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domingo, 19 de febrero de 2017

MENSAJEROS DEL EVANGELIO: LOS PRIMEROS SIGLOS (2ª Parte)


 
 
 
 
 
 
Los últimos años del siglo VI, estuvieron marcados por el desarrollo de terribles guerras, la hambruna de los pueblos y las epidemias que hacían desaparecer a poblaciones enteras. Sin embargo, pese al acumulo de tantas desgracias, siempre brilló la luz de la evangelización en la Iglesia de Cristo, que tuvo como máximo exponente al Papa San Gregorio Magno (590-604), primer Pontífice benedictino, gran asceta de origen noble.

Este santo varón al ser nombrado sucesor de la Silla de Pedro, tras la muerte de Pelagio II a causa de una epidemia, dejó todo su patrimonio a la Iglesia y se hizo llamar: <Siervo de los siervos de Dios>
Se ha escrito mucho sobre esta figura fundamental de la Iglesia católica,  recordaremos tan solo algunas de las cosas que dijo el Papa Benedicto XVI, durante la <Audiencia General> del 28 de mayo de 2008:
 
 
 
 
 
“Reconociendo, en cuanto había sucedido, la voluntad de Dios, el nuevo Pontífice se puso inmediatamente al trabajo con empeño. Desde el principio reveló una visión singularmente lúcida de la realidad con la que debía medirse, una extraordinaria capacidad de trabajo al afrontar los asuntos tanto eclesiales como civiles, un constante equilibrio en las decisiones, también valientes, que su misión le imponían.


Se conserva de su gobierno una amplia documentación gracias al Registro de sus cartas (aproximadamente 800), en las que se refleja su  diario interés por los complejos interrogantes que  llegaban a sus manos. Eran cuestiones que procedían, de los obispos, de los abades, de los clérigos, y también de las autoridades civiles de todo orden y grado.

Entre los problemas que afligían en aquel tiempo a Italia y particularmente a Roma había uno de gran relevancia tanto en el ámbito civil como eclesial: la cuestión lombarda. A ella dedicó el Papa toda energía posible con vistas a una solución verdaderamente pacificadora.

A diferencia del emperador bizantino, que partía del presupuesto de que los lombardos eran sólo individuos burdos y depredadores a quienes había que derrotar o exterminar, San Gregorio veía a esta gente con los ojos del buen pastor.

 
 
 
Preocupado por anunciarles la palabra de salvación, estableció con ellos relaciones de fraternidad orientadas a una futura paz fundada en el respeto recíproco y en la serena convivencia entre italianos, imperiales y lombardos.

Se preocupó de la conversión de los jóvenes pueblos y de la nueva organización civil de Europa: los visigodos de España, los Francos, los Sajones, los inmigrantes  en Bretaña y los lombardos fueron los destinatarios privilegiados de su misión evangelizadora”

 
En griego <Gregorio> significa vigilante, y en verdad que hizo honor a su nombre, tal como nos ha explicado en su magnífica catequesis el Papa Benedicto XVI. Había nacido en Roma en el año 540  en el seno de  una familia particularmente cristiana (sus padres son santos  y algunas de sus tías también) y estudió Derecho, siendo nombrado Prefecto de la urbe en el año 573, pero su espíritu volaba hacia otros derroteros y pronto sufrió una transformación espiritual tan intensa que le llevó a retirarse de la política para abrazar la vida monástica, fundando un monasterio en su propia casa bajo la advocación de san Andrés.
 
 


Posteriormente, en años sucesivos creó otra serie de monasterios en algunas de sus posesiones en la isla de Sicilia, tomando como carisma, en todas ellas, la regla de San Benito.

A la muerte del Papa Pelagio II (579-590), como hemos comentado anteriormente, San Gregorio fue proclamado su sucesor, pasando a ocuparse con ardor, como  ha reconocido el  Papa Benedicto XVI, de todos los asuntos que por su cargo, Cristo le había encomendado.

Se puede decir que durante todo su Pontificado, este Papa, realizó una labor apostólica extraordinaria, y así por ejemplo, envió al monje benedictino Agustín de Canterbury junto con otros cuarenta monjes, en el año 597 a evangelizar Inglaterra, que aunque ya había sido evangelizada, desde el siglo V se encontraba en graves dificultades debido a las invasiones de anglos y sajones, paganos.

 
 
San Agustín tras una dura lucha contra el paganismo reinante consiguió la conversión del rey Ethelberto de Kent  y a partir de este momento sus súbditos siguieron, en gran mayoría, su ejemplo.

Cantérbury fue el lugar elegido finalmente por el santo para fijar su residencia, donde con ayuda real inició la construcción de la Iglesia que sería después la Catedral de Cantérbury. San Agustín siempre tuvo el apoyo incondicional del Papa San Gregorio, el cual le envió a dos sacerdotes para que le ayudaran en su intensa labor evangelizadora, estos fueron Melitón que llegó a ser el primer Obispo de Londres y Justo que fue el primer Obispo de Rochester.

Por otra parte, la  obra evangelizadora del Papa San Gregorio,  quedó reflejada también en sus escritos entre los que cabe destacar además de su extensa obra epistolar, ya mencionada, otras obras, tal como recordaba el Papa Benedicto XVI (Catequesis del 4 de junio de 2008):
“Escritos de carácter exegético, entre los que se distinguen el Comentario moral  a Job, las Homilías sobre Ezequiel y las Homilías sobre los Evangelios. Asimismo existe una importante obra de carácter hagiográfico, <Los Diálogos>, escrita por San Gregorio para edificación de la reina lombarda Teodolinda. Sin embargo, la obra principal y más conocida es sin duda la <Regla pastoral>, que el Papa redactó al comienzo de su Pontificado con finalidad claramente programática”

 
 
 
En cuanto a las enseñanzas teológicas de San Gregorio, el Papa Benedicto XVI  nos recuerda también en la misma catequesis  que: “Haciendo un rápido repaso a sus obras observamos, ante todo, que en sus escritos San Gregorio jamás se muestra preocupado por trazar una doctrina “suya”, una originalidad  propia. Más bien intenta hacerse eco de la enseñanza tradicional de la Iglesia, quiere sencillamente ser la boca de Cristo y de su Iglesia, en el camino que se debe recorrer para llegar a Dios”

Por otra parte, San Gregorio, logró por dos veces la retirada de los lombardos que asediaban Roma y la reina bávara  Teodolinda  creyente cristiana le ayudó  en la conversión de su esposo Leutario, el cual renunció al arrianismo y con él, muchos de sus vasallos. Así mismo, hay que recordar su gran caridad en favor de los más pobres, doce de los cuales, se cuenta que, compartían cotidianamente su mesa y los demás eran atendidos en sus necesidades.  

