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martes, 19 de junio de 2012

JESÚS ELEVO LA ALIANZA MATRIMONIAL A LA DIGNIDAD DE SACRAMENTO ENTRE LOS BAUTIZADOS


"Y acercándose unos fariseos, le preguntaban con ánimo de tentarle: ¿Si es lícito al marido repudiar a su mujer? / El respondiendo, les dijo: ¿Qué os mandó Moisés? / Ellos dijeron: Moisés permitió escribir libelo de divorcio y repudiar / Más Jesús les dijo: En razón de vuestra dureza de corazón os escribió este precepto / Más desde el principio de la creación <varón y hembra los hizo / por causa de esto dejará el hombre su padre y madre / y se harán los dos una sola carne>. Así que ya no son dos, sino una sola carne / Lo que Dios, pues, juntó, el hombre no lo separe  / Y en llegando a casa de nuevo, los discípulos le interrogaban acerca de esto / Y les dice: Quien repudiare a su mujer y se casase con otra, comete adulterio contra la primera / y si la mujer repudiare a su marido y se casase con otro, comete adulterio"


Las palabras del Señor señalan con transparencia que el matrimonio es un Sacramento que implica indisolubilidad del vínculo, como elevación y consagración que Jesucristo ha hecho del contrato, constituyéndolo en signo eficaz de la gracia (Catecismo de la Iglesia Católica; nº 1601):

“La alianza matrimonial, por la que al varón  y  la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevado por Cristo Nuestro Señor a la dignidad de Sacramento entre los bautizados”

Precisamente el Papa Pio XI en su Carta Encíclica <Casti Connubii>, defendió la indisolubilidad del matrimonio, en unos momentos en los que las <crisis matrimoniales> ya se dejaban sentir en la sociedad de manera alarmante (Casti Connubii, dada en Roma el 31 de diciembre de 1930. Año noveno de su Pontificado):

 
 
“En primer lugar, como fundamento firme e inviolable quede asentado, que el matrimonio no fue instituido ni restaurado por obra de los hombres, sino por obra divina, que no fue protegido, confirmado ni elevado con leyes humanas, sino con leyes del mismo Dios, autor de la naturaleza, y de Cristo Señor, Redentor de la misma, y que, por lo tanto, sus leyes no pueden estar sujetas al arbitrio de ningún hombre, y ni siquiera al acuerdo contrario de los mismos cónyuges.


Esta es la doctrina de la Santa Escritura, ésta la constante tradición de la Iglesia universal, ésta la definición solemne del Santo Concilio de Trento, el cual, con las mismas palabras, del texto Sagrado, expone y confirma que el perpetuo e indisoluble vínculo del matrimonio, su unidad y su estabilidad tienen por autor a Dios (Conc.Trid.sess.24)”

 
 
 
En el libro del Génesis (Antiguo Testamento), podemos leer las palabras que recordó Jesús a los fariseos, sobre la naturaleza del hombre y de la mujer y el vínculo entre ambos (Gen 1, 26-28): "Entonces dijo Dios: Hagamos un hombre a imagen nuestra, con forme a nuestra semejanza, porque domine en los peces del mar, en las aves del cielo, y en los ganados, y en todas las fieras de la tierra, y en todo reptil que repta sobre la tierra"

"Creó, pues, Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios creólo, macho y hembra los creó / Y los bendijo Dios y díjoles: Procread y multiplicaros, y henchid la tierra y sojuzgadla, y dominad en los peces del mar, y en las aves del cielo, y en toda bestia que se mueve sobre la tierra"

 
 
 
 
En este sentido, el gran Papa León XIII, que tanto combatió por la Iglesia de Cristo en el siglo XIX y principios del siglo XX, dijo recordando también el libro del Génesis y los Evangelios,  y exhortando, en particular, a sus Obispos para que actuaran a favor del matrimonio (Carta Encíclica <Arcanum Divinae Sapientiae>. Dada en Roma el 10 de febrero de 1880):
“Para todos consta, venerables hermanos, cual es el verdadero origen del matrimonio. Pues, a pesar de que los detractores de la fe cristiana traten de desconocer la doctrina constante de la Iglesia acerca de este punto y se esfuerzan ya desde tiempo por borrar la memoria de todos los siglos, no han logrado, sin embargo, ni extinguir, ni siquiera debilitar la fuerza de la luz de la verdad.

Recordemos cosas conocidas de todos y de las que nadie duda: después del sexto día de la creación formó Dios al hombre del limo de la tierra e infundió en su rostro el aliento de vida, quiso darle una compañera, sacada admirablemente de él mismo mientras dormía (Gen 2, 1-21).  

 


Y aquella unión del hombre y de la mujer, para responder de la mejor manera a los sapientísimos designios de Dios, manifestó desde ese mismo momento dos principalísimas propiedades, nobilísimas sobre todo y como impresas y grabadas ante sí: unidad y perpetuidad (Gen 2, 24-25).

Y esto lo vemos declarado y abiertamente confirmado en el Evangelio por la autoridad divina de Jesucristo, que atestiguó a los judíos, y a los apóstoles que el matrimonio, por su misma institución sólo puede verificarse entre dos, esto es, entre un hombre y una mujer; que estos dos vienen a resultar como una sola carne, y que el vínculo nupcial está tan íntima y tan fuertemente atado por la voluntad de Dios, que por nadie de los hombres puede ser desatado o roto.

 
 
 
Se unirá <el hombre a su esposa y serán dos en una misma carne. Por consiguiente, lo que Dios
unió, el hombre no lo separe>  (Mt 19, 5-6)  

¿Qué pensaría el Papa León XIII si escuchará y viera las atrocidades que se dicen y se hacen con el sagrado Sacramento del matrimonio en la actualidad? Solo se explica tal comportamiento admitiendo que el hombre ha perdido como se suele decir <el norte>, más aún, se ha dejado arrastrar por su naturaleza, siempre tendiente al mal, olvidándose de sus deberes para con el Creador.

Tal parece, en esto, como en otros temas de la vida, que se aproximan los tiempos finales, pues Satanás se encuentra presente, ya ni siquiera de forma solapada, sino abiertamente, en cualquier ocasión, llevando a la ruina a las familias que deberían ser el bien más preciado de la humanidad.

No obstante, hay que admitir que este comportamiento de los hombres, en contra de lo establecido por Dios, respecto a la unión entre hombre y mujer, en tiempos de Jesucristo ya había pasado por situaciones igualmente perversas, fue por ello que Jesús elevó este vínculo a la categoría de Sacramento.
En efecto, también San Mateo en su Evangelio, narró lo sucedido al inicio del viaje del Señor hacia Jerusalén desde Galilea, cuando se le acercaron los fariseos con ánimo de ponerle en un compromiso, al hacerle la  pregunta: ¿Es lícito repudiar a la mujer por cualquier motivo?

Jesús les respondió con las palabras que el Papa León XIII recordaba en su carta Encíclica, las cuales ponían en evidencia la unidad matrimonial. Pero los fariseos no se conformaron con su repuesta e insistieron: ¿Cómo ordenó Moisés dar libelo de divorcio y repudiar? A lo que el Señor les respondió <por la dureza de vuestro corazón, os lo permitió Moisés, más desde el principio no fue así>.  

 
 
A propósito de estas palabras del Señor, el Papa León XIII, en la Carta Encíclica mencionada anteriormente, recordaba también a todos los miembros de la Iglesia, la corrupción de la unión matrimonial en la antigüedad, después de haberse deteriorado ésta, a lo largo de los siglos:

“Pero esta forma del matrimonio, tan excelente y superior, comenzó poco a poco a corromperse y desaparecer entre los pueblos gentiles; incluso entre los mismos hebreos pareció nublarse y oscurecerse.

Entre éstos, en efecto, había prevalecido la costumbre de que fuera lícito al varón tener más de una mujer, y luego, cuando, por la dureza de corazón de los mismos, Moisés les permitió indulgentemente la facultad de repudio, se abrió la puerta a los divorcios.

Por lo que toca a la sociedad pagana apenas cabe creerse cuánto degeneró y que cambios experimentó el matrimonio, expuesto como se hallaba al oleaje de los errores y de las más torpes pasiones de cada pueblo.
 
