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martes, 5 de mayo de 2020

SAN PABLO Y LA REALIDAD DE LA IGLESIA DE CRISTO (II)



 
El Papa san Juan Pablo II recordando estas palabras del apóstol san Pablo a los romanos, se expresaba así (Homilía durante la misa en sufragio de los Papas Pablo VI y Juan Pablo I; sábado 27 de septiembre de 2003):

“Estas  palabras del apóstol san Pablo remiten al misterio central de nuestra fe: Cristo, muerto y resucitado, es la razón última de toda existencia humana. Cada domingo, día del Señor, el pueblo cristiano revive de forma particular este misterio de salvación y profundiza en él cada vez más.

 
 
La Iglesia, <Esposa de Cristo>, proclama con alegría y esperanza cierta: su victoria sobre el pecado, y la muerte; camina a lo largo de los siglos esperando su vuelta gloriosa. En el centro de cada santa misa resuena la exclamación: <Anunciamos tu nombre, proclamamos tu Resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!”

 
En efecto, el apóstol san Pablo presentaba a la Iglesia como <Esposa de Cristo>, en su <Carta a los Efesios>, a semejanza de una antigua metáfora  profética que consideraba  al pueblo de Israel como la esposa del Dios de la Alianza. Concretamente el profeta Isaías, al hablar de la gloria de la nueva Jerusalén, lo hacía en los términos siguientes (Is 54, 4-5):

 

 
 “No temas, que no quedarás avergonzada, ni te sonrojes, que no serás deshonrada, pues olvidarás la vergüenza de tu adolescencia, y no recordarás más el oprobio de tu viudez / Porque será esposo tuyo tu Hacedor, cuyo Nombre es el Señor de los ejércitos. Y Redentor tuyo, el Santo de Israel, que se llama Dios de toda la tierra”

 De esta forma, dice el Papa Benedicto XVI (Audiencia General del 22 de noviembre de 2006): “Se pone de relieve la gran intimidad de las relaciones de Cristo y su Iglesia (la nueva Jerusalén), ya sea porque es objeto  del más tierno amor por parte de su Señor, ya sea porque el amor debe ser reciproco, y por consiguiente, también nosotros, en cuanto miembros de la Iglesia, debemos demostrarle una fidelidad apasionada.

 

 
 Definitivamente, está en juego una relación de comunión: la relación, por decirlo así, vertical, entre Jesucristo y todos nosotros, pero también la horizontal, entre todos los que se distinguen en el mundo por <invocar el nombre de Jesucristo, Señor nuestro> (1 Co 1,2). Esta es nuestra definición: formamos parte de los que invocan el nombre del Señor Jesucristo.

 
De este modo se entiende cuán deseable es que se realice lo que el mismo san Pablo dice a los corintios:
<Las lenguas son un signo para los creyentes no para los no creyentes, mientras que la profecía es un signo no para los no creyentes, sino para los creyentes, Por tanto, si se reúne toda la comunidad en el mismo lugar y todos hablan en lenguas, y entran en ella personas no iniciadas o no creyentes, ¿no dirán que estáis locos? / Por el contrario, si todos profetizan y entra un infiel o un no iniciado, será convencido por todos, juzgado por todos. Los secretos de su corazón quedarán al descubierto y, postrado rostro en tierra, adorará a Dios confesando que Dios está verdaderamente entre nosotros> (1 Co 14, 22-25).

 
 
 
 
De esta forma, deberían llevarse a la práctica los encuentros litúrgicos entre los cristianos. De forma que si entrara un no cristiano en una de estas asambleas, al final debería poder decir: <Verdaderamente Dios está con vosotros>. Pidamos al Señor que vivamos así, en comunión con Cristo y en comunión entre nosotros”

La Iglesia es, como decía san Pablo, <esposa de Cristo> y por ello todos sus componentes deberían vivir en comunión con  el Señor y en comunión entre ellos mismos, tal como también, recordaba el Papa Benedicto XVI.
Por eso, como evocaba el Papa san Juan Pablo II, en el centro de cada santa misa resuena la exclamación:



 
 
 
ANUNCIAMOS TU NOMBRE, PROCLAMAMOS TU RESURRECCIÓN: ¡VEN SEÑOR JESÚS!

Por otra parte la Iglesia, es ciertamente escatológica, porque en ella siempre está presente la Resurrección de Cristo, la espera de la vuelta del Señor, su segunda venida a este mundo (parusía).

