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sábado, 1 de abril de 2017

DIOS LOS CREO (1ª Parte)


 
 
 
 
 
“El Señor Dios plantó un jardín en Edén, al oriente, y puso allí al hombre que había formado /
El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles agradables a la vista y buenos para comer; y además, en medio del jardín, el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal /

Un río nacía en Edén para regar el jardín, y desde allí se dividía formando cuatro brazos / El nombre del primero es Pisón, que rodea todo el país de Javilá, donde hay oro / El oro de aquel país es puro, allí había también bedelio y piedra de ónice / El nombre del segundo río es Guijón, que rodea todo el país de Etiopía / El nombre del tercer río es Tigris, que recorre el oriente de Asiria. Y el cuarto río es el Éufrates / El Señor Dios tomó al hombre y lo colocó en el jardín de Edén para que lo trabajara y lo guardara / y el Señor Dios impuso al hombre este mandamiento: <De todos los árboles del jardín podrás comer / pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás, porque el día que comas de él, morirás >/


 
 
Entonces dijo el Señor Dios: <No es bueno que el hombre esté solo; voy a hacerle una ayuda adecuada para él > / El Señor Dios formó de la tierra los animales del campo y todas las aves del cielo, y los llevó ante el hombre para ver cómo los llamaba, de modo que cada ser vivo tuviera el nombre que él le hubiera impuesto/ Y el hombre puso nombre a todos los ganados, a las aves del cielo y a todas las fieras del campo; pero para él no encontró una ayuda adecuada / Entonces el Señor Dios infundió un profundo sueño al hombre y éste se durmió; tomó luego una de sus costillas y cerró el

 
 
 
hueco con carne / Y el Señor Dios, de la costilla que había tomado del hombre, formó una mujer y la presentó al hombre  / Entonces dijo al hombre: <Ésta sí es hueso de mis huesos, y carne de mi carne. Se la llamará mujer, porque del varón fue hecha> / Por eso, dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán una sola carne"
 


"La serpiente era el más astuto de todos los animales del campo que había hecho el Señor Dios, y dijo a la mujer: - ¿De modo que os ha mandado Dios que no comáis

ningún árbol del jardín? / La mujer respondió a la serpiente: - Podemos comer del fruto de los árboles del jardín; / pero Dios nos ha mandado: <No comáis ni toquéis el fruto del árbol que está en

medio del jardín, pues moriríais>. / La serpiente dijo a la mujer: - No moriréis en modo alguno; / es que Dios sabe que el día que comáis de él se os abrirán los ojos y seréis como Dios, conocedores del

bien y del mal. / La mujer se fijó en que el árbol era bueno para comer, atractivo a la vista y que aquel árbol era apetecible para alcanzar sabiduría; tomó de su fruto, comió, y a su vez dio a su marido que también comió. / Entonces se le abrieron los ojos y conocieron que estaban desnudos; entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron. / Y cuando oyeron la voz del Señor Dios entre los árboles del jardín. / El Señor Dios llamó al hombre y le dijo: -¿Dónde estás? / Éste contestó: - Oí tu voz en el jardín y tuve miedo porque estaba desnudo; por eso me oculté. / Dios le preguntó: - ¿Quién te ha indicado que estabas desnudo? ¿Acaso has comido del árbol del que te prohibí comer? / El hombre contestó: - La mujer que me diste por compañera me dio, del árbol y comí. / Entonces el Señor Dios dijo a la mujer: - ¿Qué es lo que has hecho? La mujer respondió: - La serpiente me engañó y comí. / El Señor Dios dijo a la serpiente: - Por haber hecho eso, maldita seas entre todos los animales y todas las bestias del campo. Te arrastrarás sobre el vientre, y polvo


 
 
comerás todos los días de tu vida / Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo; él te herirá en la cabeza, mientras tú le herirás en el talón"  Gn 2, 8-24 ; 3, 1-15)


"El castigo  que Dios impone  a la serpiente incluye el enfrentamiento permanente entre la mujer y el diablo, entre la humanidad y el mal, con la promesa de la victoria por parte del hombre. Por eso se ha llamado a este pasaje el <Protoevangelio>, porque es el primer anuncio del Redentor, nacido de una mujer.

La Iglesia siempre ha entendido estos versículos  en sentido mesiánico, referidos a Jesucristo; y ha visto en la mujer, a la madre del Salvador prometido, a la Virgen María como nueva Eva"

(Nota a pie de pagina en la Biblia de Navarra; Ed. Universidad de Navarra, S.A.; EUNSA)

 
 
 
El Papa Francisco en su Audiencia General del miércoles 5 de abril de 2015 se refirió a la relación entre el hombre y la mujer, a partir de este momento, en los términos siguientes: “La experiencia nos enseña que: para conocerse bien y crecer armónicamente el ser humano necesita de la reciprocidad entre hombre y mujer. Cuando esto no se da, se ven las consecuencias. Estamos hechos para escucharnos y ayudarnos mutuamente. Podemos decir que sin el enriquecimiento recíproco en esta relación – en el pensamiento y en la acción, en los afectos y en el trabajo, incluso en la fe – los dos no pueden ni siquiera comprender en profundidad lo que significa ser hombre y mujer”

Es así de sencillo, el hombre y la mujer tienen que caminar de la mano, para comprenderse mejor, para enriquecerse mutuamente, para en definitiva, como asegura el Papa Francisco, llegar a entender en profundidad lo que significa ser hombre y mujer…

Es cierto, como ha asegurado también nuestro actual Papa, es necesario hacer muchas más cosas a favor de la mujer, para conseguir la justa reciprocidad entre el hombre y la mujer;  es, así mismo, necesario que tenga más peso real en la sociedad y en la Iglesia.


