Translate

Translate

viernes, 1 de noviembre de 2013

JESÚS DIJO: LA PAZ OS DEJO MI PAZ OS DOY


 
 
 



Jesús pronunció estas elocuentes palabras, próxima ya su Pasión y Muerte en la Cruz,  cuando les anunció a sus Apóstoles la ayuda que recibirían del Espíritu Santo, el cual les enseñaría todo y les recordaría aquellas cosas que Él mismo  les había dicho, con objeto de hacerles infalibles en la labor evangelizadora que les habría de encargar; de esta forma se convertirían en auténticos maestros de la verdad (Jn 14, 25-27):

"Estas cosas os he hablado, mientras permanecía con vosotros / más el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre. Él os enseñará todas las cosas y os recordará todas las cosas que os dije yo / La paz os dejo, mi paz os doy; no como el mundo la da, yo os la doy. No se conturbe vuestro corazón, ni se acobarde"

La paz que Cristo anuncia, según el Papa Juan Pablo II, es la <salvación de nuestro Dios> (Santa Misa en el parque nacional Simón Bolívar de Bogotá, en julio de 1986).

En efecto, el santo Padre se refiere al anuncio que hizo el profeta Isaías sobre el <siervo de Yahveh> y su obra (Is 52, 10):

<Gritad de júbilo, exultad juntamente, ruinas de Jerusalén, pues Yahveh se ha compadecido de su pueblo a los ojos de todos los pueblos, y todos los confines de la tierra verán la <salvación de nuestro Dios>.




Sin duda este siervo de Yahveh, mencionado por el profeta Isaías, este mensajero del bien, no es otro que el Mesías, el Hijo del hombre, Jesús, el cual mediante la institución del Sacramento del Bautismo nos hizo semejantes a él, nos revistió de él, hasta participar en su misma filiación divina.


Sí, porque como asegura el Apóstol San Pablo, todos somos hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús y en particular todos los bautizados en Cristo, nos hemos revestido de Cristo (Gal 3, 23-27):   
"Mas antes de venir la fe estábamos bajo la custodia de la Ley, encerrados con vistas a la fe que debía ser rebelada / De manera que la Ley ha sido pedagogo nuestro con vistas a Cristo, para que por la fe seamos justificados / mas venida la fe, ya no estamos sometidos al pedagogo /Porque todos sois hijos de Dios, por la fe, en Cristo Jesús / Pues cuantos, en Cristo fuisteis bautizados, de Cristo fuisteis revestidos"

De manera que el Santo Padre Juan Pablo II, al referirse a la paz que Cristo, anuncia la “salvación de nuestro Dios”, la paz del mensajero del bien, pues por la   fe seremos justificados, como aseguraba San Pablo a los gálatas en su misiva y como en la antigüedad anunciaba el profeta Isaías (Is 52,7-10).

Ciertamente, San Pablo en su carta a los gálatas y por extensión a los hombres bautizados de todos los siglos desde la venida del Mesías, no solo en agua, sino en Cristo, viene a comunicarles la filiación divina, es decir, que el hombre es hijo adoptivo de Dios, y como tal heredero de la promesa de salvación recibida por Abraham en el Antiguo Testamento.

Así pues, si somos todos hijos de Dios, también somos todos hermanos, y como buenos hermanos, deberíamos trabajar todos juntos en beneficio de la paz, en el seno de las familias, de los pueblos, de las naciones, y en definitiva de cada uno de nosotros mismos.

 


Por tanto, como aseguraba el Papa Juan Pablo II en la Homilía anteriormente citada, la filiación divina del hombre es el fundamento de la paz personal y social:

“La salvación que Dios mismo, Padre, Hijo, y Espíritu Santo, ofrece a la humanidad en Jesucristo Redentor, es una vida nueva, que es la medida y la característica de los hijos adoptivos de Dios. Es la participación, mediante la gracia santificante, en la filiación divina de Cristo, Hijo de Dios, hecho hombre por nosotros.

En efecto, el Hijo de Dios, encarnándose en el seno de la Virgen María <se ha unido, en cierto modo, con todo hombre> (Gaudium et Spes). Con la fuerza del Espíritu, que nos ha comunicado el Señor, Muerto y Resucitado, después de su vuelta al Padre, desea Jesús mismo extender a todos y a cada uno el don de esta filiación  que es la gracia para nuestra naturaleza y el fundamento de la paz personal y social”



Ya hacen muchos años que el Papa Juan Pablo II pronunciara esta magnífica homilía desde el parque dedicado al político y fundador americano Simón Bolívar en el Distrito Capital de Colombia, durante su visita al pueblo colombiano y todavía los hombres de todo el mundo seguimos anhelando la llegada de una paz real y generalizada en todo el Planeta.
 
 

El hombre de hoy, realmente desea la paz personal y social, la misma que desearon los hombres de siglos pasados y que nunca llegó a alcanzarse en su totalidad. Prueba de ello son los constantes conflictos, armados o no, que siempre han atribulado a Adán y a sus descendientes, desde que Dios los creó.

Para la Iglesia los conflictos entre los hombres han sido constantemente una gran preocupación y lo ha manifestado a través de sus autoridades, en particular por medio de sus Vicarios de Cristo, los cuales siempre trataron de evitar las confrontaciones entre los miembros de su grey, pero también fuera de la Iglesia católica.

Recordaremos ahora el gran ejemplo dado por el Papa Pio XI (1922-1939), uno de los Pontífices más denostado por la fuerzas del mal y cuyo lema Papal fue <la Paz de Cristo en el Reino de Cristo>. Precisamente en su primera Carta Encíclica <Ubi arcano>, dada en Roma el 23 de diciembre de 1922, denunciaba la falta de <paz internacional>, de <paz social y política>, de <paz domestica>, y en definitiva de la <paz del individuo>.

Refiriéndose a las dos primeras se expresaba en dicha misiva en los siguientes términos:
“Los Estados, sin excepción, experimentan los tristes efectos de la pasadas guerras, peores ciertamente los vencidos, y no pequeños, los mismos que no tomaron parte alguna en las mismas. Y dichos males van cada día agrandándose más, por irse retardando el remedio; tanto más, que las diversas propuestas y las repetidas tentativas de los hombres de estado para remediar tan tristes condiciones de las cosas, han sido inútiles, si ya no es que las han empeorado. Por todo lo cual, creciendo cada día el temor de nuevas guerras, y más espantosas, todos los Estados se ven casi en la necesidad de vivir preparados para la guerra, y por eso quedan exhaustos los erarios, pierde el vigor la raza y padecen gran menoscabo los estudios y la vida religiosa y moral de los pueblos.

