus seguidores algunos discípulos especiales como Timoteo, para que prosiguieran su labor allí donde él no podía permanecer y aún cuando él hubiera muerto, avisándoles de las enormes dificultades que se les presentarían, debidas, en gran parte, a las numerosas herejías que estaban ya surgiendo y que en el futuro aumentarían (I Tim -Primera parte- 4, 1-3):
"Mas el Espíritu abiertamente dice que en tiempos posteriores apostatarán algunos de la fe, dando oídos a espíritus seductores y a doctrinas de demonios / inducidos por la hipocresía de algunos impostores, que llevan marcado con fuego en su conciencia el estigma de su ignominia / que proscribirán el matrimonio y el uso de manjares, que Dios crió para que los tomasen con hacimiento de gracias los fieles, que son los que han conocido plenamente la verdad / Porque toda criatura de Dios es buena, y nada hay que merezca repudiarse, como se tome con hacimiento de gracias / pues santificase por la palabra de Dios y por la oración"



Por eso, el Papa Benedicto XVI en su Carta Apostólica, en forma de <motu proprio>, <Porta Fidei>, avisaba de la próxima celebración,  del <Año de la Fe> (Porta Fidei dada en Roma el 11 de octubre de 1911) con estas palabras :
“Desde el comienzo de mi ministerio como sucesor de Pedro, he recordado la exigencia de redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo…

Sucede hoy con frecuencia que los cristianos se preocupan mucho por las consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso, al mismo tiempo que siguen considerando  la fe como un presupuesto obvio de la vida común.
De hecho, este presupuesto no sólo no aparece como tal, sino que incluso con frecuencia es negado. Mientras en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirada por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas…
 
Debemos, de nuevo, encontrar el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios, transmitida fielmente por la Iglesia, y el Pan de vida, ofrecido como sustento a todos los que son sus discípulos (Jn 6, 51). En efecto, la enseñanza de Jesús resuena todavía hoy con la misma fuerza: <Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna> (Jn 6, 27).

La pregunta planteada por los que le escuchaban es también hoy la misma para nosotros: ¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios? (Jn 6, 28).

Sabemos  la respuesta de Jesús: <La obra de Dios es ésta: que creáis en él que ha venido> (Jn 6, 29). Creer en Jesucristo es, por tanto, el camino para poder llegar de modo definitivo a la salvación…
A la luz de todo esto, he decidido convocar un <Año de la Fe >. Comenzará el 11 de octubre de 2012, en el cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II y terminará en la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, el 24 de noviembre de 2013”.

 
Sí, Jesucristo como Dios-Hombre tiene todo el poder y el derecho a intervenir, a legislar, a juzgar, a ser obedecido, en todos los órdenes de la vida humana, y por eso la respuesta que dio Jesús a Pilatos cuando éste le preguntó ¿Eres Tú el Rey de los judíos? fue: <Sí, yo soy rey, para eso he nacido y venido a este mundo, para dar testimonio de la verdad>

El Papa Benedicto XVI en su Carta  <Porta Fidei>, nos recuerda también a todos los fieles que para acceder a un conocimiento sistemático del contenido de la fe  debemos recurrir siempre al Catecismo de la Iglesia Católica:
“Precisamente en este horizonte, el <Año de la Fe>, deberá expresar un compromiso unánime para redescubrir y estudiar los contenidos fundamentales de la fe, sintetizados sistemáticamente y orgánicamente, en el Catecismo de la Iglesia Católica. En efecto, en él se pone de manifiesto la riqueza de la enseñanza que la Iglesia ha recibido, custodiado y ofrecido en sus dos mil años de historia. Desde la Sagrada Escritura a los Padres de la Iglesia, de los Maestros de teología a los santos de todos los siglos, el Catecismo ofrece una memoria permanente de los diferentes modos en que la Iglesia ha meditado sobre la fe y ha progresado en la doctrina, para dar certeza a los creyentes de su vida de fe”

 
Gran elogio del Papa Benedicto XVI, el cual nos recuerda así mismo en su Carta Apostólica que este Catecismo de la Iglesia Católica es uno de los frutos más importantes del Concilio Vaticano II; surgido del deseo de los Padres del sínodo de Obispos convocado por el Papa Juan Pablo II el 25 de enero de 1985 (vigésimo aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II), los cuales  manifestaron a su Santidad el Papa que deseaban <fuese redactado un Catecismo o compendio de toda la doctrina católica tanto sobre la fe, como sobre la moral, el cual pudiera ser considerado como un texto de referencia para los Catecismos o compendios que se redactaban en los diversos países>.

 
Por su parte el Papa Juan Pablo II tomó muy en cuenta las consideraciones de los Padres Sinodales, y  comprendiendo que este proyecto respondía a una verdadera necesidad de la Iglesia universal y de las Iglesias particulares, lo apoyó desde el primer momento. Como resultado de los incansables trabajos llevados a cabo por una Comisión de Cardenales y Obispos, presidida por el Cardenal Joseph Ratzinger y junto a ella de un Comité de redacción formado por siete Obispos de diócesis expertos en teología y catequesis, vio la luz este ambicioso deseo.

El trabajo fue objeto de una amplia consulta a todos los Obispos católicos, a sus Conferencias Episcopales o Sinodales, a institutos de teología e institutos de catequesis, y en conjunto, se puede decir que, recibió una excelente acogida de todos ellos. La conclusión de todo esto es que este Catecismo <refleja la naturaleza colegial del Episcopado y atestigua la catolicidad de la Iglesia>.

El prólogo de este magnífico Catecismo nos muestra en boca del mismo Jesucristo y de sus enviados, aquello que vamos a encontrar dentro como fruto de los trabajos realizados en el Concilio Vaticano II ((Prólogo del Catecismo de la Iglesia Católica. Versión oficial en español preparado por un grupo de teólogos y catequistas, presidido por el Arzobispo Karlic <Paraná- Argentina> y el Obispo Medina <Rancagua- Chile> 1992)):
 
 
“Padre, ésta es la vida eterna, que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo (Jn 17, 3). <Dios, nuestro Salvador…quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad> (I Tim 2, 3-4). <No hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos (Hch 4, 12) sino el nombre de JESÚS>”

 
Como asegura el Papa Benedicto XVI, el cual tuvo una participación importantísima en el alumbramiento del actual Catecismo de la Iglesia Católica, <a través de sus páginas se descubre que todo lo que se presenta en él no es una teoría, sino el encuentro con una Persona que vive en la Iglesia>.