Por todo esto y mucho más, para que la labor evangelizadora realizada por San Gregorio Magno (590-604) siga siendo un ejemplo vivificador en la Iglesia del siglo XXI, recordaremos la siguiente oración a él dirigida por esta:
 
 
 
“Señor Dios, que cuidas a tu pueblo y lo gobiernas con amor, te pedimos que, por intercesión del Papa San Gregorio Magno, concedas el Espíritu de sabiduría a quienes has establecido como maestros y pastores de la Iglesia”


Sí, porque dando un gran salto en la historia, a mediados del siglo IX tuvo lugar el llamado Cisma de Focio, durante el Papado de Nicolás I (858/867), siendo Patriarca de Constantinopla el Obispo Ignacio. Por cuestiones familiares, el emperador Miguel III y su ministro Bardas, expulsaron de su Sede de Constantinopla a San Ignacio, que constantemente les reprendía por su mal comportamiento y los sustituyeron por Focio. Éste era un hombre erudito pero de condición moral relajada que recibió, en muy poco tiempo, todas las ordenes de la Iglesia de Oriente, y que se sublevó contra el Papa de Roma, declarándose  a continuación Patriarca Universal.

Tras diversos incidentes, se produjo la ruptura  y el rechazo de la Primacía de Roma, lo que provoco la excomunión de Focio por parte del Papa. Tras un largo periodo de desencuentros e incertidumbres, Focio fue aislado finalmente en un monasterio, donde murió en el año 886.

El Patriarca Antonio Kauleas, venerado como santo, estableció en un Sínodo, de nuevo, la unión total con Roma, repuso el nombre del Papa en el Canon y renovó unas relaciones buenas con la Iglesia de Occidente, aunque siempre algo distantes, que dieron lugar a fricciones y que por desgracia terminaron con la escisión total de ambas Iglesias en el año 1054.

En este año el Papa León IX (1049-1054), amenazado por los normandos, trato de encontrar una nueva alianza con Bizancio y mando una embajada a Constantinopla, encabezada por el Cardenal Humberto Silva Candida.

Los legados Papales al llegar a Constantinopla, negaron el titulo de Patriarca a Miguel I Cerulario (1043-1058), poniendo en duda la legitimidad de su elección, debido a su deficiente formación teológica, lo cual, le había llevado al límite de la herejía en algunas ocasiones. Se puede decir  que en esta ocasión la delegación Papal, obro con alguna ligereza, sin sopesar cuales serian las consecuencias posteriores, cuando se marcharon de forma brusca, dejando la Bula conminatoria al Patriarca sobre el Altar Mayor de su Iglesia, sin siquiera  dialogar primero, para tratar de encontrar una solución al problema.

 
 
El 24 de Julio del nefasto año 1054, el Patriarca de Constantinopla, Miguel I Cerulario sumamente ofendido, respondió a todo lo sucedido, excomulgando a su vez, al Cardenal Humberto de Silva y a su sequito, quemando públicamente la Bula romana, con lo que, sé confirmo definitivamente, el llamado gran Cisma de Oriente.

A partir de aquel momento hubo algunos intentos, bien intencionados, de unir de nuevo a las iglesias en conflicto, pero todos ellos fracasaron debido, por una parte a la incomprensión y recelo surgidos a lo largo del tiempo entre ambas y por otro al hecho de que a su vez la Iglesia de Oriente se dividió en tres ramas principales: la iglesia de Constantinopla, la iglesia Griega y la iglesia Rusa.

A la Iglesia de Constantinopla se agregaron aparentemente las Iglesias de Antioquía, de Jerusalén y de Alejandría. De cualquier forma, la Iglesia cismática en su totalidad, conserva aun en día, inalterados, los Dogmas de la fe que tenían antes de separarse y que son prácticamente los mismos que profesa la Iglesia Romana. No por ello deja de existir grandes diferencias, en otros aspectos, entre ambas Iglesias, como el referido al Espíritu Santo:
 
 
 
 
La Iglesia griega sostiene que el Espíritu Santo procede del Padre y no del Hijo y rechazan la palabra “Filioque”. A este respecto recordaremos que el año 589, durante el 3ª Concilio de Toledo, donde tuvo lugar la solemne conversión al catolicismo de los visigodos, se produjo la introducción de esta palabra, en el Credo de la iglesia, por lo que se aceptaba la idea de que el Espíritu Santo procede, no exclusivamente del Padre, a través del Hijo, como decía el Credo proclamado en el Concilio de Nicea, sino del Padre y del Hijo.


Por otra parte, la Iglesia cismática no reconoce la autoridad suprema del Papa y, sus Patriarcas y aunque sus obispos están sometidos a la ley de celibato,  a sus presbíteros les está permitido el matrimonio, siempre que se haya contraído antes de la recepción de las órdenes sagradas.
Otro inconveniente para la resolución definitiva del Cisma de Oriente, es el hecho, de la falta de unidad en la Iglesia Oriental. Los distintos Patriarcas son iguales entre sí e independientes los unos de los otros y cada Patriarca ha formado en su entorno, una Iglesia distinta.

Sin embargo, se puede señalar el hecho de que en 1274, en el 2º Concilio de Lyon y en 1439, en el Concilio de Basilea, ambas Iglesias, Oriental y Occidental, hicieran un gran esfuerzo por limar las desavenencias surgidas en siglos pasados, aunque sin gran éxito.
Más recientemente, algunas Iglesias Orientales decidieron aceptar la Primacía del Papa y se han denominado Iglesias Orientales Católicas.

Recordaremos también, que a partir del Concilio Vaticano II, la Iglesia Católica Romana, ha iniciado, bajo el influjo de los Papas Pablo VI y Juan Pablo II, así como por  parte del Papa  Benedicto XVI, y en la actualidad el Papa Francisco un programa de acercamiento hacia las Iglesias Orientales y es de esperar que  se puedan apreciar los frutos de esta gran labor con la ayuda del Espíritu Santo.
 

 
De cualquier forma quizás  la Edad Media, tan denostada por algunos, pueda considerarse, desde el punto de vista de la Iglesia de Cristo, como la era de mayor fe por sus enseñanzas y por tanto de un alto grado de evangelización, llevada a cabo por el pueblo cristiano. Esta evangelización, se hizo necesaria desde el primer momento de la invasión de los pueblos barbaros, los cuales inicialmente combatieron a muerte al cristianismo, pero que gracias a la obra de tantos y tantos evangelizadores, que dieron hasta la vida en el empeño, llegaron a aceptar esta nueva religión tan distinta al paganismo que ellos inicialmente defendían.

Recordemos así mismo que en el siglo X, una vez conseguida la conversión de los barbaros, la Iglesia de Cristo comienza a propagarse con gran profusión, que aumenta progresivamente durante los siglos XI y XII, e incluso principios del siglo XIII, donde aparecen lo que se ha dado en llamar, los Grandes Papas (Nicolás I, León IX, Nicolás II, Gregorio VII e Inocencio III) que desde la silla de Pedro, dieron a la Iglesia de Cristo un florecimiento muy considerable.

Se puede decir también, que durante este periodo de la edad Media, a pesar del Cisma de Oriente, con el reconocimiento del poder temporal de los Pontífices, la Iglesia se desarrollo plenamente, llevando sus enseñanzas a las instituciones laicas, renovando y unificando la liturgia de los pueblos cristianos.
 
