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sábado, 1 de julio de 2017

JESÚS Y LA INDISOLUBILIDAD DEL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO (I)



 
 
 
 


Para tratar de entender  aquellos temas que atañen al hombre es necesario invariablemente recurrir a su origen y este origen es Dios. También en el tema de la indisolubilidad del sacramento del matrimonio es necesaria esta premisa, debemos ineludiblemente recordar las palabras de Jesús sobre esta cuestión en los evangelios (Mt 5, 31-32):

“Se dijo (Dt 24,1): al que despidiere a su mujer, dele  libelo de repudio / Más yo os digo que todo el que despidiere a su mujer, excepto en caso de fornicación, la hace cometer adulterio; y quien se case con una repudiada, comete adulterio”
 
 


Son dos las  enseñanzas de Jesús a los hombres, según el evangelio de san Mateo,  durante el Sermón de la montaña, con respecto al sacramento del matrimonio, pero ambas conducen a la indisolubilidad del matrimonio para evitar el pecado de adulterio.
Sin duda, los seguidores del Señor debieron de llevarse una desagradable sorpresa debido a las costumbres imperantes desde antiguo entre el pueblo judío. Los mismos apóstoles quedaron intranquilos y más adelante, se lo hicieron ver con motivo de una pregunta realizada por los fariseos sobre el tema (Mt 19, 1-11):

-Sucedió que Jesús partió de Galilea y vino a los confines de Judea allende de Jordán,  
-y le siguieron grandes muchedumbres, y los curó allí.  

-Y se le acercaron unos fariseos, tentándole y diciéndole: < ¿es lícito repudiar a la mujer por cualquier motivo?>
-Él respondió, dijo: ¿No leísteis tal vez que el que los creó desde el principio los hizo varón y hembra?

-Por esto dejará el hombre al padre y a la madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne (Gen 2,24)
-Así que ya no son dos, sino una carne. Lo que Dios, pues, juntó, el hombre no lo separe

-dícenle < ¿Por qué Moisés prescribió dar libelo de divorcio y repudiar?> (Dt 24,1).
 

-Díceles: porque Moisés en razón de vuestra dureza de corazón, os consintió repudiar a vuestras mujeres; más desde un principio no ha sido así
-Y os digo que quien repudia a su mujer, no interviniendo fornicación y se casare con otra, adultera, y quien se casare con la repudiada adultera

-Dícenle los discípulos: <si tal es la situación del hombre respecto de la mujer, no vale la pena casarse>
-Él les dijo: no todos son capaces de comprender esta palabra, sino aquellos a quienes ha sido dado
 
 
 

 A los cristianos nos ha sido dada la palabra de Dios, a través de su Hijo unigénito y por tanto estamos obligados, a aceptarla y guardarla siempre; sin embargo ello resulta difícil cuando el hombre se rebela contra su Creador y es por eso que desde que Jesús pronunciara estas sentencias, sus apóstoles primero, los Padres de la Iglesia después y los Pontífices de la misma, han tenido que seguir pronunciando estas mismas palabras, con ligeros variantes en lo superficial, en las formas, que no en el contenido, a lo largo de todos estos siglos…

El hombre del siglo XXI ha llegado hasta nuestros días arrastrando durante muchos años, una serie de negaciones y falsas teorías con respecto a la indisolubilidad del matrimonio y en particular del sacramento instituido por Jesús al asistir a las bodas de Caná de Galilea (Jn 2, 1-11), y con ello elevar la unión entre hombre y mujer a la categoría sacramental.
 
 



Las manifestaciones realizadas por los Papas máximas autoridades dentro de las Iglesia de Cristo, han estado siempre en esta línea, y por desgracia han tenido mucho trabajo que realizar al respecto y tendrán que seguir realizando para que se cumpla la palabra de Jesús…

Dando un repaso a las declaraciones, catequesis y enseñanzas en general de los Pontífices de los dos últimos siglos, podemos comprobar, como esto es así, y como la Iglesia siempre ha respetado aquellas enseñanzas de Cristo sobre el matrimonio y su indisolubilidad.

Queremos empezar este repaso sobre las enseñanzas de los Papas en los últimos siglos sobre el tema de la indisolubilidad del matrimonio, con el sumo Pontífice León XIII, el cual en su Carta Encíclica <Arcanum Divinae Sapientiae> dada el 10 de febrero de 1880, segundo de su pontificado se expresaba en los siguientes términos:
 
 

“Para todos consta, venerables hermanos, cual es el verdadero origen del matrimonio. Pues, a pesar que los detractores de la fe cristiana traten de desconocer la doctrina constante de la Iglesia acerca de este punto y se esfuerzan ya desde tiempo por borrar la memoria de todos los siglos, no han logrado, sin embargo, ni extinguir ni siquiera debilitar la fuerza y la luz de la verdad.

Recordamos cosas conocidas de todos y de las que nadie duda: después que en el sexto día de la creación formó Dios al hombre del limo de la tierra e infundió en su rostro el aliento de vida, quiso darle una compañera, sacada admirablemente del costado de él mismo mientras dormía. Con lo cual quiso el próvido Dios que aquella pareja de cónyuges fuera el natural principio de todos los hombres, o sea, de donde se propagara el género humano y mediante ininterrumpidas procreaciones se conservara para todos los tiempos.

Y aquella unión del hombre y la mujer, para responder de la mejor manera a los sapientísimos designios de Dios, manifestó desde ese mismo momento dos principalísimas propiedades, nobilísimas sobre todo y como impresas y grabadas ante sí: la unidad y la perpetuidad. Y esto lo vemos declarado y abiertamente confirmado en el Evangelio por la autoridad divina de Jesucristo, que atestiguó a los judíos y a los apóstoles que el matrimonio, por su misma institución sólo puede verificarse entre dos, esto es, entre un hombre y una mujer; que de estos dos viene a resultar como una sola carne, y que el vínculo nupcial está tan íntima y fuertemente atado por la voluntad de Dios, que por nadie de los hombres puede ser desatado o roto. Se unirá (el hombre), a su esposa y serán dos en una carne. Y así no son dos, sino una carne. Por consiguiente, lo que Dios unió, el hombre no lo separe”

León XIII (Joaquín Pecci), nació en el seno de una familia noble en 1810 y desde muy joven sintió la llamada de Cristo, siendo ordenado sacerdote en el año 1837.



Muy pronto se puso de manifiesto sus dotes morales e intelectuales por las cuales fue nombrado arzobispo de Perusa en 1846 y cardenal en el año 1853. El Papa Pío IX le llamó a su lado y le nombró Camarlengo en 1877 y como al poco tiempo murió este Pontífice, fue elegido por la Iglesia Papa el día 2 de febrero de 1878. Por su espíritu abierto y conciliador muy pronto fue estimado por su grey, pero los retos a los que tuvo que enfrentarse a finales del siglo XIX, fueron muy grandes, no siendo uno de los menores la actitud hostil hacia Cristo y su Iglesia por una parte de la sociedad progresista que se dejaba embaucar por el ángel caído.

