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jueves, 27 de octubre de 2016

LOS SIGNOS DE LOS TIEMPOS Y EL ANUNCIO DEL EVANGELIO


 
 
 
 


"Era la Parasceve de la Pascua, más o menos la hora sexta, y les dijo Pilato a los judíos: <Aquí está vuestro Rey> / Pero ellos gritaron; <¡Fuera, fuera crucifícalo!> Pilato les dijo: <¿A vuestro Rey voy a crucificar? <No tenemos más rey que el César> respondieron los príncipes de los sacerdotes / Entonces se lo entregó para que lo crucificaran. Y se llevaron a Jesús" (Jn 19, 14-16) 


Al recordar este terrible pasaje de la vida de Jesús y después escrutar los signos de los tiempos, vemos que nuestro primer deber en este momento crucial de la historia del hombre, es anunciar el Evangelio de Cristo, ya que el Evangelio es la única fuente auténtica de libertad y humanidad...

Con razón el Señor mismo indica el núcleo de este anuncio con palabras brevísimas, que deben ser el corazón de toda evangelización.  Cristo resume así la esencia de su Mensaje evangelizador (Mc 1, 15):

<El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca. Convertíos y creed en el Evangelio>

 
 


Por su parte, San Mateo recuerda, al igual que San Marcos, este pasaje de la vida de Jesús en el que anuncia  que está cerca el Reino de los cielos, el Reino de Dios…

Sucedió, según narra el Apóstol, que habiendo oído el Señor que su pariente Juan el Bautista había sido encarcelado, se alejó de Nazaret y se instaló en Cafarnaúm la marítima allá por los confines de Zabulón y Neftalí, con objeto de que se cumpliese el presagio del profeta Isaías cuando dijo aquello de (Is 8, 23-9, I):
-Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, allende el Jordán, Galilea de los gentiles:

-El pueblo sentado en las tinieblas vio una gran luz, y a los sentados en región y sombra de muerte les amaneció una luz.

 


Al escrutar los signos de los tiempos,  comprendemos que en efecto, que en este momento de la historia, es más necesaria que nunca la tarea de la evangelización de los pueblos, y no ya de aquellos que nunca escucharon la Palabra de Dios, sino también de aquellos que la escucharon en los inicios del cristianismo y que a lo largo de los siglos la han ido sustituyendo por otras palabras más cómodas de seguir, sí, pero que no son conducentes al Reino de Dios.

Jesús se preocupó mucho por la salvación de la humanidad y por eso desde el mismo inicio de su vida pública comenzó a predicar en Galilea diciendo (Mt 4, 17): <Arrepentíos, porque está cerca el Reino de los cielos>

Algunos dirán sin embargo: Ya han pasado muchos siglos desde la venida al mundo de nuestro Salvador y todavía no ha llegado el Reino de los cielos ¿Se habrá olvidado el Señor de nosotros?

Motivos tiene desde luego para que así fuera, porque el hombre muchas veces, si que se ha olvidado de Dios, pero Él es nuestro Creador y no se ha olvidado de nosotros tal como preconizan otras religiones muy alejadas del cristianismo.

No, lo que sucede es que  los seres humanos,  miden el tiempo de forma muy distinta, a como lo hace el  Sumo Hacedor…



La llegada de la  parusía, del fin de los tiempos, es un gran misterio, solo tendrá lugar cuando sea el momento previsto por Dios, pero a nosotros nos toca estar preparados para cuando se produzca ese acontecimiento terrible para algunos y deseado por otros (Catecismo de la Iglesia Católica nº 1042):
“Al fin de los tiempos el Reino de Dios llegará a su plenitud. Después del Juicio final, los justos reinarán para siempre con Cristo, glorificados en cuerpo y alma, y el mismo universo será renovado.

La Iglesia…sólo llegará a su perfección en la gloria del cielo…cuando llegue el tiempo de la restauración universal y cuando, con la humanidad, también el universo entero, que está íntimamente unido al hombre y que alcanza su meta a través del hombre, quede perfectamente renovado en Cristo (LG 48)”              

 


Por eso, tal como narran los apóstoles en sus Evangelios, y  en particular San Mateo, Jesús después de su Resurrección, los envió a predicar su Palabra a todos los hombres, bautizándoles en nombre del Dios Trino (Padre, Hijo y Espíritu Santo), para enseñarles todo lo que Él les había expuesto, durante el tiempo de su estancia junto a ellos (Mt 16, 19-20) 

Pero además, ellos narraron también, en sus Evangelios, los milagros que presenciaron realizados por Jesús, que eran en realidad milagros-Signos, esto es, acontecimientos históricos que han permitido una comprensión de las etapas fundamentales de la vida pública de Jesús y de  su Mensaje, los cuales han cambiado el rumbo de la vida de los seres humanos a lo largo de los siglos, y hasta nuestros días.

En este sentido, el apóstol San Juan, nos narro siete milagros-Signos realizados por Jesús, siendo el séptimo la resurrección de Lázaro, uno de los mayores  de cuantos hizo durante su vida pública.
El prodigioso suceso de la resurrección de Lázaro, el amigo del Señor, es considerado por San Juan, una señal de los tiempos, un símbolo, que Cristo utiliza para mostrarnos algo esencial a los hombres.



Este milagro-Signo realizado por Jesús, por desgracia como ya estaba escrito, precipitó su apresamiento y condena de muerte, porque los sumos sacerdotes y los fariseos  asustados  ante semejante prodigio, se decían entre sí, (Jn 11,47-54):
-¿Qué hacemos? Pues ese hombre obra muchas maravillas.

