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viernes, 15 de marzo de 2019

LA CUARESMA: CAMINO DE AUTÉNTICA CONVERSIÓN


 
 
 
 
Así titulaba el Papa Benedicto XVI su Homilía el miércoles de Ceniza un 6 de febrero de 2008 con objeto de prepararnos al tiempo de conversión que es la Cuaresma para los cristianos, porque como él decía: “Dado que los compromisos, los afanes y las preocupaciones nos hacen caer en la rutina y nos exponen al peligro de olvidar cuán extraordinaria es la aventura en la que nos ha implicado Jesús, necesitamos recomenzar cada día nuestro exigente itinerario de vida evangélica, recogiéndonos interiormente con momentos de pausa que regeneran el espíritu…


El clima cuaresmal, nos ayuda a redescubrir el don de la fe recibida en el Bautismo y nos lleva a cercarnos al sacramento de la Reconciliación, poniendo nuestro esfuerzo de conversión bajo el signo de la misericordia divina…
 
 
 
Al imponer sobre la cabeza la ceniza, el celebrante dice: <Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás> (Gn 3, 19), o repite la invitación de Jesús: <Convertíos y creed en el Evangelio> (Mc 1, 15). Ambas fórmulas recuerdan la verdad de la existencia humana: somos criaturas limitadas, pecadoras que siempre necesitan penitencia y conversión.


¡Qué importante escuchar y acoger este llamamiento en nuestro tiempo!

El hombre contemporáneo, cuando proclama su total autonomía de Dios, se hace esclavo de sí mismo, y con frecuencia en una soledad sin consuelo”

Sí, somos polvo y al polvo volveremos como se nos dice en las Sagradas Escrituras, por eso  en este tiempo es conveniente recordarlo, al menos de vez en cuando, para encontrar el camino de la auténtica conversión, y así alcanzar el Reino de Dios.
Ciertamente nos conviene pensar de vez en cuando en las realidades últimas, ya que la Iglesia de Cristo es escatológica como nos recuerda San Marcos en su Evangelio cuando narra un importante pasaje de la vida de Jesús en el que Éste alude a su <segunda venida>. Concretamente nos referimos a aquella ocasión en la que  predice su Pasión, Muerte y Resurrección, cuando camina hacia Jerusalén para llevar a cabo su misión evangelizadora, acompañado por sus discípulos y la gran multitud que les seguía (Mc 8, 34-38):

 
 
 
"Llamando a la muchedumbre junto con sus discípulos, les dijo: <Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue así mismo, que tome su cruz y me siga / Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará> / <Porque ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? / Pues ¿qué podrá dar el hombre a cambio de su vida? / Porque si alguien se avergüenza de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del hombre también se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre acompañado de sus santos ángeles"

 
El apóstol san Mateo también en varias ocasiones narra en su Evangelio algunos momentos de la vida de Jesús en los que se refiere a este tema. Así por ejemplo, es evidente cuando habla del <Juicio final> durante su discurso escatológico, próxima ya su Pasión, Muerte y Resurrección (Mt 26, 31-34; 41):
 
 
 
 
"Cuando venga el Hijo del hombre en su gloria y acompañado de todos los ángeles, se sentará entonces en el trono de su gloria / y serán reunidos ante él todas las gentes; y separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos / y pondrá las ovejas a su derecha, los cabritos en cambio a su izquierda / Entonces dirá el Rey a los que estén a su derecha: <Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo… / Entonces les dirá a los que estén a la izquierda: < Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles> "



Sin duda  este pasaje del Nuevo Testamento siempre ha inquietado a lo largo de los siglos, y hasta  sobresaltado, a aquellos hombres que, por uno u otro motivo, se encontraban  alejados de Dios. En este sentido, es interesante recordar las enseñanzas del Papa Benedicto XVI:
“Se trata de un juicio real el que tendrá lugar, sin embargo se podría decir que se avecina siempre al hombre, ya en la muerte. El gran escenario que se esboza en el Evangelio de san Mateo, con las ovejas y los cabritos, es una parábola propuesta por el Señor de lo inimaginable.

Nosotros los hombres no podemos imaginarnos ese proceso inaudito en el que todo el Cosmos se halla ante el Señor y la historia entera ante Él…Como será esto visualmente escapa a nuestra capacidad de imaginación.
Pero que Él es el Juez, que tendrá lugar un juicio real, que la humanidad será separada y que, entonces, existe también la posibilidad de la perdición, y que las cosas no son indiferentes, son datos muy importantes.
 
 
 
 
Hoy la gente tiende a decir: <Bueno, tan malas no serán las cosas. Al fin y al cabo, es muy difícil, que Dios obre así>. Pero no, Él toma en serio las cosas de los hombres. Está además, el hecho de la existencia del mal, que permanece y tiene que ser condenado. En esta sentido, aún con la alegre gratitud por el hecho de que Dios es Bueno y nos da su gracia, deberíamos percibir también e inscribir en nuestro programa de vida la seriedad del mal…”


El evangelista San Lucas menciona también las palabras del Señor con respecto al <Juicio final>, aunque de una forma más sintetizada que san Mateo, pero de forma igualmente clara y aleccionadora (Lc 9, 25-26):

-<Porque ¿de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero si se destruye así mismo o se pierde?
-Porque  quien se avergüence de mí  y de mi palabras, de él se avergonzará el Hijo del hombre cuando venga en su gloria y en la del Padre y en la de los santos ángeles.

