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viernes, 2 de noviembre de 2012

JESÚS NOS MOSTRÓ QUE EL DON DE LA FE ES UNIVERSAL (II)


 
 



Cuenta San Juan en su Evangelio que Jesús después de celebrar con sus Apóstoles la <Última Cena>, les dio un largo Sermón en el que entre otras muchas cosas les habló de los frutos de la fe (Jn 14, 12-14):
-En verdad en verdad os digo: Quién cree en mí, las obras que yo hago, también él las hará, y mayores que éstas, porque yo voy al Padre.
-Y cualquier cosa que pidáis en mi nombre, eso haré, para que sea glorificado el Padre en el Hijo.
-Si algo me pidiereis en mi nombre, yo lo haré

Jesús con estas palabras quiere mostrar a los Apóstoles que los frutos inmediatos de la fe, son la participación en sus obras y la eficacia inagotable de la oración. De esta forma prepara a aquellos hombres, en los que ha depositado toda su confianza, para la tarea evangelizadora que les tiene reservada, que no es otra que mostrar al mundo la fe salvadora de su Mensaje.


Por eso, también rogó el Señor a su Padre, en aquellos últimos momentos de estancia en La Tierra, por su Iglesia, para que todos sus componentes creyeran siempre en Él a lo largo de los siglos (Jn 17, 20-26):
-No os ruego por éstos solamente, sino también por los que crean en mí por medio de su palabra,

-que todos sean uno; como tu Padre, en mí y Yo en ti, para que sean uno como nosotros somos uno, para que el mundo crea que Tú me enviaste.

-Y yo les he comunicado la gloria que tú me has dado, para que sean uno como nosotros somos uno.

-Yo en ellos y tú en mí, para que sean consumados en la unidad; para que conozca el mundo que tú me enviaste y les amaste a ellos como me amaste a mí.
-Padre lo que has dado, quiero que, donde estoy yo, también ellos estén conmigo, para que contemplen mi gloria que me has dado, porque me amaste antes de la creación del mundo.

-Padre justo, y el mundo no te conoció, pero yo te conocí; y estos también conocieron que tú me enviaste.
-Y yo les manifesté tú nombre, y se lo manifestaré, para que el amor con que me amaste sea en ellos, y yo también esté en ellos.



Ante esta oración de Cristo, el Papa Benedicto XVI exclama: “Él intercede por las futuras generaciones de creyentes. Mira más allá del Cenáculo hacia el futuro. Ha rezado también por nosotros y reza por nuestra unidad. Esta oración de Jesús no es simplemente algo del pasado. Él está siempre ante el Padre intercediendo por nosotros, y así está en este momento entre nosotros y quiere atraernos a su oración. En la oración de Jesús está el lugar interior, más profundo, de nuestra unidad.

Seremos, pues, una sola cosa, si nos dejamos atraer dentro de esta oración. Cada vez que, como cristianos nos encontramos reunidos en la oración, esta lucha de Jesús por nosotros y con el Padre nos debería conmover profundamente en el corazón. Cuanto más nos dejamos atraer por esta dinámica, tanto más se realiza la unidad”

Magnifica reflexión del Santo Padre deseoso de que nos concienciemos enormemente en este  <año de la fe>, en la unidad de todos los hombres, en la universalidad de la fe, pero (Ibid):
“La oración de Jesús por nosotros ¿ha quedado desoída? La historia del cristianismo es, por así decirlo, la parte visible de este drama, en la que Cristo lucha y sufre con nosotros, los seres humanos. Una y otra vez Él debe soportar el rechazo a la unidad, y aún así, una y otra vez se culmina la unidad con Él, y en Él con el Dios Trinitario.



Debemos ver ambas cosas: el pecado del hombre, que reniega de Dios y se repliega en sí mismo, pero también la victoria de Dios, que sostiene la Iglesia no obstante su debilidad y atrae continuamente a los hombres dentro de sí, acercándolos de este modo los uno a los otros. (Benedicto XVI. La alegría de la fe. Ed. San Pablo. Madrid. 2012)”


Esta es la oración de Jesús por la unidad universal de los hombres, sin distinción de razas, de nación o de clase, en una unidad tan fuerte que <todos sean uno>, cosa bien difícil de conseguir, pero no imposible, por la cual los hombres de buena voluntad siguen luchando con fe. Sin embargo, algunos se pueden preguntar ¿Cuál es la motivación o la causa de esta fe?

La respuesta, no es fácil, pero al menos si es evidente, que dos cosas son imprescindibles, <la confianza en recibirla> y la <constancia en pedirla>, así lo hizo una mujer cananea cuando se entero de la llegada de  Jesús a su región. Esta mujer llena de confianza y esperanza le pidió al Señor que salvara a su hija  del demonio, los hechos ocurrieron tal como relató San Mateo en su Evangelio (Mt 15, 22-28):


"Y he aquí que una mujer cananea, salida de aquellos confines, daba voces, diciendo:-Apiádate de mí Señor, Hijo de David; mi hija está malamente endemoniada / Más Él no le respondió palabra. Y llegándose sus discípulos, le rogaban, diciendo: -Despáchala, que viene gritando detrás de nosotros / El respondió, dijo: -No fui enviado sino a las ovejas descarriadas de Israel / Mas ella, llegando, se postraba delante de él, diciendo: Señor socórreme / El respondió, dijo: No está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos / Ella dijo: Si, Señor; que también los perrillos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos / Entonces, respondiendo, dijo Jesús: -¡Oh mujer, grande es tu fe! Hágase contigo como quieres. Y quedo sana su hija desde aquella hora"

Sigue contando San Mateo en su Evangelio que después de la expulsión de los demonios de la hija de esta mujer cananea, Jesús siguió su camino llegando a la ribera del mar de Galilea y subiendo a una montaña, se sentó allí, siendo enseguida rodeado por la multitud, que enterada de sus milagros, llevaban consigo a sus familiares lisiados, esto es, a los cojos, ciegos, sordos, mancos, etc., y  los sanaba, con gran admiración por parte de todos los que allí se encontraban.

Sí, porque el Señor cura los males del cuerpo y también del alma, y le es indiferente la nacionalidad, la raza o la clase de los que a Él se dirigen, con fervor, humildad y constancia y por tanto esperanza que es lo mismo que fe.



Sí, como nos dice nuestro Papa Benedicto XVI, la fe es esperanza (Carta Encíclica “Spe Salvi” 30 de noviembre de 2007). En esta Carta el Papa analiza la <verdadera fisonomía de la esperanza cristiana> llegando a la conclusión siguiente:

“Nosotros necesitamos tener esperanzas, más grandes o más pequeñas, que día a día nos mantenga en camino. Pero sin la gran esperanza, que ha de superar todo lo demás, aquellas no bastan. Esta gran esperanza sólo puede ser Dios, que abraza el Universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar.

De hecho, el ser agraciado por un don forma parte de la esperanza. Dios es el fundamento de la esperanza; pero no cualquier dios, sino el Dios que tiene un rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo, a cada uno en particular y a la humanidad en su conjunto. Su reino no es un más allá imaginario, situado en un futuro que nunca llega; su reino está presente allí donde Él es amado y donde su amor nos alcanza.

Sólo su amor nos da posibilidad de perseverar día a día, con toda sobriedad, sin perder el impulso de la esperanza, en un mundo que por su naturaleza es imperfecto. Y, al mismo tiempo, su amor es para nosotros la garantía de que existe aquello que sólo llegamos a intuir vagamente y que sin embargo, esperamos en lo más intimo de nuestro ser: la vida que es vida, que es <realmente> vida”.

