En los Evangelios se
narra que Jesús hizo muchos <Signos> durante su vida pública y quizás de entre
todos ellos, uno de los más
significativos fue, la <multiplicación de los panes y de los
peces>; ante este milagro las gentes que lo presenciaron y que comieron del
pan que el Señor les daba, y después le buscaban preguntándole: <Maestro
¿Cuándo has llegado aquí? (Jesús una vez más se había retirado a un monte a
solas para orar, después de realizar este milagro, acercándose más tarde a Cafarnaún).
Ante le respuesta del Señor:
<Os aseguro que no me buscáis por los signos que habéis visto, sino porque
comisteis pan hasta saciaros; esforzaos, no por conseguir alimento transitorio
sino el permanente el que da vida eterna>, le preguntaban: ¿Qué hemos de
hacer para obrar las obras de Dios?>.
A lo que Jesús respondía: <Esta es
la obra de Dios: Que creáis a quien Él envió> (Jn 6,28-29).
Ciertamente Cristo desea que
todos los hombres creamos en Él, tengamos fe en Él, y por eso a las personas
que curaba les decía: < Tu fe te ha salvado>, en este sentido, aseguraba
el Papa San Juan Pablo II:
“Jesús quiere despertar en los
hombres la fe, desea que respondan a la Palabra del Padre, pero lo quiere
respetando siempre la dignidad del hombre, porque en la búsqueda de la misma fe
está ya presente una forma de fe, una forma implícita, y por eso queda ya
cumplida la condición necesaria para la salvación…
Dios está siempre de parte de los
que sufren. Su omnipotencia se manifiesta precisamente en el hecho de haber
aceptado libremente el sufrimiento. Hubiera podido no hacerlo. Hubiera podido
demostrar la propia omnipotencia incluso en el momento de la Crucifixión; de
hecho así se lo proponían: baja de la cruz y te creeremos. Pero no recogió ese
desafío… ¡Sí! Dios es Amor y precisamente por eso entregó a su Hijo, para darlo
a conocer hasta el fin, como amor…” (Papa San Juan Pablo II <Cruzando el
umbral de la esperanza> Círculo de lectores 1994).
El siguiente milagro que hizo Jesús después de la
<multiplicación de los panes y los peces fue < la marcha sobre las aguas>,
<quinto Signo> según el Evangelio de San Juan (Jn 6,16-21): "Cuando se hizo tarde, bajaron
sus discípulos al mar / y subiendo a la barca, se iban a
la otra orilla del mar de Cafarnaúm. Y se había hecho ya oscuro, y todavía
Jesús no había venido a ellos / y la mar con el gran viento que
soplaba, se iba encrespando / Y cuando hubieran avanzado como
unos veinticinco o treinta estadios, ven a Jesús caminando sobre el mar y
acercándose a la barca, y se asustaron / Pero Él les dice: Yo soy, no
tengáis miedo / Querían, pues, recogerle en la
barca, y en breve se halló la barca junto a la tierra a la cual iban"
Este hecho milagroso, fue
relatado también por San Mateo (14,24-33) y San Marcos (6,47-52), pero en San
Juan alcanza la categoría de <Signo> y por eso lo cuenta minimizando los
detalles accesorios y poniendo sobre todo de relieve aquellos aspectos que
certifican su naturaleza teológica.
El simbolismo del agua se encuentra
presente en esta ocasión, al igual que en otras muchas situaciones en el
Evangelio de este Apóstol, pero ahora tomando como protagonista el mar de
Galilea, y ello tiene un sentido importante, respecto del conocimiento que
tiene el hombre por la fe en Dios, porque como aseguraba el Papa Benedicto XVI
(Jesús de Nazaret. Primera parte):
“Finalmente está el mar como
fuerza que causa admiración y que se contempla con asombro en su majestuosidad,
pero al que se teme sobre todo como opuesto a la tierra, al espacio vital del
hombre… El Creador ha impuesto al mar los límites que no puede traspasar: No
puede tragarse la tierra…” Cabría preguntarse ¿Esto qué
significa en el relato de San Juan? Significa quizás ¿Que el maligno en su
lucha contra la iglesia de Cristo nunca alcanzará la victoria que desea, nunca
podrá hacerla desaparecer de la faz de la tierra?