 
 
 
 
Los tres evangelistas sinópticos coinciden en sus respectivas narraciones en el hecho de que el Señor en su <segunda venida> vendrá acompañado por los santos ángeles. El Papa san Juan Pablo II recordando esta singularidad de las tres narraciones afirma:


“Se puede decir que los ángeles, como espíritus puros, no solo participan en el modo en que les es propio de la santidad del mismo Dios, sino que en los momentos claves, rodean a Cristo y lo acompañan en el cumplimiento de su misión salvífica respecto al hombre. De igual modo también toda la Tradición y el Magisterio ordinario de la Iglesia ha atribuido a lo largo de los siglos a los ángeles este carácter y esta función de ministerio mesiánico (Audiencia General; miércoles 30 de julio de 1986)"     

 
Ciertamente, Jesús durante su Ministerio  predijo, en varias ocasiones, su Pasión y Muerte, así como su Resurrección, pero Pedro disgustado con aquellos anuncios que, por entonces, para él no tenían ningún sentido, exclamó en un momento dado (Mt 16, 22): <¡Dios te libre, Señor! De ningún modo te ocurrirá eso>
El Señor, disgustado con este humano pensamiento, volviéndose hacia él, exclamó a su vez (Mt 16, 23): < ¡Apártate de mí, Satanás! Eres escandalo para mí, porque no sientes las cosas de Dios sino las de los hombres>. Y al llegar a este punto, Jesús, les manifestó a sus discípulos,  su vuelta  al final de los tiempos (Parusía) y el <Juicio final>, con estas contundentes palabras  (Mt 16, 27): <Porque el Hijo del hombre va a venir en la gloria de su Padre acompañado de sus ángeles, y entonces retribuirá a cada uno según su conducta>.
 
 
 
 
Por su parte, el apóstol san Pablo se hizo eco de estos temas escatológicos que tanta importancia tienen para la humanidad. Precisamente el Papa Benedicto XVI en su Audiencia General  del 12 noviembre de2008 nos recordaba  que: “Probablemente en el año 52 san Pablo escribió la primera carta a los Tesalonicenses, donde habla de la vuelta de Jesús, llamada <Parusía>, <adviento>,  nueva y manifiesta presencia (cf. 1 Ts 4, 13-18).


Concretamente, ante las dudas y problemas de los Tesalonicenses, el apóstol escribe así: <Si creemos que Jesús murió y que resucitó, de la misma manera Dios llevará consigo a quienes murieron en Jesús> (1 Ts 4, 14).
Y continúa: <Los que  murieron en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados en nubes, junto con ellos, al encuentro del Señor en los aires, y así estaremos siempre con el Señor> (1 Ts 4, 16-17).

San Pablo describe la <Parusía> de Cristo con acentos muy vivos y con imágenes simbólicas, pero que transmiten un mensaje sencillo y profundo: Al final estaremos siempre con el Señor. Este es, más allá de la imágenes, el mensaje esencial: Nuestro futuro es <estar con el Señor>; en cuanto a creyentes, en nuestra vida ya estamos con el Señor; nuestro futuro, la vida eterna, ya ha comenzado”

Son palabras verdaderamente esperanzadoras y hermosas las del Papa Benedicto XVI, refiriéndose al futuro del hombre, que ya está aquí, para los creyentes, al <lado del Señor>, pero ¿qué sucederá con aquellos hombres que han perdido la fe, como consecuencia de un mundo paganizado y adsorbente, que aleja al hombre de la <verdad absoluta>?
 
 
 
 
 
El Papa san Juan Pablo II nos dejaba una reflexión interesante y deseable en este sentido: “Al hombre contemporáneo le es difícil volver a la fe, porque le asustan las exigencias morales que la fe representa. Y esto, en cierto modo, es verdad. El Evangelio es ciertamente exigente. Es sabido que Cristo, a este respecto, no engañaba nunca a sus discípulos, ni a los que  escuchaban (sus palabras). Al contrario, los preparaba con verdadera firmeza para todo tipo de dificultades internas o externas, advirtiéndoles siempre que ellos también podían abandonarle.


Por tanto, si Él dice: ¡No tengáis miedo! (Jn  3, 16), con toda seguridad no lo dice para paliar de algún modo sus exigencias. Al contrario, con estas palabras confirma toda la verdad del Evangelio y todas las exigencias en él contenidas.

Al mismo tiempo, sin embargo, manifiesta que lo que Él exige no supera las posibilidades del hombre. Si el hombre lo acepta con disposición de fe, también encuentra en la gracia, que Dios no permite que le falte, la fuerza necesaria para llevar adelante esas exigencias.
El mundo está lleno de pruebas de la fuerza salvífica y redentora, que los Evangelios anuncian con mayor énfasis que aquel  con que recuerdan las obligaciones morales.

¡Cuántas son en el mundo las personas que atestiguan con su vida cotidiana que la moral evangélica es hacedera! La experiencia demuestra que una vida humana lograda no puede ser sino como la de esas personas (Cruzando el umbral de la esperanza)"

Por eso, como también aseguraba el Papa Benedicto XVI en la Audiencia General anteriormente mencionada:
“La espera en la <Parusía> no dispensa del trabajo en este mundo; al contrario, crea responsabilidades ante el Juez divino sobre nuestro obrar en este mundo. Precisamente así crece nuestra  responsabilidad de trabajar en y para este mundo…

Precisamente, en el pasaje evangélico de los talentos, el Señor nos recuerda que ha confiado talentos a todos, y que el Juez nos pedirá cuentas de ellos diciendo: ¿Habéis dado fruto? Por tanto la espera de su venida implica responsabilidades con respecto a este mundo (cf. 2, Ts 3, 10-12).
 