                                     

El Papa con estas palabras nos abre su corazón para que podamos compartir  la esperanza en el Señor que él experimenta tan profundamente y nos invita a tener Fe en el mensaje Divino, porque sólo de esta forma seremos capaces de sobrellevar las imperfecciones de este mundo que en ocasiones tanto daño nos hacen, porque <<Dios no es una lejana “causa primera” del mundo, porque su Hijo Unigénito  se ha hecho hombre y cada uno puede decir de Él:

“Vivo en la Fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí”

(Gal 2,20)>> (Spe Salvi Papa Benedicto XVI).

Por eso la evangelización, más aún, la <Nueva evangelización>, es tan necesaria, porque también hoy como ayer, deberíamos exclamar como el Apóstol San Pablo: ¡Ay de mí si no predicase el Evangelio!

Esta conocida expresión de San Pablo corresponde al momento en que el Apóstol se pone como ejemplo al pueblo de Corintio que en aquellos días era, sin duda, uno de los lugares más importantes, desde el punto de vista estratégico, para la propagación de la fe. En efecto, después de un elocuente alegato en el que San Pablo defiende sus derechos como Apóstol del Señor, recuerda a los corintios que para no ser gravoso a nadie durante su predicación del mensaje de Cristo, trabajaba para su sustento por propia iniciativa, porque su verdadero salario era el poder evangelizar a los pueblos (I Cor 9, 16-19):


"Porque si predico el Evangelio, no es para mí gloria ninguna; no tengo más remedio; pues ¡Ay de mí sino predicare el Evangelio! / Pues si por mí propia iniciativa hiciera esto, recibiría un salario; más si por imposición ajena, eso es puro desempeño de un cargo que me ha sido confiado. / ¿Cuál es, pues, mi salario? Que el predicar el Evangelio ponga de balde, para no hacer valer mi estricto derecho en la predicación del Evangelio. / Porque, siendo yo libre de todos, a todos me esclavizaré, para ganar a los más"

Gran generosidad del Apóstol San Pablo que nos muestra con sus palabras su estricta sujeción al Señor y su irrevocable entrega a la propagación de la fe. Y es que San Pablo había comprendido, al igual que los restantes Apóstoles, que tenían la misión primordial de evangelizar a los hombres por todos los confines de la tierra.

Por eso, la Iglesia fundada por Cristo es esencialmente misionera, y así deberá seguir siendo, hasta el final de los siglos, sobre todo teniendo en cuenta, ya no sólo, aquellos países a los que aún no ha llegado la palabra del Señor, sino aquellos otros, a los que habiendo llegado, en los últimos siglos, han sufrido una creciente pérdida de fe.
El espíritu con el que debemos, todos los católicos, seguir en la brecha, luchando para dar a conocer mejor el mensaje salvador de Jesús, es aquel que invadía al Apóstol San Pablo cuando se despidió de los Presbíteros, antes de iniciar su viaje de regreso a Jerusalén, próximo ya su <testimonio de Cristo>, siendo prisionero en Cesárea (Hch 20, 29-32):



"Yo se que después de mí partida se introducirán entre vosotros lobos bravos, que no perdonaran la grey; / y de entre vosotros mismos surgirán hombres que enseñarán cosas perversas para arrastrar a los discípulos en pos de sí. / Por lo cual vigilad, recordando que durante un trienio, noche y día, no cesé de amonestar con lágrimas a cada uno en particular. / Y ahora yo os dejo en manos de Dios y de la palabra de su gracia, que es poderosa para edificar y para dar herencia entre todos los que han sido santificados. / Plata, oro o vestido, de nadie lo codicie. / Vosotros mismos bien sabéis que a mis necesidades y a los que conmigo andan han proveído estas manos. / En todas cosas os mostré, que así, trabajando hay que socorrer a los débiles, y acordarse de las palabras del Señor Jesús, por cuanto Él dijo: <Mayor felicidad es dar que recibir>"

Los Presbíteros a los que se refiere Sam Pablo, en este pasaje del libro de los <Hechos de los Apóstoles> de San Lucas, eran probablemente los Obispos de Éfeso y de las ciudades vecinas, a los que el Apóstol exhorta a su partida sin retorno, a la vigilancia, para no dar nunca crédito a enseñanzas desviadas de la fe por él predicada, y al despego de los bienes materiales, juntamente con la práctica de la generosidad con los más débiles.

Este espíritu misionero acompañó siempre al Apóstol San Pablo, el cual se vio en la obligación de refutar muchas herejías sobre la persona y el Mensaje de Jesús, y  como él vaticinó, muchos hombres perversos, enseñaron cosas perversas, allí donde él había sembrado la semilla del Evangelio.
Recordemos que en la <Carta a los Hebreos> amonesta a este pueblo, que en ese momento de la historia se encontraba sumido en un gran vacío moral y religioso, unido a un gran terror a la persecución y condena, por parte de aquellos otros judíos que habían preferido apartarse de la fe de Cristo o que nunca la habían aceptado; expone San Pablo en su Epístola, los motivos por los que la perseverancia en la fe era imprescindible, siendo estos  según él: <la meditación de Cristo>, <los castigos de la apostasía>, <los recuerdos y esperanzas>, y <el ejemplo de los antiguos Profetas y Patriarcas>.

Respecto al primer motivo <La meditación de Cristo>, destacaremos aquí, aquellos versículos en los que el Apóstol habla, de la fe y de la esperanza, indistintamente, y de cómo se puede estimular la caridad (Hebreos 10, 22-24), y respecto del  tercer motivo, los <recuerdos y esperanzas>, destacaremos aquella parte que habla de un pasado no muy lejano para aquellos fieles atribulados (10, 32-35) :


"Lleguemos con sincero corazón con plena convicción de fe, purificados los corazones de conciencia mala y lavados los cuerpos con agua pura / Mantengamos inconmovibles la confesión de la esperanza, pues fiel es quien hizo la promesa / y considerémonos los uno a los otros para estimulo de las buenas obras ... / Acordaos de los días pasados, en que, habiendo sido iluminados, soportasteis recio combate de padecimientos / hechos, por una parte, blanco de ludibrios y tribulaciones como en público espectáculo, y por otra hechos solidarios de los que se hallaban en semejante situación / Porque compartisteis los padecimientos de los encarcelados, y recibisteis con gozo el robo de vuestros bienes, sabiendo que poseíais una hacienda mejor y permanente / No perdáis pues vuestra confianza, a la cual está vinculada una gran recompensa"

El Papa Benedicto XVI en su Carta Encíclica <Spe Salvi> plantea la pregunta acuciante ¿de qué genero ha de ser la esperanza para poder justificar la afirmación de que a partir de ella, y simplemente porque hay esperanza, somos redimidos por ello? y la respuesta del Pontífice a su propia pregunta nos lleva a la certeza de que la fe es la esperanza deseada tal como trasluce la Carta a los Hebreos (Spe Salvi):