 
En este sentido el Papa San Juan Pablo II, en su libro “Cruzando el umbral de la esperanza “, aseguraba que: ”Uno de los más grandes acontecimientos en la historia de la evangelización fue sin duda alguna, la misión de dos hermanos provenientes de Tesalónica, San Cirilo monje, y Metodio obispo (869 y 884)”.

 Estos fueron según el Papa, los artífices de la evangelización dentro de las culturas eslavas y lo hicieron a favor de la iglesia de Oriente y de Occidente, a pesar de que ya entonces esa  unidad era muy precaria (Ibid): 

 
 
 
"Estos Santos ejercieron su labor evangelizadora en el imperio de la Gran Moravia (nacido a principios del siglo IX), traduciendo al eslavo las Sagradas Escrituras y otros libros litúrgicos. El <patrimonio de su evangelización  ha permanecido en las vastas regiones de la Europa central y meridional, en tantas naciones eslavas, que aun hoy, reconocen en ellos no solamente a los maestros de la fe, sino también a los padres de la cultura>"

Verdaderamente durante el primer milenio después de la llegada del Mesías, en sus emigraciones los distintos pueblos tuvieron ocasión ponerse en contacto con núcleos cristianizados, aceptando su fe, aunque muchas veces no estuvieran aún en disposición de entender del todo la formulación del Misterio de Cristo…

A mediados del siglo XV, sobre todo de España y Portugal, una nueva oleada de evangelización partirá hacia tierras desconocidas…El afán misionero que se manifestó más allá del océano, llegó a un nuevo continente. Con el descubrimiento de América se produjo una gran obra evangelizadora que dio extraordinarios resultados para el futuro de la humanidad…

Sí, como diría el Papa San Juan Pablo II (Ibid):

 
 
“La Iglesia renueva cada día, contra el espíritu de este mundo, una lucha que no es otra cosa que la <lucha por el alma del mundo>…La lucha por el alma del mundo contemporáneo es enorme allí donde el espíritu de este mundo aparece más poderoso…Mientras pasan las generaciones que se han alejado de Cristo y de la Iglesia, que han aceptado el modelo laicista de pensar y de vivir, o las que ese modelo les ha sido impuesto, la Iglesia mira siempre al futuro; sale, sin detenerse, al encuentro de las nuevas generaciones. Y se muestra con toda claridad que las nuevas generaciones acogen lo que sus padre parecían rechazar”     

 

jueves, 16 de febrero de 2017

LA SANTIDAD ES UN DON DE JESÚS A SU IGLESIA


 
 
 
 



Hubo un tiempo  en que la devoción a los santos era enorme, así sucedió por ejemplo en la denostada Edad Media,  de la que deberíamos tomar ejemplo en los tiempos que corren, donde muchos hombres   ya no rezan a Dios, y tampoco piden ayuda a la Virgen o a los santos.

Da la sensación, algunas veces, de que los hombres se hubieran olvidado de Dios y de sus hijos predilectos, los santos, aquellas mujeres y aquellos hombres que viven la cruz en la cotidianidad, en un mundo casi siempre alejado de Dios. 
Así es, la Iglesia es santa aunque sus hijos sean pecadores y entre estos hijos, pecadores o no, el Señor ha elegido algunos hombres y mujeres para demostrar que la santidad puede existir, porque  Cristo es el que santifica a su grey.

Como dice el Papa Francisco: <Nadie se santifica así mismo, no hay un curso para llegar a ser santo; ser santo no es hacerse faquir o algo parecido. Más bien, <la santidad es un don de Jesús a su Iglesia>; y para manifestarlo, elige a personas, en las que se ve claramente su trabajo para santificar>


Los santos hacen que la Iglesia de Cristo crezca y lo hacen,  en particular, por medio  de sus Pontífices. De esta forma, lo interpretó, el Papa Benedicto XVI, durante la Santa Misa para la imposición del anillo del pescador en el solemne inicio de su Ministerio Petrino (24 de abril de 2005). Benedicto recordaba con emoción como se sentía arropado en aquellos momentos extraordinarios de su vida por la presencia de toda la <muchedumbre de los santos>:

“Por tres veces nos ha acompañado en estos días tan intensos el canto de la letanía de los santos: durante los funerales por nuestro Santo Padre Juan Pablo II; con ocasión de los Cardenales en el Cónclave y también hoy, cuando hemos cantado de nuevo con la invocación: <Tu Illum Adieva>, asiste al nuevo sucesor de San Pedro…

Y ahora, en este momento, yo, débil siervo de Dios he de asumir este cometido inaudito, que supera realmente toda capacidad humana, ¿Cómo puedo hacerlo? ¿Cómo seré capaz de llevarlo a cabo?

Todos vosotros queridos amigos acabáis de invocar a toda la muchedumbre de los santos, representada por algunos de los grandes nombres de la historia que Dios teje con los hombres. De este modo, también en mí se reaviva la conciencia: no estoy solo.

La muchedumbre de los santos de Dios me protege, me sostiene y me conduce. Y me acompañan, queridos amigos, vuestra indulgencia, vuestro amor, vuestra fe y vuestra esperanza. En efecto a la comunidad de los santos no pertenecen sólo las grandes figuras que nos han precedido y cuyos nombres conocemos.

Todos nosotros somos la comunidad de los santos; nosotros bautizados en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; nosotros, que vivimos del don de la carne y la sangre de Cristo, por medio del cual quiere transformarnos y hacernos semejantes así mismo. Sí, la Iglesia está viva; esta es la maravillosa experiencia de estos días…”

 
De las palabras del Papa Benedicto XVI, en su toma de posesión de la Silla de Pedro, claramente deducimos que no sólo debemos rezar a Dios sino que además debemos rogar la intercesión de la muchedumbre de los santos, porque la Iglesia es santa y recuerda a sus santos en momentos tan especiales y decisivos como por ejemplo la elección y nombramiento de sus Pontífices.

Por otra parte el Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda también a estos testigos que nos han precedido en el Reino de Dios y muy especialmente a aquellos que reconoce como santos (Catecismo de la Iglesia Católica nº 2683):
“Los testigos que nos han precedido en el Reino, especialmente los que la Iglesia reconoce como santos, participan en la tradición viva de la oración, por el testimonio de sus vidas, por la transmisión de sus escritos y por su oración hoy.

Contemplan a Dios, lo alaban y no dejan de cuidar a aquellos que han quedado en la tierra. Al entrar <en la alegría> de su Señor, han sido <constituidos sobre lo mucho> (Mt 25,21).
Su intersección es su más alto servicio al plan de Dios. Podemos y debemos rogarles que intercedan por nosotros y por el mundo entero”

Dentro de la <muchedumbre de los santos>, especial devoción siente la Iglesia de Cristo por aquellos que han sido mártires, que ha dado la vida por Jesús y su Mensaje.