 
 
 
Por otra parte, en la carta a los Filipenses (cf. Flp 1,21-26), de san Pablo, en otro contexto, aparece esa misma verdad y el nexo entre <Parusía> (vuelta del Juez Salvador) y nuestro compromiso en la vida. En esta situación piensa en su futuro <estar con el Señor>, pero piensa también en la comunidad de  Filipos, que necesita a su padre, san Pablo, y escribe: <para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia. Pero si el vivir en la carne significa para mí trabajo fecundo, no sé qué escoger>


Me siento apremiado por las dos partes: por una parte, deseo partir y estar con Cristo, lo cual, ciertamente, es con mucho lo mejor; mas, por otra parte, quedarme en la carne es más necesario para vosotros. Y persuadido de esto, sé que me quedaré y permaneceré con todos vosotros para progreso y gozo de vuestra fe, a fin de que tengáis por mi causa un nuevo motivo de orgullo en Cristo Jesús, cuando yo vuelva a estar entre vosotros”

Es evidente, san Pablo no tenía miedo a la muerte, por el contrario, él la deseaba con fruición,  pero sabía que Cristo le había llamado para evangelizar a los pueblos, en particular a los pueblos paganos, y sentía esa responsabilidad de forma intensa en su corazón, por eso escogió vivir, para dar cumplimiento al mandato del Señor.

 
 
<Estaba sencillamente disponible para Dios y era realmente libre>  ¡No tengamos miedo de cruzar el umbral de la esperanza!, como nos pedía el Papa san Juan Pablo II.  Seamos plenamente fieles a la exhortación del Señor que fue  < Signo y Seña> de este Papa santo: ¡No tengáis miedo! 

 

 

 

 

sábado, 9 de marzo de 2019

EL HOMBRE Y LA MUJER SON IMAGEN Y SEMEJANZA DE DIOS


 
 
 

 
 
El Papa Francisco en la <Audiencia General> de los miércoles del año 2015 dedicaba su catequesis al hombre y a la mujer con vistas a formar una familia. El les hablaba con el corazón en la mano, como se suele decir, que es por otra parte la manera cordial y cercana que este Pontífice tiene por costumbre utilizar al dirigirse a su grey:


“Como todos sabemos, la diferencia sexual está presente en muchas formas de vida, en la larga serie de los seres vivos. Pero sólo en el hombre y en la mujer esa diferencia lleva en sí la imagen y semejanza con Dios: el texto bíblico lo repite tres veces en dos versículos (Gen 1, 26-27): <hombre y mujer son imagen y semejanza de Dios>.
Esto nos dice que no sólo el hombre en su individualidad es imagen de Dios, que no sólo la mujer en su individualidad es imagen de Dios, sino también el hombre y la mujer, como pareja, son imagen de Dios.

La diferencia entre hombre y mujer no es para la contraposición, o subordinación, sino para la comunión y la generación, siempre a imagen y semejanza de Dios…
La cultura moderna y contemporánea ha abierto nuevos espacios, nuevas libertades y nuevas profundidades para el enriquecimiento de la compresión de lo que es ser hombre ó mujer, pero ha introducido también muchas dudas y mucho escepticismo…

Sí, corremos el riesgo de dar un paso hacia atrás. La remoción de la diferencia, es el problema, no la solución. Para resolver sus problemas de relación, el hombre y la mujer deben en cambio hablar más entre ellos, escucharse más, conocerse más, quererse más. Deben tratarse con respeto y cooperar con amistad”  (Audiencia General; miércoles 15 de abril de 2015)


En este  sentido, recordemos que la historia  suele presentar distintas etapas; así, se habló de una <primera etapa>, refiriéndose al movimiento  desarrollado en Inglaterra y los Estados Unidos durante el siglo XVIII y principios del XIX.

 
 
Se habló también de una <segunda etapa>  (primera mitad del siglo XX)  e incluso de una <tercera etapa> que se situaba hacia finales del siglo XX (más concretamente a partir del año 1970)  que se  extendió hasta finales del siglo XX. Por último, se habla hoy en día de  una <cuarta etapa>, ya dentro del siglo XXI


En general las crónicas nos revela, sin duda, la historia de deriva constante de la humanidad, desde sus inicios, hacia un paganismo y alejamiento de Dios, que ha conducido a la situación actual de declive profundo hacia un anticlericalismo arrebatado e intransigente.

 
 
Ha sucedido lo que anunciaba el Papa san Juan Pablo II en el año 1988 en su Carta Apostólica <Mulieris dignitatem), y que el denunciaba con estas sentidas palabras: “La mujer en nombre de la liberación del –dominio del hombre- no puede tender  a apropiarse de las características masculinas, en contra de su propia originalidad femenina… Por dicho camino no llegará a realizarse y podría, en cambio, deformar y perder lo que constituye su riqueza esencial…”


Riqueza esencial que fue puesta en valor por nuestro Señor Jesucristo, tal como nos demuestra la lectura de los Santos Evangelios (Jn 12, 1-8),

 
 
 
y siempre nos han recordado los Padres y Pontífices de la Iglesia a lo largo de todos estos siglos. Así, por ejemplo, hacia mediados del siglo XX, el Papa Pablo VI, tras la clausura del Concilio Ecuménico Vaticano II, enviaba un mensaje a las mujeres, recordándoles el importante papel que Dios les dio desde el mismo momento de su creación (Mensaje a las mujeres. Pablo VI ,8 de diciembre de 1965):


“La Iglesia está orgullosa de haber elevado y liberado a la mujer, de haber hecho restablecer, en el curso de los siglos, dentro de la diversidad de los caracteres su innata igualdad con el hombre. Pero ha llegado la hora, en que la vocación de la mujer se cumple en plenitud, la hora en que la mujer adquiere en el mundo una influencia, un peso, un poder jamás alcanzado hasta ahora…
Por eso, en este momento en que la humanidad conoce una mutación profunda, las mujeres llenas de espíritu del Evangelio pueden ayudar enormemente a que la humanidad no decaiga…”

 
 
 
Entre otras recomendaciones de este Pontífice a  la mujeres, están: la de velar por el porvenir de nuestra especie, deteniendo la mano del hombre que en <un momento de locura intentase destruir la civilización humana>, la de recordar siempre que <una madre pertenece, por sus hijos, a ese porvenir que ella no verá probablemente>, y la de que la sociedad llama también a las mujeres solteras, porque <las mismas familias no pueden vivir sin la ayuda de aquellas que no tienen familia>.

