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miércoles, 31 de julio de 2019

EL RETO DE LA EVANGELIZACIÓN: SIGLO XVIII- EL SIGLO DE LAS LUCES (1ª Parte)



El apóstol concretamente, hace en su Carta un llamamiento a la <unidad en el amor>, al objeto de alcanzar una vida nueva en Cristo (Ef 4, 2-7):

“Sed humildes, amables y pacientes. Soportaos los unos a los otros con amor / Mostraos solícitos en conservar, mediante el vinculo de la paz, la unidad que es fruto del Espíritu / Uno sólo en el cuerpo y uno sólo en el Espíritu, como también una sola es la esperanza que encierra la vocación a la que habéis sido llamados / Un solo Señor, una fe, un bautismo / un Dios que es Padre de todos, que está sobre todos, actúa en todos y habita en todos / A cada uno de nosotros, sin embargo, se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo”

 

 
 
Como diría el Papa Benedicto XVI, refiriéndose a estas palabras de san Pablo: “No es difícil comprender la fascinación que generó tal mensaje, la esperanza que despertó…

En efecto, el anuncio de la unidad de los hombres y el empeño por hacerla valer en un mundo desunido, fue y es algo grande; gracias a ello la historia tomó otro rumbo, y ni siquiera podemos pensar en volver atrás…

 
 
 
La tentación a la intolerancia y al establecimiento de un insano absolutismo intramundano, capaz de cuestionar a los otros para toda la eternidad, se tornó enorme, y bajo las circunstancias de algunos periodos de la historia,  pudo llegar a ser insuperable…”

Así sucedió, por ejemplo, en el <Siglo de las luces>, en el siglo XVIII. En efecto, desde  principios de este siglo se alcanzó la plenitud del desarrollo político iniciado en siglos pasados. Así, los reyes que al principio de la <Edad Moderna>, despojaron a los nobles de la soberanía que hasta entonces habían disfrutado sobre los feudos, fueron reafirmando su autoridad de dueños absolutos hasta el siglo XVIII en el que su poder alcanzó la cumbre.

En semejantes condiciones se produjo el llamado fenómeno de la <ilustración>, al que paralelamente acompañó el sistema de gobierno denominado <despotismo ilustrado>, cuyos fundamentos se resumen en esta significativa frase: <Todo para el pueblo pero sin el pueblo>.

 
 
Los eruditos de la época sin embargo fueron protegidos por la realeza, pero el desarrollo de un frio racionalismo, provocó el ateísmo generalizado; los hombres se alejaron en gran medida de Cristo y de su Iglesia. Precisamente estos mismos hombres serán los que sentarán las bases ideológicas de futuros movimientos revolucionarios.

Se puede decir, en definitiva, que así como el siglo XVII se caracterizó por un gran confusionismo teológico y tendencia al absolutismo, el siglo XVIII presenta, además del absolutismo, como característica propia, el llamado <Filosofismo>.

El Filosofismo parece ser, que en principio, provenía de un cierto movimiento contrario a la Iglesia de Cristo y  a su Cabeza, el Papa de  Roma…

Por otra parte, los seguidores de estos movimientos, negaban la autoridad de las Santas Escrituras en aquellos puntos que no fueran totalmente comprensibles para los hombres y de esta forma dejaban de lado la fe en la Palabra de Dios… Se produjo así una forma del pensamiento humano o ideología naturalista, que rechazaba todo lo que se pudiera considerar sobrenatural.



Finalmente el materialismo <puro y duro> llegaba a negar la espiritualidad del alma…

Todas estas doctrinas malsanas, traspasaron las barreras de muchos países, dejando a su paso la falsa semilla del llamado <libre examen>…

Resumiendo, todos estos idearios formaron parte del filosofismo, que como tal había nacido de la mano de libres pensadores entre los que se contaban intelectuales, escritores y eruditos en general, que trataron de menoscabar los fundamentos de la Iglesia católica.

 
 
El filosofismo al recibir este nombre, llegó a ser el exponente de una soberbia malsana, propia del enemigo común, que denostaba a los grandes teólogos de la Iglesia, como a san Agustín y santo Tomás de Aquino, y que incluso se atrevía a decir que hasta entonces no había habido filósofos o científicos dignos de consideración…


Desgraciadamente se puede asegurar, que el llamado <pensamiento ilustrado>, caracterizó el comportamiento y el sentir de una gran mayoría de los habitantes del Continente europeo durante el siglo XVIII,  extendiéndose también  a las colonias europeas en el Nuevo Mundo.
 
 
 
Por otra parte, con independencia de su nacionalidad, se denominaron <filósofos>, a los pensadores del siglo de las luces. No obstante estos filósofos  difícilmente se puede asegurar que lo fueran en el sentido de pensadores abstractos  propiamente dichos; por ejemplo, estos pensadores evitaron las formas de expresarse que resultarán excesivamente eruditas y se jactaron de la claridad y estilo de sus razonamientos.



Se comprende en seguida, que en un ambiente intelectual tan controvertido como el observado en este siglo, la labor evangelizadora de la Iglesia, con sus Pontífices a la Cabeza, se viera comprometida en grandes polémicas y disputas sobre las verdades del Mensaje de Cristo, con resultados muchas veces adversos.

