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viernes, 4 de diciembre de 2015

JESÚS Y EL SIGNO DE JONÁS


 
 
 
 
 
 
"El día siguiente al sábado, todavía muy de mañana, llegaron al sepulcro (las mujeres que habían venido con Jesús desde Galilea) llevando los aromas que habían preparado / y se encontraron con que la piedra había sido removida del sepulcro / Pero al entrar, no encontraron el cuerpo de Jesús / Estaban desconcertadas por este motivo, cuando se les presentaron dos varones con vestiduras refulgentes / Como estaban llenas de temor y con los rostros inclinados hacia tierra, ellos dijeron: ¿Po qué buscáis entre los muertos al que está vivo? / No está aquí, sino que ha resucitado..." (Lc 24, 1-6) 


En este recién estrenado siglo XXI, es más necesario que nunca hablar del <Signo de Jonás>, pero ¿Qué es, o en qué consiste este signo?, se preguntarán muchos que no conocen, o en su caso, no recuerdan, las Sagradas Escrituras. Tenemos que remontarnos a los tiempos antiguos, en concreto aquellos en los cuales aún no había venido a este mundo Jesús, nuestro Salvador (Libro de Jonás 786-746 a.C.).

Muchos estudiosos del Antiguo Testamento han creído ver en la figura de Jonás, del libro que lleva este nombre, al hijo de Amittay, natural de Gad ha-Jéfer (próximo a Nazaret). Podría tratarse de un profeta así llamado, que se menciona en el libro <Segundo de los Reyes>,  con motivo de la subida al trono en Samaria de Joroboán II (2 Re 14,25), al que vaticinó sus éxitos contra los arameos. Según parece este hombre debería trasladarse a Nínive, por mandato de Yahveh, para prevenir a su pueblo, respecto a un próximo castigo divino, por el mal comportamiento de éste. Sin embargo, Jonás siente miedo y no escucha la Palabra de Dios, sino que intenta huir a Tarsis en un barco que hacia allí se dirigía. Pero Yahveh desencadenó una terrible tormenta, de forma que la embarcación estuvo  a punto de hundirse. Los marineros enterados de la culpabilidad del profeta le preguntaron llenos de desesperación: ¿Qué debemos hacer contigo para que  la mar se nos aplaque? A lo que Jonás respondió: Coged y arrojadme al mar, y este se aplacará…
Y así sucedió, y un gran pez destinado por Yahveh se tragó al profeta, el cual desde el vientre del animal pidió socorro a Dios, arrepentido de su mal comportamiento, y Éste se lo concedió (después que permaneció tres días con sus tres noches en el vientre de la bestia). Jonás finalmente cumplió con el encargo que el Señor  le había ordenado, dirigiéndose al pueblo de Nínive para avisarle del peligro que corría. El pueblo se arrepintió y Dios compadecido  perdonó y no  envió daño alguno. La reacción de Jonás es de disgusto y asombro ante la bondad, para él inexplicable, de Dios, el cual finalmente da una lección definitiva al profeta sobre el grado de bondad divina, que considera que todos los hombres son dignos de ser perdonados si de corazón se arrepienten y piden perdón al Altísimo…


 
 
Las palabras de Jesús darán similitud a esta historia relatada en el Antiguo Testamento, y también significado teológico, tal como se constata en el Nuevo Testamento, concretamente, en el Evangelio de San Mateo (Mt 12, 39-41). Jesús relacionará su Resurrección de entre los muertos con el <Signo de Jonás>.

Cristo resucitó, y éste es el misterio clave para entender la fe y la esperanza del mensaje mesiánico.

Como podemos leer en el Catecismo de la Iglesia Católica, escrito en orden a la aplicación del Concilio Ecuménico Vaticano II:
(nº993)  Los fariseos y muchos contemporáneos del Señor, esperaban la resurrección. Jesús la enseña firmemente. A los saduceos que la niegan responde: <Vosotros no conocéis ni las Escrituras ni el poder de Dios, vosotros estáis en el error> (Mc 12,24). La fe en la resurrección descansa en la fe en Dios, que <no es un Dios de muertos sino de vivos> (Mc 12,27).

(nº 994) Pero  hay más: Jesús liga la fe en la resurrección a la fe en su propia persona: <Yo soy la resurrección y la vida> (Jn 11,25).

 
 
 
 
Jesús resucitará en el último día a quienes hayan creído en Él, y hayan comido su cuerpo y bebido su sangre. En su vida pública ofrece ya un signo y una prenda de la resurrección, devolviendo la vida a algunos muertos; entre estos, destacaremos el caso de  su querido amigo Lázaro (Jn 11, 38-44)
 
Ante todo,Jesús predicaba el advenimiento del Reino por toda Galilea, evangelizando en las sinagogas, pero también, en ocasiones, subiéndose a cualquier monte, y la gente le seguía sedienta de sus palabras; usaba con frecuencia las parábolas, cuya utilización era muy frecuente en su época por parte de los profetas, salmistas o rabinos.
Pero además de todo esto hacía milagros, como el de la resurrección de Lázaro, milagros increíbles, que dejaban a la muchedumbre asombrada; con estos milagros, quería demostrarles que él era el <Hijo del hombre>, esto es, el Mesías, el esperado por el pueblo de Israel.

Había, sin embargo, algunos judíos que no creían, o mejor dicho que no querían creer en Él, al igual que sucede en la actualidad entre algunos hombres de este paganizado siglo XXI  ¿Estaban impregnados de una <conciencia errónea>?, en el mejor de los casos, sí, ó ¿estaban más bien corrompidos, por la soberbia y la maldad que caracteriza a los acólitos del demonio? Son preguntas difíciles de contestar, pero que en definitiva conducen al mismo resultado final: la incapacidad para comprender y aceptar la llegada del Mesías por primera vez a este mundo. 
Dos sectas religiosas eran las que más destacaban en aquellos tiempos. Por una parte, la de los fariseos, la más popular y considerada entre las gentes del pueblo, porque predicaban la <venida del Mesías>, de un Dios-hombre, que impondría al mundo el imperio de la Ley mosaica y daría, el lugar que le correspondía al pueblo de Israel, entre todas las naciones del mundo.

