Translate

Translate

jueves, 3 de enero de 2019

LOS REYES MAGOS, LLEGADOS DE LEJOS, VISITARON AL NIÑO JESÚS


 
 



"Difícilmente habrá otro relato bíblico que haya estimulado tanto la fantasía, pero también la investigación y la reflexión, como la historia de los <Magos> venidos de <Oriente>, una narración que el evangelista Mateo pone inmediatamente después de haber hablado del nacimiento de Jesús"
(La infancia  de Jesús; Benedicto XVI ;Joseph Ratzinger; Ed. Planeta, S.A., 2012)

Narra, en efecto, el evangelista san Mateo, en su Evangelio, que siendo rey de los judíos, Herodes, unos Magos llegados de lejos, más concretamente de Oriente, se presentaron en Jerusalén para adorar precisamente al que ellos llamaban <rey de los judíos>, y que no era ciertamente  Herodes. Es indudable que Herodes al saber esto debió de sentir extrañeza y quizás miedo; Mateo dice simplemente que se inquietó y por supuesto con él toda su corte, lo que le llevó a convocar a los sacerdotes y maestros de la ley para aclarar el tema que tanto le había desasosegado, preguntándoles por el lugar  de nacimiento de aquel rey que no era otro, como él ya, seguramente sospechaba, que el llamado Mesías. Ellos que si sabían de qué iba el tema le contestaron de inmediato (Mt 2, 5): <En Belén de Judea, pues así está escrito en el profeta>.



El profeta al que se referían los sacerdotes y maestros de la ley era Miqueas, natural de Moréset, una pequeña aldea situada al suroeste de Jerusalén, el cual vivió durante los reinados de Jotán, Acaz y Ezequías, en un periodo de tiempo probablemente comprendido  entre el año 700 a.C y el año 745 a.C; este profeta criticó las injusticias sociales de su tiempo y también la aptitud religiosa de sus conciudadanos, que era un tanto de apariencias y tenía poco de verdad. Él defiende un ideal de religiosidad muy cercano al cristianismo y además tuvo una visión divina que le llevó a profetizar sobre el lugar en que nacería Cristo (Miq  5, 1):

“Mas tú Belén  Efratá/ la más pequeña entre las regiones de Judá/ de ti saldrá/quien ha de ser dominador en Israel/ cuyos orígenes vienen de antiguo/ desde el día de la eternidad”
 
 


El Papa Benedicto XVI nos recuerda que precisamente Belén es el pueblo natal del rey David (La Infancia de Jesús; Ibid):

“El significado teológico de aquel lugar se esclarecerá todavía con mayor nitidez en el curso de la narración (Evangelio de san Mateo), mediante la respuesta que dan los escribas a Herodes acerca del lugar en el debía de nacer el Mesías…

¿Qué clase de hombres eran aquellos que Mateo describe como <Magos> venidos de <Oriente>? El término <magos> (mágoi) tiene una considerable gama de significados en las diversas fuentes, que se extiende desde una acepción muy positiva hasta un significado muy negativo…

Los diversos significados del término <mago> hacen ver la ambivalencia de la dimensión religiosa en cuanto tal. La religiosidad puede ser una vía hacia el verdadero camino, un camino hacia Jesucristo. Pero cuando ante la presencia de Cristo no se abre a Él, y se pone contra el único Dios y Salvador, se vuelve demoniaca y destructiva…

En el Nuevo Testamento vemos estos dos significados de <magos>: en el relato de san Mateo sobre los Magos, la sabiduría religiosa y filosófica es claramente una fuerza que pone a los hombres en camino, es la sabiduría que conduce en definitiva a Cristo…”
 
 

 En efecto tal como narra san Mateo en su Evangelio, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén, siguiendo una luz en el cielo, que les había guiado hasta allí y, precisamente aquellos sabios investigadores del misterio divino encontraron finalmente lo que deseaban, la <Luz del mundo>, en el establo de Belén, hasta donde la estrella les había guiado:

“Así, en la humilde y oculta familia de Nazaret, Cristo se muestra como la <Verdadera Luz> de las gentes que, mientras envuelve a toda la humanidad, proyecta un especial fulgor espiritual hacia la realidad de la familia…

El tema de la luz se halla en el centro de la liturgia de la Epifanía…El Concilio Vaticano II, con una imagen de extraordinaria elocuencia, afirma que <sobre la faz de la Iglesia> resplandece <la luz de Cristo> (Lumen gentium, 1). Ahora bien, en el mismo documento se afirma asimismo que la familia es <Iglesia domestica> (Ibid, 11). Por consiguiente está a su vez, llamada a  reflejar, en el calor de las relaciones interpersonales de sus miembros, un rayo de la gloria de Dios, que brilla sobre la Iglesia (Is 60, 2).
 
 


Un rayo, ciertamente, no es toda la luz, pero es también luz: toda familia, con sus límites, es, con título pleno, signo del amor de Dios. El amor conyugal, el amor paterno y materno, el amor filial, inmersos en la gracia del matrimonio, forman un autentico reflejo de la gloria de Dios, del amor de la santísima Trinidad” (Audiencia General; Papa san Juan Pablo II; miércoles 5 de enero de 1994).

Unos años antes este mismo Pontífice, en la Homilía de la misa celebrada por él, durante la cual tuvo lugar  la <ordenación episcopal>, de varios sacerdotes, coincidiendo con la solemnidad de la Epifanía del Señor (Domingo, 6 de enero de 1980),  se expresaba, recordado ésta fiesta de la Iglesia católica, en los siguientes términos:
“El camino de la historia de Israel había sido marcado por Dios y por esto era necesario buscarle en los libros de los profetas: esto es, de aquellos que habían hablado, en nombre de Dios al pueblo, sobre su vocación especial. Y la vocación del pueblo de la Alianza fue precisamente aquella que conducía al camino de los Reyes Magos de Oriente…

Así, pues, el camino de los Reyes Magos lleva al Mesías, a Aquel a quien el Padre <santificó y envió al mundo> (Jn 10, 56). Su camino es también el camino del espíritu. Es sobre todo el camino en el Espíritu Santo. Al recorrer este camino, no tanto en las vías de Oriente Medio, cuanto más bien a través de los misteriosos caminos del alma, el hombre es conducido por la luz  espiritual que proviene de Dios, representada en esa estrella, a la que seguían los tres Reyes Magos.
 