 
 
Por otra parte, como consecuencia del desajuste producido en las familias normalmente desestructuradas, han aumentado en proporciones alarmantes, tanto los <malos tratos> entre los distintos componentes que las conforman, muy particularmente en lo referente a las mujeres y a los niños, como los crímenes horrendos en el seno de las mismas, que  desgraciadamente, muchas veces son contemplados, por la sociedad con cierta indiferencia, tomandolos como hechos  habituales  e inevitables…

Todas estas cuestiones han llevado al Papa Francisco a expresarse con el dolor, y la cercania que le caracteriza,  sobre este tema candente de la sociedad del siglo XXI  (Ibid):
“Me pregunto si la crisis de confianza colectiva en Dios, que nos hace tanto mal, que hace que nos enfermemos de resignación ante la incredulidad y el cinismo, no está también relacionada con la crisis de la alianza entre hombre y mujer. En efecto, el relato bíblico, con la gran pintura simbólica sobre el paraíso terrestre y el pecado original, nos dice precisamente que la comunión con Dios se refleja en la comunión de la pareja humana y la pérdida de la confianza en el Padre celestial genera división y conflicto entre hombre y mujer.
De aquí viene la responsabilidad de la Iglesia, de todos los creyentes, y ante todo de las familias creyentes, para redescubrir la belleza del designio creador que inscribe la imagen de Dios también en la alianza entre el hombre y la mujer.

La tierra se colma de armonía y de confianza cuando la alianza entre hombre y mujer se vive bien. Y si el hombre y la mujer la buscan juntos, entre ellos y con Dios, sin lugar a dudas la encontrarán. Jesús nos alienta explícitamente a testimoniar esta belleza, que es la imagen de Dios”

 
 
 
Está claro, el Papa Francisco, quiere ayudar a las personas que defienden la sagrada unión entre el hombre y la mujer, pero éstas muchas veces, no se dejan ayudar, porque han perdido la esperanza en Dios; existe en este sentido una desconfianza colectiva dentro de estos grupos de personas, en una gran mayoría agnósticas, pero entre las que también existen, y esto es lo más triste, creyentes eventualmente alejados del Señor...

Por otra parte, según el Papa Francisco sería conveniente volver a releer detenidamente la célebre Carta del Papa Pablo VI (1963-1978),  <Humanae Vitae>, en donde este Pontífice, tras la celebración del Concilio Vaticano II asienta unos principios de moral, referidos al matrimonio, y por tanto a la familia, que muchas personas consideraron, entonces, fuera de lugar e incluso retrógradas.

Algunos que se consideraban creyentes acusaron al Papa Pablo VI de ser oscurantista y estar pasado de moda porque se oponía con su Carta al supuesto progreso de la historia...
¿Al progreso de qué historia? Nos preguntamos; pasados ya más de cuarenta años de tan importantes y proféticas palabras del Papa Montini, un hombre de constitución física débil, pero de capacidad intelectual enorme y vida espiritual profunda.

Sí, deberíamos tener muy en cuenta los consejos  del Papa Francisco y  recordar algunas de las ideas desarrolladas por su antecesor, Pablo VI,  en la Encíclica <Humanae Vitae>, dada en Roma el 25 de julio del año 1968, especialmente  aquellas referidas al amor conyugal y sus características; algunas de las cuales se recogen en el siguiente párrafo de su Carta:

 
 
“La verdadera naturaleza y nobleza del amor conyugal se revelan cuando éste es considerado en su fuente suprema, Dios, que es Amor, <el Padre de quien procede toda paternidad en el cielo y en la tierra>. El matrimonio no es, por tanto, efecto de la casualidad o producto de la evolución de fuerzas naturales inconscientes; es una sabia institución del Creador para realizar en la humanidad su designio de amor en los esposos, mediante su recíproca donación personal, propia y exclusiva de ellos, que tienden a la comunión de sus seres en orden a un mutuo perfeccionamiento personal, para colaborar con Dios en la generación y en la educación de nuevas vidas. En los bautizados el matrimonio reviste, además, la dignidad de signo sacramental de la gracia en cuanto representa la unión de Cristo y de la Iglesia”

Son palabras de un Papa que sufrió enormemente por la incomprensión de algunos miembros de su grey y que pasados los años, vuelve, como quien dice, a estar de moda en sus enseñanzas y planteamientos respecto a la vida conyugal y el buen desarrollo de la familia.

Todo matrimonio cristiano debería conocer la Carta <Humanae Vitae>, que tanto revuelo causó en su día entre los creyentes y no creyentes, pero que se nos muestra como una visión profética y magnífica de la realidad, que podría a la larga , imperar en las relaciones entre hombre y mujer...
No se trata de un problema menor y mucho menos  actual, se trata de una cuestión tan antigua como la creación del hombre; se tiene que conocer la historia de la familia y en particular de las relaciones conyugales, para comprender que es una situación presente desde siempre en la historia de la humanidad.

El Papa León XIII en su Carta Encíclica <Arcanum Divinae Sapientiae>, hace un estudio profundo sobre el matrimonio cristiano y la corrupción de éste desde la antigüedad. Es un análisis muy interesante que nos remonta a tiempos pasados y que en muchos aspectos es un fiel reflejo de lo que está sucediendo en la actualidad, en pleno siglo XXI.

Recordaremos algunas de las ideas desarrolladas en dicha Carta con objeto de comprender mejor el problema, el cual aunque en algunos momentos pudiera haber estado corregido, en realidad nunca desapareció, a pesar del ennoblecimiento que Cristo dio a la sagrada unión entre hombre y mujer  (Bodas en Caná; Jn 2, 1-12)

 
 
El matrimonio comenzó en la antigüedad poco a poco a corromperse y desaparecer entre los pueblos gentiles, incluso entre los mismos hebreos, un pueblo monoteísta y adorador del Único y Verdadero Dios y esto fue así porque como aseguraba en su día el Pontífice León XIII en el año 1880 (Ibid): “Entre estos, en efecto, había prevalecido la costumbre de que fuera lícito al varón tener más de una mujer; y luego, cuando, por la dureza de corazón de los mismos, Moisés les permitió indulgentemente la facultad de repudio, se abrió la puerta a los divorcios.

Por lo que toca a la sociedad pagana, apenas cabe creerse cuanto degeneró y que cambios experimentó el matrimonio, expuesto como se hallaba al oleaje de los errores y de las más torpes pasiones de cada pueblo.
Todas las naciones parecieron olvidar, más o menos, la noción y verdadero origen del matrimonio, dándose por doquier leyes emanadas, desde luego, de las autoridades públicas, pero no las que la naturaleza dicta. Ritos solemnes, instituidos al capricho de los legisladores, conferían a las mujeres el título honesto de esposas o el torpe de concubinas; se llegó incluso a que determinara la autoridad de los gobernantes a quienes les estaba permitido contraer matrimonio y a quienes no, leyes que conculcaban gravemente la equidad y el honor.