“En efecto, <esperanza> es una palabra central de la fe bíblica, hasta el punto de que en muchos pasajes de los textos sagrados, las palabras <fe> y <esperanza> parecen intercambiables. Así, la Carta a los Hebreos une estrechamente la <plenitud de la fe> (10, 22) con la <firme confesión de la esperanza> (10, 23)…
La fe no es solamente un tender de la persona hacia lo que ha de venir, y que está todavía totalmente ausente; la fe nos da algo. Nos da ya ahora algo de la realidad de la esperanza, y esta realidad presente constituye para nosotros una prueba de lo que aún no se ve. Esta trae al futuro dentro del presente, de modo que el futuro ya no es  el puro <todavía no>. El hecho de que este futuro exista, cambia el presente; el presente está marcado por la realidad futura, y así las realidades futuras repercuten en las presentes y las presentes en las futuras…


“Hyparchonta (Bienes) son las propiedades, lo que en la vida terrenal constituye el sustento, la base, la <sustancia> con la que se cuenta para la vida. Esta <sustancia>, la seguridad normal para la vida, se la han quitado a los cristianos durante la persecución. Lo han soportado porque después de todo consideraban irrelevante esta <sustancia> material. Podían dejarla porque habían encontrado una <base> mejor para su existencia, una base que perdura y que nadie puede quitar…

La fe otorga a la vida <una sustancia nueva>, un nuevo fundamento sobre el que el hombre puede apoyarse, de tal manera que precisamente el fundamento habitual, la confianza en la <renta material>, queda relativizada”

Tradicionalmente la <Carta a los Hebreos> se ha considerado un escrito debido al Apóstol San Pablo, sin embargo desde antiguo algunos exegetas han discutido su autoría. Últimamente se ha especulado con la idea de que pudiera haber sido uno de sus discípulos, llamado Apolo, el autor de la misma, pero nosotros preferimos continuar en la línea tradicional porque pensamos que San Pablo aún vivía en el tiempo que fue escrita, aunque quizás se encontrara ya en Roma en retención involuntaria y eso sí, pudo pedir la ayuda de alguno de sus discípulos para retocarla y así ayudar a una mejor comprensión de su contenido de un profundo valor teológico.
El pueblo hebreo se encontraba por entonces sometido a tensiones políticas y religiosas extremas, muchas veces perseguido por causa de sus ideales y hasta sufriendo martirios tan terribles como el soportado por el Primer Obispo de Jerusalén, el Apóstol Santiago el Menor y por el propio autor de la Carta, el Apóstol San Pablo el cual ya había  padecido prisión en varias ocasiones.
San Pablo, al igual que los otros Apóstoles del Señor, había entendido desde el inicio de su llamada, que el Mensaje de Jesucristo era universal, esto es, que era necesario evangelizar tanto a los judíos (fieles o infieles a la ley de la Tora), como a los gentiles ó paganos. Esta cuestión queda totalmente clara y expuesta en el libro del evangelista San Lucas <Los Hechos de los Apóstoles>, donde se narran los viajes de San Pablo, el Apóstol de los gentiles por excelencia, como él mismo se consideraba, pero también por el reconocimiento del Apóstol San Pedro, primer Papa de la Iglesia, sobre este tema. Precisamente el incidente narrado, en este libro, de San Pedro con el centurión romano Cornelio, así lo deja bien establecido (Hechos 11, 1-18):



"Oyeron los Apóstoles y los judíos que estaban por la Judea que también los gentiles habían recibido la palabra de Dios / Y cuando subió Pedro a Jerusalén, discutían con él los de la circuncisión / diciendo que había entrado en casa de hombres incircuncisos y comido con ellos / Más Pedro comenzó a exponer la cosa por su orden, diciendo: / <<Yo estaba en la ciudad de Jope orando, y vi en éxtasis una visión: que bajaba una especie de recipiente, a manera de lienzo grande, que, cogido por los cuatro cabos, se descolgaba desde el cielo, y llegó hasta mí / Fijos en él los ojos, estaba observando, y vi los cuadrúpedos de la tierra, y las fieras, y los reptiles y los volátiles del cielo / Y oí, además, una voz que me decía: Levántate, Pedro; sacrifica y come / Y dije: De ninguna manera, Señor, porque cosa profana o impura jamás entró en mi boca / Más respondió la voz por segunda vez desde el cielo: Lo que Dios purificó, tú no lo hagas profano / Y esto se repitió por tres veces; y fue arrebatado de nuevo todo hacia el cielo / Y he aquí en el mismo instante tres hombres se presentaron en la casa que yo estaba, enviados a mí desde Cesárea / Y dijo el Espíritu que fuese con ellos, dejada toda vacilación. Vinieron también conmigo estos seis hermanos, y entramos en la casa del hombre / Y nos refirió como había visto en su casa al ángel, que, estando de pie, le decía: manda recado a Jope y haz venir a Simón que se apellida Pedro / el cual te hablará palabras con las cuales serás salvo tú y toda tu casa / Y al comenzar yo a hablar cayó sobre ellos el Espíritu Santo, lo mismo que sobre nosotros en el principio / Y recordé el dicho del Señor, de cuando decía: Juan bautizó en agua, más vosotros seréis bautizados en Espíritu Santo / Sí pues, el mismo don  otorgó Dios a ellos que a nosotros, por haber creído en el Señor Jesucristo, ¿yo quién era para poner vetos a Dios?>> / En oyendo esto, se quietaron, y glorificaron a Dios diciendo: << ¡Con que  también a los gentiles otorgó Dios la penitencia para alcanzar la vida! >>"


San Pedro lleno de prudencia y sabiduría se enfrentó a aquellos creyentes que criticaban su aptitud frente a los gentiles, explicándoles con detenimiento el milagro que se había producido con la llegada del Espíritu Santo sobre los mismos, y como él, había recordado las palabras del Señor, al respecto, y esto fue suficiente para que todos proclamaran llenos de asombro ¡Con que también a los gentiles otorgó Dios la penitencia para alcanzar la vida! A este respecto podemos leer en la Carta Encíclica del Beato Papa Juan Pablo II <Dominum et vivificantem>, dada en Roma en el año 1986:
 
 


“La Iglesia profesa su fe en el Espíritu Santo, que es <Señor y dador de vida>. Así lo profesa el símbolo de la fe llamado <niceno-constantinopolitano> por el nombre de dos Concilios: Nicea (a. 325) y Constantinopla (a. 381), en los que fue formulado y promulgado.

En ellos se añade también que el Espíritu Santo <hablo por los profetas>. Son palabras que la Iglesia recibe de la fuente misma, de su fe, Jesucristo. En efecto, según el Evangelio de Juan, nos es dado con la nueva vida, como anuncia y promete Jesús el día grande de los Tabernáculos: <Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que cree en mí>, y como dice la Escritura: <De su seno correrán ríos de agua viva>. Y el evangelista explica: <Esto decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él>.
Es el mismo símil del agua usada por Jesús en su coloquio con la samaritana, cuando habla de una fuente <fuente de agua que brota para la vida eterna>, y en el coloquio con Nicodemo, cuando anuncia la necesidad de un nuevo nacimiento <de agua y de Espíritu> para <entrar en el Reino de Dios>”

Por su parte el Papa Benedicto XVI en la Solemnidad  de Pentecostés (Domingo 11 de mayo de 2008. Basílica de San Pedro) dijo en su Homilía refiriéndose a los Apóstoles que junto a la Virgen María y algunos discípulos se encontraban esperando la llegada del Espíritu Santo que Jesús les había anunciado:

“Esta comunidad se encontraba reunida en el mismo lugar, el Cenáculo, durante la mañana de la fiesta judía de Pentecostés, fiesta de la Alianza, en la que se conmemoraba el acontecimiento del Sinaí, cuando Dios, mediante Moisés, propuso a Israel, que se convirtiera en su propiedad, entre todos los pueblos, para ser digno de su santidad (Ex 19). Según el libro del Éxodo, ese antiguo pacto fue acompañado por una formidable manifestación de fuerza por parte del Señor. <<Todo el monte Sinaí humeaba>>,  se lee en el pasaje, porque el Señor había descendido sobre él en fuego. Subía el fuego como de un horno y todo el monte retemblaba, con violencia>>  (Ex 19, 18).