 


Los caminos del alma humana, que conducen a Dios, hacen ciertamente, que el hombre vuelva a encontrar en sí un tesoro interior. Así leemos también de los tres Reyes Magos, que al llegar a Belén <abrieron sus cofres> (Mt 2, 11).

El hombre toma conciencia de los dones enormes de naturaleza y  de gracia con que Dios lo ha colmado, y entonces nace en él la necesidad de ofrecerse, de devolver a Dios lo que ha recibido, de hacer ofrenda de ello como signo de la dadiva divina. Este don asume una triple forma, como en las manos de los tres Reyes Magos: <abriendo sus cofres, le ofrecieron dones, oro, incienso y mirra> (Mt 2, 11)

El Episcopado que hoy, venerados y amadísimos hermanos, recibiréis de mis manos, es un sacramento en el que debe manifestarse de modo especial el don.

Efectivamente, el Episcopado es la plenitud del sacramento del orden, mediante el cual la Iglesia abre siempre a Dios su tesoro mas grande, y le ofrece de este tesoro los dones de todo  el Pueblo de Dios. El tesoro mayor de la Iglesia es su Esposo: Cristo. Tanto el Cristo colocado en el heno del pesebre, como también el Cristo que muere  en la cruz. Es un tesoro inigualable.
 


La Iglesia tiende continuamente la mano a este tesoro para tomar de Él. Y tomando, no lo disminuye, sino que lo aumenta. Estos son los principios de la economía divina. La Iglesia, pues, tiende la mano al tesoro de la Navidad y de la Crucifixión, al tesoro de la Encarnación y de la Redención. Y tomando de él, no empobrece ese tesoro, sino que lo multiplica.

El Obispo es el administrador, al mismo tiempo, de ese tomar y de ese multiplicar…

De este tesoro se saca siempre, oro, incienso y mirra. Vuestra vida debe revestirse de este triple don, ya que estáis llamados para ofrecer a Dios en Cristo y en la Iglesia vuestro amor, vuestra oración y vuestro sufrimiento…”

 
Hermosa Homilía del Papa san Juan Pablo II dirigida, en particular, a los sacerdotes que recibían la consagración Episcopal, esto es, <la plenitud del sacramento del orden>, en la celebración de la Epifanía del Señor del año 1980, pero en general, a toda su grey, y por tanto, son unas palabras que nos incumben a todos aquellos que pertenecemos a la Iglesia de Cristo. Sí, estamos llamados a ofrecer a Dios nuestro amor, nuestra oración y nuestro sufrimiento, en la intención de conseguir el día de mañana alcanzar la salvación de nuestras almas, con la ayuda del Espíritu Santo.

Algunos años antes, concretamente en 1969, el por entonces Papa, Pablo VI, también celebro durante la fiesta de la Epifanía, la ordenación Episcopal de doce Obispos de diferentes nacionalidades y en la Homilía correspondiente a la misa del 6 de enero del año anteriormente mencionado, este Pontífice, ya beatificado, y en curso de canonización, se expresaba con estas bellas palabras:



“La Iglesia celebra hoy el misterio de Epifanía, el designio divino según el cual <Dios ha querido en su sabiduría y en su bondad revelarse en persona y dar a conocer el misterio de su voluntad, gracias a lo cual los hombres, por Cristo, el Verbo hecho hombre, acceden en el Espíritu Santo, junto al Padre.

En esta revelación, el Dios invisible (Col 1,15; 1 Tm 1, 17) da señales a los hombres de su inmenso amor y amistad (Ex 33, 11; Jn 15, 14-15), se introduce entre ellos, para invitarles y admitirles a compartir su propia vida.

Es la fiesta de la revelación, de la misericordia de Dios en un nuevo orden, diferente y superior, que es opuesto a los conocimientos tradicionales dentro del marco de la naturaleza; es una manifestación que nos lleva de alguna forma, pero ya inmensamente rica e inagotable, a una visión superior en sí misma, a la divina Verdad; plan divino sobre nosotros y por tanto sobre la verdad de nuestra existencia y de nuestra salud; inaugura una conexión maravillosa, sobrenatural con Dios, establece una relación vital, una relación verdadera, una comunicación entre la realidad viviente y transcendente de la divinidad y cada uno de nosotros.



Este designio se cumple en Jesucristo y se comunica a través de nuestra aceptación, que al mismo tiempo, se mezcla con los influjos que nos llegan a través del Espíritu Santo; venerables y muy queridos hermanos, que Nos, hemos elevado hoy al orden Episcopal, y adicionado al colegio Episcopal, como es lógico deseamos conduciros apaciblemente a reflexionar sobre el misterio de la Epifanía,  sobre el designio de la Revelación.

Vosotros sois los herederos de este tesoro de la <Verdad revelada>, vosotros sois los guardianes de la <Tradición recibida> (1 Tm 6, 20), vosotros sois los representantes cualificados de Cristo, vosotros sois ministros de sus magistrales poderes, sacerdotales y pastorales…

Con respecto a la Iglesia poseéis  la representación más auténtica y más completa del Señor; <donde está el Obispo, se reagrupa la comunidad> (san Ignacio de Antioquia, Smyrne 8, 2), de tal forma que donde está Cristo, se encuentra la Iglesia católica”
 
 
 

 
Así es en efecto, tal como en este nuevo siglo nos aseguró también el Papa Benedicto XVI:

“Para la Iglesia creyente y orante, los Magos de Oriente que, bajo guía de la estrella, encontraron el camino hacia el pesebre de Belén, son el comienzo de una gran procesión que recorre la historia…

Al igual que los pastores que, como primeros huéspedes del Niño recién nacido, que yace en el pesebre, son la personificación de los pobres de Israel y, en general, de las  almas humildes que viven interiormente muy cerca de Jesús, así también los hombres que vienen de Oriente personifican al mundo de los pueblos, la Iglesia de los gentiles, los hombres que a través de los siglos se dirigen al Niño de Belén, honran en él al Hijo de Dios y se postran ante él.