 En su día,  otros Pontífices de la Iglesia comprendieron  que la evangelización de los pueblos, requerían del apoyo inestimable del Catecismo. Uno de estos Pontífices fue San Pio X (Giuseppe Sarto; 1903-1914), el cual en su Carta Encíclica <Acerbo nimis>, motivada por los males que aquejaban a la sociedad de su época, destacó  la ignorancia de la religión por parte de un gran número de sus feligreses, la indiferencia a las verdades de la religión de los mismos, incluso de aquellos que se consideraban católicos, y por supuesto, las malas pasiones y la mala vida, que engendraba esta ignorancia.

Como consecuencia de todo esto, el Papa Pio X, defendió la <Necesidad de la instrucción religiosa y sus beneficios>. Es interesante recordar también, aunque no sea más que brevemente, algunas de las cosas que a este propósito dijera  éste Papa santo, porque si nos detenemos a pensarlo, las ideas y juicios de la sociedad que a él le tocó vivir, son  “embriones” de los que ahora se defienden en este siglo (Acerbo Nimis; Pio X. Dada en Roma el 15 de abril de 1905):
 
 
“Los secretos designios de Dios Nos han levantado de Nuestra pequeñez al cargo de Supremo Pastor de toda la grey de Cristo en días bien críticos y amargos, pues el enemigo de antiguo anda alrededor de este rebaño y le tiende lazos con tan pérfida astucia, que ahora, principalmente, parece haberse cumplido aquella profecía del Apóstol a los ancianos de la Iglesia de Éfeso: Sé que os han asaltado lobos feroces que destrozan el rebaño (Hechos 20, 29).

De este mal que padece la religión no hay nadie, animado del celo de la gloria divina, que no investigue las causas y razones, sucediendo que, como cada cual las habla diferentes, propone diferentes medios, con forme a su personal opinión, para defender y restaurar el Reino de Dios en la tierra. No prescribimos, Venerables Hermanos, los otros juicios, más estamos con los que piensan que la actual depresión y debilidad de las almas, de que resultan los mayores males, provienen, principalmente, de la ignorancia de las cosas divinas. Esta opinión concuerda enteramente con lo que Dios mismo declaró por su profeta Oseas: No hay conocimiento de Dios en la tierra. La maldición, y la mentira, y el homicidio, y el robo, y el adulterio lo han inundado todo; la sangre se añade a la sangre por cuya causa se cubrirá de luto la tierra y desfallecerán todos los moradores (Os 4, 1 ss)”

Son las palabras del Papa Pio X, con las que expresa la <dolorosa comprobación> del mal estado de la sociedad en la que se debatía su grey. Sin querer ser agoreros nos preguntamos ¿acaso no nos suenan de algo las denuncias de este santo Papa?

Sí, la sociedad de este recién estrenado siglo XXI, ha heredado, por desgracia, los vicios y malas costumbres de los siglos anteriores, propagados a raíz de un modernismo mal entendido, en el cual han confluido casi todas las herejías de la historia del hombre, y si seguimos así los males de otras épocas, serán superados con creces.

Es por eso que nuestro actual Papa Benedicto XVI se ha apresurado a recordarnos a todos los cristianos la necesidad de volver a los orígenes de la Iglesia, esto es, de volver a Cristo, como hicieron otros Papas anteriores, y para ello es necesario, principalmente, que los niños y jóvenes de las nuevas generaciones, pero también los adultos y los ancianos, recuerden o aprendan por primera vez, los fundamentos de la religión católica.

 
El Papa en su Carta <Porta Fidei>, asegura que para conocer de forma sistemática el contenido de la fe, es necesario leer el Catecismo de la Iglesia Católica y asegura finalmente que éste será un instrumento de apoyo a la fe extraordinario.

A este respecto, es interesante recordar que en el periodo de tiempo comprendido entre finales del siglo XVII y principios del siglo XX surgieron distintas corrientes de opinión muy críticas con el Mensaje Divino, de las que fueron protagonistas tanto exégetas, como teólogos, filósofos y eruditos en general que apostaban por la <modernización de la Iglesia Católica>, como si ello tuviera algún sentido, siendo la Iglesia Católica, como es, una institución creada por Nuestro Señor Jesucristo, totalmente atemporal y única hasta el final de los siglos.

Ya el Papa San Pio X encontrándose con un ambiente social tan negativo, supo enfrentarse con gran valor y cordura a la situación, con objeto de que los errores que, algunos grupos, trataban de propagar en el seno de la Iglesia, fueran erradicados; para ello, escribió varias Cartas Encíclicas condenando claramente el agnosticismo del que hacían gala aquellos que habían adoptado los ideales del <modernismo>.

El Pontificado de Pio X se caracterizó por tanto, por la renovación de la vida cristiana y la insistente necesidad de alentar y reformar la enseñanza de la fe y para esto, además de su predicación orar, decidió elaborar un Catecismo nuevo que tuvo gran influencia sobre los creyente durante un largo periodo de tiempo, al igual que tuvo su Carta Encíclica < Acerbo Nimis> mencionada anteriormente, en la cual hacia defensa de la enseñanza del Catecismo:
 
 
 

El oficio, pues, de catequista consiste en elegir alguna verdad relativa a la fe y a las costumbres cristianas, y explicarla en todos  sus aspectos. Y como el fin de la enseñanza es la perfección de la vida, el catequista ha de comparar lo que Dios manda obrar y lo que los hombres hacen realmente; después de lo cual, y sacando oportunamente algún ejemplo de la Sagrada Escritura, de la historia de la Iglesia o de la vida de los Santos, ha de aconsejar a sus oyentes, como si les enseñara con el dedo, la norma a la que deben ajustar la vida, y terminará exhortando a los presentes a huir de los vicios y practicar las virtudes”  

Virtud y claridad son los dones empleados por el santo Papa en su análisis del trabajo del catequista, y todavía sigue explicando el Pontífice, en esta misma Carta, que el oficio del buen catequista, no es tarea grata para aquellas personas que se encuentran sometidas a las pasiones, y denuncia los males que se derivan de la <dejadez en la enseñanza de la Doctrina cristiana>; porque si es cosecha vana esperar cosecha en tierra no sembrada:

 
 
