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viernes, 3 de abril de 2020

CON LA PASIÓN CON LA MUERTE Y CON LA RESURRECCIÓN DE CRISTO VINO LA SALUD PARA EL GÉNERO HUMANO




Por esta razón, los textos litúrgicos de este tiempo nos llevan fundamentalmente hacia el recuerdo de la Pasión y Muerte de Cristo y finalmente a su Resurrección de entre los muertos; en este sentido, es necesario tener muy en cuenta los testimonios de aquellos hombres y mujeres que estuvieron presentes durante los hechos históricos acecidos durante el tiempo en que el  Hijo de Dios habitó entre nosotros.

Como podemos leer en el mensaje <Urbi et Orbi> del Papa san Juan Pablo II para la Pascua de 1998
 
 
 
 
 
 “Hablan los testigos oculares de los acontecimientos del Viernes Santo, los que sintieron miedo ante el Sanedrín. Hablan los que al tercer día se encontraron la tumba vacía. Testigos de la Resurrección  primero fueron las mujeres de Jerusalén  y María Magdalena; después fueron los Apóstoles, informados por las mujeres; Pedro y Juan los primeros y después todos los demás.


También fue testigo Pablo de Tarso, convertido a las puertas de Damasco, al cual Dios concedió experimentar la fuerza de su Resurrección, para que fuera el vaso elegido del ardor evangelizador de la Iglesia primitiva.

Realmente, hoy toman la palabra los testigos: no solamente los primeros, los testigos oculares, sino también quienes recibieron de ellos el mensaje Pascual y dieron testimonio de Cristo Muerto y Resucitado de generación en generación.

Algunos fueron testigos hasta derramar su sangre y, gracias a ellos, la Iglesia ha seguido caminando incluso entre duras persecuciones y persistentes rechazos…

Hoy también nosotros somos testigos de Cristo Resucitado y renovamos su anuncio de paz a toda la humanidad que camina hacia el tercer milenio…

 
 
Este anuncio de paz es para todos aquellos que recorren un calvario que parece interminable, frustrados en sus aspiraciones al respecto de la dignidad y de los derechos de las personas, a la justicia, al trabajo, a condiciones de vida más equitativa”

 
En este anuncio deberían reflejar sus aspiraciones los dirigentes de todas las naciones del mundo con objeto de mantener un dialogo constante que condujera a la resolución de tantos malos entendidos y tantos quebrantos para los hombres…

Por desgracia muchos hombres y mujeres, en este planeta nuestro, todavía no saben que Cristo, ha  Muerto y Resucitado por todos los seres humanos y todavía peor, muchos hombres y mujeres que sí, han conocido la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, a causa del maligno, se han olvidado de ello, y se han alejado de la Iglesia e incluso niegan, a nuestro Salvador.

Por eso los cristianos deberíamos rememorar en estos momentos angustiosos para la humanidad, a consecuencia de la terrible <pandemia> que asola al mundo entero, aquellas palabras  del Papa san Juan Pablo II que hablaban  del Señor como fundamento de nuestra esperanza (Ibid):

 
 
“Cristo ha Muerto y Resucitado por nosotros ¡Señor tu eres el fundamento de nuestra esperanza! Queremos hacer nuestro el testimonio de Pedro y el de tantos hermanos y hermanas a lo largo de los siglos, para proponerlo de nuevo… Es verdad: <La piedra que desecharon los arquitectos ésta ha llegado a ser  la piedra angular>. Sobre este fundamento ha sido edificada la Iglesia de Dios vivo, la Iglesia del Resucitado”

 
Recordaba el Papa san Juan Pablo II en su mensaje, el Salmo 118 (117), el cual fue recitado por Jesús en la Última Cena. Se trata de un Salmo que nos habla de la solemne acción de gracias al Señor de quien ha vencido a sus enemigos y que se cumplió en la persona de Jesús cuando es aclamado por la multitud a su entrada triunfal en Jerusalén y en el Templo. Concretamente el versículo recordado por el Papa se  incluye entre los versículos 19 y 24 de dicho Salmo:

“Abridme las puertas de la justicia: entraré por ellas y daré gracias al Señor / Ésta es la puerta del Señor: los justos entrarán por ella / Te doy gracias, porque me has escuchado, y has sido mi salvación / La piedra que desecharon los constructores ésta ha llegado a ser la piedra angular / Es el Señor quien ha hecho esto y es admirable a nuestros ojos / Éste es el día que hizo el Señor, exultemos y alegrémonos en Él”

“En esta Cuaresma, Señor, resuena tu llamada urgente: <Convertíos, volved a mí de todo corazón>. Él nos llama a tomar este tiempo de prueba como un momento de elección.

No es el momento de tu Juicio, sino de nuestro juicio: el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es.
Es el tiempo de restablecer el rumbo de la vida hacia Ti, Señor, y por ello hacia los demás”        

 
Así es, de nuevo la Iglesia católica, durante este tiempo de Pascua, a pesar del grave problema que aqueja a la humanidad entera, y sobre todo por esto mismos, levanta su voz para recordarnos una vez más que estamos en camino hacia el Señor porque: ¡Sí hay esperanza, porque Cristo Resucitó de entre los muertos! demostrando con este milagro portentoso que era el Hijo de Dios, enviado por el Padre para salvarnos…

Por eso, como también aseguraba el Papa san Juan Pablo II durante su Mensaje <Urbi et Orbi>, el 23 de abril del año 2000:

 
 
“La Iglesia se detiene, atónita una vez más, junto al sepulcro vacío. Igual que María Magdalena  y las otras mujeres, que llegaron para ungir con aromas el cuerpo del Crucificado, igual que los apóstoles Pedro y Juan, que acudieron por las palabras de las mujeres, la Iglesia se inclina sobre la tumba en la que fue depositado el Señor después de la crucifixión”

 
Sí, ha sido probado históricamente que Cristo fue crucificado y murió; el sufrimiento de su madre, la Virgen María, de sus familiares y amigos,  de sus seguidores y discípulos fue enorme e igual de enorme es el dolor que ahora sentimos todos los creyentes en estos momentos, por nuestros hermanos sufrientes a causa de la <pandemia> que asola el mundo entero y que son fiel reflejo de la Pasión de Cristo, del Señor doliente, por toda la humanidad.