En el Pentecostés del Nuevo Testamento volvemos a encontrar los elementos del viento y del fuego, pero sin las resonancias del miedo. En particular el fuego toma la forma de lenguas que se posan sobre cada uno de los presentes, todos los cuales se llenan del Espíritu Santo y, por efecto de dicha efusión, empezaron a hablar en leguas extranjeras (Hch 2, 4). Se trata de un verdadero <Bautismo> de fuego de la comunidad, una especie de nueva creación.
En Pentecostés, la Iglesia no es constituida por una voluntad humana, sino por una fuerza del Espíritu de Dios. Inmediatamente se ve como este Espíritu da vida a una comunidad que es al mismo tiempo una y universal, superando así la maldición de Babel (Gn 11, 7-9). En efecto, sólo el Espíritu Santo, que crea unidad en el amor y en la aceptación reciproca de la diversidad, puede liberar a la humanidad de la constante tentación de una voluntad de potencia terrena que quiere dominar y uniformar todo”

Es muy significativo el hecho de que aquellos que en el Cenáculo habían recibido el Espíritu Santo hablaran en lenguas extranjeras, de forma que los que les oían entendían sus palabras, ello demuestra, una vez más, que la Iglesia desde su mismo nacimiento tenía el don de la universalidad, era <católica>, porque el Mensaje de Cristo estaba destinado a todos los hombres y el Señor encomendó a sus discípulos la misión de darlo a conocer  (Mt 28, 16-20):

"Los once discípulos se fueron a Galilea, al monte donde Jesús les había ordenado / Y en viéndole, le adoraron: ellos que antes habían dudado / Y acercándose Jesús, les habló diciendo: Me fue dada toda potestad en el cielo y sobre la tierra / Id, pues, amaestrad a todas las gentes, bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Y sabed que estoy con vosotros todos los días, hasta el final de la consumación de los siglos.

Así termina el Evangelio de San Mateo, con estas palabras del Señor que constituyen a los Apóstoles maestros, no sólo de la fe, sino también de la moral, asegurándoles además, su presencia incesante sobre la Iglesia hasta la Parusía.

Sí, porque como también nos recuerda el Papa Benedicto XVI en su Homilía:



“La Iglesia que nace en Pentecostés, ante todo, no es una comunidad particular –la Iglesia de Jerusalén- sino la Iglesia universal, que habla las lenguas de todos los pueblos. De ella nacerán luego otras comunidades en todas las partes del mundo. Iglesias particulares que son todas, y siempre, actuaciones de una sola y única Iglesia de Cristo. Por tanto la Iglesia de Católica no es una federación de Iglesias, sino una única realidad: la prioridad ontológica corresponde a la Iglesia universal. Una comunidad que no fuera católica en este sentido, ni siquiera sería Iglesia”

El Papa se muestra en este último punto exigente, y así debe ser, porque corren tiempos difíciles para la Iglesia de Cristo, después de un largo camino recorrido a lo largo de más de veinte siglos, que la ha llevado incluso a la necesidad de realizar en el momento actual una <Nueva evangelización>, de aquellos pueblos que habiendo conocido el Mensaje del Señor, se han olvidado total o parcialmente de él.
El Papa ha proclamado el periodo de tiempo que va desde octubre de 2012 a octubre de 2014, aproximadamente, como el <Año, de la Fe>, para que todos los creyentes nos concienciemos realmente de esta problemática y tratemos de aportar, <nuestro granito de arena> al restablecimiento de fe entre los pueblos, entre nuestros familiares, en nosotros mismos, y seguir de este modo cumpliendo con los deseos de nuestro Salvador. Porque merece la pena tal y como también recordaba el Papa en la Homilía anterior, al hablar del camino recorrido por la Iglesia desde Jerusalén hasta Roma: 

“A este respecto, es preciso añadir la visión teológica de los Hechos de los Apóstoles, sobre el camino de la Iglesia de Jerusalén a Roma. Entre los pueblos representados en Jerusalén en el día de Pentecostés, San Lucas cita a los <forasteros de Roma> (Hch 2, 10). En ese momento Roma era aún lejana, era <forastera> para la Iglesia naciente: era el símbolo del mundo pagano en general. Pero la fuerza del Espíritu Santo guiará los pasos de los testigos <hasta los confines de la tierra>, hasta Roma.



El libro de los Hechos de los Apóstoles termina precisamente cuando San Pablo, por un designio providencial, llega a la capital del Imperio y allí anuncia el Evangelio (Hch 28, 30-31).

Así el camino de la palabra de Dios, iniciado en Jerusalén, llega a su meta, porque Roma representa el mundo entero, y por eso encarna la idea de <catolicidad> de San Lucas. Se ha realizado la Iglesia universal, la Iglesia Católica, que es la continuación del pueblo de la elección, y hace suya su historia y su misión”



   

lunes, 1 de octubre de 2012

JESÚS, LA FE, Y LA FORMACIÓN DE LA CONCIENCIA


 
 


Solamente San Lucas narra el pasaje de la adolescencia de Jesús, en el que de una forma imprevista revela a San José y a la Virgen María, que debe permanecer en la Casa de su Padre celestial, cosa por otra parte lógica, si tenemos en cuenta que el Templo es el lugar idóneo para llevar a cabo la evangelización de los hombres.
En efecto, como última página de los relatos de la infancia del Señor, antes del comienzo de la predicación de Juan Bautista, el evangelista Lucas narra el episodio de la peregrinación de Jesús adolescente al Templo de Jerusalén.

Según el Papa Juan Pablo II (Audiencia General del II Miércoles 15 de enero de 1997), este pasaje del evangelio de San Lucas arroja luz sobre los largos años de la vida oculta de Jesús en Nazaret. El hecho aquí narrado tuvo lugar, cuando Jesús solo tenía doce años y el evangelista lo expone de forma sencilla, pero atractiva, recreando con total fidelidad y compresión  la importancia del acontecimiento (Lc 2, 40-52): 
"El niño crecía y se robustecía, llenándose de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con Él / Iban sus padres cada año a Jerusalén por la fiesta de la Pascua.Y cuando fue de doce años, habiendo ellos subido, según la costumbre de la fiesta, / y acabados los días, al volverse ellos, se quedó el Niño Jesús en Jerusalén, sin que lo advirtiesen sus padres / Y creyendo ellos que Él andaría en la comitiva, caminaron una jornada; y le buscaban entre los parientes y conocidos / y no hallándole, se tornaron a Jerusalén para buscarle /



Y sucedió que después de tres días le hallaron en el Templo, sentado en medio de los maestros, escuchándoles y haciéndoles preguntas / y se pasmaban todos los que le oían de su inteligencia y de sus respuestas.Y sus padres, al verle, quedaron sorprendidos; y le dijo su madre: Hijo, ¿por qué lo hiciste así con nosotros? Mira tu padre y yo, llenos de aflicción, te andábamos buscando / Dijo Él: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que había yo de estar en casa de mi padre? / Y ellos no comprendieron lo que les dijo / Y bajó en su compañía y se fue a Nazaret, y vivía sometido a ellos. Y su madre guardaba todas estas cosas en su corazón / Y Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres.