Los discípulos en esta ocasión se
encontraban solos, el Señor había subido al monte para orar, como antes hemos
recordado, evitando a la multitud que enfervorecida por el milagro de la
multiplicación de los panes y de los peces le buscaban para coronarle como rey;
sin embargo realmente no estaban solos como pudieron comprobar cuando el Señor
acudió en su ayuda estando ellos en medio de una tormenta en el mar, y además
se les presenta en su condición divina al pronunciar las palabras < Yo soy, no
tengáis miedo>. Este hecho implica una <Teofanía>, o manifestación de
Dios en la figura humana de Cristo, esto es, se trata realmente de una
<Cristofanía>.

El mar encrespado representa, en
este caso, el mundo donde el diablo ejerce su poder, en contra del hombre en
general y muy especialmente en contra de la Iglesia católica. Él siempre trata
de inferirle daño. No obstante, solamente Jesús, Hijo de Dios, y Dios mismo,
puede hacer que su barca (la Iglesia) recorra un tan gran espacio (veinticinco o treinta estadios) en un
instante, para encontrarse a salvo en la otra orilla. En efecto como aseguraba
el Papa San Juan Pablo II (Ibid): “La Iglesia renueva cada día una
lucha que no es otra cosa que la lucha
por el alma de este mundo. Si de hecho, por un lado, en él están presentes el Evangelio
y la evangelización, por el otro hay una poderosa anti-evangelización, que
dispone de medios y de programas, y se oponen con gran fuerza a la
evangelización. La lucha por el alma del mundo contemporáneo es enorme allí
donde el espíritu de este mundo parece
más poderoso.
En este sentido, la Carta
Encíclica <Redenptoris Missio> habla de los modernos areópagos, es decir
de nuevos púlpitos, estos areópagos son hoy el mundo de la ciencia, de la
cultura, de los medios de comunicación; son los ambientes en que se crean las élites intelectuales, los
ambientes de los escritores y de los artistas”
Menciona San Juan Pablo II los
modernos areópagos, en recuerdo de aquel Areópago ateniense donde en la
antigüedad se reunían el Tribunal Supremo que también fue denominado Areópago,
y ante el cual el Apóstol San Pablo dio su famoso discurso, recordado por San
Lucas, en su libro, <Hechos de los Apóstoles>:
"Pablo de pie, en medio del Areópago
dijo: / Atenienses, veo, que sois
extremadamente religiosos / Porque, paseando y contemplando
vuestros monumentos sagrados, encontré incluso un altar con esta inscripción:
“Al Dios desconocido”. Pues ese que veneráis sin conocerlo, os lo anuncio yo / El Dios que hizo el mundo y todo
lo que contiene, siendo como es Señor de
cielo y tierra no habita en templos construidos por manos humanas / ni los sirven manos humanas,
como si necesitara de alguien, el que a todos da la vida y el aliento, y todo / De uno solo creó el género
humano para que habitara la tierra entera, determinando fijamente los tiempos y
las fronteras de los lugares que habían de habitar / con el fin de que lo buscasen a
Él, a ver si, al menos a tientas, lo encontraban; aunque no estaba lejos de
ninguno de nosotros 7 pues en Él vivimos, nos movemos
y existimos; así lo han dicho incluso algunos de vuestros poetas: < Somos
extirpe suya> / Por tanto, si somos extirpe de
Dios, no debemos pensar que la divinidad, se parezca a imágenes de oro o de
plata o de piedra, esculpidas por la destreza y la fantasía de un hombre / Así pues, pasando por alto aquel
tiempo de ignorancia, Dios anuncia ahora en todas partes a todos los humanos
que se conviertan / Porque tiene señalado un día en
que juzgará el Universo con justicia; y ha dado a todos garantía de esto,
resucitándolo de entre los muertos"

"Al oír resurrección de entre
los muertos, unos lo tomaban a broma, otros dijeron: De esto te oiremos hablar
en otra ocasión / Así salió Pablo de en medio de
ellos / Algunos se le juntaron y creyeron,
de entre ellos Dionisio el Areopagita, una mujer llamada Damáris y algunos más
con ellos. (Hechos. San Lucas 17,16-34)" Vemos como los atenienses
escucharon con agrado al Apóstol, al principio, pues les hablaba del Dios
desconocido, que ellos también honraban pero cuando aseguró que este Dios había
señalado el día en el que el mundo sería juzgado con justicia, por medio de un
hombre predestinado por Él, para poner al alcance de todos la fe, por el hecho
de haberle Resucitado de entre los muertos, se volvieron contra él. No obstante,
relata también San Lucas, que algunos
paganos creyeron sus palabras y le siguieron.
