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miércoles, 1 de marzo de 2017

JESÚS Y EL RETO DE LA EVANGELIZACIÓN: SIGLO XI (3ª Parte)


 
 
 
 




En el discurso de la <Solemne apertura del Concilio Vaticano II>, el Papa Juan XXIII, refiriéndose al deber de promover la unidad cristiana y humana, se expresaba en los términos siguientes (11 de octubre de 1962):

“La Iglesia católica estima como un deber suyo el trabajar con toda actividad para que se realice el gran misterio de aquella unidad que con ardiente plegaria invocó Jesús al Padre celestial, estando inminente su sacrificio…

Esto se propone el Concilio Ecuménico Vaticano II, el cual, mientras reúne juntamente las mejores energías de la Iglesia y se esfuerza por que los hombres acojan cada vez más favorablemente el anuncio de la salvación, prepara en cierto modo y consolida el camino hacia aquella unidad del género humano, que constituye el fundamento necesario para que la Ciudad terrenal se organice a semejanza de la celestial <en la que reine la verdad, es ley  la caridad y la extensión es la eternidad>, según San Agustín”   
 
Para comprender mejor los hechos acaecidos entre las Iglesias ortodoxas y la  católica, hay que tener en cuenta que los datos históricos en el intervalo de tiempo comprendido entre los años 1000 a 1100, sobre el poder económico, político y aún religioso, existentes tanto en Oriente como en Occidente,  indican cambios importantes  en cuanto al desarrollo del mundo hasta entonces conocido. Así por ejemplo, a principios del siglo XI el Continente Europeo se encontraba totalmente fracturado políticamente y además sometido al acoso militar por parte de varios pueblos bárbaros, como por ejemplo los vikingos. Estas circunstancias impedían el rápido progreso económico de la población europea.

Entre tanto en Oriente el emperador Basilio II libraba constantes enfrentamientos con los ejércitos del pueblo búlgaro, más concretamente, en el año 1014 los búlgaros creyendo que había llegado una buena ocasión para atacar a los bizantinos, presentaron batalla a los mismos, pero fueron derrotados de forma definitiva por sus ejércitos. Se cuenta que después de esta victoria, Basilio decidió terminar para siempre con una contienda que había durado muchos años, e intentó exterminar todo posible enfrentamiento futuro. Lo logró, y los búlgaros acabaron integrándose en el Imperio. Basilio triunfaba en todas partes y hasta proyectó apoderarse de Sicilia y extender su dominio hacia el norte, pero el 15 de diciembre de 1025 moría sin dejar herederos. El Imperio era por entonces inmenso, no tenía igual en el mundo pero las cosas empezaron a ir peor, a partir de la desaparición de Basilio II, y así a mediados del siglo XI, bajo el reinado de Constantino IX, las fuerzas bizantinas tuvieron que procurar una alianza conjunta con el Papado para hacer frente a los normandos.

Por otra parte, desde el punto de vista religioso, seguían los malos entendidos entre la Iglesia de Oriente y la de Occidente, y esto condujo finalmente a una separación de las mismas en el año 1054, durante el Patriarcado de Miguel Cerulario, siendo Pontífice de la Iglesia católica el Papa León IX (1049-1054).

Así mismo, a finales del siglo XI el Cardenal Hildebrando, monje de Cluny, fue nombrado Papa, con el nombre de Gregorio VII (1073-1085). Este santo varón se propuso cerrar por completo otro problema suscitado en el seno de la Iglesia, en tiempos pasados, que causo  mucho daño; nos referimos  al que fue conocido por: < Querella de las Investiduras>. Con este motivo, reunió en Roma a los obispos y personalidades eclesiásticas del momento con objeto de abordar tan controvertido tema mediante la celebración de un Sínodo General.

Desgraciadamente no todos los reyes cristianos de Occidente vieron con buenos ojos las resoluciones tomadas en este Sínodo, aunque finalmente la mayoría de ellos las acataron, a excepción de Enrique IV (Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico desde 1084 a 1105), el cual persiguió al Papa, lo secuestró y tuvieron que ser los  fieles creyentes los que le rescataran. Este incidente puso en entredicho las capacidades morales y políticas de este soberano entre el pueblo llano y aún entre algunos nobles.

A la muerte de  San Gregorio VII, fue elegido Papa, Didier, Abad de Montecassino, que tomo el nombre de Víctor III (1086-1087), el cual había asistido a su antecesor en la Silla de Pedro, durante la agonía. Fue nombrado por la mayoría cardenalicia,  en Roma, ante aclamaciones del pueblo; no obstante su Pontificado duró poco tiempo, aproximadamente un año, porque ante la situación de ingobernabilidad del clero romano y su precario estado de salud, finalmente decidió retirarse de nuevo a su abadía, no sin antes haber ratificado la excomunión del emperador Enrique IV, en un Sínodo celebrado en Benevento.

Su sucesor fue Odón de Lagny, prior de Cluny, con el nombre de  Urbano II (1088-1099), muy amigo de  Gregorio VII, el cual publicó de nuevo la excomunión de Enrique IV así como la del antipapa Clemente III (1080-1084 y 1100) (nombrado por el emperador Enrique IV), y tras un Sínodo celebrado en Clermont excomulgó, así mismo, a otros soberanos de la época que vivían en condiciones  contrarias al mensaje de Cristo.

El emperador Enrique IV se enfrento al Papa Urbano II desde el principio de su mandato,  atreviéndose incluso, a seguir protegiendo al antipapa Clemente III, al cual apoyaba con la intención  de que ocupara de nuevo la Santa Sede, mientras que por otra parte, se enfrentaba a los lombardos, los cuales se habían levantado contra él, y eran defensores del Papa Urbano.

Después de distintos conflictos entre el emperador y el Papa Urbano, éste logró  ser reconocido   sucesor de Gregorio VII en la Silla de Pedro, mientras que el emperador  perdió varias batallas frente a los lombardos,  debiendo huir a Alemania en compañía del antipapa Clemente. La historia no acabó sin embargo así, porque Enrique IV encontró nuevos aliados y con un ejército poderoso entró en Roma expulsando  al Papa Urbano II y restableciendo en el Papado al tristemente célebre Clemente III.

Todos los conflictos que existieron entre el Papa Urbano II y el emperador Enrique IV,  fueron consecuencia de las querellas existentes, entre el poder civil y la Iglesia,  durante la Alta  Edad media, conocidas como <las Investiduras>.

Sucedió que los príncipes alemanes liderados por Rodolfo de Suavia y  Hermann de Salm, no aceptaron que Enrique IV recuperase el título imperial, y se enzarzaron en una lucha continuada contra él, pero éste se hizo coronar emperador por el antipapa Clemente III en el año 1084.

Paralelamente a todos los sucesos derivados del problema de las Investiduras, en el año 1091, Croacia fue conquistada por el rey húngaro Ladislao I; el Papa Urbano II se opuso a dicho acontecimiento, pero Ladislao I encontró apoyo precisamente en el emperador  Enrique IV.

Durante los últimos años de su reinado, Enrique IV tuvo una serie de enfrentamientos con su propio pueblo, en el que tomó parte incluso su hijo mayor Enrique, alentado por su segunda esposa Eufrasia de Kiev, y en el año 1105 la Dieta de Maguncia, le obligó a abdicar, muriendo finalmente en Lieja en el año 1106.

Independientemente de los hechos ocurridos a consecuencia de los enfrentamientos que tuvieron lugar entre el Papa Urbano II y el emperador Enrique IV, se puede decir que este período del siglo XI fue muy fructífero para la Iglesia católica desde el punto de vista de la evangelización, porque durante él, tuvo lugar un fenómeno crucial para la misma, conocido con el nombre de las <cruzadas>. Las cruzadas fueron expediciones de carácter mixto (religioso y político), que se iniciaron a finales de este siglo siempre bajo la protección de los Pontífices del momento.

Gran parte de los príncipes y pueblos cristianos se sintieron llamados por entonces a rescatar los Santos Lugares, donde habían tenido lugar los acontecimientos de mayor relevancia para el cristianismo, esto es, la vida sobre la tierra, la muerte y resurrección de Jesucristo.

Precisamente a finales del siglo XI, el emperador Bizantino Alejo I Comneno, pidió auxilio a Occidente para rechazar el ataque de los turcos, y por otra parte, los peregrinos a Tierra Santa regresaban de estas regiones narrando terribles historias sobre los martirios que estaban sufriendo los cristianos de Palestina, en aquellos momentos. El propio Patriarca de Jerusalén imploró ayuda a Roma para salir de la situación en la que se encontraban y por otra parte, Pedro el Ermitaño (clérigo francés), contribuyó con sus predicaciones a animar a la multitud, gente pobre en su mayoría, para partir hacia Tierra Santa y reconquistar aquellos lugares recorridos por Jesucristo. Fracasaron en su intento y éste fue el preludio de lo que sería la primera cruzada.