 
Todas las naciones parecieron olvidar, más o menos, la noción y el verdadero origen del matrimonio, dándose por dondequiera leyes emanadas, desde luego, de la autoridad pública,  pero no las que la naturaleza dicta.

Ritos solemnes, instituidos al capricho de los legisladores, conferían a la mujeres, el título honesto de esposas o el torpe de concubinas; se llegó incluso a que determinara la autoridad de los gobernantes a quiénes les estaba permitido contraer matrimonio y a quiénes no, leyes que conculcaban gravemente la equidad y el honor.

La poligamia, la poliandria, el divorcio, fueron otras tantas causas, además, de que se relajara enormemente el vínculo conyugal. Gran desorden hubo también en lo que atañe a los mutuos derechos y deberes de los cónyuges, ya que el marido adquiría el dominio de la mujer y muchas veces la despedía sin motivo alguno justo, en cambio, a él, entregado a una sensualidad desenfrenada e indomable, le estaba permitido discurrir impunemente entre lupanares y esclavas, como si la culpa dependiera de la dignidad y no de la voluntad (San Jerónimo. Opera t.1 co 1.455.).

 
 
 
 
Imperando la licencia marital, nada era más miserable que la esposa, relegada a un grado de abyección tal, que se consideraba como un instrumento para la satisfacción del vicio o para engendrar hijos.

Impúdicamente se compraba y se vendían a las que iban a casarse, cual si se tratara de  cosas materiales, concediendo a veces al padre y al marido incluso la potestad de castigar a la esposa con el último suplicio.

La familia nacida de tales matrimonios necesariamente tenía que contarse entre los bienes del Estado o se hallaba bajo el dominio del padre, a quien las leyes facultaban además, para proponer y concertar a su arbitrio los matrimonios de sus hijos, y hasta para ejercer sobre los mismos la monstruosa potestad de vida y muerte”.

El panorama histórico sobre la unión matrimonial, que tan magníficamente describe el Papa León XIII, de forma resumida, es devastador, pero no por ello menos extremadamente cierto. Estas cosas son las que sucedieron en los tiempos antiguos, antes de la venida del Mesías a la Tierra, para salvar a los hombres.

Sin embargo si lo pensamos bien, nos damos cuenta que en muchos aspectos, y en particular en lo referente al tema del divorcio, en el momento actual las cosas han retrocedido a la época del paganismo, a pesar de que Cristo ennobleciera el vínculo del matrimonio elevándolo a Sacramento y transmitiera esta doctrina a sus Apóstoles, porque deseaba que los esposos, a través de los siglos fueran fieles a esta unión libremente elegida.

Por ello ante la aptitud de la sociedad moderna frente al matrimonio,  es necesario seguir recordando lo que  el Papa León XIIII enseñaba en su carta Encíclica:
“Tan numerosos vicios, tan enormes ignominias como mancillaban el matrimonio, tuvieron, finalmente, alivio y remedio, sin embargo, pues Jesucristo, restaurador de la dignidad humana,  y perfeccionador de la ley mosaica, dedicó al matrimonio un no pequeño ni el menor de sus cuidados.

Ennobleció, en efecto, con su presencia las bodas de Caná de Galilea, inmortalizándolas con el primero de sus milagros (Jn 2, 1-11), motivo por el que, ya desde aquel momento, el matrimonio parece haber sido perfeccionado con principios de nueva santidad.
 


Por todo ello, después de refutar las objeciones fundadas en la ley mosaica, revistiéndose de la dignidad de legislador supremo, estableció sobre el matrimonio esto: <Os digo, pues, el que abandona a su mujer, a no ser por causa de fornicación, y toma otra, adultera, y el que toma  a la abandonada, adultera> (Mat 19, 9)” 

Las mujeres pertenecientes a los llamados <movimientos feministas>, deberían sentirse contentas, si leyeran los Evangelios, en lugar de criticar a la Iglesia de Cristo por sus normas de moralidad en lo referente a la unión matrimonial, porque en modo alguno se podría decir que su Fundador no fuera defensor de los derechos de las mujeres, elevando la unidad conyugal hasta el nivel de la gracia sacramental, para evitar las enormes tropelías que se producían en el antigüedad sobre esta institución divina.

También los Apóstoles y sus sucesores, los Obispos de todos los siglos, han defendido la institución del matrimonio y la dignidad de la mujer dentro y fuera de él, tal como demuestran las cartas Encíclicas, las Homilías y demás escritos de los Santos Pontífices, como en el caso del Papa que ahora estamos recordando, León XIII, que luchó denodadamente por el bien de las familias, denunciando los extravíos de las sociedades antiguas y modernas en lo referente al sagrado mandato de Jesucristo.

El Papa León XIII habló de manera clara y sin igual sobre este Sacramento, destacando cómo, por desgracia, los hombres de su siglo atacaban a la Iglesia, negándole su potestad sobre el mismo.

Por tanto, la cosa viene de lejos, es decir, ya en el siglo XIX, los divorcios fueron creciendo de forma dolorosa y a ello contribuyó, sin duda, el hecho de haberle arrebatado a la Iglesia católica la potestad de instituir y de dictar leyes sobre este tema, olvidando los poderes civiles, el origen divino del matrimonio que durante tanto tiempo, desde que Jesucristo lo ennobleció, había llenado de luz la vida de las civilizaciones durante largos siglos.

Pero que se puede decir, por desgracia, de los siglos posteriores al siglo XIX y en particular de los inicios del siglo XXI en los que actualmente nos encontramos, respecto a la Sagrada institución del matrimonio cristiano…

La situación del Sacramento del matrimonio ha llegado ya a límites insospechados, el número de divorcios crece de día en día entre los no católicos, y también entre los católicos, y las leyes civiles que los regulan son cada vez más injustas y desproporcionadas, pues olvidan muchas veces, incluso, el bien de los hijos.

 
 
Y con ser terrible esta situación, todavía lo es más, el hecho de que muchos hombres y mujeres, desde hace ya tiempo, han aceptado como normal la misma; y todavía para mayor desgracia, entre  algunos católicos existe un cierto resentimiento contra la Iglesia de Cristo por no aceptar las nuevas corrientes que un laicismo desmedido toma como modelo a seguir en aras de la modernidad.

Muchos incluso, critican la situación dentro de la Iglesia de las parejas divorciadas que vuelven a contraer nupcias con otras personas por las leyes civiles, o simplemente se juntan para convivir en concubinato.

Se extrañan  y denuncian el hecho de que estas personas, estando bautizadas, no puedan recibir el Sacramento de la Comunión. Así, por ejemplo, lo ponía de manifiesto un periodista que entrevistando al Papa Benedicto XVI, cuando todavía era el Cardenal Joseph Ratzinger, le preguntaba por el tema.  

Y es que durante su Cardenalato el Papa Benedicto XVI  fue Prefecto de la Congregación para la propagación de la fe (1981), trabajando con ahínco sobre temas tan espinosos y desafortunados para la Iglesia, como la <teología de la liberación>, la <ordenación sacerdotal de las mujeres>, el <celibato de los sacerdotes>, la <utilización de los preservativos> y las <sectas>, entre otros muchos problemas de gran actualidad durante el tiempo que ocupó su puesto por encargo del Papa Juan Pablo II.
 
 
Por ello, la respuesta dada por el entonces Cardenal, luego Benedicto XVI, al periodista está llena de rigor y conocimiento de causa (La sal de la tierra Joseph Ratzinger. Libros Palabras. 11ª Edición. Noviembre 2009):
“Debo precisar, antes de nada, que estos cónyuges desde un punto de vista puramente jurídico no están excomulgados formalmente. La excomunión es un conjunto de medidas punitivas eclesiales, una limitación en la participación de la vida de la Iglesia. Pero esas sanciones no se les impone a ellos (se refiere el Cardenal a los cónyuges que, divorciados, luego se casan civilmente en matrimonio no reconocido por la Iglesia). Aunque lo que salta más a la vista, es decir, no poder comulgar, les afecta. Pero, como decía, no están excomulgados en el sentido jurídico. Esas personas siguen siendo miembros de la Iglesia, pero, por unas determinadas circunstancia de sus vidas, no pueden recibir la comunión. No cabe duda que esto es un grave problema para nuestra sociedad en la que el número de matrimonios deshechos va en aumento…

Las cosas se juzgarían de distinto modo si volviera a ser manifiesto que hay otros que también dicen: <así no puedo comulgar>, <no tengo la conciencia limpia>, y así, como dijo San Pablo, antes de recibir el Cuerpo de Cristo, cada uno debe examinar su conciencia, entonces se juzgaría de otro modo. Esta es una condición, la otra es que esas personas deben experimentar que, a pesar de todo, la Iglesia les acoge y sufre con ellas”.