En este sentido, el Papa Benedicto XVI durante la Audiencia General celebrada en el Palacio Apostólico de Castel Gandolfo, el miércoles 11 de agosto de 2010 se expresaba en los siguientes términos: 
“La respuesta a la pregunta ¿Qué lleva a un hombre al martirio? es sencilla: Es la muerte de Jesús, en su sacrificio supremo de amor, consumado en la Cruz, a fin de que pudiéramos tener vida (Jn 10,10).

Cristo es el siervo que sufre, de quien habla el profeta Isaías  (Is 52,13-15), que se entregó así mismo como rescate por muchos (Mt 20,28).

Él exhorta a sus discípulos, a cada uno de nosotros, a tomar cada día nuestra cruz y a seguirlo por el camino del amor total a Dios Padre y a la humanidad: < El que no toma la cruz y me sigue,  no es digno de mi>; <El que encuentra su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí la encontrará> (Mt 10,38-39).

Es la lógica del grano de trigo que muere para germinar y dar vida (Jn 12,24). Jesús mismo <es el grano de trigo venido de Dios, el grano de trigo divino, que se deja caer en la tierra, que se deja partir, romper en la muerte y, precisamente de esta forma, se abre y puede dar fruto en todo el mundo>”  (Benedicto XVI. Visita a la Iglesia luterana de Roma, 14 de marzo de 2010)

 
El mártir sigue al Señor hasta las últimas consecuencias, aceptando libremente morir por la salvación del mundo, en una prueba suprema de fe y de amor (Lumem Gentium 42). Desde el principio, desde los inicios en la Iglesia Primitiva de Cristo, cuando comenzaron los primeros martirios, después de la muerte de Cristo, como máximo exponente de los mismos, entre sus seguidores, estos hombres y mujeres fueron apreciados por el pueblo de Dios y la devoción a los mismos empezó al mismo tiempo prácticamente que  entregaban sus vidas por la salvación del mundo.

Todos los Pontífices se han apresurado a considerarlo así con la beatificación y la posterior canonización de éstos, que en tantas ocasiones fue simultánea como consecuencia de los hechos históricos acaecidos.




Uno de los Papas que más canonizaciones ha realizado en el siglo XX ha sido el Papa Pablo VI.
Giovanni Battista Montini, Pablo VI (1963-1978), pertenecía a una familia católica de la burguesía italiana, de manera que el ambiente familiar fue propiciatorio para su futura vocación religiosa. Su vida está marcada por acontecimientos históricos de la Iglesia católica de gran relevancia. El Papa Montini tomó las riendas de la Iglesia, cuando el Concilio Vaticano II prácticamente acababa de comenzar; su antecesor y responsable del mismo, Juan XXIII, murió por desgracia, sin poder ver el final de tan importante evento para la Iglesia.
Pablo VI actuó en consecuencia, decidió continuar con el  mismo y el 29 de septiembre de 1963 se inició la segunda sesión del Concilio Ecuménico, Vaticano II.
Posteriormente a la clausura de este Concilio, el Papa Pablo VI procedió a llevar a la práctica algunas de las orientaciones que salieron del mismo, cuestión ésta, que no resultó nada  fácil, tanto por la situación internacional (tensiones debidas a la llamada guerra fría), como por problemas derivados de la situación contestataria existente, en esos momentos, en el seno de la propia Iglesia de Cristo...

Se puede decir que este Pontífice del siglo XX sufrió un acoso psicológico, especialmente después de publicar su Carta Encíclica <Humanae Vitae>, que tantas y tantas personas que se consideraban cristianas católicas, rechazaron en medio de un ambiente muy propiciatorio para ello. El Papa llegó a decir en un momento dado, sintiendo todo el peso de la crítica que había generado su carta: <Nunca como en esta ocasión hemos sentido el peso de nuestra carga>
A partir de esta Encíclica, para muchos, el Papa Pablo VI pasó a ser una persona <non grata>, porque les impedía hacer con la <conciencia tranquila> aquello que deseaban y que por supuesto, era contrario a la doctrina católica, es decir, al Mensaje de Cristo…
Quizás esto influyera en alguna medida en el interés y amor de este Pontífice por los santos mártires, tal como refleja el hecho de que las canonizaciones por él realizadas, en gran número, corresponden a mártires de la Iglesia, más concretamente, nos referimos a: San Juan Nepomuceno Neumann (Siglo XIV), San Juan Boste (Siglo XVI), San Juan Jones (Siglo XVI), San Juan Kemble (Siglo XVII), San Juan Ogilvie (Siglo XVII), San Juan Payne (Siglo XVI), San Juan Rigby (Siglo XVII), San Juan Stone (Siglo XVI), y San Juan Wall (Siglo XVII). Es curioso, por otra parte, el hecho de que todos estos mártires canonizados por el Papa Pablo VI lleven el nombre de Juan, lo cual nos hace pensar en la posible influencia que tuvo sobre este santo Padre, la vida de otro santo, que también se llamaba San Juan, y que fue canonizado asimismo por él,  nos referimos a San Juan de Ávila, el llamado Apóstol de Andalucía.



Sobre este hombre santo, escribieron grandes figuras de la Iglesia de Cristo como Fray Luis de Granada, San Ignacio de Loyola, San Francisco de Borja e incluso Santa Teresa de Jesús.
Había nacido en Almodóvar del Campo, en el año 1500, y desde muy joven dio muestras de espíritu de sacrificio e inclinación a hacer penitencia. Estudió en la prestigiosa Universidad de Alcalá, siendo sus maestros personajes relevantes de la época, como Fray Domingo de Soto; terminando sus estudios de letras y teología fue ordenado presbítero.Sus hagiógrafos cuenta la anécdota de que cuando celebró su primera misa, en vez de los acostumbrados banquetes que se solían dar, por entonces, a la familia y los amigos, dio de comer a doce pobres y les sirvió él mismo la mesa.
Su ilusión era ir a evangelizar a la India, pero el Arzobispo de Sevilla sabiendo de su categoría intelectual le pidió que se quedase en España, por entonces muy necesitada también de evangelizadores y él obedeciendo se quedó allí extendiéndose en seguida por toda Andalucía su fama como predicador,  logrando la conversión de muchas almas. Su vida es un ejemplo a seguir por todo aquel que desee dedicarse a la tarea de la evangelización, porque nunca buscó el aplauso, nunca buscó los bienes materiales, y sólo hablaba en nombre de Cristo y no en nombre propio.

Entre las obras por él escritas hay que destacar el <Epistolario espiritual para todos los estados>  y  la <Colección de cartas ascéticas>, dirigidas  entre otros, a San Ignacio de Loyola,  y San Juan de Dios. Compuso así mismo un libro dedicado al “Santísimo Sacramento”  y otro al “Conocimiento de sí mismo” , así como otros muchos, aunque se han perdido, los hermosos sermones de sus predicaciones orales, seguramente porque nunca se preocupó el santo de conservar los escritos.
Murió en la ciudad de Montilla en 1569. Es santo patrón del clero español desde 1946 y el Papa Benedicto XVI lo proclamó Doctor de la Iglesia el 7 de octubre de 2012, siendo el cuarto santo español en alcanzar este título.