 
 
 
 
La labor pastoral de los representantes de Cristo sobre la tierra, se vio involucrada, sin desearlo, en los temas de carácter político del aquel momento histórico en que ejercieron su misión evangelizadora...


Así sucedió, por ejemplo, en el caso del primer Papa de este siglo Clemente XI (Gianfrancesco Albani) (1700-1721), cuyo Pontificado se inició poco antes de la muerte de Carlos II, un rey enfermizo que heredó la corona de la Península Ibérica a los cuatro años de edad, bajo la regencia de su madre Mariana de Austria, asistida por una junta de gobierno.

Indefectiblemente  durante el reinado de Carlos II los validos de la reina trataron de manipular al soberano, el cual se vio obligado a aceptar casarse en distintas ocasiones con el único objetivo de conseguir un heredero para la corona, con resultados negativos…
Tras la caída en desgracia de los últimos favoritos de la reina, Carlos II pretendió gobernar de forma autónoma, pero eso sí, auxiliado a su  vez por D. Juan Angulo, un hombre que resultó ser de escasa capacidad y que ejerció una influencia funesta sobre el rey.

Tras largas luchas por el poder, amenazado Carlos II con el argumento de que o designaba como sucesor  al nieto de Luis XIV o los territorios españoles tendrían que repartirse, optó por conservar la integridad de la corona y designó como su sucesor a Felipe de Anjou.

Felipe V (Felipe de Anjou) entró a España en enero de 1701, cuando contaba con solo dieciocho años. Es destacable su actuación en la llamada guerra de la Sucesión, que le valió el apelativo de Animoso…

 
 
El Papa Clemente XI que demostró enseguida que era un hombre muy piadoso, de alguna forma se vio involucrado en temas  de tipo político, poniéndose de parte del emperador José I que consideraba que su sobrino el archiduque Carlos tenía más derechos que nadie a la corona de España. Los franceses respondieron entonces a este apoyo de Roma, invadiendo el Milanesado.

Por su parte, Felipe V destituyó al nuncio que el Papa había enviado a Barcelona y desembarcó en Nápoles exigiendo se le otorgase la investidura. La guerra estalló en Europa que se vio dividida, hasta que por fin, gracias al matrimonio de Felipe V con Isabel de Farnesio se logró una tregua con Roma.

Pese a todo, el Papa Clemente XI, temeroso de una ofensiva austriaca, reforzó sus fronteras y formó un ejército para defenderlas. Por otra parte, suplicó al emperador que dispensara a Italia del conflicto bélico con España, pero el príncipe Eugenio entró a su vez en el Milanesado, haciendo retroceder al Pontífice hasta Roma.

La muerte del emperador José I llevó al trono austriaco al archiduque Carlos, lo que impulsó a Inglaterra y  Holanda a abandonar la lucha, pues en caso de victoria quedaría reconstruido el imperio de Carlos V. Por los tratados de Utrecht-Rastatt (1714), Austria adquiría Nápoles, Cerdeña, Milán y Flandes y concesiones comerciales en América.

Como hemos recordado, el Papa Clemente XI se vio envuelto en todos estos acontecimientos inevitablemente, y además se enfrentó a otros problemas religiosos que trataban de minar la fe de los creyentes. Nos referimos al rebrote del jansenismo, un movimiento religioso que había surgido en el siglo XVI y que tenía como referente el libro titulado <Augustinus> cuyo autor fue el obispo  Cornelio Jansen, el cual había mal interpretado las enseñanzas de san Agustín (1585-1638).


El éxito de este movimiento religioso tan permisivo en ciertos aspectos, fue  debido a que disfrazaba los graves errores sobre la doctrina de Cristo, con unas prácticas místicas muy sugerentes, que fueron muy bien acogidas, por desgracia, en algunos monasterios de monjas, principalmente en Port-Royal (Francia).

El jansenismo fue rechazado por el Papa Inocencio X (1644-1655) y por los Papas posteriores, hasta que Clemente XI en 1713 lo condenó de forma definitiva mediante la Bula <Unigenitus>, la cual a pesar de todo encontró resistencia en una asamblea presidida por el cardenal Noailles, y con ello se puso en duda la infalibilidad del Papa, pero éste, valientemente se enfrentó a la asamblea haciendo que el arzobispo se retractara de sus graves errores…

Entre tanto, el rey de España Felipe V desterró a Alberoni, un valido que había jugado un importante papel durante su mandato, recomendado, como era, de la princesa de Ursinos (segunda esposa del rey). Tras el destierro  de este hombre, España firmó la paz con Francia e Inglaterra, reconociendo los acuerdos de Utrecht.
 
 
 
 


Los jesuitas se encontraron en la tesitura  (aunque mayoritariamente consideraban totalmente rechazable el hecho de que los conversos siguieran practicando rituales religiosos en honor a Confucio y a Buda, además de otras prácticas Taoístas), de aceptar ciertas tradiciones de estos pueblos al principio, con la idea de atraerse la voluntad de las gentes hasta que  acabaran abandonando aquellas prácticas a favor del Mensaje de Cristo.