La Iglesia llama a esta fiesta <Epifanía>, la aparición del Divino. Si nos fijamos en que, desde aquel comienzo, los hombres de toda proveniencia, de todos los continentes, de todas las culturas y modos de pensar y de vivir, se han puesto y se ponen en camino hacia Cristo, podemos decir verdaderamente que esta peregrinación y este encuentro con Dios en la figura del Niño es una Epifanía de la bondad de Dios y de su amor a los hombres (Tit 3,4)”   
(Homilía del Papa Benedicto XVI; domingo 6 de enero de 2013).

 


Magnifica Homilía la del Papa Benedicto XVI que nos recuerda la bondad y el amor  de Dios hacia los hombres, apoyándose en las palabras del apóstol san Pablo en su carta a Tito, un discípulo de éste por el que sentía un gran afecto, y que le acompañó a lo largo de su misión evangelizadora prácticamente desde el principio, ya que se cree que  acompaño también al apóstol en su viaje a Jerusalén donde tuvo lugar el primer Concilio apostólico de la Iglesia de Cristo.

Tito como hombre de confianza de san Pablo, tuvo oportunidad de visitar la Iglesia de Creta, junto con  él, logrando un gran éxito evangelizador de aquellas gentes.  Para que resistieran a la propaganda de doctrinas malsanas y se organizara perfectamente aquella comunidad de creyentes, que había quedado a cargo de su discípulo, san Pablo le escribió esta interesante epístola, en la cual podemos leer el párrafo al que se refería Benedicto XVI en su Homilía (Tit 3, 4-7):

“Más cuando se manifestó la bondad y amor a los hombres de Dios, nuestro Salvador /no por obras hechas en justicia que nosotros hubiéramos practicado, sino según su misericordia, nos salvó por el baño de regeneración y de la renovación del Espíritu Santo /que derramó sobre nosotros opulentamente por Jesucristo, nuestro Salvador /para que, justificados por su gracia seamos constituidos, conforme a la esperanza, herederos de la vida eterna”
 

 
Benedicto XVI siguiendo la costumbre de sus dos predecesores en la silla de Pedro, llevo a cabo la ordenación Episcopal de varios sacerdotes durante la celebración de la misa de la Epifanía de 2013,  y refiriéndose a la misión de los Obispos en la Iglesia, se expresaba en los siguientes términos:

“La misión de los Obispos no es solo la de caminar en la peregrinación de los pueblos hacia Jesucristo, junto a los demás, sino la de preceder e indicar el camino…

Basándonos en la historia narrada por Mateo podemos hacernos una cierta idea sobre qué clase de hombres eran aquellos que a consecuencia del signo de la estrella, se pusieron en camino para encontrar  aquel rey que iba a fundar, no sólo para Israel, sino para toda la humanidad, una nueva especie de realeza.

Así pues, ¿qué clase de hombres eran? Y nos preguntamos también si, a partir de ellos, a pesar de la diferencia de los tiempos y los encargos, se puede entrever algo de lo que significa ser Obispo y de cómo ha de cumplir su misión.

Los hombres que entonces partieron hacia lo desconocido eran, en cualquier caso, hombres de corazón inquieto. Hombres movidos por la búsqueda inquieta de Dios y de la salvación del mundo. Hombres que esperaban, que no se conformaban con sus rentas seguras y quizás una alta posición social. Buscaban la realidad más grande. Tal vez eran hombres doctos que tenían un gran conocimiento de los astros y probablemente disponían también de una formación filosófica.
 
 


Pero no solo querían saber muchas cosas. Querían saber sobre todo lo que es esencial. Querían saber cómo se puede llegar a ser persona humana. Y por esto querían saber si Dios existía, dónde está y cómo es. Si Él se preocupa por nosotros y cómo podemos encontrarlo.

No querían solamente saber. Querían reconocer la verdad sobre nosotros, y sobre Dios y el mundo. Su peregrinación exterior era expresión de su estar interiormente en camino, la peregrinación interior de sus corazones. Eran hombres que buscaban a Dios y, en definitiva estaban en camino hacia Él. Eran buscadores de Dios”

A partir de este hermoso y certero razonamiento, el Papa Benedicto XVI hacia ver a los futuros Obispos como deberían ser los hombres que alcanzaban la ordenación Episcopal en la Iglesia de Jesucristo, y esto es muy importante, pero al mismo tiempo, todos los creyentes deberíamos sacar alguna conclusión de las palabras de este gran Pontífice, como por ejemplo, que también ésta debería ser nuestra propia actitud si deseamos alcanzar un día el reino de los cielos, si deseamos la salvación de nuestras almas…

¿Pero como conseguir que este propósito nos conduzca a  meta tan deseada?

Benedicto XVI nos da una receta, que por sabida de los creyentes, no es sin embargo, innecesaria  recordar:


“La peregrinación interior de la fe hacia Dios se realiza sobre todo en la oración. San Agustín dijo una vez que la oración, en último término, no sería más que la actualización y la radicalización de nuestro deseo de Dios. En lugar de la palabra <deseo>, podríamos poner también  la palabra <inquietud>  y decir que la oración quiere arrancarnos de nuestra falsa comodidad, de estar encerrados en las realidades materiales visibles, y transmitirnos la inquietud de Dios, haciéndonos precisamente así, abiertos e inquietos unos hacia otros”

Recordemos finalmente que:
“Los orientales celebraban el nacimiento del Señor el 6 de enero y los occidentales el 25 de diciembre, pero la fiesta de la Epifanía es más antigua que la Navidad, pues se remonta a los primeros días del siglo III. Hoy la una es como un complemento de la otra.