Ante esta situación el Papa Urbano II, que había sido recientemente repuesto en la Silla de Pedro, en el año 1095, dio su beneplácito para que se produjera la primera cruzada, tras un Concilio celebrado en Clermont, al que asistieron centenares de obispos, abades y muchos príncipes, así como una gran cantidad de gente perteneciente al pueblo llano.

Un año más tarde, tras la celebración del Concilio, emprendió su marcha esta primera expedición a Tierra Santa. La componían miles y miles de hombres a cuya cabeza figuraban varios príncipes franceses e italianos, bajo el caudillaje de Godofredo de Buillom, duque de Lorena.

Tras una serie de ininterrumpidas victorias contra el enemigo, se conquistaron Edesa y Antioquía, pero muy cerca ya de Jerusalén, estuvieron a punto de ser derrotados. Tuvo lugar entonces como un milagro, pues creyeron haber encontrado la <Santa Lanza>, con la que el romano traspasó el costado de Jesús, y esto enardeció a los cruzados consiguiendo finalmente la victoria al grito de: ¡Deus Vult! (Dios lo quiere).

Tras fundar el reino de Antioquía, una parte del ejército de los cruzados, continuó su marcha hacia Jerusalén, la cual sitiaron y tomaron en el mes de julio del año 1099, según aseguran algunos historiadores coincidiendo con un viernes a las tres de la tarde, día y hora de la muerte del Redentor.

Se fundó entonces el reino de Jerusalén, ofreciéndole el título de rey a Godofredo Buillom, pero él lo rehusó diciendo que no quería ceñir corona de oro donde el Salvador había llevado espinas y sólo aceptó tomar el título de <Defensor del Santo Sepulcro>. Para entonces el Papa  Beato Urbano II había muerto (1099) en Roma a los cincuenta y siete años. A su muerte fue elegido Papa Pascual II (1099-1118), por unanimidad; con anterioridad, éste había sido Abad de Cluny, por lo que no es de extrañar que muchos de los cardenales por él nombrados fueran a su vez, frailes de la abadía de Montecassino.

Durante su Pontificado, el Papa Pascual II tuvo que relacionarse desde el principio, con   Enrique V(asociado como rey por Enrique IV en el año 1099), el cual al igual que su padre, trató por todos los medios de seguir con las malas prácticas derivadas tiempos en los que se aplicaba la <Querella de las Investiduras>; a pesar de ello, en el año 1111 (siendo ya emperador Enrique V) el Papa consiguió llegar a un acuerdo por el cual la Iglesia devolvería todas las posesiones y derechos recibidos durante la dinastía carolingia, a cambio de la renuncia por parte del emperador a investir Pontífices. Este acuerdo no fue acogido bien por los partidarios de la reforma gregoriana, los cuales en el Concilio de Letrán, a principios del siglo XII, lo declararon nulo y posteriormente excomulgaron a Enrique V, en el Concilio de Viena, aunque el Papa no intervino en este tema.

Después de la primera cruzada convocada por el Papa Beato Urbano II, se produjeron varias cruzadas más, una de las últimas fue impulsada por el entonces Papa Inocencio III, la cual acabó con la derrota de los ejércitos cristianos en el Monte Tabor, pero este acontecimiento tuvo lugar en el siglo XII.

El resultado de estas cruzadas presentan claros-oscuros, pero en general desde el punto de vista de la Iglesia católica debemos reconocer que, aunque no consiguieron un éxito permanente en cuanto a la recuperación total de los Lugares Santos, si que fueron provechosas en otros aspectos para la humanidad, entre las que cabría destacar: el prestigio alcanzado por la cristiandad en la alta Edad Media, la intensificación del comercio y de la industria, los descubrimientos nuevos surgidos durante este período de la historia, la llegada a Occidente de nuevas materias primas desconocidas, como el azafrán o el gusano de seda, y así mismo, un gran renacer y esplendor en el campo de las letras y en el desarrollo de las ciencias.

Por otra parte, uno de los logros más interesantes también resultado de las cruzadas, fue la fundación de las llamadas Órdenes Militares, que eran una especie de combinación entre el fenómeno de la Caballería y el Monacato, que condujo a que hombres monjes con votos religiosos llegaran a ser héroes militares, es decir, tuvieran también virtudes castrenses. Entre estas órdenes cabe destacar: <Los caballeros de San Juan o de Malta>, llamada también  <Hospitalaria>, de origen italiano,  la orden de los Templarios o del Temple, de origen francés y la orden de los Teutónicos, por supuesto, de origen alemán.

Los fines de estas órdenes a parte de combatir al enemigo para liberar los lugares sagrados, era la cristianización de los pueblos conquistados, y el auxilio a los peregrinos en hospitales, asilos, u hospicios por ellas regentados.

Entre tanto, en otras zonas del Viejo Continente, concretamente en la llamada actualmente Inglaterra, destacaba la figura de un rey de origen normando, un gran guerrero, cuyo reinado fue motivo de controversias; nos referimos a Guillermo I de Inglaterra, más conocido como Guillermo el Conquistador. Los cronistas de su vida no se ponen de acuerdo, pues mientras unos elogian su labor, otros condenan su comportamiento.

En lo referente a su relación con la Iglesia, se sabe que en el año 1070, se reunió con tres legados Papales en Winchester, enviados por el Papa Alejandro II (1061-1073), antecesor de Gregorio VII, que coronaron ceremonialmente a este rey, lo cual para algunos ingleses puede considerarse como el sello de aprobación del Papa a las posibles conquistas irregulares realizadas en Inglaterra por este hombre de origen normando. Durante la estancia de los legados en el país, se celebraron varios Concilios eclesiásticos con el objetivo de reformar y reorganizar la Iglesia de Inglaterra. Concretamente en el Concilio celebrado en Pentecostés, se nombró como nuevo arzobispo de Canterbury a Lanfranco.

Lanfranco (Lanfrancus Cantuarensis), arzobispo de Canterbury, había nacido en Pavía a principios del siglo XI. En fecha desconocida cruzó los Alpes, estudió y después llegó a ser profesor en Normandía (Francia). Se sabe que hacia el año 1039 ya era jefe de la escuela catedralicia de Avranches, donde tuvo un notable éxito como educador de jóvenes.

Hacia el año 1042 se inclinó por la vida monástica, entrando en la abadía de Bec (Normandía). Vivió en absoluta reclusión y oración, pero finalmente fue nombrado prior de la misma. A partir de este momento trabajó duro hasta conseguir fundar una escuela en aquel monasterio, adquiriendo ésta, en poco tiempo, una gran reputación, llenándose de alumnos de todas partes que venían para adquirir una buena formación académica y eclesiástica; muchos de aquellos alumnos lograron más tarde puestos de relevancia en la Iglesia, como San Anselmo de Canterbury y Anselmo de Lucques, el cual llegó a ser el Papa Alejandro II (1061-1073).

Lanfrancus fue un gran erudito que se dedicó al estudio de la exégesis, realizando numerosos trabajos en este campo del conocimiento, como por ejemplo, sobre el Salterio o libro de los Salmos, o sobre el libro de San Agustín de Hipona: < La ciudad de Dios>, etc.

Pasado el tiempo llegó a ser abad de la Iglesia de San Esteban en Caén, desde donde ejerció una gran influencia en la política de Normandía y obtuvo el apoyo necesario para viajar a Inglaterra, e intervino junto a Guillermo I de Inglaterra en la conversión de la misma, ya que por entonces era grande la increencia de este pueblo, y de sus dirigentes eclesiásticos; además impulso su  reforma según  la orden de Cluny.

De esta forma, cuando el obispado de Ruan quedó vacante (1067), le fue ofrecido, pero él no lo tomó, aunque más tarde sí aceptó el apoyo de Guillermo I para su nombramiento como arzobispo de Canterbury.

Este gran hombre se puede decir que actuó tanto en política como en los asuntos de la Iglesia de forma muy beneficiosa, al elevar la calidad de la disciplina y educación clerical, cooperando con el rey Guillermo I, y evitando así, que éste incurriera en malas prácticas contra el pueblo inglés conquistado por él.