Con objeto de acabar con esta anómala situación el Papa Clemente XI  envió legados para entrevistarse con el emperador de China y hacerle ver que era necesario el total abandono de estos rituales a los conversos. El emperador que esperaba todo lo contrario por parte de Roma, al enterarse de las intenciones de los legados del Papa, los despidió sin contemplaciones y amenazó a los jesuitas con expulsarles si se volvía a tocar el tema, lo cual hizo finalmente además de destruir todas las Iglesias cristianas, lo que provocó un gran dolor al Papa y a los creyentes de todo el mundo.

 
 
Verdaderamente el Papa Clemente XI fue un hombre de vida irreprochable que se encargó de la Barca de Pedro con gran amor y prudencia y que estaba muy preocupado por el tema de la evangelización, como demuestra el hecho de interesarse vivamente, al igual que los Pontífices anteriores, por las beatificaciones y canonizaciones de aquellos hombres y mujeres que habían alcanzado la santidad durante sus vidas.

Entre las canonizaciones más conocidas citaremos la  de Catalina de Bolonia (1413-1463), una mujer llamada a la santidad que había nacido en Bolonia (Italia),  en  el seno de una familia noble y rica. Fue educada con esmero, adquiriendo una vasta cultura, tanto en el campo de las letras, como en el de las ciencias, algo verdaderamente extraordinario para las mujeres, en aquella época.

Siendo aún muy joven fue llevada a la corte de Ferrara como dama de la princesa Margarita de Este; la vida de lujo y desenfreno de la corte no llegaron a seducirla porque el Señor le tenía reservado otro camino más placentero. Por eso, en cuanto la princesa Margarita se desposó, ella se alejo de la corte, ingresando al poco tiempo en un monasterio de Ferrara.

Bajo la rígida regla de las clarisas tomó los hábitos en 1432 y desde ese momento hizo de su vida un dechado de humildad y amor hacia el prójimo. Sus hermanas la admiraban y querían en extremo por su gran caridad y despego de las cosas de este mundo.
 
 
 
 
Totalmente inmersa en sus prácticas espirituales, sufrió el acoso del maligno, pero salió victoriosa de las pruebas a las que la sometió y el Señor la premió con el regalo de visiones y éxtasis que favorecían su camino hacia la santidad. A pesar de esta vida ascética y milagrosa, tuvo tiempo también para reflejar en sus escritos sus experiencias religiosas con el deseo de  evangelizar a los que más pudiera. El Señor la favoreció también en esto porque sus libros tuvieron gran aceptación por parte de los creyentes y no creyentes a lo largo de los siglos.


Entre sus obras más conocidas cabe destacar las <Siete armas para la batalla espiritual> y el <Rosario métrico de la vida de la Virgen María y de los Misterios de la Pasión de Cristo>.

En la primera de estas dos obras la santa específica que las armas que el alma puede emplear, en esta vida,  para alcanzar la santidad son: <la diligencia en el bien obrar>, la <desconfianza de uno mismo>, la <confianza en Dios>, la <situación de nuestro peregrinar hasta la muerte>, <la memoria de los bienes que nos esperan> y la <meditación de las santas Escrituras>.
La primera edición impresa que se conoce data de 1475, gracias a sus hermanas clarisas. Más tarde esta obra fue bien conocida, siendo traducida prácticamente a todas las lenguas del viejo Continente.
 
 
 
 


Catalina de Bolonia es una mujer admirable, además de por  su santidad, por ser una de las grandes figuras intelectuales del siglo XV, destacando no solo por sus escritos sino también por sus pinturas ya que dominaba la técnica de la miniatura con la cual adornó las páginas de muchas de sus obras. Es muy conocida la que realizó de la Virgen con el Niño; por eso los pintores la eligieron como su Patrona.

 
 
Llena de virtudes y santidad, gozó de uno de los primeros lugares en la orden de las clarisas y en general en la Iglesia de Cristo, sobre todo a raíz de los prodigios que se produjeron en torno y después, de su muerte. Su cuerpo incorrupto es objeto de gran veneración hasta nuestros días.

     

 

   

      

 

 

 

 

 

 

 

 

jueves, 18 de julio de 2019

LA ESPERANZA ES UNA VIRTUD TEOLOGAL FUNDAMENTAL (I)


 
 
 
 
Quien tiene esperanza vive de otra manera, se le ha dado una vida nueva, aseguraba el Papa Benedicto XVI en su encíclica <Spe Salvi>, al hablarnos de los múltiples testimonios encontrados en la Santa Biblia sobre esta virtud teologal.

Es destacable, en este sentido, el hecho de que la esperanza aparezca en este libro sagrado, casi siempre, como un concepto intercambiable con la fe. Tenemos un hermoso ejemplo en la <Carta a los hebreos> en la que se exhorta a la comunidad cristianizada a la perseverancia en el mensaje de Cristo (Heb 10, 19-24):

“Así pues, hermanos, puesto que tenemos la gozosa esperanza de entrar en el santuario de la virtud de la sangre de Jesús / Siguiendo el camino nuevo y viviente que Él ha inaugurado a través del velo, es decir, de su propia carne / y puesto que tenemos un nuevo Sumo Sacerdote al frente de la casa de Dios / acerquémonos con un corazón sincero, con fe perfecta, purificados los corazones de toda mancha de la que tengamos conciencia, y el cuerpo lavado con agua pura / Mantengamos firmemente la esperanza que profesamos, pues el que ha prometido es fiel / y miremos los unos por los otros para estimularnos en el amor y las obras buenas”

 
 
 
Para entender mejor estos versículos en los que aparecen algunas metáforas, hay que tener en cuenta, por ejemplo, que el <velo> al que hace referencia el autor de la carta, probablemente el apóstol san Pablo, se refiere al <velo del templo>, a través del cual penetra el Pontífice con la sangre de las víctimas en el lugar santificado (según las costumbres de aquel pueblo).