El Señor, que apareció en la tierra en medio del silencio de la noche, vuelve a manifestarse hoy de nuevo, pero de una manera distinta, pues si entonces le adoramos envuelto en pañales, ahora se presenta a nosotros rodeado de gloria y en el brillo de la realeza divina.
Hace su entrada solemne como Dominador, realiza sus bodas con la humanidad y con la Sta. Iglesia y convida al banquete nupcial a todos los pueblos, personificados en los Magos de Oriente” (Rmo. P. Fr. Justo Pérez de Urbel)

 


  

 

 

 

 

 

  

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 29 de diciembre de 2018

EL MISTERIO DE LA ENCARNACION Y LA FE CRISTIANA



 
 
 
 
El Hijo de Dios se hizo hombre como recitamos en el Credo, pero la pregunta que puede surgir, a este respecto, es: ¿Qué significa la palabra central, Encarnación, para la fe cristiana? Etimológicamente la palabra <encarnación> deriva del latín <incarnatio>. San Ignacio de Antioquía y, sobre todo San Ireneo, usaron este término reflexionando sobre el Prólogo del Evangelio de San Juan, en especial sobre la expresión: <el Verbo se hizo carne> (Jn 1,14): "Y el Verbo se hizo carne , y habitó entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad"

 
 
 
 
El Papa Benedicto XVI analizó este tema de naturaleza teológica y de gran importancia para la fe cristiana (Audiencia General del  9 de enero del año 2013): "Aquí, la palabra <carne>, según el uso hebreo, indica el hombre en su integridad, todo el hombre, pero precisamente bajo el aspecto de su caducidad y temporalidad, de su pobreza y contingencia. Esto quiere decir la salvación traída por el Dios que se hizo carne en Jesús de Nazaret toca al hombre en su realidad concreta y en cualquier situación en que se encuentre.



Dios asumió la condición humana para sanarla de todo lo que le separa de Él, para permitirnos llamarle, en su Hijo Unigénito, con el nombre de <Abba> (Padre),  y ser verdaderamente hijos de Dios. San Ireneo afirma: <Éste es el motivo por el cual el Verbo se hizo hombre, hijo del hombre: para que el hombre, entrando en comunión con el Verbo y recibiendo de este modo la filiación divina, llegara a ser hijo de Dios>”


En efecto, tal como podemos leer en el Catecismo de la Iglesia Católica nº 460:

"El Verbo se encarnó para hacernos <participes de la naturaleza divina> (2 P 1, 4): <Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: para  que el hombre en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación , se convirtiera en hijo de Dios>"

 
 
 
 
Ciertamente, Jesús fue concebido por obra del Espíritu Santo y nació de la Virgen María.
Jesús significa Salvador y en el Evangelio de San Lucas se precisa que María era virgen antes del nacimiento de Jesús y permaneció virgen en el momento del parto y después del parto (Lc 1,26-):

“Envió Dios al ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret / a una joven virgen, prometida de un hombre descendiente de David, llamado José / La virgen se llamaba María / Entró donde ella estaba, y le dijo: <Alégrate llena de gracia; el Señor está contigo> / Ante estas palabras, María se turbó y se preguntaba que significaba tal saludo / El ángel le dijo: <no tengas miedo, María porque has encontrado gracia ante Dios / Concebirás y darás a luz un hijo, al que pondrás por nombre Jesús / Será grande y se llamará Hijo del Altísimo… / María dijo al ángel: <¿Cómo será esto, pues no conozco varón?> / El ángel contestó: <El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el niño que nazca será Santo y se llamará Hijo de Dios>”

 
 
 
 
Los Pontífices de todos los tiempos han sentido un respeto inmenso por el Misterio de la Encarnación así como amor infinito hacia la mujer virgen a través de la cual se hizo el Milagro de entrada en el mundo de Dios hecho hombre.

Son muchas las declaraciones realizadas, en este sentido a lo largo de la historia de la cristiandad, por los Papas y Padres de la Iglesia, pero remitiéndonos a los tiempos presentes, hay que recordar que al Papa San Juan Pablo II se deben un gran número de testimonios sobre el misterio de la Encarnación.

Así por ejemplo, en su Homilía del domingo 22 de octubre de 1978, al comienzo de su Papado se expresaba lleno de emoción por la misión a la que, el Señor le había llamado con estas significativas palabras (Homilía del Papa San Juan Pablo II en el comienzo de su Pontificado. Plaza de San Pedro domingo 22 de octubre de 1978):

“Hoy y aquí, en este lugar, es necesario pronunciar y escuchar de nuevo las mismas palabras: <Tú eres el Cristo,  el Hijo de Dios vivo>. Sí, hermanos e hijos ante todo estas palabras. Su contenido revela a nuestros ojos el misterio de Dios vivo, misterio que el Hijo conoce y nos ha acercado. En efecto, nadie ha acercado el Dios vivo a los hombres, ninguno lo ha revelado como lo ha hecho el Hijo mismo.

 
 
 
 
En nuestro conocimiento de Dios, en nuestro camino hacia Dios estamos totalmente ligados a la potencia de estas palabras: <Quien me ve a Mí, ve también al Padre>. El que es infinito, inescrutable, inefable, se ha acercado a nosotros en Cristo Jesús, el Hijo unigénito, nacido de María Virgen en el portal de Belén.

Vosotros todos, los que tenéis ya la inestimable suerte de creer, vosotros todos los que todavía buscáis a Dios, y también vosotros los que estáis atormentados por la duda: acoged de buen grado una vez más – hoy y en este sagrado lugar – las palabras pronunciadas por Simón Pedro. En estas palabras está la fe de la Iglesia.

En ellas está la nueva verdad, es más, la verdad última y definitiva sobre el hombre: <Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo>”

 
 
 
Sí, para el Papa San Juan Pablo II, el Dios vivo, el Hijo de Dios, estaba presente siempre en todos sus actos públicos y privados; así por ejemplo, unos años después en la solemne celebración de la Eucaristía en honor a la Inmaculada Concepción de la Virgen María, el 8 de diciembre de 1984 nos hablaba de la Virgen y del papel tan importante que ésta tuvo en el Misterio de la Encarnación:

 
 
 
 
“<Llena de gracia…> (Lc 1, 28)
Este saludo – en boca del Arcángel – Prepara la revelación de la Divina Maternidad de María:


<Concebirás en tu vientre y darás a luz un Hijo y le pondrás por nombre Jesús… El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra…
<No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios> (Lc 1,30). Eres: <llena de gracia>.

