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viernes, 11 de agosto de 2017

VIRGEN MARÍA: MADRE DE DIOS (I)


 
 
 
 



El Papa Francisco durante su viaje apostólico a Rio de Janeiro con ocasión  de la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud pronunció una hermosa homilía en la misa que celebró  en la Basílica del Santuario de Nuestra Señora de Aparecida, refiriéndose a la Madre de Dios con estas palabras:

“La Iglesia, cuando busca a Cristo, llama siempre a la casa  de la Madre y le pide: <Muéstranos a Jesús>. De ella se aprende el verdadero discipulado. He aquí por qué la Iglesia va en misión siguiendo siempre la estela de María”

En este mismo sentido se había manifestado el Papa San Juan Pablo II el pasado siglo cuando en cierta ocasión un conocido periodista tras una larga entrevista, le hizo una pregunta referida a las misteriosas apariciones y mensajes de la Virgen,  que habían dado lugar a masivas peregrinaciones hacia lugares tan conocidos  como Fátima o Lourdes.

De todo el mundo cristiano es conocido el hecho de que este Papa eligió como lema de su Pontificado precisamente esta expresión: <Totus Tuus>, así que esta pregunta le debió de gustar mucho y por eso, respondió con gran agrado a la misma con estas palabras (Cruzando el umbral de la esperanza. Papa Juan  Pablo II. Editado por Vittorio Messori. <Círculo de Lectores> por cortesía de Plaza & Janés Editores S.A. 1994):

 


“Totus Tuus. Esta fórmula no tiene solamente un carácter piadoso, no es una simple expresión de devoción: es algo más.

La orientación hacia una devoción tal se afirmó en mí en el periodo en que, durante la segunda guerra mundial, trabajaba de obrero en una fábrica. En un primer momento me había parecido que debía alejarme un poco de la devoción mariana de la infancia, en beneficio de un cristianismo, centrado en la figura de Cristo.
Gracias a san Luis Grignon de Montfort comprendí que la verdadera devoción a la Madre de Dios, sin embargo era cristocéntrica, más aún, que está profundamente radicada en el Misterio Trinitario de Dios, y en los Misterios de la Encarnación y de la Redención…

El Concilio Vaticano II da un paso de gigante tanto en la doctrina como en la devoción mariana. No es posible traer aquí ahora todo el maravilloso capítulo VIII de la <Lumen Gentium>, pero habría que hacerlo. Cuando participé en el Concilio, me reconocí a mí mismo plenamente en este capítulo, en el que reencontré todas mis pasadas experiencias desde los años de la adolescencia, y también aquel especial ligamento que me une a la Madre de Dios de forma siempre nueva…
Desde los primeros años, mi devoción mariana estuvo relacionada estrechamente con la dimensión cristológica. En esta dirección me iba educando el santuario de Kalwaria  (complejo eclesiástico-conventual de Kalwaria Zebraydowska. Polonia). Un capítulo aparte es Jasna Góra, con su icono de la Señora negra. Es desde hace siglos, la Virgen de Jasna Góra, venerada como Reina de Polonia. Éste es un Santuario de toda la nación.
De su Señora y Reina la nación polaca ha buscado desde siglos, y continua buscando, el apoyo y la fuerza para el renacimiento espiritual”

 
 



El capítulo VIII del Documento <Lumen Getium> del Concilio Vaticano II está dedicado como recordaba el Papa San Juan Pablo II, a la Santísima Virgen María, Madre de Dios, en el <Misterio de Cristo y de la Iglesia>. En su <Introducción> podemos leer, en los apartados 52 y 53 respectivamente (Roma 21 de noviembre de 1964):
“Queriendo Dios, infinitamente sabio y misericordioso, llevar a cabo la redención del mundo, <al llegar a la plenitud de los tiempos>, envió a su Hijo, nacido de mujer…para que <recibiésemos la adopción de hijos> (Ga 4, 4-5). <El cual, por nosotros los hombres y por nuestra salvación, descendió de los cielos y por obra del Espíritu Santo se encarnó de la Virgen María>.

Este Misterio divino de la salvación nos es revelado y se continúa en la Iglesia, que fue fundada por el Señor como Cuerpo suyo, y en la que los fieles, unidos a Cristo Cabeza y en comunión de todos los santos, deben venerar también la memoria <en primer lugar de la gloriosa siempre Virgen María, Madre de nuestro Dios y Señor Jesucristo>

Efectivamente, la Virgen María, que al anuncio del ángel recibió al Verbo de Dios en su alma y en su cuerpo y dio vida al mundo, es reconocida y venerada Madre de Dios y del Redentor.



Redimida de modo eminente, en previsión de los méritos de su Hijo y unida a Él con un vínculo estrecho e indisoluble, está enriquecida con la suma prerrogativa de ser la Madre de Dios Hijo, y por eso hija predilecta del Padre y Sagrario del Espíritu Santo; con el don de una gracia tan extraordinaria aventaja con creces a todas las criaturas, celestiales y terrenales. Pero a la vez está unida, en la estirpe de Adán, con todos los hombres que necesitan de la salvación; y no solo eso, <sino que es verdadera madre de los miembros de la Iglesia de Cristo, por haber cooperado con su amor a que naciesen en la misma, fieles que son miembros de su Cabeza>.
Por ese motivo es también proclamada como miembro excelentísimo  y enteramente singular de la Iglesia y como tipo y ejemplar acabadísimo de la misma fe y caridad, y a quien la Iglesia católica, instruida por el Espíritu Santo, venera, como Madre amantísima, con afecto de piedad filial”


Después de esta admirable Introducción, el Documento conciliar <Lumen Gentium>, prosigue desarrollando en sus apartados: <Función de la Santísima Virgen en la economía de la salvación>, 
<La Santísima Virgen y la Iglesia> y <María, signo de esperanza cierta y consuelo para el pueblo peregrino de Dios>, distintos aspectos relacionados con la Virgen María, por lo que resulta muy adecuado y recomendable para conocer en profundidad el carácter profundamente cristológico de la Madre de Dios, tal como aseguraba el Papa san Juan Pablo II y recordaba el Papa Francisco.

Sí, la Virgen María  es signo de esperanza cierta, tal como decía el Papa Francisco en la homilía que antes hemos mencionado durante la celebración de la misa en la Basílica de Nuestra Señora de  Aparecida:
 
 



“<Mater la esperanza>. La segunda Lectura de la Misa presenta una escena dramática: una mujer –figura de María en la Iglesia- es perseguida por un dragón –el diablo- que quiere devorar a su hijo. Pero la escena no es de muerte sino de vida, porque Dios interviene y pone a salvo al niño (Ap 12, 13a-16.15-16a).
Cuantas dificultades hay en la vida de cada uno, en nuestra gente, nuestras comunidades. Pero, por más grandes que parezcan, Dios nunca deja que nos hundamos. Ante el desaliento que podría haber en la vida, en quien trabaja en la evangelización o en aquellos que se esfuerzan por vivir la fe como padres y madres de familia, quisiera deciros con fuerza:

<Tengan siempre en el corazón esta certeza: Dios camina a su lado, en ningún momento los abandona. Nunca perdamos la esperanza. Jamás la apaguemos en nuestro corazón. El <dragón>, el mal, existe en la historia, pero no es el más fuerte. El más fuerte es Dios, y Dios es nuestra esperanza>

Es cierto que hoy en día, todos, un poco, y también nuestros jóvenes, sienten la sugestión de tantos ídolos que se ponen en el lugar de Dios y parecen dar esperanza: el dinero, el éxito, el poder, el placer…
Con frecuencia se abren en el corazón de muchos una sensación de soledad y vacío, y lleva a la búsqueda de compensaciones, de ídolos pasajeros.