Recordaremos también a otro  santo, en este caso mártir,  que el Papa Pablo VI canonizó y que lleva así mismo el nombre de Juan, nos referimos concretamente a San Juan Nepomuceno que sufrió la muerte por martirio a causa de no revelar un secreto de confesión. Había nacido este santo varón en Nepomuck (Bohemia), en el año 1330. Desde niño era muy devoto de la Virgen, por cuya intersección él se consideró salvado de una enfermedad muy grave. Estudió mucho pasando por diversas universidades en las que se especializó en filosofía y teología.
Una vez ordenado sacerdote en poco tiempo se convirtió en un excelente predicador de la Palabra, pues con sus sermones trataba de poner coto a  pecados típicos de la época como la soberbia, la relajación de las costumbres morales etc.
Hasta el emperador  del Sacro Imperio Romano Germánico (1378-1400), rey de Bohemia (1376-1412) y rey de los romanos (1376-1400), Wenceslao, se cuenta que asistia a los sermones de este santo y por eso consideró conveniente para la Corte nombrarle capellán de palacio.

Estando ya en su nuevo puesto evangelizador dentro de una Corte, de costumbres muy frívolas, la reina, una mujer de probada santidad, quiso tomarle como confesor. Esta mujer era hija del duque de Baviera y se casó con Wenceslao cuando él tenía quince años y ella había cumplido los veinte. Poseía muchas virtudes todo lo contrario que su esposo el emperador que demostró ser en su madurez un hombre cruel y propenso a los vicios. La reina se sentía muy acongojada por el proceder de su esposo que, por otra parte, era muy celoso y no se fiaba de la fidelidad de ella, a pesar de haber demostrado ésta un comportamiento intachable en todos los sentidos.
Sucedió, que el emperador en una ocasión ciego de celos y ante la santidad de su esposa quiso que Juan, el confesor de la reina, le contara los posibles pecados de los que ella se acusaba, y al no conseguir que éste faltara a la obligación de mantener el secreto de confesión, se irritó enormemente con él.
Sin embargo no se atrevió a echar de la Corte al santo, y enfurecido como estaba descargó su ira contra sus vasallos, y al afearle su conducta el santo,  él le mandó encarcelar, aunque después , asustado de lo que había hecho, ordenó que lo sacaran del calabozo e incluso le obligó asistir a un banquete durante el cual le pidió de nuevo, que le dijera los pecados de la emperatriz.
Al negarse en rotundo el santo, lo mandó torturar dejándolo luego  en libertad. No obstante
el tema no quedó zanjada así, porque Wenceslao secretamente ordenó que le mataran de forma que no se descubriera el crimen.
Sus secuaces para cumplir el mandato, lo arrojaron al vacío desde el puente de Moldaba. El crimen, no obstante,  no quedó oculto porque el río creció y sacó a flote el cadáver haciéndose público este macabro hecho, y al mismo tiempo  el cuerpo del santo, quedaba iluminado por extrañas y milagrosas luces. Este acontecimiento tuvo lugar en el año 1383.




Podríamos poner multitud de ejemplos más, que abalarían el valor y el amor a Dios de los santos mártires de todos los tiempos, por eso ya en los primeros siglos cuando los cristianos eran cruelmente perseguidos y ejecutados por el sólo delito de serlo, recogían sus nombres y la fecha del suceso en el libro denominado <Martirologio Romano>. Además en seguida eran tomados como modelos de santidad  para lograr la salvación de sus almas.
Por desgracia, en este descreído siglo XXI escuchamos expresiones que nos indican la falta de consideración hacia estas personas elegidas por Dios, que han entregado incluso en ocasiones la vida por de Cristo y su Mensaje.
De ahí  la pregunta: ¿Será ésta una nueva forma de iconoclastia? Sí, porque algunos hombres ya no se conforman con quitar las imágenes de Cristo, de la Virgen y de los santos de los lugares de culto, o de los lugares donde siempre han estado durante siglos. No, esto no es suficiente, para ellos, es  necesitan que la gente se olvide de rezar, de pedir ayuda, no sólo a los santos o  a la Virgen, sino también y sobre todo a Dios.
Por eso, los cristianos debemos recordar las palabras de Cristo cuando dijo: <si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese así mismo, tome su cruz y sígame>, (Mt 16,24).

Ante esta petición de Jesús algunos preguntarían sin embargo: ¿Todavía nos sigue exigiendo tanto?



El Papa San Juan Pablo II precisamente refiriéndose a este pasaje de la vida de Jesús,  del Evangelio de San Mateo, se expresaba en los términos siguientes (14 de febrero de 2001):
"Estas palabras expresan la radicalidad de una elección que no admite ni vacilaciones ni rémoras. Es una exigencia dura, que ha impresionado a los propios discípulos y que a lo largo de los siglos, ha retenido a muchos hombres y a muchas mujeres a la hora de seguir a Cristo. Pero precisamente esta misma radicalidad ha producido también frutos admirables de santidad y martirio que refuerzan en el tiempo el camino de la Iglesia Católica”

Así ha sido siempre y seguirá siéndolo por los siglos de los siglos, porque como podemos leer en el Catecismo de la Iglesia Católica refiriéndose a este tema  (nº 2473):
"El martirio es el supremo testimonio de la verdad de la fe; designa un testimonio que llega hasta la muerte. El mártir da testimonio de Cristo, muerto y resucitado, al cual está unido por la caridad.




Da testimonio de la verdad y de la fe y de la doctrina de Cristo.

El mártir, soporta la muerte mediante un acto de fortaleza: <dejadme ser pasto de las fieras. Por ellas me será dado llegar a Dios> (San Ignacio de Antioquía. Rom 4-1)”

Es por esto que la Iglesia con el más depurado esmero ha recogido todos los recuerdos de aquellas personas que a lo largo de la historia han dado la vida por Cristo y su Mensaje.
Las palabras de dos santos mártires evocados en el Catecismo de la Iglesia Católica nos sirven de testimonio y ejemplo  (nº 2474):

“No me servirá de nada los atractivos del mundo ni de los reinos de este siglo. Es mejor para mí morir, para unirme a Cristo Jesús, que reinar hasta los confines de la tierra. Es a Él a quien busco, a quien murió por nosotros. A Él quiero, al que resucitó por nosotros…” (San Ignacio de Antioquía; Rm 6,1-2)

(San Ignacio de Antioquía, Obispo de Antioquía, es considerado Padre Apostólico de la Iglesia católica y se cree que fue discípulo del Apóstol  San Juan, murió por martirio hacia el año 107 durante el reinado del emperador Trajano).

