Translate

Translate

jueves, 17 de septiembre de 2015

LA MISERICORDIA DE DIOS, SU PREOCUPACIÓN FRENTE A LAS FUERZAS DEL MAL Y EL SACRAMENTO DE LA UNCIÓN



 
 



La narración de San Lucas sobre la misión de los Doce, es sencilla y lleva impresa la caridad del Señor hacia los endemoniados y enfermos, pero también la preocupación por  el posible riesgo que correrían sus Apóstoles frente a las fuerzas del mal, siempre presentes en gran medida, cuando el bien se manifiesta (Lc 9, 1-2):
-Habiendo convocado a los doce Apóstoles, les dio poder y autoridad sobre todos los demonios y para curar enfermedades.

-Y les envió a predicar el Reino de Dios y sanar a los enfermos,
-diciéndoles: <No llevéis nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco tengáis dos túnicas cada uno.

-Quedaros en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio.
-Y si algunos no os reciben, al salir de aquel pueblo sacudíos el polvo de vuestros pies, como testimonio contra ellos>

Es el modelo a seguir que Jesús nos ha dado a los hombres de todos los tiempos, a través del comportamiento de sus Apóstoles, con los enfermos y más necesitados, incluso con aquellos que han sido poseídos por el maligno, enfermos del alma, que necesitan de  ayuda espiritual, aunque en principio la rechacen, porque: 
"En la acogida generosa y afectuosa de cada vida humana, sobre todo la débil y enferma, el cristiano expresa un aspecto importante de su testimonio evangélico siguiendo el ejemplo de Cristo, que se ha inclinado ante los sufrimientos materiales y espirituales del hombre para curarlos”
 
 
 
(Mensaje del Papa Benedicto XVI para la XX Jornada mundial del enfermo; 2012)  

En estos tiempos, en los que ya en muchos países se lleva a cabo la acción de provocar la muerte a los enfermos incurables para evitar, eso dicen, males mayores a las personas, bien bajo el amparo de leyes objetivamente injustas, o incluso sin su amparo, deberíamos reflexionar los cristianos y los no creyentes sobre el terrible mal que supone la aplicación de lo que se ha dado en llamar < buena muerte>...


Realizar esta acción que conlleva un <protocolo de muerte> y no <una muerte feliz>, como algunos la llaman queriendo enmascarar el verdadero sentido de la misma, no es desde luego la mejor manera de tratar a los seres humanos, aunque estos se encuentren en una situación irreversible de sus enfermedades, y mucho menos una forma <indolora> o <buena> de morir.
Por el contrario, el uso de medicamentos que provocan  una sedación total o parcial, del tipo de los normalmente utilizados en estos casos, llevan consigo una serie de efectos secundarios, que siempre, son más humillantes, dolorosos e insoportables, que incluso, los que  pudieran producir las enfermedades incurables que padecen los enfermos a los que se les aplica.

La observación  de ciertos  hechos que ya suceden con demasiada frecuencia ante nuestros ojos atónitos, nos ha llevado a preguntarnos ¿en qué consiste realmente la aplicación de la eutanasia? La respuesta que se nos podría dar tendría que abarcar y demostrar de forma irrefutable, necesariamente,  distintos aspectos de esta acción tan injusta y reprochable, pero no vemos la manera de que esto sea posible.



Así, en primer lugar, desde el punto de vista de la intencionalidad, es evidente que en principio, ésta tendría por objetivo eliminar la vida física del ser humano creado por Dios, para liberarle supuestamente de los sufrimientos provocados por una enfermedad incurable y dolorosa, pero como hemos visto en tantas ocasiones el resultado es más dolor añadido al enfermo en cuestión.

En cuanto al procedimiento utilizado para conseguir este propósito, la eutanasia se caracteriza por precisar de fármacos en grandes dosis, solos o combinados con otros, que garanticen una muerte rápida y esto no es tan fácil de conseguir porque la vida del hombre no depende nunca de la voluntad del ser humano sino del Creador, que se la ha dado.

En este punto, hay que señalar, que ya se ha demostrado, la ineficacia de dichos métodos, los cuales en muchas ocasiones han conducido a una muerte segura, pero nada rápida e indolora. Los ejemplos más recientes los tenemos en los casos de ejecución de algunos asesinos condenados a muerte en distintos estados de Norteamérica, donde la pena de muerte no ha sido todavía abolida, mediante la clásica inyección letal. Aún sabiendo que estas personas han sido criminales muy dañinos para la sociedad, esto no  puede arrogar el derecho divino de la vida y de la muerte, sobre todo si ello  implica en sí mismo otro crimen.
Ya existen varias denuncias por parte de organizaciones <defensoras de los derechos humanos>, a la vista de las terribles agonías de algunos presos ejecutados por este procedimiento, que han sobresaltado a la opinión pública americana, así como a  la de otros países, aunque ello no haya tenido la publicidad que cabria esperar.  

Todo esto nos lleva a considerar que Dios, único  con derecho sobre la vida y la muerte del ser humano por Él creado, al final de los tiempos (parusía), tendrá en cuenta el terrible pecado cometido por aquellos que aceptan ó practican estos métodos execrables. Porque Dios nos juzgará a todos, a los creyentes y a los no creyentes, eso es seguro, aunque algunos se empeñen en querer pensar lo contrario.
Como aseguraba el Papa San Juan Pablo II:



“La espera en Alguien que, al fin, diga la verdad sobre el bien y  sobre el mal de los actos humanos, y premie el bien y castigue el mal, no es completamente ajena a los hombres de todos los tiempos, estos siguen guardando en lo más profundo de sus almas esta convicción, ni siquiera los horrores de las guerras, y las graves injusticias cometidas por algunos a lo largo de la historia de la humanidad, han podido eliminar del todo esta verdad absoluta. <Por cuanto el destino de los hombres es morir una sola vez; y después de la muerte, el juicio. De la misma manera, Cristo se ofreció una sola vez para quitar los pecados de todos.




La segunda vez aparecerá, sin ninguna relación al pecado, para salvar a los que le esperan”> (Heb 9, 27-28)”

Es triste, por otra parte, comprobar que muchas personas se excusan ante este tema tan importante diciendo: <yo no pido la eutanasia para otros, no se la quiero imponer a nadie, pero si la pido para mí>, apoyándose en la falsa premisa que encierra esta otra frase: <mi vida es mía y hago lo que quiero con ella>. Por último, alguno demostrando una alienación absoluta, puede llegar a decir: <esto no va a impedir, que al morir, suba al cielo directamente>.

Pero no, la eutanasia, es un gravísimo pecado que atenta contra el quinto mandamiento de la Ley de Dios, el cual, fue recordado por Jesús en su Sermón de la montaña (Mt 5, 21-22):



-Habéis oído que se dijo a los antiguos: <No matarás>, y el que mate será reo de juicio.

-Pero yo os digo: todo el que se deja llevar por la cólera, contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano imbécil, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama necio merece la condena de la gehena del fuego.