Recuerda el Papa Benedicto XVI en su Audiencia General del miércoles 12 de noviembre de 2008, en este sentido que:

“Probablemente fue en el año 52, cuando san Pablo escribió la primera de sus cartas dirigida a la comunidad de los tesalonicenses, donde les hablaba  de esta vuelta de Jesús, llamada parusía, adviento, nueva, definitiva y manifiesta presencia… (1Ts 4, 13-18)”

 
 


Porque cuando la voz del arcángel y la trompeta de Dios de la señal, el Señor mismo descenderá del cielo, y resucitará en primer lugar los que murieron en Cristo / después, nosotros, los que vivamos, seremos arrebatados a las nubes junto con ellos al encuentro del Señor en los aires, de modo que, en adelante estemos siempre con el Señor / Por lo tanto animaos mutuamente con estas palabras”

 
 
 
 
Realmente el tiempo en que sucederán, estas cosas, nadie lo conoce, tampoco lo conocía el apóstol san Pablo que seguramente pensaba que estaba más cercano que su propia muerte. Sin embargo, el mensaje principal de la carta del apóstol,  no es comunicar cuando sucederá este hecho extraordinario
 
 
 
 
 
 
 
Realmente como nos enseña el Papa Benedicto XVI  (Ibid): “San Pablo describe la Parusía de Cristo con acentos muy vivos y con imágenes simbólicas, pero que transmiten un mensaje sencillo y profundo: al final estaremos siempre con el Señor. Este es, más allá de las imágenes, el mensaje esencial: nuestro futuro es <estar con el Señor>; en cuanto creyentes, en nuestra vida ya estamos con el Señor; nuestro futuro, la vida eterna, ya ha comenzado”
 Si en la actualidad, la humanidad tuviera en cuenta estas proféticas palabras del apóstol san Pablo: <nuestro futuro, la vida eterna, ya ha comenzado>, quizás  empezaría a plantearse  la vida de otra manera…


Y decimos, quizás, porque es tal la potencia que ha tomado los <modos y maneras> del enemigo común del hombre, sobre los seres humanos, que solo la creencia absoluta de que el Padre y su Hijo Unigénito, Jesucristo, junto al Espíritu Santo, siguen actuando  sobre todos, no abandonándonos, en ningún momento, nos permite exclamar: ¡la Victoria es siembre del Dios Trino!  
Así lo creía el apóstol san Pablo cuando en su carta a los Filipenses se manifestaba en los términos siguientes (Flp 1, 12-21):

“Quiero que sepáis, hermanos, que las cosas que me han ocurrido han servido para difundir más el Evangelio /  de modo que, ante todo el pretorio y ante todos los demás, ha quedado patente que me encuentro encadenado por Cristo / y así la mayor parte de los hermanos en el Señor, alentados por mis cadenas, se han atrevido con mayor audacia a predicar sin miedo la palabra de Dios / Algunos, en efecto, predican a Cristo por envidia y rivalidad, otros en cambio con buena voluntad / estos, ciertamente, por caridad, sabiendo que  he sido constituido para defensa del Evangelio / aquellos sin embargo, anuncian a Cristo por rivalidad, de modo no sincero, pensando aumentar la aflicción de mis cadenas /

 
 
 
Pero ¡qué importa! Con tal de que en cualquier caso, por hipocresía o sinceramente, se anuncie a Cristo, yo con eso me alegro; aún más, me seguiré alegrando / pues sé que me aprovecha para la salvación, gracias a vuestras oraciones y el auxilio del Espíritu de Jesucristo / Así es mi expectación y esperanza, de que en nada seré defraudado, sino que con toda seguridad, ahora como siempre, Cristo será glorificado en mi cuerpo, tanto en mi vida como en mi muerte / Porque para mí, el vivir es Cristo y el morir una ganancia”  

 El apóstol san Pablo pensaba con razón que la muerte  es una liberación de las ataduras terrenas, para aquellos que creen que el fin del hombre es <estar con Dios>. Por eso para él como para todos los que han pensado como él, el morir es realmente una ganancia…Como decía el Papa Benedicto XVI (Ibid):


 
En efecto, san Pablo llega a decir en esta carta a los Filipenses (Flp 1, 22-26): “Pero si vivir en la carne me supone trabajar con fruto, entonces no sé qué escoger / Me siento apremiado por los dos extremos: el deseo que tengo de morir para estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor / o permanecer en la carne, que es más necesario para vosotros / A la vista de esto último, estoy persuadido que me quedaré y permaneceré con todos vosotros para vuestro provecho y gozo de la fe / Para que conmigo, con ocasión de mi presencia de nuevo entre vosotros, aumente vuestro orgullo de ser de Cristo Jesús”

Leyendo estas palabras del apóstol comprendemos que estar en Cristo crea en él una gran libertad interior, ante la amenaza de la muerte, pero también ante todas las tareas y los sufrimientos de la vida, está disponible a cumplir con la Palabra de Dios de ayudar a sus semejantes para que alcancen junto a él, la salvación al llegar la Parusía.  

