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viernes, 7 de abril de 2017

JESÚS TENÍA QUE RESUCITAR DE ENTRE LOS MUERTOS


 
 
 
 
 
 
 
Según el Evangelio de san Juan: "El día siguiente al sábado, muy temprano, cuando todavía estaba oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio quitada la piedra del sepulcro / Entonces echo a correr, llegó hasta donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, el que Jesús amaba y les dijo: <Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto / Salió Pedro con el otro discípulo y fueron al sepulcro / Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corrió  más aprisa que Pedro y llegó antes al sepulcro.


/ Se inclinó y vio allí los lienzos plegados, pero no entró / Llegó tras él Simón Pedro, entró en el sepulcro y vio los lienzos plegados / y el sudario que había puesto en su cabeza, no plegado junto a los lienzos, sino aparte, todavía enrollado, en un sitio / Entonces entró también  el otro discípulo que había llegado antes al sepulcro, vio y creyó" 
 
 En el <Símbolo de los Apóstoles>, podemos leer que Jesucristo después de muerto y sepultado descendió a los infiernos y al tercer día Resucitó de entre los muertos. Hay que remontarse a los tiempos de la Iglesia primitiva para recordar el significado del <Símbolo de los Apóstoles>, pero más recientemente en el Catecismo de la Iglesia católica, que recoge las enseñanzas del Concilio Ecuménico Vaticano II, podemos encontrar también una definición muy clara:
“Desde su origen, la Iglesia expresó y transmitió su propia fe en fórmulas breves y normativas para todos (Rom 10, 9; I Co 15, 3, 5). Pero muy pronto, la Iglesia quiso también recoger lo esencial de la fe en resúmenes orgánicos y artículos destinados sobre todo a los candidatos al bautismo.


 
 
Según San Cirilo de Jerusalén <esta síntesis de la fe no ha sido hecha por opiniones humanas, sino que de toda la Escritura ha sido recogido lo que hay en ella  más importante, para dar en su integridad la única enseñanza de la fe. Y como el grano de mostaza contiene en un grano muy pequeño gran número de ramas, de igual modo este resumen de la fe encierra en pocas palabras todo el conocimiento de la verdadera piedad contenida en el Antiguo y Nuevo Testamento>” (C.I.C nº186).


Precisamente, el Catecismo de la Iglesia católica que recoge los decretos del último Concilio Ecuménico, Vaticano II, ha elegido el llamado <Símbolo de los Apóstoles>, para mostrar las enseñanzas de las Sagradas Escrituras.

Más concretamente, y refiriéndose al tema de la bajada de Cristo a los infiernos, después de su Muerte y antes de su Resurrección, podemos leer (C.I.C nº 632):

-Las frecuentes afirmaciones del Nuevo Testamento según las cuales Jesús resucitó de entre los muertos, presuponen que, antes de la Resurrección, permaneció en la morada de los muertos. Es el sentido que dio la predicación apostólica al descenso de Jesús a los infiernos; Jesús conoció la muerte, como todos los hombres, y se reunió con ellos en la morada de los muertos. Pero ha descendido como Salvador proclamando la <Buena Nueva> a los espíritus que estaban allí detenidos (I Pedro 3, 18-19)
 
 
 
El Catecismo hace aquí referencia a la primera carta de San Pedro, dirigida probablemente a varias comunidades cristianas del Asía Menor, que el Apóstol les envió con objeto de prevenir las malas influencias de los enemigos de Cristo, por ello, en la misma, el Primer Pontífice de la Iglesia, aconseja adecuadamente a sus mujeres y varones, en particular, pero por extensión, también a todas las comunidades creyentes de entonces y de ahora, recordando que los ojos de todos deben ponerse en Jesucristo Nuestro Señor y en sus enseñanzas, porque aunque ello lleve a padecimientos sin fin, esto es, calumnias, persecuciones y hasta a la muerte: <Bienaventurado es el que sufre injustamente> (I Pedro 3, 17-22):

-
Pues es mejor sufrir haciendo el bien, si así lo quiere Dios, que sufrir haciendo el mal.

-Porque también Cristo sufrió su Pasión, de una vez para siempre, por los pecados, el justo por los injustos, para conducirnos a Dios. Muerto en la carne pero vivificado en el Espíritu;

-en el espíritu fue a predicar incluso a los espíritus en prisión, a los desobedientes en otros tiempos, cuando la paciencia de Dios aguardaba, en los días de Noé, a que se construyera el arca, para que unos pocos, es decir, ocho personas, se salvaran por medio del agua.

-Aquello era también un símbolo del Bautismo que actualmente os está salvando, que no es purificación de una mancha física, sino petición a Dios de una buena conciencia, por la Resurrección de Jesucristo,

-el cual fue al cielo, está sentado a la derecha de Dios y tiene a su disposición ángeles, potestades y poderes.

Leyendo con detenimiento estos versículos de la carta de San Pedro, observamos como precisamente  el (3, 19)  hace referencia al hecho de que Jesús, una vez muerto en carne, pero vivificado en el Espíritu, se fue a predicar a los espíritus de otros tiempos, que estaban retenidos, como en prisión, en la morada de los muertos.

 
 
El Papa Benedicto XVI aseguraba, cuando aún era el Cardenal Joseph Ratzinger,  sobre este tema tan delicado, que el hombre no siempre es capaz de asimilarlo con claridad sin cometer algún error al respecto (Discursos fundamentales. Ed. Planeta Testimonio 2012):

“Tal vez no haya otro artículo de la fe que sea más ajeno a nuestra conciencia de hoy que éste, sin correr ningún riesgo ni incurrir en escándalo alguno, podríamos practicar con él la <desmitologización>, del mismo modo que los hacemos con la confesión de fe del nacimiento de Jesús nacido de la Virgen María, y de aquella que se refiere a la ascensión del Señor a los cielos.
Los pasajes bíblicos en los que las Escrituras nos suministran información sobre este tema, muchas veces (como en el caso que estamos considerando) son difíciles de entender y han dado lugar muchas veces a distintas interpretaciones”

Por  <desmitologización> se entiende la interpretación existencial del Mensaje de Cristo según el teólogo protestante alemán R. Bulmann y su escuela (1884-1976). Este teólogo protagonizó el llamado <escepticismo histórico>, es decir, la no búsqueda del <Jesús histórico> y la recuperación del <Cristo de la fe>, que es lo verdaderamente importante para todos los cristianos.  