En este sentido, como  aseguraba este Papa santo:

“Dios, que es el supremo legislador, promulgó con gran fuerza sobre el Sinaí, el mandamiento de <No matar> como un imperativo moral de carácter absoluto. Emmanuel Lévinas (gran filósofo judío del siglo XX), que como sus compañeros vivió profundamente el drama del Holocausto, ofrece de este fundamental mandamiento de Decálogo una singular formula: para él, la persona se manifiesta a través del rostro.
La <filosofía del rostro> es también uno de los temas del Antiguo Testamento, de los Salmos y de los escritos de los Profetas, en los que con frecuencia se habla de la búsqueda del rostro de Dios (Salmo 27 (26), 8).
 
 



A través del rostro habla el hombre, habla, en particular, todo hombre que ha sufrido una injusticia, habla y pronuncia estas palabras: ¡No me mates! El rostro humano y el mandamiento de <No matar>, se unen en Lévinas de modo genial, convirtiéndose al mismo tiempo en un testimonio de nuestra época, en la que incluso Parlamentos, Parlamentos democráticamente elegidos, decretan asesinatos con tanta facilidad” (Cruzando el Umbral de la esperanza. Defensa de cualquier vida. Juan Pablo II. Edita Vittorio Massori. Círculo de Lectores 2009).

Por eso, los Padres y  los Pontífices de la Iglesia  han manifestado siempre que el amor y cuidado de los familiares enfermos y desvalidos, así como la labor de profesionales y voluntarios al servicio de los que están sometidos al dolor y los sufrimientos físicos, representan admirables comportamientos del ser humano. Concretamente el Papa San Juan Pablo II se expresaba en estos términos con motivo de la <III Jornada Mundial del enfermo>, celebrada en el Santuario de Loreto, el 11 de febrero de 1998:

“La asistencia a los familiares enfermos, realizada con espíritu de amorosa donación de sí y sostenida por la fe, la oración, y por los Sacramentos, puede transformarse en instrumento terapéutico insustituible para el enfermo y ser para todos ocasión para descubrir preciosos valores humanos y espirituales.


En este marco, dirijo un pensamiento especial a los agentes sanitarios y de la pastoral sanitaria, a los profesionales y voluntarios, que viven continuamente al lado de las necesidades de los enfermos. Deseo animaros para que mantengáis siempre un elevado concepto de la tarea que os ha sido confiada, y nunca os dejéis abrumar por las dificultades y las incomprensiones.

Estar comprometidos en el mundo sanitario no solo quiere decir combatir el mal, sino sobre todo promover la calidad de la vida humana. Así mismo, el cristiano, consciente de que <la gloria de Dios es el hombre viviente>, honra a Dios en el cuerpo humano tanto en aquellos aspectos que realzan la fuerza, la vitalidad y la belleza, como en aquellas situaciones donde se presenta la fragilidad y el derrumbamiento. Proclama siempre el valor transcendente de la persona, cuya dignidad permanece intacta no obstante la experiencia del dolor, de la enfermedad y del avance de los años”.

En efecto, como aseguraba el Papa Juan Pablo II, la ancianidad, la enfermedad y los padecimientos en general, no hacen perder al ser humano su dignidad, cuestión esta última que es totalmente extinguida mediante la aplicación de la eutanasia, práctica anti sanitaria que mancilla y destruye a las personas, muchas veces de forma encubierta por un falso sentido de la caridad y donde solo priman aspectos relacionados con la economía doméstica y/o sanitaria y el confort y/o desinterés de las personas que deciden practicarla sobre  enfermos propios o ajenos.



La Iglesia católica, siempre se ha declarado en contra de la legalización de la eutanasia y así mismo, ha expresado serias dudas sobre la aplicación de <protocolos>, supuestamente sanitarios, que puedan conducir a una sedación total o parcial,  porque muchas veces estas prácticas pueden ser el resultado de   una <eutanasia encubierta>.

En este sentido, en el Catecismo de la Iglesia Católica, según el Concilio Ecuménico Vaticano II, podemos leer que (C.I.C nº 2276 y ss):

“Aquellos cuya vida se encuentra disminuida o debilitada tienen derecho a un respeto especial. Las personas enfermas o disminuidas deben ser atendidas para que lleven una vida tan normal como sea posible.

Cualquiera que sean los motivos y los medios, la eutanasia directa consiste en poner fin a la vida de personas disminuidas, enfermas, o moribundas. Esto es moralmente inaceptable.

Por tanto, una acción o una omisión que de suyo o en la intención provoca la muerte para suprimir el dolor, constituye un homicidio gravemente contrario a la dignidad de la persona y al respeto del Dios vivo, su Creador. El error de juicio en el que se puede haber caído de buena fe no cambia la naturaleza de este acto homicida, que se ha de rechazar y excluir siempre…

Aunque la muerte se considere inminente, los cuidados ordinarios debidos a una persona enferma no pueden ser legítimamente interrumpidos. El uso de analgésicos para aliviar el sufrimiento, incluso con riesgo de abreviar sus días, puede ser moralmente conforme a la dignidad humana si la muerte no es pretendida, ni como fin ni como medio, sino solamente prevista y tolerada como inevitable. Los cuidados paliativos constituyen una forma privilegiada de la caridad desinteresada. Por esta razón deben ser alentados”.

 


Fue el Papa Juan Pablo II el que acogiendo con atención y sentimiento la solicitud que le presentaba el Consejo Pontificio para la Pastoral de los agentes sanitarios, así como teniendo en cuenta el interés presentado por distintas Conferencias Episcopales y organismos Católicos nacionales e internacionales, el que decidió instituir  la <Jornada mundial del enfermo>, con la idea de celebrarla el 11 de febrero de cada año, coincidiendo con la memoria litúrgica de la Virgen de Lourdes.

Precisamente en su carta al Cardenal Fiorenzo Angelini, Presidente del Consejo Pontificio para la Pastoral de los agentes sanitarios, de aquel momento, manifestaba así su opinión al respecto (Vaticano 13 de mayo de 1992):
“La Iglesia que a ejemplo de Cristo, siempre ha sentido el deber de servicio a los enfermos y a los que sufren, como parte integral de su misión, es consciente de que <en la aceptación amorosa y generosa de toda vida humana, sobre todo, si es débil o enferma, la Iglesia vive hoy un momento fundamental de su misión> (Exhortación Apostólica < Christifideles laici> del Papa San Juan Pablo II, dada en Roma, 1988). Y no deja de subrayar el carácter salvífico del ofrecimiento del sacrificio que, vivido en comunión con Cristo, pertenece a la esencia de la redención (Carta Encíclica <Redemptoris missio> del Papa San Juan Pablo II, dada en Roma, 1990).