Se preguntaba el Papa Benedicto XVI, en este sentido (Ibid):
 
 
 
 
“Ahora después de haber examinado diversos aspectos de la espera de la Parusía de Cristo: ¿Cuáles son las actitudes fundamentales del cristiano ante las realidades últimas: la muerte, el fin del mundo? La primera actitud es la certeza de que Jesús ha Resucitado, está con el Padre y, por eso, está con nosotros para siempre. Y nadie es más fuerte que Cristo, porque está con el Padre, y está con nosotros. Por eso nos sentimos seguros y no tenemos miedo. Este es un efecto esencial de la predicación cristiana”

 
El miedo a los espíritus, a los dioses, era muy común en el mundo antiguo. También hoy los misioneros, junto con tantos elementos buenos de las religiones naturales, se encuentran  con el miedo a los espíritus, a los poderes nefastos que amenazan. Pero los cristianos creemos por el contrario que Cristo vive, ha vencido a la muerte y ha vencido a todos los espíritus malignos.


 
 
 
Por eso, con esta libertad vivimos con alegría esperando el día a día,  con la certeza también de que el mundo futuro ya ha comenzado, está más cerca la Parusía… Cristo está con nosotros, ésta es una esperanza cierta para el cristiano, es: Una esperanza que da certeza y valor para afrontar la vida de hoy, incluso cuando se siente amenazada por una terrible pandemia, y a pesar de ello puede afrontar  el futuro. Sí, sabemos que en ese futuro encontraremos a Jesús, el Juez Salvador que  como nos recordaba  el Papa Benedicto XVI (Ibid):

“Nos ha entregado sus talentos. Por eso nuestra actitud debe ser ante Cristo de: responsabilidad con respecto al mundo y a los hermanos, con la certeza también de su gran misericordia. Ambas cosas son importantes. No vivimos como si el bien y el mal fueran iguales, porque Dios solo puede ser misericordioso. Esto sería un engaño.
En realidad, vivimos con una gran responsabilidad. Tenemos los talentos, tenemos que trabajar para que este mundo se abra a Cristo, para que se renueve. Pero incluso trabajando y sabiendo en  nuestra responsabilidad que Dios es verdadero Juez, también estamos seguros de que este Juez es bueno, conocemos su rostro, el rostro de Cristo resucitado, de Cristo crucificado por nosotros. Por eso podemos estar seguros de su bondad, y seguir adelante con gran valor”
 

           

 

 

   

viernes, 1 de mayo de 2020

HE RESUCITADO Y SIEMPRE ESTOY CONTIGO: TÚ HAS PUESTO SOBRE MÍ TU MANO



 
Así es, Dios lo es todo, tal como cantaba el salmista (Sal 139 (138), 5-12):
“Tu sabiduría es un misterio para mí, es tan sublime que no puedo comprenderla / ¿A dónde podría ir lejos de tu espíritu, a donde podría huir lejos de tu presencia? / Si subo hasta los cielos, allí te encuentras tú; si bajo a los abismos, allí estas presente / si vuelo hasta el origen de la aurora, si me voy a lo último del mar / también allí tu mano me retiene y tu diestra me agarra / Si digo: <Las tinieblas me envuelven y la luz se ha hecho noche en torno a mí> / tampoco las tinieblas son tinieblas para ti, ante ti la noche brilla como el día”

 
Como sigue diciendo el Papa Benedicto XVI (Ibid):
“Este Salmo es un canto de asombro por la omnipotencia y la omnipresencia de Dios; un canto de confianza en aquel Dios que <nunca nos deja caer de sus manos>… En el día de Pascua la Iglesia nos anuncia: <Jesucristo ha realizado  por nosotros este viaje (Descrito en el Salmo 139) a través del universo>”   

 


