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viernes, 2 de octubre de 2015

LA FAMILIA Y SU PAPEL FUNDAMENTAL EN LA EVANGELIZACION DE SUS COMPONENTES



 
 
 
 
Las primeras palabras evangelizadoras de Jesús fueron aquellas que siendo niño de doce años pronunció en el Templo de Jerusalén. Según narra el evangelista san Lucas la familia de Jesús, cuando cumplió todos los mandatos de la Ley, regresó a Galilea, pero sus componentes tenían por costumbre subir a Jerusalén todos los años por la fiesta de la Pascua, al igual que otros muchos judíos.


Sucedió que en esta ocasión el niño Jesús se quedó rezagado en Jerusalén, pasados los días festivos, sin que sus padres se dieran cuenta, pues ellos pensaban que iba con sus parientes en la caravana... (Lc 2, 45-47):
"Y al no encontrarlo (José y María), volvieron a Jerusalén  en su busca / Y al cabo de tres días lo encontraron en el Templo, sentado en medio de los doctores, escuchándoles y preguntándoles / Cuantos le oían quedaban admirados de su sabiduría y de sus respuestas"


San José y la Virgen María le reprocharon a Jesús el susto que les había dado, pero Él les hizo ver que debía ante todo atender a las cosas de su Padre. De esta forma Jesús desde este mismo momento manifiesta claramente su Filiación divina. Desea que ellos comprendan que debe dar ejemplo evangelizador, pues para eso lo ha enviado Aquel de quien es Hijo Eterno.

 
 
 
Sin embargo, Jesús regresó junto a José y María, su familia de la tierra (Et descendit cum eis et erat subditus illis); de esta forma se puso en evidencia que la familia de Nazaret,  era la primera y principal familia creyente  y evangelizadora. 


Años después de su vida oculta en Nazaret, Jesús les encomendó  a sus Apóstoles la hermosa tarea de evangelizar a las gentes con estas palabras (Mt 28, 18-20): "Se me ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra / Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo / y enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado.
Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo"

Es el mandato universal de Cristo a sus Apóstoles, y por extensión a todos los hombres. Con estas palabras, por tanto, Jesús descubría la misión evangelizadora de toda su Iglesia, y en particular de la <Iglesia doméstica>, esto es, la familia, centro neurálgico  esencial de toda sociedad.

Ante los usos modernos en los que nos movemos en la actualidad, donde muchas familias han sufrido los avatares del modernismo, el anticlericalismo y del paganismo en general, es necesaria una estrecha colaboración  de ésta célula de la sociedad con las parroquias y demás formas de comunidades eclesiales, para cumplir mejor la tarea fundamental de la evangelización, o trasmisión de la fe de Cristo. 
Por eso, el Papa San Juan Pablo II se expresaba en su día con esperanza y optimismo alentando a las familias con estas palabras:

 
 
 
“El Sacramento del matrimonio que plantea con nueva fuerza el deber, arraigado en el Bautismo y en la Confirmación, de difundir y defender la fe, constituye a los cónyuges y padres cristianos en testigos de Cristo: <Hasta los últimos confines de la tierra, como verdaderos y propios misioneros> del amor y de la vida” (<Familiaris Consortio> Exhortación Apostólica. 1981).

Por su parte, el Papa Benedicto XVI hacia lo propio unos años después (El amor se aprende. Las etapas de la familia; Ed. Romana  S.L. 2012):

“La familia es el ámbito privilegiado donde cada persona aprende a dar y recibir amor. Por eso la Iglesia manifiesta constantemente su solicitud pastoral por este espacio fundamental para la persona humana.

Así lo enseña en su Magisterio: <Dios es amor y creó al hombre por amor, le ha llamado a amar. Creando al hombre y a la mujer, les ha llamado en matrimonio a  una íntima comunión de vida y amor entre ellos, de manera que ya no son dos sino una sola carne> (Mt 19,6).
Junto con la transmisión de la fe y del amor al Señor, una de las tareas más grande de la familia es la de formar personas libres y responsables, por ello los padres han de ir devolviendo a sus hijos, la libertad, de la cual, durante algún tiempo son tutores”

 
 
 
 
Precisamente, en el Evangelio de San Mateo se nos muestra claramente la forma de pensar de Jesús sobre el matrimonio  (Mt 19, 3-6): “Se acercaron entonces a él  unos fariseos y le preguntaron para tentarlo: ¿Le es licito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo?/Él respondió: ¿No habéis leído que al principio el Creador los hizo hombre y mujer/y que dijo: Por eso dejará  el hombre a su padre y a su madre y se unirá a una mujer, y serán los dos una sola carne?/De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”

Y esto es así, porque una de las tareas prioritarias del hombre y la mujer que forman ya, por el Sacramento, una sola carne, es la evangelización de los hijos, tarea sin duda ardua en los tiempos que corren; por eso, transmitirla con la ayuda de otras personas o instituciones eclesiales, como las parroquias, como las escuelas, o cualquier otro tipo de asociación  con fundamentos cristianos, es una responsabilidad compartida que puede ayudar mucho a los padres, aunque estos, nunca deberán obviar su propia responsabilidad, ni descuidarla o delegarla totalmente, pues faltarían al mandato divino.


 
 
Así, la familia adquiere una actividad evangelizadora en su propio seno, ayudando a los hijos a conocer y guardar el Mensaje de Jesús, para que de esta forma, puedan llegar a ser personas libres y responsables, que se encaminan hacia la plena adhesión a Cristo Salvador. En efecto, como así mismo, manifestaba San Juan Pablo II en su Exhortación Apostólica <Familiaris Consortio>:

“La familia cristiana, hoy sobre todo tiene una especial vocación a ser testigo de la Alianza Pascual de Cristo, mediante la constante irradiación de la alegría del amor, y de la certeza de la esperanza, de la que debe dar razón: <La familia cristiana proclama en voz alta tanto las presentes virtudes del reino de Dios cómo la esperanza de la vida bienaventurada> (Concilio Ecuménico Vaticano II Lumem Gentum, 35).