Sin embargo los cristianos, ahora y siempre,  tenemos esperanza porque el Señor Resucitó al tercer día como nos recuerdan las Santas Escrituras y se apareció a muchas gentes que dieron certeza de ello; más concretamente, el evangelista san Mateo narró así la aparición de Cristo en Galilea y su mandato apostólico universal (Mt 28, 16-20):


 
En efecto, algunos de sus discípulos, según la narración de san Mateo, tuvieron dudas. Sin embargo, después, todos ellos dieron la vida por Cristo y su Mensaje y éste es un dato muy importante a tener en cuenta, que nunca debemos olvidar…

Sí, el hombre es débil y no tiene capacidad para entender los misterios divinos; por eso algunos presenciaron asombrados e incrédulos el milagro de la Resurrección de Cristo, pero como diría en su día el Papa san Juan Pablo II (Pascua 15 de abril de 2001):

“El asombro incrédulo de los apóstoles y las mujeres que acudieron al sepulcro al salir el sol, hoy se convierte en experiencia colectiva de todo el pueblo de Dios.
Mientras el nuevo milenio da sus primeros pasos, queremos legar a las jóvenes generaciones la certeza fundamental de nuestra existencia: Cristo ha resucitado y, en Él, hemos resucitado todos. <Gloria a ti, Cristo Jesús, ahora y siempre tú reinarás>.

Vuelve a la memoria este canto de fe, que tantas veces, a lo largo del año jubilar, hemos repetido alabando a Aquel que es <el Alfa y la Omega, el primero y el Último, el principio y el Fin> (Ap 22, 13).

 
 
A Él permanece fiel la Iglesia peregrina <entre persecuciones del mundo y los consuelos de Dios> (S. Agustín). A Él dirige la mirada y no teme. Camina con los ojos fijos en su rostro, y repite a los hombres de nuestro tiempo, que Él, el Resucitado es <el mismo ayer, hoy y siempre> (Heb 13, 8)”

 
Las palabras del Papa san Juan Pablo II paren una premonición de lo que ahora estamos experimentando, sí, la Iglesia sigue adelante con la mirada puesta en nuestro Salvador recordando siempre lo que sucedió aquel dramático viernes de Pasión en el que el Hijo del hombre se humilló hasta el extremo de morir por la humanidad, tal como recordaba el apóstol san Pablo a los filipenses.

San Pablo escribió su carta a los filipenses encontrándose encarcelado, aunque no se sabe a ciencia cierta el lugar exacto donde transcurrió este hecho histórico y en ella muestra a los mismos cual es el camino de la santidad, a través de los padecimientos del Señor (Flp 2, 5-8):
“Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús / el cual, siendo de condición divina, no consideró como presa codiciable el ser igual a Dios / sino que se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y, mostrándose igual que los demás hombres / se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz / Y por eso Dios lo exaltó y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre / para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos y en la tierra y en los abismos / y toda lengua confiese: <¡Jesucristo es el Señor!> para gloria de Dios Padre”

Recordando estas palabras de san Pablo, el Papa san juan Pablo II, seguía expresándose así en su Mensaje <Urbi et Orbi> del año 2001:

 
 
“El Hijo del hombre <obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz> terminaba la vida terrena del Redentor. Una vez muerto, fue depositado de prisa en el sepulcro, al ponerse el sol. ¡Qué ocaso tan singular! Aquella hora oscurecida por el avanzar de las tinieblas señalaba el fin del <primer acto> de la obra de la creación, señalada por el pecado. Parecía el triunfo de la muerte, la victoria del mal.

En cambio, en la hora del gélido silencio de la tumba, comenzaba el pleno cumplimiento del designio salvífico, comenzaba la <nueva creación>. Hecho obediente por el amor hasta el sacrificio extremo, Jesucristo es ahora <exaltado> por Dios que le <otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre>.

En su nombre recobra esperanza toda existencia humana. En su nombre el ser humano es rescatado del poder del pecado y de la muerte y devuelto a la Vida y al Amor.


 
La hermosa reflexión de este Pontífice santo que tanto sufrió durante su vida terrena llena nuestro corazón de amor y esperanza frente al mal que ahora nos invade…Perseveraremos ante el mismo, recordando la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús porque como también decía este santo Pontífice santo:

“Desde que tu tumba, Oh Cristo, fue encontrada vacía y Cefas, los discípulos, las mujeres y <más de quinientos hermanos> (1 Co 15, 6) te vieron Resucitado, ha comenzado el tiempo en que  la creación canta tu nombre <que esta sobre todo nombre> y espera tu retorno definitivo en la gloria.

En este tiempo, entre la Pascua y la venida del Reino sin fin, tiempo que se parece a los dolores de un parto (Rm 8, 22), sostennos en el compromiso de construir un mundo más humano, vigorizado con el bálsamo de tu amor.