Se preguntaba el futuro Papa Benedicto XVI al respecto: ¿No deberíamos de en lugar de crear polémicas, sobre este tema, aceptarlo por la fe? intentando ver que este artículo de fe, que en el transcurso de los tiempos se ha aplicado al sábado  de Gloria, es algo que hoy, en este nuevo siglo, atañe a la humanidad muy de cerca…
Por otra parte, no deberíamos recordar también que en las <Santas Escrituras> se debe buscar la verdad y no la controversia, y que así mismo, debe leerse con  humildad, recordando que ha sido inspirada por la Tercera Persona del Dios Trino, el Espíritu Santo, por lo que deberíamos buscar la manera de aceptarla sin más preocupaciones tratando de que nos sea útil, como advertía el Beato Tomás de Kempis en su libro <Imitación de Cristo>: <Cualquier Sagrada Escritura se debe leer con el espíritu que se hizo y deberíamos buscar en ello el provecho más que la sutileza>.


 
 
 
Así es, como también aseguraba este hombre santo de la Iglesia, canónigo agustino (siglo XV) refiriéndose a la lectura de las Sagradas Escrituras:“Si quieres aprovechar, lee llanamente, con humildad, fiel y sencillamente, y nunca desees nombre de letrado, pregunta de buena voluntad, y oye callando las palabras de los santos, y no te desagraden las doctrinas de los viejos, porque no las dicen sin causa”

La Iglesia celebra con la Vigilia del Sábado Santo el misterio de la fe que estamos considerando; durante esta estancia nocturna, realizada por la comunidad de los fieles en la noche anterior a la celebración de la Resurrección de Cristo, se viene a realizar lo que el Padre la Iglesia, San Agustín, llamaba la <Madre de todas las vigilias>:

“Podría decirse que estas horas unidas a las que han transcurrido desde que el Cuerpo de Jesús yace sin vida en el sepulcro de José de Arimatea, son un símbolo del misterio de la Iglesia, peregrina hacia la patria que le abrió la Resurrección y le señaló la Ascensión de su Señor” (Rmo. P. Justo Pérez de Urbel. Benedictino, primer Abad del Monasterio de la Santa Cruz).

El Papa Benedicto XVI en su Homilía realizada durante la Vigilia Pascual de la noche del sábado santo del año 2007 recordaba también que:

 
 
“Desde los tiempos más antiguos la liturgia del día de Pascua empieza con las palabras: <Resurrexi  et Adhuc  Tecum Sum> (He Resucitado y siempre estoy contigo; Tú has puesto sobre mí tu mano). La liturgia ve en ello las primeras palabras del Hijo dirigidas al Padre después de su Resurrección, después de volver de la noche de la muerte al mundo de los vivientes. La mano del Padre lo ha sostenido también en esta noche, y así Él ha podido levantarse, Resucitar”

Estas palabras nos recuerdan Salmos como el 138 (137) o el 139 (138), cantos de acción de gracia por la ayuda divina; cantos de asombro por la omnipotencia  de Dios; cantos de confianza en aquel Dios que nunca nos deja caer de sus manos, y sus manos son manos buenas. El salmista imagina que viaja a través del Universo, y dice: ¿Qué me puede suceder?:

<Si escalo el cielo, allí estás tú, si me acuesto en el abismo, allí te encuentro. Si vuelo hasta el margen de la aurora, si emigro hasta el confín del mar, allí me alcanzará tu izquierda, me agarrará tu derecha. Si digo que al menos las tinieblas me cubran, que la luz se haga noche en torno para mí, ni la tiniebla es oscura para ti, la noche es clara como el día, la tiniebla es como luz para ti. Tú has creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno. Te doy gracias porque me has plasmado portentosamente, porque son admirables  tus obras: mi alma lo reconoce agradecida…>

Como sigue diciendo el Papa Benedicto XVI en su Homilía (Ibid):

“El día de Pascua la Iglesia nos anuncia que Jesucristo ha realizado por nosotros este viaje a través del Universo. En la carta de San Pablo a los Efesios podemos leer también que Él había bajado a lo profundo de la tierra y que Aquel que bajó, es el mismo que subió por encima de los cielos para llenar el Universo. Así se ha hecho realidad la visión del salmista. En la oscuridad impenetrable de la muerte Él entró como luz; la noche se hizo luminosa como el día y las tinieblas se volvieron luz”

 
 
 
 
San Pablo escribió esta carta a los efesios con ocasión de las tristes y alarmantes noticias, llegadas hasta él, sobre la situación en que se encontraban los habitantes de Éfeso y de algunas otras ciudades adyacentes, como Laodicea o Colosas, donde el Apóstol había evangelizado. Con anterioridad a la misma, San Pablo había profetizado en Mileto a los presbíteros- Obispos del estas Iglesias, lo que sucedería cuando él se alejara de ellas: <Yo sé que  han de entrar después de mí, partidas de lobos crueles entre vosotros, que no perdonarán al rebaño>.

San Pablo ruega a estos hombres evangelizados que lleven <una vida digna de la vocación a la que habían sido llamados, con humildad y mansedumbre…dispuestos siempre a conservar la unidad del espíritu con el vínculo de la paz>. Llega a decir también el Apóstol esta frase tan valiente y enardecedora:

 <Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos: el que está sobre todos, por todos y en todo>

 Y más tarde  asegura  (Ef 4, 7-10):

-A cada uno de nosotros le fue dada la gracia según la medida con que la da Cristo. Por lo cual: Subiendo a lo alto, llevó consigo cautiva la cautividad; repartió dádivas a los hombres.