Otra licencia metafórica muy interesante podría ser aquella que presenta la <carne> del Salvador, rasgada por los clavos y la lanza (durante su crucifixión), como el velo rasgado, a través del cual tenemos los hombres la esperanza cierta de entrar en el santuario celeste y de esta forma alcanzar la <vida eterna>.
 
 
Como aseguraba el Papa Benedicto XVI (bid): “El haber recibido como don una esperanza fiable fue determinante para la conciencia de los primeros cristianos, como se pone de manifiesto también cuando la existencia cristiana se compara con la vida anterior a la fe o con la situación de los seguidores de otras religiones.

El cristianismo no era solamente una <buena noticia>, una comunicación de contenidos desconocidos hasta aquel momento…

En nuestro lenguaje se diría: <el mensaje cristiano no es solo informativo, sino <per-formativo>. Esto significa que el Evangelio no es solo una comunicación de cosas que se pueden saber, sino una comunicación  que comporta hechos y cambia la vida.

La puerta oscura del tiempo, del futuro, ha sido abierta de par en par…
Quien tiene esperanza vive de otra manera, se le ha dado una vida nueva”

 
 
 
 
Esa vida nueva implica la esperanza cierta de llegar a alcanzar el reino de Dios; un don grande y hermoso que constituye la respuesta a la búsqueda del ser humano…

Por eso, los cristianos estamos siempre en marcha hacia ese camino que nos conduce a nuestro Creador, con la esperanza-fe de encontrarlo, pero: ¿Seremos capaces de encontrarlo?

Es la pregunta que llena nuestros corazones y para la que el Papa Benedicto XVI daba esta respuesta (Los caminos de la vida interior; Ed. Chronica S.L. 2011):
“Esto es siempre más de lo que merecemos; del mismo modo que ser amados nunca es algo <merecido>, sino siempre un don. No obstante, aun siendo plenamente conscientes de la <plusvalía> del cielo, sigue siendo siempre verdad que nuestro obrar no es indiferente  ante Dios y, por tanto, tampoco es indiferente para el desarrollo de la historia"

 
 
 
 
Podemos abrirnos nosotros mismos y abrir el mundo, como hizo santa Teresa de Jesús, para que entre Dios: la verdad, el amor y el bien.


Es lo que han hecho todos los santos a lo largo de los siglos; como <colaboradores de Dios>, han contribuido a la salvación del mundo,  por eso, como sigue diciendo el Papa Benedicto XVI (Ibid):

"Podemos liberar nuestra vida y el mundo de las intoxicaciones y contaminaciones que podrían destruir el presente y el futuro. Podemos descubrir y tener limpia las fuentes de la creación y así, junto con la creación que nos precede como don, hacer lo que es justo, teniendo en cuenta sus propias exigencias y su finalidad.
Eso sigue teniendo sentido aunque en apariencia no tengamos éxito o nos veamos impotentes ante la superioridad de las fuerzas hostiles.

Así, por un lado, de nuestro obrar brota <esperanza> para nosotros y para los demás; pero al mismo tiempo, lo que nos da ánimo y orienta nuestra actividad, tanto en los momentos buenos como en los malos, es la gran esperanza fundada en las promesas de Dios”

 
 
 
Hermosas e importantes estas enseñanzas del Pontífice que tan excelente labor evangelizadora ha realizado y aún realiza en su retiro voluntario de la Silla de Pedro; él nos recuerda que los creyentes somos colaboradores de Dios, siguiendo el ejemplo dado por el apóstol san Pablo, por ejemplo con los corintios, una comunidad que había evangelizado, y que sin embargo las <fuerzas hostiles> habían llevado a una situación gravemente peligrosa, como consecuencia de constantes discordias internas y lamentables abusos de los enemigos de Cristo.

San Pablo, refiriéndose en concreto a la figura del predicador de la palabra llamado Apolo escribía así  (Co 3, 5-9):

“¿Qué es, pues, Apolo? ¿Y qué  Pablo?

Ministros por cuyo medio creísteis, y cada uno según el Señor le dio / Yo planté, Apolo regó; más Dios obró el crecimiento / De manera que ni el que planta es algo, ni el que riega, una cosa son, si bien cada cual recibirá su propia paga según propio trabajo / pues de Dios somos colaboradores: de Dios sois labranza; de Dios, edificio”
 
 
 
Ciertamente, como aseguraba el apóstol san Pablo los cristianos somos colaboradores de Dios. Sólo con nuestras propias fuerzas nunca podríamos alcanzar su reino, ni conseguir que otros lo alcanzarán. Por eso es necesario que al evangelizar establezcamos una relación fuerte y verdadera con Dios, pero: ¿Cómo podremos conseguirlo?