La plenitud de gracia significa la Maternidad Divina.
La plenitud de gracia significa también la Inmaculada Concepción. La Inmaculada Concepción es con miras a la Maternidad Divina.

Éste es el orden de la gracia, es decir, de la economía salvífica de Dios…

Así pues, el misterio de la Inmaculada Concepción de la Virgen María nos lleva a Belén y, a la vez, al Calvario. En cierto sentido, nos guía al Calvario y luego a Belén.
María fue redimida de forma particular en el primer instante de su concepción, en previsión del Sacrificio de Cristo Redentor en el Calvario para poder convertirse en Madre del Redentor, en Nazaret y en Belén...

 
 
 
 
La inmaculada Concepción es el primer signo y, a la vez, anuncio del tiempo nuevo. Es comienzo de esa plenitud de los tiempos de la que habla el Apóstol (Mt 25,13)”.

 
Jesús nació de María Virgen y fue concebido por obra del Espíritu Santo, tal como podemos leer en el Evangelio de San Mateo que completa la narración del Misterio de la Encarnación descrito por San Lucas en su Evangelio (Mt 1, 18-21):

"El nacimiento de Jesús el Mesías, fue así: su madre María estaba prometida a José y, antes de vivir juntos, resultó que había concebido por la acción del Espíritu Santo / José su esposo, que era justo y no quria denunciarla, decidió separarse de ella en secreto / Despues de tomar esta decisión, el ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: <José, hijo de David, no tengas reparos en recibir a María como esposa tuya, pues el hijo que espera viene del Espíritu santo> / <Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados"


Papa San Juan Pablo II  en su Audiencia General del  28 de Enero de 1987 declarba que :
"El testimonio evangélico de la concepción virginal de Jesús por parte de María, es de gran relevancia teológica. Pues constituye un signo especial del origen divino del Hijo de María. El que Jesús no tenga un padre terreno porque ha sido engendrado <sin intervención de varón>, pone de relieve la verdad de que Él es el Hijo de Dios, de modo que cuando asume la naturaleza humana, su Padre continúa siendo exclusivamente Dios”.

 
Prosigue el Santo Padre en la Audiencia General mencionada anteriormente, hablándonos con gran conocimiento y sabiduria,  de la acción del Espíritu Santo en la concepción de Jesús,  del Misterio de la Encarnación: “La revelación de la intervención del Espíritu Santo en la concepción de Jesús, indica el comienzo en la historia del hombre de la nueva generación espiritual que tiene un carácter estrictamente sobrenatural”

En efecto, como enseñaba el Apóstol San Pablo, refiriendose al Misterio de la Encarnación, en su primera carta a los pobladores de Corinto, donde el cristianismo chocaba por primera vez con la cultura griega, y por tanto corría el riesgo de confundirse con una nueva religión de las muchas por entonces existentes en aquella zona(I Co 15, 45-49):
 
 
 
 
"La escritura dice: Adán el primer hombre, fue creado un ser viviente; el último Adán, en espíritu vivificante / Pero lo primero no es espiritual, sino lo animal; después, lo espiritual / El primer hombre, sacado de la tierra es terrestre; el segundo, por el contrario, del cielo / Como el terrestre, así son los terrestres; como el celeste, así son los celestes / Y así como llevamos la imagen terrestre, llevaremos también la del celeste"



En este mismo sentido, sigue diciendo el Papa San Juan Pablo II en su Audiencia (Ibid):
“Dios Uno y Trino <se comunica> a la criatura mediante el Espíritu Santo. Es el misterio al que se puede aplicar las palabras del Salmo 103 (104): <Envía tu espíritu y serán creados, y renovarás la faz de la tierra>. En la economía de esa comunicación de Sí mismo que Dios hace a la criatura, la concepción virginal de Jesús, que sucedió por obra del Espíritu Santo es un acontecimiento central y culminante. Él inicia la nueva creación. Dios entra así en un modo decisivo en la historia para actuar sobre el destino sobrenatural del hombre, o sea la predestinación de todas las cosas en Cristo”.

Ciertamente, el nacimiento de Jesús según aseguraba este Pontifice, pone en evidencia el Misterio de la Encarnación, el cual tuvo lugar en el seno de la Virgen en el mismo momento del anuncio del ángel, de este modo, nació de ella un niño que iba a ser el instrumento dócil y responsable del plan divino, concebido por obra del Espíritu Santo.

 
 
Así pues, el Hijo de Dios, comienza a vivir primero como niño y luego crece tal como nos dice el Evangelio de San Lucas <en sabiduría, en estatura, y en gracia ante Dios y ante los hombres> (Lc 2,52) De esta forma el Hijo de Dios se nos manifestó también como verdadero hombre.


El Papa San Juan Pablo II asegura también que el Apóstol San Juan, en el Prólogo de su Evangelio, subraya todas estas verdades cuando dice: <El Verbo se hizo carne, y puso su morada entre nosotros>:
“La Encarnación es fruto de un inmenso amor, que impulsó a Dios a querer compartir plenamente nuestra condición humana.

El hecho de que el Verbo de Dios se hiciera hombre produjo un cambio fundamental en la condición misma del tiempo. Podemos decir que, en Cristo, el tiempo humano se colmó de eternidad.
Es una transformación que afecta al destino de toda la humanidad, ya que <el Hijo de Dios, con su Encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre (Gudium et spes, 22). Vino a ofrecer a todos la participación de su vida divina.

 
 
 
 
El don de esta vida conlleva una participación en su eternidad. Jesús lo afirmó, especialmente a propósito de la Eucaristía: <El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna> (Jn 6,54). El efecto del Banquete Eucarístico es la posesión, ya desde ahora, de esa vida.