 
 
 
Víctima pascual, ofrecida por la salvación del mundo, haz que no decaiga este compromiso nuestro, aun cuando el cansancio haga lento nuestro caminar. Tú, Rey victorioso, ¡Dadnos, a nosotros y al mundo la salvación eterna!”

     

 

 

 

  

 

   

 

 

 

 

martes, 31 de marzo de 2020

JESÚS DIJO (XLVI): TRABAJOS PUBLICADOS EN MRM.MARUS


 
 
 
 
 
-JESÚS DIJO (XL). TRABAJOS PUBLICADOS EN MRM.MARUS   (2/7/2019)

 

-EL DÍA DEL SEÑOR   (11/7/2019)

 

-LA ESPERANZA ES UNA VIRTUD TEOLOGAL FUNDAMENTAL (I)    (18/7/2019)

 

 -EL RETO DE LA EVANGELIZACIÓN. SIGLO XVIII-EL SIGLO DE LAS LUCES (1ª Parte)   (31/7/2019)

 

-LA PAZ DEPENDE TAMBIÉN DE TI Y DE MI   (4/8/2019)

 

-LA ASUNCIÓN AL CIELO EN CUERPO Y ALMA DE LA VIRGEN MARÍA   (14/8/2019)

 

 

 

BIBLIA DE NAVARRA (Edición Popular). EUNSA. EDICIONES UNIVERSIDAD DE NAVARRA,
S.A.,PAMPLONA (ESPAÑA)

 

 

LA SALVACIÓN LLEGA CUANDO SE INVOCA AL SEÑOR: Salmo 18 (17)

 

1-Al maestro de coro. Del Siervo del Señor, David, que dirigió al Señor las palabras del siguiente cántico cuando lo libró de la mano de todos sus enemigos y de la mano de Saúl.

 
2- Y dijo: Yo te amo, Señor, fortaleza mía,

 
3-Señor, mi roca, mi fortaleza, mi libertador, mi Dios, mi peña donde me refugio, mi escudo, la fuerza de mi salvación, mi alcázar.

 
4-Invoco al Señor, digno de alabanza, y quedo a salvo de mis enemigos.

 
5-Me rodeaban olas de muerte, me aterraban torrentes de Belial,

 
6-me envolvían los lazos del seol, me tendían redes de muerte.

 
7-Pero en mi angustia invoqué al Señor, clamé a mi Dios, y Él escuchó mi voz desde su Templo, y llegó mi grito a sus oídos.

 
8-La tierra se estremeció y tembló, se removieron las bases de los montes retemblaron al inflarse su ira.

 
9-De su nariz subía humo y de su boca, fuego devorador ascuas flameantes salían de Él.

 
10-Inclinó los cielos y descendió con las nubes bajos sus pies.

 
11-Cabalgaba volando sobre un querubín, y corría veloz sobre las alas del viento.

 
12-Se envolvió de tinieblas con un velo, y de negro aguacero y densas nubes como toldo.

 
13-Ante el fulgor de su presencia se disolvieron los nubarrones, el granizo y las ascuas flameantes.

 
14-El Señor tronaba en los cielos, el Altísimo hacía oír su voz: granizo y ascuas inflamadas.

 
15-Arrojó sus dardos y los dispersó, los ahuyentó con sus continuos rayos.

 
16-Entonces aparecieron los lechos de agua y se descubrieron los cimientos del orbe, ante tu bramido, Señor, ante el viento impetuoso de tu nariz.

 
17-Él extendió su mano desde las alturas, me agarró, me sacó de las aguas profundas.

 
18-Me libró de mi enemigo poderoso y de mis adversarios, más fuertes que yo.

 
19-Ellos me atacaron el día de mi desgracia, pero el Señor fue mi apoyo.

 
20-Me sacó a espacio abierto, me libró porque me amaba.

 
21-El Señor retribuye mi justicia, remunera la pureza de mis manos,

 
22-porque si sigo los caminos del Señor y no reniego de mi Dios;

 
23-porque me atengo a sus leyes y no rechazo sus mandamientos,

 
24-sino que le soy íntegro, y me guardo de la culpa.

 
25-El Señor me remunera según mi inocencia, según la pureza de mis manos ante sus ojos.

 
26-Con el fiel, Tú eres fiel; con el íntegro, íntegro.

 
27-Con el sincero, Tú eres sincero y con los falso sagaz.

 
28-Pues salvas al pueblo humilde y humillas los ojos altaneros.

 
29-Tú enciendes mi lámpara; Señor, Dios mío, ilumina mis tinieblas.

 
30-Contigo soy capaz de atacar a un ejército; con mi Dios soy capaz de asaltar una muralla.

31-El camino de Dios es íntegro, la palabra del Señor, probada a fuego. Él es escudo para los que a Él se acogen

 
32-¿Quién es dios fuera del Señor? ¿Quién roca, fuera de nuestro Dios?

33-Dios es el que me ciñe de valor y hace íntegro mi camino,

 
34-el que me da pies de ciervo y me sostiene firme en las alturas,

 
35-el que adiestra mis manos en el combate y mis brazos para tensar la ballesta.

 
36-Tú me pones tu escudo salvador, tu diestra me sostiene tus cuidados me hacen grande.

37-Allanas el suelo bajo mis pasos para que no tropiecen mis pies.

 
38-Persigo a mis enemigos y les doy alcance, y no torno hasta aniquilarlos.