Queridos hermanos y hermanas, seamos luces de esperanza. Tengamos una visión positiva de la realidad.



Demos aliento a la generosidad que caracteriza a los jóvenes, ayudémoslos a ser protagonistas de la construcción de un mundo mejor: Son un motor poderoso para la Iglesia y la sociedad.
Los jóvenes no solo necesitan cosas. Necesitan sobre todo que se les propongan esos valores inmateriales que son el corazón espiritual de un pueblo, la memoria de un pueblo…”


Sin duda Dios es nuestra esperanza, y ésta gran esperanza es Él porque abraza el universo y nos da aquello que nosotros por sí solos no podemos alcanzar. Como un día diría el Papa Benedicto XVI:

“De hecho, el ser agraciados por un don forma parte de la esperanza. Dios es el fundamento de la esperanza; pero no cualquier Dios, sino el Dios que tiene el rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo, a cada uno en particular y a la humanidad en su conjunto”

(Carta Encíclica <Spe Salvi> Dada en Roma el 30 de noviembre del año 2007).

 



Por eso, como no podía ser de otro modo, también este Pontífice es un gran devoto de la Virgen María, aquella mujer destinada por el Padre desde el principio de los tiempos para ser la Madre del Dios hecho hombre, del Dios que tiene rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo.

Este Papa ha hablado de ella muchas veces en sus escritos,  y así por ejemplo en su libro, <Los caminos de la vida interior. El itinerario espiritual del hombre>, (Ed. Chronica S.L, 2011), dedica el último capítulo a María, Madre de Dios, refiriéndose en primer lugar, como es natural, a su <Maternidad divina>:

“<Madre de Dios>, Theotokos, es el título que se atribuyó oficialmente a María en el siglo V, exactamente en el Concilio de Éfeso, del año 431, pero que ya se había consolidado en la devoción del pueblo cristiano desde el siglo III, en el contexto de las fuertes disputas de ese periodo sobre la persona de Cristo.



Con este título se subrayaba que Cristo es Dios y que realmente nació como hombre de María. Así se preservaba su unidad de verdadero Dios y de verdadero hombre. En verdad, aunque el debate parecía centrarse en María, se refería esencialmente al Hijo. Algunos Padres, queriendo salvaguardar la plena humanidad de Jesús, sugerían un término más atenuado: en vez de Theotokos, proponían Cristotokos, Madre de Cristo, pero precisamente eso se consideró una amenaza contra la doctrina de la plena unidad de la divinidad con la humanidad de Cristo.

Por eso, después de una larga discusión, en el Concilio de Éfeso, del año 431, se confirmó solemnemente, por una parte, la unidad de las dos naturalezas, la divina y humana en la Persona del Hijo de Dios (cf DS 250) y, por otra, la legitimidad de la atribución a la Virgen del título de Theotokos, Madre de Dios (cf ib, 251). Después de este Concilio se produjo una auténtica explosión de devoción mariana, y se construyeron numerosas Iglesias dedicadas a la Madre de Dios.



La doctrina relativa a María, Madre de Dios, fue confirmada de nuevo en el Concilio de Calcedonia (8 de octubre al 1 de noviembre del año 451), en el que Cristo fue declarado <verdadero Dios y verdadero hombre, nacido por nosotros y por nuestra salvación, de María Virgen y Madre, en su humanidad (DS 301)”

Sigue hablando el Papa Benedicto XVI  sobre este tema con extrema sapiencia y devoción y termina con este bello pensamiento (Ibid):
“Al estar totalmente con Dios, esta Mujer se encuentra muy cerca de nosotros y nos ayuda como madre y como hermana. También el puesto único e irrepetible que María ocupa en la comunidad de los creyentes deriva de esta vocación suya fundamental a ser la Madre del Redentor.

Precisamente en cuanto tal, María es también la Madre del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia. Precisamente por ser Madre de la Iglesia, la Virgen es también Madre de cada uno de nosotros, que somos miembros del Cuerpo Místico de Cristo. Desde la Cruz Jesús encomendó a su Madre a cada uno de sus discípulos y, al mismo tiempo, encomendó a cada uno de sus discípulos al amor de su Madre.

Es importante considerar atentamente la importancia de la presencia de María en la vida de la Iglesia y en nuestra existencia personal. Encomendémonos a ella, para que guie nuestros pasos en este nuevo periodo de tiempo que el Señor nos concede vivir, y nos ayude a ser auténticos amigos de su Hijo, y así también valientes artífices de su Reino en el mundo, Reino de luz y de verdad”

 
 
 
Así es, dejémonos sorprender dentro de las dificultades del día a día, por el amor y la amistad con el Hijo de María, Nuestro Señor Jesucristo porque como aseguraba el Papa  Francisco (Ibid):

“Quien es hombre, o es, mujer de esperanza (la gran esperanza que nos da la fe) sabe que Dios actúa y nos sorprende también por medio de las dificultades.

Y la historia de este Santuario (Basílica Santuario de Nuestra Señora de Aparecida) es un ejemplo: tres pescadores, tras una jornada baldía, sin lograr pesca en las aguas del rio Parnaíba (Velho Monge), encuentran algo inesperado: una imagen de Nuestra Señora de la Concepción.

 


¿Quién podría haber imaginado que el lugar de una pesca infructuosa se convirtiera en el lugar donde todos los brasileños pueden sentirse hijos de la misma Madre? Dios nunca deja de sorprender, como con el vino nuevo del Evangelio (en las bodas de Caná de Galilea). Confiemos en Dios. Alejados de Él, el vino de la alegría, el vino de la esperanza, se agota.

Si nos acercamos a Él, si permanecemos en Él, lo que parece agua fría, lo que es dificultad, lo que es pecado, se transforma en vino nuevo de amistad con Él”

El Papa Benedicto XVI seguro que estará totalmente de acuerdo con estas palabras de su sucesor en la Silla de Pedro, porque también como él, es un gran devoto de la Virgen María y asegura como él, que la Madre nos lleva siempre hacia el Hijo, y el Hijo hacia la Madre (Ibid):
“Recordemos las palabras de santa Isabel: <Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá> (Lc 1,45).
María es dichosa porque tiene fe, porque ha creído, y en esta fe ha acogido en el propio seno al Verbo de Dios para entregarlo al mundo.




La alegría que recibe de la Palabra se puede extender ahora a todos los que,  en la fe, se dejan transformar por la Palabra de Dios.
El Evangelio de Lucas nos presenta en dos textos este misterio de escucha y de gozo.

Jesús dice: <Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en obra (8,21).
Y, ante la exclamación de una mujer que entre la muchedumbre quiere exaltar el vientre que lo ha llevado y los pechos que lo han criado, Jesús muestra el secreto de la verdadera alegría:

<Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen> (11, 28).

 
 


Jesús muestra la verdadera grandeza de María, abriendo así también para todos nosotros  esa bienaventuranza que nace de la Palabra acogida y puesta en práctica.

Por eso, recuerda a todos los cristianos que nuestra relación personal y comunitaria con Dios depende del aumento de nuestra familiaridad con la Palabra divina. A todos los hombres, también a los que se han alejado de la Iglesia, que han abandonado la fe o que nunca han escuchado el anuncio de la salvación. A cada uno de ellos, el Señor les dice: <Estoy a la puerta llamando: si alguno oye y abre, entraré y comeremos juntos> (Ap 3,20)
Así pues, que cada jornada nuestra esté marcada por el encuentro renovado con Cristo, Verbo de la Palabra hecha carne. Él está en el principio y en el fin y <todo se mantiene en Él> (Col 1, 17)”


Dos citas importantes del Nuevo Testamento utiliza el Papa al final de estas enseñanzas dedicadas a  la <Mater Verbi et Mater laetitiae>. Concretamente la última es la que se refiere a la <Carta a los Colosenses> de San Pablo, esto es, la misiva que el apóstol dirigió a los habitantes de Colosas, ciudad situada al sur de la antigua Frigia y muy próxima a Éfeso, con motivo de la predicación llevada a cabo por unos falsos doctores, cuyo contenido era gravemente peligroso ya que iba dirigido contra Cristo y su Mensaje.
 