En otra ocasión, Jesús señaló la misma perspectiva a través del símbolo del agua viva, capaz de apagar la sed, el agua viva de su Espíritu, dada con vistas a la vida eterna (Jn 4,14). La vida de la gracia revela, así, una dimensión de eternidad que eleva la existencia terrena y la orienta, en una línea de verdadera continuidad,  al ingreso en la vida celestial”

 

 
 
<Cristo ayer y hoy, principio y fin, alfa y omega> . Con esta frase iniciaba el Papa San Juan Pablo II su Homilía del 1 de enero de 1999, faltando ya sólo un año para el inicio del tercer milenio desde la llegada de Jesús a la tierra a través del Misterio de la Encarnación:


“Al comienzo de 1999, el último del gran jubileo, parece que el ministerio de la historia se revela entre nosotros con una profundidad más intensa. Precisamente por eso, la Iglesia ha querido imprimir el signo Trinitario de la presencia del Dios vivo sobre el trienio de la preparación inmediata para el acontecimiento jubilar”

Sigue el Papa expresándose en este sentido, haciendo una retrospectiva sobre acontecimientos del siglo XX, a punto de terminar en aquellos momentos, recordando por supuesto las dos terribles guerras mundiales acaecidas durante este período de la historia.

 
 
 
¿Cómo olvidar los campos de muerte o los hijos de Israel exterminados cruelmente así como a los santos mártires entre los que podemos citar a San Maximiliano María Kolbe (1984-1941), clérigo franciscano conventual; mártir polaco muy devoto de la Virgen y en especial de su Inmaculado Corazón; o a sor Edith Stein (Santa Teresa Benedictina de la Cruz, santa mártir alemana de origen polaco, patrona de Europa) y de otros tantos santos?...

Son preguntas que se realizaba el Pontífice con palabras sentidas, llenas de dolor, el dolor que embarga a la humanidad toda al recordar estos terribles acontecimientos.

No obstante este Papa era un hombre lleno de optimismo y de fe en Dios por eso al final de su Homilía (Ibid), se expresaba en los siguientes términos:
“El Verbo eterno, al hacerse hombre, entró en el mundo y lo acogió para redimirlo. Por tanto, el mundo no sólo está marcado por la terrible herencia del pecado; es, ante todo, un mundo salvado por Cristo, el Hijo de Dios, crucificado y resucitado. Jesús es el redentor del mundo, el Señor de la historia. <Eius sut témpora et saecula>: suyos son los años y los siglos.

 
 
 
Por eso creemos que, al entrar en el tercer milenio junto con Cristo, cooperaremos en la transformación del mundo redimido por Él. Mundus cratus, <mundus redemptus>…Desgraciadamente, la humanidad cede a la influencia del mal de muchos modos. Sin embargo, impulsada por la gracia, se levanta continuamente, y camina hacia el bien guiada por la fuerza de la redención. Camina hacia Cristo, según el proyecto de Dios Padre”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 22 de diciembre de 2018

TIEMPO DE NAVIDAD: LA VENIDA DEL VERBO


 
 
 
 
 
 
El prólogo del evangelio de san Juan es sin duda la parte más significativa del mismo; el tema o cuestión fundamental allí desarrollada, por el apóstol amado del Señor, es la manifestación del Verbo (Jn 1, 14-18): “Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros; y contemplamos su gloria, gloria cual del Unigénito procedente del Padre: lleno de gracia y de verdad / Juan (Bautista) da testimonio acerca de Él y clama diciendo: <Este es el que dije: El que viene detrás de mí, porque era primero que yo> / Pues de su plenitud nosotros todos recibimos, y gracia por gracia / Porque la ley por mano de Moisés fue transmitida, la gracia y la verdad por mano de Jesucristo fue hecha / A Dios nadie le ha visto jamás: el Unigénito Hijo, el que está en el regazo del Padre mirándole cara a cara, Él es quién le dio a conocer”


Es interesante observar el hecho de que en el testimonio de Juan Bautista, aludido por el apóstol del Señor se aprecian varios incisos. En primer lugar menciona: <Este es el que dije>, lo que viene a significar la identificación personal del Mesías; a continuación habla de <El que viene detrás de mí>, es decir el esperado Mesías, del que se considera precursor; continua el testimonio diciendo: <Porque era primero que yo>, pues considera que Él desempeña una función  superior a la suya;   y sobre todo admite que antes que él viniese a este mundo, Él ya existía…era el Verbo de Dios…
 
 
 
 
Los hombres creyentes, de todos los tiempos, al leer estas palabras han tenido que sentir algo en su interior que les ha hecho temblar de emoción y de amor…Por eso todos los años al llegar este momento se apresuran a decir:  “Ansiosamente hemos esperado durante el tiempo de Adviento la venida del Verbo, la hemos pedido y estamos ya preparados para su aparición. Deseo, demanda, preparación, son tres palabras que resumen el periodo litúrgico que acabamos de recorrer. Una realidad divina viene a coronar nuestra esperanza.


El motivo fundamental del nuevo periodo, que se abre con la alegría de la Nochebuena, es el Nacimiento de Jesucristo, del Hijo de Dios humanado. Celebramos su aparición al pueblo judío (Navidad) y su manifestación a los gentiles (Epifanía).

Es el misterio de la Encarnación, que consiste en la unión en Jesucristo del Verbo, nacido antes de todos los siglos, de la sustancia del Padre, con la humanidad engendrada de la sustancia de la Madre, en el mundo.

Navidad es, por tanto, la fiesta del amor misericordioso de Dios. <Tanto amo Dios al mundo> decía San Juan Evangelista pensando en este misterio que <le envió a su mismo Hijo Unigénito para que, creyendo en Él, no perezca, antes alcance la vida eterna>.

Ante todo, durante estos días conmemoramos el hecho histórico, que narra con muchos detalles emocionantes, el evangelio de san Lucas. Entre los años 747 y 749 de la fundación de Roma se hizo en Palestina, por orden de César Augusto, un empadronamiento, que obligó a José y María a ir de Nazaret, a Belén, de donde eran originarios.
 