 


El Papa Juan Pablo II, en la Audiencia mencionada anteriormente, indica que Jesús con la respuesta que dio a su Madre angustiada, reveló el motivo de su comportamiento. María había dicho: <<Tu padre>>, designando a José; Jesús responde <<Mí Padre>>, refiriéndose al Padre celestial.

Sí, porque que San José y la Virgen María no desconocían la procedencia divina de Jesús, ya que ambos habían tenido la visita anunciadora de un ángel, sino que Jesús quiere recordárselo para que aunque en principio, no comprendan el sentido de su permanencia en el Templo, por la fe lo acepten. Por otra parte, al aludir a su ascendencia divina (Él dice mi Padre y no nuestro padre), con ello quiere indicar que Él tiene que ocuparse esencialmente de los asuntos de su Padre celestial, esto es, <<desea reafirmar que sólo la voluntad del Padre es para Él norma que vincula su obediencia. El texto evangélico subraya esa referencia de la entrega total al proyecto de Dios. Así pues, a sus padres les pide que le permitan cumplir su misión, donde lo lleve la voluntad del Padre celestial>> (Audiencia General  de Juan Pablo II 1997).
 


Por su parte, la Virgen María, había experimentado, al igual que su esposo, San José, una gran inquietud con la desaparición del Niño Jesús, pero aceptó por la fe sus palabras, tal como se indica en el Catecismo de la Iglesia Católica (nº 534):

“El hallazgo del Niño en el Templo es el único suceso que rompe el silencio de los Evangelios sobre los años ocultos de Jesús. Jesús deja entrever con ello su filiación divina. María y José no comprendieron sus palabras, pero las acogieron con fe y María conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón, a lo largo de todos los años en que Jesús permaneció oculto en el silencio de la vida ordinaria”

San Cirilo de Jerusalén (315-386), fue ordenado sacerdote predicador para su pueblo y catequista, con objeto de instruir y preparar a los fieles para recibir el Sacramento del Bautismo, y como consecuencia de ello han llegado hasta nuestros días, por suerte, algunas de las catequesis por él impartidas, como testimonios escritos de gran valor para la Iglesia. Precisamente en la catequesis XII que él dedicó a la Encarnación de Cristo, indica que el Hijo de Dios asumió la carne de la más excelente de las criaturas, en estos términos:
 
 
 

“Preguntémonos, en primer lugar, por qué vino Jesús. Y no reparéis en mis razonamientos, a los que quizás podría contradecirse mediante sofismas. Ahora bien, si no aceptáis los testimonios de los Profetas  no creeréis en lo que digamos.

Si no aprendéis por las Escrituras lo referente a la Virgen, al lugar, al tiempo, y al modo, tampoco recibiréis testimonio de hombre alguno (pues el testimonio de las Escrituras es más fuerte que el testimonio de hombre alguno) (Jn 5, 34 y 8, 13 ss). Pues sobre éste que ahora está aquí  y os instruye puede recaer alguna sospecha, pero sobre el que pronunció las profecías hace mil años e incluso más tiempo ¿ quien puede tener reticencias si está en su sano juicio?

Por tanto, si buscas la razón de la venida de Cristo acude simplemente al primer libro de la Escritura. En seis días hizo Dios el mundo. Pero este existe para el hombre. Resplandece el Sol con sus fulgores espléndidos: fue hecho para que luzca a favor del hombre. Todos los animales fueron hechos para nuestro servicio; y las hierbas y los arboles fueron creados para que los utilizásemos. Son todas criaturas buenas, pero ninguna de ellas es imagen de Dios excepto únicamente el hombre.

Una simple orden hizo el Sol, mientras que el hombre fue formado por las manos de Dios: <Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como nuestra semejanza> (Gen 1, 26).

Sigue San Cirilo relata con todo lujo de detalles como el pecado se extendió por la tierra y la enorme gravedad que llegó a alcanzar. Entonces fue necesario que Dios viniese a los hombres, para regenerar y salvar a la humanidad, aunque ésta no llegó a recibirle como se merecía.

 


Los Profetas, ya en la antigüedad cantaban al Señor y pedían su llegada y su victoria sobre el mal, tenemos muchos ejemplos en los Salmos del Antiguo Testamento, como el 144 (143):

"Bendito sea el Señor, mi casa, mi roca, que adiestra mis manos para la batalla y mis puños para el combate / mi amor, mi fortaleza, mi ciudadela y mi liberador, el escudo con el que me protejo, el que somete a los pueblos bajo mi poder / Señor, ¡qué es el hombre para que te cuides de él, este mortal es como un soplo, sus días como sombras que pasan! / Señor, despliega los cielos y desciende"

El Señor escuchó las suplicas de los hombres santos y envió desde el cielo a su Unigénito Hijo <como Señor y como Medico>, en palabras de San Cirilo, el cual dedicó la catequesis XI a su divina figura:
 
 
 


“Nuestro Señor Jesucristo se revistió en aquel entonces de la naturaleza humana, pero esto era desconocido de muchos. Cuando Él, sabiendo que se ignoraba, lo quería enseñar, reuniendo a sus discípulos les preguntaba ¿quien dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? (Mat 16, 13)”

Solamente Pedro, el cual, más tarde, sería elegido por Jesús como <Cabeza de su Iglesia>, contestó con rotundidad (Mc 16, 16):  <Tú eres Cristo. El Hijo de Dios vivo>

Y la respuesta del Apóstol hizo clamar al Señor (Mat 16, 17): <Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos>

Este conocimiento profundo e íntimo de su Padre, lo tuvo Jesús desde sus más tiernos años y así lo demuestra el pasaje del Evangelio de San Lucas, cuando con doce años se queda en el Templo de Jerusalén, ignorándolo San José y la Virgen María, los cuales le buscaron incesantemente durante tres días entre sus parientes y conocidos, regresando finalmente a Jerusalén, donde le encontraron en medio de los doctores, oyéndoles y preguntándoles.



Pero ¿de quién habría aprendido Jesús el amor a las <cosas> de su Padre? se pregunta el Papa Benedicto XVI en su mensaje del <Ángelus>, durante la fiesta de la Santa Familia de Nazaret, celebrada en la plaza de Roma, el domingo 27 de diciembre de 2009. La respuesta a esta pregunta la razona así el Santo Padre:    
“Ciertamente, como Hijo tenía un conocimiento íntimo de su Padre, de Dios, una profunda relación personal y permanente con Él, pero, en su cultura concreta, seguro que aprendió de sus padres  (de la tierra), las oraciones, el amor al Templo y a las instituciones de Israel.

Así pues, podríamos afirmar que la decisión de Jesús de quedarse en el Templo era fruto sobre todo de la educación recibida de María y de José. Aquí podemos vislumbrar el sentido auténtico de la educación cristiana: es el fruto de una colaboración que siempre se ha de buscar entre los educadores y Dios.


La familia cristiana debe ser consciente de que los hijos son don y proyecto de Dios. Por tanto, no pueden considerarse como una posesión propia, sino que, sirviendo en ellos al plan de Dios, está llamada a educarlos en la mayor libertad, que es precisamente la de decir <sí> a Dios para hacer su voluntad”.