¿Cómo esperar generaciones adornadas de buenas obras, si oportunamente no fueron instruidas en la doctrina cristiana? Es la pregunta que  se hacia el Papa Benedicto XVI, el cual como sus antecesores ha comprendido que la sociedad de hoy, al igual que sucediera en épocas anteriores, está falta de fe y como dijo San Pablo a los romanos refiriéndose a los judíos que rehusaban creer en el Evangelio (Rom 10, 14-17):

"¿Cómo, pues, invocarán a aquel en quién no creyeron? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no oyeron? ¿Y cómo oirán sin predicador? / ¿Y cómo predicarán si no son enviados? Según está escrito: ¡Cuan hermosos los pies de los que anuncian el bien! / Pero no todos obedecieron el Evangelio. Pues Isaías dice: Señor, ¿quién creyó a nuestra predicación? / Así pues, la fe por la predicación, y la predicación por la palabra de Cristo"

Ciertamente, porque como también aseguraba San Pio X:

“Si la fe languidece en nuestro días y hasta parece casi muerta en una gran mayoría, es que se ha cumplido descuidadamente, o se ha omitido del todo, la obligación de enseñar las verdades contenidas en el Catecismo. Inútil sería decir, como excusa, que la fe es dada gratuitamente, y conferida a cada uno con el bautismo.

 
Porque, ciertamente, los bautizados en Jesucristo fuimos enriquecidos con la fe, mas esta divina semilla no llega a crecer y llega a echar grandes ramas (Mc 4, 32) abandonada a sí misma y como por nativa virtud. Tiene el hombre, desde que nace, facultad de entender; más esta facultad necesita de la palabra materna para convertirse en acto, como suele decirse.

También el hombre cristiano, al renacer por el agua y el Espíritu Santo, trae como germen la fe; pero necesita la enseñanza de la Iglesia para que esta fe pueda nutrirse, crecer y dar fruto”

En total consonancia con estas palabras del Papa Pio X en el Catecismo fruto del Concilio Vaticano II podemos leer:
“Muy pronto se llamó catequesis al conjunto de los esfuerzos realizados en la Iglesia para hacer discípulos, para ayudar a los hombres a creer que Jesús es el Hijo de Dios a fin de que por la fe, tenga vida en su nombre, y para educarlos e instruirlos en esta vida y construir así el Cuerpo de Cristo (Juan Pablo II CT 1,2)”


En este momento de la historia de la Iglesia se podría decir que estamos necesitados de una renovación, tal como han denunciado los últimos Papas del siglo pasado, y del presente siglo, a pesar del Concilio Vaticano II. Juan Pablo II y Benedicto XVI han hablado sin reservas en  este sentido, asegurando en distintas ocasiones que es necesaria una <nueva evangelización>, en particular del viejo Continente donde la crisis de fe, causa verdaderos estragos entre los creyentes.

Es por esto, que también los Papas han recomendado con encomio a su grey la vuelta a las fuentes, tan bien recogidas en el Catecismo de la Iglesia Católica, para conocerlo en profundidad y para enseñarlo a aquellos que lo necesiten, en especial a los niños y a los adolescentes. Sin embargo, y ante todo, debemos conservar siempre la esperanza en el Señor porque <aún cuando el hombre se aleje de Dios hasta el punto de abocarse a la destrucción, Dios volverá a establecer un nuevo comienzo precisamente en la decadencia del mundo>.
 
 


Ahora bien, debemos reconocer sin complejos, que en la actualidad, como se ha dicho insistentemente, <buena parte de nuestras catequesis y predicación parecen estar determinados por la persuasión de que antes de nada hayan de resolverse los urgentes problemas económicos, sociales, políticos, para luego, con paz y tranquilidad, poder hablar también de Dios>.

Estas declaraciones del Papa Benedicto XVI, durante su cardenalato, reflejaban, ya entonces, una triste realidad, pues como él mismo aseguraba también <de este modo se pervierte la verdad de las cosas, anunciamos una sabiduría nuestra y un reino humano, al tiempo que ocultamos la luz verdadera – de la que todo depende- bajo el velo de nuestras ideas e iniciativas> (El elogio de la conciencia. La verdad interroga al corazón. Cardenal Joseph Ratzinger. Benedicto XVI. Ed. Palabra S.A. 2010).
La nueva evangelización debería, por tanto, tener en cuenta este magnífico razonamiento de nuestro actual Papa, porque como el mismo dijo en otras muchas ocasiones, por ejemplo, con motivo de su Mensaje para la Jornada mundial de las Misiones de 2006:

 
 
“En la víspera de su Pasión, Jesús dejó como testamento a los discípulos, reunidos en el Cenáculo para celebrar la Pascua, <el mandamiento nuevo del amor>, <mandatum novum>: <Lo que os mando es que os améis los uno a los otros> (Jn 15, 17). El amor fraterno que el Señor pide a sus <amigos> tiene su manantial en el amor paterno de Dios. Dice el Apóstol San Juan: Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios (I Jn 4, 7). Por tanto, para amar según Dios es necesario vivir en Él y de Él: Dios es la primera <casa> del hombre y solo el que habita en Él arde con fuego de caridad capaz de <incendiar> el mundo”

 La fe es universal y todos los seguidores de Cristo estamos obligados a dar a conocer el mensaje del Mesías, cada uno en la medida de sus posibilidades, con las herramientas que el Espíritu Santo pone en sus manos, porque  nos lo  pidió Nuestro Señor Jesucristo y nos recuerda, una vez más nuestro Papa Benedicto XVI (Jornadas mundial de las Misiones. Vaticano 29 de abril de 2006):
“¿No es esta la misión de la Iglesia en todos los tiempos? Entonces no es difícil comprender que el auténtico celo misionero, compromiso primario de la comunidad eclesial, va unido a la fidelidad al amor divino, y esto vale para todos los cristianos, para toda comunidad local, para las Iglesias particulares y para todo el pueblo de Dios…

Así pues, ser misionero significa amar a Dios con todo nuestro ser, hasta dar, si es necesario, incluso la vida por Él. ¡Cuántos sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, también en nuestros días, han dado el supremo testimonio de amor con el martirio!