La celebración anual de la <Jornada mundial del enfermo> tiene, por tanto, como objetivo manifiesto sensibilizar al pueblo de Dios y, por consiguiente, a las varias instituciones sanitarias católicas y a la misma sociedad civil, ante la necesidad de asegurar la mejor asistencia posible a los enfermos; ayudar al enfermo a valorar, en el plano humano y sobre todo en el sobrenatural, el sufrimiento, hacer que se comprometan en la pastoral sanitaria de manera especial las diócesis, las comunidades cristianas y las familias religiosas; favorecer el compromiso cada vez más valioso del voluntariado; recordar la importancia de la formación espiritual y moral de los agentes sanitarios; y, por último, hacer que los sacerdotes diocesanos, así como cuantos viven y trabajan junto a los que sufren, comprendan mejor la importancia de la asistencia religiosa a los enfermos”

Así es, como recordaba también  el Papa Benedicto XVI :
“El encuentro de Jesús con los diez leprosos, descrito en el Evangelio de San Lucas (Lc 17, 11-12), y en particular las palabras que el Señor dirige a uno de ellos: ¡Levántate, vete; tu fe te ha salvado! ayudan a tomar conciencia de la importancia de la fe para quienes, agobiados por el sufrimiento y la enfermedad, se acercan al Señor. En el encuentro con Él, pueden experimentar realmente que ¡quien cree nunca está solo! En efecto, Dios por medio de su Hijo, no nos abandona en nuestras angustias y sufrimientos, está junto a nosotros, nos ayuda a llevarlas y desea curar nuestro corazón en lo más profundo…Quién invoca al Señor en su sufrimiento y enfermedad, está seguro de que el amor no le abandona nunca, y de que, la Iglesia, que continúa en el tiempo su obra de salvación, nunca le faltará”



(Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI con ocasión de la <XX Jornada Mundial del enfermo> celebrada el 11 de febrero de 2012).

En este mismo hermoso mensaje el Papa Benedicto nos habló, con razón, del Sacramento de la Unción, que los cristianos solemos tener muy abandonado y que en tantas ocasiones no nos atrevemos a recibir o solicitar para nuestros seres queridos, cuando  padecen graves enfermedades, llevados de un ancestral miedo que nos induce a creer que esto supondría haber llegado al último momento de la vida.
Nada más lejos de la realidad, este Sacramento está pensado por Cristo como medio de sanación y no de muerte, posee por tanto poder sanador físico y espiritual, tal como se ha podido comprobar en tantas ocasiones…Por otra parte <Dios rico en misericordia (Ef 2, 4), como el padre de la parábola evangélica (Lc 15, 11-32), no cierra el corazón a ninguno de sus hijos, sino que los espera, los busca, los alcanza allí donde el rechazo le ha encerrado en aislamiento y la división, los llama a reunirse en torno a su mesa, en la alegría de la fiesta del perdón y la reconciliación:

“Él no solo ha enviado discípulos a curar las heridas (Mt 10,8; Lc 9,2; 10, 9) sino que también ha instituido para ellos un Sacramento específico: la Unción de los enfermos. La carta de Santiago (el Menor, primer Obispo de Jerusalén) atestigua la presencia de este gesto Sacramental, ya en la primera comunidad cristiana (St 5, 14-16): con la Unción de los enfermos, acompañada con la oración de los presbíteros, toda la Iglesia encomienda al enfermo al Señor sufriente y glorificado, para que les alivie sus penas y los salve, y le exhorta a unirse espiritualmente a la Pasión y a la Muerte de Cristo, para contribuir, de este modo, al bien del pueblo de Dios…”(Papa Benedicto XVI. Ibid).

 



Ciertamente la lucha contra la enfermedad y el sufrimiento humano, son dos de los problemas más graves, que desde antiguo, aquejan a la humanidad, la cual se ha esforzado en gran manera por resolverlos, habiendo logrado en el campo de la medicina, de la química, y de otras disciplinas de las ciencias humanas grandes avances y éxitos en este sentido, pero el dolor y el sufrimiento nunca se han podido paliar del todo; es entonces cuando los seres humanos experimentamos la impotencia y la sensación de finitud a la que estamos todos abocados.

En algunos casos, incluso, la enfermedad puede conducir a la angustia, a la depresión, a la desesperación y en casos extremos a la rebeldía contra el Creador. Sin embargo, también se ha podido comprobar a lo largo de los siglos, que todos estos estados del alma humana, han sido combatidos con éxito por muchos hombres y mujeres, los cuales llevados por su preparación moral y espiritual, pidieron a Dios la ayuda que necesitaban y clemencia para los errores cometidos en esta vida pasajera, a sabiendas de que las  recibirían  de nuestro Padre, que nunca nos abandona.

De cualquier manera, todos los seres humanos, creyentes o no, llevan inscrito en su corazón, aún sin ellos saberlo, la necesidad de pedir clemencia y ayuda a su Creador en esos momentos críticos, y Él nunca falla. Por eso, el Sacramento de la Unción es un regalo del Señor que no debemos desdeñar, a priori, como algo del pasado, y hasta de mal agüero, porque Jesucristo lo instituyó como medio de sanación del cuerpo y del alma del ser humano.



El Papa Pablo VI nos habló también de la Unción, antiguamente llamada <Extremaunción>, en la Constitución Apostólica <Sacram Untionem>, por la que se aprobaba el <Ordo Unctinis Informorum>, promulgado el 7 de diciembre del año 1972. En dicha Constitución el santo Padre, expone así, los fundamentos sobre los que se basa este  Sacramento:

“La Sagrada Unción de los enfermos, tal como lo reconoce y lo enseña la Iglesia, es uno de los siete Sacramentos del Nuevo Testamento, instituido por Jesucristo, nuestro Señor, esbozado ya en el Evangelio de San Marcos (Mc 6, 7 y 11), recomendado a los fieles: <llamó a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos…Ellos marcharon y predicaban la conversión. Expulsaban muchos demonios, <ungían con aceite> a muchos enfermos y los curaban>, y promulgado, en su carta, por el Apóstol Santiago (primer Obispo de Jerusalén) (St 5, 14-15): ¿Está enfermo, alguno de vosotros? llame a los presbíteros de la Iglesia, y que recen sobre él, después de <ungirlo con óleo>, en nombre del Señor. Y la oración hecha con fe salvará al enfermo y el Señor lo curará, y si hubiera cometido algún pecado le será perdonado”

Como definió el Concilio Tridentino (Concilio Ecuménico de Trento. Dez.908, 926), con estas palabras:
“El Apóstol Santiago el Menor promulgó el Sacramento de la Extremaunción ó Unción de los enfermos, anteriormente constituido por Cristo, en el cual el sujeto que lo recibe es el enfermo grave; el ministro es el presbítero (sacerdote); la materia remota es el óleo, la próxima la unción; la forma la oración es la oración de la fe, que se ha concentrado en una fórmula ritual de la Iglesia; los efectos son tres, a saber, la salud corporal, si conviene, el alivio y consuelo espiritual y el perdón de los pecados”.




Sin duda la Iglesia en muchos aspectos necesita un nuevo impulso, es necesario como diría el Papa Benedicto XVI: <Hablar de los criterios morales que conciernen a temas como los planteados por la biomedicina en materia de sexualidad, de vida naciente, de procreación, así como en el modo de tratar y curar a los enfermos>. Pero precisamente refiriéndonos a este último aspecto, se debería recordar también la importancia de este Sacramento de la Unción, instituido por Jesucristo, que posee tanta capacidad de sanación, y que ha sido tan ignorado, u obviado, en  ocasiones necesarias.

¡Sanad a los enfermos! (Mt 10, 8). La Iglesia ha recibido esta tarea del Señor e intenta realizarla tanto mediante los cuidados que proporciona a los enfermos, como por la oración de intercesión con la que los acompaña. Cree en la presencia vivificante de Cristo, medico de las almas y de los cuerpos. Esta presencia actúa particularmente a través de los Sacramentos, y de modo especial por la Eucaristía, pan que da la vida eterna (Jn 6, 54, 58) y cuya conexión a la salud corporal insinúa ya San Pablo en su primera carta a los corintios (I Co 11, 30)(C.I.C. nº1506, 1508, 1509).