La absoluta necesidad de la catequesis familiar surge, con singular fuerza, en determinadas situaciones, que la Iglesia constata, por desgracia, en diversos lugares: <En lugares donde una legislación anti religiosa pretende incluso impedir la educación en la fe, o donde ha cundido la incredulidad o ha penetrado el secularismo hasta el punto de resultar prácticamente imposible una verdadera creencia religiosa>, la Iglesia doméstica, es decir la familia, es el único ámbito donde los niños y jóvenes pueden recibir una auténtica catequesis”

 
 
 
Ciertamente estas palabras del Papa San Juan Pablo II, durante la solemnidad de Jesucristo, (Rey del universo), del año 1981, constituían una llamada de atención a las familias respecto al riesgo que corrían los jóvenes y niños, a los cuales se les negara la posibilidad de conocer a Cristo y su Mensaje.

Han pasado algunos años de aquellas advertencias y hoy en día nos encontramos en medio de una situación gravemente peligrosa, cómo consecuencia del comportamiento anomalo, del que hacen gala algunos sectores de la socidad...

Muhas veces, los psicólogos en nuestros días, se apresuran a dar explicaciones a los padres sobre las causas de ciertos comportamientos anti sociales de sus hijos, aunque muchos de éstos especialistas, tampoco tengan claro el significado del amor de Dios hacia los hombres.

A la vista de la situación creada sería interesante analizar este fenómeno desde la realidad de los hechos, pero al mismo tiempo llevados del amor a estos seres inocentes que se pueden transformar en un futuro  no muy lejano, en un peligro para así mismo y para el resto de la sociedad...

Desde un punto de vista global, según los especialistas del tema, se pueden apreciar dos tipos de comportamiento anti sociales en los hijos; uno que podría llamarse precoz y otro que se podría calificar de tardío.
 
 
 
El primero, como su nombre indica, surge a muy temprana edad en los niños, y las causas suelen ser muchas y variadas: desarraigo familiar, dejadez en la preparación escolar y un largo etc... Pero por encima de todo esto, se suele apreciar un alejamiento evidente  de Dios y de sus mandamientos por parte de sus progenitores...


Este último concepto es el menos considerado hoy en día tanto por parte de muchos padres, cómo por supuesto de los psicólogos, consecuencia de un ambiente laical y anti cristiano, aún entre los mismos que se llaman cristianos...

El otro tipo de comportamiento anti social, que se suele calificar de tardío, aparecería en edades más avanzadas como consecuencia del período de la vida que se denomina pubertad o adolescencia, pero que con el tiempo se ha prolongado a edades más avanzadas dada la situación caótica de la sociedad.

El joven durante este período largo de su vida se encuentra con un descubrimiento del mundo, que le asusta en ocasiones, y que le provoca cierta violencia y rechazo a todo lo que procede de sus mayores, en  <alas a proteger>  su libertad y una auto realización mal entendida. También en este caso juega un papel importante el acercamiento a Cristo y su Mensaje.
 
 
 
 
Si no se corrigen a tiempo, indeseables comportamientos, estos jóvenes el día de mañana estarán inevitablemente abocados a peligros cómo la tiranía de la droga, el mal uso del sexo, la violencia doméstica y por supuesto el desarraigo familiar, siendo ya muy difícil su recuperación, aunque nunca imposible, porque el Señor nunca abandona a sus criaturas y el Espíritu Santo siempre actúa a favor de los hombres…
 
 
 
 
 
 
El problema viene de lejos, aunque se ha agudizado en los últimos siglos, el Papa San Pío X en su Carta Encíclica <Supremi Apostolatum> ya advertía de la situación azarosa en la que se encontraba la sociedad de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, donde las ideas del modernismo y el jansenismo habían alcanzado cotas increíbles:


“Nadie en su sano juicio puede dudar de cuál es la batalla que está librando la humanidad contra Dios. Se permite ciertamente al hombre, en abuso de su libertad, violar el derecho y el poder del Creador; sin embargo, la victoria siempre está de la parte de Dios, incluso tanto más inminente es la derrota, cuanto con mayor osadía se alza el hombre esperando el triunfo.

Estas advertencias nos las hace el mismo Dios en las Santas Escrituras. Pasa por alto en efecto, los pecados de los hombres, cómo olvidado de su poder y majestad: Pero luego, tras simulada indiferencia, irritado…, derrotará a sus enemigos para que todos reconozcan que el rey de toda la tierra es Dios y sepan las gentes que no son más que hombres...”
 
 
 
 
A pesar de éstas palabras del Papa San Pío X, lanzadas al mundo a principios del siglo XX, concretamente del 4 de octubre de 1903, primer año de su Pontificado, la sociedad ha seguido evolucionando hacia derroteros cada vez más desligados del santo temor de Dios;  esta situación sin duda, es causa del comportamiento  de muchos niños, adolescentes y jóvenes en general, que luego convertidos en hombres y mujeres faltos de la doctrina de Cristo, más tarde o más temprano, se pueden ver abocados a la destrucción de sus propias vidas y contribuir al deterioro de la sociedad
 
 
 
 
 
 
Es deseable, por tanto, que la familia se convierta en evangelizadora de sus propios componentes, para que el éxito responda a las aspiraciones de toda persona de buena voluntad. Así lo expresaba en su día el Papa Pío X (Ibid):


“Es preciso intentar por todos los medios y con todo esfuerzo arrancar de raíz ese crimen cruel y detestable, característico de esta época: El afán que el hombre tiene por colocarse en el lugar de Dios; habrá que devolver su antigua dignidad a los preceptos y consejos evangélicos; habrá que proclamar con firmeza las verdades transmitidas por la Iglesia de Cristo, toda su doctrina sobre la santidad del matrimonio, la educación de los niños, la propiedad de bienes y su uso…
En fin, deberá restablecerse el equilibrio entre los distintos órdenes sociales, la ley y las costumbres cristianas...”