-Si le dejamos así, todos creerán en Él y vendrán los romanos y arruinarán nuestro templo y nuestra nación.
-Uno de ellos, Caifás, que era aquel año sumo sacerdote, les dijo: vosotros no sabéis nada

-No comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera.
-Esto no lo dijo por propio impulso, sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, habló proféticamente, anunciando que Jesús iba a morir por la nación;

-Y no sólo por la nación sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos.
- Y aquel día decidieron darle muerte.

-Por eso Jesús ya no andaba públicamente entre los judíos, sino que se retiró a la región vecina, al desierto, a una ciudad llamada Efraín, y pasaba allí el tiempo con los discípulos.

 


Ciertamente el hombre réprobo y sin conciencia que era Caifás, fue un instrumento en las manos de Dios, porque movido, tal vez, por un sentido profético que su categoría de sumo sacerdote le otorgaba, pero no porque verdaderamente supiera lo que sus palabras llegarían a significar para el futuro de la humanidad, dijo aquella frase: <No sólo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos>, refiriéndose a la salvación del pueblo judío, y que por extensión abarcaría  a todo el género humano a lo largo de los siglos.

Sin duda Jesús trajo la alegría de la salvación a los hombres, con su Pasión, Muerte y Resurrección, tal como el Papa San Juan Pablo II aseguraba, porque el Creador del hombre, es también su Redentor:
“La salvación del hombre no sólo se enfrenta con la maldad en todas las formas de su existencia en el mundo, sino que proclama la victoria sobre el mal. <Yo he vencido al mundo>, dice Cristo (Jn 16,33).
Son palabras que tienen su plena garantía en el Misterio Pascual, en el acontecimiento de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús.




Durante la vigilia de Pascua, la Iglesia canta como transportada: ¡O feliz culpa, que nos hizo merecer un tal y tan gran Redentor!” (San Juan Pablo II. <Cruzando el Umbral de la Esperanza>. Círculo de lectores 1995).

Se refiere el Santo Padre a las palabras que Jesús pronunció ante sus apóstoles al despedirse de ellos: <Yo he vencido al mundo> (Jn 16,28-33):
-Salí del Padre y he venido al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre.

-Le dicen sus discípulos: <Ahora sí que hablas claro y no usas comparaciones.
-Ahora vemos que lo sabes todo y no necesitas que te pregunten; por ello creemos que has salido de Dios>.
-Les contestó Jesús: ¿Ahora creéis?

-Pues mirad: Está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado en que os disperséis cada cual por su lado y a mí me dejéis solo. Pero no estoy solo, porque está conmigo el Padre.
-Os he hablado esto, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: <Yo he vencido al mundo>.

 


Con la confesión de fe recogida en el versículo (16,30) del Evangelio de San Juan, los apóstoles aceptan que Jesús ha salido de Dios, por eso el Señor les habla con ternura, les anima asegurándoles que Él ha vencido al mundo, y les advierte de los peligros que encontraran en su tarea evangelizadora al enfrentarse al maligno.

Así fue, porque ya en tiempo de San Juan Evangelista, varias terribles herejías intentaron minar los cimientos de la Iglesia de Cristo, y más concretamente,  el ebionismo y el gnosticismo.
Los llamados ebionistas también recibían el sobrenombre de nazaretos, a causa de su ideal de vida en pobreza, pero negaban la divinidad de Cristo y rechazaban las enseñanzas del apóstol San Pablo, al que consideraban apóstata por haber traicionado, según ellos, al hebraísmo.

Muchos ebionistas asumieron también errores provenientes de otras herejías de la época, algunas tan peligrosas como las promovidas por Cerinto (líder de una secta de finales de siglo I o principios del siglo II).
Las enseñanzas de Cerinto y sus seguidores fueron rechazadas por la Iglesia de Cristo desde su inicio y según  San Ireneo, el apóstol San Juan escribió precisamente su Evangelio, relatando siete milagros-signos de Jesús, para refutar los numerosos errores sostenidos por el líder de esta secta (gnosticismo) y sus seguidores, a petición de las Iglesias de Oriente y Occidente, que se dirigieron a él y le solicitaron testimonios escritos para luchar mejor contra las herejías que iban surgiendo sobre la Persona y el Mensaje de Jesús.




Algunos papiros hallados en Egipto, posiblemente del siglo II, sugieren que el cuarto Evangelio debió de escribirse hacia finales del siglo I después de Cristo,  pero además, desde tiempos de San Ireneo (+C. 202)(discípulo del padre apostólico San Policarpo de Esmirna, que a su vez podría haber sido discípulo directo del apóstol San Juan), la Iglesia ha considerado autor de dicho Evangelio a San Juan, aunque no han faltado hombres estudiosos de la Santa Biblia que han rechazado esta realidad, aceptada desde antiguo por toda la cristiandad, basándose en hipótesis poco o nada acertadas.
A este respecto, hay que tener en cuenta que el cuarto Evangelio contiene  verdaderamente descripciones muy ajustadas a la realidad de los lugares visitados por Jesús, cuando realizaba la proclamación del Reino de Dios; además, los argumentos utilizados en el mismo se encuentran fundamentados en el conocimiento profundo del Antiguo Testamento, cuestiones todas que avalan la autoría  de San Juan Evangelista.

Algunos investigadores, sin embargo, apoyándose en el hecho de que este cuarto Evangelio es como si dijéramos un mundo aparte, respecto a los llamados sinópticos, por el elevadísimo contenido teológico y la estructura específica del mismo, siendo el apóstol San Juan, en principio, un simple pescador del que no cabría esperar una obra tan grandiosa en el contenido, han llegado a dudar de su autoría...