Tiene también un recuerdo muy cariñoso para las mujeres vírgenes consagradas, ya que <Jesús, que dio al amor conyugal toda su plenitud, exaltó también el renunciamiento a ese amor humano cuando se hace por Amor infinito y por el servicio a todos> (Mt 19, 12).

Por último exclama, en este mensaje que toda mujer debería leer, aún en nuestros días:

 
 
“Mujeres que sufrís, en fin, que os mantenéis firmes bajo la Cruz a imagen de María: Vosotras, que tan a menudo, en el curso de la historia, habéis dado a los hombres la fuerza para luchar hasta el fin, para dar testimonio hasta el martirio, ayudadlos una vez más a conservar la audacia de las grandes empresas, al mismo tiempo que la paciencia y el sentido de los comienzos humildes.


Mujeres, vosotras, que sabéis hacer la verdad dulce, tierna, accesible, dedicaos a hacer penetrar el Espíritu del Concilio en las instituciones, las escuelas, los hogares, y en la vida de cada día.

Mujeres del Universo todo, cristianas o no creyentes, a quiénes os está confiada la vida, en este momento tan grave de la historia, a vosotras toca salvar la paz del mundo”

Pablo VI (Giovanni Battista Montini; 1963-1978) se encontró con la gran dificultad de proseguir, hasta dar término, al Concilio Ecuménico Vaticano II, convocado por el Papa Juan XXIII, en un ambiente muy enrarecido de la sociedad, caracterizado por lo que se ha dado en llamar (guerra fría), y con conflictos bélicos tan importantes como la guerra de Vietnam, o los enfrentamientos armados en Medio Oriente, y por supuesto en África.

 
 
Por eso, no es de extrañar, que este Pontífice al que tanto le preocupaba la paz del mundo, como demostró precisamente en 1965 en su mensaje a las mujeres, para que le ayudaran en sus propósitos, tuviera una intervención en la Asamblea General de las Naciones Unidas, en donde trató de mentalizar a las naciones sobre la necesidad de una paz duradera y justa, y así mismo también instituyera las <Jornadas Mundiales de la Paz>.

Las mujeres de todo el mundo se debieron sentir conmovidas ante este mensaje del Papa, pero los acontecimientos de la época unidos al creciente mal estado de la moralidad de los pueblos hicieron imposible los deseos de éste santo varón.

Los Pontífices anteriores, ya lo habían denunciado, así el Papa Pío XII (Eugenio Pacelli 1939-1958) en 1952 en un discurso sobre los <errores de la moral de la situación> o nueva concepción de la ley moral, éste Papa con alto dolor se expresaba en los términos siguientes:

 
 
“El signo distintivo de ésta moral es que no se sabe en manera alguna sobre las leyes morales universales, como por ejemplo los Diez Mandamientos, sino sobre las condiciones o circunstancias reales o concretas en las que tiene que obrar y según las cuales la conciencia individual  puede  juzgar y elegir…


La ética nueva (adaptada a las circunstancias) dicen sus autores, es eminentemente individual. En la determinación de la conciencia, cada hombre en particular se encuentra directamente con Dios y ante Él se decide, sin intervención ninguna de ley, de ninguna autoridad, de ninguna comunidad, de ningún culto o confesión, y de ninguna manera. Aquí sólo existe el yo del hombre y el yo del Dios personal…” (Discurso al Congreso de la Federación Mundial de las juventudes católicas 1952)

Como también aseguraba el Papa a las mujeres jóvenes, futuras madres, o no, de la sociedad de mediados del siglo XX, <la nueva moral, que se estaba tratando de implantar se hallaba tan fuera de la ley de los principios católicos, que hasta un niño que supiera el catecismo lo vería.

 
 
 
Hablaba el Papa Pío XII con conocimiento de causa de todos los problemas que de esta situación se estaban derivando y que en un futuro podrían verse acrecentados, con la expansión de peligrosas corrientes del pensamiento moral, y por eso aconsejaba finalmente a las mujeres que inculcaran a sus futuros hijos, a sus alumnos o parientes, en primer lugar, la costumbre de orar a Dios,  


y en segundo lugar, que les hicieran comprender a las gentes jóvenes que estar orgullosos u orgullosas de mantener la fe en Cristo y su Iglesia cuesta trabajo, pero que <han de acostumbrarse desde la primera edad a hacer sacrificios por su fe, a caminar delante de Dios en rectitud de conciencia, a reverenciar lo que Él ordena>.

Son consejos válidos también para el actual siglo XXI, que tan mal marcha ante el comportamiento moral y las buenas costumbres… consecuencia, seguramente, de aquellos primeros intentos de los hombres de quitar de en medio a Dios, para ponerse ellos en su lugar…

El individualismo, el narcisismo y el laicismo desatado han ido creciendo, junto con otros <ismos> y en la actualidad la situación es gravemente peligrosa y muy próxima al paganismo profundo que reinaba en vida de Jesús y sus apóstoles.

 
 
Por otra parte, el Papa san Juan Pablo II se dio pronto cuenta de lo que estaba sucediendo y de lo que podría suceder en un futuro y por eso en su Carta Encíclica <Redemptor Hominis> de 1979 aseguraba que <el Redentor del hombre, Jesucristo, es el centro del Cosmos y de la historia>.

