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domingo, 4 de diciembre de 2016

LA GRAN ESPERANZA SÓLO PUEDE SER DIOS: EL DIOS QUE TIENE ROSTRO HUMANO


 
 
 
 



En su  Carta Encíclica <Spe Salvi> el Papa Benedicto XVI analizaba, la verdadera fisonomía de la esperanza cristiana, llegando a la conclusión siguiente (Spe Salvi.  Dada en Roma el 30 de noviembre del año 2007):
“Nosotros necesitamos tener esperanzas, más grandes o más pequeñas, que día a día nos mantenga en camino. Pero sin la gran esperanza, que ha de superar todo lo demás, aquellas no bastan.

Esta gran esperanza sólo puede ser Dios, que abraza el Universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar. De hecho, el ser agraciado por un don forma parte de la esperanza. Dios es el fundamento de la esperanza; pero no cualquier dios, sino el Dios que tiene un rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo, a cada uno en particular y a la humanidad en su conjunto.

Su reino no es un más allá imaginario, situado en un futuro que nunca llega; su reino está presente allí donde Él es amado y donde su amor nos alcanza. Sólo su amor nos da posibilidad de perseverar día a día, con toda sobriedad, sin perder el impulso de la esperanza, en un mundo que por su naturaleza es imperfecto.

Y, al mismo tiempo, su amor es para nosotros la garantía de que existe aquello que sólo llegamos a intuir vagamente y que sin embargo, esperamos en lo más intimo de nuestro ser: la vida que es vida, que es realmente vida”.

 

El Papa con estas palabras nos abría su corazón, para que podamos compartir  la esperanza en el Señor, que él experimenta tan profundamente, y nos invitaba a tener fe en el Mensaje Divino, porque sólo de esta forma seremos capaces de sobrellevar las imperfecciones de este mundo que, en ocasiones, tanto daño nos hacen, porque Dios no es una lejana <causa primera> del mundo, porque su Hijo Unigénito  se ha hecho hombre y cada uno puede decir de Él:



                    “Vivo en la fe, en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí” (Gal 2,20)

 
En la Carta a los Gálatas de San Pablo, aparece esta frase del Señor, concretamente cuando  el apóstol trata de sintetizar su mensaje sobre el principio, la <salvación viene por la fe> (Gal 2, 15-20):

-Nosotros somos judíos de nacimiento y no pecadores venidos del paganismo.
-Sabemos, sin embargo, que Dios salva al hombre, no por el cumplimiento de la ley, sino a través de la fe en Jesucristo. Así que nosotros hemos creído en Cristo Jesús para alcanzar la salvación por medio de esa fe en Cristo y no por el cumplimiento de la ley.
En efecto, por el cumplimiento de la ley ningún hombre alcanzará la salvación.

-Ahora bien, si al buscar la salvación por medio de Cristo hemos resultado nosotros también pecadores ¿será que Cristo está al servicio del pecado? ¡De ninguna manera!
-Pero si ahora edifico de nuevo  lo que destruí, estoy mostrando que entonces fui culpable

-Sin embargo, la misma ley me ha llevado a romper con la ley, a fin de vivir para Dios. Estoy crucificado con Cristo.
-Y ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí. Ahora, en mi vida mortal, vivo creyendo en el Hijo de Dios que me amó y se entregó por mí.

 


¡Qué hermosas palabras las del apóstol! que todos los hombres deberían conocer y practicar, por eso la evangelización, más aún, la <nueva evangelización>, es tan necesaria; también hoy como ayer, deberíamos exclamar como San Pablo: ¡Ay de mí si no predicase el Evangelio!
Esta conocida expresión de San Pablo corresponde al momento en que el apóstol se pone como ejemplo a los pobladores de la ciudad  de Corinto que en aquellos días era, sin duda, uno de los lugares más importantes, desde el punto de vista estratégico, para la propagación de la fe.

En efecto, después de un elocuente alegato en el que San Pablo defiende sus derechos como apóstol del Señor, recuerda a los corintios que para no ser gravoso a nadie durante su predicación del mensaje de Cristo, trabajaba para su sustento por propia iniciativa, porque su verdadero salario era el poder evangelizar a los pueblos (I Cor 9, 16-19):

-Porque si predico el Evangelio, no es para mí gloria ninguna; no tengo más remedio; pues ¡Ay de mí si no predicare el Evangelio!

-Pues si por mí propia iniciativa hiciera esto, recibiría un salario; más si por imposición ajena, eso es puro desempeño de un cargo que me ha sido confiado.

-¿Cuál es, pues, mi salario? Que el predicar el Evangelio ponga de balde, para no hacer valer mi estricto derecho en la predicación del Evangelio.

-Porque, siendo yo libre de todos, a todos me esclavizaré, para ganar a los más.

 


Gran generosidad del apóstol San Pablo que nos muestra con sus palabras su estricta sujeción al Señor y su irrevocable entrega a la propagación del Evangelio. San Pablo había comprendido, al igual que los restantes apóstoles de Jesús, que tenían la misión primordial de evangelizar a los hombres por todos los confines de la tierra.

Por eso, no podemos conformarnos, con decir, que existe un <cristianismo invisible>, como algunos dicen,  y que  con esto basta, basándose en una <consagración de la humanidad por la Encarnación del Verbo>, lo cual es cierto, sino que también es necesario llevarle este mensaje a la humanidad que lo desconoce.

Por eso también, la Iglesia fundada por Cristo es esencialmente misionera, y así deberá seguir siendo, hasta el final de los siglos, sobre todo teniendo en cuenta, ya no sólo, aquellos países a los que aún no ha llegado la palabra del Señor, sino aquellos otros, a los que habiendo llegado, en los últimos siglos, han sufrido una creciente pérdida de fe y un aumento del paganismo.



En este sentido, el Papa Benedicto XVI en su Carta Encíclica <Spe Salvi>, plantea  la pregunta acuciante: ¿De qué genero ha de ser la esperanza para poder justificar la afirmación de que a partir de ella, y simplemente porque hay esperanza, somos redimidos por ello?
La respuesta del Pontífice a su pregunta nos lleva a la certeza de que la fe es la esperanza deseada (Ibid):

“En efecto, <esperanza> es una palabra central de la fe bíblica, hasta el punto de que en muchos pasajes de los textos sagrados, las palabras <fe> y <esperanza> parecen intercambiables. Así, la Carta a los Hebreos une estrechamente la <plenitud de la fe>  con la <firme confesión de la esperanza> (Heb 10, 19-25)”

En efecto, en la Carta a los Hebreos se nos dice, que <Cristo es  causa de la salvación eterna>,  que el sacrificio de Jesús en la Cruz es superior a cualquier otro sacrificio humano por haber cumplido la voluntad del Padre, y que gracias a la ofrenda de su cuerpo una vez para siempre, nosotros hemos quedado consagrados a Dios.