El liberalismo filosófico desgraciadamente se había extendido como agua sobre aceite invadiendo tanto el campo de la política como el de la economía y esto llevó al nuevo Pontífice a escribir su famosa carta encíclica <Rerum  Novarum>, en la que se atrevió a afrontar de forma clara y directa la llamada cuestión social. Pero además de esta carta que ha sido punto de referencia desde entonces para significar la labor social de la Iglesia, escribió otras muchas cartas encíclicas, entre las que se cuenta ésta que ahora estamos recordando que nos muestra el interés de este Papa por el tema de la indisolubilidad del matrimonio. Por otra parte, ante los ataques al sacramento del matrimonio y a la potestad de la Iglesia, también manifiesta en la misma  que (Ibid):

“No faltan, quienes ayudados por el enemigo del género humano, igual que con incalificable  actitud rechazan los demás beneficios de la redención, desprecian también o tratan de desconocer la restauración y elevación del matrimonio; fue falta de no pocos entre los  antiguos haber sido enemigos en algo del matrimonio, pero es mucho más grave en nuestros tiempos el pecado de aquellos que tratan de destruir totalmente su naturaleza, perfecta y completa en todas sus partes.

La causa de ello reside  principalmente en que, imbuidos en las opiniones de una filosofía falsa y por la corrupción de las costumbres, muchos nada toleran menos que someterse y obedecer, trabajando denodadamente, además, para que no sólo los individuos, sino también las familias y hasta la sociedad humana entera desoiga soberbiamente el  mandato de Dios.

Ahora bien: hallándose la fuente y el origen de la sociedad humana en el matrimonio, les resulta insufrible que el mismo esté bajo la jurisdicción de la Iglesia y traten, por el contrario, de despojarlo de toda santidad y reducirlo al círculo verdaderamente muy estrecho de las cosas de institución humana… “


Sabías palabras de este Pontífice de finales del siglo XIX que tuvo la desgracia de tener que intervenir en situaciones tan dolorosas para la Iglesia Católica con respecto al sacramento del matrimonio y que al comprobar las leyes que se estaban dictando en contra de dicho sacramento se lamentaba en los siguientes términos (Ibid):

“Se dice que los antiguos romanos se horrorizaron ante los primeros casos de divorcio; tardó poco sin embargo, en comenzar a embotarse en los espíritus el sentido de la honestidad, al languidecer el pudor que modera la sensualidad, a quebrantarse la fidelidad conyugal en medio de tamaña licencia, hasta el punto de que parece muy verosímil lo que se lee en algunos autores: que las mujeres introdujeron la costumbre de contarse los años no por los cambios de cónsules, sino de maridos.

Los protestantes, de igual modo, dictaron al principio leyes autorizando el divorcio en determinadas causas, pocas desde luego; pero esas, por afinidad entre cosas semejantes, es sabido que se multiplicaron tanto entre alemanes, americanos y otros, que los hombres sensatos pensaran en que habían que lamentarse grandemente la inmensa depravación moral y la intolerable torpeza de las leyes.

Y no ocurrió de otra manera en las naciones católicas, en las que, si alguna vez se dio lugar al divorcio, la muchedumbre de los males que se siguió dejó pequeños los cálculos de los gobernantes. Pues fue crimen de muchos inventar de todo género de malicias y de engaños y recurrir a la crueldad, a las injurias y el adulterio al objeto de alegar motivos con que disolver impunemente el vínculo conyugal, de que ya se habían hastiado, y esto con tan grave daño de la honestidad pública, que públicamente se llegara a estimar de urgente necesidad de entregarse cuanto antes a la enmienda de tales leyes ¿Y quién podrá dudar de que los resultados de las leyes protectoras del divorcio habrían de ser igualmente lamentables y calamitosas si llegaran a establecerse en nuestros días?

No se halla ciertamente en los proyectos ni en los decretos de los hombres una potestad tan grande como para llegar a cambiar la índole ni la estructura natural de las cosas; por ello interpretan muy desatinadamente el bienestar público quienes creen que puede trastocarse impunemente la verdadera estructura del matrimonio y, prescindiendo de toda santidad, tanto de la religión cuanto del sacramento, parecen querer rehacer y reformar el matrimonio con mayor torpeza todavía que fue costumbre en las misma instituciones paganas. Por ello, si no cambian estas maneras de pensar, tanto las familias cuanto la sociedad humana vivirán en constante temor de verse arrastradas lamentablemente a ese peligro y ruina universal…”

Son las palabras de un Papa del siglo XIX que no se equivocaba al profetizar una ruina universal para la unión entre hombre y mujer y por tanto para las familias, tal como podemos comprobar al cabo de tantos años, tras un progresivo avance de las ideas que han ido en contra de la indisolubilidad del sacramento del matrimonio. Por eso este pontífice hacía ver también en su carta cual había sido desde siempre la conducta de la Iglesia frente al divorcio (Ibid):

“Hay que reconocer, por consiguiente, que la Iglesia Católica, atenta siempre a defender la santidad y la perpetuidad de los matrimonios, ha servido de la mejor manera al bien común de todos los pueblos, y que se le debe no pequeña gratitud por su públicas protestas, en el curso de los últimos cien años…

Además, cuantas veces los sumos Pontífices resistieron a poderosos príncipes, los cuales pedían incluso con amenazas que la Iglesia ratificara los divorcios por ellos efectuados, otras tantas, deben ser considerados defensores, no sólo de la integridad de la religión, sino también de la civilización de los pueblos. A este propósito, la posteridad toda verá con admiración los documentos reveladores de un espíritu invicto, dictados: por Nicolás II contra Lotario; por Urbano II y Pascual II contra Felipe I, rey de Francia; por Celestino III e Inocencio III contra Felipe II príncipe de Francia; por Clemente VII y Pablo III contra Enrique VIII, y, finalmente, por el santo y valeroso Pontífice Pío VII contra Napoleón engreído por su prosperidad y la magnitud de su imperio”
 
 
 


Otro Papa especialmente involucrado con el sacramento del matrimonio y por consiguiente con el bienestar de las familias fue Pío XI. Entre los trabajos realizados en este sentido por dicho Papa, destaca su carta encíclica: <Casti connubii> dada en Roma el 31 de diciembre de 1930, la cual puede considerarse una síntesis sobre cuestiones tan importantes para la sociedad de su tiempo, como lo fuera en su día la carta encíclica que acabamos de recordar del Papa León XIII: <Arcanum Divinae Sapientae>.