-Y eso de que <subió>, ¿por qué es, sino porque descendió primero a las partes más bajas de la tierra?

-El que descendió es el mismo que también subió por encima de los cielos, para llenarlo todo.

 San Pablo aplica en su carta a los efesios, un versículo del libro de los Salmos a Jesús. Salmo que sin duda tiene un claro carácter teológico, ya que de una forma implícita hace referencia a la divinidad de Cristo (Salmos 67, 19): <Subiste a la cumbre llevando cautivos, te dieron tributo de hombre, para que también los rebeldes habitasen con el Señor Dios>

San Pablo, además, se pregunta en esta misma carta ¿Por qué se habla en los Evangelios de la subida a los cielos de Jesús, tal como él mismo corrobora con sus propias palabras? Y responde enseguida <porque el que subió es el mismo que bajó a las profundidades de la tierra>.

Tanto creyentes como no creyentes alguna vez se han preguntado donde se encuentra ese misterioso y  temible lugar del que con frecuencia se habla en las Sagradas Escrituras, con distintos apelativos como <sheol>, <hades>, o sencillamente infierno. Por suerte para los cristianos la respuesta la podemos encontrar muy bien expuesta en el Catecismo que recoge los decretos del Concilio  Ecuménico <Vaticano II> (C.I.C. nº 633):
“Las Escrituras llaman infierno, <sehol>, o <hades>, a la morada de los muertos donde bajó Cristo después de muerto, porque los que se encontraban allí estaban privados de la visión de Dios.
Tal era en efecto, a la espera del Redentor, el estado de todos los muertos malos o justos, lo que no quiere decir que su suerte sea idéntica como lo enseña Jesús en la parábola del pobre Lázaro, recibido en el <seno de Abraham> (Lc 16, 22-26).

 
 
 
 
Son precisamente las almas santas, que esperaban a su libertador en el <seno de Abraham>, a las que Jesucristo liberó cuando descendió a los infiernos. Jesús no bajó a los infiernos para liberar allí a los condenados (Cc. de Roma año 745: Ds 587), ni para destruir el infierno de la condenación (Ibid: Ds 1011; 1077), sino para liberar a los justos que le habían precedido (Cc. de Toledo IV en el año 625)"

 
Alguien podría preguntar al respecto: ¿De verdad existe la vida eterna? ¿De verdad existe un lugar llamado infierno? Responder a este tipo de preguntas es misión de la escatología, esto es, la ciencia que se ocupa de las cosas últimas y definitivas que han de suceder al mundo y al hombre.

Se puede decir que nuestro tiempo es un tiempo escatológico debido a la entrada de Cristo en el mundo, estaríamos, por tanto, ya muy próximos a la consumación de los siglos:

“Materia de análisis de la escatología son los llamados <Novísimos>, esto es: muerte, juicio, purgatorio, infierno y gloria. Ciertamente el contemplar sin miedo y sin reparos estas cuestiones es esencial para ser humano y más en estos tiempos en que <la Restauración Prometida que esperamos está ya comenzada en Cristo, y es impulsada por medio de la misión del Espíritu Santo y por Él continúa en la Iglesia,  en la cual somos también instruidos por la fe, sobre el sentido de nuestra vida temporal, mientras llevamos a término, con la esperanza de los bienes futuros, la obra que nos encomendó en el mundo el Padre, y damos cumplimiento a nuestra salvación” ( Papa San Juan Pablo II. Cruzando el umbral de la esperanza. Ibid).

 
 
 
Hace referencia el Papa aquí a la carta de San Pablo a los Filipenses, cuando habla sobre el <Hijo de Dios sin tacha> (Fil 2, 12-18):

-Por lo tanto, queridos hermanos, ya que siempre habéis obedecido, no solo cuando yo estaba presente, sino mucho más ahora en mi ausencia, trabajad por vuestra salvación con temor y temblor,

-porque es Dios quien activa en vosotros el querer y el obrar para realizar su designio de amor.

-Cualquier cosa que hagáis sea sin protestas ni discusiones,

-así seréis irreprochables y sencillos, hijos de Dios sin tacha, en medio de una generación perversa y depravada, entre la cual brilláis como lumbreras del mundo,



-manteniendo firme la palabra de la vida. Así, en el día de Cristo, esa será mi gloria, porque mis trabajos no fueron inútiles ni fatigas tampoco.

-Y si mi sangre se ha de derramar, rociando el sacrificio litúrgico que es vuestra fe, yo estoy alegre y me asocio a vuestra alegría;

-por vuestra parte estad alegres y alegraos conmigo.

¡Qué hermosas palabras las del Apóstol San Pablo! Y tan ciertas que no es de extrañar que el Papa San Juan Pablo II las tomara muy en serio a la hora de animarnos a todos los hombre a tener muy en cuenta los <Novísimos>.

El nos aseguraba, que los infiernos temporales, ocasionados en el siglo XX, tales como los campos de concentración, los gulag, los bombardeos de la segunda guerra mundial, o las catástrofes naturales, han hecho pensar al hombre que no puede existir otra cosa peor, que no puede existir un lugar llamado infierno, más tremendo y humillante que los vividos por el hombre  en esta vida...

Por eso, el hombre actual rechaza como algo extraño y no deseable una Iglesia con misión escatológica que le recuerda males aún mayores, como aquellos que acaecerán al ser humano al final de la vida, si ésta no ha sido santa y honorable...  

De cualquier forma, refiriéndose de nuevo al tema concreto del infierno,  en el momento actual en el que constantemente la Iglesia nos recuerda que Dios es Amor, y se olvida a veces de significar también que Dios es Justo, se puede preguntar : ¿Puede Dios, que ha amado tanto al hombre, permitir que sea condenado a perennes tormentos?