Por eso el apóstol San Pablo llega a la conclusión, en dicha carta,  de que todos los hombres debemos mantenernos firmes en la esperanza que profesamos (Heb 10, 19-25):

-Así pues, hermanos, ya que tenemos libre entrada en el santuario gracias a la sangre de Jesús,

-que ha inaugurado para nosotros un camino nuevo y vivo a través del velo de su carne,

-y ya que tenemos un gran sacerdote de la Casa de Dios.

-acerquémonos con corazón sincero, con una fe plena, purificando el corazón de todo mal de que tuviéramos conciencia, y lavado el cuerpo con agua pura.

-Mantengámonos firmes en la esperanza que profesamos, pues quien nos ha hecho la promesa es digno de fe.

-Procuremos estimularnos unos a otros para poner en práctica el amor y las buenas obras;

-no abandonemos nuestra asamblea, como algunos tiene por costumbre, sino animémonos mutuamente, tanto más cuando veis que el día se acerca.

 

Sí, la fe no es solamente un tender de la persona hacia lo que ha de venir, y que está todavía totalmente ausente; la fe nos da algo. Nos da ya ahora algo de la realidad de la esperanza, y esta realidad presente, constituye para nosotros, una prueba de lo que aún no se ve.

Ésta trae al futuro dentro del presente, de modo que el futuro ya no es  el puro <todavía no>. El hecho de que este futuro exista, cambia el presente; el presente está marcado por la realidad futura, y así las realidades futuras repercuten en las presentes y las presentes en las futuras, de acuerdo con las enseñanzas de Benedicto XVI (Ibid):
“Hyparchonta (Bienes) son las propiedades, lo que en la vida terrenal constituye el sustento, la base, la <sustancia> con la que se cuenta para la vida. Esta <sustancia>, la seguridad normal para la vida, se la han quitado a los cristianos durante la persecución. Lo han soportado porque después de todo consideraban irrelevante esta <sustancia> material"



           (Santa Mónica  y su hijo san Agustín encontraron la < gran esperanza> en sus vidas)


"Podían dejar la <sustancia material>, porque habían encontrado una <base> mejor para su existencia, una base que perdura y que nadie puede quitar, la  <gran esperanza>…
La fe otorga a la vida <una sustancia nueva>, un nuevo fundamento sobre el que el hombre puede apoyarse, de tal manera que precisamente el fundamento habitual, la confianza en la <renta material>, queda relativizada”  (Benedicto XVI, Ibid)

 
Por otra parte, San Pablo, al igual que los otros Apóstoles del Señor, había entendido desde el inicio de su llamada, que el Mensaje de Jesucristo era universal, esto es, que era necesario evangelizar tanto a los judíos, como a los gentiles ó paganos.

Esta cuestión queda totalmente clara y expuesta en el libro del evangelista San Lucas <Los Hechos de los Apóstoles>, donde se narran los viajes de San Pablo, el Apóstol de los gentiles por excelencia, como él mismo se consideraba, con  el reconocimiento del Apóstol San Pedro, primer Papa de la Iglesia, sobre este tema.

Precisamente el incidente narrado, en el libro de los <Hechos de los Apóstoles>, entre San Pedro y el centurión romano Cornelio, así lo deja bien establecido (Hechos 11, 1-18):

-Oyeron los Apóstoles y los judíos que estaban por la Judea que también los gentiles habían recibido la palabra de Dios.

-Y cuando subió Pedro a Jerusalén, discutían con él los de la circuncisión,

-diciendo que había entrado en casa de hombres incircuncisos y comido con ellos.



-Más Pedro comenzó a exponer la cosa por su orden, diciendo:

- <Yo estaba en la ciudad de Jope orando, y vi en éxtasis una visión: que bajaba una especie de recipiente, a manera de lienzo grande, que, cogido por los cuatro cabos, se descolgaba desde el cielo, y llegó hasta mí.

-Fijos en él los ojos, estaba observando, y vi los cuadrúpedos de la tierra, y las fieras, y los reptiles y los volátiles del cielo.

-Y oí, además, una voz que me decía: Levántate, Pedro; sacrifica y come.

-Y dije: De ninguna manera, Señor, porque cosa profana o impura jamás entró en mi boca.



-Más respondió la voz por segunda vez desde el cielo: Lo que Dios purificó, tú no lo hagas profano.

-Y esto se repitió por tres veces; y fue arrebatado de nuevo todo hacia el cielo.

-Y he aquí en el mismo instante tres hombres se presentaron en la casa que yo estaba, enviados a mí desde Cesárea.

-Y dijome el Espíritu que fuese con ellos, dejada toda vacilación. Vinieron también conmigo estos seis hermanos, y entramos en la casa del hombre.

-Y nos refirió como había visto en su casa al ángel, que, estando de pie, le decía: manda recado a Jope y haz venir a Simón que se apellida Pedro,

-el cual te hablará palabras con las cuales serás salvo tú y toda tu casa.

-Y al comenzar yo a hablar cayó sobre ellos el Espíritu Santo, lo mismo que sobre nosotros en el principio.



-Y recordé el dicho del Señor, de cuando decía: Juan bautizó en agua, más vosotros seréis bautizados en Espíritu Santo.

-Sí pues, el mismo don  otorgó Dios a ellos que a nosotros, por haber creído en el Señor Jesucristo, ¿yo quién era para poner vetos a Dios?>.

-En oyendo esto, se quietaron, y glorificaron a Dios diciendo: < ¡Con que  también a los gentiles otorgó Dios la penitencia para alcanzar la vida! >

San Pedro lleno de prudencia y sabiduría se enfrentó a aquellos creyentes que criticaban su aptitud frente a los gentiles, explicándoles con detenimiento el milagro que se había producido con la llegada del Espíritu Santo sobre los mismos, y como él, había recordado las palabras del Señor, al respecto, y esto fue suficiente para que todos proclamaran llenos de asombro ¡Con que también a los gentiles otorgó Dios la penitencia para alcanzar la vida!



A este respecto podemos leer en la Carta Encíclica del Papa San Juan Pablo II: <Dominum et vivificantem>, dada en Roma en el año 1986:

“La Iglesia profesa su fe en el Espíritu Santo, que es <Señor y dador de vida>. Así lo profesa el símbolo de la fe llamado <Niceno-Constantinopolitano> por el nombre de dos Concilios: Nicea (a. 325) y Constantinopla (a. 381), en los que fue formulado y promulgado.
En ellos se añade también que el Espíritu Santo <hablo por los profetas>. Son palabras que la Iglesia recibe de la fuente misma, de su fe, Jesucristo. En efecto, según el Evangelio de Juan, nos es dado con la nueva vida, como anuncia y promete Jesús el día grande de los Tabernáculos: <Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que cree en mí>, y como dice la Escritura: <De su seno correrán ríos de agua viva>. Y el evangelista explica: <Esto decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él>.