San Pablo, en efecto, se dirigió al pueblo de Corintio mediante una carta en la que de acuerdo con la tradición bíblica judía, vinculaba los casos de enfermedad y muerte que se daban en dicha ciudad con los comportamientos anticristianos y especialmente con aquellos  que se producían al celebrar la  Última Cena del Señor (I Co 11, 26-30):

-Cada vez que coméis este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva.

-De modo que quien coma el pan y beba del cáliz del Señor indignamente, es reo del cuerpo y de la sangre del Señor.

-Así, pues, que cada cual se examine, y entonces coma así del pan y beba del cáliz.

-Porque  quien come y bebe sin discernir el cuerpo, come y bebe su condenación.

-Por ello hay entre vosotros muchos enfermos y no pocos han muerto

 

Ciertamente el Sacramento de la Eucaristía, nos pone en presencia de los acontecimientos ocurridos en el monte Calvario y nos anuncia la salvación ofrecida entonces por el Señor, como prenda de la salvación final, en los últimos tiempos, con la vuelta del Mesías para hacer justicia. Por eso San Pablo sigue diciendo en su carta (I Co 11, 31-34):

-Por el contrario, si nos examinamos personalmente, no seremos juzgados

-Aunque cuando nos juzga el Señor, recibimos una admonición (advertencia), para no ser condenados junto con el mundo.

-Por ello, hermanos míos, cuando os reunís para comer esperaos unos a otros.

-Si uno tiene hambre, que coma en su casa, a fin de que no os reunáis en condena

 


Estas palabras del Apóstol y otras muchas, de él mismo, y de los santos Padres de la Iglesia, nos han servido a los cristianos para comprender porque la Iglesia de Cristo, cree y confiesa que entre los siete Sacramentos instituidos por el Señor, existe uno, especialmente destinado a cubrir todas las necesidades de las personas enfermas o no, que es la Eucaristía y que por eso, es conveniente, si ello es posible, que acompañe también al Sacramento de la Unción de los enfermos, como Viático (Catecismo de la Iglesia católica nº 1524-1525):

-Recibido en este momento del paso hacia el Padre, la Comunión del Cuerpo y la Sangre de Cristo tiene un significado y una importancia particulares. Es semilla de vida eterna y poder de resurrección, según la Palabra del Señor: <El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día> (Jn 6, 54).

Puesto que es Sacramento de Cristo muerto y resucitado, la Eucaristía es aquí Sacramento de paso de la muerte a la vida, de este mundo al Padre.

-Así, como los Sacramentos del Bautismo, de la Confirmación y de la Eucaristía, constituyen una unidad llamada <los Sacramentos de la iniciación cristiana>. Se puede decir que la  Penitencia, la Unción de los enfermos, y la Eucaristía, en cuanto Viático, constituyen, cuando la vida cristiana toca a su fin, <los Sacramentos que cierran la peregrinación.   

 


El Papa Francisco, muy recientemente, nos ha informado también, sobre este importante Sacramento de la Unción de los enfermos, con la idea, como él mismo asegura, de <ampliar la mirada a la experiencia de la enfermedad y del sufrimiento, en el horizonte de la misericordia de Dios>. Este acontecimiento ha tenido lugar durante su Audiencia General en la plaza de San Pedro, el miércoles día 26 de febrero del año 2014. Y entre muchas otras cosas interesantes manifestó:

“Jesús, en efecto, enseñó a sus discípulos a tener su misma predilección por los enfermos y por quienes sufren, y les transmitió la capacidad y la tarea de seguir dispensando en su nombre y según su corazón alivio y paz, a través de la gracia especial del Sacramento de la Unción. Esto, sin embargo, no nos debe hacer caer en la búsqueda obsesiva del milagro, o en la presunción  de poder obtener siempre y de todos los modos la curación. Sino que es la seguridad de la cercanía de Jesús al enfermo y también al anciano, porque cada anciano, cada persona de más de 65 años, puede recibir este Sacramento, mediante el cual es Jesús mismo quien se acerca a nosotros”


 

 

 

miércoles, 9 de septiembre de 2015

LOS SIGNOS DEL SEÑOR Y EL EVANGELIO DE SAN JUAN (1ª Parte)

 
 
 
 
 
 
 
Durante su vida pública  el Hijo de Dios, en su primera venida al mundo, hizo muchos signos, pero tal como aseguraba el Apóstol San Juan en su Evangelio aunque muchos hombres creyeron en Él y en su Mensaje, otros no creyeron (Jn 12,37-43):


"Habiendo obrado grandes signos en presencia de ellos, no creían en Él / para que se cumpliesen la palabra del profeta Isaías, cuando dijo: Señor ¿Quién dio fe a nuestro mensaje? ¿Y a quién ha sido revelado el Brazo del Señor? / Por esto eran incapaces de creer, porque también dijo Isaías: / Cegó sus ojos y endureció su corazón, para que no vean con los ojos ni entiendan con el corazón y se vuelvan a mí, y yo los sane / Esto dijo Isaías, cuando vio su gloria y habló de Él"

Es verdaderamente extraordinario el hecho de que Isaías en el siglo VIII antes de Cristo, después de una visión en la que Yahveh le concediera la grave misión de conducir al pueblo de Judá a la obediencia, en el curso de su actuación profética, vaticinara con tanta precisión la Pasión y Muerte del Señor, así como también las consecuencias salvadoras de las mismas sobre la humanidad. Isaías es por ello el Profeta cristológico por excelencia (Is 33,3-7):
"Fue despreciado y abandonado de los hombres, varón de dolores y familiarizado con el sufrimiento le despreciamos y no le estimamos / mas nuestros sufrimientos él los ha llevado, nuestros dolores él los cargó sobre sí mientras nosotros lo tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido / Fue traspasado por causa de nuestros pecados, molido por causa de nuestras  iniquidades; el castigo  de nuestra paz cayó sobre él y por sus verdugones se nos curó / Todos nosotros como ovejas errábamos cada uno a su camino, nos volvíamos mientras Yahveh hizo que le alcanzara la culpa de todos nosotros / Fue maltratado, mas él se doblegó y no abre su boca; como cordero llevado al matadero y cual oveja, ante sus esquiladores enmudecida, y no abre su boca.

 
 
Tanto San Juan como San Pablo aseguran que las preguntas del profeta Isaías: ¿Quién dio fe a nuestro mensaje? ¿Y a quién ha sido revelado el Brazo  del Señor?, anticipan la incredulidad de parte del pueblo de Israel porque oyeron la predicación de Jesús, pero no creyeron (Rm 10,14-21) y vieron a Jesús realizar muchos signos y no aceptaron que era el Mesías, el Hijo del hombre. No puede extrañarnos pues, la actitud de algunos hombres de la sociedad de hoy en día, los cuales habiendo conocido a Jesús a través de sus Sacramentos y habiendo oído sus palabras a través de los Evangelios se han apartado del Él a consecuencia del maligno.

El Papa Benedicto XVI nos propone como modelo a seguir el comportamiento del Apóstol Tomás, el cual, al principio fue incrédulo respecto a la Resurrección de Cristo, pero luego creyó al tener contacto sensible con Jesús, el mismo que nosotros los cristianos de hoy tenemos a través de sus Sacramentos.