Murió de fiebres el 24 de mayo del año 1089, y es muy considerado dentro de la orden benedictina. A su muerte, fue elegido arzobispo de Canterbury, Anselmo de Canterbury, venerado  santo por la Iglesia católica y la Iglesia anglicana. Fue canonizado en el año 1449 por el Papa Nicolás V (1447-1455), y es doctor de la Iglesia desde el año 1720 por la proclamación del Papa Clemente XI (1700-1721).

Este santo varón nació en Aosta, una ciudad de la Longobardia y era hijo Gandulfo, un noble longobardo y de Ermenberga, pariente de Otón I de Saboya. Muy joven decidió ingresar en la orden benedictina, pero luego cambió de parecer, quizás a causa de los conflictos que tuvo con su padre y que le llevaron a abandonar finalmente el hogar familiar.

Después de realizar estudios de retórica y latín en la ciudad de Borgoña, recaló finalmente en Bec atraído por la fama de Lanfranco, el cual dirigió sus pasos precisamente hacia la orden benedictina, tal y como él había deseado en su juventud. Muy pronto destacó por su gran capacidad evangelizadora e inteligencia y esto dio pie para que fuera nombrado prior del monasterio, cuando Lanfranco pasó a ser su  abad. Igualmente, sucedió a Lanfranco, en la abadía cuando este fue nombrado arzobispo de Canterbury (1078), y como ya hemos recordado antes le sucedió también en el arzobispado de Canterbury a la muerte de éste (1093)

San Anselmo es considerado la figura de la Iglesia que propició los estudios en el campo de la filosofía, dando lugar a la escuela escolástica, en la que más tarde destacaron santos tan importantes como  Buenaventura, Tomás de Aquino ó Juan Duns Scoto.

La formación agustiniana de san Anselmo,  le llevó a la búsqueda del entendimiento racional de aquello que por la fe ha sido revelado, por eso, en sus primeras obras intentó demostrar la existencia de Dios. Entre estas obras se cuentan como más importantes las siguientes: <De Britate>, <De Casu Diaboli>, <La epístola sobre la Encarnación>, <Sobre la Concepción virginal y el pecado original> y <De Procesione Spiritis Sancti>…

Además de estas obras escribió otras muchas, así como oraciones, meditaciones y cartas personales. Destacaremos por último también su gran amor por la Virgen en su Inmaculada Concepción, murió en olor de santidad a los pocos años de ser nombrado arzobispo de Canterbury, a principios del siglo XII.

Dos figuras extraordinarias de la Iglesia, las de Lanfranco y la de San Anselmo, ambos  nombrados arzobispos de Canterbury durante el reinado de Guillermo I el Conquistador, un descendiente de los vikingos (conocidos como hombres del norte) y de ahí, normandos, que se habían asentado en el este extremo noroccidental de Francia durante el siglo X.

 Recordaremos, nuevamente, que en el año 1066, el duque Guillermo de Normandía, reclamó la corona inglesa y se atrevió a cruzar el Canal de la Mancha, para conquistar lo que creía, que por derecho le pertenecía, enfrentándose en batalla al rey inglés Harold, el cual precisamente acababa de rechazar un ataque vikingo en el norte de Inglaterra, por lo que se vio sin fuerzas suficientes para enfrentarse al ataque normando. En la famosa batalla de Hastings, el rey inglés y sus tropas presentaron batalla con valentía, pero sucumbieron frente al poderío de los soldados normandos, muriendo el rey inglés durante la batalla por una flecha perdida. A partir de este momento los combatientes ingleses que habían sobrevivido a la batalla se dispersaron, y en consecuencia, Guillermo se consideró con derecho a convertirse en el primer rey normando de aquel país recién conquistado.

Como era de esperar, Guillermo I recompensó a sus seguidores normandos entregándoles extensos territorios del país conquistado, en el que ya estaba implantado el feudalismo y por lo tanto ellos pasaron a ser los nuevos señores feudales aunque Guillermo I astutamente se reservó la capacidad de recurrir la autoridad administrativa del estado inglés para hacer valer su derecho a ser el Señor feudal de toda Inglaterra.

Por otra parte, al ser católico, Guillermo el Conquistador siguiendo la usanza del momento, intervino impropiamente en los asuntos de la Iglesia, de manera que muchos miembros del clero normando, fueron elegidos por él, durante su reinado para dirigir las abadías así como los obispados de Inglaterra, de forma que tras esta reorganización de la Iglesia los obispos de origen inglés eran muy pocos, frente al número de los normandos, y ello provocó cierto descontento dentro del seno de la Iglesia. Sin embargo, también favoreció la fundación de nuevas abadías como la de Battle, un monasterio situado en un lugar cercano a aquel en la que se libró la terrible batalla de Hastings, donde se produjo un número elevado de caídos en batalla, fundamentalmente soldados ingleses.

De sus últimos años se tienen pocos datos aunque parece ser que en el año 1082 ordenó el arresto de su medio hermano Odón, por motivos que no están del todo claros, según los historiadores, algunos de los cuales, apuntan hacia la idea de que Odón pretendía llegar a ser nombrado Papa, y trató de persuadir a algunos vasallos de Guillermo para que se unieran a él e invadieran el sur de Italia.

A la muerte de Guillermo el Conquistador (1087), le sucedió en el trono su tercer hijo, Guillermo II de Inglaterra (1087-1100), conocido habitualmente como Williams Rufus (Guillermo Rufo),  tal vez debido a que su cara aparecía siempre enrojecida; mientras que su hermano Roberto Courteheuse heredaba el Ducado de Normandía.

Guillermo II de Inglaterra no se hizo querer de sus vasallos, pues aunque se le consideraba un gran guerrero, según parece fue un gobernante despiadado. Durante su reinado, la Iglesia sufrió persecución y tuvo que soportar las consecuencias del gobierno de un hombre corrupto que incluso fue capaz de apropiarse de los diezmos y primicias que a ella pertenecían, en particular, durante el período de tiempo  que estuvo vacante el arzobispado de Canterbury, a la muerte de Lanfranco,  hasta el  nombramiento de un nuevo arzobispo, que resultó ser, San Anselmo de Canterbury como ya hemos comentado.

Precisamente, nunca se llevó bien San Anselmo de Canterbury con este rey corrupto, por lo que en el año 1095, el monarca que sentía cierta aversión hacia él, reunió un concilio en Rockingham para obligarle a que acatara sus deseos sobre una serie de temas exclusivamente eclesiásticos y, que no le incumbían; el santo se mantuvo firme en contra de los deseos del rey, entre otros motivos, porque era un gran defensor de la reforma gregoriana de la Iglesia. Por consiguiente el monarca lo desterró, pero Anselmo reclamó ante el Pontífice de Roma, por entonces Urbano II, la injusticia que con él se había cometido. Sin embargo por desgracia en aquellos momentos el Papa Urbano II se encontraba inmerso en un gran conflicto, como hemos recordado anteriormente, y esto hizo que el Pontífice temiendo ganarse un nuevo y terrible enemigo, en el rey de Inglaterra, accediera a un concordato con Guillermo II, por el cual este reconocía a Urbano II, Papa, y el Papa apoyaba el <Status Quo> eclesiástico anglo-normando.

San Anselmo permaneció en el exilio durante mucho tiempo por orden de Guillermo II, quien siguió aprovechándose durante su ausencia de los ingresos producidos en el arzobispado de Canterbury, hasta el fin de su reinado.

La muerte de este rey corrupto, tuvo lugar en circunstancias extrañas, según parece uno de sus muchos enemigos le disparó una flecha durante la celebración de una cacería, su cuerpo cayó al suelo y allí fue abandonado por los nobles participantes en la misma, en un lugar que desde entonces recibió el nombre de <la piedra de Rufus>. El cadáver del rey Guillermo II, fue colocado en una carreta, para llevar su cuerpo  a la catedral de Winchester,  y fue enterrado en la Iglesia catedral de aquella ciudad.

El hermano  menor del rey Enrique, por su parte, se apresuró a desplazarse a Winchester con objeto de asegurarse el tesoro real y luego marchó a Londres donde fue coronado rey antes de que pudiera intervenir algún arzobispo de la Iglesia católica para impedirlo.

Es interesante recordar de nuevo, que el siglo XI, independientemente  de los problemas surgidos entre el poder político y el poder eclesiástico, tanto en el viejo Continente, como en otros puntos del mundo por entonces conocidos, siempre se relacionará con el deseo de la cristiandad de recuperar los lugares sagrados recorridos por Cristo, y por ello se suele nombrar como el siglo de la <Primera Cruzada>, cuya convocatoria, sin duda, tuvo como  motivo importante, el interés de Urbano II por conseguir la unión de las dos Iglesias separadas, ya entonces, aunque algunos historiadores se empeñen en decir lo contrario.