Él se preguntaba entonces, al comienzo de su Pontificado: ¿Cómo? ¿De qué modo hay que proseguir? ¿Qué hay que hacer a fin de que este nuevo Adviento de la Iglesia, próximo ya al final del segundo milenio, nos acerque a Aquel que la Sagrada Escritura llama: Padre sempiterno < Pater futuri saeculi>. El denunciaba también, en esta amplia y fundamental Carta Encíclica, la existencia de graves peligros y amenazas para los seres humanos. En efecto, decía:

“La situación del hombre en el mundo contemporáneo parece distante tanto de las exigencias objetivas del orden moral, cómo de las exigencias de la justicia o aún más del amor social”

Por su parte, el Papa Francisco recogiendo todos los pensamientos y enseñanzas de sus antecesores en la Silla de Pedro ha querido también contribuir, en este sentido, en beneficio del hombre y de la mujer y así, por ejemplo, lo comprobamos en su Audiencia General del 22 de abril de 2015:

“El Espíritu Santo, que inspiró toda la Biblia, sugiere por un momento que a la imagen del hombre solo  -le falta algo- , sin la mujer. Y sugiere el pensamiento de Dios, casi el sentimiento de Dios que lo observa, que observa a Adán solo en el jardín: es libre, es señor,…pero está solo.

 
 
Y Dios ve que esto <no es bueno>  -dice Dios- y añade: voy a hacerle alguien como él, que le ayude (Gen 2, 18).Entonces Dios presenta al hombre todos los animales; el hombre da a cada uno de ellos su nombre –y es esta otra imagen del señorío del hombre sobre la creación- , pero no encuentra en ningún animal al otro semejante a sí.


El hombre sigue solo. Cuando Dios le presenta a la mujer, el hombre reconoce exultante que esa criatura, y sólo ella, es parte de él: <es hueso de mis huesos y carne de mi carne> (Gen 2, 23). Al final hay un gesto de reflejo, una reciprocidad.

Cuando una persona -es un ejemplo para comprender bien esto- quiere dar la mano a la otra, tiene que tenerla delante: si uno tiende la mano y no tiene a nadie, la mano queda allí…, falta la reciprocidad.

La mujer no es una réplica del hombre; viene directamente del gesto creador de Dios. La imagen de la <costilla> no expresa en ningún sentido inferioridad o subordinación, sino, al contrario, que el hombre y la mujer son de la misma sustancia y son complementarios y que tienen también esta reciprocidad.

Y el hecho de que –siempre en la parábola- Dios plasme a la mujer mientras el hombre duerme, destaca precisamente que ella no es de ninguna manera una criatura del hombre, sino de Dios. Sugiere también otra cosa: para encontrar a la mujer –y podemos decir para encontrar el amor de la mujer-, el hombre primero tiene que soñarla y luego la encuentra.

 
 
La confianza de Dios en el hombre y en la mujer, a quienes confía la tierra, es generosa, directa, plena. Se fía de ellos. Pero he aquí que el maligno introduce en su mente la sospecha, la incredulidad, la desconfianza. Y al final llega la desobediencia al mandamiento que los protegía. Caen en ese delirio de omnipotencia que contamina todo y destruye la armonía”


Así sucedió con el primer hombre y la primera mujer según el libro del Génesis, por eso, también según  este libro, Dios llegó a la siguiente conclusión (Gen 3, 22-24):

“Exclamó <Ahí tenéis al hombre vuelto como uno de nosotros, discernidor del bien y del mal. Ahora, pues, no vaya a alargar la mano y tome también  del árbol de la vida, coma de él y viva eternamente> /  Y expulsóle Yahveh Dios del vergel de Edén a trabajar la tierra, de la que había sido tomado / Cuando hubo arrojado al hombre, puso al oriente de Edén  querubines con espada de hoja fulgurante para guardar el camino del árbol de la vida”

 

 
 
Como asegura el Papa Francisco, refiriéndose al pecado original y al pecado en general (Ibid):“El pecado genera desconfianza entre el hombre y la mujer. Su relación se verá acechada por mil formas de abuso y sometimiento, seducción engañosa y prepotencia humillante, hasta la más dramáticas y violentas. La historia carga las huellas de todo eso.


Pensemos, por ejemplo, en los excesos negativos de las culturas patriarcales. Pensemos en las múltiples formas de machismo donde la mujer ha sido considerada de segunda clase…

Pensemos en definitiva en la reciente epidemia de desconfianza, de escepticismo, e incluso de hostilidad que se difunde en nuestra cultura -en especial a partir de una comprensible desconfianza de las mujeres- respecto a una alianza entre hombre y mujer que sea capaz, al mismo tiempo, de afirmar la intimidad de la comunidad y cuestionar la dignidad de la diferencia.

Si no encontramos un sobresalto de simpatía por esta alianza, capaz de resguardar a las nuevas generaciones de la desconfianza y la indiferencia, los hijos vendrán  al mundo cada vez más desarraigados de la misma desde el seno materno.

La desvalorización social de la alianza estable y generativa del hombre y de la mujer es ciertamente una pérdida para todos: ¡Tenemos que volver a dar el honor debido al matrimonio y a la familia!

 

 
 
La santa Biblia dice algo hermoso: El hombre encuentra a la mujer, se encuentran, y el hombre debe dejar algo para encontrarla plenamente. Por ello el hombre dejará a su padre y a su madre para ir con ella (Gen 1, 24) ¡Es hermoso! Esto significa comenzar un nuevo camino. El hombre es todo para la mujer y la mujer toda para el hombre”

 

 

  

 

 

  

viernes, 1 de marzo de 2019

CRISTO IMAGEN DE DIOS INVISIBLE Y HOMBRE PERFECTO



 
 
 
 
 
San Pablo en la primera parte de su <Epístola a los Colosenses> enumera con gran rigor teológico los excelsos atributos de Cristo: como Dios, en la creación y como hombre, en la Iglesia.  Frente a los errores de los colosenses, esta carta enseña que Cristo es el Señor de toda la creación y el único Salvador del mundo y que sólo aceptando su soberanía total y absoluta, los hombres podremos alcanzar la plena madurez, la verdadera sabiduría y la autentica condición de seres nuevos y perfectos (Col 1, 15-17):



“Cristo es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda criatura / En él fueron creadas todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, las visibles y las invisibles: tronos, dominaciones, principados, potestades, todo lo creado por Dios por él y para él / Cristo existe antes que todas las cosas y todas tienen en él su consistencia”