Pío XI (Achille Ratti), nació en Desio (Lombardía), a mediados del siglo XIX, en el seno de una familia acomodada y cristiana. Fue ordenado sacerdote en 1879 y desde 1882 dio clases en el seminario de Padua durante seis años, hasta su traslado a la biblioteca Ambrosiana de Milán, con objeto de realizar diversas investigaciones científicas. Le gustaba la paleografía, pero no olvidó nunca su tarea pastoral. En 1907 fue nombrado director de dicha biblioteca.

Tras este periodo de estudio, su vida cambió radicalmente a raíz de la llamada del Papa Benedicto XV que le nombró sucesivamente, visitador apostólico y nuncio en Polonia (1919), fue posteriormente nombrado arzobispo de Milán (1921), y más tarde, ese mismo año, cardenal. A la muerte de Benedicto XV (1922), fue elegido Papa, transformándose así en una de las personas con más influencias sobre la sociedad de principios de siglo XX. Eran tiempos difíciles, recién había terminado la primera guerra mundial y ya se avecinaba una segunda guerra mundial más cruel y larga si cabe que la primera.

Tuvo que guiar a la Iglesia en un ambiente muy secularizado y desecho por las secuelas de la primera guerra mundial, por eso su mayor deseo era conseguir, a como diera lugar, la paz entre las naciones. Su preocupación por el sacramento del matrimonio fue muy grande, pues consideraba, como es la verdad, que de una pareja bien avenida debe florecer siempre una familia feliz y próspera, dedicada a la buena educación de los hijos, como derecho y obligación inalienable que Dios les concede.

En su carta encíclica <Divini illus magistri> dada en Roma el 31 de diciembre de 1922, octavo de su pontificado, hablaba largo y tendido sobre la misión educativa de la familia, que según él, concuerda especialmente con la misión educativa de la Iglesia, porque el instinto paterno, que viene de Dios, se orienta confiadamente hacia la Iglesia, seguro de encontrar en ésta la tutela de los derechos de la familia y la concordia que Dios ha puesto en el orden objetivo de las cosas.

Pío XI hablaba siempre fuerte y claro en todas las ocasiones que evangelizaba a su grey y así en su carta encíclica <Casti connubi> sobre el matrimonio cristiano, denunciaba sin tapujos las malas tendencias de la sociedad de su tiempo en este sentido. Así, proclamaba a los cuatro vientos las manipulaciones sobre el origen y naturaleza del matrimonio y los fines y bienes inherentes al mismo. Especialmente doloroso le resultaba comprobar cómo fundándose en principios falsos sobre el origen y naturaleza del sacramento del matrimonio, algunos hombres se <inventaban nuevos modos de unión, acomodados a la situación del momento, como por ejemplo: el matrimonio por cierto tiempo, el matrimonio a prueba, el matrimonio amistoso, etc.>; conceptos todos que en la actualidad están de sobra refrendados por las costumbres y modelos que hoy están de moda como las  parejas de hecho u otras posibilidades por inventar, en beneficio, eso dicen, de los pueblos civilizados y modernos…

Sin embargo para este santo varón, como para todos los que hasta ahora han estado a la Cabeza de la Iglesia Católica:

“Ningún motivo, aún cuando sea gravísimo, puede hacer que lo que va intrínsecamente contra la naturaleza, sea honesto y conforme a la misma naturaleza; y estando destinado el acto conyugal, por su misma naturaleza, a la generación de los hijos, los que en el ejercicio del mismo lo destruyen adrede, de su naturaleza y virtud, obran contra la naturaleza y cometen una acción torpe e intrínsecamente deshonesta” (Casti connubi)

Sí, este Papa hablaba fuerte y claro sobre el  sacramento del matrimonio y por eso no podía dejar tampoco de lado la problemática de la indisolubilidad del mismo, al igual que lo hiciera en su día León XIII el cual le sirvió de ejemplo y de estímulo para escribir esta carta encíclica que estamos recordando.

Se lamentaba Pío XI, en su carta, como hiciera León XIII bastantes años antes, de que siendo definitivo por el antiguo derecho romano el matrimonio como: <la unión del marido y la mujer en la comunidad de toda la vida, y en la comunidad en el derecho divino y humano>, fuera cada vez más creciente la facilidad para conseguir el divorcio, protegido por nefastas leyes nuevas…

El divorcio estaba ya de moda en los años treinta del siglo pasado, así, hasta entre los escritores más relevantes del momento, éste era una cuestión muy atractiva a desarrollar en sus obras. Es el caso del célebre dramaturgo Jacinto Benavente (Premio Nobel de Literatura de 1922), el cual en su Conferencia  Dialogada titulada: <La moral del divorcio>, trataba el tema, por supuesto en clave de humor, pero con veracidad, mostrando la situación de la sociedad en aquellos años, de suma relajación y apatía. En una de las escenas de la obra, toda una dama, al enterarse de las intenciones de una buena amiga de divorciarse, hablaba en los términos siguientes en ausencia de ésta, dirigiéndose a otras amigas:
 


“Mira, el ridículo no hay quien se lo quite. Esas cosas son… Tan humanas, que están sobre todas las leyes. Es como lo del crimen pasional, que también dicen que ya no tiene razón de ser con el divorcio… Entonces, entre los que, no se casan, que están en libertad para irse cada uno por su lado, no habrá nunca crímenes pasionales, y es donde más crímenes arrecian… Es que los que hacen las leyes sabrán mucho de leyes, pero de los hombres y las mujeres, ni una palabra”

Así es, tal parece que los hombres que legislan sobre un tema tan serio y delicado como el matrimonio conocen poco o nada la naturaleza humana. Ahí está la realidad del divorcio, en pleno siglo XXI tras tantos años de experiencias sobre el tema, algunos todavía no se han enterado que el divorcio, las más de las veces, conduce a situaciones gravemente peligrosas, especialmente para la mujer, que muchas veces acaba con los clásicos y terribles <malos tratos>, y otras, con la propia vida de la misma, a manos de un posible exmarido lleno de ira y odio hacia su posible excónyuge, consecuencia de las ideas machistas....

Parece que aquellos que profetizaban la posibilidad de crímenes horrendos a causa de no poder conseguir el divorcio, se han equivocado tremendamente, porque ahora, y ya desde hace tiempo, sucede todo lo contrario que <arrecian los crímenes machistas>, después de producirse un divorcio, como ha sucedido siempre en el caso de estar de por medio las pasiones entre hombres y mujeres.
 