Sin embargo el Papa Benedicto XVI, entre otros analistas de los Evangelios, esgrimió diversos y acertados argumentos, en contra de desviadas hipótesis, especialmente respecto a aquellas, que datan de tiempos posteriores al Concilio Vaticano II, en su libro <Jesús de Nazaret. 1ª Parte>.

Uno de los argumentos del Pontífice, más bellos y que nos ha parecido con más sentido, es aquel que apunta hacia la idea de que los conocimientos de San Juan provenían del mismo Corazón de Jesús, ya que estuvo apoyado sobre su pecho, durante la celebración de la Última Cena, en aquellos momentos en que el Señor les anunció la presencia de un traidor entre los Doce y, les reveló su divinidad, cuando se presentó ante ellos diciendo: <Yo soy>  (Jn 13, 19-26):



-Ya os lo digo ahora, para que cuando esto se cumpla, creáis que <Yo soy>
-en verdad, en verdad os digo, que el que recibe al que yo enviaré, a mí recibe y quien me recibe a mí, recibe al que me envió.

-Dicho esto, se turbó en su espíritu y declaró: En verdad, en verdad os digo, que uno de vosotros me entregará.
-Los discípulos se miraban unos a otros, no sabiendo de quién hablaba.

-Uno de ellos, el amado de Jesús, estaba a la mesa junto al pecho de Jesús;
-Simón Pedro le dijo por señas: Pregúntale de quién habla.

-Este, recostándose sobre el pecho de Jesús, le dijo: Señor ¿Quién es?
-Respondió Jesús: Aquel a quién yo dé el bocado que voy a mojar. Y mojando el bocado, lo tomó y se lo dio a Judas, el hijo de Simón Iscariote.

 


El Papa Benedicto XVI recordando este conmovedor pasaje del Evangelio de San Juan asegura (Ibid):

“Estas palabras están formuladas en un paralelismo intencionado con el final del Prólogo del Evangelio de San Juan, donde dice sobre Jesús: <A Dios nadie lo ha visto jamás>. El Hijo Único, que está en el Seno del Padre es quién lo ha dado a conocer (Jn 1,18) como Jesús; el Hijo conoce el misterio del Padre porque descansa en su Corazón, de la misma manera el Evangelista San Juan, por decirlo así, adquiere también su conocimiento del Corazón de Jesús, al apoyarse en su pecho”

Realmente es una idea, la que defiende el Papa, muy plausible y sobre todo maravillosa, no obstante, a pesar de ésta, y a pesar de otros claros indicios que conducen a considerar que  el único autor admisible del cuarto Evangelio es el <apóstol amado>, esto es, Juan Zebedeo el hermano de Santiago el Mayor, ha habido <rigurosos exegetas>, empeñados en encontrar otras respuestas, esgrimiendo el origen, supuestamente poco intelectual, del mismo.

A este respecto, el Papa Benedicto XVI hace un análisis profundo basándose en los siguientes argumentos (Ibid):

“Los sacerdotes ejercían sus servicios por turnos semanales dos veces por año (en tiempos de Cristo y sus apóstoles). Al finalizar dichos servicios el sacerdote regresaba a su tierra, y por ello no era inusual que entonces ejerciera una profesión para ganarse la vida.



Además, del Evangelio se desprende que Zebedeo (padre de Juan y Santiago) no era un simple pescador, sino que daba trabajo a diversos jornaleros, lo que hacía posible el que sus hijos pudieran dedicarse a otros menesteres: <Zebedeo, pues, puede ser muy bien un sacerdote, pero al mismo tiempo tener también una propiedad en Galilea, donde la pesca en el lago, es abúndate y esto le ayudaría a ganarse la vida… (Communio 2002, p.481)”.

Así mismo, se sabe que durante la época del Tetrarca Herodes había en Jerusalén algunos ciudadanos pertenecientes a la burguesía judía muy influenciados por la cultura griega, por lo que no es de extrañar que el autor del cuarto Evangelio pudiera haber sido una persona próxima a la aristocracia sacerdotal de Jerusalén, cuestión ésta, que estaría de acuerdo con el posible nivel cultural del apóstol San Juan, hijo de Zebedeo, un hombre con cierto estatus social.
Esta hipótesis podría estar corroborada, así mismo, por los hechos acaecidos después de la Última Cena, narrados también en el cuarto Evangelio, tal como nos recuerda el Papa Benedicto XVI (Ibid):

 “En él se narra cómo Jesús, después que lo prendieron, fue llevado a los Sumos Sacerdotes para interrogarlo y cómo, Simón Pedro y otro discípulo seguían a Jesús para enterarse de lo que iba a ocurrir. Sobre el otro discípulo se dice: <Este discípulo era conocido del Sumo Sacerdote y entró con Jesús en el palacio de éste>. Sus contactos en la casa del Sumo Sacerdote eran tales que le permitieron facilitar el acceso también a Pedro, dando lugar a la situación que acabó con la negación de conocer a Jesús.



En consecuencia, el círculo de los discípulos se extendía de hecho hasta la aristocracia sacerdotal, cuyo lenguaje resulta ser, en buena parte, también, el del cuarto Evangelio”

De cualquier forma, el cuarto  Evangelio ha sido llamado el <Evangelio Espiritual>, porque en él se siente más que en ningún otro el <Soplo del Espíritu Santo>. Sin embargo, no es ajeno a los Evangelios sinópticos, confirmando muchos de los hechos en ellos relatados y, complementándolos en otros muchos en aspectos, más teológicos.