“Te bendigo por haberme juzgado digno de este día y esta hora, digno de ser contado en el número de tus mártires… Has cumplido tu promesa, Dios de la fidelidad y de la verdad. Por esta gracia y por todo te alabo, te bendigo, te glorifico, por el eterno y celestial Sumo Sacerdote, Jesucristo, tu Hijo amado. Por Él que está contigo y con el Espíritu Santo, te es dada gloria ahora y en los siglos venideros. Amén”. (San Policarpo, mart. 14,2-3)

(San Policarpo fue coetáneo de San Ignacio al que conoció cuando éste iba camino de la muerte hacia Roma, el cual le solicitó que informara a sus files de Asia Menor mediante una carta. Fue Obispo de Esmirna y es considerado también Padre Apostólico de la Iglesia, murió por martirio hacia el año 155 durante el reinado del emperador Antonino Pío).

 
 

Siempre deberíamos tener en cuenta que Iglesia católica, apostólica y romana, en lo que respecta a su doctrina, tanto en el aspecto moral, como en la obligación divina, es muy exigente y perfecta, y que además: <La santidad es un don de Jesús a su Iglesia>. Por eso:
“La biografías de los santos presentan hombres y mujeres que, dóciles a los designios divinos, que han afrontado, a veces pruebas y sufrimientos indescriptibles, persecuciones y martirios. Han perseverado en su entrega, <han pasado por la gran tribulación –se lee en el Apocalipsis – y han lavado y blanqueado sus vestiduras con la sangre del Cordero>.

Sus nombres están escritos en el libro de la vida (Ap 20, 12); su morada eterna en el Paraíso. El ejemplo de los santos es para nosotros un estímulo a seguir el mismo camino, a experimentar la alegría de quien se fía de Dios, porque la única verdadera causa de la tristeza e infelicidad para el hombre es vivir lejos de Él”  (Los caminos de la vida interior. Papa Benedicto XVI. Ed. Chronica S.L. 2011).     

 

 "Miré y vi una muchedumbre enorme que nadie podía contar. Gentes de toda nación, raza, pueblo y lengua; estaban de pie delante del trono del Cordero. Vestian de blanco, llevaban palmas en las manos / y clamaban con voz potente, diciendo:
<A nuestro Dios, que está sntado en el trono, y al Cordero, se debe la salvación>" (Ap 7, 9-11)  

 

 

 

 

 

lunes, 6 de febrero de 2017

LA LLAMADA A LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS: ECUMENISMO (II)

 
 
 
 
 
 



El Papa San Juan Pablo II en su Carta Encíclica <Ut Unum Sint>, sobre el empeño ecuménico de la Iglesia católica  proclamaba:

“Cristo llama a todos sus discípulos a la unidad. Me mueve el vivo deseo de renovar hoy esta invitación, de proponerla de nuevo con determinación, recordando cuanto señalé  en el Coliseo romano el viernes santo de 1994, al concluir la meditación del Vía Crucis, dirigida por las palabras del venerable hermano Bartolomé, Patriarca ecuménico de Constantinopla. En aquella circunstancia afirmé que, unidos en el seguimiento de los mártires, los creyentes en Cristo no pueden permanecer divididos.



Si quieren combatir verdadera y eficazmente la tendencia del mundo a anular el Misterio de la Redención, deben profesar juntos la misma verdad sobre la Cruz. ¡La Cruz! La corriente anticristiana pretende anular su valor, vaciarla de su significado, negando que el hombre encuentre en ella las raíces de su nueva vida; pensando que la Cruz no pueda abrir sus perspectivas ni esperanzas: el hombre, se dice, es sólo un ser terrenal que debe vivir como si Dios no existiese…

Con el Concilio Vaticano II la Iglesia católica se ha comprometido de modo irreversible a recorrer el camino de la acción ecuménica, poniéndose a la escucha del Espíritu del Señor, que enseña a leer atentamente los <signos de los tiempos>. Las experiencias que ha vivido y continúa viviendo en estos años la iluminan aún más profundamente sobre su identidad y su misión en la historia. La Iglesia católica reconoce y confiesa las  debilidades de sus hijos, consciente de que sus pecados constituyen otras tantas traiciones y obstáculos a la realización del designio del Salvador.

Sintiéndose llamada constantemente a la renovación evangélica, no cesa de hacer penitencia. Al mismo tiempo, sin embargo, reconoce y exalta aún más el poder del Señor, quien, habiéndola colmado con el don de la santidad, la atrae y la conforma a su Pasión y Resurrección.

Enseñada por las múltiples vicisitudes de su historia, la Iglesia está llamada a liberarse de todo apoyo puramente humano, para vivir en profundidad la ley evangélica de las Bienaventuranzas. Consciente de que <la verdad no se impone sino por la fuerza de la misma verdad, que penetra, con suavidad y firmeza a la vez, en las almas>, nada pide para sí sino la libertad de anunciar el Evangelio. En efecto, su autoridad se ejerce en el servicio de la verdad y de la caridad”.

 


Así es, la Iglesia consciente de que la verdad no se impone, sino por la fuerza de la misma verdad, penetra en las almas con suavidad y firmeza, sólo desea y por tanto pide al mundo la libertad necesaria para anunciar el Evangelio.
Esta petición conlleva como es lógico, la: <Formación ecuménica de los fieles y especialmente de los sacerdotes>, con el deseo de prepararlos con vistas a una futura unión de los cristianos.
Para conseguir esta ambiciosa meta es necesario que se proyecten y se hagan realidad nuevas <estructuras locales de diálogo>.
Como podemos leer en la Carta Encíclica anteriormente mencionada del Papa San Juan Pablo II:




“El diálogo ecuménico, tal y como se ha manifestado desde los días del Concilio, lejos de ser una prerrogativa de la Sede Apostólica, atañe también a las Iglesias locales o particulares. Las Conferencias episcopales y los Sínodos de las Iglesias orientales católicas han instituido comisiones especiales para la promoción del espíritu y de la acción ecuménica.

Oportunas estructuras análogas trabajan a nivel diocesano. Estas iniciativas manifiestan el deber concreto y general de la Iglesia católica de aplicar las orientaciones conciliares sobre el ecumenismo: este es un aspecto esencial de movimiento ecuménico.

No sólo se ha emprendido el diálogo, sino que se ha convertido en una necesidad declarada, una de las prioridades de la Iglesia; en consecuencia, se ha perfilado la <técnica> para dialogar, favoreciendo al mismo tiempo  al crecimiento del espíritu de diálogo.

En este contexto se quiere ante todo considerar el diálogo entre cristianos de las diferentes Iglesias o comunidades: <entablado entre expertos adecuadamente formados, en el que cada uno explica con mayor profundidad la doctrina de su comunión y presente con claridad sus características>.



Sin embargo, conviene que cada cristiano conozca el método adecuado al diálogo.
Como afirma la declaración conciliar sobre la libertad  religiosa:

<La verdad debe buscarse de un modo adecuado a la dignidad de la persona humana y a su naturaleza social, es decir, mediante la investigación libre, con la ayuda del magisterio o enseñanza, de la comunicación y del diálogo, en los que unos exponen a los otros la verdad que han encontrado o piensan haber encontrado, para ayudarse mutuamente en la búsqueda de la verdad; una vez conocida la verdad, hay que adherirse a ella firmemente con el asentimiento personal>.
El diálogo ecuménico tiene una importancia esencial:

<Pues, por medio de este diálogo, todos adquieren un conocimiento más auténtico y una estima más justa de la doctrina y de la vida de cada comunión; además, también las comunidades consiguen una mayor colaboración en aquellas obligaciones en pro del bien común exigidas por toda conciencia cristiana, y se reúnen, en cuanto es posible, en la oración unánime.