Por eso, es importante reseñar que la respuesta a la llamada de Urbano superó todas las expectativas, pues en poco menos de un año  se había conseguido un ejército formado por unos cien mil hombres, mujeres y niños procedente de todos los confines de Europa Occidental, que se puso en marcha hacia Constantinopla donde pretendía  unirse a las tropas de Oriente antes de partir hacia Jerusalén. Los motivos de los participantes en esta primera cruzada, al igual que en las que tuvieron lugar en los siguientes siglos, eran muy variados, pero fundamentalmente de naturaleza religiosa pues deseaban recuperar aquellas tierras por las que había pasado, y había muerto nuestro Señor Jesucristo, sin embargo, también es necesario reconocerlo, que algunos de los que participaban en la cruzada tenían otros intereses menos espirituales, como por ejemplo, obtener tierras o algún nombramiento importante en Oriente. A otros les había traído la simple perspectiva de correr una aventura, y otros muchos eran subordinados de grandes señores y los acompañaban porque era su deber, no obstante la mayoría probablemente, no tenían ni idea de la dureza de la empresa en la que se habían embarcado, y de los terribles problemas que surgirían durante un viaje tan largo y arriesgado.

En contra de todos los pronósticos, la primera cruzada fue un triunfo, y como hemos indicado anteriormente, en el año 1098 los cruzados tomaron Antioquía y la mayor parte de Siria, y a finales de 1099 conquistaron Jerusalén. Su victoria se debió sobre todo al hecho de que sus rivales se hallaban, en ese momento, según parece, divididos por rencillas internas, pero las tácticas militares occidentales, en particular en el dominio, en campo abierto, de los caballeros con sus armaduras pesadas, también desempeñaron un importante papel en el éxito de los cruzados.

Así mismo, resultó crucial el apoyo naval que recibió la primera cruzada, de Génova y Pisa, que esperaban que una victoria les permitiera controlar el comercio de especias  de la India que pasaban por el mar Rojo, para llegar hasta Alejandría, en Egipto.

Sin duda, la primera cruzada fue un gran triunfo del Papa Urbano II, que le compensó en parte, de los muchos disgustos que tuvo durante su Pontificado, debido al emperador Enrique IV, como ya hemos considerado. En efecto, durante medio siglo Europa Occidental se vio dividida por conflictos entre el Papado y el Imperio, que alteraría de forma permanente la relación entre autoridad espiritual y temporal, y que de alguna manera afectó al  logró del mayor deseo del Pontífice, en cuanto al Cisma de Oriente.

Sin embargo, hay que reconocer que la Iglesia católica desde el mismo momento en que se produjo el Cisma de Oriente, asumió la tarea de tratar de reunir de nuevo a las Iglesias separadas por dicho conflicto. Como aseguraba el Papa San Juan Pablo II:

“Es difícil no reconocer que la tarea ecuménica ha sido realizada con entusiasmo por la Iglesia católica, la cual la ha asumido en toda su complejidad, y la lleva a cabo día a día con gran serenidad. Naturalmente la cuestión de la efectiva unidad no es y no puede ser fruto de esfuerzos solamente humanos. <El verdadero protagonista sigue siendo el Espíritu Santo>, al cual corresponderá decidir en qué momento el proceso de unidad estará suficientemente maduro, también desde el lado humano.

¿Cuándo sucederá esto? No es fácil preverlo, en todo caso, con ocasión del inicio del tercer milenio, que se está aproximando los cristianos han advertido que, mientras el primer milenio ha sido el período de la Iglesia indivisa, el segundo ha llevado a Oriente y Occidente a profundas divisiones, que hoy es preciso recomponer.

Es necesario que el año 2000 nos encuentre al menos más unidos, al menos más dispuestos a emprender el camino de esa unidad por la que Cristo rezó en la vigilia de su Pasión. El valor de esa unidad es enorme. Se trata en algún sentido del futuro del mundo, se trata del futuro del Reino de Dios en el mundo. Las debilidades y los prejuicios humanos no pueden destruir lo que es un plan de Dios para el mundo y la humanidad. Si sabemos valorar todo esto, podemos tener confianza con un cierto optimismo. Podemos tener confianza en que: <El que ha iniciado en nosotros la obra buena, la llevará a su cumplimiento>” (Cruzando el Umbral de la Esperanza. Papa San Juan Pablo II. Editado por Vittorio Messori. Licencia Editorial para el Círculo de Lectores por cortesía de Plaza & Jané editores, S.A. 1994)

Hermoso deseo de un Papa santo que ya a principios del tercer milenio resuena en los oídos de los creyentes con apremio, en muchos casos, y que a pesar de ello, sólo ha alcanzado algunos éxitos. Sin embargo la esperanza nunca debe faltar, sobre todo si recordamos, como nos invita a hacerlo San Juan Pablo II, la Carta de San Pablo a los Filipenses, en la que el apóstol muestra su alegría a este pueblo, por su buen comportamiento a la hora de difundir la Palabra de Jesús, es decir, a la hora de colaborar en la tarea de la evangelización (Ibid):

“Hago gracias a Dios todas las veces que me acuerdo de vosotros / siempre en toda oración mía, haciendo con gozo mi oración / Por la parte que habéis tomado en el evangelio desde el primer día hasta ahora / con la segura confianza de que <quien comenzó en vosotros obra buena la llevará a cabo hasta el día de Cristo Jesús>”

Sí, más adelante, en esta misma carta, San Pablo hace una petición por aquel pueblo, uno de los primeros por él evangelizado y que dio lugar a la primera Iglesia de Cristo fundada en  suelo europeo (Flp 1, 9-11):

“Esto pido en mi oración: que vuestra caridad rebose todavía más y más en cabal conocimiento y discernimiento / para que sepáis aquilatar lo mejor, afín de que os mantengáis sin tacha y sin tropiezo hasta el día de Cristo / colmados del fruto de justicia que se logra por Jesucristo, a gloria y alabanza de Dios”

La oración de San Pablo se nos ofrece hoy en día a todos los hombres como una necesidad cada vez más perentoria y salvífica. Que nuestro Señor Jesucristo la tenga en cuenta y los hombres reflexionemos sobre ella para lograr sus frutos de justicia a mayor gloria y alabanza de Dios.

 

 

 

domingo, 19 de febrero de 2017

MENSAJEROS DEL EVANGELIO: LOS PRIMEROS SIGLOS (2ª Parte)


 
 
 
 
 
 
Los últimos años del siglo VI, estuvieron marcados por el desarrollo de terribles guerras, la hambruna de los pueblos y las epidemias que hacían desaparecer a poblaciones enteras. Sin embargo, pese al acumulo de tantas desgracias, siempre brilló la luz de la evangelización en la Iglesia de Cristo, que tuvo como máximo exponente al Papa San Gregorio Magno (590-604), primer Pontífice benedictino, gran asceta de origen noble.

Este santo varón al ser nombrado sucesor de la Silla de Pedro, tras la muerte de Pelagio II a causa de una epidemia, dejó todo su patrimonio a la Iglesia y se hizo llamar: <Siervo de los siervos de Dios>
Se ha escrito mucho sobre esta figura fundamental de la Iglesia católica,  recordaremos tan solo algunas de las cosas que dijo el Papa Benedicto XVI, durante la <Audiencia General> del 28 de mayo de 2008:
 
 
 
 
 
“Reconociendo, en cuanto había sucedido, la voluntad de Dios, el nuevo Pontífice se puso inmediatamente al trabajo con empeño. Desde el principio reveló una visión singularmente lúcida de la realidad con la que debía medirse, una extraordinaria capacidad de trabajo al afrontar los asuntos tanto eclesiales como civiles, un constante equilibrio en las decisiones, también valientes, que su misión le imponían.


Se conserva de su gobierno una amplia documentación gracias al Registro de sus cartas (aproximadamente 800), en las que se refleja su  diario interés por los complejos interrogantes que  llegaban a sus manos. Eran cuestiones que procedían, de los obispos, de los abades, de los clérigos, y también de las autoridades civiles de todo orden y grado.

Entre los problemas que afligían en aquel tiempo a Italia y particularmente a Roma había uno de gran relevancia tanto en el ámbito civil como eclesial: la cuestión lombarda. A ella dedicó el Papa toda energía posible con vistas a una solución verdaderamente pacificadora.

A diferencia del emperador bizantino, que partía del presupuesto de que los lombardos eran sólo individuos burdos y depredadores a quienes había que derrotar o exterminar, San Gregorio veía a esta gente con los ojos del buen pastor.