Por otra parte, es lógico y muy reconfortante para el espíritu, aceptar la idea de que el apóstol San Juan, que al principio habría evangelizado, al igual que los otros discípulos del Señor, mediante la predicación oral, más tarde, y debido a las circunstancias especiales de la sociedad en que vivió, puesto que conocía personalmente los hechos de Cristo y su Mensaje, bajo la acción del Espíritu Santo, pusiera por escrito, todos los recuerdos que el Señor había depositado en su corazón.

Una de las cuestiones que el Evangelio de San Juan pone en evidencia, y no es la menor, es el hecho de que Cristo se retira a lugares apartados para hablar con su Padre, aunque otras veces, la oración de Jesús va unida a su increíble capacidad sanadora, no sólo del cuerpo,  sino también del espíritu.
 
 
 
 
Un ejemplo importante de esta gracia de Cristo, más aún, de su poder para dar vida a un muerto, es la resurrección de su querido amigo Lázaro. Este séptimo milagro-signo, realizado por Jesús, estuvo, precisamente, acompañado por su oración al Padre.
En efecto, como señala el Papa Benedicto XVI en su Audiencia General del miércoles 14 de diciembre de 2011):
“La participación humana de Jesús en el caso de Lázaro tiene rasgos particulares. En todo el relato se recuerda varias veces la amistad con él, así como con sus hermanas Marta y María. Jesús mismo afirma: <Lázaro, nuestro amigo, está dormido, voy a despertarlo> (Jn 11,11).

El afecto sincero por el amigo, lo ponen de relieve las hermanas de Lázaro, al igual que los judíos (Jn 11,3 ; 11,36); se manifiesta en la conmoción profunda de Jesús ante el dolor de Marta y María y de todos los amigos de Lázaro, y desemboca en el llanto (tan profundamente humano) de Jesús al acercarse a la tumba: <Jesús, viéndola llorar a ella (Marta), y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, se conmovió en su espíritu, se estremeció y, profundamente emocionado, dijo: ¿Dónde lo habéis enterrado? Le contestaron: <Señor, ven a verlo>. Jesús se echó a llorar (Jn, 11, 33-35)”  

 


Después de recordar el séptimo milagro-signo de Jesús, narrado por San Juan en su Evangelio nos reafirmamos más aún en la idea defendida por el Papa Benedicto XVI de que en el momento actual de la historia es más necesario que nunca llevar la Palabra de Dios a todos los rincones de la tierra.

Los signos de los tiempos así nos lo hacen saber aunque en realidad esta premisa, dada por Jesús a sus apóstoles, ha estado siempre presente en su Iglesia. Como recuerda este Pontífice en la tercera entrega de su libro <Jesús de Nazaret>:
“Si Jesús dice en el discurso escatológico que primero tiene que ser anunciado el Evangelio a las naciones, y sólo después puede llegar el fin, en Pablo encontramos una afirmación prácticamente idéntica en la Carta a los Romanos: <El endurecimiento de una parte de Israel durará hasta que entren todos los pueblos; entonces todo Israel se salvará…> (Rm 11, 25 s).

Todos los paganos e Israel entero: aparece en esta fórmula del universalismo de la voluntad divina de salvación. Pero en nuestro contexto, es importante que también Pablo conozca el tiempo  de los paganos que tiene lugar ahora, y que tiene que cumplirse para que el plan de Dios alcance su propósito…



El caminar incansable de San Pablo hacia los pueblos para llevar el mensaje a todos y cumplir así la tarea, posiblemente ya durante su vida, muestra precisamente una tenacidad que sólo se explica por su convencimiento del significado histórico y escatológico del anuncio: <No tengo más remedio, y ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!> (1 Co 9,16).




En este sentido, la urgencia de la evangelización en la generación apostólica no está movida tanto por la cuestión sobre la necesidad  de conocer el Evangelio para la salvación individual  de cada persona, cuanto más bien por esta gran concepción de la historia: para que el mundo alcance su meta, el Evangelio tiene que llegar a todos los pueblos.

En algunos periodos de la historia la percepción de esta urgencia se ha debilitado mucho, pero siempre se ha vuelto a reavivar después, suscitando un nuevo dinamismo en la evangelización” (Jesús de Nazaret. Desde la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección. Benedicto XVI. Ediciones Encuentro, S.A., Madrid. Traducción J. Fernando del Rio, OSA. 2011).
 
 

 

En los últimos siglos, donde la paganización, el materialismo y en definitiva la negación del Dios Trino ha llegado a límites insostenibles en aquellas naciones que desde antiguo recibieron la Palabra de Cristo,  se ha producido un movimiento de la Iglesia muy fuerte lleno de dinamismo con el deseo de contrarrestar esta situación, movimiento que se ha dado en llamar <nueva evangelización>.

El Papa San Juan Pablo II ante la pregunta del conocido periodista Vittorio Messori sobre esta cuestión tan importante para los cristianos aseguraba que ciertamente se estaba produciendo ya en el siglo XX una gran reactivación de la evangelización. Concretamente el se manifestaba en los siguientes términos:


“En efecto, la llamada a un gran relanzamiento de la evangelización vuelve de diversas maneras a la vida actual de la Iglesia. Aunque la verdad es que nunca ha estado ausente:

< ¡Ay de mí si no predicase el Evangelio!> (1 Cor 9,16)

Esta expresión de Pablo de Tarso ha sido valida en todas las épocas de la historia de la Iglesia…
La evangelización no es solamente la enseñanza viva de la Iglesia, el primer anuncio de la fe (kérygma) y la instrucción, la formación  en la fe (la catequesis), sino que es también todo el vasto esfuerzo de reflexiones sobre la verdad revelada, que se ha expresado desde el comienzo en la obra de los Padres de Oriente y de Occidente y que, cuando hubo que confrontarla esa verdad con las elucubraciones gnósticas y con las varias herejías nacientes, fue polémica…

A los Padres de la Iglesia debe reconocérseles un papel fundamental en la evangelización del mundo, además de una formación de las bases de la doctrina teológica y filosófica durante el primer milenio.
Cristo había dicho: <Id y predicad por todo el mundo> (Mc 16, 15). A medida que el mundo conocido por el hombre se engrandecía, también la Iglesia afrontaba nuevas tareas de evangelización…

La evangelización renueva su encuentro con el hombre, está unida al cambio generacional. Mientras pasan las generaciones que se han alejado de Cristo y de la Iglesia, que han aceptado el modelo laicista de pensar y de vivir, o  las que ese modelo les ha sido  impuesto, la Iglesia mira siempre hacia el futuro; sale, sin detenerse nunca, al encuentro de las nuevas generaciones.