Los fariseos, aunque interpretaban de forma sebera la Ley mosaica, lo hacían desde un punto de vista muy materialista, y además estaban llenos de todos los defectos que ellos prohibían a sus seguidores, tales como: la avaricia, la vanagloria y la ostentación; en definitiva, de todos aquellos pecados hijos de la soberbia, propia del padre de la mentira, Satanás. Jesús los desenmascaró en distintas ocasiones y por eso le odiaban a muerte, y le provocaban con sus preguntas insidiosas con objeto de encontrar en sus respuestas algún error que les permitieran condenarle y finalmente provocar su muerte, como en definitiva ocurrió.
Otro grupo de personas, los llamados saduceos,  compartía los honores de los despropósitos y vicios de la época, con los fariseos. A esta secta pertenecían  aristócratas y sacerdotes en su gran mayoría, pero también acogía algunos adictos al fariseísmo. Estos hombres guardaban su severidad para sancionar penalmente a aquellas personas que ellos pensaban habían incumplido la Ley mosaica, por eso gozaban de menos popularidad que la secta de los fariseos, entre sus conciudadanos, por eso, y porque además eran amigos de los gentiles romanos, es decir, de aquellos hombres que por entonces mandaban y explotaban al pueblo judío, sometido a Roma.


 
 
 
 
En este contexto podemos entender, con semejantes cataduras de hombres, que  fueran capaces de exigirle a Jesús una <señal del cielo> que demostrara que los milagros que hacía no provenían del demonio, como ellos aseguraban, y querían hacer creer al resto del pueblo judío.

El apóstol San Mateo y el evangelista San Marcos, relataron en sus respectivos Evangelios los hechos acaecidos, pero el primero lo hace con mas lujo de detalles, y ello proporciona un mayor significado teológico a su testimonio y por otra parte, hay que tener en cuenta que fue testigo presencial de los sucesos ocurridos,  ya que era uno de los <Doce>, elegidos por Jesús, que le acompañaban, con seguridad, en el momento del evento que tuvo lugar después de la segunda multiplicación de los panes y los peces (Mt 16, 1-4):

-Se acercaron los fariseos y los saduceos y, para tentarle le rogaron que les hiciera ver una señal del cielo.
-Él le respondió: <al atardecer decís que va hacer buen tiempo, porque está el cielo arrebolado;

-y por la mañana, que hoy habrá tormenta porque el cielo está rojizo y sombrío. ¿Así que sabéis descubrir el aspecto del cielo y no podéis descubrir los signos de los tiempos?

-Esta generación perversa y adúltera pide una señal, pero no se le dará otra señal que la de <Jonás>. Y los dejó y se marchó.


El evangelista San Marcos por su parte asegura en su Evangelio, refiriéndose a este mismo episodio de la vida del Señor, que subió a una barca con sus discípulos y se  alejó de allí dirigiéndose a la ribera opuesta del mar de Galilea, pero los apostoles se olvidaron de llevar el pan suficiente para alimentarse todos; sólo tenían un pan (Mc 16, 13-15):

-Y dejándolos, subió de nuevo a la barca y se marchó a la otra orilla.

-Se olvidaron de llevar panes y no tenían consigo en la barca más que un pan.

-Y les advertía diciendo: <estad alertas y guardaos de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes>.

También San Mateo hace mención de las circunstancias que tuvieron lugar después del enfrentamiento de Jesús, con los fariseos y los saduceos (Mt 16, 5-12):

-Al pasar los discípulos a la otra orilla se olvidaron de llevar panes.

-Jesús les dijo: <estad alertas y guardaos de la levadura de los fariseos y los saduceos>.

-Pero ellos comentaban entre sí, no hemos traído panes.

-Al darse cuenta Jesús dijo: <hombres de poca fe>. ¿Por qué vais comentando entre vosotros que no tenéis panes?

-¿Todavía no entendéis? ¿No os acordáis de los cinco panes para los cinco mil hombres y de cuántos cestos recogisteis?

-¿Ni de los siete panes para los cuatro mil hombres y de cuántas espuertas recogisteis?

-¿Cómo no entendéis que no me refería a los panes? Guardaos de la levadura de los fariseos y de los saduceos.

-Entonces comprendieron que no se refería a que tuvieran cuidado con la levadura del pan, sino con las enseñanzas de los fariseos y los saduceos.

Jesús realmente habla siempre muy claro, y todo hombre de buena voluntad forzosamente le tiene que entender, sucede sin embargo, como en esta ocasión, que los hombres se enredan en historias y pormenores que pueden aturdir y cambiar el sentido de una idea o de un razonamiento, pero el Señor nos pide a todos que tengamos fe en Él, y en su Mensaje, y por eso les reprocha a sus discípulos la falta de fe, porque en principio pensaron que la levadura que él les mencionaba, era la utilizada en la fabricación del pan, y no  la levadura de los malos pensamientos, y las actitudes, de las sectas de los fariseos y de los saduceos, que constantemente le importunaban con preguntas mal intencionadas y provocadoras.
 
 
 
 
 
Por otra parte, el Papa Benedicto XVI recordando las palabra de Jesús: Esta generación perversa y adúltera pide una señal, pero no se le dará otra señal que la señal de <Jonás> ;nos advierte , de que Jesús hizo muy bien en no querer dar una señal  inmediata a aquellos hombres depravados porque aunque hubiera dicho o hecho cosa alguna, y ya había hecho muchos milagros y enseñado muchas verdades, estos no le hubieran creído.