 
 
Ser misionero es entender, como el buen Samaritano, las necesidades de todos, especialmente de los más pobres y necesitados, porque quién ama con el corazón de Cristo no busca su propio interés, sino únicamente la gloria del Padre y el bien del prójimo. Aquí reside el secreto de la fecundidad apostólica de la acción misionera, que supera las fronteras y las culturas, llega a los pueblos y se difunde hasta los extremos confines del mundo”



 

martes, 7 de agosto de 2012

JESÚS QUISO NACER EN EL SENO DE LA SAGRADA FAMILIA


 
 
 
 


Todas las familias cristianas deberían tomar como ejemplo a la Sagrada Familia, porque los padres, en San José, pueden encontrar modelo por su solicitud, diligencia y fiel cuidado vigilante de Jesús, las madres por su parte, encontrarán en la Virgen María, el ejemplo de humildad, de modestia y amoroso cuidado del Hijo, y por ultimo los hijos, deberían aprender de Jesús la obediencia, el cariño y respeto a los padres.

Sin duda Jesús quiso nacer y crecer en el seno de la Sagrada Familia <caracterizada por su fervor religioso, por su amor a la oración y por la unión íntima de los que la componían…y ante todo por la caridad, que es el vínculo de la perfección>, en palabras del Rmo. P. Fr. Justo Pérez de Urbel (Misal del hombre católico).

 El Catecismo de la Iglesia Católica   manifiesta en este sentido  (CIC nº 1655):

“Cristo quiso nacer y crecer en el seno de la Sagrada Familia de José y María. La Iglesia no es otra cosa que la <familia de Dios>. Desde sus orígenes, el núcleo de la Iglesia estaba a menudo constituida por los que, <con toda su casa>, habían llegado a ser creyentes (Hch 18,8).

Cuando se convertían deseaban también que se salvarán todos los de su casa (Hch 16, 31 y 11, 14). Estas familias convertidas eran islotes de vida cristiana en un mundo no creyente”



Por su parte, el Papa Juan Pablo II en la Homilía de la misa celebrada con motivo de la clausura del año litúrgico 1978, que tuvo lugar en la Iglesia <Del Gesu>, refiriéndose a la Sagrada Familia exponía lo siguiente:

“La Familia de Nazaret que la Iglesia, especialmente en la liturgia de hoy, presenta a todas las familias, constituye efectivamente aquel punto culminante de referencia para la santidad de cada familia humana. Las páginas del Evangelio describen muy concisamente la historia de esta familia. Apenas logramos conocer algunos acontecimientos de su vida. Sin embargo, aquello que sabemos es suficiente para comprometer los momentos fundamentales en la vida de cada familia, y para que aparezca aquella dimensión a la que están llamados todos los hombres que viven la vida familiar: padres, madres, esposos, hijos. El Evangelio nos muestra con gran claridad, el perfil educativo de la familia. <<Bajó con ellos, y vino a Nazaret, y les estaba sujeto…>> (Lc 2, 51)…
Los problemas humanos más profundos están relacionados con la familia. Ésta constituye la primera comunidad, fundamental e insustituible para el hombre. <<La familia ha recibido de Dios esta misión, ser la primera y vital célula de la sociedad>>, afirma el Concilio Vaticano II (Apostolicam actuositatem).

De esto también quiere la Iglesia dar un testimonio especial durante la octava de la Navidad del Señor mediante la Fiesta de la Sagrada Familia. Quiere recordar que a la familia van unidos los valores fundamentales, que no se pueden violar sin daños incalculables de naturaleza moral. Con frecuencia las perspectivas de orden material y el aspecto <económico-social> prevalecen sobre los principios de la moralidad cristiana y hasta de la humana.

No basta, pues, lamentarse. Es necesario defender estos valores fundamentales con tenacidad y firmeza, porque su quebranto lleva consigo daños incalculables para la sociedad y, en último término para el hombre. La experiencia de las distintas naciones en la historia de la humanidad, igual que nuestra experiencia contemporánea, pueden servir de argumento para reafirmar esta verdad dolorosa, que es fácil, en el ámbito fundamental de la existencia humana en la cual es decisivo el papel de la familia: destruir los valores esenciales, mientras que es muy difícil reconstruirlos”.


Han pasado ya muchos años desde que el Papa Juan Pablo II pronunciara esta sentida Homilía y aún no se han resuelto los problemas morales que en ella denunciaba como riesgos reales que se cernían sobre la vida conyugal y familiar.

En un mundo como el actual, en el que los principios de las teorías relativistas y la <conciencia errónea>, han calado hasta la misma médula de la sociedad, no es extraño encontrar junto a manifestaciones fervorosas de fe y amor a la Virgen y a Nuestro Señor Jesucristo, muestras de un alejamiento real de su Mensaje. 

Estos hechos en principio contradictorios se observan en gran medida, en todo lo referente a la moralidad y buenas costumbres de las familias cristianas;  incluso en aquellas que se declaran católicas.

Por eso, resulta doloroso escuchar la siguiente frase, en boca de algunos se declaran creyentes , pero no practicantes: < la Iglesia se tiene que modernizar>. 

El Papa Benedicto XV (1914-1922), intuyó lo que en  un futuro no muy lejano podría suceder, a la vista del comportamiento errático de algunas familias  a principios del siglo XX; él instituyo la fiesta, de la Sagrada Familia, con objeto de transportarnos con la imaginación  a Nazaret para contemplar con devoción y admiración a esta familia única y excepcional de la historia de la humanidad, ejemplo a seguir para  los hombres y mujeres de todos los tiempos.
Porque como dice el historiador y filosofo Mariano Facio, refiriéndose a este Papa 

En su magisterio se entrevé la confianza del Pontífice en la verdad evangélica: cuando los hombres se dejan guiar por los principios cristianos, se concluye necesariamente una sociedad pacífica y armónica en la que, usando adecuadamente los bienes temporales, se alcanza los bienes eternos…

Lamentablemente, muchos no escucharon las advertencias de Benedicto XV, y Pio XI, por lo que encontraron un mundo dividido y lleno de rencor, que llevó al final a sucesivas guerras mundiales”
(De Benedicto XV a Benedicto XVI; Ed Riald S.A. 2009)



Precisamente el Pontificado del Papa Pio XI (1922-1939) tuvo lugar durante un periodo de tiempo en el que habiendo acabado la Primera Guerra Mundial, se estaba fraguando otro nuevo conflicto bélico de características parecidas, esto es, la Segunda Guerra Mundial, lo cual nos da idea  de las graves dificultades por las que tuvo que pasar el Vicario de Cristo, en la lucha por llevar a su grey  hacia la santidad.