Es el mismo símil del agua usada por Jesús en su coloquio con la samaritana, cuando habla de una fuente <fuente de agua que brota para la vida eterna>, y en el coloquio con Nicodemo, cuando anuncia la necesidad de un nuevo nacimiento <de agua y de Espíritu> para <entrar en el Reino de Dios>”


 
Por su parte el Papa Benedicto XVI en la Solemnidad  de Pentecostés (Domingo 11 de mayo de 2008. Basílica de San Pedro) dijo en su homilía, refiriéndose a los Apóstoles que junto a la Virgen María y algunos discípulos se encontraban esperando la llegada del Espíritu Santo que Jesús les había anunciado:
“Esta comunidad se encontraba reunida en el mismo lugar, el Cenáculo, durante la mañana de la fiesta judía de Pentecostés, fiesta de la Alianza, en la que se conmemoraba el acontecimiento del Sinaí, cuando Dios, mediante Moisés, propuso a Israel, que se convirtiera en su propiedad, entre todos los pueblos, para ser digno de su santidad (Ex 19).

Según el libro del Éxodo, ese antiguo pacto fue acompañado por una formidable manifestación de fuerza por parte del Señor. <Todo el monte Sinaí humeaba>,  se lee en el pasaje, porque el Señor había descendido sobre él en fuego. Subía el fuego como de un horno y todo el monte retemblaba, con violencia  (Ex 19, 18).




En el Pentecostés del Nuevo Testamento volvemos a encontrar los elementos del viento y del fuego, pero sin las resonancias del miedo. En particular el fuego toma la forma de lenguas que se posan sobre cada uno de los presentes, todos los cuales se llenan del Espíritu Santo y, por efecto de dicha efusión, empezaron a hablar en leguas extranjeras (Hch 2, 4).

Se trata de un verdadero <Bautismo> de fuego de la comunidad, una especie de nueva creación. En Pentecostés, la Iglesia no es constituida por una voluntad humana, sino por una fuerza del Espíritu de Dios.

Inmediatamente se ve como este Espíritu da vida a una comunidad que es al mismo tiempo una y universal, superando así la maldición de Babel (Gn 11, 7-9). En efecto, sólo el Espíritu Santo, que crea unidad en el amor y en la aceptación reciproca de la diversidad, puede liberar a la humanidad de la constante tentación de una voluntad de potencia terrena que quiere dominar y uniformar todo”

Es muy significativo el hecho de que aquellos que en el Cenáculo habían recibido el Espíritu Santo hablaran en lenguas extranjeras, de forma que los que les oían entendían sus palabras, ello demuestra, una vez más, que la Iglesia desde su mismo nacimiento tenía el don de la universalidad, era <católica>, porque el Mensaje de Cristo estaba destinado a todos los hombres y el Señor encomendó a sus discípulos la misión de darlo a conocer  (Mt 28, 16-20):

-Los once discípulos se fueron a Galilea, al monte donde Jesús les había ordenado.

-Y en viéndole, le adoraron: ellos que antes habían dudado.

-Y acercándose Jesús, les habló diciendo: Me fue dada toda potestad en el cielo y sobre la tierra

-Id, pues, amaestrad a todas las gentes, bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Y sabed que estoy con vosotros todos los días, hasta el final de la consumación de los siglos.

 

Así termina el Evangelio de San Mateo, con estas palabras del Señor que constituyen a los Apóstoles maestros, no sólo de la fe, sino también de la moral, asegurándoles además, su presencia incesante sobre la Iglesia hasta la Parusía.

Sí, porque como también nos recuerda el Papa Benedicto XVI en su Homilía:



“La Iglesia que nace en Pentecostés, ante todo, no es una comunidad particular –la Iglesia de Jerusalén- sino la Iglesia universal, que habla las lenguas de todos los pueblos. De ella nacerán luego otras comunidades en todas las partes del mundo. Iglesias particulares que son todas, y siempre, actuaciones de una sola y única Iglesia de Cristo.

Por tanto la Iglesia de Católica no es una federación de Iglesias, sino una única realidad: la prioridad ontológica corresponde a la Iglesia universal. Una comunidad que si no fuera católica en este sentido, ni siquiera sería Iglesia…
A este respecto, es preciso añadir la visión teológica de los Hechos de los Apóstoles, sobre el camino de la Iglesia de Jerusalén a Roma.

Entre los pueblos representados en Jerusalén en el día de Pentecostés, San Lucas cita a los <forasteros de Roma> (Hch 2, 10). En ese momento Roma era aún lejana, era <forastera> para la Iglesia naciente: era el símbolo del mundo pagano en general.

Pero la fuerza del Espíritu Santo guiará los pasos de los testigos <hasta los confines de la tierra>, hasta Roma. El libro de los Hechos de los Apóstoles termina precisamente cuando San Pablo, por un designio providencial, llega a la capital del Imperio y allí anuncia el Evangelio (Hch 28, 30-31).

Así el camino de la palabra de Dios, iniciado en Jerusalén, llega a su meta, porque Roma representa el mundo entero, y por eso encarna la idea de <catolicidad> de San Lucas. Se ha realizado la Iglesia universal, la Iglesia Católica, que es la continuación del pueblo de la elección, y hace suya su historia y su misión”  



Precisamente, el tema de la <gran esperanza>, está profundamente relacionado con el de la redención, a través de la palabra de Dios  y el sacrificio de su Hijo Unigénito, nuestro Redentor, como nos muestra, una vez más San Pablo, por ejemplo, a través de su <Carta a los Efesios>.

Esta Carta es en concreto como una llamada a la universalidad del Mensaje de Cristo. Quiere mostrarnos, entre otras cosas,  que toda comunidad cristiana sólo será autentica cuando derribe los muros de incomprensión y egoísmo de sus distintos componentes, independientemente de su raza, sexo o religión   (Ef 2, 11-14):
-Así pues, vosotros, los paganos de nacimiento, los llamados incircuncisos por los que pertenecen a la circuncisión, esa marca echa en la carne  por mano de hombre, recordad

-que en otro tiempo estuvisteis sin Cristo, sin derecho a la ciudadanía de Israel, ajenos a la Alianza y su promesa, sin <esperanza> y sin Dios en el mundo

-Ahora, en cambio, por Cristo Jesús y gracias a su muerte, los que antes estabais lejos os habéis acercado.

-Porque Cristo es nuestra paz. El ha hecho de los dos pueblos uno solo, destruyendo el muro de  enemistad que los separaba.  

 

                                                           

 

 

        

jueves, 1 de diciembre de 2016

LA PACIENCIA: UNA OBRA DE MISERICORDIA ESPIRITUAL Y UN FRUTO DEL ESPÍRITU SANTO (2ª Parte)



 
 
 

En todas las actividades humanas ha tenido siempre, la Iglesia católica, hombres y mujeres consumados en virtud y paciencia: Una obra de misericordia espiritual y un fruto del Espíritu Santo. Un ejemplo extraordinario de este comportamiento se nos ofrece en la vida y obra de San José de Calasanz, Confesor de la fe. Nació en Peralia de la Sal en el Reino de Aragón (actual provincia de Huesca, España), a mediados del siglo XVI, y de él se cuenta que consumido por la edad y con indecibles dolores, moría en Roma en el año 1648.