En efecto, como se lee en esta carta del apóstol san Pablo, Cristo es el principio de todo, el primogénito respecto  a toda la creación, el primogénito de los que triunfan sobre la muerte…

 
 
 
Sí, pero por otra parte, Cristo es verdadero hombre, es el hombre perfecto, es la cabeza del cuerpo de la Iglesia (Col 1, 18-20): “El es la cabeza del cuerpo, de la Iglesia, como quien es principio, primogénito de entre los muertos; para que todas las cosas obtengan en Él la primacía / porque en Él tuvo a bien Dios que morase toda la plenitud / y por medio de Él reconciliar todas las cosas consigo, haciendo la paces mediante la sangre de su cruz; por medio de Él, así las que están sobre la tierra como las que hay en los cielos”


San Pablo al inicio de  esta carta, tras mostrarles a los colosenses, el misterio de Cristo en la creación y el misterio de Cristo en la Iglesia, les habla de la Redención de Cristo (Col 1, 21-23):

“Y a vosotros, que erais un tiempo completamente extraños y enemigos en vuestro pensamiento por las malas obras / ahora, con todo, os ha reconciliado en el cuerpo de su carne por medio de la muerte, para presentaros santos e inmaculados e irreprochables en su acatamiento / con tal que permanezcáis cimentados y estables en la fe e inconmovibles de la esperanza del Evangelio que oísteis, que ha sido predicado en toda la creación que está debajo del cielo, del cual yo Pablo fui constituido ministro”

Dios tuvo  a bien que morase en Cristo toda la plenitud de las perfecciones divinas y humanas en el sentido más amplio, la plenitud de la deidad y de la gracia, la plenitud de la inteligencia y de la fuerza, la plenitud de la soberanía y de la santidad del amor; y por medio de Él se alcanzó  la reconciliación de todas las cosas con Dios, restableciendo el orden primordial, puestos por Dios creador  y malogrado por el pecado.    

Precisamente, en la Constitución Pastoral del Concilio Vaticano II, <Gaudium et Spet>,  ha quedado reflejada la dogmática de san Pablo (GS, 22):

“El que es imagen de Dios invisible (Col 1, 15) es también el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el pecado.

El Hijo de Dios con su Encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajo con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con el corazón de hombre.

 
 
Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado”  Es una verdad fundamental de nuestra fe que ha sido corroborada por su misma Palabra y proclamada por sus apóstoles y discípulos, a lo largo de los siglos, tal como enseña la Iglesia católica (C.I.C nº 464):


“El acontecimiento único y totalmente singular de la Encarnación del Hijo de Dios no significa que Jesucristo sea en parte Dios y en parte hombre, ni que sea el resultado de una mezcla confusa entre lo divino y lo humano.
Él se hizo verdaderamente hombre sin dejar de ser verdadero Dios. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. La Iglesia debió defender y aclarar esta verdad de fe durante los primeros siglos frente a unas herejías que la falseaban (nestorianismo, gnosticismo…)”

 
Sí, Él amo con corazón de hombre, tal como leemos en la Constitución Pastoral <Gaudium et Spes>, Él experimentó verdaderamente <los sentimientos humanos: la alegría, la tristeza, la indignación, la admiración, el amor>, en palabras del Papa san Juan Pablo II.

Prestemos una atención particular a esta última afirmación que nos hace entrar en el mundo interior de la vida psicológica de Jesús  (Papa san Juan Pablo II; Audiencia General, miércoles 3 de febrero de 1988):
 
 
 
 
“Jesús amaba a los niños: <Llevaron unos niños a Jesús para que los tocara…Y tomándolos en brazos, los bendecía, imponiéndoles las manos> (Mc 13-16). Y cuando proclamó el mandamiento del amor, se refiere al amor con el que Él mismo ha amado: <Mi mandamiento es éste: Amaos los unos a los otros, como yo os he amado> (Jn 15, 12).


Por otra parte, la hora de la Pasión, especialmente la agonía en la cruz, constituye, puede decirse, el zenit del amor de Jesús: <Jesús, sabiendo que había llegado la hora de dejar este mundo para ir al Padre, y habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo> (Jn 13, 1)…
Contemporáneamente, éste también es el zenit de la tristeza y del abandono que Cristo ha experimentado en su vida terrena. Una expresión penetrante de este abandono, permanecerá por siempre en aquellas palabras suyas:

<Y a eso de las tres gritó Jesús con fuerte voz: Eloí, Eloí, ¿lemá sabaktaní? Que quiere decir: Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado? (Mc 15, 34). Son palabras que Jesús toma del Salmo 22 (22, 2) y con ellas expresa el desgarro supremo de su alma y de su cuerpo, incluso la sensación misteriosa de un abandono momentáneo por parte de Dios.
¡El clavo más dramático y lacerante de toda la Pasión!

 
 
 
Así, pues, Jesús se ha hecho verdaderamente semejante a los hombres, asumiendo la condición de siervo, como proclama la carta a los <Filipenses>: <Se despojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo y se hizo semejante a los hombres. Y en su condición de hombre, se humilló así mismo haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz> (Flp 2, 7-8).


Pero en la epístola a los <Hebreos>, también se dice, al hablar de Cristo como Pontífice de los bienes futuros:

<Se presentó como Sumo Sacerdote de los bienes venideros, a través de un tabernáculo más santo y perfecto, no hecho por mano de hombre, es decir, no de este mundo> (Heb 9, 11).
Pero antes, en esta misma carta,  se confirmaba y precisaba que:

<No tenemos un Sumo Sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, ya que fue probado en todo a semejanza nuestra, a excepción del pecado> (Heb 4, 15).
Verdaderamente no había conocido el pecado, por eso san Pablo escribe en su segunda carta a los <Corintios>:

<Al que no conoció pecado, Dios lo hizo por nosotros reo de pecado, para que, por medio de Él, fuéramos justicia de Dios> (2 Cor 5, 21).