Sí, porque las palabras de Cristo, a este respecto, fueron muy claras y contundentes (Mc 10, 12). Por tanto, como sigue diciendo el Papa (siendo todavía el Cardenal Ratzinger):
 
 



Pero el principio fundamental es definitivo, es decir, que el matrimonio es indisoluble, y el que abandona un matrimonio válido, el Sacramento, para volver a contraer matrimonio, no puede comulgar. Esto es un principio válido de modo definitivo”


Esta última reflexión del entonces Cardenal Ratzinger, es muy importante, porque uno de los bienes fundamentales del matrimonio es el hecho de ser un Sacramento, y esto evita que este se disuelva y que el abandonado o abandonada, o ambos a la vez, se junten con otras parejas, aún sin intención de tener más hijos, en perjuicio de la institución de la familia, tal como recordaba el Papa Pio XI (Carta Encíclica <Casti Connubii>:
 
 
 
 
“Se completa el cúmulo de grandes beneficios (unidad, castidad, caridad…) y por decirlo así, hallase coronada (la alianza matrimonial), con aquel bien del matrimonio que en frase de San Agustín, hemos llamado Sacramento, palabra que significa tanto la indisolubilidad del vinculo, como la elevación y consagración que Jesucristo ha hecho del contrato, constituyéndole signo eficaz de la gracia.

Porque este Sacramento, no solamente aumenta la gracia santificante, principio permanente de la vida sobrenatural, sino que añade peculiares dones, disposiciones y gérmenes de gracia, elevando y perfeccionando las fuerzas de la naturaleza, de suerte tal que los cónyuges pueden no solamente atender bien, sino íntimamente saborear, retener con firmeza, querer con eficacia y llevar a la práctica todo cuanto pertenece al matrimonio y a sus fines y deberes; y por ello le concede, además, el derecho al auxilio actual de la gracia, siempre que la necesiten, para cumplir con las obligaciones de su estado”.

Sí, porque el matrimonio, por desgracia, también se encuentra sometido a la esclavitud del pecado, y solamente con la ayuda de la gracia que el Sacramento instituido por Jesucristo proporciona, los cónyuges pueden luchar con perspectivas de triunfo contra los males que constantemente les acechan: celos, espíritu de dominio, infidelidad, espíritu de discordia, y multitud de conflictos que pueden llevar hasta el odio y la ruptura final de la pareja.

En tales circunstancias, el don de la gracia recibido con el Sacramento del matrimonio queda en parte anulado y por ello los cónyuges deben, desde el principio, cultivar este don recibido de manera que éste se refuerce con el paso del tiempo y de lugar a la santificación de la vida matrimonial. Porque como también dijo el Papa Pio XI en la Carta Encíclica mencionada anteriormente:

“Los mismos cónyuges, no ya encadenados, sino adornados; no ya impedidos, sino confortados con el lazo de oro del Sacramento, deben procurar resueltamente que su unión conyugal, no sólo por la fuerza y la significación del Sacramento, sino también por su espíritu y su conducta de vida, sea siempre imagen, y permanezca ésta viva, de aquella fecundísima unión de Cristo con su Iglesia, que es en verdad, el misterio venerable de la perpetua caridad”
 
 

 
 Estas palabras del Papa están en consonancia con aquellas otras pronunciadas por el Apóstol San Pablo, en su <Carta a los Efesios>, la cual iba destinada probablemente a la Iglesia del Asía proconsular, pero que por extensión incumbe a todos los católicos a lo largo de los siglos, y cuyo tema central es el <misterio> de la universalidad de la salvación,  y donde se refiere a los deberes conyugales de la pareja (Ef 5, 25-27)  

 
Sin embargo, la pregunta que surge en el momento actual, en el que el número de divorcios sigue creciendo en forma exponencial es: ¿Cuál puede ser la causa o los motivos de una situación tan alarmante?
 
 


En realidad el tema de las crisis matrimoniales no es nuevo, como ya hemos recordado en palabras del Papa León XIII, el cual con su clarividencia característica y asistido sin duda por el Espíritu Santo, también mencionaba en su Carta Encíclica los móviles existentes ya en el siglo XIX, los mismos, por cierto, que existen en el siglo XXI, junto a otros que han aumentado la lista de los anteriores, con los que el divorcio causan estragos entre las familias:


“Si se considerara a que fin tiende la divina institución del matrimonio, se vería con toda claridad que Dios quiso poner en él las fuentes ubérrimas de la utilidad y de la salud publicas…grandes y valiosos beneficios produjo realmente el matrimonio mientras que conservó sus propiedades de santidad, unidad, y perpetuidad, de los que recibe toda su fructífera y saludable eficacia; y no cabe la menor duda de que hubiera producido semejantes e iguales, si siempre en todas partes se hubiera hallado bajo la potestad de la Iglesia, que es la más fiel conservadora y defensora de tales propiedades.

Más, al surgir por doquier el afán de sustituir por el humano los derechos divino y natural, no sólo comenzó a desvanecerse la idea y la noción nobilísima a que la naturaleza había impreso y como grabado en el ánimo de los hombres, sino que incluso en los mismos matrimonios entre cristianos, por perversión humana, se ha debilitado mucho aquella fuerza procreadora de tan grande bienes ¿Qué de bueno puede reportar, en efecto, aquellos matrimonios de los que se halla ausente la religión cristiana, que es madre de todos los bienes, que nutre e impele a cuanto puede honrar a un ánimo generoso y noble?"

Quizás habrá personas que  un momento de la historia en que se ataca con saña al cristianismo, se asombren o incluso  puedan escandalizarse ante esta pregunta acuciante de un Papa del siglo XIX. No obstante, la respuesta a su pregunta la podemos deducir sin grandes dificultades, observando el discurrir cotidiano de los matrimonios en este siglo. En efecto, los estudios estadísticos llevados a cabo sobre el tema del divorcio, nos señalan un aumento muy preocupante de las crisis matrimoniales que finalmente conducen, casi siempre, a una ruptura definitiva, con las terribles consecuencias que se desprende, de este hecho, para las familias rotas, y en particular para los hijos habidos en las misma, que suelen llevarse la peor parte.
 
 
Hay que tener en cuenta, sin embargo, que no siempre las familias rotas pertenecen a aquel grupo que se ha desviado de la religión católica, aunque sí es cierto, que en la mayoría de estos casos, al menos se constata, un apartamiento de las propuestas morales de la Iglesia, en aras del materialismo y relativismo de la sociedad actual.

Ello conduce en ocasiones a una falta de religiosidad que finalmente provoca un total, o parcial alejamiento de las buenas costumbres de sociedades anteriores. Por todo ello, no es exagerado, ni falto de realismo el mensaje que el Papa León XIII daba en su Carta Encíclica <Arcanum divinae sapientae>, la cual deberían leer las nuevas generaciones, para estar prevenidos de los peligros que acechan al Sacramento del matrimonio, en el momento actual.
Porque desterrada y rechazada la religión y sin otra defensa en el momento actual, que la bien poca eficaz honestidad natural, los matrimonios tienen que caer necesariamente de nuevo en la esclavitud de la naturaleza viciada y en la tiranía de las pasiones:

"De esta fuente han manado múltiples calamidades, que han influido no solo sobre las familias, sino incluso sobre las sociedades, ya que, perdido el saludable temor de Dios, y suprimido el cumplimiento de los deberes, que jamás en parte alguna ha sido más estricto que en la religión cristiana, con frecuencia ocurre, cosa fácil en efecto, que las cargas y obligaciones del matrimonio parecen a penas soportables y muchos ansían liberarse de un vínculo que, en su opinión, es de derecho humano y voluntario, tan pronto como la incompatibilidad de caracteres, o las discordias, o la violación de la fidelidad por cualquiera de ellos, o el consentimiento mutuo u otras causas aconsejen la necesidad de separarse" (Papa León XIII; Ibid).     