 




El Apóstol San Pablo en la <Carta a los Colosenses>, exalta con razón la figura de Cristo como imagen del Dios Creador (Col 1, 15-17):

-Cristo es imagen de Dios invisible, primogénito de toda la creación,

-porque por Él mismo fueron creadas todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, lo invisible y lo visible, tanto los tronos como las dominaciones, los principados como las potestades, absolutamente todo fue creado por Él y para Él,

-y Él mismo existe antes que todas las cosas y todas subsisten en Él

 
 



El misterio de todo el Universo y de todo lo que existe en él, se encuentra en el Verbo de Dios, en Cristo, el Hijo de Dios hecho carne, y precisamente por ello, el Papa Benedicto XVI nos recomendaba en su libro <Los caminos de la vida interior>, que cada día que hemos recibido por Él, esté señalado por el encuentro renovado en Él.
Éste es, el ejemplo que recibimos de la Virgen María con su respuesta al ángel Gabriel, cuando le anunció su próxima maternidad bajo la acción del Espíritu Santo: <Hágase en mí según su Palabra>. Y es que María según este Pontífice (Ibid):
“No sólo tiene una relación singular con Cristo, el Hijo de Dios, que como hombre quiso convertirse en hijo suyo…al estar totalmente unida a Cristo, nos pertenece también totalmente a nosotros.

Sí, podemos decir que María está cerca de nosotros como ningún otro ser humano, porque Cristo es hombre para los hombres y todo su ser es un <ser para nosotros>.
Cristo, dicen los Padre, como Cabeza es inseparable de su Cuerpo que es la Iglesia, formando con ella, por decirlo así, un único sujeto vivo.

La Madre de la Cabeza es también la Madre de toda la Iglesia; ella está por completo despojada de sí misma; se entregó totalmente a Cristo, y con Él se nos da como don a todos nosotros. En efecto, cuanto más se entrega la persona humana, tanto más se encuentra a sí misma.

El Concilio Vaticano II quería decirnos esto: María está tan unida al gran misterio de la Iglesia, que Ella y la Iglesia, son inseparables, como lo son Ella y Cristo.

María refleja la Iglesia, la anticipa en su persona y, en medio de todas las turbulencias que afligen a la Iglesia sufriente y doliente, Ella sigue siendo siempre la estrella de la salvación. Ella es su verdadero centro, del que nos fiamos”



Es una gran alegría y una extrema satisfacción saber con certeza que esto es así, María  es la estrella que nos conduce hacia Jesucristo y por tanto a la salvación; Ella es el punto de referencia del que nos fiamos, es  verdadero centro de la Iglesia. Ella, la Madre de Dios y Madre nuestra, estuvo junto a su Hijo en la Cruz, sufriendo a su lado por toda la humanidad.

El apóstol san Juan narró  los sucesos acaecidos, en aquellos terribles momentos, en los que la Virgen tuvo un papel primordial para la humanidad, por encargo de su Hijo (Jn 19, 25-27):
-Estaban junto a la Cruz de Jesús, su Madre, y la hermana de su Madre, María Cleofás, y María Magdalena

-Jesús, pues, viendo a la Madre y junto a ella al discípulo amado, dice a su Madre: <Mujer, he ahí a tu hijo>

-Luego dice al discípulo: <He ahí a tu Madre>

Y desde aquella hora la tomó el discípulo en su compañía

 


Jesús encomienda a su Madre destrozada, por el sufrimiento de verlo a Él muriendo en la cruz en aquella situación tan injusta y sangrienta, a aquel discípulo, Juan, autor de este Evangelio.
Pero esta recomendación tiene un sentido mucho más amplio y profundo que el de un simple encargo familiar; en estas Palabras del Redentor moribundo se descubre la maternidad espiritual de la Virgen, con respecto a todos los hombres, a todos aquellos que son seguidores de su Hijo o llamados a serlo.

Sin duda, como asegura el Papa Benedicto XVI (Ibid):

“Como Madre que se compadece, María es la figura anticipada y el retrato permanente de su Hijo. Vemos también que la imagen de la Dolorosa, de la Madre que comparte el sufrimiento y el amor, es una verdadera imagen de la Inmaculada. Su corazón, mediante el ser y el sentir con Dios, se ensanchó. En ella la bondad de Dios se acercó y se acerca mucho a nosotros. Así, María está ante nosotros como signo de Consuelo, de Aliento, y de Esperanza”

No podría ser de otro modo: María está siempre muy cerca del hombre, invitándole a conocer a su Hijo, tanto en su Palabra como en sus Hechos. Ella además es nuestra <maestra de oración>.

Ahí tenemos como muestra la bellísima oración del <Magnificat>, o cantico de alabanza  entonado por la Virgen durante su visita a su prima Isabel, precisamente cuando ésta la llamó <bienaventurada> a causa de la fe. Se trata de una oración que como reconoce el Papa Benedicto XVI, es de acción de gracias, de alegría en Dios y de bendición por sus grandes hazañas.



Así aparece esta hermosa oración en el Evangelio de san Lucas, el único, que por cierto la recoge, y ello es comprensible ya que este evangelista investigó antes de escribir su Evangelio, la vida de la Virgen, y  según se cuenta, ella misma, seguramente le relató algunos episodios de la misma, como es el caso al que ahora nos estamos refiriendo (Lc 1, 39-45):

  • Por aquellos días, levantándose María, se dirigió presurosa a la montaña, a una ciudad de Judá,
  • y entró entro en casa de Zacarías y saludo a Isabel.
  • Y aconteció que, al oír Isabel la salutación de María, dio saltos de gozo el niño en su seno, y fue llena Isabel del Espíritu Santo,
  • Y levantó la voz con gran clamor y dijo: <Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre>
  • ¿y de donde esto que venga la Madre de mi Señor a mí?
  • Porque he aquí que, como sonó la voz de tu salutación  en mis oídos, dio saltos de alborozo el niño en mi seno.
  • Y dichosa la que creyó que tendrán cumplimiento las cosas que han sido dichas de parte del Señor.
  • Y dijo María: <Engrandece mi alma al Señor,
  • Y se regocijo mi espíritu en Dios, mi Salvador;
  • Porque puso sus ojos en la bajeza de su esclava. Pues he aquí que desde ahora me llamaran dichosa todas las generaciones;
  • Porque hizo en mí favor grandes cosas el Poderoso, y cuyo nombre es <Santo>;
  • Y su misericordia por generaciones y generaciones para aquellos que le temen
  • Hizo ostentación de poder con su brazo: desbarató a los soberbios en los proyectos de su corazón;
  • derrocó de  su trono a los potentados y enardeció a los humildes;
  • llenó de bienes a los hambrientos y despidió vacíos a los ricos.
  • Tomó bajo su amparo a Israel, su siervo, para acordarse de su misericordia,
  • como lo había anunciado a nuestros padres, a favor de Abraham y su linaje para siempre.

No cabe duda,  María es una mujer que ora, es la <Virgen orante>, tal como nos recordaba el Papa San Juan Pablo II en su Exhortación Apostólica: <Marialis cultus>; dada en Roma el 2 de febrero de 1974:



“Así aparece Ella en la visita a la madre del Precursor (San Juan Bautista), donde abre su espíritu en expresiones de glorificación a Dios, de humildad, de fe, de esperanza: tal es el <Magnificat>, la oración por excelencia de María, el canto de los tiempos mesiánicos, en el que confluyen la exultación del antiguo y del nuevo Israel, porque (como parece sugerir S. Ireneo) en el cantico de María fluyó el regocijo de Abraham que presentía al Mesías (Jn 8,56) y resonó, anticipada proféticamente, la voz de la Iglesia:

 <<Saltando de gozo, María proclama proféticamente el nombre de la Iglesia: <Mi alma engrandece al Señor….> En efecto, el cantico de la Virgen, al difundirse, se ha convertido en oración de toda la Iglesia en todos los tiempos>>.