La poligamia, la poliandria, el divorcio, fueron otras tantas causas, además, de que se relajara enormemente el vínculo conyugal.

Gran desorden hubo también en lo que atañe a los muchos derechos y deberes de los cónyuges, ya que el marido adquiría el dominio de la mujer y muchas veces la despedía sin motivo alguno justo; en cambio, a él, entregado a una sensualidad desenfrenada e indomable, le estaba permitido discurrir impunemente entre lupanares y esclavas, como si la culpa dependiera de la dignidad y no de la voluntad.
Imperando la licencia marital, nada era más miserable que la esposa, relegado a un grado de abyección tal, que se la consideraba como un mero instrumento para satisfacción del vicio o para engendrar hijos.

Impúdicamente se compraba y se vendía a las que iban a casarse, cual si se tratara de cosas materiales, concedidos a veces al padre y al marido incluso la potestad de castigar a la esposa con el último suplicio.

La familia nacida de tales matrimonios necesariamente tenía que contarse entre los bienes del estado o se hallaba bajo el dominio del padre, a quien las leyes facultaban, además, para proponer y concertar a su arbitrio los matrimonios de sus hijos y hasta ejercer sobre los mismos la monstruosa potestad de vida y muerte”

 
 
 
Muchas de las cosas que denuncia el Papa León XIII en su Carta siguen sucediendo hoy en día, y es lógico que sea así, porque el siglo XXI cada vez se adentra más en el paganismo y su inmoralidad, a pesar  de las enseñanzas de Cristo, el cual fue el rehabilitador de la dignidad del hombre y la mujer y el depurador  de las leyes antiguas, cuidando con gran amor el sacramento, por Él instituido, del matrimonio, entre los bautizados (Arcanum Divinae Sapientiae):

“Jesucristo, restaurador de la divinidad humana y perfeccionador de las antiguas leyes, dedicó al matrimonio un no pequeño ni el menor de sus cuidados. Ennobleció, en efecto, con su presencia las bodas de Caná de Galilea, inmortalizándolas con el primero de sus milagros, motivo por el que, ya desde aquel momento, el matrimonio parece haber sido perfeccionado con primicias de nueva santidad.
Restituyó luego el matrimonio a la nobleza del primer origen, ya reprobando las costumbres de los hebreos, que abusaban de la pluralidad de las mujeres y de la facultad de repudio, ya sobre todo mandando que nadie desatara lo que el mismo Dios había atado con un vínculo de unión perpetua”

 
 
 
 
El Papa León XIII, en su sabia previsión de lo que en el futuro podría llegar a ser la unión entre hombre y mujer, si se producía un intento de separar los conceptos de <contrato> y <sacramento> advertía que (Ibid): “Dicha distinción o, mejor dicho, partición, no puede probarse, siendo cosa demostrada que en el  matrimonio cristiano el contrato es inseparable del sacramento. Cristo Nuestro Señor, efectivamente, enriqueció con la dignidad de sacramento el matrimonio, y el matrimonio es ese mismo contrato, siempre que se haya celebrado legítimamente.

Añade a esto que el matrimonio es sacramento porque es un signo sagrado y eficiente de gracia y es imagen de la unión mística de Cristo con la Iglesia. Ahora bien: la forma y figura de esta unión está expresada por ese mismo vínculo de unión suma con que se ligan entre sí el marido y la mujer, y no es otra cosa sino el matrimonio mismo.
 Así, pues, queda claro que todo matrimonio legítimo entre cristianos es en sí y por sí sacramento y que nada es más contrario a la verdad que considerar el sacramento como un cierto ornato sobre añadido o como una propiedad extrínseca, que quepa distinguir o separar del contrato, al  arbitrio de los hombres. Ni por la razón ni por la historia se prueba, por consiguiente, que la potestad sobre los matrimonios de los cristianos haya pasado a los gobernantes civiles. Y si esto fuera violado, indudablemente, que nadie podrá decir que haya sido violado por la Iglesia”


En este sentido, pasado el tiempo, se ha podido comprobar como los divorcios, tan defendidos por amplios sectores de la sociedad, han colaborado enormemente al desgarro de las familias que se han visto seriamente afectadas; los hijos sufren y padecen en sus carnes la destrucción de sus hogares. El desaliento y la desolación reinan en el alma de muchos hijos e hijas hoy en día, que no llegan a comprender lo que ha podido suceder entre sus padres.


 
 
Han tenido  que aceptar incluso, que sus padres y/o sus madres, separados o divorciados, puedan tomar otra pareja , y tengan un novio y/o una novia, asi los llaman, con los que deben convivir, para formar una nueva familia, que así la llaman también. Se ha llegado así, a un nuevo concepto familiar,  denominado  <familia desestructurada>, donde la felicidad de sus componentes no suele ser una realidad, sino todo lo contrario…

El Papa León XIII en el siglo XIX, ya preveía el cúmulo de males que el divorcio podría llevar al matrimonio (Ibid):
“Debido a él, las alianzas conyugales pierden su estabilidad, se debilita la benevolencia mutua, se ofrecen peligrosos incentivos a la infidelidad, se malogran la asistencia y la educación de los hijos, se da pie a la disolución de la sociedad doméstica, se siembran las semillas de la discordia en las familias, se empequeñece y se deprime la dignidad de las mujeres, que corren el peligro de verse abandonadas así que hayan satisfecho las sensualidad de los maridos.
Y puesto que, para perder a las familias y destruir el poderío de los reinos, nada contribuye tanto como la corrupción de las costumbres, fácilmente se verá cual enemigo es de la prosperidad de las familias y de las naciones el divorcio, que nace de la depravación moral de los pueblos y, conforme atestigua la experiencia, abre las puertas y lleva a las más relajadas costumbres de la vida privada y pública…”


Palabras proféticas del Papa León XIII que ya se han cumplido con creces; el sufrimiento de muchas familias es enorme, hombres y mujeres se han visto negativamente afectados por el divorcio, porque no sólo han sido los varones los causantes de la separación matrimonial, la infidelidad se ha dado y se da cada vez con más frecuencia en las esposas, que dejan sin recato el hogar y en algunas ocasiones a los hijos, para ser feliz al lado de un nuevo hombre llegado a sus vidas, que les ofrecen, según creen, más posibilidades de ser comprendidas.
Incluso con demasiada frecuencia no es un hombre, sino otra mujer el objeto de sus deseos, sí, la corrupción de las costumbres están llegando a límites que ni siquiera un Pontífice como León XIII podría profetizar…
Lo que está ocurriendo en los últimos siglos ha llevado a los máximos mandatarios de la Iglesia, los Pontífices, a estar muy atentos a los temas suscitados especialmente con  relación a la indisolubilidad del sacramento del matrimonio.