 
 
 
A esta pregunta contestaba el Papa San Juan Pablo II (Ibid): “En el Evangelio de San Mateo, el Señor nos habla claramente de este espinoso tema, nos habla claramente de los que irán al suplicio eterno ¿Quiénes serán estos? se preguntan algunos…La Iglesia nunca se ha pronunciado al respecto. Se trata de un misterio verdaderamente inescrutable entre la santidad de Dios y la conciencia del hombre…”

El hombre, sin embargo, no debe sentir miedo ante la proximidad de la muerte, si es justo y ha conservado durante toda su existencia la capacidad de discernimiento, capacidad de la que nos ha hablado  el Papa Francisco (Entrevista realizada al Pontífice por el director de la revista <La Civiltà Cattolica>):

“El discernimiento es una de las cosas que San Ignacio ha elaborado más interiormente. Para él es un instrumento de lucha para conocer mejor al Señor y seguirlo más de cerca…Yo desconfío de las decisiones tomadas improvisadamente. Desconfío de mi primera decisión, de lo primero que se me ocurre hacer cuando debo tomar una decisión. Suele ser un error. Hay que esperar, valorar internamente, tomarse el tiempo necesario. La sabiduría del discernimiento nos libra de la necesaria ambigüedad de la vida, y hace que encontremos medios oportunos, que no siempre se identificará con lo que parece grande y fuerte”

Los antiguos ya alababan la virtud o sabiduría del discernimiento, que aparece por ejemplo, en el Salmo 49(48), la cual podría servirnos para alejar de nosotros el peligro del infierno y  además nos podría ayudar también a encontrar el camino de la santidad. Por tanto, sería conveniente que reflexionáramos seriamente sobre el comportamiento  y los consejos del Papa  Francisco, un hombre sabio que ha conseguido enseguida el cariño y admiración de su grey.

 
 
 
 
La realidad de la existencia del infierno es recogida, sin embargo, en el Antiguo Testamento utilizando un lenguaje simbólico, en concreto se habla del seol como un lugar de tinieblas adonde irían a parar los muertos, algo así como una fosa de la que era imposible salir y por tanto, y esto era lo más importante, un lugar donde ya no era posible dar gloria a Dios, tal como podemos leer en el Salterio (Sal 6, 1-6).

Dios es infinitamente bueno y misericordioso, pero también es infinitamente justo, por eso y porque en la conciencia moral de todo hombre siempre queda un poso de amargura ante la idea de que terribles crímenes pudieran quedar impunes ante la inmensa bondad del Creador, el Papa San Juan Pablo II se hacía las siguientes preguntas (Cruzando el umbral de la esperanza; Ibid):

“¿La pena definitiva no es en cierto modo necesaria para obtener el equilibrio moral en la intricada historia de la humanidad? ¿Un infierno no es en cierto sentido <la última tabla de salvación> para la conciencia moral del hombre?”

 
Duras palabras de un Papa santo, pero indudablemente necesarias ante una sociedad que  no quiera creer en otra cosa que en un  Dios imaginario, subterfugio de los creyentes para quitar libertad al hombre, y que se  lance a vivir la vida de una forma incontrolada y  alejada de las leyes divinas...

 En este sentido,  seguía advirtiendo el Papa san Juan Pablo II (Ibid):
“Es sobre todo el Amor el que juzga. Dios, es Amor, juzga mediante amor. Es el Amor quien exige la purificación..." 


El Papa San Juan Pablo II fue realmente un hombre de Dios, hasta la muerte, hasta <el regreso a la casa del Padre> tal como han contado Monseñor Slawomir Oder, postulador de su canonización en el libro <Porqué es Santo> en colaboración con el graduado en Ciencias de la Comunicación Social, Severio Gaeta. Ediciones B, S.A., 2010:
“El último mes de la vida de Wojtyla fue una plena manifestación de la esencia de una vida pasada bajo el lema <Totus tuus>, de su total abandono en brazos del Padre y de la Virgen”

 


 

  

sábado, 1 de abril de 2017

DIOS LOS CREO (1ª Parte)


 
 
 
 
 
“El Señor Dios plantó un jardín en Edén, al oriente, y puso allí al hombre que había formado /
El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles agradables a la vista y buenos para comer; y además, en medio del jardín, el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal /

Un río nacía en Edén para regar el jardín, y desde allí se dividía formando cuatro brazos / El nombre del primero es Pisón, que rodea todo el país de Javilá, donde hay oro / El oro de aquel país es puro, allí había también bedelio y piedra de ónice / El nombre del segundo río es Guijón, que rodea todo el país de Etiopía / El nombre del tercer río es Tigris, que recorre el oriente de Asiria. Y el cuarto río es el Éufrates / El Señor Dios tomó al hombre y lo colocó en el jardín de Edén para que lo trabajara y lo guardara / y el Señor Dios impuso al hombre este mandamiento: <De todos los árboles del jardín podrás comer / pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás, porque el día que comas de él, morirás >/


 
 
Entonces dijo el Señor Dios: <No es bueno que el hombre esté solo; voy a hacerle una ayuda adecuada para él > / El Señor Dios formó de la tierra los animales del campo y todas las aves del cielo, y los llevó ante el hombre para ver cómo los llamaba, de modo que cada ser vivo tuviera el nombre que él le hubiera impuesto/ Y el hombre puso nombre a todos los ganados, a las aves del cielo y a todas las fieras del campo; pero para él no encontró una ayuda adecuada / Entonces el Señor Dios infundió un profundo sueño al hombre y éste se durmió; tomó luego una de sus costillas y cerró el

 
 
 
hueco con carne / Y el Señor Dios, de la costilla que había tomado del hombre, formó una mujer y la presentó al hombre  / Entonces dijo al hombre: <Ésta sí es hueso de mis huesos, y carne de mi carne. Se la llamará mujer, porque del varón fue hecha> / Por eso, dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán una sola carne"
 