Sí, porque  como nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica (nº 1776):
“En lo profundo de su conciencia el hombre descubre una ley que él no se da así mismo, sino a la que debe obedecer y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, llamándole siempre a amar y a hacer el bien y a evitar el mal...
El hombre tiene una ley inscrita por Dios en su corazón…La conciencia es el núcleo más secreto y el Sagrario del hombre, en él está sólo con Dios, cuya voz resuena en lo más intimo de ella”


Igualmente también nos dice el Catecismo que es necesaria <la formación de la conciencia>:

“Hay que formar la conciencia, y esclarecer el juicio moral. Una conciencia bien formada es recta y veraz. Formula sus juicios según la razón, conforme al bien verdadero querido por la sabiduría del Creador. La educación de la conciencia es indispensable a los seres humanos sometidos a influencias negativas y tentadas por el pecado a preferir su propio juicio y a rechazar las enseñanzas autorizadas”

Por ello, la lucha contra las teorías  subjetivistas de la posmodernidad debe ser constante, porque aquellas personas que las aceptan, aún sin tener conciencia real de ello, se ven obligadas a justificar la conducta de quienes actúan según su conciencia aunque sea errónea. Por el contrario <la verdad>, la verdad que ilumina la conciencia no errónea, es aquella que puede hacer al hombre realmente libre e idóneo para reconocer el bien y rechazar el mal.
 
 



El Papa Benedicto XVI, siendo aún el cardenal Ratzinger se enfrentó con valentía a estas teorías, cuando por una experiencia propia, se dio cuenta  de que  la <conciencia errónea> tenía como argumento principal la idea de que ésta pretendía proteger al hombre de las <onerosa> exigencia de la verdad, para conducirle a la salvación.

Más aún, según estas teorías esta <conciencia> dispensaría de tener que conocer la verdad, transformándose en la justificación de la subjetividad, que no admite el cuestionamiento, y por otra parte, conduciría a la justificación del conformismo social.  Ante tan tremendos dislate el cardenal Ratzinger, nuestro actual Papa, se manifestó en los términos siguientes:
“Una sola mirada a las Sagradas Escrituras habría podido preservar de una teoría como la de la <justificación  mediante la conciencia errónea>.

En el Salmo (19, 13), se contiene este aserto, siempre merecedor de ponderación: < ¿Quién advierte

sus propios errores? ¡Líbrame de las culpas que no veo!>

Esto no es objetivismo vetero-testamentario, sino la más honda sabiduría humana: dejar de ver las culpas, el enmudecimiento de la voz de la conciencia en tantos ámbitos de la vida, es una enfermedad espiritual mucho más peligrosa que la culpa, si uno está aún en condiciones de reconocerla como tal.

Quien ya es incapaz de percibir que matar es pecado, ha caído más bajo que quien todavía puede reconocer la malicia de su propio comportamiento, pues se halla mucho más alejado de la verdad y de la conversión.

No en vano, en el encuentro con Jesús, el que auto-justifica aparece como quien se encuentra realmente perdido. Si el publicano, con todos sus innegables pecados, se halla más justificado que el fariseo con todas sus obras realmente buenas (Lc 18, 9-14), eso no se debe, a que en cierto sentido, los pecados del publicano no sean verdaderamente pecados, ni a que las buenas obras del fariseo  no sean verdaderamente buenas obras. Esto tampoco significa de ningún modo que el bien que el hombre realiza no sea bueno ante Dios ni que el mal no sea malo ante Él, o carezca en el fondo de importancia.



La verdadera razón de este paradójico juicio de Dios se descubre exactamente desde nuestro problema: el fariseo ya no sabe que también él tiene culpa. Se halla completamente en paz con su conciencia. Pero este silencio de la conciencia lo hace impenetrable para Dios y para los hombres. En cambio, el grito de la conciencia, que no da tregua al publicano, lo hace capaz de verdad y de amor.
Por eso puede Jesús obrar con éxito en los pecadores, porque como no se han ocultado tras el parapeto de la conciencia errónea, tampoco se han vuelto impenetrables a los cambios que Dios espera de ellos, al igual que de cada uno de nosotros. Por el contrario, Él no puede obtener éxito con los <justos>, precisamente porque a ellos les parece que no tienen necesidad de perdón ni de conversión; su conciencia ya no les acusa, sino más bien les justifica”

Magnífico el razonamiento del que hoy en día ostenta el Primado de Pedro, Benedicto XVI, el cual con valentía se enfrentó a la teoría de una <autoconciencia> del hombre por encima de las verdades de Dios, porque esta <autoconciencia> puede algunas veces ser el reflejo de una sociedad enferma.

Por eso en el Catecismo de la Iglesia Católica podemos leer también:
“La educación de la conciencia es una tarea de toda la vida. Desde los primeros años despierta el niño al conocimiento y la práctica de la ley interior reconocida por la moral. Una educación prudente enseña la virtud, preserva o sana del miedo, del egoísmo, del orgullo, de los insanos sentimientos de culpabilidad, y de los movimientos de complacencia, nacidos de la debilidad y de las faltas humanas. La educación de la conciencia garantiza la libertad y engendra la paz del corazón”



Esta educación de la conciencia la deben adquirir los niños y los adolescentes en primer lugar en la familia a la que pertenecen, en la que debería buscarse siempre la santidad de todos sus miembros, siguiendo el ejemplo dado por la Sagrada Familia de Nazaret, como ocurría en el seno de las primeras comunidades cristianas.

A este respecto el Papa Juan Pablo II en el <Te Deum> de acción de gracias en la Iglesia <Del Gesu> que tuvo lugar el domingo 31 de diciembre de 1978, destacaba las bondades de la familia de Jesús con estas palabras:

“Las páginas del Evangelio describen muy concisamente la historia de esta Familia. A penas logramos conocer algunos acontecimientos de su vida. Sin embargo, aquello que sabemos es suficiente para comprometer los momentos fundamentales de la vida de cada familia, y para que aparezca aquella dimensión a la que están llamados todos los hombres que viven la vida familiar: padres, madres, esposos, hijos.

El Evangelio (Lc 2, 40-52) nos muestra, con gran claridad, el perfil educativo de la familia.  <Bajó con ellos, y vino a Nazaret, y les estaba sujeto…>.

Es necesario, en los niños y en edad juvenil, esta sumisión, obediencia, prontitud para aceptar los maduros consejos de la conducta humana familiar. De esta manera también <se sometió Jesús> y con esta <sumisión>, con esta prontitud del niño para aceptar los ejemplos del comportamiento humano, deben medir los padres toda su conducta.