 
 


Por tanto, si como asegura el Papa Pío XI: <la Iglesia no erró, ni yerra cuando enseñó y enseña la indisolubilidad del matrimonio>,  debería ser evidente que no puede desatarse el vínculo matrimonial abduciendo fútiles razones que son las que se suelen alegar la mayor parte de las veces como causa de los divorcios…

Por otra parte, es necesario tener en cuenta también la enorme cantidad de males que sobre vienen para la familia a causa del divorcio, especialmente para los hijos, si los hay, que se ven involucrados en situaciones estrambóticas, por no decir malignas, cuando tienen que ver a su padre o a su madre, o a los dos a la vez, con sus nuevas parejas, a las que de forma despreocupada deben llamar novia de papá, o novio de mamá… Verdaderamente las familias así formadas pueden llamarse, y así se han dado en llamar: desestructuradas, porque sus componentes cuales quiera que sean acaban sin disposición, organización o distribución, para formar algo que sea útil a la sociedad y sobre todo a ellos mismos…

Tanto el Papa León XIII, como Pío XI, en sus respectivas cartas encíclicas ponen de manifiesto todas estas dificultades y defectos del divorcio, pero también dan soluciones para evitarlo.

 


Concretamente refiriéndonos al último recordaremos sus palabras en este sentido (Ibid):

“Es necesario, pues, que todos consideren atentamente la razón divina del matrimonio y procuren conformarse con ella, afín de restituirlo al debido orden…

Gravemente se engañan los que creen que menospreciando los medios que proceden de la naturaleza, pueden inducir a los hombres a imponer un freno a los apetitos de la carne con el uso exclusivo de los inventos de la ciencia... Lo cual no quiere decir que se hayan de tener en poco los medios naturales, siempre que no sean deshonestos; porque uno mismo es autor de la naturaleza y de la gracia,  Dios, el cual ha destinado los bienes de ambos órdenes para que sirvan al uso y utilidad de los hombres. Pueden y deben, por lo tanto, los fieles ayudarse también de los medios naturales. Pero yerran los que opinan que bastan los mismos para garantizar la castidad del estado conyugal, o se les atribuyen más eficacia que al socorro de la gracia sobrenatural.

Pero esta conformidad de la convivencia y de las costumbres matrimoniales con las leyes de Dios, sin la cual no puede ser eficaz su restauración, supone que todos pueden discernir con facilidad, con firme certeza y sin mezcla de error, cuáles son esas leyes. Ahora bien. No hay quien lo vea cuántos sofismas se abrirán camino y cuántos errores se mezclarían con la verdad si a cada cual se dejara examinarlas tan sólo con la luz de la razón o si tal investigación fuese confiada a la privada interpretación de la verdad relevada. Si esto vale para muchas otras verdades  del orden moral, particularmente se ha de proclamar en las que se refieren al matrimonio, donde el deleite libidinoso fácilmente puede imponerse a la frágil naturaleza humana, engañándola y seduciéndola; y esto tanto más cuanto que, para observar la ley divina, los esposos han de hacer a  veces sacrificios difíciles y duraderos, de los cuales se sirve el hombre frágil, según consta por la experiencia, como de otros tantos argumentos para excusarse de cumplir la ley divina.

Por todo lo cual, afín de que ninguna afición ni corrupción de dicha ley divina, sino el verdadero y genuino conocimiento de ello ilumine el entendimiento de los hombres y dirija sus costumbres, es menester que con la devoción hacia Dios y el deseo de servirle se junte una humilde y filial obediencia para con la Iglesia”

 Puede que algunas personas se escandalicen y hasta se echen las manos a la cabeza ante estos razonamientos del Papa Pío XI basadas en las ideas del doctor de la Iglesia San Agustín y aseguren que están pasadas de moda, o algo peor, pero eso no es así…
 
 




Desgraciadamente el mal del divorcio se encuentra en el propio hombre cuando se deja llevar por su mortal enemigo y recae en todas las cuestiones que de alguna forma trata de mencionar el pontífice Pío XI en su carta <Casti connubi>, pues aunque han pasado muchos años desde entonces, el hombre y la mujer de hoy en día siguen siendo exactamente iguales a los que existían antaño, en cuanto que todos hemos sido creados por Dios, con las mismas características de nuestros primeros padres.

Sí, han cambiado mucho las costumbres y las formas de entender la vida, pero desde luego, para peor, esto cualquier persona sensata lo debe reconocer y tal es la situación del sacramento del matrimonio y de las familias, que el Papa Francisco, ha hablado largo y tendido también, sobre estos temas, con idea de que al menos los fieles católicos, no se dejen llevar por la mayoría y actúen según aconseja las Santa Madre Iglesia.

Recordaremos ahora algunas reflexiones de nuestro actual Papa sobre el matrimonio en nuestros tiempos, realizadas en diferentes Audiencias Generales llevadas a cabo en el año 2015. Así por ejemplo en la del 29 de abril de dicho año advertía que:

“Hoy no parece fácil hablar del matrimonio como de una fiesta que se renueva con el tiempo, en las diversas etapas de toda la vida de los cónyuges. Es un hecho que las personas que se casan son cada vez menos: los jóvenes no quieren casarse. En muchos países, en cambio, aumenta el número de las separaciones, mientras que el número de los hijos disminuye. La dificultad de permanecer juntos – ya sea como pareja, o como familia – lleva a romper los vínculos siempre con mayor frecuencia y rapidez, y precisamente los hijos son los primeros en sufrir las consecuencias…

Si experimentas desde pequeño que el matrimonio es un vínculo <por un tiempo determinado>, inconscientemente para ti será así. En efecto, muchos jóvenes tienden a renunciar al proyecto mismo de un vínculo irrevocable y de una familia duradera. Creo que tenemos que reflexionar con gran seriedad sobre el porqué muchos jóvenes <no se sienten capaces>, de casarse. Existe esta cultura de lo provisional… Todo es provisional, parece que no hay nada definitivo…”

 El Papa se pregunta también en esta audiencia, y mucha gente con él: ¿Por qué los jóvenes no se casan?, ¿por qué a menudo prefieren una convivencia y nada más?

Seguramente la respuesta se encuentra en todo lo que ha venido ocurriendo desde hace siglos; por cuestiones como las denunciadas por los Papas León XIII y Pío XI… El problema se ha ido enquistando y hemos llegado a este siglo, a esta nueva era de la humanidad, con aquellos vicios y costumbres de otros tiempos ahora aceptados y progresivamente aumentados y justificados…

Sí, como el Papa Francisco aseguraba en su Audiencia del 15 de abril del 2015:
 


“La experiencia nos enseña que para conocerse bien y crecer armónicamente el ser humano necesita de la reciprocidad entre hombre y mujer. Cuando esto no se da, se ven las consecuencias. Estamos hechos para escucharnos y ayudarnos mutuamente. Podemos decir que sin el enriquecimiento recíproco en esta relación – en el pensamiento y en la acción, en los afectos y en el trabajo, incluso en la fe – los dos no pueden ni siquiera comprender en profundidad lo que significa ser hombre y mujer…

Me pregunto si la crisis de confianza colectiva en Dios que nos hace tanto mal, que hace que nos enfermemos de resignación ante la incredulidad y el cinismo, no están también relacionadas con la crisis de la alianza entre hombre y mujer.