En el Evangelio se nos describe la experiencia de fe del Apóstol Tomás cuando acoge el Misterio de la Cruz y de  la Resurrección de Cristo. Tomás, uno de los doce apóstoles, siguió a Jesús, fue testigo directo de sus curaciones y milagros -signos, escuchó sus palabras, y  vivió el desconcierto ante su muerte. En la tarde de Pascua el Señor se aparece a los discípulos, pero Tomás no está presente, y cuando le cuentan que Jesús está vivo y que se les ha aparecido, dice:< Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado  no creo> (Jn 20,25):

“También nosotros quisiéramos poder ver a Jesús, poder hablar con él, sentir más intensamente su presencia. A muchos se les hace hoy difícil el acceso a Jesús. Muchas de las imágenes que circulan de Jesús, y que se hacen pasar por científicas, le quitan su grandeza y la singularidad de su persona. Por ello, a lo largo de mis años de estudio y cavilación, fui meditando la idea de transmitir en un libro algo de mi encuentro personal con Jesús, para ayudar de alguna forma a ver, escuchar y tocar al Señor, en quien Dios nos ha salido al encuentro para darse a conocer.

 
 
De hecho, Jesús mismo apareciéndose de nuevo a los discípulos después de ocho días, dice a Tomás:< Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino creyente (Jn 20-27). También para nosotros es posible tener un contacto sensible con Jesús, meter, por así decir, la mano en las señales de su Pasión, las señales de su amor. En los Sacramentos, Él se nos acerca en modo particular, se nos entrega…” (Benedicto XVI. El amor se aprende. Las etapas de las familias. Romana editorial S.L. 2012).

Siete son los Sacramentos instituidos por Jesucristo: Bautismo, Confirmación, Eucaristía, Confesión, Unción, Orden Sacerdotal y Matrimonio, y siete los signos de Jesús narrados por el apóstol San Juan en su Evangelio. Dice el Papa Benedicto XVI que en el Evangelio de San Juan <la divinidad de Jesús aparece sin tapujos>, en él <la verdadera pretensión es la de haber transmitido correctamente el contenido de las palabras, el testimonio personal de Jesús mismo con respecto a los grandes acontecimientos vividos en Jerusalén, de manera que el lector reciba realmente los contenidos decisivos de este mensaje y encuentren en ellos la figura auténtica de Jesús> (Jesús de Nazaret. 1ª parte. Benedicto XVI. Ed. La esfera de los libros S.L. 2007).

El evangelio de San Juan es sorprendente y muy distinto en su estructura a los tres sinópticos, aunque como aquellos pone así mismo de manifiesto el compromiso total de Jesús con el hombre, pero por otra parte también pone una especial atención en esclarecer la existencia de Jesús desde siempre junto a Dios y su igualdad con Él. Este evangelio puede dividirse, según los últimos análisis de los exégetas en dos grandes libros: Libro de los Signos y Libro de la Pasión y Gloria.


Nos referimos a continuación al primero porque es justamente el que nos habla, como su título indica, de los Signos realizados por Jesús durante su vida pública. El Evangelista San Juan llama a los siete milagros que en él se narran <Signos> y elige solo siete de los muchísimos milagros realizados por Jesús y narrados por los otros Evangelistas Sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas). El número siete tiene un significado especial en las Sagradas Escrituras, viene a relacionarse con conceptos tales como: superioridad, sublimidad, esplendor, perfección… Hemos recordado antes que Cristo instituyó siete Sacramentos, al igual que son siete los dones del Espíritu Santo, por eso, no es de extrañar que San Juan eligiera siete milagros que él denominó <Signos> con la intención de enseñarnos algo respecto de Jesús. Podríamos preguntarnos: ¿Pero qué es ello?   ¿Por qué éstos milagros  y no otros?…
 
 
El primero de los Signos relatados por San Juan y realizado por Jesús fue la conversión del agua en vino en las bodas de Caná; un milagro que tuvo lugar casi al inicio de la vida pública de Jesús  en el que estuvieron presente su Madre, la Virgen María, que por cierto  jugó un papel primordial en el mismo, y sus discípulos. San Juan es el único evangelista que narra este milagro-signo  (Jn 2,1-11):

-Y al día tercero se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y estaba allí la Madre de Jesús.

-Fueron también invitados a las bodas Jesús y sus discípulos.

-Y como faltaba el vino, la Madre de Jesús le dijo:<no tienen vino>.

-Y le dice Jesús: ¿Qué tenemos que ver tú y yo mujer? ¿Todavía no ha llegado mi hora?

-dice su Madre a los que servían: todo cuanto Él os diga hacedlo.

-Había allí seis tinajas de piedra destinadas a la purificación de los judíos, cada una de las cuales podía contener de dos a tres metretas (38,88 litros).

-Dice Jesús: llenad de agua las tinajas. Y las llenaron hasta arriba.

-Y les dice: sacad ahora y llevarlo al maestre sala. Y lo llevaron,

-más cuando gustó el maestre sala el agua hecha vino y no sabía de donde era, pero sabiéndolo los que servían, que habían sacado el agua, llama al esposo el maestre sala,

-y le dice: Todo hombre pone primero el buen vino, y cuando estén ya bebidos, pone el peor, tú has reservado el vino bueno hasta ahora.

-Este primer signo hizo Jesús en Caná de Galilea y manifestó su gloria y creyeron en Él sus discípulos.

 


 
 
Como nos recuerda muy bien el Papa Benedicto XVI en su libro mencionado anteriormente, mientras que el agua es un elemento fundamental para la vida de todas las criaturas de la tierra, el vino es más bien un regalo derivado de la agricultura y en especial de la zona mediterránea. Por otra parte, si observamos con detenimiento este milagro-signo, que Juan toma como primera señal de Jesús, nos da la sensación de que es un poco distinto a los restantes milagros del Señor que aparecen también en el Evangelio de San Juan. Casi siempre, la primera pregunta que nos solemos hacer al releerlo una y otra vez, es ¿Qué sentido habría que dar al hecho de la considerable cantidad de vino que Jesús proporcionó a los invitados de aquellas bodas?.

Nadie mejor que el Papa Benedicto XVI nos puede aclarar este misterio y desde luego lo ha hecho tal como podemos comprobar en su libro <Jesús de Nazaret. 1ª parte. Las grandes imágenes del Evangelio de San Juan>, en el que el  Papa  nos dice   que  la señal  que quiere dar Jesús con este milagro narrado por el Evangelista San Juan, es la sobreabundancia.

“La sobreabundancia de Caná es el Signo que indica  que ha comenzado la fiesta de Dios con la humanidad, su entregarse así mismo por los hombres. El marco del episodio, las bodas, se convierte así en la imagen que, más allá de sí misma, señala la hora mesiánica: La hora de las nupcias de Dios con su pueblo ha comenzado con la venida de Jesús. La promesa escatológica irrumpe en el presente…

Jesús se presenta aquí como el (novio) de las nupcias prometidas de Dios con su pueblo, introduciendo así misteriosamente su existencia, Él mismo, en el misterio de Dios. En Jesús, de manera insospechada, Dios y el hombre se hacen uno, se celebran las <bodas>, las cuales, sin embargo, y esto es lo que Jesús subraya en su respuesta, pasan por la Cruz, por el momento en el que el novio <será arrebatado>”.
 