 
 
 
 
 
En el año 2002, por ejemplo, el Papa San Juan Pablo II, durante su discurso al Tribunal de la Rota Romana, al inaugurarse el año judicial, entre otros aspectos muy interesantes destacaba el hecho de que: “La Iglesia y cada cristiano deben ser luz del mundo: <Alumbre así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y lo glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos> (Mt 5,16). Estas palabras de Jesús encuentran hoy una singular aplicación en relación con el matrimonio indisoluble. Podría parecer que el divorcio está tan enraizado en ciertos sectores sociales, que casi no valga la pena continuar combatiéndolo, difundiendo una mentalidad, una conducta social y una legislación civil a favor de la indisolubilidad. ¡No vale la pena!

En realidad este bien se sitúa de manera propia en la base entera de la sociedad, como condición necesaria de la familia. Por tanto su ausencia tiene consecuencias devastadoras, que se propagan dentro del cuerpo social como una plaga – según la terminología usada por el Concilio Vaticano II, para describir el divorcio (Gaudium Spes) – E influyen negativamente sobre las nuevas generaciones frente a las cuales parece obscurecidas la belleza del verdadero matrimonio.

 
 
 
El esencial testimonio sobre el valor de la indisolubilidad se hace valer mediante la vida matrimonial de los cónyuges, en la fidelidad a su vínculo al atravesar las alegrías y las pruebas de la vida. El valor de la indisolubilidad no puede ser mantenido como el objeto de una mera elección privada. Esto hace referencia a un punto capital para la entera sociedad. Y por tanto, mientras son dignas de encomio tantas iniciativas  que los cristianos junto con otras personas de buena voluntad promueven para el bien de la familia, por ejemplo, la celebración de los aniversarios de boda, se debe evitar el peligro del permisivismo en cuestiones de fondo concernientes a la existencia del matrimonio y de la familia” (Carta a las familias. San Juan Pablo II).


No se equivocaba el Papa San Juan Pablo II, cuando ya en el año 2002 hablaba de <permisividad> al juzgar las cuestiones de fondo concernientes al matrimonio y la familia cristiana, que ya existía en aquellos momentos, y que desgraciadamente han ido a más y han conducido a la situación que hoy nos encontramos en los inicios de un nuevo siglo.
La legalización de la interrupción del embarazo, es para la Iglesia, la autorización dada al hombre adulto (mediante una ley instituida por éste), para privar de la vida a otro hombre no nacido, que se encuentra ya en el vientre de su madre y que por tanto es incapaz de defenderse.
Se trata de una situación totalmente injusta, puesto  que se produce una ofensa terrible hacia el derecho a la vida de un ser humano, inocente y sin defensas frente a sus enemigos, que en este caso terrible, es la madre o los esposos que lo han engendrado.
Como razonaba en su día el Papa San Juan Pablo II (Cruzando el umbral de la esperanza. Círculo de lectores S.A. Bajo licencia de Plaza & Janés Editores, S.A. 1995):

 
 
 
 
“Con frecuencia la cuestión se presenta como derecho a la mujer a una libre elección frente a la vida que ya existe en ella, que ella ya lleva en su seno: la mujer tendría que tener el derecho de elegir entre dar la vida y quitar la vida al niño concebido. Cualquiera puede ver que esta es una alternativa sólo aparente. No se puede hablar de derecho a elegir cuando lo que está en cuestión es un evidente mal moral, cuando se trata simplemente del mandamiento de ¡No matar!

¿Este mandamiento prevé acaso alguna excepción? La respuesta del suyo es <No>; ya que hasta la hipótesis de la legítima defensa, que no se refiere nunca a un inocente sino siempre y solamente a un agresor injusto, debe respetar el principio que los moralistas llaman <Principium Inculpatae Tutelae> (Principio de defensa y irreprensible): para ser legítima esa defensa debe llevarse a cabo de modo que infrinja el menor daño y, si es posible, que deje a salvo la vida del agresor.

 
 
 
El caso de un niño no nacido no entra en semejante situación. Un niño concebido en el seno de la madre no es nunca un agresor injusto, es un ser indefenso que espera a ser acogido y ayudado… Se trata de un problema de gran envergadura en el que todos debemos demostrar la máxima responsabilidad y vigilancia. No podemos permitirnos formas de permisivismo, que llevarían directamente a  conculcar derechos de los hombres, y también a la aniquilación de los valores fundamentales, no solamente de la vida de las personas singulares y de las familias, sino de la misma sociedad. ¿No es acaso una triste verdad eso a lo que se alude con la fuerte expresión de <civilización de la muerte>?

Obviamente, lo contrario de la <civilización de la muerte> no es y no puede ser el programa de la multiplicación irresponsable  de la población sobre el globo terrestre. Hay que tomar en consideración el índice demográfico, y la vía justa es lo que la Iglesia llama paternidad y maternidad responsable. Los centros asesores familiares de la Iglesia así lo enseñan. La paternidad y la maternidad responsable son el postulado del amor por el hombre, y son también el postulado de un auténtico amor conyugal, porque el amor no puede ser irresponsable. Su belleza está contenida en la responsabilidad. Cuando el amor es verdaderamente responsable es también verdaderamente libre…”

 
 
Ciertamente <cuando el amor es verdaderamente responsable es verdaderamente libre>, por eso  el Papa Francisco durante su Audiencia General del 11 de noviembre de 2015, hacia esta reflexión a todos los creyentes, sobre el Banquete Eucarístico y la alianza viva y vital de las familias cristianas: “Miremos el Misterio del Banquete Eucarístico. El Señor entrega su cuerpo y su sangre por todos. De verdad no existe división que pueda resistir a este sacrificio de comunión; sólo la actitud de falsedad, complicidad con el mal puede excluir de él. Cualquier otra distancia no puede resistir a la potencia indefensa de este pan partido y este vino derramado, Sacramento del único Cuerpo del Señor.