Este  pacientísimo y abnegado maestro de párvulos fue el fundador de las llamadas <Escuelas Pías>, primeras escuelas gratuitas de Europa, el cual alcanzó por méritos propios ser considerado patrono del Magisterio español.

En su biografía, un ejemplo preclaro de virtud, destaca el hecho de haber poseído una gran paciencia, un fruto del Espíritu Santo muy especial que solo los hombres y mujeres santos ostentan en plenitud. En efecto, después de ser ordenado sacerdote por el obispo de Urgel ocupó varios puestos importantes en algunas diócesis, pero habiendo alcanzado cierto éxito en sus misiones, se sintió mal, porque además de paciente, era un hombre sumamente humilde, que deseaba ante todo, pasar desapercibido entre sus conciudadanos, lo cual le llevó a marchar de España hacia otros lugares, con objeto de realizar su labor evangelizadora, sin por ello, recibir el aplauso y las alabanzas de nadie.
Su primer destino fue Roma, la capital del orbe cristiano, y tuvo la suerte de entrar por méritos propios a formar parte del grupo de teólogos que asesoraban al Cardenal Colonna; sin embargo, en sus ratos libres decidió alistarse en un grupo de trabajo de la <Hermandad de la doctrina cristiana>, que se ocupaba de instruir a los hijos de jornaleros y de artesanos, que por entonces se encontraban en una situación precaria.

 
 

Pasado el tiempo, como consecuencia de su gran amor y misericordia hacia aquellos niños y jóvenes que educaba y coincidiendo con el desbordamiento del río Tíber (la mayor catástrofe del siglo), en el que se produjo más de dos mil muertos y quedaron centenares de familias sin techo ni alimentos, se sintió atraído por la idea de crear un instituto para llevar a cabo sus enseñanzas. Eligió para ello el barrio de Transtíber, uno de los más afectado por la catástrofe, y puso en práctica su proyecto, con la inestimable ayuda del cura de la parroquia de Santa Dorotea, Don Antonio Bendoni, el cual le ofreció hasta su propia casa.


Todo parecía ir viento en popa para el proyecto de este santo varón que, lleno de paciencia y amor hacia los jóvenes y los niños más desamparados, dedicaba muchas horas de su vida a inculcarles, al  menos, el deseo de estudiar y conocer, cada vez más cosas, que les permitieran en un futuro abrirse camino en la vida.

Fue Satanás, sin duda, el que influenció de forma maligna sobre otros maestros de las escuelas de Roma, en contra de José de Calasanz, al cual acusaron sin pruebas de entorpecer las enseñanzas de la juventud, levantando falsos testimonios y calumnias, que llegaron a provocar, en cierta ocasión, la intervención del <Santo Oficio>, llegando a ser apresado por esta causa.

El Señor no obstante estaba con él, enviándole entre otros frutos del Espíritu Santo el de la santa paciencia, sufrió todo aquel escarnio con ánimo, hasta que finalmente se demostró que era totalmente inocente y que ni siquiera tenía  idea de los delitos que le imputaban.

Sobrevivió, a tanto sufrimiento moral, gracias al don de la paciencia, junto a su inmenso amor a Dios y al prójimo, llegando a alcanzar la avanzada edad de noventa y dos años, no sin antes haber profetizado a sus hijos espirituales que las Escuelas Pías, se verían plenamente reconocidas al cabo de un corto espacio de tiempo; profecía que se verificó precisamente durante los Pontificados de Alejandro VII (1655-1667), y Clemente IX (1667-1669). Por su trayectoria de vida marcada por la santidad, fue canonizado por el Papa Clemente VII en el año 1677.
Observamos, tras esta breve revisión de la biografía del santo, cómo la virtud de la paciencia, permite soportar a personas inocentes, las mayores mentiras e infundios en su contra, cuando están amparadas por el Espíritu Santo.




Además, la paciencia, un fruto del Espíritu Santo, permite alcanzar virtudes tan importantes como son la capacidad de enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo necesita y sobre todo, perdonar al que  ofende, en recuerdo  del ejemplo supremo dado por Jesús en la Cruz.
En la actualidad las llamadas Escuelas Pías se encuentran repartidas por todo el mundo, regidas por la Orden de los Escolapios. Por otra parte, varias congregaciones religiosas han seguido su carisma, entre ellas la <Congregación de la Hijas de María> fundadas por Paula Montal, una religiosa catalana (1799-1889), canonizada por San Juan Pablo II en el año 2001.




Santa Paula nació en Olesa Montserrat (Barcelona), su infancia fue feliz dentro de una familia cristiana, hasta la muerte de su padre, a partir de la cual, al no tener derechos de herencia, quedó en una situación de extrema pobreza. Trabajó mucho para sacar a sus hermanos adelante como encajera, pues no tenía estudios intelectuales suficientes para otro tipo de trabajo mejor remunerado. Al mismo tiempo, su gran amor a Dios la llevó a colaborar con  su parroquia en el trabajo pastoral, dando catequesis a los niños y jóvenes más desfavorecidos. Pasado el tiempo, según cuentan sus hagiógrafos, a los 30 años de edad, sin apenas medios para ello fundó la <Congregación de las Hijas de María>, religiosas de las <Escuelas Pías>.

Siempre sin medios económicos y casi siempre con la oposición de sus superiores llegó a fundar una serie de escuelas para la educación de niñas y de jóvenes de bajo nivel social. La primera de todas ellas ocupo un palomar abandonado por las palomas, donde dio clases a otra clase de palomas…, a las que les enseñaba el catecismo y el oficio de encajeras…

En tiempos muy difíciles para la Iglesia en España, en los que tanto las ordenes como las congregaciones eran mal vistas y hasta prohibidas en muchos casos, ella supo con paciencia y la ayuda del Espíritu Santo salir adelante, creando una serie de centros de enseñanza, en los que curiosamente nunca ocupo puesto relevante alguno, y que consiguieron mejorar sensiblemente la capacidad de alcanzar un trabajo, de  muchas mujeres, a finales del XIX.
 
 


Su vida nos muestra que todos sus esfuerzos estuvieron presididos por una gran santidad,  resultado de una enorme: paciencia, humildad,  amor a Dios, y amor a sus semejantes. Su lema era: <Salvar a las familias, enseñando a las niñas el Santo Temor de Dios>.

San José de Calasanz y Santa Paula Montal,  son sólo dos de los miles y miles de ejemplos que nos han mostrado, a través de sus palabras y de sus obras, un don de misericordia, íntimamente relacionado con el concepto que se suele denominar:<la paciencia y fe de los santos>. Ya en la antigüedad el mismo apóstol San Juan Evangelista en su libro del Apocalipsis, en varias ocasiones, hace referencia a la paciencia unida al principio teológico de la fe. Al menos en dos ocasiones estas referencias aparecen totalmente claras, nos referimos concretamente a los versículos (13,10) y (14,12) respectivamente.