"La serpiente era el más astuto de todos los animales del campo que había hecho el Señor Dios, y dijo a la mujer: - ¿De modo que os ha mandado Dios que no comáis

ningún árbol del jardín? / La mujer respondió a la serpiente: - Podemos comer del fruto de los árboles del jardín; / pero Dios nos ha mandado: <No comáis ni toquéis el fruto del árbol que está en

medio del jardín, pues moriríais>. / La serpiente dijo a la mujer: - No moriréis en modo alguno; / es que Dios sabe que el día que comáis de él se os abrirán los ojos y seréis como Dios, conocedores del

bien y del mal. / La mujer se fijó en que el árbol era bueno para comer, atractivo a la vista y que aquel árbol era apetecible para alcanzar sabiduría; tomó de su fruto, comió, y a su vez dio a su marido que también comió. / Entonces se le abrieron los ojos y conocieron que estaban desnudos; entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron. / Y cuando oyeron la voz del Señor Dios entre los árboles del jardín. / El Señor Dios llamó al hombre y le dijo: -¿Dónde estás? / Éste contestó: - Oí tu voz en el jardín y tuve miedo porque estaba desnudo; por eso me oculté. / Dios le preguntó: - ¿Quién te ha indicado que estabas desnudo? ¿Acaso has comido del árbol del que te prohibí comer? / El hombre contestó: - La mujer que me diste por compañera me dio, del árbol y comí. / Entonces el Señor Dios dijo a la mujer: - ¿Qué es lo que has hecho? La mujer respondió: - La serpiente me engañó y comí. / El Señor Dios dijo a la serpiente: - Por haber hecho eso, maldita seas entre todos los animales y todas las bestias del campo. Te arrastrarás sobre el vientre, y polvo


 
 
comerás todos los días de tu vida / Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo; él te herirá en la cabeza, mientras tú le herirás en el talón"  Gn 2, 8-24 ; 3, 1-15)


"El castigo  que Dios impone  a la serpiente incluye el enfrentamiento permanente entre la mujer y el diablo, entre la humanidad y el mal, con la promesa de la victoria por parte del hombre. Por eso se ha llamado a este pasaje el <Protoevangelio>, porque es el primer anuncio del Redentor, nacido de una mujer.

La Iglesia siempre ha entendido estos versículos  en sentido mesiánico, referidos a Jesucristo; y ha visto en la mujer, a la madre del Salvador prometido, a la Virgen María como nueva Eva"

(Nota a pie de pagina en la Biblia de Navarra; Ed. Universidad de Navarra, S.A.; EUNSA)

 
 
 
El Papa Francisco en su Audiencia General del miércoles 5 de abril de 2015 se refirió a la relación entre el hombre y la mujer, a partir de este momento, en los términos siguientes: “La experiencia nos enseña que: para conocerse bien y crecer armónicamente el ser humano necesita de la reciprocidad entre hombre y mujer. Cuando esto no se da, se ven las consecuencias. Estamos hechos para escucharnos y ayudarnos mutuamente. Podemos decir que sin el enriquecimiento recíproco en esta relación – en el pensamiento y en la acción, en los afectos y en el trabajo, incluso en la fe – los dos no pueden ni siquiera comprender en profundidad lo que significa ser hombre y mujer”

Es así de sencillo, el hombre y la mujer tienen que caminar de la mano, para comprenderse mejor, para enriquecerse mutuamente, para en definitiva, como asegura el Papa Francisco, llegar a entender en profundidad lo que significa ser hombre y mujer…

Es cierto, como ha asegurado también nuestro actual Papa, es necesario hacer muchas más cosas a favor de la mujer, para conseguir la justa reciprocidad entre el hombre y la mujer;  es, así mismo, necesario que tenga más peso real en la sociedad y en la Iglesia.


 
 
Por otra parte, como consecuencia del desajuste producido en las familias normalmente desestructuradas, han aumentado en proporciones alarmantes, tanto los <malos tratos> entre los distintos componentes que las conforman, muy particularmente en lo referente a las mujeres y a los niños, como los crímenes horrendos en el seno de las mismas, que  desgraciadamente, muchas veces son contemplados, por la sociedad con cierta indiferencia, tomandolos como hechos  habituales  e inevitables…

Todas estas cuestiones han llevado al Papa Francisco a expresarse con el dolor, y la cercania que le caracteriza,  sobre este tema candente de la sociedad del siglo XXI  (Ibid):
“Me pregunto si la crisis de confianza colectiva en Dios, que nos hace tanto mal, que hace que nos enfermemos de resignación ante la incredulidad y el cinismo, no está también relacionada con la crisis de la alianza entre hombre y mujer. En efecto, el relato bíblico, con la gran pintura simbólica sobre el paraíso terrestre y el pecado original, nos dice precisamente que la comunión con Dios se refleja en la comunión de la pareja humana y la pérdida de la confianza en el Padre celestial genera división y conflicto entre hombre y mujer.
De aquí viene la responsabilidad de la Iglesia, de todos los creyentes, y ante todo de las familias creyentes, para redescubrir la belleza del designio creador que inscribe la imagen de Dios también en la alianza entre el hombre y la mujer.

La tierra se colma de armonía y de confianza cuando la alianza entre hombre y mujer se vive bien. Y si el hombre y la mujer la buscan juntos, entre ellos y con Dios, sin lugar a dudas la encontrarán. Jesús nos alienta explícitamente a testimoniar esta belleza, que es la imagen de Dios”

 
 
 
Está claro, el Papa Francisco, quiere ayudar a las personas que defienden la sagrada unión entre el hombre y la mujer, pero éstas muchas veces, no se dejan ayudar, porque han perdido la esperanza en Dios; existe en este sentido una desconfianza colectiva dentro de estos grupos de personas, en una gran mayoría agnósticas, pero entre las que también existen, y esto es lo más triste, creyentes eventualmente alejados del Señor...