 


Y se muestra con toda claridad que las nuevas generaciones acogen con entusiasmo lo que sus padres parecían rechazar…

¿Qué palabra oímos con más frecuencia en el Evangelio sino ésta?: <Sígueme> (Mt 8,22). Esta palabra llama a los hombres de hoy, especialmente a los jóvenes, a ponerse en camino por las rutas del Evangelio en dirección de un mundo mejor”

Hermosa catequesis la de San Juan Pablo II sobre el tema de la evangelización que fue recogida en el libro <Cruzando el umbral del esperanza> como resultado de una entrevista histórica entre este  Pontífice y Vittorio Messori, un gran profesional del periodismo, que supo hacer las preguntas más adecuadas y necesarias al Papa en aquellos momentos (hacia finales del siglo XX) y al que siempre le estaremos los cristianos agradecidos.
 
 


Por su parte, nuestro Papa actual Francisco ha seguido en la misma línea de sus antecesores, principalmente Benedicto XVI y San Juan Pablo II, hablándonos de la necesidad de llevar la Palabra a todos los rincones del mundo y también ha querido recordar a toda la humanidad que los cristianos:
“No somos personas que se atrincheren en su ambiente, lanzando juicios amargos contra la sociedad, la Iglesia, contra todo y todos, contaminando el mundo de negatividad. El escepticismo quejoso no es propio de quien tiene familiaridad con la Palabra de Dios.

El que proclama la esperanza de Jesús es portador de alegría y sabe ver más lejos, tiene horizontes, no tiene un nudo que lo encierra; ve más lejos porque sabe mirar más allá del mal y de los problemas.

Al mismo tiempo, ve bien de cerca, pues está atento al prójimo y a sus necesidades”

(Papa Francisco. Homilía a los catequistas, durante la misa celebrada el domingo 25 de septiembre de 2016. Jubileo extraordinario de la Misericordia)

 


 

martes, 11 de octubre de 2016

LA PACIENCIA: UNA OBRA DE MISERICORDIA ESPIRITUAL Y UN FRUTO DEL ESPÍRITU SANTO (1ª Parte)


 
 
 
 


Jesús explicó con suma paciencia  a los discípulos de Emaús, que en principio no le conocieron, que había resucitado verdaderamente; sólo al partir el pan y bendecirlo se les abrieron los ojos; entonces se dijeron entre ellos ¿No es verdad que ardía nuestro corazón dentro de nosotros, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras? (Lc 24, 32) 


Recordemos que el Papa Francisco convocó el <Año Jubilar de la Misericordia>, con varios objetivos, entre los que cabe destacar: la necesidad de recordar el amor de Dios, el deseo de que se cumpla la voluntad del Padre y el afán de que  todos los pueblos lleguen a entenderse y todos los hombres se salven.

Pero para conseguir estos ambiciosos objetivos, que en principio parecían tan difíciles,  era necesario el don de la <paciencia>, una obra de misericordia espiritual y un fruto del Espíritu Santo.

En este sentido evoquemos las palabras de los Apóstoles Pablo, Pedro y  Juan, recogidas en el Catecismo de la Iglesia Católica (nº 2822):

“La voluntad de nuestro Padre es que <todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad> (1Tm  2,3-4). <Él usa de paciencia, no queriendo que algunos perezcan> (2P 3,9).
Su mandamiento que resume todos los demás y que nos dice toda su voluntad es que: < Nos amemos los unos a los otros como Él nos amó>  (Jn 13,34)”

 
 


Más concretamente, tal como aseguraba  San Pedro en su Carta dirigida a la Iglesia de Asia Menor, y por extensión a la Iglesia de Cristo a lo largo de los siglos, refiriéndose a Jesús y al <Juicio final>, profetizado por Éste, a sus apóstoles (2P 3,3-9):

“En los últimos días vendrán hombres burlones, de esos que siguen sus propios caprichos / y os dirán con sarcasmo: < ¿Dónde queda la promesa de su gloriosa venida? ¡Ya han muerto nuestros padres y todo está igual que al principio del mundo!> / Pero quienes así se manifiestan, ignoran que antiguamente existieron unos cielos y una tierra a los que Dios con su Palabra hizo surgir del agua y consolidó en medio del agua /




Aquel mundo pereció anegado bajo el agua / En cuanto a los cielos y la tierra, la misma divina Palabra los tiene reservados para el fuego, conservándolos hasta el día del juicio y de la destrucción de los hombres impíos / Una cosa queridos,  no se os puede ocultar: un día es para el Señor como mil años, y mil años como un día / Y no es que el Señor se retrase en cumplir su promesa como algunos creen; simplemente <tiene paciencia> con vosotros, porque no quiere que alguno se pierda sino que todos se conviertan”

Ciertamente,  la sensación específica con que acontecen los años y los días, para el hombre, no coincide para nada con la apreciación del tiempo según nuestro Creador y Creador de todo el Universo.