Por otra parte, San Pablo en su <Carta a los Efesios> hace referencia a este Salmo durante la exhortación a la unidad de los cristianos (4, 2-10): “Sed humildes, amables y pacientes. Soportaos unos a otros con amor/ Esforzaos por mantener la unidad del espíritu con el vínculo de la paz / Hay un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una esperanza a la que habéis sido llamados / Hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo / y un solo Dios, Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos / Pero cada uno de nosotros hemos recibido un don en la medida en que Cristo nos lo ha querido dar / Por eso dice la Escritura: <Subió a lo alto llevando presa a la prisión, repartió dones a los hombres / Eso de que <subió> significa que antes bajo a lo profundo de la tierra / El mismo que bajó es el que subió a lo más alto del cielo, para que se cumpliesen  todas las cosas (Todo lo profetizado en  el Salmo)”

 En este sentido sigue diciendo el Papa Benedicto XVI (Ibid):

“En la <Carta a los Efesios> leemos que Él (Jesús) había bajado a lo profundo de la tierra y que Aquel que bajó es el mismo que subió por encima de los cielos…Así se ha hecho realidad la visión del Salmo. En la oscuridad impenetrable de la muerte Él entró como luz; la noche se hizo luminosa como el día y las tinieblas se volvieron luz”

 


San Pablo escribió esta carta a los efesios con ocasión de las tristes y alarmantes noticias, llegadas hasta él, sobre la situación en que se encontraban los habitantes de Éfeso y de algunas otras ciudades adyacentes, como Laodicea o Colosas, donde el Apóstol había evangelizado; pero con anterioridad a la misma, el apóstol había profetizado  a los obispos del estas Iglesias, sobre lo que sucedería, cuando él se alejara de ellas y por eso, exhortó a estos santos hombres a que siguieran  llevando  una vida digna de la vocación a la que habían sido llamados, con humildad y mansedumbre y llegó a decirles finalmente también la hermosa frase: <Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos: el que está sobre todos, por todos y en todo>.

Por otra parte, un detalle muy interesante a tener en cuenta en esta <Carta a los Efesios>, es la pregunta de san Pablo: ¿Por qué se habla en los Evangelios de la subida a los cielos de Jesús? Pregunta que él mismo responde  enseguida: <Porque el que subió es el mismo que bajó a las profundidades de la tierra>.



A lo largo de los siglos, tanto creyentes como no creyentes, alguna vez, se han preguntado donde se encuentra este misterioso y  temible lugar del que con frecuencia se habla en las Sagradas Escrituras, con distintos apelativos como <sheol>, o <hades>…

Por suerte para los hombres de todos los tiempos, la respuesta la podemos encontrar muy bien expuesta en la Santas Escrituras y recogidas en el Catecismo de la Iglesia católica (nº 633):

“Las Escrituras llaman infierno, <sehol>, o <hades>, a la morada de los muertos donde bajó Cristo después de muerto, porque los que se encontraban allí estaban privados de la visión de Dios. Tal era en efecto, a la espera del Redentor, el estado de todos los muertos malos o justos, lo que no quiere decir que su suerte sea idéntica como lo enseña Jesús en la parábola del pobre Lázaro, recibido en el <seno de Abraham> (Lc 16, 22-26).



De cualquier forma, y a pesar de los santos testimonios dados por los discípulos de Jesús, siempre ha habido hombres, que se han preguntado: ¿De verdad existe la vida eterna? ¿De verdad existe un lugar llamado infierno?

Responder a este tipo de preguntas es misión de la escatología, esto es, la ciencia que se ocupa de las cosas últimas y definitivas que han de suceder al mundo y al hombre. Hay que tener en cuenta que realmente, se puede decir que nuestro tiempo es un tiempo escatológico debido a la entrada de Cristo en el mundo y por ello  estaríamos cada vez más próximos a la consumación de los siglos:
 
 
 
 


Hace referencia el Papa aquí a la < Carta a los Filipenses> de san Pablo, y más concretamente cuando en ella habla sobre el <Hijo de Dios sin tacha> (Fil 2, 12-18):

“Por lo tanto, queridos hermanos, ya que siempre habéis obedecido, no solo cuando yo estaba presente, sino mucho más ahora en mi ausencia, trabajad por vuestra salvación con temor y temblor / porque es Dios quien activa en vosotros el querer y el obrar para realizar su designio de amor / Cualquier cosa que hagáis sea sin protestas ni discusiones / así seréis irreprochables y sencillos, hijos de Dios sin tacha, en medio de una generación perversa y depravada, entre la cual brilláis como lumbreras del mundo / manteniendo firme la palabra de la vida. Así, en el día de Cristo, esa será mi gloria, porque mis trabajos no fueron inútiles ni fatigas tampoco / Y si mi sangre se ha de derramar, rociando el sacrificio litúrgico que es vuestra fe, yo estoy alegre y me asocio a vuestra alegría / por vuestra parte estad alegres y alegraos conmigo”


