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domingo, 2 de noviembre de 2014

JESÚS Y EL SACRAMENTO DEL BAUTISMO



 
 



Dice San Jerónimo (347-420) al comentar el Evangelio de San Marcos que <antes de acercarnos a los Sacramentos, se debe remover todo obstáculo, de modo que no quede ninguno en el alma de quienes van a recibirlos, y más concretamente, refiriéndose al Sacramento del Bautismo asegura que <los que van a recibirlo deben creer en el Padre, en el Hijo, y en el Espíritu Santo>.

Este compromiso de fe en el caso del Bautismo de los niños (el Sacramento se empezó a suministrar a los niños hacia el siglo IV d.C.) tendría que  estar avalado por los padres de los mismos, los cuales, como creyentes, deberían tener muy claro el significado del acto litúrgico y del Sacramento por el que sus hijos entran a formar parte del pueblo de Dios.


En efecto, como podemos leer en el Catecismo de la Iglesia católica (nº 1223) (Vaticano II): “Todas las prefiguraciones de la Antigua Alianza culminan en Cristo Jesús. Comienza su vida pública, tras hacerse bautizar por San Juan Bautista en el Jordán, y, después de su Resurrección, confiere esta misión a sus Apóstoles: <Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar, lo que yo os he mandado> (Mt 28, 19)”.

Y añadió: <Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo> (Mt 28, 20). Es evidente, pues, que Jesús en su última aparición a los Apóstoles, les indicó la fórmula sacramental mediante la cual deberían suministrar el Sacramento del Bautismo a los hombres, el cual no era ya el bautismo penitencial que suministrara San Juan Bautista a orillas del rio Jordán, al que también el Señor, se quiso someter como prefiguración, al comienzo de su vida pública. En este sentido, el Papa San  Juan Pablo II aclara que:


“Es, de hecho, la primera manifestación de Jesús como Hijo de Dios, mandado por el Padre a cargar consigo y quitar el pecado del mundo (Jn 1, 29). Nada más ser bautizado en el rio Jordán, se abrieron los cielos y descendió sobre Él el Espíritu Santo como una paloma, mientras que desde lo alto resonó un anuncio misterioso: <Este es mi Hijo amado, en quien me complazco>.

El Señor se manifestó así como <el Cristo>, consagrado por Dios en el Espíritu Santo, enviado por Él a anunciar a los pobres el gozoso mensaje de la salvación (Is 61, 1-2). El objetivo de su misión es bautizar a los hombres en el Espíritu Santo (Mt 3, 11; Jn 1, 33), es decir, comunicarles el <fuego> de su vida divina (Lc 12, 49-50. Es lo que se realizará completamente con su Muerte y Resurrección, misterio del que participan  quienes han recibido precisamente el Sacramento del Bautismo (Juan Pablo II. Ángelus 13 enero de 2002)”

Por otra parte, Jesús se sometió voluntariamente al bautismo penitencial, destinado a los pecadores, aunque él no tenía pecado alguno, para como Él mismo dijo <cumplir toda justicia> (Mt 3, 15). Este gesto de Jesús es una manifestación clara de su <anonadamiento>,  por eso,  recomendaba el Apóstol San Pablo a los filipenses, durante su cautividad en Roma, tomando como ejemplo el  <vaciamiento de Jesús a favor de los hombres>   (Flp 2, 5-8):

"Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús / El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios / al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia / se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de Cruz"


Admirable el consejo de San Pablo a los filipense, muy difícil de conseguir para los hombres, pero no imposible; muy difícil de conseguir, sobre todo en nuestros días en los que verdaderamente está de moda, el prescindir del Dios creador del Universo, a favor de unos nuevos dioses insignificantes pero, eso sí, sumamente malignos.
La cultura de un paganismo profundo ha tomado carta de naturaleza, especialmente en el llamado viejo Continente, donde las gentes se dejan arrastrar por ideologías  verdaderamente demoniacas y depredadoras.

Sí, porque éstas,  no son propiamente una religión, sino que se han apropiado de diversos conocimientos provenientes de las ciencias humanas, tales como la literatura, la física, las matemáticas, la química, etc., y también de los idearios de varias religiones,  consiguiendo formar una mezcolanza de ideas y prácticas con la que se pretende dar respuestas  a las preguntas existenciales que desde siempre se ha formulado el ser humano, sin saber a ciencia cierta a donde puede conducir, tamañas galimatías…

Solo hay que tener en cuenta a este respecto el hecho de que para aquellos eruditos, o no, que practican esta forma de ver las cosas de la vida, <todo es Dios>, la naturaleza es dios, las cosas son dios, y sobre todo el hombre es dios, y por eso la perfección de su existencia está en amarse así mismo, sobre todas las cosas…
Pero siguiendo con el tema del Sacramento del Bautismo que ahora nos ocupa, recordemos de nuevo, que en el momento del Bautismo del Señor, el Espíritu Santo se cernió sobre Él, como preludio de la nueva creación, y el Padre presentó a Jesús como su Hijo amado, y por tanto, se produjo una Teofanía, esto es, la manifestación visible del Dios Trino.



Sin embargo, fue en su Pascua cuando Jesús mediante el Sacramento del Bautismo, abrió las fuentes de la salvación a todos los hombres. En efecto, como advierte Benedicto XVI a las personas que perteneciendo a la Iglesia católica, por haber recibido el Sacramento del Bautismo, les atrae los temas relacionados con las ciencias ocultas,  creyendo sinceramente que una cosa no excluye la otra:

“Pensemos en el ritual del Bautismo, donde tenemos por una parte el <sí > hacia el Señor y a su ley, y por la otra el <no> hacia Satanás. En tiempos pasados había que mirar hacia Oriente para decir que <sí> al Señor y hacia Occidente para decir que <no> a las seducciones del diablo. Con estos rituales, la Iglesia se defendía de las prácticas ocultas, como también lo hace ahora y nos hace entender el carácter inconciliable de las dos posturas. Yo digo que <sí> al camino del Señor y esto implica <no> hacia las prácticas mágicas. Debemos renovar de una manera más concreta y realista esta dúplice decisión.

Decir que sí a Cristo implica que no puedo <servir a la vez a dos dueños>; además, como dice el Señor, si digo que <sí >  al Señor, en el mismo momento no puedo decir que <sí> a uno de esos poderes escondidos, debo decir: <no, no acepto la seducción del diablo>. Y, a lo mejor, con ocasión de renovar los votos del Bautismo antes de Pascua, se debería explicar que lo que pronunciamos no es un antiguo ritual, sino una importante elección para nuestra vida de hoy, un acto concreto y realista”  (Benedicto XVI. <Nadar contra corriente> Ed. Planeta, S.A., 2011. Colección: Planeta testimonio. Dirección: José Pedro Manglano).