Como manifestó Jesús, con una parábola, los malvados: <se dejan llevar del maligno y no quieren creer en Dios>. La parábola a la que nos referimos es la de <Rico Epulón y el pobre Lázaro>, relatada únicamente por el evangelista San Lucas (Lc 16, 22-31).

 
 
 
 
En esta parábola, Jesús refiere que un hombre pobre llamado Lázaro pedía ayuda a las puertas de un hombre rico cuyo nombre era Epulón, y no recibía ninguna limosna, y cómo después, al morir este hombre acomodado y ser condenado, por sus malos hechos, al infierno, pedía ayuda a Lázaro que ya se encontraba en la gloria, al lado del Patriarca Abrahán.

El Papa Benedicto XVI recordando esta parábola del Señor, nos enseña que (Jesús de Nazaret. 1ª parte Benedicto XVI. Ed. <La esfera de los libros> S.L. 2008):
“El hombre rico dice a Abrahán desde el infierno lo que muchos hombres, entonces como ahora, dicen o les gustaría decir a Dios: Si quieres que creamos y nuestros oídos se rijan por la palabra de la revelación de la Biblia, entonces debes de ser más claro. Mándanos a alguien desde el más allá que nos pueda decir que eso es realmente así. El problema de la petición de pruebas, la exigencia de una mayor evidencia de la revelación aparece en todo el Evangelio.
La respuesta de Abrahán, así como, al margen de la parábola, la que da Jesús a la petición de pruebas por parte de sus contemporáneos, es clara: Quién no crea en la palabra de la Escritura tampoco creerá a uno que venga del más allá. Las verdades supremas no pueden someterse a la misma evidencia empírica que, por definición, es propia solo de las cosas materiales…

Así pues, si en la historia de Lázaro vemos la respuesta de Jesús a la petición de los signos por parte de sus contemporáneos, estamos de acuerdo con la respuesta central que Jesús da a esta exigencia. En Mateo se dice <Esta generación perversa y adúltera exige una señal; pues no se le dará más signo que el del profeta Jonás. Tres días y tres noches estuvo Jonás en el vientre de un cetáceo, pues tres días y tres noches estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra> (Mt 12, 39 s). En Lucas leemos <Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le  dará más signo, que el signo de Jonás. Como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación (Lc 11, 29 s).
No necesitamos analizar las diferencias entre estas dos versiones. Una cosa está clara: La señal de Dios para los hombres es el Hijo del hombre, Jesús mismo. Y lo es de manera profunda en su Misterio Pascual, en el Misterio de su muerte y Resurrección. Él mismo es el <signo de Jonás>. El crucificado y resucitado, es el verdadero Lázaro: Creer en Él y seguirlo, es el gran signo de Dios, es la invitación de la parábola, que es más que una parábola. Ella habla de la realidad, de la realidad decisiva de la historia por excelencia”


La <señal o el signo de los tiempos> para los hombres creyentes ha sido siempre el Hijo del hombre, el Mesías, porque Él murió y resucitó por la salvación del género humano. De alguna forma Él lo reconoció así al anunciar la destrucción de su cuerpo y la reconstrucción del mismo en sólo tres días con éstas palabras (Jn 2, 19): <Destruid este santuario, y en tres días lo levantaré>.

 
 
 
 
 
Son palabras del Señor en respuesta a los judíos que asombrados por su comportamiento con los compradores y vendedores a las puertas del templo en Jerusalén le habían interrogado pidiéndole también una señal. (Jn 2, 13-21):

"Como ya estaba próxima la fiesta judía de la Pascua, Jesús fue a Jerusalén / En el templo se encontró con los vendedores de bueyes, ovejas y palomas; también estaban allí, sentados detrás de sus mesas, los cambistas de dinero / Jesús, al ver aquello, hizo un látigo de cuerdas y echó fuera del templo a todos, con sus ovejas y bueyes; tiró al suelo las monedas de los cambistas y volcó sus mesas / y a los vendedores de palomas les dijo: Quitad esto de aquí. No convirtáis la casa de mi Padre en un mercado / Sus discípulos recordaron las palabras de la escritura: <El celo por mi casa me consumirá> / Los judíos le salieron al paso y le preguntaron: ¿Qué señal nos ofreces como prueba de tu autoridad para hacer esto? / Jesús replicó: <Destruid este templo, y en tres días yo lo levantaré  de nuevo> / Los judíos le contestaron: Han sido necesarios cuarenta y seis años para edificar este templo, ¿Y piensas tú reconstruirlo en tres días? / El templo del que hablaba Jesús era su propio cuerpo / Por eso, cuando Jesús resucitó de entre los muertos, los discípulos recordaron lo que había dicho, y creyeron en la Escritura y en las palabras que Él había pronunciado"
 
 
 
 
El Papa Benedicto XVI en su libro <Jesús de Nazaret. 2ª parte> se refiere a este pasaje de la vida del Señor, asegurando que: “En Juan, la verdadera palabra de Jesús se presenta así: <destruid este templo y yo en tres días lo levantaré>. Con esto Jesús responde a la petición de la autoridad judía de una señal que probara su legitimidad para un acto como la purificación el templo. Su <señal> es la Cruz y la Resurrección. La Cruz y la Resurrección lo legitiman como Aquel que establece el culto verdadero. Jesús se justifica a través de su Pasión; este es el signo de Jonás, que él ofrece a Israel y al mundo.

Pero la palabra va todavía más al fondo. Con razón dice Juan que los discípulos solo comprendieron esa palabra en toda su profundidad al recordarla después de la Resurrección, rememorándola a la luz del Espíritu Santo como comunidad de los discípulos, como Iglesia.