Sí, esa es la gran pregunta que siempre debe embargar nuestro corazón ante las grandes dificultades que se presentan en este santo empeño.

El Papa Benedicto XVI nos ayuda de nuevo  ante esta duda (Ibid):

“La relación con Dios se establece a través de la comunión con Jesús, pues solos y únicamente con nuestras fuerzas no la podemos alcanzar.

 
 
En cambio, la relación con Jesús es una relación con Aquel que se entregó a sí mismo en rescate por todos nosotros (1 Tim 2, 6).

Estar en comunión con Jesucristo nos hace participar en su ser <para todos>, hace que éste sea nuestro modo de ser…

A lo largo de su existencia, el hombre tiene muchas esperanzas, más grandes o más pequeñas, diferentes según los periodos de su vida. A veces puede parecer que una de estas esperanzas lo llena totalmente y que no necesita de ninguna otra…
Sin embargo, cuando esta esperanza se cumple, se ve claramente que esto, en realidad, no lo era todo…

Está claro que el hombre necesita una esperanza que vaya más allá. Es evidente que sólo puede contentarse con algo infinito, algo que será siempre más de lo que nunca podrá alcanzar”

 
 
 
Ciertamente como aseguraba el Papa Benedicto XVI, el hombre siempre trata de buscar algo, de buscar algo más, al encuentro con algo indefinido, que cubra totalmente sus deseos, sus esperanzas, pero:  ¿Qué esperanzas pueden ser esas? …

Se trata sin duda de algo que no depende del hombre, de algo no creado por el hombre, porque no es algo que pertenezca al reino del hombre, solo Dios le puede proporcionar esa <gran esperanza> tan deseada…

El Papa Benedicto XVI tenía las ideas muy claras a este respecto cuando escribía (Ibid):

“Esta esperanza solo puede ser Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar.
De hecho, el ser agraciado por un don forma parte de la esperanza. Dios es el fundamento de la esperanza; pero no cualquier dios, sino el Dios que tiene rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo, a cada uno en particular y a la humanidad en su conjunto.
 
 
 
Su reino no es un más allá imaginario, situado en un futuro que nunca llega, su reino está presente donde Él es amado y donde su amor nos alcanza.


Sólo su amor nos da la posibilidad de perseverar día a día con toda sobriedad, sin perder el impulso de la esperanza, en un mundo que por su naturaleza es imperfecto.

Y, al mismo tiempo, su amor es para nosotros la garantía de que existe aquello que sólo llegamos a intuir vagamente y que, sin embargo, esperamos en lo más íntimo de nuestro ser: la vida que es <realmente vida>”

El Papa san Juan Pablo II también nos habló sobre la esperanza que no defrauda nunca al hombre, en muchas ocasiones, pero quizá de una forma más íntima lo hizo en su Audiencia del miércoles 11 de noviembre de 1998:
 
 
 
 
“La esperanza cristiana lleva a la plenitud la esperanza suscitada por Dios en el pueblo de Israel, y que encuentra su origen  y modelo en Abraham, el cual, <esperando contra toda esperanza, creyó y fue hecho padre de muchas naciones> (Rm 4, 18)

En Jesús se cumple la promesa (efusión escatológica del Espíritu de Dios sobre el Mesías y sobre todo el pueblo).

No sólo es el testigo de la esperanza que se abre ante quién se convierte en discípulo suyo. Él mismo es, en su persona y en su obra de salvación, <nuestra esperanza> (1 Tm 1, 1), dado que anuncia y realiza el reino de Dios.

 
 
Las bienaventuranzas elevan nuestra esperanza hacia el cielo como hacia la nueva tierra prometida; trazan el camino hacia ella a través de las pruebas que esperan a los discípulos de Jesús.

Jesús constituido  Cristo y Señor en la Pascua (Hch 2, 36), se convierte en <espíritu que da vida> (1 Co 15, 45), y los creyentes, bautizados en él con el agua y el Espíritu, son <reengendrados a una esperanza viva>.

Ahora el don de la salvación, por medio del Espíritu Santo es la prenda y las arras de la plena comunión con Dios, a la que Cristo nos lleva.

El Espíritu Santo, dice san Pablo en su carta a Tito, ha sido derramado <sobre nosotros con largueza por medio de Jesucristo nuestro Salvador, para que, justificados por su gracia, fuésemos constituidos herederos, en esperanza, de vida eterna”

 



Ante una sociedad tan paganizada como la actual que pretende obviar totalmente a su Creador es preciso como nos aseguraba este Papa santo (Ibid):
“Cruzar el umbral de la esperanza…

En efecto, la esperanza tiene esencialmente, también una dimensión comunitaria y social, hasta el punto de que, lo que el Apóstol (San Pablo) dice en sentido propio y directo refiriéndose a la Iglesia, puede aplicarse en sentido amplio a la vocación de la humanidad entera:



<Un solo cuerpo, un solo espíritu, como una sola es la esperanza a la que habéis sido llamados> (Ef 4, 4)”

 

 

 

   

        

  

 

 

 

 

 

jueves, 11 de julio de 2019

EN EL DÍA DEL JUICIO



 



Este es el título de la Homilía que el Papa Francisco nos regaló un martes 22 de noviembre de 2016, durante la misa matutina por él celebrada en la capilla de la Domus Sanctae Marthae.