<Virgen orante> aparece María en Caná, donde, manifestando al Hijo, con delicada súplica, una necesidad temporal, obtiene además un efecto de la  gracia: que Jesús, realizando el primero de sus signos, confirme a sus discípulos en la fe en Él (Jn 2,1-12).

También el último trazo biográfico de María nos la describe en oración:

<<Los Apóstoles <perseveraban unánime en oración, juntamente con las mujeres y con María, Madre de Jesús, y sus hermanos>: presencia orante de María  en la Iglesia naciente y en la Iglesia de todos los tiempos, porque Ella asunta al cielo, no ha abandonado su misión de intercesión y salvación>>.

<Virgen orante> es también la Iglesia, que cada día presenta al Padre las necesidades de sus hijos, <alaba incesantemente al Señor e intercede por la salvación del mundo>”




Finalmente recordaremos las palabras del Papa Francisco durante la misa celebrada el sábado 13 de mayo de 2017 en la que se canonizaba a los beatos Francisco Martos y Jacinta Martos, dirigidas a los peregrinos presentes, pero también a los ausentes, a todos los creyentes  (con ocasión del centenario de las apariciones de la Virgen María en la Cova da Iria):

“Queridos peregrinos, tenemos una Madre, ¡tenemos un Madre!  Aferrándonos a ella como hijos, vivamos en la esperanza que se apoya en Jesús, porque <los que reciben a raudales el don gratuito de la justificación reinarán en la vida gracias a uno solo, Jesucristo> (Rm 5,17).

Cuando Jesús subió al cielo, llevó junto al Padre celeste a la humanidad, que había asumido en el seno de la Virgen María, y que nunca dejará. Como un ancla, fijemos nuestra esperanza en esa humanidad colocada en el cielo a la derecha del Padre (Ef 2,6). Que esta esperanza sea impulso de nuestra vida. Una esperanza que nos sostenga siempre, hasta el último suspiro”

                        

 

   

    

     

                  

 

 

martes, 1 de agosto de 2017

DOCTRINA Y USO DE LAS INDULGENCIAS



 
 
 
 
 
 
 
El Papa Honorio III reconoció oficialmente la Orden de los carmelitas a principios del siglos XIII y se cuenta que habiendo solicitado a la Virgen un signo de protección, por mediación del sexto general de la Orden,san Simón Stock, Ella se le apareció un 16 de julio de 1251, entregándole el <Santo Escapulario>, como símbolo material de su amor de madre.


El escapulario se puede considerar como el vestido que los carmelitas y otros religiosos han llevado sobre sus hombros desde tiempos lejanos, del cual no es más que una reducción el que se da a los seglares.
Cuantos reciben el escapulario participan de los méritos y oraciones de la Orden, y pueden esperar verse pronto libres del Purgatorio si cumplen las obligaciones señaladas por el Papa Juan XXII, en la Bula del 3 de mayo de 1322, llamada Sabatina (Indulgencia)  

Recordemos que el Papa Francisco en la Bula de convocatoria del Jubileo extraordinario de la Misericordia: <Misericordiae Vultus> (dada en Roma el 11 de abril del 2015), nos enseñaba que:

 
 
 
 
“El perdón de Dios por nuestros pecados no conoce límites. En la Muerte y Resurrección de Jesucristo, Dios hace evidente este amor que es capaz  incluso de destruir el pecado del hombre. Dejarse reconciliar con Dios es posible por medio del misterio pascual y la mediación  de la Iglesia. Todos nosotros, sin embargo, vivimos la experiencia del pecado.


Sabemos que estamos llamados a la perfección  (Mt 5, 48), pero sentimos fuerte el peso del pecado. Mientras percibimos la potencia de la gracia que nos transforma, experimentamos también la fuerza del pecado que nos condiciona. No obstante el perdón, llevamos en nuestra vida las contradicciones que son consecuencias de nuestros pecados.


 
 
En el Sacramento de la Reconciliación, Dios perdona los pecados, que realmente quedan cancelados; y sin embargo, la huella negativa que los pecados dejan en nuestro comportamiento y en nuestros pensamientos permanece. La misericordia de Dios es incluso más fuerte que esto.


Ella se transforma en <Indulgencia> del Padre, que a través de la Esposa de Cristo (la Iglesia), alcanza al pecador perdonado y lo libera de todo residuo consecuencia del pecado, habilitándolo a obrar con caridad, a crecer en el amor más bien que a recaer en el pecado”

 
Por otra parte,  la Constitución Apostólica del Papa Pablo VI: <Indulgentiarum Doctrina> (1 de enero de 1967)  nos informa ampliamente sobre  la doctrina de la Iglesia  respecto a las indulgencias y el uso de las mismas, cuestión importante de la que muchos fieles cristianos  desconocen incluso su valor y su eficacia, y de la que algunos en la actualidad,  han llegado a pesar  que se trata sólo de costumbres litúrgicas del pasado.

Los que piensan así se equivocan pues son importantes para la salvación del hombre, como nos ha recordado recientemente  el Papa Francisco, y además están  sólidamente basadas, en la <Revelación divina> (Papa Pablo VI; Ibid):

 
 
 
“La doctrina y uso de las indulgencias, vigente en la Iglesia Católica desde hace muchos siglos están fundamentadas sólidamente en su <Revelación divina> que, legada por los apóstoles, <progresa en la Iglesia con la asistencia del Espíritu Santo>, mientras que <la Iglesia en el decurso de los siglos, tiende constantemente a la plenitud de la verdad divina, hasta que en ella se cumplan las palabras de Dios”

Antes de continuar hablando sobre este tema tan  relevante, deberíamos tener muy claro que concepto tenemos sobre el mismo y para ello nada mejor que recurrir, como en otras ocasiones, al Catecismo de la Iglesia católica, escrito en orden a la aplicación del Concilio Ecuménico Vaticano II. Más concretamente, en el nº 1471 podemos leer:

 
 
“La doctrina y la práctica de las indulgencias en la Iglesia están estrechamente ligadas a los efectos del Sacramento de la Penitencia. <La indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados en cuanto a la culpa, que un fiel dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones consigue por mediación de la Iglesia, la cual, como administradora de la redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos>.

<La indulgencia es parcial o plenaria según libre de la pena temporal debida a los pecados en parte o totalmente>.
<Todo fiel puede lucrar para sí mismo o aplicar por los difuntos, a manera de sufragio, las indulgencias tanto parciales como plenarias> (CIC, can. 992-994)

 
 
 
Resumiendo: <las indulgencias son las remisiones ante Dios de las penas temporales por los pecados> y esto es así porque cuando pecamos nos hacemos culpable de dos cosas: la primera es la ofensa o injuria que hacemos a Dios; la segunda es la pena o castigo que merecemos. Mientras que el pecado mortal provoca una ofensa <injuria grave a Dios>, el pecado venial hace a Dios una ofensa o injuria leve y merece una pena o castigo del purgatorio, la cual, como tiene que acabar algún día, se llama temporal.


Por otra parte, según la doctrina de la Iglesia, cuando Dios nos borra una ofensa o una injuria grave <pecado mortal>, nos perdona el castigo del infierno, pero exige que le recompensemos por una parte de esta pena, como pena temporal, que debemos satisfacer en este mundo o en el purgatorio.