En el apartado dedicado por San Juan en su libro del Apocalipsis a la visión de <las dos bestias: la del mar y la de la tierra>, el evangelista nos habla en el versículo (13,10), de un enigma que propone para que el hombre trate de razonar sobre él; concretamente surge la pregunta: ¿Cuál será el nombre de la bestia? Él da estos datos para resolver este enigma, las letras de este nombre, consideradas como cifras numéricas, sumarán 666.

De todas las soluciones propuestas, a lo largo de los siglos, por distintos estudiosos del tema, la mayor aceptación alcanzada para resolver el enigma planteado por el apóstol, se basa en considerar que el  nombre del emperador romano del siglo I (d.C), César Nerón  (hijo de Julio César Germánico y Agripina la Mayor, y nieto mayor de Tiberio), suma la cifra 666 buscada, considerando las letras, que forman este nombre, en el idioma hebreo. Aun considerando aceptable esta solución, ella únicamente vendría a decir que este cruel y homicida emperador sería una pequeña imagen de lo que habrá de ser al final de los tiempos el <anticristo>.

Por el contrario es interesante, como hicieron resaltar los antiguos, comprobar cómo las letras del nombre de Jesús en el idioma griego suman la cifra 888, que es la representación de la <superación de la plenitud>, en concordancia con las palabras del apóstol (Apocalipsis 13, 10):

“Quien lleva al cautiverio, al cautiverio irá; quien a espada matare, a espada también se le matará irremisiblemente. Aquí está la paciencia y la fe de los santos”   

Por otra parte, San Juan en su libro del Apocalipsis al hablarnos del <ciclo de las siete señales> y en especial cuando se refiera a las <amenazas divinas> hace una preciosa declaración referente a la paciencia de los santos (Apocalipsis 14, 12):

 
 

“Aquí está la paciencia de los santos, los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús”

Por otra parte, como podemos leer en el Catecismo de la Iglesia Católica (nº854), la paciencia es necesaria especialmente a la hora de realizar la tarea de la evangelización:

“El esfuerzo misionero exige paciencia. Comienza con el anuncio del evangelio a los pueblos y a los grupos que aún no creen en Cristo; continúa con el establecimiento de comunidades cristianas, <signo de la presencia de Dios en el mundo>, y en la fundación de las Iglesias locales; se implica en un proceso de inculturación para así encarnar el evangelio en las culturas de los pueblos; en este proceso no faltarán también los fracasos. <En cuanto se refiere a los hombres, grupos y pueblos, solamente de forma gradual los toca y los penetra y de este modo los incorpora a la plenitud católica> (AD 6)”

Sí, la paciencia es una de las siete obras de misericordia espirituales: enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo necesita, corregir al que se equivoca, perdonar a los que nos ofenden, consolar al triste, sufrir con paciencia los defectos del prójimo, y rezar a Dios por vivos y muertos; pero además la paciencia es un fruto del Espíritu Santo. Los frutos del Espíritu Santo son perfecciones del hombre bajo la acción del Espíritu Santo, que le ayudan, sin duda, a alcanzar la gloria eterna, tal como nos hace saber el apóstol San Pablo a través de su Carta a los Gálatas.



Galacia era en tiempos de San Pablo una provincia romana, dependiente del emperador, y gobernada en su nombre por un legado protector, que residía en Ancira (Actualmente Ankara capital de Turquía). San Pablo evangelizó el sur de la provincia, probablemente durante su segundo viaje apostólico, entre los años 50 a 53 d.C.

Sucedió que mientras los gentiles de aquella provincia recibieron con alegría el evangelio,  otros hombres allí también residentes, por el contrario, la rechazaron, persiguiendo encarnizadamente a Pablo. La Iglesia de Galacia quedó así constituida casi exclusivamente por gentiles y prosélitos, en definitiva, incircuncisos.

La <Carta a los Gálatas> nos ha descubierto los manejos en contra del apóstol por parte de sus adversarios, con intención de arruinar su obra evangelizadora, que hasta ese momento había alcanzado excelentes resultados; pero sus enemigos, sobre todo, pretendían atacarle desautorizándole como apóstol del Señor, enfrentándolo a los Once que directamente habían recibido las enseñanzas de Jesús. Ellos aseguraban que el evangelio que Pablo predicaba era <impiedad y malas costumbres>, apoyándose en el hecho de que el apóstol admitía a los gentiles en la Iglesia sin obligarles a la circuncisión. No obstante, esta injusta oposición, dio a San Pablo alientos para combatirla, respondiendo a ella con esta Carta admirable que revela todo el temple de su carácter y la grandeza de su alma.



La <Carta a los Gálatas>, consta de varios apartados, siendo en el dedicado a la moral del buen cristiano, donde Pablo menciona los <frutos del Espíritu Santo>, entre los cuales se encuentra la paciencia, que no es uno de los menores entre todos ellos, junto a la libertad y la caridad que Dios ha dado al hombre.

Pablo en dicha epístola,  asegura que frente a las obras de la carne: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, contiendas, banderías, sectas, envidias, homicidios, borracheras, comilonas y cosas semejantes, están los frutos del Espíritu Santo: caridad, gozo, paz, longanimidad, benignidad, bondad, fe, paciencia y continencia (Gal 5, 22-23)

En la <Carta a los Gálatas> el apóstol habla también  de la libertad cristiana y de los frenos de esa libertad, que son, la caridad y el Espíritu. Más concretamente refiriéndose precisamente a los frutos del Espíritu Santo asegura (Gal 5, 24-26):

“Los que son de Cristo Jesús han crucificado su carne con sus pasiones y concupiscencias / si vivimos por el Espíritu, caminemos también según el Espíritu / No seamos ambiciosos de vanagloria, provocándonos unos a otros, envidiándonos recíprocamente”

El apóstol nos quiere indicar, con estos dos últimos versículos, que los que se dejan gobernar por el Espíritu, nunca se sentirán agobiados por el peso de la Ley, y que el Espíritu, no es sólo el principio de vida divina en nosotros sino que también es principio inmediato de nuestra actividad sobrenatural.

 
 
Por otra parte, San Pablo en su <Carta a los Romanos>, indica cuales son según el Mensaje de Cristo las normas concretas de conducta que todo hombre deberá seguir para salvarse cuando llegue el juicio de Dios al final de los tiempos, y entre ellas menciona la paciencia ante las dificultades de la vida y aconseja la perseverancia en la oración  (Rm 12, 9-12):

“Que vuestro amor no sea una falsedad; detestad lo malo y abrazaos a lo bueno / amaos de verdad unos a otros y rivalizar en la mutua estima / no seáis perezosos para el esfuerzo; manteneos fervientes en el espíritu y pronto para el servicio del Señor / vivid alegres por la esperanza, <sed pacientes> en las tribulaciones y perseverantes en la oración…”


Igualmente el apóstol Santiago (El menor), el que fuera primer obispo de Jerusalén y  pariente de Jesús, escribió una epístola, hacia el último tercio del siglo I d.C., dirigida a algunas comunidades evangelizadas por San Pablo, en las que, según parece, se habían interpretado mal ciertas recomendaciones del mismo sobre la moral y las buenas costumbres.