 
 
 
Ratificando las palabras del Papa León XIII, algunos años después otro Pontífice, Pio XI en los albores del siglo veinte, tras muchos años en los que la falta del santo temor de Dios había dado como resultado la posibilidad civil de ruptura del vínculo matrimonial, con la consiguiente catástrofe para el régimen familiar, aseguraba en su Carta Encíclica <Casti Connubii>:      

“A la sola luz de la razón natural, y mucho mejor si se investigan los vetustos monumentos de la historia, si se pregunta a la conciencia constante de los pueblos, si consultan las costumbres e instituciones de todas las gentes, consta suficientemente que hay, aún en el matrimonio natural, un algo sagrado y religioso, <<no advenedizo, sino ingénito; no procedente de los hombres, sino innato, puesto que el matrimonio tiene a Dios por autor, y fue desde el principio como una especial figura de la Encarnación del Verbo de Dios>> (León XIII; C. E. Arcanum Divinae Sapintiae).

Esta naturaleza sagrada del matrimonio, tan estrechamente ligada con la religión y las cosas sagradas, se deriva del origen divino arriba recordado; de su fin que no es sino el de engendrar y educar hijos para Dios, y unir con Dios a los cónyuges mediante  un mutuo y cristiano amor, y, finalmente, del mismo natural oficio del matrimonio, establecido con providentísimo designio del Creador, a fin de que fuera algo así como el vehículo de la vida, por el que los hombres cooperaran en cierto modo con la divina omnipotencia. A lo cual, por razón del sacramento, debe añadirse un nuevo título de dignidad que ennoblece extraordinariamente al matrimonio cristiano, elevándolo a tal alta excelencia que para el Apóstol aparece como un misterio grande y en todo honroso”.
 
 
 
 

"Persevere el amor fraterno / No olvidéis la hospitalidad, ya que por ella, algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles / Acordaos de los presos, como encadenados con ellos; de los afligidos, como que también vosotros estáis en el cuerpo / Tened todos, el matrimonio, en gran honor, y el lecho conyugal sin mancilla; pues Dios juzgará a los fornicadores y adúlteros"

Por eso, el Papa, continúa diciendo en su Encíclica:
“Este carácter religioso del matrimonio, con su excelsa significación de la gracia y la unión entre Cristo y la Iglesia, exige de los futuros esposos una santa reverencia hacia el matrimonio, y un cuidado y celo también santos, a fin de que el matrimonio que intentan contraer, se acerque lo más posible, al prototipo de Cristo y de la Iglesia…”

 
 
 
Teniendo en cuenta las enseñanzas de Cristo, de los Apóstoles, y de los santos Padres de la Iglesia, el Catecismo de la Iglesia Católica, cita entre las ofensas a la dignidad del matrimonio, el divorcio, el cual atenta contra la inviolabilidad de este Sacramento (Mc 10, 2-2):
“Entre bautizados católicos, el matrimonio rato y consumado, no puede ser disuelto por ningún poder humano, ni por ninguna causa fuera de la muerte (Canon 1141)”.


Por ello el divorcio, es una ofensa grave a la ley natural, ley que por cierto, hoy en día se trata de conculcar en otras muchas ocasiones... 
Pretende romper el contrato, aceptado libremente por los esposos, de unión hasta la muerte y  además, el divorcio atenta contra la Alianza de salvación, de la cual el matrimonio sacramental es un signo.
El hecho de contraer una nueva unión, aunque reconocido civilmente, aumenta, sin duda, la gravedad de la ruptura y entonces el cónyuge de nuevo casado, se encuentra en situación de adulterio público y perenne (C.I.C nº 2384).
Y Todavía más, como sigue diciendo el Catecismo de la Iglesia Católica (nº 2385):

“El divorcio adquiere también un carácter inmoral, a causa del desorden que introduce en la célula familiar, y en la sociedad. Este desorden  entraña daños graves: para el cónyuge, que se ve abandonado; para los hijos, traumatizados por la separación de los padres,  y a menudo viviendo en tensión a causa de sus padres; por su efecto contagioso, que hace de él una verdadera plaga social”

Las estadísticas hablan por sí solas, en Bélgica, por ejemplo, entre 1971 y 1985 el porcentaje de divorcios creció desde un 10% a un 32%; también en Francia tuvo lugar un crecimiento en el número de divorcios desde un 12% a un 40% entre esos mismos años, así mismo, en Holanda, el crecimiento en el número de divorcios en ese mismo periodo de tiempo, fue desde un 9% a un 30%. A pesar de todo, fueron los Estados Unidos y Dinamarca los países con peores datos, en este mismo periodo de tiempo, pues el número de casos de divorcios fue cercano al 50% (Estadísticas del <Demografhic Yearbook> de 1990 de Naciones Unidas).
 
 Por otra parte, en  Alemania Federal, cuya ley de divorcio se dictó en 1976, la tasa de rupturas matrimoniales aumentó desde el 22% hasta el 32%, en Canadá cuya ley de divorcio se dictó en 1968 el número de rupturas creció desde un 8% hasta un 40% y en Estados Unidos cuya ley de divorcio data de 1969 el número de fracasos conyugales paso de un 28% hasta un 50%, respectivamente. Y así sucesivamente…Por eso, los especialistas en temas de la familia, han llamado a este fenómeno <plaga del divorcio>, <espiral del divorcio>, ó <efecto bola de nieve del divorcio>…


Ante estos hechos es importante <la presentación positiva de la unión indisoluble para redescubrir el bien y la belleza, pero ante todo es necesario superar la visión de la indisolubilidad como un límite de la libertad de los contrayentes, y por tanto como un peso que en algún momento puede resultar insoportable>, en palabras  del Papa Juan Pablo II (Discurso ante el Tribunal de la Rota Romana. En la inauguración del año judicial. Lunes 28 de enero de 2002).
 
 
 
 
Al Papa Juan Pablo II le también le preocupaba mucho la situación del Sacramento del matrimonio, que ya en  su tiempo, muy cercano al nuestro, era sumamente peligrosa, y que con anterioridad también habían preocupado a otros Pontífices, aun cuando las cosas no habían llegado a la permisividad actual, pero que sin embargo, ya anunciaba el desastre que se avecinaba.

 
Por eso, en su discurso al Tribunal de la Rota (Ibid), advertía también que:
 
“No hay que rendirse a la mentalidad divorcista; lo  impide la confianza en los dones naturales y sobrenaturales dados por Dios al hombre. La actividad pastoral, debe sostener y promover la indisolubilidad. Los aspectos doctrinales son transmitidos, aclarados y defendidos, pero son aún más importantes las acciones coherentes.

Cuando una pareja atraviesa una dificultad, la comprensión de los Pastores y de los otros fieles debe estar unida a la claridad y fortaleza para recordar que el amor conyugal es la vía para resolver positivamente la crisis.

Precisamente porque Dios los ha unido mediante un ligamento indisoluble; marido y mujer, empleando con buena voluntad  todos los medios humanos, pero sobre todo, fiándose de la ayuda de la gracia divina, pueden y deben salir renovados y fortalecidos de los momentos de desconcierto”


 
 
Por último debemos tener presente que la Iglesia al mismo tiempo que enseña las exigencias de las leyes de Dios, de la misma manera nos habla de la salvación si cumplimos con ellas y nos advierte que los Sacramentos, también el del matrimonio, es un camino que nos conduce a la santidad y como el Papa Pablo VI aseguraba en su Carta Encíclica <Humanae vitae> (dada en Roma el 25 de julio de 1968):

“Los esposos cristianos, dóciles a su voz, deben recordar que su vocación cristiana, iniciada en el bautismo, se ha especificado y fortalecido ulteriormente con el Sacramento del matrimonio.

Por lo mismo, los cónyuges quedan corroborados y como consagrados para cumplir fielmente los deberes, para realizar su vocación hasta la perfección y para dar un testimonio, propio de ellos, delante del mundo.