Y lo que es más deplorable, a las externas enemistades de los pueblos se juntan las discordias intestinas que ponen en peligro no sólo los ordenamientos sociales, sino la misma trabazón de la sociedad”

 


Son las palabras de un Pontífice preocupado por el futuro y el presente de la sociedad  en la que le tocó vivir, durante un periodo de la historia de la humanidad comprendido entre el final de la Primera Guerra Mundial y principios de la Segunda. Esto es, en un mundo que acababa de sufrir terribles confrontaciones internacionales y ya se encaminaba sin remedio a combates más sangrientos si cabe que los anteriores. Por este motivo ante un ambiente internacional tan enrarecido, en sus misivas, el Papa, denunciaba con frecuencia los males que ello podría acarrear a las familias y en especial a cada individuo (Ibid):

“Es particularmente doloroso ver como un mal tan pernicioso ha penetrado hasta las raíces mismas de la sociedad, es decir, hasta las familias, cuya disgregación hace tiempo iniciada ha sido muy favorecida por el terrible azote de las confrontaciones bélicas, merced al alejamiento del hogar de los padres y de los hijos, y merced a la licencia de las costumbres, en muchos modos aumentadas…

De ahí que, como el mal que afecta a un organismo o a una de sus partes principalmente, hace que también los otros miembros, aún los más pequeños lo sufran, así también es natural que  las dolencias que hemos visto afligir a la sociedad y a la familia alcancen también a cada uno de los individuos.

Vemos en efecto, cuan extendida se halla entre los hombre de toda edad y condición una gran inquietud de ánimo, que les hace exigentes y díscolos, y como se ha hecho ya costumbre el desprecio a la obediencia y la impaciencia en el trabajo.
 
 

 
Observamos también como ha pasado los límites del pudor la ligereza de las mujeres, más o menos jóvenes, especialmente en la forma de vestir y en las diversiones practicadas"

Las preguntas que surgen a la vista de esta más que preocupante situación son ¿Cuáles son las razones? ¿Cuáles son las causas, que han llevado a ella? Las respuestas a estas cuestiones, las podemos encontrar en la misma carta del Papa Pio XI, refiriéndose a la sociedad de su época y a los problemas del mundo en la misma, por otra parte, bastante parecidos a los de hoy en día.

Para el Papa, las causas de estos males son, el <olvido de la caridad>, el <ansia de los bienes de la tierra>, las <concupiscencias>, y en definitiva, el <olvido de Dios> y la negación de la existencia de nuestro Creador, consecuencia de una educación fundamentalmente laica y antirreligiosa (Ibid):

“Se ha querido prescindir de Dios y de su Cristo en la educación de la juventud, pero necesariamente se ha seguido, no ya que la religión fuese excluida de las escuelas, sino que en ellas fuese de una manera oculta o patente, combatida, y que los niños se llegaran a persuadir que para vivir son de ninguna o de poca importancia la verdades religiosas, de las que nunca oyen hablar, o si oyen, es con palabras de desprecio.



Pero así, excluidos de la enseñanza de Dios y su Ley, no se ve ya el modo cómo pueda educarse la conciencia de los jóvenes, en orden a evitar el mal y a llevar una vida honesta y virtuosa; ni tampoco como pueden irse formando para la familia y para la sociedad hombres templados, amantes del orden y de la paz”

Y a todo esto hay que sumarle lo que está  sucediendo entre una gran parte de los hombres y mujeres, hoy en día, y más concretamente entre los jóvenes, porque ni pueden estudiar, ni puede trabajar, y se encuentran al borde de la depresión y otros males mayores...

El Papa Pio XI no tenía dudas al respecto, el alejamiento del hombre de Dios y de su Hijo Unigénito, Jesucristo, le conduce hacia un profundo pozo sin salidas, donde los males se acumulan y del que es muy difícil salir con éxito.
Por eso, una vez enumeradas y comentadas las causas de los males que afligían al mundo después de la Primera Guerra Mundial, el Papa Pio XI recuerda los remedios que, sugeridos por la naturaleza misma del mal, son más eficaces para evitarlos y combatirlos, los cuales no deberíamos echar en <saco roto>, por tratarse de los consejos de un Papa del siglo pasado. Desafortunadamente, la propia Iglesia católica utiliza poco  las enseñanzas de este Pontífice carismático, a causa de su forma de exponer las ideas de una manera cortante e incisiva... 




Precisamente dice este Vicario de Cristo que lo primero y principal es <la Paz de Cristo en el Reino de Cristo>, es decir la paz que Él dio a sus Apóstoles y por extensión a todos los que creyeran en  él y en su Mensaje. Es necesario que la paz de Cristo reine en el corazón de todos los hombres, porque esta clase de paz que solo puede ser <Suya> asegura que todos somos hijos de Dios y por lo tanto todos somos hermanos…

Así nos lo manifestó el Señor según el Evangelio de San Mateo (Mat 23, 1-8):

"Sobre la Cátedra de Moisés se sentaron los escribas y fariseos / Así, pues, todas cuantas cosas os dijeren, hacedlas y guardarlas; más no hagáis conforme a sus obras, porque dicen y no hacen / Lían cargas pesadas e insoportables, y las cargan sobre las espaldas de los hombres, mas ellos ni con el dedo las quieren mover / Todas sus obras hacen para hacerse ver de los hombres, porque ensanchan sus filactelias y agrandan las franjas de sus mantos / son amigos del primer puesto en las cenas y de los primeros asientos en las Sinagogas, y de ser saludados en las plazas y de ser apellidados por los hombres Rabí / Más vosotros no os hagáis llamar Rabí, porque uno es vuestro maestro, más todos vosotros sois hermanos, y entre vosotros a nadie llaméis padre sobre la tierra, porque uno es vuestro Padre, el celestial"
 

 
Verdaderamente estas palabras del Señor deberían levantar ampollas entre los escribas y fariseos de su época, al igual que las levantan entre los hombres de hoy en día que no quieren  escuchar la Palabra del Señor. Lo que más extraña de todo esto, es que Jesús no hubiera sido  abatido por sus enemigos antes, debido a sus señales y sus enseñanzas; el Señor escapaba siempre de las manos de estos, cuando lo intentaban, porque como Él decía <aún no había llegado su hora>, y el Espíritu Santo que estaba en Él desde el principio,  le protegía de sus maldades, revistiéndole al mismo tiempo de suma paciencia ante sus injurias y desatinos, al igual que ha hecho y sigue haciendo con sus mensajeros a lo largo de los siglos…

Y es que Cristo: <Promulgó sellándola con su propia sangre la ley de la mutua caridad y paciencia entre todos los hombres>.

En efecto, tal cómo podemos leer en el Evangelio de San Juan, Jesús nos dio un mandamiento nuevo (Jn 15, 12-17):
"Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a otros, así como os amé / Mayor amor que éste nadie le tiene: que dar uno la vida por sus amigos / Vosotros sois mis amigos, si hicierais lo que yo os he mandado / Ya no os llamo siervos, pues el siervo no sabe lo que hace su Señor; más a  vosotros os llamo amigos pues todas las cosas que de mi Padre oí os di a conocer / No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis frutos, y vuestro fruto permanezca. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé / Esto os mando: que os améis unos a otros"

 


Estos versículos corresponden a uno de los discursos que el Señor dio cuando estaba ya muy próxima su Pasión, Muerte y Resurrección, tan maravillosamente recordados en el <Libro de la Gloria>, de su Apóstol <más querido>, San Juan, el cual cuando era de edad ciertamente avanzada, pero manteniendo el recuerdo imperecedero de todas las palabras de Jesús y asistido en todo momento por el Espíritu Santo, escribió este Evangelio de una riqueza teológica inigualable.