Este es el punto particularmente delicado de su responsabilidad paterna, de su responsabilidad en relación con el hombre, de este pequeño hombre que irá creciendo progresivamente, confiado a ellos por el mismo Dios.
Deben tener presente también todos los acontecimientos acaecidos en la familia de Nazaret cuando Jesús tenía doce años, esto es, ellos educaron a su hijo no sólo para ellos, sino para Él, para los deberes que posteriormente asumiría, Jesús a la edad de doce años respondió a María y José: ¿No sabíais que es preciso que me ocupe de las cosas de mi Padre? (Lc 2,49)”

Algunos años después el Papa Juan Pablo II volvería a retomar el relato del evangelista San Lucas, como tema a analizar en una de sus Audiencias generales, en concreta en aquella celebrada el miércoles 13 de enero de 1997:

“Según el relato de Lucas, en el viaje de regreso de María y José a Nazaret, después de una jornada de viaje, preocupados y angustiados por el Niño Jesús, lo buscan inútilmente entre sus parientes y conocidos.
Vuelven a Jerusalén y, al encontrarlo en el Templo, quedan asombrados porque le ven <sentado en medio de los doctores escuchándoles y preguntándoles>. Su conducta es muy diferente de la acostumbrada. Y seguramente el hecho de encontrarlo el  tercer día revela a sus padres otro aspecto relativo a su persona y a su misión.
Jesús asume el papel de maestro, como hará más tarde en la vida pública, pronunciando palabras que despiertan admiración: <Todos los que le oían estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas>. Manifestando una sabiduría que asombra a los oyentes, comienza a practicar el arte del diálogo, que será una característica de su Misión salvífica”

 


Sí, porque como aseguraba nuestro actual Papa, cuando aún era Cardenal, refiriéndose al encuentro de San Pablo con el Señor, las palabras de Dios cambiaron totalmente su vida, al alejarse del mal, para seguir el trabajo apostólico que le había encomendado (Dios está cerca. Joseph Ratzinger. Crónica Editorial S.L. 2011):

“El encuentro de San Pablo con Cristo en el camino de Damasco, revolucionó literalmente su vida. Cristo se convirtió en su razón de ser y en el motivo profundo de todo su trabajo apostólico. En sus Cartas, después del nombre de Dios, que aparece más de 500 veces, el nombre mencionado con más frecuencia es el de Cristo (380 veces).

Por consiguiente, es importante que nos demos cuenta de cómo Jesucristo puede influir en la vida de una persona, y por tanto, también en nuestra propia vida, En realidad, Jesucristo es el culmen de la historia de la salvación y, por tanto, el verdadero punto que marca la diferencia también en el diálogo con las demás religiones”
 


En la actitud de los miembros de la Sagrada Familia vemos el camino, el ejemplo a seguir en la educación de los hijos, porque es la familia, célula principal de la sociedad donde debe hablarse constantemente de Cristo, para que todos sus miembros y en particular los jóvenes y los niños reciban su mensaje salvador con total prontitud.


El Papa Juan Pablo II así se lo hizo saber, por ejemplo, al pueblo de Colombia en su visita a este país (Homilía del Santo Padre Juan Pablo II. Parque Simón Bolívar de Bogotá 1986):

“Sé que vuestros Pastores os han puesto en guardia contra los peligros a los que hoy está expuesta la familia. Me uno a ellos en esta  urgente y noble tarea pastoral de procurar a la familia una formación adecuada para que sea agente insustituible de la evangelización y base de la solidaridad y de la paz en la sociedad. Damos gracias porque <hay familias, verdaderas Iglesia domésticas>, en cuyo seno se vive la Fe y se da buen ejemplo de amor, de mutuo entendimiento y de irradiación de ese amor al prójimo en la parroquia y en la diócesis. ¡Sí! la familia cristiana es el primer centro de evangelización, es también <la escuela del más rico humanismo> (Gaudium et Spes 52), y como tal, es inagotable cantera de vocaciones cristianas y formadora de hombres y de mujeres, constructores de la justicia y de la paz universal en el amor de Cristo”

Hace referencia el Santo Padre  al Concilio Vaticano II (Gaudium et Spes. Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el Mundo actual), como no podía ser de otro modo. Este último Concilio de la Iglesia Católica se desarrolló en distintos periodos: Primera etapa (durante el Pontificado de Juan XXIII) clausurada el 8 de diciembre de 1962; segunda etapa (durante el Pontificado de Pablo VI) clausurada el 4 de diciembre de 1963; tercera etapa (durante el Pontificado de Pablo VI) clausurada el 21 de noviembre de 1964 y cuarta etapa (durante el Pontificado de Pablo VI) clausurada el 8 de diciembre de 1965. Fue por tanto un Concilio de larga duración  debido a las circunstancias especiales en que se llevó a cabo, siendo la cuarta etapa la más prolífera de todas ellas y en la cual se aprobaron una serie de declaraciones muy importantes para la Iglesia.

En particular en el caso de la educación cristiana, la promulgación del Decreto Conciliar <Gravissimun educationis>, quiso dar un gran avance en este tema con las siguientes declaraciones (Puntos 2 y 3):


“Todos los cristianos en cuanto han sido regenerados por el agua y el Espíritu Santo, tienen derecho a la educación cristiana. La cual no puede perseguir solamente la madurez de la persona humana, sino que busca, sobre todo, que los bautizados se hagan más conscientes cada día del don de la fe, mientras son iniciados gradualmente en el conocimiento del misterio de la salvación; aprenden a adorar a Dios Padre en el espíritu y en la verdad, y así lleguen al hombre perfecto, en la edad de la plenitud de Cristo y contribuyan al crecimiento del Cuerpo Místico…

Puesto que los padres han dado la vida a los hijos, están gravemente obligados a la educación de la prole y, por tanto, ellos son los primeros y principales educadores. Este deber de la educación familiar es de tanta trascendencia que, cuando falta, difícilmente puede suplirse. Es, pues, obligación de los padres formar un ambiente familiar animado por el amor, por la piedad hacia Dios y hacia los hombres, que favorezca la educación integra personal y social de los hijos.

 


La familia es, por tanto, la primera escuela de las virtudes sociales, de las que todas las sociedades necesitan. Sobre todo, en la familia cristiana, enriquecida con la gracia del Sacramento y los deberes del matrimonio, es necesario que los hijos aprendan desde sus primeros años a conocer la fe recibida en el Bautismo. En ella sienten la primera experiencia de una sana sociedad humana y de la Iglesia. Por medio de la familia, por fin, se introducen fácilmente en la sociedad civil  y en el pueblo de Dios. Consideren, pues, atentamente los padres la importancia que tiene la familia verdaderamente cristiana para la vida y el progreso del Pueblo de Dios”

Ciertamente conviene a las familias recordar siempre lo que han dicho los Pontífices y santos Padres de la Iglesia, y tener siempre presente también el Catecismo de la Iglesia Católica, el cual en los últimos años no ha sido suficientemente consultado y al que se debe recurrir siempre tal como ha recomendado nuestro actual Papa Benedicto XVI.

Precisamente nuestro Pontífice cuando aún era el Cardenal Joseph Ratzinger señaló ya cuales deberían ser los contenidos esenciales de la <Nueva evangelización> (El elogio de la Conciencia. La Verdad interroga al corazón. Joseph Ratzinger. Ediciones Palabras, Madrid. 2010):

“Por lo que atañe a los contenidos de la <Nueva evangelización>, ante que todo hay que tener presente la inseparabilidad del Antiguo y el Nuevo Testamento. El contenido fundamental del Antiguo Testamento se resume en el mensaje de Juan Bautista: ¡Convertíos! No hay acceso a Jesús sin el Bautista; no es posible llegar a Jesús sin responder a la llamada del Precursor…
 
 



Convertirse significa dejar de vivir como viven todos, dejar de obrar como obran todos, dejar de sentirse justificados  cuando una acción es dudosa, ambigua, malvada, por el hecho de que los demás hacen lo mismo; comenzar a ver la propia vida con los ojos de Dios…

En la llamada a la conversión está implícito, como condición fundamental, el anuncio de Dios vivo…

Reino de Dios quiere decir que Dios existe, vive, está presente y obra en el mundo, en nuestra vida, en mi vida. Dios no es una lejana <causa última> ni tampoco el <gran arquitecto> del deísmo…
Al contrario, Dios es la realidad más presente y decisiva en cada acto de la vida, en cada momento de la historia”