A ellos ha confiado el Señor la misión de hacer visible ante los hombres la santidad y la suavidad de la ley, que une el amor mutuo de los esposos con su cooperación al amor de Dios, autor de la vida humana”   

    

viernes, 11 de mayo de 2012

JESÚS NOS MOSTRÓ QUE EL DON DE LA FE ES UNIVERSAL (I)


 
 



Jesús nos mostró que el don de la fe es universal, es decir, para todos los hombres, pues no vino al mundo para salvar solamente al pueblo judío, al pueblo elegido por Dios del Antiguo Testamento, sino también a los gentiles, esto es, al resto de la humanidad, tal como atestiguó con sus palabras y con sus obras.

Dos condiciones son imprescindibles para conseguir el don inestimable de la fe, por una parte, la <constancia> en pedirlo, y por otra, la <confianza> en recibirlo por la misericordia de nuestro Señor Jesucristo. Dos virtudes que indudablemente Jesús encontró presentes en forma notoria, en aquel centurión del ejército romano, el cual le suplicó que curara a un siervo por el que sentía gran estima. El hecho ocurrió a la entrada de Cafarnaúm, durante el ministerio del Señor en Galilea, tal como nos narran los evangelistas San Mateo y San Lucas.

Así por ejemplo, en el evangelio de San Mateo leemos como sigue (Mt 8, 5-13):

"Y habiendo entrado en Cafarnaúm, se llegó a él un centurión, rogándole y diciendo: Señor, mi muchacho yace en cama paralitico, presa de atroces torturas / Y le dice Jesús: Allá voy, y lo curaré / Y respondiendo el centurión, dijo, Señor no soy digno de que entres debajo de mi techo, más ordénalo con una sola palabra, y quedará sano mi muchacho / Que también yo soy un simple subordinado, que tengo soldados a mi mando, y digo a éste: <Ve>, y va, y a otro: <Ven>, y viene; y a mi esclavo: <Haz esto>, y lo hace / Al oír esto Jesús se maravilló, y dijo a los que le seguían: En verdad digo que en nadie hallé tan grande fe en Israel / Y os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente y se recostarán en la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos / en cambio, los hijos del reino serán echados a las tinieblas de allá fuera: allí será el llanto y el rechinar de los dientes / Y dijo Jesús al centurión: Anda; como creíste, hágase contigo. Y sanó al muchacho en aquella hora"



La fe del centurión que tanta admiración causó en Jesús es aquella de la que nos habló el doctor de la Iglesia que en el siglo IV lucho incansablemente contra el arrianismo, esto es, San Cirilo de Jerusalén el cual en su catequesis sobre la fe se expresaba en los siguientes términos (Catequesis V. La fe <objetiva> junto con la fe como actitud):

-Por su nombre la fe es única, pero es en realidad de dos clases. Hay una clase de fe que se refiere a los dogmas, que incluye la elevación y la aprobación del alma con respecto a algún asunto. Ello reporta utilidad para el alma, como dice el Señor: <El que escucha mi palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna y no incurre en juicio (Jn 5, 24) y, además: <El  que cree en él (en el Hijo), no es juzgado> (Jn 3, 18), <sino que ha pasado de la muerte a la vida> (Jn 5,24). ¡Oh gran bondad de Dios para con los hombres! Los justos agradarán a Dios con el trabajo de muchos años. Pero lo que ellos consiguieron  esforzándose en su servicio a Dios durante largo tiempo, esto lo concede a ti Jesús en el estrecho margen de una sola hora. Si crees que Jesucristo es Señor (Rm 10,9; Fip 2,11) y que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo (Rm 10, 9; Rm 1,4; I Co 12, 3) y serás llevado al paraíso por quién en él introdujo al buen ladrón (Lc 23, 43). Y no desconfíes de que esto puede hacerse, pues él que salvó en este santo Gólgota al ladrón tras una fe de una sola hora, ese mismo te salvará a ti también con tal de que creas.

Pero hay otra clase de fe, que es dada por Cristo al conceder ciertos dones. <Porque a uno se le da por el Espíritu Santo palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro fe, en el mismo Espíritu…> (I Cor 12, 8, 9). Esta fe dada como una gracia por el Espíritu, no es sólo dogmática, sino que crea posibilidades que exceden las fuerzas humanas”.


Observamos como San Cirilo evoca constantemente a San Pablo cuando enseña a sus catecúmenos sobre el don inestimable de fe, ya, que este Apóstol de los gentiles, como él mismo se calificaba, podría considerarse el <mensajero de la fe en Cristo como bien universal>  para la salvación de todos los hombres, tal como nos muestran las cartas que escribió a los distintos pueblos que había evangelizado. Así, por ejemplo, en la <Epístola a los romanos>  (hacia el año 57 d.C.), cuando se encontraba él probablemente en Corinto, se presenta a ellos utilizando estas palabras (Rm 1, 14-17):



-Tanto a griegos como a bárbaros, tanto a sabios como simples, soy deudor;

-así, cuanto de mi depende, hay ánimo pronto para anunciar el Evangelio también a vosotros los que habitáis en Roma.

-Porque no me avergüenzo del Evangelio. Pues es una fuerza de Dios, ordenada a la salud, para todo el que cree, así para el judío, primeramente, como para el gentil.

-Porque la justicia de Dios en Él se revela de fe en fe; según está escrito: “Más el justo vivirá por la fe” (Hab. 2, 4).

San Pablo cita al profeta Habacuc (608 o 609 antes de Cristo) en tres ocasiones, en la <Epístola a los romanos> que acabamos de recordar, en la <Epístola a los hebreos> y en la <Epístola a los gálatas>, para confirmar su tesis fundamental de la justificación por la fe en Cristo Jesús. Concretamente en el caso de la carta dirigida a los habitantes de Roma recuerda el siguiente pasaje  del libro del profeta Habacuc (Hab. 2, 1-4):

"Sobre mi puesto de guardia me colocaré, y estaré en pie sobre la fortaleza, y me mantendré alerta para ver qué me dice Él y qué responderá a mi querella / Y contestó Yahveh, el dijo: <Escribe la visión y grábala sobre tablas, para que pueda leerse de corrido / pues es todavía visión a largo plazo, más corre al cumplimiento y no fallará; si tarda, espérala, porque ciertamente ha de acontecer, no faltará> / He aquí que el insolente no tiene el alma rectamente dispuesta, más el justo en su fidelidad vivirá"



Como muy bien interpretó San Pablo, estas palabras de Yahveh al profeta, vienen a significar que, el insolente, el injurioso, en definitiva el descreído, no se encontrará dispuesto para recibir el don de la fe, más el justo se salvará por la fe en Cristo Jesús. Por eso, en esta misma carta a los romanos, en la sección propiamente dogmática sigue expresándose el Apóstol en los términos siguientes (Rm 3, 21-26):

"Ahora, empero, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado, abonada por el testimonio de la ley y de los profetas / pero una justicia de Dios mediante la fe de Jesucristo, para todos y sobre todos los que creen; pues no hay distinción / Porque todos pecadores, se hallan privados de la gloria de Dios / justificados como son gratuitamente por su gracia, mediante la redención que se da en Cristo Jesús / el cual exhibió Dios como monumento expiatorio, mediante la fe, en su sangre, para demostración de su justicia, a causa de la tolerancia con los pecados precedentes / en el tiempo de la paciencia de Dios; para la demostración de su justicia en el tiempo presente, con el fin de mostrar ser Él justo y quién justifica al que radica en la fe en Jesús"

El laicismo,  la corriente de pensamiento, que se produjo en Francia a finales del siglo XIX, y que luego se ha propagado a otros países y lugares del mundo, ha sido probablemente el responsable, en gran medida, del alejamiento de muchos creyentes del don de la fe. San Pablo en su tiempo, tuvo que luchar contra algo similar cuando después de haber evangelizado a las gentes de Corinto, estas se dejaron embaucar por las ideas de aquellos que denostaban el Evangelio que habían recibido. Por eso, San Pablo en su primera Epístola a los corintios les recuerda el poder de Cristo, Muerto y Resucitado.