Tristemente esta forma de entender el pecado y sus consecuencias ha perdido vigencia  para una gran parte del pueblo de Dios. Los hombres y mujeres de este siglo se sienten fuera del tema cuando dicen: Dios es infinitamente misericordioso y perdona siempre independientemente del tipo de pecado (mortal o venial), que haya cometido la persona; y esto es cierto, pero olvidando el hecho de que también será nuestro Juez al final de los siglos, y como tal deberá imponer algunas sanciones por los pecados cometidos, sanciones que por su bondad infinita pueden quedar reducidas a una pena temporal y allí es donde las indulgencias son tan útiles y necesarias.

 
 
Como aseguraba el Papa Pablo VI, para el correcto entendimiento de esta doctrina y de su saludable uso, es conveniente recordar algunas cosas en las que siempre ha creído la Iglesia Católica, entre las que se encuentran las comentadas anteriormente y que este Pontífice nos recuerda en su <Constitución Apostólica>: <Indulgentiarum Doctrina>. Entre las muchas cuestiones tratadas por este santo varón debemos destacar también, aunque sean lacerantes, las que se refieren a las penas que pueden sufrir los hombres por los graves pecados cometidos:

“Según nos enseña la divina revelación, las penas son consecuencias de los pecados, infringidos por la santidad y justicia divina, y han de ser purgadas bien en este mundo… o bien por medio las penas <Catharterias> en la vida futura… Por ello los fieles, siempre estuvieron persuadidos de que el mal camino tenía muchas dificultades y que es  áspero, espinoso y nocivo para los que andaban por él.

Estas penas se imponen por justo y misericordioso juicio de Dios para purificar las almas y defender la santidad del orden moral, y restituir la gloria de Dios en su plena majestad. Pues todo pecado lleva consigo la perturbación del orden universal, que Dios ha dispuesto con inefable sabiduría e infinita caridad, y la destrucción de ingentes bienes tanto en relación con el pecador como de toda la comunidad humana.

Para toda mente cristiana de cualquier tiempo, siempre fue evidente que el pecado era no sólo una trasgresión de la ley divina, sino además, aunque no siempre directa y abiertamente, el desprecio u olvido de la amistad personal entre Dios y el hombre, y una verdadera ofensa de Dios, cuyo alcance escapa a la mente humana;  más aún, un ingrato desprecio del amor de Dios que se nos ofrece en Cristo, ya que Cristo llamó a sus discípulos amigos y no siervos”

 

 
 
Ante estas severas, pero oportunas, palabras del Papa Pablo VI, en las que hemos omitido algunos conceptos que pudieran escandalizar a mentes estrechas, como por ejemplo el fuego del infierno, debemos reconocer la necesidad de restaurar la amistad con nuestro Creador por medio de un arrepentimiento sincero de nuestras faltas y expiar las ofensas que le hemos infringido, restaurando así mismo todos los bienes personales y sociales destruidos por nuestros pecados para que de esta forma resplandezca la bondad y gloria de nuestro Señor:

“La doctrina del purgatorio sobradamente demuestra que las penas que hay que pagar o las reliquias del pecado que hay que purificar pueden permanecer, y de hecho frecuentemente permanecen, después de la remisión de la culpa (Nm 20,12; 27, 13-14); pues en el purgatorio se purifican, después de la muerte, las almas de los difuntos que <hayan muerto verdaderamente arrepentidos en la caridad de Dios; sin haber satisfecho con dignos frutos de penitencia por las faltas cometidas o por las faltas de omisión> (Concilio de Lyón II; sección IV: DS 856).

Las mismas preces litúrgicas, empleadas desde tiempos remotos por la comunidad cristiana reunida en la sagrada misa, lo indican suficientemente diciendo: <pues estamos afligidos por nuestros pecados: líbranos con amor, para gloria de tu nombre> (oración del domingo septuagésimo y tras  la comunión después del tercer domingo de cuaresma).

Todos los hombres que peregrinan por este mundo cometen por lo menos las llamadas faltas leves y diarias (Concilio Vaticano II, Constitución Dogmática <Lumen Gentium> sobre la Iglesia, nº. 40), y, por ello están necesitadas de la misericordia de Dios para verse libres de las penas debidas por los pecados”

Esta catequesis del Papa Pablo VI sobre las indulgencias, dada en la  Constitución Apostólica <Indulgentiarum Doctrina>, se apoya en las enseñanzas del Antiguo Testamento que tratan sobre este delicado y controvertido tema de la Iglesia. Así, por ejemplo, en el libro histórico <Números> se pone de manifiesto la justicia de Dios en el episodio de la vida de Moisés y sus compatriotas en el desierto cuando ya estaban próximos a entrar en la tierra prometida.


 
 
Sucedió que al llegar a la montaña de los Abarím, cadena de montañas situadas al este del mar Muerto, desde donde se contempla muy bien la tierra prometida, Yahveh dijo a Moisés (Nm 27, 12-14): “Sube a esta montaña de los Abarím y otea la tierra que he dado a los hijos de Israel / Después que la hayas contemplado te reunirás también a tu pueblo, como se reunió  Aharóm tu hermano, /por cuanto en el desierto de Sin, cuando la rebelión de la comunidad, contravinisteis mi orden de glorificar a sus ojos mi santidad en el episodio del agua (se refiere a las aguas de Meribá de Cadês, en el desierto de Sin)”

De la lectura de estos versículos del libro Números,  se desprende que Dios le anuncia a Moisés su próxima reunión  con su pueblo, como le sucedió con anterioridad a su hermano Aharóm, es decir, le advierte de su próxima muerte para que ponga en orden sus negocios sobre la tierra, porque le ha servido bien, sin embargo sólo le deja <otear> la tierra prometida, no le dejará entrar en ella en recuerdo de su falta de confianza en Él, en un episodio anterior durante su errar por el desierto.

 
 
 
 
El Señor ha perdonado a Moisés por su falta gravísima, porque ha dudado de las Palabras divinas, y no lo glorificó frente a la comunidad en rebeldía; le deja ver la tierra prometida, pero sin embargo, no le permite entrar en ella, de donde se deduce, como recuerda el Papa Pablo VI, que las reliquias del pecado cometido permanecen aún después de su remisión y de ahí, el comportamiento lógico de Dios al negar la entrada a ambos hermanos en la tierra prometida al pueblo de Israel.

El incidente en el que tuvo lugar el pecado de Moisés y de su hermano Aharóm, que Dios menciona al negar la entrada en la tierra prometida, aparece relatado, también, en el libro <Números> del Antiguo Testamento (Nm 20, 7-13):

-Yahveh habló a Moisés diciendo:

-<Toma la vara y reúne a la comunidad, junto con Aharóm, tu hermano. Hablaréis a la roca a la vista de ellos, y darás su agua. Harás manar para ellos agua de la roca y darás de beber a la comunidad y a su ganado.

-Y sacó Moisés la vara de delante del Señor, como Él lo había mandado.

-Moisés y Aharóm reunieron a la asamblea delante de la roca, y les dijeron: escuchad, rebeldes: ¿Acaso podemos hacer manar agua de esta roca para vosotros?

-Moisés levantó su mano y golpeó la roca con la vara dos veces, y manó agua en abundancia; y bebió la comunidad y su ganado.

-El Señor dijo a Moisés y a Aharóm: <puesto que no habéis creído en mí y no me habéis santificado a los ojos de los hijos de Israel, por eso no haréis entrar a esta asamblea en la tierra que les he dado.