Este Pontífice de carácter indómito e inteligencia preclara, evangelizó sin cesar al mundo entero con sus Homilías, sus Cartas Encíclicas y Apostólicas… y un largo etc., tratando de llevar a todos los hombres por ese camino recto que Nuestro Seños Jesucristo marcó con su Evangelio.

Por eso, se ocupó especialmente de la moralidad y costumbres sociales, y en particular del matrimonio y de las familias. En sus Cartas Encíclicas <Divini illius Magistie>, dada en Roma el 31 de diciembre de 1929 y en su  <Casti Connubii>, dada en Roma el 31 de diciembre del año 1930, refiriéndose precisamente al grado de corrupción existente en la sociedad de su tiempo, dio sabios consejos a los matrimonios y a las familias para conservar la gracia de la santidad.



Más concretamente, en la segunda de estas Encíclicas se expresaba en los términos siguientes:
“No ya de un modo solapado ni en la oscuridad, sino que también en público, depuesto todo sentimiento de pudor, lo mismo de viva voz que por escrito, ya en la escena con representaciones de todo género, ya por medio de novelas, de cuentos amatorios y comedias, se conculca y se pone en ridículo la santidad del matrimonio, mientras los divorcios, los adulterios, y los vicios más torpes son ensalzados o al menos presentados bajo tales colores que parece que se les quiere presentar como libres de toda culpa y de toda infamia.

Ni faltan libros, los cuales no se avergüenzan de llamarse científicos, pero que en realidad muchas veces no tienen sino cierto barniz de ciencia, con el cual hallan camino para insinuar más fácilmente sus errores en mentes y corazones. Las doctrinas que en ellos se defienden, se defienden como portentos del ingenio moderno, de un ingenio que se gloria de buscar exclusivamente la verdad, y, con ello, de haberse emancipado, dicen, de todos los viejos prejuicios, entre los cuales ponen y pregonan la doctrina tradicional cristiana del matrimonio.
Estas doctrinas las inculcan a toda clase de hombres, ricos y pobres, obreros y patrones, doctos e ignorantes, solteros y casados, fieles e impíos, adultos y jóvenes, siendo a estos principalmente, como más fáciles de seducir, a quienes ponen peores asechanzas”.


Como es lógico al Papa Pio XI le preocupaba el problema de los hijos habidos en un ambiente tan hostil para las familias. La “prole” como él la llama, es uno de los bienes mayores del matrimonio y no una pesada carga...

Denuncia el Papa en su carta, todos los errores del mal uso del sagrado Sacramento del matrimonio, pero también las dificultades, que muchos esposos tenían que afrontar para sacar sus familias adelante:
“También nos llena de amargo pesar los gemidos de aquellos esposos que oprimidos por dura pobreza, encuentran grandísima dificultad para procurar el alimento de sus hijos.

Pero se ha de evitar en absoluto que las deplorables condiciones de orden económico den ocasión a un error mucho más funesto todavía.



Ninguna dificultad puede presentarse para derogar la obligación impuesta por los mandamientos de Dios, los cuales prohíben todas las acciones que son malas por su íntima naturaleza; cualquiera que sean sus circunstancias, pueden siempre los esposos, robustecidos por la gracia divina, desempeñar sus deberes con fidelidad y conservar la castidad limpia de mancha…pues está firme la verdad de la doctrina cristiana, expresada por el magisterio del Concilio de Trento: <<Nadie debe emplear aquella frase temeraria, por los Padres anatemizada, de que los preceptos de Dios son imposibles de cumplir al hombre redimido.

Dios no manda imposibles, sino que con sus preceptos te amonesta a que hagas cuanto puedas y pidas lo que no puedas, y Él te dará su ayuda para que puedas>>.
Todavía hay que recordar venerables hermanos, otro crimen gravísimo con el que se atenta contra la vida de la prole, cuando aún está encerrada en el seno materno.

Unos consideran esto como cosa lícita que se deja al libre arbitrio del padre o de la madre; otros lo tachan de ilícito, a no ser que intervengan causas gravísimas que distinguen con el nombre de indicación médica, social, eugenésica”.

Con estas últimas palabras el Papa ponía el dedo en la llaga, porque han sido éstas las ideas más utilizadas para conseguir que las prácticas abortistas se convirtieran en el negocio de muerte lucrativo que es hoy en día. La Iglesia sigue denunciando estos hechos, aunque por ello sólo consiga ser tachada de refractaria al progreso de la ciencia y pasada de moda. Y es que los Papas de la Iglesia, desde que el fenómeno del aborto, que siempre ha existido, fue adquiriendo los tintes de una epidemia universal, han llamado al clero y a los feligreses de todo el orbe católico a luchar contra esta lacra de la sociedad.


Pero desgraciadamente como muchos organismos han denunciado, en los últimos años del siglo XX y en los que llevamos del siglo XXI, ha predominado lo que suele denominarse como <mente anticonceptiva>.

Para muchas personas de ambos sexos, el tener un hijo es <un peligro inminente>, que tratan de evitar a toda costa, utilizando cualquier medio que puedan tener a su alcance, ya sean los anticonceptivos, o la esterilización, y sin duda también el aborto; de este modo se niega el hecho de que el ser humano tenga alma desde el mismo momento de su concepción, y que por lo tanto las prácticas abortistas, sean prácticas terribles que atentan contra la vida humana de una forma, eso sí, muy rentable, para los que han hecho de ellas un negocio macabro.

En el Catecismo de la Iglesia Católica podemos leer al respecto (CIC nº2370 a nº2378):

-La continencia periódica, los métodos de regulación de nacimientos fundado, en la auto- observación y el recurso a los periodos infecundos son conformes a los criterios objetivos de la moralidad. Estos métodos, respetan el cuerpo de los esposos, fomentan el afecto entre ellos, y favorecen la educación de una libertad auténtica. Por el contrario, es intrínsecamente mala <toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga como fin o como medio, hacer imposible la procreación>.

-El hijo no es un derecho sino un don. El <don más excelente del matrimonio>, es una persona humana. El hijo no puede ser considerado como un objeto de propiedad, a lo que conduciría el <pretendido derecho al hijo>. A este respecto, sólo el hijo posee verdaderos derechos: el de ser el fruto del acto específico del amor conyugal de sus padres, y tiene también el derecho como persona desde el momento de su concepción.