Este misterio es <el fundamento de nuestra vida, es el Centro de la fe cristiana>, en palabras del Papa Benedicto XVI y  la Cruz es fuerza de Dios y sabiduría de Dios, tal como  nos advierte el Apóstol San Pablo en su carta (I Co 1, 18-25):

"Porque el mensaje de la cruz es necedad para los que se pierden, pero para los que se salvan, para nosotros, es fuerza de Dios / Pues está escrito: Destruiré la sabiduría de los sabios, y desecharé la prudencia de los prudentes / ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el docto? ¿Dónde el investigador de este mundo? / Porque, como en la sabiduría de Dios el mundo no conoce a Dios por medio de la sabiduría, quiso Dios salvar a los creyentes, por medio de la necedad de la predicación / Porque los judíos piden signos, los griegos buscan sabiduría / nosotros en cambio predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, necedad para los gentiles pero para los llamados, judíos y griegos, predicamos a Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios / Porque lo necio de Dios es mas sabio que los hombres, y lo débil de Dios más fuerte que los hombres" 

Con razón el beato Tomas de Kempis en su libro “Imitación de Cristo”, nos habla de cómo el hombre debe sentirse humilde al sopesar sus capacidades:
“Todo hombre, naturalmente, desea saber. Mas ¿ qué aprovecha la ciencia sin temor de Dios? Por cierto, mejor es el rústico humilde que sirve a Dios que el soberbio filósofo que dejando de conocerse, considera el curso del cielo. El que bien se conoce, se tiene por vil y no se deleita en loores humanos. Si supiese cuanto hay en el mundo, y no estuviese en caridad, ¿ qué me aprovecharía ante Dios, que me juzgará según mis obras?"


Sí, porque la fe sin obras, es una fe muerta y las obras sin fe, no salvan, ya que Cristo nos dio un mandamiento nuevo, que <nos amaramos los unos a los otros, como Él nos había amado> , y en eso conocerán las gentes que somos cristianos y hemos sido llevados hacia Cristo por la fe.

Por tanto, está claro que San Pablo se refiere en sus enseñanzas a  los corintios, a esa fe salvadora por Cristo y en Cristo, no existiendo contradicción alguna en las mismas con respecto a lo predicado por los otros Apóstoles, en referencia a Santiago (El Menor), como algunos han querido ver, ya que la fe de la que nos habla el Apóstol nos lleva hacia Cristo y eso implica la caridad, el amor a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a nosotros mismos, demostrado mediante las buenas obras.

En efecto, San Pablo escribió su primera carta a los corintios, en torno al año 57 después de Cristo, encontrándose probablemente en Éfeso, y habiendo sido informado de que la primera comunidad cristianizada por él, había recaído  en  malas costumbres, en la misma les asegura también que la caridad es la mayor de las virtudes, siendo las otras, la fe y la esperanza (I Co 13, 1-13):

"Si hablare las lenguas de los hombres y de los ángeles, más no tuviera caridad, no soy sino un bronce resonante, o un címbalo estruendoso / Y si poseyere la profecía y conociere todos los misterios y toda la ciencia, y si tuviere toda la fe hasta trasladar montañas, más no tuviere caridad, nada soy / Y si repartiere todos mis haberes, y si entregare mi cuerpo para ser abrasado, más no tuviere caridad, ningún provecho saco / La caridad es sufrida, es benigna; la caridad no tiene celos, no se pavonea, no se infla / no traspasa el decoro, no busca lo suyo, no se exaspera, no toma a cuenta el mal / No se goza de la injusticia, antes se goza con la verdad / Todo lo disimula, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera / La caridad jamás decae. Que si profecías, se desvanecerán; que si lenguas, cesarán; que si ciencia, se desvanecerá / Porque parcialmente conocemos y parcialmente profetizamos / mas cuando viniere lo integral, lo parcial se desvanecerá / Cuando era yo niño, hablaba como niño, sentía como niño, razonaba como niño; cuando me he hecho hombre, me he despojado de las niñerías / Porque ahora vemos por medio de espejo en enigma; más entonces, cara a cara. Ahora conozco parcialmente, entonces conoceré plenamente, al modo que yo mismo fui conocido / Ahora subsisten fe, esperanza y caridad, esas tres; más la mayor de ellas es la caridad"


Maravillosa disertación de San Pablo sobre el don de la caridad el cual según el Apóstol está por encima del  carisma, y en la que nos destaca una serie de propiedades que posee este don  que lo hacen eternamente necesario por su eficacia universal. Por otra parte, también nos habla en ella, del conocimiento que tenemos de Dios en esta vida, parcial e imperfecto y lo compara con el que tendremos en la vida futura, total y perfecto, de tal forma que podremos conocer a Dios, aunque no seamos  capaces de comprender el misterio, a la manera que nosotros somos conocidos por Él.

Pero  como  dijo el Papa Beato Juan Pablo II en su Homilía del 30 de enero de 1983, al visitar la Parroquia romana de San Bernabé, respecto de esta carta del Apóstol:
“San Pablo, ante todo, desea resaltar no tanto qué es y qué no es la verdadera caridad, como qué es lo que podemos realizar en la vida si carecemos del verdadero amor. Las expresiones son muy elocuentes.

Tomemos en consideración sólo el versículo <Y si repartiere todos mis haberes, y si entregare mi cuerpo para ser abrasado, más no tuviere caridad, ningún provecho saco>.

Así pues, no debemos juzgar la caridad por las obras externas, sino juzgar con la medida de la caridad todas nuestras obras. Sólo por la virtud de la caridad éstas tienen un valor sobrenatural. Sin la caridad, nuestros actos pueden ser incluso causa de asombro y admiración, pero no tienen valor sobrenatural”

Después de su primera carta a los corintios, San Pablo se vio instado a escribirles una nueva epístola, esta vez, desde Macedonia (hacia el año 57 d. C), la cual les hizo llegar mediante su discípulo Tito. Su objetivo era  poner orden, una vez más, entre los fieles de esta iglesia, ya que se habían infiltrado en la comunidad, enemigos del Apóstol, los cuales pusieron en tela de juicio su poder evangelizador y habían ofendido gravemente su persona.

San Pablo en esta epístola se defiende de las acusaciones vertidas contra él, poniendo al descubierto su noble corazón y el dolor que semejantes acusaciones le habían producido. El proceder del Apóstol, sus fines y sus móviles se expresan en ella mediante la alusión al <tesoro divino en vasos de barro> (II Co 4, 7-15). 
 
 
Como diría el Papa Juan Pablo II en la VIII Jornada mundial de la juventud (14 de agosto de 1993) en la homilía de la misa celebrada en la catedral de la Inmaculada Concepción de Denver, refiriéndose a esta carta del Apóstol San Pablo:

“Sabemos que Cristo no abandona nunca a su Iglesia. En una época como esta, en que muchos están confundidos acerca de las verdades y los valores fundamentales sobre los que deben construir su vida y buscar la salvación eterna; en que muchos católicos corren peligro de perder la fe, la perla de gran valor, en que no hay bastantes sacerdotes, religiosas y religiosos para apoyar y guiar, y tampoco bastantes religiosos de vida contemplativa para presentar a la gente el sentido de la supremacía absoluta de Dios, debemos estar convencidos de que Cristo llama a la puerta de muchos corazones y busca jóvenes como vosotros para enviarlos a la viña, donde les espera una mies abundante.
<Pero-nosotros los seres humanos- llevamos este tesoro en recipientes de barro>. Por eso, a menudo tenemos miedo de las exigencias del amor del Redentor. Podemos tranquilizar nuestras conciencias dándonos a nosotros mismos, pero de modo parcial y limitado, o de algún modo que nos agrade a nosotros, no siempre como el Señor nos sugiere.

Con todo, el hecho de que llevemos ese tesoro en recipientes de barro sirve para hacer patente que <una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros>.

Dondequiera que los jóvenes permiten que la gracia de Dios actúe en ellos y produzca una vida nueva, la fuerza extraordinaria del amor divino se libera dentro de su vida y dentro de la vida de la comunidad. Esa fuerza transforma su actitud y su comportamiento, e impulsa inevitablemente a los demás a seguir el mismo camino aventurado. Esa fuerza viene de Dios y no de nosotros”



Sí, San Pablo siempre puso de manifiesto que la labor evangelizadora de su ministerio apostólico estaba íntimamente relacionada con la muerte de Cristo, porque esta muerte es el principio de nuestra vida divina, y por ello <los ministros del Evangelio deben reproducir en sí mismos la muerte de Cristo para reproducir en los hombres la vida de Cristo> (en palabras del Papa Benedicto XVI).