 
Se refiere Benedicto XVI en esta frase a la respuesta que Jesús dio a su Madre María, cuando ésta le anunció que se había agotado el vino. Jesús dice a María que todavía no le había llegado su hora, por eso dice el Pontífice:

“Cuando Jesús, en aquel instante, habla a María de su hora, está relacionando precisamente este momento con el del misterio de la Cruz concebido como su glorificación. Esa hora no había llegado todavía… Y no obstante, Jesús, tiene el poder de anticipar esta <hora> misteriosamente con un <signo>. Por tanto, el milagro de Caná se caracteriza como una anticipación de la <hora> y está íntimamente relacionado con ella”.

Sí, Jesús le dice a su madre < Mujer no ha llegado mi hora> pero sin embargo se pliega a los deseos de María y ella sin vacilar ni por un momento, sabiendo que su hijo aceptará su ruego, dice a los encargados de servir el vino < haced lo que El os diga…>

Por eso asegura Benedicto XVI (Ibid):
 
 
 
 
"¿Cómo podríamos olvidar que este conmovedor misterio de la anticipación de la hora se sigue produciendo todavía? Así como Jesús, ante el ruego de su Madre, anticipa simbólicamente su hora y, al mismo tiempo, se remite a ella, lo mismo ocurre siempre de nuevo en el Sacramento de la Eucaristía: Ante la oración de la iglesia, el Señor anticipa en ella su segunda venida, viene ya, celebra ahora la boda con nosotros, nos hace salir de nuestro tiempo lanzándonos hacia aquella hora”

Muchos otros aspectos interesantes serian necesarios destacar en este milagro de las bodas de Caná y entre otros conviene señalar el hecho de que la asistencia del Señor a las mismas ha elevado la alianza matrimonial a la dignidad de Sacramento entre los bautizados (Catecismo de la iglesia católica nº 1601):

“ La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituye entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo nuestro Señor a la dignidad de Sacramento entre bautizados”

Como también dice el santo padre Benedicto XVI refiriéndose a la auto-revelación de Jesús y su gloria (Ibid):

“El agua, que sirve para la purificación virtual se convierte en vino, en signo y don de la alegría nupcial. Aquí aparece algo del cumplimiento de la ley, que llega a su culminación en el ser y actuar de Jesús… El agua se convierte en vino. El don de Dios, que se entrega así mismo viene ahora en ayuda de los esfuerzos del hombre, y con ello crea la fiesta de la alegría, una fiesta que solamente la presencia de Dios y de su don pueden instituir”

Al volver Jesús de Judea y Galilea, según narra el evangelista San Juan hizo su segundo Signo en esta región, donde ya había realizado el primero, durante las bodas de Caná, tal como hemos comentado. Este segundo Signo está ligado íntimamente al don de la fe y a la necesidad de la fe para que el signo-milagro se produzca, aún realizándose a gran distancia del lugar donde tendrá lugar.

 
 
Se trata de la curación del hijo de un oficial o funcionario real, cuya identidad queda en el anonimato de la narración que también fue abordada por los evangelistas sinópticos Mateo y Lucas: (Mt 8,5-13); (Lc 7,1-10), aunque Juan le da una mayor relevancia al considerar que era  un Signo dado por el Señor a todos los hombres (Jn 4,46-54):

-Llegó, pues, Jesús a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Y estaba allí un funcionario real, cuyo hijo estaba enfermo en Cafarnaúm.

-Éste, habiendo oído que Jesús llegaba de Judea a Galilea, se fue a Él y le rogaba que bajase y sanase a su hijo, porque estaba para morir.

-Dijo, pues, Jesús: Si no viereis señales y prodigios no queréis creer.

-Dice el funcionario: Señor, baja antes que se muera mi hijo.

-Dice Jesús: Anda, tu hijo vive. Creyó el hombre la palabra que le había dicho Jesús y se marchó

-Y cuando él ya bajaba, le encontraron sus criados, que le notificaron que su hijo vivía.

-Se informó,  pues, de ellos sobre la hora en la que había sentido la mejoría. Dijéronle: Ayer a las siete le dejo la calentura.

-Conoció pues, el padre que aquella fue la hora en que le dijo Jesús: Tu hijo vive. Y creyó él y toda su familia

-Este segundo signo lo hizo Jesús al volver de Judea a Galilea.

En este milagro-signo realizado por Jesús  a gran distancia del lugar de los hechos, se pone a prueba la fe del funcionario, que ya creía en el poder curador del Señor, pues aunque Jesús hace un reproche a su petición de sanación del hijo: Si no veis señales y prodigios no creéis, él no se inmuta y sigue diciéndole: Señor baja antes de que se muera mi hijo. Pero esta fe inicial crece en el funcionario al asegurarle el Señor: Anda tu hijo vive. El funcionario creyó inmediatamente en la Palabra de Jesús, y se marchó sin replicar palabra. Por último cuando comprueba la información por sus criados de que la curación del hijo se realizó a las siete, hora en que Jesús le aseguraba  que su hijo vivía, creyó que  era el Mesías esperado y con él toda su familia. Es interesante observar que de nuevo aparece el número siete, como indicativo de la hora en la que Jesús realizó su señal cuando  quiere mostrar una vez más que < la fe mueve montañas> y además en este caso concreto que su < Palabra es vida> y que< la fe procura primordialmente la vida del cuerpo y del alma>.

El tercer signo dado por Jesús se produjo, según el evangelio de San Juan, inmediatamente después del segundo, que acabamos de recordar (Jn 5,1-9):

-Después de esto, Jesús volvió a Jerusalén para celebrar una de las fiestas judías.

-Hay en Jerusalén, cerca de la puerta llamada de las ovejas, un estanque conocido con el nombre Betesda, que tiene cinco pórticos.

-En estos soportales había muchos enfermos recostados en el suelo, ciegos, cojos y paralíticos, que aguardaban la agitación del agua.

-Porque creían que de tiempo en tiempo, un ángel del Señor bajaba al estanque y removía el agua. El primero, pues, que después de la agitación del agua entrara en ella, quedaba sano de cualquier enfermedad que le aquejase.


-Estaba allí, un hombre que llevaba treinta y ocho años en su enfermedad.

-A éste, como lo viese Jesús tendido en el suelo y conociese que llevaba ya mucho  tiempo, le dice ¿Quieres ponerte sano?

-Le respondió el enfermo: Señor no tengo un hombre que, cuando se remueva el agua, me eche en el estanque, y en tanto que yo llego, otro baja antes que yo.

- Dijo le Jesús: Levántate coge tu camilla y anda.

-Y al instante quedó sano aquel hombre, y tomó su camilla y andaba. Era sábado aquel día.

El hecho de que fuera en sábado cuando Jesús realizara este milagro-signo preocupó y enfureció a los judíos que por éste y otros hechos semejantes le buscaban incesantemente con el deseo de matarlo. En esta ocasión interrogaron al enfermo curado, por la identidad de Jesús, y éste que apenas había podido hablar con él, pues el Señor había desaparecido entre la muchedumbre, no pudo darles ninguna referencia a tal propósito. Sin embargo cuenta San Juan que más tarde Jesús se hizo el encontradizo con el paralítico y le advirtió con estas palabras:< Has sido curado, no vuelvas a pecar más, pues podría sucederte algo peor>.