¡Qué hermosas palabras las del Apóstol San Pablo! Y tan ciertas que no es de extrañar que el Papa san Juan Pablo II las tomara muy en serio, a la hora de animarnos a todos los hombre al tener en cuenta los <Novísimos>. Sin embargo, dice también el Pontífice, que desgracias tales como los campos de concentración, los gulag, los bombardeos de la segunda guerra mundial, las catástrofes naturales, han hecho pensar al hombre de los últimos siglos, que no puede existir otras cosas peores, que no puede existir un lugar llamado <infierno>, más tremendo y humillante que los vividos por el hombre  en esta vida y por eso, muchos hombre rechazan como algo extraño y no deseable una Iglesia con misión escatológica que les recuerda males tan grandes, como aquellos que acaecerán al ser humano al final de la vida, si ésta no ha sido santa y honorable. 

 
 
De cualquier forma, en el momento actual en el que constantemente la Iglesia nos recuerda que Dios es Amor, surge también inevitablemente la pregunta: ¿Puede Dios, que ha amado tanto al hombre, permitir que sea condenado a perennes tormentos?


A esta pregunta contestaba el Papa san Juan Pablo II que  (Ibid): “En el Evangelio de San Mateo, el Señor nos habla claramente de este espinoso tema, nos habla claramente de los que irán al suplicio eterno (Mt 25, 31-41) ¿Quiénes serán estos? se preguntan algunos…La Iglesia nunca se ha pronunciado al respecto. Se trata de un misterio verdaderamente inescrutable entre la santidad de Dios y la conciencia del hombre…”


El hombre, sin embargo, no debería sentir miedo ante la proximidad de la muerte, si es justo y ha conservado durante toda su existencia la capacidad de discernimiento, capacidad de la que nos ha hablado con claridad  el Papa Francisco (Entrevista realizada al Pontífice por el director de la revista <La Civiltà Cattolica>):

 
 
 
“El discernimiento es una de las cosas que San Ignacio ha elaborado más interiormente. Para él es un instrumento de lucha para conocer mejor al Señor y seguirlo más de cerca…Yo desconfío de las decisiones tomadas improvisadamente. Desconfío de mi primera decisión, de lo primero que se me ocurre hacer cuando debo tomar una decisión. Suele ser un error. Hay que esperar, valorar internamente, tomarse el tiempo necesario. La sabiduría del discernimiento nos libra de la necesaria ambigüedad de la vida, y hace que encontremos medios oportunos, que no siempre se identificarán con lo que parece grande y fuerte”

 
Los antiguos ya alababan la virtud o sabiduría del discernimiento, que aparece por ejemplo, en el Salmo 49(48), donde se analiza la vaciedad de las riquezas y seguridades humanas y la suerte de cada uno a luz de la muerte; sabiduría que podría servirnos para alejar de nosotros el peligro del infierno y  además nos podría ayudar también a encontrar el camino de la santidad. Por tanto, sería conveniente que reflexionáramos seriamente sobre el comportamiento  y los consejos  que el Papa  Francisco nos ha dado.

Sí, pero además deberíamos recordar siempre las palabras de Jesús sobre el tema que estamos considerando, porque el Señor que es infinitamente misericordioso, sin embargo por haber dejado al hombre  gozar de plena libertad para tomar sus propias decisiones, podría verse ante la tesitura de llegar a condenarlo al fuego eterno, si rechazara hasta las últimas consecuencias, por causa de una conciencia errónea y por mal discernimiento, la misericordia Divina: “Este es el significado teológico del llamado infierno, es la última consecuencia del pecado mismo, que se vuelve contra aquel que lo ha cometido. Es la situación en que se sitúa definitivamente quien rechaza la misericordia del Padre incluso en el último instante” (Papa San Juan Pablo II. Audiencia del miércoles 28 de julio de 1999)”


 

 

 

 

sábado, 18 de abril de 2020

JESÚS Y LA PARÁBOLA DEL ADMINISTRADOR INFIEL



 
 
 
Como diría el Papa Benedicto XVI en su libro <Jesús de Nazaret, 1ª Parte>: Las Parábolas son indudablemente el corazón de la predicación de Jesús. San Lucas es uno de los evangelistas que más citaron sus parábolas; concretamente, relató así, la parábola del administrador infiel, propuesta por el Señor en un momento dado de su vida pública (Lc 16, 1-8):