Igual que entonces, en los
modernos areópagos, algunos hombres discuten y se enfrentan a la doctrina de la
Iglesia, pero la iglesia entera se encuentra siempre en estado de misión y como
también aseguraba el Papa San Juan Pablo II (Ibid): “Mientras pasan las generaciones
que se han alejado de Cristo y de la Iglesia, que han aceptado el modelo
laicista de pensar y de vivir, o las que ese modelo les ha sido impuesto, la
iglesia mira siempre hacia el futuro; sale, sin detenerse nunca, al encuentro
de las nuevas generaciones, y se muestra con toda claridad que éstas acogen con
entusiasmo lo que sus padres parecían rechazar”.
La pregunta que surge y que el
mismo Papa realiza al periodista a continuación es (Ibid): ¿Qué significa esto?
Y responde: “Significa que Cristo siempre
está al lado de su Iglesia, Él nos dice < Yo soy, no tengáis miedo>, como
les dijo a sus Apóstoles cuando caminaba sobre las aguas… Cristo es siempre joven y el
Espíritu Santo obra incesantemente… ¡Que elocuentes son las palabras de Cristo!
¡Mi Padre obra siempre y yo también obro! El Padre y el Hijo obran en el
Espíritu Santo, que es el Espíritu de la verdad, y la verdad no cesa de ser
fascinante para el hombre, especialmente para los corazones jóvenes…
La Iglesia a pesar de todas las
pérdidas que pueda sufrir, no cesa de mirar con esperanza hacia el futuro. Tal
esperanza es un signo de la fuerza de Cristo. Y la potencia del Espíritu
siempre se mide con el metro de estas Palabras Apostólicas: ¡Ay de mí si no
predicase el Evangelio! (I Cor 9,16)”
Esta expresión ¡Ay de mí si no
predicase el Evangelio! de San Pablo, se comprende que está relacionada con su humilde
renuncia a los derechos apostólicos, aún a sabiendas de que tiene derecho a
ellos, y ésa es su recompensa (I Cor 9,15), esto es, la que tiene ante el Señor
y nace del deber de anunciar su Evangelio. Por eso dice el Apóstol a los
Corintios (I Cor 9,16-18): <Nadie me quitará esta gloria>, y después
continúa diciendo (I Cor 9, 17-18): "Si yo lo hiciera por mi propio
gusto, eso mismo sería mi paga. Pero, si lo hago a pesar mío es que me han
encargado este oficio/

Entonces, ¿Cuál es la paga?
Precisamente dar a conocer el Evangelio, anunciándolo de balde, sin usar el
derecho que me da la predicación del Evangelio. Así mismo, refiriéndose al quinto Signo de
Jesús, podemos leer en el Catecismo de la Iglesia católica (C.I.C. nº 849): "La Iglesia, enviada por Dios a
las gentes para ser <Sacramento Universal de Salvación>, por exigencia
íntima de su misma catolicidad, obedeciendo al mandato de su Fundador, se
esfuerza por anunciar el Evangelio a todos los hombres: <Id, pues, y haced
discípulos a todas las gentes bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y
del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y
sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo>" (Mt
28,19-20).
Esto es lo que quiso mostrarnos
Jesús aquel día que andaba sobre las aguas en un mar revuelto por la tormenta;
Él no nos abandonará nunca, Él está siempre al lado de su Iglesia, hasta la
consumación de los siglos.
Jesús estuvo durante bastante
tiempo en Galilea, predicando y llevando a cabo milagros como el de la
multiplicación de los panes y los peces (4º Signo), o el de la marcha sobre las
aguas (5º Signo), evitando siempre a los judíos que le buscaban para matarlo,
pero tras la confesión de Pedro (Jn 6,67-69): <Señor ¿A quién iremos? Tú tienes
palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el santo de
Dios>, el Señor realizó un tercer viaje a la ciudad santa de Jerusalén.
Estaba ya cercana la fiesta de los judíos
denominada de los Tabernáculos, o fiesta de las Tiendas, durante la cual las gentes
habitaban en chozas de ramaje, para recordar y en cierta manera reproducir el
modo como habían vivido sus antepasados bajo tiendas, por espacio de cuarenta
años en el desierto.