El apóstol Santiago enterado de estas circunstancias, sale al paso de esas pérfidas interpretaciones con su Carta, e invita a estas comunidades a seguir sus consejos. Es precisamente en las recomendaciones finales de la misma, cuando el apóstol hace una exhortación del don de la paciencia, en los términos siguientes (St 5, 7- 11):

-Por tanto hermanos, tened paciencia hasta la venida del Señor. Mirad: el labrador espera el fruto precioso de la tierra, aguardándolo con paciencia hasta recibir las lluvias tempranas y las tardías.

-Tened también vosotros paciencia, fortaleced vuestros corazones, porque la venida del Señor está cerca.



-No os quejéis, hermanos, unos de otros, para que no seáis juzgados; mirad que el juez está ya a la puerta.

-Tomad, hermanos, como modelos de una vida sufrida y paciente a los profetas, que hablaron en nombre del Señor.

-Mirad como proclamamos bienaventurados a quiénes sufrieron con paciencia. Habéis oído de la paciencia de Job y habéis visto el desenlace que el Señor le dio, porque el Señor es entrañablemente compasivo y misericordioso

En esta misma Carta, dentro de sus recomendaciones finales habla también, el apóstol Santiago, del valor de la oración para alcanzar un estado donde la tristeza no tenga lugar y donde la paciencia acompañada de la oración nos permitan apartarnos de las tentaciones del mortal enemigo y vivir solo  para el Señor (St 5, 13-18):

-¿Está triste alguno de vosotros? Que rece. ¿Está contento? Que cante salmos.

-¿Está enfermo alguno de vosotros? Que llame a los presbíteros de la Iglesia, y que oren sobre él, ungiéndole con el aceite en el nombre del Señor.

-Y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor le hará levantarse, y si hubiera cometido pecados, les serán perdonados.

-Así pues, confesaos unos a otros los pecados, y rezad unos por otros, para que seáis curados. La oración fervorosa del justo puede mucho.



-Elías era un hombre de igual condición que nosotros; y rezó fervorosamente para que no lloviese, y no llovió sobre la tierra durante seis años y tres meses.

-Después rezó de nuevo, y el cielo dio lluvia y la tierra germinó su fruto

En este texto del apóstol Santiago queda promulgado el sacramento de la Unción de los enfermos, instituido por Jesucristo, con el fin de conferir una gracia especial al cristiano que experimenta las dificultades propias de una enfermedad grave o de la ancianidad.

Por otra parte, la oración como aseguraba el Papa Benedicto XVI en su libro <Los caminos de la vida interior. El itinerario espiritual del hombre. Editorial Chronica S.L. 2011):



“Es un crisol en el que nuestras expectativas y aspiraciones son expuestas a la luz de la palabra de Dios, se sumergen en el diálogo con Aquel que es la verdad y salen purificadas de mentiras ocultas y componendas con diversas formas de egoísmo. Sin la dimensión de la oración, el yo humano acaba por encerrarse en sí mismo, y la conciencia, que debería ser eco de la voz de Dios, corre el peligro de reducirse a un espejo del yo, de forma que el coloquio interior se transforma en un monólogo dando pie a mil auto – justificaciones.

Por eso, la oración es garantía de apertura a los demás. Quien se abre a Dios y a sus exigencias, al mismo tiempo se abre a los demás, a los hermanos que llaman a la puerta de su corazón y piden escucha, atención, perdón, a veces corrección, pero siempre con caridad fraterna. La verdadera oración nunca es egocéntrica; siempre está centrada en los demás. Como tal, lleva al que ora al <éxtasis> de la caridad, a la capacidad de salir de sí mismo para hacerse próximo de los demás en el servicio humilde y desinteresado.

La verdadera oración es el motor del mundo, porque lo tiene abierto a Dios. Por eso, sin oración no hay esperanza, sino sólo espejismos. En efecto, no es la presencia de Dios lo que aliena al hombre, sino su ausencia: sin el verdadero Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, las esperanzas se transforman en espejismos, que llevan a evadirse de la realidad. En cambio,  hablar con Dios, permaneced en su presencia, dejarse iluminar y purificar por su palabra, nos introduce en el corazón de la realidad, en el íntimo Motor del devenir Cósmico; por decirlo así, nos introduce en el corazón palpitante del Universo”

 


En efecto, rezar, hablar con Dios, nos introduce en el corazón de la realidad de la vida y también, por tanto, nos hace ver la necesidad de ser pacientes con nuestros semejantes, aceptándoles muchas veces con sus defectos y sus virtudes, pero tratando siempre que nuestro comportamiento sirva de ejemplo en el cumplimiento de las Leyes divinas, entregando nuestras vidas por los demás, con esperanza, verdad y alegría, porque estas son insignias de la Iglesia de Cristo. Quien reza nunca pierde la esperanza de alcanzar el don de la paciencia, tan necesario en el trascurrir de nuestras vidas. La oración es el sostén del pueblo cristiano (Papa Benedicto XVI Ibid):
“Quien ora no pierde nunca la esperanza, aun cuando se llegue a encontrar en situaciones difíciles e incluso humanamente desesperadas. Esto nos enseña la sagrada Escritura y de esto da testimonio la historia de la Iglesia.

En efecto, ¡Cuántos ejemplos podíamos citar de situaciones en las que precisamente la oración ha sido la que ha sostenido el camino de los santos y del pueblo cristiano! Entre los testimonios de nuestra época quiero citar el de dos santos: Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein cuya fiesta celebramos el 9 de agosto, y Maximiliano María Kolbe al que recordamos el 14 de agosto, vigilia de la solemnidad de la Asunción de la Virgen María.
 
 


Ambos concluyeron su vida terrena con el martirio en el campo de concentración de Auschwitz. Aparentemente su existencia se podría considerar una derrota, pero precisamente en su martirio resplandece el fulgor  del amor que vence las tinieblas del egoísmo y del odio. A San Maximiliano Kolbe se le atribuyen las siguientes palabras que habría pronunciado en el pleno furor de la persecución nazi: <El odio no es una fuerza creativa: lo es sólo el amor>.

El generoso ofrecimiento que hizo de sí en cambio de un compañero de prisión, ofrecimiento que culminó con la muerte en el búnker del hambre, el 14 de agosto de 1941, fue una prueba heroica de amor.

Edith Stein, el 6 de agosto del año sucesivo, tres días antes de su dramático fin, acercándose algunas hermanas del monasterio de Echt, en Holanda, les dijo: <estoy preparada para todo. Jesús está también aquí en medio de nosotras. Hasta ahora he podido rezar muy bien y he dicho con todo el corazón: <Ave, Crux, spes única>.