Jesús antes de instituir este Sacramento había ya hablado de la Pasión que iba a sufrir en Jerusalén como de un <Bautismo con que debía ser bautizado> (Mc 10, 38;  Lc 12, 50). Por otra parte, la sangre y el agua que brotaron del costado traspasado  de Jesús crucificado (Jn 19, 34), son figuras del Bautismo y de la Eucaristía, Sacramentos de vida nueva (I Jn 5, 6-8): desde entonces, es posible <nacer del agua y del Espíritu> para entrar en el Reino de Dios (Jn 3, 5) (C.I.C: nº 1223-1224 y 1225).
 


Como nos dice el  eximio doctor de la Iglesia San Ambrosio (340-397), refiriéndose  al origen e institución del Sacramento del Bautismo por nuestro Señor Jesucristo (Sacr. 2, 6):
“Considera donde eres bautizado, de donde viene el Bautismo: de la Cruz, de la muerte de Cristo. Ahí está  todo el misterio. Él padeció por ti. En él eres rescatado, en él eres salvado”


Así es y como también podemos leer en el Catecismo de la Iglesia Católica, que recoge  las enseñanzas del Concilio Ecuménico Vaticano II, este Sacramento se denomina <Bautismo> en virtud de la palabra griega <baptizein>, cuyo significado viene a ser <sumergir> dentro del agua, pero según el Apóstol San Pablo, el Bautismo instituido por el Señor equivale, no ya a la entrada del catecúmeno en el agua, sino a la <inmersión> de éste en la muerte de Cristo, de donde sale por resurrección con Él, como <nueva criatura>.

Porque <así como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron instituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos> (Rom 5, 19). Por eso <Los que hemos muerto en el pecado, ¿Cómo vamos a seguir viviendo en el pecado?> (Rom 6, 2).

Sí, porque cuantos  fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte (Rom 6, 4): <Por el bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva>.

 
Ciertamente, por el Bautismo el hombre es sepultado con Jesús en la muerte, para después resucitar con Él de entre los muertos por la gloria de Dios Padre, en definitiva, hemos sido revestidos de Cristo (Ga 3, 27), y por ello, somos todos en Cristo y por tanto descendientes de Abrahán y herederos según la promesa (Ga 3, 28).

Como advertía San Pablo a los corintios, teniendo en cuenta el efecto del Sacramento del Bautismo sobre los que lo habían recibido (I Co 6, 9-11):
"¿No sabéis que ningún malhechor heredará el reino de Dios? No os hagáis ilusiones: los inmorales, idólatras, adúlteros, lujuriosos, invertidos / ladrones, codiciosos, borrachos, difamadores, o estafadores no heredarán el reino de Dios. Así erais algunos antes / Pero fuisteis lavados, justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios"

 
Por otra parte, Jesús en la entrevista que mantuvo con el fariseo Nicodemo, magistrado de los judíos, durante la cual éste le preguntó ¿por qué nadie podía hacer las señales que Él hacía, si no es que Dios estuviera con Él? el Señor le respondió con una frase misteriosa, pero muy significativa (Jn 3, 3): <En verdad, en verdad te digo, el que no nazca de nuevo, no puede ver el reino de Dios>


Como es natural, no se quedó tranquilo Nicodemo con la respuesta del Señor y quizás con un poco de inquietud le preguntó al Maestro (Jn 3, 4): ¿Cómo puede un hombre nacer si ya es viejo?

Y luego siguió preguntando (Jn 3, 4): ¿Acaso puede entrar por segunda vez en el seno de su madre?

Preguntas inocentes y hasta cierto punto atrevidas en boca de un hombre de su cultura. Pero Jesús contestó impertérrito, sin inmutarse por preguntas que nada tenían que ver con el tema del que Él hablaba (Jn 3, 5): <En verdad, en verdad te digo, que quien no naciere de agua y Espíritu no puede entrar en el reino de Dios>

Enseña el Papa Benedicto XVI en su libro, <Jesús de Nazaret 1ª Parte>, que el simbolismo del agua recorre el cuarto Evangelio, de principio a fin, y que es precisamente durante esta conversación con Nicodemo, del Señor, cuando Éste  recurre al simbolismo del agua por primera vez, para asegurar la necesidad del Sacramento del Bautismo, si el hombre quiere nacer de nuevo, convertirse en otro, y entrar en el reino de Dios. El Papa Benedicto se expresa en concreto en los siguientes términos:

" Para renacer se requiere la fuerza creadora del Espíritu de Dios, pero con el Sacramento se necesita también el seno materno de la Iglesia que acoge y acepta…En el Sacramento del Bautismo, el agua simboliza la tierra materna, la Santa Iglesia, que acoge en sí la creación y la representa”


Y como también podemos leer en el Catecismo de la Iglesia Católica nº 1213:

“El Santo Bautismo es el fundamento de toda vida cristiana, el pórtico de la vida en el espíritu y la puerta que abre el acceso a los otros Sacramentos. Por el Bautismo somos liberados del pecado (el pecado original y todos los pecados personales, así como todas las penas del pecado) y regenerados como hijos adoptivos de Dios, llegados a ser miembros de Cristo y somos incorporados a la Iglesia y hechos participes de su misión (Concilio de Florencia DS 1314)”

Dice  San Jerónimo, aquel doctor de la Iglesia  que tuvo como centro y ejemplo de su vida la Santa Biblia y en particular el Nuevo Testamento, refiriéndose a los versículos del Evangelio de San Mateo en los que Jesús se expresa en los siguientes términos (Mt 28, 18-20):

<Se me ha dado todo poder en el cielo y la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado>

que los Apóstoles, en efecto, por mandato de Jesús: <En primer lugar enseñaron a todas las gentes, y una vez enseñadas las bañaban con el agua. Porque no es posible que el cuerpo reciba el Sacramento del Bautismo, si antes no ha recibido el alma  la verdad>. 

Una exacta y hermosa interpretación de las palabras de Cristo, debidas a San Jerónimo, el santo doctor de la Iglesia, del que el Papa Benedicto XVI decía (Catequesis del 7 de noviembre de 2007):


“Para San Jerónimo, un criterio metodológico fundamental en la interpretación de la Escrituras es la sintonía con el magisterio de la Iglesia. Nunca podemos leer nosotros solos las Sagradas Escrituras. Encontramos demasiadas puertas cerradas y caemos fácilmente en el error.