La pregunta que surge a continuación, ante este planteamiento del problema por parte del Pontífice Pío X es: ¿Se han logrado todos estos deseos? Hay que ser siempre optimistas y por eso diremos que en parte sí, pero también hay que ser realistas y por eso tenemos que decir también que en cierta medida  no.
Desgraciadamente en la vida del hombre del siglo XXI, Cristo todavía no está en el <Centro de todo>; sería necesario que la enseñanza de la religión cristiana entrara realmente a formar parte de la educación del hombre a tempranas edades, si deseamos que no se desarrollen comportamientos anti sociales en los hijos, con las graves consecuencias que esto comporta para la salvación de sus almas y para el beneficio global de los que les aman y aún de la totalidad de la sociedad en la que se deben insertar.
 
 
 
 
Otra pregunta que surge de este razonamiento es: ¿Quiénes deben encargarse de esta tarea, en principio ingente, pero siempre motivada por conseguir que los hombres vuelvan a Dios? Según el Papa San Pío X, es tarea primordial de la Iglesia el instaurar todas las cosas en Cristo (Ibid):


“Así, pues, es ahí a donde conviene dirigir nuestros cuidados para someter al género humano al poder de Cristo: con Él al frente pronto volverá la humanidad al mismo Dios. A un Dios que no es aquel despiadado, despectivo para los humanos que han imaginado en su delirio los materialistas, sino al Dios vivo y verdadero, uno en naturaleza, trino en personas, Creador del mundo, que todo lo prevé con suma sabiduría, y también legislador justísimo que castiga a los pecadores y tiene dispuesto el premio a los virtuosos...”
 
 
 
 
 
En este sentido, la familia cristiana es llamada <Iglesia doméstica> porque manifiesta y realiza la naturaleza comunitaria y familiar de la Iglesia en cuánto familia de Dios. Como aseguraba el Papa Benedicto XVI, un Pontífice verdaderamente preocupado y conocedor de la problemática familiar de los últimos siglos:


“El lenguaje de la fe se aprende en los hogares donde la fe crece y se fortalece a través de la oración y de la práctica cristiana. En la lectura del Deuteronomio podemos leer la oración repetida constantemente por el pueblo elegido, la <Shemá Israel> que Jesús escucharía y repetiría en su hogar de Nazaret. Él mismo la recordaría en su vida pública como nos refiere el Evangelio de San Marcos...Esta es la fe de la Iglesia que viene del amor de Dios, por medio de las familias. Vivir la integridad de esta fe, en su maravillosa novedad es un gran regalo"

 
 
 
 
Son palabras del Papa Benedicto XVI durante un discurso llevado a cabo en el viaje apostólico a Valencia con motivo del V Encuentro Mundial de las familias (8 de julio de 2006), que recordaba aquel hermoso pasaje de la vida del Señor, contado por el evangelista San Marcos en el que nos habla sobre los mandamientos de la Ley de Dios (Mc 12,29-31):


"El primero es: Escucha, Israel; el Señor Dios nuestro es el único Señor / y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente  con todas tus fuerzas / El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otros mandamientos mayores que éstos" 

 
Sí, y en aras de este amor debemos recordar las palabras de Jesús a sus Apóstoles:

<Dejad que los niños vengan a mí… de ellos es el reino de los cielos> (Mc 18,16; Mc 19,14; Mc 10,14).

 
 
Por eso  decía el Papa San Juan Pablo II en su Exhortación Apostólica (Ibid): “Ningún país del mundo, ningún sistema político puede pensar en el propio futuro, sino es a través de la imagen de estas nuevas generaciones que tomarán de sus padres el múltiple patrimonio de los valores, de los deberes y de las aspiraciones de la nación a las que pertenecen, y junto con él de toda la familia humana.

La solicitud por el niño, incluso antes de su nacimiento, desde el primer momento de su concepción y, a continuación, en los años de la infancia y de la juventud es la verificación primaria y fundamental de la relación del hombre con el hombre”

 
 
 
De aquí la importancia del papel evangelizador de la familia en su propio seno, pues los padres deben comunicar a los hijos el Evangelio y a su vez ellos mismos pueden recibir éste de su prole, cerrando así un ciclo de auto evangelización que redundará en beneficio de la familia y de la sociedad a la que pertenecen.

Esta evangelización interna realizada para la familia y por la familia es excepcionalmente necesaria. De esta forma cuando en una familia se produce esta beneficiosa simbiosis entre los padres y sus hijos los resultados son siempre espectaculares, ejemplos tenemos muy importantes a lo largo de la historia, en la vida y obra de tantos hombres y mujeres santos, que en su ambiente familiar tuvieron la suerte de recibir la palabra de Cristo a tempranas edades.

Por otra parte, llevada por su espíritu misionero, la familia está llamada no sólo a ser el norte y guía de sus propios componentes mediante una constante auto evangelización, sino a irradiar su ejemplo de amor y fe, al resto de la sociedad y en particular a aquellas personas que se pueden encontrar temporalmente o permanentemente alejadas de Cristo y de su Mensaje.

 
 
 
Como sigue diciendo el Papa San Juan Pablo II en la Exhortación Apostólica <Familiaris Consortio>: “Animado por su espíritu misionero en su propio interior, la Iglesia doméstica (la familia) está llamada a ser un signo luminoso de la presencia de Cristo y de su amor incluso para los <alejados>, para las familias que no creen todavía y para las familias cristianas que no viven coherentemente la fe recibida. Está llamada con su ejemplo y testimonio a iluminar a los que buscan la verdad...”

El hecho de que Cristo elevara a la categoría de Sacramento el matrimonio entre los bautizados (Al asistir junto a su Madre y sus apóstoles a las bodas de Caná), dotó a los cónyuges cristianos de una misión evangelizadora muy especial siendo enviados ellos también a la <Viña del Señor> a trabajar, en particular dentro de la Iglesia doméstica (Juan Pablo II, Ibid):

“En esta actividad ellos actúan en comunión y colaboración con los restantes miembros de la Iglesia, que también trabajan a favor de la familia, poniendo a disposición sus dones y ministerios.