En dicho Evangelio se recoge también, como recordábamos antes, esta frase del Señor: <la paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde (Jn 14, 27)

Y es que la <Paz de Cristo es garantía del derecho y fruto de la caridad>, tal como advertía  el Papa Benedicto XV (1914-1922), llamado el <Papa de la Primera Guerra Mundial>, porque su Pontificado transcurrió en gran medida durante el desarrollo de este terrible conflicto armado, que tanto daño hizo a la humanidad a comienzos del siglo veinte.

Este Papa comprendió, al igual que más tarde lo hiciera Pio XI, que el origen de la guerra, era una consecuencia directa de la situación de la sociedad de su época, la cual como resultado de la propagación de las llamadas ideas <modernistas>, se había alejado peligrosamente del <Mensaje de Cristo>, y el Pontífice, así lo hizo constar en su primera carta Encíclica <Ad Beatissimi Apostolorum>, dada el 1 de noviembre de 1914.

En dicha carta, con un tono apocalíptico, tal como la situación requería, analizó las causas de la confrontación armada que ya había estallado. Hablaba de la <conciencia humana> que conduce al hombre a la llamada <lucha de clases>, del <desprecio de la autoridad divina>, del <rechazo del Evangelio de Cristo>, del <alejamiento de la Santa Madre Iglesia> y por supuesto de la <manipulación de las personas>, especialmente de las más jóvenes...

Para conseguir la superación del afán del hombre por el poder y las riquezas temporales, en definitiva, para la superación de toda la <codicia terrenal del ser humano>, el Papa Benedicto XV consideraba que era necesario ayudar a los hombres para que volvieran a anhelar el deseo de alcanzar los <bienes eternos> y comprendieran que los <bienes temporales> no conducen nunca a la verdadera felicidad…
 



Algunos años después, acabada la guerra, primera mundial, el Papa Benedicto XV escribió una nueva carta Encíclica titulada <Pacem Dei Munus>, en la que trataba de la restauración cristiana de la Paz y  en primer lugar alertaba sobre el peligro tremendo que representaba la persistencia del <odio entre hermanos>, a nivel internacional, que podría como así ocurrió años más tarde, conducir a una nueva confrontación a nivel mundial:

“Lo peor de todo sería la gravísima herida que recibiría la esencia y la vida del cristianismo, cuya fuerza reside por completo en la caridad, como lo indica el hecho de que la predicación de la ley cristiana reciba el nombre de <Evangelio de la paz>.


Se refiere aquí el Santo Padre a aquella catequesis del Apóstol San Pablo sobre <las armas del cristiano> tan claramente expuestas en su Carta a los Efesios (6, 11-20):

"Revestíos de la armadura de Dios para que podáis sosteneros ante las asechanzas del diablo / Que no es nuestra lucha contra carne y sangre, sino contra los principados, contra las potestades, contra los poderes mundanales de las tinieblas de este siglo, contra las huestes espirituales de la maldad que andan en las regiones aéreas / Por esto, tomad la armadura de Dios, para que podáis oponer resistencia en el día malo, y prevenidos con todos los aprestos, sosteneros / Manteneos, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad, y revestidos con la coraza de la justicia / y calzados los pies con la preparación pronta para el Evangelio de la paz /



abrazando en todas las ocasiones el escudo de la fe con que podéis apagar todos los dardos encendidos del malvado / Tomad también el yelmo de la salud y la espada del espíritu, que es la palabra de Dios / orando con toda oración y súplica en todo tiempo en espíritu, y para ello velando con toda perseverancia y suplica por todos los santos / y por mí, para que al hablar se me ponga palabra en la boca con que anunciar con franca osadía el misterio del Evangelio / del cual soy mensajero, en cadenas, a fin de que halle yo en él fuerzas para anunciarlo con libre entereza, como es razón que yo hable"

 Es verdaderamente hermosa esta descripción del Apóstol de la <armadura del cristiano>, donde las piezas principales son el cinto, esto es, la verdad, la coraza, que es la justicia, el calzado, que es la prontitud para predicar el Evangelio de la paz, el escudo, que es la fe, el yelmo, que es la esperanza y por último la espada del espíritu, que es la Palabra de Dios.

Por otra parte, el Papa Benedicto XV, recuerda también en su Encíclica <Pacem Dei Munus>, a todos los creyentes, que el don de la caridad, es el bien más necesario para conseguir la paz, por eso la enseñanza más repetida de Jesucristo a sus discípulos, era el <precepto de la caridad fraterna>, porque ella es consecuencia y resumen de todos los demás preceptos (Ibid):




“El mismo Jesucristo lo llamaba nuevo y suyo, y quiso que fuese como el carácter distintivo de los cristianos, que los distinguiese fácilmente de todos los demás hombres. Fue este precepto el que, al morir, otorgó a sus discípulos como testamento, y les pidió que se amaran mutuamente y con este amor procuraran imitar aquella inefable unidad que existe entre las divinas Personas en el seno de la Santísima Trinidad: <Que todos sean uno, como nosotros somos uno…para que también ellos sean consumados en la unidad (Jn 17, 21-23)>”

La paz entre los hombres implica, por tanto, la instauración del Reino de Cristo, así lo han manifestado los Pontífices y los Padres de la Iglesia; en particular aquellos como  Benedicto XV y Pio XI que se vieron, de alguna forma, involucrados, en los grandes conflictos bélicos, de los últimos siglos.

Concretamente Pio XI se expresa en este punto en los términos siguientes:
“La paz digna de tal nombre, es la tan deseada <Paz de Cristo>, la cual no puede existir, si no se observan fielmente por todos en la vida pública, y en la privada las enseñanzas, los preceptos y los ejemplos de Cristo…

Solo la Iglesia por divino mandato enseña que los hombres deben acomodarse a la Ley eterna de Dios, en todo cuanto hagan…
En esto consiste lo que con dos palabras llamamos <Reino de Cristo>. Ya que Jesucristo reina en la mente de los individuos, por sus doctrinas, reina en sus corazones por su caridad, reina en toda la vida humana por la observancia de sus leyes y por la imitación de sus ejemplos. Reina también en la sociedad doméstica cuando, constituida por el sacramento del matrimonio cristiano, se conserva inviolada como una cosa sagrada, en el que el poder de los padres sea un reflejo de la paternidad divina, de donde nace y toma nombre; donde los hijos emulan la obediencia del Niño Jesús, y el modo todo de proceder hace recordar la santidad de la Familia de Nazaret.
 