El rechazo a Jesús, su crucifixión, significa al mismo tiempo el fin de este templo. La época del templo ha pasado llega un nuevo culto en un templo no construido por el hombre. Este templo es su Cuerpo, el Resucitado que congrega a los pueblos y los une en el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. Él mismo es el nuevo templo de la humanidad. La crucifixión de Jesús es al mismo tiempo la destrucción del antiguo templo. Con su Resurrección comienza un modo nuevo de venerar a Dios, no ya en un monte o en otro, sino en <Espíritu y verdad>”

Nos habla aquí Benedicto XVI de aquello que está refrendado por el Catecismo de la Iglesia Católica (I.C.I.  nº 586):

“Lejos de haber sido hostil al Templo, donde expuso lo esencial de su enseñanza, Jesús quiso pagar el impuesto del templo asociándose con Pedro (Mt 17, 24-27), a quien acababa de poner como fundamento de su futura Iglesia (Mt 16, 18). Aún más, se identificó con el templo representándose como morada definitiva de Dios entre los hombres (Jn 2,21; Mt 12,6). Por eso su muerte corporal (Jn 2,18-22) anuncia la destrucción del templo que señalará la entrada de una nueva edad de la historia de la salvación: <llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre> (Jn, 4,21; Jn 4,23-24; Mt 27,5, Hb, 9,11, Ap 22,22)

 
 
 
 
Sí, con su Resurrección Jesucristo inauguró una nueva forma de adorar a Dios, tal como nos cuenta San Juan en su Evangelio, por ejemplo, durante el encuentro de Jesús con la samaritana. Jesús volvía a Galilea desde Judea y en el camino tuvo que pasar primero por la región de Samaria, llegando a una ciudad de la misma, llamada Sicar, famosa porque allí se encontraba la fuente de Jacob, donde bebieron sus hijos, su ganado y él mismo. Entre una mujer de la región, de vida licenciosa y Jesús se entabló una interesante conversación en la que Jesús al pedirle agua acaba reconociéndose el Mesías, y donde la mujer llega a comprender que éste debe ser al menos un profeta porque adivina sus secretos más íntimos (Jn 4, 19-24):

"Dice la mujer: Señor veo que tú eres profeta / Nuestros padres adoraron a Dios en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén está el lugar donde hay que adorarle / Créeme, mujer, está llegando la hora, mejor dicho, ha llegado ya, en que para dar culto al Padre no tendréis que subir a este monte ni ir a Jerusalén / Vosotros, los samaritanos, no sabéis lo que adoráis; nosotros sabemos lo que adoramos, porque la salvación viene de los judíos / Ha llagado la hora en que los que rinden verdadero culto al Padre, lo harán en espíritu y en verdad. El Padre quiere ser adorado así / Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad"

El Apóstol San Pablo en su carta a los hebreos tras una introducción muy amplia en la que explica como era el Santuario y los ritos del Antiguo Testamento, aclara que después de la venida del Mesías con su Pasión Muerte y Resurrección, éste ha conseguido penetrar en el tabernáculo más amplio y perfecto de un templo que ya no ha sido hecho por manos de los hombres y donde los sacrificios no se realizan por la sangre de los machos cabríos o por los becerros sino a través de un nuevo sacrificio de eficacia perfecta, esto es el sacrificio de Cristo (Hb 9 11-15)

-Cristo, se presentó como Sumo sacerdote de los bienes venideros, a través de un tabernáculo más santo y más perfecto, no hecho por mano de hombre, es decir, no de esta creación,

-y entró de una vez para siempre en el santuario, no con sangre de machos cabríos y de becerros, sino con su propia sangre, adquiriéndonos una liberación eterna.

-Pues si la sangre de los machos cabríos y de los becerros y la ceniza de la vaca, con las que se asperja a aquellos que están manchados, los santifica procurándoles la pureza del cuerpo,

-¿Cuánto más la sangre de Cristo que por virtud del espíritu eterno se ofreció a sí mismo a Dios como víctima inmaculada purificará nuestra conciencia de sus obras muertas, para servir al Dios vivo?

-Por eso es el mediador de una nueva alianza, a fin de que, consiguiendo con su muerte el perdón de los delitos cometidos en el tiempo de la primera alianza, aquellos que son llamados reciban la herencia eterna prometida.

 
 
 
Y por eso el <signo de Jonás> siempre estará vinculado a la Resurrección de Cristo; a los hombres sólo les toca interpretarlo bien y obrar en consecuencia, teniendo siempre presente que el enemigo mortal del género humano es Satanás, el Ángel caído, aquel que por soberbia se quiso imponer a Dios y fue condenado por el Altísimo junto con sus secuaces, los ángeles disidentes que le arropaban en sus deseos y maldades, a permanecer en el mundo de las tinieblas…

En cambio Dios es fiel a su Alianza con el hombre que selló mediante Pasión,  Muerte y Resurrección de su Unigénito Hijo. Es más, como aseguraba el Papa San Juan Pablo II (Cruzando el umbral de la esperanza Ed. Círculo de lectores 1995):
“No puede ya volverse atrás habiendo decidido de una vez por todas que el destino del hombre es la vida eterna y el Reino de los cielos ¿Cederá el hombre al amor de Dios, reconocerá su trágico error? ¿Cederá al príncipe de las tinieblas, que es el padre de la mentira (Jn 8,44), que continuamente acusa a los hijos de los hombres como en otro tiempo acusó a Job? (Job 1,9ss) probablemente no cederá, pero quizá sus argumentos pierdan fuerza. Quizá la humanidad se vaya haciendo poco a apoco más sencilla, vaya abriendo los oídos para escuchar la palabra con la que Dios lo ha dicho todo al hombre”

El Papa San Juan Pablo II  es optimista al evaluar el comportamiento humano en un futuro, futuro que ya es hoy presente en nuestro siglo, pero aunque es cierto que la esperanza siempre existirá y la Palabra de Dios será escuchada y respetada por la humanidad entera, lo cierto es que las primeras experiencias en este sentido, al comienzo de esta nueva etapa de la historia de los seres humanos, todo  parece indicar que marcha en el sentido contrario, pero el Espíritu Santo siempre ayuda al hombre en su camino de la búsqueda de la santidad, no lo olvidemos.