Por otra parte, según el Papa Francisco sería conveniente volver a releer detenidamente la célebre Carta del Papa Pablo VI (1963-1978),  <Humanae Vitae>, en donde este Pontífice, tras la celebración del Concilio Vaticano II asienta unos principios de moral, referidos al matrimonio, y por tanto a la familia, que muchas personas consideraron, entonces, fuera de lugar e incluso retrógradas.

Algunos que se consideraban creyentes acusaron al Papa Pablo VI de ser oscurantista y estar pasado de moda porque se oponía con su Carta al supuesto progreso de la historia...
¿Al progreso de qué historia? Nos preguntamos; pasados ya más de cuarenta años de tan importantes y proféticas palabras del Papa Montini, un hombre de constitución física débil, pero de capacidad intelectual enorme y vida espiritual profunda.

Sí, deberíamos tener muy en cuenta los consejos  del Papa Francisco y  recordar algunas de las ideas desarrolladas por su antecesor, Pablo VI,  en la Encíclica <Humanae Vitae>, dada en Roma el 25 de julio del año 1968, especialmente  aquellas referidas al amor conyugal y sus características; algunas de las cuales se recogen en el siguiente párrafo de su Carta:

 
 
“La verdadera naturaleza y nobleza del amor conyugal se revelan cuando éste es considerado en su fuente suprema, Dios, que es Amor, <el Padre de quien procede toda paternidad en el cielo y en la tierra>. El matrimonio no es, por tanto, efecto de la casualidad o producto de la evolución de fuerzas naturales inconscientes; es una sabia institución del Creador para realizar en la humanidad su designio de amor en los esposos, mediante su recíproca donación personal, propia y exclusiva de ellos, que tienden a la comunión de sus seres en orden a un mutuo perfeccionamiento personal, para colaborar con Dios en la generación y en la educación de nuevas vidas. En los bautizados el matrimonio reviste, además, la dignidad de signo sacramental de la gracia en cuanto representa la unión de Cristo y de la Iglesia”

Son palabras de un Papa que sufrió enormemente por la incomprensión de algunos miembros de su grey y que pasados los años, vuelve, como quien dice, a estar de moda en sus enseñanzas y planteamientos respecto a la vida conyugal y el buen desarrollo de la familia.

Todo matrimonio cristiano debería conocer la Carta <Humanae Vitae>, que tanto revuelo causó en su día entre los creyentes y no creyentes, pero que se nos muestra como una visión profética y magnífica de la realidad, que podría a la larga , imperar en las relaciones entre hombre y mujer...
No se trata de un problema menor y mucho menos  actual, se trata de una cuestión tan antigua como la creación del hombre; se tiene que conocer la historia de la familia y en particular de las relaciones conyugales, para comprender que es una situación presente desde siempre en la historia de la humanidad.

El Papa León XIII en su Carta Encíclica <Arcanum Divinae Sapientiae>, hace un estudio profundo sobre el matrimonio cristiano y la corrupción de éste desde la antigüedad. Es un análisis muy interesante que nos remonta a tiempos pasados y que en muchos aspectos es un fiel reflejo de lo que está sucediendo en la actualidad, en pleno siglo XXI.

Recordaremos algunas de las ideas desarrolladas en dicha Carta con objeto de comprender mejor el problema, el cual aunque en algunos momentos pudiera haber estado corregido, en realidad nunca desapareció, a pesar del ennoblecimiento que Cristo dio a la sagrada unión entre hombre y mujer  (Bodas en Caná; Jn 2, 1-12)

 
 
El matrimonio comenzó en la antigüedad poco a poco a corromperse y desaparecer entre los pueblos gentiles, incluso entre los mismos hebreos, un pueblo monoteísta y adorador del Único y Verdadero Dios y esto fue así porque como aseguraba en su día el Pontífice León XIII en el año 1880 (Ibid): “Entre estos, en efecto, había prevalecido la costumbre de que fuera lícito al varón tener más de una mujer; y luego, cuando, por la dureza de corazón de los mismos, Moisés les permitió indulgentemente la facultad de repudio, se abrió la puerta a los divorcios.

Por lo que toca a la sociedad pagana, apenas cabe creerse cuanto degeneró y que cambios experimentó el matrimonio, expuesto como se hallaba al oleaje de los errores y de las más torpes pasiones de cada pueblo.
Todas las naciones parecieron olvidar, más o menos, la noción y verdadero origen del matrimonio, dándose por doquier leyes emanadas, desde luego, de las autoridades públicas, pero no las que la naturaleza dicta. Ritos solemnes, instituidos al capricho de los legisladores, conferían a las mujeres el título honesto de esposas o el torpe de concubinas; se llegó incluso a que determinara la autoridad de los gobernantes a quienes les estaba permitido contraer matrimonio y a quienes no, leyes que conculcaban gravemente la equidad y el honor.

La poligamia, la poliandria, el divorcio, fueron otras tantas causas, además, de que se relajara enormemente el vínculo conyugal.

Gran desorden hubo también en lo que atañe a los muchos derechos y deberes de los cónyuges, ya que el marido adquiría el dominio de la mujer y muchas veces la despedía sin motivo alguno justo; en cambio, a él, entregado a una sensualidad desenfrenada e indomable, le estaba permitido discurrir impunemente entre lupanares y esclavas, como si la culpa dependiera de la dignidad y no de la voluntad.
Imperando la licencia marital, nada era más miserable que la esposa, relegado a un grado de abyección tal, que se la consideraba como un mero instrumento para satisfacción del vicio o para engendrar hijos.

Impúdicamente se compraba y se vendía a las que iban a casarse, cual si se tratara de cosas materiales, concedidos a veces al padre y al marido incluso la potestad de castigar a la esposa con el último suplicio.