La Biblia fue escrita por el pueblo de Dios, bajo la inspiración del Espíritu Santo. Solo en esta comunión con el pueblo de Dios podemos entrar realmente con el <nosotros> en el núcleo de la verdad que Dios mismo nos quiere comunicar.

Para él una auténtica interpretación de la Biblia tendría que estar siempre en armonía con la fe de la Iglesia Católica”

Precisamente en este sentido,  en el decreto del Concilio Vaticano II, <Ad Gentes>, podemos leer:
“<Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura. El que fuere bautizado se salvará, más el que no creyere se condenará> (Mc 16, 15-16). Por ello incumbe a la Iglesia el deber de propagar la fe y la salvación de Cristo, tanto en virtud de mandato expreso, que de los Apóstoles heredó el orden de los Obispos, con la cooperación de los Presbíteros, juntamente con el sucesor de Pedro, Sumo Pastor de la Iglesia, como en virtud de la vida que Cristo, Cabeza de la Iglesia, infundió en sus miembros <de quien todo el cuerpo-compacto y unido por todas las articulaciones que lo sostienen según la energía correspondiente a la función de cada miembro- va consiguiendo su crecimiento para su edificación en la caridad> (Ef 4, 16).


La misión de la Iglesia, pues, se realiza mediante la actividad por la cual, obediente al mandato de Cristo y movida por la caridad del Espíritu Santo, se hace plena y actualmente presente a todos los hombres y pueblos para conducirlos a la fe, la libertad y la paz de Cristo, por el ejemplo de vida y de la predicación, por los Sacramentos y demás medios de la gracia, de forma que se les descubra el camino libre y seguro para la plena participación del misterio de Cristo”

 
Por su parte el Papa Francisco, el 8 de enero de este mismo año (2014), inició una serie de Catequesis sobre los Sacramentos, empezando por el Bautismo, ya que este es la puerta por la que entramos a ser miembros vivos de Cristo dentro  de la Iglesia y en concreto refiriéndose a la actividad misionera de la Iglesia ha asegurado que:

 “En virtud del Bautismo nos convertimos en discípulos y misioneros, llamados a llevar el Evangelio al mundo (Exhortación Apostólica <Evangelii Gaudium>).
El pueblo de Dios es un pueblo discípulo porque recibe la fe misionera y porque transmite la fe. Es  lo que hace el Bautismo en nosotros: Nos dona la gracia y transmite la fe.

Todos en la Iglesia somos discípulos, y lo somos siempre, para toda la vida; y todos somos misioneros, cada uno en el sitio que el Señor le ha asignado. Todos.

 El más pequeño, es también misionero, y quien parece más grande es discípulo. Pero alguno de vosotros dirá: <Los Obispos no son discípulos, los Obispos lo saben todo; el Papa lo sabe todo, no es discípulo>….



 No, todos los cristianos somos misionero (Audiencia general 15 enero 2014)”


Las causas y la necesidad de la actividad misionera de la Iglesia se basa, pues, en la voluntad de Dios, tal como puso de manifiesto su Hijo Unigénito, Jesucristo, porque:

"Éste inculcando expresamente por su palabra la necesidad de la fe y del Bautismo, confirmó, al mismo tiempo, esta necesidad de la Iglesia, en la que entran los hombres por la puerta del Sacramento. Por lo cual no podrían salvarse aquellos que, no ignorando que Dios fundó, por medio de Cristo, la Iglesia católica, como necesaria, con todo no hayan querido entrar o perseverar en ella.
Pues aunque el Señor puede conducir por caminos que Él sabe a los hombres, que ignoran el Evangelio inculpablemente, a la fe, sin la cual es imposible agradarle, la Iglesia tiene el deber, a la par que el derecho sagrado de evangelizar, y, por tanto, la actividad misional conserva integra, hoy como siempre, su eficacia y su necesidad"  (Decreto <Ad Gentes> Concilio Vaticano II).


De igual forma, en este mismo importante Decreto del Concilio Vaticano II, podemos leer refiriéndose a la necesidad misionera de la Iglesia de Cristo, es decir, a la actividad evangelizadora de los hombres que han recibido el Sacramento del Bautismo:

“La razón de esta actividad misional se basa en la  voluntad de Dios que <quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad. Porque uno es Dios, uno también el Mediador entre Dios y los hombres, el Hombre, Cristo Jesús, que se entregó, a sí mismo, para redención de todos>, y <en ningún otro hay salvación>. Es, pues, necesario que todos se conviertan a Él, una vez conocido por la predicación del Evangelio…


Así se realiza el designio de Dios, al que sirvió Jesucristo con obediencia y amor para gloria del Padre que lo envió, para que todo el género humano forme un solo pueblo de Dios, se constituya el Cuerpo de Cristo, se estructure en un Templo del Espíritu Santo; lo cual, como expresión de la concordia fraternal, responde, ciertamente, al anhelo íntimo de todos los hombres”  

 
Después del Concilio Vaticano II, todos los Pontífices de la Iglesia de Cristo se han apresurado a seguir la magnífica guía que sus Dogmas suponían, y así, el Papa San Juan Pablo II, se tomó muy en serio la tarea que se ha dado en llamar <Nueva Evangelización>.

Para este Papa santo, esta misión evangelizadora de la Iglesia era esencial, particularmente en los albores de un nuevo siglo, donde ya podía observarse, una clara pérdida de la fe por parte de aquellos pueblos que hacían siglos que fueron evangelizados y donde el Mensaje de Cristo fue aceptado por primera vez por los paganos. Por eso, la llamada <Nueva Evangelización>, fue uno de los principales objetivos de su Pontificado, y por eso, se manifestaba en los siguientes términos al hablarnos del Sacramento del Bautismo:


“La misión del cristiano <comienza con el Bautismo>…El redescubrimiento  del Bautismo, a través de oportunos itinerarios de catequesis en la edad adulta, es por tanto, un aspecto importante de la <Nueva Evangelización>…De este modo, los que hayan sido bautizados, harán de su vida una oblación constante a Dios en el ejercicio diario del mandamiento del amor, ejerciendo así la misión evangelizadora propia de todo bautizado” (Juan Pablo II. Ángelus 9 de enero 2005).