 
 
 El pueblo de Dios, está llamado inevitablemente a analizar los acontecimientos históricos o <signo de los tiempos> a la luz de la Palabra de Dios y a interpretarlos según sus designios. Más concretamente los católicos por la fe, debemos identificar el <signo de los tiempos> con el <signo de Jonás>, en función del amor Trinitario de Dios, revalidado por Cristo con su Pasión, Muerte y Resurrección. En particular la Resurrección de Cristo es un punto decisivo para la historia de la humanidad (Jesús de Nazaret 2ª Parte. Papa Benedicto XVI. Ed. Encuentros)





 

 

 

 

 

jueves, 26 de noviembre de 2015

JESÚS QUERÍA QUE SU MISIÓN DIVINA PERDURASE




La atracción universal, de toda la humanidad hacia Cristo crucificado, queda indicada en esta significativa frase del Señor, que él pronunció con motivo de la llegada a Jerusalén de unos gentiles para dar culto a Dios, porque también por entonces había ya  entre otros pueblos no israelitas el deseo imperioso de conocer al verdadero Dios, y por eso estaban impacientes por encontrarse con Jesús para que les revelara la Verdad, sin embargo respetuosos, y acaso temerosos de su poder, prefirieron pedir ayuda a uno de sus Apóstoles, concretamente a Felipe, para que actuara como su embajador ante él, rogándole con estas palabras: <Señor queremos ver a Jesús>. Felipe prudentemente, en vez de dirigir este deseo directamente a Jesús, le dijo a Andrés lo que pasaba, y así luego ambos expusieron a su Maestro este ruego.


 
 
 
El Señor ante esta situación da la impresión de que  ve más próxima que nunca su Pasión, Muerte y Resurrección, al pronunciar estas, en principio, misteriosas palabras (Jn 12, 23-26): "Ha llegado la hora en que sea glorificado el Hijo del hombre / En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no es enterrado y muere, queda él solo; más si muere, lleva mucho fruto / Quien ama su vida, la pierde; y quien aborrece su vida en este mundo, la ganará para la vida eterna /Quien me sirve, sígame; y donde estoy yo, allí estará también mi servidor"


Luego, se abatió sobre Él, por su naturaleza humana, la angustia ante la proximidad de los terribles acontecimientos que se avecinaban, y dijo (Jn 12, 27): <Ahora mi alma se ha turbado; ¿Y qué diré? Padre sálvame de esta hora>. Pero enseguida, con humildad y tremendo amor hacia la humanidad, ante la llegada de su Pasión y Muerte exclamó (Jn 12, 27-28) :< Más para esto vine a esta hora. Padre, glorifica tu nombre>.
 
 



Son dos las revelaciones que Jesús hace en este decisivo momento de la historia de la humanidad. Por una parte, que su muerte dará como fruto la victoria definitiva sobre el maligno, sobre Satanás, el príncipe del mundo, y por otra que se establecerá una atracción universal de toda la humanidad, desde la Cruz, hacia Cristo y su Iglesia. Y esto será así a lo largo de toda las generaciones desde la venida del Hijo del hombre, el Mesías, porque como muy bien nos dijo el Papa San Juan Pablo II (Carta Encíclica <Veritatis Splendor>. Dada en Roma el 6 a agosto de 1993):
“La relación entre Cristo Palabra del Padre, y la Iglesia, no puede ser comprendida como si fuera solamente un acontecimiento pasado, sino que es una relación vital, en la cual cada fiel está llamado a entrar personalmente…
La contemporaneidad de Cristo responde al hombre de cada época, se realiza en el cuerpo vivo de la Iglesia. Y por eso Dios prometió a sus discípulos el Espíritu Santo, que les <recordaría> y les haría comprender sus mandamientos (Jn 14, 26) y al mismo tiempo, sería el principio frontal de una vida nueva para el mundo (Jn 3, 5-8); Rm 8, 1-13)”

 
 
 
 
La Constitución dogmática <Dei Verbum> ha expresado este gran misterio en los términos bíblicos de un diálogo nupcial, como ha recordado el Papa Benedicto XVI (Los caminos de la vida interior. Benedicto XVI Ed. Chronica; 2011): “Dios que habló en otros tiempos, sigue conversando siempre con la esposa de su Hijo amado, y el Espíritu Santo por quién la voz viva del Evangelio resuena en la Iglesia, y por ella en el mundo, va introduciendo a los fieles en la verdad plena y hace que habite en ellos intensamente la palabra de Cristo (cf. Col 3.16) (Concilio Ecuménico Vaticano II. Constitución dogmática <Dei Verbum>)”

                                
 
 
 
En efecto, una vez terminada la obra sobre la tierra, que el Padre había encomendado a su Hijo Unigénito,  Éste envió al Espíritu Santo sobre sus discípulos reunidos en el Cenáculo, en torno a la Virgen María, el día de la celebración de la fiesta judía de Pentecostés, que conmemoraba la Alianza del Sinaí, en tiempos del Patriarca Moisés.