Recordemos antes de entrar a analizar lo que nos dijo nuestro Papa actual, sobre este día que tendrá lugar en la Parusía, que unos años antes, concretamente en el 2008, el Papa Benedicto XVI nos advertía que cualquier discurso cristiano sobre las realidades últimas (escatología), debe partir siempre del acontecimiento de la Resurrección de Cristo; según este acontecimiento las realidades últimas ya han comenzado y, en cierto sentido, ya están presentes (Audiencia General; miércoles 12 noviembre de 2008):
 
 


“Probablemente en el año 52 san Pablo escribió la primera de sus  cartas, la primera carta a los Tesalonicenses, donde habla de la vuelta de Jesús, llamada Parusía, adviento, nueva y definitiva  manifiesta presencia del Señor ( cf. 1 Ts 4, 13-18).
A los Tesalonicenses, que tienen sus dudas y problemas, el Apóstol escribe así:

<Si creemos que Jesús murió y resucitó, de la misma manera Dios llevará consigo a quienes murieron en Jesús>
Y continúa:

<Los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados en nubes, junto con ellos, al encuentro del Señor en los aires, y así estaremos siempre en el Señor>

 

 
San Pablo describe la Parusía de Cristo con acentos muy vivos y con imagines simbólicas, pero que  trasmiten un mensaje sencillo y profundo: al final estaremos siempre con el Señor. Este es, más allá de las imágenes, el mensaje esencial: nuestro futuro es <estar con el Señor>; en cuanto creyentes, en nuestra vida ya estamos con el Señor; nuestro futuro, la vida eterna, ya ha comenzado”

 En efecto, san Pablo al hablarles a los tesalonicenses en su primera carta del <progreso en la vida cristiana> se detiene, en un momento dado, para insistir sobre el tema de la esperanza. Y lo hace con la certeza de que la esperanza en la resurrección de los muertos es una de las verdades, básicas e imprescindible, de la fe de los cristianos, que ha sido recogida en el <Símbolo de los Apóstoles> y en el Credo de Nicea-Constantinopla (1 Ts 4, 13-18):

“No queremos, hermanos, que ignoréis lo que se refiere a los que han muerto, para que no os entristezcáis como esos otros que no tienen esperanza / Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, de igual manera también Dios, por medio de Jesús, reunirá  con Él a los que murieron / Así pues, como palabra del Señor, os transmitimos lo siguiente: nosotros, los que vivamos hasta la venida del Señor, no nos anticiparemos a los que hayan muerto / porque, cuando la voz del Arcángel y la trompeta de Dios den la señal, el Señor mismo descenderá del cielo, y resucitarán  en primer lugar los que murieron en Cristo / después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados junto con ellos al encuentro del Señor en los aires, de modo que , en adelante estemos siempre en el Señor / Por tanto, animaos mutuamente con estas palabras”

 



San Pablo no pretendía con estas palabras fijar el día en que tendrá lugar la Parusía, esto es un tema desconocido para los hombres y por tanto también para él, pero sí quería levantar el ánimo de los fieles de aquella comunidad de cristianos entristecida por la suerte que correrían sus pariente y amigos que no habiendo conocido a Jesús ya, habían muerto.

Ante esta situación san Pablo les informa en su carta de  las realidades últimas (Novísimos), del ser humano, y les advierte de que la vida del hombre no termina con la muerte, sino que los cristianos creemos, porque así nos lo ha dicho el Señor, que en la Parusía, los cuerpos volverán a la vida, y quienes hubieran permanecido hasta ese día saldrán junto con sus hermanos difuntos al encuentro del Señor.   

Los Papas de todos los tiempos, los Padres de la Iglesia, y aquellos eruditos interesados sobre este tema del mensaje de Cristo, ya nos han hablado mucho sobre el mismo, sin embargo éste es tan importante, que debería ser tenido en cuenta como primicia en cada época de la historia del hombre. 

Por eso el Papa Francisco, consciente de ello también ha querido aportar sus enseñanzas, en este sentido, para ayudarnos a comprender mejor todas las verdades que encierra.

Sí, han pasado pocos años de aquel momento sublime en que nuestro Papa actual nos hablaba del <día del juicio final>, algo que es verdaderamente imprescindible para alcanzar el camino de la santidad y lo hacía con estas palabras:



“Al mundo <no le gusta pensar> en la últimas realidades o Novísimos (muerte, infierno, gloria, purgatorio, juicio), pero también éstas forman parte de la existencia humana. Y si vivo <en fidelidad al Señor>, después de la muerte corporal <no tendremos miedo> de presentarnos frente a Jesús para su juicio…”

Recordemos, por otra parte, que <El Apocalipsis> de San Juan nos habla también del día del Juicio, de la  Parusía; en realidad el objetivo principal de este libro es poner en guardia a los creyentes respectos de los graves problemas que conlleva la falta de fe y al mismo tiempo confortar a aquellas personas que estaban sufriendo, por entonces, la terrible y larguísima persecución  del emperador romano Domiciano.

Verdaderamente el Apocalipsis de San Juan conduce definitivamente a la esperanza del creyente en la llegada del día del Juicio,  en el  que se producirá el establecimiento definitivo del Reino de Dios.