-Estas son las aguas de Meribá donde los hijos de Israel se rebelaron contra el Señor, y el mostró su santidad ante ellos>

 
 
 
San  Agustín y otros Padres de la Iglesia ven en la pregunta de Moisés: ¿Acaso podemos hacer  manar agua de esta roca para vosotros? cierta desconfianza en las palabras de Dios por parte de ambos hermanos, ello sería tanto como decir que Dios podría estar engañándolos, pecado gravísimo en contra del Creador. Por eso Dios no les permite entrar en la tierra prometida. Primero es Aharóm el que recibe el castigo, pues va a morir poco después de estos acontecimientos tal como dictaminó Yahveh (Nm 20, 22-26):

-Los hijos de Israel, toda la comunidad, partieron de Cadês y llegaron al monte Hor.

-Y en el monte Hor, en la frontera de la tierra de Edóm, el Señor habló a Moisés y a Aharóm:

-que se reúna Aharóm con los suyos, pues no entrará en la tierra que daré a los hijos de Israel, puesto que despreciasteis mi orden en las aguas de Meribá.

-Toma a Aharóm y a Eleazar, su hijo, y hazlos subir al monte Hor.

-Despoja a Aharóm de sus vestidos y viste con ellos a su hijo Eleazar, pues Aharóm se reunirá con los suyos y morirá allí.

El  mensaje divino es claro, el pecado puede ser perdonado pero quedan reliquias del mismo que hay que purificar mediante la pena del purgatorio, son las llamadas penas temporales por los pecados ya perdonados y que pueden ser reducidos mediante la concesión de indulgencias por la Iglesia;  como administradora de la redención,  la Iglesia aplica y distribuye estas indulgencias con autoridad.


 
 
Es un tema importante para la salvación de los hombres aunque ciertamente como aseguraba el Papa San Juan Pablo II, el hombre de los últimos siglos se ha hecho poco sensible a las cosas últimas. Más concretamente, ya no desea recordar el tema  de los “Novísimos” (muerte, juicio, infierno, gloria y purgatorio) (Papa San Juan Pablo II <Cruzando el umbral de la esperanza>; Editado por Vittorio Messori; licencia editorial para el Círculo de Lectores por cortesía de Plaza & Janés Editores; 1995):

“Por un lado, a favor de tal insensibilidad actúan la secularización y el secularismo, con la consiguiente actitud consumista, orientada hacia el disfrute de los bienes terrenos. Por otro lado, han contribuido a ella en cierta medida los <infiernos temporales>, ocasionados en estos últimos siglos. Después de las experiencias de los campos de concentración y los bombardeos, sin hablar de las catástrofes naturales: ¿Puede el hombre esperar algo peor que en el mundo? ¿Un cúmulo aún mayor de humillaciones y de desprecios?, en una palabra ¿Puede esperar un infierno?”

Estas preguntas, son algunas de las  que muchas personas se formulan a la vista de tanto horror sobre la tierra, y la respuesta a ellas   la ha dado  Dios; a través de su  Hijo Unigénito lo ha revelado a los hombres, por eso el Papa San Juan Pablo II asegura (Ibid):

“En Cristo, Dios ha revelado al mundo que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1 Tm 2,4), esta frase de la primera Carta a Timoteo tiene una importancia fundamental para la visión y el anuncio de los <Novísimos>.

Si Dios desea esto, si Dios por esta causa entrega a su Hijo, el cual a su vez obra en la Iglesia mediante el Espíritu Santo ¿Puede ser el hombre condenado?, ¿Puede ser rechazado por Dios?” (Papa San Juan Pablo II. Ibid)
Son las preguntas que el hombre se hace ante las cosas últimas, el hombre que aún tiene en cuenta la existencia real de estas cosas…Y el razonamiento, al respecto,  del Papa San Juan Pablo II es (Ibid):


 
 
 
“Desde siempre el problema del infierno ha turbado a los grandes pensadores de la Iglesia, desde los comienzos, desde Orígenes, hasta nuestros días, Michail Bulgakov (1891-1940) y Hans Urs von Balthasar (1905-1988). En verdad que los antiguos Concilios rechazaron la teoría de la llamada apocatástasis final, según la cual el mundo sería regenerado después de la destrucción, y toda criatura se salvaría; una teoría que indirectamente abolía el infierno.


Pero el problema permanece ¿Puede Dios, que ha amado tanto al hombre, permitir que éste lo rechace hasta el punto de querer ser condenado a perennes tormentos? Y, sin embargo, las palabras de Cristo son unívocas. En Mateo habla claramente de los que irán al suplicio eterno (Mt 29,46) ¿Quiénes serán estos? La Iglesia nunca se ha pronunciado al respecto. Es un misterio verdaderamente inescrutable entre la santidad de Dios y la conciencia del hombre. El silencio de la Iglesia es, pues, la única posición oportuna del cristiano…”

 
 
 
De cualquier forma lo que sí  sabemos, porque lo ha dicho Cristo, es que aquellos que no se arrepientan de sus pecados y hagan penitencia por estos, pueden ir al infierno, un lugar terrible que en la Santa Biblia se denomina <gehena>,  y que la mente humana no alcanza a saber cómo es; preferible es por lo tanto llevar una vida recta y cumplir los mandamientos de nuestro Creador, y si caemos en pecado mortal, bajo la acción del maligno, arrepentirnos  con dolor de corazón, propósito de enmienda, y confesarnos de ellos en cuanto ello sea posible y recordar que para acortar la pena temporal que aún permanece después de la remisión del pecado, tenemos la inestimable ayuda de las indulgencias de la Iglesia.


En este sentido, según la <Audiencia> del Papa San Juan Pablo II del miércoles 29 de septiembre de 1999: “El punto de partida para comprender las indulgencias es la abundancia de la misericordia de Dios, manifestada en la Cruz de Cristo. Jesús crucificado es la <gran indulgencia>, que el Padre ha ofrecido a la humanidad, mediante el perdón de las culpas y la posibilidad de la vida filial (Jn 1, 12-13), en el Espíritu Santo (Ga 4,6; Rm 5,5; 8, 15,16).

Ahora bien, este don en la lógica de la Alianza, que es el núcleo de toda la economía de la salvación, no nos llega sin nuestra aceptación y nuestra correspondencia.

A la luz de este principio no es difícil comprender que la reconciliación con Dios, aunque está fundada en un ofrecimiento gratuito y abundante de misericordia, implica al mismo tiempo un proceso laborioso, en el que participan el hombre, con su compromiso personal, y la Iglesia, con su ministerio sacramental. Para el perdón de los pecados cometidos después del bautismo, ese camino tiene su centro en el Sacramento de la Penitencia, pero se desarrolla también después de su celebración.

 
 
En efecto, el hombre debe ser progresivamente sanado con respecto a las consecuencias negativas que el pecado ha producido en él, y que la tradición teológica llama penas y restos del pecado. A primera vista, hablar de penas después del perdón sacramental podría parecer poco coherente. Con todo, el Antiguo Testamento nos muestra que es normal sufrir penas reparadoras después del perdón.

En efecto, Dios, después de definirse <Dios misericordioso y clemente,  que perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado> añade: <pero no les deja impunes> (Ex 34, 6-7),  en el segundo libro de Samuel, la humilde confesión de David después de su grave pecado,  le alcanza el perdón de Dios, pero no elimina el castigo anunciado (2 Sm 12, 11-12). El amor paterno de Dios no excluye el castigo, aunque éste se ha de entender dentro de una justicia misericordiosa que restablece el orden violado en función del bien mismo del hombre (Hb 12, 14-11)”

Por otra parte, las indulgencias nos perdonan algún tiempo de las penas del purgatorio pero no sabemos cuánto tiempo, porque no sabemos cuanta pena hemos de satisfacer a Dios. Sólo en la eternidad lo sabremos, y sólo allí nos daremos perfecta cuenta del valor que tienen las indulgencias a las cuales tan poco caso solemos hacer en este mundo.