Después de estos dos temas esenciales, Conversión y Reino de Dios, necesarios en la <Nueva evangelización>, en la realizada en el seno familiar,  Benedicto XVI, propone otros dos contenidos que deben ser esenciales, esto es, <Jesucristo>, y la <vida eterna>; lo  hace con algunas de estas palabras:




“Únicamente en Cristo y por medio de Cristo, el tema de Dios se hace realmente concreto. Cristo es el <Emmanuel>, el <Dios-con-nosotros>, la concreción del <Yo soy>, la respuesta al deísmo…

El Cristo de la fe no es un mito. El denominado <Jesús histórico>, es una figura mitológica, auto-inventada por diversos intérpretes. Los doscientos años de la historia del <Jesús histórico> reflejan fielmente la historia de las filosofías y de las ideologías de  este periodo…

La verdad es muy diferente. La Cruz pertenece al misterio divino; expresión de su amor hasta el extremo (Jn 13, 1). El seguimiento de Cristo es participación en su Cruz, es unirse a su amor, a la transformación de nuestra vida, que se convierte en nacimiento del hombre nuevo, creado según Dios (Ef 4, 24).



Quién omite la Cruz, omite la esencia del cristianismo (I Co 2, 2)…

Un último elemento central de toda verdadera <Nueva evangelización> es la vida eterna. Hoy, en la vida diaria, debemos anunciar con nueva fuerza nuestra fe. Quisiera tan solo aludir a un aspecto de la predicación  de Jesús descuidado a menudo: el anuncio del Reino de Dios, es anuncio del Dios presente, del Dios que nos conoce…del Dios que entra en la historia para hacer justicia…

De ahí que esta predicación sea anuncio del <juicio>, anuncio de <nuestra responsabilidad>. El hombre no puede hacer o dejar de hacer lo que le apetece. Será juzgado. Debe rendir cuentas. Esta certeza es válida tanto para los poderosos como para los sencillos…

El artículo de fe sobre el <juicio>, su fuerza formativa de las conciencias, constituye un contenido central del Evangelio, además de ser realmente una <buena nueva>. Lo es para todos los que sufren bajo la injusticia del mundo y buscan la justicia...



Las injusticias del mundo no son la última palabra de la historia. Hay justicia. Solo quien no quiera que haya justicia puede oponerse a esta verdad”

Por otra parte hay que recordar también que el documento de Vaticano II, <Gravissimun Educationis>, hablando sobre la educación moral y religiosa en las Escuelas, en la Facultades y Universidades, llega a la conclusión siguiente:
“El Santo Concilio exhorta encarecidamente a los mismos jóvenes a que, conscientes del valor de la función educativa, estén preparados para abrazarla con generosidad, sobre todo en las regiones en que la educación de la juventud está en peligro por falta de maestros…”


En el momento actual quizás la falta de educadores puede que no sea tan grande, sin embargo lo cierto es que ha descendido mucho la calidad de los mismos, debido fundamentalmente a la crisis general de valores y a la dejadez, en muchos aspectos, de las nuevas generaciones.

El Papa Juan Pablo II, en total sintonía con el Concilio Vaticano II, nos habló de la misión de la familia cristiana en su Exhortación Apostólica <Familiaris Consortio>, dada en Roma el 22 de noviembre de 1981, en la cual, al referirse a la <educación de los valores esenciales de la vida humana> (punto 37)  nos dice que:

“Aún en medio de las dificultades, hoy a menudo agravadas, de la acción educativa, los padres deben formar a los hijos con confianza y valentía en los valores esenciales de la vida humana. Los hijos deben crecer en una justa libertad ante los bienes materiales, adoptando un estilo de vida sencillo y austero, convencidos de que < el hombre vale más por lo que es que por lo que tiene>

 


(Concilio Ecuménico Vaticano II. Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual <Gaudium et Spes>”

Entre otros muchos aspectos de la Exhortación Apostólica de Juan Pablo II <Familiaris Consortio>, la cual deberían conocer en profundidad los padres de familia, es destacable  también, el punto 54, en el que el Pontífice nos recuerda que Cristo pidió a sus discípulos que evangelizaran a todas las criaturas:

“La universalidad sin fronteras es el horizonte propio de la evangelización, animada interiormente por el afán misionero, ya que es de hecho la respuesta a la explicita e inequívoca consigna de Cristo, <Id por el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura> (Mc 16, 15)…

Una cierta forma de actividad misionera puede ser desplegada ya en el interior de la familia. Esto sucede cuando alguno de los componentes de la misma no tiene fe, o no la práctica con coherencia. En este caso, los parientes deben ofrecerles tal testimonio de vida que los estimule y sostengan en el camino hacia la plena adhesión a Cristo Salvador”

Así sucedió en el caso de San Agustín, el cual gracias a las oraciones, y el ejemplo de vida de su madre, Santa Mónica, pudo convertirse al cristianismo:
 
 




San Agustín después de una existencia disipada, extraviado por los caminos del error y del pecado, se convirtió, siendo bautizado en la primavera del año 387. Este doctor insigne de la Iglesia, este hombre santo al que el mundo occidental debe tanto, sólo gracias a la actitud de su santa madre ante los problemas de la existencia y ruegos constantes a Dios, sufrió un cambio radical, que le condujo a los más altos grados de sabiduría y santidad, entregando su vida en el año 430, después de una labor incansable por la Iglesia, según se cree, recitando los Salmos Penitenciales cuando las tribus bárbaras (vándalos), sitiaban su ciudad episcopal.
No fue éste con ser el más importante, el único fruto de la paciencia y de la caridad de Santa Mónica, ya que gracias a sus oraciones y leal comportamiento matrimonial, consiguió también la conversión de su esposo, el cual se bautizó y murió en castidad y fidelidad a su esposa hacia el año 371.

Realmente como dijo el Papa Juan Pablo II en la Homilía de la Misa celebrada en Madrid el 2 de noviembre de 1982 para las familias, el Espíritu Santo escribe en el corazón de los esposos la ley de Dios sobre el matrimonio, porque no está escrita solamente en la Sagrada Escritura, en los documentos de la Tradición de la Iglesia, está escrita también en el interior de los cónyuges:

 


“Es ésta la Nueva y Eterna Alianza, de la que habla el Profeta, que sustituye a la Antigua y devuelve a su primitivo esplendor a la Alianza original con la Sabiduría creadora, inscrita en la humanidad de todo hombre y de toda mujer. Es la Alianza en el Espíritu de la que dice Santo Tomás que la ley Nueva es la misma gracia del Espíritu Santo”

Pidamos, pues, a Jesús para que su Sagrada Familia nos ilumine en el camino de la evangelización dando ejemplo como ella nos enseñó:

“Oh Jesús, Redentor nuestro, que venido para iluminar al mundo con la Doctrina y el ejemplo, habéis querido pasar la mayor parte de la vida humilde y sujeto a María y a José en la casa de Nazaret, santificando aquella Familia que debería ser el ejemplo de todas las familias cristianas; acoged benignamente la nuestra, protegedla, guardadla e infundid  en ella vuestro Santo Temor, la paz y la concordia de la caridad cristiana, a fin de que, conformándose al divino modelo de vuestra Familia, pueda toda ella, sin que ninguno quede excluido, gozar de la eterna felicidad del Reino”