Tras la llegada del Espíritu Santo (en forma como de lenguas de fuego que se dividían y se posaban sobre los allí presentes), la Iglesia de Cristo se manifestó públicamente por primera vez, ante las gentes, que habían acudido hasta el lugar, asombradas y quizás sobrecogidas, por el fenómeno extraordinario que tuviera lugar (estruendo parecido al viento que sopla fuertemente), y desde ese mismo momento se inició la labor evangelizadora de la Iglesia instituida por Jesucristo porque los que estaban en aquel lugar <se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse> (Hech 2, 4)
 
 
 
 
Con razón la Iglesia así instituida es:  <Sacramento universal de Salvación>; tal como podemos leer en el Catecismo de la Iglesia Católica (nº 774): La palabra griega <mysterion>, ha sido traducido al latín por dos términos: <mysterium> y <sacramentum>. En este sentido, Cristo es el mismo: <Misterio de la Salvación> (Cristo es El mismo el Misterio de la salvación)



La obra salvífica de su humanidad santa y santificante es el <Sacramento de la Salvación>, que se manifiesta y actúa en los Sacramentos de la Iglesia (que las Iglesias Orientales llaman también <los santos misterios>).
Los siete Sacramentos (Bautismo, Confirmación, Eucaristía, Penitencia, Unción de los enfermos, Orden sacerdotal y Matrimonio) son los signos y los instrumentos mediante los cuales el Espíritu Santo distribuye la gracia de Cristo, que es la Cabeza, en la Iglesia que es el su Cuerpo.


 
 
 


Sin embargo por importante que sea la labor social de la Iglesia, que lo es y mucho, para paliar las necesidades materiales de la humanidad, sobre todo en tiempos de crisis económica como la actual, el verdadero <núcleo>, la <verdadera razón de ser> de la Iglesia de Cristo,  es ser <Misterio>, ser <Sacramento universal de salvación>.
Por esta razón aquellos que se llaman creyentes y dicen <creo en Dios>, pero <paso de los sacerdotes>; ó bien,  <Jesús sí, Iglesia no>, se encuentran en el camino de la obcecación y de la antítesis, porque Dios y, por tanto su Hijo Unigénito, nunca pueden estar en contraposición con su Iglesia ó con sus Apóstoles, de los cuales los sacerdotes son representantes.


 
 
 
 
En este sentido, resulta interesante recordar  la denuncia del Papa Benedicto XVI (“Un canto para el Señor. Cardenal Joseph Ratzinger. Papa Benedicto XVI. Ed. Sígueme. Salamanca 2011): “La situación de la fe y de la teología en Europa se caracteriza hoy, sobre todo, por una desmoralización eclesial. La antítesis <Jesús sí, Iglesia no> parece típica del pensamiento de una generación…Detrás de esta difundida contraposición entre Jesús y la Iglesia, late un problema cristológico"


Pero ¿cuáles son las raíces de la separación que se quiere hacer hoy entre Jesús y Cristo? Ésta es una cuestión que viene de lejos, de los inicios de la Iglesia, tal como podemos leer en la  primera Carta del Apóstol San Juan, con ocasión de las desviaciones del Mensaje de Cristo, por parte de algunos que llamándose creyentes, se comportaban como verdaderos <anticristos>.


Entre las causas, que han podido contribuir al empeño de algunos de separar a Jesús, de Cristo, Benedicto XVI menciona en primer lugar, la construcción del llamado <Jesús histórico> (Ibid): “El principio constructivo sobre el que emerge este Jesús excluye lo divino de él, siguiendo el espíritu de la Ilustración. Este <Jesús histórico> no puede ser Cristo ni Hijo…La Iglesia queda así descartada; solo puede ser una organización humana que se intenta utilizar con más o menos habilidad la filantropía de Jesús. Desaparecen también los Sacramentos…Detrás de este despojo de Jesús que es el <Jesús histórico>, hay una opción ideológica que se puede resumir en la expresión: imagen moderna del mundo”

 
 
 
Como segunda causa de la separación en la sociedad moderna, de Jesús, de Cristo, el Santo Padre menciona la tendencia de los hombres, en la actualidad, de tratar de explicar todo bajo el ámbito del empirismo, esto es, de la experimentación realizada por ellos sobre todos los ámbitos de la vida material e incluso espiritual (Ibid): El hombre de hoy no entiende ya la doctrina cristiana de la Redención. No encuentra nada parecido en su propia experiencia vital. No puede imaginar nada detrás de los términos como expiación, transcendencia y reparación…
 
 
La confesión de Jesús como Cristo cae por tierra. A partir de ahí, se explica también el enorme éxito de las interpretaciones psicológicas del Evangelio, que ahora pasa a ser el anticipo simbólico de la curación psíquica…La teología de la liberación –hoy fracasada prácticamente-descansa en las mismas razones. La Redención es sustituida por la liberación en el sentido moderno de la palabra”

 
 
 
 
 
Por último, como tercera causa que resume,  y encaja las dos anteriores, nos señala el Papa Benedicto la <perdida de la imagen real de Dios> (Ibid): “Ya no resulta posible concebir a un Dios que se preocupa de los individuos y actúa en el mundo. Dios pudo haber originado el estallido original del Universo, si es que lo hubo, pero no le queda nada más que hacer en un mundo ilustrado. Parece ridículo imaginar que nuestra acciones buenas o malas le interesen; tan pequeños somos ante la grandeza del Universo. Parece mitológico atribuirle una acción en el mundo”


Como consecuencia de todas estas cuestiones denunciados por el Papa Benedicto XVI, ha quedado como secuela entre algunos cristianos, cierta inseguridad e incluso increencia sobre la acción de Dios en la historia y sobre el papel primordial de su Iglesia.