Este viaje lo hizo Jesús de incógnito, porque la secta de
los fariseos y las autoridades del pueblo judío le buscaban sin cesar para
encarcelarlo, por todos los milagros que hasta ese momento Él había realizado y
especialmente por aquellos, como la curación del enfermo de la piscina, llevados
a cabo en sábado.
Cuando estaba ya la fiesta hacia la mitad, Jesús subió al
Templo de Jerusalén para enseñar a las
gentes que allí se encontraba, las cuales se maravillaban ante las cosas que
decía y se preguntaban (Jn 7,15): ¿Cómo éste sabe de letras, sin haberlas
aprendido? Pero Jesús respondía (Jn 7,16): <Mi doctrina no es mía, sino de
aquel que me envió>.

Más tarde, algunas sectas de los
judíos que no creían en sus palabras, se enfurecían más y más contra Él, y
querían averiguar su paradero con la idea fija de matarle. Jesús apareció de
nuevo ante las gentes y se enfrentó a ellos preguntándoles (Jn 7,20): < ¿Por
qué tratáis de matarme?>, y la turba respondía con doblez (Jn7, 20): <endemoniado
estás: ¿Quién trata de matarte?>. Qué gran hipocresía la de aquella
gente que tan mal juzgaba a Jesús por haber hecho milagros en sábado, por eso
Él les dijo (Jn 7,22-24): <Una obra hice, y todos os maravillasteis, por eso,
Moisés os dio la circuncisión, no porque provenga de Moisés, sino de los
Patriarcas, y en sábado circuncidáis a un hombre.Si la circuncisión recibe a
un hombre en sábado para que no pierda su vigor la ley de Moisés ¿os
encolerizáis conmigo porque en sábado sané totalmente a un hombre? No juzguéis
por apariencia, sino juzgad con rectitud>.
Ciertamente, como aseguraba el Papa Benedicto XVI en su libro
<Jesús de Nazaret. 1ª Parte>: “El núcleo de las disputas sobre
el sábado es la cuestión sobre el Hijo del hombre, la cuestión referente a
Jesucristo mismo. En efecto, ello se pone de manifiesto especialmente en el Evangelio
de San Juan (7, 30-36), cuando los fariseos y saduceos, trataban siempre de
apresarle, pero no lo conseguían, porque <aún no había llegado su hora>.
Se produjo durante este tiempo una gran división, incluso, entre los miembros
del Sanedrín, respecto a la figura y palabras de Jesús, e incluso sus jefes,
habían dado órdenes a los alguaciles para que lo apresaran de una vez por
todas, y sin embargo, éstos desoyeron sus mandatos, pues decían (Jn 7,46): <Jamás
hombre alguno, habló así como éste hombre>...”

En este punto, debemos recordar
la valiente intervención de Nicodemo, en defensa del Señor, al cual conocía por
haber mantenido una larga conversación con Él, en un pasado no muy lejano (Jn
7, 51), diciéndoles a los que querían apresarle para matarle: < ¿Por ventura
nuestra ley condena al reo si primero no oye su declaración y viene en
conocimiento de lo que hizo?>. A lo que los sacerdotes y fariseos
respondieron (Jn 7,52): ¿Acaso también tú eres Galileo? Investiga, y verás
que de Galilea no surge ningún profeta.