En efecto, el dato bíblico, con la gran pintura simbólica sobre el paraíso terrestre y el pecado original, nos dice precisamente que la comunión con Dios se refleja en la comunión de la pareja humana y la pérdida de confianza en el Padre celestial genera división y conflicto entre hombre y  mujer…

De aquí viene la gran responsabilidad de la Iglesia, de todos los creyentes, y ante todo de las familias creyentes, para redescubrir la belleza del designio creador que inscribe la imagen de Dios también en la alianza entre el hombre y la mujer.

La tierra se colma de armonía y de confianza cuando la alianza entre hombre y mujer se vive bien. Si el hombre y la mujer la buscan juntos entre ellos y con Dios, sin lugar a dudas la encontrarán. Jesús nos alienta explícitamente a testimoniar esta belleza, que es la imagen de Dios”
 
 
 


Así es, como diría años atrás, el Papa San Juan Pablo II en su carta a las familias:

“La familia tiene su origen en el mismo amor con que el Creador abraza al mundo creado, como está expresado <al principio>, en el libro del Génesis (1,1) Jesús ofrece una prueba suprema de ello en el evangelio: <Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito> (Jn 3, 16) El Hijo unigénito, consustancial al Padre, <Dios de Dios, Luz de Luz>, entró en la historia de los hombres a través de una familia: <El Hijo de Dios, con su Encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre: <trabajó con manos de hombre… amó con corazón de hombre>.

Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros excepto en el pecado. Por tanto, si Cristo <manifiesta plenamente el hombre al propio hombre>, lo hace empezando por la familia en la que eligió nacer y crecer.

Se sabe que el Redentor pasó gran parte de su vida oculta en Nazaret: como <Hijo del hombre> sujeto a María, su Madre y a José, el carpintero. Esta obediencia filiar ¿no es ya la primera expresión de aquella obediencia suya al Padre hasta la muerte mediante la cual redimió al mundo?

El misterio divino de la Encarnación del Verbo está, pues, en estrecha relación con la familia humana. No sólo con una, la de Nazaret, sino de alguna manera, con cada familia, análogamente a cuanto el Concilio Vaticano II afirma del Hijo de Dios, que en la Encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Siguiendo a Cristo que vino al mundo para servir (Mt 20,28), la Iglesia considera el servicio a la familia una de sus tareas esenciales. En este sentido, tanto el hombre como la familia constituyen el camino de la Iglesia”

 


 

 

 

 

jueves, 15 de junio de 2017

RECORDANDO AL ESPIRITU SANTO (II)



 
 
 


El evangelista san Lucas narra en su libro de los Hechos de los Apóstoles que, tras la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, iniciaron con arrojo su labor evangelizadora entre el pueblo de Israel, en particular Pedro y Juan formaron pareja en esta misión, de manera que los sacerdotes y los saduceos, preocupados sobre todo porque anunciaban la resurrección del Jesús, y hacían milagros , los llevaron hasta el tribunal supremo y no pudiendo en ese momento condenarlo a prisión, los pusieron en libertad, eso sí, amenazándoles con la cárcel si seguían propagando aquellas cosas entre las gentes.

Los componentes de la Iglesia primitiva al enterarse de la liberación de Pedro y de Juan, se alegraron enormemente y en voz alta cantaron todos juntos el Salmo 2 (El drama del ungido del Señor):

-¿Por qué se amotinan las naciones y los pueblos hacen proyectos vanos?

-Se levantan los reyes de la tierra y los príncipes conspiran a una contra el Señor y su Mesías”

 


Ellos comprendían que estos versículos del Salterio encajaban perfectamente con todo lo sucedió a Jesús, que ya reconocían como Hijo del hombre, es decir como el Mesías esperado por el pueblo judío y por eso luego se dolían diciendo (Hch 4, 27-30):

-Así ha sido. En esta ciudad, Herodes y Poncio Pilato se confabularon con los paganos y gentes de Israel contra tu santo siervo Jesús, tu Mesías,
-para hacer lo que y tu sabiduría había determinado que se hiciera.

-Ahora, Señor, mira sus amenazas y concede a tus siervos predicar tu palabra,
-y tiende tu mano para curar y obrar señales y prodigios en nombre de tu santo siervo Jesús

 
Cuenta san Lucas en su libro que habiendo terminado esta oración y esta suplica (Hch 4, 31):




“Tembló el lugar en que estaban reunidos, y quedaron todos llenos del Espíritu Santo, y anunciaban con absoluta libertad la palabra de Dios”

Así es, el Espíritu Santo colabora en todo momento con los hombres de buena voluntad en la evangelización de los pueblos, a lo largo de los siglos desde el mismo momento de la constitución de la Iglesia de Cristo.

Ciertamente, como aseguraba el Papa Benedicto XVI durante su Mensaje a los jóvenes del mundo el 20 de julio de 2007:

“El Espíritu Santo es el don más alto de Dios al hombre, el testimonio supremo de su amor por nosotros, un amor que se expresa constantemente como <sí a la vida> que Dios quiere para cada una de sus criaturas.
Este <sí a la vida> tiene su forma plena en Jesús de Nazaret y en su victoria sobre el mal mediante la redención. A este respecto, nunca olvidemos que el Evangelio de Jesús, precisamente en virtud del Espíritu Santo, no se reduce a una mera constatación, sino que quiere ser <Buena Noticia para los pobres, libertad para los oprimidos, vista para los ciegos…>.

Es lo que se manifestó con vigor el día de Pentecostés, convirtiéndose en gracia y en tarea de la Iglesia para con el mundo, su misión prioritaria.
Nosotros somos los frutos de esta misión de la Iglesia por obra del Espíritu Santo. Llevamos dentro de nosotros ese sello del amor del Padre en Jesucristo que es el Espíritu Santo. No lo olvidemos jamás, porque el Espíritu  se acuerda siempre de cada uno y quiere, en particular mediante los jóvenes, suscitar en el mundo el viento y el fuego de un nuevo Pentecostés”

 


En efecto, un nuevo Pentecostés es necesario para seguir llevando adelante la que es misión fundamental de la Iglesia de Cristo, propagar la Buena Nueva por todo el mundo, la Palabra del Señor,  que es esperanza para la humanidad.