 


Finalmente, todos examinan su fidelidad a la voluntad de Cristo sobre la Iglesia y emprenden valientemente, como conviene, la obra de renovación y  de reforma>”.

Por otra parte, es necesario por no decir indispensable, que se produzcan: <Diálogos continuados entre los Teólogos, además de numerosos encuentros entre los cristianos de diferentes Iglesias y comunidades>, porque como también aseguraba el Papa San Juan Pablo II  (Cruzando el umbral de la Esperanza. Círculo de Lectores S. A; por cortesía de Plaza & Janés):

“Es mucho lo que ya se ha avanzado en este camino. El diálogo ecuménico, en varios niveles, se encuentra en pleno desarrollo, y está consiguiendo muchos frutos concretos.

Numerosas comisiones teológicas están trabajando conjuntamente. Quien siga de cerca estos problemas no puede dejar de advertir un evidente soplo del Espíritu Santo.

Nadie, sin embargo, se engaña pensando que el camino hacia la unidad va a ser breve o que en él no vaya a haber obstáculos. Hace falta sobre todo rezar mucho, empeñarse en la tarea de una profunda conversión, que hay que llevar a cabo mediante la oración en común y el trabajo conjunto a favor de la justicia, de la paz y de una actitud más cristiana en el orden temporal, a favor de todo lo que es coherentemente exigido por la misión de los confesores de Jesucristo en el mundo.



En nuestro siglo en particular han tenido lugar hechos que están profundamente en contra de la verdad evangélica. Aludo sobre todo a las dos guerras mundiales y a los campos de concentración y de exterminio. Paradójicamente, quizá estos mismos hechos pueden haber reforzado la conciencia ecuménica entre los cristianos divididos.

Un papel especial ha tenido ciertamente, a este respecto, el exterminio de los judíos: eso ha planteado al mismo tiempo ante la Iglesia y ante el cristianismo la cuestión de la relación entre la Nueva y la Antigua Alianza. En el campo católico, el fruto de la reflexión sobre esta relación se ha dado en la <Nostra aetate> (Nuestro tiempo; documento del Concilio Vaticano II, que trata de las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, aprobado en el año 1965), que tanto ha contribuido a madurar la conciencia de que los hijos de Israel son nuestros <hermanos mayores>.

Es una maduración que ha tenido lugar a través del diálogo, en especial el ecuménico. En la Iglesia católica ese diálogo con los judíos tiene significativamente su centro en el Consejo para la promoción de la unidad de los cristianos, que se ocupa al mismo tiempo del diálogo entre las varias comunidades cristianas”

 


En la labor llevada a cabo con miras al diálogo entre las varias comunidades cristianas, un ejemplo importante, de la labor realizada por la Iglesia y otras confesiones y credos, fueron las conversaciones mantenidas entre las Iglesia católica y los luteranos a finales del siglo pasado, que dieron lugar a un cierto acuerdo, que no a una unión, como hubiera sido deseable. A este respecto, es interesante resaltar la labor periodística llevada a cabo por la revista italiana 30 Giorgioni, publicando la entrevista que el periodista Gianni Cardinales le hacía en el año 1999 al por entonces Cardenal Ratzinger. Recordaremos ahora algunas de las preguntas y respuestas dadas por el futuro Papa Benedicto XVI en dicha entrevista, recogidas en el libro: <Nadar contra corriente> (Edición a cargo de José Pedro Manglano. Colección: Planeta Testimonio, 2011).

Entre las distintas preguntas que hemos elegido como más significativas, dentro de esta interesante entrevista, mencionaremos en primer lugar la siguiente:
“Eminencia, ¿En qué nivel se sitúa el acuerdo entre la Iglesia católica y los luteranos? Se subraya muchas veces el hecho de que se trata de un acuerdo de verdades y no sobre las verdades de la doctrina de la justificación… “



La respuesta del por entonces Cardenal y más tarde Pontífice de la Iglesia católica fue:
“Este en un punto importante. Ambas partes han subrayado el hecho de que no es simplemente un consenso sobre la doctrina de la justificación como tal, sino sobre verdades fundamentales de la doctrina de la justificación. Hay sectores donde realmente existe un acuerdo, pero quedan problemas por resolver…

No estamos hablando de fórmulas de por sí, sino fórmulas consideradas dentro de su contexto, como es el caso de la <simul iustus et pecattor>. Para Lutero, perseguido por el temor a la condena eterna, es importante saber que, aunque fuese un pecador, Dios le amaba y le comprendía. Para él existe esta contemporaneidad: el ser verdadero pecador y el ser totalmente justificado. Es una expresión de su experiencia personal, que con el tiempo ha sido profundizada con reflexiones teológicas.

Para la Iglesia, sin embargo, es importante subrayar que no existe un dualismo. Si no, que si uno es injusto, automáticamente no podrá estar justificado. La justificación, es decir, la gracia que nos viene concedida en el Sacramento (Confesión), transforma al pecador en una nueva criatura, como dice San Pablo.

Lo que queda, dice el Concilio de Trento, es la concupiscencia es decir, la tendencia al pecado o más bien un estímulo que nos lleva hacia el pecado, pero que como tal, no es pecado.



El problema se hace más real en el momento que consideramos la presencia de la Iglesia en este proceso de justificación, la necesidad del Sacramento de la Penitencia. Aquí es donde se revelan las verdaderas divergencias”

La segunda pregunta que queremos destacar es la siguiente:

“¿Qué relevancia tiene el hecho de que el primer acuerdo con los luteranos trate del tema de la justificación, elemento que desencadenó la Reforma?”

En este caso la respuesta, muy interesante por cierto, del Cardenal Ratzinger fue:

“Se entiende que para los luteranos fuese el punto de partida de un diálogo, porque se trataba del tema que, como usted dijo, ha desencadenado toda la ola de la Reforma.

Por eso, empezar desde aquí para después alargar el consentimiento era natural y también necesario. Aunque si actualmente, en la vida de todos los días, los cristianos son muy poco conscientes de este hecho – también entre los luteranos, si se les pregunta que es lo que entienden por justificación, la respuesta será bastante incompleta, lo cual, al no tratarse de una herida activa, nos permitió un clima sereno, un clima de discusión pacífica -  sigue habiendo un punto desde el cual surgirán todos los demás problemas.

Entonces, para obtener un camino lógico de prioridad ecuménica, es obvio comenzar por aquello que para Lutero era la clave del descubrimiento reformador”

Hemos querido recoger también otra pregunta más general que atañe a toda la cristiandad, y que por tanto resulta vital para la misma:

“¿No es preocupante que, no sólo en el mundo protestante, sino también en el mundo católico, el tema de la justificación esté considerado como lejano o que no se considere en absoluto?”