 


Reina finalmente Jesucristo en la sociedad civil cuando, tributando en ella a Dios los supremos honores, se hacen derivar de Él el origen y los derechos de la autoridad para que ni en el mandar falte norma, ni en el obedecer obligación y dignidad, cuando además es reconocida a la Iglesia el alto grado de dignidad en que fue colocada por su mismo autor a saber, tal que no disminuya la potestad de ella, pues cada uno en su orden es legítima, sino que les comunique la conveniente perfección, como hace la gracia con la naturaleza; de modo que esas mismas sociedades sean a los hombres poderoso auxiliar para conseguir el fin supremo, que es la eterna felicidad, y con más seguridad provean a la prosperidad de los ciudadanos en esta vida mortal.

De todo lo cual resulta claro que no hay <Paz de Cristo> sino en el <Reino de Cristo>, y no podemos nosotros trabajar con más eficacia para afirmar la paz que restaurando el <Reino de Cristo>”

 



Tarea difícil sin duda la que proponía ya en aquellos tiempos, el Papa Pio XI, y que emprendió animosamente, mediante un programa mencionado en la misma Encíclica que ahora estamos recordando (Ubi Arcano).

Logró mucho sin duda, con este plan, pero finalmente no pudo evitar, como anteriormente recordábamos, que los hombres se enzarzaran de nuevo en una confrontación sin sentido, la llamada Segunda Guerra  Mundial, que como se sabe causó daños terribles para la humanidad.

En los años anteriores al estallido de esta guerra y a pesar de los esfuerzos del Papa Pio XI, como lo demuestran sus Encíclicas condenando todas las falsos ideales de algunos políticos de la época, el laicismo que había surgido con la potencia de ser considerado la <quinta esencia> de la <modernidad>, durante mucho tiempo oculto,  tomó entonces <carta de naturaleza> y los hombres arrastrados por sus idearios se alejaron de Cristo y de su Iglesia.
 
 
 
 

 
 
De esta forma, los seres humanos quisieron sustituir el cristianismo por una falsa religión <naturalista> que a nada conducía, como así quedó comprobado durante la guerra, sino a las luchas entre hermanos, olvidando el precepto de la <caridad Divina>.


A pesar de todo, el periodo de tiempo, anterior al estallido de la segunda guerra mundial, ha sido llamado por los historiadores, inexplicablemente <los felices años veinte>. Seguramente olvidando  que la inmoralidad campaba por sus fueros entres los pueblos y con ello las costumbres licenciosas hicieron peligrar los fundamentos de la sociedad en general y de las familias en particular,  llevando a la ruina económica a muchos países...

Recordemos, a este propósito, que durante la época del Papado de Pio XI, y en particular a principios del siglo veinte (años 30), se dieron cita una serie de adversidades para los creyentes, nada despreciables, como el empuje creciente del capitalismo, el masivo desarrollo de movimientos subversivos, la crisis económica por la caída de <Wall Street> en 1929, junto con otros muchos problemas  de no menor importancia...

Se podría decir de este Pontífice fue un <profeta en su tiempo>, porque intuyó la debacle que se avecinaba en los posteriores años al siglo que le tocó vivir y  trató,  por otra parte, con todos los medios a su alcance de evitarlos, aplicando su lema <la Paz de Cristo en el Reino de Cristo>.




Precisamente a este Papa se debe la fiesta de la Iglesia dedicada a <Cristo Rey>, fiesta litúrgica que se suele celebrar el último domingo del mes de octubre y que como nos dijo el Rmo. P. Fr. Justo Pérez de Urbel:
“Debe ser un día de acción de gracias al Padre por haber constituido Rey y Señor de todo a su Divino Hijo; un día de homenaje y acatamiento y de acción de gracias al Hombre-Dios, <que se dignó trasladarnos a su reino> y hacernos participes de sus bienes, <pues en ÉL, en Cristo, poseemos la redención por su sangre y el perdón de los pecados>. Y con la redención, con la liberación del dominio del pecado, poseemos también la vida de la gracia, la filiación divina, el poderío sobre el mundo, sobre la carne, y sobre el poder de las malas pasiones y con todo esto, la esperanza de ser admitidos, un día, en el futuro reino de la Bienaventuranza Eterna”.

 

 

   

miércoles, 23 de octubre de 2013

JESÚS Y SU VIDA OCULTA EN NAZARET



En efecto, como última página de los relatos de la infancia del Señor, antes del comienzo de la predicación de Juan Bautista, el evangelista Lucas pone el episodio de la peregrinación de Jesús adolescente al Templo de Jerusalén. Según el Papa (Audiencia General del Papa Juan Pablo II Miércoles 15 de enero de 1997), este pasaje del evangelio de San Lucas arroja luz sobre los largos años de la vida oculta de Jesús en Nazaret. El hecho aquí narrado tuvo lugar, cuando Jesús solo tenía doce años y el evangelista lo expone de forma sencilla, pero atractiva, recreando con total fidelidad y compresión  la importancia del acontecimiento (Lc 2, 40-52): 
"El niño crecía y se robustecía, llenándose de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con Él / Iban sus padres cada año a Jerusalén por la fiesta de la Pascua / Y cuando fue de doce años, habiendo ellos subido, según la costumbre de la fiesta / y acabados los días, al volverse ellos, se quedó el Niño Jesús en Jerusalén, sin que lo advirtiesen sus padres / Y creyendo ellos que Él andaría en la comitiva, caminaron una jornada; y le buscaban entre los parientes y conocidos / y no hallándole, se tornaron a Jerusalén para buscarle / Y sucedió que después de tres días le hallaron en el Templo, sentado en medio de los maestros, escuchándoles y haciéndoles preguntas / y se pasmaban todos los que le oían de su inteligencia y de sus respuestas / Y sus padres, al verle, quedaron sorprendidos; y le dijo su madre: Hijo, ¿por qué lo hiciste así con nosotros? Mira tu padre y yo, llenos de aflicción, te andábamos buscando / Dijoles Él: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que había yo de estar en casa de mi padre? / Y ellos no comprendieron lo que les dijo / Y bajó en su compañía y se fue a Nazaret, y vivía sometido a ellos. Y su madre guardaba todas estas cosas en su corazón / Y Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres"

 





El Beato Papa Juan Pablo II, en la Audiencia mencionada anteriormente, indica que Jesús con la respuesta que dio a su Madre angustiada, reveló el motivo de su comportamiento. María había dicho: <<Tu padre>>, designando a José; Jesús responde <<Mí Padre>>, refiriéndose al Padre celestial.