 
39-Los golpeo y no pueden levantarse: caen bajo mis pies.

 
40-Me ciñes de valor para la guerra, y doblegas a mis adversarios ante mí.

 
41-Haces volver la espalda a mis enemigos, y exterminas a los que me odian.

 
42-Ellos piden auxilio, pero nadie los salva, acuden al Señor, pero no hay respuesta.

 
43-Los trituro como polvo que se lleva el viento, los aplasto como barro de las calles.

 
44-Tú me libras de las revueltas de la gente, me pones a la cabeza de las naciones: vasallo mío es un pueblo al que no conocía.

 
45-Me escuchan y me obedecen, los extranjeros me rinden homenaje;

 
46-los extranjeros palidecen, y salen temblando de sus refugios.

 
47-¡Viva el Señor! ¡Bendita sea mi Roca! ¡Exaltado sea el Dios de mi salvación!

 
48-El Dios que me concede la venganza y me somete los pueblos.

 
49-Tú me libras de mis enemigos, me exaltas sobre mis agresores, me rescatas del hombre violento.

 
50-Por eso, ¡Señor!, te alabaré entre las gentes, y cantaré en honor de tu Nombre.

 
51-Él hace grandes las victorias de su rey y tiene misericordia de su Ungido, de David y su descendencia por siempre.

 

 

ALABANZA A DIOS, QUE MANIFIESTA SU GLORIA EN LOS CIELOS Y EN LA TIERRA: Salmo 19 (18)

 

1-Al maestro del coro. Salmo. De David.

 
2-Los cielos pregonan la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos.

 
3-Un día le anuncia el mensaje al otro día y una noche le da la noticia a la otra noche.

 
4-Sin discurso, sin palabras sin que se oiga su voz,

 
5-se esparce su rumor por toda la tierra, y su pregón hasta los confines del orbe. En éstos ha puesto una tienda al sol.

 
6-Éste sale como esposo de su alcoba, alegre, como un héroe, a recorrer su camino.

 
7-Asoma por un extremo de los cielos y su curso alcanza al otro extremo, sin que nada escape a su calor.

 
8-La ley del Señor es perfecta; reconforta el alma. El mandato del Señor es firme, instruye al sencillo.

 
9-Los preceptos del Señor son rectos, alegran el corazón. Los mandamientos del Señor son puros, dan luz a los ojos.

 
10-El temor del Señor es limpio, dura por siempre. Los juicios del Señor son veraces, son enteramente justos,

 
11-más preciosos que el oro, que el oro más fino, más dulces que la miel que destila el panal.

 
12-Aunque tu siervo se instruya en ellos, y encuentre provecho en observarlos,

 
13-las inadvertencias, ¿quién las puede discernir? De las faltas ocultas, absuélveme.

 
14-Preserva a tu siervo de las arrogancias, que no me dominen. Así podré ser integro y libre de grave delito.

 
15-Sean de tu agrado las palabras de mi boca y las meditaciones de mi corazón en tu presencia.

 
¡Señor, Roca mía y Redentor mío!

 

 

 

 

 

 

 

 

martes, 24 de marzo de 2020

ANTE TODO DEBEMOS CONSERVAR LA ESPERANZA EN EL SEÑOR


 
 
 
 
 
En este momento trágico de la historia se podría decir que estamos necesitados de una renovación, tal como denunciaron los últimos Papas del siglo pasado, y él del  presente siglo, el Papa Francisco; concretamente, Juan Pablo II y Benedicto XVI hablaron sin reservas en  este sentido, asegurando en distintas ocasiones que era necesaria una <Nueva Evangelización>, especialmente en el viejo Continente donde la crisis de fe, causaba y sigue causando, verdaderos estragos entre los creyentes.

 
Es por esto, que ellos han recomendado con encomio a su grey la vuelta a las fuentes, tan magníficamente recogidas en el Catecismo de la Iglesia Católica, para conocerlas en profundidad y para enseñarlas a aquellos que lo necesiten,  especialmente a los niños y a los adolescentes.

 
 
Sin embargo, y ante todo, debemos conservar siempre la esperanza en el Señor porque aún cuando el hombre se aleje de Dios hasta el punto de abocarse a su destrucción, Dios volverá a establecer un nuevo comienzo precisamente en la decadencia del mundo…No debemos excluir sin embargo, al final de los siglos, un final apocalíptico. Pero incluso entonces la humanidad contará, con la protección de Dios, que acoge a los hombres que le buscan.
 
 
Ciertamente, después de todo, el amor siempre es más fuerte que el odio, en palabras del Cardenal Joseph Ratzinger, aunque como también  el decía (Papa Benedicto XVI):
"Ahora bien, debemos reconocer sin complejos, que en la actualidad, como se ha dicho insistentemente, <buena parte de las catequesis y predicaciones parecen estar determinadas por la persuasión de que antes de nada hayan de resolverse los urgentes problemas económicos, sociales y políticos, para luego, con paz y tranquilidad, poder hablar también de Dios"


Estas declaraciones del Papa Benedicto XVI, durante su cardenalato, reflejaban, ya entonces, una triste realidad, pues como él mismo aseguraba:

 
 
 
“De este modo se pervierte la verdad de las cosas, anunciamos una sabiduría nuestra y un reino humano, al tiempo que ocultamos la luz verdadera – de la que todo depende- bajo el velo de nuestras ideas e iniciativas” (El elogio de la conciencia. La verdad interroga al corazón. Cardenal Joseph Ratzinger. Benedicto XVI. Ed. Palabra S.A. 2010).