Hermosa reflexión del Papa Juan Pablo II, cuando ya le quedaba poco tiempo para ir al encuentro con el Señor. Él murió tres meses después, concretamente el 2 de abril de 2005, tras una larga y penosa despedida de este mundo, que no le impidió sin embargo seguir trabajando hasta el último instante de su vida, por esa evangelización que tanto deseaba y proclamaba como solución a los males del presente y del futuro del hombre. No es de extrañar por tanto que la Iglesia, agradecida a toda la inmensa labor realizada por este Papa, así como por el ejemplo de vida dado a tantas generaciones humanas, lo haya proclamado santo.

Remitiéndonos de nuevo al tema del Sacramento del Bautismo y su íntima relación con la misión evangelizadora de la Iglesia, Juan Pablo II, fue muy prolífero, como demuestran sus numerosas cartas, catequesis, homilías,  y demás documentos, sobre el mismo.

Como es natural este tema está íntimamente relacionado también con la acción del Espíritu Santo, y por ello el Santo Padre dedicó un número no despreciable de catequesis a hablarnos de la Tercera Persona del Dios Trino. Recordaremos en primer lugar la titulada <El Espíritu Santo en el Nuevo Evangelio>, dada en Roma el 20 de mayo de 1998:

“San Lucas en su Evangelio, quiere mostrar que Jesús es el único que posee en plenitud el Espíritu Santo. Ciertamente, el Espíritu Santo actúa también en Isabel, Zacarías, Juan Bautista y, especialmente en la Virgen María, pero solo Jesús, a lo largo de toda su existencia terrena, posee plenamente el Espíritu de Dios. Es concebido por obra del Espíritu Santo (Lc 1, 35). De Él dirá el Bautista: <Yo bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo…Él os bautizará en Espíritu  Santo y fuego> (Lc 3, 16).


Jesús mismo, antes de bautizar en Espíritu y fuego, es bautizado en el Jordán, cuando baja <sobre Él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma> (Lc 3, 22)…Este mismo Espíritu sostendrá la misión evangelizadora de la Iglesia, según la promesa del Resucitado a sus discípulos: <Voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre. Por vuestra parte permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos del poder desde lo alto> (Lc 24, 49)…

La vida de los creyentes, ya no es una vida de esclavos, bajo la ley, sino una vida de hijos, pues han recibido en su corazón, al Espíritu del Hijo y pueden exclamar: < ¡Abbá, Padre!> (Ga 4, 5-7; Rm 8, 14-16). Es una vida en Cristo, es decir, de pertenencia exclusiva en Él y de incorporación a la Iglesia: <En un solo Espíritu hemos sido bautizados, para no formar más que un Cuerpo> (1 Co 12, 13)…”

Un mes después de esta catequesis, el 3 de junio de este mismo año, 1998, dedicó una nueva catequesis al Espíritu Santo, con el título: <El Espíritu Santo en el Bautismo y en la vida> y en la que entre otras cuestiones manifestaba:

“Según el concorde testimonio evangélico, el acontecimiento del Jordán, constituye el comienzo de la misión pública de Jesús,  y de su revelación como Mesías, Hijo de Dios.

Juan predicaba un <bautismo de conversión para el perdón  de los pecados> (Lc 3, 31). Jesús se presenta en medio de la multitud de pecadores que acuden para que Juan los bautice. Éste lo reconoce y lo proclama como cordero inocente que quita el pecado del mundo (Jn 1, 29), para guiar a toda la humanidad a la comunión con Dios. El Padre expresa su complacencia en el Hijo amado, que se hace siervo obediente hasta la muerte, y le comunica la fuerza del Espíritu para que pueda cumplir su misión de Mesías Salvador”
 

Ciertamente, Jesús posee el Espíritu ya desde su concepción (Mt 1, 20), (Lc 1, 35), pero en el bautismo de Juan recibe una nueva efusión del Espíritu, una unción con el Espíritu Santo, como testimonia San Pedro en su discurso en la casa de Cornelio, centurión  de la cohorte llamada Itálica que recibió el anuncio del Señor de que debía enviar a buscar a San Pedro para escuchar lo que tenía que comunicarle a él y a su familia y el Apóstol se manifestó así ante ellos (Hch 10, 37-40):
"Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan / Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él / Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la tierra de los judíos y en Jerusalén. A este lo mataron, colgándolo de un madero / Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de manifestarse"

Sí, como nos recuerda el Papa San Juan Pablo II, refiriéndose a esta unción del Señor por el Espíritu Santo:
“Ésta  es una elevación de Jesús ante Israel como Mesías, es decir, la unción por el Espíritu, es una verdadera exaltación de Jesús en cuanto Cristo y Salvador (Carta Encíclica de Juan Pablo II dada en Roma el 18 de mayo de 1986; < Dominum et vivificantem>).

Mientras Jesús vivió en Nazaret, María y José pudieron experimentar su progreso en sabiduría, estatura y gracia (Lc 2, 40; 2, 51) bajo la guía del Espíritu Santo, que actuaba en Él. Ahora en cambio, se inauguran los tiempos mesiánicos: comienza una nueva fase en la existencia histórica de Jesús. El bautismo en el Jordán es como un <preludio> de cuanto sucederá a continuación. Jesús empieza a acercarse a los pecadores para revelarles el rostro misericordioso del Padre.

La inmersión en el rio Jordán prefigura y anticipa el <Bautismo> en las aguas de la muerte, mientras que la voz del Padre, que lo proclama Hijo amado, anuncia la gloria de su Resurrección” (Catequesis del Papa Juan Pablo II sobre el Espíritu Santo del 3 de junio de 1998)
 


Ciertamente, como aseguraba el Papa Juan Pablo II, el bautismo suministrado por San Juan Bautista, era un preludio del Bautismo que instituiría más tarde el Señor, por su <Muerte y Resurrección>. El Apóstol San Pablo lo puso de manifiesto en muchas ocasiones durante su evangelización del mundo pagano, en la época en que vivió, y sus palabras nos sirven de guía y ejemplo, en la actual.