Éste apostolado se desarrollará sobre todo dentro de la propia familia, con el testimonio de la vida vivida conforme a la ley divina en todos sus aspectos, con la formación cristiana de los hijos, con la ayuda dada para su maduración en la fe, con la educación en la castidad, con la preparación a la vida, con la vigilancia para preservarles de los peligros ideológicos y morales por los que a menudo se ven amenazados, con su gradual y responsable inserción en la comunidad eclesial y civil, con la asistencia y el consejo en la elección de la vocación, con la mutua ayuda entre los miembros de la familia para el común crecimiento humano y cristiano, etc.
 
 
 
 
El apostolado de la familia se irradiará con obras de caridad espiritual y material hacia las demás familias, especialmente a las más necesitadas de ayuda y de apoyo, a los abandonados, las madres solteras, los ancianos, los minusválidos, los huérfanos, las viudas, los cónyuges abandonados, las madres solteras y aquellas que en situaciones difíciles sienten la tentación de deshacerse del fruto de su seno”


Se evidencia, por sus palabras, que éste Santo Pontífice vivió de cerca la problemática del matrimonio y la familia, durante el período de tiempo en el que le tocó vivir. Él, que demasiado pronto había perdido poco a poco a todos los miembros de su propia familia, acogió como familia a todo ser humano que le necesitara procurando ayudarle a sobre llevar su carga, y nos dejó a toda  la humanidad, su ejemplo y sus enseñanzas, que como en esta Exhortación, nos señala el camino a seguir a favor de la Iglesia doméstica, para que sea capaz de llevar a mejor término la tarea  auto evangelizadora que Jesús le ha encomendado.

 
 
 
 
No cave duda que Benedicto XVI , el Pontífice que sucedió en la silla de  San Pedro a Juan Pablo II, también ha sido un Pontífice sumamente motivado, por esta misión evangelizadora de la familia, dentro de la propia comunidad cristiana y que está enraizada en el significado que el Sacramento del matrimonio tiene en el Plan de Dios.

Sí, porque como manifestaba el Papa Benedicto XVI cuando aún era Cardenal (Un canto nuevo para el Señor. La fe en Jesucristo y la liturgia hoy. Joseph Ratzinger. Ed. Sígueme. Salamanca 2011):

“El ansia fanática de vivir  que encontramos hoy en todos los continentes ha originado una anti cultura de la muerte que se va convirtiendo en la fisonomía de nuestro tiempo: el desenfreno sexual, la droga, y el tráfico de armas se han convertido en una trinidad profana cuya red mortal se extiende por los continentes.

El aborto, el suicidio y la violencia colectiva son las maneras concretas en que opera el sindicato de la muerte. Al mismo tiempo, el sida ha pasado ser el retrato de la enfermedad íntima de nuestra cultura.
Ya no hay factores de inmunidad psíquica. La inteligencia positivista no ofrece al aparato mental fuerzas de inmunidad éticas; esa inteligencia viene a ser la disgregación del sistema psíquico e inmune y, en consecuencia el abandono sin resistencia a las promesas falaces de la muerte que se presentan con la máscara de más vida.

La investigación médica busca, movilizando todas sus posibilidades, la sustancias inyectables en contra de la disolución de las fuerzas de inmunización corporal; y es su deber, a pesar de ello, sólo desplazará el campo de las destrucciones, sin detener la campaña triunfal de la anti cultura de la muerte, si no reconocemos que la debilidad inmunológica del cuerpo es un grito del ser humano maltratado, una imagen que expresa la verdadera enfermedad: la indefensión de las almas que declara nulos los verdaderos valores: Dios y el alma…

 
 
En este punto es preciso descubrir de nuevo el realismo del ideal cristiano, encontrar a Jesucristo hoy, comprender a una luz nueva el significado de sus palabras: <Yo soy el camino la verdad y la vida…>. O también aquella otra frase de Cristo el último día de la fiesta solemne judía denominada de las <chozas> (Jn 7,38): <Quién tenga sed venga a Mí y beba>”.

A este respecto sigue diciendo el Papa Benedicto XVI (Ibid):
“Esta fiesta recuerda la sed que padeció Israel en el desierto ardiente y sin agua, que aparece como un reino de la muerte sin salida posible. Pero Cristo se anuncia como la roca de la que emana la fuente inagotable de agua fresca: En la muerte llega a ser fuente de vida. El que tenga sed, venga. ¿No se nos ha convertido el mundo con todo su saber y poder, en un desierto donde no podemos encontrar ya la fuente viva?
 
 
 
 
El que tenga sed venga: Jesús sigue siendo hoy la fuente inagotable de agua viva. Nos basta con llegar y beber para que la frase siguiente valga también para nosotros: <Si alguien cree en Mí, de su entraña manará río de agua viva (Jn 7,38)>.


La vida, la verdadera, no se puede simplemente <tomar>, simplemente recibir. Nos introduce en su dinámica del dar: en la dinámica de Cristo, que es la vida. Beber el agua viva significa aceptar el misterio salvador del Agua y la Sangre.

Es la anti tesis radical a esa ansia que empuja hacia las drogas. Es aceptar el amor, y es acceder a la verdad. Y eso es precisamente la vida”.

 
 
 
Precisamente este mismo hombre cuando ya era Pontífice, durante la celebración de la apertura de la Asamblea Eclesial de la Diócesis de Roma sobre la familia y comunidad cristiana el 6 de junio de 2005, siguiendo el ejemplo del Papa San Juan Pablo II  y recordando su  Exhortación Apostólica <Familiaris Consortio>, hablaba sobre el fundamento antropológico de la familia y del matrimonio, y la familia en la historia de la salvación (El amor se aprende Ed. Romana S.L. 2012):

“El matrimonio y la familia no son en realidad una construcción sociológica casual, fruto de situaciones históricas y económicas particulares. Al contrario, la cuestión de la correcta relación entre el hombre y la mujer hunde sus raíces en la esencia más profunda del ser humano y sólo a partir de ella puede encontrar su respuesta…

El matrimonio como institución no es una injerencia indebida de la sociedad o de la autoridad, una forma impuesta desde fuera en la realidad más privada de la vida, sino una exigencia intrínseca del pacto del amor conyugal y de la profundidad de la persona humana.