Por otra parte, Dios es justo y misericordioso, pero por ello, infinitamente <paciente> para con los hombres desde el comienzo de los siglos. Precisamente en el Catecismo de la Iglesia  Católica (nº 211), podemos leer también, en este sentido que:

“El Nombre divino <Yo soy> o <Él es> expresa la fidelidad de Dios que, a pesar de la infidelidad del pecado de los hombres y del castigo que merecen, <mantiene su amor por mil generaciones> (Ex 34,7). Dios revela que es <rico en misericordia> (Ef 2,4), llegando hasta dar a su propio Hijo. Jesús, dando su vida para librarnos del pecado, revelará que Él mismo lleva el Nombre divino: <Cuando halláis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que <Yo soy> (Jn 8,28)”



Jesús se reconoció el Mesías, el Hijo de Dios,  con estas palabras recogidas en el evangelio de San Juan: <Yo soy>. Por eso debemos confiar siempre en Jesús, en todas las circunstancias de nuestra vida, con <suma paciencia> incluso en los momentos más difíciles...

Tomemos  ejemplo   de Santa Teresa de Jesús, la gran doctora de la Iglesia, la cual pasó la mayor parte de su vida enferma y sufriendo grandes dolores, y no por ello cejó en su empeño de servirle, porque como dice su conocida oración, que tanto consuelo deja en el corazón de toda persona apesadumbrada ya sea por sufrimientos corporales o espirituales:

“Nada te turbe / Nada te espante / Todo pasa / Dios no se muda / La paciencia todo lo alcanza/ Quién a Dios tiene / Nada le falta / Sólo Dios basta”.

Santa Teresa de Jesús fue sin duda  una gran evangelizadora, proclamando el Mensaje  de Cristo; Mensaje, por otra parte que también supo reflejar en sus escritos que aún hoy en día siguen vigentes y han merecido el agradecimiento y admiración de toda la Iglesia, para la que han sido un gran apoyo, a lo  largo de los años transcurridos desde su partida hacia el Padre.



Siempre debemos recordar que la Iglesia Católica  es misionera por excelencia, avanza junto a los hombres y experimenta la misma suerte terrena del mundo, como fermento y alma de la sociedad humana, la cual debe ser renovada en Cristo (GS 40,2).
Jesús hace de la caridad un <mandamiento nuevo>, tal como San Juan nos cuenta en su Evangelio.
Sucedió que durante el transcurso de la Última Cena que Jesús mantuvo con sus apóstoles, más concretamente al final de la misma, les anunció su próxima partida de este mundo y pronunció estas palabras  (Jn 13,34):

 “Os doy un mandamiento nuevo: Que como yo os he amado, así también os améis los unos a los otros”

Po eso, en el Catecismo de la Iglesia católica (nº 1825) podemos leer.

“Cristo murió por amor a nosotros cuando éramos todavía enemigos (Rm 5,10) El Señor nos pide que amemos, como Él, hasta a nuestros enemigos (Mt 5,44), que nos hagamos prójimos del más lejano (Lc 10, 27-37), que amemos a los niños (Mc 9,37), y a los pobres como a Él mismo (Mt 25, 40 -45)”



Por su parte el apóstol San Pablo ofrece una descripción incomparable del don de la   <caridad> relacionándola con el don de la <paciencia>:

“La caridad es <paciente>, es servicial; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta” (I Co 13, 4-7)

En definitiva, una cualidad esencial de la <misericordia>, es la <paciencia>, que conduce a excusar hasta a los enemigos, a no irritarse con los defectos del prójimo, a perseverar en la fe, y a esperar todo de nuestro Salvador, que soportó  con mansedumbre (paciencia), su Pasión y hasta sus sufrimientos en la Cruz,  perdonando además a los que le habían condenado tras un juicio tan injusto.




(Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1933):

“Las enseñanzas de Cristo exigen incluso el perdón de las ofensas. Extiende el mandamiento del amor, que es el de la Nueva Ley a todos los enemigos. La liberación en el espíritu del Evangelio es incompatible con el odio al enemigo en cuanto persona, pero no con la aversión al mal que hace en cuanto enemigo”

La <paciencia>, una <obra de misericordia espiritual>, está recogida no sólo en el Nuevo Testamento, con el ejemplo incomparable del Hijo de Dios, hecho hombre, sino también en el Antiguo Testamento.

Concretamente, podemos encontrarla, en la actitud de Dios Padre para con el pueblo elegido, porque Dios se comprometió  con Abrahán en primer lugar (Hb 6,13), y con Moisés después (Ex 3,14; 15,1; 19,5-6).

Sin embargo el pueblo no le fue fiel en todas las ocasiones (C.I.C. nº 2811):

“A pesar de la Ley santa que le da, y le vuelve a dar el Dios santo (Lev 19,2): <Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios soy santo>, y aunque el Señor <tuvo respeto a su Nombre> y usó de <paciencia>, el pueblo se separó del Santo de Israel, y <profanó su Nombre entre las naciones> (Ez 20,36). Por eso, los justos de la Antigua Alianza, los pobres que regresaron del exilio y los Profetas se sintieron inflamados de pasión por su Nombre”
 
 
La virtud de la <paciencia> está muy relacionada con la interesante historia narrada en el Libro de Job del Antiguo Testamento, sobre un hombre muy rico y afortunado pero que cae gravemente enfermo tras haber perdido a sus diez hijos y todas sus riquezas.