Pero antes nos habla también el Apóstol de <la siega y la vendimia> (Ap 14, 14-20):

“Y vi, y he aquí una nube blanca, y sobre la nube sentado uno como Hijo del hombre, que tenía sobre la cabeza corona de oro y en su mano una hoz afilada / Y otro ángel salió del templo, gritando a grandes voces al que estaba sentado sobre la nube: <Echa tu hoz y siega, mies de la tierra> / Y el que estaba sobre la nube echó la hoz sobre la tierra, y fue segada la tierra / Y otro ángel salió del templo que está en el cielo, llevando también una hoz afilada/ Y salió del altar otro ángel que tenía potestad sobre el fuego, y clamó con voz poderosa al que llevaba la hoz afilada, diciendo: Entra tu hoz afilada y vendimia los racimos de la viña de la tierra, pues llegaron a sazón sus uvas /


Acercó el ángel su hoz a la tierra, vendimió la viña de la tierra y arrojó las uvas al gran lagar de la ira de Dios/ El lagar fue pisado en las afuera de la ciudad, y salió  de él tanta sangre que alcanzó la altura de los frenos de los caballos en un radio de mil sescientos estadios”

Es evidente que  la imagen de la vendimia nos hace  presentir lo que podría ser el <día del Juicio>, que en Antiguo Testamento fue profetizado por Isaías, recordando la victoria del salvador (Is 63, 3):

"En la cuba he pisado yo solo, ningun pueblo me ayudó. Los pise airado, los aplasté enfurecido, su mosto salpicó mis ropas, y manchó mis vestidos"




Como seguía diciendo el Papa Francisco en su homilía  (Ibid):
“Después del final habrá un juicio. Pero ¿Cómo será ese día en el que estaré delante de Jesús, cuando el Señor me pedirá que le rinda cuentas de los <talentos que me ha dado>? O de <como ha estado mi corazón cuando ha caído la semilla>… ¿Cómo ha recibido la Palabra? ¿La he hecho brotar por el bien de todos o a escondidas?...

Se trata de un examen de conciencia útil y justo porque <todos seremos juzgados> y cada uno se reencontrará <delante de Jesús>. No conocemos la fecha, pero sucederá”
 
 

 
Ciertamente Jesús les informó a sus apóstoles sobre este tema tan importante y misterioso para el hombre. Así, con ocasión de un comentario realizado por estos sobre el Templo de Jerusalén, el Señor les previene de la llegada del <día del juicio>.
No obstante, Él no deseaba inquietarles inútilmente sobre la fecha en que tendría lugar el <día del juicio>, por eso les aconsejó en primer lugar que no se dejasen engañar por falso rumores pero que ocurrirían algunas señales al respecto (Lc 21, 8-9):
“Mirad, no os dejéis engañar; porque vendrán muchos diciendo: <Yo soy>, y <el momento está próximo>. No les sigáis / Cuando oigáis hablar de guerras y de revoluciones, no os aterréis, porque es necesario que sucedan primero estas cosas. Pero el fin no es inmediato”


El Señor les estaba hablando, nos está hablando, de la corrupción generalizada que se producirá antes de llegar la Parusía y de la aparición de falsos Mesías, pero después siguió hablándoles de las persecuciones a la que se verían sometidos ellos, y por extensión todos sus seguidores, por predicar el evangelio por todo el mundo (Lc 5, 12-14):
 


“Os echarán manos, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, llevándoos ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre / esto os sucederá para dar testimonio / Así pues, convenceos de que no debéis tener preparado de antemano cómo os vais a defender”

Realmente los hombres no desean recordar en estos tiempos lo que Jesús dijo sobre el <día del Juicio>, porque les parece algo inútil, porque muchos ni siquiera creen en esto, o porque a otros les produce cierto espanto pensar en ello…

Para unos y otros el Papa Francisco generosamente ha revelado como combatir estos síntomas (Ibid):

“Yo tengo una lista, una agenda donde escribo cuando muere una persona (amiga o pariente) pongo su nombre allí y cada día la repaso, y recuerdo el aniversario de su día y digo: ¡Pero éste murió hace veinte años!  ¡Cómo ha pasado el tiempo!  ¡Este otro hace treinta, cómo ha pasado el tiempo!...
Esta realidad común a todos nos obliga a pensar qué dejamos, cual es la huella que ha dejado nuestra vida…”

 

Y sigue diciendo el Papa Francisco en su preclara homilía:

“Padre esto nos asusta… Sí, es cierto, esto asusta, pero ¿por qué?...

La respuesta del Pontífice entonces es (Ibid):

“Asusta porque tú no cuidas tu corazón, para que el Señor esté contigo y tú vives alejado del Señor siempre; quizás hay un peligro, el peligro de continuar así alejado del Señor por la eternidad… ¡Esto es muy feo!...

Por eso nos hará bien pensar en esto: ¿Cómo será mi final? ¿Cómo será cuando me encuentre delante del Señor?”