Las indulgencias plenarias son concedidas por los Sumos Pontífices y pueden ganarlas todos los católicos de todo el mundo, a no ser que las concedan para algunas personas o lugares determinados. Recordaremos ahora la <indulgencia plenaria> dada por el Papa Pío XII para la <consagración del mundo al Inmaculado Corazón de María>, porque nos parece muy útil y apropiada en estos momentos, dada la situación  tan dolosa por la que camina  la sociedad en general, en tantos lugares de nuestro planeta:

“¡Oh Reina del Santísimo Rosario, auxilio de los cristianos, refugio del género humano, vencedora de todas las batallas de Dios! Ante vuestro trono nos postramos suplicantes, seguros de impetrar misericordia y de alcanzar gracia y oportuno auxilio en las presentes calamidades, no por nuestros méritos, de los que no presumimos, sino por la inmensa bondad de vuestro materno corazón.

En esta grave hora de la historia, a vos, a vuestro Corazón nos entregamos, y consagramos, no sólo en unión de la Santa Iglesia, Cuerpo místico de vuestro Hijo Jesús, que sufre en tantas partes y de tantos modos atribulada y perseguida, sino también de todo el mundo que sufre atroces discordias, abrasado en incendio de odios, víctimas de sus propias iniquidades.

Que os conmuevan tantas ruinas morales y materiales, tantos dolores, tantas angustias, tantas almas turbadas, tantas en peligro de perderse eternamente. Vos, Oh madre de misericordia, impetradnos de Dios la reconciliación cristiana de los pueblos, y ante todo las gracias que pueden convertir en un momento los corazones humanos, las gracias que prepare, consoliden y aseguren estas suspirada pacificación. Reina de la paz, rogad por nosotros, y dad al mundo la paz y la verdad, en la justicia, en la caridad de Cristo. Dadle sobre todo la paz de las almas, para que en la tranquilidad del orden se dilate el Reino de Dios.

 
 
 
Conceded vuestra protección a los infieles y a cuantos yacen aún en las tinieblas de la muerte; y haced que brille para ellos el sol de la verdad y puedan repetir con nosotros, ante el único Salvador del mundo: <Gloria a Dios en las alturas, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad> A los pueblos separados por el error o por la discordia, especialmente a aquellos que os profesan singular devoción, dadles la paz y haced que retornen al único redil bajo el único y verdadero Pastor. Obtened completa libertad a la Santa Iglesia de Dios; defendedla de sus enemigos; detened la inundación por la lluvia de la inmoralidad; suscitad en los fieles el amor a la pureza, la práctica de la vida cristiana y el celo apostólico, afín de que aumente en número y en méritos el pueblo de los que sirven a Dios.

Finalmente, así como fueron consagrados al Corazón de Jesús la Iglesia y el género humano, para que, puestas en Él todas las esperanzas, fuera para ellos prenda y señal de victoria y de salvación, de igual modo, también nos consagramos para siempre a Vos, a vuestro Inmaculado Corazón, Oh madre nuestra, Reina del mundo, para que vuestro amor y patrocinio aceleren el triunfo del Reino de Dios, y todas las gentes, pacificadas entre sí y con Dios, os proclamen bienaventurada y proclamen de un polo al otro extremo de la tierra el eterno Magníficat de amor, de reconocimiento al corazón de Jesús, en sólo el cual pueden hallar la verdad, la vida y la paz”.

 
                                                  
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 26 de julio de 2017

SANTIAGO EL MAYOR, PATRÓN DE ESPAÑA



 
 
 


“Santiago el Mayor fue uno de los tres discípulos predilectos del Señor, el que asistió a la escena de la Transfiguración y fue admitido a presenciar la resurrección de la hija de Jairo, y recibió el encargo de velar cerca del Maestro en la noche de Getsemaní.

Natural de Betsaida, como Pedro y Andrés, se dedicaba como ellos, a la pesca en las aguas del lago de Genezaret, en compañía de su hermano Juan y de su padre Zebedeo.

Un día estaban los dos hermanos remendando redes, cuando acertó a pasar junto a ellos Jesús y les dijo: <Venid en pos de mí; yo os haré pescadores de hombres> Y ellos, dejando las redes y la familia, le siguieron.

Impetuosos y ardientes como el rayo, merecieron que el Maestro  los bautizase con el nombre de Boanerges, es decir: Hijos del Trueno. Cuando el Señor les preguntó si estaban dispuestos a beber su cáliz, contestaron a una: Podemos. Y jamás desmintieron su palabra.

Después de la Resurrección, Santiago predicó el Evangelio en Judea y Samaria y, según una tradición venerable, vino hasta España, donde la leyenda nos lo pinta desalentado por las dificultades de la predicación y confortado por la presencia milagrosa de la Santísima Virgen, en las orillas del Ebro” (Misal devocionario del hombre católico; Rmo. P. Fr. Justo Pérez de Urbel).

 


Según la santa Tradición el Apóstol Santiago fundó varias iglesias, antes de salir de España, consiguiendo así mismo bastantes discípulos entre los que destacarían “los siete Varones”, Obispos, probablemente consagrados por San Pedro y San Pablo para la evangelización de la Península Ibérica.

La arqueología no aporta testimonio claros, que puedan confirmar esta tradición, como sucede en muchos otros casos de la historia de la evangelización, en el siglo primero  después de Cristo, sin embargo en el siglo II, en las ciudades de la Bética y Tarraconense sí existen restos de poblaciones cristianizadas, y en el siglo III hay ya constancia clara de la existencia de estas comunidades en Galicia.

El desarrollo del cristianismo en la Península Ibérica se llevó a cabo de forma rápida, y por ello no es de extrañar que fuera precisamente en Hispania donde se celebrara el primer Concilio Apostólico conocido, tras el primer Concilio de Jerusalén, en el que estuvieron presentes los Apóstoles; este Concilio es el llamado de “Elvira” y tuvo lugar en el año 303 d.C., terminada la terrible persecución del emperador romano Diocleciano.

Cuando Santiago regresó a Jerusalén, reinaba en Judea el nieto de Herodes el Grande, llamado Herodes Agripa y este hombre de costumbres licenciosas, por conseguir los favores del emperador de Roma, mandó degollar al Apóstol, que apenas tuvo tiempo de seguir evangelizando a los judíos, y así mismo ordenó  prender a San Pedro, cabeza de la Iglesia, como primeros pasos para exterminarla.



San Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, narra el terrible fin de éste malvado rey (H. Apóstoles 12, 20-25):

-Tenía por entonces violentas contiendas con los tirios y sidonios; los cuales de común acuerdo se presentaron a él y habiendo logrado ganarse a Blasto, el maestre de cámara del rey, solicitaban la paz, a causa de que su país era abastecido por el rey.

-Y en el día señalado, revestido de regia vestidura, tomando asiento en la tribuna les dirigía una arenga.

-Y el pueblo aclamaba: < ¡Voz de un dios y no de un hombre!>.

-Luego al punto le hirió un ángel del Señor, por cuanto no había dado gloria a Dios, y roído de gusanos, expiró.   

El Rmo. P. Fr. Justo Pérez de Urbel, refiriéndose a los hechos acontecidos al regreso de Santiago el Mayor a Jerusalén, dice lo siguiente (Ibid):

“…en los primeros meses del año 44 se encontraba de nuevo en Jerusalén. Una vez más los libros Sagrados recogen su nombre para contarnos su muerte, <en aquel tiempo- dicen las Actas- , Herodes Agripa hizo maltratar a algunos de la Iglesia, y mandó degollar a Santiago, hermano de Juan>. Y bebió sin temblar, antes que nadie entre los Apóstoles, el cáliz del Señor. Su cuerpo, trasladado a España, y descubierto cerca de Iria, en Compostela (Campo de la Estrella), a principios del siglo IX, es allí venerado por los pueblos. En la edad media, sobre todo, fue su sepulcro uno de los centros más concurridos de peregrinación”.