La alianza viva y vital de las familias cristianas, que precede, sostiene y abraza en el dinamismo de su hospitalidad las fatigas y las alegrías cotidianas, coopera con la gracia de la Eucaristía, que es capaz de crear comunión siempre nueva con su fuerza que incluye y que salva”   

 






 

 

 

jueves, 23 de marzo de 2017

JESÚS EL VERBO ENCARNADO


 
 
 
 



Cuando los hombres bajo la acción de su mortal enemigo intentan descartar el Santo Misterio de la Encarnación de Jesús, que tuvo lugar en el vientre de una joven, la  Virgen María, Madre de Dios, es necesario recordar de nuevo, y alabar este gran evento que ocurrió hace ya más de 2000 años.

En realidad esta perversa pretensión ha persistido, desde el origen del universo, y ya en tiempos próximos al nacimiento de Jesús, ocurrió que el rey Herodes informado por unos magos de Oriente de la llegada del rey de los judíos, es decir, aquel salvador del mundo denominado Mesías por el pueblo de Israel, se alarmó enormemente y con él toda su corte (Mt 1, 1-3):
-Unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén

-preguntado: < ¿Dónde está el que ha nacido, el rey de los judíos? Porque hemos visto su estrella en el Oriente y venimos a adorarlo>.
-Al oír esto el rey Herodes, se inquietó, y con él toda Jerusalén

 



Herodes entonces convocó a todos los sumos sacerdotes y a los maestros de la Ley y les interrogó sobre la ciudad en que tendría lugar hecho tan trascendente, pues estaba asustado pensando que la llegada del Mesías provocaría el final de su poder y en definitiva de su reinado (Mt 2, 1-12); por eso, él pretendía acabar con este posible nacimiento, de la forma que fuera, por lo que les rogó a los magos que regresaran, después de ver al Santo Niño, y le informaran del sitio exacto donde se encontraba.




Sin embargo los magos fueron avisados por medio de un ángel del Señor para que no accedieran al deseo de Herodes y regresaron a sus lugares de origen por otros caminos, dejando al sanguinario rey con la terrible duda respecto al posible nacimiento del Hijo de Dios, esto es, al cumplimiento del Misterio de la Encarnación.

Desde entonces, y hasta nuestros días, muchos hombres llevados por el espíritu del <padre de la mentira>, han querido mostrar que: Aún no ha venido el Mesías a este mundo, que Cristo no es el Mesías, que es sólo un hombre, una especie de profeta,  un visionario, o algo parecido... Pero no, Jesús es el Verbo Encarnado, el Hijo de Dios Vivo...

Recordemos a este respecto las grandes herejías del gnosticismo, nestorianismo, monofisismo, monotelismo, arrianismo, y muchas más, que se han ido sucediendo a lo largo de los siglos después de la primera venida de Jesucristo al mundo; todas ellas cristologicas que han sido refutadas por los Padres de la Iglesia en los correspondientos Concilios Ecumenicos.

Sin duda, ante tanta maldad la Iglesia de Cristo tiene que responder con fuerza recordando a sus hijos y al mundo entero que Jesús es el Verbo Encarnado, que hace ya muchos siglos que vino para salvarnos y que volverá, en su día de nuevo (Parusía), para impartir justicia.



Recordemos por otra parte, que la designación de Pedro como Cabeza de la Iglesia por Jesús, tuvo lugar en Cesarea de Filipo, acto seguido de la profesión de fe de éste. Sucedió que al llegar Jesús con sus discípulos a esta región de Galilea, se interesó por los comentarios que hacían las gentes sobre él; les dijo (Mt 16,13): ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? La respuesta de Pedro fue tajante (Mt 16,16): Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.

El Papa San Juan Pablo II al comienzo de su Pontificado en la Homilía del domingo 22 de Octubre de 1978 se refería a los acontecimientos que hemos recordado, remarcando el hecho de que esta profesión de Pedro daba lugar al comienzo de la misión de los Pontífices en la historia de la salvación, en la historia del pueblo de Dios.




Años más tarde, este sucesor de Pedro, en una entrevista concedida a un prestigioso periodista se expresaba en los siguientes términos ante la pregunta, Jesús-Dios ¿No es una pretensión excesiva?
(Cruzando el umbral de la esperanza. Editado por Vittorio Messori. Círculo de lectores 1997):
“Desde que Pedro confesó: Tú eres el Mesías el Hijo de Dios vivo, Cristo está en el centro de la fe y de la vida de los cristianos, en el centro de su testimonio, que no pocas veces ha llegado hasta la efusión de sangre…
Se podría hablar de una concentración cristológica del cristianismo, que se produjo ya desde el inicio...
Esto se refiere en primer lugar a la fe y se refiere también a la tradición viva de la Iglesia.
Una expresión peculiar suya tanto en el culto Mariano cómo en la mariología es que: fue concebido del Espíritu Santo (Encarnación), y nació de María Virgen”

 



En consecuencia, así se expresa el Misterio de la <Encarnación del Verbo> que forma parte del <Credo Apostólico>:
“Yo creo en Dios, Padre Omnipotente, creador del cielo y la tierra; y en Jesucristo, Su único Hijo, nuestro Señor, el cual fue concebido del Espíritu Santo, nació de María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilatos…”





Este llamado <Símbolo o Credo Apostólico> sigue diciendo el Papa (Ibid):

“Es la expresión de la fe de Pedro y de toda la Iglesia…

Pero desde el siglo IV entrará también en el uso catequético y litúrgico el Símbolo o Credo <Niceno-Constantinopolitano>, que amplía su enseñanza…

En Nicea y Constantinopla se definió que Jesucristo es <Hijo único del eterno Padre, engendrado y no creado, de su misma substancia, por medio del cual todas las cosas han sido creadas>”

 
 
 


Por otra parte, tal como leemos en el Catecismo de la Iglesia Católica (nº 457):

“Nuestra naturaleza enferma exigía ser sanada; desgarrada, ser restablecida; muerta, ser resucitada. Habíamos perdido la posesión del bien, era necesario que se nos devolviera. Encerrados en las tinieblas, hacía falta que nos llegara la luz; estando cautivos, esperábamos un salvador; prisioneros, un socorro; esclavos, un libertador. ¿No tenían importancia esos razonamientos? ¿No merecerían conmover a Dios hasta el punto de hacerle bajar hasta nuestra naturaleza humana para visitarla, ya que la humanidad se encontraba en un estado tan miserable y tan desgraciado?” (San Gregorio de Nisa, Oratorio Cathechética, 15: TG 45, 48B).