Sin embargo el hombre fue a informar a los judíos de quién era Jesús y cuando éstos le interrogaron por el milagro realizado en sábado, Jesús les criticó diciendo:< Mi Padre no cesa nunca de trabajar, por eso yo trabajo también en todo tiempo>. Respuesta que enfureció más a aquellos hombres pues decían:< No sólo no respeta el sábado sino que además asegura que Dios es su propio padre>

Jesús muestra con este signo todo su poder como Hijo de Dios, él no lo niega ante los judíos que le persiguen, todo lo contrario, lo pone más en evidencia e incluso un poco más tarde, en la fiesta de las Tiendas tal como también relata San Juan en el capítulo siete de su evangelio. Parece extraño que el Señor vuelva más tarde a dar nuevas explicaciones a los judíos sobre este signo- milagro, sin embargo, según nos aclara el Papa Benedicto XVI en su libro <Jesús de Nazaret. 1ª parte> existe una hipótesis de los exégetas modernos bastante convincente, según la cual el capítulo siete del evangelio de San Juan iba a continuación del quinto lo cual aclararía bastante esta tardanza en la explicación y nueva justificación de Jesús respecto a este signo (Jn 7, 11-29):

-Así que los judíos lo buscaban durante la fiesta y decían: ¿Dónde estará ese hombre?

-Y había sobre él muchas murmuraciones entre las turbas. Unos decían: Es bueno. Más otros decían: No, sino que embauca a la multitud.

-Nadie, sin embargo, hablaba de él públicamente por miedo a los judíos.

-Cuando ya la fiesta estaba a la mitad, subió Jesús al templo y enseñaba.

-Se maravillaban los judíos diciendo: ¿Cómo éste sabe de letras, sin haberlas aprendido?

-Le respondió, pues, Jesús: Mi doctrina no es mía, sino de aquél que me envió

-Quién quisiere cumplir su voluntad, conocerá si mi doctrina es de Dios o si yo hablo por mi propia cuenta.

-El que habla por su propia cuenta, busca su propia gloria; más quién busca la gloria del que le envió, éste es veraz y no hay en él injusticia

-¿Por ventura no tenéis la ley que os dio Moisés; y nadie de vosotros cumple la ley?

-¿Por qué tratáis de matarme? Respondió la turba: Endemoniado estás ¿Quién trata de matarte?

-Respondió Jesús y les dijo: Una obra hice y todos os maravillasteis

-Por eso Moisés os dio la circuncisión, no que provenga de Moisés sino de los Patriarcas, y en sábado circuncidáis a un hombre.

-Si la circuncisión recibe  un hombre en sábado, para que no pierda su vigor la ley de Moisés ¿Os encolerizáis conmigo porque en sábado a un hombre curé totalmente?

-No juzguéis por apariencia sino juzgar con rectitud

 
En estos versículos observamos que Jesús habla claramente a los judíos que le perseguían sobre su identidad divina, ya que Él está por encima de las leyes de los hombres. Las gentes que le oían, se extrañaban incluso de que no le apresaran en aquel momento y se preguntaban ¿Es que por fin habrán conocido de veras los jefes que éste es el Mesías? Y más tarde seguían diciendo < pero éste sabemos de donde es; más el Mesías, cuando venga, nadie sabe de donde es>.

Ante este comportamiento del pueblo, Jesús tomando de nuevo la palabra en el templo proclamaba (Jn 7,28-29):

-¿Me conocéis a mí y sabéis de donde soy?... Pues no he venido de mí mismo, sino que otro es real y verdadero, quien me envió, a quién vosotros no conocéis.

-Yo le conozco, porque de Él precede mi existencia y Él me envió.

 


 
 
No se puede hablar con más claridad que lo hizo Jesucristo, sin embargo hay todavía algunos eruditos que aseguran que Jesús no se reconoció Dios. El cuarto signo de Jesús contenido en el evangelio de San Juan es el de la multiplicación de los panes y de los peces (Jn 6,2-15):

-Le seguía  la muchedumbre, porque veían los prodigios que lograba con los enfermos.

-Subió al monte Jesús, y allí se sentó con sus discípulos.

-Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos.

-Alzando, pues, los ojos  Jesús y viendo que viene a Él gran muchedumbre, dice a Felipe: ¿ De dónde vamos a comprar panes para que coman éstos?

-Esto decía para probarle, que bien sabía Él lo que iba a hacer.

-Le respondió Felipe: Con doscientos denarios no tienen suficientes panes para que cada uno tome un bocado.

-Dice uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro:

-Hay un muchacho aquí que tiene cinco panes de cebada y dos pececillos; pero eso ¿Qué es para tantos?

-Dijo Jesús: Haced que los hombres se coloquen en el suelo. Había mucha hierba en aquel lugar. Se colocaron, pues, los varones en número cómo de unos cinco mil.

-Tomó, pues, los panes Jesús, y habiendo dado gracias, los distribuyó entre los que estaban recostados, y así mismo de los pececillos cuanto querían.

-Y cuando se hubieron saciado, dice a sus discípulos. Recoged los pedazos sobrantes, para que nada se pierda

-Los recogieron, pues, y llenaron doce canastos con los pedazos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido

-Los hombres, pues, al ver el prodigio que había obrado decían: Éste es verdaderamente el profeta que ha de venir al mundo.

-Jesús, pues, conociendo que iban a venir a arrebatarle para hacerle rey, se retiró de nuevo al monte, él solo.

En este cuarto signo dado por Jesús aparece la <imagen> del pan tal como nos dice Benedicto XVI en su libro “Jesús de Nazaret. 1ª parte”. En efecto, el Santo Padre asegura, refiriéndose al capítulo seis del evangelio de San Juan, donde se relata la < multiplicación de los panes y los peces>  y los correspondientes sermones de Jesús para explicar el significado de este milagro- signo a las gentes que lo presenciaron, que el < contexto fundamental en el que se sitúa todo el capítulo es la comparación entre Moisés y Jesús.

 
 
Jesús es el Moisés definitivo y más grande, el profeta que Moisés anunció a las puertas de la Tierra Santa  y del que dijo Dios: < Pondré mis palabras en su boca y les dirá lo que yo les mandé > (Dt 18,18). Sin embargo según el Papa Benedicto XVI para entender de forma decisiva la personalidad de Jesús  deberíamos remitirnos a la afirmación concluyente del Prólogo del evangelio del apóstol San Juan:

“A Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo único, que está en el seno del Padre  es quien lo ha dado a conocer. Por eso el Pontífice Benedicto XVI asegura que Jesús:<habla realmente a partir de la visión del Padre… Si Moisés nos ha mostrado sólo la espalda de Dios (Ex 33, 18-22s), Jesús en cambio es la Palabra que procede de Dios, de la contemplación viva, de la unidad con Él”.

Por otra parte, para entender mejor el comportamiento del pueblo judío de aquellos tiempos frente a la contemplación del hecho maravilloso de la multiplicación de los panes y los peces, es necesario tener en cuenta que para éste pueblo el verdadero pan del cielo que alimentó y alimenta a Israel es la Palabra de Dios (Torah).