El Papa Francisco precisamente nos ha querido presentar en su Audiencia  General del 31 de mayo de este mismo año (2017), la relación que existe entre el Espíritu Santo y la esperanza:

“El Espíritu Santo sopla y mueve  la Iglesia. Camina con ella, por eso, del mismo modo que la Escritura compara la esperanza con un ancla, que asegura el barco en medio del oleaje, también podemos compararla con una vela que recoge ese viento del Espíritu para que empuje nuestra nave”

 

Es una idea muy hermosa y al mismo tiempo muy visualizable por la realidad que encierra, también el Papa Benedicto XVI nos hablaba en este sentido, porque el hombre necesita de esta gran esperanza que es comunicada a través del Evangelio por la Iglesia de Cristo:

“El Verbo de Dios nos ha comunicado la vida divina que transfigura la faz de la tierra, haciendo nuevas todas las cosas. Su Palabra no sólo nos concierne como destinatarios de la revelación divina, sino como sus anunciadores. Él el enviado del Padre para cumplir su voluntad, nos atrae hacia sí y nos hace participes de su vida y misión. El Espíritu del Resucitado (nuestro Consolador) capacita  nuestra vida  para el anuncio eficaz de la Palabra en todo el mundo.

Esta es la experiencia de la primera comunidad cristiana, que vio cómo iba creciendo la Palabra mediante la predicación y el testimonio…

En efecto, lo que la Iglesia anuncia al mundo es el <Logos de la esperanza> (1 Pe 3, 15); el hombre necesita la <gran esperanza> para poder vivir el propio presente, la gran esperanza que es <el Dios que tiene un rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo>. Por eso la Iglesia es misionera en su esencia. No podemos guardar para nosotros las palabras de vida eterna que hemos recibido en el encuentro con Jesucristo: son para todos, para cada hombre.

Toda persona de nuestro tiempo, lo sepa o no, necesita este anuncio. El Señor mismo como en los tiempos del profeta Amós, suscita entre los hombres nueva hambre y nueva sed, de la Palabra del Señor (Am 8,11). Nos corresponde a nosotros la responsabilidad de transmitir lo que, a su vez, hemos recibido por la gracia” (Papa Benedicto XVI. La alegría de la fe. Librería Editrice Vaticana, 2012).      

 


El santo Padre nos pone como ejemplo lo que sucedió en tiempos del profeta Amós, y en verdad que es un ejemplo muy adecuado a la situación en la que se encuentra el hombre de hoy en día.

Amós  vivió durante el reinado de Jeroboam II (Ca.786-746), cuando tras las luchas constantes contra arameos y moabitas, el pueblo judío gozaba de un cierto estado de relajación  victoriosa. Muchos hombres por entonces habían conseguido grandes riquezas y se dedicaban sin pensar en nada a disfrutarlas, entregados al lujo y al desenfreno, lo que había conducido a un desarreglo social y jurídico muy considerable…Por otra parte, el estado religioso de la población era deplorable, a causa de la idolatría  a los becerros de Bet-El y Dan, la mezcla de yahvhismo  y paganismo, que dieron lugar a una gran decadencia de la costumbres y de la moralidad dentro de todas las clases sociales, ya en tiempos de Jeroboam I.
 
 


En este estado de cosas inició su ministerio Amós, un hombre oriundo de Técoa, situada a unos pocos kilómetros de Belén, una zona poco agrícola, por lo que sus habitantes se dedicaban al pastoreo, que, según parece, fue el trabajo al que él se dedicaba también, antes de ser llamado por Dios a su servicio.
Obediente a la voz de Dios, encaminó sus pasos hacia el reino del norte y en Samaria observó la vida de los cortesanos, poseedores de grandes mansiones, mientras que el pueblo vivía sino en pobreza, sí en escasez de comodidades. Por otra parte la usura en el comercio era una práctica frecuente y la corrupción de la justicia era enorme…
Todo lo que vio y probablemente sufrió le debió impactar en extremo, por lo que se trasladó a otras ciudades, para seguir observando la situación de su pueblo. Según se cuenta es probable que visitara Jericó, Dan, Guilgal, etc., pero la actividad profética, la desarrolló especialmente, en las cercanías del santuario de Betel, donde tuvo que enfrentarse con los intereses creados del sacerdote Amasías.
Su labor profética se suele subdividir en tres partes: una primera parte dedicada a anunciar el juicio de Dios al final de los siglos; una segunda parte en la que amenaza a su pueblo con una inminente ruina y una tercera parte en la que explica el contenido de cinco visiones que él tuvo ; concluyendo todo con la promesa mesiánica (Am 8, 1-11) 

Es precisamente en el tercer apartado, concretamente en la <visión de la canasta de frutas maduras> donde aparece la referencia que citada por el Papa Benedicto XVI en su libro <la alegría de la fe> (Am 8, 1-2):
 

-Yahveh, el Señor, mostróme lo siguiente: He aquí que era una canasta de frutas maduras.

-Y dijo Yahveh: ¿Qué ves tú, Amós? Contesté: Una canasta de frutas maduras. Y díjome Yahveh: Ha llegado el fin de mi pueblo Israel; no quiero perdonarle por más tiempo…

 
 

El pueblo adorador (canasta de frutas maduras) de los becerros de oro Bet-El y Dan  está, por sus crímenes, al borde del castigo divino, es el tema de esta visión en la que Dios cansado de perdonar a aquellos hombres decide someterlos mediante terribles pruebas y situaciones que recuerdan al juicio final (parusía); entonces los hombres quizás arrepentidos tendrán hambre de la Palabra de Dios pero Él se la negará (Am 8, 12-14):
“Andarán errantes de mar en mar y de norte al este, buscando la Palabra del Señor, y no la encontrarán. / En aquel día desfallecerán de sed las bellas muchachas y los jóvenes apuestos. /Los que juran por el pecado de Samaría, los que dicen: ¡Vive tu Dios, Dan! y ¡Vive el camino de Berseba! Caerán y no levantarán más”    

 
 
  

El Papa Benedicto XVI quiere hacernos reflexionar sobre estos versículos del Antiguo Testamento con objeto de que comprendamos la necesidad de la Palabra del Señor y dejemos de lado todas las malas inclinaciones hacia una vida en pecado, que solo puede conducirnos al justo castigo divino…

Los cristianos hemos recibido la gracia del Espíritu Santo al ser bautizados y estamos obligados a transmitir la Palabra del Señor, el Evangelio, no lo olvidemos nunca…Por  eso debemos tener en cuenta a la hora de transmitir estas enseñanzas que Cristo decía a sus apóstoles y a las mujeres después de su Resurrección: <¡No tengáis miedo!>.

Y ¿Por qué no debemos tener miedo? Sencillamente, porque como afirmaba el Papa San Juan Pablo II: <El hombre ha sido redimido por Dios> (Cruzando el umbral de la esperanza. Juan Pablo II; Círculo de Lectores; Licencia editorial por cortesía de Plaza & Janés  Editores, S.A, 1994).
Por otra parte, sigue diciendo este Pontífice que él mismo el día de su toma de posesión de la silla de Pedro, un 22 de octubre de 1978, pronunció en la plaza de San Pedro estas palabras, aunque no era plenamente consciente de lo mucho que significarían a lo largo de su Pontificado. Y esto era así, según el santo Padre, porque aquellas palabras pronunciadas por él: ¡No tengáis miedo!, provenían no de él sino del Espíritu Santo:


“La exhortación: ¡No tengáis miedo!, debe ser leída en una dimensión muy amplia. En cierto sentido era una exhortación dirigida a todos los hombres, una exhortación a vencer el miedo a la actual situación mundial, sea en Oriente, sea en Occidente, tanto en el Norte  como en el Sur.