La familia nacida de tales matrimonios necesariamente tenía que contarse entre los bienes del estado o se hallaba bajo el dominio del padre, a quien las leyes facultaban, además, para proponer y concertar a su arbitrio los matrimonios de sus hijos y hasta ejercer sobre los mismos la monstruosa potestad de vida y muerte”

 
 
 
Muchas de las cosas que denuncia el Papa León XIII en su Carta siguen sucediendo hoy en día, y es lógico que sea así, porque el siglo XXI cada vez se adentra más en el paganismo y su inmoralidad, a pesar  de las enseñanzas de Cristo, el cual fue el rehabilitador de la dignidad del hombre y la mujer y el depurador  de las leyes antiguas, cuidando con gran amor el sacramento, por Él instituido, del matrimonio, entre los bautizados (Arcanum Divinae Sapientiae):

“Jesucristo, restaurador de la divinidad humana y perfeccionador de las antiguas leyes, dedicó al matrimonio un no pequeño ni el menor de sus cuidados. Ennobleció, en efecto, con su presencia las bodas de Caná de Galilea, inmortalizándolas con el primero de sus milagros, motivo por el que, ya desde aquel momento, el matrimonio parece haber sido perfeccionado con primicias de nueva santidad.
Restituyó luego el matrimonio a la nobleza del primer origen, ya reprobando las costumbres de los hebreos, que abusaban de la pluralidad de las mujeres y de la facultad de repudio, ya sobre todo mandando que nadie desatara lo que el mismo Dios había atado con un vínculo de unión perpetua”

 
 
 
 
El Papa León XIII, en su sabia previsión de lo que en el futuro podría llegar a ser la unión entre hombre y mujer, si se producía un intento de separar los conceptos de <contrato> y <sacramento> advertía que (Ibid): “Dicha distinción o, mejor dicho, partición, no puede probarse, siendo cosa demostrada que en el  matrimonio cristiano el contrato es inseparable del sacramento. Cristo Nuestro Señor, efectivamente, enriqueció con la dignidad de sacramento el matrimonio, y el matrimonio es ese mismo contrato, siempre que se haya celebrado legítimamente.

Añade a esto que el matrimonio es sacramento porque es un signo sagrado y eficiente de gracia y es imagen de la unión mística de Cristo con la Iglesia. Ahora bien: la forma y figura de esta unión está expresada por ese mismo vínculo de unión suma con que se ligan entre sí el marido y la mujer, y no es otra cosa sino el matrimonio mismo.
 Así, pues, queda claro que todo matrimonio legítimo entre cristianos es en sí y por sí sacramento y que nada es más contrario a la verdad que considerar el sacramento como un cierto ornato sobre añadido o como una propiedad extrínseca, que quepa distinguir o separar del contrato, al  arbitrio de los hombres. Ni por la razón ni por la historia se prueba, por consiguiente, que la potestad sobre los matrimonios de los cristianos haya pasado a los gobernantes civiles. Y si esto fuera violado, indudablemente, que nadie podrá decir que haya sido violado por la Iglesia”


En este sentido, pasado el tiempo, se ha podido comprobar como los divorcios, tan defendidos por amplios sectores de la sociedad, han colaborado enormemente al desgarro de las familias que se han visto seriamente afectadas; los hijos sufren y padecen en sus carnes la destrucción de sus hogares. El desaliento y la desolación reinan en el alma de muchos hijos e hijas hoy en día, que no llegan a comprender lo que ha podido suceder entre sus padres.


 
 
Han tenido  que aceptar incluso, que sus padres y/o sus madres, separados o divorciados, puedan tomar otra pareja , y tengan un novio y/o una novia, asi los llaman, con los que deben convivir, para formar una nueva familia, que así la llaman también. Se ha llegado así, a un nuevo concepto familiar,  denominado  <familia desestructurada>, donde la felicidad de sus componentes no suele ser una realidad, sino todo lo contrario…

El Papa León XIII en el siglo XIX, ya preveía el cúmulo de males que el divorcio podría llevar al matrimonio (Ibid):
“Debido a él, las alianzas conyugales pierden su estabilidad, se debilita la benevolencia mutua, se ofrecen peligrosos incentivos a la infidelidad, se malogran la asistencia y la educación de los hijos, se da pie a la disolución de la sociedad doméstica, se siembran las semillas de la discordia en las familias, se empequeñece y se deprime la dignidad de las mujeres, que corren el peligro de verse abandonadas así que hayan satisfecho las sensualidad de los maridos.
Y puesto que, para perder a las familias y destruir el poderío de los reinos, nada contribuye tanto como la corrupción de las costumbres, fácilmente se verá cual enemigo es de la prosperidad de las familias y de las naciones el divorcio, que nace de la depravación moral de los pueblos y, conforme atestigua la experiencia, abre las puertas y lleva a las más relajadas costumbres de la vida privada y pública…”


Palabras proféticas del Papa León XIII que ya se han cumplido con creces; el sufrimiento de muchas familias es enorme, hombres y mujeres se han visto negativamente afectados por el divorcio, porque no sólo han sido los varones los causantes de la separación matrimonial, la infidelidad se ha dado y se da cada vez con más frecuencia en las esposas, que dejan sin recato el hogar y en algunas ocasiones a los hijos, para ser feliz al lado de un nuevo hombre llegado a sus vidas, que les ofrecen, según creen, más posibilidades de ser comprendidas.
Incluso con demasiada frecuencia no es un hombre, sino otra mujer el objeto de sus deseos, sí, la corrupción de las costumbres están llegando a límites que ni siquiera un Pontífice como León XIII podría profetizar…
Lo que está ocurriendo en los últimos siglos ha llevado a los máximos mandatarios de la Iglesia, los Pontífices, a estar muy atentos a los temas suscitados especialmente con  relación a la indisolubilidad del sacramento del matrimonio.