La respuesta el por entonces Cardenal, y futuro Papa Benedicto XVI, no deja lugar a dudas y aclara eficazmente cual es la posición de la Iglesia católica en este caso:
“Este es el verdadero problema. En las respuestas de la Iglesia católica del año pasado estaba escrito:
<Debería ser preocupación común de los luteranos y de los católicos el encontrar un lenguaje capaz de hacer que la doctrina de la justificación sea más comprensible para los hombres de nuestro tiempo>.

Pienso que la casi ausencia de esta doctrina ha sido causada por un debilitamiento del sentido de Dios.

Si se toma a Dios en serio, el pecado es una cosa seria. Y así fue para Lutero. En la actualidad, Dios se encuentra bastante lejos. El sentido de Dios se encuentra más atenuado y, en consecuencia, también el sentido de la gracia se ha atenuado.



 Ahora, juntos, debemos encontrar en este contexto actual la manera de anunciar a Dios, a Cristo, de anunciar así la belleza de la gracia. Porque si no hay sentido de Dios, si no existe sentido del pecado, la gracia no nos dice nada.

Y me parece que este es el nuevo deber ecuménico: que, juntos, podamos entender e interpretar de una manera accesible, tocando el corazón del hombre de hoy, que quiere decir que el Señor nos haya rescatado, nos haya dado la gracia”

Finalmente y como continuación de la pregunta anterior recogemos la siguiente:

“¿Piensa que la Iglesia, está preparada para afrontar este fuerte movimiento de secularización y este enorme vacío de la fe? O, ¿todavía se da entre los hombres una visión de cristiandad, pero no la de una Iglesia misionera?”

La respuesta del que llegaría a ser el Papa nº 265, de la Iglesia, en 2005, tras la muerte de Juan Pablo II, fue contundente y muy ajustada a la realidad de la Iglesia católica:

“Creo que tenemos que aprender. Nos ocupamos demasiado de nosotros mismos, de las cuestiones estructurales, del celibato, de la ordenación de las mujeres, de los Consejos, de los derechos de los Consejos, de los Sínodos… Trabajamos siempre sobre nuestros problemas internos, y no nos damos cuenta de que el mundo tiene necesidad de respuestas, no sabe cómo vivir.



Esta incapacidad del mundo se ve en la droga, en el terrorismo, etc. Por tanto, el mundo tiene sed de respuestas, y nosotros nos quedamos en nuestros problemas. Estoy convencido de que si salimos al encuentro de los demás, y presentamos a los demás de manera apropiada el Evangelio, incluso los problemas internos se relativizarán y se resolverán. Para mí, éste es un punto fundamental: tenemos que hacer el Evangelio accesible al mundo secularizado de hoy”

Después de estos ejemplos, que ponen de manifiesto, por dónde pueden ir las conversaciones entre la Iglesia católica y otras comunidades cristianas no católicas, sólo podemos decir siguiendo al Papa Francisco, que hay que ir con precaución porque:



“El diablo siembra, celos, ambiciones, ideas, para ¡dividir! O siembra avidez…” (Misa matutina en la Domus Sanctae Martahae. Lunes 12 de septiembre de 2016)

Así sucedió en la Iglesia primitiva con el terrible caso del matrimonio compuesto por Ananías y Safira (Hch 5,  1-11).  Para comprender mejor, con la mentalidad del siglo XXI, este tremendo suceso acecido en la Iglesia primitiva hay que recordar lo que se nos indica en el libro de San Lucas sobre la vida y costumbres de los hombres y mujeres que participaron de aquella Iglesia primitiva de Dios (Hch 2, 42-47):
-Y perseveraban asiduamente en la doctrina de los Apóstoles y en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones.

-Y nacía de aquí, temor en toda alma; y se obraban muchos prodigios y señales por medio de los Apóstoles en Jerusalén; y un gran temor sobrecogía a todos.
-Y todos los que habían abrazado la fe vivían unidos, y tenían todas las cosas en común;

-y vendían las posesiones y los bienes, y lo repartían entre todos, según que cada cual tenían necesidad.
-Y día por día, asiduos en asistir unánimemente al templo y partiendo el pan en sus casas, tomaban el sustento con regocijo y sencillez de corazón,

-alabando a Dios y, hallando favor cabe todo el pueblo. Y el Señor iba diariamente agregando y reuniendo los que se salvaban.

 
 


Son palabras de una persona coetánea a lo ocurrido, el evangelista San Lucas, reconocido de forma unánime como autor de este libro por los eclesiásticos de los tres primero siglos, prueba documental, que no posee a su favor cualquier otro escritor profano de la antigüedad.

Por otra parte, los numerosos datos ofrecidos a lo largo de este singular libro, referentes a la vida social, política y religiosa de los diferentes pueblos que en el mismo se nombran, nos permiten asegurar, sin equivocación posible, que son todos datos que reflejan fielmente y con verdad absoluta los hechos narrados.

Ante estas consideraciones podemos llegar a comprender mejor los versículos correspondientes a la narración del castigo de la mentira de Ananías y Safira. Así, pues, este hecho acaecidos en la Iglesia primitiva demuestra que Dios no puede sufrir la falsedad, ni la desunión de los cristianos porque:
“El cristianismo ha de manifestarse auténtico, veraz, sincero en todas sus obras. Su conducta debe transparentar un espíritu: el de Cristo. Si alguno tiene en este mundo que mostrarse consecuente, es el cristiano, porque ha recibido en depósito, para hacer fructificar ese don, la verdad que libera, que salva” (San Josemaría, Amigos de Dios, n.141).
 
 
 


En definitiva, como diría el Papa San Juan Pablo II refiriéndose a los logros alcanzados por los cristianos en el último Concilio (Vaticano II):
“El Concilio fue una experiencia de la Iglesia, o bien, como entonces se decía, el <Seminario del Espíritu Santo>.

En el Concilio, el Espíritu Santo hablaba a toda la Iglesia en su universalidad, determinada por la participación  de los obispos del mundo entero. Determinante era también la participación  de los representantes de las Iglesias y de las comunidades no católicas, muy numerosas.

Lo que el Espíritu Santo dice, supone siempre una penetración más profunda en el eterno Misterio, y a la vez una indicación, a los hombres que tienen el deber  de dar a conocer ese Misterio al mundo contemporáneo, del camino que hay que recorrer.



El hecho mismo de que aquellos hombres fueran convocados por el Espíritu Santo y constituyeran  durante el Concilio una especial comunidad que escucha unida, reza unida, y unida piensa y crea, tiene una importancia fundamental para la evangelización, para una <nueva evangelización> que con Vaticano II tuvo su comienzo.

Todo eso está en estrecha relación con una nueva época en la historia de la humanidad y también en la historia de la Iglesia” (Papa San Juan Pablo II. Cruzando el umbral de la esperanza. Editado por Vittorio Messori. Licencia editorial para Círculo de Lectores por cortesía de Plaza & Janés  Editores, S.A. 1995).