Sin embargo aunque Dios en su amor infinito hacia los seres inteligentes creados por Él,  haya enviado pruebas tan contundentes y luminosas como la Muerte y Resurrección de su Hijo unigénito, con el fin de hacerlos creyentes, han existido y siempre existirán hombres empeñados en negar la Verdad de Cristo.

Tal como denunció el Papa Pio XII en su carta Encíclica “Humani Generis” (Dado en Roma el 12 de agosto de 1950):


“A  veces la mente humana puede encontrar dificultades hasta para formarse un juicio cierto sobre la credibilidad de la fe católica, no obstante que Dios haya ordenado muchas y admirables señales exteriores, por medio de las cuales, aun con la sola luz de la razón se puede probar con certeza el origen divino de la religión cristiana.

De hecho, el hombre, o guiado por prejuicios o movido por pasiones y la mala voluntad, puede no sólo negar la clara evidencia de esos indicios externos, sino también resistir a las inspiraciones que Dios infunde en nuestras almas”


En efecto, ya en el siglo pasado el Papa Pio XII, en esta carta Encíclica  dándose cuenta de los riesgos que corrían los creyentes frente a la expansión de ciertas teorías engañosas, ponía de manifiesto las doctrinas erróneas que se estaban tratando de imponer por parte de algunos que se consideraban eruditos en materia religiosa, y lo hacía con palabras elocuentes (Carta Encíclica <Humani generis>):

“En las materias de la teología algunos pretenden disminuir lo más posible el significado de los dogmas y librar el dogma mismo de la manera de hablar tradicional ya en la Iglesia y de los conceptos filosóficos usados por los doctores católicos, a fin de volver en la exposición de la doctrina católica, a las expresiones empleadas por las Sagradas Escrituras y por los Santos Padres.

Así esperan que el dogma, despojado de los elementos que llaman extrínsecos a la revelación divina se pueda coordinar fructuosamente con las opiniones dogmáticas de los que se hallan separados de la Iglesia, para que así se llegue poco a poco a la mutua asimilación entre el dogma católico y las opiniones disidentes…

Algunos más audaces afirman que esto se puede hacer, y aún debe hacerse, porque los misterios de la fe -según ellos- nunca se pueden significar con conceptos completamente verdaderos, mas solo con conceptos aproximativos –así los llaman ellos- y siempre mutables, por medio de los cuales de algún modo se manifiesta la verdad, sí, pero necesariamente también se desfigurara…

Estas tendencias no sólo conducen al llamado relativismo dogmático, sino que ya de hecho lo contienen, pues el desprecio de la doctrina tradicional y de su terminología, favorecen demasiado a ese relativismo y lo fomentan…

Por todas estas razones, es de suma imprudencia el abandonar o rechazar o privar de su valor tantas y tan importantes nociones y expresiones que hombres de ingenio y santidad no comunes, bajo la vigilancia del sagrado Magisterio y con la luz y guía del Espíritu Santo, han concebido, expresado y perfeccionado –con un trabajo de siglos- para expresar las verdades de la fe, cada vez con mayor exactitud, y (suma imprudencia es) sustituirlas con nociones hipotéticas o expresiones fluctuantes y vagas de la nueva filosofía, que como las hierbas del campo, hoy existen, y mañana caerían secas, aún más: ello convertiría el mismo dogma en una caña agitada en el viento”

 


Por eso, en total concordancia con su santidad Pio XII, y con los Pontífices de todos los tiempos, en el Catecismo de la Iglesia Católica leemos como sigue (Cat. Iglesia Católica 88, 89 y 90):

-El Magisterio de la Iglesia ejerce plenamente la autoridad que tiene de Cristo cuando define dogmas, es decir, cuando propone, de una forma que obliga al pueblo cristiano a una adhesión irreversible de la fe, verdades contenidas en la Revelación divina, o verdades que tienen con ella un vínculo necesario.

-Existe un vínculo orgánico entre nuestra vida espiritual y los dogmas. Los dogmas son luces en el camino de nuestra fe, lo iluminan y lo hacen seguro. De modo inverso, si nuestra vida es recta,  nuestra inteligencia y nuestro corazón estarán abiertos para acoger la luz de los dogmas de la fe (Jn 8, 31-32).

-Los vínculos mutuos y la coherencia de los dogmas pueden ser hallados en el conjunto de la Revelación del Magisterio de Cristo (Cc. Vaticano I : Ds 3016: “nexus mysteriorum”; LG 25)…

Por otra parte, el Mensaje que Cristo confió a sus Apóstoles para que lo dieran a conocer a todos los hombres, judíos o gentiles, fue transmitido mediante la evangelización oral de todos ellos, pero  también en forma escrita en el caso de los cuatro evangelistas y en particular en el caso de Pablo, Pedro, Santiago (el Menor), Juan y Judas Tadeo, mediante las cartas que dirigieron a las comunidades donde habían ejercido su labor apostólica y por extensión a los creyentes de todos los tiempos.



Más concretamente al Apóstol San Pablo, del que se han conservado más cartas, además de una información extra sobre su labor evangelizadora gracias al libro de San Lucas de los Hechos de los Apóstoles, los pueblos gentiles le deben  una gran parte de su cristianización, muchas veces reflejada en sus epístolas, como sucede en el caso de la que dirigió a los gálatas, pueblo oriundo de la Galia que habiendo conquistado una región del Asia Menor se estableció en ella, recibiendo la misma el nombre de Galacia.

A este pueblo llegó San Pablo en su primera misión apostólica, siendo bien recibido por una gran parte de sus habitantes que acogiendo con alegría el mensaje de Cristo, más por desgracia pasado un corto periodo de tiempo recayó de nuevo en sus errores anteriores, debido en gran medida a la infiltración de judíos cristianizados, partidarios sin embargo del rito de la circuncisión como requisito indispensable de salvación.
Estos judíos cristianos al ver que el Apóstol admitía a gentiles en la Iglesia sin someterles a dicho rito, y dándoles todas las prerrogativas que ellos mismos poseían, debieron pensar que la conducta de San Pablo iba en contra de sus propias ideas (Gal 2, 6-10 <Exordio>):
"Me maravillo de que tan de repente os paséis del que os llamó por la gracia de Cristo a un Evangelio diferente / que no es otro Evangelio, sino que hay algunos que os alborotan y pretenden desquiciar el Evangelio de Cristo / Pero, aun cuando nosotros o un ángel bajado del cielo os anuncie un Evangelio fuera del que os hemos anunciado, sea anatema / Como antes lo hemos dicho, ahora también lo digo de nuevo: si alguno os anuncia un Evangelio diferente del que recibisteis, sea anatema / Pues ahora, ¿trato de conciliarme el favor de los hombres? ¿O más bien de Dios? ¿O busco complacer a hombres? Si todavía tratare de complacer a hombres, no sería siervo de Dios"


Y más adelante, en esta misma carta, les asegura que el Evangelio por él transmitido da cumplimiento de la promesa hecha a Abrahán (Gal 3, 1-6):
"¡Oh insensatos gálatas! ¿Quién os fascinó a vosotros, ante cuyos ojos fue presentada la figura de Jesucristo clavado en la Cruz? / Esto sólo quiero saber de vosotros: ¿recibisteis el Espíritu en virtud de las obras de la ley o bien por la fe que habéis oído? / ¿Hasta tal extremo llega vuestra insensatez? Tras la iniciación por el Espíritu, ¿buscáis ahora la  conservación por la carne? / ¿Habréis perdido en vano tantas cosas? Si es que se puede decir en vano / El que os suministró, pues el Espíritu y obra prodigios entre vosotros, ¿hace eso en virtud de las practicas de la ley o bien por la fe que habéis oído? / Así fue como <Abrahán creyó a Dios y le fue tomado en cuenta de justicia>"



Los reproches que San Pablo hace a los gálatas son semejantes a los que otros muchos enviados de Cristo han lanzado contra generaciones humanas posteriores.