“Era un hombre rico que tenía un mayordomo, el cual fue acusado ante él de que disipaba su hacienda / Y habiéndole llamado, le dijo: ¿Qué es eso que me cuentan de ti? Ríndeme cuentas de tu administración, porque no podrás en adelante seguir de mayordomo / Dijo para sí el mayordomo: ¿Qué voy a hacer, ya que mi amo me quita la mayordomía? ¿Cavar? No puedo ¿Mendigar? Me da vergüenza / Ya sé lo que haré para que cuando sea destituido de mayordomía me reciban en sus casas / Y llamando a cada uno de los deudores de su amo, decía al primero: ¿Cuánto debes a mi amo? / Él dijo: Cien batas (aproximadamente 40 litros) de aceite. Él le dijo: Toma tu factura  y siéntate al punto y escribe cincuenta / Luego dijo a otro: ¿Y tú cuanto debes? Él dijo cien cargas de trigo. Y le dijo toma tu factura y escribe ochenta / Y alabó el amo al mayordomo infiel, porque había obrado sagazmente; porque los hijos de este siglo, son más sagaces en lo suyo que los hijos de la luz en el trato con sus semejantes”

 
 
Este pasaje de la vida del Señor fue narrado tan solo por el evangelista san Lucas (médico de profesión y amigo de san Pablo), el cual buscó y encontró una fuente de información entre las personas más allegadas a Jesús, especialmente entre aquellas que habían escuchado en directo sus palabras y habían presenciado sus portentosos  milagros.

En principio, para la mentalidad de hoy en día, podría parecer inverosímil que Jesús alabara por medio de esta parábola a una persona que había sido infiel a su amo mediante una artimaña tan poco correcta. Sin embargo hay que acabar de leer por completo lo que dijo el Señor, sobre todo, a continuación de la narración de la parábola para comprender sin equívocos lo que realmente quiso enseñar con ella a sus discípulos y a las gentes que siempre le seguían. En efecto, el Señor continuó diciendo según el evangelio de san Lucas (Lc 16, 9-13):

“Yo también os digo: Granjeaos amigos con esa riqueza de iniquidad para que, cuando  venga a faltar, os reciban en las moradas eternas / Quien es fiel en lo poco es fiel en lo mucho; y quien es injusto en lo poco también es injusto en lo mucho / Por tanto, si no fuisteis fieles en la riqueza injusta, ¿quién os confiará la verdadera? ¿Y  si en lo ajeno no fuisteis fieles? ¿Quién os dará lo vuestro? / Nadie puede servir a dos señores, pues o tendrá odio a uno y amor al otro, o prestará su adhesión  al primero y menospreciará al segundo: No podéis servir a Dios y a las riquezas”

Con el primer versículo de este párrafo del evangelio de san Lucas (Lc 1, 9), Jesús da por supuesta la inmoralidad de la actuación del mayordomo, pero lo que realmente quiere enseñar a los que le escuchan es que deben ser sagaces e ingeniosos para practicar la evangelización, es decir para extender el Reino de Dios.

Lo que en principio parece una alabanza a la sagacidad del mayordomo se traduce después en un reproche a la indolencia e ineptitud de los hombres de buena voluntad que en ocasiones no saben obrar adecuadamente para conseguir el bien buscado.En definitiva, la moraleja que se podría sacar de esta parábola del Señor más bien parece que se refiere a la sagacidad del mayordomo, pero en el fondo también alude a su fraude, por cuanto la riqueza se llama <riqueza de iniquidad>.

Por otra parte, habla también el Señor de la fidelidad en lo pequeño que predispone a la fidelidad en lo grande. Esta sentencia de Jesús puede ser un ejemplo de santidad a seguir porque puede prevenir de un futuro comportamiento inicuo y hasta dañoso en algunos casos.

 
 
Hay que recordar de nuevo, que san Lucas probablemente no había conocido a Jesús de forma directa y por eso para escribir su Evangelio, como hemos comentado antes, hubo de recurrir a la investigación entre los más cercanos a Él, aquellos que convivieron con Jesús. De esta forma pudo obtener una visión más próxima a la vida y obra de Cristo.

De acuerdo con la Tradición de la Iglesia, san Lucas llevó a cabo este magno trabajo quizás, considerando que su narración de los acontecimientos que habían tenido lugar, no llegaría a constituir una obra ya hecha y acabada, sino un documento informativo o fuente de una obra más vasta. Es por ello que desde el punto de vista cronológico se diferencia en ciertas ocasiones de los Evangelios de san Marcos y de san Mateo, pero eso sí, recogió algunos hechos de la vida del Señor ignorados por los otros evangelistas, como sucedió en el caso concreto, de la parábola que ahora estamos recordando.