¡No tengáis miedo de lo que vosotros mismos habéis creado, no tengáis miedo tampoco de todo lo que el hombre ha producido, y que está  convirtiéndose cada día más en un peligro para él!
En fin, ¡no tengáis miedo de vosotros mismos!...

Mientras pronunciaba esas palabras en la Plaza de San Pedro, tenía ya la convicción de que la primera Encíclica y todo el Pontificado estarían ligados a la Redención. En ella se encuentra la más profunda afirmación de aquel < ¡No tengáis miedo!>:
< ¡Dios ha amado al mundo! ¡Lo ha amado tanto que ha entregado a su Hijo unigénito!> (Jn 3, 16).

Este Hijo permanece en la historia de la humanidad como el Redentor. La Redención impregna 

toda la historia del hombre, también la anterior a Cristo, y prepara su futuro escatológico.

<Cristo es la luz que <resplandece en las tinieblas y que las tinieblas no han recibido> (Jn 1,5). El poder de la Cruz de Cristo y de su Resurrección  es más grande  que todo el mal del que el hombre podría y debería tener miedo”

 
    

Por otra parte, entre todas las obras de Dios <ad extra>, hay que destacar  el misterio de la Encarnación del Verbo…
Este prodigio, aun cuando se realizó por mediación de la Santísima Trinidad, sin embargo se suele atribuir al Espíritu Santo... 

El Evangelio de san Mateo nos recuerda  la concepción virginal y el nacimiento de Jesús con estas palabras (Mt 1, 18-20):

“El nacimiento de Jesucristo fue así: María su madre estaba  desposada con José, y, antes de que vivieran juntos, se encontró en cina por virtud del Espíritu Santo. /José, su marido, que era un hombre justo no quería denunciarla, decidió dejarla en secreto. /Estaba pensando en esto, cuando  un ángel del Señor, se le apareció en sueños y le dijo: <José, hijo de David, no tengas ningún reparo en recibir en tu casa a María, tu mujer, pues el hijo que ha concebido viene del Espíritu Santo”

 
 


Los hechos acaecidos, narrados por el evangelista Mateo, ponen de manifiesto la autoría del Espíritu Santo en el misterio de la Encarnación, cuestión ésta que según el Papa León XIII tiene un sentido totalmente razonable (Carta Encíclica Divinum Illud munus, 9 de mayo de 1897):

“Dice el Evangelio que la concepción de Jesús en el seno de la Virgen María fue obra del Espíritu Santo, y con razón, porque el Espíritu Santo es la caridad del Padre y del Hijo, y este gran misterio de la bondad divina, que es la Encarnación, fue debido al inmenso amor de Dios al hombre, como advierte San Juan: <Tanto amó Dios al mundo, que le dio su Hijo Unigénito>.

 
 



Añádase que por dicho acto la humana naturaleza fue levantada a la unión personal con el Verbo, no por merito alguno, sino sólo por pura gracia, que es don propio del Espíritu Santo”

Pero además como nos advertía el Papa León XIII (Ibid):
“Por obra del Espíritu Divino tuvo lugar no solamente la concepción de Cristo, sino también la santificación de su alma, llamada unción en los Sagrados Libros, y así es como toda acción suya se realizaba bajo la influencia del Espíritu Santo, que también cooperó de modo especial a su sacrificio, según la frase de San Pablo:

<Cristo, por medio del Espíritu Santo, se ofreció como hostia inocente a Dios>.

Después de esto, ya no extrañará que todos los carismas del Espíritu Santo inundasen el alma de Cristo.

Puesto que en Él hubo una abundancia de gracia singularmente plena, el modo más grande y con la mayor eficacia que tenerse puede; en Él, todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia, las gracias <gratis datas>, las virtudes, y plenamente todos los dones, ya anunciados  en las profecías de Isaías, ya simbolizados en aquella misteriosa paloma aparecida en el Jordán, cuando Cristo con su bautismo consagraba sus aguas para el nuevo Testamento.

 
 


Con razón hace notar San Agustín que Cristo no recibió el Espíritu Santo siendo ya de treinta años, sino que cuando fue bautizado estaba sin pecado y ya tenía el Espíritu Santo; entonces, es decir, en el bautismo, no hacía sino prefigurar a su cuerpo místico, es decir, a la Iglesia en la cual los bautizados reciben de modo peculiar el Espíritu Santo. Y así la aparición sensible del Espíritu sobre Cristo y su acción invisible en su alma representaban la doble misión del Espíritu Santo, visible en la Iglesia, e invisible en el alma de los justos”

 


Sin duda Jesús habló mucho a sus apóstoles del Espíritu Santo y este hecho ha quedado recogido en los santos Evangelios, muy especialmente en el San Juan, donde podemos leer estas palabras del Señor (Jn 16, 5-15):
“Ahora  voy  al que me envió, y ya ninguno de vosotros me pregunta: ¿Adónde vas? /Antes, por haberos yo dicho estas cosas, la tristeza ha llenado vuestro corazón. /Pero yo os digo la verdad: os cumple que  yo me vaya; porque, si no me fuere, el Paráclito no vendrá a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré. /Y Él, cuando viniere, convencerá al mundo cuanto al pecado, cuanto a la justicia y cuanto al juicio. /Cuanto al pecado, por razón de que no creen en mí; / cuanto a la justicia, porque me voy al Padre y ya no me veis más, /y cuanto al juicio, porque el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado. /Todavía muchas cosas tengo que deciros mas no las podéis sobrellevar ahora; /mas cuando viniere Él, el Espíritu de la verdad, os guiará en el camino de la verdad integral. Pues no hablará de sí mismo, sino lo que oyere, eso hablará, y os anunciará lo por venir. /Él me glorificará porque recibirá de lo mío y os lo anunciará. /Todo cuanto tiene el Padre, mío es; por eso dije que recibe de lo mío y os lo anunciará”

 
Muchas de las cosas que en esta ocasión dice Jesús  ya las había expuesto, en otros momentos, a sus apóstoles. La historia evangélica nos muestran cuales son éstas, concretamente: la espiritualidad del reino mesiánico y la Cruz, que los discípulos  todavía no podían <sobrellevar>, como muy bien les hace ver el Señor. Sólo la muerte de Éste, seguida de su Resurrección, y la venida del Espíritu Santo habían de capacitar a sus seguidores para comprender  estas verdades.