 
 
El mismo Jesús pudo lanzar este desafío: ¿Quién de vosotros podrá acusarme con razón  de que he cometido alguna falta? Si digo verdad, ¿por qué no me creéis? El que es de Dios acepta la palabra de Dios…> (Jn 8, 46-47). Y he aquí la fe de la Iglesia: <Sine peccato conceptus, natus et mortuus>.


Lo proclama, en armonía con toda la Tradición, el Concilio de Florencia (Decreto pro Iacob.: DS 1347): <Jesús fue concebido, nació y murió sin mancha de pecado>.
Él es el hombre verdaderamente justo y santo”

 
 
 
Después de esta sabia catequesis del Papa san Juan Pablo II ciertamente poco o nada hay que añadir, para comprender y aceptar que Cristo era verdadero Dios y verdadero hombre, pero hombre perfecto (sin pecado).

Si acaso, podríamos hacer una breve reflexión apoyándonos en las catequesis del Papa Benedicto XVI, totalmente en línea con las enseñanzas de su predecesor en la silla de Pedro. Así, por ejemplo, en la Audiencia General del 9 de enero de 2013, este Pontífice, en un momento dado, se expresaba en los términos siguientes:

“El hecho de la Encarnación de Dios, que se hace hombre como nosotros, nos muestra el inaudito realismo del amor divino. El obrar de Dios, no se limita a las palabras, es más, podríamos decir que Él no se conforma con hablar, sino que se sumerge en nuestra historia y asume sobre sí el cansancio y el peso de la vida humana.

El Hijo de Dios se hizo verdaderamente hombre, nació de la Virgen María, en un tiempo y en lugar determinados, en Belén durante el reinado del emperador Augusto, bajo el gobernador Quirino (cf. Lc 2, 1-2); creció en una familia;

 
 
tuvo amigos, formó un grupo de discípulos, instruyo a los apóstoles para continuar su misión, y terminó el curso de vida terrena en la cruz. Este modo de obrar de Dios es un fuerte estímulo para interrogarnos sobre el realismo de nuestra fe, que no debe limitarse al ámbito del sentimiento, de las emociones, sino que debe de entrar en lo concreto de nuestra existencia, debe tocar nuestra vida de cada día y orientarla también de modo práctico.


Dios no se quedó en las palabras, sino que nos indicó cómo vivir, compartiendo nuestra misma experiencia, menos en el pecado.

El Catecismo del Papa san Pio X (1903-1914), con su esencialidad, ante la pregunta:
 
 
 
< ¿Qué debemos hacer para vivir según Dios?> Da, esta respuesta: <Para vivir según Dios debemos creer las verdades por Él reveladas y observar sus mandamientos con la ayuda de su gracia, que se obtiene mediante los sacramentos y la oración>. La fe tiene una parte fundamental que afecta no sólo la mente y el corazón, sino toda nuestra vida”

 

Ante esta última referencia de Benedicto XVI, al Papa san Pio X (1903-1914), puede que algún despistado se eche las manos a la cabeza pensando que estamos en un nuevo siglo, lleno de progreso y sabiduría, donde las cosas del pasado son inasumibles…

Pero no, porque la Palabra y el Mensaje de Cristo es totalmente atemporal, es la experiencia de Dios, hecho hombre, viviendo su misma vida terrenal, y por tanto es el ejemplo a seguir por nosotros, cada día, es la esperanza que salva…

<Spe Salvi facti sumus> (en esperanza fuimos salvados), escribía san Pablo, por los años 57/ 58, a la comunidad cristiana de Roma, probablemente desde Corinto, durante su tercer viaje misionero; seguramente con la finalidad de confirmarla en la fe, y adelantarla en el conocimiento de los Evangelios,  hablaba a aquellas gentes, de la esperanza de los hijos de Dios y de toda la creación…Concretamente al referirse a nuestros propios gemidos y expectación ante dicha esperanza, podemos leer (Rom 8, 23-24):
 
 
 
 
“Y no sólo ella (la creación), sino también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu,  gemimos dentro de nosotros mismos, anhelando la adopción filial, el rescate de nuestro cuerpo / Porque en esperanza es como hemos sido salvados; ahora bien: como la esperanza que se tiene al ojo no es esperanza; pues lo que uno ve, ¿a qué viene el esperarlo? / Mas si lo que no vemos lo esperamos, por la paciencia lo aguardamos“


Aquí, por la expresión <esperanza> podríamos entender toda la compleja realidad de la economía de la redención…Esta realidad es <esperanza> porque su parte mejor, aún, sólo es una perspectiva, porque su consumación está reservada a la Parusía (al final de los tiempos).

El Papa Benedicto XVI en su Carta Encíclica <Spe Salvi> (dada en Roma el mes de noviembre de 2007) nos habla de esta <esperanza que salva> y entre otras muchas ideas luminosas nos viene a decir que:
 
 
“El ser humano necesita un amor incondicional. Necesita esa certeza que le hace decir: <Ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni cosas presentes ni futuras, ni poderíos, ni altura ni profundidad, ni otra alguna criatura será capaz de apartarnos del amor de Dios que está en Cristo Jesús, Señor nuestro> (Rom 8, 38-39).


Si existe este amor absoluto con su certeza absoluta, entonces –sólo entonces- el hombre es <redimido>, suceda lo que suceda en su caso particular.

Esto es lo que se ha dado a entender cuando decimos que Jesucristo nos ha <redimido>. Por medio de Él esperamos seguros de Dios, de un Dios que no es una lejana <causa primera> del mundo, porque su Hijo Unigénito  se ha hecho hombre y cada uno puede decir de él:
 
 
 
 
<Vivo de la fe  en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí> (Gal, 2, 20)”
Se refiere el Papa, en esta última frase, a la carta que san Pablo escribió a los <Gálatas> para dar respuesta a sus adversarios que eran muchos y mantenían una lucha encarnizada contra él y sus enseñanzas. A los cargos que le achacaban éstos, respondió con una epístola modélica, en la que revelaba su carácter indomable y toda la grandeza de su alma.