 
La evangelización de los pueblos debería, por tanto, tener en cuenta este magnífico razonamiento de Benedicto XVI, porque como el mismo dijo en otras muchas ocasiones, por ejemplo, con motivo de su Mensaje para la Jornada mundial de las Misiones de 2006:

“En la víspera de su Pasión, Jesús dejó como testamento a los discípulos, reunidos en el Cenáculo para celebrar la Pascua, <el mandamiento nuevo del amor>, <mandatum novum>: <Lo que os mando es que os améis los uno a los otros> (Jn 15, 17). El amor fraterno que el Señor pide a sus <amigos> tiene su manantial en el amor paterno de Dios.

 
 
Dice el Apóstol San Juan: Todo el que ama, ha nacido de Dios y conoce a Dios (I Jn 4, 7). Por tanto, para amar según Dios es necesario vivir en Él y de Él: Dios es la primera <casa> del hombre y solo el que habita en Él arde con fuego de caridad capaz de <incendiar> el mundo”

 
La esperanza en el Dios Creador es un don universal, por eso todos los seguidores de Cristo estamos obligados a dar a conocer el mensaje de su Hijo Únigenito. Cada uno en la medida de sus posibilidades, con las herramientas que el Espíritu Santo pone en sus manos, especialmente en momentos tan infaustos y dolorosos como los provocados por esta pandemia que asola a la humanidad...

Hagamos lo así, porque  nos lo  pidió Nuestro Señor Jesucristo, tal como nos recordaba el Papa Benedicto XVI (Jornadas mundial de las Misiones. Vaticano 29 de abril de 2006):

 
 
“¿No es esta la misión de la Iglesia en todos los tiempos? Entonces no es difícil comprender que el auténtico celo misionero, compromiso primario de la comunidad eclesial, va unido a la fidelidad al amor divino, y esto vale para todos los cristianos, para toda comunidad local, para las Iglesias particulares y para todo el pueblo de Dios…

 
Así pues, ser misionero significa amar a Dios con todo nuestro ser, hasta dar, si es necesario, incluso la vida por Él. ¡Cuántos sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, también en nuestros días, han dado el supremo testimonio de amor con el martirio! Ser misionero es entender, como el buen Samaritano, las necesidades de todos, especialmente de los más pobres y necesitados, porque quién ama con el corazón de Cristo no busca su propio interés, sino únicamente la gloria del Padre y el bien del prójimo.
Aquí reside el secreto de la fecundidad apostólica de la acción misionera, que supera las fronteras y las culturas, llega a los pueblos y se difunde hasta los extremos confines del mundo”

 
Cuenta San Juan en su Evangelio que Jesús después de celebrar con sus Apóstoles la <Última Cena>, les dio un largo Sermón en el que entre otras muchas cosas les decía (Jn 14, 12-17):

 
 
 
“En verdad en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores porque yo me voy al Padre / Y lo que pidáis, en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo / Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré / Si me amáis, guardaréis mis mandamientos / Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros / el Espíritu de la Verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce, vosotros en cambio, lo conocéis porque mora en vosotros y está en vosotros”

 
Así preparaba Jesús a aquellos hombres, en los que había depositado toda su confianza, para la tarea evangelizadora que les tiene reservada, y de esta forma infundieran ellos a su vez en los hombres, de todos los tiempos, la confianza en su Mensaje salvador.

 
Como asegura el Papa Francisco en su primera Carta Encíclica, escrita a cuatro manos, como él asegura, con el Papa emérito Benedicto XVI, <Lumen Fidei> dada en Roma el 29 de junio de 2013:

 
 
“La nueva lógica de la fe está centrada en Cristo. La fe en Cristo nos salva porque en Él la vida se abre radicalmente a un Amor que nos precede y nos transforma desde dentro, que obra en nosotros… El creyente es transformado por el Amor, al que se abre por la fe, y al abrirse a este Amor que se le ofrece, su existencia se dilata más allá de sí mismo…”

 
Sí, por eso  rogó el Señor a su Padre, en aquellos últimos momentos su estancia en la Tierra, por su Iglesia, para que todos sus componentes creyeran siempre en Él, y lo hizo con estas sentidas palabras (Jn 17, 20-26):

 
 
“No os ruego por éstos solamente, sino también por los que crean en mí por medio de su palabra / que todos sean uno; como tu Padre, en mí y Yo en ti, para que sean uno como nosotros somos uno, para que el mundo crea que Tú me enviaste / Y yo les he comunicado la gloria que tú me has dado, para que sean uno como nosotros somos uno / Yo en ellos y tú en mí, para que sean consumados en la unidad; para que conozca el mundo que tú me enviaste y les amaste a ellos como me amaste a mí / Padre lo que has dado, quiero que, donde estoy yo, también ellos estén conmigo, para que contemplen mi gloria que me has dado, porque me amaste antes de la creación del mundo / Padre justo, y el mundo no te conoció, pero yo te conocí; y estos también conocieron que tú me enviaste / Y yo les manifesté tú nombre, y se lo manifestaré, para que el amor con que me amaste sea en ellos, y yo también esté en ellos”

 
Ante esta oración de Cristo, el Papa Benedicto XVI exclama:

 “Él intercede por las futuras generaciones de creyentes. Mira más allá del Cenáculo hacia el futuro. Ha rezado también por nosotros y reza por nuestra unidad. Esta oración de Jesús no es simplemente algo del pasado. Él está siempre ante el Padre intercediendo por nosotros, y así está en este momento entre nosotros y quiere atraernos a su oración. En la oración de Jesús está el lugar interior, más profundo, de nuestra unidad.