 
 
 
En cambio las diversas formas actuales de disolución del matrimonio, como las uniones libres y el matrimonio a prueba... son expresiones de una libertad anárquica que se quiere presentar erróneamente cómo verdadera liberación del hombre.


La pseudo-libertad se funda en una trivialización del hombre. Se basa en el supuesto de que el hombre puede hacer de sí mismo lo que quiera: Así su cuerpo se convierte en algo secundario, algo que se puede manipular desde el punto de vista humano, algo que se puede utilizar como se quiera.
El libertarismo, que se quiere hacer pasar como descubrimiento del cuerpo y de su valor, es en realidad un dualismo que hace despreciable el cuerpo, situándolo, por decirlo así, fuera del auténtico ser y de la auténtica dignidad de la persona”
 

Todas estas cosas que menciona el Papa y que son verdaderos cánceres para el Sacramento del matrimonio y por tanto para la familia, son consecuencia de la llamada <cultura de la muerte>. Más aún, ha llevado a la proliferación de los malos tratos entre los cónyuges e incluso a crímenes terribles, en aquellos casos en que las personas desequilibradas o no, se han querido tomar la <justicia por su mano>, asesinando cruelmente al esposo o más frecuentemente a la esposa u otros miembros de la familia.
 
 
 
 
 
Por eso, también, para el Papa Benedicto XVI, la familia ha sido una de sus preocupaciones prioritarias como demuestran sus siguientes palabras (Ibid): “La verdad del matrimonio y la familia, que hunde sus raíces en la verdad del hombre se ha hecho realidad en la historia de la salvación, en cuyo centro está la frase: <Dios ama a su pueblo>. El valor del Sacramento que el matrimonio asume en Cristo  significa, por tanto, que el don de la creación fue elevado  a gracia de la Redención.


La gracia de Cristo no se añade desde fuera a la naturaleza del hombre, no la hace violencia, sino que la libera y la restaura, precisamente al elevarla al más allá de sus propios límites. Y del mismo modo que la Encarnación del Hijo de Dios revela su verdadero significado en la Cruz, así el amor humano auténtico es donación de sí y no puede existir si quiere liberarse de la Cruz”

 
 
 
 
"Todos los pueblos necesitan de la referencia a Dios, la <religión>, utilizada en un sentido amplio, atribuida a cualquier tipo de creencia religiosa, no puede ser sustitutivo adecuado de nuestro Creador. Esto sería un grave error, tal como han denunciado los Padres y Pontífices de la Iglesia, porque en realidad este concepto desvaído del término religión se refiere más bien a un factor de naturaleza cultural.

La invocación y reconocimiento de Dios debe estar por encima de factores culturales o sociológicos.
Por eso sólo la fe en el Dios Trino que se aproximó al hombre en la Persona de su Hijo unigénito, se encuentra por encima  de todos nosotros, los hombres; de otra forma se perderían toda orientación y toda consistencia"

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

martes, 22 de septiembre de 2015

LA MISERICORDIA DIVINA MANIFESTADA EN CRISTO


 
 
 



"Y aconteció un día que Él (Jesús)estaba enseñando, y estaban sentados unos fariseos y doctores de la Ley, que habían venido de todas las aldeas de Galilea, de Judea y de Jerusalén; y el poder del Señor estaba en Él para sanar / Y he aquí unos hombres llevando sobre una camilla un hombre que estaba paralitico y buscaban manera de introducirle y ponerle delante de Él /

Y no hallando por dónde introducirle  a causa de la muchedumbre, subidos a la terraza, por entre las tejas le descolgaron junto con su camilla hasta ponerle  en medio delante de Jesús / Y viendo la fe de ellos, dijo: <Hombre, perdonados te son tus pecados> / y comenzaron a pensar los escribas y fariseos, diciendo: <¿Quién es éste, que habla blasfemias? ¿Quien puede perdonar pecados sino sólo Dios? /

Y conociendo Jesús sus pensamientos, respondió les dijo: ¿Qué andáis pensando en vuestros corazones? / ¿Qué es más hacedero, decir: <Perdonados te son tus pecados, o decir: Levántate y anda? / Más para que sepáis  que el Hijo del hombre  tiene potestad de perdonar los pecados sobre la tierra - dijo al paralitico - , yo te lo digo: Levantate y, tomando a cuestas tu camilla, anda a tu casa / y al instante, habiéndose levantado a la vista de ellos, tomando a cuestas aquello sobre lo que había estado tendido, se marchó a su casa glorificando a Dios / Y se apoderó de todos el estupor y glorificaban a Dios y se llenaron de temor, con que decían: Hoy hemos visto cosas increibles" (Lc 2, 17-26)



Sí, en Cristo se manifestó constantemente la misericordia divina; en lugar de quedarse impasible ante los malos pensamientos de los escribas y fariseos, ante sus calumnias y blasfemias Él les muestra su capacidad de misericordia divina, curando al paralitico fisica y moralmente: Jesús poderoso para perdonar pecados, es Dios...


El Papa san Juan Pablo II, desde casi el comienzo de su Pontificado nos habló de la <misericordia divina> manifestada en Cristo,  la gran necesidad  del ser humano; concretamente al llegar el tercer año de su toma de posesión de la Silla de Pedro, compuso la Carta Encíclica, <Dives in misericordia>, junto a San Pedro, el día 30 de noviembre, primer domingo de Adviento del año 1980, donde así, nos contaba los sentimientos que le llevaron a ello:

“Una exigencia de no menor importancia, en estos tiempos críticos, y nada fáciles, me impulsa a descubrir una vez más en el mismo Cristo, el rostro del Padre, que es <misericordioso y Dios de todo consuelo>…
Dios, que <que habita una luz inaccesible>, habla a la vez al hombre con el lenguaje de todo el Cosmos: <en efecto, desde la creación del mundo, lo invisible de Dios, su eterno poder y divinidad, son conocidos mediante las obras>.

(Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho ¿Acaso es éste el Mesías? Jn 4,29)

Este conocimiento indirecto e imperfecto, obra del entendimiento que busca a Dios por medio de las criaturas a través del mundo visible, no es aún <visión del Padre>. <A Dios nadie lo ha visto>, escribe San Juan para dar mayor relieve a la verdad, según la cual <precisamente el Hijo unigénito que está en el seno del Padre, ése le ha dado a conocer>.

Esta <revelación> manifiesta a Dios en el insondable misterio de su ser –uno y trino- rodeado de <luz inaccesible>. No obstante, mediante esta <revelación> de Cristo conocemos a Dios, sobre todo en su relación de amor hacia el hombre: en su <filantropía>.

Es justamente ahí donde <sus perfecciones invisibles> se hacen de modo especial <visibles>, incomparablemente más visibles que a través de todas las demás <obras realizadas por él>: tales perfecciones se hacen visibles en Cristo y por Cristo, a través de sus acciones y palabras y, finalmente mediante su muerte en la Cruz y su Resurrección.



De este modo en Cristo y por Cristo, se hace también particularmente visible Dios en su misericordia, esto es, se pone de relieve el atributo de la divinidad, que ya  el Antiguo Testamento, sirviéndose de diversos conceptos y términos definió  como <misericordia>”.

El Papa san Juan Pablo II durante todo su Pontificado fue constante al  hablarnos del papel importantísimo que tiene la misericordia divina, para que los hombres alcancemos la santidad, y así por ejemplo, nos encontramos que en el año 1984 escribió una Carta Apostólica titulada “Salvifiqui Doloris”, en la que toma como punto de referencia el <Evangelio del sufrimiento> y más en concreto la parábola del samaritano,  (Lc 10,30-37):
-Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó  y cayó en manos de salteadores, los cuales le despojaron, y después de cargarle de heridas, se marcharon dejándole medio muerto.

-Por casualidad, un sacerdote bajaba por el mismo camino, y habiéndole visto, dio un rodeo y pasó de largo.

-De la misma manera también un levita, habiendo venido por aquel lugar y viéndole, dio un rodeo y pasó de largo.

-Pero un samaritano que iba de viaje llegó cerca de él, y así que le vio se le enterneció el corazón.
 
 


-Y llegándose, le vendó las heridas después de echar en ellas aceite y vino; y colocándolo encima de su propio jumento, lo llevó a la hospedería y lo cuidó.

-Y al día siguiente, sacando dos denarios, los dio al hospedero, y le dijo: <cuídale, y los que gastares de más,  a mí vuelta yo te lo abonaré>

Sobre esta parábola tan significativa narrada por Cristo con motivo de la pregunta realizada por un hombre creyente: ¿Quién es mi prójimo? El Papa San Juan Pablo II en la Carta Apostólica anteriormente mencionada se expresaba así:


“Siguiendo la parábola evangélica, se podría decir que el sufrimiento, que bajo tantas formas diversas está presente en el mundo humano, está también presente para irradiar el amor al hombre, precisamente en el desinteresado don del propio <yo>, a favor de los demás hombres, de los hombres que sufren.

Podría decirse que el mundo del sufrimiento humano invoca sin pausa otro mundo: el del amor humano; y aquel amor desinteresado, que brota de su corazón y en sus obras, el hombre lo debe en algún modo al sufrimiento.

No puede el hombre <prójimo> pasar con desinterés ante el sufrimiento ajeno, en nombre de la fundamental solidaridad humana; y mucho menos en nombre del amor al prójimo. Debe <compadecerse>,  <conmoverse>, actuando como el samaritano de la parábola evangélica. La parábola en sí expresa <una verdad profundamente cristiana>, pero a la vez  universalmente humana.
No sin razón, aún en el lenguaje habitual se llama obra <de buen samaritano>, toda actividad a favor de los hombres que sufren y de todos los necesitados de ayuda>”

 


San Lucas el evangelista de la misericordia, el narrador de la parábola de Cristo sobre un samaritano, ejemplo extraordinario del amor de Dios, según todos los indicios, no llegó a conocer en persona a Jesús, pero al escribir su Evangelio tuvo muy en cuenta la información que había recabado, fruto de una ardua investigación previa.

Muchos  de los sucesos de la vida del Señor fueron recogidos solamente por él, como por ejemplo el momento en que narró la parábola que estamos recordando. La tradición de la Iglesia considera que el evangelista san Lucas era de origen gentil, de nacionalidad sirio-antioquena, hecho en parte que ha sido  comprobado si tenemos en cuenta que el Apóstol san Pablo, su protector y amigo personal, lo separó del grupo de los circuncisos en su carta dirigida a los Colosenses



Tal como podemos leer en dicha carta, San Pablo al despedirse de aquel pueblo acosado por los primeros precursores del gnosticismo, en primer lugar manda saludos de parte de los de la circuncisión, entre los que nombra a Aristarcos, Marcos y Jesús, el apellidado el Justo, como sus únicos colaboradores en el anuncio  del Reino de Dios, del grupo de los judíos circuncidados y en cambio, más tarde envía también saludos de parte de sus otros colaboradores, como Epafras y el propio Lucas, del que dice que es su <médico querido> (Colosenses 4, 10-17).
Algunos historiadores consideran que San Lucas pudo haber sido uno de los primeros feligreses de San Bernabé, durante la evangelización de éste en Antioquía; el mismo San Lucas nos dice en su libro de los Hechos, que Bernabé era muy querido por la comunidad cristiana y que había puesto toda su hacienda a los pies de ésta para ayudar a los más necesitados (Hechos  4,36); tuvo el privilegio  de ser discípulo de San Pablo acompañándole en casi todos sus viajes misionales, lo que le permitió conocer de primera mano los hechos acontecidos y narrarlos después bajo la gracia del Espíritu Santo, para que los hombre de todos los tiempos conociéramos el sufrimiento y dedicación  del Apóstol  al predicar la palabra de Cristo entre  los gentiles. 
 