 
 




Son las palabras de san Gregorio de Nisa del cual el Papa Benedicto XVI en su Audiencia general el miércoles 29  de agosto de 2007 hacía la siguiente semblanza:

“Nació alrededor del año 335 d.C. De su formación cristiana se encargaron especialmente su hermano San Basilio, definido por él mismo, como <padre y maestro>, y su hermana Santa Macrina.
En sus estudios profundizó particularmente en la filosofía y la retórica. En un primer momento se dedicó a la enseñanza y parece que se casó. Años más tarde (libre de impedimentos), como su hermano y su hermana, se consagró totalmente a la vida ascética.
Sin embargo pasado el tiempo, fue elegido Obispo de Nisa, y se convirtió en pastor celoso, conquistando la estima de la comunidad.
Injustamente acusado de malversaciones económicas por unos adversarios herejes, tuvo que abandonar por un tiempo su Sede Episcopal, pero luego, limpio de toda culpa, regresó triunfalmente y prosiguió su lucha para defender la auténtica fe…
En su gran discurso catequístico <Oratio Catechética magna>, expuso las líneas fundamentales de la teología, no para elaborar una teología académica cerrada en sí misma, sino para ofrecer a los catequistas un sistema de referencia para sus explicaciones; como una especie de marco en el que se mueve después la interpretación pedagógica de la fe”


No cabe duda que gracias a hombres santos y cultos como san Gregorio de Nisa la Iglesia de Cristo ha logrado combatir tantas heregias como iban surgiendo a lo largo de su historia. Sin embargo la batalla todavía sigue, pues aunque el Hijo de Dios se hizo hombre como recitamos en el Credo, aún algunos hombres se preguntan: ¿Qué significa la palabra central, Encarnación, para la fe cristiana?

 



El Papa Benedicto XVI en su Audiencia General del miércoles 9 de enero de 2013 analizó este tema de naturaleza teológica:
“Encarnación deriva del latín <incarnatio>. San Ignacio de Antioquía (Padre Apostólico de la Iglesia, de finales del siglo I) y, sobre todo San Ireneo (Obispo de Lyon. Adversario del gnosticismo en el siglo II d.C.), usaron este término reflexionando sobre el Prólogo del Evangelio de San Juan, en especial sobre la expresión: <el Verbo se hizo carne> (Jn 1,14).

Aquí, la palabra <carne>, según el uso hebreo, indica el hombre en su integridad, todo el hombre, pero precisamente bajo el aspecto de su caducidad y temporalidad, de su pobreza y contingencia.

Esto quiere decir que la salvación traída por el Dios, que se hizo carne en Jesús de Nazaret, toca al hombre en su realidad concreta y en cualquier situación en que se encuentre...

Dios asumió la condición humana para sanarla de todo lo que le separa de Él, para permitirnos llamarle, en su Hijo unigénito, con el nombre de <Abba> (Padre),  y ser verdaderamente hijos de Dios.

San Ireneo afirma: <Éste es el motivo por el cual el Verbo se hizo hombre, Hijo del hombre: para que el hombre, entrando en comunión con el Verbo y recibiendo de este modo la filiación divina, llegara a ser hijo de Dios>”
(Adversus haereses, 3, 19, 1: TG 7, 939; cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 460).

 
 


En efecto, Jesús fue concebido por obra del Espíritu Santo y nació de la Virgen María. Jesús significa Salvador y en el Evangelio de San Lucas se precisa que María era virgen antes del nacimiento de Jesús y permaneció virgen en el momento del parto y después del parto (Lc 1,26-):

“Envió Dios al ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret / a una joven virgen, prometida de un hombre descendiente de David, llamado José / La virgen se llamaba María / Entró donde ella estaba, y le dijo: <Alégrate llena de gracia; el Señor está contigo> / Ante estas palabras, María se turbó y se preguntaba que significaba tal saludo / El ángel le dijo: <no tengas miedo, María porque has encontrado gracia ante Dios / Concebirás y darás a luz un hijo, al que pondrás por nombre Jesús / Será grande y se llamará Hijo del Altísimo… / María dijo al ángel: <¿Cómo será esto, pues no conozco varón?> / El ángel contestó: <El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Niño que nazca será Santo y se llamará Hijo de Dios>”

 



Los Pontífices de todos los tiempos han sentido un respeto inmenso por el Misterio de la Encarnación así como amor infinito hacia la mujer virgen a través de la cual se hizo el Milagro de entrada en el mundo de Dios hecho hombre.

Son muchas las declaraciones realizadas en este sentido a lo largo de los siglos de la historia de la cristiandad, por los Papas y Padres de la Iglesia, pero remitiéndonos a los tiempos presentes hay que reconocer que al Papa San Juan Pablo II se  deben gran número de los testimonios sobre este
misterio de la Encarnación.

Así por ejemplo, en su Homilía del domingo 22 de octubre de 1978, al comienzo de su Papado se expresaba lleno de emoción por la misión a la que, el Señor le había llamado con estas significativas palabras (Homilía del Papa San Juan Pablo II al  comienzo de su Pontificado. Plaza de San Pedro domingo 22 de octubre de 1978):



“Hoy y aquí, en este lugar, es necesario pronunciar y escuchar de nuevo las mismas palabras: <Tú eres el Cristo,  el Hijo de Dios vivo>.

Sí, hermanos e hijos ante todo estas palabras...