Tres amigos acuden a consolarle: Elifaz de Temán, Bildad de Súag y Sofar de Naamat. Al verlos Job, en principio, maldijo el hecho de haber nacido, pero luego entre los cuatro personajes de esta historia, se establece un diálogo en el que el personaje principal de la misma, desde la razón y en una perspectiva universal, se pregunta por el problema de mal…

Tras los lamentos iniciales de Job, el libro nos presenta  un conjunto de  discursos en los que hablan alternativamente  el protagonista y sus amigos, de  los hechos acaecidos.
Job, en un momento dado, se dirige a Dios pidiéndole que le explique porque ha actuado así con él y tras una serie debates entre sus amigos y él, acaba refractándose de sus palabras contra Dios y finalmente Éste, reconoce la inocencia de aquel hombre fiel a su palabra, le perdona y le duplica la prosperidad del pasado...  

El argumento del libro de Job tratado anteriormente en la literatura babilónica en el llamado poema del <Justo paciente>, se basa precisamente en la obra de misericordia espiritual que denominamos <paciencia>. Todos hemos oído alguna vez aquella frase tan conocida referida  a una persona de suma paciencia:<Tiene más paciencia que Job>.




En la antigüedad se consideraba que Dios daba, en esta tierra bienes a los justos y males a los malvados. Sin embargo, en la práctica se comprueba con demasiada frecuencia que puede suceder todo lo contrario.
El libro de Job hace una crítica a esta concepción tratando de explicar unos hechos que en principio parecerían contrarios a la misericordia divina.
En los distintos encuentros del personaje, <Job>, con sus tres amigos se discute sobre la idea de que los sufrimientos no tienen por qué  ser siempre un castigo divino, por el contrario,  también pueden ser acicate para purificar, más si cabe, a una persona justa.

Incluso los sufrimientos continuados y en principio incomprensibles, como los producidos en los enfrentamientos armados de los hombres, no deben poner en duda ni la justicia de Dios, ni la fidelidad a nuestro Creador.



El Papa San Juan Pablo II en su Carta Encíclica <Salvifici doloris>, recuerda el <Libro de Job> asegurando que el mismo:
“No ataca las bases del orden moral trascendente, fundado sobre la justicia, tal y como están propuestas en la Revelación, en la Antigua y en la Nueva Alianza.
Al mismo tiempo, sin embargo, el libro demuestra con firmeza que los principios de este orden no pueden ser aplicados de forma exclusiva y superficial.
Es cierto que el sufrimiento tiene un sentido como castigo cuando está conectado a la culpa, pero no es verdad, en cambio, que todo sufrimiento sea consecuencia de la culpa, y tenga carácter de castigo.
La figura del justo Job es la prueba de ello en el Antiguo Testamento. La Revelación, palabra del propio Dios, expone con total franqueza el problema del sufrimiento del hombre inocente: el sufrimiento sin culpa.
Job no ha sido castigado, no existía base alguna para infringirle una pena, aunque haya sido sometido a una durísima prueba.

En la Introducción del libro de Job leemos que Dios permitió esta prueba provocado por Satanás. Este, de hecho le había replicado a Dios que la justicia y la piedad de Job obedecían a que era un hombre feliz: < ¿Te crees que Job teme a Dios por nada? ¿No ves que le has rodeado de protección, a él, a su casa y a todas sus posesiones? Has bendecido sus actividades y sus rebaños se extienden por el país. Pero trata de poner la mano en sus posesiones; te apuesto a que te maldice en la cara>. Y si el Señor consiente en probar a Job con el sufrimiento, lo hace para probar la justicia. El sufrimiento tiene carácter de prueba en esta ocasión”


De cualquier forma sobre el controvertido tema que estamos tratando, la humanidad desde antiguo ha pensado mucho y discutido con ardor, y aún hoy en día no ha llegado a un compromiso unánime, y así en este nuevo siglo y en el siglo anterior, el hombre ha seguido proponiendo interrogaciones como ésta a Dios: ¿Se puede seguir confiando en un Dios, que se supone misericordioso, a la vista del sufrimiento, de la injusticia, de la enfermedad, de la muerte, que parecen dominar la gran historia del mundo y la pequeña historia cotidiana de cada uno de nosotros?

Esta fue una de las preguntas que el conocido periodista Vittorio Messori realizó al Papa San Juan Pablo II durante una entrevista mantenida con él y a la que el Pontífice contestó apoyándose como es natural en el inmenso ejemplo dado en este sentido por el Dios- hombre (Ibid):



“Dios está siempre del parte de los que sufren. Su omnipotencia se manifiesta precisamente en el hecho de haber aceptado libremente el sufrimiento. Hubiera podido no hacerlo. Hubiera podido demostrar omnipotencia incluso en el momento de la crucifixión; de hecho, así se lo proponían (Mc 15,32), pero no recogió el desafío.
El hecho de que haya permanecido en la cruz hasta el final, ha quedado en la historia del hombre como el argumento más fuerte…

El Varón de Dolores es la revelación de aquel Amor que <lo soporta todo> (I Co 17,7) Es la revelación de que Dios no sólo es amor, sino que además, <derrama amor en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo>  (Rm 5,5)

En definitiva, ante el Crucificado, cobra en nosotros preeminencia el hombre que se hace partícipe de la Redención frente al hombre que pretende ser encarnizado juez de las sentencias divinas, en la propia vida y en la de la humanidad.
Así pues, nos encontramos en el centro mismo de la historia de la  Salvación. El juicio sobre Dios se convierte en el juicio sobre el hombre”



Espléndido razonamiento el del Papa que nos lleva a una nueva consideración planteada también por él mismo (Ibid):