Según el Santo Padre dada esta perspectiva hemos de entender el debate de Jesús con los judíos reunidos en la sinagoga de Cafarnaúm. En efecto, dice San Juan en su evangelio que después de este milagro la muchedumbre buscaba a Jesús en Cafarnaúm seguramente con la esperanza de volver a ver otro signo semejante, por eso cuando le encontraron allí el Señor les habló en éstos términos (Jn 6,26):

-En verdad, en verdad os digo: Me buscáis no porque visteis señales maravillosas, sino porque comisteis de los panes y os hartasteis.

Con estas palabras Jesús llama la atención a los hombres de todos los tiempos, sobre el hecho crucial de que hay que entender  el milagro de la multiplicación de los panes y los peces con el significado teológico que Él pretendía. No desde el punto de vista puramente material  sino desde el punto de vista de la salvación del género humano.

 
 
El  <pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo>  (Papa Benedicto XVI, Ibid). Hace referencia aquí el Santo Padre al versículo (6,33) del evangelio de San Juan donde Jesús da respuesta a los judíos que le perseguían y le pedían otra nueva señal… Ellos decían (6, 30-33):

-¿Qué señal, pues, haces tú para que veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra ?.

-Nuestros padres comieron del maná en el desierto, según está escrito: <Pan venido del cielo les dio a comer> (Sal 77,24)

-Les dijo, pues Jesús: En verdad, en verdad os digo, no fue Moisés quien os dio el pan bajado del cielo, sino mi Padre es quien os da el pan verdadero, que viene del cielo;

-porque el pan de Dios es el que desciende del cielo y da vida al mundo.

 A pesar de esta explicación los judíos no quisieron entender lo que dijo Jesús pero sin embargo algunos le pidieron que les diera de esa clase de pan a lo que  Jesús les respondió (Jn 6,35):

-Yo soy el pan de vida; el que viene a mí no padecerá hambre y el que cree en mí no padecerá sed jamás…

Y poco después, Jesús viendo que seguían dudando y murmurando entre sí por lo que había dicho aseguraba (Jn 6,44-47):

-Nadie puede venir a mí sino le trajera el Padre, que me envió; y yo le resucitaré en el último día

-Está escrito en los profetas: < Y serán todos enseñados por Dios>. Todo el que oye al Padre y recibe sus enseñanzas, viene a mí

-No es que al Padre le haya visto alguien; sólo el que viene de parte de Dios ese es el que ha visto al Padre

-En verdad, en verdad os digo, el que cree tiene vida eterna.

 


 
 
Según el Papa Benedicto XVI (Ibid), los que escuchaban estos razonamientos estaban dispuestos quizás ya a realizar las obras necesarias para recibir el pan que Jesús les ofrecía, pero para recibir dicho pan no es suficiente solamente el trabajo humano, mediante el propio esfuerzo <únicamente puede llegar a nosotros como don de Dios, como obra de Dios>… <La realidad más alta y esencial no la podemos conseguir por nosotros mismos; tenemos que dejar que se nos conceda, y por así decirlo, entrar en la dinámica de los dones que se nos conceden>

Esto ocurre con la fe en Jesús, que es diálogo y relación viva con el Padre, y que en nosotros quiere convertirse de nuevo en palabra y amor.

En definitiva, el hombre, por su parte, para alcanzar la vida ha de creer en el Hijo, en Cristo, y aceptar con total fe su Palabra. Esta es la conexión por otra parte que encontramos entre la fe en Cristo y el Sacramento por él instituido de la Eucaristía, al que llamamos <misterio de fe> porque como decía el Papa Juan Pablo II:
 
 
“Dios es fiel a su Alianza. Alianza que selló con la humanidad en Jesucristo. No puede ya volverse atrás, habiendo decidido de una vez por todas que el destino del hombre es la vida eterna del Reino de los Cielos.

¿Cederá el hombre al amor de Dios, reconocerá sus errores? ¿Cederá el príncipe de las tinieblas, que es el padre de las mentiras, que continuamente acusa a los hijos de los hombres como en otros tiempos acusó a Job? (Job 1,9). Probablemente no cederá pero quizás sus argumentos pierdan fuerza. Quizás la humanidad se vaya haciendo poco a poco más sencilla, vaya abriendo de nuevo los oídos para escuchar la Palabra, con la que Dios lo ha dicho todo al hombre.

Y en esto no habrá nada de humillante; el hombre puede aprender de sus propios errores. También la humanidad puede hacerlo, en cuanto Dios la conduzca a lo largo de los tortuosos caminos de la historia; y Dios no cesa de obrar de este modo. Su obra esencial seguirá siendo siempre la Cruz y la Resurrección de Cristo. Esta es la Palabra definitiva de la verdad y del amor. Esta es también la incesante fuente de la acción de Dios en los Sacramentos, como lo es en otras vías solo conocidas por Él. Es una acción que pasa a través del corazón del hombre y a través de la historia de la humanidad"
(Papa San Juan Pablo II. Cruzando el umbral de la esperanza. Círculo de lectores).
Estas palabras del Pontífice deberían llenar nuestros corazones de una sana alegría que impidiera el efecto demoledor de este mundo consumista, encaminado hacia la búsqueda de placeres superficiales, que a nada conduce sino al individualismo y a la clausura de la vida interior.

 
 
 
 
 
Recientemente el Papa Francisco en su Exhortación Apostólica < Evangelii Gaudium>, proponia:
“ A cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación nos es para él porque como decía Pablo VI <nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor>"


En este sentido, algunos teólogos han asegurado que el fuego que arde, y que a la vez salva, es Cristo mismo, el juez y salvador.

 
 
“El encuentro con Él es el acto decisivo del juicio. Ante su mirada, toda falsedad se deshace. Es el encuentro con Él lo que, quemándonos nos transforma y nos libera para llegar a ser verdaderamente nosotros mismos.

En ese momento, todo lo que se ha construido durante la vida puede manifestarse como paja seca, vacua fanfarronería, y derrumbarse. Pero en el dolor de este encuentro, en el cual lo impuro y mal sano de nuestro ser se nos presenta con toda claridad, está la salvación.

Su mirada, el toque de su corazón, nos cura a través de una transformación, ciertamente dolorosa, <como a través del fuego>. Pero es un dolor bienaventurado, en el cual el poder santo de su amor nos penetra como una llama, permitiéndonos ser por fin totalmente nosotros mismos y, con ello, totalmente de Dios.

Así se entiende también con toda claridad la compenetración entre justicia y gracia: Nuestro modo de vivir no es irrelevante, pero nuestra inmundicia no nos ensucia eternamente, al menos si permanecemos orientados hacia Cristo, hacia la verdad y el amor.

A fin de cuentas, esta suciedad ha sido ya quemada en la Pasión de Cristo. En el momento del Juicio experimentamos y acogemos este predominio de su amor sobre todo el mal en el mundo y en nosotros. El dolor del amor se convierte en nuestra salvación y en nuestra alegría.

Está claro que no podemos calcular con las medidas cronométricas de este mundo la duración de este arder que transforma.

El  <momento> transformador de este encuentro está fuera del alcance del cronometraje terrenal. Es tiempo del corazón, tiempo del <paso> a la comunión con Dios en el Cuerpo de Cristo

(Benedicto XVI. Carta encíclica <Spe Salvi >. Dada en Roma el treinta de noviembre del año 2007)