Su contenido revela a nuestros ojos el misterio de Dios vivo, misterio que el Hijo conoce y nos ha acercado. En efecto, nadie ha acercado el Dios vivo a los hombres, ninguno lo ha revelado como lo ha hecho el Hijo mismo.

En nuestro conocimiento de Dios, en nuestro camino hacia Dios estamos totalmente ligados a la potencia de estas palabras: <Quien me ve a Mí, ve también al Padre>.
El que es infinito, inescrutable, inefable, se ha acercado a nosotros en Cristo Jesús, el Hijo unigénito, nacido de María Virgen en el portal de Belén.

Vosotros todos, los que tenéis ya la inestimable suerte de creer, vosotros todos los que todavía buscáis a Dios, y también vosotros los que estáis atormentados por la duda: acoged de buen grado una vez más – hoy y en este sagrado lugar – las palabras pronunciadas por Simón Pedro.

En estas palabras está la fe de la Iglesia. En ellas está la nueva verdad, es más, la verdad última y definitiva sobre el hombre: <Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo>”

 



Sí, para el Papa san Juan Pablo II, el Dios vivo, el Hijo de Dios, estaba presente siempre en todos sus actos públicos y privados, así por ejemplo, unos años después en la solemne celebración de la Eucaristía en honor a la Inmaculada Concepción de la Virgen María, el 8 de diciembre de 1984 nos hablaba de la Virgen y del papel tan importante que ésta tuvo en el Misterio de la Encarnación:
“<Dios te salve, llena de gracia, el Señor está contigo> (Lc 1, 28)





Cuando fueron pronunciadas estas palabras por Arcángel, el Adviento esperado por la humanidad alcanzó su fénix…
Este saludo – en boca del Arcángel – Prepara la revelación de la Divina Maternidad de María (Lc 1, 30-35) : 

<No temas, María, pues Dios te ha concedido su favor / Concebirás y darás a luz un hijo, al que pondrás por nombre Jesús / .../ El Espíritu Santo vendrá sobre tí y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que va a nacer será santo y se llamará Hijo de Dios>... 

La plenitud de gracia, significa la Maternidad Divina. La plenitud de gracia, significa también la Inmaculada Concepción. La Inmaculada Concepción es con miras a la Maternidad Divina...
Éste es el orden de la gracia, es decir, de la economía salvífica de Dios…"



Así pues, el misterio de la Inmaculada Concepción de la Virgen María nos lleva a Belén y, a la vez, al Calvario y en cierto sentido, nos guía al Calvario y luego a Belén, tal como nos sigue enseñando el Papa Juan Pablo II (Ibid):
"María fue redimida de forma particular en el primer instante de su concepción, en previsión del Sacrificio de Cristo Redentor en el Calvario para poder convertirse en Madre del Redentor, en Nazaret y en Belén...

Estos años, en los que nos acercamos al final del segundo milenio se hace particularmente significativo para nosotros el período de Adviento. Lo mismo que entonces el pueblo elegido y con él toda la humanidad se preparaba a la venida del Salvador, así ahora la Iglesia se prepara juntamente con la humanidad al gran jubileo del nacimiento de Cristo…
La inmaculada Concepción es el primer signo y, a la vez, anuncio del tiempo nuevo.




Es comienzo de esa plenitud de los tiempos de la que habla el Apóstol. Brilla no sólo en el horizonte del primer Adviento definitivo, al que se acerca continuamente la humanidad <sin saber ni el día ni la hora> (Mt 25,13)"
 

Prosigue el Papa Juan Pablo II en la Audiencia General del 28 de enero de 1987, hablándonos con gran conocimiento de causa,  sobre la acción del Espíritu Santo en la concepción de Jesús:

“La revelación de la intervención del Espíritu Santo en la concepción de Jesús, indica el comienzo, en la historia del hombre, de la nueva generación espiritual que tiene un carácter estrictamente sobrenatural (1 Cor 15, 45-49).



De este modo Dios Uno y Trino <se comunica> a la criatura mediante el Espíritu Santo...

Es el misterio al que se pueden aplicar las palabras del Salmo (103/104, 30): <Envía tu Espíritu, y serán creados, y renovarás la faz de la tierra>.

En la economía de esa comunicación de Sí mismo, que Dios hace a la criatura, la concepción virginal de Jesús, que sucedió por obra del Espíritu Santo, es un acontecimiento central y culminante.

Él inicia la <nueva creación>. Dios entra así en un modo decisivo en la historia para actuar sobre el destino sobrenatural del hombre, o sea, la predestinación de todas las cosas en Cristo.

Es la expresión definitiva del Amor salvífico de Dios al hombre...En la actuación del plan de la salvación hay siempre una participación de la criatura. Así en la concepción de Jesús por obra del Espíritu Santo, María participa de forma decisiva"



Como estamos recordando el Papa San Juan Pablo II ha sido un gran promulgador del Misterio de la Encarnación y siempre que tenía ocasión lo ponía de manifiesto en sus catequesis y homilías.

Así por ejemplo, diez años después de la Audiencia General anteriormente aludida, más concretamente el miércoles 10 de diciembre de 1997 en otra Audiencia General, nos habló de la Encarnación como ingreso de la eternidad en el tiempo.

En esta Audiencia el Santo Padre nos invitaba a conmemorar los dos mil años de cristianismo, esto es, nos remontaba al acontecimiento que inaugura la era cristiana: el nacimiento de Jesús, del que el Evangelio de san Lucas nos da información clara y al mismo tiempo, enriquecedora.
Pues bien, el nacimiento de Jesús según aseguraba el Papa pone en evidencia el Misterio de la Encarnación, el cual tuvo lugar en el seno de la Virgen en el mismo momento del anuncio del ángel, de este modo, nació de ella un niño que iba a ser el instrumento dócil y responsable del plan divino, concebido por obra del Espíritu Santo.




Así pues, el Hijo de Dios, comienza a vivir primero como niño y luego crece tal como nos dice el Evangelio de San Lucas: <en sabiduría, en estatura, y en gracia ante Dios y ante los hombres> (Lc 2,52). De esta forma el Hijo de Dios se nos manifestó también como verdadero hombre.