 
 
Seremos, pues, una sola cosa, si nos dejamos atraer dentro de esta oración. Cada vez que, como cristianos nos encontramos reunidos en la oración, esta lucha de Jesús por nosotros y con el Padre nos debería conmover profundamente en el corazón. Cuanto más nos dejamos atraer por esta dinámica, tanto más se realiza la unidad…

 
La oración de Jesús por nosotros ¿ha quedado desoída? La historia del cristianismo es, por así decirlo, la parte visible de este drama, en la que Cristo lucha y sufre con nosotros, los seres humanos. Una y otra vez Él debe soportar el rechazo a la unidad, y aún así, una y otra vez se culmina la unidad con Él, y en Él con el Dios Trinitario. Debemos ver ambas cosas: el pecado del hombre, que reniega de Dios y se repliega en sí mismo, pero también la victoria de Dios, que sostiene la Iglesia no obstante su debilidad y atrae continuamente a los hombres dentro de sí, acercándolos de este modo los uno a los otros. (Benedicto XVI. La alegría de la fe. Ed. San Pablo. Madrid. 2012)”

 
 
 
¡Dejemos nos atraer por la oración del Señor!  ¡Hagamos lo así en estos momentos cruciales para la humanidad!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 11 de marzo de 2020

EL RETO DE LA EVANGELIZACIÓN: SIGLO XVIII- EL SIGLO DE LAS LUCES (4ª Parte)



 
 
 
 
El reto de la evangelización siempre ha estado ahí, siempre ha estado presente a lo largo de la historia del hombre. La lucha de la humanidad por salir del imperio del mal, por vencer al maligno, ha sido constante, sin embargo ha habido momentos en los que parecía que realmente esta lucha estaba encaminada a la derrota; es lo que sin duda ocurrió en el siglo XVIII, aquel que fuera extrañamente llamado por los eruditos el <siglo de la luz>…

 
Ocurrió que durante este siglo, más concretamente hacia el final del mismo (1789), estalló la tristemente célebre <Revolución francesa>, como consecuencia en gran medida, de la corrupción que invadió la política y las costumbres francesas de la clase alta durante el reinado de Luis XVI, mientras que la clase humilde se sentía totalmente defraudada por sus políticos, lo que llevó a un descontento general y  al deseo desenfrenado de justicia.

Para tratar de enmendar la situación que en el campo ideológico habían introducido los errores cometidos en siglos anteriores y el avance del filosofismo, que condujeron a los hombres al desbordamiento y la corrupción de las costumbres, privados como estaban en una gran mayoría del freno religioso, y del amor a Dios, Luis XVI convocó los <Estados Generales> (1788), integrados por representantes de las tres clases sociales del momento, esto es, el clero, la nobleza y el pueblo. Hay que tener en cuenta que estos <Estados Generales> no se habían reunido desde principios del siglo XVII y que el pueblo era mayoritario en cuanto a escaños en la cámara de los diputados, frente al clero y la nobleza.  

El pueblo harto de ser mancillado por las clases altas y soliviantado por los defensores del filosofismo y otros <ismos>, como Mirabeau y el Abate  Sieyes, se hizo dueño de la situación declarando la <Asamblea Nacional>, comenzado así probablemente un avance de la terrible <Revolución francesa>. Esta Asamblea tras renegar de la obediencia al rey, que fue recluido en Versalles, se transformó  en <Asamblea constituyente>, publicando la <Declaración  de los derechos del hombre>, esto es: la libertad de pensamiento, la libertad de prensa…etc.  

Así mismo, se publicó la <Constitución civil del clero> con la que se  subordinaba éste al poder civil y se exigía su juramento de fidelidad al Estado.

 
 
 
El triunfo de la revolución  se produjo sin embargo, entre los años 1790 y 1792, a raíz de la desaparición  de los escasos partidarios de la monarquía, quedando solo los republicanos, divididos en moderados o girondinos y radicales o la Montaña (ocupaban los escaños altos). El rey intentó la huida, pero quedó preso de la Asamblea hasta el 10 de agosto de 1792, momento en que los <sanscuculottes> invadieron las Tullerias (cárcel del Estado) encerrando al monarca y su familia en el Templo (Notre Dame).

 
Comenzó así a recorrer el terror por la calles de Paris; toda la ciudad descontenta por la pobreza y la corrupción de sus políticos se lanzó a buscar a los causantes de sus desgracias de forma indiscriminada.

De esta manera, se produjo de inmediato el encarcelamiento  de todo aquel que se suponía <sospechoso>, pero ¿sospechoso de qué?; esto realmente daba igual, las fuerzas del mal se habían apoderado definitivamente del alma de muchos hombres; se contaron por miles las personas denunciadas que eran totalmente inocentes de lo que estaba ocurriendo; estas eran las mejores personas, entre las que se encontraban, por supuesto, aquellos sacerdotes y  obispos  que no quisieron  firmar la Constitución civil del clero.

 
 
 
Un paso más de la <Asamblea Legislativa> se produjo  en la <Convención Nacional> (1792-1794), la cual como primer acto de poder, declaró la Republica y condenó a muerte al rey. La Montaña, dirigida por Robespirre, Marat y Dantón, se hizo cargo de la situación comenzando un periodo verdaderamente terrible para todo ciudadano francés, independientemente de su categoría social, por el simple hecho de ser denunciado <sospechoso> de ir en contra de la revolución; el pueblo entero vivió unos momentos angustiosos <a la sombra de las guillotinas>.