Después de esto, quizás
impresionados por la defensa de Nicodemo, rico fariseo, miembro del Sanedrín, dejaron
a Jesús tranquilo por un tiempo, y éste de nuevo se apartó, de sus Apóstoles,
subiendo al monte de los Olivos para orar; pero al amanecer volvió a bajar de
nuevo al Templo a enseñar y todo el pueblo, que estaba impresionado con sus
milagros, deseaba escucharle otra vez. En esta crítica situación, los fariseos
y escribas trataron de ponerle una trampa presentándole a una mujer hallada en flagrante
adulterio, situación que Jesús zanjó de
forma magistral poniéndoles de nuevo en ridículo ante la multitud. (Jn 8, 3-11):
"Los escribas y los fariseos le
traen a una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, / le dijeron: <Maestro, esta
mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. / La ley de Moisés nos manda
apedrear a las adúlteras; tú, ¿Qué dices?>. / Le preguntaban esto para comprometerlo
y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. / Como insistían en preguntarle,
se incorporó y les dijo, :<El que esté sin pecado, que le tire la primera
piedra>. / E inclinándose otra vez, siguió
escribiendo. / Ellos, al oírlo, se fueron
escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó sólo Jesús, con
la mujer en medio, que seguía allí delante. / Jesús se incorporó y le
preguntó:< Mujer, ¿Dónde están tus acusadores?; ¿Ninguno te ha
condenado?>. / Ella contestó: <Ninguno,
Señor>. / Jesús dijo:<Tampoco yo te
condeno. Anda, y en adelante no peques más>"
A partir de este momento Jesús pudo hablar
libremente a las gentes, durante un corto periodo de tiempo, declarándose: <Luz
del mundo>; dándoles cuenta de su <origen y destino>, y advirtiéndoles
que <la verdad libera al hombre> (Jn 8, 12-20, 31-47). A pesar de todas
las explicaciones de Jesús algunos judíos persistían en su incredulidad y le
acusaban de nuevo de estar poseído por el demonio por lo que Jesús tuvo que
enfrentarse a ellos con estas palabras (Jn 8, 49-51): Yo no tengo demonio sino que
honro a mi Padre y vosotros me deshonráis a mí / Yo no busco mi gloria; hay quien
la busca y juzga. / En verdad en verdad os digo:
Quién guarda mi palabra no verá la muerte para siempre>"
Finalmente, y tras una larga discusión sobre el Patriarca Abrahán,
en la que Jesús llegó a afirmar (Jn 8, 58) : < En verdad en verdad os digo:
Antes de que Abrahán existiera, Yo soy>, los judíos que le odiaban tomaron
piedras para tirárselas pero Jesús una vez más se escapó de ellos saliendo del
Templo; sin embargo al pasar por una zona, viendo a un hombre ciego de
nacimiento hizo un nuevo milagro–Signo, en concreto el sexto,( Jn 9,2-8):
"Y sus discípulos le preguntaron:
<Maestro, ¿Quién pecó: Éste o sus padres, para que naciera ciego / Jesús contestó: <Ni éste pecó
ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. / Mientras es de día tengo que
hacer las obras del que me ha enviado: Viene la noche y nadie podrá hacerlas. Mientras
estoy en el mundo, soy <la luz del mundo>. / Dicho esto, escupió en la tierra
hizo barro con la saliva, y se lo untó en los ojos al ciego, / y le dijo: <Ve a lavarte a la
piscina de Siloé (que significa Enviado)>. El fue, se lavó, y volvió con
vista. / Y los vecinos y los que antes
solían verlo pedir limosna preguntaban:< ¿No es ese el que se sentaba a pedir?"
Es este uno de los pasajes de los
Evangelios que la iglesia suelen utilizar durante las liturgias de los domingos
de Cuaresma. Tanto el Papa San Juan Pablo II como Benedicto XVI comentaron los
hechos relatados por el Apóstol sobre la curación de un ciego por el Señor, en sábado. Concretamente, Benedicto
XVI lo analizaba, según su costumbre,
desde el punto de vista teológico: “Los discípulos, según la
mentalidad común de aquel tiempo, dan por descontado que la ceguera de aquel
hombre era consecuencia de un pecado suyo o de sus padres. Jesús, por el
contrario, rechaza este prejuicio y afirma: <Ni éste pecó ni sus padres; es
para que se manifiesten en él las obras de Dios (Jn 9, 3). ¡Qué consuelo nos
proporcionan éstas palabras!
Nos hacen escuchar la voz viva de Dios, que es
Amor, Amor providencial y sabio. Ante el hombre marcado por su limitación y por
el sufrimiento, Jesús no piensa en posibles culpas, sino en la voluntad de Dios
que ha creado al hombre para la vida. Y por eso declara solemnemente: <Tengo
que hacer las obras del que me ha enviado, mientras es de día; viene la noche
en que nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, luz soy del mundo>
(Jn 9, 4-5)”
En efecto, los discípulos dan por
supuesto, según las costumbres de la época que el origen de la ceguera de aquel
hombre provenía de su pecado personal o del de sus padres, por eso, Jesús
quiere sacarles del error en seguida, aunque como también decía, el Papa San
Juan Pablo II:
“El ciego de nacimiento
representa simbólicamente al hombre marcado por el pecado que desea conocer la
verdad por sí mismo y sobre su destino… Sólo Jesús puede curarlo: Él es la luz
del mundo. Al confiar en Él, todo ser humano espiritualmente ciego de
nacimiento tiene posibilidad de volver a la luz, es decir de nacer a la vida
sobrenatural” (Ángelus. Domingo 10 de marzo de 2002)
Conviene tener en cuenta, que la
piscina de Siloé, la cual recogía el agua que fluía desde la fuente de Gibón,
era un lugar emblemático de Jerusalén, y que de allí partía la procesión de la
importante <fiesta de las Tiendas>; quizás por eso Jesús lo toma como lugar muy
apropiado para realizar su sexto Signo, pasando
inmediatamente a la acción, tras
su larga discusión con los fariseos y escribas.