 
 
 
Estando en Belén, dio a luz María, y la primera cuna que tuvo el recién nacido fue el pesebre de un establo. Una tradición del siglo IV supone que el Niño fue calentado por el aliento de dos animales…El nacimiento temporal nos hace pensar también en el nacimiento eterno. Tanto como al gracioso Niño que acaba de nacer, vemos en el establo, al Rey de los cielos, hacedor de los siglos y de los mundos.



Para la liturgia, Navidad tiene un carácter esencialmente dogmático, que ignoraríamos si solo considerásemos el aspecto que nos ofrece la devoción popular. Y es que el que acaba de nacer de la Virgen nace eternamente en el seno del Padre. El que se manifiesta revestido de nuestra carne es el Hijo de Dios, <que habita en una luz inaccesible>.

El Verbo que se hace hombre, es para nosotros la manifestación de Dios; es Dios hecho hombre, que viene a revelarnos el Ignoto. <El que me ve a mí, ve a mi Padre>, dirá Jesús a los judíos” (P. Fr. Justo Pérez de Urbel; <Misal y Devocionario del hombre católico> (Ed. Aguilar, 1964)

 
 
Sí, llega de nuevo la hora de rememorar  el acontecimiento especial, fuera de lo común, acaecido en la noche en que tuvo lugar el nacimiento del Niño Jesús, tal como nos recordaba también, el Papa San Juan Pablo II durante la misa de medianoche correspondiente al lunes 24 de diciembre de 1979:

“En este acontecimiento hay algo insólito, consiste quizás en que no se cumple dentro de las normales condiciones humanas, bajo el techo de una casa, sino en un establo, que ordinariamente da cobijo sólo a animales. La primera cuna del Niño, recién nacido, fue en efecto un pesebre…

Ciertamente ninguno de los habitantes, ni ninguno de los forasteros presentes entonces en Belén, podían pensar que en aquellos momentos y en aquel establo, se estaba cumpliendo las palabras del profeta, tantas veces leídas, y continuamente meditadas por los hijos de Israel.

Isaías (Is 9, 3. 6-7) efectivamente, había escrito palabras que constituían el contenido de una gran expectación y de una esperanza inquebrantable:

<Multiplicaste la alegría, has hecho grande el júbilo, y se gozan ante ti, como se gozan los que recogen la mies…Porque nos ha nacido un Niño, nos ha sido dado un Hijo que tiene sobre los hombros la soberanía…, para dilatar el imperio y para una paz ilimitada sobre el trono de David y su reino, para afirmarlo y consolidarlo en el derecho y en la justicia desde ahora para siempre jamás>

Ninguno de los presentes en Belén podía pensar que precisamente en aquella noche se estaba cumpliendo las palabras del gran profeta, ni que ello se realizaba en un establo…”

 
 
 
Sin duda el nacimiento del Mesías, el Misterio de la Encarnación, es el acontecimiento central de la historia de la humanidad. La humanidad entera, no solo el pueblo elegido, Israel,  esperaba de una forma implícita, como si fuera un presentimiento, pero sin embargo la mayoría de los seres humanos no fueron testigos privilegiados del nacimiento en el pesebre de Belén, tal como narran los evangelistas Mateo y Lucas en sus respectivos Evangelios.   


El Papa Benedicto XVI refiriéndose a los relatos de los  evangelistas sinópticos, defiende la idea de que son históricos, y no teológicos, como algunos representantes de la exegesis moderna han opinado desafortunadamente (Benedicto XVI . La infancia de Jesús; Ed. Planeta 2012):
“Sobre el nacimiento de Jesús no tenemos más fuentes  que las narraciones de la infancia de Mateo y de Lucas. Los dos dependen evidentemente de representantes de tradiciones muy diferentes. Están influenciados por visiones teológicas diversas, de la misma manera que difieren también en parte sus noticias históricas.

Está claro que Mateo no sabía que tanto José como María residían inicialmente en Nazaret. Por eso José, al volver de Egipto, quiere ir en un primer momento a Belén y solo la noticia de que en Judea reina un hijo de Herodes le induce a desviarse hacia Galilea.

Para Lucas, en cambio, está claro desde el principio, que la Sagrada Familia retornó a Nazaret tras los acontecimientos del nacimiento.

Las dos diferentes líneas de tradición concuerdan, no obstante, en que el lugar del nacimiento de Jesús fue Belén. Si nos atenemos a las fuentes y no nos dejamos llevar por las conjeturas personales, queda claro que Jesús nació en Belén y creció en Nazaret”

 Sin duda el nacimiento, la vida y obra de Jesús, han suscitado polémicas sin fin, entre aquellos eruditos que se han dejado llevar, la más de las veces, por conjeturas personales y han despreciado las fuentes históricas y divinas de la Sagrada Biblia, así como las fuentes provenientes de la santa Tradición de la Iglesia. No obstante  como advertía el Papa san Pablo VI:
 
 
 
 
“Sólo poner ante nuestra consideración la historia de la vida de Cristo suscita problemas que nunca conseguiremos resolver completamente, pero siempre veremos irradiar de la presencia de Cristo en el mundo tal luz de verdad, tal consuelo de esperanza y de vida que advertiremos que Él es la luz del mundo; y sólo dentro del cono luminoso de doctrina que la Iglesia nos ofrece sobre Él, podemos gozar de su luz y obtener nuestra salvación…



Lo que quiere decir que debemos sentirnos obligados a fijar la mirada de nuestra fe en Cristo Señor, con adhesión total de pensamiento y de vida. Recordemos las palabras finales del prólogo del Evangelio de San Juan:

<Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria cual de Unigénito venido  del Padre, lleno de gracia y de verdad> (Jn 1, 14)

Pero en este punto de nuestra contemplación sobre el Verbo de Dios hecho carne, en vez de encontrar su gloria nos encontramos en el marco de la vida temporal de Jesús, su humillación, su pequeñez, su anonadamiento; no encontramos la exaltación  sino la negación de los valores de nuestra vida presente.