“Hombre, tú que juzgas a Dios, que le ordenas que se justifique ante tu tribunal, piensa en ti mismo, mira si no eres tú el responsable de ser condenado, si el juicio contra Dios no es en realidad un juicio contra ti mismo. Reflexiona y juzga si este juicio y su resultado (La Cruz y la Resurrección), no son para ti el único camino de salvación”

Sin duda este es el <único camino de salvación> para el hombre y ya sabemos que es un camino difícil, lleno de obstáculos y de  injusticias del hombre contra el hombre, pero Dios a través del Espíritu Santo nos ayuda <derramando amor en el corazón del hombre> y lo hace a través de muchos caminos, y no es el menor el derivado de sus <frutos>, entre los cuales se encuentra la <paciencia>, tal como podemos leer en el Catecismo de la Iglesia Católica (nº 1832):
“Los frutos del Espíritu Santo son perfecciones que forma en nosotros el Espíritu Santo como primicias de la gloria eterna. La tradición de la Iglesia enumera doce: caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad” (Ga 5,22-23; Vulg.)



Sí, San Pablo en su Carta a los Gálatas hace referencia a los frutos del Espíritu Santo cuando  invita a vivir según el Espíritu (Ga 5,16-23):

“Digo, pues: caminad en Espíritu, y no daréis satisfacción a la concupiscencia de la carne / Pues la carne codicia contra el espíritu y el espíritu contra la carne; como que esas cosas son entre sí contrarias; de manera no hagáis lo que queréis / Y si os dejáis llevar del espíritu, no estáis bajo la presión de la ley / Y son patentes las obras de la carne; las cuales son: fornicación, impureza, libertinaje / idolatría, hechicería, enemistad, contiendas, emulaciones, furores, provocaciones, banderías, sectas / envidias, homicidios, borracheras, comilonas y cosas semejantes a éstas; sobre las cuales os prevengo, como ya os previne, que las tales obras hacen no heredarán el reino de Dios / Mas la fructificación del Espíritu: caridad, gozo, paz, longanimidad, benignidad, bondad, fe, mansedumbre (paciencia), continencia; frente a tales cosas no tiene objeto la ley”

En esta carta admirable revela San Pablo todo el tesón y fuerza de su forma de ser y al mismo tiempo toda la ternura de su corazón hacia aquel pueblo constituido casi en su totalidad por gentiles o prosélitos, que habían sido por él evangelizados con anterioridad, pero entre los cuales habían surgido voces contrarias al Mensaje de Cristo; estas voces correspondían en gran medida a aquellos  que sólo aceptaban la ley Mosaica.



Pues bien, es en la última parte de su Carta, dedicada a la moral de los hombres, donde el apóstol expone con claridad el hecho irrefutable de que el Evangelio, lejos de dar libertad a la carne, la condena y refrena, con dos principios poderosos y de gran santidad: la caridad (misericordia), y el Espíritu.

De aquí que la <paciencia>, una <obra de misericordia> espiritual y un fruto del Espíritu Santo sea tan importante para contener los impulsos carnales, porque implica esos dos principios que lo refrenan: la <misericordia> y el < Espíritu>.

Hombres santos como San Francisco de Asís y más modernamente el padre San Pío Pietrelcina así lo han manifestado, con sus ejemplos de vida y sus enseñanzas. Este último, por ejemplo, aseguraba:

“Tengamos bien esculpido en nuestra mente lo que dice el Divino Maestro: en nuestra <paciencia> poseeremos nuestra alma”
 
 


Precisamente en  el Evangelio de San Mateo, se nos narra, como el Señor refiriéndose a las señales precursoras que tendrán lugar al final de los tiempos, asegura a sus apóstoles que  (Mt 24, 7-14):

“Se levantará raza contra raza y reino contra reino, habrá hambres y terremotos por distintos lugares; / más todo esto, no es sino el principio de los grandes dolores. / Entonces os entregarán a malos tratamientos y os matarán, y seréis odiados de todas las gentes por causa de mi nombre / Y entonces se escandalizarán muchos, y unos a otros se entregarán, y se aborrecerán unos a otros / Y surgirán muchos falsos profetas y extraviarán a muchos / Y por haberse multiplicado la iniquidad se enfriará la caridad de las multitudes / Más el que fuere constante hasta el fin, este se salvará / Y será predicado este evangelio  del reino en todo el orbe, para que sirva de testimonio a todas las gentes. Y entonces vendrá el fin”

Con estas palabras Jesús profetizó una serie de acontecimientos: la seducción por parte de  falsos mesías, la aparición de grandes calamidades públicas, la persecución de los apóstoles, la seducción de los falsos profetas, la predicación universal del evangelio para que sirva de testimonio a todos los hombres, y por último, la salvación de aquellos que con <paciencia> sean constantes en la fe hasta el fin...
Oremos, pues, para alcanzar esa obra de la misericordia espiritual y fruto del Espíritu Santo que es la <paciencia>. Hagámoslo por ejemplo, utilizando el libro de los Salmos un medio extraordinario para alcanzar este deseado objetivo (Salmo 145-144):



“Te ensalzaré, rey y Dios mío bendeciré tu nombre por siempre jamás / Todos los días te bendeciré, alabaré tu nombre sin cesar / Grande es el Señor y digno de toda alabanza, es inmensa su grandeza / Cada generación celebra  tus acciones y anuncia tus gestas a la otra / Ellos hablan del esplendor de tu gloria, y yo referiré tus maravillas / Ellos cuentan tus hazañas portentosas y yo narraré tus grandezas / celebran el recuerdo de tu inmensa bondad y cantan alegres tu fidelidad / El Señor es clemente y compasivo, <paciente> y rico en amor, /  el Señor es bondadoso con todos, a todas sus obras alcanza su ternura”