Como nos recordaba el Papa
Benedicto XVI (Ibid): “Con un poco de tierra y de
saliva hace barro y los unta en los ojos del ciego. Este gesto alude a la
creación del hombre, que la Biblia narra con el símbolo de la tierra modelada y
animada por el soplo de Dios (Gn 2,7).De hecho Adán significa suelo, y el
cuerpo humano está efectivamente compuesto por elementos de la tierra. Al curar
al hombre, Jesús realiza una nueva creación. Pero esa curación suscita una
encendida discusión, porque Jesús la realiza en sábado, violando, según los
fariseos, el precepto festivo. Así, al final del relato Jesús y el ciego son
expulsados por los fariseos: Uno por haber violado la ley; el otro porque a
pesar de la curación, sigue siendo considerado pecador de nacimiento”
Los mismos vecinos que habían visto mendigar desde
su niñez a este hombre ciego de nacimiento estaban asombrados del milagro
realizado por Jesús aunque algunos sin embargo dudaban de que aquel hombre
fuera el mismo que ellos a diario veían y conocían (Jn 9,8-9):
"Con esto los vecinos y los que antes
le veían mendigar decían:< ¿No es este acaso el que estaba sentado y
mendigaba?> Unos decían: Este es. / Otros decían:< No, sino que
es uno que se le parece>. Él decía: Soy Yo"
La incredulidad de los hombres
ante un hecho milagroso la mayor parte de las veces, es invencible, por falta
de fe, aún en un caso como era este, en el que el propio Mesías es el que lo realiza.
Todavía existen los
milagros, todos los días Dios hace milagros a través de sus criaturas, aunque
muchas veces estas se niegan a aceptar que el Señor está siempre del lado de
los hombres y acude en su ayuda cuando lo solicitan con verdadera fe.
Aquellas
gentes también eran incrédulas, a pesar de contemplarlos de forma directa, preguntándole
al ciego de nacimiento: < ¿Cómo, pues, te fueron abiertos los ojos?> (Jn
9,10) a lo que él respondía: "<Aquel hombre que se llama Jesús hizo lodo, y
me ungió los ojos y me dijo, ve a Siloé
y lávate; con que fui, y habiéndome lavado recobré la vista>". Sin
embargo los fariseos y publicanos no se daban por vencidos y le volvían a
preguntar: "< ¿Dónde está Él?> y el hombre decía: < No lo sé>" (Jn
9,12).
Como era sábado los fariseos no
se quedaban satisfechos porque según ellos realizar en ese día un milagro
suponía violar el descanso de la ley mosaica, por eso gritaban:< Este hombre
no viene de Dios, pues no guarda el sábado> (Jn 9,14). Pero otros miembros
de dicha secta más sensatos decían:< ¿Cómo puede ser un hombre pecador si
obra semejantes señales?> (Jn 9,14), produciéndose así un enfrentamiento
entre ambos bandos.
Es interesante comprobar, al
referir este pasaje del Evangelio de San Juan, como los judíos atacaban la
verdad del milagro mediante absurdos argumentos como por ejemplo negando la realidad del hecho, su carácter
sobrenatural y sobre todo su carácter de Señal divina. Por otra parte, la
actitud ofensiva de algunos fariseos conllevaba también varios cambios de
tácticas, con la pretensión de acosar con sus preguntas al que había sido un
hombre ciego de nacimiento, y que había experimentado la curación.