La Iglesia como vemos, no se opone a una <práctica honesta de la regulación de la natalidad>.

Las claves sobre las que se deben basar estas prácticas las especificó el Papa Pablo VI, en su Carta Encíclica <Humane vitae>, dada en Roma el 25 de julio de 1968: 

“Una práctica honesta de la regulación de la natalidad exige sobre todo a los esposos adquirir y poseer sólidas convicciones sobre los verdaderos valores de la vida y de la familia, y también una tendencia a procurarse un perfecto dominio de sí mismo.

El dominio del instinto, mediante la razón y la voluntad libre, impone sin ningún género de duda una ascética, para que las manifestaciones afectivas de la vida conyugal, estén en conformidad con el orden recto y  particularmente para observar la continencia periódica.

Esta disciplina, propia de la pureza de los esposos, lejos de perjudicar el amor conyugal, le confiere un valor humano más sublime. Exige un esfuerzo continuo, pero, en virtud de su influjo beneficioso, los cónyuges desarrollan íntegramente su personalidad, enriqueciéndose de valores espirituales: aportando a la vida familiar frutos de serenidad y de paz y facilitando las soluciones de otros problemas; favoreciendo la atención hacia el otro cónyuge; ayudando a superar el egoísmo, enemigo del verdadero amor y enraizando más su sentido de responsabilidad.

Los padres adquieren así la capacidad de un influjo más profundo y eficaz para educar a los hijos, los niños y los jóvenes crecen en la justa estima de los valores humanos y en el desarrollo sereno y armónico de sus facultades espirituales y sensibles”.


Excelentes consejos del Papa Giovanni Battista Montini, Pablo VI (1963-1978), el cual en los años siguientes a la clausura del Concilio Vaticano II, puso en práctica una evangelización fructífera, aplicable a muchas de las conclusiones  del mismo. Le tocó vivir, por otra parte, las tensiones entre los pueblos después de la Segunda Guerra Mundial, que se ha dado en llamar la <guerra fría>, él trató además de actuar como mensajero de la paz y siguió luchando así mismo contra la <teología de la muerte de Dios>, la cual ha sido causa principal a lo largo de los últimos años de que se haya llegado al estado actual de relajación moral y espiritual de la sociedad.

Precisamente en la Carta Encíclica que ahora estamos recordando (Humane Vitae) trata de poner en evidencia los principios morales del Sacramento matrimonial, lo cual ya en su tiempo fue considerado, por un cierto sector de la sociedad, como retrógrado y difícil de llevar a la práctica.

El Papa se sintió apenado por las críticas recibidas, pero no cejó en su empeño para hacer comprender a los católicos la necesidad de cumplir con total fidelidad los mandatos del Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo.

No obstante este Pontífice pasó a ser para muchos una persona oscurantista  que se oponía al progreso y modernización de la Iglesia católica. Su sucesor en la Silla Pontificia, el Papa Juan Pablo II, reivindicó la obra del Papa Montini y siguiendo su ejemplo ratificó su figura y enseñanzas, perseverando en materia de moralidad en el matrimonio y en particular en <la doctrina y la norma siempre antigua y siempre nueva de la Iglesia>, sobre la familia.
(Exhortación Apostólica -Familia Consortio-. Juan Pablo II. Dada en Roma el 22 de noviembre de 1981, cuarto año de su Pontificado):
“Precisamente porque el amor de los esposos es una participación singular en el misterio de la vida y del amor de Dios mismo, la Iglesia sabe que ha recibido la misión de custodiar  y proteger la altísima dignidad del matrimonio y la gravísima responsabilidad de la transmisión  de la vida humana.

De este modo, la tradición viva de la comunidad eclesial a través de la historia, el reciente Concilio Vaticano II, y el magisterio de mi predecesor Pablo VI, expresado, sobre todo en la Encíclica –Humanae Vitae- , han transmitido a nuestro tiempo un anuncio verdaderamente profético, que reafirma y propone de nuevo con claridad la doctrina y la norma siempre antigua y siempre nueva de la Iglesia sobre el matrimonio y la transmisión de la vida humana.
 
 


Por esto, los Padres Sinodales, en su última asamblea declararon textualmente: <Este Sagrado Sínodo, reunido en la unidad de la fe con el sucesor de Pedro, mantiene firmemente lo que ha sido propuesto en el Concilio Vaticano II y después en la Encíclica –Humanae Vitae- , y en concreto, que el amor debe ser plenamente humano, exclusivo y abierto a una nueva vida”

Sí, porque el <amor conyugal> debe conservar en sí mismo y durante todo el tiempo hasta que la muerte separe a los esposos, una serie de valores imprescindibles para que el Sacramento permanezca impoluto como el primer día. Cabe preguntarse, por tanto ¿Qué valores son esos?
Una pregunta que también se hacía el Papa Juan Pablo II en su Homilía de la Misa <Te Deum> en el año 1978, y a la cual él respondía así:

“Si debiéramos responder adecuadamente a esta pregunta, sería necesario indicar toda la jerarquía y el conjunto de valores que recíprocamente se definen y se condicionan. Sin embargo, intentando expresarnos concisamente, decimos que aquí se trata de dos valores fundamentales que entran rigurosamente en contacto de aquello que llamamos <amor conyugal>.

El primero es el valor de las personas, que se expresa en la fidelidad mutua absoluta hasta la muerte: fidelidad del marido en relación con la esposa, y de la mujer en relación con el esposo. La consecuencia de esta afirmación del valor de la persona, que se manifiesta en la recíproca relación entre los cónyuges, debe ser también el respeto al valor personal de la nueva vida, es decir, del niño, desde el primer momento de su concepción.

La Iglesia jamás puede dispensarse de la obligación de salvaguardar estos dos valores fundamentales, unidos con la vocación de la familia. Su custodia ha sido confiada a la Iglesia de Cristo, de tal forma que no cabe la menor duda. Al mismo tiempo, la evidencia –humanamente comprendida- de estos valores hace que la Iglesia, defendiéndolos, se vea a sí misma como portavoz de la autentica dignidad del hombre: del bien de la persona, de la familia, de las naciones...”


Magnifica la Homilía del Papa, porque en muy pocas palabras pone de manifiesto, una vez más, toda la doctrina de Cristo sobre el Sacramento del matrimonio, encargada a su Iglesia para su defensa a través de los siglos.