Sí, porque que San José y la Virgen María no desconocían la procedencia divina de Jesús, ya que ambos habían tenido la visita anunciadora de un ángel, sino que Jesús quiere recordárselo para que aunque en principio, no comprendan el sentido de su permanencia en el Templo, por la fe lo acepten. Por otra parte, al aludir a su ascendencia divina con ello quiere indicar que Él tiene que ocuparse esencialmente de los asuntos de su Padre celestial, esto es, <<desea reafirmar que sólo la voluntad del Padre es para Él norma que vincula su obediencia. El texto evangélico subraya esa referencia de la entrega total al proyecto de Dios. Así pues, a sus padres les pide que le permitan cumplir su misión, donde lo lleve la voluntad del Padre celestial>> (Audiencia General  de Juan Pablo II 1997).
Por su parte, la Virgen María, como madre que era, había experimentado, al igual que su esposo, San José, una gran inquietud con la desaparición del Niño Jesús, pero aceptó por la fe sus palabras, tal como se indica en el Catecismo de la Iglesia Católica (CIC 534):

“El hallazgo del Niño en el Templo es el único suceso que rompe el silencio de los Evangelios sobre los años ocultos de Jesús. Jesús deja entrever con ello su filiación divina. María y José no comprendieron sus palabras, pero las acogieron con fe y María conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón, a lo largo de todos los años en que Jesús permaneció oculto en el silencio de la vida ordinaria”

 San Cirilo de Jerusalén (315-386), fue ordenado sacerdote predicador para su pueblo y catequista, con objeto de instruir y preparar a los fieles para recibir el Sacramento del Bautismo, y como consecuencia de ello han llegado hasta nuestros días, por suerte, algunas de las catequesis por él impartidas, como testimonios escritos de gran valor para la Iglesia. Precisamente en la catequesis XII que él dedicó a la Encarnación de Cristo, indica que el Hijo de Dios asumió la carne de la más excelente de las criaturas, en estos términos:
“Preguntémonos, en primer lugar, por qué vino Jesús. Y no reparéis en mis razonamientos, a los que quizás podría contradecirse mediante sofismas. Ahora bien, si no aceptáis los testimonios de los Profetas  no creeréis en lo que digamos. Si no aprendéis por las Escrituras lo referente a la Virgen, al lugar, al tiempo, y al modo, tampoco recibiréis testimonio de hombre alguno (pues el testimonio de las Escrituras es más fuerte que el testimonio de hombre alguno) (Jn 5, 34 y 8, 13 ss). Pues sobre éste que ahora está aquí  y os instruye puede recaer alguna sospecha, pero sobre el que pronunció las profecías hace mil años e incluso más tiempo ¿quién puede tener reticencias si está en su sano juicio?

 
 
Por tanto, si buscas la razón de la venida de Cristo acude simplemente al primer libro de la Escritura. En seis días hizo Dios el mundo. Pero este existe para el hombre. Resplandece el Sol con sus fulgores espléndidos: fue hecho para que luzca a favor del hombre. Todos los animales fueron hechos para nuestro servicio; y las hierbas y los arboles fueron creados para que los utilizásemos. Son todas criaturas buenas, pero ninguna de ellas es imagen de Dios excepto únicamente el hombre. Una simple orden hizo el Sol, mientras que el hombre fue formado por las manos de Dios: <Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como nuestra semejanza> (Gen 1, 26).

 Sigue San Cirilo relatando con todo lujo de detalles como el pecado se extendió por la tierra y la enorme gravedad que llegó a alcanzar. Entonces fue necesario que Dios viniese a los hombres, para regenerar y salvar a la humanidad, aunque ésta no llegó a recibirle como se merecía. Los Profetas, ya en la antigüedad cantaban al Señor y pedían su llegada y su victoria sobre el mal, tenemos muchos ejemplos en los Salmos del Antiguo Testamento, como el 144 (143):
"Bendito sea el Señor, mi casa, mi roca, que adiestra mis manos para la batalla y mis puños para el combate / mi amor, mi fortaleza, mi ciudadela y mi liberador, el escudo con el que me protejo, el que somete a los pueblos bajo mi poder / Señor, ¡qué es el hombre para que te cuides de él, este mortal es como un soplo, sus días como sombras que pasan! / Señor, despliega los cielos  y desciende"

 El Señor escuchó las suplicas de los hombres santos y envió desde el cielo a su Unigénito Hijo <como Señor y como Medico>, en palabras de San Cirilo, el cual dedicó la catequesis XI a su divina figura:

 
 
“Nuestro Señor Jesucristo se revistió en aquel entonces de la naturaleza humana, pero esto era desconocido de muchos. Cuando Él, sabiendo que se ignoraba, lo quería enseñar, reuniendo a sus discípulos les preguntaba ¿quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? (Mat 16, 13)”

Solamente Pedro, el cual, más tarde, sería elegido por Jesús como <Cabeza de su Iglesia>, contestó con rotundidad (Mc 16, 16):
<Tú eres Cristo. El Hijo de Dios vivo>

Y la respuesta del Apóstol hizo clamar al Señor (Mat 16, 17):
<Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos>

 Este conocimiento profundo e íntimo de su Padre, lo tuvo Jesús desde sus más tiernos años y así lo demuestra el pasaje del Evangelio de San Lucas, cuando con doce años se queda en el Templo de Jerusalén, ignorándolo San José y la Virgen María, los cuales le buscaron incesantemente durante tres días entre sus parientes y conocidos, regresando finalmente a Jerusalén, donde le encontraron en medio de los doctores, oyéndoles y preguntándoles.
 
 
 
 
 
Pero ¿de quién habría aprendido Jesús el amor a las <cosas> de su Padre? se pregunta el Papa Benedicto XVI en su mensaje del <Ángelus>, durante la fiesta de la Santa Familia de Nazaret, celebrada en la plaza de Roma, el domingo 27 de diciembre de 2009. La respuesta a esta pregunta la razona así el Santo Padre:    

“Ciertamente, como Hijo tenía un conocimiento íntimo de su Padre, de Dios, una profunda relación personal y permanente con Él, pero, en su cultura concreta, seguro que aprendió de sus padres  (de la tierra), las oraciones, el amor al Templo y a las instituciones de Israel. Así pues, podríamos afirmar que la decisión de Jesús de quedarse en el Templo era fruto sobre todo de la educación recibida de María y de José. Aquí podemos vislumbrar el sentido auténtico de la educación cristiana: es el fruto de una colaboración que siempre se ha de buscar entre los educadores y Dios. La familia cristiana debe ser consciente de que los hijos son don y proyecto de Dios. Por tanto, no pueden considerarse como una posesión propia, sino que, sirviendo en ellos al plan de Dios, está llamada a educarlos en la mayor libertad, que es precisamente la de decir <sí> a Dios para hacer su voluntad”.

Sí, porque  como nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica:
 
 
 

 
Pero también nos dice el Catecismo que es necesaria <la formación de la conciencia>:

“Hay que formar la conciencia, y esclarecer el juicio moral. Una conciencia bien formada es recta y veraz. Formula sus juicios según la razón, conforme al bien verdadero querido por la sabiduría del Creador. La educación de la conciencia es indispensable a los seres humanos sometidos a influencias negativas y tentadas por el pecado a preferir su propio juicio y a rechazar las enseñanzas autorizadas”



El Papa Benedicto XVI, siendo aún el cardenal Ratzinger se enfrentó con valentía a estas teorías, cuando por una experiencia propia, se dio cuenta  de que  la <conciencia errónea> tenía como argumento principal la idea de que ésta pretendía proteger al hombre de las <onerosa> exigencia de la verdad, para conducirle a la salvación. Más aún, según estas teorías esta <conciencia> dispensaría de tener que conocer la verdad, transformándose en la justificación de la subjetividad, que no admite el cuestionamiento, y por otra parte, conduciría a la justificación del conformismo social.  