Le interrogaban una y otra vez sobre su
curación y sobre todo sobre la persona que había realizado el milagro es decir
sobre Jesús: < ¿Y tú, qué opinas de Él, de ese que te abrió los ojos?>
(Jn 9,17) y el hombre respondía: <Que es un Profeta> (Jn 9,17). Todavía
éstos hombres incrédulos hasta lo absurdo llamaron a su presencia a los padres
del ciego para tratar así mismo de engañarlos y aturdirlos con sus preguntas,
pero ellos, como no podía ser de otro modo, decían: <Sabemos que éste es
nuestro hijo y que nació ciego; como ahora ve no lo sabemos quién abrió sus
ojos nosotros no lo sabemos; preguntadle a él, edad tiene; él dirá lo que sepa
(Jn 9,20-21). Los padres dijeron esto, según San Juan Evangelista, porque
temían a los escribas y fariseos (Jn 9,22), ya que se habían concertado para
que si alguno lo reconociera por Mesías fuese expulsado de la Sinagoga.

Como aseguraba el Papa San Juan
Pablo II (Ibid): “Para quién encuentra a Jesús, no
hay términos medios: O reconoce que lo necesita a Él y su luz, o elige prescindir
de Él. En este último caso, tanto a quién se considera justo ante Dios como a
quién se considera ateo, la misma presunción les impide abrirse a la conversión
auténtica” Precisamente ésta es la actitud
de los fariseos y publicanos ante el portentoso milagro realizado por Jesús,
frente a la actitud del ciego que ha elegido el camino de la luz y por ello se
extraña, sobre manera, este hombre agradecido, de la actitud de los que no
cesan de interrogarle con malas artes sobre los hechos reales acaecidos, lo que
le lleva a exclamar:
"<Esto es
precisamente lo extraño que vosotros no sabéis de donde es, y, no obstante, me
abrió los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino que, si uno
honra a Dios y cumple su voluntad, a éste escucha. Nunca jamás se oyó decir que
uno abriese los ojos de un ciego de nacimiento. Si este no viniera de Dios, no
pudiera hacer nada>" (Jn 9,30-33).
La respuesta del antiguo ciego de
nacimiento es clara y está cargada de una cierta ironía frente aquellos hombres
déspotas y testarudos. Hay hombres así, también hoy en día, que por sistema
niegan los milagros, y que dirían en este caso concreto que aquel hombre no era
el ciego sino otro que lo estaba suplantando…
Y es que no hay peor ciego que el
que no quiere ver, pero la excelente respuesta del ciego echa por tierra la
malicia de los que le acosan a preguntas, los cuales aburridos ya de no
conseguir sus propósitos, sencillamente lo echaron fuera de la Sinagoga. Al
enterarse Jesús de que había sido expulsado de la Sinagoga y habiéndose
encontrado con él le dijo: < ¿Tú crees en el hijo de Dios?> (Jn 9,35), a
lo que el hombre contestó:< ¿Y quién es, Señor, para que crea en Él? dando
pie a Jesús para que revele definitivamente su identidad con estas palabras: <
Le has visto, y el que habla contigo, Él es> (Jn 9,37).
Estas palabras del Señor
representan el colofón final para éste sexto Signo por Él realizado. En efecto,
tal como dice el Papa Benedicto XVI (Ibid): “Al ciego curado, Jesús le revela que ha venido al mundo para realizar
un juicio, para separar a los ciegos curables de aquellos que no se dejan
curar, porque presumen de sanos. Así es, en el hombre es fuerte la tentación de
construir un sistema de seguridad ideológico: Incluso la religión puede
convertirse en un elemento de este sistema, como el ateísmo o el laicismo, pero
de éste modo uno queda cegado por su propio egoísmo”
Recordemos a tal efecto las
palabras del Señor (Jn 9,40-42): "Para juicio vine yo a este
mundo: Para los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos. / Oyeron esto algunos de los
fariseos que estaban con Él y le dijeron: ¿Es que también nosotros somos ciegos? / Dijo Jesús: Si fuerais ciegos,
no tuvierais pecado; más ahora decís: Vemos; vuestro pecado subsiste"
Las palabras del Señor nos llevan
a proclamar con el Papa San Juan Pablo II (Ibid): Nadie debe cerrar su corazón a
Cristo. Quién se acoge a Él, verá la luz de la fe, una luz capaz de transformar
los corazones y, por consiguiente, las mentalidades y las situaciones sociales,
políticas y económicas dominadas por el pecado. <Creo Señor> (Jn 9,38).
Cada uno de nosotros, como el ciego de nacimiento debe estar dispuesto a
profesar humildemente su adhesión a Él”.