Jesús llega a decir al referirse al  Espíritu Santo: <recibe de lo mío> y <todo cuanto tiene el Padre es mío>, precisamente apoyándose en estas Palabras del Señor, los Padres y teólogos  de la Iglesia mostraron que el Espíritu Santo procede del Hijo lo mismo que del Padre. Una verdad absoluta que tristemente llegó a provocar en su día la separación entre las Iglesias de Oriente y Occidente.

El Papa León XIII en su carta Encíclica nos habla con verdad y sabiduría sobre este misterio de fe (Ibid):

“El Espíritu Santo, que es espíritu de verdad, pues procede del Padre, Verdad eterna, y del Hijo, Verdad sustancial, recibe de uno y de otro, juntamente con la esencia, toda la verdad que luego comunica a la Iglesia, asistiéndola para que no yerre jamás, y fecundando los gérmenes de la revelación hasta que, en el momento oportuno, lleguen a madurez para la salud de los pueblos.

Y como la Iglesia, que es medio de salvación, ha de durar hasta la consumación de los siglos, precisamente el Espíritu Santo la alimenta y acrecienta en su vida y en su virtud: <Yo rogaré al Padre y Él  os mandará el Espíritu de la verdad, que se quedará siempre con vosotros>.

 
 


Pues por Él son constituidos los Obispos, que engendran no solo hijos, sino también padres, esto es, sacerdotes, para guiarla y alimentarla con aquella misma sangre con que fue redimida por Cristo: <El Espíritu Santo ha puesto a los Obispos para regir la Iglesia de Dios, que Cristo adquirió con su sangre>; unos y otros, Obispos y sacerdotes, por singular don del Espíritu Santo tienen poder de perdonar los pecados, según Cristo dijo a sus apóstoles: <Recibid el Espíritu Santo: a los que perdonéis los pecados, les serán perdonados, y a los que los retuviereis, les serán retenidos>”

 


Cuenta San Juan en su Evangelio que durante la aparición del Señor a sus discípulos, ausente Tomas, pronunció estas palabras con las que instituyó el Sacramento de la confesión. Primero sopló sobre ellos, símbolo expresivo del Espíritu Santo que iba a comunicarles y después pronuncio las palabras recordadas por el Papa León XIII, y con ellas según enseña el Concilio de Trento, recogiendo la tradición de los Santos Padres, el Señor instituyó el Sacramento de la Penitencia.

Y como esta potestad no podía ejercerse arbitrariamente, y sin conocimiento de causa, y debía extenderse al perdón de los pecados, de ahí la necesidad de la confesión sacramental. Y es de tal naturaleza la efusión del Espíritu Santo, que incluso Jesús hablando de ella la denominó <ríos de agua viva>,  tal como nos cuenta San Juan en su Evangelio.

Sucedió durante la fiesta de los Tabernáculos, en su tercer viaje a Jerusalén, prácticamente al final de la misma. Las gentes habían estado hablando de Él y le buscaban pero él se presentó cuando menos le esperaban dando grandes voces y diciendo (Jn 7, 37-39):

“<El que tenga sed que venga a mí, /el que cree en mí que beba. Lo dice la Escritura: De sus entrañas brotarán ríos de agua viva>. /Eso lo dijo refiriéndose al Espíritu Santo que habrían de recibir los que creyeran en él. Pues aún no había Espíritu, porque Jesús no había sido aún glorificado”

 


El Papa San Juan Pablo II durante la Audiencia General que tuvo lugar el 10 de agosto de 1988, al referirse a Cristo como liberador del hombre y de la humanidad, y en general como dador de una <vida nueva>, recordó este pasaje de la vida del Señor y nos enseñaba que:

“Según una interpretación preferida por gran parte de los Padres orientales y todavía seguida por varios exegetas, <ríos de agua viva> surgirán <del seno> del hombre que bebe el <agua> de la verdad y de la gracia de Cristo. <Del seno> significa: del corazón.
Efectivamente, se ha creado <un corazón nuevo> en el hombre, como anunciaban, de manera muy clara, los Profetas, y en particular Jeremías y Ezequiel.

Leemos en Jeremías (Jer 31, 33): <Esta será la alianza que yo pacte con la casa de Israel, después de aquellos días, oráculo de Yahveh: pondré mi ley en su interior y la escribiré en su corazón y constituiré su Dios y ellos constituirán mi pueblo>.

En Ezequiel, todavía más explícitamente podemos leer (Ez 36, 26-27): <os daré un corazón nuevo, y un espíritu renovado infundiré en vuestro interior, y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. E infundiré  mi espíritu en vuestro interior y haré que caminéis en mis preceptos y guardéis y practiquéis mis dictámenes>.

Se trata, pues, de una profunda transformación espiritual, que Dios mismo realiza dentro del hombre mediante <la inspiración de su Espíritu>. Los <ríos de agua viva> de los que habla Jesús significan la fuente  de una vida nueva que es vida <en espíritu y en verdad>, vida digna de los <verdaderos adoradores del Padre”

 


Recordaba también el Papa San Juan Pablo II en esta misma Audiencia otro momento de la vida de Jesús en la que nos hablaba de una forma figurada, pero muy sugestiva del <agua viva>. Fue durante su dialogo con la samaritana junto al pozo de Jacob (en Sicar), concretamente cuando el Señor le dijo <Dame de beber> y la mujer se extrañó de que un judío, le hiciera aquella petición, pues era sabido que los samaritanos no se llevaban bien con estos. Entonces Jesús le dijo (Jn 4, 10): < ¡Si conocieses el don de Dios, tú le hubieras pedido, y Él te hubiera dado agua viva!>.

Y poco después al creer la mujer por las palabras de aquel extraño hombre que éste era un profeta le decía (Jn 4, 15): < Nuestros padres adoraron a Dios en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén  está el lugar donde hay que adorarle>.

Justamente en este momento  Jesús con estas palabras le habla de los <verdaderos adoradores>, de aquellos hombres que, como muy bien nos recordaba el Papa San Juan Pablo II, han sufrido una verdadera transformación espiritual, mediante la <inspiración de su Espíritu>, que les ha dado  <los ríos de agua viva>, <fuente de una vida nueva que es vida>  (Jn 4, 21-24)):

“Créeme, mujer, que viene la hora en que ni a ese monte ni a Jerusalén  estará vinculada  la adoración del Padre. /Vosotros adoráis lo que no conocéis; nosotros adoramos lo que conocemos; porque la salud viene de los judíos. /Pero llega la hora, y ésta es la hora, en que los <verdaderos adoradores> adorarán  al Padre en espíritu y en verdad, porque el Padre tales son los que quiere que le adoren. /Espíritu es Dios; y los que le adoren, en espíritu y verdad le deben adorar”