 
El rey, la reina María Antonieta, la hermana del rey, Isabel, y muchos monárquicos, religiosos y religiosas, junto con muchos miembros de la aristocracia fueron guillotinados en Paris y en otras ciudades francesas.
Fue por entonces implacablemente perseguida  la Iglesia católica, destruyéndose los templos y saqueándolos, junto con conventos y lugares de culto; se suprimió las fiestas religiosas, se proscribió el culto público o privado, y como simbólica profanación, después de derribar la imagen de la Virgen  del altar mayor de Notre Dame, se entronizó a una mujer desnuda, simbolizando a la diosa Razón.

Finalmente, tras la pavorosa persecución y matanza, el cruel Robespierre fue también ejecutado por sus enemigos políticos, en la guillotina, así como poco después los fueron, Dantón y Saint Just; esto dio paso a la formación de un <Directorio> (1795-1799), el cual aunque al principio pareció dar muestras de cierta benignidad y comprensión hacia la Iglesia católica, posteriormente continuó con saña  la persecución religiosa, hasta el encarcelamiento del Papa Pio VI, proclamándose entonces en Italia la Republica romana, según el modelo francés.

 

 
Guiovanni Angelico Braschi nació el 27 de diciembre de 1717 en Cesena (Italia) en el seno de una familia noble pero arruinada que sin embargo le proporcionó una buena educación en el colegio de los jesuitas de su ciudad, pasando posteriormente a Ferrara (Italia), donde estudio Leyes. El Papa Clemente XIII, en 1766, lo nombró tesorero de la Iglesia Romana y más tarde, Clemente XIV lo hizo cardenal  en 1775. Hombre humilde e irreprochable en su conducta moral decidió  retirarse a la Abadía de Subisco, donde llegó a ser Abad  comendador hasta que fue elegido Papa, tomando entonces, el nombre de Pio VI (en este mismo año).

 
Desde el principio de su dificilísimo  Pontificado Pio VI intentó por todos los medios a su alcance de ayudar a la Iglesia de Cristo, pero las ideas de hombres como Voltaire y Rousseau, ya fallecidos, habían tomado, por así decir, <carta de naturaleza>, extendiéndose entre una población empobrecida y falta de justicia…

Una de las primeras cosas que hizo, fue ayudar a la orden de los jesuitas, cuyos miembros habían sido expulsados y mancillados durante el Pontificado de su antecesor, que nada pudo hacer al respecto, pero solo logró la liberación del general Ricci aunque demasiado tarde porque encontrándose muy enfermo en prisión, murió antes de que pudiera disfrutar de su libertad.

Este Papa rechazó la <constitución civil del clero> el 13 de marzo de 1791, suspendiendo a los sacerdotes y obispos que la habían aceptado, quizás muchos de ellos por temor al nuevo orden de terror impuesto por los revolucionarios. Pero ayudó a los miembros de la Iglesia todo lo que le fue posible, dado las circunstancias, como por ejemplo, al clero que fue confinado en Francia, y así mismo, protestó contra la ejecución mediante la guillotina, de tantas criaturas inocentes…

El pueblo francés que estaba ya cansado de las luchas y de la ejecuciones arbitrarias, de los revolucionarios, provocó finalmente la disolución  del <tribunal de la muerte> en 1795, con la entrada al poder de cinco hombres  encargados del gobierno de la nación; un Directorio, cuya misión era la administración del país según los nuevos principios. Lo hicieron durante unos pocos años en un ambiente de gran inestabilidad, inestabilidad que se rompió cuando tomó las riendas del poder un joven general llamado Napoleón Bonaparte.

 
 
Pero las ideas de la Revolución francesa  se habían difundido más allá de Francia, despertando el entusiasmo en otros países, como Bélgica y Suiza, los cuales no tardaron  en proclamar sus respectivas republicas…Tanto el Vaticano como algunas casas reales de Europa constatando el incremento incesante de las ideas republicanas en todo el continente, unieron sus fuerzas contra Napoleón, pero éste los derrotó y tomando el título de Cónsul, invadió gran parte de Italia, cortando así la resistencia opuesta por los estados Pontificios.

 
Concretamente en la <Tregua de Bolgna >, el 25 de Junio de 1796, Napoleón impuso unos términos realmente abusivos, como por ejemplo la ocupación de las tropas francesas de la Romania. Más tarde, en la <Paz de Tolentino>, el 19 de febrero de 1797, el Papa Pio VI se vio obligado a rendir Avignon, Venaissin, Ferrara, Bolonia y la Romania, además de pagar 15 millones de francos y un largo etc.

Finalmente los franceses tomaron Roma el 10 de febrero de 1798, proclamando la Republica Romana, el 15 de ese mismo mes.

Como el Papa se negó al rendimiento, fue tomado por la fuerza el 20 de febrero del mismo año y trasportado a Siena y posteriormente a Florencia. En el año 1799 aunque se encontraba gravemente enfermo, de nuevo fue traslado a otro lugar en Parma, y posteriormente se le llevó a Piacenza y seguidamente a Turín. No había acabado aquí el largo peregrinar de este sufriente Pontífice, porque atravesando los Alpes y pasando por diversas ciudades, finalmente recaló en Valencia (Francia), donde sucumbió entregando su alma a Dios, tras semejante maltrato al representante de Cristo en la tierra.

 
 
Sus restos mortales fueron trasladados a la Basílica de san Pedro en Roma el 17 de de febrero de 1802 durante el Pontificado de Pio VII (1800-1823) y su estatua en posición de rodillas se situó en dicha Basílica delante de la Cripta del Príncipe de los Apóstoles.