Más concretamente, en el libro de <Los Hechos de los Apóstoles> escrito por San Lucas, pero no lo olvidemos, inspirado por el Espíritu Santo, hay un pasaje especialmente revelador al respecto. Nos referimos aquel que narra el bautismo de unos discípulos de San Juan Bautista, por el Apóstol San Pablo, durante su tercer viaje, cuando recaló en Éfeso, que ya había sido previamente evangelizada por un judío llamado Apolo, natural de Alejandría, cuya elocuencia y conocimiento de las Escrituras era grande, pero que solo conocía el bautismo que había suministrado San Juan Bautista (Hechos 19, 1-7):
"Y aconteció que, mientras que Apolo andaba en Corinto, Pablo, recorriendo las regiones superiores, bajo a Éfeso y halló algunos discípulos / Y les dio: ¿Recibisteis, al creer, al Espíritu Santo? Ellos respondieron: Es que ni siquiera nos enteramos de que haya Espíritu Santo / Él dijo: ¿Con que bautismo, pues, fuisteis bautizados? Ellos dijeron: Con el bautismo de Juan / Dijo Pablo: Juan bautizó con bautismo de penitencia, diciendo al pueblo que creyesen en el que había de venir tras de él, es decir, en Jesús / Oído esto, fueron Bautizados en el nombre del Señor Jesús / Y habiéndoles Pablo impuestos las manos, vino el Espíritu Santo sobre ellos y hablaban en lenguas y profetizaban / Eran entre todos como unos doce hombres"

 
Por estos hechos y todos los demás expuestos en las Sagradas Escrituras <la Iglesia profesa su fe en el Espíritu Santo> que es <Señor y dador de vida> como se ratifica en el <símbolo Niceno-Constantinopolitano), esto es, el Credo promulgado en el Concilio Ecuménico de Nicea (año 325), y más tarde completado en el Concilio Ecuménico de Constantinopla (año 381), en el cual se establece todo lo que un hombre bautizado debe creer.
Igualmente como podemos leer en el Evangelio de San Juan, el Espíritu Santo, nos es dado con la nueva vida, como anunció y prometió el Señor el día de la fiesta judía de los Tabernáculos, en Jerusalén (Jn 7, 37-39):


-El último día, el mayor de la fiesta, estaba allí Jesús y daba voces diciendo: Quien tiene sed, venga a mí y beba.

-Quien cree en mí; como dice la Escritura: (Is 44, 3; Ez 47, 1 y ss) “manarán de sus entrañas ríos de agua viva”
-Esto dijo del Espíritu que habían  de recibir los que creyeran  en Él. Porque todavía no se había dado el Espíritu, puesto que Jesús no había sido aún glorificado.


El Papa Benedicto XVI ha analizado con santidad y sabiduría este acontecimiento de la vida de Cristo, narrado por San Juan en su Evangelio y entre otras muchas enseñanzas suyas destacaremos algunas de las expuestas en su libro <Jesús de Nazaret 1ª Parte>:

“En las palabras sobre los <ríos de agua viva>, del Señor, podemos percibir una alusión al Nuevo Templo…Existe ya esa corriente de vida prometida que purifica la tierra salina, que hace madurar una vida abundante y que da frutos. Él es quien, con un amor <hasta el extremo>, ha pasado por la Cruz y ahora vive en una vida que ya no puede ser amenazada por muerte alguna. Es Cristo vivo.

Así, la frase pronunciada durante la fiesta de los Tabernáculos (fiesta de las Tiendas), no solo anticipa la nueva Jerusalén, en la que Dios mismo habita y es fuente de vida, sino que inmediatamente indica con antelación el Cuerpo del Crucificado, del que brota sangre y agua (Jn 19, 34).Lo muestra como verdadero Templo, que no está hecho de piedra, ni construido por mano de hombre y, precisamente, por eso, porque significa la presencia viva de Dios en el mundo, es y será también <fuente de vida> para todos los tiempos.

Quien mire con atención la historia de la humanidad puede llegar a ver este rio que, desde el Gólgota, desde Jesús Crucificado y Resucitado, discurre a través de los tiempos. Puede ver cómo allí donde llega este rio, la tierra se purifica, crecen arboles llenos de frutos; cómo de esta fuente de amor que nos ha dado y se nos da, fluye la vida, la vida verdadera”



(Benedicto XVI. <Jesús de Nazaret> 1ª Parte. Capitulo 8. Grandes imágenes del Evangelio de San Juan. Ed. La Esfera de los libros. S.L. 2007)       

 

  

lunes, 20 de octubre de 2014

LA FRATERNIDAD DIMENSION ESENCIAL DEL HOMBRE



 
 


Con estas palabras se expresaba el Papa Francisco en la celebración de la <XLVII Jornada Mundial de la paz>. Más concretamente el aseguraba que:

“El corazón de todo hombre y de toda mujer alberga en su interior el deseo de una vida plena, de la que forma parte un anhelo indeleble de fraternidad, que nos invita a la comunicación con los otros, en los que encontramos no enemigos o contrincantes, sino hermanos a los que acoger y querer”

Estas jornadas fueron instituidas por el ya beato, Papa Pablo VI, el cual en el año 1968 se dirigía a todos los hombres de buena voluntad para exhortarles a celebrarlas el primer día de cada año civil, con el deseo de que sirvieran para mantener la paz en beneficio de la humanidad y advertía que:

“La paz no puede estar basada sobre una falsa retórica de palabras, bien recibidas porque responden a las profundas y genuinas aspiraciones de los hombres, pero que pueden también servir y han servido a veces, por desgracia, para esconder el vacío del verdadero espíritu y de reales intenciones de paz, si no directamente para cubrir sentimientos y acciones de prepotencia o intereses de parte.


Ni se puede hablar legítimamente de paz, donde no se reconocen  y no se respetan los sólidos fundamentos de la paz: la sinceridad, es decir, la justicia y el amor en las relaciones entre los Estados y, en el ámbito de cada una de las Naciones, de los ciudadanos entre sí y con sus gobernantes; la libertad de los individuos y de los pueblos, en todas sus expresiones, cívicas, culturales,  morales, ó religiosas…” (Mensaje de su santidad Pablo VI para la celebración del <Día de la Paz>. El Vaticano, 8 de diciembre de 1967)     

Verdaderamente para la Iglesia católica los conflictos entre los hombres han sido constantemente una gran preocupación y lo ha manifestado a través de sus autoridades, en particular por medio de sus Vicarios de Cristo, los cuales siempre trataron de evitar las confrontaciones entre los miembros de su grey, pero también fuera de la Iglesia católica.
 