 
 
 
Es interesante, por otra parte, el hecho trascendental, de que este evangelista tuviera presente siempre, que Jesús vino especialmente, a hablar a los hombres del Reino de Dios.
Con razón, san Lucas, es llamado el evangelista de la <Misericordia>, pues no debemos olvidar que la Virgen María, <Madre de la Misericordia>, según los estudiosos de la Santa Biblia, fue su fuente de información principal al describir la infancia del Señor y todos los acontecimientos relacionados con ésta,  en su Evangelio.
 
 
Así es, como  en su día, expresaba el Papa san Juan Pablo II en su Carta Encíclica  <Dives in misericordia>: 



“María es la que de manera singular y excepcional ha experimentado, como nadie, la misericordia y, también de manera excepcional, ha hecho posible con el sacrificio de su corazón, la propia participación en el revelación de la <Misericordia Divina>. Tal sacrificio está estrechamente vinculado con la Cruz de su Hijo, a cuyos pies ella se encontraba en el Calvario. Este sacrificio suyo es una participación singular en la revelación de la misericordia, es decir, en la absoluta fidelidad de Dios al propio amor, a la alianza querida por Él desde la eternidad y concluida en el tiempo con el hombre, con el pueblo, con la humanidad, es la participación en la revelación definitiva cumplida a través de la Cruz.



Nadie ha experimentado, como la Madre del Crucificado  el misterio de la Cruz, el pasmoso encuentro de la trascendente justicia divina con el amor: el <beso> dado por la <Misericordia> a la justicia. Nadie como ella, María, ha acogido de corazón ese misterio: aquella dimensión verdaderamente divina de la Redención, llevada a efecto en el Calvario, mediante la Muerte de su Hijo, junto con el sacrifico de su corazón de madre, junto con su <Fiat> definitivo>”


 Sólo el Apóstol San Mateo y el evangelista San Lucas se ocuparon  de narrar la infancia de Jesús, aunque de forma muy resumida, en sus respectivos Evangelios, y en el caso concreto de Lucas hay que destacar que en el entorno al recién nacido, sitúa al contrario que Mateo, gentes humildes como eran aquellos pastores que apacentaban sus ganados por las inmediaciones del establo donde dio a luz la Virgen.



En la noche de Navidad de 1979, el Papa San Juan Pablo II decía a este respecto lo siguiente:

“Todo Belén y toda Palestina eran, en esos momentos, <tierra de sombras> y sus habitantes yacían en el sueño. Pero fuera de la ciudad - como leemos en el Evangelio de San Lucas- <Había  unos pastores, que dormían al raso y vigilaban por turno durante la noche su rebaño>. Los pastores son hijos de ese pueblo <que andaba a oscuras> y al mismo tiempo, son los representes elegidos para ese momento, los elegidos para <ver una luz grande>. Justo como escribe San Lucas acerca de los pastores de Belén: <Se les presentó el ángel del Señor, y la gloria del Señor los envolvió en su luz: y se llenaron de temor>. Y desde las profundidades de esa luz que les llega desde Dios, y en la profundidad de ese miedo que es la respuesta de sus corazones sencillos a la luz divina, surge la voz <No temáis, pues os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor (Lc 2, 8-12)”.  

Estos pastores debieron sentir una inmensa alegría y aunque ellos mismos eran tan inocentes como niños comprendieron enseguida la grandeza del Misterio que estaban presenciando. No en balde, ellos procedían de un pueblo engendrado por el pastor Ur y salvado por el pastor Medián, y a sí mismo entre sus primeros reyes se encontraban Saúl y David, ambos pastores de oficio.

Ellos tenían  entre sus antepasados, ejemplos concretos del amor misericordioso de Dios y por eso entendieron enseguida que aquel Niño nacido entre pobres y en la pobreza, era el Redentor de los hombres, tal como se lo había anunciado el ángel que junto a un ejército celestial alababan a Dios diciendo  (Lc 2,14):

-Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres que Él ama.

Los pastores, dice el evangelista, no callaron el Misterio para sí mismos, sino que lo dieron a conocer a todos aquellos que encontraban en su camino, y la Virgen María guardaba todo esto en su corazón. Esta última observación del evangelista es una prueba crucial que demuestra que él conoció por boca de la propia Virgen los sentimientos que la embargaban en aquellos momentos.

Después de la adoración de los pastores, San Lucas nos presenta en su Evangelio la circuncisión de Jesús, la purificación de María y la presentación del Niño (Lc 2, 21-24), tres episodios de la historia de la Sagrada Familia que sólo fueron narrados por él, demostrando con ello, una vez más, su cercanía a la Virgen.
San Lucas, después de contarnos el nacimiento y la vida de Jesús junto a José y María, dedica su Evangelio a narrarnos la vida pública del Señor, porque como el propio evangelista dirá al inicio de su libro, la intención que le llevará a escribirlo, no es otra, que la de dar a conocer mejor, si ello es posible, los hechos acaecidos durante la estancia de Jesucristo sobre la tierra y su mensaje de la divina misericordia (Lc 1, 1-4). 

 
El evangelista amigo de san Pablo, nos habla en su Evangelio, de forma especial, sobre la <Divina misericordia> y de la salvación de los hombres, gracias a la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo. No es por tanto de extrañar que muchos exégetas hayan considerado que así como el Evangelio de San Mateo podría llamarse <mesiánico>, el de San Marcos <taumatúrgico> y el de San Juan propiamente <teológico>, el de San Lucas sería el <soteriológico>, por excelencia, porque asocia la salvación del hombre a la Persona y obra de Jesucristo, revestido de la <Divina misericordia>.

Sin duda San Lucas es el evangelista que más nos muestra esta <Divina misericordia>, ya que a lo largo de todo su Evangelio nos habla de  la bondad y de la misericordia de Dios demostrada a través de su obra en Jesucristo, su Unigénito Hijo, y constantemente aplicada a los pecadores, los enfermos, los desvalidos, en general a todos los humildes de corazón, y también anuncia la paz y felicidad que alcanzarán los hombres, como fruto de su salvación por  medio de Cristo.

Son muchos los ejemplos que se podrían citar para mostrar esta cualidad del evangelista, así en el apartado dedicado a la <preparación a la vida pública> de Jesús, y más concretamente cuando éste <recomienda la caridad y la justicia> a las gentes que siempre le seguían, podemos leer (Lc 3, 10-11):
-Y le preguntaban las turbas, diciendo ¿Qué hacemos pues?