 
 
 
 
Es conveniente por tanto recordar también a este respecto las palabras del Papa Juan Pablo II (Carta <Dominicae Cenae> Vaticano 24 de febrero, domingo I de Cuaresma, del año 1980): “La Iglesia ha sido fundada, en cuanto comunidad nueva del Pueblo de Dios, sobre la comunidad apostólica de los Doce que, en la última Cena, han participado del Cuerpo y de la Sangre del Señor, bajo las especies del pan y del vino. Cristo les había dicho: <tomad y comed>…<tomad y bebed>. Y ellos, obedeciendo este mandato, han entrado por primera vez en comunión sacramental con el Hijo de Dios, comunión que es prenda de vida eterna. Desde ese momento y hasta el fin de los siglos, la Iglesia se construye mediante la misma comunión con el Hijo de Dios, que es prenda de la Pascua eterna…



La Iglesia se realiza cuando en aquella unión y comunión fraternal, celebramos el sacrificio de la cruz de Cristo, cuando anunciamos <la muerte del Señor hasta que Él venga> (I Cor 11, 26). Y luego cuando compenetrados profundamente en el misterio de nuestra salvación, nos acercamos comunitariamente a la mesa del Señor, para nutrirnos sacramentalmente con los frutos del Santo Sacrificio propiciatorio. En la Comunión eucarística recibimos pues a Cristo, a Cristo mismo; y nuestra unión con Él, que es don y gracia para cada uno, hace que nos asociemos en Él a la unidad de su Cuerpo, que es su Iglesia. Solamente de esta manera, mediante la fe y disposición de ánimo, se realiza esa construcción de la Iglesia, que según la conocida expresión del Concilio Vaticano II, halla en la Eucaristía la <fuente cumbre de la vida cristiana> “



San Ambrosio, Obispo y Doctor de la Iglesia (397 +), que desde su niñez en Roma tenía el deseo ferviente de servir a Cristo y su Iglesia, escribió un <Tratado de la Fe>, para librar a ésta de los errores del arrianismo, y que ha sido un  excelente modelo a seguir, a lo largo de los siglos. Gran devoto del Santísimo Sacramento de la Eucaristía escribió la hermosa oración:

“Salve, Víctima de salvación, ofrecida en el patíbulo de la Cruz por mí y por todo el linaje humano. Salve, noble y preciosa Sangre que mana de las llagas de Jesucristo crucificado y lava los crímenes del mundo. Acordaos, Señor, del hombre que habéis rescatado con vuestra Sangre”


 
 
El ejemplo de tantos santos que ha dado la Iglesia de Cristo, han servido de aliento a todos los creyentes en su caminar hacia Dios. Sí, porque como también decía el Papa Juan Pablo II (Cruzando el umbral de la esperanza. El reto de la nueva evangelización. Círculo de lectores): “La Iglesia renueva cada día, contra el espíritu de este mundo, una lucha que no es otra que  <la lucha por el alma de este mundo>. Si de hecho por un lado, en él están presentes el Evangelio y la evangelización, por otro hay una poderosa <anti-evangelización>, que dispone de medios y de programas, y se opone con gran fuerza al Evangelio. La lucha por el alma del mundo contemporáneo es enorme allí, donde el espíritu de este mundo parece más poderoso.


En este sentido, en la Carta <Redemptoris missio>, se habla de los modernos areópagos, es decir, de los nuevos púlpitos. Estos areópagos, son hoy en día el mundo de la ciencia, de la cultura, de los medios de comunicación; son los ambientes en que se crean las élites intelectuales, los ambientes de los escritores y de los artistas.

La evangelización  renueva el encuentro de la Iglesia con el hombre, está unida al cambio generacional. Mientras pasan las generaciones que se han alejado de Cristo y de su Iglesia, que han aceptado el modelo laicista de pensar y de vivir, a los que ese modelo les ha sido impuesto, la Iglesia mira siempre hacia el futuro; sale sin detenerse nunca, al encuentro de las nuevas generaciones. Y se muestra con toda claridad que las nuevas generaciones acogen con entusiasmo lo que sus padres parecen rechazar”   

Bellas y consoladoras palabras de un Papa que ha sido impulsor y alentador de las Jornadas mundiales de la Juventud, las JMJ, que tantos frutos ha dado a la Iglesia de los dos últimos siglos. La Iglesia le estará siempre agradecida por ello, y por tantos otros beneficios que ha recibido durante su Pontificado, por eso desde el mismo momento de su partida de este mundo para ir hacia el Padre  celestial, su grey ha gritado ¡santo!, y pronto será reconocido como tal por la Iglesia católica.

 
 
 
 
Las Jornadas mundiales de la juventud, originadas sobre una idea del Papa Pablo VI, un Vicario de Cristo también muy preocupado por la juventud, que en el Año Santo de 1975  reunió en Roma a varios miles de personas jóvenes en su mayoría, de todo el mundo, posteriormente fueron potenciadas de forma decisiva por el Papa Juan Pablo II, siendo apodado por ello con el apelativo cariñoso del <Papa de los jóvenes>. Estos grande encuentros en los que participan con gran interés la juventud de tantos Países, para escuchar las catequesis de los sucesores de Pedro y dar al mundo, con ello, muestras evidentes de que la Iglesia de Cristo está viva, y es aceptada y amada por las nuevas generaciones, se vienen realizando con regularidad cada dos o tres años.


 
 
 
 
 
 
Una de las últimas ha tenido lugar en Brasil, a donde en viaje apostólico, marchó el Papa actual Francisco, siendo como todas las anteriores, un gran estímulo para los creyentes y un objeto de reflexión para los increyentes. Precisamente en la homilía de la Santa misa que celebró en el Paseo marítimo de Copacabana (Rio de Janeiro), el 28 de julio de 2013, al dirigirse a la juventud se expresaba en los términos siguientes: "<Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos>. Con estas palabras, Jesús se dirige a cada uno de ustedes...Pero ¡cuidado! Jesús no ha dicho: si quieren, si tienen tiempo vayan, sino que dijo: <Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos>.