 
En tiempos  tan revueltos y peligrosos para las comunidades cristianas parecería imposible la posibilidad de llevar a la práctica el seguimiento de Cristo y el cumplimiento de sus mandatos y sin embargo sucedió todo lo contrario; fueron muchos hombres y mujeres los perseguidos por su fe y también los que dieron la vida por Cristo y su Mensaje.

Aunque existen pocos datos bibliográficos al respecto, algunos se conocen y entre estos destaca un caso impresionante que sobrepasó la barrera del silencio  de los historiadores. Nos referimos, como no podía ser de otra forma, a la llamada <Epopeya de La Vandee>.

 



Recordando este hecho histórico tan significativo como doloroso deberíamos preguntarnos: ¿Qué podría separarnos del amor del amor a Cristo?


El apóstol san Pablo daba, en su día, la siguiente respuesta a esta pregunta que él mismo se formulaba en su <Carta a los Romanos> (Rm 8, 35-39): “¿Quién nos apartará del amor a Cristo? ¿Tribulaciones?, ¿angustias?, ¿persecuciones?, ¿hambre?, ¿desnudez?, ¿peligro?, ¿espada? / Según está escrito (Sal 43, 22): Por tu Causa somos matados todo el día, fuimos contados como ovejas destinadas al degüello / Mas en todas estas cosas soberanamente vencemos por obra de Aquel que nos amó / Porque seguro estoy que ni muerte ni vida, ni ángeles ni principados, ni cosas presentes ni futuras, ni poderíos / ni altura ni profundidad, ni otra alguna criatura será capaz de apartarnos  del amor de Dios que está en Cristo Jesús Señor nuestro”

 



Ante estas palabras de san Pablo, el Papa san Juan Pablo II, durante la Ceremonia de Beatificación de los Mártires d’Angers (domingo 15 de febrero de 1984) se expresaba en los términos siguientes:


“Puesto que Dios ha entregado a su Hijo Único por el mundo, puesto que su Hijo a dado la vida por nosotros, tal clase de amor no se puede jamás olvidar…Es más fuerte que todo. La vida eterna aguarda a aquellos que han amado a Dios hasta el punto de dar la vida por Él. Los regímenes  que acosan al hombre pasan, pero la gloria alcanzada por los mártires nunca desaparece (Rm 8, 37): <Mas en todas estas cosas soberanamente vencemos por obra de aquel que nos amó>. Esta es la victoria alcanzada por los mártires que hoy vamos a beatificar”

Sucedió en efecto que durante la Revolución Francesa, se tomaron medidas realmente dañinas e injuriosas contra el clero y contra los laicos cristianos. Un claro ejemplo de rechazo del pueblo contra  este comportamiento lo encontramos en el luctuoso hecho histórico que anteriormente hemos mencionado, <La Epopeya de La Vandee>.

 
 
 
La gesta llevada a cabo por los campesinos, de esta región de Francia, cuyo amor a Cristo, les hizo levantarse en armas contra los revolucionarios, llevando en sus ropas  la imagen del Sagrado Corazón de Jesús siempre será recordada con admiración y cariño por la Iglesia de Cristo.


Esta región de Francia había sido evangelizada por san José María Grignión de Montfort (terciario dominico), y fue tan buena su labor evangelizadora que inmunizó contra el virus de la Revolución a sus habitantes.

Este hombre santo sentía gran amor por Cristo y  por su Madre,  la Virgen María, de forma que mediante los Sacramento instituidos por el Señor y la oración del santo Rosario, consiguió enfervorizar a las gentes tanto, que fueron capaces, llegado el momento, de aceptar la lucha y dar la vida por defender sus creencias.

 
 
 
 
El Papa san Juan Pablo II durante la Beatificación, de estos mártires llevada a cabo en la Basílica de san Pedro llegaba a decir: “Esta Beatificación será una etapa nueva para toda la Iglesia, y en particular para los Obispos, los padres, los religiosos y los fieles de esta Diócesis situada en el  oeste de Francia, a la que pertenecieron estas bienaventuradas personas…

Es para todos una gran alegría el saber cuan cerca de Dios se encuentran estos hombres y mujeres que dieron sus vidas por su patria y sus creencias; admiramos su fe y el coraje demostrado por defenderlas…
 
 
Estos mártires nos invitan también a pensar en la multitud de creyentes que han sufrido la persecución y la sufren hoy en día, en todo el mundo, de una forma encubierta, lacerante y muy grave, porque conlleva la falta de libertad religiosa, la discriminación, la imposibilidad de defenderse, la muerte civil…Debemos pedir para todos el coraje necesario para defender nuestra fe, la fidelidad sin fallos a Jesucristo y a su Iglesia, tanto en tiempos de prueba, como en la vida cotidiana.

 
Para nuestro mundo, con frecuencia excesivamente indiferente o ignorante del Mensaje de Cristo, el testimonio dado por estos mártires es un magnífico ejemplo: Jesucristo está vivo, nos regaló el Sacramento de la santísima Eucaristía para  vivir su vida y con la devoción a la Virgen María nos ayuda a cumplir con sus mandatos.

 
 
Nuestro amor a la santa madre Iglesia nos conduce a estar <unidos en la fe>; la unidad fraterna y la paz son el fruto del Espíritu de Jesús; el ardor misionero toma conciencia de este testimonio; no podemos guardar cerrada tan luminosa Lámpara”