 



La tradición de la iglesia narra que el cuerpo del Apóstol Santiago el Mayor fue trasladado a la Península Hispánica, llevado en un bajel hasta Iria Flavia y después, durante unos ocho siglos se perdió la memoria de su sepulcro. Ya a comienzos del reinado de Alfonso II el Casto, la tradición asegura que un monje llamado Pelagio vio una luz brillante sobre el lugar donde estaba enterrado el cuerpo del Apóstol, se lo comunicó a su Obispo y de esta forma fue encontrado de nuevo el sepulcro. El lugar de su enterramiento fue llamado <Campo de la Estrella>, origen de la palabra <Compostela> con que se nombra la ciudad del Apóstol y a lo largo de los siglos, las peregrinaciones para visitar el sepulcro del Apóstol y obtener su ayuda no cesaron.

En el siglo XIX se confirmó definitivamente la identidad de los cuerpos del Apóstol Santiago el Mayor y de sus discípulos San Atanasio y San Teodoro, enterrados en la ciudad de Compostela, y con tal motivo el Papa León XIII escribió una Carta Apostólica (noviembre de 1884), en la que entre otras cosas destacaba los siguientes hechos:

“Dios Omnipotente, admirable en sus Santos, ha querido en su providente sabiduría, que, mientras que sus almas gozan en el cielo eterna ventura, sus cuerpos confiados a la tierra reciban por parte de los hombres singulares y religiosos honores…

Así, en el transcurso de este siglo, en que el poder de las tinieblas ha declarado encarnizada guerra al Señor y a su Cristo, se ha descubierto felizmente, por permisión divina, los sagrados restos de San Francisco de Asís, de Santa Clara (la Virgen Legisladora), de San Ambrosio (Pontífice y Doctor), de los mártires Gervasio Y Protasio, y de los Apóstoles Felipe y  Santiago. Y a este número deben añadirse el del Apóstol Santiago el Mayor y sus discípulos Atanasio y Teodoro, cuyos cuerpos se han vuelto a encontrar en la Catedral de la ciudad de Compostela.

Constante y universal tradición que data de los tiempos apostólicos, confirmada por cartas públicas de nuestros predecesores, refieren que el cuerpo de Santiago, después de que el Apóstol hubo sufrido el martirio por orden del rey Herodes, fue clandestinamente arrebatado por sus dos discípulos Atanasio y Teodoro. Los cuales, por el vivo temor de que las reliquias del Santo Apóstol fueran destruidas en el caso de que los judíos se apoderaran de su cuerpo, embarcándole en un buque, le sacaron de Judea y alcanzaron tras feliz travesía las costas de España, y la bordearon hasta llegar a las de Galicia, donde Santiago, después de la Ascensión de Jesucristo a los cielos, según también antigua y piadosa tradición, estuvo desempeñando por disposición divina el ministerio del apostolado…

Y cuando Atanasio y Teodoro hubieron terminado el curso de su existencia pagando el tributo a la naturaleza, los cristianos de la comarca, movidos por la veneración que hacia ellos sentían y por el deseo de no separarles, después de su muerte, del cuerpo que santamente habían conservado durante su vida, depositaron a los dos en la misma tumba a la derecha el uno y a la izquierda el otro del Apóstol. Más como poco después fueran los cristianos perseguidos y martirizados por donde quiera, que se extendía la dominación de los emperadores romanos, el hipogeo sagrado quedó oculto por algún tiempo…”

 


El Papa León XIII, sigue en su carta enumerando y narrando con todo lujo de detalle los avatares por los que pasó el sepulcro del Apóstol, a lo largo de los años, hasta llegar al siglo XIX y entonces ocurrió, que el cardenal Payá y Rico, Arzobispo por entonces de Compostela, emprendió la restauración de la Basílica allí construida en honor del Apóstol, muy deteriorada por el paso de los años y los terribles acontecimientos históricos que siempre la acompañaron. Pero además decidió encontrar, a toda costa, el punto en el que se deberían ocultar las reliquias de Santiago y de sus discípulos Atanasio y Teodoro.

La empresa fue ardua, aunque finalmente alcanzó el éxito merecido, pues por fin, justamente en el  punto en el que el clero y los feligreses acostumbraban a hacer sus oraciones, se descubrió una tumba, cuya cubierta se encontraba adornada con una cruz. Al levantar la cubierta, por supuesto, en presencia de testigos, aparecieron tres esqueletos del sexo masculino y a partir de ese momento el venerable Cardenal pudo iniciar las tramitaciones pertinentes, según el Concilio de Trento, para decidir si deberían tenerse por ciertas las reliquias encontradas. A este respecto sigue el Papa León XIII diciendo lo siguiente, en la Carta Apostólica anteriormente mencionada:

“Por fin, el mismo Arzobispo nos envió todos los documentos del expediente y la sentencia que había dictado, y nos pidió con instancia que confirmáramos aquella sentencia con la suprema Nuestra autoridad Apostólica.

Nos, acogimos la súplica con benevolencia; y bien persuadidos de que la tumba venerable de Santiago el Mayor, puede muy justamente ser colocada en el número de los santuarios y puntos de peregrinación, más celebres del mundo entero…

Nos, hemos querido que asunto de tal magnitud se examinara con el cuidado que la Santa Sede pone en ocasiones análogas…



Así, desvanecidas las dudas que habían existido, y como apareciera la luz de la verdad claramente, se reunió de nuevo la Comisión en el Vaticano, el 17 de julio de este año, para resolver la cuestión propuesta, a saber: <la sentencia dictada por el cardenal Arzobispo de Compostela sobre la identidad de las reliquias encontradas en el centro del ábside de la capilla principal de su Basílica metropolitana y que se ha atribuido al Apóstol Santiago el Mayor y a sus discípulos Atanasio y Teodoro>…Y nuestros queridos hijos los Cardenales y los demás miembros de la Comisión, consideraron que todos los hechos eran tan exactos y estaban tan bien demostrados que nadie podía  ponerlos en duda, y por tanto, existía sobre este asunto la certidumbre plena que los sagrados Cánones y las Constituciones de los Soberanos Pontífices nuestros predecesores exigen en  asuntos de esta índole, formularon la siguiente respuesta:

<Affirmative, seu sententiam esse confirmandam>…

Nos, queremos que esta carta y cuanto en ella se dice, no pueda en tiempo alguno ser atacado ó tachado por vicio…, sino que para siempre y perpetuamente tenga y conserve validez y eficacia, obteniendo pleno efecto y siendo considerada de ese modo por todos, de cualesquiera grado, orden, preeminencia, y dignidad que sean”.

Han sido muchos los milagros que el Apóstol ha realizado, en todos los tiempos sobre el pueblo español, pero quizás uno de los más bonitos, es aquel que narra la tradición, cuando Santiago el Mayor se dejó ver en el aire montado en un caballo blanco, con un estandarte en la mano y una espada en la otra y rodeado de una luz resplandeciente y se puso al frente de las tropas del rey Ramiro, en la célebre batalla de “Clavijo” en el año 844. De entonces data el llamado < Boto de Santiago>, que obligaba a todas las provincias a pagar mensualmente una determinada cantidad de trigo a la  capital de Compostela.

Después de tantos siglos continua la concurrencia de innumerables peregrinos para visitar su sepulcro y obtener sus mercedes. En España, la Iglesia celebra su día el 25 de julio, y así debe de ser, por siempre, para que haga fructificar la semilla por él plantada en nuestro suelo.

Como dijo el Señor (Jn 14, 18-20):

“No os dejaré abandonados; volveré a estar con  vosotros/ dentro de poco el mundo no me verá más; pero vosotros me veréis, porque yo vivo en vosotros y también viviréis/ Aquel día vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, vosotros en mí y yo en vosotros”