Ante tan tremendos dislate el cardenal Ratzinger (Papa Benedicto XVI) se manifestó en los términos siguientes:
“Una sola mirada a las Sagradas Escrituras habría podido preservar de una teoría como la de la <justificación  mediante la conciencia errónea>.


 
 
En el Salmo (19, 13), se contiene este aserto, siempre merecedor de ponderación << ¿Quién advierte sus propios errores? ¡Líbrame de las culpas que no veo!>>. Esto no es objetivismo veterotestamentario, sino la más honda sabiduría humana: dejar de ver las culpas, el enmudecimiento de la voz de la conciencia en tantos ámbitos de la vida, es una enfermedad espiritual mucho más peligrosa que la culpa, si uno está aún en condiciones de reconocerla como tal. Quien ya es incapaz de percibir que matar es pecado, ha caído más bajo que quien todavía puede reconocer la malicia de su propio comportamiento, pues se halla mucho más alejado de la verdad y de la conversión.


No en vano, en el encuentro con Jesús, el que auto-justifica aparece como quien se encuentra realmente perdido. Si el publicano, con todos sus innegables pecados, se halla más justificado que el fariseo con todas sus obras realmente buenas (Lc 18, 9-14), eso no se debe, a que en cierto sentido, los pecados del publicano no sean verdaderamente pecados, ni a que las buenas obras del fariseo  no sean verdaderamente buenas obras. Esto tampoco significa de ningún modo que el bien que el hombre realiza no sea bueno ante Dios ni que el mal no sea malo ante Él, o carezca en el fondo de importancia.

 
 
 

 Magnífico el razonamiento del Papa Benedicto XVI, el cual con valentía se enfrentó a la teoría de la <autoconciencia> del hombre por encima de las verdades de Dios, porque esta <autoconciencia> puede algunas veces ser el reflejo de una sociedad enferma como la nuestra, puede ser incluso consecuencia de la propaganda difundida en ciertos medios de comunicación en contra de la moralidad y buenas costumbres, la cual  llega a influir en el criterio de muchas personas. Por eso en el Catecismo de la Iglesia Católica podemos leer:

“La educación de la conciencia es una tarea de toda la vida. Desde los primeros años despierta el niño al conocimiento y la práctica de la ley interior reconocida por la moral. Una educación prudente enseña la virtud, preserva o sana del miedo, del egoísmo, del orgullo, de los insanos sentimientos de culpabilidad, y de los movimientos de complacencia, nacidos de la debilidad y de las faltas humanas. La educación de la conciencia garantiza la libertad y engendra la paz del corazón”

 

 

 
 
 
 
A este respecto el Papa Juan Pablo II en el <Te Deum> de acción de gracias en la Iglesia <Del Gesu> que tuvo lugar el domingo 31 de diciembre de 1978, destacaba las bondades de la familia de Jesús con estas palabras: “Las páginas del Evangelio describen muy concisamente la historia de esta Familia. A penas logramos conocer algunos acontecimientos de su vida. Sin embargo, aquello que sabemos es suficiente para comprometer los momentos fundamentales de la vida de cada familia, y para que aparezca aquella dimensión a la que están llamados todos los hombres que viven la vida familiar: padres, madres, esposos, hijos.
 
 
El Evangelio (Lc 2, 40-52) nos muestra, con gran claridad, el perfil educativo de la familia.  <Bajó con ellos, y vino a Nazaret, y les estaba sujeto…>. Es necesario, en los niños y en edad juvenil, esta sumisión, obediencia, prontitud para aceptar los maduros consejos de la conducta humana familiar. De esta manera también <se sometió Jesús> y con esta <sumisión>, con esta prontitud del niño para aceptar los ejemplos del comportamiento humano, deben medir los padres toda su conducta.
 
 
 
 
 
Este es el punto particularmente delicado de su responsabilidad paterna, de su responsabilidad en relación con el hombre, de este pequeño hombre que irá creciendo progresivamente, confiado a ellos por el mismo Dios. Deben tener presente también todos los acontecimientos acaecidos en la familia de Nazaret cuando Jesús tenía doce años, esto es, ellos educaron a su hijo no sólo para ellos, sino para Él, para los deberes que posteriormente asumiría, Jesús a la edad de doce años respondió a María y José: ¿No sabíais que es preciso que me ocupe de las cosas de mi Padre? (Lc 2,49)”

 
Algunos años después el Papa Juan Pablo II volvería a retomar el relato del evangelista San Lucas, como tema a analizar en una de sus Audiencias generales, en concreta en aquella celebrada el miércoles 13 de enero de 1997:

“Al dejar partir a su madre y a José hacia Galilea, sin avisarles de su intención de permanecer en Jerusalén, Jesús los introduce en el misterio del sufrimiento que lleva a la alegría, anticipando lo que realizaría más tarde con los discípulos, mediante el anuncio de su Pasión. Según el relato de Lucas, en el viaje de regreso de María y José a Nazaret, después de una jornada de viaje, preocupados y angustiados por el Niño Jesús, lo buscan inútilmente entre sus parientes y conocidos. Vuelven a Jerusalén y, al encontrarlo en el Templo, quedan asombrados porque le ven <sentado en medio de los doctores escuchándoles y preguntándoles>. Su conducta es muy diferente de la acostumbrada. Y seguramente el hecho de encontrarlo el  tercer día revela a sus padres otro aspecto relativo a su persona y a su misión.

 
 
Jesús asume el papel de maestro, como hará más tarde en la vida pública, pronunciando palabras que despiertan admiración: <Todos los que le oían estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas>. Manifestando una sabiduría que asombra a los oyentes, comienza a practicar el arte del diálogo, que será una característica de su Misión salvífica”

 Verdaderamente los maestros de la ley de Israel escucharon admirados al Niño Jesús, cosa natural y coherente si tenemos en cuenta que aunque ellos lo  ignoraban, escuchaban a Dios, y las palabras de Dios siempre son justas y admirables (Imitación de Cristo. Tomas de Kempis. Libro II. Capítulo 3):

“Oye, hijo mío mis palabras, palabras suavísimas que exceden a toda ciencia de los filósofos y de los letrados. Mis palabras son espíritu y vida, y no se pueden pensar por humano seso. No se deben traer al sabor del paladar; más se deben oír en silencio, recibirse con humildad y con gran deseo de decir: Bienaventurado es, Señor, el que tú enseñares y mostrares  tu ley, porque lo guardes  los días malos y no sea desamparado en la tierra (Sal 94, 12-13)”.