Precisamente cuando les advierte del grado de identificación que él había alcanzado con Cristo, para que lo tomasen como ejemplo a seguir, llega a decir (Gal 2, 19-20):

“Porque yo por medio de la ley morí a la ley, para vivir a Dios. Con Cristo estoy crucificado / pero vivo…no ya yo, sino que Cristo vive en mí. Y eso que ahora vivo en carne, lo vivo en la fe de Dios y de Cristo, que me amó y se entregó por mí… “

En este sentido, como sigue diciendo el Papa Benedicto XVI en su Encíclica (Ibid):
“Es verdad que quien no conoce a Dios, aunque tenga múltiples esperanzas, en el fondo está sin esperanza, sin la gran esperanza que sostiene toda la vida (cf. Ef 2, 12).

La verdadera, la gran esperanza del hombre que resiste a pesar de todas las desilusiones, sólo puede ser Dios, el Dios que nos ha amado y que nos sigue amando <hasta el extremo>, <hasta el total cumplimiento> (cf. Jn 13, 1; 19, 30).
 
 
 
 
Quien ha sido tocado por el amor empieza a intuir lo que sería propiamente <vida>. Empieza a intuir qué quiere decir la palabra <esperanza> que hemos encontrado en el rito del Bautismo: de la fe se espera <la vida eterna>, la vida verdadera que totalmente, y sin amenazas, es sencillamente vida en toda su plenitud. Jesús que dijo de sí mismo que había venido para que nosotros tengamos la vida y la tengamos en plenitud, en abundancia (cf. Jn 10, 10), nos explicó también qué significa <vida>:


<Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo> (Jn 17, 3). La vida en su verdadero sentido no la tiene uno solamente para sí, ni tampoco por sí mismo: es una relación. Y la vida entera es relación con quien es la fuente de la vida. Si estamos en relación con Aquel que no muere, que es la Vida misma y el Amor mismo, entonces estamos en la vida. Entonces <vivimos>”

 



 

 

 

 

 

 

  

 

     

 

 

viernes, 22 de febrero de 2019

JESÚS DIJO (XXXVII): TRABAJOS PUBLICADOS EN MRM.MARUS




 
 








. ¿POR QUÉ DIOS HA PERMITIDO TANTAS RELIGIONES? (16/10/18)

 


. LA IGLESIA CATÓLICA CREE EN LA RESURRECCIÓN DE LOS MUERTOS (17/10/18)

 


. VIRGEN MARÍA: VIRGEN FIEL (18/10/18)

 


. LA ASUNCIÓN DELA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA (18/10/18)

 


. LA IGLESIA DE CRISTO ES UNA (19/10/18)

 

 

 

 

 BIBLIA DE NAVARRA EDICIÓN POPULAR (Ediciones Universidad de Navarra S.A. Pamplona-España)

 

 

 

CARTA A FILEMÓN

 

 

*SALUDO (1-3)

 

Pablo, prisionero de Cristo Jesús, y Timoteo, el hermano, a Filemón, nuestro querido amigo y colaborador, / a Apfia, la hermana, a Arquipo, nuestro compañero de armas, y a la iglesia que se reúne en tu casa: / la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo estén con vosotros.

 

 

*ACCIÓN DE GRACIAS (4-7)

 

Doy gracias sin cesar a mi Dios recordándote en mis oraciones, / porque conozco la caridad y la fe que tienes en Jesús, el Señor, y en todos los santos. / Que tu participación en la misma fe llegue a ser activa al comprender que todo el bien que tenemos es para Cristo. /Y Pues, en verdad, he tenido gran alegría y consuelo por tu caridad, porque, gracias a ti, hermano, los corazones de los santos han encontrado alivio.

 

 

 

*INTERCESIÓN A FAVOR DE ONÉSIMO (8-21)

 

Por ello, aun teniendo plena libertad en Cristo para mandarte lo que conviene, / prefiero rogar en nombre de la caridad – y eso que soy Pablo, ya anciano y ahora además prisionero de Cristo Jesús -. / Te ruego a favor de mi hijo Onésimo, a quien engendré entre cadenas, / en otro tiempo inútil para ti pero ahora útil para ti y para mí; / a éste te lo devuelvo como si fuera mi corazón. / Yo hubiera querido retenerlo para que me sirviera en tu lugar, mientras estoy entre cadenas por el Evangelio. / Pero no he querido hacer nada sin tu consentimiento, para que tu buena acción no sea forzada, sino voluntaria. / Quizá por eso se alejó algún tiempo, para que ahora lo recuperes para siempre, / no ya como siervo, sino más que siervo, como hermano muy amado, en primer lugar para mí, pero ¡cuánto más para ti!, no sólo en lo humano, sino también en el Señor. / Por tanto, si me consideras hermano en la fe, acógelo como si fuera yo mismo. / Si te perjudicó o te debe algo, cárgalo a mi cuenta. / Yo, Pablo, lo he escrito de mi puño y letra; yo te pagaré, por no decirte que tú mismo te me debes. / Sí, hermano, que yo reciba de ti este gozo en el Señor: Consuela en Cristo mi corazón. / Te escribo confiando en tu obediencia, porque sé que harás aun más de lo que te digo.

 

 

 

*ÚLTIMAS RECOMENDACIONES Y SALUDOS (22-25)

 

Además, prepárame hospedaje, pues espero que, gracias a vuestras oraciones, se me conceda estar entre vosotros. / Te saludan Epafras, compañero de mi cautiverio en Cristo Jesús, / y mis colaboradores Marcos, Aristarco, Demas y Lucas. / La gracia del Señor Jesucristo esté en vuestro espíritu.