En este sentido, es quizás también conveniente, tener en cuenta las reflexiones del Papa Benedicto XVI a propósito de esta parábola que como el mismo dijo  suscita en nosotros cierta sorpresa porque en ella se habla de un administrador injusto, al que en principio parece que se alaba (Homilía durante la celebración Eucarística en la plaza delante  de la Catedral de Velletri; domingo 23 de septiembre de 2007):

 
 
 
“Analizándola a fondo, el Señor nos da una enseñanza seria y muy saludable. Como siempre, el Señor toma como punto de partida sucesos de la crónica diaria: habla de un administrador que está a punto de ser despedido  por gestión fraudulenta de los negocios de su amo y, para asegurarse su futuro, con astucia trata de negociar con los deudores. Ciertamente es injusto, pero astuto: el evangelio no nos lo presenta como un ejemplo a seguir en su injusticia, sino como ejemplo a imitar por su astucia previsora. En efecto, la breve parábola concluye con estas palabras: <El amo felicitó al administrador injusto por la astucia con que había procedido (Lc 16, 8)> Pero, ¿qué es lo que quiere decirnos Jesús con esta parábola, con esta conclusión sorprendente?”

 
Tras esta pregunta realizada por el Papa debemos recordar, que antes, hemos señalado como el evangelista san Lucas después de narrar la parábola del Señor, nos presenta una serie de dichos y advertencias sobre la relación que debemos tener con el dinero y con los bienes de esta tierra. Son pequeñas frases de Jesús, que nos invitan a una forma de obrar adecuada, estando siempre en guardia para evitar equivocarnos a la hora de aprovechar los bienes que nos ofrece este mundo. Por eso, como sigue diciendo el Papa Benedicto XVI en su Homilía:

 
 
 
“En verdad, la vida  es siempre una opción: entre honradez e injusticia, entre fidelidad e infidelidad, entre egoísmo y altruismo, entre el bien y el mal. Es incisiva y perentoria la conclusión del pasaje evangélico: <Ningún siervo puede servir a dos amos: porque, o bien aborrecerá a uno y amará a otro, o bien  se dedicará al primero y no hará caso del segundo>. En definitiva, dice Jesús, hay que decidirse: <No podéis servir a Dios y al dinero> (Lc 16, 13).

La palabra que usa para decir dinero, mammona, es de origen fenicio y evoca seguridad económica y éxito en los negocios. Podríamos decir que la riqueza se presenta como el ídolo al que se sacrifica todo con tal de lograr el éxito material; así, este éxito económico se convierte en el verdadero dios de una persona”

 
Que cercanas nos parecen hoy en día estas acertadas reflexiones del Papa Benedicto XVI. <Mammona>, es lo que se nos enseña como algo necesario para sobresalir en esta paganizada sociedad constantemente, a través de todos los medios a su alcance, y son muchos; el objetivo final es  que, de esta forma, el éxito económico y el éxito en los negocios, nos hagan olvidar  por completo al Dios Trino, al Dios Creador. Ante la grave situación en la que se encuentran actualmente los seres humanos, el Papa aconsejaba con estas palabras (Ibid):

 
 
 
“Por consiguiente, es necesaria una decisión fundamental para elegir entre Dios y <mammona>; es preciso elegir entre la lógica del lucro como criterio último de nuestra actividad y la lógica del compartir y de la solidaridad. Cuando prevalece la lógica del lucro, aumenta la desproporción entre los pobres y los ricos, así como la explotación dañina del planeta. Por el contrario, cuando prevalece la lógica del compartir y de la solidaridad, se puede corregir la ruta y orientarla hacia el desarrollo equitativo, para el bien común de todos.