Sí, porque como aseguraba nuestro actual Papa, cuando aún era Cardenal, refiriéndose al encuentro de San Pablo con el Señor, las palabras de Dios cambiaron totalmente su vida, al alejarse del mal, para seguir el trabajo apostólico que le había encomendado (Dios está cerca. Joseph Ratzinger. Crónica Editorial S.L. 2011):

“El encuentro de San Pablo con Cristo en el camino de Damasco, revolucionó literalmente su vida. Cristo se convirtió en su razón de ser y en el motivo profundo de todo su trabajo apostólico. En sus Cartas, después del nombre de Dios, que aparece más de 500 veces, el nombre mencionado con más frecuencia es el de Cristo (380 veces).

 
 
 
Por consiguiente, es importante que nos demos cuenta de cómo Jesucristo puede influir en la vida de una persona, y por tanto, también en nuestra propia vida, En realidad, Jesucristo es el culmen de la historia de la salvación y, por tanto, el verdadero punto que marca la diferencia también en el diálogo con las demás religiones”

 Siendo Cristo el centro natural de la vida cristiana, como nos recordaba el Papa Benedicto, muchas veces comprobamos con pena las pocas referencias que se hacen  a Éste incluso en el seno de la Iglesia. Sin embargo, en la actitud de la Sagrada Familia vemos el camino, el ejemplo a seguir en la educación de los hijos, porque es la familia, célula principal de la sociedad donde debe hablarse constantemente de Cristo, para que todos sus miembros y en particular los jóvenes y los niños reciban su mensaje salvador con total prontitud.

El Papa Juan Pablo II así se lo hizo saber, por ejemplo, al pueblo de Colombia en su visita a este país (Homilía del Santo Padre Juan Pablo II. Parque Simón Bolívar de Bogotá 1986):

“Sé que vuestros Pastores os han puesto en guardia contra los peligros a los que hoy está expuesta la familia. Me uno a ellos en esta  urgente y noble tarea pastoral de procurar a la familia una formación adecuada para que sea agente insustituible de la evangelización y base de la solidaridad y de la paz en la sociedad. Damos gracias porque <hay familias, verdaderas Iglesia domésticas>, en cuyo seno se vive la Fe y se da buen ejemplo de amor, de mutuo entendimiento y de irradiación de ese amor al prójimo en la parroquia y en la diócesis. ¡Sí! la familia cristiana es el primer centro de evangelización, es también <la escuela del más rico humanismo> (Gaudium et Spes 52), y como tal, es inagotable cantera de vocaciones cristianas y formadora de hombres y de mujeres, constructores de la justicia y de la paz universal en el amor de Cristo”

Hace referencia el Santo Padre  al Concilio Vaticano II (Gaudium et Spes. Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el Mundo actual), como no podía ser de otro modo. Este último Concilio de la Iglesia Católica se desarrolló en distintos periodos: Primera etapa (durante el Pontificado de Juan XXIII) clausurada el 8 de diciembre de 1962; segunda etapa (durante el Pontificado de Pablo VI) clausurada el 4 de diciembre de 1963; tercera etapa (durante el Pontificado de Pablo VI) clausurada el 21 de noviembre de 1964 y cuarta etapa (durante el Pontificado de Pablo VI) clausurada el 8 de diciembre de 1965.
Fue por tanto un Concilio de larga duración  debido a las circunstancias especiales en que se llevó a cabo, siendo la cuarta etapa la más prolífera de todas ellas y en la cual se aprobaron una serie de declaraciones muy importantes para la Iglesia. En particular en el caso de la educación cristiana, la promulgación del Decreto Conciliar <Gravissimun educationis>, quiso dar un gran avance en este tema con las siguientes declaraciones (Puntos 2 y 3):

 
 
 
“Todos los cristianos en cuanto han sido regenerados por el agua y el Espíritu Santo, tienen derecho a la educación cristiana. La cual no puede perseguir solamente la madurez de la persona humana, sino que busca, sobre todo, que los bautizados se hagan más conscientes cada día del don de la Fe, mientras son iniciados gradualmente en el conocimiento del misterio de la salvación; aprenden a adorar a Dios Padre en el espíritu y en la verdad, y así lleguen al hombre perfecto, en la edad de la plenitud de Cristo y contribuyan al crecimiento del Cuerpo Místico…

Puesto que los padres han dado la vida a los hijos, están gravemente obligados a la educación de la prole y, por tanto, ellos son los primeros y principales educadores. Este deber de la educación familiar es de tanta trascendencia que, cuando falta, difícilmente puede suplirse. Es, pues, obligación de los padres formar un ambiente familiar animado por el amor, por la piedad hacia Dios y hacia los hombres, que favorezca la educación integra personal y social de los hijos.

La familia es, por tanto, la primera escuela de las virtudes sociales, de las que todas las sociedades necesitan. Sobre todo, en la familia cristiana, enriquecida con la gracia del Sacramento y los deberes del matrimonio, es necesario que los hijos aprendan desde sus primeros años a conocer la Fe recibida en el Bautismo.

En ella siente la primera experiencia de una sana sociedad humana y de la Iglesia. Por medio de la familia, por fin, se introducen fácilmente en la sociedad civil  y en el pueblo de Dios. Consideren, pues, atentamente los padres la importancia que tiene la familia verdaderamente cristiana para la vida y el progreso del Pueblo de Dios”



En este sentido conviene recordar siempre lo que han dicho nuestros Pontífices y santos Padres, y tener siempre presente también el Catecismo de la Iglesia Católica, el cual en los últimos años no ha sido suficientemente consultado y al que se debe recurrir siempre tal como ha recomendado nuestro actual Papa Benedicto XVI.

Precisamente nuestro Pontífice cuando aún era el Cardenal Joseph Ratzinger señaló ya cuales deberían ser los contenidos esenciales de la <nueva evangelización> (El elogio de la Conciencia. La Verdad interroga al corazón. Joseph Ratzinger. Ediciones Palabras, Madrid. 2010):

“Por lo que atañe a los contenidos de la nueva evangelización, ante que todo hay que tener presente la inseparabilidad del Antiguo y el Nuevo Testamento. El contenido fundamental del Antiguo Testamento se resume en el mensaje de Juan Bautista: ¡Convertíos! No hay acceso a Jesús sin el Bautista; no es posible llegar a Jesús sin responder a la llamada del Precursor…

 
 
Convertirse significa dejar de vivir como viven todos, dejar de obrar como obran todos, dejar de sentirse justificados  cuando una acción es dudosa, ambigua, malvada, por el hecho de que los demás hacen lo mismo; comenzar a ver la propia vida con los ojos de Dios…En la llamada a la conversión está implícito, como condición fundamental, el anuncio de Dios vivo…

Reino de Dios quiere decir que Dios existe, vive, está presente y obra en el mundo, en nuestra vida, en mi vida. Dios no es una lejana <causa última> ni tampoco el <gran arquitecto> del deísmo…Al contrario, Dios es la realidad más presente y decisiva en cada acto de la vida, en cada momento de la historia…”