Testigos que lograron escapar de la horrible masacre contaron que Teresa Benedicta de la Cruz mientras, vestida con el hábito carmelitano, avanzaba consciente hacia la muerte, se distinguía por su porte lleno de paz, por su actitud serena y por su comportamiento tranquilo y atento a las necesidades de todos. La oración fue el secreto de esta santa patrona de Europa, que <aún después de haber alcanzado la verdad en la paz de la vida contemplativa, debió vivir hasta el fondo el misterio de la Cruz> (Juan Pablo II, carta apostólica Spes aedificandi, 1 de octubre 1999, nº8)



< ¡Ave María! >. Fue la última invocación salida de Maximiliano María Kolbe mientras ofrecía su brazo al que lo mataba con una inyección de ácido fénico. Es conmovedor constatar que acudir humilde y confiadamente a la Virgen es siempre fuente de valor y serenidad. Renovemos nuestra confianza en Aquella que desde el cielo vela con amor materno sobre nosotros en todo momento. Esto es lo que decimos en la oración familiar del Ave María, pidiéndole que ruegue por nosotros <ahora y en la hora de nuestra muerte”

Así es, como podemos leer en el Catecismo de la Iglesia Católica (nº 227) la paciencia es: confiar en Dios en todas las circunstancias, incluso en la adversidad. Una oración de Santa Teresa de Jesús lo expresa admirablemente:

<Nada te turbe / nada te espante / todo se pasa / Dios no se muda/ La paciencia todo lo alcanza / quien a Dios tiene nada le falta / sólo Dios basta>

 


 

 

 

 

 

 

 

 

martes, 8 de noviembre de 2016

JESÚS DIJO (XXIV): TRABAJOS PUBLICADOS POR MRM.MARUS



 
 
 
 






*¿QUÉ SIGNIFICA CREER EN DIOS?    (1/10/16)

 

 *LA PACIENCIA: UNA OBRA DE MISERICORDIA ESPIRITUAL Y UN FRUTO DEL ESPÍRITU SANTO (11/10/16)

 
*LOS SIGNOS DE LOS TIEMPOS Y EL ANUNCIO DEL EVANGELIO   (27/10/16)

 

 *EN DESAGRAVIO POR LA OFENSA AL DÍA DE TODOS LOS SANTOS  (31/10/16)

 

 

Biblia de Navarra (Ediciones Universidad de Navarra S.A;  Pamplona <España>. EUNSA)

 


TERCER VIAJE  APOSTÓLICO DE SAN PABLO

 

Comienzo por Galacia y Frigia

 

*Pasó allí algún tiempo y marchó recorriendo una tras otras las regiones de Galacia y Frigia, confortando a todos los discípulos.

 

*Un judío que se llamaba Apolo, de origen alejandrino, hombre elocuente y muy versado en las Escrituras, llegó a Éfeso. / Había sido  instruido en el Camino del Señor. Hablaba con fervor de espíritu y enseñaba con esmero lo referente a Jesús, aunque sólo conocía el bautismo de Juan. / Comenzó a hablar con libertad en la sinagoga. Al oírle Priscila y Aquila le tomaron consigo y le expusieron con más exactitud el camino de Dios. / Como deseaba pasar a Acaya, los hermanos le animaron y escribieron a los discípulos para que le recibieran. Cuando llegó fue de gran provecho, con la gracia divina, para los que habían creído, / pues refutaba vigorosamente en público a los judíos, demostrando por las Escrituras que Jesús es el Cristo.

 

*Discípulos de san Juan Bautista en Éfeso

 

Mientras Apolo estaba en Corinto, Pablo recorrió las regiones altas y llegó a Éfeso. Encontró a algunos discípulos / y les preguntó: -¿Habéis recibido el Espíritu Santo al abrazar la fe? -Ni siquiera  hemos oído que haya Espíritu Santo  -le respondieron. / Él les replicó: -¿Entonces con qué bautismo habéis sido bautizados?  -Con el bautismo de Juan  -dijeron. / Pablo contestó: -Juan bautizó con un bautismo de penitencia diciendo al pueblo que creyeran en el que iba a venir detrás de él, es decir, en Jesús. / Cuando oyeron esto se bautizaron en el nombre del Señor Jesús. / Al imponerles Pablo las manos, vino el Espíritu Santo sobre ellos, de modo que hablaban en lenguas y profetizaban. / Eran entre todos unos doce hombres.

 

*Predicación y milagros de San Pablo en Éfeso

 

Entró en la sinagoga y habló abiertamente durante tres meses, exponiendo lo referente al Reino de Dios y tratando de convencerles. / Pero como algunos se endurecieron y no creyeron y maldecían el Camino ante la multitud, se apartó de ellos y se separó con los discípulos, enseñando todos los días en la escuela de Tirano. / Esto duró dos años, de forma que todos los habitantes de Asia, judíos y griegos, oyeron la palabra del Señor. / Dios obraba por manos de Pablo milagros nada corrientes, / de manera que hasta los pañuelos y las ropas que habían tocado su cuerpo, aplicados a los enfermos, hacían desaparecer las dolencias y expulsaban los espíritus malignos. / Algunos exorcistas ambulantes judíos intentaron invocar el nombre del Señor Jesús sobre quienes tenían espíritus malos diciendo: Os conjuro por ese Jesús que Pablo predica/Hacían siete hijos de un tal Esceva, de la aristocracia sacerdotal judía/Pero el espíritu maligno les replicó: -Conozco a Jesús  y sé quién es Pablo, pero vosotros  ¿quiénes sois?- / Y el hombre en quien estaba el espíritu maligno, abalanzándose sobre ellos, dominó a unos y otros y pudo con todos, de tal forma que huyeron de aquella casa desnudos y heridos.

 

*Quema de libros mágicos

 

Todos los judíos y griegos que vivían en Éfeso se enteraron de esto; el temor se apoderó de todos y fue ensalzado el nombre del Señor Jesús. / Muchos de los que habían creído venían para confesar y manifestar  sus prácticas supersticiosas. / Bastantes de los que cultivaban la magia trajeron sus libros y los quemaron delante de todos. Calcularon su valor y resultó ser de cincuenta mil monedas de plata. / Y así la palabra del Señor se propagaba con fuerza y se robustecía.

 

*Proyectos de viaje de San Pablo

 

Después de esto tuvo Pablo la inspiración de ir a Jerusalén a través de Macedonia y Acaya, y decía: -Después de ir allí debo ver también Roma. / Envió a Macedonia a dos de sus colaboradores, Timoteo y Erasto, y él permaneció algún tiempo en Asia.