Realmente los argumentos que algunos esgrimen para defender las prácticas anticonceptivas y abortistas están ya totalmente fuera de lugar, porque los avances en las ciencias han puesto de manifiesto claramente que el feto del hombre es un ser humano completo en todo y que por lo tanto, todo intento de hacerlo desaparecer es un crimen execrable.

Las mujeres y también los hombres de hoy en día pueden seguir ya paso a paso el crecimiento y desarrollo de sus hijos en el seno materno mediante técnicas tan precisas que casi pueden llegar a percibir como serán, en el día de mañana, físicamente sus vástagos. Por tanto resulta doblemente asombroso que algunos padres, incluso algunos que se dicen católicos, puedan ni siquiera pensar por un momento en hacer desaparecer, a sus propios descendientes.

Por otra parte, es así mismo lamentable, que mediante una propaganda deshonesta se esté alentando desde hace tiempo lo que se ha dado en llamar <amor romántico>, ese amor es más bien concupiscencia, porque casi siempre atenta contra la fidelidad en la pareja, casada o no, y contra al respeto a la persona.

Los jóvenes se olvidan incluso de sus creencias religiosas embarcándose en amores románticos, que les conducen casi siempre a hacer vida matrimonial (unión libre),  sin estar casados, para probar, dicen ellos, si el matrimonio podría funcionar en un futuro (unión a prueba), o bien simplemente para no comprometerse a nada.

Por desgracia la experiencia diaria demuestra que este tipo de comportamientos no conducen a la estabilidad real de la pareja y en cambio puede llevar a situaciones de grave riesgo, cuando la mujer quede embarazada, aún después de utilizar anticonceptivos, y la pareja se plantee la posibilidad  de abortar al <santo inocente>, que la madre tiene ya en su seno.


Hay que recordar que el Catecismo de la Iglesia Católica trata en profundidad estos temas advirtiendo a los jóvenes y a los mayores de los peligros morales y pecados que conllevan (CIC 2390-2391):

-Hay <unión libre> cuando el hombre y la mujer se niegan a dar forma jurídica y pública a una unión que implica la intimidad sexual. La expresión en sí misma es engañosa: ¿qué puede significar una unión en la que las personas no se comprometen entre sí y testimonian  con ello una falta de confianza en el otro, en él mismo, o en el porvenir?

Esta expresión abarca situaciones distintas: concubinato, rechazo del matrimonio en cuanto tal, incapacidad de unirse mediante compromisos a largo plazo. Todas estas situaciones ofenden la dignidad del matrimonio, destruyen la idea misma de la familia, debilitan el sentido de la fidelidad. Son contrarias a la ley moral: el acto sexual debe tener lugar exclusivamente en el matrimonio; fuera de éste constituye siempre un pecado grave y excluye de la comunión sacramental.

-No pocos postulan hoy una especie de <unión a prueba> cuando existe intención de casarse. Cualquiera que sea la firmeza del propósito de los que se comprometen en relaciones sexuales prematuras, éstos <no garantizan que la sinceridad y la fidelidad de la relación interpersonal entre un hombre y una mujer queden aseguradas, y sobre todo protegidas, contra los vaivenes y las veleidades de las pasiones>. La unión carnal sólo es moralmente legítima cuando se ha instaurado una comunidad de vida definitiva entre el hombre y la mujer. El amor humano no tolera la <prueba>. Exige un don total y definitivo de las personas entre sí.


Por eso el Santo Padre Juan Pablo II en su Exhortación Apostólica <Familia Consortio>,sigue alertando y animando a todos los fieles, en un periodo de la historia de la Iglesia católica saturado de peligros, derivados en gran medida de una situación llena de incertidumbre e inestable, sobre todo en el viejo Continente:

“En el contexto de una cultura que deforma gravemente o incluso pierde el verdadero sentido de la sexualidad humana, porque la desarraiga de su referencia a la persona, la Iglesia siente más urgente e insustituible su misión de presentar la sexualidad como valor y función de toda persona creada, varón y mujer, a imagen de Dios.
En esta perspectiva el Concilio Vaticano II afirmó claramente que <cuando se trata de conjugar el amor conyugal con la responsable trasmisión de la vida, la índole moral de la conducta no depende solamente de la sincera intención y apreciación de los motivos, sino que debe determinarse con criterios objetivos, tomados de la naturaleza de las personas y de sus actos, criterios que mantiene íntegros el sentido de la mutua entrega y de la humana procreación, entretejidos con el amor verdadero; esto es imposible sin cultivar sinceramente la virtud de la castidad conyugal (Gaudium et spes).

Es precisamente partiendo de la <visión integral del hombre y de su vocación, no sólo natural y terrena, sino también sobrenatural y eterna> (Humanae vitae), por lo que Pablo VI afirmó, que la doctrina de la Iglesia <está fundada sobre la inseparable conexión  que Dios ha querido y que el hombre no puede romper por su propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador> (Humanae vitae)”.

Sin duda, la pureza de la doctrina evangélica, encomendada a los Apóstoles y a sus sucesores por Cristo, fue sin duda el mayor reto y objetivo del Pontificado del Papa Pablo VI, debido a la situación de cierta indecisión creada entre los laicos y también entre el clero, a raíz del Concilio Vaticano II y que dio lugar a tantas vacilaciones y renuncias en el seno de la Iglesia, con alto sufrimiento para todos sus miembros.



La tensión que se había creado entre los laicos y no laicos posteriormente al Concilio, fue creciendo hasta que en el año 1968 el Papa hizo pública su Carta Encíclica <Humanae vitae>, llegando en este punto a constituirse una verdadera <contestación eclesial> a la figura Papal.