Después de estos dos temas esenciales, Conversión y Reino de Dios, necesarios en la nueva evangelización, en la realizada en el seno familiar,  Benedicto XVI, propone otros dos contenidos fundamentales: <Jesucristo>, y la <Vida eterna> y lo  hace con  estas palabras (Ibid):

 
 
“Únicamente en Cristo y por medio de Cristo, el tema de Dios se hace realmente concreto. Cristo es el <Emmanuel>, el <Dios-con-nosotros>, la concreción del <Yo soy>, la respuesta al deísmo…El Cristo de la fe no es un mito. El denominado <Jesús histórico>, es una figura mitológica, auto-inventada por diversos intérpretes. Los doscientos años de la historia del <Jesús histórico> reflejan fielmente la historia de las filosofías y de las ideologías de  este periodo…

La verdad es muy diferente. La Cruz pertenece al misterio divino; expresión de su amor hasta el extremo (Jn 13, 1). El seguimiento de Cristo es participación en su Cruz, es unirse a su amor, a la transformación de nuestra vida, que se convierte en nacimiento del hombre nuevo, creado según Dios (Ef 4, 24). Quién omite la Cruz, omite la esencia del cristianismo (I Co 2, 2)…

Un último elemento central de toda verdadera <nueva evangelización> es la vida eterna. Hoy, en la vida diaria, debemos anunciar con nueva fuerza nuestra Fe. Quisiera tan solo aludir a un aspecto de la predicación  de Jesús descuidado a menudo: el anuncio del Reino de Dios, es anuncio del Dios presente, del Dios que nos conoce…del Dios que entra en la historia para hacer justicia…
 
 
 
 


Lo es para todos los que sufren bajo la injusticia del mundo y buscan la justicia...Las injusticias del mundo no son la última palabra de la historia. Hay justicia. Solo quien no quiera que haya justicia puede oponerse a esta verdad”


Por otra parte hay que recordar también que el documento de Vaticano II, <Gravissimun Educationis>, hablando sobre la educación moral y religiosa en las Escuelas, en la Facultades y Universidades…etc., llega a la conclusión siguiente:
“El Santo Concilio exhorta encarecidamente a los mismos jóvenes a que, conscientes del valor de la función educativa, estén preparados para abrazarla con generosidad, sobre todo en las regiones en que la educación de la juventud está en peligro por falta de maestros…”

 
En el momento actual quizás la falta de educadores puede que no sea tan grande, sin embargo lo cierto es que ha descendido mucho la calidad de los mismos, debido fundamentalmente a la crisis general de valores y al <pasotismo>, en muchos aspectos, de las nuevas generaciones.
 
 
 
 
 
El Papa Juan Pablo II, en total sintonía con el Concilio Vaticano II, presentó la misión de la familia cristiana en su Exhortación Apostólica <Familiaris Consortio>, dada en Roma el 22 de noviembre de 1981, en la cual al hablar de la <Educación de los valores esenciales de la vida humana> (punto 37) se manifestó en estos términos:

“Aún en medio de las dificultades, hoy a menudo agravadas, de la acción educativa, los padres deben formar a los hijos con confianza y valentía en los valores esenciales de la vida humana. Los hijos deben crecer en una justa libertad ante los bienes materiales, adoptando un estilo de vida sencillo y austero, convencidos de que < el hombre vale más por lo que es que por lo que tiene (Concilio Ecuménico Vaticano II. Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual <Gaudium et Spes>”

Entre otros muchos aspectos a destacar en la Exhortación Apostólica de Juan Pablo II <Familiaris Consortio>, la cual deberían conocer en profundidad los padres de familia, queremos destacar aquí el punto 54, en el que el Pontífice nos recuerda que Cristo pidió a sus discípulos que evangelizaran a todas las criaturas:

 
 
“La universalidad sin fronteras es el horizonte propio de la evangelización, animada interiormente por el afán misionero, ya que es de hecho la respuesta a la explicita e inequívoca consigna de Cristo, <Id por el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura> (Mc 16, 15)…

Una cierta forma de actividad misionera puede ser desplegada ya en el interior de la familia. Esto sucede cuando alguno de los componentes de la misma no tiene fe, o no la práctica con coherencia. En este caso, los parientes deben ofrecerles tal testimonio de vida que los estimule y sostengan en el camino hacia la plena adhesión a Cristo Salvador”

Así sucedió en el caso de San Agustín, el cual gracias a las oraciones, y el ejemplo de vida, de su madre, Santa Mónica, después de una existencia disipada, extraviado por los caminos del error y del pecado, se convirtió, siendo bautizado en la primavera del año 387. Este doctor insigne de la Iglesia, este hombre santo al que el mundo occidental debe tanto, sólo gracias a la actitud de su santa madre ante los problemas de la existencia y ruegos constantes a Dios, sufrió un cambio radical, que le condujo a los más altos grados de sabiduría y santidad, entregando su vida en el año 430, después de una labor incansable por la Iglesia, según se cree, recitando los Salmos Penitenciales cuando las tribus bárbaras (vándalos), sitiaban su ciudad episcopal.
 
 
 
 
No fue éste con ser el más importante, el único fruto de la paciencia y de la caridad de Santa Mónica, ya que gracias a sus oraciones y leal comportamiento matrimonial, consiguió también la conversión de su esposo, el cual se bautizó y murió en castidad y fidelidad a su esposa.


Realmente como dijo el Papa Juan Pablo II en la Homilía de la Misa celebrada en Madrid el 2 de noviembre de 1982 para las familias, el Espíritu Santo escribe en el corazón de los esposos la ley de Dios sobre el matrimonio, porque no está escrita solamente en la Sagrada Escritura, en los documentos de la Tradición de la Iglesia, está escrita también en el interior de los cónyuges:
“Es esta la Nueva y Eterna Alianza, de la que habla el Profeta, que sustituye a la Antigua y devuelve a su primitivo esplendor a la Alianza original con la Sabiduría creadora, inscrita en la humanidad de todo hombre y de toda mujer. Es la Alianza en el Espíritu de la que dice Santo Tomás que la ley Nueva es la misma gracia del Espíritu Santo”

 Pidamos, pues, a Jesús para que su Sagrada Familia nos ilumine en el camino de la evangelización dando ejemplo como ella nos enseñó:
 
 
 
 
“Oh Jesús, Redentor nuestro, que venido para iluminar al mundo con la Doctrina y el ejemplo, habéis querido pasar la mayor parte de la vida humilde y sujeto a María y a José en la casa de Nazaret, santificando aquella Familia que debería ser el ejemplo de todas las familias cristianas; acoged benignamente la nuestra, protegedla, guardadla e infundid  en ella vuestro Santo Temor, la paz y la concordia de la caridad cristiana, a fin de que, conformándose al divino modelo de vuestra Familia, pueda toda ella, sin que ninguno quede excluido, gozar de la eterna felicidad del Reino”