 
<Se fiel hasta la muerte> dice el Señor y <te daré la corona de la vida>. Esta sería la solución a nuestros miedos; <la fidelidad  al Señor no decepciona>. De hecho <si cada uno de nosotros es fiel al Señor>, cuando venga el final de nuestras vidas sobre la tierra, podríamos decir como asegura el Papa Francisco: <hermana muerte ven>…

 
 
Y también en el <día del Juicio> podríamos mirar al Señor y decirle: <Señor tengo muchos pecados, pero he tratado de ser fiel>. Y ya que <el Señor es bueno>, no tendríamos miedo porque la identidad cristiana se realiza plena en la <resurrección de los muertos> de la que tanto nos hablaron Jesús y sus apóstoles. Esa resurrección será como volver a la vida, pero a la <vida verdadera> de la que también nos habló el Señor...

A este respecto recordamos las reflexiones del Papa Francisco de hace algunos años, concretamente en la homilía de su misa en la capilla Marthae, un viernes 19 de septiembre de 2014:
“Hay una resistencia fuerte por parte de las personas a aceptar la resurrección de los muertos…

El mismo Pedro, que había contemplado a Jesús en su gloria en el monte Tabor, la mañana de la resurrección fue corriendo al sepulcro, pensando que habían robado el cuerpo del Señor. Porque <no entraba en su cabeza una resurrección real>: su visión teológica se <detenía en el triunfo>. Hasta tal punto que el <el día  de la Ascensión, dirá: <Pero dime Señor, ¿ahora  será la liberación del reino de Israel?...

 
 
Sucede lo mismo cuando Pablo va a Atenas y comienza a hablar de la resurrección: los griegos sabios, los filósofos se asustan. La cuestión es que <la resurrección de  Cristo es un prodigio,  una cosa que quizás asusta; la resurrección de los cristianos, es un escándalo, no pueden comprenderla…

Y por eso Pablo hace este razonamiento tan esclarecedor: <Si Cristo ha resucitado ¿Cómo pueden decir algunos de vosotros que no hay resurrección de los muertos? Si Cristo ha resucitado también los muertos resucitarán”

Esta tentación de no creer en la resurrección de los muertos estaba  ya presente en la primitiva Iglesia, tal como leemos en el Nuevo Testamento, por eso el apóstol san Pablo se vio obligado a poner en claro este tema en muchas ocasiones.
La causa probablemente sea la <Resistencia a ser trasformados>... Concretamente, como ejemplo de esta resistencia, ahí tenemos la de los atenienses el día que san Pablo hizo su discurso en el Areópago (Hch 17, 30-33):

 
 
“Dios ha permitido los tiempos de la ignorancia y anuncia ahora a los hombres que todos en todas partes deben convertirse / pues que ha fijado el día en que va a juzgar  la tierra con justica, por mediación del hombre que ha designado, presentado a todos un argumento digno de fe al resucitarlo de entre los muertos / Cuando oyeron lo de <resurrección de los muertos>, unos se echaron a reír y otros dijeron: Te escucharemos sobre eso en otra ocasión / Así que Pablo salió de en medio de ellos”

A pesar de este pequeño fracaso inicial en el mundo pagano y no obstante de haber conseguido que al menos Dionisio el Areopagita, su mujer que se llamaba Dámaris y varios más se unieran a él y a sus seguidores, Pablo a lo largo de su misión evangelizadora tuvo ocasión de hablar  de este tema tan controvertido para los hombres en otras ocasiones (1 Co 15, 42-52):

“Así será la resurrección de los muertos: se siembra en corrupción, resucita en incorrupción / se siembra en vileza, resucita en gloria; se siembra en debilidad, resucita en poder / se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual / Porque si hay un cuerpo natural, también lo hay espiritual /

 
 
Así está escrito: El primer hombre, Adán, fue hecho ser vivo; el último Adán (Jesús), espíritu que da vida / Pero no es primero lo espiritual, sino lo natural; después lo espiritual / el primer hombre, sacado de la tierra, es terreno; el segundo hombre es del cielo / Como el hombre terreno, así son los hombres terrenos, como el celestial, así son los celestiales / Y como hemos llevado la imagen del hombre terreno, llevaremos también la imagen del hombre celestial / esto os digo, hermanos: que la carne y la sangre no pueden heredar el Reino de Dios, ni la corrupción heredará la incorrupción / Mirad, os declaro un misterio: no todos moriremos, pero todos seremos transformados / en un instante, en un abrir y cerrar de ojos, al son de la trompeta final; porque sonará la trompeta, y los muertos resucitarán incorruptibles, y nosotros seremos transformados”

Sí, San Pablo aseguró siempre que con la resurrección todos nosotros seríamos transformados y esa transformación dice el Papa Francisco <será el fin de nuestro itinerario cristiano> (Ibid):

“Esta es nuestra identidad cristiana: al final, seremos como Él, estaremos con el Señor…

 
 
Esta afirmación ciertamente no es ninguna novedad. Juan Bautista señala a Jesús como el Cordero de Dios y los dos discípulos (Andrés el hermano de Pedro  y Juan el hermano de Santiago) se van tras el Señor y dice el evangelista que ese día se quedaron con Él… Por tanto la identidad cristiana es una senda, es un camino donde se está con el Señor, como los dos discípulos. Al final toda nuestra vida está llamada a estar con el Señor para quedarse, y estar con el Señor al final (en la Parusía), después del Arcángel, después del sonido de la trompeta”