Ahí tenemos el gran ejemplo dado por el Papa Pio XI (1922-1939), uno de los Pontífices más denostado por la fuerzas del mal y cuyo lema Papal fue <la Paz de Cristo en el Reino de Cristo>. Precisamente en su primera Carta Encíclica <Ubi arcano>, dada en Roma el 23 de diciembre de 1922, denunciaba la falta de <paz internacional>, de <paz social y política>, de <paz domestica>, y en definitiva de la <paz del individuo>.
Concretamente, refiriéndose a las dos primeras se expresaba  en los siguientes términos:

“Los Estados, sin excepción, experimentan los tristes efectos de la pasadas guerras, peores ciertamente los vencidos, y no pequeños, los mismos que no tomaron parte alguna en las mismas.
Y dichos males van cada día agrandándose más, por irse retardando el remedio; tanto más, que las diversas propuestas y las repetidas tentativas de los hombres de estado para remediar tan tristes condiciones de las cosas, han sido inútiles, si ya no es que las han empeorado.
Por todo lo cual, creciendo cada día el temor de nuevas guerras, y más espantosas, todos los Estados se ven casi en la necesidad de vivir preparados para la guerra, y por eso quedan exhaustos los erarios, pierde el vigor la raza y padecen gran menoscabo los estudios y la vida religiosa y moral de los pueblos.
Y lo que es más deplorable, a las externas enemistades de los pueblos se juntan las discordias intestinas que ponen en peligro no sólo los ordenamientos sociales, sino la misma trabazón de la sociedad”

 


Son las palabras de un Pontífice preocupado por el futuro y el presente de la sociedad  en la que le tocó vivir, durante un periodo de la historia de la humanidad comprendido entre el final de la Primera Guerra Mundial y principios de la Segunda. Esto es, en un mundo que acababa de sufrir terribles confrontaciones internacionales y ya se encaminaba sin remedio a combates más sangrientos si cabe que los anteriores. Por este motivo ante un ambiente internacional tan enrarecido, en sus misivas, el Papa, denunciaba con frecuencia los males que ello podría acarrear a las familias y en especial a cada individuo (Ibid):

“Es particularmente doloroso ver como un mal tan pernicioso ha penetrado hasta las raíces mismas de la sociedad, es decir, hasta las familias, cuya disgregación hace tiempo iniciada ha sido muy favorecida por el terrible azote de las confrontaciones bélicas, merced al alejamiento del hogar de los padres y de los hijos, y merced a la licencia de las costumbres, en muchos modos aumentadas…
De ahí que, como el mal que afecta a un organismo o a una de sus partes principalmente hace que también los otros miembros, aún los más pequeños sufran, así también, es natural que  las dolencias que hemos visto afligir a la sociedad y a la familia alcancen también a cada uno de los individuos.

Vemos en efecto, cuan extendida se halla entre los hombre de toda edad y condición una gran inquietud de ánimo, que les hace exigentes y díscolos, y como se ha hecho ya costumbre el desprecio a la obediencia y la impaciencia en el trabajo.

Observamos también como ha pasado los límites del pudor la ligereza de las mujeres, más o menos jóvenes, especialmente en la forma de vestir y en las diversiones practicadas…
Vemos, por fin, como aumenta el número de los que se ven reducidos a la miseria, de entre los cuales se reclutan en masa los que sin cesar van engrosando el ejercito de los perturbadores del orden…”


Diríase, si no supiéramos la fecha en que esta Carta Encíclica fue redactada y publicada, que podría asociarse,  a lo sucedido en cualquier otro momento de la historia del hombre. Sin duda el Papa Pio XI refleja en su epístola, los hechos cotidianos que aquejaban a una sociedad decadente, donde la crisis económica, podía llevar al paro, a la emigración y a la indigencia de muchas familias y personas desamparadas, mientras que otros hombres sin escrúpulos se podrían enriquecer, a costa de las miserias humanas.


Las preguntas que surgen ante estos hechos podrían ser ¿Cuáles son las razones? ¿Cuáles son las causas? Las respuestas a estas cuestiones, las podemos encontrar en esta misma carta del Papa Pio XI, refiriéndose concretamente a los problemas de la sociedad de su época.

Para el Papa, las causas de estos males son, el <olvido de la caridad>, el <ansia de los bienes de la tierra>, las <concupiscencias>, y en definitiva, el <olvido de Dios> y la negación de la existencia de nuestro Creador, consecuencia de una educación fundamentalmente laica y antirreligiosa (Ibid):
“Se ha querido prescindir de Dios y de su Cristo en la educación de la juventud, pero necesariamente se ha seguido, no ya que la religión fuese excluida de las escuelas, sino que en ellas fuese de una manera oculta o patente, combatida, y que los niños se llegaran a persuadir que para vivir son de ninguna o de poca importancia la verdades religiosas, de las que nunca oyen hablar, o si oyen, es con palabras de desprecio. Pero así, excluidos de la enseñanza de Dios y su Ley, no se ve ya el modo cómo pueda educarse la conciencia de los jóvenes, en orden a evitar el mal y a llevar una vida honesta y virtuosa; ni tampoco como pueden irse formando para la familia y para la sociedad hombres templados, amantes del orden y de la paz, aptos y útiles para la común prosperidad”

 
Es lo que está sucediendo entre una gran parte de las sociedades de hoy en día, y más concretamente entre los jóvenes, porque muchas veces ni quieren estudiar, ni quieren trabajar, ni quieren seguir los consejos de sus mayores…
Sus héroes son, entre otros, algunos cantantes de moda que más parecen personajes del bajo mundo, y lo que es peor, que llevan en sus propias carnes esculpidos los símbolos del diablo…
 



El Papa Pio XI no tenía dudas al respecto, el alejamiento del hombre de Dios y de su Hijo Unigénito, Jesucristo, le conduce hacia un profundo pozo sin salidas, donde los males se acumulan y del que es muy difícil salir con éxito, aunque nunca imposible...

Una vez enumeradas y comentadas las causas de los males que afligían al mundo después de la Primera Guerra Mundial, las cuales son parecidas a las padecidas por la sociedad del siglo XXI, el Papa Pio XI recuerda los remedios que, sugeridos por la naturaleza misma del mal, son más eficaces para evitarlos y combatirlos, los cuales no deberíamos desatender, por tratarse de los consejos de un Papa del siglo pasado...

Precisamente dice este Vicario de Cristo que lo primero y principal es <la Paz de Cristo en el Reino de Cristo>, es decir la paz que Él dio a sus Apóstoles y por extensión a todos los que creyeran en  Él y en su Mensaje.

Es necesario que la paz de Cristo reine en el corazón de todos los hombres, porque esta clase de paz que solo puede ser <Suya> asegura que todos somos hijos de Dios y por lo tanto todos somos hermanos…


Así nos lo manifestó el Señor según el Evangelio de San Mateo (Mat 23, 1-8):

"Sobre la Cátedra de Moisés se sentaron los escribas y fariseos / Así, pues, todas cuantas cosas os dijeren, hacedlas y guardarlas; más no hagáis conforme a sus obras, porque dicen y no hacen / Lían cargas pesadas e insoportables, y las cargan sobre las espaldas de los hombres, mas ellos ni con el dedo las quieren mover / Todas sus obras hacen para hacerse ver de los hombres, porque ensanchan sus filacterias y agrandan las franjas de sus mantos / son amigos del primer puesto en las cenas y de los primeros asientos en las Sinagogas, y de ser saludados en las plazas y de ser apellidados por los hombres Rabí / Más vosotros no os hagáis llamar Rabí, porque uno es vuestro maestro, más todos vosotros sois hermanos, y entre vosotros a nadie llaméis padre sobre la tierra, porque uno es vuestro Padre, el celestial"

Como recuerda el Papa Pio XI en su Encíclica <Ubi Arcano> refiriéndose a Jesucristo, Éste:

 


<Promulgó sellándola con su propia sangre la ley de la mutua caridad y paciencia entre todos los hombres>.