Compartir la experiencia de la fe, dar testimonio de la fe, anunciar el evangelio es el mandato que el Señor confía a toda la Iglesia, también a ti; es un mandato que no nace de la voluntad de poder, sino de la fuerza del amor, del hecho de que Jesús ha venido ante nosotros y nos ha dado, no nos dio algo de sí, sino que se nos dio todo él, él ha dado su vida para salvarnos y mostrarnos el amor y la misericordia de Dios. Jesús no nos trata como esclavos, sino como personas libres, amigos, hermanos; y no sólo envía, sino que nos acompaña, está siempre a nuestro lado en esta misión de amor" 
  
 
 
 
 
Hermosas palabras del Papa Francisco que nos recuerdan estas otras: ¡Ay de mí sin no predicase el Evangelio!” Esta bella frase salió de la boca del Apóstol San Pablo y ha quedado recogida en su primera Carta a los corintios. San Pablo se sintió, después de la llamada del Señor, impelido de inmediato a realizar la tarea evangelizadora que Éste le había destinado entre los pueblos paganos,  atraído  por la idea de convertir a los habitantes de Corinto, ciudad llamada por Horacio la <de los dos mares>, porque le pareció desde el primer momento el lugar ideal para llevar el Mensaje de Jesucristo, dado el grado de corrupción que allí existía.


Fueron casi dos años los necesarios para conseguir los deseos del Apóstol, siendo los gentiles y los más pobres de la ciudad, los que de manera preferente se dejaron arrastrar por sus enseñanzas, pero al fin consiguió fundar la Iglesia de Corinto, la cual en un principio dio muy buenos frutos para la cristiandad de la época; más tarde, y bajo la acción del maligno, surgieron graves problemas en el seno de esta Iglesia tan floreciente, porque la inmoralidad y costumbres licenciosas volvieron a tomar carta de naturaleza.
Enterado el Apóstol de lo que sucedía y muy apenado por ello escribió esta primera Carta a los corintios, que en realidad según los estudiosos sería la segunda ya que de la primera no ha quedado constancia escrita, en la Pascua hacia el año 56 d. C. Es en la segunda parte de dicha Carta, donde San Pablo pronuncia esta famosa frase (I Co 9, 16-19):

"Porque si predico no es para mí gloria ninguna; obligación es la que pesa sobre mí; pues ¡ay de mí si no predicare el Evangelio! / Pues si  por mi propia iniciativa hiciera esto, recibiría mi salario; mas si por imposición ajena, eso es puro desempeño de un cargo que me ha sido confiado / ¿Cuál es pues mi salario? Que al predicar el Evangelio lo pongo de balde, para no hacer valer mi estricto derecho en la predicación del Evangelio / Porque siendo yo libre de todo a todos me esclavicé, para ganar a los más"

Gran humildad y sabiduría la del Apóstol San Pablo. Él se nos muestra como sumiso totalmente a los deseos de Cristo, sin pedir nada a cambio por su labor de emisario divino, debido a una fuerza irresistible ejercida sobre su corazón por causa del amor a Jesucristo y a la humanidad (<Dios está cerca>.  

En efecto, como aseguraba el Papa Benedicto XVI (Ibid):
“Frente a una Iglesia donde había, de forma preocupante, desórdenes y escándalos, donde la comunidad entera estaba amenazada por partidos y divisiones internas que ponían en peligro la unidad del Cuerpo de Cristo, San Pablo se presenta no con sublimidad de palabras o de sabiduría, sino con el anuncio de Cristo, de Cristo Crucificado. Su fuerza no es el lenguaje persuasivo sino, paradójicamente,  la debilidad y la humildad de quién confía sólo en el <poder de Dios> (I Co 2, 1-5)”

 
 
 
Éste es el gran ejemplo a seguir por todos los miembros de la Iglesia católica porque como muy bien advertía el Papa Juan Pablo II (Ibid): “La Iglesia evangeliza, la Iglesia anuncia a Cristo, que es camino, verdad y vida; Cristo único mediador entre Dios y los hombres. Y a pesar de las debilidades humanas, la Iglesia es incansable en este anuncio. La gran oleada misionera, la que tuvo lugar en el pasado siglo   XIX, se dirigió a todos los continentes y en particular, hacia el continente africano.

Aún en ese continente tenemos muchas tareas que hacer con una Iglesia indígena ya formada. Son numerosas ya las generaciones de Obispos africanos. África se convierte así, en un continente de vocaciones misioneras. Y las vocaciones, gracias a Dios, no faltan. Todo lo que disminuye en Europa, otro tanto aumenta allí, en África o en Asia. Quizás algún día se revelen verdaderas las palabras del Cardenal Hyacinthe Thiandoum (natural de Poponguine dentro de la Arquidiócesis de Dakar, Senegal. 1921-2004), que planteaba la posibilidad de evangelizar al <Viejo Mundo>, con misioneros negros y de color. Y por eso hay que preguntarse si no será ésta una prueba más de la <permanente vitalidad de la Iglesia”

 
 
 
 
Así ha sido y así será, con la ayuda del Espíritu Santo, desde el mismo momento de su institución por nuestro Señor Jesucristo, hasta el final de los siglos. La Iglesia tiene como principal cometido conservar y propagar el Mensaje de Cristo, pero además como recordaba el Papa León XIII (Carta Encíclica <Satis Cognitum> 29 Junio 1896): “Por la salud del género humano se sacrificó Jesucristo, y a este fin refirió todas sus enseñanzas y todos sus preceptos, y lo que ordenó a la Iglesia que buscase en la verdad de la doctrina, fue la santificación y la salvación de los hombres. Pero este designio tan grande y tan excelente, no puede realizarse por la sola fe; es preciso añadir a ella el culto dado a Dios en espíritu de justicia y de piedad, y que comprende sobre todo, el sacrificio divino y la participación en los Sacramentos, y por añadidura la santidad de las leyes morales y de la disciplina.


Todo esto debe encontrase en la Iglesia, pues está encargada de continuar hasta el final de los siglos las funciones del Salvador; la religión que por voluntad de Dios, en cierto modo tomó cuerpo en ella, es la Iglesia sola quien la ofrece en toda su plenitud y perfección; e igualmente todos los medios de salvación que, en el plan ordinario de la Providencia, son necesarios a los hombres, sólo ella es quien los procura”