Así, vemos una vez más, el ejemplo dado por el Papa Pio XII, cabeza de la Iglesia de Cristo durante un largo periodo de tiempo en el siglo pasado, el cual advirtiendo el peligro que corría la Iglesia como consecuencia de las nuevas filosofías surgidas al amparo de teorías relativistas, que empujaban a las gentes de buena voluntad, pero manipulables, a comportamientos muy alejados del Evangelio, en su carta Encíclica <Humani Generi> (dada en Roma en el año duodécimo de su mandato, 1950) hablaba sobre las dimensiones y errores del género humano en cuestiones religiosas y morales:
“Ni es de admirar que siempre haya habido disensiones y errores fuera del redil de Cristo. Porque aún aunque la razón humana, hablando absolutamente, procede con sus fuerzas y su luz natural al conocimiento verdadero y cierto de un Dios único y personal, que con su providencia sostiene y gobierna el mundo y, asimismo, al conocimiento de la ley natural, impresa por el Creador en nuestras almas sin embargo, no son pocos los obstáculos que impiden a nuestra razón cumplir eficaz y fructuosamente este su poder natural.


Porque las verdades tocantes a Dios y a las relaciones entre los hombres y Dios se hallan por completo fuera del orden de los seres sensibles; y, cuando se introducen en la práctica de la vida y la determinan, exigen sacrificio y abnegación propia”


Y más adelante, al hablar de las doctrinas erróneas que invadían las mentes de la época y que en la actualidad en lugar de desaparecer, muchas veces, se han acrecentado hasta límites insospechados, acosando a la Iglesia de Cristo, asegura entre otras cosas:

“Los teólogos deben siempre volver a las Revelaciones divinas, pues a ellas toca indicar de qué manera se encuentra explícita o implícitamente en la Sagrada Escritura y en la divina Tradición lo que enseña el Magisterio vivo. Además, las dos fuentes de la doctrina revelada contienen tantos y tan sublimes tesoros de verdad, que nunca realmente se agotan. Por eso, con el estudio de las fuentes sagradas se rejuvenecen continuamente los sagrados cimientos, mientras que por el contrario, una especulación que deja ya de investigar el <depósito de la fe> se hace estéril, como vemos por experiencia…


Pero esto no autoriza a hacer a la teología, aún de la positiva, una ciencia meramente histórica. Porque junto con esas sagradas fuentes, Dios ha dado a la Iglesia el Magisterio vivo, para ilustrar también y declarar lo que en el <depósito de la fe> no se contiene sino oscura y como implícitamente.
Y el divino Redentor no ha confiado la interpretación auténtica de este <depósito> a cada uno de los fieles, ni aún a los teólogos, sino sólo al Magisterio de la Iglesia...  
Nuestro predecesor, de inmortal memoria, Pio IX, al enseñar que es deber nobilísimo de la teología mostrar como una doctrina definida por la Iglesia se contiene en las fuentes, no sin grave motivo añadió aquellas palabras: <con el mismo sentido, con que ha sido definida por la Iglesia>”



El Beato Papa Pio IX (1846-1878) vivió tiempos difíciles en los que la Iglesia de Cristo se vio amenazada en sus propias bases y en el que los errores sobre el Mensaje trasmitido por Cristo a sus discípulos, fueron enormes. Sin embargo este Papa de inmortal memoria, como lo define  Pio XII, convocó el Concilio Vaticano I (1869-70) y en él se condenó muchos de los errores del momento sobre la fe de Cristo, como el panteísmo, el naturalismo, el racionalismo, entre otros muchos.

En particular es de admirar la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción (1854) y el de la infalibilidad de los Papas (Concilio Vaticano I), en materia de fe.

Por otra parte, tuvo muy en cuenta la espiritualidad popular de su tiempo, en especial con respecto a la devoción del pueblo, a ciertos santos de la Iglesia, y sobre todo a la Virgen María y a sus apariciones en Lourdes y La Salette, dando permiso para que se hicieran procesiones y peregrinaciones a los lugares donde la Virgen se había mostrado para rogar a la humanidad que fuera fiel al Mensaje de su Hijo Jesucristo.
 
 


Porque ya los primeros cristianos captaron la idea de que la Virgen, la Madre de Jesús, tenía una importancia capital en la labor salvadora de su Hijo, ella es considerada por la Iglesia verdadera Madre de los hombres, que intercede por ellos, como lo hizo el día en que Jesús realizó el primer milagro durante su vida pública, esto es en las bodas de Cana.
Por eso, los hombres debemos sentirnos agradecidos a su intercesión y cantar sus virtudes como lo hicieron todos los santos, que en el mundo han sido a lo largo de los siglos.
A este respecto recordaremos ahora que el Apóstol San Pablo, el gran defensor de la fe como bien universal, el Apóstol de los gentiles, como él se llamaba, en su primera misión apostólica, navegó desde Seleucia hasta Salamina en la isla de Chipre, y allí anunció el Evangelio de Cristo en las sinagogas de los judíos, tal como nos relató el evangelista San Lucas en su libro de los Hechos de los Apóstoles (Hechos Apóstoles 13,1-5):



-Había en Antioquía, en la Iglesia allí establecida, profetas y doctores: Bernabé, Simeón llamado Negro y Lucio el cirenense, Manahén, colactáneo de Herodes el tetrarca, y Saulo.

-Y estando ellos celebrando el oficio en honor del Señor y ayunando, dijo el Espíritu Santo: <Separadme a Bernabé y Saulo para la obra para la cual los he llamado>.
-Entonces, después de haber ayunado y orado y habiéndoles impuesto las manos, los despidieron.

-Ellos, pues, enviados por el Espíritu Santo, bajaron a Seleucia, y desde allí se hicieron a la vela hacia Chipre;
-y llegados a Salamina, anunciaban la palabra de Dios en las sinagogas de los judíos. Y tenían a Juan como auxiliar.

Así pues, San Pablo realizó su primera misión apostólica en la isla de Chipre, entre el pueblo judío, pero seguramente también entre los gentiles allí residentes, ya que la isla en ese momento era una provincia del imperio romano regida por un procónsul. Precisamente este procónsul viendo las señales realizadas por Saulo y escuchando sus palabras acabó por convertirse al cristianismo, tal como relató San Lucas en su libro.

Algunos siglos después, en esta misma isla de Chipre, otro enviado del Espíritu Santo, defendió con ahínco, la fe proclamada por Cristo, nos referimos al que fuera Obispo de Salamina (también llamada Constacia en honor del emperador Constantino II), en el siglo IV.

San Epifanio (315-403 d. C) era judío, y se había educado con el Padre de los monjes de Palestina, San Hilarión. Pronto demostró su enorme capacidad para el estudio de las lenguas y de las ciencias sagradas, además de dar ejemplo por su vida ascética y verdaderamente santa. Fue nombrado Obispo de Salamina hacia el año 367 d. C, cargo que ocupó durante un largo periodo de tiempo y que suponía además el Obispado de toda la isla (metropolitano).

San Epifanio fue, como San Pablo, un gran viajero, motivado por el deseo de combatir las numerosas herejías que ya habían surgido en el seno de la propia Iglesia, y que seguían surgiendo en la misma, en aquella época, tan cercana aún al paso del Señor entre los hombres. Escribió mucho para rebatir las herejías, aunque solo algunos de sus libros han llegado hasta nosotros, como el Haereses (también llamado Panarion) en el que cita 80 herejías y el remedio para las mismas. Fue, por tanto, un gran defensor de los dogmas de la fe cristiana, como el de la Santísima Trinidad y el de la Virginidad de la Virgen María. Para este santo varón,  solo la Iglesia de Cristo era verdaderamente depositaria de las verdades de la fe y por eso amaba entrañablemente a la Virgen, de la que incluso realizó un retrato escrito. A este santo se le atribuye también la hermosa oración con la que queremos acabar esta primera reflexión sobre la fe como bien universal:

“¡Oh puerta del cielo, Virgen santísima, que dejas asombrados a los coros de los Ángeles! porque es un milagro nunca visto en los cielos una mujer que lleva en los brazos la luz…

¡Oh baluarte firmísimo de los cristianos, libro misterioso en el que el mundo entero ha podido leer cómodamente todos los misterios del Verbo Dios humano!... ¿Con que palabras podré yo alabarte?

Por ti fue dado al mundo la paz celestial: por ti la luz del Evangelio se ha extendido hasta los últimos confines de la tierra; por ti los hombres se cambian en ángeles; por ti se elevan de la tierra al cielo purísimas aspiraciones…y todo el mundo ¡Oh Virgen santísima! adora al Unigénito de Dios, que también es Hijo tuyo”.