En efecto, porque tal cómo podemos leer en el Evangelio de San Juan, Jesús nos dio un mandamiento nuevo (Jn 15, 12-17):
"Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a otros, así como os amé / Mayor amor que éste nadie le tiene: que dar uno la vida por sus amigos / Vosotros sois mis amigos, si hicierais lo que yo os he mandado / Ya no os llamo siervos, pues el siervo no sabe lo que hace su Señor; más a  vosotros os llamo amigos pues todas las cosas que de mi Padre oí os di a conocer / No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis frutos, y vuestro fruto permanezca. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé / Esto os mando: que os améis unos a otros"


Estos versículos corresponden a uno de los discursos  del Señor  próxima ya su Pasión, Muerte y Resurrección, tan maravillosamente recordados en el <Libro de la Gloria>, del Apóstol  San Juan, el cual, cuando era de edad avanzada,  manteniendo el recuerdo imperecedero del Mensaje de Jesús y asistido en todo momento por el Espíritu Santo, escribió su Evangelio, de una riqueza teológica inigualable, en el que se recoge  esta frase del Señor  (Jn 14, 27):

 


<La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde> 

Y es que la <Paz de Cristo es garantía del derecho y fruto de la caridad>, tal como advertía  el Papa Benedicto XV (1914-1922), llamado el <Papa de la Primera Guerra Mundial>, porque su Pontificado transcurrió en gran medida durante el desarrollo de este terrible conflicto armado, que tanto daño hizo a la humanidad a comienzos del siglo veinte.

Este Papa comprendió, al igual que más tarde lo hiciera Pio XI, que el origen de la guerra, era una consecuencia directa de la situación de la sociedad de su época, la cual como resultado de la propagación de las llamadas ideas <modernistas>, se había alejado peligrosamente del <Mensaje de Cristo>...

El Pontífice, así lo hizo constar en su primera carta Encíclica <Ad Beatissimi Apostolorum>, dada el 1 de noviembre de 1914. En dicha carta, con un tono apocalíptico, tal como la situación requería, analizó las causas de la confrontación armada que ya había estallado. Hablaba de la <conciencia humana> que conduce al hombre a la llamada <lucha de clases>, del <desprecio de la autoridad divina>, del <rechazo del Evangelio de Cristo>, del <alejamiento de la Santa Madre Iglesia> y por supuesto de la <manipulación de las personas>, especialmente de las más jóvenes, muchas veces a través de las escuelas y medios de comunicación...

 



Para conseguir la superación del afán del hombre por el poder y las riquezas temporales, en definitiva, para la superación de toda la <codicia terrenal del ser humano>, el Papa Benedicto XV consideraba que era necesario ayudar a los hombres para que volvieran a anhelar el deseo de alcanzar los <bienes eternos> y comprendieran que los <bienes temporales> no conducen nunca a la verdadera felicidad…

Algunos años después, acabada la guerra, primera mundial, el Papa Benedicto XV escribió una nueva carta Encíclica titulada <Pacem Dei Munus>, en la que trataba sobre la restauración cristiana de la Paz y en la que en primer lugar alertaba sobre el peligro tremendo que representaba la persistencia del <odio entre hermanos>, a nivel internacional, y que podría, como así ocurrió años más tarde, conducir a una nueva confrontación a nivel mundial:

“Lo peor de todo sería la gravísima herida que recibiría la esencia y la vida del cristianismo, cuya fuerza reside por completo en la caridad, como lo indica el hecho de que la predicación de la ley cristiana reciba el nombre de <Evangelio de la paz>”

 


Se refiere aquí el Santo Padre a aquella catequesis del Apóstol San Pablo sobre <las armas del cristiano> tan claramente expuestas en su Carta a los Efesios (6, 11-20):

"Revestíos de la armadura de Dios para que podáis sosteneros ante las asechanzas del diablo / Que no es nuestra lucha contra carne y sangre, sino contra los principados, contra las potestades, contra los poderes mundanales de las tinieblas de este siglo, contra las huestes espirituales de la maldad que andan en las regiones aéreas / Por esto, tomad la armadura de Dios, para que podáis oponer resistencia en el día malo, y prevenidos con todos los aprestos, sosteneros / Manteneos, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad, y revestidos con la coraza de la justicia / y calzados los pies con la preparación pronta para el Evangelio de la paz / abrazando en todas las ocasiones el escudo de la fe con que podéis apagar todos los dardos encendidos del malvado / Tomad también el yelmo de la salud y la espada del espíritu, que es la palabra de Dios / orando con toda oración y súplica en todo tiempo en espíritu, y para ello velando con toda perseverancia y suplica por todos los santos / y por mí, para que al hablar se me ponga palabra en la boca con que anunciar con franca osadía el misterio del Evangelio / del cual soy mensajero, en cadenas, a fin de que halle yo en él fuerzas para anunciarlo con libre entereza, como es razón que yo hable"

 
Es verdaderamente hermosa esta descripción del Apóstol de la <Armadura del cristiano>, donde las piezas principales son el cinto, esto es, la verdad, la coraza, que es la justicia, el calzado, que es la prontitud para predicar el Evangelio de la paz, el escudo, que es la fe, el yelmo, que es la esperanza y por último la espada del espíritu, que es la Palabra de Dios.

 


Por otra parte, el Papa Benedicto XV, recuerda también en su Encíclica <Pacem Dei Munus>, a todos los creyentes, que el don de la caridad, es el bien más necesario para conseguir la paz, por eso la enseñanza más repetida de Jesucristo a sus discípulos, era el <precepto de la caridad fraterna>, porque ella es consecuencia y resumen de todos los demás preceptos (Ibid):

“El mismo Jesucristo lo llamaba nuevo y suyo, y quiso que fuese como el carácter distintivo de los cristianos, que los distinguiese fácilmente de todos los demás hombres. Fue este precepto el que, al morir, otorgó a sus discípulos como testamento, y les pidió que se amaran mutuamente y con este amor procuraran imitar aquella inefable unidad que existe entre las divinas Personas en el seno de la Santísima Trinidad: <Que todos sean uno, como nosotros somos uno…para que también ellos sean consumados en la unidad (Jn 17, 21-23)>”

La paz entre los hombres implica, por tanto, la instauración del Reino de Cristo, así lo han manifestado los Pontífices y los Padres de la Iglesia; en particular aquellos como  Benedicto XV y Pio XI que se vieron, de alguna forma, involucrados, en los grandes conflictos bélicos, de los últimos siglos.