-Respondía  diciéndoles: El que tenga dos túnicas, comparta con el que no tiene; y el que tenga provisiones haga lo mismo.
 
 

 Y más adelante, en el monte de los Olivos, cuando Jesús habla del modo de orar y de la eficacia de la oración, leemos así en el libro de San Lucas (Lc 11, 5-13):

-Y les dijo: ¿Quién habrá de vosotros que tenga un amigo, y le viene éste a media noche y le dice <amigo, préstame tres panes, porque un amigo mío llegó de viaje a mi casa y no tengo que prestarle>;

-y él, desde dentro respondiendo dice: <No me des fastidio; ya la puerta se ha cerrado, y mis muchachos, lo mismo que yo, están en casa; no puedo levantarme para dártelos>.

-Os digo que si no se levanta y se los da por ser su amigo, a lo menos por su desvergüenza se levantará y le dará cuanto necesite.

-Y yo os digo: Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad a golpes, y se os abrirá;

-porque todo el que pide recibe, el que busca haya, y al que llama a golpes, se le abre.

-Y ¿Quién de vosotros, que sea padre, le pedirá su hijo un pan…, por ventura le dará una piedra? O también un pescado… ¿por ventura le dará un escorpión?

-Sí, pues, vosotros, malos como sois, sabéis dar buenos regalos a vuestros hijos ¿Cuánto más vuestro Padre Celestial dará desde cielo el Espíritu Santo a los que se lo pidieren?
 
 


Por otra parte al Evangelio de San Lucas se le suele denominar como el de las (tres parábolas) porque el evangelista reproduce, de forma continuada, las tres parábolas del Señor: <La oveja perdida>, <El dracma perdido> y< El hijo pródigo>, todas ellas dedicadas a poner de manifiesto <la misericordia divina>.

A propósito de esta última parábola, considerada por muchos como la perla de las parábolas del Señor, se han escrito muchos comentarios y consejos pero ningunos nos parecen tan acertados como los dados por el Papa San Juan Pablo II el 16 de marzo de 1985:

“En la parábola del hijo pródigo, Jesús resalta tres tipos de experiencias, que siguen siendo actuales.

La primera experiencia descrita por Jesús es la de la <autonomía>, es decir, es la de la voluntad de pensar y actuar como a uno le parezca y le guste, sin obedecer a autoridad alguna, ni siquiera a la propia conciencia, iluminada y formada. Es lo que quiere hacer el hijo prodigo, quiere recibir la herencia que le corresponde, irse de la casa, seguir el impulso de sus pasiones. Pero ¿A dónde le conduce esta actitud? ¡A la soledad y la amargura!...

El Señor le ha dado al hombre la inteligencia, entendimiento, para que pueda conocerlo, amarlo y servirle, y la voluntad para que lleve a la práctica la ley moral: ¡en esto radica la verdadera felicidad! ¡Que la experiencia del hijo pródigo, narrada por Jesús, os sirva siempre de gracia y advertencia!

La segunda experiencia descrita por Jesús es la de la <nostalgia> y el <arrepentimiento>. El hijo prodigo, llegado el momento, vuelve sobre sí mismo, comprende que se ha equivocado y redescubre la confianza en sus padres.



Por último, la tercera experiencia es la de la <misericordia> y el <perdón>. Con esta experiencia Jesús indica el inmenso amor de Dios, <rico en misericordia>, hacia sus criaturas, y nos anima a que sintamos confianza, a que nos abandonemos  al amor misericordioso del Padre, que desea la respuesta de nuestro amor, expresado también a través del arrepentimiento y la conversión”.

San Lucas además nos narra cómo fueron los últimos momentos de la vida del Señor sobre la tierra, con su terrible crucifixión, al igual que lo hicieron San Mateo, San Marcos y San Juan, pero solamente él nos dice que Jesús se apiadó de los que le maltrataban y hacían morir por martirio tan denigrante y doloroso, y pidió al Padre que los perdonara (Lc 23, 33-38):
-Y habiendo llegado al lugar llamado <cráneo>, allí crucificaron a Él y a los malhechores, uno a  la derecha y otro a la izquierda.

-Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Y al repartir sus vestiduras echaron suerte.

-Y estaba allí el pueblo mirando; y hacían befa de Él también los jefes, diciendo: A otros salvó; sálvese  así mismo, sí Él es el Mesías de Dios, el Elegido.

-Burlábanse de Él también los soldados, acercándose, ofreciéndole vinagre,

-y diciendo: Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo.

-Había también por encima de Él una inscripción escrita en letras griegas, latinas y hebreas: Este es el rey de los judíos.

 


Sin duda es la descripción más desgarradora que se ha hecho de la crucifixión del hijo del Hombre, en todo el Nuevo Testamento, lo que nos demuestra una vez más la cercanía de San Lucas con la Virgen María, porque sólo los ojos de una madre sufriente como ella, podrían haber visto con tal lujo de detalles, todos los acontecimientos de aquellos terribles momentos.

Pero el Señor una vez más demuestra su gran amor a los hombres, la <misericordia divina>, Él pide al Padre que perdone a aquellos impíos que le martirizan, le ridiculizan e incluso le roban, para acabar finalmente con su vida.

La vida que Él dio gratuitamente por la salvación del género humano, por aquellos seres que le crucificaban y por todos aquellos que a lo largo de los siglos han seguido crucificándolo con su mal comportamiento y falta de arrepentimiento.

Con mucha certeza el Papa San Juan Pablo II al comentar este pasaje del Evangelio de San Lucas decía (Jornada de la Paz 1997):     

“En su amante disposición hacia el perdón, Dios ha llegado hasta el punto que se ha entregado al mundo en la Persona de su Hijo, el cual ha venido para traer la Redención a cada individuo concreto y a toda la humanidad. Frente a las ofensas de los hombres, cuya culminación fue su condena a muerte, Jesús exclama: <Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen>”.