Sigue diciendo el Papa, a este respecto, que (Ibid)):

“La Encarnación es fruto de un inmenso amor, que impulsó a Dios a querer compartir plenamente nuestra condición humana.
El hecho de que el Verbo de Dios se hiciera hombre produjo un cambio fundamental en la condición misma del tiempo. Podemos decir que, en Cristo, el tiempo humano se colmó de eternidad.
Es una transformación que afecta al destino de toda la humanidad, ya que <el Hijo de Dios, con su Encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre (Gudium et spes, 22). Vino a ofrecer a todos la participación de su vida divina.

 



El don de esta vida conlleva una participación en su eternidad. Jesús lo afirmó, especialmente a propósito de la Eucaristía: <El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna> (Jn 6,54).

El efecto del Banquete Eucarístico es la posesión, ya desde ahora, de esa vida. En otra ocasión, Jesús señaló la misma perspectiva a través del símbolo del agua viva, capaz de apagar la sed, el agua viva de su Espíritu, dada con vistas a la vida eterna (Jn 4,14).

La vida de la gracia revela, así, una dimensión de eternidad que eleva la existencia terrena y la orienta, en una línea de verdadera continuidad,  al ingreso en la vida celestial”

El Papa Juan Pablo II era un hombre lleno de optimismo y de fe en Dios, por eso, en otra ocasión se expresaba en los siguientes términos:

“El Verbo eterno, al hacerse hombre, entró en el mundo y lo acogió para redimirlo. Por tanto, el mundo no sólo está marcado por la terrible herencia del pecado; es, ante todo, un mundo salvado por Cristo, el Hijo de Dios, crucificado y resucitado. Jesús es el redentor del mundo, el Señor de la historia. <Eius sut témpora et saecula>: suyos son los años y los siglos. Por eso creemos que, al entrar en el tercer milenio junto con Cristo, cooperaremos en la transformación del mundo redimido por Él. Mundus cratus, <mundus redemptus>…
Desgraciadamente, la humanidad cede a la influencia del mal de muchos modos. Sin embargo, impulsada por la gracia, se levanta continuamente, y camina hacia el bien guiada por la fuerza de la redención. Camina hacia Cristo, según el proyecto de Dios Padre”

 
 
 
Estas eran las optimistas palabras del Papa  Juan Pablo II en el año 1999 pero no cabe duda de que sus buenos deseos, hasta el momento, no se ha cumplido del todo. Él mismo presentía en el año 2001 que esto podría llegar a ser así
(Homilía del Santo Padre San Juan Pablo II. Celebración Eucarística de la Misericordia Divina. Domingo, 22 de abril del 2001):

“Tanto los creyentes como los no creyentes, pueden admirar el Cristo humillado y sufriente, que lo une a nuestra condición humana más allá de cualquier medida imaginable. La Cruz, incluso después de la Resurrección del Hijo de Dios, <habla y no cesa nunca de decir que Dios Padre es absolutamente fiel a su eterno amor por el hombre… Creer en ese amor significa creer en la misericordia>.



Queremos dar gracias al Señor por su amor que es más fuerte que la muerte y el pecado. Ese amor se revela y se realiza con misericordia en nuestra existencia diaria, e impulsa a todo hombre a tener, a su vez, misericordia hacia el crucificado. ¿No es precisamente amar a Dios y amar al prójimo, e incluso a los enemigos, siguiendo el ejemplo de Jesús, el programa de vida de todo bautizado y de la Iglesia entera?”

Han pasado ya bastantes años desde que el Papa San Juan Pablo II proclamaba <La Misericordia Divina> y alentaba a los hombres a seguir su ejemplo, pero parece que los seres humanos siguen comportándose según las palabras que en su día dijo el Señor refiriéndose a la razón por la cual les hablaba en parábolas a sus discípulos y a las gentes que le seguían (Mt 13, 12-15):

-Por esto les hablo en parábolas, porque miran y no ven, escuchan y no oyen ni entienden.

-Así se cumple en ellos la profecía de Isaías: <Oiréis pero no entenderéis, miraréis pero no veréis>.

-Porque la mente de este pueblo está embotada, tiene tapado los oídos y los ojos cerrados, para no ver nada con sus ojos ni oír con sus oídos, ni entender con la mente ni convertirse a mí para que yo los cure.

 


Por eso nuestro Pontífice actual, el Papa Francisco, en la misa matutina realizada en la capilla de la Domus Sanctae Marthae nos habló el sábado 1 de junio de 2013 del <Escándalo de la Encarnación> y lo hizo con palabras claras y sugerentes.

Entre las muchas cosas que subrayó, citaremos aquellas que hacen referencia a la seducción del demonio, que muchas veces se expresa con palabras engañosas, como por ejemplo:

<Pero vosotros, cristianos, sed un poco más normales, como las otras personas, ¡Razonables!... Este es un discurso de encantadores de serpientes: <Pero, sed así ¡No!, un poco más normales no seáis tan rígidos>…”

 


Según el Papa Francisco, detrás de todas estas recomendaciones de Satanás y sus acólitos se encuentra el <Escándalo de la Encarnación> del Verbo. En este sentido ha subrayado el Papa  también que:
“Siempre estará la seducción de hacer cosas buenas sin el escándalo del <Verbo Encarnado>, sin el <Escándalo de la Cruz>.

Debemos en cambio <ser coherentes con este escándalo, con esta realidad que escandaliza>.

Es <mejor así: la coherencia de la fe>”.


Finalmente tras esta breve reflexión sobre Jesús y el Verbo Encarnado recordaremos las hermosas palabras que Papa San Juan Pablo II pronunció el 1 de enero de 1999 con motivo de la solemnidad de María Madre de Dios:

“Pidamos al Señor no tener vergüenza de vivir con este <Escándalo de la Cruz>, y también la sabiduría.

Pidamos la sabiduría de no dejarnos atrapar por el espíritu del mundo, que siempre nos hará propuestas educadas, propuestas cívicas, propuestas buenas, pero detrás de ellas está la negación del hecho de que el Verbo ha venido en la carne, de la <Encarnación del Verbo>.

Que al final es eso lo que escandaliza a aquellos que persiguen a Jesús, es eso lo que destruye la obra del diablo. Así sea”