Concretamente el Papa Pio XI se expresaba en los términos siguientes:

“La paz digna de tal nombre, es la tan deseada <Paz de Cristo>, la cual no puede existir, si no se observan fielmente por todos en la vida pública, y en la privada las enseñanzas, los preceptos y los ejemplos de Cristo…
Solo la Iglesia por Divino mandato enseña que los hombres deben acomodarse a la Ley eterna de Dios, en todo cuanto hagan…

En esto consiste lo que con dos palabras llamamos <Reino de Cristo>. Ya que Jesucristo reina en la mente de los individuos, por sus doctrinas, reina en sus corazones por su caridad, reina en toda la vida humana por la observancia de sus leyes y por la imitación de sus ejemplos.

Reina también en la sociedad doméstica cuando, constituida por el Sacramento del matrimonio cristiano, se conserva inviolada como una cosa sagrada, en el que el poder de los padres sea un reflejo de la paternidad divina, de donde nace y toma nombre; donde los hijos emulan la obediencia del Niño Jesús, y el modo todo de proceder hace recordar la santidad de la Familia de Nazaret.

 


Reina finalmente Jesucristo en la sociedad civil cuando, tributando en ella a Dios los supremos honores, se hacen derivar de Él el origen y los derechos de la autoridad para que ni en el mandar falte norma, ni en el obedecer obligación y dignidad, cuando además es reconocida a la Iglesia el alto grado de dignidad en que fue colocada por su mismo autor a saber, tal que no disminuya la potestad de ella, pues cada uno en su orden es legítima, sino que les comunique la conveniente perfección, como hace la gracia con la naturaleza; de modo que esas mismas sociedades sean a los hombres poderoso auxiliar para conseguir el fin supremo, que es la eterna felicidad, y con más seguridad provean a la prosperidad de los ciudadanos en esta vida mortal.
De todo lo cual resulta claro que no hay <Paz de Cristo> sino en el <Reino de Cristo>, y no podemos nosotros trabajar con más eficacia para afirmar la paz que restaurando el <Reino de Cristo>”

 
Tarea difícil, sin duda, la que proponía emprender, ya en aquellos tiempos, el Papa Pio XI y que emprendió animosamente, mediante un programa mencionado en la misma Encíclica que ahora estamos recordando (Ubi Arcano).

Logró mucho, sin duda, con este plan, pero finalmente no pudo evitar que los hombres se enzarzaran de nuevo en una confrontación sin sentido, la llamada Segunda Guerra  Mundial, que como se sabe causó daños terribles para la humanidad.

 


En los años anteriores al estallido de esta guerra y a pesar de los esfuerzos del Papa Pio XI, como demuestran sus Encíclicas condenando  los falsos ideales de la época,  el laicismo  y el anticlericalismo, surgieron  con la potencia de llegar a ser considerados la <quinta esencia> de la <modernidad>; durante mucho tiempo ocultos, tomaron entonces <carta de naturaleza>  y los hombres arrastrados por sus idearios se alejaron de Cristo y de su Iglesia. De esta forma, los seres humanos quisieron sustituir el cristianismo por  falsas religiones <naturalistas> que solo a desgracias conducían, como los enfrentamientos entre hermanos, olvidados del precepto de la <caridad Divina>.

Con todo, el periodo de tiempo, anterior al estallido de la guerra, ha sido llamado por los historiadores, inexplicablemente <los felices años veinte>, porque seguramente olvidan  que la inmoralidad campaba por sus fueros entres los pueblos y con ello las costumbres licenciosas hicieron peligrar los fundamentos de la sociedad en general y de las familias en particular y llevaron a la ruina económica a muchos países.

Recordemos que durante la época del Papado de Pio XI, y en particular a principios del siglo veinte (años 30), se dieron cita una serie de adversidades para la Iglesia Católica, nada despreciables, como por ejemplo, el empuje creciente del capitalismo y por supuesto la crisis económica producida con la caída de <Wall Street> en 1929, junto con otros problemas surgidos en el mundo de la política.

Se podría decir de este Pontífice que fue un <profeta en su tiempo>, porque intuyó la debacle que se avecinaba en los próximos años del siglo en que le tocó vivir, tratando  por otra parte, con todos los medios a su alcance de evitarlos, sobre todo con su lema <la Paz de Cristo en el Reino de Cristo>.

Precisamente a este Papa se debe la fiesta de la Iglesia dedicada a <Cristo Rey>, fiesta litúrgica que se suele celebrar el último domingo del mes de octubre y que como nos dijo el Rmo. P. Fr. Justo Pérez de Urbel:



“Debe ser un día de acción de gracias al Padre por haber constituido Rey y Señor de todo a su Divino Hijo; un día de homenaje y acatamiento y de acción de gracias al Hombre-Dios, <que se dignó trasladarnos a su reino> y hacernos participes de sus bienes, <pues en ÉL, en Cristo, poseemos la redención por su sangre y el perdón de los pecados>. Y con la redención, con la liberación del dominio del pecado, poseemos también la vida de la gracia, la filiación divina, el poderío sobre el mundo, sobre la carne, y sobre el poder de las malas pasiones y con todo esto, la esperanza de ser admitidos, un día, en el futuro reino de la Bienaventuranza Eterna”.

Finalmente, deberíamos recordar ante todo las palabras de San Pablo a los Colosenses, refiriéndose a Cristo <Cabeza del universo>, el cual, quiso reconciliar en Él todas las cosas (Col 1 15-20):
"Él es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura / porque en Él fueron creadas todas las cosas: celeste y terrestres, visibles e invisibles. Tronos, Dominaciones, Principados y Potestades; todo fue creado por Él y para Él / Él es anterior a todo, y todo se mantiene en Él / Él es también la cabeza del Cuerpo de la Iglesia. Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es Él primero en todo / Porque en Él quiso Dios que residiera toda la plenitud / Y por Él y para Él quiso reconciliar todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, haciendo la Paz por la sangre de su Cruz"