 
 
 
Preocupado por anunciarles la palabra de salvación, estableció con ellos relaciones de fraternidad orientadas a una futura paz fundada en el respeto recíproco y en la serena convivencia entre italianos, imperiales y lombardos.

Se preocupó de la conversión de los jóvenes pueblos y de la nueva organización civil de Europa: los visigodos de España, los Francos, los Sajones, los inmigrantes  en Bretaña y los lombardos fueron los destinatarios privilegiados de su misión evangelizadora”

 
En griego <Gregorio> significa vigilante, y en verdad que hizo honor a su nombre, tal como nos ha explicado en su magnífica catequesis el Papa Benedicto XVI. Había nacido en Roma en el año 540  en el seno de  una familia particularmente cristiana (sus padres son santos  y algunas de sus tías también) y estudió Derecho, siendo nombrado Prefecto de la urbe en el año 573, pero su espíritu volaba hacia otros derroteros y pronto sufrió una transformación espiritual tan intensa que le llevó a retirarse de la política para abrazar la vida monástica, fundando un monasterio en su propia casa bajo la advocación de san Andrés.
 
 


Posteriormente, en años sucesivos creó otra serie de monasterios en algunas de sus posesiones en la isla de Sicilia, tomando como carisma, en todas ellas, la regla de San Benito.

A la muerte del Papa Pelagio II (579-590), como hemos comentado anteriormente, San Gregorio fue proclamado su sucesor, pasando a ocuparse con ardor, como  ha reconocido el  Papa Benedicto XVI, de todos los asuntos que por su cargo, Cristo le había encomendado.

Se puede decir que durante todo su Pontificado, este Papa, realizó una labor apostólica extraordinaria, y así por ejemplo, envió al monje benedictino Agustín de Canterbury junto con otros cuarenta monjes, en el año 597 a evangelizar Inglaterra, que aunque ya había sido evangelizada, desde el siglo V se encontraba en graves dificultades debido a las invasiones de anglos y sajones, paganos.

 
 
San Agustín tras una dura lucha contra el paganismo reinante consiguió la conversión del rey Ethelberto de Kent  y a partir de este momento sus súbditos siguieron, en gran mayoría, su ejemplo.

Cantérbury fue el lugar elegido finalmente por el santo para fijar su residencia, donde con ayuda real inició la construcción de la Iglesia que sería después la Catedral de Cantérbury. San Agustín siempre tuvo el apoyo incondicional del Papa San Gregorio, el cual le envió a dos sacerdotes para que le ayudaran en su intensa labor evangelizadora, estos fueron Melitón que llegó a ser el primer Obispo de Londres y Justo que fue el primer Obispo de Rochester.

Por otra parte, la  obra evangelizadora del Papa San Gregorio,  quedó reflejada también en sus escritos entre los que cabe destacar además de su extensa obra epistolar, ya mencionada, otras obras, tal como recordaba el Papa Benedicto XVI (Catequesis del 4 de junio de 2008):
“Escritos de carácter exegético, entre los que se distinguen el Comentario moral  a Job, las Homilías sobre Ezequiel y las Homilías sobre los Evangelios. Asimismo existe una importante obra de carácter hagiográfico, <Los Diálogos>, escrita por San Gregorio para edificación de la reina lombarda Teodolinda. Sin embargo, la obra principal y más conocida es sin duda la <Regla pastoral>, que el Papa redactó al comienzo de su Pontificado con finalidad claramente programática”

 
 
 
En cuanto a las enseñanzas teológicas de San Gregorio, el Papa Benedicto XVI  nos recuerda también en la misma catequesis  que: “Haciendo un rápido repaso a sus obras observamos, ante todo, que en sus escritos San Gregorio jamás se muestra preocupado por trazar una doctrina “suya”, una originalidad  propia. Más bien intenta hacerse eco de la enseñanza tradicional de la Iglesia, quiere sencillamente ser la boca de Cristo y de su Iglesia, en el camino que se debe recorrer para llegar a Dios”

Por otra parte, San Gregorio, logró por dos veces la retirada de los lombardos que asediaban Roma y la reina bávara  Teodolinda  creyente cristiana le ayudó  en la conversión de su esposo Leutario, el cual renunció al arrianismo y con él, muchos de sus vasallos. Así mismo, hay que recordar su gran caridad en favor de los más pobres, doce de los cuales, se cuenta que, compartían cotidianamente su mesa y los demás eran atendidos en sus necesidades.  

Por todo esto y mucho más, para que la labor evangelizadora realizada por San Gregorio Magno (590-604) siga siendo un ejemplo vivificador en la Iglesia del siglo XXI, recordaremos la siguiente oración a él dirigida por esta:
 
 
 
“Señor Dios, que cuidas a tu pueblo y lo gobiernas con amor, te pedimos que, por intercesión del Papa San Gregorio Magno, concedas el Espíritu de sabiduría a quienes has establecido como maestros y pastores de la Iglesia”


Sí, porque dando un gran salto en la historia, a mediados del siglo IX tuvo lugar el llamado Cisma de Focio, durante el Papado de Nicolás I (858/867), siendo Patriarca de Constantinopla el Obispo Ignacio. Por cuestiones familiares, el emperador Miguel III y su ministro Bardas, expulsaron de su Sede de Constantinopla a San Ignacio, que constantemente les reprendía por su mal comportamiento y los sustituyeron por Focio. Éste era un hombre erudito pero de condición moral relajada que recibió, en muy poco tiempo, todas las ordenes de la Iglesia de Oriente, y que se sublevó contra el Papa de Roma, declarándose  a continuación Patriarca Universal.

Tras diversos incidentes, se produjo la ruptura  y el rechazo de la Primacía de Roma, lo que provoco la excomunión de Focio por parte del Papa. Tras un largo periodo de desencuentros e incertidumbres, Focio fue aislado finalmente en un monasterio, donde murió en el año 886.

El Patriarca Antonio Kauleas, venerado como santo, estableció en un Sínodo, de nuevo, la unión total con Roma, repuso el nombre del Papa en el Canon y renovó unas relaciones buenas con la Iglesia de Occidente, aunque siempre algo distantes, que dieron lugar a fricciones y que por desgracia terminaron con la escisión total de ambas Iglesias en el año 1054.

En este año el Papa León IX (1049-1054), amenazado por los normandos, trato de encontrar una nueva alianza con Bizancio y mando una embajada a Constantinopla, encabezada por el Cardenal Humberto Silva Candida.

Los legados Papales al llegar a Constantinopla, negaron el titulo de Patriarca a Miguel I Cerulario (1043-1058), poniendo en duda la legitimidad de su elección, debido a su deficiente formación teológica, lo cual, le había llevado al límite de la herejía en algunas ocasiones. Se puede decir  que en esta ocasión la delegación Papal, obro con alguna ligereza, sin sopesar cuales serian las consecuencias posteriores, cuando se marcharon de forma brusca, dejando la Bula conminatoria al Patriarca sobre el Altar Mayor de su Iglesia, sin siquiera  dialogar primero, para tratar de encontrar una solución al problema.

 
 
El 24 de Julio del nefasto año 1054, el Patriarca de Constantinopla, Miguel I Cerulario sumamente ofendido, respondió a todo lo sucedido, excomulgando a su vez, al Cardenal Humberto de Silva y a su sequito, quemando públicamente la Bula romana, con lo que, sé confirmo definitivamente, el llamado gran Cisma de Oriente.

A partir de aquel momento hubo algunos intentos, bien intencionados, de unir de nuevo a las iglesias en conflicto, pero todos ellos fracasaron debido, por una parte a la incomprensión y recelo surgidos a lo largo del tiempo entre ambas y por otro al hecho de que a su vez la Iglesia de Oriente se dividió en tres ramas principales: la iglesia de Constantinopla, la iglesia Griega y la iglesia Rusa.

A la Iglesia de Constantinopla se agregaron aparentemente las Iglesias de Antioquía, de Jerusalén y de Alejandría. De cualquier forma, la Iglesia cismática en su totalidad, conserva aun en día, inalterados, los Dogmas de la fe que tenían antes de separarse y que son prácticamente los mismos que profesa la Iglesia Romana. No por ello deja de existir grandes diferencias, en otros aspectos, entre ambas Iglesias, como el referido al Espíritu Santo:
 
 
 
 
La Iglesia griega sostiene que el Espíritu Santo procede del Padre y no del Hijo y rechazan la palabra “Filioque”. A este respecto recordaremos que el año 589, durante el 3ª Concilio de Toledo, donde tuvo lugar la solemne conversión al catolicismo de los visigodos, se produjo la introducción de esta palabra, en el Credo de la iglesia, por lo que se aceptaba la idea de que el Espíritu Santo procede, no exclusivamente del Padre, a través del Hijo, como decía el Credo proclamado en el Concilio de Nicea, sino del Padre y del Hijo.