 

*Motín de los plateros de Éfeso

 

Se produjo en aquella ocasión un alboroto no pequeño contra el Camino, / pues cierto platero llamado Demetrio, que fabricaba reproducciones en plata del templo de Artemisa y proporcionaba a los orfebres abundantes ganancias, / después de reunir a éstos y a los que eran del mismo oficio, dijo: -Amigos, sabéis que nuestro bienestar viene de este trabajo, / y estáis viendo y oyendo  que no sólo en Éfeso, sino en casi toda Asia, este Pablo ha apartado a mucha gente convenciéndoles de que no son dioses los que se fabrican con las manos. / Con esto no sólo hay peligro de que caiga en descrédito nuestra profesión, sino también de que el templo de la gran diosa Artemisa sea tenido en nada y vaya a ser despojada de su majestad aquella a quien toda Asia y la tierra entera veneran. / Al oír esto comenzaron a gritar llenos de furia: -¡Grande es la Artemisa de los efesios! / La ciudad se llenó de confusión y todos a una se precipitaron hacia el teatro, arrastrando a los macedonios Gayo y Aristarco, compañeros de viaje de Pablo. / Éste quiso presentarse al pueblo, pero los discípulos no se lo permitieron; / e incluso algunos asiarcas que eran amigos enviaron  a rogarle que no se arriesgase a ir al teatro. / Unos gritaban una cosa y otros, otra. Estaba la asamblea confusa y la mayoría no sabía por qué se habían reunido. / Hicieron salir entonces a Alejandro de entre la multitud, empujado por los judíos. Alejandro pidió silencio con la mano, para dar explicaciones a la gente; pero cuando supieron que era judío, todos a la vez gritaron durante unas dos horas: -¡Grande es la Artemisa de los efesios! / Cuando el magistrado calmó la turba, dijo: -Efesios, ¿qué hombre hay que no sepa que la ciudad de Éfeso es la guardiana del templo de la gran Artemisa y de su estatua bajada del cielo? / Como esto es indiscutible, conviene que estéis tranquilos y no hagáis nada precipitadamente, / pues habéis traído a estos hombres que no son sacrílegos ni blasfemos contra nuestra diosa. / Si Demetrio y los orfebres que están con él tiene queja contra alguno, audiencias y procónsules hay: que presenten sus acusaciones unos y otros. / Y si pretendéis algo más, debe resolverse en asamblea legal, / porque  corremos el peligro de ser acusados de sedición por lo de hoy, al no haber ninguna causa por la que podamos justificar este tumulto. Dicho esto, hizo disolver la asamblea.

 

*Paso a Macedonia. Comienza el regreso

 

Cuando cesó el alboroto, Pablo hizo llamar a los discípulos, los animó, se despidió de ellos y partió camino de Macedonia. / Después de atravesar aquellas regiones y exhortar a todos con frecuentes conversaciones, llegó a Grecia. / Allí se detuvo tres meses y, como los judíos tramaron un atentado contra él cuando se disponía a navegar a Siria, decidió volver a Macedonia. / Le acompañaron Sópatros, hijo de Pirro, de Berea; Aristarco y Segundo, de Tesalónica; Gayo, de Derbe; y Timoteo, así como Tíquico y Trófimo, que eran de Asia. / Éstos se adelantaron y nos esperaron en Tróade. / Nosotros iniciamos la navegación en Filipos después de los Ácimos y a los cinco días nos reunimos con ellos en Tróade, donde nos detuvimos siete días.

 

*Celebración de la Eucaristía y resurrección de Eutico

 

El primer día de la semana, cuando estábamos reunidos para la fracción del pan, Pablo, que debía partir al día siguiente, hablaba a los discípulos, y su discurso se prolongó hasta la medianoche. /Había abundantes lámparas en la habitación superior donde nos encontrábamos. / Un joven que se llamaba Eutico estaba sentado en la ventana y se quedó profundamente dormido al alargarse el discurso de Pablo, de modo que vencido por el sueño se cayó desde el tercer piso y lo levantaron ya muerto. / Bajó Pablo, se echó sobre él y abrazándolo dijo: -No os preocupéis, que su alma está en él. / Subió luego, partió el pan, lo comió y siguió hablando largo tiempo hasta el amanecer; entonces se marchó. / Trajeron vivoal joven y se consolaron muchísimo.

 

*De Tróade a Mileto

 

Nosotros nos adelantamos a tomar la nave y zarpamos rumbo a Asso, donde íbamos a recoger a Pablo, porque él había decidido hacer el viaje por tierra desde allí. / Cuando se nos unió en Asso lo recibimos a bordo y llegamos a Mitilene. / Allí nos hicimos a la mar y llegamos al día siguiente a la altura de Quíos; al otro día atracamos en Samos y al día siguiente arribamos a Mileto. / Pablo había decidido no detenerse en Éfeso, para no perder tiempo en Asia. Se daba prisa porque, si era posible, deseaba estar en Jerusalén el día de Pentecostés.

 

*Discurso de despedida a los presbíteros de Éfeso

 

Desde Mileto  envió un mensaje a Éfeso y convocó a los presbíteros de la iglesia. / Cuando llegaron les dijo: -Vosotros sabéis cómo me he comportado en vuestra compañía desde el primer día que entré en Asia, / sirviendo al Señor con toda humildad y lágrimas en medio de dificultades que me han venido por las insidias de los judíos; / cómo no dejé de hacer nada de cuanto podía aprovecharos – al predicaros y al enseñaros, en público y en vuestras casas -, / cuando anunciaba a judíos y griegos la conversión a Dios y la fe en nuestro Señor Jesús. / Ahora, encadenado por el Espíritu, me dirijo a Jerusalén, sin saber qué me pasará allí, / excepto que por todas las ciudades el Espíritu Santo testimonia en mi interior para decirme que me esperan cadenas y tribulaciones. / Pero en nada estimo mi vida, con tal de consumar mi carrera y el ministerio  que recibí del Señor Jesús de dar testimonio del Evangelio de la gracia de Dios. / Sé ahora que ninguno de vosotros, entre quienes pasé predicando el Reino, volverá a ver mi rostro. / Por eso, en este día doy testimonio de que estoy libre de culpa de la sangre de todos, / pues no dejé de anunciaros todos los designios de Dios. / Cuidad de vosotros, y de toda la grey, en la que el Espíritu Santo os puso como obispos para apacentar la Iglesia de Dios, que Él adquirió con su sangre. / Sé que después de mi marcha se meterán entre vosotros lobos feroces que no perdonarán al rebaño, / y que de entre vosotros mismos surgirán hombres que enseñarán doctrinas perversas, con el fin de arrastrar a los discípulos tras ellos. / Debéis, por lo tanto vigilar y recordar que durante tres años no cesé noche y día de exhortaros con lágrimas a cada uno de vosotros. / Ahora os encomiendo a Dios y a la palabra de su gracia, que es poderosa para edificar y conceder la herencia a todos los santificados. / No he codiciado de nadie plata, oro o ropas. / Sabéis bien que las cosas necesarias para mí y los que están conmigo las proveyeron estas manos. / Os he enseñado en todo que trabajando así es como debemos socorrer a los necesitados, y que hay que recordar las palabras del Señor Jesús, que dijo: <Mayor felicidad hay en dar que en recibir>. / En cuanto acabó de hablar se puso de rodillas y oró con todos ellos. / Entonces rompieron todos a llorar y abrazándose al cuello de Pablo le besaban, / afligidos sobre todo por lo que había dicho de que no volverían a ver su rostro. Y le acompañaron  hasta la nave.