En el fondo, se trata de la decisión entre el egoísmo y el amor, entre la justicia y la injusticia; en definitiva, entre Dios y Satanás. Si amar a Cristo y a los hermanos no se considera algo accesorio y superficial, sino más bien la finalidad verdadera y última de toda nuestra vida, es necesario saber hacer opciones fundamentales, estar dispuestos a renuncias radicales, si es preciso hasta el martirio. Hoy como ayer, la vida del cristiano exige valentía para ir contracorriente, para amar como Jesús, que llegó incluso al sacrificio de sí mismo en la cruz”

 
En efecto, dice el Señor  en la parábola que estamos recordando que: <El que es fiel en lo poco, lo es también en lo mucho; y el que es injusto en lo poco, también lo es en lo mucho> (Lc 16, 10), en este sentido, el Papa Benedicto XVI  manifestaba (Ibid):

“La única manera de hacer fructificar para la eternidad nuestras cualidades y capacidades personales, así como las riquezas que poseemos, es compartirlas con nuestros hermanos,  siendo de este modo buenos administradores de lo que Dios nos encomienda…

 
 
De esta opción fundamental, que es preciso realizar cada día, hablaba en su tiempo el profeta Amós. Con palabras fuertes, critica un estilo de vida típico de quienes se dejan absorber por una búsqueda egoísta del lucro de todas las manera posibles y que se traduce en afán de ganancias, en desprecio a los pobres y en explotación de su situación en beneficio propio”

 Sucedió que Amós profetizo a su pueblo probablemente entre los años 760-750, periodo de tiempo durante el cual eran muchos los desamparados por la fortuna, mientras que los ritos religiosos a falsos dioses, así como las malas costumbres eran frecuentes entre  los más ricos. Ante situación tan injusta, Dios llamó a este profeta para que recordara al pueblo que el verdadero culto, la verdadera religión, tenía que traducirse en la práctica  de la justicia y la defensa de los pobres y que en el <día del Señor>  todos sus vicios y malas costumbres  se tendrían muy en cuenta. Profetizó, pues, el profeta Amós por consejo de Dios (Am 2, 6-11):

“Así dice el Señor: <<Por tres delitos de Israel y por cuatro, no le perdonaré: por haber vendido al justo por dinero, y al pobre a cambio de un par de sandalias / Pisotean sobre el polvo  de la tierra la cabeza de los débiles, y retuercen el camino de los indigentes. Hijo y padre van a la misma muchacha, para profanar mi nombre / Se acuestan con ropas tomadas en prenda junto a cualquier altar, y beben el vino de condenados en la casa de Dios / Yo destruí ante ellos al amorreo, que era tan alto como los cedros y tan fuerte como las encinas; destruí por arriba sus frutos y por abajo sus raíces / Yo os hice subir a vosotros de la tierra de Egipto, y os conduje por el desierto cuarenta años, para que poseyerais  la tierra del amorreo / Suscité profetas entre vuestros hijos y nazarenos entre vuestros jóvenes ¿No es esto verdad, hijos de Israel? >> (Oráculo del Señor)”

Y continuaba diciendo (Am 2, 13-16): “<<Pues mirad: Yo os aplastaré como se aplasta  una carreta repleta de gavillas / El ágil no podrá huir, al fuerte le fallará la fuerza, y el héroe  no salvará la vida / El arquero no resistirá, el de pies ligeros no se escapará, ni el jinete salvará la vida / Hasta el soldado más valiente huirá desnudo aquel día>> (Oráculo del Señor)”          

 
 
Son palabras terribles del Dios Creador, a aquellos hombres inicuos e irrespetuosos para con lo sagrado, y la pregunta que surge es ¿Qué diría hoy en día el Señor a los que imitan a estos hombres del pasado con sus costumbres heréticas e irrespetuosas?

A este respecto es interesante recordar las palabras de Cristo en el sermón de despedida a sus discípulos, en el que les asegura (Jn 16, 16): <Dentro de un poco ya no me veréis, y dentro de otro poco me volveréis a ver>.

Los discípulos no entendieron sus palabras, y el Señor recurrió de nuevo a las parábolas para hacerse comprender, pero luego les dijo (Jn 16, 25-28):

“Os he hablado todo esto con comparaciones. Llega la hora en que ya no hablaré con comparaciones, sino que claramente os anunciaré al Padre / Ese día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros / ya que el Padre mismo os ama, porque me habéis amado  y habéis creído que yo salí de Dios / Salí del Padre y vine al mundo; de nuevo dejo el mundo y voy al Padre”

Llegados a este punto los discípulos comprendieron perfectamente a Jesús y según san Juan entendieron su mensaje y creyeron que procedía de Dios. Pero el Señor, sabedor de las debilidades del hombre les habló una vez más así ¡tomemos nota de sus palabras!... (Jn 16, 31-33):

 
 
“¿Ahora creéis? (les dijo el Señor): Mirad que llega la hora, y ya llegó, en que os dispersaréis cada uno por su lado, y me dejaréis solo, aunque no estoy solo porque el Padre está conmigo / Os he dicho esto para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis sufrimientos, pero confiad: yo he vencido, al mundo”