 
 
 
El pesebre nos lo dice: La humildad de Cristo será nuestra sorpresa. Una humildad que mortifica nuestras expectativas mesiánicas y que nos obliga a modificar e incluso a contraponer la estima de lo que creemos bienes necesarios para nuestra existencia natural. Y esto lo recordamos refiriéndonos a dos virtudes cristianas, es decir, a dos dimensiones características de nuestra presencia en el mundo; nos referimos a  la humildad y a la pobreza.


El Dios que haya querido manifestarse y haya querido convivir con nosotros en humildad absoluta es algo que altera y transforma totalmente nuestros juicios sobre nosotros mismos y sobre nuestra relación con las cosas y con los acontecimientos del mundo.

Él decía: <Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón> (Mt 1, 29). Y esta postura de humildad afecta profundamente no sólo a las formas exteriores de la vida de Cristo, sino a las formas esenciales de la vida, de la doctrina y de la misión de Dios hecho hombre.

Citaremos aquí una sentencia conocidísima  de san Pablo, que contiene la síntesis y nos ofrece la clave para la comprensión  de la figura completa de Cristo; es la cita de las palabras relativas a la <kénosis> de Cristo, es decir, a su anonadamiento para cumplir el designio de nuestra redención, palabras de la Carta de san Pablo a los filipenses (Flp 2, 5-11)”
 
 
 
 
Se refiere el Papa Pablo VI a la Carta escrita por el apóstol san Pablo, probablemente durante su retención involuntaria en Roma, a los fieles de Filipos, ciudad  situada al norte del mar Egeo, en los confines de Macedonia con Tracia, con ocasión de demostrarles su profundo aprecio, por el afecto y ayuda que siempre le habían ofrecido. En dicha carta el apóstol también sigue adoctrinándoles tomando siempre como ejemplo la figura de Jesús y en este contexto les recomienda encarecidamente que sigan la estela de caridad y humildad del Señor (Flp 2, 5-11):    


-Tened los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús,

-quien, existiendo en forma de Dios, no consideró como codiciable tesoro el mantenerse igual a Dios,

-sino que se anonadó a si mismo tomando la naturaleza de siervo, haciéndose semejante a los hombres;

-y, en su condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz;

-Por ello Dios lo exaltó sobremanera y le otorgó un nombre que está sobre cualquier otro nombre;

-para que al nombre de Jesús doblen su rodilla los seres del cielo, de la tierra y del abismo;

-y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor para la gloria de Dios Padre”

 
 
 
Sabias palabras del apóstol san Pablo que ponen de manifiesto la más sublime doctrina sobre Cristo. En ella, afirma la divinidad  y preexistencia de nuestro Salvador, la Encarnación del Verbo y sobre todo el inmenso merito de su total obediencia al Padre hasta su muerte en cruz.

Pero junto a estas enseñanzas dogmáticas y morales sobre Jesús, el apóstol añade algo más, también muy importante, él nos da el fundamento sobre el que se debe basar la vida de todo cristiano, de todo aquel hombre que ama y sigue a Cristo, que no es otro que el de tomar ejemplo de Él, recordando su anonadamiento por nuestra salvación y así mismo, que Dios le otorgó el <nombre>, es decir la dignidad y soberanía universal por lo que todos los seres creados por Él deben doblegar su rodilla. Resumiendo, por la humillación y la cruz se va a la gloria. 
 
 
 
 
Con razón el Papa san Juan XXIII, en la Nochebuena del año 1962, durante la misa pronunciaba una homilía con estas sentidas palabras, que ahora evocamos con el deseo de que se cumplan sus deseos, por fin, en este nuevo siglo: “Los grandes problemas de la vida social e individual se acercan a la cuna de Belén, al paso que los ángeles invitan a dar gloria a Dios, gloria a Cristo redentor y salvador, y a excitar gozosamente las buenas voluntades para la celebración de la paz universal.


Gran don, gran riqueza en verdad, es la paz del mundo, que va tras la paz. Lo hemos repetido en el radiomensaje navideño, y Nos satisface dar gracias al Señor por haberlo hecho acoger con buena voluntad de un extremo al otro de la tierra, como confirmación de la luz de esperanza encendida y viva en todas las naciones.
Las súplicas  de todos, continúan pidiendo la conversión y el perfeccionamiento de este don celestial, al paso que son cada vez más atentos y prudentes todos los movimientos de ideas, palabras y actividades, y se multiplican en  todos los campos los esfuerzos y los acuerdos para alejar y superar los obstáculos, conocer y substraer las causas que provocan los conflictos…

Hay también circunstancias y situaciones que en esta solemnidad hacen más evidente y agudo el contraste con el gozo de la Navidad. Reclamo eficaz no para disminuir el servicio que hacemos a la verdad y a la justicia, ni para olvidar el inmenso bien realizado por las almas rectas, que tienen como honor la ley divina y el Evangelio; sino para alentar las mejores energías a reparar los errores y a reavivar en el mundo el fervor religioso y las piadosas tradiciones paternas como gozo tranquilo de la Navidad.

 
 
Hijos queridos: Junto a la cuna del Niño recién nacido, del Hijo de Dios hecho hombre, todos los hombres que caminan por la tierra, deben pensar con conciencia clara  y seria, que en la hora suprema se les pedirá cuenta estrecha del don de la vida; y está tendrá una sanción definitiva de premio o de castigo, de gloria o de abominación.

En la conciencia de este rendir cuentas es donde se mide la participación de los cristianos y de todos los hombres en el gran misterio que conmemoramos en esta noche; de aquí surge el deseo de que por la luz del Verbo de Dios la civilización humana reciba la llamita que le puede transformar en vivo fulgor, en beneficio de los pueblos. En torno a la cuna de Jesús sus ángeles cantaron la paz. Y quien creyó en el mensaje celestial y le hizo honor consiguió gloria y alegría.
Así ayer, y así será siempre a lo largo de los siglos. La historia de Cristo es perpetua. Bienaventurado quien la comprende y consigue gracia, fortaleza y bendición. Amén”