Por otra parte, la Iglesia cismática no reconoce la autoridad suprema del Papa y, sus Patriarcas y aunque sus obispos están sometidos a la ley de celibato,  a sus presbíteros les está permitido el matrimonio, siempre que se haya contraído antes de la recepción de las órdenes sagradas.
Otro inconveniente para la resolución definitiva del Cisma de Oriente, es el hecho, de la falta de unidad en la Iglesia Oriental. Los distintos Patriarcas son iguales entre sí e independientes los unos de los otros y cada Patriarca ha formado en su entorno, una Iglesia distinta.

Sin embargo, se puede señalar el hecho de que en 1274, en el 2º Concilio de Lyon y en 1439, en el Concilio de Basilea, ambas Iglesias, Oriental y Occidental, hicieran un gran esfuerzo por limar las desavenencias surgidas en siglos pasados, aunque sin gran éxito.
Más recientemente, algunas Iglesias Orientales decidieron aceptar la Primacía del Papa y se han denominado Iglesias Orientales Católicas.

Recordaremos también, que a partir del Concilio Vaticano II, la Iglesia Católica Romana, ha iniciado, bajo el influjo de los Papas Pablo VI y Juan Pablo II, así como por  parte del Papa  Benedicto XVI, y en la actualidad el Papa Francisco un programa de acercamiento hacia las Iglesias Orientales y es de esperar que  se puedan apreciar los frutos de esta gran labor con la ayuda del Espíritu Santo.
 

 
De cualquier forma quizás  la Edad Media, tan denostada por algunos, pueda considerarse, desde el punto de vista de la Iglesia de Cristo, como la era de mayor fe por sus enseñanzas y por tanto de un alto grado de evangelización, llevada a cabo por el pueblo cristiano. Esta evangelización, se hizo necesaria desde el primer momento de la invasión de los pueblos barbaros, los cuales inicialmente combatieron a muerte al cristianismo, pero que gracias a la obra de tantos y tantos evangelizadores, que dieron hasta la vida en el empeño, llegaron a aceptar esta nueva religión tan distinta al paganismo que ellos inicialmente defendían.

Recordemos así mismo que en el siglo X, una vez conseguida la conversión de los barbaros, la Iglesia de Cristo comienza a propagarse con gran profusión, que aumenta progresivamente durante los siglos XI y XII, e incluso principios del siglo XIII, donde aparecen lo que se ha dado en llamar, los Grandes Papas (Nicolás I, León IX, Nicolás II, Gregorio VII e Inocencio III) que desde la silla de Pedro, dieron a la Iglesia de Cristo un florecimiento muy considerable.

Se puede decir también, que durante este periodo de la edad Media, a pesar del Cisma de Oriente, con el reconocimiento del poder temporal de los Pontífices, la Iglesia se desarrollo plenamente, llevando sus enseñanzas a las instituciones laicas, renovando y unificando la liturgia de los pueblos cristianos.
 
 
En este sentido el Papa San Juan Pablo II, en su libro “Cruzando el umbral de la esperanza “, aseguraba que: ”Uno de los más grandes acontecimientos en la historia de la evangelización fue sin duda alguna, la misión de dos hermanos provenientes de Tesalónica, San Cirilo monje, y Metodio obispo (869 y 884)”.

 Estos fueron según el Papa, los artífices de la evangelización dentro de las culturas eslavas y lo hicieron a favor de la iglesia de Oriente y de Occidente, a pesar de que ya entonces esa  unidad era muy precaria (Ibid): 

 
 
 
"Estos Santos ejercieron su labor evangelizadora en el imperio de la Gran Moravia (nacido a principios del siglo IX), traduciendo al eslavo las Sagradas Escrituras y otros libros litúrgicos. El <patrimonio de su evangelización  ha permanecido en las vastas regiones de la Europa central y meridional, en tantas naciones eslavas, que aun hoy, reconocen en ellos no solamente a los maestros de la fe, sino también a los padres de la cultura>"

Verdaderamente durante el primer milenio después de la llegada del Mesías, en sus emigraciones los distintos pueblos tuvieron ocasión ponerse en contacto con núcleos cristianizados, aceptando su fe, aunque muchas veces no estuvieran aún en disposición de entender del todo la formulación del Misterio de Cristo…

A mediados del siglo XV, sobre todo de España y Portugal, una nueva oleada de evangelización partirá hacia tierras desconocidas…El afán misionero que se manifestó más allá del océano, llegó a un nuevo continente. Con el descubrimiento de América se produjo una gran obra evangelizadora que dio extraordinarios resultados para el futuro de la humanidad…

Sí, como diría el Papa San Juan Pablo II (Ibid):

 
 
“La Iglesia renueva cada día, contra el espíritu de este mundo, una lucha que no es otra cosa que la <lucha por el alma del mundo>…La lucha por el alma del mundo contemporáneo es enorme allí donde el espíritu de este mundo aparece más poderoso…Mientras pasan las generaciones que se han alejado de Cristo y de la Iglesia, que han aceptado el modelo laicista de pensar y de vivir, o las que ese modelo les ha sido impuesto, la Iglesia mira siempre al futuro; sale, sin detenerse, al encuentro de las nuevas generaciones. Y se muestra con toda claridad que las nuevas generaciones acogen lo que sus padre parecían rechazar”     

 

jueves, 16 de febrero de 2017

LA SANTIDAD ES UN DON DE JESÚS A SU IGLESIA


 
 
 
 



Hubo un tiempo  en que la devoción a los santos era enorme, así sucedió por ejemplo en la denostada Edad Media,  de la que deberíamos tomar ejemplo en los tiempos que corren, donde muchos hombres   ya no rezan a Dios, y tampoco piden ayuda a la Virgen o a los santos.

Da la sensación, algunas veces, de que los hombres se hubieran olvidado de Dios y de sus hijos predilectos, los santos, aquellas mujeres y aquellos hombres que viven la cruz en la cotidianidad, en un mundo casi siempre alejado de Dios. 
Así es, la Iglesia es santa aunque sus hijos sean pecadores y entre estos hijos, pecadores o no, el Señor ha elegido algunos hombres y mujeres para demostrar que la santidad puede existir, porque  Cristo es el que santifica a su grey.

Como dice el Papa Francisco: <Nadie se santifica así mismo, no hay un curso para llegar a ser santo; ser santo no es hacerse faquir o algo parecido. Más bien, <la santidad es un don de Jesús a su Iglesia>; y para manifestarlo, elige a personas, en las que se ve claramente su trabajo para santificar>


Los santos hacen que la Iglesia de Cristo crezca y lo hacen,  en particular, por medio  de sus Pontífices. De esta forma, lo interpretó, el Papa Benedicto XVI, durante la Santa Misa para la imposición del anillo del pescador en el solemne inicio de su Ministerio Petrino (24 de abril de 2005). Benedicto recordaba con emoción como se sentía arropado en aquellos momentos extraordinarios de su vida por la presencia de toda la <muchedumbre de los santos>:

“Por tres veces nos ha acompañado en estos días tan intensos el canto de la letanía de los santos: durante los funerales por nuestro Santo Padre Juan Pablo II; con ocasión de los Cardenales en el Cónclave y también hoy, cuando hemos cantado de nuevo con la invocación: <Tu Illum Adieva>, asiste al nuevo sucesor de San Pedro…

Y ahora, en este momento, yo, débil siervo de Dios he de asumir este cometido inaudito, que supera realmente toda capacidad humana, ¿Cómo puedo hacerlo? ¿Cómo seré capaz de llevarlo a cabo?

Todos vosotros queridos amigos acabáis de invocar a toda la muchedumbre de los santos, representada por algunos de los grandes nombres de la historia que Dios teje con los hombres. De este modo, también en mí se reaviva la conciencia: no estoy solo.

La muchedumbre de los santos de Dios me protege, me sostiene y me conduce. Y me acompañan, queridos amigos, vuestra indulgencia, vuestro amor, vuestra fe y vuestra esperanza. En efecto a la comunidad de los santos no pertenecen sólo las grandes figuras que nos han precedido y cuyos nombres conocemos.

Todos nosotros somos la comunidad de los santos; nosotros bautizados en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; nosotros, que vivimos del don de la carne y la sangre de Cristo, por medio del cual quiere transformarnos y hacernos semejantes así mismo. Sí, la Iglesia está viva; esta es la maravillosa experiencia de estos días…”

 
De las palabras del Papa Benedicto XVI, en su toma de posesión de la Silla de Pedro, claramente deducimos que no sólo debemos rezar a Dios sino que además debemos rogar la intercesión de la muchedumbre de los santos, porque la Iglesia es santa y recuerda a sus santos en momentos tan especiales y decisivos como por ejemplo la elección y nombramiento de sus Pontífices.