El Papa Pablo VI, aunque dolido, no se dejo influenciar por tamaña injusticia y siguió evangelizando con sus escritos y Homilías a su grey, para mostrar a todos que la ley natural y la doctrina de la conciencia se encuentran siempre presentes en la palabra de Dios.
Por otra parte, <<los padres cristianos no están destinados únicamente a propagar y conservar el género humano en la tierra, más aún, ni siquiera a educar cualquier clase de adoradores del Dios verdadero, sino a injertar nueva descendencia en la Iglesia de Cristo, a procrear conciudadanos de los Santos y familiares de Dios>>, como decía el Papa Pio XI (Casta Connubii), recordando al Apóstol San Pablo (Ef. 2, 19-20): "Así, pues, ya no sois extranjeros ni huéspedes, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios / edificados sobre el fundamento de los Apóstoles y Profetas, y cuya piedra angular es el mismo Cristo Jesús"



Por tanto, como también aseguraba el Papa Pio XI en su Carta <Divini Illus Magistri>, dada en Roma en el año 1929:
“La misión educativa de la familia concuerda con la misión educativa de la Iglesia, ya que ambas proceden de Dios de un modo muy semejante. Porque Dios comunica inmediatamente a la familia, en el orden natural, la fecundidad, principio de vida y, por tanto, principio de educación para la vida, junto con la autoridad, principio de orden.

El Doctor Angélico dice a este propósito con su acostumbrada nitidez de pensamiento y precioso estilo <El padre carnal participa de una manera particular de la noción de principio, la cual de un modo universal se encuentra en Dios…El padre es principio de la generación, de la educación y de la disciplina y de todo lo referente al perfeccionamiento de la vida humana>.
La familia recibe, por tanto, inmediatamente del Creador la misión, y por esto mismo, el derecho de educar a la prole; derecho irrenunciable por estar inseparablemente unido a una estricta obligación; y derecho anterior a cualquier otro derecho del Estado y de la sociedad, y, por lo mismo, inviolable por parte de toda potestad terrena”.


Por desgracia estas palabras de un Papa pronunciadas hace ya muchos años, y otras muchas pronunciadas por la Iglesia desde entonces,  han caído en saco roto y así hemos podido constatar que son las autoridades civiles las que se arrogan los derechos sobre la educación, incluso moral, de los niños y de los jóvenes, conculcando los derechos naturales de la familia. Pero también son los padres, en otras tantas ocasiones, los que se desligan de sus <irrenunciables derechos y estrictas obligaciones>, abandonándolos en manos de otros, y ofendiendo así gravemente a Dios, que  encargó esta misión a los progenitores naturales de los hijos.

Por eso asegura el Papa Pio XI, en la Carta Encíclica anteriormente mencionada:
“En este punto es tan unánime el sentir común del género humano, que se pondrían en abierta contradicción con éste cuantos se atrevieran a sostener que la prole, antes que a la familia, pertenece al Estado, y que el Estado tiene sobre la educación un derecho absoluto.

Es además totalmente ineficaz la razón que se aduce, de que el hombre nace ciudadano y que por esto pertenece primariamente al Estado, no advirtiendo que, antes de ser ciudadano, el hombre debe existir, y la existencia no se la ha dado el Estado, sino los padres, como sabiamente declara León XIII: <Los hijos son como algo del padre, una extensión, en cierto modo, de su persona; y si queremos hablar con propiedad, los hijos no entran a formar parte de la sociedad civil por sí mismos, sino a través de la familia dentro de la cual han nacido>.



Por consiguiente, como enseñó León XIII en la misma Encíclica, <la patria potestad es de tal naturaleza, que no puede ser asumida ni absorbida por el Estado, porque tiene el mismo principio de la vida misma del hombre>.

De lo cual, sin embargo, no se sigue que el derecho educativo de los padres sea absoluto o despótico, porque está inseparablemente subordinado al fin último y a la ley natural y divina, como declara el mismo León XIII en otra de sus memorables Encíclicas sobre los principios y deberes del ciudadano cristiano, donde expone en breve síntesis el conjunto de los derechos y deberes de los padres: <Los padres tienen el derecho natural de educar a sus hijos, pero con la obligación correlativa de que la educación y la enseñanza de la niñez se ajuste al fin para el cual Dios les ha dado los hijos"

Seguramente, algunas personas, leyendo estas palabras del Papa Pio XI podrían argumentar, sí, pero ya han pasado muchos años desde que las pronunció, la Iglesia debe modernizarse...
A este respecto es conveniente acudir una vez más a la Carta Encíclica del Papa Pio XI:

“Este primado de la Iglesia y de la familia en la misión educativa ciudadana produce extraordinarios bienes, a toda la sociedad y no implica daño alguno para los genuinos derechos del Estado en materia educativa ciudadana, según el orden establecido por Dios. Estos derechos están atribuidos al Estado  por el mismo autor de la naturaleza, no a titulo de paternalidad, como en el caso de la Iglesia y de la familia, sino por la autoridad que el Estado tiene por promover el bien común temporal, que es precisamente su bien especifico…
Por lo cual, en materia educativa, el Estado tiene el derecho, o, para hablar con mayor exactitud, el Estado tiene la obligación de tutelar con su legislación el derecho de la familia en la educación cristiana de la prole, y, por consiguiente, el deber de respetar el derecho sobrenatural de la Iglesia sobre la educación cristiana”.


Hace muy poco tiempo se ha celebrado el <VII Encuentro Mundial de las Familias>,  que ha tenido lugar en Milán, con el lema <la familia, el trabajo y la fiesta> con un gran éxito de asistencia y donde el Papa Benedicto XVI ha celebrado la Misa de clausura, de cuya Homilía recogemos aquí algunas de sus palabras de aliento  (Homilía del Papa Benedicto XVI, Milán 3 de junio de 2012):

“Es un gran momento de alegría y comunión el que vivimos esta mañana, con la celebración del Sacrificio Eucarístico. Una gran asamblea, reunida con el sucesor de Pedro, formada por fieles de muchas naciones. Es una imagen expresiva de la Iglesia, una y universal, fundada por Cristo y fruto de aquella misión que, como hemos escuchado en el Evangelio, Jesús confió a sus Apóstoles…
Queridos esposos, cuidad a vuestros hijos y, en un mundo dominado por la técnica, trasmitidles, con serenidad y confianza, razones para vivir, la fuerza de la fe, planteándoles metas altas y sosteniéndoles en las debilidades…

El proyecto de Dios sobre la pareja humana encuentra su plenitud en Jesucristo, que elevó el matrimonio a Sacramento. Queridos esposos, Cristo, con un don especial, del Espíritu Santo, os hace partícipes de su amor esponsal, haciéndoos signo de su amor por la Iglesia: un amor fiel y total. Si con la fuerza que viene de la gracia del Sacramento, sabéis acoger este don, renovando cada día, con fe, vuestro <sí>, también vuestra familia vivirá del amor de Dios, según el modelo de la Sagrada Familia”