 
 
 
 
 
En el año 2002, por ejemplo, el Papa San Juan Pablo II, durante su discurso al Tribunal de la Rota Romana, al inaugurarse el año judicial, entre otros aspectos muy interesantes destacaba el hecho de que: “La Iglesia y cada cristiano deben ser luz del mundo: <Alumbre así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y lo glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos> (Mt 5,16). Estas palabras de Jesús encuentran hoy una singular aplicación en relación con el matrimonio indisoluble. Podría parecer que el divorcio está tan enraizado en ciertos sectores sociales, que casi no valga la pena continuar combatiéndolo, difundiendo una mentalidad, una conducta social y una legislación civil a favor de la indisolubilidad. ¡No vale la pena!

En realidad este bien se sitúa de manera propia en la base entera de la sociedad, como condición necesaria de la familia. Por tanto su ausencia tiene consecuencias devastadoras, que se propagan dentro del cuerpo social como una plaga – según la terminología usada por el Concilio Vaticano II, para describir el divorcio (Gaudium Spes) – E influyen negativamente sobre las nuevas generaciones frente a las cuales parece obscurecidas la belleza del verdadero matrimonio.

 
 
 
El esencial testimonio sobre el valor de la indisolubilidad se hace valer mediante la vida matrimonial de los cónyuges, en la fidelidad a su vínculo al atravesar las alegrías y las pruebas de la vida. El valor de la indisolubilidad no puede ser mantenido como el objeto de una mera elección privada. Esto hace referencia a un punto capital para la entera sociedad. Y por tanto, mientras son dignas de encomio tantas iniciativas  que los cristianos junto con otras personas de buena voluntad promueven para el bien de la familia, por ejemplo, la celebración de los aniversarios de boda, se debe evitar el peligro del permisivismo en cuestiones de fondo concernientes a la existencia del matrimonio y de la familia” (Carta a las familias. San Juan Pablo II).


No se equivocaba el Papa San Juan Pablo II, cuando ya en el año 2002 hablaba de <permisividad> al juzgar las cuestiones de fondo concernientes al matrimonio y la familia cristiana, que ya existía en aquellos momentos, y que desgraciadamente han ido a más y han conducido a la situación que hoy nos encontramos en los inicios de un nuevo siglo.
La legalización de la interrupción del embarazo, es para la Iglesia, la autorización dada al hombre adulto (mediante una ley instituida por éste), para privar de la vida a otro hombre no nacido, que se encuentra ya en el vientre de su madre y que por tanto es incapaz de defenderse.
Se trata de una situación totalmente injusta, puesto  que se produce una ofensa terrible hacia el derecho a la vida de un ser humano, inocente y sin defensas frente a sus enemigos, que en este caso terrible, es la madre o los esposos que lo han engendrado.
Como razonaba en su día el Papa San Juan Pablo II (Cruzando el umbral de la esperanza. Círculo de lectores S.A. Bajo licencia de Plaza & Janés Editores, S.A. 1995):

 
 
 
 
“Con frecuencia la cuestión se presenta como derecho a la mujer a una libre elección frente a la vida que ya existe en ella, que ella ya lleva en su seno: la mujer tendría que tener el derecho de elegir entre dar la vida y quitar la vida al niño concebido. Cualquiera puede ver que esta es una alternativa sólo aparente. No se puede hablar de derecho a elegir cuando lo que está en cuestión es un evidente mal moral, cuando se trata simplemente del mandamiento de ¡No matar!

¿Este mandamiento prevé acaso alguna excepción? La respuesta del suyo es <No>; ya que hasta la hipótesis de la legítima defensa, que no se refiere nunca a un inocente sino siempre y solamente a un agresor injusto, debe respetar el principio que los moralistas llaman <Principium Inculpatae Tutelae> (Principio de defensa y irreprensible): para ser legítima esa defensa debe llevarse a cabo de modo que infrinja el menor daño y, si es posible, que deje a salvo la vida del agresor.

 
 
 
El caso de un niño no nacido no entra en semejante situación. Un niño concebido en el seno de la madre no es nunca un agresor injusto, es un ser indefenso que espera a ser acogido y ayudado… Se trata de un problema de gran envergadura en el que todos debemos demostrar la máxima responsabilidad y vigilancia. No podemos permitirnos formas de permisivismo, que llevarían directamente a  conculcar derechos de los hombres, y también a la aniquilación de los valores fundamentales, no solamente de la vida de las personas singulares y de las familias, sino de la misma sociedad. ¿No es acaso una triste verdad eso a lo que se alude con la fuerte expresión de <civilización de la muerte>?

Obviamente, lo contrario de la <civilización de la muerte> no es y no puede ser el programa de la multiplicación irresponsable  de la población sobre el globo terrestre. Hay que tomar en consideración el índice demográfico, y la vía justa es lo que la Iglesia llama paternidad y maternidad responsable. Los centros asesores familiares de la Iglesia así lo enseñan. La paternidad y la maternidad responsable son el postulado del amor por el hombre, y son también el postulado de un auténtico amor conyugal, porque el amor no puede ser irresponsable. Su belleza está contenida en la responsabilidad. Cuando el amor es verdaderamente responsable es también verdaderamente libre…”

 
 
Ciertamente <cuando el amor es verdaderamente responsable es verdaderamente libre>, por eso  el Papa Francisco durante su Audiencia General del 11 de noviembre de 2015, hacia esta reflexión a todos los creyentes, sobre el Banquete Eucarístico y la alianza viva y vital de las familias cristianas: “Miremos el Misterio del Banquete Eucarístico. El Señor entrega su cuerpo y su sangre por todos. De verdad no existe división que pueda resistir a este sacrificio de comunión; sólo la actitud de falsedad, complicidad con el mal puede excluir de él. Cualquier otra distancia no puede resistir a la potencia indefensa de este pan partido y este vino derramado, Sacramento del único Cuerpo del Señor.

La alianza viva y vital de las familias cristianas, que precede, sostiene y abraza en el dinamismo de su hospitalidad las fatigas y las alegrías cotidianas, coopera con la gracia de la Eucaristía, que es capaz de crear comunión siempre nueva con su fuerza que incluye y que salva”