Por otra parte el Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda también a estos testigos que nos han precedido en el Reino de Dios y muy especialmente a aquellos que reconoce como santos (Catecismo de la Iglesia Católica nº 2683):
“Los testigos que nos han precedido en el Reino, especialmente los que la Iglesia reconoce como santos, participan en la tradición viva de la oración, por el testimonio de sus vidas, por la transmisión de sus escritos y por su oración hoy.

Contemplan a Dios, lo alaban y no dejan de cuidar a aquellos que han quedado en la tierra. Al entrar <en la alegría> de su Señor, han sido <constituidos sobre lo mucho> (Mt 25,21).
Su intersección es su más alto servicio al plan de Dios. Podemos y debemos rogarles que intercedan por nosotros y por el mundo entero”

Dentro de la <muchedumbre de los santos>, especial devoción siente la Iglesia de Cristo por aquellos que han sido mártires, que ha dado la vida por Jesús y su Mensaje.



En este sentido, el Papa Benedicto XVI durante la Audiencia General celebrada en el Palacio Apostólico de Castel Gandolfo, el miércoles 11 de agosto de 2010 se expresaba en los siguientes términos: 
“La respuesta a la pregunta ¿Qué lleva a un hombre al martirio? es sencilla: Es la muerte de Jesús, en su sacrificio supremo de amor, consumado en la Cruz, a fin de que pudiéramos tener vida (Jn 10,10).

Cristo es el siervo que sufre, de quien habla el profeta Isaías  (Is 52,13-15), que se entregó así mismo como rescate por muchos (Mt 20,28).

Él exhorta a sus discípulos, a cada uno de nosotros, a tomar cada día nuestra cruz y a seguirlo por el camino del amor total a Dios Padre y a la humanidad: < El que no toma la cruz y me sigue,  no es digno de mi>; <El que encuentra su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí la encontrará> (Mt 10,38-39).

Es la lógica del grano de trigo que muere para germinar y dar vida (Jn 12,24). Jesús mismo <es el grano de trigo venido de Dios, el grano de trigo divino, que se deja caer en la tierra, que se deja partir, romper en la muerte y, precisamente de esta forma, se abre y puede dar fruto en todo el mundo>”  (Benedicto XVI. Visita a la Iglesia luterana de Roma, 14 de marzo de 2010)

 
El mártir sigue al Señor hasta las últimas consecuencias, aceptando libremente morir por la salvación del mundo, en una prueba suprema de fe y de amor (Lumem Gentium 42). Desde el principio, desde los inicios en la Iglesia Primitiva de Cristo, cuando comenzaron los primeros martirios, después de la muerte de Cristo, como máximo exponente de los mismos, entre sus seguidores, estos hombres y mujeres fueron apreciados por el pueblo de Dios y la devoción a los mismos empezó al mismo tiempo prácticamente que  entregaban sus vidas por la salvación del mundo.

Todos los Pontífices se han apresurado a considerarlo así con la beatificación y la posterior canonización de éstos, que en tantas ocasiones fue simultánea como consecuencia de los hechos históricos acaecidos.




Uno de los Papas que más canonizaciones ha realizado en el siglo XX ha sido el Papa Pablo VI.
Giovanni Battista Montini, Pablo VI (1963-1978), pertenecía a una familia católica de la burguesía italiana, de manera que el ambiente familiar fue propiciatorio para su futura vocación religiosa. Su vida está marcada por acontecimientos históricos de la Iglesia católica de gran relevancia. El Papa Montini tomó las riendas de la Iglesia, cuando el Concilio Vaticano II prácticamente acababa de comenzar; su antecesor y responsable del mismo, Juan XXIII, murió por desgracia, sin poder ver el final de tan importante evento para la Iglesia.
Pablo VI actuó en consecuencia, decidió continuar con el  mismo y el 29 de septiembre de 1963 se inició la segunda sesión del Concilio Ecuménico, Vaticano II.
Posteriormente a la clausura de este Concilio, el Papa Pablo VI procedió a llevar a la práctica algunas de las orientaciones que salieron del mismo, cuestión ésta, que no resultó nada  fácil, tanto por la situación internacional (tensiones debidas a la llamada guerra fría), como por problemas derivados de la situación contestataria existente, en esos momentos, en el seno de la propia Iglesia de Cristo...

Se puede decir que este Pontífice del siglo XX sufrió un acoso psicológico, especialmente después de publicar su Carta Encíclica <Humanae Vitae>, que tantas y tantas personas que se consideraban cristianas católicas, rechazaron en medio de un ambiente muy propiciatorio para ello. El Papa llegó a decir en un momento dado, sintiendo todo el peso de la crítica que había generado su carta: <Nunca como en esta ocasión hemos sentido el peso de nuestra carga>
A partir de esta Encíclica, para muchos, el Papa Pablo VI pasó a ser una persona <non grata>, porque les impedía hacer con la <conciencia tranquila> aquello que deseaban y que por supuesto, era contrario a la doctrina católica, es decir, al Mensaje de Cristo…
Quizás esto influyera en alguna medida en el interés y amor de este Pontífice por los santos mártires, tal como refleja el hecho de que las canonizaciones por él realizadas, en gran número, corresponden a mártires de la Iglesia, más concretamente, nos referimos a: San Juan Nepomuceno Neumann (Siglo XIV), San Juan Boste (Siglo XVI), San Juan Jones (Siglo XVI), San Juan Kemble (Siglo XVII), San Juan Ogilvie (Siglo XVII), San Juan Payne (Siglo XVI), San Juan Rigby (Siglo XVII), San Juan Stone (Siglo XVI), y San Juan Wall (Siglo XVII). Es curioso, por otra parte, el hecho de que todos estos mártires canonizados por el Papa Pablo VI lleven el nombre de Juan, lo cual nos hace pensar en la posible influencia que tuvo sobre este santo Padre, la vida de otro santo, que también se llamaba San Juan, y que fue canonizado asimismo por él,  nos referimos a San Juan de Ávila, el llamado Apóstol de Andalucía.



Sobre este hombre santo, escribieron grandes figuras de la Iglesia de Cristo como Fray Luis de Granada, San Ignacio de Loyola, San Francisco de Borja e incluso Santa Teresa de Jesús.
Había nacido en Almodóvar del Campo, en el año 1500, y desde muy joven dio muestras de espíritu de sacrificio e inclinación a hacer penitencia. Estudió en la prestigiosa Universidad de Alcalá, siendo sus maestros personajes relevantes de la época, como Fray Domingo de Soto; terminando sus estudios de letras y teología fue ordenado presbítero.Sus hagiógrafos cuenta la anécdota de que cuando celebró su primera misa, en vez de los acostumbrados banquetes que se solían dar, por entonces, a la familia y los amigos, dio de comer a doce pobres y les sirvió él mismo la mesa.
Su ilusión era ir a evangelizar a la India, pero el Arzobispo de Sevilla sabiendo de su categoría intelectual le pidió que se quedase en España, por entonces muy necesitada también de evangelizadores y él obedeciendo se quedó allí extendiéndose en seguida por toda Andalucía su fama como predicador,  logrando la conversión de muchas almas. Su vida es un ejemplo a seguir por todo aquel que desee dedicarse a la tarea de la evangelización, porque nunca buscó el aplauso, nunca buscó los bienes materiales, y sólo hablaba en nombre de Cristo y no en nombre propio.

Entre las obras por él escritas hay que destacar el <Epistolario espiritual para todos los estados>  y  la <Colección de cartas ascéticas>, dirigidas  entre otros, a San Ignacio de Loyola,  y San Juan de Dios. Compuso así mismo un libro dedicado al “Santísimo Sacramento”  y otro al “Conocimiento de sí mismo” , así como otros muchos, aunque se han perdido, los hermosos sermones de sus predicaciones orales, seguramente porque nunca se preocupó el santo de conservar los escritos.
Murió en la ciudad de Montilla en 1569. Es santo patrón del clero español desde 1946 y el Papa Benedicto XVI lo proclamó Doctor de la Iglesia el 7 de octubre de 2012, siendo el cuarto santo español en alcanzar este título.



Recordaremos también a otro  santo, en este caso mártir,  que el Papa Pablo VI canonizó y que lleva así mismo el nombre de Juan, nos referimos concretamente a San Juan Nepomuceno que sufrió la muerte por martirio a causa de no revelar un secreto de confesión. Había nacido este santo varón en Nepomuck (Bohemia), en el año 1330. Desde niño era muy devoto de la Virgen, por cuya intersección él se consideró salvado de una enfermedad muy grave. Estudió mucho pasando por diversas universidades en las que se especializó en filosofía y teología.
Una vez ordenado sacerdote en poco tiempo se convirtió en un excelente predicador de la Palabra, pues con sus sermones trataba de poner coto a  pecados típicos de la época como la soberbia, la relajación de las costumbres morales etc.
Hasta el emperador  del Sacro Imperio Romano Germánico (1378-1400), rey de Bohemia (1376-1412) y rey de los romanos (1376-1400), Wenceslao, se cuenta que asistia a los sermones de este santo y por eso consideró conveniente para la Corte nombrarle capellán de palacio.

Estando ya en su nuevo puesto evangelizador dentro de una Corte, de costumbres muy frívolas, la reina, una mujer de probada santidad, quiso tomarle como confesor. Esta mujer era hija del duque de Baviera y se casó con Wenceslao cuando él tenía quince años y ella había cumplido los veinte. Poseía muchas virtudes todo lo contrario que su esposo el emperador que demostró ser en su madurez un hombre cruel y propenso a los vicios. La reina se sentía muy acongojada por el proceder de su esposo que, por otra parte, era muy celoso y no se fiaba de la fidelidad de ella, a pesar de haber demostrado ésta un comportamiento intachable en todos los sentidos.
Sucedió, que el emperador en una ocasión ciego de celos y ante la santidad de su esposa quiso que Juan, el confesor de la reina, le contara los posibles pecados de los que ella se acusaba, y al no conseguir que éste faltara a la obligación de mantener el secreto de confesión, se irritó enormemente con él.
Sin embargo no se atrevió a echar de la Corte al santo, y enfurecido como estaba descargó su ira contra sus vasallos, y al afearle su conducta el santo,  él le mandó encarcelar, aunque después , asustado de lo que había hecho, ordenó que lo sacaran del calabozo e incluso le obligó asistir a un banquete durante el cual le pidió de nuevo, que le dijera los pecados de la emperatriz.
Al negarse en rotundo el santo, lo mandó torturar dejándolo luego  en libertad. No obstante
el tema no quedó zanjada así, porque Wenceslao secretamente ordenó que le mataran de forma que no se descubriera el crimen.
Sus secuaces para cumplir el mandato, lo arrojaron al vacío desde el puente de Moldaba. El crimen, no obstante,  no quedó oculto porque el río creció y sacó a flote el cadáver haciéndose público este macabro hecho, y al mismo tiempo  el cuerpo del santo, quedaba iluminado por extrañas y milagrosas luces. Este acontecimiento tuvo lugar en el año 1383.




Podríamos poner multitud de ejemplos más, que abalarían el valor y el amor a Dios de los santos mártires de todos los tiempos, por eso ya en los primeros siglos cuando los cristianos eran cruelmente perseguidos y ejecutados por el sólo delito de serlo, recogían sus nombres y la fecha del suceso en el libro denominado <Martirologio Romano>. Además en seguida eran tomados como modelos de santidad  para lograr la salvación de sus almas.
Por desgracia, en este descreído siglo XXI escuchamos expresiones que nos indican la falta de consideración hacia estas personas elegidas por Dios, que han entregado incluso en ocasiones la vida por de Cristo y su Mensaje.
De ahí  la pregunta: ¿Será ésta una nueva forma de iconoclastia? Sí, porque algunos hombres ya no se conforman con quitar las imágenes de Cristo, de la Virgen y de los santos de los lugares de culto, o de los lugares donde siempre han estado durante siglos. No, esto no es suficiente, para ellos, es  necesitan que la gente se olvide de rezar, de pedir ayuda, no sólo a los santos o  a la Virgen, sino también y sobre todo a Dios.
Por eso, los cristianos debemos recordar las palabras de Cristo cuando dijo: <si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese así mismo, tome su cruz y sígame>, (Mt 16,24).

Ante esta petición de Jesús algunos preguntarían sin embargo: ¿Todavía nos sigue exigiendo tanto?



El Papa San Juan Pablo II precisamente refiriéndose a este pasaje de la vida de Jesús,  del Evangelio de San Mateo, se expresaba en los términos siguientes (14 de febrero de 2001):
"Estas palabras expresan la radicalidad de una elección que no admite ni vacilaciones ni rémoras. Es una exigencia dura, que ha impresionado a los propios discípulos y que a lo largo de los siglos, ha retenido a muchos hombres y a muchas mujeres a la hora de seguir a Cristo. Pero precisamente esta misma radicalidad ha producido también frutos admirables de santidad y martirio que refuerzan en el tiempo el camino de la Iglesia Católica”

Así ha sido siempre y seguirá siéndolo por los siglos de los siglos, porque como podemos leer en el Catecismo de la Iglesia Católica refiriéndose a este tema  (nº 2473):
"El martirio es el supremo testimonio de la verdad de la fe; designa un testimonio que llega hasta la muerte. El mártir da testimonio de Cristo, muerto y resucitado, al cual está unido por la caridad.




Da testimonio de la verdad y de la fe y de la doctrina de Cristo.

El mártir, soporta la muerte mediante un acto de fortaleza: <dejadme ser pasto de las fieras. Por ellas me será dado llegar a Dios> (San Ignacio de Antioquía. Rom 4-1)”

Es por esto que la Iglesia con el más depurado esmero ha recogido todos los recuerdos de aquellas personas que a lo largo de la historia han dado la vida por Cristo y su Mensaje.
Las palabras de dos santos mártires evocados en el Catecismo de la Iglesia Católica nos sirven de testimonio y ejemplo  (nº 2474):

“No me servirá de nada los atractivos del mundo ni de los reinos de este siglo. Es mejor para mí morir, para unirme a Cristo Jesús, que reinar hasta los confines de la tierra. Es a Él a quien busco, a quien murió por nosotros. A Él quiero, al que resucitó por nosotros…” (San Ignacio de Antioquía; Rm 6,1-2)

(San Ignacio de Antioquía, Obispo de Antioquía, es considerado Padre Apostólico de la Iglesia católica y se cree que fue discípulo del Apóstol  San Juan, murió por martirio hacia el año 107 durante el reinado del emperador Trajano).

“Te bendigo por haberme juzgado digno de este día y esta hora, digno de ser contado en el número de tus mártires… Has cumplido tu promesa, Dios de la fidelidad y de la verdad. Por esta gracia y por todo te alabo, te bendigo, te glorifico, por el eterno y celestial Sumo Sacerdote, Jesucristo, tu Hijo amado. Por Él que está contigo y con el Espíritu Santo, te es dada gloria ahora y en los siglos venideros. Amén”. (San Policarpo, mart. 14,2-3)

(San Policarpo fue coetáneo de San Ignacio al que conoció cuando éste iba camino de la muerte hacia Roma, el cual le solicitó que informara a sus files de Asia Menor mediante una carta. Fue Obispo de Esmirna y es considerado también Padre Apostólico de la Iglesia, murió por martirio hacia el año 155 durante el reinado del emperador Antonino Pío).

 
 

Siempre deberíamos tener en cuenta que Iglesia católica, apostólica y romana, en lo que respecta a su doctrina, tanto en el aspecto moral, como en la obligación divina, es muy exigente y perfecta, y que además: <La santidad es un don de Jesús a su Iglesia>. Por eso:
“La biografías de los santos presentan hombres y mujeres que, dóciles a los designios divinos, que han afrontado, a veces pruebas y sufrimientos indescriptibles, persecuciones y martirios. Han perseverado en su entrega, <han pasado por la gran tribulación –se lee en el Apocalipsis – y han lavado y blanqueado sus vestiduras con la sangre del Cordero>.

Sus nombres están escritos en el libro de la vida (Ap 20, 12); su morada eterna en el Paraíso. El ejemplo de los santos es para nosotros un estímulo a seguir el mismo camino, a experimentar la alegría de quien se fía de Dios, porque la única verdadera causa de la tristeza e infelicidad para el hombre es vivir lejos de Él”  (Los caminos de la vida interior. Papa Benedicto XVI. Ed. Chronica S.L. 2011).     

 

 "Miré y vi una muchedumbre enorme que nadie podía contar. Gentes de toda nación, raza, pueblo y lengua; estaban de pie delante del trono del Cordero. Vestian de blanco, llevaban palmas en las manos / y clamaban con voz potente, diciendo:
<A nuestro Dios, que está sntado en el trono, y al Cordero, se debe la salvación>" (Ap 7, 9-11)